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Un acontecimiento intelectual y académico sin precedentes. La obra de referencia sobre los grandes saberes, debates y las reconfiguraciones actuales de los estudios de género. La discusión relativa al género se ha establecido con fuerza en el actual debate público. Nunca antes se han requerido herramientas que faciliten al público interesado alcanzar un panorama riguroso y amplio de las cuestiones y debates abiertos. La potente irrupción de la última ola feminista ha conseguido enfocar experiencias, demandas y daños invisibilizados por los marcos simbólicos dominantes que solicitan urgentes intervenciones políticas y reformas legislativas. Estos procesos se producen en distintos ejes de conflicto que, cuando se polarizan, tienden a simplificar los términos para generar cámaras de eco y burbujas epistémicas. En este contexto, las entradas propuestas en la Enciclopedia crítica del género pretenden contribuir a enriquecer las discusiones, matizar las posturas y diversificar los puntos de vista con el objetivo de que estén a la altura de la complejidad de las cosas mismas. Para ello, el conjunto de las entradas se organiza en los tres ejes que convergen cuando hablamos de género: los cuerpos (con sus bellezas, normas, capacidades, emociones…), las identidades (con sus transiciones, fronteras, orientaciones, cánones…) y las sexualidades (con sus diferencias, mutaciones, transgresiones, estigmas…). Una obra colosal que reúne el riguroso trabajo de más de cincuenta especialistas en estudios de género y teoría queer. Académicos e investigadores de las mejores universidades de Iberoamérica que sistematizan, ponen orden y aportan claridad a un conjunto de temáticas de interés general que atraviesan de pleno el debate público.
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Seitenzahl: 775
Veröffentlichungsjahr: 2023
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ENCICLOPEDIA CRÍTICA DEL GÉNERO
© del texto: Luis Alegre Zahonero,
Eulalia Pérez Sedeño y Nuria Sánchez Madrid, 2023
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: septiembre de 2023
ISBN: 978-84-19558-38-1
Diseño: Anna Juvé
Maquetación: Compaginem Llibres, S. L.
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
INTRODUCCIÓN
Luis Alegre Zahonero
Eulalia Pérez Sedeño
Nuria Sánchez Madrid
EJE CUERPO/CUERPOS
Norma Blazquez Graf
Martha Patricia Castañeda Salgado
Belleza y feminidad
Elsa Muñiz
Cuerpo letrado
Helena López
Cuerpo relacional
Diana Marcela Gómez Correal
Cuerpo y deporte
Carmen Rial
Cuerpo y ecofeminismo
Alicia H. Puleo
Cuerpo y emoción
Oliva López Sánchez
Cuerpos normales y diversidad funcional
Enrique Latorre Ruiz
Cuerpos prostituidos
Ana de Miguel Álvarez
Cuerpos sexuados
Begonya Saez Tajafuerce
Cuerpos transformados
Julia Pérez Amigo
Cuerpos y sexualidades en la teología cristiana reciente
Iván Ortega Rodríguez
Edadismo
Paula Mara Danel
Enajenación de cuerpos y sexualidades
Dorotea Gómez
Racialización y anticolonialismo
Karina Bidaseca
Violencias feminicidas
Emanuela Borzacchiello
EJE IDENTIDADES
Danila Suárez
Lucas Platero
Adultocentrismo
Lucas Platero y Miguel Ángel López-Sáez
Binarismo sexual
Óscar Quejido
Canon y exclusión femenina
Elena Nájera
Ciborg
Colectiva Materia
Feminismo lesbiano
Raquel Osborne
Fluidez de género
Noemi Parra Abaúnza
Frontera y género
Martha Palacio-Avendaño
Género y clase
Clara Navarro Ruiz
Identidad de género
Sonia Reverter
Masculinidad-es
Luciano Fabbri
Pluma
Javier Sáez del Álamo
Sexo/género
Lu Ciccia
Sujeto(s) del feminismo
Siobhan Guerrero Mc Manus
TERF
Sam Fernández Garrido
Trans
Maite Arraiza Zabalegi
Transición
Elena Gallardo Nieto
EJE SEXUALIDADES
María M. Pessina Itriago Carolina Meloni
Ciudadanías sexuales
Sofía Argüello Pazmiño
Clítoris
Sara Ortega Álvarez-Casal
Diferencia sexual
Laura Llevadot
Histeria
Mercedes de Francisco
Ideología de género
Cristina Vega
Masculinidades no sexistas
José A. M. Vela
Microsexos
Jaime del Val
Migración y sexualidad
María Emilia Tijoux Merino y
Víctor Veloso Luarte
Pedagogías queer
Gracia Trujillo Barbadillo
Poliamor
Pablo Pérez Navarro
Sexo y diversidad funcional
Melania Moscoso Pérez
Sexualidad y capitalismo
Ira Terán
Sexualidades transgresoras
Rafael Garrido Álvarez
Sistema sexo/género
Edgar Vega Suriaga
Tecnologías del placer
Enrique Latorre Ruiz
Trabajo sexual
ruth m. mestre i mestre y Paula Sánchez Perera
Trata
Silvina Ribotta y Natalia Rojas Rodríguez
Violencia de género
Sofía Ugena-Sancho
ÍNDICE DE AUTORES
Para esta Enciclopedia crítica del género, hemos intentado adoptar un lenguaje no sexista. La fórmula según la cual el masculino es genérico y abarca tanto a hombres como mujeres, según la Real Academia Española (RAE), ha sido el enfoque gramatical habitual sobre el género. Sin embargo, ahora sabemos que lo que no se nombra no existe, por lo que en esta enciclopedia no podíamos mantener esa práctica. Hemos intentado que la lectura sea cómoda, desdoblando en masculino y femenino lo menos posible, También hemos intentado utilizar un lenguaje neutro o que no especificara el género de las personas mencionadas (públic/, lector, miembro/, víctima, persona…), cuando esta indicación no es necesaria o relevante. Pero algunas autoras y autores han optado por ciertas fórmulas —terminaciones en «e», por ejemplo— que se han mantenido para no tergiversar las ideas de las/os autoras/es.
Hace ya algún tiempo, los editores de Arpa se pusieron en contacto con quienes escribimos esta introducción para plantear la posibilidad de editar en castellano una enciclopedia crítica del género. Una de las opciones que se barajaban era traducir la Encyclopédie critique du genre (La Découverte, 2016), reeditada en 2021. Sin embargo, nos pareció posible y conveniente desarrollar un proyecto de esa envergadura directamente en castellano. Era posible porque, sin duda, existe en el ámbito académico español y latinoamericano una investigación consolidada en este terreno; investigación que, además, resulta ser de una riqueza, rigor y diversidad muy por encima de lo que cabría imaginar si se atiende solo a las voces que, por distintos motivos, cuentan con una capacidad privilegiada de acceso a la esfera pública. Y era conveniente porque, por un lado, permitiría dar una visibilidad conjunta a todo ese trabajo que, disperso, no logra mostrar su verdadera magnitud. Y por otro, porque hay experiencias, enfoques, realidades y contextos de discusión propios de nuestras coordenadas culturales, que requieren ser enunciados y discutidos en nombre propio, si aspiramos a hacerlos visibles (y a ensanchar con ello el horizonte mismo de nuestro mundo y nuestras discusiones) y situarlos en la discusión global sobre el género. Consideramos, pues, que no solo había capacidad, sino incluso el deber de emprender una tarea tan ambiciosa como esta.
El primer paso fue organizar un equipo editorial con el que diseñar la obra y llevarla a cabo. De este modo, quienes dirigimos la publicación colectiva, en compañía de Norma Blázquez, Martha Patricia Castañeda, Danila Suárez, Lucas Platero, María Pesina y Carolina Meloni, comenzamos a elaborar el mapa de entradas y a buscar a las personas más idóneas para escribirlas. El resultado es la obra que ahora se presenta, en cuya elaboración han participado más de cincuenta personas de distintos centros de investigación de ambos continentes, y cuyo objetivo ha sido componer un paisaje polifónico, dibujado desde un compromiso teórico y político compartido: la exigencia de apertura y el respeto a lo real.
