La caída de la Ninfa - Laura Cosci - E-Book

La caída de la Ninfa E-Book

Laura Cosci

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Beschreibung

¿Puede el amor convertirse en un bálsamo sanador? Sofia Olivares, tras perder a sus amados padres durante la terrible epidemia de fiebre amarilla que azotó Buenos Aires en 1871, se ha jurado velar por la seguridad de su hermana menor, Lucía. Pero sus destinos caen en manos de su inescrupuloso tío político, devenido en tutor legal. Don Manuel Gutiérrez ha dilapidado la herencia familiar y, apremiado por las deudas de juego, intenta mantener su estatus social a costa del destino de sus pupilas. Entre la alta sociedad porteña, Fausto Lezica, un poderoso y acaudalado hacendado de Buenos Aires, lucha con el estigma de ser un bastardo. Su refugio es el campo que lo vio nacer, pero allí un hombre desterrado está acechándolo para cobrarse con sangre una antigua deuda. Cuando Sofia y Fausto se conocen en un baile de máscaras, sienten una inexplicable y abrasadora atracción, pero pronto su encuentro toma un giro inesperado y son víctimas de una trampa de la que ninguno podrá salir indemne. En medio de la desconfianza y el rencor, ambos trazarán su destino juntos. ¿Podrá la fuerza de esa atracción sobreponerse a las situaciones adversas que los rodean? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 436

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2022 María Laura Cosci

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

La caída de la Ninfa, n.º 338 - septiembre 2022

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1141-137-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Nuestras almas perdidas no sabían…

Que desnudas y sin ropaje, vagaban en busca de palabras que las envuelvan

y miradas que las abracen.

Nuestras almas frías no sabían, que luchaban para no desaparecer,

como lo hace el sol en el ocaso.

Y que perdidas, desnudas, frías y solitarias

anhelaban encontrar

un gran amor que las pudiese rescatar.

 

Laura Cosci

Prólogo

 

 

 

 

 

Estancia La Deseada, al sureste de la laguna de Monte, 1854

 

Era una noche cerrada como pocas, sin luna que alumbrara los campos y un viento que silbaba sin tregua.

Un ululato penetrante quebró la noche. El hombre alzó su vista y no se atrevió a decir nada…

En esos pagos se sabía del mal presagio que arrastraba el ululato de un búho cerca de cualquier morada. Infinidad de veces había escuchado, ronda de mate de por medio, lo que aquel canto significaba: desgracia, muerte…

—¡Cruz diablo… cruz diablo… cruz diablo!

Repitió tres veces la mujer que entraba al rancho, en una letanía que era lo que se acostumbraba para espantar el mal augurio.

Se escucharon otros gritos que desgarraron la noche. Estos provenían del interior del rancho y eran de María.

Inseparables desde chicos, la había conocido cuando llegó desde las tolderías a la estancia con su madre. Aprendieron a cuidarse el uno al otro y se querían como hermanos, aunque no lo fueran.

María era chispeante, voluntariosa y él no había podido persuadirla cuando supo en quién había posado sus ojos. En este momento sentía que le había fallado en lo más profundo, un nudo le cerraba la garganta y sus pensamientos, más oscuros que la noche, no le daban tregua.

 

 

Unos golpes a la puerta lo sacaron de su ensimismamiento. Apuró la copa de coñac antes de hacer pasar a su mayordomo.

—Novedades —dijo autoritario.

—Patrón…, la china murió en el parto, ¿qué hago con el guacho? ¿Se lo tiro a los perros nomás? —dijo socarrón, complacido por su ocurrencia.

Don Martín Lezica se vio atravesado por la furia, tomó la fusta que se hallaba sobre el escritorio y, sin mediar palabra, fustigó a su impertinente mayordomo en el rostro con todas sus fuerzas, abriéndole en dos la mejilla.

Hacía tiempo que lo notaba alzado y cada vez más atrevido. Si pensaba que le permitiría esas ínfulas solo por conocer su secreto, se equivocaba. Era tiempo de deshacerse de él.

—Al que voy a tirar a las fieras es a ti si te vuelvo a ver por acá —le espetó—. Toma tus cosas, te quiero fuera de mi estancia.

Lorenzo se tomó la mejilla sangrante, sorprendido con el castigo recibido. No entendía qué estaba sucediendo, pero conocía ese tono de fría calma. Su patrón era un hombre sin escrúpulos que avanzaba llevándose todo a su paso. Cuando tomaba una decisión no había vuelta atrás.

—¿Irme? ¿Dónde? Le sirvo desde hace años. —Lorenzo balbuceó desesperado ante el rostro impávido de Martín Lezica—. Si me corre, voy a contar lo del guacho.

—Entonces, antes de que te largues, tendré que cortarte la lengua —dijo con cinismo don Lezica y prosiguió con su amenaza—: No le dirás nada a nadie porque, si lo haces, ten por seguro que te encontraré y terminaré con tu vida.

Un sudor frío cubrió la frente de Lorenzo, el viejo era capaz de eso y más. Tantos años mostrándole de mil maneras su lealtad inquebrantable, siguiendo sus órdenes como un perro faldero, para que lo echara de una patada en el culo hacia la desgracia. Porque irse así con lo puesto, sin papeleta de conchabo siquiera, era una sentencia a una vida miserable.

Se tragó la inquina y el odio que comenzaba a retorcerle las entrañas. Mataría a ese viejo hijo de puta a la primera oportunidad. Ese momento llegaría. Con este juramento en su mente y la cabeza gacha salió de la habitación.

Mientras lo veía partir, don Martín pensaba en el descaro de ese miserable. Cómo se atrevía a hablarle de ese modo, a sugerirle siquiera qué debía hacer. No era más que un pobre peón con ínfulas de gran cosa. Le había servido y muy bien, pero ahora se hubiera convertido en un estorbo. Siempre pasaba así con los imbéciles.

Una borrachera y podía soltar la lengua con quien no debía, pues nadie más que su mayordomo y él sabían que ese niño era suyo. Con echarlo era suficiente, no era necesario ensuciarse las manos. Como estaban las cosas en la campaña, un vago sin papeles de conchabo tenía su destino sellado.

A María la había amenazado para callarla y sabía que no le había dicho a nadie, ni siquiera a Severiano, quién era el padre del niño que llevaba en su vientre.

Sus pensamientos se detuvieron en la noticia que acababa de recibir. Lo que hubiera pasado con María poco le importaba, lo único que le interesaba era que había parido un varón.

