Entre extraños - Jo Walton - E-Book

Entre extraños E-Book

Jo Walton

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Beschreibung

Gales, 1979. Criada por una madre obsesionada con la magia, Morwenna pasa los días en un internado devorando novelas de fantasía y ciencia ficción para abstraerse de su perturbadora realidad. Allí encontrará por fin su lugar, hará amigos y conseguirá, por un tiempo, olvidarse de ese padre que apenas conoce, de sus extrañas tías o de lo que le ocurrió a su hermana gemela. Pero el velo que une la realidad con el mundo de las hadas es cada vez más fino y su madre no tardará en volver a poner en peligro todo lo que es importante para ella. Entre extraños recibió en 2012 los premios Nebula y Hugo a mejor novela, así como el British Fantasy, consagrando a su autora como una de las voces más relevantes del fantástico contemporáneo. Nueva traducción del inglés por Aitana Vega.

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Seitenzahl: 516

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Among Others

© Jo Walton, 2010

Todos los derechos reservados

This edition is published by arrangement with Donald Maass Literary Agency throughInternational Editors and Yañez’ Co.

© de la traducción: Aitana Vega Casiano, 2025

© de esta edición: Duermevela Ediciones, 2025

Calle Acebal y Rato, 3, 33205, Gijón

www.duermevelaediciones.es

Primera edición: mayo de 2025

Ilustración de la cubierta: © Sebastian Giacobino

Corrección: Rebeca Cardeñoso

Diseño y mapa: Almudena Mtz Viña

ISBN: 978-84-129808-3-7

Producción del ePub: booqlab

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

Cubierta

Título

Créditos

Índice

Mapa

Entre extraños

Agradecimientos

Apéndice

Todos los libros mencionados

Guide

Cover

Índice

Start

 

 

 

Para todas las bibliotecas del mundo y para los bibliotecarios y bibliotecarias que las atienden día tras día y ayudan a la gente a descubrir los libros.

 

 

 

Er’ perrehnne.

Ursula K. Le Guin, La rueda del tiempo

—¿Qué consejo le darías a tu yo más joven y a qué edad?

—En cualquier momento entre los diez y los veinticinco: «Las cosas mejoran. De verdad. Hay personas ahí fuera a las que apreciarás y que te apreciarán».

Farah Mendlesohn, LiveJournal, 23 de mayo de 2008

 

Jueves, 1 de mayo de 1975

La fábrica de fornacita de Abercwmboi se había cargado todos los árboles a tres kilómetros a la redonda. Lo medimos con el cuentakilómetros. Parecía salida de las profundidades del infierno, toda negra y amenazadora, con sus chimeneas de fuego y se reflejaba en un estanque de aguas negras capaz de fulminar a cualquier pájaro o animal que se atreviera a beber de él. El hedor era indescriptible. Siempre subíamos del todo las ventanillas del coche cuando pasábamos al lado e intentábamos aguantar la respiración, pero el abuelo decía que nadie podía estar sin respirar tanto tiempo y tenía razón. Olía a azufre, una sustancia química proveniente del infierno, como todo el mundo sabe, y a otras cosas aún peores, a metales calientes innombrables y huevos podridos.

Mi hermana y yo la llamábamos Mordor y nunca habíamos estado allí solas. Teníamos diez años. Aun así, por muy mayores que fuéramos, en cuanto nos bajamos del autobús y la miramos, nos cogimos de la mano.

Estaba anocheciendo y, según nos íbamos acercando, la fábrica se cernía más oscura y terrible que nunca. Seis de las chimeneas estaban encendidas y cuatro arrojaban humos nocivos.

—Sin duda es un artefacto del Enemigo —murmuré.

Mor no tenía ganas de jugar.

—¿Estás segura de que funcionará?

—Las hadas lo estaban —dije con toda la confianza de la que fui capaz.

—Lo sé, pero a veces no sé cuánto entienden del mundo real.

—Su mundo es real —protesté—. Solo es distinto. Tienen otra perspectiva.

—Ya. —Seguía mirando la fábrica de fornacita, que se volvía más grande y escalofriante cuanto más cerca estábamos—. Pero no sé hasta qué punto entienden la perspectiva del mundo cotidiano. Y esto está definitivamente en ese mundo. Los árboles están muertos. No hay ni un hada en kilómetros.

—Por eso estamos aquí —dije.

Llegamos a la alambrada, tres hebras irregulares y solo la de arriba tenía púas. Un cartel decía: «Prohibida la entrada a personal no autorizado. Cuidado con los perros». La verja estaba lejos, al otro lado, fuera de la vista.

—¿Hay perros? —preguntó Mor. Les tenía miedo y los animales lo sabían. Perritos adorables que jugaban conmigo le ponían los pelos de punta. Mi madre decía que era algo que la gente podría usar para distinguirnos. Habría funcionado, pero, como era típico en ella, resultaba muy retorcido, un tanto siniestro y excesivamente poco práctico.

—No —afirmé.

—¿Cómo lo sabes?

—Si volviéramos ahora, después de habernos tomado tantas molestias y lo lejos que hemos llegado, se echaría todo a perder. Además, es una misión y no puedes abandonar una misión porque te den miedo los perros. ¿Qué dirían las hadas? Piensa en todas las cosas a las que se enfrenta la gente en las misiones. —Sabía que no estaba funcionando. Mientras hablaba, entrecerré los ojos para ver a la luz del crepúsculo. Me apretó la mano más fuerte—. Los perros son animales. Incluso unos entrenados para vigilar habrían intentado beber el agua y habrían muerto. Si hubiera perros de verdad, tendría que haber cadáveres junto al estanque y no veo ninguno. Es un farol.

Nos arrastramos por debajo de la alambrada, turnándonos para levantarla. El estanque era del color del estaño viejo sin pulir y reflejaba las llamas de la chimenea como vetas infieles y vacilantes. Debajo había luces, que alumbraban a los trabajadores del turno de noche.

No había ni una sola planta, ni siquiera árboles muertos. Las cenizas crujían bajo nuestros pies y más de una vez estuvimos a punto de torcernos un tobillo por culpa de la basura y los escombros. No parecía haber nada vivo salvo nosotras. Los puntitos como estrellas de las ventanas de la colina de enfrente se veían ridículamente lejos. Teníamos una amiga del colegio que vivía allí; una vez habíamos ido a una fiesta a su casa y habíamos notado el olor, incluso estando dentro. Su padre trabajaba en la fábrica. Me pregunté si estaría allí en aquel momento.

Nos detuvimos en el borde del estanque. Estaba completamente inmóvil y no se veía ni el más mínimo movimiento natural del agua. Me metí la mano en el bolsillo para sacar la flor mágica.

—¿Tienes la tuya?

—Está un poco aplastada —dijo mientras la sacaba. Las miré. La mía también lo estaba. Lo que estábamos haciendo parecía infantil y ridículo, sobre todo estando allí, en medio de tanta desolación, junto a un estanque muerto y con un par de pimpinelas arrugadas que las hadas nos habían dicho que matarían la fábrica.

No se me ocurrió nada adecuado que decir.

—A ver, un, dai, ¡tri! —dije y en el «tres», como siempre, arrojamos las flores al estanque plomizo, donde se desvanecieron sin formar siquiera una ondulación. No pasó nada. Entonces, un perro ladró a lo lejos. Mor se dio la vuelta y echo a correr, yo la imité y la perseguí.

—No ha pasado nada—dijo cuando llegamos a la carretera; habíamos recorrido la distancia de vuelta en menos de una cuarta parte del tiempo que nos había llevado a la ida.

—¿Qué esperabas? —pregunté.

—Que la fábrica se derrumbara y que todo se convirtiera en un lugar sagrado —dijo con una convicción absoluta—. Eso, o ucornos.

A mí no se me había ocurrido pensar en ucornos y lo lamenté profundamente.

