Rescate en Alaska - Dominique Burton - E-Book
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Rescate en Alaska E-Book

Dominique Burton

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Beschreibung

Sashi Hansen había ido a Alaska para hacer realidad un sueño: tener su propio estudio de ballet. Pero un oso salvaje convirtió su sueño en una pesadilla; ella se rompió una pierna y su mejor amiga resultó muerta. Además, estaba muy confusa porque su salvador, el doctor Cole Steven, le estaba enviando señales contradictorias. Ella nunca había recibido tantos cuidados, pero parecía que él también llevaba por dentro un dolor y una pérdida de los que necesitaba sobreponerse. Aunque Sashi estaba deseando acercarse a él, no podía dar ese paso. ¿Qué amarga experiencia había vivido en Alaska aquel heroico médico para no hacer lo que le dictaba su corazón?

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Seitenzahl: 233

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Dominique Burton. Todos los derechos reservados.

RESCATE EN ALASKA, N.º 23 - Noviembre 2013

Título original: The Alaskan Rescue

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3875-8

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

El doctor Cole Stevens miró por la ventanilla de su hidroavión Cessna y contempló el hotel y la planta conservera de pescado del complejo Marshall. Era una extensa y lujosa propiedad, ubicada en una pequeña cala de la costa sur de Alaska, sobre el Inside Passage, en medio de los verdes bosques de la isla Príncipe de Gales.

Era un gran amante de la naturaleza y le encantaba su trabajo. No estaba nunca mucho tiempo en el mismo sitio. Un día podía estar en el hospital y al siguiente participando en una operación de rescate en una montaña o un fiordo.

Aquel día de finales de agosto, había ido allí a investigar la extraña enfermedad que estaba sufriendo un grupo de pescadores de Kansas que se había alojado en el complejo Marshall. Posó la avioneta sobre las encrespadas aguas y echó una mirada al muelle. No pudo evitar pensar en la forma tan mezquina con que Frank Marshall y su familia trataban a los empleados del complejo. No les resultaba fácil contratar a la gente, a pesar del buen sueldo que ofrecían. La familia Marshall tenía fama de explotar a sus empleados y tratarlos casi como a esclavos. Pero si uno necesitaba dinero, tal vez, allí tenía su gran oportunidad.

Cole recordó la conversación que había tenido esa misma mañana con Jake Powell, su mejor amigo y jefe de los rangers del bosque nacional de Tongass. Jake estaba de visita en Ketchikan, donde Cole vivía, y habían aprovechado para salir juntos a comer. No tenían muchas ocasiones de verse. Si Cole quería ver a su amigo y a su familia, tenía que volar desde la isla Príncipe de Gales hasta la pequeña localidad de Craig.

–Solo dispongo de quince minutos para comer –le dijo Cole a Jake.

–¿Cómo es eso? –replicó Jake con el ceño fruncido, echando un trago de cerveza–. Vamos, Cole, hace semanas que llevamos esperando tener un rato libre para charlar tranquilamente.

–El trabajo manda –dijo Cole, dando un bocado a su sándwich–. Tengo que volar al complejo Marshall a ver el brote de enfermedad que se ha originado.

–¿Por qué no le dices de paso a Frank Marshall que se vaya al infierno? Los Marshall han echado a perder el deporte de la pesca con esas «nuevas tecnologías» que han introducido, ya sabes.

–No, en realidad, no –respondió Cole, echando un trago de soda–. Soy un pescador horrible. Y no lo sería mejor ni con toda la tecnología del mundo.

–Sí, en eso estoy de acuerdo contigo. No eres un gran pescador que digamos –dijo Jake con una sonrisa–. La verdad es que aún no sé por qué somos tan buenos amigos.

–Ríete de mí todo lo que quieras, pero te recuerdo que tienes que pagar la comida.

–¿Por qué? –exclamó Jake, muy serio–. Deberías pagar tú. Para eso eres el doctor rico.

–No. Tú perdiste la apuesta en el último rescate que hicimos. Dijiste que lo conseguiríamos en dos días, yo dije que en tres y acerté. Aún recuerdo lo terrible que fue todo.

Jake apuró la cerveza, dejó la jarra en la mesa e hizo una señal a la camarera.

–Creo que necesito otra cerveza. Me pongo malo solo de recordar el rescate y a aquel imbécil.

