Entre letras de amor - Magui Recimil - E-Book

Entre letras de amor E-Book

Magui Recimil

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Beschreibung

Renata es una ferviente lectora, bibliotecaria y dueña de una librería. Adora las novelas románticas y su vida cambia por completo cuando se encuentra con la novela de un escritor argentino llamado Lorenzo de la Fuente. La imagen de Lorenzo en la solapa del libro la impacta profundamente, por lo que decide buscarlo en las redes sociales. Finalmente, se conocen en persona y comienzan una relación formal. Sin embargo, todo se complica cuando un episodio sucedido hace muchos años, cuando ellos eran aún niños, regresa con la fuerza de un huracán para quebrar la magia de esa historia de amor. Así, el pasado vuelve dispuesto a destruir la felicidad… ¿Los protagonistas serán capaces de batallar contra él?

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Seitenzahl: 463

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Recimil, Margarita Florencia

Entre letras de amor / Margarita Florencia Recimil. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

388 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-520-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Recimil, Margarita Florencia

© 2023. Tinta Libre Ediciones

A veces tan cerca, otras tan lejos. Aun así, amarrados por un juramento eterno y leal, más allá de todo… como si todo… Por nosotros, que sabemos conjugar el verbo amar.

Ester Faride Matar, escritora rionegrina

Entre letras de amor

Capítulo 1

Se había enamorado, no podía dejar de besar a aquel hombre, pero no conseguía ver su cara. Solo lograba observar la silueta, aunque eso bastaba para volverla loca. Él acompañaba los besos con caricias osadas.Renata sentía que se le erizaba la piel, el corazón escapaba de su pecho, un cosquilleo dominaba su estómago, el sudor recorría cada parte de su cuerpo y un tibio y placentero calor le invadía la entrepierna.

—Las letras nos mantendrán siempre unidos —le dijo el extraño a la vez que la miraba con ternura.

Ella le sonrió, solo tenía ojos para él. No podía prestar atención a nada más, el perfume de ese hombre le causó un estremecimiento que la transportó a la gloria. La magia se disolvió cuando a lo lejos escuchó su nombre varias veces, mezclado con la voz de ese seductor.

—Rena, Rena, ¡Renata! —la llamó su mamá tocándole las manos con suavidad para despertarla—. Te quedaste dormida, tenés que abrir la librería.

—¡Uy, el despertador no sonó! Ya voy.

El sol entraba por la ventana de la habitación en esa cálida mañana de marzo de 2017. Las paredes rosadas cubiertas por guardas floreadas otorgaban al lugar cierto encanto, al igual que esa ventana tan amplia con vista a la calle.

Mientras se quitaba la pereza, se puso a recordar el sueño que la había hipnotizado. “Las letras nos mantendrán siempre unidos”, aquella frase resonaba en su cabeza. ¿Por qué ese hombre cuyo rostro no había logrado identificar le había dicho eso?

No podía dejar de pensar en cuándo llegaría aquel amor capaz de hacerla feliz. Deseaba tener a alguien a su lado, ya no toleraba la soledad. Necesitaba volver a amar, le urgía reparar su roto corazón y borrar el dolor que un miserable, a quien prefería no recordar, le había causado.

Renata Vázquez se vistió con rapidez. Eligió un vestido sencillo color rosa frente a ese día que prometía ser muy caluroso. Decidió combinar esa prenda con un par de sandalias blancas, cómodas y elegantes. Se recogió el pelo con un broche y fue al baño para higienizar esa delicada sonrisa que la caracterizaba. Luego se dirigió al comedor a desayunar. Ese lugar de la casa era su preferido. Le encantaba todo lo que ahí había, como, por ejemplo, la mesa antigua de madera que ocupaba gran parte del espacio, las cortinas floreadas, el televisor ya viejo pero que seguía funcionando y un cuadro de unas montañas.

Aquel rincón del hogar encerraba las más gratificantes vivencias, como el día en el que se recibió de bibliotecariay su pequeña familia la esperó con una sabrosa cena para festejar el acontecimiento.

Se sentó cerca de la ventana. Su madre le ofreció un riquísimo desayuno.

—¿Los abuelos ya se levantaron, ma?

—Sí. Salieron a caminar con Merlín —comentó refiriéndose al fiel labrador de la familia—. Está preciosa la mañana.

—Y este desayuno está buenísimo, sos la reina de la cocina —expresó mientras saboreaba el café, esa infusión era su favorita.

—Dejá de exagerar, hija, y apurate, que se te hace tarde. Hoy va a ir Mario a la librería a dejarte los libros que te encargaron.

—¿Hoy?

—Sí, Rena, ayer te lo comenté, ¿no te acordás?

—¡Perdón! Estoy muy distraída últimamente —confesó tocando su cabeza, pues no podía creer el importante nivel de dispersión que venía teniendo.

—Estás muy cansada, es eso. Tendrías que tomarte unas vacaciones.

—No, mami, no puedo cerrar la librería ahora. Cada vez tenemos más clientes.

Susana estaba convencida: su hija necesitaba descansar. La miró fijo a los ojos y notó un agotamiento significativo; por ello decidió seguir insistiendo.

—Pero no la cerrarías. Yo puedo encargarme, como lo hago los miércoles y los jueves a la mañana, cuando vas a dar el taller de lectura al hogar de ancianos.

—No, ma, vos quedate acá tranqui con los abuelos. Me hace tan bien estar con los libros.

—Bueno, hija, como prefieras —exclamó su mamá no muy convencida.

Aunque no estaba de acuerdo, terminó desistiendo. Renata era muy testaruda y era obvio que no iba a aceptar ese plan vacacional.

—¡Uy, qué tarde se me hizo! —señaló mirando el reloj sintiendo que las agujas corrían a una velocidad inusitada—. Me voy, ma —indicó dándole un gran abrazo.

—Chau, Rena. Cuidate.

Cuánto admiraba a su hija, por eso la observó hasta que desapareció de su campo visual. Luego comenzó a limpiar, tenía una larga jornada por delante.

Renata salió de su casa en Avellaneda para dirigirse a la librería Mundo de Letras ubicada a tres cuadras de su hogar. Ese negocio era su vida, su refugio, el tesoro más preciado que su padre le había dejado al fallecer cuando ella era tan solo una bebé de dos meses de vida. Susana Martínez, siendo joven y con una hija muy pequeña, sostuvo el emprendimiento familiar a pesar del dolor que la desgarraba diariamente. Hasta que Renata creció y comenzó ella misma a hacerse cargo.

Con sus veintiséis años, se desvivía por esa librería que tantas gratificaciones le daba a diario. En ese diminuto espacio era feliz, su corazón latía fuerte al estar en contacto permanente con cada libro, con cada historia. Ella sentía que tenía varias vidas porque experimentaba todas las aventuras de los personajes, se emocionaba con ellos, sufría y se alegraba, sentía, deseaba, soñaba. Adoraba el aroma tan característico de los libros y disfrutaba al recorrer cada rincón de ese lugar.

Los ejemplares estaban ubicados sobre repisas de madera, y en una de las paredes acostumbraba a colocar afiches publicitarios de las novedades literarias. El lugar era luminoso y la vidriera impactante, de esas que invitan a leer. Siempre la actualizaba, le gustaba renovarla y mostrar en ella diversidad de géneros literarios y de autores.

