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Todo comenzó con una huida. Dejé atrás un compromiso roto y llegué a Nueva York dispuesta a empezar de cero. Lo que encontré fue un apartamento minúsculo, un baño compartido y una vida muy distinta a la que había imaginado. Y entonces, una noche, lo conocí a él. Misterioso. Atractivo. Irresistible. Lo que parecía un momento fugaz de placer se volvió aún más inesperado cuando descubrí que no estaba solo... y que sus dos amigos también querían formar parte del juego. ¿Lo mejor —o lo peor— de todo? Que ahora los tres son mis jefes… y mantener la distancia no está exactamente en la descripción del puesto.
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Seitenzahl: 407
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Título original: Stuck on Them
Primera edición: junio de 2025
Copyright © 2023 by Maya Nicole
© de la traducción: Maribel Abad Abad, 2025
© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 979-13-87787-01-1
BIC: FRD
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.
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Epílogo
Contenido especial
Índice de contenido
Nido de ratas
Paige
Había cometido un error terrible, una metedura de pata tan grande que hacía palidecer a cualquier otra que hubiera perpetrado en mis veintisiete años de vida.
Y así fue como acabé cara a cara con la rata más grande que había visto nunca. Y no, no era uno de esos hombres barrigones con gruesas cadenas de oro que se les enredan en el pelo del pecho: era una rata de verdad, con ojos brillantes y una cola tan asquerosa que hasta el más valiente de los exterminadores se habría puesto a gritar y se habría cagado de miedo. Y quizá mis esfínteres fueran a prueba de sustos, pero vaya si grité. Grité tan fuerte que la alimaña, del tamaño de un gato, saltó hacia mí desde su atalaya en mi dormitorio del tamaño de una nevera. Se trataba de luchar o huir, y, como no estaba de humor para contagiarme de rabia, eché a correr.
En dos zancadas salí por la puerta y esquivé por los pelos el zapatero de mi vecino en mi huida de las garras del animal poseído por el espíritu de Splinter, la rata de las Tortugas Ninja.
Di un respingo cuando se abrió de golpe una puerta al otro lado del pasillo y un tipo con pinta de delincuente asomó la cabeza con los ojos entrecerrados y expresión tensa.
—¿Qué coño pasa?
—¡Llama a las Tortugas! —Se me enganchó el pie en uno de los felpudos, caí de bruces y dejé escapar un chillido cuando me golpeé el codo contra la pared; el dolor ascendió por mi brazo, y se me nubló la vista.
—¿Las tortugas? ¿Qué te has fumado? —El hombre ladeó la cabeza, estudiándome como si quisiera encontrar una pista del alucinógeno que había consumido.
—Siento decirlo, colega, pero esta soy yo sin necesidad de aditivos. —Me apoyé en la pared, frotándome el codo.
—Bueno, pues baja la voz. Estoy intentando… —Su mirada descendió hasta el suelo del pasillo—. ¡Ah! —Dio un portazo cuando la rata pasó corriendo junto a él y fue directa hacia mí.
¿Qué había hecho yo para merecer un giro tan desafortunado en mi vida?
Con un chillido agudo más propio de una ópera que de un rellano de un bloque de apartamentos, entré en el cuarto de baño que había al final del pasillo, trastabillando. Cerré de un portazo y eché el cerrojo rezando para que la rata no tuviera habilidades ninja.
Me estremecí de la cabeza a los pies y me puse a hacer «la danza del bicho asqueroso», sacudiendo el cuerpo entero para librarlo de cualquier molécula de rata que pudiera haber caído sobre mí.
—No llores, no llores —canturreaba mientras recorría el pequeño y anticuado espacio, con su lavabo agrietado y su linóleo amarillento.
No estaba preparada para lidiar con ratas ni insectos. Mi estado emocional era tan frágil que una cucaracha podía provocarme un ataque de pánico.
Abrí el grifo, me incliné sobre el lavabo y me eché agua fría en la cara. Me calmó de inmediato, pero no calmó los latidos acelerados de mi corazón.
Solo es una rata, y hay un montón de gente que las tiene como mascotas. El instructor de artes marciales de las Tortugas Ninja es una rata.
Me entró agua por la nariz, resoplé y tosí, y cerré el grifo. Me goteó el agua sobre la camiseta y me levanté el dobladillo para secarme la cara. Al mudarme había dejado una toalla en el toallero para secarme las manos y alguien la había usado y la había tirado al suelo.
No intentaba recrear mi vida universitaria, pero con mi presupuesto y la presión del tiempo, conseguir un piso decente era imposible. En cuanto encontrara trabajo tenía pensado buscar un lugar donde cuatro microapartamentos no compartieran baño.
Me erguí y abrí la puerta de golpe, dispuesta a enfrentarme a la rata. Me encontré con un pasillo vacío y un ligero olor a hierba. Con cautela, me acerqué a la puerta abierta de mi apartamento y miré dentro. No estaba en mis cabales cuando pensé que diez metros cuadrados eran suficientes. Al otro lado de la puerta había una pequeña cocina con una encimera diminuta y un pequeño fregadero con un microondas encima. Al lado estaba la mininevera, pero la rata que había estado pasando el rato sobre ella a mi regreso del supermercado ya no se encontraba allí.
Dejé la puerta abierta, cogí la escoba que estaba apoyada en un rincón y le di un golpe a la mesita auxiliar elevable que también servía de escritorio y mesa de comedor en ese espacio minúsculo. Las probabilidades de que la rata hubiera vuelto a entrar eran escasas, pero quería asegurarme.
Miré el sofá con recelo.
—Se ha ido, Paige. Deja de ser… —El móvil vibró sobre la mesa, me lancé sobre él escoba en ristre y fallé por poco.
No había tenido el pulso tan acelerado desde hacía mucho tiempo. Ya podía estar tranquila a pesar de que iba a perder el seguro médico en unas semanas, porque mi corazón aguantaba mejor de lo esperado teniendo en cuenta que me lo habían roto en mil pedazos.
