Entre las llamas - Dominique Burton - E-Book
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Entre las llamas E-Book

Dominique Burton

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Beschreibung

Toda mujer necesita un héroe La primera vez que C.J. Powell la rescató, Natasha Bennington estaba corriendo una maratón. Su trabajo defendiendo los derechos de los demás volvió a ponerla en una situación de riesgo. Y el apuesto y musculoso bombero de San Francisco decidió convertirse de nuevo en su héroe particular. C.J. nunca había imaginado que volvería a encontrarse con Natasha. Llevaba un año sin verla y entonces ella había estado enamorada de su mejor amigo. Pero todo había cambiado y sentía la necesidad de proteger a esa abogada, sobre todo después de que una seria amenaza de muerte la obligara a esconderse en Alaska.

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Seitenzahl: 225

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2011 Dominique Burton. Todos los derechos reservados.

ENTRE LAS LLAMAS, N.º 9 - septiembre 2012

Título original: The Firefighter’s Cinderella

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0814-0

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

CAPÍTULO 1

A NATASHA Bennington se le empezó a nublar la vista y apenas consiguió distinguir el marcador del kilómetro cuarenta. Esperaba que las piernas le aguantaran lo suficiente para poder terminar la maratón.

Solía disfrutar de las vistas de San Francisco desde esa parte de la ciudad, pero ese día era distinto. Solo tenía en mente poder llegar a la meta. Se llevó la botella de agua a los labios, pero no consiguió calmar su sed. Hacía mucho calor y el sol apretaba con fuerza. Se bajó un poco más la gorra. Había nacido allí y no recordaba un septiembre tan caluroso como aquel. Llegó a pensar que estaba imaginándoselo y que en realidad no hacía tanto calor. La ruta era sofocante y no conseguía mantener un buen ritmo.

Además de la música que estaba escuchando por sus auriculares, podía oír los gritos y las voces de los espectadores que habían salido a las calles para animar a sus seres queridos. Le dolía que allí no hubiera nadie para animarla a ella. Tampoco tenía amigos ni familiares que la esperaran en la meta.

Era la hija del congresista George Bennington y había pasado sus veintisiete años de vida intentando hacerse un hueco en la apretada agenda de su padre. Su madre, Genevieve Armstrong Bennington, era la perfecta esposa del político, lista en cualquier momento para asistir a fiestas de todo tipo, eventos y galas. Cuando consiguió el poder, nada más se interpuso en su camino, sobre todo si se trataba de algo tan trivial para el congresista como sus deberes paternales.

Ya estaba terminando la última curva. Le daba la impresión de que su mente no estaba conectada con su cuerpo. Había oído decir que las maratones se ganaban con la fuerza mental y empezaba a entender por qué. Lo único que la mantenía en movimiento era la necesidad de seguir a los otros corredores por la calle Lincoln.

No podía entender las razones, pero le dio la impresión de que el pavimento parecía más caliente en esa calle que en ninguna otra. Le quemaban los pies con cada paso que daba. El calor era como un veneno que se extendía rápidamente por todo su cuerpo.

Al pasar junto a la tienda donde tenían agua para los corredores, agarró varios vasos para echárselos por la cabeza y tratar de refrescarse. Sabía que tendría un aspecto horrible, pero no le importaba. Trató de recordar por qué sus compañeros de trabajo, que se habían convertido en buenos amigos durante ese último año, no estaban allí. Estaba tan cansada que le costaba incluso recordar sus nombres.

«¡Ah, sí! Richard y Daphne», pensó entonces sin poder acordarse de por qué no estaban allí.

Creía que era por motivos de trabajo.

Decidió pensar ella también en el trabajo para concentrarse en algo y conseguir así terminar la carrera. Tenía que olvidar el dolor y el cansancio para no derrumbarse por completo.

Pensó en la ley de Arizona mientras tomaba otro sorbo de su botella de agua. Esa maldita ley número 1070 le impedía ayudar a los inmigrantes ilegales que residían en Estados Unidos. Ese término de inmigrante ilegal no le gustaba nada.