Al llegar a la librería, Mario Fernández estaba esperando a Renata. Él se sentía parte del lugar desde siempre, ya que su función era dejarle aquellos libros que los lectores le encargaban, como así también los nuevos ejemplares que salían al mercado. Ese espacio representaba para Mario un abrigo frente a sus días fríos y solitarios, pues se había convertido en viudo pocos años atrás y su único hijo, ya adulto, residía actualmente en París con su esposa.

—¡Mario! ¿Cómo estás? ¡Perdón, me quedé dormida!

—Hola, Renata, no te preocupes. Recién llegué.

—Pasá.

—¡Gracias! Te traje todos los libros que te encargaron, controlá por las dudas, no sea cosa que me haya olvidado de alguno —comunicó entretanto se sentaba en una banqueta frente al mostrador y colocaba la pila de ejemplares sobre este.

—¿Vos, olvidarte de alguno? Imposible.

Siempre supo de la responsabilidad de Mario, confiaba en él, revisaba los ejemplares solo porque se lo pedía y quería darle tranquilidad.

—Gracias, Rena, pero soy humano y tengo errores. ¿Cómo estás? ¿Cómo está la familia?

—Todo bien, mamá ahí anda, qué sé yo. A veces la veo triste, supongo que debe ser por papá. Y los abuelos están rebién, ay, ¡cómo amo a esos viejitos! Ni te imaginás cómo me hacen reír.

—Tu mamá tuvo un golpe muy fuerte, no debió ser fácil quedar viuda tan joven y con una hija chiquita, y tu papá fue un gran hombre, cómo no extrañarlo —manifestó con cierta tristeza—. Entiendo su sufrimiento, sé lo que siente.

Al notar que la joven se estaba angustiando, cambió abruptamente de tema mientras sus dedos comenzaban a desplazarse por los libros que reposaban sobre el mostrador.

—Bueno, no quiero ponerte triste, fijate si están todos los ejemplares.

—A ver… este sí... este también.

Ella fue controlando de manera exhaustiva cada libro hasta que encontró uno que la sobresaltó, su cara reflejó asombro y algo de inquietud. Fue entonces cuando preguntó:

—¿Y este, Mario? No lo tengo anotado.

—Ese me lo encargaste, Rena. Me dijiste que te lo pidió una lectora, ¿te acordás? Y te traje varios porque seguramente te lo van a pedir, es la novedad literaria —explicó—. Como digo siempre: está recién salido del horno —comentó entre risas.

Mario focalizó su mirada en la joven y pudo percibir el cansancio, sabía lo trabajadora que era. Ella miraba un punto fijo, pensaba y pensaba, su rostro reflejaba confusión. No lograba recordar haberle pedido esa novela a Mario, hasta que, finalmente, luego de algunos segundos, se acordó.

—¡Ay, sí, tenés razón! No lo anoté, por eso no me acordaba. Como siempre, sos impecable, están todos los libros que me encargaron. ¡Muchísimas gracias!

—De nada.

—Nuestro amor—Renata leyó el título del libro a la vez que desplazaba sus suaves manos sobre él—. ¿Lorenzo Delaf? ¿Quién es este escritor? No lo conozco —preguntó con cara de asombro y frunciendo la nariz.

—Es un escritor argentino que vivió un tiempito en Uruguay cuando era chiquito. Esta es su primera novela. Las críticas dicen que es excelenteescribiendo. Bueno, disculpame, pero te tengo que dejar, Renatita, se me hace tarde. Mandales muchos saludos a tu mamá y tus abuelos. ¡Cuidate!

—Chau, Mario, nos vemos. ¡Gracias!

Ni bien Mario se hubo retirado de la librería, Renata comenzó a recorrer con sus manos una y otra vez ese libro que tanto la había movilizado. Leyó la sinopsis y descubrió que se trataba de una historia de amor contemporánea de dos jóvenes que debían sortear muchos obstáculos para estar juntos. Abrió y cerró el libro varias veces, percibió su suave aroma, viajó por cada página, comprobó que eran quinientas cuarenta y dos, y que esas hojas la invitaban a leer. Leyó al pasar expresiones como:“Te amo, no me abandones”, “Te necesito, ¿podés entenderlo?”, “Nuestro amor es único”.

Esa novela, de tapa blanda y con una portada atrapante de una pareja de enamorados abrazados, la intrigaba. Quería saber acerca de esa historia cargada de amor, como a ella le gustaban. Y deseaba también conocer al joven escritor. Un seductor de piel morena, con ojos negros y cabello del mismo color.

Leyó los datos biográficos que estaban expuestos en la solapa del libro, pero no le alcanzó. Ella necesitaba más, ansiaba más. Definitivamente, había quedado hipnotizada frente a ese hombre. Impactada por la belleza del novelista, Renata miraba la foto junto a la biografía y repasaba con sus dedos esa imagen tan cautivante. En ese instante, no pudo reprimir su pensamiento y por eso lo expresó en voz alta:

—Lorenzo Delaf, tendré que averiguar quién sos.

Capítulo 2

Renata se encontraba en la librería desde temprano, más de lo habitual. Había pasado una mala noche, Lorenzo Delaf había sido el causante de su desvelo. Necesitaba saber más acerca de él; por eso, aprovechó que la computadora que se encontraba sobre el mostrador estaba encendida y empezó a investigar a ese hombre que tanto la había hechizado. Fue recorriendo distintas páginas cargadas de datos y fotos que la encandilaban. Se detuvo en un sitio web en donde encontró una publicación que la motivó a leerla:

Conocemos un poco más a Lorenzo Delaf, quien presentará su primera novela.

Lorenzo de la Fuente, conocido como Lorenzo Delaf, es un joven escritor argentino de veintisiete años de edad. Licenciado en Letras, egresado en la Universidad del Salvador. Nacido en Buenos Aires, Argentina, con tan solo un año de vida, se aloja en Punta del Este, Uruguay, con su madre y su padre. Pero su progenitor fallece a los tres meses de haberse instalado en esa hermosa ciudad uruguaya. Lorenzo continúa viviendo en el país vecino por unos meses más junto a su madre, hasta que finalmente regresan a Argentina.

Actualmente, el joven novelista vive solo en el barrio de Palermo. Trabaja en la columna de un diario, en la cual escribe relatos del género romántico, realiza críticas literarias y recomienda libros. Tiene una hermana de veintidós años producto de la unión de su madre con un reconocido cardiólogo de nuestro país.

Nuestro amor es su primera novela romántico-contemporánea. A pocos días de haber salido a la venta, se encuentra muy bien posicionada. El sábado 25 de marzo del corriente, a las 16:00 horas, Lorenzo presentará su libro en la Sala Dorada de Mágico Té en CABA. Al finalizar la presentación, firmará ejemplares.

La entrada es libre y gratuita, pero con cupos limitados, por eso se recomienda asistir de manera puntual.

Terminó de leer con el corazón a punto de explotar. «Tengo que ir a la presentación, tengo que conocerlo»,pensó.

Decidida a averiguar cada detalle sobre el escritor, buscó su perfil en Facebook, lo encontró y le envió una solicitud de amistad. Esperaba con ansias que la aceptara; Lorenzo había configurado esa red social de manera tal que solo pudieran ver su contenido aquellas personas que él aceptaba. Mientras seguía navegando por la web en busca de más información sobre el novelista, entró a la librería su amiga de toda la vida.

—Hola, Rena. ¿Todo bien? Menos mal que hoy tengo franco —profirió Clara, quien trabajaba como secretaria de un pediatra.

—¡Clari!, ¡qué bueno que viniste! Mirá, es un bombonazo, ¿no? —expresó a la vez que le mostraba fotos de Lorenzo expuestas en una página web.

