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Actualmente los vertiginosos cambios sociodemográficos ponen el acento en la necesidad de centrarnos en la población adulta y adulta mayor desde la intervención socioeducativa, reconociendo que ésta necesita de distintos tipos de miradas o enfoques. Este manual pretende presentar algunos de los campos de intervención socioeducativa que podemos desarrollar orientados en la población de personas adultas y adultas mayores. Algunos de los aspectos que abordamos son la profundización en el conocimiento sobre el proceso de envejecimiento, el envejecimiento activo, la animación sociocultural, la Educación para el Desarrollo como herramienta de convivencia, los recursos tecnológicos, el enfrentamiento desde una perspectiva social y educativa a la cuestión vital de la muerte, educación socioambiental y ciudadana, entre otras cuestiones. En definitiva, las autoras consideramos que se presenta una obra muy completa, en la que se trata con claridad y rigor algunos de los temes más destacados en relación a los entornos socioeducativos y los procesos del envejecimiento activo. El presente manual se dirige a aquellas personas que desde una perspectiva socioeducativa se encuentran vinculadas al colectivo de personas adultas y adultas mayores, así como a quienes se encuentran en un proceso de formación inicial o especialización.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Colección Universidad
Título: Envejecimiento activo. Un reto socioeducativo.
Primera edición: mayo de 2018
© Pilar Moreno-Crespo, Olga Moreno-Fernández, Aránzazu Cejudo-Cortés y Celia Corchuelo-Fernández
© De esta edición:
Ediciones OCTAEDRO, S.L.
C/ Bailén, 5 – 08010 Barcelona
Tel.: 93 246 40 02
www.octaedro.com
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ISBN: 978-84-17219-62-8
Diseño y producción: Ediciones OCTAEDRO
Pilar Moreno-Crespo
Olga Moreno-Fernández
En la actualidad encontramos ámbitos de intervención socioeducativa en los que se deben desenvolver el profesional de la educación en general, y de la educación social en particular. En España, la educación social se ha afianzado como un área de intervención socioeducativa que favorece el bienestar social de la ciudadanía. Entre estos ámbitos de intervención encontramos el que se ocupa de la educación de personas adultas, que tiene la finalidad de favorecer el desarrollo personal en esta etapa vital, con todo lo que ello conlleva. Un desafío al que se enfrentan actualmente los educadores. Con este manual se presentan algunos de estos campos de intervención socioeducativa, centrándonos en aspectos que influyen en la promoción de la calidad de vida de las personas, teniendo presente que la intervención socioeducativa necesita de distintos tipos de miradas o enfoques.
El capítulo primero abre el libro haciendo una breve presentación de cómo la sociedad se acerca al conocimiento del proceso de envejecimiento desde dos ejes diferenciables. Por un lado, el ámbito del conocimiento científico y no científico. Por otro lado, el ámbito de la evolución histórica en ambos conocimientos. De este modo, se abordan los aspectos relativos a los mitos y estereotipos que han existido, así como los que perduran en la actualidad. Asimismo, se aborda la evolución científica que ha habido en el estudio del envejecimiento desde los primeros acercamientos hasta el final de siglo xx.
El capítulo segundo presenta la realidad de las personas mayores como población en crecimiento, analizando el envejecimiento activo y relacionándolo con la Educación Social. Se plantea la reflexión sobre las necesidades educativas, los recursos y los profesionales que necesitan las personas mayores.
Por su parte, Cejudo-Cortés y Corchuelo-Fernández, en el capítulo tercero, a través de un proceso de transformación, liberación, participación e integración indagan sobre cómo los adultos mayores se pueden sentir protagonistas de sus vidas, todo ello a través de la animación sociocultural.
No podemos dejar de lado, en todos estos procesos socioeducativos, el papel que juega la Educación para el Desarrollo como herramienta clave para la convivencia. De esta forma, el capítulo cuarto, presenta una propuesta de intervención cuyo objetivo es favorecer el desarrollo de estrategias que promuevan la Educación para el Desarrollo, a través de los Programas Universitarios para Personas Mayores, con la finalidad de favorecer valores como la igualdad, la solidaridad, o los derechos humanos. Una perspectiva que no solo pretende formar e informar sino también movilizar para la acción a los/as participantes.