–Sí. Era casi tan imbécil como Frank Marshall. ¿Cómo se llamaba aquel tipo? ¿Breek?

–Brekker. Brekker Harris, de Colorado –dijo Jake, imitando la voz de aquel hombre.

Cole se echó a reír.

–El muy imbécil seguía creyéndose un gran montañero aun después de haberse perdido en el bosque.

–No sé cómo sigues aguantando al viejo Marshall después de todas las cosas que ha hecho.

–Este viaje no tiene nada que ver con él. Ya te he dicho que se trata de investigar una enfermedad que se ha propagado entre los clientes del complejo. Dime una cosa, Jake, ¿ha estado Freddy usando sus viejos trucos últimamente?

–¡Vaya! Ahora tienes mucho interés en que te facilite esa información cuando, hace un instante, no podías perder un minuto de tu precioso tiempo para hablar conmigo –replicó Jake sin perder la sonrisa–. Pues no voy a decirte nada. Eso forma parte de mi trabajo.

–¡Vamos, Jake! –exclamó Cole, dando un último bocado a su sándwich.

–Tengo los labios sellados.

–¡Venga, Jake! ¿Vas a decirme que Freddy no está llevando mujeres jóvenes al complejo? Ya lo ha hecho otras veces.

–Está bien, Cole, tú ganas. Pero quiero que esto quede entre nosotros.

Cole se pasó la mano por el pelo. Tenía el pelo rubio y lo llevaba bastante corto.

–¿Me tomas acaso por un chismoso? Me conoces muy bien, Jake, y sabes que no soy así.

–Bien. La cosa fue que estaba haciendo una inspección rutinaria en la flota de los Marshall mientras Freddy había salido a pescar. Todos los pescadores habían hecho capturas por encima del cupo autorizado. Tuve que hacer varias denuncias ese día.

–Eso no es ninguna novedad. Vamos, ¿qué mas pasó?

–Corría el rumor de que Freddy, que estaba estudiando en la universidad de Washington D.C., había llevado a cuatro mujeres a trabajar al complejo.

–¿Y? –exclamó Cole, tamborileando con los dedos en la mesa.

–Todas las mujeres fueron con él creyendo que Freddy estaba enamorado de ellas. Al parecer, pensaban que las iba a llevar a su casa para presentarlas a su padre y hacerles una proposición de matrimonio.

–Y, en lugar de eso, las llevaba para que trabajasen como esclavas para su padre, ¿verdad?

–En efecto.

–Típico de Freddy –dijo Cole, apurando su vaso de soda–. Está bien, amigo. Ahora sí que tengo que irme.

Había pasado un buen rato con su viejo amigo.

Mientras Cole recordaba aquella conversación, vio cómo la puerta de su aeroplano se abría, antes incluso de que apagara el motor del todo.

–¿Qué tal, Cole? Me alegra volver a verte.

–Yo también me alegro de verte, Randy. No sabía que estuvieras trabajando por aquí.

–Me marché de la fábrica de conservas. Shirley está embarazada de nuestro tercer hijo y yo no me sentía cómodo allí. Fred Marshall me hizo una oferta que no pude rechazar.

Cole miró a Randy fijamente. Sabía que tenía que haber alguna pega en aquella oferta.

–¿Dónde está la trampa?

–Tengo solo un día libre cada dos semanas.

–¿Y cuántas horas trabajas al día?

–Dieciocho. Pero esto que quede entre tú y yo, ¿eh? Como si se tratara de un secreto profesional entre un médico y su paciente.

Indignado por las condiciones laborales de Randy, Cole se dirigió hacia la parte de atrás de la avioneta a recoger su maletín médico y algunas otras cosas que podría necesitar.

Cuando volvió, parecía estar más calmado.

–De acuerdo, Randy. Será algo confidencial entre nosotros. Eres una buena persona y un buen padre. Pero cuídate.

–Gracias, Cole.

Cole bajó de la avioneta pensando en la vida tan sacrificada que llevaban los empleados de Marshall en aquel complejo turístico, pensado para el disfrute de gente rica y pudiente.

Necesitaba encontrar a Frank.

Entró en el espacioso vestíbulo del hotel, todo forrado de láminas de madera lacada hasta una altura de casi diez metros. En el medio, había una gran chimenea de roca que llegaba hasta el techo. La entrada tenía un aspecto realmente impresionante.