Cogí el teléfono e inspiré hondo al ver las innumerables notificaciones de mensajes sin respuesta que aparecían en la parte inferior de la pantalla. Así se iban a quedar hasta que estuviera preparada para afrontar las consecuencias de mis decisiones.
Acepté la llamada de mi mejor amiga.
—Gracias a Dios, Nora. No vas a creer lo que acaba de pasar.
Nora hizo un ruidito como si estuviera pensando.
—¿Has conocido a un apuesto y joven príncipe que ha compensado todos los orgasmos que te has estado perdiendo?
—Ojalá. —Cerré la puerta y eché el cerrojo, mirando el sofá de dos plazas; decidí sentarme en uno de los escalones que llevaban al altillo, donde estaba la cama—. Había una rata en mi apartamento.
—Pagaría por verte —rio.
—Oye, no te pases. —Sujeté el teléfono entre la oreja y el hombro y escudriñé a mi alrededor por si acaso había vuelto mi enemiga mortal—. Casi me come la cara.
Nora y yo nos reímos y nos quedamos en silencio. Era mi mejor amiga desde que fuimos compañeras de habitación durante el primer año de universidad. Haberme mudado a la otra punta del país no solo había sido una decisión importante, sino también impulsiva. No era mi modo habitual de actuar, pero hasta entonces tampoco me habían arrancado el corazón para meterlo en una trituradora de papel.
—Sabes que siempre puedes volver a vivir conmigo hasta que se solucione todo —dijo con tono suave.
Me tembló la barbilla y me mordí el labio. En la última semana había derramado tantas lágrimas como para llenar una piscina pequeña, y me negaba a seguir llorando.
—Ahora mismo no puedo. Quizá dentro de unos meses, cuando acabe el contrato de alquiler.
—Bueno, pues entonces deberías disfrutar de la vida y no quedarte encerrada en ese… —Solté un grito y casi se me cayó el móvil cuando subí a toda prisa los escalones. La rata había regresado correteando y se había metido debajo del sofá. La escoba seguía en el suelo, donde la había dejado, pero estaba demasiado asustada para poner un pie fuera de la escalera. Nora se partía de risa al otro lado de la línea—. Es tu nuevo compañero de piso. O tal vez sea rata hembra y esté buscando un lugar para tener a sus bebés ratita.
—¡Nora! —Las lágrimas que había estado conteniendo se derramaron por fin: había cambiado la rata con la que vivía por otra.
—Oye, Paige, solo estaba bromeando. —La voz de Nora se suavizó, y deseé que estuviera conmigo—. Haz la maleta, y te reservaré una habitación de hotel para el fin de semana, ¿vale? Es viernes por la noche, y, aunque el portero estuviera ahí, probablemente no podría hacer nada.
Resoplé y me sequé las lágrimas sin apartar la vista del sofá.
—No tienes por qué hacerlo.
—Claro que sí. Así que haz la maleta y asegúrate de coger un vestido, porque vas a ir a tomar unas copas y a buscarte un ligue. —Hablaba con tanta despreocupación que tuve que reírme—. Sé que los rollos de una noche no son lo tuyo, pero un buen orgasmo de un hombre que sabe lo que hace te ayudará a relajarte y a despejarte.
Mientras consideraba sus sabias palabras, subí el resto de lo que difícilmente podrían llamarse «escaleras» hasta el altillo. No iba a estar a salvo de la rata en ningún sitio, pero tampoco tenía otro lugar donde esconderme, porque el colchón ocupaba casi todo el espacio. En un rincón una de mis maletas seguía hecha, mientras que la otra yacía abierta a los pies de la cama. Aún no había encontrado una solución para el almacenamiento, y me alegraba de no haberme gastado el dinero. Estaba empezando a darme cuenta de que haber huido a Nueva York había sido un error, y quería regresar a casa.
Nora estaba en silencio, y al otro lado de la línea solo se oía el sonido de su teclado. Había intentado convencerme de que no me fuera cuando me había dejado en el aeropuerto hacía poco más de una semana, pero no había tenido éxito.
Se me había roto el corazón al descubrir lo que me había hecho mi exprometido; creía que me quería, pero me equivocaba, y me juré que jamás volvería a verme en una posición tan vulnerable.
—¿Paige? ¿Estás ahí? —La voz de Nora me hizo ponerme en marcha: tiré de la maleta que aún estaba sin abrir para acercarla a mí.
—Difícilmente —rezongué—. Tengo la maleta, pero no sé cómo voy a bajarla.
—Puedes tirarla por las escaleras como si estas fueran un tobogán. A lo mejor aplasta a la rata al caer. —Se echó a reír, pero yo tuve que tragar saliva al pensar en lidiar con las consecuencias de eso.
Sujeté otra vez el móvil entre el hombro y la oreja, apoyé la maleta en un escalón y la solté. Me estremecí al oír el ruido.
—Debo de haberle dado un susto de muerte a mi vecino de abajo. —Bajé las escaleras; los dos últimos escalones los salvé de un salto para esquivar la maleta—. Demasiado ejercicio…
—Considéralo un calentamiento para luego. Te he reservado una habitación para tres noches en el Bella Grand Hotel. Enviarán un coche a recogerte en quince minutos.
—¡Es demasiado caro! —Metí unos cuantos pares de zapatos en una bolsa y los apretujé dentro de la maleta sin perder de vista el sofá.
—Te mereces lo mejor. Envíale una nota de agradecimiento a mi padre, porque lo he cargado en su tarjeta. —El padre de Nora era una antigua superestrella del hockey que había cambiado el stick por el silbato. Decir que era generoso con su hija era quedarse muy corto.
—Nora… —la amonesté; cogí el portátil y el cargador de la mesa y los guardé en el bolso junto con el neceser.
—Dijo que podía usarla para emergencias, y está claro que esto lo es. No puedo permitir que a mi mejor amiga se la coman viva las ratas. —Oí cómo una puerta se cerraba al otro lado del teléfono—. Me voy a trabajar. Mándame un mensaje si lo necesitas, ¿vale?
—Gracias. No sé qué haría sin ti.
Colgamos y cogí mi bolso. Al menos, la emoción del momento me había hecho olvidar por qué estaba allí, aunque solo fuera un instante.