El capítulo quinto presenta la educación para la salud como un aspecto indispensable a tener en cuenta desde la perspectiva del envejecimiento activo. Por ello, Sánchez Lázaro, presenta a los adultos mayores como personas que pueden contribuir activamente a la sociedad en diversos niveles, incluyendo entre estos niveles la capacidad de adquirir hábitos de vida saludable; todo lo cual, se orienta a potenciar la calidad de vida y el envejecimiento activo.
Por su parte, Moreno-Fernández, Fernández-Arroyo y Rodríguez-Marín, en el capítulo sexto, favorecen una visión productiva de las personas adultas mayores, haciendo hincapié en las aportaciones que por experiencia vital pueden beneficiar a la sociedad. Lo hacen desde la perspectiva la educación ambiental como centro de interés integrador de la perspectiva de envejecimiento activo y participativo en la comunidad, en concreto desde los huertos urbanos como herramienta educativa que favorece el trabajo con los adultos mayores.
El capítulo séptimo pone el énfasis en los recursos tecnológicos como medio a partir de los cuales poder potenciar la educación emocional en el colectivo de los adultos mayores. La finalidad de este capítulo es ofrecer una selección de los recursos existentes que permita, a profesionales de la educación, contar con herramientas de trabajo con las que proporcionar experiencias a este grupo de edad en el desarrollo de competencias emocionales.
González Pérez abre el capítulo octavo haciendo referencia a los Men´s Shed, un tipo de comunidad formada fundamentalmente por hombres de avanzada edad en situaciones en riesgo de exclusión social, analizando el concepto y todo lo que le rodea.
Por su parte, el capítulo noveno, presenta la atención que los servicios de la red pública de servicios sociales ofrecen a las personas mayores, centrándose en el Servicio de Ayuda a Domicilio, un servicio que presta apoyo a las personas que tienen dificultades para un desarrollo normalizado de las actividades básicas de la vida diaria.
Pedrero-García abre el capítulo décimo con una más que interesante perspectiva de cómo enfrentarnos desde una perspectiva social y educativa a la cuestión vital de la muerte. Para ello presenta una aproximación a los fenómenos de envejecimiento y muerte, así como su relación con los procesos de pérdida y duelo implícitos a la vida. La Educación para la muerte o tanatología supone preparar a los adultos mayores y a cualquier otro colectivo en el afrontamiento de los procesos de muerte y duelo. Desde estas páginas, la autora aboga por elaborar una pedagogía de la muerte, no para eliminar el dolor ni el miedo que la caracterizan, sino para sustituir el tabú que la envuelve y la parálisis que a muchos adultos mayores provoca su evocación y su realidad.
Por su parte, el capítulo undécimo analiza el proceso de envejecimiento activo, teniendo como premisa que el envejecimiento, más que un deterioro o una etapa de decadencia, es una etapa llena de posibilidades para disfrutar del ocio y tiempo libre.
Por último, y como cierre del manual que se presenta, el capítulo duodécimo se centra en enfatizar el carácter productivo y funcional de las personas mayores, favoreciendo el enlace que se puede dar entre entidades locales y ciudadanos mayores con la finalidad de que estos conozcan diferentes tipos de voluntariado y puedan valorar el participar en la comunidad activamente.
En definitiva, las autoras consideramos que se presenta una obra muy completa, en la que se tratan con claridad y rigor algunos de los temas más destacados en relación a los entornos socioeducativos y los procesos del envejecimiento activo.
Pilar Moreno Crespo
Resumen
En el presente capítulo realizamos una breve presentación de cómo la sociedad se acerca al campo de estudio del proceso de envejecimiento. Abordamos los aspectos relativos a los mitos y estereotipos que han existido, así como los que perduran en la actualidad. Igualmente, tratamos la evolución científica en el estudio del envejecimiento desde los primeros acercamientos hasta el final de siglo xx. Podemos afirmar que el estudio del envejecimiento sufre una gran evolución a niveles académicos, científicos y sociales, culminando representativamente con la declaración de las Naciones Unidas del año 1999 como año internacional de las personas mayores.
Introducción
El ser humano es curioso por naturaleza y la capacidad de cuestionamiento nos permite generar ciencia. Los grandes avances de los que disponemos no serían posibles sin ese cuestionamiento. En estos milenios la humanidad ha dado grandes pasos y ha abierto nuevos campos de investigación, entre ellos el estudio del proceso de envejecimiento. El estudio de esta área de conocimiento es relativamente reciente, aunque ha sido objeto de reflexión desde que el mundo es mundo. En las siguientes líneas repasamos los grandes hitos que han perfilado la investigación del proceso de envejecimiento desde los primeros inicios de los que tenemos indicios.