Se trata de un trabajo académico que intenta no perder de vista los efectos prácticos que acompañan siempre a lo teórico. La misión de la teoría no es pontificar desde espacios más o menos cómodos ni dar vueltas y más vueltas a los conceptos con los que se nombran las realidades mejor conocidas. Por el contrario, se trata ante todo de prestar atención a todas las dimensiones de lo real que aparecen devaluadas, o incluso resultan invisibles, por carecer aún de formas y términos para expresarse. Ante todo, esto requiere una determinada actitud: una actitud de atención y respeto, capaz de asumir que las existencias de los márgenes no son menos reales por el hecho de que los conceptos de nuestro mundo se hayan acuñado sin pensar en ellas. Exige prestar atención y poner todos nuestros recursos y capacidades al servicio, precisamente, de la construcción del tejido conceptual necesario para reparar esa limitación, que estrecha el campo de lo inteligible, empequeñece el mundo de lo que llamamos real y causa sufrimiento en los cuerpos que quedan a cierta distancia de la norma.
Se trata, en primer lugar, de asumir que uno de los objetivos esenciales del trabajo teórico debe ser la ampliación del marco desde el que pensamos lo que llamamos mundo. Hace falta una disposición muy sectaria, o muy perezosa, para pretender que el orden de conceptos (históricamente determinado) ha alcanzado su versión definitiva y nombra ya de forma adecuada todas las realidades posibles (la tarea entonces sería cercenar, excluir o recortar cualquier dimensión de lo real que pudiera poner los conceptos en apuros). El mundo que integran los cuerpos, las sexualidades y las identidades es siempre mucho más amplio, más diverso y más plural de lo que seremos jamás capaces de nombrar. Y, a este respecto, la dirección en la que se trabaje —de ampliación o estrechamiento— define un programa teórico y político.
Nuestro compromiso, pues, ha partido de una firme lealtad con lo real y con su derecho a la inteligibilidad. Y esto exige inevitablemente un movimiento circular: por un lado, prestar atención auténtica requiere hacerse cargo, ante cada situación, de la densidad de su contexto, los mil matices capaces de hacer de cada gesto un abrazo o una agresión, las infinitas resonancias con las que cada cuerpo se relaciona con los filos de un orden de normas, la profundidad histórica que se condensa, con todos sus crímenes y sus acciones heroicas, en cada detalle de la vida cotidiana. En definitiva, se trata de asumir en toda su radicalidad lo que Donna Haraway señala como carácter necesariamente «situado» de todo conocimiento y toda experiencia. No hay un modo de ver, sentir, pensar o vivir que sea el propio del ser humano en general. Como mucho, se da la ficción tenaz de que se puede vivir al margen del género, la raza, la clase, las capacidades, la normatividad del cuerpo o la edad. De hecho, esa ficción de vivirse como nada más que un ser humano es un privilegio reservado a quienes ocupan los conceptos del centro. Podríamos decir que uno de los privilegios del varón blanco heterosexual es poder desarrollar al menos fragmentos amplios de sus vidas, sin que nadie (ni siquiera ellos mismos) repare en su condición racial, sexual, de género o cualquier otra de las dimensiones que intersectan en esa totalidad compleja que constituye la arquitectura de inclusión y exclusión. Un varón blanco accede a la humanidad como humano. Un varón negro lo hace como negro. A una persona que se encuentra con frecuencia en situaciones de discapacidad, cada barandilla, cada bordillo, cada aula o cada medio de transporte le recuerda con insistencia que la ciudad no está diseñada para ella. Al cruzarnos con un varón de mediana edad, suponemos (de forma automática e inconsciente) una individualidad que no sospechamos siquiera al cruzarnos con una mujer anciana…
Pero la atención meticulosa a lo particular, a lo específico de cada situación concreta (con la complejidad infinita que siempre le caracteriza) no debe llevarnos, ni mucho menos, a la defensa de una proliferación de particularismos herméticos e inconmensurables. La defensa firme del carácter situado de toda experiencia no nos arroja a un mundo de disolución atómica de fragmentos incapaces de comunicarse entre sí. Todo lo contrario. Prestar la máxima atención a lo singular, y acompañarlo en la medida de lo posible con conceptos, pensamientos o modos de expresión propios, nos coloca en posición de defender un nuevo concepto de universalidad que sea todo lo contrario a la homogeneización imperialista que ha recibido tradicionalmente ese nombre. En efecto, es frecuente que tras el término «universal» se esconda la pretensión de imponer, con alcance universal, una particularidad concreta. Pero también es posible aspirar a un horizonte de comprensión general y universalidad emprendiendo exactamente el camino contrario: partir de la vida de los cuerpos en su radical diversidad, siempre potencialmente infinita, para avanzar, en un complejo proceso de traducción, hacia la construcción de horizontes de sentido cada vez más amplios y menos excluyentes.
Un camino que, por cierto, permite también enriquecer la experiencia de los sujetos privilegiados (aunque quizá no aumentar su comodidad). Cuando la teoría feminista señaló lo que de mero artificio hay en eso de «ser mujer», no solo se dio un paso crucial contra los privilegios de los varones. También se abrió a estos la posibilidad de conquistar una lucidez respecto a sí mismos de la que antes carecían: si ser mujer es un artificio, ser hombre también lo es. Y esa luz, arrojada por el trabajo de la teoría y crítica feminista, permite hoy a muchos varones ver hasta qué punto actos o actitudes que imaginaban brotando de su interioridad más íntima, no eran más que la ejecución de una receta muy exigente, rígida y no especialmente confortable (aparte de profundamente injusta). Del mismo modo, el trabajo realizado desde distintas tradiciones teóricas como el marxismo, los estudios decoloniales, la fenomenología crítica o las teorías queer, al hacer comunicables modos distintos de ser, no solo incorporan al mundo nuevas claves de inteligibilidad que amplían el margen de las existencias posibles, sino que liberan a todas y a todos de ficciones tenaces, autoengaños y prejuicios con los que nos pensamos.
De este modo, podemos decir que el trabajo teórico debe aspirar siempre a cierto horizonte de universalidad, pero una universalidad que solo puede alcanzarse incorporando cada vez más mundo, con sus determinaciones siempre particulares, a un marco de comprensión compartida cada vez más amplio. Y a este respecto, una de las principales dificultades consiste en asumir que el proceso no termina nunca, y que jamás daremos con los conceptos verdaderos y definitivos de emancipación. El olvido de esto es, con frecuencia, lo que explica cómo puede una teoría emancipatoria transformarse en un vanguardismo ramplón. Qué duda cabe, por ejemplo, del carácter emancipatorio de la tradición del movimiento obrero y las elaboraciones teóricas que construyó para irrumpir en escena: ampliar el concepto de lo democrático, desplazar la atención hacia las condiciones materiales de los derechos y la libertad… Sin embargo, la pretensión de reificar un concepto de «clase» racial y sexualmente neutro y asignarle el monopolio de la emancipación fracturó el movimiento, dificultó la comprensión mutua entre modos diversos de exigir distribuciones más equitativas de los recursos, volvió casi incomunicables entre sí a movimientos de masas potencialmente convergentes, y lo hizo, claro está, en nombre de la unidad de un sujeto político que debía mantenerse homogéneo e inalterable para poder alcanzar con eficacia sus objetivos. Debe tenerse en cuenta que esta tentación no afecta tanto a los individuos que forman parte de ese sujeto como a quienes pretenden hacerse pasar por sus dirigentes, cuyo poder privado y reconocimiento personal depende de que no se altere lo más mínimo la construcción imaginaria de la que se han erigido en portavoces.