El centro de Manhattan un viernes por la noche era una locura, y nunca me había sentido tan sobrepasada y ansiosa a la vez. Había algo en esa multitud y en el ruido que me hacía sentir viva.
El chófer condujo hábilmente por las calles, entre hordas de peatones y vehículos. Giramos hacia la entrada del hotel y un hombre trajeado me abrió la puerta y sacó mi equipaje del maletero. A saber en qué estaba pensando Nora al reservarme una habitación en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad.
Cuando accedí al vestíbulo a través de las puertas de cristal decoradas con aplicaciones doradas, las más grandes que había visto nunca, me encontré en un mundo nuevo: había tantos candelabros brillantes y columnas doradas que estuve a punto de ponerme las gafas de sol.
Tenía la sensación de que todos me miraban mientras iba hacia la recepción vestida con unos vaqueros y una camiseta demasiado grande; el resto de los huéspedes iban con trajes elegantes, y yo llevaba algo que parecía salido de las garras de un gato. Me registré, fui a mi habitación y contemplé las vistas de la ciudad, muy diferentes a la pared de ladrillos que veía desde la diminuta ventana de mi apartamento, por la que a duras penas habría podido escapar si lo hubiera intentado.
Mi teléfono sonó por enésima vez; suspiré, me senté en el sofá y abrí la aplicación de mensajería. Daniel me había llamado al menos diez veces desde la semana pasada y me había enviado diez veces más mensajes de texto.
—No lo hagas, Paige. No te atrevas —murmuré con el pulgar sobre el nombre de Daniel.
Había hecho las maletas y me había marchado mientras él estaba en el trabajo. Casi todos los muebles de la casa que compartíamos eran suyos de antes, pero yo me había dejado una estantería repleta de libros y un par de cosas que nunca usaba. Unas cuantas cajas fueron a parar al trastero que había alquilado antes de mudarme con él, y eso fue todo.
Ni se había molestado en ver cómo estaba cuando no me presenté a trabajar, y solo se preocupó cuando llegó a casa y vio que mis cajas y yo habíamos desaparecido.
El gilipollas ya debería haberse preocupado en cuanto había descubierto que me engañaba, pero, en lugar de eso, se había tomado mi silencio como una aceptación.
¿Qué pensaba que iba a pasar?
Al final mi fuerza de voluntad se esfumó y pulsé su nombre, sacando la retahíla de mensajes unilaterales de la última semana. Les eché un vistazo y comprobé que la mayoría repetían lo mismo.
Daniel: ¿Dónde estás? Llámame.
Daniel: No puedes irte sin decirme cuándo volverás.
Daniel: ¿Te has mudado?
Daniel: ¿Te rindes? ¿Qué coño pasa, Paige? Estás sacando las cosas de quicio.
Yo: Sí, me he mudado, aunque no me ha dado tiempo a llevarme los libros. Enviaré a Nora a por ellos lo antes posible.
No esperaba que me contestara de inmediato, ya que lo más probable era que siguiera en el bufete en el que trabajaba con su padre, el mismo en el que lo había conocido y en el que había caído rendida ante sus encantos. Ni loca iba a volver a aparecer por ahí después de romper con él, sobre todo porque la mujer con la que me había engañado trabajaba ahí.
El teléfono sonó varias veces, y casi me dio miedo mirar. Daniel siempre había sido un tío tranquilo, pero, al ver los mensajes, habría podido decir que se le había acabado la calma.
Daniel: Íbamos a casarnos en dos meses.
Yo: Pero ya no estoy en casa. Ja, ja. ¿Lo pillas? No podemos casarnos porque no estoy en casa.
Daniel: Déjate de bromas y vuelve para que lo hablemos como adultos. Todos cometemos errores.
Yo: Deberías haberlo pensado antes de tirarte a otra. Además, ¿qué fue lo que me dijiste…? Ah, sí… Que soy demasiado «vainilla». Te vas a enterar de lo que es «vainilla».
Me levanté, fui hacia mi bolso y lo abrí de un tirón. Las cosas habían estado raras entre nosotros durante los últimos meses, pero yo pensaba que era una combinación de estrés por la boda y el trabajo. Me dolió averiguar que se debía a que se aburría conmigo en la cama, porque no me había dado ningún indicio de ello. No iba a negar que nuestro recuento de posturas ascendía a tres, las más básicas, y quizá, si él hubiera sido mejor con los preliminares, habríamos progresado de forma natural hacia algo un poco menos convencional. Y también podría haberlo hablado conmigo…
Daniel: ¿Qué quieres decir? Lo siento, no tendría que haberlo dicho. Estaba enfadado. Pero podemos solucionarlo.
Yo: No. Se acabó. Y voy a salir. Buenas noches.
Intentó llamarme, pero no contesté. No sabía cómo dejarle más claro que lo nuestro se había terminado desde el momento en que se había acostado con otra. Y a saber con cuántas más me había engañado…
Se me revolvió el estómago de asco; cogí unas bragas y un camisón del bolso, y entonces me puse a pensar en lo que Nora había dicho sobre que un orgasmo despeja la mente.
Cerré los ojos e intenté relajar los hombros, que estaban tan tensos que casi los tenía pegados a las orejas. ¿Por qué no salía por ahí y buscaba un hombre? Nunca me habían tirado los tejos en un bar o en una discoteca, pero tampoco había salido nunca sola o con la intención de encontrar un rollo de una noche: siempre había ido en grupo. Si me sentía segura, podía salir bien. Nora lo hacía mucho.
Las probabilidades de encontrar a alguien con quien ligar eran escasas, pero rebusqué en el fondo de la maleta y saqué un vestido rosa de manga casquillo con un diseño floral en tonos morados y verdes. Tenía un profundo escote en uve, la cintura entallada y una falda evasé por encima de la rodilla. Era lo más coqueto que tenía, y me regodeé pensando que Daniel lo odiaba.
Me fui al cuarto de baño para arreglarme, con los nervios cosquilleándome en el estómago. A lo mejor perdía el tiempo, pero la alternativa era quedarme en la habitación del hotel, deprimida y pensando que todos los ruidos eran de ratas.