Partiendo de las aportaciones de estos autores, tras analizar la documentación al respecto y reflexionar sobre la evolución de la ciencia y el estudio del envejecimiento en la historia y las culturas, hemos elaborado nuestra propia propuesta para clasificar las aportaciones claves (Bazo, 1990, 1995; Bouché, 2004; Carbajo, 2008, 2009; De Miguel, 2005; Dosíl Maceira, 1996; Fernández Lópiz, 1998; Gil Calvo, 1995; Hooyman y Kiyak, 1993; Lehr, 1995; Malagón Bernal, 2003; Martínez, 2009; Minois, 1987; Sancho Castiello y De la Pezuela, 2002; Schaie y Willis, 2003. De igual modo, y teniendo en cuenta el contenido de cada uno de estos momentos, presentamos nuestra propia propuesta con el fin de explicar cada una de las mismas. De este modo, planteamos una clasificación que no rompe con lo anteriormente expuesto, pero que consideramos puede ser una organización más clara y completa:
El conocimiento no científico del envejecimiento: mitos y estereotiposLos primeros acercamientos científicos al proceso de envejecimientoLa ciencia del envejecimiento en la última mitad del siglo xx1. El conocimiento no científico del envejecimiento: mitos y estereotipos
Desde hace milenios, desde que el ser humano ha sido consciente de su mortalidad, se ha deseado la victoria sobre la muerte, por lo que se ha perseguido el espejismo de la inmortalidad junto con el de la juventud perpetua. Desde tiempos inmemoriales se filtran hasta nuestros días mitos y leyendas sobre estos anhelos que se llegan a sublimar a entes superiores, divinidades en ocasiones personificadas como por ejemplo Isis, Osiris, Zeus, Era, Hades, Dionisos, Apolo, Venus, Marte, etc. Por otro lado, la mitología de diversas culturas hace mención a mortales buscadores de la vida eterna, seres comunes que comparten estas inquietudes y realizan cruzadas para darles respuesta, en unos casos con éxito y en otros no, como son los ejemplos de Hércules (adaptación romana del nombre del héroe griego Heracles), que persigue la divinidad que le reportará la inmortalidad, y Gilgamesh, rey de Uruk, cuya búsqueda de la vida eterna ha quedado recopilada en la Epopeya de Gilgamesh, texto que data del 1100 a.C., aproximadamente.
Las manifestaciones sobre el proceso de envejecimiento de las que se tienen constancia en el Antiguo Testamento, en textos egipcios y griegos podemos catalogarlas como precientíficas. La visión que transmiten es la de un hombre anciano lleno de virtudes, sabiduría y conocimientos que lo capacitan para tener un estatus de relevancia en la sociedad tomando parte de las decisiones relativas a esta.
Ante lo expuesto, aclaramos que la respuesta que puede dar un individuo ante un objeto social puede basarse en teorías fundamentales o en teorías implícitas erróneas. Estas últimas son los mitos y prejuicios que interiorizamos como verdades y que tendemos a cumplir con comportamientos concretos, entorpeciendo cualquier tipo de labor atencional (Fernández Lópiz, 1998, 2003). Por ejemplo, existen conceptos erróneos como que los ancianos se aíslan, son inútiles e incompetentes, que la mayoría de los pacientes de edad se sienten extremadamente desgraciados y son dementes seniles o psicóticos, que la mayoría de los ancianos necesitan ayuda en las actividades diarias debido a los problemas de salud, etc.
Pérez Serrano (2004: 59) comprende que los estereotipos: «A menudo, se presentan como generalizaciones excesivamente simplificadas. Son fuente de información y de formación de expectativas». Los estereotipos, que pueden tender a una visión idealizada o negativizada, actúan a modo de clichés en la comprensión de un fenómeno, objeto o grupo social que poseen en ocasiones la facultad de influir en la conducta de los grupos juzgados, que tienden a comportarse según dichas predicciones. Bouché (2004: 169-170), con respecto a los estereotipos plantea lo siguiente:
Es cierto que la vejez entraña problemas y, en alguna medida, decadencia. Pero también lo es el hecho de que se sostienen determinados prejuicios, tanto por parte de los propios actores –los viejos– como de los espectadores –los jóvenes y adultos– que no se ajustan, muchas veces, a la realidad. Desterrar estos juicios discriminatorios, formar y cambiar actitudes al respecto, es tarea de la educación. Y, más concretamente, de la educación permanente, que abarca desde el nacimiento hasta la muerte y comprende, por consiguiente, al período de la vejez.
