Rendida a ellos - Maya Nicole - E-Book

Rendida a ellos E-Book

Maya Nicole

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Beschreibung

Todo empezó con un incidente con el lubricante, un aguacero impresionante y un invitado inoportuno en mi nuevo piso. ¿Cómo iba a saber yo que el hombre supersexy al que le había tirado mi sujetador mojado no era un intruso? Leo es el mejor amigo de mi hermano y un soltero empedernido que hace que me hierva la sangre de las formas más inapropiadas. ¿Compartir piso con él? Solo va a traer problemas. Encima, mi mejor amigo, Ethan, se muda también con nosotros, y entre sus intensas miradas y su aire posesivo, empiezo a darme cuenta de que podría haber algo más entre él y yo. Me estoy enamorando de los dos, pero, con la tensión cada vez más alta que se respira entre ellos, ¿cómo voy a poder elegir a uno?

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Seitenzahl: 356

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Falling for Them

Primera edición: octubre de 2025

Copyright © 2024 by Maya Nicole

© de la traducción: Maribel Abad Abad, 2025

© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 979-13-87787-13-4

BIC: FRD

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

A veces lo único que necesitas es quitarte el sujetador y tirárselo a la cabeza a un tío.

Índice de contenido

1

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Epílogo

Hitos

Página de título

Página de copyright

Dedicatoria

Capítulo

Epílogo

1

Lubricante para parar un tren

Libby

Ni en mis sueños más locos me habría imaginado que mi tren sufriría un retraso a causa de un extraño accidente con un camión repleto de bidones de lubricante, pero así es la vida.

Cuando el revisor anunció la razón por la que llevábamos treinta minutos parados no me lo creí, pero una rápida búsqueda en las últimas noticias me confirmó que, efectivamente, había un camión volcado y un montón de bidones del lubricante «Susurros deliciosos» esparcidos por las vías y la calzada. Menudo patinazo. Literalmente.

Reprimí una risita, y enseguida me sentí culpable. Seguro que alguien había perdido su trabajo por culpa de aquello.

¿Cómo explicas en una futura entrevista por qué perdiste tu anterior trabajo?

En un intento por contener tan inapropiada diversión, me mordí el labio. Era una costumbre que había desarrollado en mi época de profesora, cuando mis alumnos decían algo gracioso involuntariamente y yo tenía que mantener la cara seria.

Entré en el pozo sin fondo de la búsqueda por internet. Quería comprobar cuánto lubricante se podía comprar. Al parecer, era posible comprar un bidón por el módico precio de mil dólares.

Aquello me hizo abrir los ojos.

¿Quién necesita tanto lubricante? ¿Y quién tiene tanta pasta?

Olvidaba que yo misma la tenía, y que estaba a punto de mudarme al piso del ricachón de mi hermano.

Necesitaba unas buenas risas, así que abrí el chat con mi mejor amigo, Ethan; ya me reía al imaginar su respuesta.

Mis pulgares se detuvieron sobre la pantalla del móvil mientras meditaba cómo redactar el mensaje. Nada vulgar, Libby. Y procedí a ignorar mi propio consejo.

Yo: ¿Qué pene necesita 200 litros de lubricante?

Ethan: ¿Qué cojones estás leyendo?

Yo: No llevo ningún libro.

Ethan: ¡Qué horror! Entonces, ¿qué estás haciendo? No me digas que viendo porno en el tren…

Yo: Ha habido un accidente en las vías y el tren se va a retrasar… a saber cuánto tiempo. Dependerá de si el lubricante es a base de agua.

Me avergoncé de mi chiste, pero no pude evitar preguntarme si un lubricante con base acuosa sería más fácil de limpiar. Incapaz de contenerme, abrí otra pestaña para investigar los métodos de limpieza del lubricante.

Esto es lo que pasa cuando no me traigo un libro para que me haga compañía.

No había pasado ni un minuto cuando sonó mi teléfono. Respondí a la llamada de Ethan, aliviada de que el vagón estuviera casi vacío, de modo que nadie pudiera oír las tonterías impredecibles —y a veces inapropiadas— de las que hablábamos.

—¿El lubricante tiene fecha de caducidad?

Ethan resopló por la nariz.

—Voy a mirar el mío. —Debía de tenerlo cerca, porque solo tardó unos segundos en responder—: No. No caduca. Aunque el mío nunca dura lo suficiente como para comprobar si se echa a perder, para serte sincero.

Se me encendieron las mejillas, y carraspeé.

—A lo mejor los compra una productora porno.

—O Ryker —bromeó en tono serio—. Mañana le pregunto. Seguro que su reacción no tiene precio.

Me giré y apoyé las piernas sobre los dos asientos vacíos que había junto a mí fingiendo una arcada.

—¡Qué asco! Hay ciertos temas en la vida de mi hermano que nunca deberíamos tocar, y ese es uno de ellos.

Mi hermano mayor mantenía una relación poliamorosa con una mujer y sus dos mejores amigos. Vivían los cuatro juntos, y yo prefería mantenerme al margen de sus actividades. Ryker me había robado unos cuantos libros románticos con el cliché «por qué elegir» antes de estar todos juntos —y no se me pasaba que no me los había devuelto—, así que no hacía falta ser un genio para saber que estaba bien versado en el arte de la manipulación de múltiples penes.

—¿Cuánto tiempo crees que te retrasarás?

—No estoy segura, pero a lo mejor debería dormir en el piso en lugar de ir a tu casa. No quiero causarte más problemas.

