Entre sombras y sueños - Laura Cosci - E-Book

Entre sombras y sueños E-Book

Laura Cosci

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Beschreibung

¿Cuántas veces puede morir un hombre?   En el Buenos Aires de 1910 Elena Valdez es una joven apasionada e idealista, dispuesta a luchar por lo que le dicta su corazón. Cumple su sueño al participar en el Primer Congreso Femenino Internacional de la República Argentina. Pero esconde una verdad que va a cambiar el rumbo de su vida para siempre: tiene que rebelarse a los rígidos dictados de su padre y enfrentarse a los cánones de la sociedad porteña. Rafael Martel acaba de recuperar su libertad, tras años de pagar una injusta condena que le robó su juventud y lo sumió en el abismo. Acosado por las pesadillas del pasado, su único propósito es hacer justicia. En su búsqueda conoce a Elena y con ella descubre que hay algo más que el hueco oscuro y amargo en el que se ha convertido su vida. Pero cuando antiguos enemigos los acechan y oscuros secretos salen a la luz, el mundo entero parece derrumbarse. El camino les mostrará que no hay vida sin esperanza, que no hay esperanza sin sueños y que el amor es lo único capaz de derribar los muros del corazón. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 304

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025, María Laura Cosci

© 2025, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Entre sombras y sueños, n.º 427 - abril 2025

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Imágenes de cubierta: Shutterstock

 

I.S.B.N.: 9788410744875

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

 

Índice

 

Cita

 

 

 

 

 

Tiendo puentes al infinito, poblado de sueños,

para abrazar alguno y ceñirlo fuerte.

Tomando el aliento del tiempo…

para no secarme, para no perderme.

Y para que mis alas crezcan,

y mis plumas escriban mil versiones,

que rieguen la tierra seca, de flores marchitas.

 

LAURA COSCI

Prólogo

 

 

 

 

 

Ciudad de Buenos Aires, 1898

 

La detonación de un disparo proveniente de la habitación contigua sacó al muchacho de su sopor. Vestido con su ropa de cama, salió con prisa y corrió por el pasillo hasta ingresar, atolondrado, al cuarto que compartía su padre con la esposa. Perlas de sudor brillaban en su frente y su corazón latía ensordecedor en su pecho.

Se detuvo en seco y sus ojos se abrieron con espanto e incredulidad. Intentó, pero no pudo articular sonido. Se precipitó junto al cuerpo que yacía herido de muerte sobre la fina alfombra que cubría el piso, a un costado del lecho conyugal.

Desesperado, colocó sus manos temblorosas sobre el pecho de su padre, en un intento vano de detener la mancha carmesí que, lentamente, se esparcía tiñendo sin piedad la camisa blanca.

—¡Padre! ¡Padre! —gritó desgarrado, notando cómo la vida se apagaba en esa mirada que, estupefacta y vidriosa, quedaba clavada en algún punto perdido del cielo raso—. ¡No! ¡No! Por favor, no…

Se puso de pie y se abalanzó con un grito de furia contra la mujer que aún sostenía el revólver en su mano. Se lo arrebató y la apuntó con él, fuera de sí.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué lo hizo? —chilló.

—Yo no he hecho nada, has sido tú —dijo, venenosa.

La mujer de mediana edad, bella y de aguda mirada celeste, se mantuvo firme y sin emitir palabra al tiempo que comenzaron a escucharse algunos pasos y voces provenientes del pasillo.

—¡Joven Martel! Baje el arma.

Como perdido, el muchacho de cabellos oscuros paseó su vista ambarina entre la mujer y los hombres que estaban parados en el umbral de la habitación. Uno era Horacio Farías, el hijo de la infame dama que acababa de asesinar a su padre, y el otro, un oficial de policía que durante el último tiempo había venido a la casa, acompañándolo en varias ocasiones.

El joven soltó el arma y la dejó caer al piso.

—Tiene que apresarla, esta mujer le disparó a mi padre —dijo balbuceante, señalando con dedos temblorosos a la arpía que impávida contemplaba la escena.

El oficial de policía ingresó cauteloso a la habitación, pero en vez de dirigirse hacia la reciente viuda, con un movimiento veloz redujo al muchacho contra el piso.

—Rafael Martel, queda detenido por el homicidio de su padre, don Antonio Martel.

 

 

Había transcurrido horas interminables sentado en el piso de esa celda maloliente. Se hallaba incomunicado. Ni siquiera sabía si el resto de su familia estaba enterada de lo sucedido o qué habían hecho con el cuerpo de su padre.