No pasa nada por intentar divertirse un rato, ¿no?
La lima agredida
Ryker
—La manera en que has metido los dedos en esa lima no ha sido nada sexy. —Luca se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos detrás de la cabeza; estábamos dándole los últimos retoques a un vídeo publicitario para las redes sociales en el que Garrett mostraba una nueva freidora de aire de última generación sexualizando la comida con la que cocinaba. Se necesitaba mucha delicadeza para llevarlo a cabo, pero con las habilidades interpretativas de Garrett y sus manos y antebrazos —que la cámara adoraba— nos había quedado una obra maestra. Esperaba que la serie de vídeos cortos se hiciera viral.
Garrett dio un manotazo sobre la mesa con una sonrisa burlona.
—No le estaba metiendo los dedos, gilipollas. Tanteaba sus pliegues, pidiéndole que me dejara entrar. —Hizo una demostración del gesto sobre la mesa reluciente—. ¿Ves? Es una caricia, no una penetración. Es lo que hay que hacer. Deberías conocer la importancia de los juegos preliminares.
Me quité las gafas y me pellizqué el puente de la nariz. Los toma y daca entre Garrett y Luca no eran nada nuevo, pero últimamente no hacían más que crisparme los nervios. Estábamos accediendo a una clientela distinta, y las expectativas de éxito y profesionalidad estaban por las nubes.
Carraspeé para interrumpir las bromas entre Garrett y Luca.
—Hablemos de normas. Estamos preparándonos para trabajar con grandes empresas, y tenemos que asegurarnos de mantener la profesionalidad, incluso durante las reuniones, aunque solo estemos nosotros tres.
Garrett cruzó los brazos sobre el pecho y su sonrisa juguetona desapareció, pero no dijo nada. Luca asintió lentamente, comprendiendo por fin la gravedad del asunto. O eso creía yo.
—En mi opinión profesional, esa lima tenía pinta de cítrico reticente. Esa lima no había dado su consentimiento. Si no volvemos a grabarlo, nos van a echar por violarla. ¿De verdad quieres tener ese peso sobre tu conciencia? ¿Eh?
¿Por qué tenía que ser yo el único que se tomara las cosas en serio? Éramos una de las empresas de marketing más exitosas de Nueva York, pero todo eso podía desaparecer de un plumazo. Otras empresas se habían hundido por mucho menos.
—Joder, Luca. ¿Puedes ser profesional un minuto para que podamos irnos pronto? —Deslicé la silla hacia atrás y me levanté, echándome hacia delante con las manos sobre la mesa—. Esto es un negocio, por si lo has olvidado.
Alzó las manos en señal de rendición.
—¡Vale! Cálmate, tío, pareces un viejo cascarrabias. Es viernes y por fin hemos terminado con este proyecto. Deberías estar contento, no amargado como si alguien te hubiera metido un escariador de cítricos sin lubricar por el trasero.
—¿Viejo? —Sabía dónde quería ir a parar, y me enderecé, pasando una mano por los botones delanteros de mi chaqueta de punto. A diferencia de él, con su traje sastre de tres piezas, yo prefería vestir informal los viernes. Pero tenía razón en lo de calmarse, y a veces necesitaba que me lo recordaran—. Ya te gustaría a ti poder ponerte esto.
—¡Buen trabajo! —Luca se levantó de un salto y dio una palmada—. Enviemos todo esto para su aprobación final y vayamos a celebrarlo.
—¿Celebrarlo cómo exactamente? —Garrett no levantó la vista de la pantalla de su portátil, desde el cual estaba enviando a nuestro cliente un correo con un enlace a todo el material que habíamos creado.
Aquel había sido nuestro mayor proyecto de marketing hasta la fecha, pero la parte fácil había terminado; ahora nos quedaba esperar a que nos dieran el visto bueno para poner en marcha las campañas que habíamos pasado horas planeando durante las últimas semanas.
Luca colocó su silla y pasó una mano por el respaldo para quitarle una mota de polvo inexistente.
—Bueno, estaba pensando que… ha pasado mucho tiempo.
Garret dejó de teclear por un segundo; la sala quedó en silencio, excepto por el suave zumbido del aire acondicionado. La razón por la que había pasado tanto tiempo desde la última vez era precisamente él, y Luca y yo nos quedamos mirándolo, esperando su respuesta.
Finalmente se encogió de hombros, pero no levantó la vista de la pantalla.
—Si os parece bien, entonces claro que sí. Si no, me voy a casa.
—Creo que esto es lo que los dos necesitáis. Haré que mi chófer nos recoja en diez minutos, a menos que quieras ir a casa a cambiarte. —Luca alzó una ceja en mi dirección—. Nos iría mucho mejor si te pusieras otra ropa.
Garrett cerró su portátil y me miró.
—A mí me parece que su aspecto de profesor entrañable mejorará nuestras posibilidades: neutraliza un poco el ceño casi permanentemente fruncido de su cara.
Mantuve una expresión neutra, aunque quería fruncir el ceño.
—Vámonos antes de que cambie de opinión —gruñí.
Los viernes por la noche eran a la vez las mejores y las peores noches para salir. Por un lado, había muchas oportunidades de ligar, pero eso también aumentaba las probabilidades de que nos reconocieran.
Cuando entramos en el Diamond Lounge del hotel Bella Grand, nos separamos: Luca y Garrett se dirigieron a un extremo de la barra y yo al otro. Si alguien iba a reconocer o a llamarle la atención la atención a uno de nosotros, sería a Luca, ya que su familia era propietaria del Bella Grand, así como de otros establecimientos por todo el mundo.
La barra estaba llena, pero aún quedaban asientos, puesto que había un momento de calma entre la hora feliz y la llegada de la gente que se quedaba de fiesta toda la noche. La madera oscura y la iluminación estratégica componían un telón de fondo perfecto para el romance. Me senté en un taburete junto a un par de rubias que bebían algo rosa. Hice un gesto con la cabeza al camarero, que me lo devolvió para confirmar que iba a servirme lo de siempre, y las dos mujeres me miraron y luego susurraron entre ellas, riéndose. Las risitas no eran lo mío, pero las dos eran atractivas.