Al fin y al cabo, el piso de mi hermano, en el centro de Manhattan, estaba preparado para mi mudanza, y en la habitación de invitados había una cama. La idea de pasar la noche en un apartamento vacío me hizo sentir un poco sola, pero deseché ese pensamiento.

Puedo soportar una noche sola en un piso de lujo en la ciudad. Solo tengo que fingir que es mi casa.

Ethan suspiró.

—Yo sigo buscando a alguien a quien realquilar el piso. En alguna parte tiene que haber algún desesperado dispuesto a aguantar al peor compañero de piso del mundo.

—Ryker dijo que puedes quedarte en el apartamento y no pagarle nada hasta que dejes de pagar el alquiler del otro sitio —le recordé.

—Me sabe mal, sobre todo después del aumento que me acaba de dar. Además, me quedan siete meses de este contrato. Eso es tirar el dinero, mucho dinero. No pasa nada; de esta manera tendrás tiempo para instalarte antes de que me mude yo.

El plan había sido que los dos nos mudáramos al piso de cuatro habitaciones vacío a lo largo de las semanas siguientes, pero como el compañero de Ethan era un guarro y un gilipollas, le resultaba difícil encontrar a alguien a quien subarrendarle.

El sistema de megafonía que había sobre mi cabeza crepitó.

—Amigos, parece que vamos a estar aquí por lo menos una hora más. Estamos trabajando tan rápido como nos es posible para limpiar el producto derramado. Disculpen las molestias.

Apoyé la cabeza en el asiento de piel sintética.

—Prefiero ir al apartamento, solo está a unos minutos andando de la estación. No quiero que te toque aguantar los gritos de tu compañero por abrirme la puerta a esas horas.

—Lo siento, Lib. —Sonaba tan frustrado que deseé poder abrazarlo a través del teléfono.

—Aunque no encuentres a nadie a quien realquilarle tu cuarto, piénsalo, ¿vale? ¿Qué voy a hacer con tres dormitorios vacíos?

La enorme habitación principal iba a ser para mí, y las otras tres me sobraban.

—¿Llegarás bien tú sola y a pie?

—No pasa nada. Tardaría más si cogiera un taxi o un Uber. Manhattan no es precisamente una ciudad fantasma los viernes por la noche. —No era peor que el lugar donde había pasado los nueve primeros años de mi vida.

A pesar de estar tranquilizando a Ethan, sentí un cosquilleo muy familiar en el estómago. Ya no era una niña asustada, pero, a decir verdad, cada vez que ponía un pie en la ciudad era como si volviera atrás en el tiempo.

—Llámame si me necesitas. —Se quedó callado unos segundos de más, y se me aceleró el corazón. Sabía lo que iba a decirme, puesto que aún no había sacado el tema—. ¿Cómo estás?

—¿La verdad? He estado mejor. No esperaba tener sentimientos tan intensos por empezar las obras del centro comunitario mañana. —Al principio había estado emocionada, pero cuanto más se acercaba el día, más recuerdos de la miseria en la que viví y de la muerte de mi madre me venían a la cabeza. Ni la terapia ni el paso del tiempo podían borrar mi pasado.

—Me refería a… —Ethan guardó silencio para dejármelo fácil; para que empezara a hablar de por qué había cortado con mi novio.

Habían pasado dos semanas, pero seguía sin poder hablarle a Ethan de ello; sobre todo porque había sido precisamente por él. Aunque no era un secreto que a mi ex, Justin, no le gustaba mi amistad con Ethan, no había llegado al extremo de darme un ultimátum.

¿Habíamos tenido una relación perfecta? No, pero había estado bien porque había sido justo lo que yo necesitaba. Si te cerrabas, no corrías el riesgo de que te abriesen el pecho y te arrancasen el corazón. Y eso nunca le había supuesto ningún problema a él, ya que siempre estaba ocupado con el negocio de su familia.

Pero algo cambió en el instante en que decidí mudarme a la ciudad, y eso que ni siquiera estaba lejos. El problema era que Ethan se iba a mudar conmigo.

No llores, no llores, me consolé para mis adentros.

—Se había acabado mucho antes de que yo lo rompiera. —Sabía que era verdad, pero no por eso dolía menos.

Se oyó un golpetazo al otro lado del teléfono, y alguien gritó el nombre de Ethan. Reconocí esa atronadora voz al instante; su compañero de piso estaba loco de remate. La única vez que pasé la noche en su piso, estuvo a punto de provocarme un ataque de ansiedad. Como mínimo. El pobre Ethan llevaba meses tratando de manejar la situación, y lo único que lo retenía allí era el contrato de alquiler y los gastos que conllevaba.

Lo oí respirar con fuerza.

—Tengo que ir a ver qué le pasa a ese imbécil. Creo que está cabreado porque he lavado sus platos, pero es que yo no estaba dispuesto a aguantar que se pusieran mohosos en el puto fregadero. No tiene sentido ponerse como una fiera porque te limpian las cosas. Nos vemos mañana, Libby. Te quiero.

—Y yo a ti. —Colgué y cerré los ojos.

El día siguiente iba a ser muy largo.

2

Una fiesta de salchichas

Libby

Tenía que ser un mal presagio que estuviera a punto de embarcarme en una nueva etapa de mi vida pero me encontrara fuera del apartamento con el aspecto y la sensación de ser una rata mojada.

Odiaba las ratas.