La chimenea estaba encendida, creando un ambiente muy acogedor. Para los clientes y visitantes, el hotel disponía de lujosos sofás de cuero, cojines y mantas de piel. De las paredes colgaban diversos trofeos de pesca, cabezas disecadas de animales y fotografías de paisajes de Alaska.

Junto a la puerta, donde estaban los conserjes y ordenanzas del hotel, había osos y cabras montesas disecados. El lugar era un verdadero paraíso para los cazadores y pescadores. Sin embargo, Cole tenía la mente puesta en la gente que había enfermado.

Se dirigió al mostrador de recepción, donde una señorita alta y morena lo recibió con una amable sonrisa.

–Bienvenido al hotel Marshall. Soy Kendra. ¿En qué puedo servirlo?

–Soy el doctor Stevens. Frank Marshall me llamó esta mañana a primera hora para que viniera a ver a los clientes que han enfermado en el hotel.

–Sí, lo estábamos esperando. El señor Marshall está muy preocupado. Si tiene la bondad de seguirme, lo llevaré a su despacho.

Una hora después, Frank Marshall se reunió con Cole Stevens.

–¿Cómo van esos pacientes? –preguntó Marshall.

Cole miró fijamente al hombre que se había servido de engaños para hacerle volar hasta allí.

Frank era un hombre alto, apuesto y con carisma, rondando los sesenta y cinco años. Tenía un aspecto amable y cordial, pero Cole sabía que podía convertirse en una víbora en cuanto las cosas no le saliesen como él quería. Y su hijo, Freddy, era igual que él.

–Afortunadamente, para sus intereses, están todos bien.

–Me alegra oírlo. Entonces, no hay ningún motivo de preocupación, ¿verdad?

–No me vuelva a engañar otra vez, señor Marshall. No me agrada nada entrar en una sala llena de turistas extranjeros. Podrían haber tenido algún virus peligroso. Me mintió. Me dijo que eran de Kansas. Afortunadamente, lo único que tienen es una faringitis y mareos.

–No me gusta su tono.

–A mí tampoco me gusta que me informen de una situación que no tiene nada que ver con la que me voy a encontrar. He prescrito unos antibióticos a los afectados. Manténgalos aislados del resto durante uno o dos días y todo se solucionará. Si se produjera algún cambio inesperado, llévelos al hospital de Craig.

–Muy bien, Cole. Escuche. Tengo un bungalow libre con vistas al mar. ¿Por qué no se queda a pasar la noche aquí con nosotros? Son ya las ocho. Ya han servido la cena, pero Bubba está aún en la cocina. Le llevará algo de comer al bar. Mientras esté aquí, no le faltará de nada.

–Enviaré una factura por el servicio prestado.

–La pagaré con mucho gusto.

–Muy bien. Ahora, si me disculpa, estoy algo cansado y tengo hambre.

–Confío en que esto de la enfermedad sea un secreto entre usted y yo, ¿verdad? –dijo Frank.

–Por supuesto. Los clientes tienen derecho a ponerse malos. Pero quiero que sepa que inspeccioné sus visados. Tienen que salir del país el domingo. Asegúrese de ello, Frank –dijo Cole, mirándolo fríamente–. Si me necesita, estaré en el bar.

–Le diré a una de las chicas que le dé la llave de su bungalow.

Cole dejó a Frank y siguió el sendero flanqueado de pinos y helechos que conducía al bar. Respiró el aire limpio y fresco. Hacía una hermosa noche y el cielo estaba radiante de estrellas.

Se congratuló de poder pernoctar en aquel lugar. Había estado de guardia la noche anterior en el hospital y se encontraba muy cansado como para regresar a esas horas en la avioneta.

El bar tenía el aspecto de aquellos salones propios de la época de la fiebre del oro a principios del siglo XX. Al entrar, vio a algunas personas sentadas a las mesas, charlando animadamente, y a unas cuantas parejas bailando al compás de la música que sonaba en una gramola.

Sashi Hansen estaba agotada cuando se dirigió al bar. Tenía que entregar la llave de un bungalow a uno de los clientes VIP del complejo. Pero ¿quién no era un cliente importante en aquel hotel?, se dijo ella sonriendo.