—Yo pensaba que las flores se disolverían y las ondas se extenderían, luego todo se desmoronaría hasta quedar en ruinas y los árboles y la hiedra envolverían los restos mientras nosotras mirábamos. También que el agua del estanque se convertiría en agua de verdad, un pájaro vendría a beber y aparecerían las hadas para darnos las gracias y convertirlo en su palacio.

—Pero no ha pasado nada de eso —dijo y suspiró—. Mañana tendremos que decirles que no ha funcionado. Vamos. ¿Volvemos andando o esperamos el autobús?

Pero sí que había funcionado. Al día siguiente, la primera página del Aberdare Leader anunciaba: «Cierra la fábrica de fornacita. Miles de personas pierden su trabajo».

Te cuento esta parte primero porque es corta y concisa y tiene sentido, mientras que mucho de lo que viene después no es tan sencillo.

Imagínatelo como unas memorias. Como esas memorias que años más tarde se desacreditan, para el horror de todos, porque el escritor mintió y se descubre que era de un color, género, clase o credo diferente a los que había hecho creer a todo el mundo. Yo tengo el problema contrario. Tengo que esforzarme para no parecer más normal de lo que soy. La ficción es algo bueno. Te permite seleccionar y simplificar. Esta no es una historia bonita ni fácil. Pero es una historia sobre hadas, así que siéntete libre de pensar en ella como en un cuento. Tampoco es que te la fueras a creer.

ULTRASECRETO

¡Esto NO es un libro de vocabulario!

Et haec, olim, meminisse iuvabit!

Virgilio, La Eneida

Miércoles, 5 de septiembre de 1979

—Te vendrá de maravilla estar en el campo —dijeron—. Después de venir de un sitio tan… industrializado. El colegio está literalmente en medio del campo, habrá vacas y hierba y aire fresco de sobra.

Querían librarse de mí. Mandarme a un internado les convenía; así podrían seguir fingiendo que no existía. Nunca me miraban a la cara. Miraban a través de mí o entrecerraban un poco los ojos. No era la clase de pariente que habrían elegido si hubieran tenido elección. A lo mejor él me miraba, no lo sé; yo soy incapaz de mirarlo de frente. Le echaba miraditas de reojo y lo estudiaba, su barba, el color de su pelo. ¿Me miraba él? No lo sabía.

Eran tres, sus hermanas mayores. Las había visto en una foto, mucho más jóvenes, pero con la misma cara, vestidas de damas de honor y al lado de mi tita Teg, morena como una baya. Mi madre también salía en la foto, con aquel espantoso vestido de novia rosa, porque era diciembre y mi hermana y yo nacimos el junio siguiente y aún conservaba un mínimo de vergüenza; pero él no estaba. Ella lo había borrado. Lo había cortado, arrancado o quemado de todas las fotos de la boda después de que se largara. Nunca había visto una foto suya, ni una sola. En Jane of Lantern Hill, de L. M. Montgomery, una niña con padres divorciados reconoce una foto de su padre en el periódico sin saberlo. Después de leer ese libro, nos dio por mirar fotos, pero nunca encontramos nada. Si soy sincera, casi nunca pensábamos en él.

Incluso estando en su casa me sorprendió un poco descubrir que era real, tanto él como sus tres hermanastras marimandonas que me exigieron que las llamara tías.

—Nada de «tita» —me dijeron—. «Tita» es muy vulgar.

Así que empecé a llamarlas tías. Sé que se llaman Anthea, Dorothy y Frederica, igual que sé muchas otras cosas, aunque algunas sean mentira. No debo fiarme de nada de lo que me contó mi madre, a menos que esté comprobado. Aunque hay cosas que no se pueden comprobar en los libros. De todos modos, no me sirve de nada saber cómo se llaman, porque soy incapaz de distinguirlas, así que no las llamo tía nada, solo tía. A mí me llaman «Morwenna», muy formales.

—Arlinghurst es uno de los mejores colegios para chicas del país —dijo una.

—Todas fuimos allí —comentó otra.

—Fue una época maravillosa —terminó la tercera. Esparcir así lo que dicen parece ser una de sus costumbres.

Me quedé plantada delante de la chimenea fría, mirando por debajo del flequillo y apoyándome en el bastón. Esa era otra cosa que no querían ver. Noté la lástima en la cara de una cuando me bajé del coche. Lo odio. Me habría gustado sentarme, pero no pensaba decirlo. Ahora ya me puedo levantar mucho mejor. Me pondré mejor, digan lo que digan los médicos. Tengo tantas ganas de correr que a veces me duele más el cuerpo por el anhelo que la pierna en sí.

Me di la vuelta para distraerme y miré la chimenea. Era de mármol, muy elaborada, y había algunas ramas de abedul cobrizas repartidas por ahí. Todo estaba muy limpio, pero no era cómodo.

—Te conseguiremos el uniforme enseguida, hoy mismo en Shrewsbury, y te llevaremos mañana —dijeron.

Mañana. Sí que se mueren de ganas de librarse de mí, de mi desagradable acento galés, mi cojera y toda mi inoportuna existencia. Yo tampoco quiero estar aquí. El problema es que no tengo a donde ir. No te dejan vivir sola a los dieciséis; lo descubrí en el hogar de acogida. Además, es mi padre, aunque nunca lo haya visto antes. En cierto sentido, sé que estas mujeres son mis tías, lo cual hace que me sienta aún más sola y mucho más lejos de casa que nunca. Echo de menos a mi verdadera familia, la que me ha decepcionado.

El resto del día lo pasé de compras con las tres tías, pero sin él. No sabía si me alegraba o me apenaba. El uniforme de Arlinghurst había que comprarlo en tiendas especiales, igual que el de mi antiguo instituto. Nos habíamos sentido muy orgullosas cuando aprobamos el examen de acceso. La flor y nata de los Valles, nos llamaban. Ahora todo eso ya no existe y me obligan a ir a un elegante internado con requisitos extraños. Una de las tías llevaba una lista y compramos todo lo que había en ella. Desde luego, no se lo piensan dos veces antes de gastar dinero. Nunca nadie se había gastado tanto en mí. La lástima es lo peor. La mayoría son equipaciones deportivas. No les dije que era muy poco probable que fuera a usarlas pronto, ni nunca. No me gusta pensar en ello. Nos habíamos pasado toda la infancia corriendo. Habíamos ganado carreras. En la mayoría de competiciones escolares, corríamos la una contra la otra y dejábamos a todos los demás atrás. El abuelo nos había hablado de las Olimpiadas; no era más que un sueño improbable, pero lo había mencionado. «Nunca han participado unas gemelas en los Juegos Olímpicos», decía.

Cuando llegamos a los zapatos, hubo un problema. Les dejé comprarme zapatillas de hockey, deportivas para correr y alpargatas para gimnasia, ya vería si las usaba o no. Sin embargo, cuando llegamos a los zapatos del uniforme, los que tendría que ponerme todos los días, tuve que pararlas.

—Llevo un zapato especial —dije, sin mirarlas—. Con una suela especial. Hay que encargarlos en la ortopedia. No se pueden comprar.

La dependienta nos confirmó que no podíamos comprarlos sin más en el modelo del uniforme. Me enseñó uno. Era feo y no muy distinto de los zapatos macizos que tenía que llevar.

—¿Seguro que no puedes andar con estos? —me preguntó una de las tías.

Cogí el zapato y lo miré.

—No —dije mientras le daba la vuelta—. Tiene tacón, mira.

Era indiscutible, aunque seguramente en el colegio piensen que los tacones son un elemento indispensable para cualquier chica adolescente que se precie.

No era su intención humillarme cuando se pusieron a parlotear sobre los zapatos, sobre mí y sobre la suela ortopédica. Tuve que recordármelo mientras me quedaba allí plantada como una estatua, con una media sonrisa dolorosa en la cara. Se notaba que querían preguntarme qué me pasaba en la pierna, pero las miré desafiante y no se atrevieron. Eso, y presenciarlo, me animó un poco. Acabaron cediendo en lo de los zapatos y dijeron que el colegio tendría que entenderlo.