Su padre… Cerró sus párpados como si con ese gesto pudiera deshacerse de la cruel realidad. Crispó sus puños sobre sus cabellos oscuros y las lágrimas se escurrieron por sus ojos cerrados, dejando un rastro sobre las mejillas sucias. Le habían arrebatado a su padre.

Eran como uña y carne y, si bien podía ser un guía exigente y firme, era al mismo tiempo cálido y afectuoso. Sin él, se sentía desolado y vacío.

Un ruido proveniente del pasillo de ingreso a las celdas lo sacó de sus cavilaciones. Se puso de pie, con los ojos abiertos de par en par, cargados de expectación. Tal vez se tratara de su tío, él lo ayudaría a salir de allí.

Sin embargo, quien se encontraba frente a él era Horacio, el hijo de la mujer que se había casado con su padre hacía unos años y que había gozado de su amabilidad y buena vida durante todo ese tiempo.

Tenía poco más de veinte años, era licencioso y le gustaba la juerga. Había escuchado a su padre quejarse en varias oportunidades de su comportamiento. Con su cabello castaño claro casi rubio, igual al de la madre, y su bigote ondulado a la moda, lo miraba del otro lado de las rejas con un desdén triunfal.

—¿Quién diría que el mozalbete que era orgullo de Antonio Martel ahora se encuentre en este estado deplorable? Asustado como un crío lloroso y acusado nada más y nada menos que de asesinar a su propio padre.

Impulsado por la ira, al tiempo que profería un grito descarnado, Rafael se abalanzó y lo agarró del cuello a través de las rejas. Estaba fuera de sí y en ese instante podría realmente convertirse en un asesino.

Horacio le asestó un golpe en las costillas y Rafael se desplomó sobre el suelo hediondo de la celda. Su verdugo se acuclilló para hablarle en voz baja, aunque allí estaban únicamente ellos dos.

 

 

—Te has salvado del fusilamiento porque con catorce años, siendo menor de edad, no pueden aplicar la pena capital. Pero eso no importa, este asunto no pudo demorarse más, dado el inoportuno viaje que planeaba hacer tu padre contigo por el extranjero. Quiero que sepas que, si bien tu tío intentará por todos los medios demostrar tu inocencia, eso será imposible y te pudrirás en la Penitenciaría de Las Heras por el resto de tu vida. Que no mueras ahora da igual, porque esa será tu tumba. —Sonrió cínico al escuchar el llanto de Rafael—. No te preocupes, mi madre y yo cuidaremos y disfrutaremos del patrimonio Martel. Por las condiciones de tu crimen, serás despojado de todo.

Se irguió y lanzó una última mirada de desprecio al cuerpo que, ovillado sobre el piso, se sacudía por los sollozos.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Ciudad de Buenos Aires, 1910

 

El viento helado silbaba entre los altos muros del penal. Carcajadas siniestras se colaban en el silencio, convirtiendo la noche en un tormento.

No sabía si su cuerpo temblaba por frío o miedo. Con los ojos vendados, lo conducían por el patio, entre palabras obscenas y golpes que le dificultaban el paso de sus pies engrillados.

Creía que ya se había acostumbrado a la brutalidad, pero no podía controlar el terror que lo invadía. ¿Qué pretendían esta vez? Lo sentaron con brusquedad en un banco contra el paredón de piedra.

—¡Preparen!

Sintió el sabor de sus propias lágrimas en la boca, al tiempo que los guardiacárceles aprestaban sus armas.

—¡Apunten!

¿Cuántas veces podía uno morir? Comenzó a rezar para poner su alma en manos de Dios, un Dios en el que no creía desde hacía años.

—¡Fuego!

El estruendo ensordecedor aún resonaba en sus oídos. Se sentó agitado, bañado en sudor. Dirigió su vista vidriosa hacia la ventana y observó que aún no había amanecido. Se incorporó de la cama despreciándose a sí mismo por su debilidad y porque sus pesadillas lo hacían llorar como un niño y revivir una parte de su vida que necesitaba dejar atrás para siempre.

Tomaría un baño, eso lo ayudaría a relajarse y recuperar el control. El agua caliente rodó por su cuerpo, que en varios lugares de su torso y espalda denotaban los rastros de los castigos recibidos durante su encierro. Al finalizar, terminó de vestirse frente al espejo contemplando una imagen que le era ajena. Seguía sin reconocerse en ese rostro firme, de barba incipiente y cabello oscuro prolijamente recortados.