Hasta que habló la que estaba a mi lado.
—Hola, me llamo Sarah, y esta es Megan. —Su voz era nasal, y supe sin duda que sería una mataerecciones infalible—. ¿Cómo te llamas, papi?
Me entraron tantas ganas de poner los ojos en blanco que tuve que apartar la mirada. Garrett negaba sutilmente con la cabeza y Luca se reía en su vaso de whisky, obviamente de la palabra «papi». Joder. Prácticamente todo el bar la había oído.
Volví a mirar a las mujeres, que me sonreían.
—No soy tu padre. —Cogí la bebida que acababa de servirme el camarero y me deslicé hacia el taburete vacío que había a mi lado.
Ambas me dedicaron un gesto desdeñoso antes de que la que se llamaba Sarah se volviera para darme la espalda.
Sacudí la cabeza y cogí mi bourbon para darle un trago mientras observaba la sala. Me notaba oxidado, ya que llevaba un año utilizando una aplicación de citas. Era cómoda porque siempre estaba claro lo que querían ambas partes, y una ventaja añadida era el acuerdo de confidencialidad que se establecía automáticamente.
Sin embargo, no era lo mismo que conocer a alguien sobre el terreno. En la aplicación había muy poco flirteo, ninguna anticipación y solo atracción física. Hasta el momento, el bar y sus rubias risueñas no eran mucho mejores.
Alguien me tocó suavemente el codo y volví la cabeza en dirección a la rubia, dispuesto a dejar bien claro que no me interesaba. Podía ser atractiva, pero ya estaba cansado de ligar siempre con el mismo tipo de mujer.
—¿Está ocupado este asiento? —Una mujer de pelo castaño me sonrió tímidamente, con las mejillas teñidas de rosa.
—No. Todo tuyo. —Miré su boca, incapaz de resistirme cuando se mordió el labio inferior.
Se recogió el pelo detrás de la oreja, apartó el taburete y se giró en mi dirección al sentarse. Sus rodillas me rozaron el muslo y sentí un cosquilleo. Tamborileó con las uñas contra la barra y se adelantó para coger la carta de bebidas.
—¿Qué me recomiendas?
—No hay error posible con ninguna de estas bebidas. —Me volví hacia ella, y una de mis rodillas se apoyó en su pierna.
No se apartó, pero sus manos apretaron ligeramente la carta y miró mi vaso.
—¿Qué estás bebiendo?
—Bourbon. —Arrugó la nariz, pero yo le ofrecí mi copa y estiré el brazo para coger una pajita de cóctel—. Pruébalo.
—¿De tu vaso? —Me quitó la pajita y la metió en el líquido ambarino—. ¿No tendrás piojos?
—¿Los tienes tú? —Puse la mano sobre el respaldo de su silla y me acerqué a ella para susurrarle al oído—: Si la noche sale como espero, lo último en lo que pensarás será en mis piojos.
Se le puso la piel de gallina cuando rocé su oreja con mis labios antes de volver a mi espacio. Era un movimiento atrevido, pero si quería que aquello ocurriera, no podía ser disimulado con lo que quería.
Ella agitó la pajita asintiendo en silencio, colocó un dedo en el extremo y la sacó del vaso para llevársela a la boca. Mi pene cobró vida cuando sus labios rosados se cerraron en torno a ella y me miró fijamente al retirar el dedo. Sus ojos color avellana se dilataron. Se sacó la pajita de la boca, ahuecando las mejillas mientras chupaba el líquido. El calor me recorrió la espina dorsal al imaginarla haciéndome eso.
—¿Te gusta? —Aparté la mano del respaldo de su taburete y acaricié su brazo desnudo.
—Mucho. —Torció un poco el gesto y tosió.
Me reí entre dientes e hice un gesto al camarero para que nos sirviera dos más.
—Cuando te acostumbras, se vuelve más suave.
Se llevó una mano a la garganta.
—Vaya. Eso ha sido tan fuerte que podría haberme salido pelo en el pecho.
—Ah, ¿sí? ¿Te ha pasado antes? —El contraste entre lo que acababa de hacer con la pajita y lo que salía de su boca me resultaba de lo más divertido. Cogí mi vaso e intenté disimular mi sonrisa dando un trago.
—¿Y qué si me ha pasado? El vello es algo natural. No dejarás que un pelito de nada en un pezón te distraiga de lo importante, ¿verdad?
Me atraganté con la bebida y se me aguaron los ojos cuando el alcohol se fue por el conducto equivocado. Ni siquiera tuve que mirar al otro extremo de la barra para saber que Luca y Garrett se estaban partiendo de risa, los oía a la perfección. Ella me dio unas palmaditas en la espalda antes de frotármela en círculos.
—Oh, Dios. No me puedo creer la vulgaridad que acabo de soltar. Qué soez he sonado.
Presentía que estaba a punto de huir, así que reuní fuerzas para hablar.
—¿Tienes pelos en los pezones? —pregunté con voz estrangulada.
Para mi consternación, apartó la mano con la que me acariciaba la espalda y se tapó la cara.
—Esto se me da fatal.
El camarero nos sirvió las nuevas bebidas y añadió un vaso de agua; incluso había puesto hielo en su bourbon para que le resultara más fácil bebérselo. Iba a recibir una propina extragrande por ser tan observador. Tomé un poco de agua y me atreví a mirar a mis amigos. Sus ojos estaban fijos en nosotros, pero cuchicheaban entre sí como si fueran dos adolescentes hablando de sus cuelgues de la manera más pueril. Enarqué una ceja y ambos asintieron sutilmente.
Mi atención volvió a la mujer que estaba a mi lado, que seguía con la cara tapada.
—Eh. —Deslicé mis dedos por su antebrazo hasta su mano, que rodeé suavemente para apartársela de la cara—. No se te da fatal.
Se acercó más a mí.
—Estaba hablando de tener vello en los pezones con un hombre muy atractivo con el que quiero… ya sabes… —susurró.
En lugar de soltarle la mano, la bajé hasta mi muslo.
—¿Y te crees que me has espantado?