El vientre seco de su esposa hasta ahora no le había dado hijos y, en caso de que estos no llegaran en su matrimonio, tendría al bastardo, mal que le pesara, como única carta para continuar con su legado.

Se sirvió otra copa, dejaría que el niño se quedara en la estancia, se criaría como un peón más y haría lo necesario en caso de que el tiempo confirmara sus sospechas de que nunca tendría un heredero legítimo. Maldiciendo por su suerte, finalizó con el brindis.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

La Deseada, año 1882

 

Una suave brisa acariciaba los álamos que custodiaban el camino que conducía hasta la casa principal y el sol tibio de la primavera inundaba el jardín que la rodeaba.

Era una construcción sencilla que conservaba el aspecto clásico de antaño. De una sola planta, con dos alas laterales, se extendía por todo su frente de blancas paredes una amplia galería cuyas columnas se hallaban tapizadas de verdes enredaderas. Testigo de otros tiempos, donde los malones eran una amenaza para esas tierras, un mirador asomaba en la azotea.

Desde la casa surgían diversos senderos que conducían a parcelas donde se habían plantado sauces, acacias, paraísos y árboles frutales. También había una quinta destinada al consumo de quienes habitaban en la estancia.

En las inmediaciones se levantaban otras construcciones. La ranchería de los peones, la caballeriza, los pesebres, un galpón para herramientas y el carro y, un tanto más alejadas, otras instalaciones destinadas a la esquila.

Esta era una época en donde la actividad de la estancia se intensificaba. Desde agosto comenzaban a nacer los potrillos y potrancas y se iniciaba la temporada de servicios. Ya entrada la primavera se continuaba con la esquila.

Se observaba un ordenado ir y venir de peones y demás personas del servicio doméstico. Algunos permanentes, otros de paso, cada cual se abocaba con tranquila parsimonia a sus quehaceres.

Quienes podían enfilaban para el sendero que llevaba al gran corral circular donde se realizaba la doma de los potros. Con el patrón allí, era un espectáculo que nadie quería perderse.

Fausto Lezica era imponente, no solo por su cuerpo atlético y altura, sino también por la seguridad y dominio que ostentaba. Allí, dentro del corral, comenzaba un ritual que duraba varios días y dejaba en expectante silencio a todos los presentes.

Ajeno a las miradas curiosas, para Fausto solo eran él y la potranca. En momentos como este se sentía transportado. Nada le daba más placer. Su única prenda era una bombacha negra de paño liviano, sentía el sol sobre su espalda y torso desnudos. La brisa removía sus cabellos renegridos dejándolos en desorden.

Clavó en ella sus ojos negros como la noche. Sereno, se acercó lentamente para no asustarla; se quedó allí parado, próximo, sincronizando la respiración. Un paso más y sus cuerpos se encontraron. Con la soga de cuero y sus manos comenzó a tocarla con sucesivas caricias en ese punto que él sabía que era la llave que la acostumbraría a su roce. Le susurró con paciencia un sinfín de palabras tranquilizadoras. Después de un largo rato, sintió cómo aflojaba las patas, la cara… Con mano firme la tumbó en la tierra, se quedó inmóvil unos segundos para que se acostumbrara a su peso y luego la montó.

Volvían a su mente las palabras de su padrino cuando le regaló el primer potro y le enseñó a domar de este modo.

«Mira a tu potro. Comparten la mirada profunda, la sensibilidad y fortaleza. Con los caballos esas cualidades se convierten en un don… Mi pueblo domina al caballo salvaje sin doblegar su voluntad. Lo amansa sin castigarlo como hace el hombre blanco, que lo doblega quebrantando su espíritu, despojándolo de su naturaleza. El indio sabe que en su caballo descansa su vida, necesita de su bravura. Tu espíritu es afín, espéralo, tócalo en las ancas hasta sacarle las cosquillas, sé paciente, míralo a los ojos… Susúrrale al oído y, con mano firme, túmbalo para montarlo y así serán uno».

Lo que aprendió de niño se convirtió en una pasión. Cada vez que regresaba del colegio a la estancia, en las caballerizas encontraba su lugar. Se relajaba al estar cerca de los caballos y su alma se liberaba en cada doma. Era el salvoconducto de una vida áspera y desamorada.

Siempre contó con su padrino, que había estado a su lado guiándolo y cuidándolo con genuino cariño. Pero no sabía lo que era el amor de una madre y tenía más que claro lo que era el desprecio de un padre. Y eso lo había marcado.

Don Martín Lezica jamás lo reconoció en vida como su hijo. No era una realidad ajena, pues era el destino de muchos hijos bastardos de grandes señores… Poco importaba que, a la muerte de don Martín, su abogado se hubiera presentado con los papeles en donde se le reconocía como hijo ilegítimo del señor Lezica y principal heredero, ya que, habiendo trabajado en la estancia desde niño, jamás el «patrón» se había acercado a él de un modo diferente al resto de los peones del campo.

Lo único singular había sido el pedido de que partiera hacia la ciudad a formarse en un colegio de allí. Pero, al ser el patrón, simplemente se cumplió con la orden sin preguntarse demasiado por aquella época. Al menos él no lo había hecho y, si alguien más había hecho alguna conjetura ante tan particular capricho, nunca se enteró.

La falta de interés en vida del que supo después era su padre, había dejado un surco profundo en su alma. Pero tenía un apellido y con él un gran patrimonio. Se convirtió de la noche a la mañana en el dueño de todas las posesiones que había conocido siendo un simple peón de campo. Justamente los años de trabajo y de conocer palmo a palmo ese lugar, sumado a la educación que había recibido siendo un muchacho, le dieron la seguridad necesaria para tomar las riendas de ese nuevo desafío.

Su nueva posición lo introdujo en aquella sociedad porteña que desde los tiempos del colegio lo había mirado de reojo. Seguían haciéndolo, aunque con velado disimulo. Sus tierras, dinero y variados negocios, hicieron que personalidades de las más influyentes buscaran vincularse con él.

Tenía las puertas abiertas de los clubes, teatros y paseos más restringidos y prestigiosos. Formaba parte de la élite. Aun así, muchas veces se sentía fuera de lugar recorriendo esos salones brillantes, manteniendo conversaciones, muchas veces triviales, vestido de etiqueta.