Durante años, en su recuerdo habitaban los rasgos de un muchacho de casi quince años. Ahora, frente a sí, tenía el reflejo de un hombre cuyos ojos ambarinos fijos en el espejo eran los de un desconocido.

 

 

Un apremio que ya le era familiar lo puso en camino hacia el único sitio que le traería algo de sosiego.

Los cascos de los caballos retumbaron en la calle adoquinada y parecían ser lo único capaz de quebrar la quietud y silencio de una ciudad que se hallaba dormida. Había convivido tanto tiempo con el silencio que la mayoría de las veces lo prefería al bullicio de una urbe que en su apogeo desbordaba vitalidad.

No podía imaginarse qué tipo de hombre sería si no hubiera pasado doce años tras los muros del presidio, y ya no valía la pena ni siquiera pensarlo. Quien fue o podría haber sido quedó enterrado la noche en que murió su padre.

Su traslado a la Penitenciaría Nacional situada en la calle Las Heras no se había demorado. Inaugurada en el año 1877, se convirtió en la cárcel más moderna del país y, si bien en aquel entonces se hallaba emplazada en un área descampada, en la periferia norte de la ciudad, con el correr de los años había quedado rodeada por uno de los barrios más elegantes y prestigiosos, el barrio de Palermo.

Envuelto en una nube de irrealidad, Rafael se había encontrado frente a los muros de más de siete metros de alto por cuatro de ancho, de lo que parecía una fortaleza almenada y amurallada invulnerable. Siete pabellones convergían en un puesto de observación central y toda la periferia estaba, a su vez, circunvalada por una reja de hierro.

En cada pabellón se hallaban las celdas individuales distribuidas en dos pisos. Para Rafael, los muros de piedra de su celda, junto con la pequeña abertura de escasos veinte centímetros, fueron su nicho fúnebre. El traje a rayas que le entregaron el primer día, junto con el birrete, se convirtieron en su segunda piel. Y su nombre quedó en el olvido para transformarse tan solo en un número de presidiario.

«Obediencia, silencio y trabajo» eran los estrictos principios del presidio.

Bajo ese código de inflexible disciplina, había pasado lo que parecía una vida bajo el rigor de los castigos corporales y la tortura por pura diversión, que incluía golpes con cachiporras y fusilamientos simulados. Como si eso no bastara, le habían agregado a la pena el aislamiento a pan y agua por veinte días cada aniversario de su condena.

Volver de semejante marginalidad no era nada fácil. Hacía unos meses que había recuperado su libertad y no creía poder acostumbrarse al nuevo mundo en el que se encontraba.

Ante tamaña realidad, preguntarse qué hubiera sido de su vida no tenía ningún sentido. En aquel momento, era el hombre que podía ser para sobrevivir.

 

 

El cementerio de la Chacarita quedaba bastante alejado y, cuando el coche se detuvo, el cielo empezaba a clarear. Una leve brisa fresca mecía las hojas de los árboles y el canto matinal de los pájaros acompañaron su andar taciturno por los caminos de grava. Estar allí lo ayudaba a desahogar su amargura.

Se detuvo frente a una tumba cuidada con esmero, se acuclilló y pasó su mano acariciando con suavidad la inscripción de la lápida: Antonio Martel 1846-1898. Hombre honorable, devoto y amoroso con los suyos. Q. e. p. d.

Se escuchó decir con voz grave y profunda, nacida del dolor que ceñía su pecho y anegaba su mirada:

—Dijiste que siempre estarías a mi lado, pero no te dejaron cumplir. Se llevaron tu vida de modo ruin y miserable, y a mí me enterraron contigo. Sellaron mi nombre, que no fue vuelto a pronunciar durante años, borraron mi existencia, pero volví de entre los muertos y no descansaré hasta hacer justicia y que todos los culpables sean castigados… No tengo nada más que hacer en esta maldita vida.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Acomodó su sombrero de color crema y copa ancha, que se había inclinado sobre su cabeza, y miró alrededor embargada por la emoción. Aquel 18 de mayo de 1910 sería memorable. El salón de eventos de la Unione Operai Italiani ya estaba colmado de mujeres unidas para alzar su voz, dispuestas a trabajar con tesón y voluntad por el progreso y la conquista de sus derechos.

El orgullo le expandía el pecho y sentía el entusiasmo recorriendo todo su cuerpo. Finalmente, después de dos años de trabajo, estaba por dar inicio la sesión inaugural del primer Congreso Femenino Internacional de la Argentina.