—Ni que los que llevo fueran rojos y glamurosos —dije.

Fue un error, porque entonces me miraron los zapatos. Son zapatos de tullida. Tenía para elegir un solo modelo de zapato ortopédico de mujer, negros o marrones, y elegí los negros. El bastón que llevo es de madera. Era del abuelo, que sigue vivo, pero está en el hospital e intenta ponerse mejor. Si mejora, a lo mejor puedo volver a casa. No es probable, siendo realista, pero es lo único que me da esperanza. Llevo el aro de madera colgado de la cremallera de la chaqueta de punto. Es un trozo de árbol, con corteza, procedente de Pembrokeshire. Lo he tenido desde antes. Lo toqué, para tocar madera, y noté que me miraban. Leí en sus caras lo que veían, a una adolescente menuda, tullida, rarita y quisquillosa con un trozo de madera desgastada. Pero lo que deberían haber visto eran a dos niñas que irradiaban confianza. Yo sabía lo que había pasado, pero ellas no, y nunca lo habrían comprendido.

—Sois muy inglesas —dije.

Sonrieron. De donde vengo, «saes» es un insulto, una palabra horrible, lo peor que se le puede decir a nadie. Significa «inglés», pero ahora estoy en Inglaterra.

Cenamos en torno a una mesa que habría bastado para casi dieciséis personas y, sin embargo, el quinto sitio que habían dispuesto para mí desentonaba. Todo hacía juego, los salvamanteles, las servilletas, los platos. No tenía nada que ver con cómo eran las cosas en casa. La comida, como esperaba, sabía fatal: carne correosa, patatas aguadas y una especie de verduras verduscas en forma de lanza que sabían a hierba. La gente me ha dicho toda la vida que la comida inglesa es malísima y me tranquiliza comprobar que tenían razón. Hablaron de internados, a los que todos habían ido. Lo sé todo sobre ellos. No en vano había leído los libros de Greyfriars, Torres de Malory y las obras completas de Angela Brazil.

Después de cenar, él me invitó a su despacho. Las tías no se mostraron muy contentas, pero no dijeron nada. El despacho fue toda una sorpresa, porque estaba lleno de libros. Por lo que había visto en el resto de la casa, me esperaba encontrar viejas ediciones encuadernadas en piel de Dickens, Trollope y Hardy (a la abuela le encantaba Hardy), pero, en cambio, las estanterías estaban repletas de libros de bolsillo, muchos de ciencia ficción. Me relajé por primera vez desde que estaba en aquella casa y también por primera vez en su presencia; si hay libros, quizá no será tan malo.

Había más cosas en la habitación, sillones, una chimenea, un carrito de bebidas, un tocadiscos…. Pero las ignoré o las evité y me acerqué lo más rápido que pude a la estantería de ciencia ficción.

Había un montón de libros de Poul Anderson que no he leído. Arriba del todo, en la «A», estaba La búsqueda del dragón, de Anne McCaffrey, que tiene toda la pinta de ser la continuación de «La búsqueda del Weyr», historia que había leído en una antología. En la estantería de abajo, había uno de John Brunner que no he leído. Mejor que eso, había dos, no, tres libros de Brunner que no he leído. Sentí que me empezaban a picar los ojos.

Había pasado el verano prácticamente sin libros, solo con lo que me había llevado al escapar de mi madre: los tres volúmenes en edición rústica de El Señor de los Anillos, por supuesto, Las doce moradas del viento, volumen 2, de Ursula K. Le Guin, que defenderé contra viento y marea como la mejor colección de relatos de un solo autor de todos los tiempos, y La última astronave de la Tierra, de John Boyd, porque lo estaba leyendo en aquel momento, pero no había soportado la relectura tan bien como cabría esperar. Me he leído, aunque no me lo llevé conmigo, Cuando Hitler robó el conejo rosa, de Judith Kerr, y cada vez que veo el libro de Boyd se me viene a la cabeza cómo Anna eligió coger un juguete nuevo en lugar de su querido conejo rosa cuando abandonaron el Tercer Reich.

—¿Puedo…? —empecé a preguntar.

—Puedes coger los libros que quieras, pero cuídalos bien y devuélvelos luego —dijo. Cogí uno de Anderson, el de McCaffrey, uno de Brunner—. ¿Qué tienes ahí?

Me di la vuelta y se los enseñé. Los dos miramos los libros, pero evitamos mirarnos el uno al otro.

—¿Has leído el primero? —me preguntó y le dio un golpecito con el dedo al de McCaffrey.

—De la biblioteca —dije. He leído toda la colección de ciencia ficción y fantasía de la biblioteca de Aberdare, desde Alférez Flandry, de Anderson, hasta Criaturas de luz y tinieblas, de Roger Zelazny, una elección extraña para acabar; todavía no sé qué pensar de ese libro.

—¿Has leído algo de Delany? —preguntó. Se sirvió un whisky y le dio un sorbo. Olía raro, fatal.

Negué con la cabeza. Me dio un Ace Double que contenía Empire Star, de Samuel R. Delany. Le di la vuelta para echar un vistazo al otro título del volumen, pero chasqueó la lengua con impaciencia y, por una vez, lo miré.

—La otra mitad es basura —dijo con desdén y apagó un cigarrillo con fuerza innecesaria—. ¿Qué me dices de Vonnegut?

He leído las obras completas de Kurt Vonnegut Jr., hasta la fecha. Algunas las he leído de pie en la librería Lears de Cardiff. Dios lo bendiga, señor Rosewater es muy raro, pero Cuna de gato es una de las mejores historias que he leído nunca.

—Ah, sí.

—¿Qué has leído de Vonnegut?

—Todo —dije con confianza.

—¿Cuna de gato?

—Desayuno de campeones, Bienvenidos a la casa del mono… —Enumeré los títulos. Sonreía. Parecía satisfecho. La lectura había sido mi consuelo y mi adicción, pero nadie se había alegrado por ello antes.

—¿Y Las sirenas de Titán? —me preguntó, mientras terminaba.

Negué con la cabeza.

—Ese nunca lo he oído.

Dejó el vaso, se agachó y sacó el libro, sin apenas mirar las estanterías. Lo añadió a mi pila.

—¿Y a Zenna Henderson?

—Peregrinación —respondí sin aliento. Es un libro que me llegó muy hondo. Me encanta. Nunca he conocido a nadie que lo haya leído. No lo saqué de la biblioteca. Lo tenía mi madre, una edición estadounidense con un agujero en la cubierta. Ni siquiera creo que exista una edición británica. Henderson no estaba ni en el catálogo de la biblioteca. Por primera vez, me di cuenta de que, si él es mi padre, que se supone que lo es, entonces la conoció hace mucho tiempo. Se casó con ella. Tenía la continuación de Peregrinación y dos colecciones de relatos. Las cogí, sin saber qué pensar de él. Apenas podía sostener la pila de libros con una mano. Me los metí todos en la mochila, que llevaba colgada del hombro, como siempre.

—Creo que me voy a ir a la cama a leer —dije.

Sonrió. Tiene una sonrisa bonita, nada que ver con las nuestras. Toda mi vida me han dicho que nos parecíamos a él, pero no lo veo. Si él es Lazarus Long y nosotras Laz y Lor, me esperaría sentir alguna clase de reconocimiento. Nunca nos hemos parecido a nadie de la familia, pero, aparte del color de ojos y el pelo, no veo nada. No importa. Tengo libros, libros nuevos; puedo soportar cualquier cosa mientras haya libros.