Su respiración se entrecortó y me apretó ligeramente.
—Nunca había hecho esto… Es decir, sí lo he hecho, pero no con alguien a quien no conozco. —Volvió a morderse el labio. Le acaricié la barbilla y le pasé el pulgar por el labio para liberarlo.
Su mano se movió hacia el interior de mi muslo, tan cerca de mi miembro que sentí el calor de su piel. Podía ser que fuera demasiado inocente para lo que le tenía reservado, pero si las cosas no se desarrollaban como yo quería, al menos la tendría solo para mí esa noche.
—¿Cómo te llamas? —Rocé su cuello y tuve que resistir el impulso de pegarla a mí y tomar su boca con la mía.
Su belleza era natural, de piel suave y pelo castaño ondulado que me hacía querer enterrar los dedos en él mientras ella me hacía lo que le había hecho antes a la pajita. Sus expresivos ojos delataban que estaba excitada pero también un poco nerviosa.
—Paige. —Su voz se suavizó cuando le acaricié la garganta—. ¿Y tú?
—Ryker, pero puedes llamarme Ry. —Esperaba no arrepentirme de haberle dado mi nombre—. ¿Vives aquí en la ciudad o solo estás de visita?
—Negocios. —Se estremeció cuando retiré lentamente la mano de su cuello, recreándome en las sensaciones que despertaba en mis dedos.
—Igual que yo. —La mentira me supo amarga, pero cuanto menos le contara de mí, mejor—. ¿Te animas? —Señalé las bebidas que teníamos delante.
Con la mano aún en mi muslo, alzó su copa y me miró por encima del borde mientras bebía. Para no haber ligado nunca, lo estaba haciendo muy bien. Hice girar mi bebida en el vaso y luego me la tomé de un trago. Estaba listo para poner en marcha el numerito.
Y, con suerte, iba a ser todo un espectáculo.
Cowabunga
Paige
Había reunido toda la confianza que tenía en mí misma y me había acercado a un hombre que probablemente estaba fuera de mi alcance. En los treinta minutos que llevaba en el bar, ninguno había despertado mi interés tanto como él. Me había llamado la atención al pasar por delante de la mesa en la que estaba tomándome un licor, y casi se me había parado el corazón al verlo atravesar la sala en penumbra.
Tenía una presencia imponente, y su pelo rubio peinado con pulcritud brillaba bajo las luces. Sus intensos ojos azules recorrieron rápidamente a la multitud antes de sentarse junto a una rubia en la barra. Cuando finalmente se alejó de ella me asaltaron las dudas, pero el alcohol me había soltado un poco y me arriesgué. Y, por fin, después de algunos coqueteos y una conversación no muy sutil, nos dirigíamos a su habitación.
¿Era así como se suponía que funcionaban las cosas? No podían haber pasado más de quince o veinte minutos.
Había un uno por ciento de probabilidades de que él fuera un asesino en serie y yo, otra de sus víctimas. Solo su confianza y su carisma inquebrantables y únicos explicaban cómo había acabado agarrada de su brazo con tanta facilidad.
—Estoy en una suite ejecutiva de la planta cuarenta. —Ryker entrelazó sus dedos con los míos cuando nos dirigíamos hacia la salida; me sujetaba con fuerza pero suavemente, lo cual me tranquilizaba en nuestro camino hacia la puerta.
Me quedé un poco rezagada y tiré de su mano, mirando por encima del hombro hacia la barra.
—No hemos pagado.
—Lo cargarán a mi habitación. —Me soltó la mano para rodearme la cintura y pegarme a su costado, y nuestros pasos se sincronizaron en un ritmo cómodo.
Había mil preguntas que quería hacerle, pero nos dirigíamos al piso de arriba para practicar sexo y no quería chafar el ambiente. Aunque, si mi pirotecnia verbal sobre tener pelos en los pezones no lo había asustado, preguntarle a qué se dedicaba y de dónde era probablemente tampoco lo haría.
Debí haberle preguntado a Nora cuál era el protocolo típico para el sexo casual. ¿Tenía que darle mi número cuando acabáramos? ¿Pasaba yo la noche con él? ¿Se suponía que debíamos consensuar primero lo que nos gustaba y lo que no?
Incluso sin esas preocupaciones, me inquietaba que me pasara algo en el dormitorio. Mi ex y yo llevábamos al menos seis semanas sin tener relaciones sexuales cuando lo pillé con otra, pero antes de eso tampoco eran para lanzar cohetes.
Pasamos junto a los ascensores y llegamos a una pequeña recepción, donde el guardia de seguridad que había en el mostrador nos sonrió, y entonces una gran puerta ornamentada que había junto a él se abrió automáticamente.
Llegamos a una sala de estar repleta de sofás y sillas de cuero con una enorme lámpara de araña colgada en el centro. Nos acercamos a un grupo de cuatro ascensores, cuyas puertas doradas relucían. Tragué saliva. Estaba tan nerviosa que me sudaban las manos.
—Vaya, cuánto lujo. —El ascensor en el que había escaneado su tarjeta se estaba tomando su tiempo, así que señalé los otros—. ¿No podemos usar uno de estos?
—Los otros tres van a los pisos del ático. Este va a los dos niveles ejecutivos. —Me rozó la oreja con los labios—. Estás temblando.
Exhalé un suspiro trémulo.
—¿Y si…? —Pero el ascensor se abrió con un tintineo y me salvó de la vergüenza de expresar mis preocupaciones.
Me condujo al interior y, antes de que pudiera ponerme más nerviosa, me tenía contra la fría pared de espejos. Sus labios se encontraron con los míos, por fin, en un beso más suave de lo esperado. Deslicé mis manos desde donde habían aterrizado en sus bíceps hasta su cintura, y mi contacto fue el catalizador que él necesitaba para hundir los dedos en mi pelo y echarme la cabeza hacia atrás para besarme con más intensidad. Nunca me habían besado con tanta pasión. Abrí la boca cuando su lengua me acarició los labios. Ya no había vuelta atrás.
Todos mis nervios se esfumaron y me quedé con un dolor ardiente entre las piernas. Si aquel beso era un indicio de sus habilidades en la cama, al final de la noche me habría olvidado por completo de mi mierda de vida.