La orquesta comenzó a tocar los acordes del Himno Nacional y no pudo evitar que sus ojos pardos se empañaran y la piel se le erizara. Para ella no había mejor manera de festejar el Centenario de la Revolución que con aquella congregación donde había mujeres de todo el mundo que, en persona o a través de su adhesión, apoyaban el evento. Cuando la orquesta tocó los últimos acordes, resonaron calurosos aplausos que se sucederían en varias ocasiones esa tarde.

Luego de algunas palabras alusivas, la presidenta de la comisión organizadora cedió su lugar para dar inicio al discurso inaugural.

Había tenido el azaroso privilegio de leerlo con antelación y, a medida que lo escuchaba de boca de la doctora Ernestina López, su mente lo repetía como si fuera ella misma la oradora:

«Se ha dicho que cada época tiene sus hombres y ¿por qué no diríamos también que tiene sus mujeres?… He aquí por qué el Congreso Femenino Internacional ha querido incluir en su programa todos los asuntos que de una u otra manera concurran a preparar el advenimiento de una era en que la mujer, siendo más dueña de sí misma, pueda tener una acción más intensa en la sociedad…».

El discurso continuó, fue extenso, fervoroso y se explayaba sobre la interpelación a conseguir para la mujer la «triple libertad de aprender a pensar, sentir y obrar por sí sola».

Al finalizar, el aliento colmaba el salón y sobre todo su corazón. Debía admitir que sentía una excitación como jamás había experimentado.

Luego tuvieron lugar las palabras de las delegadas de Chile, Uruguay, la delegada por la Liga Nacional de Librepensadoras y el Centro Socialista Femenino. Durante los intervalos, la orquesta también interpretó los himnos de Chile, Italia, Uruguay y La marsellesa.

Aprovechó la oportunidad de intercambiar ideas con compañeras de otras comisiones de trabajo, ya que ella había participado de la de Sociología y se encontraba ávida por saber de otras investigaciones. Conoció a interesantes mujeres venidas de países vecinos y de Europa.

Aquella era la primera jornada de un total de cinco y concluyó con las palabras de clausura a cargo de la doctora Cecilia Grierson, impulsora fundamental para la realización de este congreso.

Terminada la jornada, sus pies volaron por las veredas angostas de la ciudad, de camino a la casa de su tía. No le importó el aire gélido del otoño sobre su rostro, su interior estaba colmado del calor de la dicha y, si bien no eran pocas calles las que tenía que caminar, prefería hacerlo antes que viajar en el tranvía atestado de gente.

Cuando traspasó el umbral, su corazón palpitaba agitado. Se acercó al mueble recibidor, colgó el abrigo azul en el perchero, guardó la sombrilla adornada con frunces y volantes en el paragüero y dejó sus guantes y sombrero sobre el aparador. Se detuvo frente al espejo un instante y estaba tan feliz que esa vez no se fastidió al contemplar que el recogido de su peinado estaba un tanto deshecho y su cabello oscuro caía a los costados de su rostro ovalado. Hizo un mohín restando importancia a su aspecto y se encaminó exultante a la salita de lectura.

Era un espacio acogedor que amaba, con la gran biblioteca de nogal que se extendía a lo largo de la habitación y aquel rinconcito predilecto donde se ubicaban dos sofás mullidos y de amplios respaldos. Entre ellos había una mesita ovalada de apoyo y una lámpara de pie. La suave alfombra que cubría ese sector especial combinaba sus tonos verdes y ocres con los cortinados crema que enmarcaban el ventanal que daba al patio trasero de la vivienda.

Su tía estaba tan absorta leyendo, acomodada en uno de aquellos silloncitos, que no la había escuchado entrar.

—¡Tía Elsa!

La mujer delgada, de piel traslúcida levemente arrugada y cabellos canos, levantó su mirada perspicaz del libro que tenía entre sus manos. Al instante percibió los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas de su sobrina y le sonrió con calidez.

 

 

Con un gritito de alegría, Elena se acercó a su tía y tiró de ella para ponerla de pie y hacerla bailar al compás de una música imaginaria.

Su sobrina era una muchacha como tantas otras, de estatura media, ojos marrones y cabello castaño oscuro. Pero de ella emanaba tanto entusiasmo y vitalidad que era imposible no verse influenciado por tal espíritu, y ese era su mayor atractivo y tesoro. Hacía honor al significado de su nombre «mujer que resplandece». Estando cerca, hasta el rostro más agrio se ablandaba. Ella misma era prueba de eso.