Se llevó la mano a la nariz. Olía a detergente. Siempre le había preocupado la posibilidad de perder el sentido del olfato después de acostumbrarse a llevar el olor del pescado en la piel. A la semana de llegar a Alaska, oyó que trabajando en la fábrica de conservas se ganaba el triple que en los demás empleos. Aunque había que trabajar muy duro. Catorce horas diarias, de pie, limpiando pescado, quitándole las espinas, cortándolo en filetes y envasándolo para distribuirlo por todo el mundo. Por eso había renunciado a su trabajo como camarera del hotel y se había ido a trabajar a la planta de conservas.

Se había pasado todo el día envasando pescado entre un olor horrible. A veces, tenía la impresión de estar convirtiéndose poco a poco en un pez.

Esa noche, sin embargo, al salir de la planta conservera, su jefe le había ordenado que trabajase un par de horas adicionales en el bar, atendiendo a los clientes.

Pero se sentía reconfortada pensando que estaba a punto de alcanzar su sueño: tener su propio estudio de danza en su tierra natal, Alexandria, Virginia. Había ganado ya dinero suficiente como para pagar el primer plazo y tener la solvencia necesaria para que un banco le concediera un préstamo por el resto.

Había trabajado muchas horas en aquella fábrica de Alaska, pero también había pasado días muy duros preparándose para las representaciones en el Joffrey Ballet School de Nueva York. Ahora ya solo le quedaban tres días. Luego regresaría a casa con Kendra, su mejor amiga.

Sashi entró en el bar, se colocó detrás del mostrador y se puso un delantal por encima de la blusa y de los pantalones vaqueros. Luego se recogió el pelo con una cinta y se hizo una coleta. Tenía el pelo de un color rubio tirando a pelirrojo que le llegaba hasta la mitad de la espalda.

Suspiró profundamente pensando en las propinas que podría llevarse esa noche.

Pero lo primero que tenía que hacer era encontrar al doctor Stevens. Mac, el camarero, seguramente lo conocería. Era un hombre de mediana edad, nativo de la zona, que conocía a todas las personas que pasaban por allí.

–¡Oye, Mac! Necesito que me ayudes.

Durante esos tres meses había hecho una buena amistad con él.

–¿Cómo puedo ayudarte, Nueva York? –respondió Mac.

Sashi ya se había acostumbrado a que todos sus compañeros la llamasen Nueva York. Tras haber vivido en la Gran Manzana durante los últimos diez años, se le había quedado el acento y por eso la llamaban así.

–Necesito encontrar al doctor Stevens.

–¿En serio? –dijo Mac sonriendo–. ¿Piensas ponerte a la cola para conseguir una cita con él?

–No –respondió ella–. El señor Marshall me pidió que le diera la llave de su bungalow.

–¿Nada más?

–Eres un descarado –dijo ella, tratando de poner el gesto más serio que pudo.

–Lo sé, por eso estás loca por mí –replicó Mac, dándole un abrazo.

Sashi sabía cuál era el mejor remedio para atajar esos atrevimientos: mantenerse rígida y fría como el hielo. Siempre le había funcionado con los hombres. Y ahora volvió a funcionarle.

–Solo quiero que me digas dónde puedo encontrar al doctor.

Mac acercó la cara a la suya. Apestaba a alcohol.

–Es el caballero rubio del suéter y los pantalones vaqueros que te está mirando en este momento.

Sashi se volvió y se encontró con el par de ojos más increíbles que había visto en su vida. Dorados como la miel, resaltaban en un rostro que parecía salido de la portada de una revista de moda. Bronceado, con una nariz recta ligeramente curvada y unos rasgos que parecían tallados por el cincel de un escultor. Tenía un pequeño hoyuelo en mitad de la barbilla.

Por primera vez desde que estaba en aquella localidad de Alaska, sintió una sensación extraña en la boca del estómago al contemplar a un hombre. Bajó la vista al suelo.

–Nueva York, el doctor Stevens es el que tienes justo ahí –dijo Mac con una sonrisa, dándole un empujoncito.

Sashi no sabría decir en ese momento si estaría colorada o pálida de la impresión.

«Déjalo, Sashi», le dijo una voz interior. «Dale al doctor su llave y olvídate de él».

La mesa de Cole no estaba muy apartada de la barra del bar. Sashi se armó de valor y se dirigió a él. Para no perder el control, hizo uso del truco que le habían enseñado sus amigas de Nueva York: mirar a un punto indefinido detrás de los hombros de un hombre en vez de mirarlo a la cara. Sintió el corazón latiéndole de forma acelerada. Era algo que nunca le había sucedido.