Para ella, eran personas reales que trataban de obtener la residencia y convertirse en ciudadanos de pleno derecho. Leyes como esa eran las que la habían impulsado a practicar la abogacía sin interés lucrativo, para poder ayudar a los demás.

A su padre no le había gustado nada que dejara el prestigioso bufete de la familia. Para colmo de males, ella ayudaba a las mismas personas que su padre intentaba mantener fuera del país utilizando para ello su poder político.

Trató de recordar en qué caso estaban trabajando Richard y Daphne.

«¡El caso Méndez!», se acordó de repente.

Ese nombre provocó en su interior un fuego muy distinto al que sentía en esos instantes mientras trataba de llegar a la meta. Si tenía un enemigo, ese era Fernando Méndez.

Era el dueño de uno de los viñedos más famosos de Napa Valley. Todos sus trabajadores eran inmigrantes ilegales. Méndez y sus socios habían convencido a hombres y mujeres inocentes para que salieran de México y trabajaran en sus campos con la promesa de conseguir permisos de residencia o incluso la ciudadanía.

Pero todo era una gran mentira.

Cuando los trabajadores llegaban al norte de California, se daban cuenta de que estaban atrapados y que no les quedaba más remedio que aceptar las deplorables condiciones de trabajo mientras se escondían de las autoridades.

Pero las cosas empezaban a cambiar para Méndez. Los federales lo estaban investigando por tráfico de drogas y blanqueo de dinero, además de otros delitos. Sabía que las autoridades aduaneras iban a dirigir una redada y que los inmigrantes que trabajaban en los viñedos iban a ser deportados.

Se lo había contado un amigo que estaba trabajando en el departamento legal de aduanas. La había llamado la noche anterior para decírselo. Esperaban que la redada sucediera ese fin de semana y, como medida de precaución, se había encargado de que Daphne y Richard se acercaran hasta los viñedos para ver si ocurría y a quién detenían.

Había recibido en el bufete a una docena de familias que necesitaban su ayuda. Creía que su único delito era tratar de sobrevivir y tener una vida mejor. Estaba convencida de que esa había sido también la idea de los fundadores de Estados Unidos y era el objetivo que tenía en mente en todo momento.

Durante el último año, Daphne había sido como una hermana para ella. Era su ayudante. Y Richard, el otro abogado, llevaba diez meses trabajando con ellas y siempre podía contar con su apoyo en los tribunales. Y también para esa maratón. Había entrenado con ella y le había aconsejado cómo correr para aguantar hasta el final. Sin su ayuda, sabía que no habría estado en forma para poder participar.

También le había enseñado a comer mejor, reduciendo los hidratos de carbono y consumiendo más proteínas. Así se mantenía en forma, con un peso saludable y con la suficiente energía para poder correr cada día.

Pero, en esos instantes, se sintió muy sola. Sin entrenador, sin amigos y sin Tim.

Prefería no pensar en él. Tenía que concentrarse y seguir adelante.

Ya podía ver la meta, estaba adornada con un gran arco hecho con globos y había un cronómetro oficial que marcaba el tiempo que llevaban corriendo. También había un cartel: Maratón de la Fundación Tim McGinnis de bomberos contra el cáncer.

Le bastó con ver su nombre para que se le hiciera un nudo en el estómago. Hacía ya un año que esa terrible enfermedad se había llevado a Tim. Había sido su mejor amigo desde la infancia y el único hombre al que había amado.

Pero, en vez de dejarse llevar por el dolor, había ayudado a organizar esa maratón. Recordó que Tim siempre había exprimido la vida al máximo. Había sido un hombre muy activo que adoraba su trabajo. Había apagado muchos fuegos y salvado numerosas vidas.

Recordó que había estado enamorada de él desde los cinco años, aunque no fue correspondida nunca.

–¡Cómo pude ser tan tonta! –murmuró entonces.

Ya se acercaba a la meta y vio a varios bomberos, compañeros de Tim. Era su día libre y estaban trabajando de manera voluntaria en la maratón.

Entre ellos estaba el capitán C. J. Powell, el mejor amigo de Tim. No lo había visto desde el funeral.