—¡Ah, bueno! ¡Decime ya quién es ese caramelito, por favor!

—Es un escritor argentino que acaba de sacar su primera novela, Lorenzo de la Fuente, pero se hace llamar Lorenzo Delaf. También trabaja en un diario. Mirá, acá está su novela, ayer Mario trajo varios ejemplares.

Clara tomó el libro y lo recorrió con sus manos, leyó la sinopsis y miró varias veces la foto junto a la biografía. Al igual que su amiga, ella también había quedado impactada.

—¡Es lindísimo! Y la novela parece que tiene una trama atrapante. Ni bien cobre el sueldo, la compro. Guardame una, Rena, ¡por favor!

Clara Ibarra, al igual que Renata, era muy lectora. Las amigas leían mucho para luego intercambiar opiniones y permanecer horas conversando sobre aquellas historias. A ambas las atrapaba el género romántico-contemporáneo. Pero la lectura no era lo único que compartían; les gustaba patinar, tenían la misma edad y eran amigas desde la época del jardín de infantes.

—Obvio que te guardo un ejemplar, quedate tranquila. Ya me guardé uno para mí también. El sábado 25 de marzo va a presentar su libro en Mágico Té. Tenemos que ir, muero por conocerlo —exclamó con una mirada cargada de ternura, como suplicando la presencia de Clara para ese día.

—¡Por supuesto! No me lo pierdo por nada del mundo. Ese día, cada una lleva la novela, así tendremos su firma, ¡qué lindo! —dijo entusiasmada arreglando su pelo, que se había desalineado producto de la euforia del momento.

—Agendado, entonces, el 25 de marzo tenemos cita con Lorenzo Delaf.

Clara miró su reloj y vio que se hacía tarde, tenía que pasar por el supermercado.

—Rena, tengo que irme, voy al súper.

—Ay, amiga, vos y tus visitas de médico. A ver si un día de estos venís con más tiempo.

—¡Perdón! Te prometo que la próxima voy a venir más temprano. ¡Te quiero, amiga! Chau, cuidate.

—Yo también te quiero, Clari. Nos hablamos.

Renata se pasó el resto de la mañana atendiendo a los lectores. A las doce del mediodía, cerró la librería y se dirigió a su casa a almorzar. En la calle, el calor era agobiante, por lo que decidió apurar los pasos para arribar lo antes posible.

Cuando llegó, su mamá la estaba esperando con un sabroso almuerzo: milanesas de pollo con papas fritas, su comida preferida. Se le hizo agua la boca con tan solo sentir el olor de ese plato que tanto le gustaba.

—Hola, ma, ¡ni te imaginás el hambre que tengo! —comentó pasándose la lengua por sus labios gruesos con forma de corazón.

—Me imagino, hija. Empecemos, los abuelos deben estar por llegar, fueron hasta el supermercado a comprar una botella de agua mineral.

Mientras comía, Renata comenzó a contarle a su madre acerca de ese escritor que la había movilizado.

—Mmm… ¡Qué rico que está esto! Mami, ¿conocés al escritor Lorenzo Delaf?

—No, Rena, ¿quién es?

—Es argentino, joven, ¡y muy lindo! Acaba de sacar su primera novela y trabaja en un diario. Una lectora me la había encargado, yo ni me acordaba. Mario me dejó varios ejemplares porque dice que muchas personas van a querer tener ese libro. Y yo soy una de ellas, me atraparon la sinopsis y la portada. ¡Y también él! Con Clari vamos a ir a la presentación de su novela.

—Ay, hija, definitivamente, sos una romántica empedernida —emitió entre carcajadas.

En plena conversación, se abrió la puerta. Eran los padres de Susana.

—¡Abuelitos míos! ¿Cómo están?

—¡Renatita! ¿Por qué estás tan contenta? —indagó Hilda con curiosidad.

Hilda y José amaban profundamente a su nieta y la conocían a la perfección. Tenían una especie de radar incorporado, capaz de detectar todas las emociones de esa mujercita que tanto adoraban.

—Voy a ir con Clari a la presentación de una novela. El escritor se llama Lorenzo Delaf y es un bombonazo.

—¡Qué lindo verte tan alegre, mi amor! —articuló José con una sonrisa.

—Lo mismo digo —expresó Hilda—. Bueno, sentémonos a comer, José, porque nuestra nieta no nos va a dejar nada, sabés que ama esta comida —comentó riendo.

Ambos ancianos eran el sostén de esa pequeña familia. Habían acompañado a Susana en la crianza de Renata, aportando compromiso, dedicación y un amor inconmensurable. Tenían varios años cargados a sus espaldas, pero se mantenían activos y fuertes. Las marcas en la piel y las canas revelaban que ya no eran jóvenes; sin embargo, la vitalidad y la fortaleza estaban presentes en ellos.

Disfrutaron del almuerzo y dialogaron sobre ese famoso Lorenzo Delaf que tanto había cautivado a Renata. Cuando terminaron, la joven notó cómo el semblante de su madre había cambiado, estaba pálido y triste. Por ello, decidió indagar.

—Mami, ¿estás bien? Te cambió la cara en cuestión de minutos.

—Recuerdos, hija, de esos que duelen —susurró con la voz quebrada y cargada de angustia—. Mañana es el aniversario de fallecimiento de tu padre. Pasaron muchos años, pero me sigue doliendo el corazón.

—¡Cierto, ma! Estoy tan dispersa últimamente que me había olvidado. Mami… ¿Qué fue realmente lo que pasó con papá?

—Murió de un infarto, te lo dije muchas veces.

—Sí, ma, ya sé, pero me refiero a qué fue lo que desencadenó ese infarto. Siempre me dijiste que papá era una persona muy sana, que se alimentaba bien y que incluso hacía deporte. No entiendo cómo de un día para el otro le agarró un infarto.

—Parece que las personas sanas también tienen infartos sin ningún motivo. Cuando Pedro murió, los doctores dijeron que, aunque la salud sea buena, igual puede pasar —exclamó muy nerviosa. Sus manos estaban húmedas y ella no dejaba de retorcerlas como intentando apaciguar la intranquilidad.

—¡Qué raro todo, ma! Sigo sin entender, es algo que me preguntaré siempre.

Decidió no seguir indagando, no era el momento. Su madre no estaba bien, se la notaba quebrada frente al dolor y ella no quería generarle más tristeza.

Hilda y José notaron el clima tenso y triste que se había creado. Nada dijeron al respecto, pues sentían que a veces era mejor no hacerlo. Ambos destinaron a su hija una mirada de esas que acompañan, que sostienen, que fortalecen, y con eso ya era más que suficiente.

Renata abrazó muy fuerte a su mamá para transmitirle con sus brazos la contención que tanto necesitaba. Así se quedaron por un rato, fusionadas la una con la otra, hasta que la muchacha se alejó porque que era momento de bañarse. Había pasado una mañana demasiado calurosa y su cuerpo se lo había hecho notar mediante la transpiración que la hostigó durante las horas laborales.

Se despidió de su familia por un breve lapso, no sin antes decirles a sus abuelos:

—Me baño rápido y vuelvo. Cuiden a esta hermosa mujer que tanto quiero —solicitó con lágrimas en sus ojos y dirigiendo a esos viejitos una mirada llena de súplicas.

—Andá tranquila, mi amor —lanzó José contemplando a esa valiente mujercita que tanto quería a su madre.