–Bienvenido a Watering Hole, doctor Stevens. Creo que esto es suyo –dijo ella, mirándolo finalmente a los ojos y sacando la llave del bolsillo–. El señor Marshall me encargó que le diera las gracias de nuevo.

Cole tomó la llave y al hacerlo los dedos de ambos se rozaron durante un instante.

Sashi sintió como si una corriente eléctrica de alto voltaje le hubiera travesado el brazo. Había oído hablar de flechazos y amor a primera vista, pero nunca había creído en esas cosas. Ella, desde luego nunca había sentido una cosa así. Hasta entonces.

–Gracias, Sashi –dijo Cole.

–De nada –respondió ella, sonriendo–. Es parte de mi trabajo. Por cierto, ¿cómo sabe mi nombre?

–Lo lleva puesto en la placa –contestó él con una sonrisa irónica.

–Claro, qué tonta soy –dijo ella, mordiéndose el labio inferior–. ¿Desea algo de beber?

–Sí, tomaré lo que me recomiendes.

–¿Le gusta la cerveza lager?

–¡Cómo no!

–Entonces, le traeré una enseguida –dijo ella, volviéndose hacia al mostrador.

–Espera.

Sashi se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Estaba muy nerviosa. Sintió deseos de hablar con Kendra para que le explicase lo que le estaba pasando. Pero, por desgracia, su amiga estaba con Freddy Marshall, un repugnante mujeriego. Sashi lo detestaba, pero tenía que respetarlo porque era el hijo del jefe. Lo que no entendía era qué podía haber visto Kendra en ese hombre.

No tuvo más remedio que volverse hacia Cole.

–¿Hay alguna otra cosa que pueda hacer por usted, doctor Stevens?

Cole se echó hacia atrás en la silla y estiró los pies.

–Ante todo, llámame Cole, como hace todo el mundo –dijo él muy cordialmente.

–Está bien, Cole –respondió ella, tragando saliva.

–¿De dónde eres? –preguntó él, mirándola fijamente–. ¿De la Costa Este?

–Sí. Soy de Virginia, pero he estado viviendo en Nueva York los últimos diez años.

–Tu acento me sonaba familiar. Tengo un colega de Nueva York que habla igual que tú.

–Aquí, todo el mundo me llama Nueva York.

–Ya... ¿Y qué hacías allí, si puede saberse?

Sashi pensó en lo agradable que sería tocarle el mechón de pelo rubio que le caía por la frente.

–¿Perdón?

–Te preguntaba que a qué te dedicabas allí en Nueva York.

–Oh, perdón... Estudiaba ballet... Pero será mejor que vaya a por esa cerveza.

Sashi se fue al mostrador, molesta consigo misma por comportarse como una colegiala.

«Tranquilízate. Es solo un cliente que quiere una cerveza. Eso es todo».

Sirvió la cerveza y se dirigió con ella a la mesa de Cole, tratando de no perder la calma. Sabía que no le iba a ser nada fácil. Aquel hombre era muy atractivo y terriblemente sexy.

–Aquí está la cerveza. Invita la casa. Cortesía del señor Marshall. ¿Desea alguna cosa más, doctor... quiero decir, Cole?

Él tomó un sorbo de la jarra y luego la dejó en la mesa.

–Muy buena –dijo con una sonrisa.

–Es lo que dicen todos los clientes –replicó ella muy sonriente–. Por eso te la recomendé.

–Deduzco por tus palabras que no eres muy aficionada a la cerveza.

–No, nunca me ha gustado mucho. Además, tiene demasiadas calorías.

–No creo que tú tengas ningún problema en ese aspecto –replicó, mirándola de arriba abajo–. ¿Qué sueles beber entonces?

–Cuando se presta la ocasión, suelo tomar un gin-tonic –contestó ella con el pulso acelerado al ver cómo la miraba.

–¡Cole! –exclamó Mac desde el mostrador del bar–. Deja de flirtear con las empleadas del local.

–¡Lo haré cuando el local deje de contratar a mujeres tan atractivas! –replicó Cole.

Sashi sintió las mejillas ardiendo. Tenía que apartarse de aquel hombre. Le dirigió una amable sonrisa y se fue a atender a los clientes de las otras mesas. Por otra parte, no podía poner en riesgo su trabajo, ahora que solo le quedaban ya tres días para marcharse. En los últimos tres meses, había rechazado a todos los hombres que se le habían acercado, ya fueran clientes o compañeros de trabajo.