Tampoco el feminismo está a día de hoy libre de este peligro. Nuestra tarea es, pues, partir de las enormes conquistas teóricas y políticas realizadas por las grandes tradiciones de emancipación, pero mantenerlas vivas, abiertas y dispuestas a incorporar realidades imprevistas, más comprometidas con los cuerpos que sufren que con la pulcritud de las arquitecturas conceptuales, acompañando con el pensamiento y la expresión las realidades que piden ser, en franco diálogo con todos los lugares de los que brote esa misma legítima exigencia.
Los estudios feministas han cuestionado la epistemología tradicional, porque esta no tiene en cuenta la situación de la persona que conoce y se centra en las condiciones generales del conocimiento en vez de basarse en metodologías y prácticas concretas. Para el feminismo es fundamental la noción de «situacionalidad de quien conoce» y, por tanto, la de conocimiento situado: esto es, el conocimiento que refleja las perspectivas particulares de quienes conocen, pues estas llevan a cabo su actividad de conocer en un tiempo y en un lugar concretos, donde las relaciones físicas y psicológicas con el mundo afectan a qué y cómo conocemos, y donde el cuerpo de quien conoce es importante.
Sin embargo, aunque tradicionalmente el cuerpo no ha sido objeto de estudio en las humanidades y las ciencias sociales (con la sola excepción de la antropología), en las últimas décadas ha tomado un lugar central gracias a los estudios feministas, históricos y culturales. Se ha convertido en un locus privilegiado, tanto para estos como para los de ciencia y tecnología. En el eje Cuerpo/Cuerpos se abordan estos en su pluralidad material y normativa con una mirada nueva; ya no son lugares cerrados, productos solo inteligibles e interpelables por la biología o las tecnologías biomédicas.
El cuerpo es el lugar donde se inscriben las complejas categorías de sexo/género. No todas las epistemólogas feministas coinciden en la relevancia de dicha distinción, que ha generado muchos debates y posturas diversas desde hace décadas. En la ciencia y la medicina, la experiencia del cuerpo ha sido históricamente muy diferente según sobre qué sujetos se aplicaban las prácticas y técnicas. Por ejemplo, la experiencia de las mujeres pobres o racializadas es muy diferente de la de las mujeres blancas occidentales, como se puede apreciar en el caso de los ensayos sobre las píldoras anticonceptivas: John Rock y Gregory Pincus tuvieron que dejar de probar su píldora en mujeres blancas bostonianas debido a los efectos que tenía, y comenzaron a probarla con mujeres portorriqueñas, pobres y de color, diciendo que era un medicamento que les evitaría tener hijos que no podían mantener, sin informar de los efectos adversos. Sucede lo mismo con las experiencias de los cuerpos que no se ajustan a lo que un cuerpo debe ser, bien en cuanto a su articulación con el género normado, el deseo o la sexualidad: la heterosexualidad normativa se encuentra en el origen de esta forma de pensar y concebir los cuerpos sexuados.
Filósofos o sociólogos, como Michel Foucault o Bryan Turner, han señalado cómo el cuerpo se construye como objeto de conocimiento para la medicina a finales del siglo XIX y cómo los problemas éticos y políticos de nuestra sociedad se dan a través del mismo. Pero son las teóricas feministas quienes señalan que el cuerpo como sujeto de conocimiento y objeto de estudio se ciñe al de los varones, excepto por lo que refiere a la especificidad reproductiva. Y en su intersección con el activismo feminista y con los movimientos a favor de los derechos civiles se produce un viraje que elude el esencialismo de los cuerpos y entenderlos como una entidad única. El cuerpo es múltiple, como señala Annemarie Mol, y es coproducido tanto en las prácticas científicas (en las cirugías estéticas, en las de reasignación de sexo o en las tecnologías reproductivas), como en actividades como el deporte, la prostitución o las violencias cotidianas que se ejercen sobre las mujeres.
Así pues, afronta en vertientes distintas el eje Cuerpo/Cuerpos, con enfoques diversos, siempre teniendo en cuenta la naturaleza dinámica e históricamente cambiante del conocimiento. Un conocimiento que nos ha enseñado que no siempre es posible atribuir de manera inequívoca un sexo/género a un cuerpo concreto; cuerpos que pueden ser modificados, transformados, discriminados, que pueden ser articulados para ajustarse a «lo normal» en una cultura y un tiempo y que, a la postre, reproducen relaciones de poder, de dominación y subordinación, como se muestra perfectamente en muchos casos, especialmente en la prostitución.
El cuerpo —los cuerpos— son materialidad y representación, con dimensiones históricas, políticas, científicas, éticas y simbólicas. Y como señala Butler, nuestros cuerpos sexuados, y nosotros añadimos «genéricos», son performativos, es decir, no tienen «estatuto ontológico aparte de los diversos actos que constituyen su realidad» (1999: 173). Los cuerpos no existen fuera de sus significados sociales. Nuestro entendimiento de los cuerpos (físicos) es producto del condicionamiento social, histórico y cultural, que es lo que hace que nos resulten inteligibles al construirlos discursivamente. Se trata de cuerpos situados y con una especificidad sexualizada, racializada y de género.
El eje Identidades estaba llamado a ocupar un lugar relevante en esta cartografía, por cuanto numerosas exploraciones y debates actuales desembocan en este espacio estético, ético y conceptual. Por ello, era imperativo ampliar el foco del planteamiento de la identidad, para percibirla a la luz de su carácter situado, sometido al impacto de múltiples determinaciones procedentes de la biología, de la cultura, de la normatividad política y de la construcción social de la subjetividad. Las entradas propuestas inciden en las vertientes culturales que la teoría feminista, los estudios LGTBQI+ y la teoría queer han introducido en la pregunta por la configuración de la identidad humana, sin perder de vista operadores interseccionales, ya que enriquecen la mirada normativa (que con frecuencia prioriza un planteamiento eurocéntrico de la identidad) y las demandas procedentes de las identidades trans y los cuerpos no binarios.
La intención de esta sección es confirmar la naturaleza interdisciplinar de la investigación desarrollada, a la que se han incorporado autores pertenecientes a campos de conocimiento diversos de las ciencias humanas y sociales. Otro propósito es poner el foco sobre la correlación constante entre construcción de la identidad y marco cultural y normativo, de lo que resulta una voluntad de apertura plural de las coordenadas desde las que nos hemos acostumbrado a pensar el sujeto merecedor de derechos sociales y civiles básicos. La conversación con las personas invitadas a editar este eje fue configurando una línea de trabajo que, finalmente, se materializó en tres aspectos principales, que exponemos a continuación.
Por un lado, no podía estar ausente de la enciclopedia una breve historia cultural de cómo hemos desembocado en el binarismo como matriz normativa de la reflexión sobre el género; tampoco podía faltar una exploración de la multiplicidad de enfoques que han acompañado, desde sus inicios, la reflexión feminista, como muestra el llamado feminismo TERF, el feminismo lesbiano y el interés por el ciborg como suplemento tecnológico imprescindible para entender la conformación contemporánea de la identidad sexual y de género. La revisión del canon intelectual forma parte de esta historia, pues es desde donde se visibiliza la producción conceptual de unos sujetos en detrimento de otros, de suerte que la reivindicación de visibilidad para identidades de género no dominantes atraviesa varias de las entradas. Esta sección no ha querido dejar de ofrecer un panorama extenso y ordenado de la producción sobre masculinidades, que amplía los moldes que de manera tradicional han determinado la identidad del varón, al tiempo que cubre dimensiones relevantes de las formas de vida trans, sin las que no cabría ofrecer una imagen suficientemente variada del deseo y corporalidad implicados en la asunción de una identidad dotada de modulaciones sexo-genéricas variables.