Cuando la joven hubo desaparecido del comedor, Hilda consideró que era hora de hablar con Susana. Miró a su marido como reclamando su acompañamiento, necesitaba de su intervención, de su ayuda, ella sola no podría. Sin temor y decidida, la enfrentó.

—Hija, ¿cuándo le vas a explicar a Renata cómo fueron las circunstancias en las que murió su padre?

Susana no pudo responder, tan solo bajó la mirada y comenzó a llorar. Por sus mejillas se deslizaban lágrimas que hablaban de una angustia arrolladora. Sabía que algún día tendría que explicarle a Renata acerca de la muerte de Pedro, pero meditó que no era el momento. No podía hacerlo, lo había intentado en algunas oportunidades, pero la garganta se le había cerrado.

Los ancianos notaron la tristeza que Susana cargaba en sus espaldas. Los corazones de ambos se llenaron de angustia al verla tan devastada. Se ubicaron a su lado y la abrazaron muy fuerte. La acompañarían en cualquier decisión que ella tomase, aunque no estuvieran de acuerdo. Se quedaron los tres abrazados durante un buen rato, inhalando el aroma familiar que reinaba en esa casa y que era capaz de calmar los dolores del alma.

Capítulo 3

Lorenzo se levantó temprano, había pasado una mala noche. El insomnio se había apoderado de su cuerpo. La claridad de la mañana invadió la habitación y decidió que lo mejor era levantarse. Si en la oscuridad no había logrado dormir, mucho menos iba a hacerlo con la luz del día.

Preparó el desayuno: tostadas con manteca acompañadas de un café bien oscuro, como a él le gustaba. Prefería las tostadas algo quemadas, ese olor que invadía sus fosas nasales lo deleitaba.

Colocó todo en la bandeja y la depositó en la mesa de la computadora, que se encontraba en living de su departamento. La encendió para revisar los mails y las solicitudes de amistad de su cuenta de Facebook. Si bien tenía la aplicación instalada en su celular, consideraba más cómodo navegar por esa red desde la computadora. Observó que muchas mujeres le habían enviado sus solicitudes. Fue revisando los perfiles, siempre lo hacía antes de aceptarlas. Quienes lo agregaban eran, en su mayoría, lectoras.

Mientras endulzaba sus labios con el café, se encontró con la solicitud de Renata Vázquez. Evaluó con detenimiento el perfil y se detuvo a ver cada foto. Ella tenía configurada la red social de manera pública, por lo tanto, Lorenzo podía ver todo sin impedimento alguno.

Concluyó que la joven era una ferviente lectora, pues se había tomado muchas fotos con reconocidos escritores. Su belleza lo encandiló, no podía dejar de mirarla. Meditó que nunca se había encontrado con un rostro como ese. La boca con forma de corazón, los ojos negros con pestañas arqueadas, la nariz pequeña y recta, el cabello largo de color castaño oscuro con ondas. Todo ello formaba un conjunto perfecto capaz de hechizar a cualquier hombre.

Fue mirando cada álbum, cada foto, hasta que se detuvo en una más de la cuenta. Se trataba de una fotografía en la cual Renata se encontraba sola, sentada sobre el pasto de un patio, que supuso que podría ser el de su casa. Derramaba sensualidad, pero en sus ojos se notaba tristeza. Esa imagen lo conmovió. No lo dudó y aceptó la solicitud de amistad.

Un hormigueo en su brazo derecho le indicó que había pasado bastante tiempo frente a la computadora. Lo masajeó para quitar la incomodidad. Tenía el cuerpo acalambrado. Se levantó de la silla y buscó el CD de Travis. Seleccionó la canción “Sing” y dejó que sus oídos se deleitaran con esa melodía que lo identificaba.

La calma del ambiente fue interrumpida por el timbre, que sonaba de manera insistente.

—¡Hola, mi amor! —dijo Celina a la vez que se apoderaba de sus labios con una fuerza arrolladora.

—¿Pasó algo? No me dijiste que venías.

—No pasó nada. No tengo por qué avisarte, te recuerdo que soy tu novia. Me moría de ganas de verte —susurró con voz acaramelada mientras lo tomaba de la camisa y le desprendía los botones son una sensualidad impactante—. Qué loquita me ponés, encima tenés puesto ese pantalón chupín que ya sabés cómo me calienta —expresó observando con detenimiento el sector de la entrepierna.

—Pará, Celina —la detuvo con frialdad entretanto se desprendía de sus brazos.

—¿Qué te pasa? ¿Ya no te caliento?

—Mirá…

—Mirá nada —lo interrumpió furiosa—. ¿Por qué tenés esa cara? Me compré este vestido para vos y no se te mueve un pelo. Otro en tu lugar ya me habría llevado a la cama.

—No es eso, pero tenés que entender que no estamos en nuestro mejor momento. Te pedí un tiempo y, por lo que veo, no lo estás respetando.

—¡Te amo! No necesitamos ningún tiempo. ¿Tenés otra? —preguntó a los gritos. Sus ojos se desviaron hacia un costado y observó el perfil de Renata, que ocupaba todo el monitor—. ¿Es ella? Contestame. ¿Por esa minita me querés dejar?

—Estás loca, Celina. Es una lectora que me acaba de agregar al Facebook.

—Y, por lo visto, la aceptaste. ¿Por qué tenés que aceptar a cualquier turrita lectora que te envía solicitud?

—Porque me estoy haciendo conocido en el mundo de la escritura y no puedo ser un forro con mis lectoras, ¿podés entenderlo?

— ¿Querés convencerme de que se trata de una estrategia de marketing? —cuestionó irónica.

—Ponele el nombre que quieras, pero te aclaro que no voy a dejar de aceptar solicitudes solo porque a vos se te ocurre.

Celina lo miraba con furia, sentía un intenso calor que recorría cada fibra de su cuerpo. Un ardor, pero no de excitación, sino de bronca, de impotencia. Odiaba que el Facebook de Lorenzo estuviera repleto de mujeres.

Se acercó a la computadora, quería observar de manera minuciosa a aquella mujer. Era la primera vez que veía una lectora tan hermosa como esa en el perfil de su novio. Tuvo un mal presentimiento y se vio amenazada por la belleza de Renata.

Celina siempre conseguía todo lo que se proponía. Cuando conoció a Lorenzo, se había jurado que lo conquistaría, y lo había logrado. Consideró que esta vez no tendría por qué ser diferente. Clavó sus ojos color miel sobre los de Renata y dijo para sus adentros: «Más te vale que ni te acerques a él, pedazo de turra».

—Tengo muchas cosas que hacer, te pido encarecidamente que te retires, por favor —le pidió Lorenzo con sarcasmo.

—¿Querés que me vaya para encontrarte con esa, con Renata?

—No seas infantil.

—¿Infantil yo, que siempre te banqué en tus peores momentos? —señaló indignada.

—¿Me lo estás echando en cara? Porque, si es así, la cosa se termina acá.

—Claro, buscá la solución más fácil. ¡Dale, dejame! Cortá todo, así te podés encamar con total libertad con esa lectora.

—Estás loca y no pienso prenderme en tu locura. ¡Te vas ya mismo de mi casa! —le dijo levantando el tono de voz a la vez que la tomaba del brazo izquierdo para acercarla a la puerta.

—¡Soltame, no necesito que me eches! Me voy sola, pero antes te voy a decir algo: mucho cuidado con lo que hacés, ni te imaginás de lo que soy capaz.

—¿Me estás amenazando?

—No, mi amor, es solo una advertencia —respondió con una sonrisa irónica.