Por eso había llegado a creer que tenía un corazón de hielo, incapaz de latir por un hombre. Pero ahora, pensando en los ojos de color miel del hombre que acababa de conocer, se daba cuenta de que nada de eso era verdad.

Las dos horas de su turno pasaron rápidamente. Cole le pidió una segunda cerveza y trató de cruzar un par de palabras con ella, pero Sashi procuró mantener la compostura.

Cole estaba asombrado del efecto que le había causado aquella pelirroja tan atractiva. Mujeres como ella no se veían todos los días en los bares de Alaska. ¿Sería otra de las chicas que Freddy habría contratado en Washington D.C., con el reclamo de casarse con ellas?

En todo caso, tenía que reconocer que cada vez que sus miradas se cruzaban parecían saltar chispas. Sintió deseos de hablar a solas con ella antes de marcharse, para averiguar si se trataba de una atracción recíproca o eran solo imaginaciones suyas.

Salió del bar y se quedó discretamente a unos metros, esperando a que cerraran el local y Sashi saliera. Sashi era un nombre poco corriente. ¿Que podría significar? ¡Maldita fuera! Necesitaba hablar con ella. Tenía un montón de preguntas que hacerle. Le parecía una princesa medieval, con esa cara de porcelana, esa piel tan fina y ese pelo tan largo... ¡Qué hermosa era!

La puerta se abrió en ese momento y vio una silueta en la penumbra de la noche. Era ella. Mac apareció un segundo después y cerró el bar.

–Que pases una buena noche, Nueva York.

–Gracias, lo mismo te deseo, Mac.

Sashi se fue en dirección opuesta a la de Mac. Cole dudó si acercarse a ella o no. No quería asustarla ni que pensase que la estaba acosando. Pero deseaba con toda su alma que se alegrase de verlo de nuevo. Se decidió a llamarla.

–¡Nueva York! Se te olvidó decirme dónde estudiaste ballet.

Sashi alzó la cabeza y vio la silueta de un hombre al otro lado del puente por el que tenía que pasar para llegar al barracón donde dormía. ¿Sería él? ¿Habría estado esperándola? Sintió un vuelco en el corazón solo de pensarlo. Se llevó la mano instintivamente al móvil que tenía en el bolso. Si fuera otro hombre, llamaría enseguida al servicio de seguridad del complejo.

Pero era él, Cole. Y había estado esperando a que saliera del trabajo.

Se apoyó en la barandilla del puente que se alzaba sobre uno de los arroyos del complejo. Las luces se proyectaban sobre la arboleda. El cielo estaba lleno de estrellas. Tuvo la sensación de estar inmersa en un cuento de hadas.

–Estudié en el Joffrey Ballet School.

No había visto a Cole de pie hasta entonces. La luz era tenue, pero calculó que debía de medir entre uno ochenta y cinco y uno ochenta y ocho. Y tenía el cuerpo de un atleta. Trató de imaginarse lo que sentiría estando en sus brazos.

–No sé mucho sobre danza –dijo él–. Cuéntame más cosas sobre esa escuela.

–Es una de las escuelas de ballet más prestigiosas del país.

–Sí, ciertamente tienes el tipo de una bailarina.

–¿No decías que no eras un experto en ballet? –replicó ella con ironía.

–Si te soy sincero –dijo, acercándose un poco más a ella–, hablando como médico, diría que has ejercitado mucho tu cuerpo. Incluso sirviendo bebidas con pantalones vaqueros y una sudadera, te mueves con una gracia y una elegancia poco comunes.

–¿Cuántas bailarinas conoces? –dijo ella, arqueando una ceja–. Creo que solo estás tratando de tomarme el pelo.

Cole esbozó una leve sonrisa.

–¿Y qué está haciendo una prima ballerina como tú en un paraíso de la pesca como este?

Sashi se inclinó en la barandilla del puente y miró el arroyo que corría debajo.

–Estoy segura de que has oído alguna vez ese dicho de: «Los que valen desarrollan su profesión y los que no, se dedican a la enseñanza».

–Sí.

–Voy a contarte un pequeño secreto –dijo ella en voz baja–. Quiero abrir mi propio estudio de baile. Me encanta trabajar con niños.