Parece que la sociedad considera a los mayores sabios, serenos, moderados, pero también está de acuerdo en que el envejecimiento es una combinación de deterioro físico y mental, y que uno de los principales problemas de este grupo es la mala imagen. Son muchos los estereotipos que se relacionan con la vejez y se suele equiparar esta etapa a marginalidad en lo social, a inactividad en lo laboral, a pobreza en lo económico e incluso enfermedad en lo sanitario, extendiendo su visión a términos como pasividad, limitación, muerte, negatividad, encarecimiento económico, conservadurismo y tradicionalismo, generalización o rigidez.
Conviene tener en cuenta que esa forma de pensar, aún hoy, no está totalmente erradicada de la mente de muchos ciudadanos (Bazo, 1995; Fernández Lópiz, 1998, 2003). Estos estereotipos contribuyen a generar imágenes «limitadas» en la sociedad, en palabras de Pérez Serrano (2004: 59-60):
La sociedad, desde hace tiempo, ha creado una imagen equivocada de las categorías que vendrían a definir este período. Nuestros estereotipos negativos no se ajustan a la realidad de la mayoría de los ancianos. Ni ellos mismos se reconocen en la definición de viejo dado el valor social negativo que se le atribuye.
Fruto de la acumulación de opiniones socialmente negativas, los gerontólogos han acuñado el término «ancianismo» que refleja, como en el vocablo racismo, reacciones negativas frente a la edad. El ancianismo supone un prejuicio activo, no basado en hechos, sino en el desconocimiento y la deformación de las posibilidades potenciales de los mayores en la sociedad contemporánea. Esto supone un primer paso hacia la discriminación real de los mayores en la sociedad. Los mayores pueden reaccionar ante esta situación de dos maneras: oponiéndose a esa visión negativa o aceptándola. La primera es elegida por una minoría de los mayores; la segunda es la más común, debido al escepticismo sobre la acción reivindicativa para cambiar la realidad. La situación peor sucede cuando el mayor acepta los prejuicios sociales y los incorpora a la visión personal de su potencial. Se produce en este caso el fenómeno de la «profecía que se autocumple» (Carbajo, 2008, 2009; Fernández Lópiz, 1998, 2003; Moragas, 1991; Pérez Serrano, 2004).
Por otro lado, la gerontofobia se refiere al ancianismo no combatido u odio a la vejez, que, aunque no se manifieste abiertamente, se halla implícita en diversas reacciones sociales, legales, económicas y políticas.
En la actualidad, podemos decir que la actitud hacia los adultos mayores denota prejuicios, así como la existencia y utilización de mitos y estereotipos viejistas. Estamos ante una situación en la que debemos desmitificar estos prejuicios injustos ya que son contraproducentes y ejercen un efecto perverso. Hay que imponer la fuerza de la razón a la del mito, aunque este último sea más fuerte, empleando remitificaciones positivas que combatan a los mitos y prejuicios (Gil Calvo, 1995). Por lo tanto, debemos tener presente que, según Schaie y Willis (2003: 16): «[…] uno de los principales objetivos de la ciencia es disipar las ideas erróneas que rodean al fenómeno que se estudia».
En el informe elaborado por el Portal de Mayores (2012: 48-49) se elabora una compilación de los estereotipos más habituales sobre las personas adultas mayores, que procedemos a mencionar a continuación: 1) Todos los mayores son iguales; 2) Las personas mayores están enfermas, tienen dependencia funcional y son frágiles; 3) Los mayores están solos y aislados; 4) Las personas mayores tienen problemas de memoria; 5) Los mayores son rígidos y no se adaptan a los cambios; 6) No se enfrentan a los cambios del envejecimiento; 7) Las personas mayores no deben seguir trabajando; 8) Los mayores no pueden aprender cosas nuevas y; 9) Los mayores no tienen relaciones sexuales.
En las siguientes líneas intentaremos disipar alguna de las ideas erróneas que existen tomando como punto de partida la clasificación realizada inicialmente por Gil Calvo (1995). Igualmente trataremos de completarla con las aportaciones de Moragas (1991), Malagón Bernal (2003), Schaie y Willis (2003), Boronat (2003) y Carbajo (2009) entre otros autores.