—¡Para de una vez! Me harás marear y caer con tanta voltereta —dijo Elsa en falsa reprimenda—. Ven, siéntate y tomamos un licor mientras me lo cuentas todo.

—Si mi padre supiera que me convida con un licor, pondría el grito en el cielo —bromeó.

—Elena, si tu padre supiera tantas otras cosas que haces, haría más que poner el grito en el cielo.

Al escuchar a su tía, algo de su entusiasmo se apagó. En verdad, si su padre se enterara de sus actos, de seguro no solo la reprobaría, sino que se sentiría traicionado. Eso le pesaba, pero tenía la certeza de que a quien no podía traicionar era a ella misma.

Elsa apoyó la botella en la mesita y se le acercó arrepentida de haber mencionado a su intransigente hermano. Con afecto, tomó el rostro de su sobrina entre sus manos.

—Olvida lo que dijo esta vieja aguafiestas. Ya me encargué de tu padre, le envié mensaje diciendo que mi salud continúa delicada y que necesito aún de tus cuidados, por lo que te quedarías unos días más en mi casa. De todos modos, con el clima revuelto que hay en las calles, justo en este momento en donde hay que mostrarle al mundo el brillo de la Nación, ni advertido estará de tu presencia o ausencia… Ahora cuéntame todo lo acontecido este día tan importante para nosotras.

El entusiasmo volvió a Elena a medida que le relataba a su tía con lujo de detalles el primer día del congreso.

—Se han presentado tantos trabajos que no podrán ser leídos. Cada comisión dará un informe de ellos, las conclusiones y luego se votarán las proposiciones.

—Si las integrantes de cada comisión han puesto la mitad del empeño y trabajo que has puesto tú, entonces, no tengo dudas del éxito de este congreso y de lo importante que será para nuestro futuro y el de todas las mujeres. Lo que está en marcha será arduo y costoso, pero ya nadie lo puede detener.

Ambas mujeres permanecieron en silencio con la vista perdida en el fuego que crepitaba en el hogar. Elena se sintió afortunada de contar con el amor y apoyo de su tía, ella la entendía como nadie. No era fácil encontrarse del lado contrario a lo que se esperaba de ella y de las mujeres en general.

Tantas normas que acatar para resguardar la reputación y buen nombre, tantas reglas que cumplir para que una mujer sea considerada decente y honorable, y qué injusto que la más mínima transgresión, según esas ajustadas reglas, significara la ruina y tragedia social. Muchas veces se sentía sola e inapropiada, aunque no lo demostrara.

—La delegada de Chile dijo algo tan bello. Que una mujer que pudiera conseguir la libertad de pensar, sentir y obrar por sí sola, podría estar más cerca del compañero de su vida y que la unión sería entonces del cuerpo y del espíritu, y que unidos de esa manera es como se forma un hogar feliz…

Elsa dio unas palmaditas en las manos de su sobrina, sabía que Elena añoraba sentir el calor de un hogar amoroso que nunca había tenido.

Su madre había estado muy enferma y finalmente había fallecido cuando Elena tenía tan solo tres años. Y, si bien ella había dedicado su vida a estar junto a su pequeña sobrina todo lo que le fue posible, ambas habían estado siempre bajo los estrictos dictados y frialdad de su hermano.

Suspiró. La vida no era tan sencilla, pero no sería ella quien le robara la confianza y los anhelos a su sobrina. Sirvió otra ronda de licor y alzando su copita dijo solemne:

—Brindemos por las mujeres con agallas y el espíritu libre como el tuyo, y por quienes se atrevan a acompañarlas en sus caminos.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Parada de puntillas sobre una silla, haciendo malabares para devolver un libro a la biblioteca, se encontraba una muchacha que, si continuaba con ese afán, sin dudas terminaría en el suelo dándose un buen golpe.

El abrigo que llevaba puesto limitaba sus movimientos y con la mano libre parecía dudar entre sostenerse de algún estante o enderezar el sombrero que se inclinaba peligrosamente sobre su rostro impidiendo su visión. Parecía ágil, con su cuerpo menudo y curvas suaves, pero lo que intentaba hacer era imposible.

—Señorita…

Sorprendida, la muchacha lanzó un grito y, a punto de caerse, soltó el libro para sostenerse con ambas manos de uno de los estantes de la biblioteca de caoba empotrada, que ocupaba el largo de la pared y llegaba hasta el techo.