Jueves, 6 de septiembre de 1979

Mi padre me llevó al colegio. En el asiento de atrás, descansaba una pulcra maleta que no había visto nunca, en la que, según me aseguró una de las tías, estaba el uniforme completo, doblado con mucho cuidado. También había una bandolera de cuero que, según ella, iba llena de material escolar. Ninguna de las dos tenía ni un solo arañazo, así que deduzco que debían de ser nuevas. Habrán costado una fortuna. Mi mochila contenía lo mismo que desde que me escapé, más los libros prestados. La agarré con fuerza y me resistí a todos los intentos de quitármela y dejarla con el resto del equipaje. Les hice un gesto con la cabeza, porque tenía la lengua congelada en la boca. Qué curioso lo imposible que me era llorar, o mostrar ninguna emoción intensa, ante aquella gente. No son mi gente. No son como los míos. Eso me sonó como los primeros versos de un poema y me entraron ganas de escribirlo en mi cuaderno. Subí al coche con torpeza. Fue doloroso. Al menos tenía sitio para estirar la pierna una vez dentro. Los asientos delanteros son mejores que los traseros, ya lo había notado antes.

Conseguí dar las gracias y despedirme. Cada una de las tías me dio un beso en la mejilla.

Mi padre no me miraba mientras conducía, lo que significaba que yo podía mirarlo a él de reojo. Iba fumando; encendía los cigarrillos con la colilla del anterior, igual que ella. Bajé la ventanilla para que me diera el aire. Sigo pensando que no se parece en lo más mínimo a nosotras. No es solo por la barba. Me pregunté qué habría hecho Mor con él y aplasté el pensamiento con fuerza. Al cabo de un rato, resopló y me dijo:

—Te he inscrito como Markova.

Era su apellido. Daniel Markova. Siempre lo he sabido. Es el nombre que figura en mi partida de nacimiento. Se casó con mi madre, así que también es el apellido de ella. Pero nunca lo he usado. Me apellido Phelps y así he ido siempre al colegio. Phelps significa algo, al menos en Aberdare, me conecta con mis abuelos, mi familia. La señora Markova es la loca de mi madre. Aun así, no significará nada en Arlinghurst.

—Morwenna Markova es un buen trabalenguas —dije, después de un rato demasiado largo.

Se rio.

—Dije lo mismo cuando nacisteis. Morwenna y Morganna.

—Ella decía que los nombres los elegiste tú —respondí, en voz baja y mirando por la ventanilla el mosaico de campos llanos repletos de vida en crecimiento. En algunos había rastrojos y otros los habían arado.

—Supongo que sí. Tenía un montón de listas y me hizo elegir. Eran todos nombres muy largos y muy galeses. Dije que sería un trabalenguas, pero ella me dijo que la gente pronto lo acortaría. ¿Lo hicieron?

—Sí —dije, aún con la mirada perdida—. Mo, o Mor. O Mori.

Mori Phelps es el nombre que usaré cuando sea una poeta famosa. Es el que pongo en mis libros. Ex libris de Mori Phelps. ¿Qué tiene que ver Mori Phelps con Morwenna Markova y lo que es muy probable que le pase en un colegio nuevo? Me prometí que algún día me reiré de todo esto. Me reiré con gente tan inteligente y sofisticada que ahora ni me la imagino.

—¿Y a tu hermana la llamaban Mog? —preguntó.

Nunca me había preguntado por ella. Negué con la cabeza, pero me di cuenta de que estaba conduciendo y no me miraba.

—No —dije—. Mo o Mor a las dos.

—¿Cómo os distinguían?

No me miraba. Se encendió otro cigarrillo.

—No lo hacían.

Sonreí para mis adentros.

—¿No te importará ser Markova en el colegio?

—Me da igual. Además, lo pagas tú —dije.

Giró la cabeza para mirarme un segundo y luego volvió a concentrarse en la carretera.

—Lo pagan mis hermanas —dijo—. Yo no tengo dinero, solo el que ellas me dan. ¿Estás al tanto de mi situación familiar?

¿Qué había que saber? No sabía nada de él, aparte de que era inglés, lo que me ha causado un sinfín de peleas en el patio del recreo, y que se casó con mi madre cuando tenía diecinueve años y se fugó dos años después, cuando ella estaba en el hospital dando a luz a otro bebé, uno que murió a causa de la conmoción.

—No.

—Mi madre estaba casada con un hombre llamado Charles Bartleby. Era bastante rico. Tuvieron tres hijas. Entonces llegó la guerra y se marchó a luchar a Francia en 1940, allí lo capturaron y lo metieron en un campo de prisioneros. Mi madre dejó a mis tres hermanas pequeñas con su abuela paterna, en Old Hall, la casa de la que nos acabamos de ir. Se puso a trabajar en una cantina de la Real Fuerza Aérea, para ayudar en lo que pudiera en la guerra. Allí conoció y se enamoró de un oficial de vuelo polaco llamado Samuel Markova. Era judío. Yo nací en marzo de 1944. En septiembre de 1944, Bartleby fue liberado del campo y regresó a Inglaterra, donde mi madre y él se divorciaron. Ella se casó con mi padre, que acababa de enterarse de que toda su familia en Polonia había sido asesinada.

¿También había tenido mujer e hijos? Seguro que sí. ¡Un judío polaco! Soy en parte polaca. ¿Parte judía? Todo lo que sé sobre el judaísmo lo he sacado de Cántico por Leibowitz y Muero por dentro. Bueno, y de la Biblia, supongo.

—Mi madre tenía algo de dinero, pero no mucho. Mi padre dejó la Fuerza Aérea después de la guerra y se puso a trabajar en una fábrica de Ironbridge. Bartleby le dejó su dinero y su casa a mis hermanas. Cuando yo tenía trece años, mi madre murió en un accidente. Mis hermanas, que ya eran mayores, asistieron al funeral. Anthea se ofreció a pagarme los estudios y mi padre aceptó. Me han mantenido desde entonces. Como sabes, me casé cuando estaba en la universidad.

—¿Qué le pasó a Bartleby? —pregunté. No debería de haber sido mucho mayor que mi abuelo.

—Se pegó un tiro cuando las chicas cumplieron los veintiuno —dijo, con un tono de voz que dejaba claro que no habría más preguntas sobre el tema.

—¿A qué… te dedicas? —pregunté.

—Ellas controlan el dinero, pero yo gestiono la propiedad. —Tiró la colilla en el cenicero, que ya estaba a rebosar—. Me pagan un sueldo y vivo en la casa. Es muy victoriano.

—¿Has vivido allí desde que te marchaste? —pregunté.

—Sí.

—Pero nos dijeron que no sabían dónde estabas. Mi abuelo vino hasta aquí para hablar con ellas —expuse, indignada.

—Mintieron. —No me estaba mirando—. ¿Te dolió mucho que me fuera?

—Yo también he huido de ella —contesté, lo que no respondía a la pregunta, pero me pareció suficiente.

—Sabía que los abuelos os cuidarían —dijo.

—Lo hicieron —reconocí—. No tenías que preocuparte por eso.

—Ah.

Entonces me di cuenta, y me sentí culpable por ello, de que mi mera presencia en aquel coche era un reproche en sí mismo. Para empezar, solo soy una, cuando él abandonó a unas gemelas. En segundo lugar, estoy tullida y, en tercero, el hecho mismo de que esté aquí. Me escapé. Tuve que pedirle ayuda y, lo que es peor, tuve que recurrir a los servicios sociales para hacerlo. Evidentemente, las decisiones que tomó sobre nosotras distaban mucho de ser las adecuadas. De hecho, mi sola presencia allí en aquel momento ponía de manifiesto que era un padre pésimo. A decir verdad, lo es. Sin importar cómo sea mi madre, abandonar a unos bebés no es aceptable; de hecho, abandonarlos con ella es particularmente irresponsable. Pero yo también he huido de ella.

—No quisiera haberme criado de ninguna otra forma —dije. Mis abuelos. Los Valles. Mi casa—. De verdad. Había muchas cosas buenas. Sería imposible haber tenido una infancia más feliz.