No obstante, debemos tener presente que la imagen del envejecimiento varía según la cultura y la época histórica debido a que, para entender la realidad, partimos de marcos ideológicos que nos permiten interpretar y dar sentido al contexto en el que nos situamos, determinando nuestras actitudes hacia los objetos sociales, favoreciendo respuestas automáticas o cuasiautomáticas ante los estímulos, que es parte del modus de supervivencia de nuestra especie (Fernández Lópiz, 1998).
Sobre esta afirmación ya hemos hablado en un apartado anterior, por lo que nuestro posicionamiento es contrario a la idea de que un día señalado en el calendario puede dar el pistoletazo de salida a nuestra vejez. Compartimos con Pérez Serrano (2004: 59) que: «Considerar anciana a toda persona de más de sesenta y cinco años tiene una explicación arbitraria y poco racional».
Entendemos que llegar a mayor es un proceso en el que nos implicamos física, emocional y socialmente, por lo que estamos de acuerdo en que la edad es tan solo una variable más a tener en cuenta, pero no es determinante.
Debemos reconocer que existe una edad impuesta y admitida socialmente, que es la edad de jubilación. Hace años tenía sentido porque la esperanza de vida de las personas podía superar en poco los 65 años, actualmente, con esa edad una persona tiene mucho tiempo por delante. En todo caso, nos reiteramos en que junto con la edad debemos tener presentes otros factores para poder considerar que una persona se encuentra en la etapa vital de la vejez. En este sentido, Boronat (2003: 189) reconoce que la edad es en sí misma un mito: «[…] la verdadera edad no son los años que se tienen, es lo que se hace con los años, y esto pertenece a la naturaleza abierta del hombre».
Las personas mayores poseen muchas posibilidades y, si bien es cierto que no podemos comparar las aptitudes de una persona de 75 años a cuando tenía 20 años, es indiscutible que el conjunto de facultades residuales y posibilidades vitales le permite compensar las limitaciones. En relación a esta reflexión, Boronat (2003: 189-190) comenta que existen estereotipos sobre la disminución de la actividad física:
[…], que indudablemente decrece, pero no por ello hay que dejar de fomentar. Durante tiempo ha permanecido la falsa creencia de que la movilidad física y la realización de actividades corporales iban en detrimento de la salud de las personas mayores, suplantándoles en muchas tareas cotidianas que ellos eran capaces de hacer y recomendándoles que lo mejor para su salud era la tranquilidad […].
Se trata de la creencia de que existe una depreciación del adulto mayor al igual que de un mueble viejo. Cuando nos situamos ante algo viejo lo relacionamos con algo inútil, estropeado, dañado… Este concepto se complementa con el estado actual en el que se encuentra nuestra sociedad, que ensalza la juventud, la eterna adolescencia, todo aquello que se presenta como algo original, novedoso.
La sociedad se encuentra en un momento de culto al cuerpo, la belleza lo es todo y todo lo que implica la belleza está sobrevalorado: la juventud, el cuerpo perfecto, la apariencia de conseguir las cosas sin esfuerzo, etc. El narcisismo globalizado en el que vivimos nos esclaviza, centra nuestra atención en los valores de la juventud y nos esforzamos por atrasar el efecto de la edad en nuestro físico.
Moragas (1991: 35) plantea que: «[…] si la sociedad valora únicamente el desarrollo fisiológico que caracteriza la mocedad, son evidentes las limitaciones del anciano, pero si aprecia la calidad psíquica y social, entonces existen muchas oportunidades para los añosos».
Podemos decir que el punto de vista de la sociedad actualmente es equiparable al planteamiento de la «moda», que devalúa lo viejo ante el cambio o la novedad que se produce en el momento. Sin embargo, la remitificación de este prejuicio sería posicionarse en el punto de vista del Arte, que considera el paso del tiempo como una influencia que revalúa, de forma que lo antiguo está sobrevalorado.
También podemos determinar que la cuestión cronológica establece el mito de la edad dorada, tal y como recopila De Miguel (2005), representada por un periodo de paz y tranquilidad en el que se podrá disfrutar de todas aquellas cuestiones que anteriormente no fueron posibles y que la realidad establece que, en esta nueva etapa, es primordial la planificación y organización del tiempo atendiendo a las propias necesidades y planteando metas factibles y razonables.
Existe el prejuicio generalizado de que el adulto mayor es por definición irresponsable, hasta tal punto que se llega a hablar de una segunda infancia. Intentar establecer una similitud escapa a la realidad, sin embargo, existe cierto paralelismo entre esta etapa y la adolescencia; como, por ejemplo, es la familia próxima femenina, principalmente, la que se encarga del cuidado de los menores de edad y de los mayores, los adolescentes se encuentran en el inicio de su vida laboral y los adultos mayores la están finalizando, y se llevan a cabo políticas sociales similares en ambas poblaciones.