Celina le destinó una mirada desafiante y cargada de odio para luego retirarse. Lorenzo se sentó de nuevo frente a la computadora, su novia lo había agobiado y necesitaba paz y distracción.

Continuó mirando fotos de Renata, esa joven lo había movilizado. A medida que observaba cada fotografía, se iba olvidando del mal momento que le había generado Celina tan solo unos minutos atrás. No sabía si volvería con ella, tampoco quería averiguarlo. Lo único que deseaba en ese instante era permanecer sentado frente al monitor viendo a Renata, el tiempo se encargaría del resto.

Capítulo 4

Se había hecho tarde. Sin embargo, Renata no tenía sueño. En la quietud de su habitación, encendió la computadora, ubicada sobre una mesa de madera, enfrente de su cama. Clara siempre la trataba de anticuada porque usaba más la computadora que el celular. Si bien contaba con un móvil moderno, que contenía todas las aplicaciones necesarias, cuando se trataba de navegar por las redes sociales y revisar mails, solía darle mayor uso a la computadora.

Tuvo que abrir la ventana porque hacía calor, demasiado para una noche otoñal. Revisó los mails y luego entró a Facebook. Lorenzo había aceptado su solicitud de amistad y eso le produjo una exaltación difícil de explicar. Se dedicó a revisar el perfil del escritor. Observó con detenimiento las fotos, las publicaciones y los comentarios. «¿Estaré volviéndome loca?», se preguntó a la vez que meditaba cómo ese hombre se estaba metiendo en cada fibra de su ser.

Se detuvo más de la cuenta en un álbum que mostraba las vacaciones de Lorenzo del año 2016 en París. Esas fotografías conformaban un cuadro perfecto ante sus ojos. La belleza masculina combinada con la magia parisina la impactó.

A cada foto, le ponía zoom para poder contemplar aún mejor a aquel hombre. Los ojos negros haciendo juego con el cabello del mismo color, la nariz recta acompañada de un pequeño lunar en el lado izquierdo de su rostro, los labios carnosos, la delicada barba incipiente, la piel morena, un tatuaje de un libro con una lapicera en su brazo derecho, todo eso hacía de Lorenzo un hombre dueño de una exquisita belleza. La sensual vestimenta (remeras oscuras y chupines que le marcaban la figura) fue lo que terminó de hipnotizarla. No podía dejar de mirarlo, sentía que su retina y cada espacio de sus ojos estaban invadidos por esa imponente y atractiva presencia.

El cuerpo de Renata no era inmune a Lorenzo. Sintió una electricidad que la recorrió entera y le causó un agradable erizamiento. El corazón latía con más fuerza y velocidad que las habituales, un cosquilleo se instaló en su panza. Un terrible calor se apoderó de ella recorriéndola entera para terminar alojado en su entrepierna, eso la ruborizó. Se tocó las mejillas, que estaban coloradas y calientes, le urgía enfriarlas con la frescura de sus manos.

Producto de semejante alteración, percibió que tenía los labios resecos. Tomó el vaso de gaseosa que reposaba al lado del monitor e ingirió un largo trago de ese líquido dulce y adictivo. Saboreó cada gota como si hubiese pasado días sin beber. Sintió la frescura de la bebida en cada rincón de su boca.

Unos truenos la distrajeron. Se levantó de la silla y observó por la ventana: había comenzado a llover. El olor a tierra mojada penetró en su nariz y la transportó a su infancia, cuando jugaba con sus abuelos bajo la lluvia. Las gotas de agua caían de forma torrencial. Un terrible trueno la ensordeció y le causó cierto temor, al igual que cuando era pequeña y buscaba el abrazo de su madre en aquellas noches lluviosas.

Durante unos segundos más, observó la fuerza de la tormenta para luego sentarse nuevamente frente a la computadora. Estuvo un largo rato viendo las fotos del escritor, deleitándose con cada imagen. «¿Y si le escribo por Messenger?», se preguntó con una sonrisa cargada de esperanza.

Lo meditó tan solo unos pocos segundos y, con entusiasmo, le escribió un mensaje en el que le contaba que estaba leyendo su novela y que le estaba gustando. Le hablaba de su profesión y de su negocio, que la llenaba de felicidad. Le comunicó que iría con su amiga a la presentación de su libro. Se despidió, no sin antes pedirle que, por favor, le respondiera, que así le estaría cumpliendo un gran sueño. Con la emoción ocupando cada recoveco de su alma, contó hasta tres y apretó la tecla enter. El escrito se había enviado, ahora solo restaba aguardar.

Para que la espera no se le hiciera tan larga, miró unos videos que estaban en el perfil de Lorenzo. Él los había subido a su cuenta para que sus contactos pudieran ver las entrevistas que le habían hecho en diferentes y reconocidos programas de televisión argentinos.

Estaba obnubilada. Se dio cuenta de que no solo admiraba sus características físicas. La personalidad también la había hechizado. Se sorprendió cuando escuchó que amaba las milanesas y las series como ella. Sonrió cuando oyó que le gustaba correr y odiaba madrugar. Ella, por el contrario, adoraba levantarse temprano y no podía correr ni media cuadra. Admiró su manera de tomarse los problemas, con calma y cierta sabiduría. Renata, en cambio, se abrumaba con facilidad ante de la presencia de cualquier inconveniente.

Entretanto disfrutaba cada video, notó que un mensaje acababa de entrar en Messenger. Creyó estar alucinando cuando vio que era Lorenzo quien le había escrito. Le había respondido muy rápido. Sintió que la adrenalina se desparramaba por todo su interior. Nerviosa y con la emoción abrigando su corazón, comenzó a leer.

Hola, Renata, muchas gracias por tu mensaje. Qué lindo todo lo que me contás. Imagino lo maravilloso que debe ser tener una librería y pasar horas con los libros. Gracias por leer con tanto entusiasmo mi novela y por querer asistir a la presentación. Te mando un abrazo virtual hasta que te dé uno real cuando nos conozcamos personalmente.

Con cariño,

Lorenzo Delaf

No podía creer haber recibido esa respuesta cargada de humildad. Lo admiró mucho más por su simpleza, por tener ese gesto que para ella lo significaba todo. Tan eufórica estaba que no percibió la presencia de su madre.

—Rena, Rena, ¿me escuchás?

—Mami, perdón, ni cuenta me di de que habías entrado. ¿Pasa algo?

—No, hija. Solo quería pedirte si mañana, al salir de la librería, podés pasar por el supermercado. Te dejé la lista en la cocina.

—Sí, ma, no hay drama.

—¿Estás bien? —inquirió al notar que Renata no la miraba, pues tenía la vista en el monitor.

—Sí, estoy contenta y sorprendida. ¡No puedo creerlo! Lorenzo, el escritor, me aceptó en Facebook. Pero eso no es nada, le mandé recién un mensaje por Messenger y al toque me respondió. Ni te imaginás lo simpático y humilde que es.

—¿Es ese que está en la pantalla? —indagó observando fijamente el monitor a la vez que fruncía el ceño.

—Sí. ¿No es un bombón?

—No te voy a negar que es un lindo mucha…

—¿Lindo? Es hermoso —la interrumpió entretanto se recogía el pelo con un broche—. ¿Querés que te lea el mensaje que me respondió?

—Rena…

—¿Te imaginás cuando le cuente a Clari? Se va a poner como loca.

—Renata, escuchame, por favor —le pidió levantando el tono de voz.

—¡Ay, perdón, ma! Es que no puedo creer que Lorenzo Delaf me haya contestado —exclamó inquieta—. ¿Qué me estabas diciendo?