Estaba atrapado en dos mundos. Le gustaba vivir bien, vestir bien y acceder a las comodidades provenientes del extranjero que invadían el mercado. Y muchas veces lo asolaba la sensación de que, disfrutando de todo esto, traicionaba su origen, el verdadero lugar al que pertenecía.

En la estancia, la peonada y demás trabajadores no habían dudado un segundo en responder a su autoridad como nuevo patrón. Lo hicieron con respeto y fidelidad. Lo conocían y sabían que, si bien podía ser muy duro cuando le fallaban, era justo y leal con los que le cumplían.

Para él la confianza era un pilar fundamental para lograr la prosperidad de cualquier empresa. Bajo esta premisa, no le había ido nada mal.

A las doce leguas originales que tenía su padre al sureste de la laguna de Monte, había logrado añadir, mediante la compra oportuna, varias más de terrenos colindantes. Eran veinte leguas de extensión que llegaban hasta el Salado.

Se podían observar hacia el horizonte las parcelas delimitadas por alambrados que habían revolucionado la hacienda y permitido diversificar la actividad desarrollada en los campos.

Las tierras estaban destinadas a la cría de hacienda vacuna, lanar y caballar. Si bien la cría de ovejas, cuya lana se exportaba a Francia y Bélgica, había sido durante mucho tiempo la actividad más rentable, con la llegada del frigorífico se había renovado el interés por la cría de vacunos. Con esta proyección, en la estancia se estaba apuntando a refinar el rodeo vacuno con mejores pasturas, para obtener carnes congeladas que cumplieran con las exigencias para la exportación.

La incorporación de todos estos cambios tendientes a optimizar la producción, requerían mucho dinero y una gran cuota de audacia. Fausto aportaba ambas.

Luego de permanecer largo rato trotando, salió del corral y se dirigió a las caballerizas en busca de Severiano.

—Padrino, ¿están listas las yeguas y el padrillo?

El hombre que se hallaba en el interior de la caballeriza interrumpió su trabajo. Aún conservaba su figura delgada gracias al trabajo cotidiano y solo era testigo del paso del tiempo su cabello lacio entrecano y el cutis curtido de pasar varias horas a la intemperie. Los ojos oscuros y calmos se posaron en Fausto. Lo ponía contento ver a su ahijado relajado.

—Sí. ¿Las mandamos para Ranchos?

—Mañana, hoy quiero arreglar los detalles de la venta. Te espero en la casa para la cena, hay alguien que te alegrará ver —agregó sonriendo y emprendió la marcha sin darle oportunidad a negarse, pues sabía que a su padrino no le gustaba permanecer en la casa principal. Prefería la suya.

Severiano sonrió y lo siguió con la vista mientras se alejaba por los senderos que llevaban a la casa. Admiraba el hombre en el que se había convertido. Él se había hecho cargo de cuidarlo y criarlo, como si fuera su propio hijo.

Se dibujó en su mente el momento en que don Martín le había comunicado que enviaría al muchacho a estudiar a la ciudad.

Nunca en aquellos doce años había dirigido siquiera una mirada de afecto o una palabra al niño. Jamás dio cuenta de su existencia hasta ese momento y lo hacía arrancándolo de su lado. Fueron momentos duros.

Aún recordaba cómo Fausto, con voz quebrada, le recriminaba que no hiciera nada para evitar que lo apartaran del lugar que consideraba su único hogar. Había sido una despedida triste.

Todavía enojado, Fausto lo abrazó antes de su partida como si no quisiera soltarlo. Por primera vez reconoció el miedo en él, algo que por orgullo jamás se permitía sentir, aun siendo un niño.

Pero era valiente, apasionado y tenía una voluntad de hierro. Por eso mismo había estado confiado en que podría sobrellevar ese destierro y lo volvería a su favor. Él era así, nunca retrocedía.

Ni bien se hubo lavado y cambiado de ropa, Fausto se dirigió a la sala que utilizaba para seguir los negocios cuando estaba en la estancia.

En la pared frente a la puerta de entrada se hallaba un hermoso fresco con la imagen de un brioso potro negro. Era lo primero que se apreciaba al ingresar a la habitación. Completaban el mobiliario un escritorio de caoba ubicado cerca de la ventada, cómodas sillas, un par de sillones, una mesita de apoyo con varios licores y la biblioteca.

Sentado en uno de esos sillones se hallaba su amigo, que lo recibió con su habitual algarabía.

Ambos jóvenes parecían el día y la noche, tanto en apariencia como en carácter. El cabello de Fausto era azabache y sus ojos negros como la noche; era más bien serio, solía ir directo al grano. Por su parte, Mariano tenía el cabello castaño claro, ojos marrones y poseía un sentido del humor que podía llegar a ser desquiciante, pero que ayudaba a contrarrestar las situaciones tensas.

—Bueno, bueno… Aquí tenemos por fin a nuestro admirado domador. ¡Qué escena dantesca diste allá fuera!

—Por favor, no empieces…

—Pero si no había china que no suspirara con cada movimiento… ¿Y es necesario que lo hagas casi desnudo?, por Dios…

—Continúa y me arrepentiré de haberte invitado —dijo Fausto en un tono de falso fastidio.

Mariano era un amigo incondicional, como un hermano. Verdaderamente, no podría enojarse con él. Desde que compartieran esos años en el colegio se habían vuelto inseparables.

De los días de triste soledad y desprecio que había vivido alejado de su hogar, el humor y la sincera calidez con que su amigo se había acercado a él lo habían convertido en un pilar importantísimo en su vida.

—Te recuerdo que estoy aquí porque me necesitas para tus negocios, así que tú pierdes si me marcho. De hecho, tengo todos los papeles de la venta de las yeguas y el semental listos. —Los extendió sobre el escritorio y agregó en tono casual—: Vendrá doña Dolores personalmente, me imagino.

—Imaginas bien, debe de estar descansando porque, de hecho, llegó ayer.

Hizo caso omiso al gesto de sorpresa de su amigo. La verdad, nadie podía culparlo por mantener una relación con una mujer viuda y bien dispuesta. Él solo tomó lo que se le ofrecía, era una mujer hermosa y congeniaban de maravilla en la cama. Ni él ni ella tenían que rendir cuenta de sus actos.

—Es hermosa, perseverante y creo que tiene en sus planes casarse nuevamente —continuó Mariano en el mismo tono casual, que le valió una mirada fija de su amigo.

—Es una relación meramente física, sin ataduras, y eso está claro entre nosotros desde el comienzo.