Contrarrestando este estereotipo debemos apuntar que no es raro que alguien de más de 65 años haga un trabajo de arte, ciencia o académico, ya que, aunque el periodo de mayor productividad sean las edades tempranas, la producción de este tipo de tareas se extiende a todo el periodo vital. Son varios los estudios que desmienten que la productividad crece y decrece en forma de «U» invertida, demostrando que existe un crecimiento en la productividad hasta que se experimenta un leve descenso (Schaie y Willis, 2003: 104). Muchas de las grandes obras de la humanidad se han escrito en esta etapa.
Entender la vejez como un problema social es el pilar fundamental de los prejuicios y mitos que hemos visto hasta ahora, por lo que se entiende que el envejecimiento poblacional se sitúa junto otras problemáticas sociales como son las drogas y el sida.
Para remitificar este prejuicio hay que darle la importancia que se merece a esta etapa de la vida, respetándola, protegiéndola y dándole el carácter de institución social que posee. Para conseguir este objetivo es importante que se reconozca un rol al mayor dentro de la sociedad, en la que su papel es fundamental y exige una respuesta activa e implicada hacia esta del propio adulto mayor.
Moragas (1991: 35) reflexiona sobre el planteamiento de la vejez como problema social, comprendiendo que existe una confrontación entre lo tradicional y lo moderno en lugar de un aprovechamiento mutuo:
El equívoco actual consiste en presentar conocimientos tradicionales de ancianos frente a saberes contemporáneos de jóvenes, como si el aprovechar unos supusiera negar los otros, y ahí está la falacia del planteamiento, ya que ambos son indispensables en una sociedad madura.
Con el aumento de la longevidad a partir del medioevo, el adulto mayor se encuentra ante diferentes situaciones: a) permanece en la familia, pero al no tener poder estaban condenados a vegetar esperando la llegada de la muerte, b) es ingresado en un asilo o queda reducido a la indigencia, dedicándose al vagabundeo y situado en lo más bajo de la escala social, c) los viejos con recursos se refugiaban en los monasterios (Minois, 1987).
Estos casos se van definiendo y, durante la revolución industrial, predomina el primero en el medio rural y el resto en el urbano, siendo principalmente los obreros viejos los que quedan reducidos a la mendicidad (Malagón ,Bernal, 2003). Esta última imagen enlazada con el concepto de inutilidad y decrepitud de la vejez, se ha mantenido en la sociedad de hoy día, es la visión social de que el adulto mayor ya no es una persona productiva para la comunidad, que no puede conseguir su propio sustento y se convierte en una carga.
La pobreza antes de la crisis ya afectaba al 13,5% de los mayores de 65 años (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico [OCDE], cit. en EFE, 2009), pero la realidad es que, aun estando retirados de la actividad y no correspondiendo las pensiones al ingreso de la población en edad laboral, son los adultos mayores los que poseen la titularidad de las propiedades familiares y unos ahorros que pueden ser en ocasiones de importancia, esto se une a que no tienen la carga familiar de sus hijos. Además, en estos tiempos de crisis se convierten en un puntal de la economía familiar, ya sea cuidando de los nietos mientras los padres trabajan, acogiendo a los hijos que retornan al hogar o, «simplemente», preparando comida para toda la familia. Podemos afirmar que en épocas adversas los adultos mayores son un valor añadido a la economía familiar.
Durante el ciclo vital, en el comienzo, la mortalidad es alta y va descendiendo según el individuo va adquiriendo años. Al ir aproximándose a edades avanzadas la probabilidad de muerte aumenta progresivamente, lo cual a la vista de la sociedad se traduce en una especie síndrome morboso o patología específica que se identifica con el temor a cumplir años relacionándolo con enfermedades e incluso la muerte.
Ciertamente, el cumplir años nos da más probabilidad de padecer una enfermedad, pero la edad no está acompañada irreversiblemente de patologías. Es más, el aumento de la esperanza de vida es una conquista de la humanidad y ello nos lleva a disfrutar cuando cumplamos años con salud en lugar de temerle al paso del tiempo y, por lo tanto, a la proximidad de la muerte.