Respiró profundamente para no pensar en ese día y seguir corriendo. Había tratado de ser fuerte y no dejar que la muerte de Tim la hundiera. Pero sintió de repente que la inundaba la tristeza. No estaba preparada para algo así. En esos instantes, le parecía imposible llegar a la meta y sintió que todo le daba vueltas. Era imposible, le faltaba el aliento.

Vio que apenas le quedaban unos metros para llegar. Se fijó entonces en C. J. y vio que no había cambiado. Era un hombre alto, de anchos hombros, cabello oscuro y rizado y una intensa mirada azul. Tenía unos treinta y tantos años y era muy atractivo.

–Unos pasos más… –murmuró entonces.

Fue un alivio ver que ya llegaba, pero empezó a verlo todo borroso. Sintió que se caía, que estaba a punto de tocar el suelo y, de repente, alguien lo evitó. Fue una sensación increíble.

Lo último que vio antes de perder el conocimiento fueron unos ojos azules que la miraban con preocupación.

C. J. Powell llevaba toda la mañana recibiendo a los corredores en la línea de meta. Se trataba de una maratón benéfica en honor a su amigo, fallecido un año antes. Habría preferido trabajar, pero sabía que era por una buena causa y así los padres de Tim recibían bastante consuelo después de sufrir tan dolorosa pérdida.

Era un día muy caluroso y estaba preocupado. Ya había atendido varios casos de deshidratación. Creía que, si subía más la temperatura, las cosas se complicarían de verdad.

Estaba ensimismado en sus pensamientos y tardó en ver a la mujer que se acercaba hacia él con piernas temblorosas y dificultad para mantener el equilibrio. Se dio cuenta de que estaba muy acalorada y que iba a desmayarse. Fue corriendo a socorrerla y vio entonces que estaba en muy malas condiciones.

–¡Adam! –llamó a uno de sus compañeros.

–¿Sí, capitán?

–Hace demasiado calor para que sigan corriendo. Habla con el comandante, creo que habría que suspender la maratón.

–Sí, señor –repuso Adam mientras miraba a la mujer que tenía en sus brazos–. ¿Quién es?

Miró a la mujer. Era delgada y morena.

–No lo sé, pero creo que está deshidratada. Voy a acercarme al hospital de campaña para que la vean los médicos.

No sabía por qué, pero sintió la necesidad de protegerla. Le había dado la impresión de que iba hacia él pocos segundos antes de desplomarse, como si le estuviera pidiendo ayuda.

La mujer gimió y aminoró la marcha para no provocarle más sufrimiento.

–Jim –llamó a uno de los enfermeros–. Creo que esta corredora ha sufrido un golpe de calor.

El joven se fijó en las piernas de la mujer y levantó las cejas.

–¿Se trata de tu nueva novia, capitán?

Estaba acostumbrado a las bromas de Jim, pero en ese momento no le hizo ninguna gracia.

–No, es una nueva paciente –repuso con firmeza.

–Muy bien, déjala en esa camilla –le dijo Jim mientras la señalaba con el dedo–. Por cierto, te quiero agradecer en nombre de mi departamento las tres gallinas vivas que nos hemos encontrado en las taquillas –agregó susurrando.

Sabía muy bien a qué se refería, pero fingió ignorancia.

–No sé de qué me estás hablando.

Los bomberos y los servicios de urgencias médicas llevaban años gastándose bromas pesadas.

Dejó a la mujer en la camilla con cuidado. Cuando se agachó para quitarle las gafas de sol y la gorra, se dio cuenta de que su cara le sonaba.

Pero no era el momento de pensar en esas cosas. Le quitó el dorsal y se concentró en atenderla. Lo primero que hizo fue revisarle los ojos. Le parecieron normales. Aunque ese adjetivo parecía poco adecuado para describir unos ojos color esmeralda. Tuvo de nuevo la sensación de que la conocía de algo, pero no debía distraerse.