—Nunca digas nunca, ya estás en edad de sentar la cabeza, tener herederos correteando por ahí… Una mujer madura y distinguida no te iría mal.

Fausto sonrió, tanto por el comentario irónico de su amigo como por la imagen que vino a su cabeza. No de Dolores, sino de otra mujer. Nunca había pensado detenidamente en el matrimonio hasta que conoció a Sofía Olivares. Desde que se la presentaron en una cena a beneficio en el Jockey Club hacía unos meses, sus rasgos se dibujaban en su mente más seguido de lo que hubiera querido. Sus ojos color miel poblados de densas pestañas, sus cabellos caoba que parecían de seda y su boca carnosa… Como le sucedía cada vez que se perdía en estos pensamientos, sentía una expectación desconocida para él.

Mientras Mariano servía unas copas, unos golpecitos en la puerta sacaron a Fausto de su ensoñación.

Quien había sido objeto del intercambio entre los amigos hizo su aparición en la sala. Dolores era una mujer sofisticada. Su cabello rubio, peinado con un delicado recogido sobre la coronilla con bucles que enmarcaban su rostro, era propio de una noche de gala más que de un ámbito campestre. Ningún detalle de su atuendo estaba librado al azar. Era una mujer atractiva, pero demasiado vana a los ojos de Mariano.

—Qué gusto volver a verlo, Mariano —dijo Dolores dirigiendo una sonrisa ensayada al hombre de cabello castaño claro y vivaces ojos marrones que acompañaba a Fausto.

—El gusto, se lo aseguro, es todo mío, doña Dolores. Justamente estaba hablando de usted con nuestro amigo. —Ella hizo un gesto de curiosidad y dirigió una mirada a Fausto—. Le estaba diciendo que tengo listos los papeles de la venta de las yeguas.

—Excelente —dijo acercándose a Fausto y tomándolo del brazo—. He invertido mucho siguiendo el consejo de un experimentado hacendado.

—Te aseguro, Dolores, que en manos adecuadas esas yeguas y el padrillo serán el inicio de un redituable negocio —le confirmó este.

—Claro, y en cualquier caso te tengo a ti para auxiliarme, ¿verdad? —agregó en tono íntimo mirándolo a los ojos.

—Por supuesto, cuentas conmigo, y Severiano puede darle instrucciones a tu capataz sobre el trato adecuado para estas yeguas y el semental.

—Bueno, ¿qué les parece si firmamos los papeles?, así no la aburrimos más, Dolores, y puede seguir disfrutando de su estadía.

Se dispusieron a finalizar con una transacción que era un negocio para Fausto y que para Dolores significaba mucho más. Ella sentía que necesitaba afianzar su vínculo íntimo con él y creía que, haciendo negocios, era una manera de acercarse aún más a Fausto.

La atracción al conocerse había sido mutua y pronto se habían encontrado inmersos en una relación apasionada. Él había sido claro respecto al tipo de relación que pretendía y ella lo había aceptado, pero jamás pensó que se enamoraría. Pues si bien era un prominente hacendado y se movía en los más altos círculos, ser un hijo ilegítimo era una mancha que no se ocultaba ni siquiera con dinero y educación.

Pero ella no era una niña virginal, sino una viuda rica que no necesitaba resguardar su reputación. Quería ser algo más que una aventura para él y haría lo que fuera necesario para lograrlo. El tenerlo, sentirlo…, se había convertido en una necesidad vital.

Luego de firmar los dichosos papeles, decidió salir a recorrer los alrededores, mientras los hombres continuaban sus asuntos de negocios. Era la primera vez que se encontraba allí. Sabía que su esposo había hecho negocios con Fausto, pero ella nunca venía al campo. De hecho, lo odiaba, prefería la quinta de Belgrano, más cerca de la ciudad y sus comodidades.

El casco era extenso y Dolores decidió no ir más allá del jardín. El día era más cálido de lo normal para la época y eso la agotaba y ponía de mal humor. Apresuró su recorrido y decidió volver a la casa, la cual era más acogedora de lo que aparentaba.

A ambos lados del zaguán se hallaba una habitación. La de la derecha era el escritorio de Fausto y la otra hacía las veces de recibo. Contigua a esta sala, estaba el comedor. Atravesando el zaguán había una galería que conducía al resto de las habitaciones de la casa y que constituía el marco de otro jardín. Este era más pequeño que el del frente de la casa, pero con cuidados y bellos arreglos florales y dos sauces bajo los cuales se hallaban dos hermosos bancos de madera y hierro forjado.

Dolores se dirigió a su dormitorio, recorriendo la galería adornada con plantas que se hallaban en enormes macetones de barro. Se refugió allí y el resto del día se le había hecho interminable esperando con ansias que llegara la noche.

Durante la cena, la ofuscó tener que compartir la atención de su hombre con Mariano y ese peón de campo, Severiano. Pero disimuló su molestia con una máscara de cordial simpatía.

Ya había pasado una hora desde que se retirara del comedor. Sabía que él la buscaría. La expectativa la excitaba, sus pezones ya estaban duros y su vagina tensa por la necesidad de sentirlo dentro. Vio, conteniendo la respiración, cómo el hombre que enardecía su cuerpo entraba a la habitación. Ella fue a su encuentro y descarada posó su mano en el miembro hinchado.

—Despacio —lo escuchó susurrar y supo con placer que esa noche sería larga y que tendría que suplicar una y otra vez que la poseyera.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Buenos Aires, verano de 1883

 

Hacía rato que habían dejado atrás el centro de la cuidad que, con sus cambios y nueva diagramación urbana, se parecía cada vez más a los grandes centros europeos. Con las magníficas construcciones de estilo francés comenzaba a cambiar la fisonomía de una ciudad que hasta no hace tantos años respiraba aires de aldea.

Pero estos cambios no llegaban a todos los barrios. Se encontraban atravesando Balvanera, al borde de la ciudad. Las calles angostas, cortadas por quintas y pantanos, dificultaban la circulación. Era una zona de arrabal y descampado que con la lluvia del día anterior se había vuelto intransitable.

El calor y la humedad hacían que el viaje hasta el Asilo de Huérfanos fuera realmente tedioso. Sofía viajaba en uno de los dos carruajes que llevaban al grupo de inspectoras de la Sociedad de Beneficencia.