Al recuperar el equilibrio, se dio la vuelta lanzándole una mirada acusadora.

—¡Por Dios, señor, casi muero del susto! ¿Cómo puede ser tan imprudente?

Resulta que el imprudente era él. Sonrió, no pudo evitarlo. La muchacha bajó y se apresuró a recoger el libro del suelo. La escuchó suspirar aliviada al comprobar que no había sufrido ningún daño. Entendía su preocupación, el dueño de todos esos libros cuidaba a cada uno de ellos como un tesoro.

Hebras castañas habían escapado de su peinado, cayendo a los costados de su rostro, en total desorden. La vio acomodar su sombrero y, entonces sí, centró su atención en él. Sus mejillas sonrojadas no alcanzaban a disimular unas cuantas pecas que por aquí y por allá salpicaban sus pómulos. Se sorprendió pensando que le daban un aspecto fresco y encantador. Sus labios eran un capullo perfecto y sus ojos francos de color pardo parecían centellar con un fulgor especial.

Elena evaluó al hombre que tenía enfrente, el cual era muy apuesto, pero tal vez un poco lento para comprender situaciones. Se había quedado quieto y no hacía más que mirarla en silencio con esos extraños ojos amarillos. Por cierto, su aspecto era bastante saludable; bajo su traje oscuro podía adivinarse una contextura de hombros anchos y pecho plano que denotaba la práctica de algún deporte o algún trabajo que requería del esfuerzo físico. No, no parecía alguien con problemas para entender, pero, por si acaso, se lo explicaría.

—Señor, tal vez no es consciente del accidente que estuvo a punto de provocar. Realmente no debería entrar a un lugar con semejante sigilo.

—Lo lamento, años de estar acostumbrado al silencio. —La muchacha lo miró extrañada, sin entender su ironía—. Debo decirle que estaba tan absorta en su tarea que posiblemente no escucharía ni a una turba de huelguistas entrando por esa puerta.

La vio sonreír, con sus ojos iluminados por el humor. Por segunda vez, en el corto tiempo de unos cuantos minutos, él mismo se encontró sonriendo nuevamente.

Elena esperaba que ese accidente no llegara a oídos del señor Martel, sabía lo cuidadoso que era con sus libros y ella estaba muy agradecida por la generosidad que había tenido con ella al dejarle usar y consultar libremente todo lo que necesitaba para su trabajo en la comisión. No quería defraudar esa confianza.

—Dado que no se produjo ningún crimen y ambos asumimos nuestra parte de culpa en todo esto, no será necesario mencionarle este episodio al señor Martel. ¿Qué le parece?

—Sería lo justo y, si me permite —dijo el desconocido acercándose a ella para tomar el libro de sus manos—, puedo ayudarla con esto…

La inundó el aroma fresco del perfume del caballero y alzó sus ojos para encontrarse con los de él. La recorrió un extraño cosquilleo y su corazón latió desbocado. ¡Qué tontería, por Dios! Le entregó el libro y se hizo a un lado para darle paso.

Lo observó subirse a la silla y colocar el libro en su lugar sin ningún inconveniente. Pero si ese hombre que le llevaba más de una cabeza había tenido que estirar su brazo al máximo para ubicar el libro, cómo no se había dado cuenta de que ella nunca iba a poder lograr su cometido.

La tía Elsa tenía razón cuando le decía que debía pensar más antes de actuar, si no, tarde o temprano se metería en problemas. La embargó una premura que la instaba a salir de allí.

—Bueno, ahora que está todo en su lugar, me marcho. ¿Usted necesitaba hablar con el señor Martel?

—Sí, así es…

—Él no suele venir tan temprano en la mañana. —Elena dudó—. No sé si sería correcto que lo espere en su oficina si él no se encuentra aquí.

—No se preocupe, quedamos en este horario, y Enrique Martel y yo somos viejos conocidos. —Notó el alivio en la joven, era evidente que quería marcharse.

—De ser así, no creo que haya ningún problema en que usted lo aguarde. Gracias por su ayuda.

Él vio el brazo extendido y le devolvió el saludo apretando suavemente esa mano enguantada que se le ofrecía.

—Adiós.

La siguió con la mirada hasta que salió cerrando la puerta tras de sí. Debía reconocer que, después de tantos años, volvía a sentir curiosidad por algo o, mejor dicho, por alguien. ¿Quién era esa mujer que podía estar allí, en esa oficina, sin ningún tapujo? Meneó su cabeza, desconcertado por un encuentro tan particular.