¿Sabéis qué más odiaba? Las tormentas veraniegas que te caían encima justo en el momento en el que cargabas con tu mochila desde la estación, a medianoche, y sin taxis a la vista. Recorrer unas cuantas manzanas a pie no era gran cosa hasta que los cielos se abrían. Para cuando hube encontrado un lugar donde guarecerme, el daño ya estaba hecho.

Me estremecí cuando noté el aire frío de la rejilla de ventilación del pasillo, así que tecleé rápidamente el código de la puerta. Dentro de una semana sería mi puerta, y el pensamiento me hizo inspirar profundamente. Jamás se me habría ocurrido que volvería a vivir en la ciudad con la que tenía una relación de amor-odio, pero ahí estaba.

Mis zapatos rechinaron en la entrada cuando accedí, y encendí la luz. El pequeño espacio se iluminó, y cerré la puerta antes de echarme un vistazo en el espejo de la pared. Llevaba el pelo rubio pegado a la cabeza y la cara manchada.

—Preciosa. —Me quité los zapatos y los calcetines empapados justo cuando la luz parpadeó y se apagó—. Joder. ¿En serio?

Era como si el universo intentase decirme que no volviera a Nueva York, que siempre podía recuperar mi trabajo de profesora, pues siempre quedaba alguna vacante de última hora y no había suficientes profesores para cubrirla. Solo tenía que decirle a mi hermano que no podía soportar el estrés de la ciudad o la presión de ayudar a dirigir una fundación y un nuevo centro comunitario.

Sentí una punzada de culpabilidad al recordar que me había retirado de la enseñanza, pero la alejé con una sacudida. Aunque no había dejado el curso antes de que acabara, era como si hubiera abandonado a la gente que más me necesitaba, lo cual era ridículo, ya que había renunciado para desarrollar un centro comunitario que ayudaría incluso a más gente.

Moviendo la cabeza ante mi ridiculez, busqué en el bolso mi teléfono, que había arrojado a sus profundidades a buen recaudo en cuanto había salido del tren. Siempre llevaba el bolso bien protegido, pero la gente podía ser muy astuta.

Cuando por fin lo encontré, estuve a punto de echarme a llorar. Un diez por ciento de batería no iba a ser de mucha ayuda durante un apagón, y encima odiaba la oscuridad.

Volví a soltar el móvil en el bolso con las manos temblorosas. Seguro que la luz regresaba pronto; estábamos en un edificio ultramoderno, y con tanta gente rica viviendo allí, no me habría sorprendido que tuvieran generadores que se encendieran en cualquier momento.

Temblé violentamente cuando mi cuerpo reaccionó por fin al aire acondicionado, que había estado encendido todo el rato. Ryker tenía pasta, pero dejárselo a tope cuando no había nadie allí era un derroche. Me sentía como si hubiera entrado en la guarida de Mr. Frío.

Tratando de no dejar un reguero de gotas por todas partes como si estuviera creando una pista de hockey, me quité los vaqueros y la camiseta y los dejé caer con un chapoteo junto a la puerta. Parecía que me había tirado a una piscina. Hasta el sujetador estaba empapado, pues las copas absorbían el agua como esponjas.

Me lo desabroché y lo deslicé por mis brazos cogiéndolo por uno de los tirantes. Parecía que pesara tres veces más de la cantidad de agua que había absorbido. Iba a tardar una eternidad en secarse si la luz no volvía pronto para que pudiera ponerlo en la secadora.

Para recordarme lo sensibles que eran, los pezones se me pusieron duros. Por muy pequeños que fuesen, los míos no eran pechos que se pudieran llevar sin sujetador; podría sacarle un ojo a alguien con ellos.

Se oyó un ruido al final del pasillo, y me quedé congelada, con el brazo estirado y listo para tirar el sujetador en el montón de ropa.

¿Qué demonios había sido eso?

Lo oí de nuevo, y mi corazón empezó a latir con fuerza en mi garganta. O estaba alucinando o había alguien que caminaba en mi dirección. Mi mente me decía que saliera corriendo a grito pelado, pero mi cuerpo no la escuchaba. Estaba paralizada, escuchando el ligero ruido que se acercaba cada vez más.

Las luces parpadearon al volver, y un grito resonó en el espacio vacío. Pero no había sido yo. Al menos, al principio.

Un hombre, uno que me resultaba demasiado familiar, estaba de pie frente a mí, con los ojos abiertos de terror al encontrarse a una mujer medio desnuda. Me puse a gritar al unísono y, por puro instinto, le lancé el sujetador a la cabeza. Por fin, mis pies decidieron ponerse en marcha.

Por desgracia, la mochila se interpuso en mi camino y me hizo tropezar. Caí con fuerza al suelo.

—Mierda. ¿Elizabeth? ¿Estás bien? ¿Por qué demonios vas desnuda?

Joder. Por un momento había tenido la esperanza de estar imaginando cosas, pero conocía al dueño de esa voz. Me había tocado escucharla durante interminables horas en los últimos meses, en las reuniones de planificación a las que tenía que asistir.

Me ardían tanto las mejillas que estaba segura de que se me habían puesto más rojas que el trasero de un babuino. Por si mi estado de desnudez no fuera lo bastante malo, él solo llevaba unos calzoncillos que no dejaban nada a la imaginación. ¿Qué sentido tenía llevarlos si se le veía todo a través de la tela blanca?

Dios, pero si aquello casi no le cabía dentro.