Su vestido de muselina blanca con detalles de encaje y la sobrefalda de color lavanda, junto con su camisa interior, se pegaba a su cuerpo. Y su cabello oscuro recogido sobre la nuca no lograba aliviar el calor que sentía. Pero la incomodidad no la preocupaba, la expectativa por volver al asilo y ver a los niños siempre la emocionaba de una manera particular.

El asilo había sido creado en 1871 para asistir a los niños huérfanos y abandonados luego de la fiebre amarilla. Aquel había sido un verano devastador. A finales de enero, la peste había comenzado a propagarse sin contemplación y la ciudad había quedado sumida en la desesperación y la tristeza. Fueron más de trece mil víctimas solo en cuatro meses y una de ellas había sido su padre.

Comprometido y apasionado por su trabajo, había dado una lucha incansable formando parte de una de las comisiones médicas creadas para asistir a los enfermos. Desde el inicio de la enfermedad, residió en la parroquia que tenía asignada para ayudar a los vecinos del lugar, por lo cual, desde enero de ese año, no había vuelto a verlo. Si bien era una niña de ocho años por aquel entonces, atesoraba recuerdos vívidos de la vida cálida y amorosa que había tenido junto a su familia.

Pero con la partida de su padre todo se había desmoronado. Su madre nunca se sobrepuso a ese golpe y, hundida en la tristeza, había fallecido tres años después, dejándolas a ella y su pequeña hermana en la más absoluta soledad y desamparo.

Por eso sentía una conexión especial con este lugar, no estaba allí para cumplir y aparentar. En el asilo, el encuentro con esos niños la hacían sentir que continuaba con el legado de trabajo y lucha de su padre, y esto renovaba sus fuerzas. Muchas veces pensaba que ayudar a otros era una manera de rescatarse a sí misma.

Por fin el carruaje se detuvo y Sofía reaccionó como si despertara de un sueño. Siempre le sucedía con ese viaje, sus pensamientos se perdían en otros tiempos y recuerdos.

Se bajó sin importar que se le embarrara el ruedo de su impecable vestido y con una ancha sonrisa se dirigió a la entrada junto con las otras damas.

Atravesaron el zaguán y se encontraron con el rector que las guio hacia el patio. Los niños, con sus ropas cosidas en el propio asilo y sus cabezas casi rapadas para mantener la higiene, ya se hallaban formados alrededor de la fuente octogonal de mármol de Carrara que se hallaba en el centro del patio.

Ante el pedido del director, las saludaron con obediencia y se dispusieron a ingresar a las aulas que se hallaban en la galería que rodaba a ese patio. Allí recibían instrucción primaria los niños de entre seis y nueve años.

Pasaron por delante de la capilla que se encontraba hacia la derecha de la fuente y comenzaron la recorrida por las instalaciones del asilo, para adjuntar como siempre en el informe final las necesidades del establecimiento y el estado de las instalaciones.

Cruzando el patio octogonal se sucedían más habitaciones y otros patios. Este era un asilo modelo por su orden y disciplina, así como por los talleres que allí se impartían. Los jóvenes que llegaban a la edad de partir del asilo salían con un oficio.

Se destacaba por la banda de música formada por los niños, así como el taller de zapatería y tipografía. Sin duda, la panadería no se quedaba atrás. Los niños y niñas del establecimiento desayunaban a las siete de la mañana con el pan horneado allí mismo. El remanente lo comercializaban, constituyendo un ingreso más. Para las niñas, que recibían enseñanza separada de los varones, había talleres de costura, lavado y planchado.

Luego de la habitual recorrida, ya en la oficina del rector, este pasó a informar sobre la conducta indisciplinada de algunos pupilos.

Era el momento que Sofía prefería evitar. Por lo general, no estaba de acuerdo con los castigos de aislamiento o expulsión del asilo con el eventual reacomodo en casas de familias.

Creía que estos niños precisaban de una contención diferente. Sin familias o algunos con familiares que los habían abandonado, lo que menos necesitaban era ser desterrados o aislados. Para ella era hacerlos repetir la misma historia de abandono y soledad.

Pero cada vez que quería interceder para buscar o proponer otro modo de lograr que ciertos niños mejoraran sus conductas, rápidamente el rector la interrumpía y se explayaba en las razones de lo necesario de ciertos castigos para lograr que estos niños fueran personas de bien, respetuosas de la moral y buena conducta esperada para cualquier ciudadano.

Así se decidió que las inspectoras ubicarían a uno de los niños conflictivos en una casa de familia que quisiera acogerlo. Era la Sociedad de Beneficencia la que se encargaba, en conjunto con la Defensoría de Menores, de ubicar a estos niños.

Sofía sabía que muchas veces el destino de ellos había sido alguna estancia de la provincia, en donde terminaban siendo mano de obra sin costo de ciertos hacendados.

La situación la indignaba, por lo cual, esta vez decidió hacerse oír sin importar las objeciones que el rector quisiera interponer.

—Le aseguro que me ocuparé personalmente de hacer el seguimiento de este niño, para cerciorarme de que se encuentre una familia adecuada y no termine perdido en alguna estancia en manos de algún hacendado avaro que quiera abaratar costos de una manera miserable.

Rojo de ira, y un tanto avergonzado, el rector carraspeo y lanzó una mirada significativa a un punto ubicado detrás de las damas sentadas frente al escritorio.

—Señor Lezica, disculpe, estamos terminando una reunión de rutina.

Sofía giró con brusquedad y se encontró con una mirada negra y penetrante sobre ella. Su corazón comenzó a latirle con fuerza, se sintió de repente sofocada y estaba segura de que no era por el calor. ¿La habría escuchado? Claro que sí.

—Señoras, tengan ustedes buenos días, mis disculpas por interrumpir.

Su voz profunda inundó la rectoría y Dolores Paz, quien se encontraba a la cabeza de la comitiva, se apresuró a darle la bienvenida.

—Señor Lezica, qué gusto verlo. Y no interrumpe, después de todo, es usted uno de los benefactores más destacados de este asilo.

A Sofía no le pasó inadvertido el tono de reproche de la presidenta de la comitiva. Justamente, este benefactor tan importante no era ni más ni menos que un poderoso hacendado. ¿Sería de los que se aprovechaban de cualquier recurso para acrecentar su fortuna?

Se puso de pie, para ella ese intercambio había sido suficiente, prefería irse antes de continuar viendo la cara descompuesta del rector y la mirada reprobatoria de las damas, que la condenaban como si hubiera cometido alguna especie de crimen.