Se dirigió al ventanal, la vista era privilegiada. El edificio se encontraba sobre la avenida de Mayo, que unía la casa de Gobierno con el Congreso, y en ese momento se hallaba engalanada de fiesta para los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo.

Símbolo de la modernidad urbana, era la primera avenida de Sudamérica y emporio no solo de vida social, sino de actividades comerciales, donde había oficinas, grandes tiendas, hoteles y restaurantes lujosos.

Caminar por sus veredas anchas, arboladas con plátanos, podía confundir al transeúnte ilustrado haciéndolo creer que se hallaba paseando por alguna de las principales capitales europeas como París, Madrid o Londres. Tal era la opulenta fisonomía de sus construcciones, que era orgullo de la elite de Buenos Aires.

Rafael se dirigió al escritorio, se quitó el sombrero de felpa negro y ojeó el titular del periódico que se encontraba allí: Que el mundo vea la otra cara de la ciudad dorada. Sin duda, en los últimos años, las cosas habían cambiado bastante. Algunas para bien, mientras que otras, no tanto.

Un país cuyo progreso se codeaba con las potencias del mundo, pero a costa de hombres, mujeres y niños que trabajaban sin contemplación y sin reconocerles ningún derecho. En su deambular nocturno, él mismo era testigo de niños de entre ocho y doce años que por la noche dormían en las calles, posiblemente sin haber comido, o a las cuatro de la mañana ya se encontraban a la intemperie, en las puertas de los diarios, aguardando que se les entreguen los ejemplares para la venta, teniendo a sus familias viviendo lejos del centro.

Por un lado, el brillo; por el otro, la opacidad.

Hizo una mueca irónica, tanto como allí afuera, las luces y sombras habitaban también en el interior de cada uno, solo quedaba reconocer en qué lugar se empecinaba la vida en dejarte. A él lo había arrojado a lo más profundo.

 

 

Excepto la búsqueda de justicia, su vida era suelo yermo; no lo habitaba ningún anhelo, ningún deseo. Era una sombra y no creía ni siquiera poder advertir la luz, aunque la tuviera delante. Su mente volvió al breve encuentro con la muchacha desconocida y la tensión de su cuerpo se relajó.

«Tal vez, si existiera algo así como la luz, tenía que ser lo más parecida a ella». Ese pensamiento lo hizo sonreír por tercera vez en doce años.

Absorto en sus cavilaciones, no escuchó que alguien entraba a la oficina, y menos que lo llamaban por su nombre. El mismo tiempo que llevaba sin sonreír era el que no habían vuelto a pronunciar su nombre.

Sintió una mano sobre su hombro y su mirada se encontró con la de Enrique Martel, su tío.

—Rafael, ¿qué te tiene tan concentrado que no me escuchas cuando te llamo? —Le palmeó nuevamente la espalda y se sentó frente a su escritorio—. ¿Llevas mucho esperando?

—En verdad no, solo unos cuantos minutos.

Don Enrique se reclinó en su sillón de cuero y, mientras se acomodaba el extremo enroscado de su bigote blanco, miró a su sobrino con suspicacia. Lo preocupaba, sabía que nada de lo que había vivido era fácil, pero ahora que meses atrás había recuperado su libertad, tenía que comenzar a rehacer su vida.

Pero era testarudo y no daba el brazo a torcer. Carraspeó antes de mencionar un tema que sabía lo pondría a la defensiva.

—Espero hayas reconsiderado tu decisión de vivir solo en el departamento de arriba de las oficinas y vengas a vivir con nosotros, tu familia. Tu tía y tu prima han regresado de su viaje y se sorprendieron al saber que aún no te has instalado en la casa. Sabes que tu prima Luisa no cejará en su insistencia hasta lograr que ya no vivas solo aquí y te mudes con nosotros.

Rafael se puso tenso, no quería volver a discutir de las mismas cosas con su tío. Se inclinó hacia adelante en la silla que había ocupado frente a él y le habló con calma y determinación.

—Sé que se preocupan por mí, pero necesito tiempo para acostumbrarme a ciertas cosas. Si es necesario, hablaré personalmente con mi prima. Vivir con ustedes no es una opción por ahora.

 

 

—Bueno, como prefieras —dijo ofuscado. Luego palmeó el periódico que estaba sobre el escritorio—. Parece que una de nuestras presas estará ocupada estos días con la amenaza de huelga y todas las protestas que se suceden en la ciudad y comprometen los festejos del Centenario ante los ojos de los invitados extranjeros.