Por otro, esta investigación polifónica no pretendía encerrar la cuestión de la identidad en el laboratorio personal e intransferible de un sujeto que se cree aislado de referentes y determinaciones sociales, económicas y culturales. Por el contrario, el orden de las entradas refleja cómo una perspectiva interseccional, decolonial e intergeneracional consigue iluminar aspectos invisibilizados de la identidad humana, que revelan zonas de vulnerabilidad y de subalternidad no identificables desde una normatividad centrada en un sujeto pretendidamente universal y, en apariencia, carente de rasgos culturales densos. De la mano de este grupo de entradas, los editores han buscado dar cuenta del contenido social real que exige fórmulas (de las instituciones políticas, de las formas jurídicas y de la administración) que estén a la altura de las demandas identitarias que se han constituido como «parte sin parte» —por decirlo a la Rancière— del orden civil global, altamente colonizado por las dinámicas de un neoliberalismo instalado como única razón del mundo.
Por último, la articulación de las entradas intenta escapar a una suerte de fragmentación infinitesimal de la cuestión de la identidad, que conduciría con toda probabilidad a la trampa de la desmovilización social y civil, con una suerte de «mercado» polivalente de los valores identitarios. Sin embargo, el marco elegido para situar esta temática aspira a plantear nuevas coordenadas para el debate acerca de las fuentes y objetivos políticos de una identidad sexual y de género múltiple, consciente de las variables que la clase social, la raza y el código de creencias introducen en los principios clave de la emancipación delimitada en la Ilustración. En este sentido, les diferentes autores representan puntos de vista que era menester integrar para componer un mapa poliédrico de la identidad asignada por las instituciones, sentida por los sujetos y determinada por las coordenadas culturales, con vistas a generar debates capaces de superar líneas de análisis y discurso que se han revelado infructuosas por su fomento de una polarización teórica y política insustancial, carente de herramientas para pensar la pluralidad humana del presente.
Quienes dirigimos este proyecto colectivo nos hemos preguntado si era conveniente implantar los discursos elaborados sobre una suerte de matriz de sentido común, desde la que comprender cada uno de los planos identitarios estudiados. Sin embargo, nos ha parecido un mejor principio metodológico visibilizar la búsqueda de identidad propia y reconocida por los otros y por el Estado, enfocar cómo esta ha actuado como un imperativo cultural histórico que la racionalidad neoliberal ha secuestrado a través de pautas de aceleración, extractivismo y reducción cuantitativa de la existencia, produciendo el consiguiente sufrimiento social. Junto a este objetivo de denuncia del daño derivado de la falta de reconocimiento de la diversidad, que se ha deparado a los «armarios» del colectivo LGTBQI+, hemos intentado situar la tradición feminista más sensible al diálogo con otras corrientes de reflexión como hito de referencia para la construcción de la emancipación de otros colectivos desprovistos de derechos civiles básicos y legitimidad social e institucional.
Un componente crucial para esta publicación consiste en su aportación a la renovación de debates en el espacio académico y la esfera pública, que partan de un reparto democrático de las voces, de los cuerpos y sus identidades, científicamente asignadas y configuradas desde el deseo, sin que ninguno de esos operadores tenga que iniciar un combate por el liderazgo, sino que se dialogue con el fin de identificar zonas de afinidad y de discrepancia. Cabe pensar que, precisamente, la exposición imparcial de los principales vectores de la configuración contemporánea de la identidad sexual y de género permita identificar líneas rojas. Estas garantizarían la protección de todos los deseos y construcciones vitales desde referentes basados en la defensa del derecho a tener derechos, y no en la violencia cultural, resignificando así una estructura de pensamiento ampliamente reclamada por una autora como Hannah Arendt, tan alejada del pensamiento feminista de su tiempo.
Como en otras partes de la enciclopedia, las entradas de este segundo eje parten del presupuesto de conceder voz a las pautas culturales, personales y sociales que han dado forma a una suerte de parlamento de las identidades, entre las que es preciso encauzar traducciones que no impliquen la renuncia o el sacrificio de visión de une misme, porque no coincidan con los rasgos de un sujeto heteronormativo blanco y de clase media dominante, o porque tampoco lo hagan con los de un sujeto satisfecho con su marginalidad ética y social, condenado por tanto a (sobre)vivir en espacios en los que resulta inviable dar curso a una vida habitable.
El eje Sexualidades trata a su vez de recoger distintas perspectivas de ese complejo entramado al que nos referimos como «sexualidad». Tendemos a imaginar el sexo como el más desordenado de los instintos, el que brota de las profundidades más insondables de lo biológico, el más inmediato y natural de los impulsos. En efecto, representamos el sexo no solo como el más íntimo y personal de los deseos, sino como el que surge de forma casi espontánea de la interioridad individual con escasas determinaciones de carácter cultural. Sin embargo, al menos desde Freud sabemos hasta qué punto son determinaciones sociales las que configuran toda la organización libidinal de la edad adulta. Por decirlo con Marcuse: «Los instintos mismos son históricos; no hay estructura instintiva fuera de la estructura histórica». A partir de Foucault, además, es posible ver con claridad que el concepto mismo de «sexo» no es más que una unidad lógica (y por lo tanto artificial) que agrupa un conjunto de prácticas corporales y las separa de otras, marcando unas sí y otras no con el sello de «sexo», como parte de todo un dispositivo de saber-poder que, lejos de resultar neutro en sus efectos, produce y organiza el deseo mismo. De hecho, siguiendo a Foucault, podemos decir que solo desde el surgimiento de la scientia sexualis resulta imperativo interrogar al sexo para buscar en él las claves de la propia inteligibilidad; momento a partir del cual pasamos a pensarnos, vivirnos y sentirnos a través de la clasificación de perversiones generada desde una instancia de dudosa cientificidad.
De este modo, el eje Sexualidades solo se entiende desde una conexión estrecha con los otros dos ejes de Cuerpos e Identidades: los discursos y saberes respecto al sexo se inscriben en el cuerpo y lo codifican, lo recortan y organizan de un modo tan profundo que llegamos a vivirlo como propio; se hacen carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, hasta naturalizar una minuciosa concepción del propio cuerpo en la que parece inevitable distinguir con nitidez entre superficies sexuales y no sexuales. Y, en paralelo, se convierten en el lugar privilegiado en el que buscar la esencia más profunda de une misme y la identidad más arraigada.
A lo largo de las entradas de este eje se examinan distintas dimensiones de este dispositivo, desde enfoques metodológicos diversos, pero partiendo siempre de un conjunto de convicciones compartidas. Por un lado, se analiza el sexo como mutación y las dimensiones constitutivas de cambio y movimiento que caracterizan a todo lo corporal y sensible. Por otro lado, se examinan precisamente los mecanismos de sujeción capaces de fijarlo, estabilizarlo y convertirlo en esencia e identidad duradera. En este sentido, se presta una atención destacada a la articulación del sistema sexo-género y a la reconstrucción del recorrido histórico por el que se configura la propia diferencia sexual (hasta fijarse en los términos en que la establecemos y reconocemos hoy en día). Otro de los lugares que ayudará a ver el carácter artificial (y en cierto modo tan duro y afilado como frágil) de esta maquinaria de disciplinamiento que se esconde tras el «dispositivo de sexualidad» son las propias violencias estructurales sobre las que se sostiene —o la virulencia con la que se ataca— la «ideología de género», considerada una amenaza alarmante contra los valores de la civilización. Por otro lado, se analizan aspectos específicos, como la conceptualización de la «histeria» en los términos de un mecanismo de patologización y control de la sexualidad femenina o la atención, tan escasa como sesgada, que se ha prestado a un órgano como el clítoris. Como no puede ser de otro modo, se consideran también las conexiones entre la configuración contemporánea de la sexualidad y otras determinaciones que atraviesan nuestro mundo histórico: desde los efectos que derivan del desarrollo de determinadas tecnologías hasta las determinaciones que impone el modo de reproducción capitalista, así como los mecanismos específicos de explotación, sometimiento y estigmatización que operan en torno al sexo: desde la trata de seres humanos con fines de explotación sexual hasta el trabajo sexual (impuesto desde esa libertad bastarda que caracteriza en general a la lógica del trabajo asalariado), prestando también atención específica a las intersecciones que operan entre fenómenos como la sexualidad, las migraciones o la diversidad funcional. Otras entradas tienen el objetivo de analizar algunos lugares específicos de resistencia: sexualidades transgresoras, poliamor, masculinidades no sexistas, la necesidad de explorar nuevas pedagogías (es decir, nuevos modos de aprender más abiertos, críticos e inclusivos) y todos los lugares de disidencia que, como resultado de luchas sostenidas, han logrado ir poco a poco conquistando espacios de reconocimiento en el espacio público ciudadano.