—Con el permiso de ustedes, prefiero no demorarme más y continuar con la visita.

Al encaminarse hacia la puerta enfrentó la mirada del señor Lezica. No encontró en sus ojos reprobación ni censura, hizo una leve inclinación de cabeza a la que él respondió educadamente y continuó su camino al patio principal. Necesitaba aire para calmar su sofoco y la aceleración de su corazón.

En las últimas semanas se habían cruzado varias veces en eventos sociales y no quería detenerse a pensar en la revolución que se generaba en su cuerpo cuando él se encontraba cerca. Parecía que su sola presencia, una simple mirada o escuchar el tono profundo de su voz, bastaba para que ella ya no fuera dueña de sus propias reacciones.

Apuró el paso e intentó centrarse en disfrutar del momento que más le gustaba de sus visitas al asilo, la entrega de regalos a los niños. La ponía feliz ver esos rostros alborotados y sonrientes.

A ella le encantaba conversar con los pequeños. Algunos más abiertos y otros más reticentes, los niños gustaban de contar con alguien que los escuchara, les hiciera preguntas y se interesara por ellos de un modo diferente.

Se sentó en la fuente con varios niños, vio acercarse presuroso a Panchito, por quien sentía un especial cariño. No quería hacer diferencias, pero en verdad era su preferido, esos enormes ojos marrones, llenos de dulzura, la llenaban de calidez.

—¡Señorita Sofía!

—¡Hola, Panchito! Qué alegría verte, has crecido mucho en estas últimas semanas.

—El padre Esteban dice que soy muy alto para tener nueve y demasiado inteligente para mi edad —dijo orgulloso el niño.

—Escucha al padre Esteban porque sabe lo que dice —respondió riendo ante el comentario de Panchito.

Sentía un cariño especial por él. Era fresco, ocurrente y alegre a pesar de haber perdido a su madre y no tener familia. Lo quería mucho y esa era una de las razones que la hacían ir al asilo cada vez que podía, más allá de las visitas que hacía como inspectora.

Con tono afectado, Panchito le preguntó a Sofía si sabía que a su amigo Luis lo habían encerrado en la habitación de aislamiento.

—Dice el rector que todos los niños malos deberán pasar por ese cuarto para pensar y corregir sus acciones… ¿Yo soy un niño bueno, verdad, señorita? —agregó temeroso de que pudiera tocarle tal castigo.

—Eres un sol, muy bueno, y también lo es Luis, aun si ha hecho algo que no debía.

Panchito la abrazó y le dio un dibujo. Siempre le hacía uno de regalo. Pero este lo había hecho con los lápices nuevos que le había regalado Sofía la última vez que lo visitó.

En el dibujo había una mujer y un niño de la mano. La conmovió verse reflejada en ese dibujo.

—¡Panchito, es hermoso! Te quiero mucho —le dijo emocionada.

—Para que cuando no podamos vernos me recuerde junto a usted al ver mi dibujo — expresó, de repente serio, Panchito.

—No te pongas triste, vendré de visita la semana próxima y la próxima y la próxima —le dijo jovial para hacerle olvidar su repentina melancolía.

Al sonar el timbre que llamaba a los niños de vuelta a sus clases, se dieron un fuerte abrazo y Sofía le dijo lo mucho que lo extrañaría. Se quedó mirándolo a él y los otros niños hasta que el patio volvió a quedar en silencio.

—Venir aquí no es una cuestión de cumplimiento para usted, ¿o me equivoco?

Sofía se giró sorprendida. El señor Fausto Lezica se encontraba junto a ella, con esa expresión un tanto seria y concentrada que comenzaba a resultarle familiar.

—No, la verdad que no. —Y luego agregó—: Lo que dije ahí dentro… lo lamento, bueno, en realidad no lo lamento… —Se estaba enredando—. Quiero decir, lamento si lo he ofendido, pero lo que dije es lo que pienso.

Fausto sonrió ante la franqueza de la joven y Sofía hubiera jurado que era la primera vez que lo veía sonreír. La rigurosidad que lo envolvía se había disipado solo con ese gesto.

Para Fausto hubiera sido imposible no sonreír, le agradaba saber que en Sofía Olivares había encontrado una mujer que no temía expresar sus opiniones con franqueza y esa era una de las cualidades que más captaban su atención.

Era bella, sin duda. Su talle estrecho, su busto generoso, su boca carnosa, sus ojos que parecían miel líquida y esa melena caoba lo seducían, pero también se manejaba sin velos ni artificios y eso era lo que iba aumentando su interés cada vez que se encontraban, lo cual había ocurrido a menudo las últimas semanas, porque él mismo se había encargado de que así fuera.

—No se preocupe, no me siento ofendido. No es mi caso, pero lamento confirmar que efectivamente no todos se manejan en sus negocios con la honestidad necesaria.

Sofía le sostuvo la mirada con curiosidad, qué habría detrás de esa calma y seguridad. Fausto Lezica muchas veces parecía ajeno y distante, pero sus ojos decían mucho más y a ella esa mirada intensa le resultaba abrasadora; se llevó las manos a las mejillas como si pudiera de ese modo aliviar su sonrojo.

—Debo marcharme, deben de estar esperándome. Adiós, señor Lezica.

—Hasta pronto, señorita Olivares. —Fausto la siguió con la mirada, él no le era indiferente y eso lo complacía. En su cuerpo también sentía todas las señales que se despertaban cada vez que estaba cerca de ella.

Una vez en el carruaje, Sofía se obligó a sosegarse. En su vida, con todos los problemas que tenía por delante, no había lugar para la ensoñación y mucho menos para el amor.

Intentando distraerse, perdió la vista en el dibujo que le había dado Panchito para distraerse. Sonrió al verse reflejada en los trazos realizados en la hoja. Panchito la había dibujado con una larga cabellera marrón oscuro, unos ojos color miel y la boca con labios gruesos. Un tesoro más que guardaría junto a los otros dibujos recibidos en visitas anteriores.

—Un poco exagerado los labios, pero el niño captó tu encanto a la perfección —le dijo risueña su compañera y amiga Ana Guerrero.

—Lo quiero mucho, es un niño hermoso.

—No te preocupes, nadie nota tu predilección por Panchito.

—Es que no puedo evitarlo —dijo compungida Sofía, pues realmente no deseaba hacer diferencia entre los niños del asilo.