En España las residencias no son muy aceptadas por la población general, prefieren permanecer en sus domicilios y solo un 3.19% de las personas mayores de 65 años son usuarios de Residencias (Sancho Castiello y De la Pezuela, 2002: 415). Según los datos que expone Pérez Ortiz (2002: 267) casi el 80% de la población desearía seguir viviendo en su propia casa durante su vejez, mientras las Residencias reciben pocas adhesiones (4,4%).
La crisis ha acentuado el descenso de las solicitudes de admisión en Residencias. Según recopila Martínez (2009) haciéndose eco de los datos aportados por la Asociación Leonesa de Residencias de la Tercera Edad, debido a la crisis «Los geriátricos leoneses de titularidad privada han comprobado cómo bajaba la demanda de plazas mientras su ocupación se reducía una media de un 10%».
Socialmente existe una carga negativa ante este periodo vital que impone a la persona estereotipos como lentitud, ineptitud, ignorancia, analfabetismo, atraso, retroceso, torpeza, incapacidad, incompetencia…
Evidentemente se posee una visión de la vejez negativa, ligada a la decrepitud, la enfermedad y la cercanía de la muerte. En todo caso, desde la sociedad se debe fomentar la visión de la vejez como otra etapa vital, con sus aspectos negativos y sus aspectos positivos. Debemos recordar que una vez jubilados tenemos una esperanza de vida de 15 a 20 años, y no es sano participar en una espiral de negatividad y devaluación de la persona. Debemos disfrutar y aprovechar ese tiempo del mejor modo posible consiguiendo el máximo partido que la vida nos permita, tal y como debemos haber realizado en otras etapas de nuestro ciclo vital.
Boronat (2003), al estudiar los mitos que existen sobre los adultos mayores, percibe que la sociedad cae en el mito de la uniformidad de la vejez. No obstante, debemos reconocer que a lo largo de la vida estamos sometidos a múltiples influencias internas (biológicas, fisiológicas, genéticas, etc.) y externas (educación, cultura, ambiente, movimientos sociales, sucesos históricos, etc.), que nos van influenciando en diferente medida, por lo cual, consideramos que al ir cumpliendo años vamos tendiendo a ser únicos.
En cuanto a la imagen que los mayores tienen de sí mismos, se constata que, para las personas mayores, la falta de identificación con la vejez, especialmente entre los más jóvenes de ellos, les lleva a conformarse como un grupo separado y distinto, ya que los estereotipos negativos de la vejez no son los más propicios para identificarse con ellos. Incluso, se resisten a ser identificados con el grupo de personas mayores, ya que su papel en la sociedad está desvalorizado, constituyendo el grupo de edad menos apreciado socialmente (Bazo, 1990). De esta forma, buscan estrategias para evitar dicha identificación, una de ellas es negar su propia edad y definirse como de mediana edad (Hooyman y Kiyak, 1993).
Resumiendo, puede decirse que el miedo a envejecer generalizado en las sociedades modernas se relaciona con el temor al declive físico y mental, influido por el culto a la juventud que la sociedad occidental estableció a partir de la Segunda Guerra Mundial. La vejez, como perspectiva vital, puede ser bella como la juventud, ya que belleza y fealdad no constituyen parámetros universales, sino todo lo contrario, son cánones que se construyen culturalmente. Es una etapa más de la vida como la niñez, la madurez o la adolescencia, en donde en cada una se producen unas enfermedades propias y también oportunidades, pero no tiene necesariamente que asociarse con enfermedad.
En la actualidad, buena parte de las personas consideradas oficialmente mayores (por estar jubiladas) resultan jóvenes desde el punto de vista social. Son, pero sobre todo cada vez lo serán más, personas con mayor nivel de conocimiento, formación, salud y recursos económicos que las generaciones de mayores precedentes.