A partir de este enfoque, hemos acometido la tarea de confeccionar la Enciclopedia crítica del género que, por de pronto, es una obra crítica con la noción misma de «enciclopedia» (y la convicción de que basta un sistema de palabras, ordenadas alfabéticamente, para agotar la realidad de un modo exhaustivo). Nuestra voluntad ha sido confeccionar una obra crítica con todos los ejes de opresión que han salido a la luz gracias, en gran medida, a los estudios de género, y crítica también con las lecturas del género que aspiran a convertirlo en una realidad natural y excluyente. Así pues, a lo largo de los tres ejes Cuerpos, Identidades y Sexualidades, hemos tratado de explorar sus complejidades, los solapamientos de sus problemáticas, las vías de circulación de sus malestares, la eficacia de las normas que operan en secreto y los esfuerzos que se están realizando para superar la elusividad con que operan sin ser notadas.
Luis Alegre ZahoneroEulalia Pérez SedeñoNuria Sánchez Madrid
Los cuerpos son la base material y el primer nivel de relación de los seres humanos con el mundo, mediante el pensamiento y el lenguaje, y también son la conexión sensorial que estructura todas las vivencias interpretadas y procesadas de acuerdo con los diversos entornos simbólicos, sociales y culturales. Son entidades en las que se depositan significados políticos, por lo que su reconocimiento, despliegue de capacidades y lugar en el mundo están en permanente disputa entre actores sociales, instituciones y entidades culturales que aspiran a normarlos dentro de ciertos ordenamientos sexuales, de género, étnicos, de clase, raciales, religiosos e ideológicos.
En este eje de la Enciclopedia crítica del género, los cuerpos humanos, su entidad física, sus afecciones, sus discursos, su potencia política, las posibilidades de adornarlos, recrearlos y modificarlos, así como de limitarlos, controlarlos y destruirlos, son puestos en el centro, como un objeto de estudio complejo que no puede abordarse de una manera lineal y simplista, por la sola adición de elementos. Esta complejidad está patente en las revisiones que se han hecho sobre ellos, con diversos enfoques, en todas las épocas y culturas, generando una enorme cantidad de posiciones teóricas, documentos y obras desde distintas disciplinas.
El conjunto de textos que constituyen el eje de cuerpo/cuerpos en esta obra muestran la pluralidad de puntos de vista y de posiciones para analizar el cuerpo/los cuerpos referidos a distintos sujetos abordados, en sus diversos contextos, así como la calidad y diversidad de corrientes de pensamiento, que desde la antropología, la psicología, las ciencias sociales y la filosofía, dan como resultado un diálogo conjunto, con el interés de proporcionar un panorama del trabajo teórico desarrollado actualmente por especialistas de España y de varios países de Latinoamérica como Argentina, Brasil, Colombia, Guatemala y México. Desde distintas aproximaciones, quienes escriben cada entrada reflejan que no se puede hablar de «El cuerpo», sino de muchos aspectos relacionados con los cuerpos que, al conjugar claridad y rigor, se expresan en textos cortos y accesibles que, en conjunto, servirán como obra de consulta y referencia.
En estas entradas se presta especial atención a los nuevos ejes de análisis feminista que incluyen lo individual y lo social, las diversas dimensiones del cuerpo: aceptado, asumido, vivido, imaginado, representado, intervenido; los cuerpos libres y sin el control de las instituciones, con posibilidades de salud, placer, conocimiento, creatividad y bienestar, así como los cuerpos disciplinados y controlados, expropiados, que sufren dolor, exclusión, discriminación, desposesión e imposibilidad material y simbólica.
Cada una de las entradas estimula la reflexión en torno a temas y problemáticas actuales, polémicas no necesariamente resueltas, como las preguntas sobre los dualismos, la relación sexo-género, la prostitución o la intervención ideológica y religiosa en las concepciones sobre cuerpo y sexualidad, o la discusión en torno al dimorfismo sexual y sus consecuencias en relación con la diferencia sexual como hecho social no resuelto, que sigue siendo un eje normativo en los más diversos campos de la actividad social, así como fuente de metáforas para referirse al mundo no humano. En ese sentido, las quince contribuciones de esta sección conforman puntos de acceso a múltiples consideraciones relacionadas con las interconexiones históricas de los cuerpos con las distintas posibilidades de ser —aspecto en el que este eje se vincula con los otros dos ejes que conforman esta Enciclopedia crítica del género—, así como la constatación de que las modificaciones hechas a los cuerpos a lo largo del tiempo han ido de la mano de las innovaciones artísticas y tecnológicas.
Así, se exploran temas como la crítica a las representaciones y desigualdades que se han establecido sobre los cuerpos, las diferencias y dicotomías sobre los cuerpos sexuados y genéricos, las posibilidades de intervenirlos y modificarlos, así como sus distintas formas y apariencias cuando se considera la diversidad funcional, la edad o el deporte y las interacciones y relaciones dialécticas que se establecen entre los cuerpos con la subjetividad, el discurso y la cultura o la sociedad. Entre estas relaciones aparece de manera relevante la transgresión, la denuncia y la resistencia de los cuerpos a la dominación, la explotación, la violencia y la muerte, y surgen nuevas propuestas de relación entre el cuerpo individual y los cuerpos sociales, así como con los cuerpos no humanos.
Begonya Saez Tajafuerce aborda los «cuerpos sexuados» en relación con la subjetivación, ya que la dimensión orgánica no basta para dar cuenta del estatuto del cuerpo sexuado ni de lo que significa para el sujeto que conforma. Plantea que la sexuación, como la subjetivación, son procesos que no concluyen ni dan como resultado un estado determinado o acabado gracias al cual sea posible atribuir plena y totalmente un sexo a un cuerpo y, por tanto, a un sujeto; ese es el motivo de que los sujetos puedan no reconocerse en el sexo que les ha sido asignado a sus cuerpos. Afirmar para el cuerpo sexuado un destino partiendo de su dimensión orgánica, no solo ha contribuido a instituir una relación de desigualdad en todos los ámbitos de la vida social, sino que ha justificado cualquier forma de dominación simbólica y material de los cuerpos y de los sujetos, desde la división sexual del trabajo hasta el feminicidio. Los cuerpos y los sujetos se afirman por medio de su capacidad material de afección en atención a su condición sexuada, es decir, en atención a la diferencia sexual, comprendida como impulso vital y no como dispositivo socialmente construido que reitera la formalización dicotómica con la que se sostiene, promueve y justifica el ejercicio del poder heteronormado en todas sus manifestaciones —como biopoder, como tanatopoder, como necropoder, como tecnopoder, como ciberpoder— y con todos sus sesgos de género, raza, clase, etnia y edad.