Viajaban las dos solas en ese carruaje y, luego de unos minutos de silencio, Sofía se sorprendió con el brusco cambio de tema de su amiga:

—¿Viste su atuendo? Lo que me pregunto es ¿cómo hace para vestir siempre con lo último de la moda parisina, que apenas semanas atrás hemos podido ver en las revistas llegadas de París? ¡Y hasta un día insufrible como hoy ella parece impecable, como una muñeca de porcelana!

—Ana, ¿a quién te refieres? Nunca te he escuchado hablar así de nadie.

—Dolores Paz, quién si no —dijo bufando—. Siempre con ese aire de superioridad, se nota que viene aquí por compromiso. ¿Viste la cara de asco que puso cuando una niña la tomó de la mano?

—Eres incorregible —dijo Sofía divertida con su amiga, siempre decía lo que sentía sin pensar en las consecuencias—. Es una mujer muy bella, pero tú también lo eres. Realmente no tienes nada que envidiarle. Tu cabello cobrizo es mucho más hermoso y al color verde de tus ojos nadie le puede siquiera hacer sombra.

—Oh, claro que no la envidio, solo que no me cae bien… ¿Sabías que su esposo era íntimo amigo de tu tío?

—No, no lo sabía. —A Sofía le cambió el humor—. Y es mi tutor, no mi tío. Que haya estado casado con la tía de mi madre no lo hace mi tío, ¿o sí? —finalizó, haciendo una mueca.

—Oh, Sofía, lo siento, lamento haberlo mencionado.

—No te preocupes, amiga. Es que, de solo pensar en él, se me eriza la piel; le temo. Es cínico, manipulador y… lo creo capaz de cualquier acto con tal de mantener su imagen y estatus social. Es un jugador y pierde mucho dinero, que estoy segura no sale de sus bolsillos.

—Me estás asustando… ¿Qué averiguaste? —le dijo Ana, confidente.

—No tengo mucho en concreto, pero estoy segura de que ha malogrado todo nuestro dinero, en vez de cuidarlo como debería. He estado hablando con algunos de los abogados de la Sociedad de Beneficencia y eso puede ser una carta a mi favor para solicitar que revoquen la tutela. Voy a acudir a la Defensoría de Menores para exponer mi caso, así mi hermana y yo nos libraríamos de él.

—Amiga, por favor, ten mucho cuidado. Tu acusación es muy grave y él es un hombre de recursos.

—Lo sé, pero ya no hay tiempo. Me ha planteado que es muy costoso mantenernos a mi hermana y a mí, y que ya se encuentra seleccionando un caballero adecuado para que Lucía se despose cuanto antes. Y te puedes imaginar cuáles son las cualidades que está buscando en un futuro esposo para mi hermana —finalizó angustiada.

Ana se quedó muda de la sorpresa, realmente no sabía cómo ayudar a su amiga. Le parecía injusto que tuviera que vivir todo esto. Por primera vez se reservó lo que estaba pensando, pues no quería preocupar más a Sofía. Pero lo que se proponía hacer sonaba imposible. En un mundo de hombres su voz difícilmente fuera escuchada y, aun si alguien la tomara en serio, su tutor, Manuel Gutiérrez, era un respetado caballero en los más altos círculos de la sociedad.

—Solo ten cuidado y sabes que cuentas conmigo y mi familia para lo que necesites.

—Lo sé. Gracias, Ana, y perdón por llenar tu cabeza con mis preocupaciones.

—Para eso estamos las amigas, hazme el favor de no decir zonceras.

El coche se detuvo. Ya estaban frente a la casa de Sofía sobre la calle Tacuarí.

—Nos vemos en la semana para la prueba de los trajes —dijo Ana.

—¿Qué trajes? —preguntó Sofía perdida.

—¡Para el baile de máscaras del club! Ni se te ocurra que puedes faltar como lo hiciste en el último baile, no voy a dejar que pongas ninguna excusa esta vez. Y Lucía está encantada de asistir a su primer baile de carnaval, no puedes dejarla sola.

Sofía abrazó a su amiga agradeciendo su compañía y su esfuerzo para distraerla de sus preocupaciones.

—No podría tener mejor amiga que tú —le dijo emocionada.

—Por supuesto que no podrías. —Sonrió Ana pícara.

Luego de despedirse, Sofía entro en la que había sido su casa desde niña. Sin embargo, desde que su tutor se instaló allí luego de la muerte de su madre, se sentía peor que una intrusa en su propia casa.

Ninguno de los objetos de la familia había logrado permanecer en su lugar. Su tío había introducido mejoras en la casa y, de acuerdo con lo requerido socialmente como señal de alcurnia y elegancia, había recurrido a una decoración suntuosa y recargada con los objetos más variados. Había en la sala sillones, sillas, mesitas de apoyo con figuras de porcelana y jarrones, cortinas de raso y paredes empapeladas de las cuales colgaban infinidad de cuadros. El lugar se volvía asfixiante. Por lo menos, para ella lo era.

Suspirando, se dirigió a su habitación. A esta hora don Manuel estaría malgastando dinero en alguno de sus clubes predilectos, así que por lo menos se ahorraría de verlo.

Tenía mucho en qué pensar. Tal como le dijo a Ana, había estado haciendo discretas averiguaciones y estaba decidida a hacer el intento de presentar su caso. Ya tenía cita con el defensor de menores correspondiente al Distrito Sur de la ciudad.

Lo había hablado con el padre Esteban, que estaba al tanto de la situación y la había alentado con sus palabras. No podía demorarse más y estaba segura de que podría lograr lo que se proponía.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Sofía se contempló en el espejo. Su cabellera castaña oscura desprendía destellos rojizos iluminada por el sol que entraba por la ventana. Eligió para su cita un vestido sencillo pero distinguido. Confeccionado con una delicada muselina blanca con detalles de pequeños capullos azules, le quedaba a la perfección. Con mangas al codo y cuello alto de encaje, se ajustaba en su torso contorneando su busto, para caer en una falda que casi tocaba el piso y que en la parte trasera se recogía en una sobrefalda azul que caía en forma de cascada, como los faldones de un cortinado. Completó su atuendo con un sombrero adornado con un ramillete de flores similares a las del vestido, un bolsito de mano a tono, guantes cortos y sombrilla.

Sentía que el corazón le latía más rápido que lo normal. Iba al encuentro de la única posibilidad de lograr la liberación para ella y Lucía, de salir del dominio de un hombre que se había apoderado de sus vidas, haciendo y deshaciendo sin contemplación.