—¿Qué haces aquí? —Mi corazón no daba muestras de querer calmarse mientras le daba la espalda cubriéndome el pecho con el brazo. Podía ser que, con la sorpresa y el susto, no hubiera tenido tiempo de echarle un vistazo a la mercancía.

Claro que no, Libby. Igual que tú no le has mirado a él la suya.

—Vivo aquí —dijo despacio, como si estuviera confundido—. Al menos hasta la semana que viene. Se suponía que tú no te mudarías hasta el próximo fin de semana.

—Sí, bueno, necesitaba un lugar donde dormir esta noche. Ha habido cambios de última hora gracias al retraso del tren. —Con una mano temblorosa, abrí la cremallera de la mochila para sacar una camiseta, pero resultó que nada de lo que llevaba estaba seco—. ¿Qué significa eso de que vives aquí? Este piso es de mi hermano. ¿No tienes un ático y un hotel entero a tu disposición?

—Mi ático está en reformas. Ry me ofreció quedarme aquí hasta que se acabaran, ya que está en el mismo edificio y es más cómodo. —Su voz sonaba somnolienta, y me pregunté por un segundo, un mísero segundo, si sonaría así por las mañanas.

—¿Que ha hecho qué? —prácticamente grité, mirando por encima del hombro al tío que tanto me sacaba en estatura. Su cabello oscuro estaba revuelto, y su cuerpo tenía todo el aspecto de algo que me habría encantado apretar contra mí.

No. De ninguna manera. No pensaba babear por uno de los playboys más conocidos de Nueva York, mi futuro jefe y uno de los mejores amigos de mi hermano. Encima, me ponía de los nervios cada vez que abría la boca.

Porque desearlo te hace sentir culpable.

Decirme que no a mí misma era una cosa, pero no podía apartar los ojos de la oscura línea de vello que bajaba por la cintura de sus calzoncillos ni de los músculos en forma de V que parecían señalar directamente a su impresionante bulto.

No. Era imposible que Leo Caponetti me atrajera lo más mínimo.

El problema era que sí me atraía, y ocurría desde el momento en que le había puesto la vista encima. Había sido capaz de reprimir mi atracción porque tenía novio, pero, ahora que estaba soltera…, no tenía salvación. Aun así, tenía que tratar de mantenerlo dentro del cerco de seguridad que había colocado a su alrededor.

—No te pongas así, princesa; el viernes me habré ido.

¿Cómo que «princesa»? Aquello era razón suficiente para reavivar las hostilidades y mantener las distancias con éxito.

Me tendió la mano para ayudarme a ponerme en pie, y la tomé a regañadientes, con el otro brazo apretado firmemente contra mis pechos.

—Olvidemos lo que acaba de pasar, ¿vale? —Miré hacia el fondo del pasillo—. Creo que… eeeh… debería poner mis cosas en la secadora y meterme en la cama.

Hizo una mueca de dolor y aspiró entre dientes.

—Respecto a eso…

—Mierda. Ryker dijo que había dejado la lavadora y la secadora. Se las ha llevado, ¿no? —Mi hermano no era un genio de la comunicación entre seres humanos, precisamente, y como estaba tan ocupado con su empresa de marketing y poniendo en marcha la fundación, se olvidaba de contarme los detalles importantes. Como el hecho de que Leo estuviera viviendo allí.

—No me refería a la lavadora ni a la secadora; no se las ha llevado. —Sus ojos viajaron desde el brazo que me cubría el pecho hacia abajo, hasta la mochila—. ¿Por qué vas mojada?

Tardé más de lo que me habría gustado en darme cuenta de lo que quería decir. A lo mejor había sido una suerte no haberme llevado un libro para el tren, pues, de todos modos, mi cabeza ya se encontraba, claramente, en Villa Lujuria.

—¿Porque ha llovido, por ejemplo? Podía haberme dado un bañito en una piscina de camino hacia aquí, pero no he visto ninguna. —Estuve a punto de añadir «O en cientos de litros de lubricante», pero Leo y yo no teníamos tanta confianza como para hacer chistes, y probablemente nunca la tendríamos.

Se pasó una mano por el pelo.

—Te presto una camiseta y unos pantalones cortos.

Antes de que pudiera espetarle que no pensaba ponerme su ropa, se fue por el pasillo, con sus glúteos tonificados gritando «muérdeme». Decidí culpar al cansancio de mi falta de buen juicio.

Puse los ojos en blanco y me dediqué a sacar la ropa húmeda de la bolsa. No toda estaba mojada, pero la había guardado en el orden en el que me la quería poner, así que el pijama y el conjunto que iba a llevar al día siguiente estaban inutilizables.

Volví a mirar hacia el pasillo y me mordí el labio. Ni una sola vez desde que Ryker anunció que Leo iba a ser el director ejecutivo de la fundación había mirado a Leo como si quisiera abalanzarme sobre él, pero ahora que no tenía nada que me impidiera hacerlo, era como alejar a un gato de una lata de atún.

Tal vez eso fuese lo que necesitaba, un gato que me ayudase a abrazar a mi señora de los gatos interior y me mantuviese a salvo de la situación que se me echaba encima. Me tocaba trabajar con ese tío todos los días de mi futuro más cercano, pero tal vez centrarme en sus defectos podía servirme ayuda.

En todo lo que concernía a la fundación, lo único que había hecho era irritarme, y habíamos estado en desacuerdo en casi todo. Encima, era un milmillonario que no tenía ni idea de lo que era pasar apuros económicos. No sabía en qué había estado pensando mi hermano para contratar a alguien tan alejado de la realidad como director. O sea, el tío tenía un yate. Con eso quedaba todo dicho.