—Pronto te llevaré a conocer a mi padre, tal vez en las vacaciones de mitad del trimestre.

Puso el intermitente y giramos entre dos olmos, ambos moribundos, para meternos por un camino de grava que crujió bajo las ruedas del coche. Arlinghurst. Habíamos llegado.

Lo primero que pasó en el colegio fue la discusión sobre Química. Es una gran mansión de lo más elegante, con sus propios terrenos y un aspecto señorial y victoriano, pero huele como cualquier colegio: a tiza, col hervida, desinfectante y sudor. La directora era educada y distante. No dejó fumar a mi padre, por lo que ya empezaron con mal pie. Las sillas de su despacho son demasiado bajas y me costó levantarme de la mía. Pero nada de eso habría importado de no ser por el horario que me entregó. En primer lugar, hay tres horas de deporte todos los días. En segundo, las clases de Arte y Religión son obligatorias. Y en tercero, tengo que elegir entre Química o Francés y entre Latín o Biología. Las demás opciones eran muy sencillas, como Física o Economía, Historia o Música.

Robert Heinlein dice en Consigue un traje espacial: viajarás que las únicas cosas que merece la pena estudiar son la historia, los idiomas y las ciencias. Bueno, también añade las mates, pero, siendo sincera, se les olvidó añadir la parte matemática a mi cerebro. Le tocó toda a Mor. Dicho esto, las dos éramos iguales; o entendíamos algo a la primera o no nos entraba ni aunque nos lo metieran con un taladro.

—¿Cómo vas a entender el álgebra booleana si todavía te cuestan las divisiones largas? —me había preguntado desesperado mi profesor de Matemáticas. Pero es que los diagramas de Venn son fáciles, mientras que las divisiones largas todavía me suponen un reto. Los peores eran los problemas sobre personas que hacían cosas incomprensibles sin ninguna motivación. Me sentía inclinada a alejarme de los cálculos para preguntarme por qué a alguien le importaba a qué hora pasaban dos trenes (un espía, seguro), quién se ponía así de quisquilloso con una disposición de asientos (recién divorciados) o, algo que a día de hoy todavía me resulta incomprensible, a quién se le ocurría abrir el grifo de la bañera sin poner el tapón.

La historia, los idiomas y las ciencias no me plantean tales problemas. Cuando toca usar las matemáticas en ciencias, siempre tienen sentido y, además, te dejan usar calculadora.

—Tengo que estudiar Latín y Biología, y Francés y Química —dije, mirando el horario—. Pero no necesito ir a Arte ni Religión, así que será fácil de reorganizar.

La directora se puso como una fiera, porque por lo visto los horarios son sagrados. No le hice mucho caso.

—Hay más de quinientas alumnas en este colegio, ¿propones que las importune a todas para contentarte a ti?

Mi padre, que sin duda también ha leído a Heinlein, me respaldó. Prefiero a Heinlein antes que a cualquier directora. Al final, llegamos a un acuerdo; renunciaría a Biología a cambio de cursar las otras tres, lo cual era factible haciendo un par de cambios. Daré Química con otro grupo, pero eso me da igual. Me pareció una victoria razonable por el momento y permití que me enseñaran los dormitorios y me presentaran a la profesora encargada de mi casa y a mis «nuevas amigas».

Mi padre me dio un beso en la mejilla al despedirse. Lo vi salir por la puerta principal y encenderse un cigarrillo en cuanto estuvo fuera.

Viernes, 7 de septiembre de 1979

Por lo visto, lo del campo era broma.

A ver, tiene parte de verdad. Arlinghurst está aislado y rodeado de campos deportivos. No hay un palmo de tierra en treinta kilómetros a la redonda que alguien no esté utilizando. Hay vacas, feas y tontas, blancas y negras como las de juguete, en vez de marrones, como las vacas de verdad que hemos visto en vacaciones (Nada que ver con How now, brown cow? Con estas no hay quien hable). Dan vueltas por los campos hasta que llega la hora de ordeñarlas y entran en fila en el corral. Me he dado cuenta esta tarde, cuando me dejaron dar un paseo por los terrenos, de que estas vacas son estúpidas. Bovinas. Conocía la palabra de antes, pero nunca me había parado a pensar en lo literal que era.

Vengo de los Valles galeses y se los llama «los Valles» por algo. Son valles glaciares estrechos y empinados, sin mucha tierra llana en el fondo. Hay paisajes iguales por todo Gales. En la mayoría hay una iglesia, algunas granjas y quizá un millar de personas en toda la zona. Es lo máximo que se puede mantener de forma natural. Nuestro valle, el de Cynon, igual que los de alrededor, tiene una población de más de cien mil habitantes que viven en casas adosadas victorianas, escalonadas en las laderas como uvas y pegadas unas a otras en hileras sin dejar apenas espacio entre ellas ni para tender la colada. Las casas y la gente están apiñadas como en una ciudad, peor que en una ciudad, salvo que no es una ciudad. Pero fuera de esas hileras, todo era salvaje. Incluso dentro de ellas, siempre tenías la opción de levantar la vista.

Podías alzar los ojos hacia los montes, de donde ha de venir mi ayuda; un salmo que siempre me había parecido muy evidente. Los montes eran hermosos, eran verdes y tenían árboles y ovejas, y siempre estaban allí. Eran salvajes, en el sentido de que cualquiera podía adentrarse en ellos siempre que quisiera. No pertenecían a nadie, a diferencia de los campos llanos y vallados que rodeaban el colegio. Las colinas eran tierras comunales. Y dentro de los valles había ríos, bosques y ruinas, a medida que las fundiciones dejaban de utilizarse, a medida que se abandonaban los enclaves industriales. En las ruinas brotaron plantas, volvieron a ser salvajes, y entonces se instalaron las hadas. Lo que pensamos que ocurriría con la fábrica de fornacita ocurrió de verdad, pero tardó un poco más de lo que habíamos calculado.

Nos pasamos la infancia jugando entre las ruinas, a veces solas, a veces con otros niños o con las hadas. Tardamos mucho tiempo en entender lo que eran las ruinas. Cerca de la casa de la tita Florrie, había una vieja fundición donde siempre jugábamos. Allí había más niños y a veces jugábamos con ellos al escondite o a perseguirnos. Yo no sabía lo que era una fundición. Si me hubieran insistido, habría terminado por deducir mediante la etimología que alguien debía de trabajar el hierro allí, pero nadie me lo preguntó nunca. Era un lugar, una cosa. En otoño se llenaba de adelfillas. No se esperaba que supiéramos lo que era.

Casi todas las ruinas en las que jugábamos, en el bosque, carecían de nombre y bien podrían haber sido cualquier cosa. Las llamábamos la cabaña de la bruja, el castillo del gigante, el palacio de las hadas… Jugábamos a que eran el último reducto de Hitler o las murallas de Angband, pero en realidad se trataba de antiguas reliquias de la era industrial que se desmoronaban. Las hadas no las habían construido, se habían mudado allí con la llegada de la naturaleza después de que la gente las abandonara. Las hadas no tenían poder para crear, al menos nada real. No podían hacer nada. Por eso nos necesitaban. No lo sabíamos. Había muchas cosas que no sabíamos y que nunca se nos ocurrió preguntar. Antes de que llegara la gente, supongo que las hadas vivían en los árboles y no tenían casas. A lo mejor los granjeros ordeñaban leche para ellas. Tampoco debían de ser tantas.

La gente, o más bien sus antepasados, había llegado a los Valles al comienzo de la Revolución Industrial. Debajo de las colinas había hierro y carbón y los Valles eran las ciudades en auge de la época, así que se llenaron de habitantes. Si alguna vez te has preguntado por qué los galeses no migraron al Nuevo Mundo en la misma magnitud que los irlandeses o los escoceses, no fue porque no tuvieran la misma necesidad de abandonar sus granjas, sino porque tenían un lugar propio al que dirigirse. O al menos, eso pensaban. Los ingleses también llegaron. La lengua galesa salió perdiendo. El galés era la primera lengua de mi abuela, la segunda de mi madre y yo apenas lo chapurreo. La familia de mi abuela venía del oeste de Gales, de Carmarthenshire. Aún teníamos parientes allí, Mary la del campo y su familia.