Le tomó el pulso y colocó bolsas de hielo alrededor de su cuerpo y de su cabeza. Aunque tenía la cara enrojecida por el calor y el pelo aplastado contra el cuello y las mejillas, no se le pasó por alto que era muy atractiva. Tenía bellos pómulos y labios carnosos.

Cuando terminó de atenderla, se fijó en el dorsal.

Oyó pasos tras él y vio que se trataba de Jim.

–Solo tardamos un par de horas en sacar las gallinas del centro –le dijo riendo mientras colocaba una bolsa con suero en un soporte para administrárselo a la paciente.

C. J. se dio cuenta de que esas cosas habían dejado de hacerle gracia. Todo había cambiado desde la muerte de Tim. Hasta ese momento, había sido un espíritu libre que disfrutaba de la vida sin tomarse nada en serio. Ellos dos solían idear esas bromas.

Desde el fallecimiento de su amigo, se le habían quitado las ganas de bromear y más aún después de que lo nombraran capitán. Pero seguía tolerando que se hicieran, siempre y cuando eso no los distrajera de su importante trabajo.

–Tenemos que llevarla al hospital enseguida –le dijo Jim–. Tiene una temperatura demasiado alta. Necesita más cuidados de los que podemos darle aquí.

–Ya me temía que podía ser bastante serio.

–Tenemos que llevarla a la ambulancia ahora mismo –murmuró el enfermero.

Le dio la vuelta al dorsal de la corredora y tuvo que leer su nombre dos veces para asegurarse de que no lo había imaginado. Por fin entendía que su cara le sonara. Era Natasha Bennington.

Pudo ver rasgos en su cara que le recordaron a aquella joven. Siempre había sido guapa, pero no como ahora.

Recordó que había estado enamorada de Tim toda la vida. No le extrañó que sus ojos le hubieran hecho recordar el pasado.

No podía creer que de verdad fuera ella. Natasha siempre había querido a Tim, aunque para él era solo una amiga. Siempre le había llamado la atención esa relación y se preguntaba cómo sería tener a una mujer que lo amara de manera tan entregada y completa.

Tim solía asegurarle que siempre había sido muy claro con ella. Eran amigos, nada más.

Pero C. J. nunca lo había entendido. Creía que, de haber tenido a una mujer como ella en su vida, no habría podido mantener esa situación. Habría estado con ella o se habría apartado para siempre.

Llegó entonces Jim con otros enfermeros para llevarla al hospital.

–Iré con ella –les dijo C. J.–. Me he dado cuenta de que es una amiga.

–Necesitamos sus datos para contactar con la familia –repuso uno de los enfermeros.

–Se trata de la hija del congresista Bennington, Natasha. Hay que ser discretos para que no se entere la prensa, ¿de acuerdo? –les advirtió con firmeza.

Uno de los enfermeros frunció el ceño.

–No recordaba a Natasha Bennington tan delgada –comentó el joven.

–Pues así es ahora –repuso con impaciencia.

C. J. siguió a los enfermeros hasta la ambulancia. No pensaba perder de vista a la nueva Natasha. Tenía unas cuantas cosas que quería decirle.

El sonido de la sirena retumbaba en su cabeza. Natasha no entendía de dónde procedía ese sonido. Pensó que se había quedado dormida y que se había perdido la maratón.

Se despertó sobresaltada y notó entonces que no podía moverse. Vio que estaba sujeta a una camilla y que viajaba dentro de una ambulancia.

–Natasha –la llamó C. J. mientras se inclinaba sobre ella–. No te preocupes, te llevamos al hospital General de San Francisco.

–¿Y quieres que no me preocupe? –repuso ella–. ¿Qué es lo que me pasa?

–Estás muy deshidratada y te desmayaste en mis brazos cuando llegabas a la meta. Puede que hayas sufrido un golpe de calor o una insolación. Van a hacerte un chequeo en el hospital.

–No, no me desmayé.

–Sí, lo hiciste.

Fue entonces cuando recordó que C. J. había tenido que sujetarla para que no cayera al suelo. No pudo evitar sonrojarse al recordarlo. Le avergonzaba mucho la situación.