Julia Pérez Amigo habla de los «cuerpos transformados» teniendo en cuenta que las modificaciones corporales se definen como todo cambio sobre la textura, color o forma del cuerpo y pueden clasificarse en permanentes, como las escarificaciones, implantes subdérmicos o tatuajes, y temporales, entre las que se encuentran el peinado, arreglo de las uñas o pintura corporal. Describe las manifestaciones que existen desde la Antigüedad, por motivos rituales, estéticos o de pertenencia a un grupo, y centra su texto en el mundo del tatuaje: hace una revisión crítica de su práctica, debido a la complejidad, riqueza y variabilidad que tiene por su carácter eminentemente artístico. En particular, establece el vínculo entre el tatuaje contemporáneo y las ideas de autonomía, reapropiación y reclamación del propio cuerpo desde un prisma crítico feminista al cuestionar, por un lado, su relación con el exotismo y el primitivismo, y por otro, las visiones de la modificación corporal vinculadas con patologías médicas y problemas de conducta y criminalidad, así como con manifestaciones y contextos de la masculinidad hegemónica, como los entornos carcelarios o militares. Plantea que, históricamente, la práctica del tatuaje ha estado muy vinculada a las mujeres y que cada cuerpo tatuado ha de ser pensado en relación con su contexto sociocultural e histórico. Enfatiza la necesidad de preguntarnos sobre nuestros propios cuerpos, defender el derecho a modificarlos según nuestros deseos y confrontar los ideales estéticos mediante la noción de cuerpos «utópicos» que conectan con la libertad, la emancipación y nuevos horizontes de posibilidad.
«La cirugía cosmética como dispositivo de la corporalidad» es la propuesta de Elsa Muñiz en la entrada sobre belleza y feminidad. Describe la manera en la que las prácticas de belleza, en particular la cirugía cosmética, no son solo un artefacto de consumo capitalista o de comercialización de los sujetos, sino que son centrales para la reproducción de relaciones de dominación y subordinación, al perpetuar las limitaciones y los efectos disciplinarios de la feminidad. Plantea que, en las sociedades contemporáneas, la búsqueda de la belleza —definida por un conjunto de conceptos, representaciones, discursos y prácticas cuya importancia radica en la capacidad performativa de los sujetos sexuados y en la definición del género dicotómico— ha producido un eficaz dispositivo de poder de la corporalidad, constituido por los cosméticos, los tratamientos de belleza, las clínicas estéticas, así como por la cirugía cosmética a través de las modificaciones faciales y corporales. Se trata de un conjunto de prácticas complejas consideradas como alegorías de la reapropiación de los cuerpos y formas de expresión de la consabida autocreación de la identidad y, al mismo tiempo, como mecanismos disciplinarios de control de los sujetos. Para esta reapropiación de los cuerpos, retoma los planteamientos feministas que proponen descifrar los cuerpos de las mujeres y darles la dimensión política que les implica en la definición de su identidad y su subjetividad, así como decidir sobre el propio cuerpo y demandar de manera central el derecho a la salud, al bienestar físico, al placer, al disfrute sexual y a la autocreación.
Los debates de los estudios sociales críticos sobre discapacidad y el mandato de normalidad o imperativo de integridad corporal, son abordados por Enrique Latorre Ruiz con el título de «Cuerpos normales y diversidad funcional». Comprenden las prácticas y discursos articulados en torno a principios axiológicos que en una cultura y en un tiempo concreto determinan qué es un cuerpo y cuándo es bonito y deseable, así como cuándo este es prescindible o debe ser intervenido por expertos. Estos estudios han mostrado la diferencia entre deficiencia y discapacidad para establecer una lectura de los cuerpos que escape a la mirada médica y a la dictadura de los expertos, manifiesta en la expresión: «no existen personas con discapacidad, sino contextos discapacitantes» y denuncian la tradición histórica que ha propiciado la exclusión de las personas marcadas por la discapacidad, conceptualizando sus cuerpos como un obstáculo que limita su participación en la vida social y que, por tanto, debe intervenirse y fiscalizarse con objeto de ser corregido. Con ello se problematiza la interpretación del cuerpo reducido a la biología y a la fisiología, y se pone en duda el concepto de salud que interpreta cualquier forma de desviación de la norma establecida por la biomedicina como una característica que debe ser intervenida. En este marco, los estudios críticos sobre discapacidad señalan que la idea de cuerpo normal es un ideal regulativo violento, e invitan a cuestionarnos acerca de por qué un sistema social plantea la intervención del cuerpo como el único itinerario posible para alcanzar una ciudadanía legítima.
«Cuerpo y deporte» es un recorrido histórico elaborado por Carmen Rial. Habla sobre el desarrollo y la transformación de los juegos en deporte, la evolución de estas actividades y la incorporación de las mujeres y personas con orientaciones sexuales incluidas en las siglas LGBTQIAPN+, que por mucho tiempo han sido discriminadas y excluidas. Describe cómo los Juegos Olímpicos han sido escenarios en los que observar cambios en el deporte y en sus dimensiones sociales, culturales y políticas, en los que la participación de activistas y feministas ha sido determinante para transformar ideas sobre la imposibilidad de participar por cuestiones físicas, eliminar prohibiciones sobre practicar ciertos deportes, así como el tipo de ropa que se debe usar, mediante la erradicación de prejuicios y sesgos de género. En este contexto, resalta el sistema deportivo como otro mecanismo de control social que refuerza el dimorfismo sexual, o como posible espacio para la inclusión y la plasticidad de los cuerpos que se ejercitan.
Paula Mara Danel recuerda que el concepto de edadismo emerge en la década de 1960 como una tercera forma de discriminación, junto al racismo y al sexismo. Esta triada se retoma en el reconocimiento de que el envejecimiento es un proceso singular, situado, epocal y que expande formas heterogéneas de envejecer. Plantea que los modos singulares de llegar a ser una persona vieja constituyen biografías situadas, históricas y hechas cuerpo. Destaca que el cuerpo, en tanto materialidad y representación, pone en evidencia las marcas del paso del tiempo y que el proceso de envejecimiento está relacionado con cambios corporales que se significan como deterioros. Señala que el declive está socialmente valorado y establece expectativas negativas, obturando ideas en torno al goce y el buen vivir cuando se envejece, por lo que la mejor forma de disputar sentidos con el edadismo es ampliar la presencia de las experiencias de envejecer en el registro público, haciendo visibles sus sesgos heteronormativos. La propuesta es contribuir a un envejecer deseante, que recree el proyecto vital singular frente a nuevos escenarios, a los cambios corporales y a los distintos modos de producir lazos sociales.
En la entrada de «Cuerpos prostituidos», Ana de Miguel Álvarez los define como los cuerpos humanos que se ofertan en el mercado con el fin de satisfacer lo que personas, dispuestas a pagar un precio estipulado, consideran su necesidad o derecho al placer sexual. Plantea que hablar de la prostitución como el intercambio de dinero por servicios sexuales, oculta y deforma la realidad de la prostitución, ya que los cuerpos en prostitución son mayoritariamente de mujeres de todas las edades y de chicos jóvenes, y la mayoría de los demandantes de prostitución son varones. Por lo que, abordar una realidad tan diferenciada de acuerdo con el sexo/género, solo es posible desde un enfoque de género y una reconstrucción genealógica de las relaciones entre mujeres y hombres en las sociedades patriarcales. Se muestra que el debate en torno a la prostitución, su significado, consecuencias y las políticas que seguir, genera gran interés e investigación; es un tema en el que hay posturas y políticas contrapuestas, sin consenso. En las últimas décadas, existen países que han optado por normalizar y legalizar la prostitución de mujeres, mientras que otros han iniciado el camino hacia la abolición. Ante estas dos posiciones, plantea que, si aceptamos que las condiciones materiales y simbólicas de las mujeres han mejorado hasta lograr mayores cuotas de autonomía y que, en consecuencia, es ahora cuando tienen la posibilidad de disfrutar de relaciones sexuales basadas en la igualdad, la reciprocidad y el reconocimiento, nos preguntemos ¿cómo es posible que aumente el mercado de mujeres prostituidas?, ¿es un producto de su mayor grado de libertad y empoderamiento o es producto de una rearticulación del contrato sexual?