—Eso parece. Estuve pensando en todos los detalles que me dio de su plan, pero aun si demostráramos que ambos están involucrados en delitos varios como la trata de mujeres, lo cual solo los condenaría con suerte a pocos años de prisión, ¿cómo lograríamos exponerlos ante la justicia como autores intelectuales y cómplices del asesinato de mi padre?

—Aún no puedo garantizar el cómo, pero uno es una persona acaudalada y conocida en el mundo de los negocios, y el otro es un funcionario importante en un cargo sensible.

—Tal vez sus negocios sucios sean nuestro puente para lograr demostrar que, de una u otra forma, estuvieron involucrados en el crimen de mi padre, aunque no me imagino cómo podemos llegar a esa conexión.

—Si para llegar al hijo de esa mujer, que entró a la vida de tu padre para luego quitársela vilmente, tenemos que empezar cortando por el hilo más delgado…, así será. Todo hombre tiene su talón de Aquiles, Rafael, y nos valdremos de ello para hacer justicia.

Para Rafael no sería algo fácil de lograr y tenía sus dudas, pero contaba con todo el tiempo del mundo. No tenía otro motor en su vida que ver a esos miserables tras las rejas, tardara lo que tardase en conseguirlo.

Se puso de pie para marcharse y su tío lo miró fastidiado.

—¿Ya te marchas? Pensé que desayunaríamos juntos.

Los penetrantes ojos de su tío, tan parecidos a los suyos, lo instaban a quedarse, pero no estaba dispuesto a dejarse intimidar.

—Lo siento tío, sabe que desayuno mucho más temprano y que me esperan en la academia. —Rodeó el escritorio y dio un fuerte apretón en el hombro de su tío—. Gracias por todo su apoyo y preocupación.

—¿Por qué tienes que ir a ese lugar de pugilistas? —Enrique se sentía indignado.

—Porque soy el socio del dueño, es lo único que me quedó del legado de mi padre, y porque me encanta el boxeo tanto como le gustaba a él.

 

 

Era verdad. Enrique recordó que su hermano adquirió parte de ese establecimiento solo porque allí se practicaba el boxeo, un deporte que por aquella época era incipiente y muy mal visto, como lo era aún hoy. Una actividad vulgar y violenta en su opinión, pero su hermano había llevado consigo a Rafael varias veces antes de morir. Si ambos compartían ese gusto, él no podía interponerse.

—Bueno, ¿quién soy yo para decirte en qué ocuparte? Solo ten cuidado, sabes que las peleas están prohibidas.

—No se preocupe, nada de lo que hago es ilegal. —Se encaminó hacia la puerta, pero de pronto se detuvo—. Por cierto, al llegar me encontré con una muchacha que había venido a devolver un libro a su biblioteca.

Su tío pareció sorprendido, pero luego le respondió con naturalidad:

—Debe de ser la señorita Elena. Forma parte de un par de asociaciones feministas, entre ellas la que aboga por la lucha contra la trata de blancas. Ha estado trabajando en ello por un tiempo. Nos hemos ayudado mutuamente, me ha conectado con personas que me han aportado mucha información sobre el tema que nos interesa.

—Bueno, ahora entiendo la confianza para moverse en su estudio. Nos vemos, tío. —Rafael se encasquetó su sombrero de media copa antes de salir.

«Elena». De seguro volverían a verse y, por alguna desconocida razón, pensar en ello aligeraba su ánimo normalmente sombrío.

Capítulo 4

 

 

 

 

 

La academia funcionaba en la planta baja de un edificio de dos pisos. No era un lugar de lujo, pero sí se diferenciaba en las instalaciones y la concurrencia de otros establecimientos ubicados cerca del bajo, en la zona de las dársenas.

Las peleas por dinero o como espectáculos rentados estaban prohibidas en la Capital desde 1892, por considerar que los match eran espectáculos repugnantes y feroces que atentaban contra el buen gusto. Aun si en la actualidad el boxeo seguía sufriendo los embates de la mala prensa, su crecimiento se expandía, así como las peleas clandestinas o las que se organizaban en Avellaneda o Barracas, donde no corría la prohibición que ostentaba la Capital.

Se abrían cada vez más establecimientos destinados a la enseñanza y práctica del deporte, lo cual estaba permitido, y los clubes más exclusivos, donde asistían hombres encumbrados, contrataban como profesores a destacados pugilistas venidos de Norteamérica o Inglaterra. Los luchadores locales combatían entre sí o con marineros ingleses o estadounidenses.