Leo salió de la habitación de invitados; su trasero estaba ahora medio tapado por los pantalones de su pijama. Me resultó imposible contener la risita cuando vi lo que tenían escrito.

—Oh, Dios mío.

—¿Qué pasa? —Leo me tendió una camiseta y unos pantalones cortos—. Ya sé que te vas a perder dentro de esto, pero me he dejado en el ático la ropa de mujer.

Eso detuvo mis risitas abruptamente. ¿Tan mujeriego era que tenía un baúl entero de ropa que se habían dejado sus conquistas? Le arrebaté las prendas y las apreté contra mi pecho.

—Me reía de tu pijama de las Tortugas Ninja.

Bajó la mirada y se pasó las manos sobre los muslos.

—Me lo compró Paige. Le parece muy gracioso que me llame Leonardo.

Paige era la novia de mi hermano, y la mujer a la que le debía tanto. Si ella no hubiera aparecido en la vida de Ryker, él jamás le habría hecho frente a lo que nos pasó cuando éramos niños y al efecto que esto aún tenía sobre él. Esa era la razón por la que me acababa de mudar a Nueva York para ayudar en la fundación y el centro comunitario que se estaba construyendo en el edificio donde nos criamos.

—Bueno… —Miré hacia el fondo del pasillo en lugar de a la cabeza de tortuga impresa en el mismísimo centro de su entrepierna—. Debería ir a ponerme esto. Estoy cansada.

—Respecto a eso…, era precisamente lo que estaba tratando de decirte. —Carraspeó de forma que mi atención regresó a él—. Solo hay una cama.

—¿Perdona? —Esperaba haberlo oído mal—. ¿Qué quieres decir con que solo hay una cama?

Miré hacia el salón. El sofá no estaba. Habría jurado que Ryker había dejado el sofá, puesto que había estado ahí durante mi última visita.

—Solo está la de la habitación de invitados. No me molesté en bajarme mi propia cama. —Leo se encogió de hombros, como si aquella situación fuera normal para él.

—¿Dónde está el sofá? —Encima, me gustaba muchísimo ese sofá, joder.

Volvió a encogerse de hombros y se rascó la tripa, dirigiendo la mirada hacia el pasillo antes de mirarme a mí de nuevo.

—¿De verdad es para tanto?

—No vamos a compartir cama. Este piso es mío. —No quería discutir con él cuando iba casi desnuda, así que, de espaldas a él, me puse la camiseta. Era suave y olía a él. ¿Qué había hecho, restregársela por todo el cuerpo?

—¿Tuyo? No sabía que una profesora pudiera permitirse un piso de varios…

Las palabras murieron en sus labios cuando me di la vuelta. Su mandíbula se tensó conforme sus ojos recorrían mi cuerpo. Me miraba como si yo fuera un jugoso filete y él estuviese hambriento.

Le tiré los pantalones a la cabeza; eran demasiado grandes y la camiseta ya me tapaba lo suficiente, de todos modos.

—Esta es exactamente la razón por la que el director ejecutivo no deberías ser tú. «No sabía que una profesora pudiera permitirse un piso de varios millones de dólares» —lo imité con una vocecilla irritable.

Asió los pantalones que le había arrojado.

—¿Te enfada que te diga la verdad? Los profesores están mal pagados, y este apartamento cuesta muchísimos millones.

No me apetecía discutir con él sobre la inutilidad de señalar las obviedades.

—No sé qué haces ahí como un pasmarote, cuando deberías estar haciendo la maleta. —Recogí la mochila y el bolso y los aparté de mi camino.

Me dirigí hacia el lavadero con él pisándome los talones.

—No me voy a ningún sitio, eres tú la que ha entrado aquí sin permiso. ¿Le has dicho a Ryker acaso que pensabas dormir aquí?

—Eso no viene al caso. —Metí la ropa en la secadora antes de darme la vuelta, solo para tropezarme con él, que sostenía la ropa que me había quitado al entrar, sujetador incluido. Se la arrebaté y la puse con el resto.

—¿Quieres que llame a mi chófer para que te lleve a mi hotel, entonces?

¿Su chófer? ¿Su hotel? Vivíamos en mundos completamente distintos. Uno en el que él poseía enormes edificios y una casa en los Hamptons.

—Es casi la una de la madrugada, Leonardo. —Lo aparté y me dirigí al dormitorio principal para comprobar que no mentía respecto a lo de compartir cama.

—Exacto. Sugiero que nos vayamos a dormir. Enrollaré una manta en forma de salchicha y la pondré en medio; así no nos tocaremos.

Tras confirmar que no mentía, me giré hacia él.

—¿Lo de la salchicha es una especie de eufemismo o algo?

—No. Ni siquiera tendría que ponerla; ni que fuéramos unos desconocidos. Además, los dos somos adultos. Por lo menos yo. —Sonaba como si intentara convencerse de ello. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la habitación de invitados.

—Eso es debatible —murmuré, y suspiré derrotada conforme lo seguía—. ¿Roncas?

—No. —Se metió en el vestidor y salió con una gruesa manta—. Mira y aprende.

Dejé mis bultos en el suelo, junto a la cómoda, y observé a través del espejo cómo doblaba la enorme manta por la mitad antes de colocarla en el centro. Apenas se le podía llamar barrera.

—Uno puede dormir debajo de una sábana y el otro, encima. No hace falta involucrar a las salchichas en esto.