Dorotea Gómez describe la «enajenación de cuerpos y sexualidades como un mecanismo de control patriarcal» al problematizar cómo el mandato patriarcal, del deber ser para otros, logra que las mujeres se enajenen de sus cuerpos y sexualidades, provocando la internalización del miedo ante las diversas formas de violencia a las que son sometidas. Señala cómo esta enajenación, resultado de la imposición del «deber ser» en mujeres sobrevivientes de violencia, las condiciona a estar sometidas al continuum de esta y limita su autonomía plena. Sostiene que cuestionar la colonización patriarcal debe conllevar la decolonización de nuestros cuerpos y sexualidades, para así recuperar el poder sobre nuestras propias decisiones, nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, placeres y sueños.
En los «Abordajes feministas de los cuerpos y los territorios», Emanuela Borzacchiello describe las violencias feminicidas con una perspectiva analítica histórico-crítica que interroga las praxis feministas de los años noventa hasta la actualidad, lo que permite mostrar que han cambiado y adquirido mayor potencia política para prevenir, atender, sancionar y erradicar las violencias feminicidas. Muestra que a partir de los años noventa se nombra el fenómeno elaborando diferentes categorías como feminicidio y violencia feminicida y, paralelamente, los diferentes feminismos adoptan los lemas «Ni una menos» y «Ni una más», mientras que en la actualidad, hay un desplazamiento semántico de esos lemas hacia «Vivas nos queremos». Este cambio de narrativa sobre la violencia contra las mujeres es radical e implica plantearla como un arma para adquirir poder y controlar los cuerpos y los territorios. Plantea que, en un escenario de recrudecimiento de la violencia hacia niñas, mujeres y cuerpos feminizados, el desafío es crear herramientas aún más sólidas para demostrar y visibilizar la interrelación de los diferentes tipos de violencia feminicida en un mismo cuerpo y en un mismo territorio, poniendo en el centro el cuidado de la vida.
En la entrada «Cuerpo relacional», Diana Gómez Correal muestra el resultado de un trabajo antropológico que indaga sobre el rol de las emociones en la acción social colectiva de los familiares de víctimas de violencia sociopolítica. Para ello, explica la conceptualización del cuerpo que ha ido en paralelo con la consolidación de una sociedad patriarcal que ha subordinado, excluido, controlado y violentado a las mujeres. Estas nociones del cuerpo han dado como resultado el entendimiento del mundo en torno a pares jerárquicos o dicotomías que se contraponen: una de las partes es infravalorada, menospreciada y casi olvidada, mientras la otra ocupa un lugar preeminente. En este contexto, la autora propone que las manifestaciones del sufrimiento social y la construcción de las identidades y subjetividades de familiares de víctimas de violencia como sujetos políticos dan lugar a la categoría de cuerpo relacional, que emerge de los lugares subordinados de las dicotomías del cuerpo, de la materialidad, la naturaleza, las emociones, lo femenino, y permite dar cuenta de las particularidades que asume el cuerpo en contextos de violencia sociopolítica, en especial en relación con la experiencia de familiares de personas torturadas, asesinadas y/o desaparecidas.
Karina Bidaseca elabora la entrada «Racialización y anticolonialismo», inspirada en diversas autoras como María Lugones, Audre Lorde y bell hooks. Plantea la idea de cicatrizar la herida colonial y reparar la fragmentación del lenguaje y la identidad colectiva mediante la resistencia y lucha por la liberación contra el racismo y la dominación patriarcal. Define artivismo como las prácticas pedagógicas radicales de resistencias eróticas en relación, situadas en el Sur metafórico y material, que cuestionan el canon colonial y desafían los formatos artísticos, curatoriales y de investigación, y que logran subvertirlo mediante la creación de un tercer espacio. Expone que las perspectivas teóricas de la poscolonialidad nos permiten aproximarnos al análisis de las experiencias de los cuerpos-memoria heridos por la colonialidad y pueden dar lugar a experiencias de resistencia, como son las del artivismo feminista, que llevan al agenciamiento corporal para liberar al cuerpo racializado del trauma colonial, y al mundo contemporáneo del peso del racismo.
En «El cuerpo en la mirada ecofeminista», Alicia H. Puleo explica el surgimiento de la teoría ecofeminista como encuentro entre los planteamientos del feminismo y el ecologismo, que busca romper dualidades y superar el desprecio por el cuerpo. Propone la aceptación de nuestra pertenencia a la compleja red de la vida y del ecosistema Tierra, así como el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad, amenazada por el cambio climático, la crisis ecológica y la violencia patriarcal en sus múltiples expresiones, incluida la guerra. En este marco, plantea que la lucha de las mujeres de los pueblos originarios frente al neocolonialismo extractivista depredador y ecocida está conectada con el objetivo ecofeminista de soberanía y cuidado de los cuerpos, inscribiéndose en la voluntad de defender «el territorio-cuerpo-tierra», ya que no puede haber cuerpos sanos y plenos en un territorio envenenado. De esta mirada se deriva no solo un conocimiento más apropiado y modesto de la humanidad, sino también un sentimiento de compasión y hermandad hacia el resto de los animales no humanos como cuerpos que gozan y sufren. En tanto teoría y praxis, el ecofeminismo señala las conexiones entre la dominación de las mujeres, de los pueblos considerados inferiores y de los animales no humanos, por lo que implica una transformación radical de nuestra relación con el cuerpo y la materialidad, el cuidado a la naturaleza y una redefinición de la humanidad, más modesta y empática, perteneciente a la red de la vida en el planeta.
Oliva López Sánchez aborda «La dimensión emocional en los estudios socioculturales del cuerpo». Revisa la evolución en América Latina de la mirada biopolítica, que pone énfasis en las relaciones de poder a través del cuerpo, impuestas por las instituciones laicas modernas —como la escuela, la medicina o la jurisprudencia—, y en la perspectiva que recupera la experiencia político-estética del cuerpo. Además, pone en valor la experiencia individual frente a la pérdida de poder y la contención de los sistemas sociales. Propone la dimensión emocional del cuerpo como estrategia heurística al recuperar la experiencia en los estudios críticos sobre el cuerpo de las mujeres en el discurso médico de los siglos XIX y XX en México y la plantea como perspectiva de análisis de los fenómenos socioculturales para rebasar las tendencias de cosificación del cuerpo y las emociones. Concibe los procesos corpo-emocionales como experiencias individualmente vividas, socialmente construidas, culturalmente transmitidas y significadas e históricamente situadas. Ante los retos que todavía enfrentan estos estudios, la autora ofrece ideas para incorporar algunas de las teorías del giro afectivo e indagar relaciones socioculturales desde metodologías no convencionales que se sitúan en la interdisciplina y la transdisciplina, trascienden las inercias científico-sociales hegemónicas y se están llevando a cabo desde la recuperación estética de la experiencia.
La relación entre cuerpo y escritura en el siglo XXI es tratada por Helena López en la entrada «Cuerpo letrado». Elabora la idea de la escritura como una instancia de materialización de lo humano. Examina la relevancia de algunas críticas a la comprensión moderna de lo humano, figurado por el ideal regulatorio del varón blanco, propietario, heterosexual y pater familiae que excluye otras experiencias identitarias y subjetivas subordinadas, que se ancla en diversas formas de violencia y en el individualismo que lleva a la supresión de lo colectivo, la comunalidad o la solidaridad y vuelve epistemológicamente invisible e irrelevante el cuerpo. Redefine el concepto de literatura, como una práctica social sujeta a condiciones discursivas y materiales contingentes, que produce significados y afectos con una dimensión comunitaria a partir de sus estructuras intertextuales y dialógicas en los procesos de producción, distribución y lectura. Plantea que el cuerpo letrado es una instancia bio-psico-social reproducida expresiva y performativamente por una escritura con discurso y afecto, que pone en crisis la división tajante entre cuerpo y discurso.