Sashi se preguntó a cuántas mujeres habría conocido él en su vida. Tenía aspecto de ser un conquistador. Pero luego pensó que eso no tenía la menor importancia para ella. ¿Qué daño podría hacerle coquetear con un hombre por una vez en su vida, especialmente cuando estaba convencida de antemano de que aquello no podía ir a ninguna parte?

Cole se pasó la mano por el pelo.

–Sigo sin comprender cómo te las vas a arreglar para enseñar ballet en este lugar.

–No voy a quedarme aquí. Abriré el estudio en Virginia. Pero necesito el dinero para empezar.

–¡Ah, claro! Por eso has venido a Alaska. El lugar indicado para amasar tu pequeña fortuna.

–Sí, como en los viejos tiempos de la fiebre del oro –replicó ella con una sonrisa–. Sin embargo, hacer un viaje tan largo a este lugar recóndito del continente ha sido una experiencia muy dura.

–¿Trabajas en la planta conservera?

–¿Te parece mal?

–No, no –respondió él, frotándose la barbilla con los dedos–. Todo lo contrario. Admiro tu decisión y sacrificio. Yo también estuve trabajando todo un verano en una fábrica de conservas. Recuerdo que fue una experiencia muy dura.

–Sí, el trabajo es duro, pero se paga muy bien –dijo ella–. Ahora me toca a mí.

–¿Qué?

–Hacer las preguntas –replicó, acercándose un par de pasos a él–. ¿Cómo conoce un doctor de Alaska la expresión «prima ballerina»? ¿Has asistido alguna vez a un ballet?

–Me ofendes, Sashi. No creas que todos los alaskeños somos unos paletos. Sí, he ido más de una vez a ver un ballet.

–¿De veras? ¿Y cuál es tu favorito?

Cole dio otro paso más hacia Sashi. Estaban ahora tan cerca que ella podía percibir el calor de su cuerpo mezclado con la fragancia de su loción de afeitar.

Cole le puso una mano en la barbilla.

–Mi ballet favorito es La bella durmiente.

Sashi tragó saliva y se quedó mirándolo fijamente. Tenía unos ojos embriagadores que parecían cambiar de color según lo que sentía en cada momento. Ahora parecían de miel. Tenía la impresión de estar perdiendo la cabeza por ese hombre. Pero no le importaba. Tenía unos labios carnosos. Y su cara, tan varonil, ensombrecida ahora con la barba del día, era toda una tentación. Sintió ganas de acariciarle las mejillas.

¿Sería eso amor a primera vista? ¿O simplemente una mera atracción física? No podía saberlo en las condiciones en que estaba. Además, había tenido muy pocas experiencias con los hombres como para poder diferenciar una cosa de otra. Tenía que dejarse llevar por su instinto.

Cole estaba desconcertado. Había oído a sus amigos hablar del flechazo, del amor a primera vista, pero nunca había creído en esas cosas. Sin embargo, cuando la estrechó entre sus brazos le pareció lo más natural del mundo.

Era como si lo hubiera estado haciendo toda la vi-da.

–¿Has bailado alguna vez ese ballet?

–Sí, varias veces –respondió ella casi en un susurro–. Pero nunca como primera bailarina.

Cole clavó los ojos en ella, luego inclinó la cabeza y la besó tiernamente. Fue un beso suave y dulce. Ella le acarició las mejillas como había estado deseando y sintió fuego corriendo por sus venas. Cole intensificó los besos y la apretó con mayor fuerza contra su cuerpo, soltándole el pelo que llevaba recogido con una cinta. Sintió el cuerpo de ella estremeciéndose mientras la besaba. Sus lenguas se unieron despertando la llama de un deseo que parecía el anticipo de algo más íntimo y profundo. Cole deseaba llevarla a su bungalow para hacer el amor con ella.

«Contrólate, Cole», le dijo una voz en algún lugar de su cerebro. «No puedes lanzarte así sin más con una mujer que apenas conoces». Puso las manos alrededor de su cintura y apoyó la cabeza en la suya. Estaba seguro de que ella podría oír los latidos de su corazón.

–Sashi –susurró, jadeando–. Suelo controlarme, pe-ro contigo creo haber perdido la batalla. ¿Qué te gustaría hacer? Yo haré lo que tú digas.

Se quedó mirando sus maravillosos ojos de color verde esmeralda, esperando su respuesta.