Hizo una pausa y me lanzó una larga mirada antes de carraspear y sentarse en el lado de la cama más cercano a la puerta. El cobertor estaba echado hacia atrás en el otro lado.

Preferí no darle demasiadas vueltas a lo que acababa de hacer. De ninguna manera. Ya había tenido suficientes novios típicos que hacían gilipolleces como dormir cerca de la puerta para proteger a su mujer. Yo no era la mujer de Leo, y no creía que quisiera protegerme.

Agarré mi neceser junto con unas bragas que se habían salvado de la lluvia, entré en el baño y cerré la puerta. Necesitaba aclararme las ideas.

Él tenía razón. Ambos éramos adultos y pronto estaríamos trabajando juntos todos los días. No había ninguna razón para discutírselo todo ni enfadarme por su mera presencia. Apoyé las manos sobre la fría encimera y cerré los ojos. No llevaba bien los cambios bruscos en mi rutina y mis planes, y aquella noche habían surgido demasiados imprevistos. Pero ahora que me sentía segura, me tranquilizaba que el mundo siguiera girando exactamente igual que antes. Todavía tenía los pies sobre la tierra. Lo único que había salido herido era mi orgullo.

Inspiré hondo, abrí los ojos y me miré en el espejo. Tanta discusión y la idea de dormir a su lado habían hecho que me sonrojara, pero podía soportarlo. Podía soportar una noche compartiendo cama con un hombre frustrantemente guapo.

3

¿Futura esposa?

Leo

Jamás, en toda mi vida, había conocido a una mujer tan exasperante como ella. No se trataba de que me echara la bronca por mis gilipolleces o de que fuera más testaruda que yo, sino de lo jodidamente atraído que me sentía por ella, por toda ella, y de que no podía hacer nada por evitarlo.

Tampoco ayudaba el hecho de que, a pesar de que me había dado un susto de muerte con su aparición, me las había arreglado para ver sus pezones sonrosados y cómo se le pegaba la ropa interior mojada. Era perfecta, pero estaba inscrita permanentemente en la lista de «no tocar».

Bueno, a ver, sí que podía tocarla, pero mi vida no necesitaba más líos.

Hacía años que nos conocíamos —aunque no muy bien—, pero hacía poco que me había fijado en ella como algo más que la hermana pequeña de mi amigo, y, cuando nos encontrábamos en la misma habitación, ella siempre estaba callada y apenas me dedicaba una mirada.

Mi hermano era uno de los mejores amigos del suyo, y yo también me había acercado mucho a él en los últimos tiempos. Incluso me había contratado para dirigir su fundación, lo cual era una razón añadida para que Libby estuviera vedada: en unas semanas sería oficialmente mi empleada.

Aunque, en ese momento, solo era una conocida más.

La primera vez que le presté atención fue unos meses antes, cuando me echó una mirada de profesora severa a través de la pantalla durante una videollamada. Resultaba que las obras de nuestra sede temporal ya habían terminado, y yo había reclamado el despacho de la esquina sin consultarle. Fue la mirada más expresiva que le había visto hasta entonces, y no le había hecho falta hablar para que yo supiera lo que quería decir.

Y por cómo me estaba mirando en el presente, o quería follarme con odio o quería arrancarme el pene y atravesármelo en la garganta. Me resultaba imposible diferenciar. De todos modos daba igual, porque, si la tocaba, estaba muerto, tanto si era a manos de su hermano como si era a manos del mío.

Aunque tal vez valiera la pena.

Tras lo que se me antojó una eternidad, Libby salió por fin del baño. Se había recogido el pelo rubio en una trenza, y, joder, qué bien le sentaba mi camiseta.

Encendió la luz del pasillo y entornó la puerta, de modo que una rendija de luz se colaba en el dormitorio.

—¿Te da miedo la oscuridad? —me burlé mientras ella rodeaba los pies de la cama y se acostaba por el otro lado.

—Me ayuda a dormir. —Apagó la lámpara de la mesilla y me dio la espalda.

—No es bueno para tu ritmo circadiano dormir con una luz encendida. —Estuve a punto de levantarme y apagarla, pero me puse de lado y me quedé mirándole la nuca. Resultaba infantil, pero me gustaba molestarla, sobre todo porque parecía que eso era lo único que la hacía fijarse en mí.

¿Qué demonios me pasaba? Rondaba los treinta, y actuaba como si tuviera doce. Ya había pasado por la crisis del cuarto de vida, así que ¿de qué iba todo aquello?

—Déjame adivinar —bostezó—, te gusta la oscuridad porque hace juego con tu alma.

—Me gusta la oscuridad porque soy un adulto. —Me tumbé boca arriba buscando una postura cómoda—. Cuando te hayas dormido la apagaré.

Se sentó y me dedicó el tipo de mirada que hacía que mis pelotas se escondieran y mi pene se contrajera.

—Vas a dejarla encendida.

Mis ojos se desviaron hacia su boca, y me apoyé en un codo.

—Dime por qué.

Contempló los músculos de mis brazos y abdominales.

—No es asunto tuyo. —Le dio la vuelta a la almohada y se tumbó de nuevo con un suspiro—. Tú… déjala así y ya está.

—Vale. —Me tumbé otra vez y apoyé las manos en mi estómago para evitar alargar la mano y enrollarme su trenza alrededor.