—Te decía que es un lindo chico, pero...

—¿Pero qué? —la interrogó intrigada.

—No te ilusiones, a todas sus lectoras les debe responder lo mismo.

—¡Ay, ma!, no seas mala onda. Yo estoy recontenta y vos me pinchás el globo.

—No es eso, pero no quiero que sufras. Ese chico se está haciendo famoso y con lo lindo que es hasta es probable que tenga novia. Tratá de no ilusionarte, vos sos lectora y él escritor —le advirtió con dulzura como una manera de protegerla—. Bueno, hija, es tarde y estoy agotada. Me voy a dormir, que descanses —dijo mientras intentaba contener un bostezo.

Susana le dio un beso en la mejilla derecha y se retiró de la habitación.

Renata se quedó pensando en las palabras de su madre. La desilusión la invadió por unos minutos, pero decidió sacarla de su cabeza. Lorenzo Delaf, le había respondido y eso era lo único que le importaba.

Apagó la computadora, era demasiado tarde y al día siguiente tenía que madrugar. Preparó la cama con la promesa de seguir revisando el perfil de Lorenzo, le habían quedado miles de álbumes por revisar. Con las palabras del escritor vagando por su mente, se acostó, quería dormirse con el recuerdo de esos párrafos. Estaba segura de que aquel mensaje cobijaría sus sueños.

Capítulo 5

Lorenzo despertó sobresaltado debido a un sueño. Había soñado que besaba de manera apasionada a Renata, ambos se entregaban al placer. Los cuerpos sudaban, producto de la excitación, los labios estaban gastados y morados de tanto roce y las entrepiernas sufrían un placentero latido que los dejaba sin aliento. Se encontraban en la habitación de Lorenzo, la cómoda cama de dos plazas era el refugio perfecto, el recinto que los llevaba a la locura.

Cuando estaba a punto de entrar en la intimidad de la joven para conducirla a un goce sublime, el sonido de su celular lo despertó. No podía atender, todo su cuerpo estaba alterado, las gotas de sudor lo recorrían por completo. No lograba entender por qué había soñado con aquella lectora a quien solo había visto a través de una pantalla.

Con una sonrisa, recordó el mensaje que ella le había enviado por Messenger y la admiró por su frescura y espontaneidad. La comparó con Celina y concluyó que no se parecían en nada. Meditó que algo de esa lectora lo había impactado, pues de no ser así no se explicaba el porqué de semejante sueño.

Para quitarla de su mente, tomó el celular, que reposaba sobre la mesa de luz, al lado de su cama. Quería saber quién lo había llamado: era su madre. Decidió comunicarse con ella, sabía lo intensa que podía resultar si no lo hacía.

—¿Qué hacés, ma? Tengo una llamada tuya, ¿todo bien?

—Hola, hijo. En realidad, todo mal. No entiendo cómo pudiste hacer una cosa así.

—¿De qué hablás? —preguntó sorprendido—. No entiendo nada —prorrumpió mientras se rascaba la cabeza.

—De Celina hablo. Estuvo acá hace un rato y me contó que la echaste, que la trataste muy mal y que encima estabas muy entretenido viendo el Facebook de una lectora—explicó furiosa—. ¿Me querés decir qué te pasa?

—A vos qué te pasa. No tenés ningún derecho a meterte en mi vida, creo ser lo suficientemente grandecito como para que no me andes controlando. En cuanto a Celina, ya voy a hablar con ella. Eso de ir a chusmearte cada vez que discutimos me saca.

—Mirá, Lorenzo. Soy tu madre, no podés hablarme así.

—Entonces dejá de tratarme como si fuese un nene.

—Lo hago porque te quiero, quiero lo mejor para vos y te recuerdo que lo mejor es Celina. Es una chica tan buena, lindísima y de una familia con un buen nivel socioeconómico. Hace cinco años que son novios, ya deberías pensar en proponerle casami…

—Cortala, mamá —la interrumpió entretanto se levantaba de la cama y preparaba la ropa para vestirse—. Ya que Celina te cuenta todo, debés estar al tanto de que estamos en un impasse.

—No, no me dijo nada. Pero, seguramente, no lo hizo porque no debe estar de acuerdo con ese tiempo que le pediste—manifestó a la vez que saboreaba un trago de café—. No puedo creer que, teniendo semejante mujer a tu lado, tengas el tupé de pedirle un tiempo.

—Y yo no puedo creer que sigas controlándome como cuando tenía diez años.

—Ya te dije que lo hago porque quiero lo mejor para vos.

—Soy yo quien tiene que decidir qué es lo mejor para mí —indicó con voz segura y firme.

—Pero, nene, lo único que quiero es que seas feliz, y tu felicidad se llama Celina.

—Terminala, vieja. Sabés que no soporto que te metas en mi vida. No tenés idea de cómo es mi relación con ella.

—Mamá solo quiere ayudarte. La novia que tuviste antes de Celi era una atorranta que te dejó por el primer tipo que se le cruzó.

—Vos la espantaste, no soportó que fueses tan metida. Fuiste la culpable de la ruptura.

—Claro, ahora la culpa es mía. Bueno, ya está, lo pasado pisado. Ahora lo que importa es el presente y Celina forma parte de él —afirmó con orgullo—. Estaba pensando que podrías aprovechar la presentación de tu libro y, frente a los lectores y los medios de comunicación, hacerle una propuesta formal a Celi. Vos me entendés, ¿no?

—Deliraste mal, esta conversación termina acá. Te pasaste de la raya —exclamó con rabia y cortó la llamada de forma abrupta.

Lorenzo había empezado mal su día. Primero ese sueño que lo había movilizado y luego la conversación telefónica con su madre, que no solo lo regañaba como cuando era pequeño, sino que además le decía lo que tenía que hacer. La relación que mantenía con ella siempre había sido difícil, Claudia Toledo era una persona compleja. Lo controlaba y le daba indicaciones con una postura sumamente autoritaria.

Lorenzo lamentaba no contar con la presencia paterna, estaba seguro de que todo hubiese sido diferente con su papá a su lado. Lo entristecía no tener recuerdos de su progenitor, lo único que tenía de él eran fotos, pues, cuando aquel había muerto, el escritor tenía tan solo un año de vida. Esas fotografías constituían un tesoro. Mediante ellas, podía formarse una vaga idea de quién había sido Guillermo de la Fuente.

Con su madre no podía contar, era muy poca la información que le había suministrado con respecto a su padre. Le había dicho que una larga enfermedad había sido la causante de su muerte. Lorenzo siempre le preguntaba por Guillermo, pero ella le respondía lo justo y necesario, y esto hacía que el vínculo entre madre e hijo se tornase tirante. El escritor solía insistir en reiteradas oportunidades, pues quería saber acerca de su padre, cómo había sido su vida y tantas otras cuestiones más, pero Claudia evitaba hablar de su esposo fallecido y, cuando lo hacía, usaba frases cortantes y escuetas.

Concluyó que su amor por las letras no había sido algo casual, ya que él hacía de la escritura su refugio. Mediante esta, lograba descargarse y sanar sus emociones. Comparó su vida con la de sus personajes y eso lo conmovió. Se dio cuenta de que ellos tenían una historia; en cambio, él solo contaba con algunos retazos. Su pasado estaba incompleto, por eso siempre les creaba una a sus personajes, triste o feliz, pero ellos sí eran dueños de una historia.