–He intentado llamar a tu amigo Richard, lo tenías apuntado como número de contacto en caso de urgencia. Me dijo que no estaba en la ciudad y que debíamos llamar a tus padres. Me pareció que estaba muy preocupado.

–¿Has llamado a mis padres?

–Sí, es lo que se hace en estos casos.

Pensó entonces en lo que se le venía encima. Sabía que la prensa estaría ya esperándola a la puerta del hospital. Vio que el día no hacía sino empeorar por momentos.

Su padre iba a presentarse ese año a la reelección y no estaría dispuesto a perder la oportunidad de que la prensa lo entrevistara.

–¿Quién es Richard? –le preguntó C. J.

–¿Cómo?

–Que quién es Richard –insistió el bombero.

Le pareció que también él estaba algo avergonzado. No dejaba de mirarla y no pudo evitar sentirse algo incómoda. Llevaba años pensando cómo sería tener la atención de un hombre como él.

Pero creía que era mejor mantener las distancias. Cuando estaba con él, no podía evitar pensar en Tim y los recuerdos eran muy dolorosos. Se acordaba mucho de su amigo y del tipo de mujer que había sido entonces.

–Es un amigo con el que he estado entrenando y corriendo –le dijo ella.

–¿Y tu novio?

Decidió que era mejor no contestar. Miró a su alrededor y vio que también había un enfermero. Normalmente, no se fijaba en nadie más cuando veía a C. J.

–¿Falta mucho para llegar al hospital? –preguntó ella.

–Natasha, mírame –le pidió C. J.–. Tú ganas –murmuró entonces–. Llegaremos en dos minutos. Si no quieres hablar de Richard, no lo haremos. Era curiosidad, nada más.

–¿Desde cuándo tienes curiosidad por mi vida?

–Me hablas como si te hubiera tratado mal –repuso C. J. acercándose más a ella.

Le costaba pensar cuando tenía su cara tan cerca. Vio que estaba recién afeitado y olía a colonia.

–No me tratabas mal, pero eras bastante frío conmigo.

–Tim, tú y yo éramos amigos –se defendió C. J.

–No, nunca llegamos a ser amigos.

–Natasha, no te reconozco. ¿Cómo has podido cambiar tanto?

–Bueno, no estoy en mi mejor momento. No me encuentro bien y me sorprende ver que ahora me prestas atención. Parece que tú no has cambiado.

–¿Qué quieres decir con eso? –le preguntó C. J. frunciendo el ceño.

–Siempre fuiste muy superficial.

–Eso no es verdad.

–¡Claro que sí! Ahora que estoy delgada te fijas en mí.

–Capitán –los interrumpió el enfermero–. Ya hemos llegado al hospital.

Se abrieron las puertas de la ambulancia y, tal y como había temido, la rodearon los flashes de las cámaras y los periodistas. Todos querían saber lo que le había pasado a la hija del congresista.

–¡Vas a pagar por esto, Powell! –le gritó ella antes de que la metieran en el hospital.

Pero vio que C. J. estaba evitando que los periodistas se pudieran acercar a ella.

–Me encargaré de la prensa y entraré después a ver cómo estás –le aseguró el bombero.

Lo último que vio antes de que se cerraran las puertas del hospital fue a C. J. guiñándole un ojo.

–Cariño, tu padre y yo estamos preocupados por ti –le aseguró Genevieve a su hija.

A Natasha seguía sorprendiéndole que su elegante madre conservara aún su acento sureño. Siempre iba perfecta, vestida para cada ocasión de la manera más adecuada.

–Madre, ya has oído al médico. Los análisis están bien, igual que mis constantes vitales –le dijo Natasha–. Estaba deshidratada. Es algo muy común cuando se corre una maratón.

Genevieve, que estaba sentada en su cama del hospital, se acercó para acariciarle la mejilla.

–¡Qué guapa estás ahora!

Le dolía que le hiciera ese tipo de comentarios. Había sido muy difícil crecer con un modelo de perfección como su madre. Genevieve Bennington era una belleza rubia de grandes ojos azules. Su madre podría haber trabajado como modelo, era algo que no se cansaba de recordarle.