Cuanto más lo pensaba, más difícil me resultaba, así que me di la vuelta para ponerme de cara a la puerta. Si no la miraba, no pensaría en ella. El problema era que no podía sacármela de la cabeza porque la sentía a mi lado. Esa cama era demasiado pequeña para dos adultos. No solía dormir acompañado, y mucho menos con una mujer que no me deseaba.

Pero ¿por qué iba a desear una mujer como ella a un hombre como yo? Ella era la típica chica buena, mona y lista, y yo era el vividor que quería agarrarle la trenza para guiar su boca hacia mi pene. Y después estaba el dilema de que íbamos a trabajar juntos.

Joder. Ahora estaba imaginándome que lo hacíamos en mi despacho.

¿Estaba la calefacción encendida o me estaba dando un sofoco?

Odiaba ponerme el pijama para dormir, pero no me fiaba de mí mismo. Saqué una pierna de debajo de la sábana y me giré de nuevo hacia ella, de modo que el aire acondicionado me diera en la espalda. Cuando eso no me alivió, me puse boca arriba otra vez y aparté la sábana. Se me había puesto dura, y consideré irme al baño más lejano para ponerle remedio.

—¿Puedes dejar de moverte, por favor? —Libby no movió ni un músculo, lo cual fue lo mejor que podía pasar, pues mi erección era ya muy visible, sobre todo con la luz que entraba del pasillo.

Menudo cuadro.

Me acomodé y doblé la almohada para que me alzara un poco la cabeza.

—Es que no estoy acostumbrado a este lado de la cama.

—¿Y por qué te has puesto ahí? —La frustración de su voz solo consiguió espolearme.

—Para que no puedas escapar con facilidad. —La verdad era que no sabía por qué lo había hecho; solo había sentido que debía hacerlo.

Miró por encima de su hombro y puso los ojos en blanco.

—Y yo aquí pensando que era posible que tuvieras corazón.

El fuerte golpeteo que notaba en mi pecho indicaba que, de hecho, sí que tenía corazón, a pesar de la creencia popular.

—¿Por qué me odias tanto?

—¿Te parece que son horas de sincerarse? No te odio. —Se volvió hacia mí, y sus ojos se dirigieron enseguida hacia mi paquete y se quedaron ahí más tiempo del necesario.

—Podías haberme engañado. Ahora es tan buen momento como otro cualquiera. Tienes toda mi atención. —Tiré de la sábana para taparme la mitad inferior del cuerpo—. Cuéntame.

Por fin dejó de contemplar mi pene.

—No tienes consideración por las personas.

—¿Esto es por lo del despacho de la esquina? Si tanto te importa, quédatelo. —Tamborileé sobre mi estómago con los dedos—. ¿O es por la cena de recaudación de fondos?

Habíamos tenido muchos desacuerdos respecto a las actividades para recaudar fondos, la mayoría porque ella no se daba cuenta de que, si queríamos conseguir donaciones, teníamos que gastar dinero para captar la atención de los mayores donantes.

—Olvídalo, jamás lo entenderías. —Hizo ademán de girarse, pero me acerqué y deslicé los nudillos suavemente por su brazo. Se quedó paralizada y miró hacia donde la había tocado—. ¿Qué pasa con la… eeeh… salchicha?

Su piel era tan suave e incitante que necesité toda mi fuerza de voluntad para no agarrarla y besarla. No sabía de dónde salían esos impulsos, pero tenía que reprimirlos antes de cometer alguna estupidez. Mis días de cometer estupideces pertenecían al pasado.

—¿A que es impresionante?

Solo entonces me di cuenta de que, poseído por mi neblina lujuriosa, la había cagado. Porque se había referido a la manta enrollada, ¿verdad?

Me apartó la mano de un golpe y volvió a darme la espalda mientras se iba hasta el borde de la cama.

—Duérmete ya, Leonardo. Y quédate en tu lado de la salchicha.

¿Me había cortocircuitado el cerebro verla desnuda o de verdad me atontaba tanto no poder dormir? Podía ser cualquiera de las dos posibilidades, y por culpa de eso, nuestra relación iba a ser más incómoda de lo que ya era de por sí.

—Lo siento. —Cerré los ojos; el silencio que procedía de su lado de la cama era agobiante. Tal vez debería haber optado por irme al hotel.

Ojalá aquello no fuera un adelanto de lo que iba a ser trabajar con ella a tiempo completo.

Había dormido como un bebé y ya me había autoconvencido de que había sido por Libby. El invento de la manta salchicha había fallado estrepitosamente, y en algún momento ella había acabado acurrucada en mi lado de la cama, con mi brazo alrededor de su cintura. Sin embargo, en lugar de hacer lo que me apetecía, me escabullí antes de que sonara el despertador, a las siete, y me preparé lo más silenciosamente que pude.

Había mucho que hacer antes de la ceremonia de inauguración de las diez, y la lluvia de la noche anterior lo había complicado todo. Por suerte, cuando llegué, mi equipo ya estaba colocando estratégicamente cartones y contrachapados, aunque el suelo no estaba tan mal.

Ya eran casi las diez y me preguntaba dónde demonios se había metido Libby. No había llegado con su hermano, y mi llamada había saltado directamente al buzón de voz.

—Leo, ¿me estás escuchando? —Carter, mi mejor amigo y, además, el fotógrafo y community manager de las redes sociales de la fundación, me alejó de mis pensamientos.

—¿Qué habías dicho? Perdona, es que tengo muchas cosas en la cabeza. —Me coloqué bien la corbata y volví a prestarle toda mi atención.