Observó el reloj. Era temprano, por lo cual decidió regresar a la cama. Las sábanas tenían un dulce aroma a jazmines que lo invitaban a sumergirse en un intenso descanso. Cerró los ojos para intentar dormir. Quería soñar con su padre, consideró que quizá en sus ensoñacioneslograría construir esa parte de su historia que le faltaba y que su madre le negaba.

Capítulo 6

Lorenzo almorzaba en su departamento con sus amigos: Bautista Flores y Máximo Salas. Se encontraba nervioso porque al día siguiente presentaría su primera novela en Mágico Té. Necesitaba distracción para calmar la ansiedad que lo carcomía, sabía que un momento de charla con amigos lo ayudaría a distenderse.

Había preparado pollo al horno con papas, comida que le encantaba, al igual que a Máximo y a Bautista. El delicioso olor invadía el departamento y los invitaba a deleitarse. Mientras comían, conversaban y reían.

—¡Qué rico que está esto! —expresó Bautista a la vez que se pasaba la lengua por lo labios.

—Gracias, Bau, se hace lo que se puede.

—Sos un crac en la cocina, amigo, la verdad que te pasaste. Che, ¿estás un poco más tranquilo por la presentación? —indagó Máximo—. Ahora que te estás haciendo famoso, podés ir pensando en hacer terapia. El tema de la fama es complicado, hay que elaborarlo y para eso nada mejor que el psicoanálisis —le sugirió desde su profesión de licenciado en Psicología.

—Estoy bastante nervioso, es mi primera presentación. ¿Terapia? Con el poco tiempo que tengo, como para ir al psicólogo estoy. Entre el diario y el lanzamiento de Nuestro amor, olvidate. Les agradezco a los dos por hacerme el aguante.

—Para eso estamos los amigos. ¿Y Celina? ¿Irá? Te pregunto porque, como entre ustedes está todo bastante mal, capaz que se hace la importante y ni aparece.

—Ni te imaginás el favor que me haría, Bau. Para que vaya a hacer quilombo, mejor que ni aparezca.

—Nosotros vamos a estar ahí, en primera fila. ¡Cuántas minitas que va a haber! Tenés a todas las lectoras muertas —exclamó Bautista con una sonrisa.

Lorenzo miraba un punto fijo, las palabras de Bautista lo habían llevado a pensar en el sueño que había tenido con una de sus lectoras. Los amigos del escritor notaron su dispersión y decidieron indagar.

—¿Estás bien?

—Eh… sí, sí, Max.

—Dale, boludo, no jodas. Estabas lo más bien y así de la nada te cambió la cara —señaló Bautista entretanto se rascaba la cabeza.

—Este está pensando en una chica, y no es precisamente Celina. Desde el psicoanálisis…

—¡Ay, Máximo!, ¡vos y tus ocurrencias! ¿La vas a cortar un poquito con el tema del psicoanálisis? Dale, boludo, contá, somos tus amigos. Yo no entiendo una mierda de psicología, pero pienso que Max tiene razón, vos estás así por una minita, ¿no? —manifestó Bautista.

—¡Dios! A ustedes sí que no puedo mentirles. Me agregó una lectora en Facebook y me escribió por Messenger. No me pregunten por qué, pero tuve un sueño con ella. Un sueño… eh… digamos, bueno, ustedes me entienden, ¿no?

—See, más bien que entendemos, soñaste que te la garchabas, ¡qué hijo de re mil! Hasta en los sueños tenés levante —expresó Bautista entre risas.

—Siempre tan fino, Bau. Es raro, es la primera vez que me pasa esto. Soñar con una lectora que tan solo vi por Facebook es algo de locos.

—Según el psicoanálisis, en los sueños se levanta la barrera de la represión y podemos cumplir aquello que deseamos y fantaseamos. Está claro que vos querés tener algo con ella, pero lo reprimís y tu inconsciente se pone de manifiesto en ese sueño erótico —explicó Máximo con el semblante serio.

—Ah, bue, ya salió el psicólogo con sus teorías. Dejá de hablar al pedo. Qué represión ni represión. Y no digas “erótico”, llamá las cosas por su nombre, fue un sueño porno de acá a la China.

—Vos tendrías que hacer terapia, Bautista. No puede ser que todo sea sexo para vos.

—Chicos, dejen de sacar conclusiones —pidió Lorenzo—. Lo único que sé es que algo de esa lectora me llamó la atención, no puedo sacar de mi cabeza ese sueño.

—Te gustó, eso fue lo que te pasó, ponele nombre a lo que te pasa. Mejor que ni se entere Celina porque se arma, no la veo muy equilibrada que digamos —afirmó Máximo con voz segura y firme.

—El otro día se puso como loca porque justo llegó cuando yo miraba el perfil de esa lectora. Imagínense que desde ese momento estamos mucho peor de lo que ya estábamos.

—Bueno, la conoceremos mañana, porque seguramente va a ir, ¿no?

—Sí, Bau. Me dijo que iba a ir con una amiga.

—Reservame la amiguita para mí, porfi.

—El profe de Educación Física seguro que quiere enseñarle un par de ejercicios —emitió Lorenzo entre risas.

—¡Más bien!, ¡sabés la cantidad de ejercicios que podría aprender conmigo!, ¡olvidate!

Lorenzo y Máximo estallaron en una carcajada ante la ocurrencia de Bautista.

Cuando terminaron de almorzar, los amigos del novelista le pidieron que les mostrase el perfil de la joven. Observaron muchas fotos aportando comentarios sobre su belleza. Bautista y Máximo se sostuvieron la mirada y eso bastó para comunicar lo que pensaban: Lorenzo necesitaba romper el vínculo tóxico que mantenía con Celina y comenzar a pensar en otra persona. Quizá aquella lectora podría ser la indicada.

***

Había llegado el día tan esperado por Renata: la presentación de la novela de Lorenzo Delaf en la Sala Dorada, perteneciente a Mágico Té. Llegó temprano con Clara para conseguir una buena ubicación. Sentadas en la segunda fila, disfrutaban de la entrevista que un reconocido periodista argentino le hacía al escritor.

La tarde del 25 de marzo de 2017 contaba con un clima agradable. Las amigas, quienes habían consultado el pronóstico con anticipación, decidieron vestirse con ropa cómoda pero atractiva. Renata lucía un pantalón de jean con una remera lisa de color rosa, el escote acentuaba sus curvas. Completó su atuendo con unas sandalias blancas. Unos impactantes bucles fue el peinado que eligió. Se maquilló de manera sensual pero sutil. Clara tenía puesta una minifalda de jean blanca con una musculosa de color turquesa claro. Sandalias plateadas fue el calzado que seleccionó. Recogió el cabello con un prolijo rodete. Prefirió un maquillaje llamativo para acentuar sus ojos color miel.

Renata observaba a Lorenzo y todo su cuerpo se estremecía. Consideró pertinente masticar un chicle para calmar los nervios. Lo encontraba lindísimo con esa remera negra que le marcaba el torso y que combinaba a la perfección con un pantalón chupín. No solo contemplaba al escritor, también miraba con asombro ese lujoso recinto. La delicada decoración de las paredes, las sillas refinadas, el color dorado invadiendo gran parte del sitio y el escenario en el cual se encontraba Lorenzo hacían del lugar un espacio lleno de glamur. La alegría asaltaba a Renata, pero los nervios también se apoderaban de ella. Sabía que, al finalizar la presentación, Lorenzo firmaría ejemplares y ella podría hablarle como tanto había soñado.

Clara notó la ansiedad de su amiga y quiso tranquilizarla.