Gemí cuando rompió el beso; no quería que parase, pero también agradecía la pausa para respirar. Sus labios me recorrieron la mandíbula hasta el cuello. Mi cuerpo palpitó, agradecido.
—El ascensor —jadeé mientras él mordisqueaba mi piel sensible—. La habitación.
—Mmm. —No presionó el botón del ascensor. En lugar de eso, me levantó y mis piernas lo rodearon por voluntad propia. Se me cayó el bolso al suelo, pero yo solo podía pensar en la suavidad de su suéter en mis muslos y de sus manos en mi trasero.
Las puertas del ascensor empezaron a cerrarse, pero volvieron a abrirse cuando entraron dos hombres. Intenté soltarme, pero Ryker me sujetó con más fuerza.
—¿A qué piso vais? —Uno de los hombres pulsó un botón y las puertas se cerraron; tenía los antebrazos cubiertos de tatuajes que desaparecían bajo las mangas subidas.
—Al cuarenta. —Ryker volvió a besarme, distrayéndome momentáneamente del hecho de que teníamos público.
El calor recorrió cada centímetro de mi piel, no solo por la calidez de su cuerpo a través de mis bragas cada vez más mojadas, sino por los ojos que sabía que nos miraban. Una de sus manos me soltó, pero no intenté escapar de nuevo. Mi lujuria estaba demasiado desbordada como para preocuparme por nuestra descarada demostración pública de afecto. Mis muslos se apretaron a su alrededor mientras me masajeaba el pecho a través del vestido.
Cuando sus besos viajaron hasta mi cuello, abrí los ojos y me encontré con las miradas lujuriosas de los dos hombres. Nunca me había sentido tan desinhibida y deseada en toda mi vida. Ryker me chupó el lóbulo de la oreja; respiraba agitadamente, y su cálido aliento me hacía cosquillas.
—¿Quieres que pare? —Sus dedos descendieron hasta mi escote para acariciarme los pechos.
—No pares. —De todos modos, el ascensor estaba a punto de alcanzar su destino, así que no podríamos llegar muy lejos, ¿verdad?
Enseguida obtuve mi respuesta cuando Ryker me bajó de un tirón la parte superior del vestido y el sujetador. Se llevó un pezón a la boca. El hombre que no tenía tatuajes en los brazos se frotó el labio inferior con el dedo índice mientras miraba.
¿Me apetecía? Desde luego, a mi cuerpo sí; mi apetito no hacía más que ascender peldaños; ansiaba que me tocaran hasta el alma.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Ambos dudaron un momento antes de salir. El hombre de los tatuajes me dirigió una mirada ardiente por encima del hombro y me guiñó un ojo antes de que se cerraran las puertas.
—Oh, Dios —gemí por fin. Había estado aguantándome durante todo el minuto que llevábamos en el ascensor—. ¿Qué acaba de pasar?
El trayecto en ascensor hasta la siguiente planta fue corto, pero fue suficiente para que Ryker volviera a ponerme el vestido en su sitio y deslizara mis piernas hasta el suelo.
—Espero que te haya gustado. Me moría de ganas de besarte y tocarte. —Recogió mi bolso y me guio por el pasillo hasta su habitación con la mano en la parte baja de mi espalda.
No dije nada porque no estaba segura de lo que acababa de ocurrir. El caso era que nunca me habían gustado los besos ni las muestras de afecto en público, pero ¿podría haber sido por los hombres con los que había estado?
—¿Paige? —Ryker abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarme entrar—. ¿Me he pasado de la raya?
Deslicé una mano por su pecho al pasar.
—No. A mí me ha gustado. Hemos tenido suerte de que no hayan sacado sus teléfonos para grabarnos.
La habitación era el doble de grande que la típica habitación de hotel. Tenía una zona para la sala de estar y otra más pequeña para el comedor, y la cama extragrande parecía sacada de un sueño, pero eso no fue lo que más me llamó la atención: dos de las paredes eran de cristal; los ventanales iban del suelo al techo. Las vistas hicieron que mi corazón saltara emocionado y que me olvidara por un momento de la humedad entre mis muslos, así como del hombre que la había provocado, para acercarme a una ventana con vistas a Central Park.
—Esto es impresionante.
Había crecido en un hogar humilde y siempre había tenido la cabeza metida en mis estudios y en mi carrera, por lo que aún no había tenido tiempo ni dinero para viajar; tal vez aquella fuera la señal para empezar a hacerlo. Todo era igual que en las fotos, y al mismo tiempo muy distinto. Me sentía diminuta en comparación con la extensión de luces que se perdían en el horizonte.
Ryker se colocó detrás de mí y me rodeó el pecho con un brazo y la cintura con el otro, y apoyó la cabeza junto a la mía. Como llevaba tacones, mi metro setenta y cinco se quedaba apenas a unos centímetros por debajo de su estatura.
—Tú eres impresionante. —Empezó a subirme el vestido lentamente—. Quiero ver lo mojada que estás. —Deslizó un dedo dentro de mis bragas y gimió contra mi cuello—. Joder, Paige, estás empapada. ¿Todo esto es por mí o también por los dos hombres del ascensor?
Ante la mención de los dos mirones, mis muslos se apretaron y atraparon su mano entre ellos. No podía controlarlo, y con este hombre no quería hacerlo.
—Es por los tres.
Su dedo subió y bajó por mi entrada, provocándome con una promesa de lo que estaba por venir.
—Podríamos haber parado el ascensor.
Me mordí el labio y apoyé una mano en el ventanal. Estaba preparada.
—¿Y luego qué?
Me besó en la oreja.
—Te habría puesto así contra el espejo de la pared para que vieran cómo mis dedos entraban en ti.
Me metió dos dedos y jadeé, apretando aún más las piernas mientras me mordía la oreja. No hubo caricias desganadas ni falsas promesas de placer; me penetró como si estuviera usando el pene. Se oía lo mojada que estaba, y eso no hizo más que excitarme aún más.