—Vamos a hacer las fotos de grupo justo después de la colocación de la primera piedra; de lo contrario, no las haremos nunca. Aparte de las de grupo, estaba pensando en hacer una contigo y los fundadores, y luego unas cuantas espontáneas de vosotros haciendo cosas por aquí sin posar. —Siguió repasando su plan mientras abría la bolsa que llevaba al hombro y sacaba una cámara carísima. Tras unos giros y algunos chasquidos, le había colocado un objetivo impresionante.

A Carter siempre le había gustado la fotografía, y tras un cuatrimestre en la facultad de Empresariales, se había cambiado a Artes Visuales. Sus padres prácticamente lo habían repudiado por ello, pero él era feliz y ganaba bastante con sus habilidades. Tampoco necesitaba más dinero del que ya tenía. Ninguno de los dos lo necesitábamos, por eso trabajábamos prácticamente gratis.

—Me parece bien. Asegúrate también de sacar algunas fotos del público. Hay grandes nombres hoy aquí. —Miré a la creciente multitud, en la que se encontraban varios prominentes hombres de negocios de Nueva York, algunas celebridades y un puñado de estrellas del deporte profesional.

La única que faltaba era Libby.

—Lo estás haciendo otra vez. —Carter me dio un empujón en el hombro y sonrió satisfecho—. ¿Quién es ella?

—No sé de qué estás hablando. —Carter podía leerme como un libro abierto, y lo último que necesitaba era que dijese que tenía un cuelgue delante de mi madre; le gustaba ponerme en evidencia delante de ella, pues ambos sabíamos cómo era: bastaba con que mencionara a una mujer para que mi madre empezara a hablar de bebés y a planear la boda, y eso era lo último con lo que me apetecía lidiar. Antes se cebaba con mi hermano mayor, pero como él tenía una relación poliamorosa, había puesto su objetivo en mí.

Carter resopló, pero luego inspiró con fuerza como si estuviera a punto de tener un ataque de asma.

—Pues espero que esa chica te esté mirando a ti y no a mí, porque, joder, creo que podría ser mi futura esposa.

—¿Qué estás…? —Seguí la dirección de su mirada y vi exactamente de quién estaba hablando.

Libby.

Se encontraba junto a un taxi y me miraba fijamente, con los ojos entrecerrados y los labios apretados. Se dirigió directamente hacia mí.

—Ni hablar, está prohibida. —No podía apartar los ojos de ella; mala señal, ya que Carter no dejaba de mirarnos alternativamente.

—Joder, tío. ¿Es que te has acostado con toda la ciudad? —suspiró—. Aunque, hasta que no le hayas puesto el anillo, es juego limpio.

Mantuve la boca cerrada. Si le hubiera dado una pequeña pista de cuánto me ponía, se habría burlado de mí sin piedad.

Miré el reloj conforme se acercaba.

—Llegas tarde, Elizabeth.

—Llego justo a tiempo. —Parecía dispuesta a darme una patada en los huevos.

—Este es Carter, nuestro fotógrafo y community manager. Carter, esta es Elizabeth St. James, hermana de Ryker y gerente de la fundación.

—Encantado de conocerla, señorita St. James. —Carter le tendió la mano y ella la cogió. Resistí el impulso de poner los ojos en blanco cuando él se llevó la mano de ella a los labios y le besó el dorso.

—Por favor, llámame Libby. —Sus mejillas se sonrosaron cuando él le soltó la mano.

Carraspeé.

—Elizabeth, ¿podemos hablar?

Carter me dirigió una mirada de desaprobación antes de volver a centrar su atención en Libby.

—Tengo que prepararme. Tal vez después de la ceremonia podamos ir a comer y hablar de tus ideas para las redes sociales.

—Me encantaría. —Ella le dedicó una sonrisa cálida que me sentó como si me hubiera apuñalado en el pecho.

A mí nunca me sonreía de esa manera.

Tenía que centrarme. El propósito de aceptar ese trabajo había sido reconstruir mi imagen y mi reputación, además de demostrarle a mi padre que podía tomarme las cosas en serio por una vez en mi vida. Entrar en un concurso de quién la tenía más larga con Carter no era la mejor manera de conseguirlo.

—Conozco un nuevo restaurante que está genial; podemos ir allí. Es difícil conseguir reserva, pero conozco al dueño. —No pude reprimirme, y tanto Libby como Carter me lanzaron una mirada incrédula. Si hubiera podido mirarme a mí mismo, también lo habría hecho así.

Carter movió la cabeza y se dirigió hacia Ryker, que hablaba con uno de los pocos periodistas a los que yo había dejado entrar.

Libby cruzó los brazos sobre el pecho y me miró fijamente. Me recordaba a las miradas que me lanzaban los profesores cuando esperaba que les explicara por qué había hecho algo molesto o estúpido.

—Tenías que haber llegado hace treinta minutos. —Me metí las manos en los bolsillos para evitar estirar la mano y recogerle un mechón detrás de la oreja. Se había deshecho la trenza y el pelo rubio le caía en suaves ondas sobre los hombros.

—No me has despertado. —Evitó mirarme, y su voz tembló ligeramente.

—No sabía que necesitabas que hiciera de alarma. ¿No te pusiste una en el móvil? —Traté de sonar amable. Lo único que quería era estrecharla entre mis brazos y hacer que olvidara lo que fuese que le pasaba. Porque era obvio que le pasaba algo si me estaba culpando por no despertarla a tiempo.