Los últimos meses de vida de su madre, don Manuel había empezado a rondar la casa. Se presentaba solícito y presto a ayudar en lo que necesitaban, puesto que, como él decía, en definitiva, eran familia. Siendo el viudo de la tía de su madre, los viejos amigos de su padre fueron dejando en sus manos la ayuda y el apoyo que hasta entonces les habían brindado.

Cuando su madre murió, se había presentado junto a un abogado reclamando la tutela. Nadie realizó ninguna objeción puesto que no había otros familiares más cercanos que se hicieran cargo.

No tenía dudas de que se había comportado como un ave de rapiña. Era un jugador empedernido que le gustaba la buena vida y codearse con lo más alto. Tenía un cargo público y algunos negocios, pero eso no alcanzaba para mantener el estatus que él pretendía. Estaba segura de que era el dinero de su familia el que sostenía esa costosa vida.

Siendo aún una niña, había tenido que mantener emocionalmente a su madre y a su hermana pequeña. Creció con esa responsabilidad.

Le había hecho frente a su tutor en varias oportunidades, cuando advertía que iba despojándolas de cualquier vestigio de aquello que les era familiar. Pero siempre lograba acallarla poniendo el bienestar de su hermana de por medio.

Él seleccionaba qué amistades debía frecuentar, de qué actividades podía participar. De alguna manera, controlaba todo su escaso círculo y de esta forma evitaba que ella pudiera encontrar alguien en quien confiar.

Había sido un mecanismo sistemático a través de los años. Si ella demostraba un interés o afecto particular por algo o alguien, él se encargaba de hacerlo a un lado. Hasta el personal de servicio de la casa rotaba frecuentemente.

Había aprendido entonces a ser cuidadosa y no dar rienda suelta a su veta afectuosa, y las personas que la conocían la creían reservada y distante. Solo con Ana y en el asilo con los niños se permitía despojarse de esa coraza.

Sin duda era astuto, pero ella no podía permitir que la vida y felicidad de su hermana quedara en manos de un ser tan despreciable. Eso le daba la valentía que necesitaba para acudir a la cita que tenía hoy.

Se encontraba nerviosa, sus manos temblaban ligeramente. Había llegado unos minutos antes y la hicieron pasar al despacho para aguardar la llegada del defensor de menores. Era una oficina sencilla que contaba con un escritorio y un par de sillas tapizadas de cuero negro. Giró hacia la puerta al escuchar que se abría.

—Buenos días, señorita Olivares. Soy el doctor José Valverde, para servirle.

—Buenos días, señor. Le estoy muy agradecida por haberme concedido esta cita.

Tomando asiento tras el escritorio, este hombre delgado de pelo bien recortado y tupido bigote blanco le dijo que él no acostumbraba a dar entrevistas de este tipo, que por lo general lo hacía su secretario.

—Pero debo decirle que conocí a su padre, un médico ejemplar y un hombre honorable. Quería ser yo quien la atendiera personalmente. La escucho, ¿qué la trae por aquí?

—Es usted muy gentil por las palabras hacia mi padre… Mi propósito al venir aquí es realizar una solicitud de suma importancia para mi bienestar y el de mi hermana. Verá, tengo motivos para sospechar que nuestro tutor, el señor Manuel Gutiérrez, no ha cumplido con sus deberes de cuidador. No solo no ha salvaguardado nuestro patrimonio, sino que lo ha dilapidado, es muy probable que contemos ya con muy poco de nuestra herencia. Quiero pedir que se estudie revocar su tutela —expresó contundente y firme.

—Señorita, la acusación que hace es muy grave. Su tutor es un hombre reconocido y aventurar una denuncia de este tenor sin fundamentos… —Y agregó en tono penetrante—: ¿O cuenta usted con alguna prueba concreta?

Sofía no se amedrentó:

—Le puedo entregar estos papeles. Un contador amigo de mi padre pudo obtener información sobre el actual estado de nuestro patrimonio. Si se compara con lo que poseíamos al momento de iniciarse la tutela de mi tío, podría servir como prueba.

El doctor Valverde tomó los papeles y los leyó en una rápida recorrida. —Esto no alcanza para revocar una tutela y, aun si con esto bastara, ¿quién se haría cargo de ustedes? Le recuerdo que usted es menor de edad y tampoco podría quedar como tutora de su hermana menor. ¿Ha pensado en eso?

—No puntualmente, pero sé que llegado el caso podría contar con la ayuda de una familia de renombre que usted seguro no podría objetar, los Guerrero.

El defensor se quedó con la vista fija en los papeles durante unos minutos y finalmente dijo:

—Veré qué puedo hacer, no le prometo nada. Hablaré con el juez a ver si podemos iniciar una investigación que arroje otros datos porque, únicamente con esto, no se podrá hacer nada.

—No sabe cuánto se lo agradezco, señor. Este es un asunto de vital importancia.

—No quiero que se entusiasme demasiado. Su tutor es un hombre respetado.

—Sí, lo sé. Pero yo también soy una mujer respetable y no tengo motivos para mentir o inventar algo así. Pero le aseguro que nos hemos visto defraudadas por quien debía ocuparse de nuestro bienestar.

El doctor Valverde se levantó y Sofía hizo otro tanto, sabiendo que su tiempo había concluido.

—Señorita, le mandaré informar cuando tenga una respuesta de su caso, sobre si se podrá avanzar en la investigación o no. Pero debo plantearlo antes con el juez.

—Sí, entiendo, muchas gracias… Aguardaré su respuesta.

El defensor permaneció pensativo en su oficina. Menudo problema se le había presentado. Cuando la defensoría intervenía en la resolución de conflictos que involucraba a personas despojadas y de bajos recursos, no había demoras en el accionar. Pero cuando se hallaban involucradas personas de alcurnia, había que moverse con cuidado. Él tenía potestad para resolver esta cuestión, pero prefería dejarlo en manos del juez a cargo.

Con un suspiro cansino, tomó los papeles y se encaminó al despacho del juez Basualdo. Por suerte, aún se encontraba en su oficina.

Le tomó unos minutos comentarle sobre la visita que había recibido y los motivos de esta.

El juez escuchó con disimulada sorpresa lo que se le estaba planteando. Le dijo al doctor Valverde que se ocuparía personalmente del caso y lo despidió. La señorita Sofía Olivares sin duda había sacado las agallas de su padre.