George Bennington entró por fin en su habitación mientras se despedía de alguien con quien había estado hablando por su teléfono móvil.

–Gracias, Hal –murmuró el congresista.

Sabía que se trataba del médico privado de sus padres.

Estaba demasiado moreno para el tipo de vida que llevaba. Supuso que habría estado utilizando cabinas de autobronceado para tener un aspecto más joven y saludable. A los sesenta y pocos, su padre era un hombre alto y atractivo que se teñía el pelo para esconder sus canas.

–Nos han dicho que estás bien, pero no me fío de ese médico. Prefiero que venga Hal a echarte un vistazo –le dijo su padre.

–Papá, eso no es necesario y lo sabes –protestó ella.

–Escúchame, lo he llamado al hospital de Los Ángeles y va a tomar un vuelo en cuanto pueda. Ya está decidido.

–Recuerda que soy una mujer adulta y tengo derecho a rechazar otro chequeo. Nunca he estado en mejor forma. Hacía mucho calor y me deshidraté. Eso es todo –insistió Natasha perdiendo la paciencia.

–Pero tuviste sobrepeso durante tantos años… –murmuró su madre–. Me preocupa que haya tenido consecuencias en tu salud.

Cada vez le costaba más trabajo mantener la calma. Y creía que la culpa de todo la tenía C. J. al haber avisado sus padres. Ni siquiera sabía cómo había conseguido localizarlos. Supuso que habría llamado a los padres de Tim para pedirles su número.

Recordó entonces a su querido amigo. Él nunca habría permitido que se viera en esa situación. Sintió un nudo en el estómago. Aunque había pasado ya un año, el dolor seguía siendo muy intenso.

–Natasha, ¿me estás escuchando? –le preguntó malhumorado su padre.

Suspiró al oírlo. Llevaba demasiado tiempo escuchándolos y haciendo caso de sus críticas. Era mucho más feliz cuando no estaba con ellos.

Pero, por desgracia, estaba atrapada en ese hospital y a la merced de sus padres.

–Mamá, papá, acaba de decirme el médico que estoy perfectamente. En cuanto se termine el suero que me están poniendo, me voy –les dijo con tranquilidad.

–He oído que en los tribunales eres muy dura y nunca cedes, pero no puedo creer que estés intentando la misma táctica con tus propios padres –le dijo el congresista con frialdad–. Solo estamos intentando ayudarte.

–¿Ayudarme? ¿Crees que esto es…?

Alguien llamó a la puerta, interrumpiendo lo que iba a decir. Era C. J. y se quedó sin respiración al ver que la miraba con sus ojos azules y su sonrisa de héroe.

En ese momento supo por qué había tenido siempre tanto éxito entre las féminas. Ella no terminaba de acostumbrarse a atraer la atracción de los hombres, sobre todo si se trataba de C. J.

–Congresista Bennington, siento interrumpirles.

–No te preocupes, hijo. Me alegra verte.

–Lo mismo le digo –repuso el bombero mientras le ofrecía la mano a su padre.

Su presencia consiguió apaciguar los ánimos en la habitación. Sin saber por qué, el corazón comenzó a latirle con más fuerza cuando él volvió a mirarla. Era como si su cuerpo despertara al verlo. Después, el recién llegado se fijó en su madre.

–Genevieve, está tan bella como siempre.

Tuvo que contener la risa al ver que su madre le dedicaba la misma mirada seductora con la que respondía a todos los hombres. Pero C. J. no parecía ser consciente de ello. Por una vez en la vida, alguien parecía más interesado en la poco atractiva hija.

–Me alegra mucho volver a verte, C. J. –repuso Genevieve mientras iba hacia él y le daba un abrazo–. Cuando Gina McGinnis nos llamó para decirnos que Natasha estaba en el hospital, nos quedamos helados. El único consuelo fue saber que el mejor amigo de Tim le había salvado la vida. Eres un héroe. ¿Vas a venir al baile benéfico de esta noche? Sé que a los Mc- Ginnis les encantaría que estuvieras allí. Hace meses que reservaron una silla para ti y tu acompañante.