—Rena, tranqui, relajate. El tipo es un divino. Ya vas a ver que, cuando te firme el libro, se va a poner a hablar con vos como si te conociera de toda la vida y ahí se te van a ir los nervios. Disfrutá, no estás en un examen —señaló mientras le tomaba la mano derecha para transmitirle calma.

—Tenés razón, amiga. Lo que pasa es que es la primera vez que lo veo personalmente. Todavía no puedo creer que en minutos voy a poder saludarlo. ¿Viste lo lindo que es?

—¿Que si lo vi? Lo devoré con la mirada, está más bueno que comer pollo con la mano.

Renata no pudo contenerla carcajada, Clara la miró con ternura y le sonrió sin soltarle la mano.

El periodista le formuló las últimas dos preguntas a Lorenzo y luego dio lugar a que fueran las lectoras las encargadas de preguntarle lo que quisieran. Cinco de ellas se animaron a cuestionarlo con interrogantes tales como “¿Se viene la segunda parte de tu primera novela?”, “¿Te gustaría que tu libro se convirtiera en serie?”. Estas y otras preguntas más dieron el cierre a la presentación. Renata había estado a punto de levantar la mano, deseaba preguntarle tantas cosas. Pero la garganta se le había cerrado producto de los nervios y meditó que lo más conveniente era permanecer callada, no quería hacer el ridículo.

Con la emoción abrigándolo, el novelista agradeció al público:

—¡Gracias de corazón por acompañarme en este momento tan importante para mí! Esto es lo más lindo de la escritura: ¡ustedes! —afirmó sonriente al mismo tiempo que señalaba a quienes estaban presentes—. ¡Gracias de nuevo! Ahora se viene la firma, no se vayan.

Los aplausos y algún que otro grito eufórico como “Sos lo más”, “Aguante Lorenzo Delaf” lo conmovieron.

Uno de los organizadores del evento, perteneciente al equipo de la editorial, explicó cómo iba a ser la dinámica de la firma. Renata y Clara escucharon con atención cuál era el protocolo a seguir. Ansiosas, aguardaban su turno en tanto conversaban acerca de lo maravilloso que había sido el evento.

Cuando Clara se acercó a Lorenzo, lo saludó con un beso en la mejilla, además de felicitarlo por el éxito de su primer libro. Él le agradeció y escribió sobre la novela una cálida dedicatoria. Clara se alejó con una sonrisa radiante para darle el lugar a su amiga.

Capítulo 7

Renata sentía un cosquilleo en el estómago y sus piernas flaqueaban. Estaba paralizada, no sabía cómo actuar, sentía un nudo en la garganta que le impedía hablar. Lorenzo percibió su nerviosismo y tomó la iniciativa.

—¡Hola! —le dijo a la vez que depositaba sus gruesos labios sobre la mejilla derecha de Renata.

—¡Hola! No puedo creer estar hablando con vos, ¡tengo unos nervios!

—Tranquila, soy de carne y hueso como cualquier persona.

—Con la diferencia de que sos famoso.

—No tanto, estoy recién empezando a hacerme conocido. Igualmente, con fama o sin fama, soy como cualquier tipo —comentó con una sonrisa cargada de humildad—. Te veo cara conocida, ¿me decís tu nombre? Así te firmo la novela.

—Renata. Renata Vázquez. Te escribí hace poquito por Messenger, ¿te acordás? Soy la chica que tiene una librería.

Lorenzo no podía creer tenerla enfrente. Le había costado reconocerla porque la notaba más linda que en las fotos que había visto por Facebook, además de magnética con esos bucles, maquillada de forma sexi y delicada, y con una vestimenta capaz de captar la atención de cualquier hombre. Con tan solo reconocerla, le ocurrió lo mismo que cuando había cenado con sus amigos: ese sueño erótico se puso de manifiesto recorriendo cada parte de su cabeza.

Aprovechando que Renata sacaba el libro de su cartera para que lo firmase, Lorenzo buscó con la mirada a Máximo y Bautista. Disimuladamente, les hizo un par de señas para que comprendieran que esa joven era la lectora con la cual había soñado de manera apasionada. Los amigos respondieron a aquellas señas con sonrisas y murmullos.

—¡Ay, sí! Perdón, te veía cara conocida, pero no me di cuenta de que eras vos —exclamó contento, pero también avergonzado por no haberla reconocido de inmediato—. ¿Cómo estás? ¿Cómo marcha esa librería? —le preguntó al mismo tiempo que se repetía internamente cuán linda era.

—Nada que perdonar. Estoy recontenta, pero muy nerviosa. Y la librería, bien, por suerte, con bastante laburo. ¿Podemos sacarnos una selfi?

—Obvio.

Renata se ubicó bien cerca de él y, cuando ambos sonrieron, capturó esa imagen que revelaba lo feliz que estaba. Se estremeció ante el suave contacto que entablaron sus cuerpos. Lorenzo, por su parte, fue prisionero de un placentero cosquilleo que lo llenó de dicha.

—Volviendo al tema de tu librería, tengo que confesarte que los dos tenemos mucha suerte —declaró cuando Renata terminó de tomar la fotografía.

—¿Suerte? —cuestionó sorprendida—. ¿Por qué?

—Porque estamos rodeados de ficción y eso está espectacular, especialmente cuando es necesario escapar un poco de la realidad.

—La verdad, sí; es algo que me hace muy feliz —respondió pensativa frente a lo que acababa de escuchar.

Se produjo un mágico e intenso silencio. No podían dejar de contemplarse, se sostenían la mirada, una mirada que transmitía mucho más que las palabras.

Ese instante lleno de encanto se rompió debido a los comentarios de las lectoras, quienes se quejaban de la larga conversación entre Renata y Lorenzo. Ella le entregó el ejemplar para que lo firmase, no quería generar inconvenientes con las demás jóvenes que aguardaban su turno. Mientras el novelista plasmaba la tinta sobre el papel, Renata lo observaba emocionada con la adrenalina desplazándose por todo su cuerpo.

Cuando Lorenzo hubo terminado de escribir la dedicatoria, le devolvió el libro y se despidió de ella. No quería hacerlo, pero no tenía opción, aún quedaban lectoras a las que saludar y firmarles su obra literaria.

—Gracias por leer Nuestro amor y por estar hoy en la presentación —expuso levantándose de la silla para darle un cálido abrazo—. ¡Hasta la próxima!

Renata no fue capaz de articular palabra alguna, solo atinó a sonreírle. La felicidad la envolvía por completo, el escritor le había dicho por Messenger que en la presentación le iba a dar un abrazo y había cumplido su palabra. Sintiendo aún su perfume, se alejó para encontrarse con Clara y comentar todos los detalles del evento, no sin antes leer la dedicatoria: “Para Renata, con cariño. Gracias por leer esta historia y por acompañarme en la presentación”. Debajo del escrito, el novelista había estampado su firma junto con la fecha.

La emoción la envolvió por completo. Mientras caminaba y miraba para todos lados con el objetivo de localizar a su amiga, sostenía con fuerza el ejemplar; quería protegerlo y que nadie lo arrancase. Giró para observar una vez más al escritor que le robaba el aliento. En ese momento, creyó desvanecerse: una rubia sumamente atractiva, de vestido negro con la espalda al descubierto, lo besaba de manera apasionada. ¿Acaso Lorenzo tenía novia? ¿Esa mujer había aparecido de repente y no había presenciado el lanzamiento del libro? ¿O había estado desde el inicio de la presentación y ella, obnubilada como estaba, no la había visto?