Mis antepasados llegaron igual que todos los demás, después de que se descubriera el hierro y el carbón. La gente empezó a construir fundiciones, ferrocarriles para trasportar lo extraído, casas para los trabajadores, más fundiciones, más minas y más casas, hasta que los valles quedaron cubiertos por entero de sólidas franjas de casas. Las colinas siempre estaban por medio y las hadas debieron de refugiarse en ellas. Entonces el hierro se agotó, o empezó a ser más barato producirlo en otro sitio, y aunque todavía quedaban minas de carbón, no eran más que un lamentable vestigio de la prosperidad de cien años atrás. Se abandonaron las fundiciones. Cerraron las minas. Algunos se marcharon, pero la mayoría se quedó. Para entonces, ya se había convertido en su hogar. Cuando nosotras nacimos, el desempleo crónico era una realidad y las hadas habían vuelto a los valles y se habían apoderado de las ruinas que nadie quería.

Crecimos jugando libremente entre los escombros, sin tener una idea clara de su historia. Era un lugar maravilloso para los niños. Estaba abandonado, ignorado, y en cuanto te alejabas de las casas, se volvía salvaje. Siempre podías subir a las montañas y adentrarte en el campo de verdad, con rocas, árboles y ovejas, revestido de gris debido al polvo de carbón y sin ningún atractivo. (No entiendo por qué la gente se pone sentimental con las ovejas. «¡Salsa de menta!», les gritábamos para que salieran corriendo. La tita Teg siempre ponía mala cara y nos regañaba, pero seguíamos haciéndolo. Bajaban al valle, volcaban los cubos de basura y destrozaban los jardines. Por su culpa había que tener las puertas cerradas). Pero incluso abajo, en el valle, las vetas de árboles y ruinas lo atravesaban todo. Estaban por todas partes, dentro, debajo y paralelas a la ciudad. No era el único paisaje que conocíamos; en vacaciones íbamos a Pembrokeshire, a las montañas de Brecon Beacons y a Cardiff, que es una ciudad con muchas tiendas. Pero los Valles eran nuestro hogar, el paisaje de la normalidad, y nunca nos lo cuestionamos.

Las hadas nunca nos dijeron que hubieran construido las ruinas. Dudo que se lo preguntáramos, pero, si lo hubiéramos hecho, se habrían reído, como hacían con casi todas nuestras preguntas. Estaban allí, sin ninguna explicación, y algunos días no estaban, también sin motivo. A veces nos hablaban y otras huían de nosotras. Igual que los demás niños que conocíamos, a veces jugábamos con ellas y a veces sin ellas. Solo nos necesitábamos la una a la otra y a nuestra imaginación.

Los lugares de mi infancia estaban conectados por caminos mágicos que casi ningún adulto utilizaba. Ellos tenían sus carreteras, nosotras nuestros caminos. Estaban hechos para recorrerlos a pie, eran diferentes y redundantes, más anchos que un sendero, pero no lo bastante para los coches. A veces corrían paralelos a las carreteras de verdad y otras iban de ninguna parte a ninguna parte, de una ruina élfica al laberinto de Minos. Les pusimos nombre, aunque sabíamos que en realidad eran «dranvías». Nunca me paré a pensar en la palabra ni me molesté en entender que se refería a un tranvía. El galés muta las consonantes iniciales. En realidad, todos los idiomas lo hacen, pero la mayoría tardan siglos, mientras que el galés lo hace antes de que te haya dado tiempo a cerrar la boca. De «tranvía» a «dranvía», así sin más. Hace mucho, los tranvías circulaban sobre raíles por nuestras dranvías, cargados de mineral de hierro o carbón. Ahora vacías y cubiertas de hojas, solo los niños o las hadas las usaban, antes habían pertenecido a pequeños ferrocarriles.

No era que no supiéramos nada de historia. Incluso si solo contábamos el mundo real, sabíamos más que la mayoría. Nos habían hablado de los cavernícolas, los normandos y los Tudor. Conocíamos a los griegos y los romanos. Sabíamos montones de historias personales sobre la Segunda Guerra Mundial. Incluso sabíamos bastante de nuestra historia familiar. Pero nunca establecimos una conexión con el paisaje. Y sin embargo, fue ese paisaje el que dio forma a quienes éramos mientras crecíamos en él, el que lo afectó todo. Creíamos vivir en un escenario de fantasía cuando en realidad era uno de ciencia ficción. En la ignorancia, jugábamos a abrirnos paso por los caminos que los elfos y los gigantes nos habían dejado, asumiendo que las hadas eran sus propietarias y no sus inquilinas. Les pusimos a las dranvías nombres de lugares de El Señor de los Anillos cuando debería haberme dado cuenta de que pertenecían a Las Crisálidas.

Es increíble la cantidad de cosas que llegamos a pasar por alto.

Martes, 18 de septiembre de 1979

Para sorpresa de nadie, el colegio es un horror. Para empezar, tal como ya sabía por los libros sobre colegios, los deportes son una de las actividades más importantes en un internado y yo no estoy en condiciones de practicar ninguno. Además, todas las demás chicas vienen de entornos similares. Son casi todas inglesas, de no muy lejos, productos de paisajes iguales al de Arlinghurst. Varían un poco en forma y altura, pero la mayoría tienen la misma voz. Mi voz, que en los Valles se consideraba pija y remarcaba de inmediato mi clase social, aquí me identifica como una bárbara forastera. Como si ser una tullida y una salvaje no fuera suficiente, había que añadir el hecho de que estaba empezando el curso tarde, en una clase donde todas se conocían desde hacía dos años y ya habían forjado alianzas y enemistades delimitadas por líneas de las que yo no sabía nada.

Por fortuna, esto lo descifré bastante rápido. No soy tonta. Nunca he ido a un colegio donde nadie me conociera a mí o a mi familia, ni he empezado sola en ningún centro, pero he pasado tres meses en un hogar de acogida y dudo que exista nada peor. Guiándome por la voz, identifiqué a las demás bárbaras, una chica irlandesa (que se llama Deirdre, pero la llaman Despojo) y otra judía (Sharon, pero la llaman Sarpullido). Hago lo posible por hacerme amiga suya.

Fulmino con la mirada a las otras chicas cuando intentan burlarse de mí o tratarme con condescendencia o meterse conmigo, y me alegra comprobar que me funciona tan bien como siempre. Me insultan mucho, me llaman «Pueblerina», «Ladrona» y «Roja», además de cosas un poco más justificadas como «Coja» y «Lameculos». Lo de «Roja» es porque creen que mi nombre es ruso. Me equivoqué al pensar que no significaría nada para ellas.

Me pellizcan y me dan capones cuando creen que no las van a pillar, pero no sufro violencia real. No es nada, pero nada, comparado con el hogar de acogida. Tengo el bastón y mi mirada, y pronto empecé a contar historias de fantasmas después de que se apaguen las luces. Me da igual que me tengan miedo, mientras me dejen en paz. Me da igual que me odien, mientras me teman. Es una estrategia bastante buena para el internado, a Tiberio le funcionó. Se lo expliqué a Sharon y me miró como si fuera una extraterrestre. ¿Qué pasa? Nunca me acostumbraré a este lugar.

No tardé en ser la primera de la clase en todo menos en Matemáticas. No tardé nada. Menos de lo que esperaba. ¿A lo mejor estas chicas son menos inteligentes que las del instituto? Allí había al menos una o dos que nos hacían la competencia, pero aquí no parece haber ninguna. Estoy por encima de las demás. Mi popularidad, curiosamente, varía un poco a causa de las notas. No les importan las clases y me odian por ganarles, pero consigues puntos para tu casa por sacar notas excepcionales y eso sí que les importa. Me resulta deprimente comprobar hasta qué punto el internado se parece a la descripción de Enid Blyton y también descubrir que las cosas que son diferentes son mucho peores.