—Oh, Dios. Por favor, Ryker. —Tuve que apoyar la otra mano en el cristal para estabilizarme.
Se encontró con mis ojos en el reflejo de la ventana.
—¿Te los imaginas mirándonos? ¿Lo que se excitarían al oír lo mojada que estás?
La imagen acudió a mi mente. El hombre de los tatuajes estaba apoyado contra la pared y se la acomodaba en los pantalones. El otro no mostraba ninguna emoción, aparte de sus ojos oscurecidos y el bulto de su entrepierna. No podían apartar la vista de nosotros.
El hormigueo de un orgasmo me recorrió la columna vertebral. Mi clítoris ardía de deseo, necesitaba más estimulación que el roce ocasional de su mano.
—Estoy a punto…
Sus dedos bajaron el ritmo y mis rodillas casi cedieron.
—Tu orgasmo les pertenece a ellos tanto como a mí.
—¿Qué? —jadeé, y pensé brevemente en meter la mano entre las piernas para frotarme el clítoris.
—¿Quieres que vean cómo te corres entre mis dedos? —Apartó la mano que había estado apretada contra mi pecho y me giró la cabeza, de modo que quedásemos cara a cara—. ¿Quieres que nos vean follar?
Oh. Dios. Dios.
Mis labios se entreabrieron, pero no produjeron ningún sonido. ¿Lo decía en serio? ¿De verdad se lo estaba planteando?
—Pero… ¿qué? ¿Cómo? —Estiré el cuello para mirar por detrás de él, hacia la puerta, por donde asomaba un resquicio de luz del pasillo. Al parecer, no la había cerrado—. Ryker…
—Son los amigos en los que más confío. Puedes decir que no, pero… —retiró los dedos y los levantó para que los viera antes de metérselos en la boca. Mientras los chupaba, gimió; sus ojos se cerraron para volver a abrirse enseguida con un deseo renovado— creo que quieres decir que sí.
—¿Solo mirarían? —susurré—. Todo esto es… Me has engañado.
Me giró para que quedáramos cara a cara del todo y me apoyó contra el ventanal.
—Entiendo que pienses eso, pero quería que lo experimentaras antes de pedírtelo.
Me mordí el labio, preguntándome si la sinceridad de sus ojos azules era real o una mirada perfeccionada para doblegar a las mujeres a su voluntad.
—¿Y si digo que no?
Me acarició la mejilla, y de sus dedos me llegó un fuerte aroma que me recordaba lo excitada que había estado ante la perspectiva de compartir mi cuerpo con tres hombres.
—En ese caso, cierro la puerta y hago que te corras una y otra vez.
Cerré los ojos cuando deslizó el pulgar por mi labio inferior. La escalada de acontecimientos de los treinta últimos minutos había sido una locura, y yo estaba aterrorizada y excitada a la vez. Todo aquello podía salir terriblemente mal, pero no tenía por qué, ¿no? No me oponía a la idea de que los otros hombres se unieran, ¿verdad?
—Sé que es mucho que asimilar. —Me besó la mejilla—. Y entendería que…
—Sí.
Su pulgar dejó de moverse, como si lo hubiera sorprendido.
—¿Sí?
Abrí los ojos y me encontré con los suyos.
—Sí, pueden mirar. Mi palabra de seguridad es «cowabunga». —El incidente con la rata había afectado a mi cerebro más de lo que pensaba. ¿Quién elegía «cowabunga» como palabra de seguridad durante el encuentro más sexy de su vida?
Un destello de confusión recorrió sus facciones, pero luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Fue un espectáculo precioso ver su amplia sonrisa y la diversión en sus ojos. El momento de tensión que acabábamos de vivir se evaporó.
—Esa no puede ser tu palabra de seguridad.
—¿Por qué no? Es mi palabra. Es eso o «pezón peludo», y no creo que quieras que lo diga delante de tus amigos. —Cállate, Paige—. No me han salido pelos por ese bourbon, ¿verdad?
Sus ojos brillaron en la penumbra y me pasó un dedo por el escote.
—Puedo comprobarlo.
Le aparté la mano.
—¡Cowabunga!
Me cogió de la muñeca y la sujetó por encima de mi cabeza contra el ventanal. Su expresión se había vuelto seria de repente.
—Las palabras de seguridad no son una broma, Paige. Si la dices, me lo tomaré como una señal para dejar de hacer lo que estoy haciendo y averiguar qué te incómoda. ¿Lo entiendes?
Se me cortó la respiración ante su intensidad. Asentí. Me soltó la muñeca y me recorrió el brazo con los dedos.
—Necesito oírlo.
—Lo entiendo. —Se me puso la piel de gallina y mi ritmo cardíaco aumentó. Iba a pasar de verdad.
—¿Tienes algún límite? —Volvió a acariciar mi brazo, hasta que entrelazó nuestros dedos contra la ventana sobre mi cabeza.
—No… no lo sé. Soy vainilla. —Me encogí cuando la palabra salió de mis labios y bajé la mirada. La parte menos segura de mí misma amenazaba con apoderarse de mí, y me aferré a la mujer que había sido hacía solo un minuto.
—Mírame. —Ryker sonaba enfadado, así que levanté la cabeza, sorprendida por su tono—. Los hombres que usan el término «vainilla» piensan que las galletas saladas son picantes. Están proyectando su problema en otra persona.
Resoplé, aunque me daba cuenta de que lo decía muy en serio.
—No sé cuáles son mis límites.
—Entonces supongo que tendremos que ponerlos a prueba. —Me soltó la mano.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando retrocedió hacia la puerta sin apartar la mirada de mí. ¿Estaban esperando en el pasillo? Dios mío. Aquello ya empezaba. Mi corazón parecía querer escaparse de mi cavidad torácica.
—Paige. —Se detuvo junto a la puerta. Su voz ronca era a la vez una amenaza y una promesa—. De rodillas.
Tuve la sensación de que solo lo veía a él cuando abrió la puerta y un lado de su rostro quedó bañado en luz y el otro en sombra. Se oían pasos acercándose por el pasillo.
Inspiré hondo, rezando en silencio a los dioses del sexo para que me protegieran, y me puse de rodillas.