En «Cuerpos y sexualidades diversas en la teología cristiana reciente», Iván Ortega Rodríguez propone, con un enfoque histórico, cómo la teología cristiana y la práctica de las personas y comunidades cristianas, no ha permanecido indiferente a la reivindicación contemporánea de la diversidad sexual y de género. Explora algunos caminos teológicos que se han desarrollado para comprender las variadas formas de ser cuerpo y relacionarse. Revisa distintos enfoques, tales como el de las teologías gay y lesbiana, los enfoques de la teología de la liberación LGTBIQ+, la teología relacional y de perspectivas queer, las críticas a la teología cristiana, así como las miradas de inclusión y afirmación de la diversidad. Advierte que, en todos estos enfoques, existe una profunda reflexión teórica a la vez que una mirada atenta a las prácticas concretas de comunidades y personas, por lo que surge una comprensión de la diferencia sexual basada en los tránsitos de la corporalidad y, con ello, diferentes cuerpos y relaciones entre ellos tienen cabida y pueden encontrar apoyo bíblico.
En suma, este eje sobre cuerpo y cuerpos plantea expresiones críticas con dimensiones políticas y simbólicas, donde los cuerpos se definen a partir de parámetros que exceden la biología o la materialidad, se relacionan con múltiples factores y surgen con una nueva intensidad y expresividad en los ámbitos social, científico y político. Las autoras y autores de esta sección proponen transformar la forma de enfocar los cuerpos como objeto de estudio y campo de intervención, mediante enfoques novedosos que ponen en crisis los discursos tradicionalmente establecidos al mostrar un potencial no solo académico, histórico o político, sino también emotivo y personal.
Norma Blazquez GrafMartha Patricia Castañeda Salgado
En la actualidad, los sujetos somos nuestra propia creación. La sociedad prepara y alienta a los individuos para mostrar una personalidad que ostente juventud, delgadez y sensualidad. Desde esa perspectiva, nosotros somos una metáfora cultural para controlar lo que está fuera de nuestro alcance pues, aparentemente, «tenemos un cuerpo» que nos pertenece y podemos decidir repararlo, mantenerlo, mejorarlo y moldearlo materialmente a nuestro gusto (Davis, 1997).
Las experiencias corporales de las mujeres, en relación con su apariencia, han sido exploradas desde las prácticas más cotidianas de belleza, los tratamientos para adelgazar y las modas; desde la reciente «epidemia» de los desórdenes alimenticios (bulimia y anorexia), así como desde la cirugía cosmética.
En las sociedades contemporáneas, la búsqueda de la belleza y la perfección, sobre todo en las mujeres, ha desarrollado un efectivo dispositivo de la corporalidad constituido por los cosméticos, los tratamientos de belleza, las clínicas y estéticas, así como por la cirugía cosmética a través de las modificaciones faciales y corporales. Hablamos de un conjunto de prácticas complejas que podemos considerar como alegorías de la reapropiación de los cuerpos y las formas de expresión de la consabida autocreación de la identidad y, al mismo tiempo, como mecanismos disciplinarios en el proceso de controlar a los sujetos, particularmente a las mujeres.
Es innegable que la búsqueda de la belleza ha originado el aumento en la popularidad de prácticas como las dietas, el fitness, la medicación y hasta los libros de autoayuda, tanto como el incremento de consumidores de este tipo de servicios. También es indiscutible la proliferación de intervenciones quirúrgicas encaminadas a modificar los cuerpos de mujeres y hombres en busca de la perfección y la belleza. El aumento en estas prácticas genera algunos interrogantes: ¿Cómo definir el impacto de las modificaciones corporales en la identidad y subjetividad de las personas? ¿Hasta dónde, tales modificaciones, obedecen a las decisiones autónomas de los sujetos? ¿En qué medida podemos considerarlos como actos de normalización más que de embellecimiento? En esta entrada muestro la manera en la que las prácticas de belleza, en particular la cirugía cosmética, no son simplemente un artefacto de consumo capitalista o de comercialización de los sujetos, de la feminización de la cultura o de las contradicciones de la modernidad, sino que también son centrales para la reproducción de relaciones de dominación y subordinación, al perpetuar las limitaciones y los efectos disciplinarios de la feminidad.
Para efectos del presente texto, la noción de belleza se constituye por un conjunto de conceptos, representaciones, discursos y prácticas cuya importancia radica en su capacidad performativa en la materialización de los sujetos sexuados y en la definición del género dicotómico. Sabemos que, hasta nuestros días, la belleza se ha considerado una característica de la feminidad, es una obligación para las mujeres ser bellas. La belleza forma parte de la normalidad que se impone a las mujeres a través de prácticas identificatorias gobernadas por esquemas reguladores.
La belleza es histórica, plantea diferencias en sus códigos tanto como en las maneras de enunciarla y de mirarla. La belleza es social y sus criterios estéticos, que se experimentan directamente en la atracción y el gusto, se enuncian en los gestos y en las palabras cotidianas (Vigarello, 2005: 10). Implica también la belleza expresada por los actores sociales al observarla, así como sus medios de embellecimiento; son los que dan sentido a los cuidados. Tiene que ver con lo que gusta o disgusta en cada cultura y en determinado tiempo, con las apariencias que se valorizan, los contornos que se enfatizan o se desprecian. A su alrededor se constituyen imaginarios que emergen a la superficie corporal; comprende el aspecto y los modales, involucra el «sobrecogimiento de los sentidos» (Ibidem: 11).
En las sociedades contemporáneas, se establece entonces una tensión entre la persecución de un ideal identitario muy personal y las tendencias de los patrones de belleza imperantes en dichas sociedades, tensión que se convierte en una de las paradojas más reveladoras de la modernidad tardía. En este sentido, retomando a Judith Butler (1992), considero necesario poner de manifiesto la importancia de la performatividad de las prácticas y los discursos que encarnan los patrones estéticos dominantes. Susan Bordo (2003) señala la importancia de considerar la historicidad de las prácticas de belleza para vincular la individualidad a un contexto más amplio de poder y jerarquías de género, pero propone analizar el complejo y contradictorio trabajo de los discursos acerca del cuerpo, el control y la feminidad. Bordo muestra por qué las mujeres son especialmente susceptibles a los señuelos del sistema de belleza.
La belleza, considerada como un atributo de la feminidad, participa de los esquemas reguladores que hacen inteligibles a las mujeres solo si se ajustan a los requerimientos de ciertos modelos estéticos aceptados y promovidos. Entonces, las prácticas y los discursos de la belleza forman parte del proceso de materialización de los sujetos femeninos, el cual «… establece una complicidad originaria con el poder en la adquisición del “yo”» (Butler, 2002: 38).
En este sentido, la cirugía cosmética se constituye en sí misma en un dispositivo de poder, por demás performativo, que participa de la materialización de los sujetos, gobernada por normas reguladoras que determinan si un sujeto encarnado es viable o no. Contribuye también a la creación y a la recreación de ideales corporales que se procura imitar.
En 1991 se publicó el libro de Naomi Wolf titulado El mito de la belleza, en el contexto de la llamada tercera ola del feminismo. En esta obra, ahora clásica, su autora considera que las mujeres nos encontramos frente a un «violento contragolpe» que usa el mito de la belleza como arma política que impide nuestro avance.
Con este libro, podemos decir, se desarrolla una línea de discusión acorde a las inquietudes, que afloraron a partir del movimiento feminista de la segunda ola, por descifrar los cuerpos de las mujeres y darles la dimensión política que les implica en la definición de su identidad y su subjetividad.
Hacia los años sesenta del siglo XX