La clase de Química, a la que voy con otro grupo, es mucho mejor. La imparte el profesor de ciencias, el único maestro masculino del colegio, y las chicas parecen mucho más comprometidas con la asignatura. Es lo mejor del plan de estudios y me alegro de haber luchado por venir. No me importa perderme las clases de Arte, aunque a la tita Teg sí le importaría. No le he escrito. Lo he pensado, pero no me atrevo. No va a contarle a mi madre dónde estoy, sería la última persona que me haría algo así, pero no quiero arriesgarme.

Ayer encontré la biblioteca. Tengo permiso para estar allí cuando se supone que debería hacer deporte. De repente, estar tullida se ha convertido en una ventaja. No es una biblioteca espectacular, pero es mejor que nada y no me quejo. Ya me he terminado todos los libros que me prestó mi padre. (Tenía razón sobre la otra mitad del volumen de Empire Star, pero Empire Star en sí es de lo mejor que he leído). En las estanterías tienen El toro del mar y otro libro de Mary Renault del que nunca he oído hablar: El auriga. También hay tres novelas de ciencia ficción adulta de C. S. Lewis. En las paredes hay paneles de madera y el cuero de los sillones está viejo y agrietado. Hasta ahora, siempre la he encontrado desierta, salvo por mí y la bibliotecaria, la señorita Carroll, con quien soy cortés hasta la saciedad.

Ahora podré seguir escribiendo en mi diario. Una de las peores cosas aquí es lo imposible que es estar sola y que la gente te pregunte todo el tiempo qué estás haciendo. «Escribir un poema» o «escribir en mi diario» sería una condena a muerte. Después de los dos primeros días dejé de intentarlo, aunque me moría de ganas de escribir. Ya piensan que soy rara. Duermo en una habitación común con otras once chicas. No estoy sola ni en el baño; no hay puertas en los aseos ni en las duchas y, por supuesto, el humor escatológico les parece el colmo del ingenio.

Por la ventana de la biblioteca se ven las ramas de un olmo moribundo. Los olmos se están muriendo por todas partes por la enfermedad del olmo holandés. No es culpa mía y no puedo hacer nada al respecto. Sin embargo, no dejo de pensar en que a lo mejor sí podría, si las hadas me dijeran el qué. Es una de esas situaciones en las que algo debería poder cambiar las cosas. Los árboles moribundos son muy tristes. Se lo comenté a la bibliotecaria y me dio un antiguo ejemplar de la revista New Scientist, que leí en profundidad. La enfermedad llegó desde América en un cargamento de troncos y es de origen fúngico. Eso me convence todavía más de que se podría hacer algo. Los olmos son todos el mismo, son clones, y por eso están sucumbiendo todos. No están desarrollando una resistencia natural entre la población, porque no hay variaciones entre ellos. Los gemelos también son clones. Si miraras un olmo, nunca pensarías que es parte de un todo. Solo verías un olmo. Pasa lo mismo cuando la gente me mira ahora; ven a una persona, no una mitad de una pareja de gemelas.

Miércoles, 19 de septiembre de 1979

Después de la hora de estudio y antes de la cena, tenemos media hora libre. Ayer no llovía, así que salí al atardecer. Caminé hasta los límites de los terrenos, donde hay un campo con vacas blancas y negras. Me miraron con apatía. También hay una zanja y un puñado de árboles. Si hay hadas en alguna parte del colegio, tiene que ser aquí. Hacía frío y estaba húmedo. El cielo iba perdiendo color sin que se viera la puesta de sol.

Ya es bastante difícil encontrar hadas a propósito incluso cuando sabes dónde están. Siempre he pensado que son como champiñones; te las encuentras por casualidad cuando no estás pensado en ellas, pero cuando te pones a buscarlas, no hay ni rastro. No me había traído el aro de madera y todo lo que llevaba puesto era nuevo, sin ninguna conexión, así que no me servía. Tenía el bastón, que es viejo y de madera y podría servir. Pensé en los olmos y en cómo ayudarlos. Relajé la mente.

Cerré los ojos y me apoyé en el bastón. Intenté ignorar el dolor y el enorme agujero vacío donde debería estar Mor. No es fácil no pensar en el dolor, pero sabía que las asustaría muchísimo. Me acuerdo de cómo salieron corriendo espantadas como ovejas la vez que me corté la mano detrás de Camelot. La pierna normalmente me duele de dos formas, una es como un pinchazo agudo y la otra es como un estrujamiento constante.

Si me quedo quieta y en equilibrio, el estrujamiento pasa a ser una mera molestia y el pinchazo no me da a menos que cambie de postura, así que intenté justo eso. Pensé en lo que haríamos si quisiéramos llamarlas. Abrí la mente. No pasó nada.

—¿Buenas tardes? —dije sin mucha convicción en galés. Aunque a lo mejor las hadas de Inglaterra solo hablan inglés. O a lo mejor no hay hadas. No es un paisaje donde tengan mucho espacio. Abrí los ojos. Las vacas se habían alejado. Sería la hora de ordeñarlas. En el lado de la zanja que daba hacia el colegio había un arbusto, un pequeño fresno de montaña achaparrado y un avellano. Apoyé la mano izquierda en la corteza lisa del avellano sin esperar ya nada.

Había un hada entre las ramas. Desconfiada. Siempre he notado que las hadas se parecen más a las plantas que a ninguna otra cosa. Con las personas y los animales, hay un patrón claro: dos brazos, dos piernas y una cabeza, una persona. O cuatro patas y lana, una oveja. Sin embargo, con las plantas y las hadas hay señales que te indican lo que son, pero un árbol puede tener cualquier número de ramas creciendo desde cualquier parte. Hay un cierto patrón, pero un olmo nunca termina de ser igual que otro y hasta puede ser completamente distinto, porque habrán crecido de forma diferente. Las hadas pueden ser muy hermosas o espantosas. Todas tienen ojos y muchas tienen una especie de cabeza reconocible. Algunas tienen extremidades más o menos humanas, mientras que otras se parecen más a animales y otras no se parecen a nada. Esta era de las últimas. Larga y enjuta, con la piel como una corteza áspera. Si no le vieras los ojos, que están más abajo de lo esperado, la confundirías con alguna clase de enredadera cubierta por telas de araña. Igual que los robles tienen bellotas y hojas en forma de mano y en los avellanos crecen avellanas y hojitas curvadas, la mayoría de las hadas son nervosas y grises, verdes o marrones y suelen tener alguna parte peluda. Esta era gris, muy nervosa y se clasificaba sin lugar a dudas en la parte espantosa del espectro.

A las hadas no les van mucho los nombres. A las que conocíamos les pusimos algunos y a veces respondían y a veces no. Parecía que les hacían gracia. Tampoco les ponen nombre a los sitios. Ni siquiera se llaman a sí mismas hadas, eso era cosa nuestra. No les gustan nada los sustantivos en general, ahora que lo pienso, y su forma de hablar… En fin, a esta hada no la conocía de nada, ni ella a mí, y no tenía nombres ni contraseñas que darle. Se me quedó mirando, como si fuera a largarse en cualquier momento o a desaparecer en el árbol. El género es otro aspecto dudoso con las hadas, salvo cuando no lo es porque tienen una larga cabellera cubierta de flores o un pene tan grande como el resto del cuerpo o algo por el estilo. Esta no mostraba ninguna indicación, así que no pienso en ella de ningún modo definido.

—Amistad —dije, yendo a lo seguro.

Pasó de estar completamente quieta a estallar en gritos y aspavientos:

—¡Fuera! ¡Peligro! ¡Encontrar!