A Natasha le parecía increíble lo que estaba contemplando en esos momentos. Sus padres parecían tan fascinados por el bombero como el resto de la población femenina. Le pareció una escena muy patética.

–Mamá, no creo que a C. J. le apetezca ir a ese baile. De hecho, sé que odia ese tipo de eventos –intervino Natasha.

–¿Por qué dices eso? –repuso el bombero echándose a reír–. La verdad es que me gustan los bailes. Siempre y cuando pueda contar con una bella acompañante.

C. J. se apartó de Genevieve y se acercó a la cama.

–Tu amigo Richard me dijo que no estaba en la ciudad así que no podrás ir con él.

–No –repuso ella algo nerviosa.

Había sido un día muy duro. Estaba cansada y su presencia la afectaba más de lo que quería reconocer. Estaba deseando volver a casa y dormir un poco.

–¿Qué les parece si voy con Natasha al baile? –le preguntó C. J. a sus padres–. Además de bombero, tengo entrenamiento como enfermero. Si veo que no se encuentra bien, me encargaré de que vuelva a casa cuanto antes –les aseguró con una sonrisa.

–No sé si debería salir esta noche –comentó George–. No me quedaré satisfecho hasta que nuestro médico examine a mi pequeña.

No podía creer que su padre se refiriera ella en esos términos. Todavía se veía como la niña regordeta y poco agraciada que había sido toda su vida. Le bastó con que al congresista no le hiciera gracia que fuera al baile para querer llevarle la contraria.

–Muy bien, iré contigo, C. J. Pero que quede muy claro que no eres mi acompañante. Iremos como amigos para recordar a Tim. Me pasaré a buscarte a las siete. ¿Vives en el mismo sitio?

C. J. asintió con la cabeza, aunque no parecía muy contento. Sus padres la miraban preocupados y se dio cuenta de que esa noche iba a ser más difícil de lo que había previsto.

Natasha aparcó frente al edificio de C. J. a las siete menos diez. Estaba nerviosa y no sabía por qué. Apoyó la cabeza en el volante y trató de respirar despacio para tranquilizarse, tal y como había aprendido en las clases de yoga.

–Puedes hacer esto, Natasha –se dijo.

Abrió la puerta e intentó salir del coche. Ya había supuesto que sería difícil moverse después de la maratón, pero era mucho peor de lo que podría haberse imaginado.

No era fácil salir de su precioso deportivo descapotable. Era un coche veloz y seguro, pero muy incómodo.

Levantó la vista y vio que C. J. no estaba en la ventana. Lo último que quería era que la viera salir del coche en esas condiciones.

Le costó ponerse en pie. Le temblaban las piernas y se apoyó un segundo en el coche para descansar. Lamentó no habérselo pensado mejor, habría sido preferible alquilar una limusina.

La brisa agitaba su largo y sedoso vestido. Una vez más, se dio cuenta de que había sido un acierto contratar a la ayudante que tenía. Daphne había trabajado para una prestigiosa boutique de moda y belleza antes de decidirse a cambiar de carrera y colaborar en el bufete de Natasha. Era algo que le había costado entender al principio. No podía pagarle tanto como habría ganado en otras empresas.

Pero cuando la conoció, se dio cuenta de que las dos querían lo mismo, conseguir que los inmigrantes ilegales pudieran recibir buen asesoramiento legal. Cuando vio entrar a Daphne por primera vez en el bufete, con su pelo corto y rubio, le pareció que era muy distinta a ella, pero no tardaron en congeniar.

Su ayudante se había esmerado a la hora de elegir el vestido para el baile de esa noche. Era verde pálido y la tela era ligera y sedosa. Se había puesto unas bailarinas. Después de la maratón, no soportaba la idea de llevar zapatos de tacón.

Tenía que reconocer que el vestido le sentaba muy bien. Destacaba sus curvas y sus tonificados brazos. Era un sueño poder verse así. Nunca había estado en tan buena forma.

Unas amigas de Daphne se habían encargado de llevarle la ropa a casa y de ayudarla a prepararse para esa noche. La habían maquillado y peinado para la ocasión.