Las hadas no hablan como las personas. No importa cuánto te gustaría que fueran como Galadriel, nunca van a pronunciar un discurso así. Esta dijo eso y luego desapareció de repente, antes de que me diera tiempo a explicarle quién era ni a preguntarle nada sobre los olmos o si había algo que yo pudiera hacer. Fue como un parpadeo, salvo porque no parpadeé. Siempre es igual cuando se marchan de pronto, entre un latido y el siguiente, como si nunca hubieran estado allí.

¿Peligro? ¿Encontrar? No tengo ni idea de lo que significaba. No vi ningún peligro, pero volví al colegio, donde me recibió el timbre para la cena. Fui de las últimas de la fila, pero la comida no vale la pena ni cuando está caliente. El peligro no me encontró ni yo lo encontré a él, al menos por esta noche. Me bebí el cacao aguado y cruce los dedos porque el hada estuviera bien. Me alegro de haberla encontrado, aunque no sea muy comunicativa. Es como tener un trocito de hogar.

Jueves, 20 de septiembre de 1979

Esta mañana, he descubierto a qué se refería el hada con lo de «encontrar» y «peligro». El cartero me ha traído una carta de mi madre.

No sé por qué descubrir al hada le indicó dónde estaba. El mundo no funciona de forma lógica. Las hadas nunca se lo habrían dicho y, aunque hay personas que tal vez sí, podrían haberlo hecho en cualquier momento. Lo que creo es que me estaba buscando. En un paisaje desconocido y rodeada de cosas nuevas, habría sido difícil atraparme; aquí no tengo nada más que el bastón y un puñado de posesiones y las cosas mías con las que se quedó ya se estarán desvaneciendo en su mayor parte. Sin embargo, al abrir la mente para llamar al hada, atraje su atención. A lo mejor eso hizo que alguien le diera mi dirección o tal vez la información le llegó directamente. No importa. Casi siempre se pueden establecer cadenas de coincidencias para refutar la magia, no sucede como en los libros. La magia crea esas cadenas de coincidencia. Eso es lo que ocurre. Es como si chasqueases los dedos y apareciera una rosa, pero es porque alguien en un avión ha dejado caer una rosa en el momento justo para que te cayera en la mano. La persona es real, igual que el avión y la rosa, pero eso no significa que la razón por la que la flor ha acabado en tu mano no sea que hicieras magia.

Ahí es donde siempre me he equivocado. Yo quería que funcionara de forma mágica; esperaba que fuera como en los libros. Si se parece a alguno, es a La rueda celeste. Creíamos que la fábrica se desmoronaría ante nuestros ojos, cuando en realidad la decisión de cerrarla se había tomado en Londres varias semanas antes, pero no habría sido así si no hubiéramos tirado aquellas flores. Es más difícil de entender que si funcionara como en las historias. Y mucho más fácil de negar. Puedes negarlo todo si tienes una mentalidad escéptica porque siempre hay una explicación sensata alternativa. La magia siempre funciona a través del mundo real y siempre es refutable.

La carta de mi madre también es así, en cierto modo. Es hiriente, pero, si se la enseñara a otra persona, no vería las pullas. Se ofrece a enviarme fotos de Mor cuando le responda. Dice que me echa de menos, pero que le tocaba a mi padre cuidar de mí durante un tiempo, lo cual es una versión de la realidad que hace que me entren ganas de estrangularla. Además, el sobre está dirigido con su inconfundible letra a Morwenna Markova, lo que significa que está al tanto del apellido que estoy usando.

Tengo miedo. Pero me gustaría tener las fotos y estoy casi convencida de que me encuentro fuera de su alcance.

Sábado, 22 de septiembre de 1979

Hoy llueve.

Fui al pueblo, Oswestry, que no da para mucho, y le compré un champú a Sharon. No puede gastar dinero los sábados porque es judía. Encontré una biblioteca, pero cierra a mediodía. ¿Para qué sirve una biblioteca que cierra a mediodía los sábados? De verdad, qué cosa más inglesa. No hay librería, aunque sí un Smiths que vende algunos libros; solo tienen superventas, pero es mejor que nada.

Volví al colegio y me pasé el resto de la tarde libre en la biblioteca, alucinando con El auriga. No me había dado cuenta de que los hombres de los libros sobre la antigua Grecia de Renault que se enamoran entre sí son homosexuales, pero ahora me parece evidente. Lo leo a escondidas, como si alguien me lo fuera a quitar si descubre de qué va. Me sorprende que esté en la biblioteca del colegio. Me pregunto si seré la primera persona que se lo lee desde 1959, cuando lo compraron.

Domingo, 23 de septiembre de 1979

Los domingos por la tarde se supone que tenemos que escribir a casa. Le he estado mandando a mi padre, Daniel, cartas bastante largas, siempre sobre libros, salvo por los breves deseos de cortesía de que tanto él como mis tías estén bien. Sus respuestas son similares y me envió un paquete con el único libro que no necesitaba, una edición en tapa dura de los tres volúmenes de El Señor de los Anillos. La edición en tapa blanda que tengo fue un regalo de la tita Teg. También me envió El vuelo del dragón, que incluía «La búsqueda del Weyr» y lo que ocurría justo después; Ciudad de ilusiones, de Le Guin; y The Flight of the Horse, de Larry Niven. Está bien, pero no es tan bueno como Mundo Anillo o A Gift from Earth.

Hoy he escrito una carta para mi madre. Le he dicho que estoy bien y que me gustan las clases. Le he hablado de mis notas y de que soy la mejor alumna. Le he contado cómo le va a mi casa en hockey y en lacrosse. Ha sido una carta modelo; de hecho, sigue el mismo esquema que la carta que mi amiga irlandesa Deirdre, a quien escribir le cuesta bastante, le ha mandado a sus padres. A cambio, permití que ella, a quien nunca jamás he llamado Despojo, me copiase la traducción para Latín. La verdad es que es muy dulce; no es muy inteligente y siempre se equivoca cuando habla, pero es maja. Creo que me habría dejado copiarle la carta sin nada a cambio.

Jueves, 25 de septiembre de 1979

Mi carta dio resultados prácticamente en la siguiente entrega del correo. Como me prometió, me envió una foto. En ella estamos las dos en la playa y hacemos un castillo de arena. Mor está de espaldas a la cámara y aplasta la arena con las manos. Yo miraba a la cámara, o al abuelo, que era quien la sostenía, pero ya no se veía nada más que mi silueta, porque me habían quemado con mucha precisión.

Miércoles, 26 de septiembre de 1979

En el colegio como siempre. La primera de la clase en todo menos en Matemáticas, como siempre. Bajé hasta la acequia a buscar hadas, porque hay caballos y puertas de cuadra, pero no vi nada. Los olmos siguen muriéndose. He leído Más allá del planeta silencioso, que no tiene nada que envidiarles a los libros de Narnia. Otra carta horrible. Me duele la barriga.

Sábado, 29 de septiembre de 1979

Con la magia, nunca sabes qué esperar. Nunca estás segura de si has hecho algo de verdad o si solo estabas jugando. En cualquier caso, no debería hacer nada así, porque llamaría su atención y ya tengo más de la que me gustaría.

Mor y yo salíamos a jugar los días de verano cuando no llovía. Jugábamos a ser caballeras que luchaban desesperadamente por salvar Camelot, o a que íbamos a una aventura. Teníamos largas conversaciones con las hadas en las que sabíamos que estábamos hablando por las dos partes. Sería perfectamente posible eliminar a las hadas de estos recuerdos, pero a Mor no, así que seguiría sin poder hablar de ellos.

No puedo hablar de mi infancia porque soy incapaz de decir «yo» cuando quiero decir «nosotras» y, si digo «nosotras», da pie a una conversación sobre mi hermana muerta, en vez de hablar de lo que me apetece hablar. Lo descubrí en verano. Así que evito el tema.