Los estereotipos sobre el envejecimiento son numerosos y darían para la elaboración de varias tesis. No obstante, sin ánimo de extendernos en exceso, resumimos las directrices que propone Pérez (2004: 211) para promocionar un cambio en la imagen del proceso de envejecimiento:
No todas las personas mayores son siempre pasivas.Vejez no es igual a jubilación.La persona aprende a lo largo de la vida.Vejez no es igual a enfermedad.Vejez no es igual a improductividad.Las personas mayores no siempre necesitan protección.Lo que esperemos de las personas mayores es lo que ellos reproducirán.Tal y como recopila el Portal de Mayores (2012: 50-51), en 2005 se firman, en el marco ofrecido por el Seminario organizado por el IMSERSO y la Universidad Menéndez Pelayo, entre periodistas y personas adultas mayores asistentes, una serie de compromisos para que el tratamiento de la «[…] imagen de las personas mayores sea acorde con la realidad»:
Mostrar el envejecimiento como una etapa más de la vida, rescatando los valores que encarnan las personas mayores como la serenidad, la experiencia, el respeto, la independencia o la memoria.Incluir a las personas mayores como parte de la población en plano de igualdad con los demás colectivos, en todo tipo de información.Evitar el lenguaje peyorativo, paternalista y discriminatorio, que contribuye a reforzar los estereotipos sociales sobre las personas mayores. Propiciar desde los medios el tratamiento de los temas con una perspectiva intergeneracional.Dar voz a los mayores como ciudadanos independientes y protagonistas de sus propias vidas.Acabar con su invisibilidad recurriendo a ellos como fuente informativa.Para finalizar consideramos que la sociedad debe superar los estereotipos que existen sobre el grupo de adultos mayores, evitando de este modo la profecía autocumplida. Desde los grupos docentes que formamos a futuros profesionales que trabajarán en un ámbito relacionado con los mayores, así como en general a los ciudadanos de mañana y desde los investigadores implicados con este sector, debemos estar comprometidos con la erradicación de estos mitos que perpetúan una imagen ilusoria del envejecimiento. De igual forma, los gobiernos deben potenciar el envejecimiento saludable y promover una visión real y actual del adulto mayor.
2. Los primeros acercamientos científicos al proceso de envejecimiento
Es difícil establecer una fecha o hito histórico que demarque el comienzo del estudio del envejecimiento, aunque hay que destacar que la existencia de referencias al envejecimiento o a la vejez es escasa hasta aproximadamente el siglo xvi, siendo en este siglo, junto con el xvii y el xviii, cuando aparecen diferentes obras que focalizan su atención en la consecución de una mayor longevidad humana (Dosíl Maceira, 1996: 8). Si quisiéramos establecer el comienzo de la investigación científica en gerontología, podríamos tomar como referencia la obra de Francis Bacon (1561-1626), History of Life and Death en donde establece que la mejora de la higiene, la medicina y las condiciones sociales repercutirían en el aumento de la esperanza de vida, como posteriormente se ha comprobado. No obstante, es el siglo xix donde se puede ubicar el comienzo del trabajo científico en gerontología. En la institución del campo científico orientado al estudio del envejecimiento, podemos mencionar autores como Quetelet, Francis Galton, Staney Hall y Paulov, entre otros. En estos comienzos, el acercamiento al estudio del envejecimiento se realiza desde diferentes perspectivas (Carbajo, 2008; Minois, 1987).
Quetelet (1796-1874) era doctor en matemáticas y le interesaba principalmente la estadística de la probabilidad, de las cuales hace gala en sus obras Sur l’home et le développment de ses facultés (Sobre el hombre y el desarrollo de sus facultades) publicada en 1835 y Anthropométrie. Fernández Lópiz (1998: 40) afirma que Quetelet cree fundamental «estudiar el proceso de desarrollo en su totalidad, las modificaciones y reacciones a lo largo de dicho proceso, así como las leyes que lo rigen». Sobre este autor, Lehr (1995: 25) afirma que:
[…] la importancia de Quetelet para la investigación del envejecimiento estriba, por una parte, en que se opuso a la inaceptable generalización de las comprobaciones aisladas y combatió cualquier procedimiento meramente casuístico; por otra, en que destacó, de un modo convincente, la relación entre las influencias biológicas y sociales, incluso en lo que se refiere al proceso de envejecimiento.
Por su parte, Francis Galton (1832-1911) denota la influencia de Quetelet en su obra Inquiry into human faculty and its developments (Estudio sobre las facultades humanas y su desarrollo), centrándose en las diferencias individuales sobre las características físicas, sensoriales y motrices. Contradiciendo el modelo deficitario, Stanley Hall (1844-1924) trata de contribuir a la comprensión de la naturaleza y las funciones de la vejez en su obra Senescence, the last half of life (1922), (Senectud, la última mitad de la vida), en la que resalta que las diferencias individuales son significativamente mayores en la vejez que en otras etapas de la vida. Los estudios que realiza Paulov (1894-1936) en Rusia sobre el sistema nervioso central y los procesos reflejos y de condicionamiento descubren que los organismos mayores reaccionan más lentamente y que ante una rápida exposición de determinados estímulos reaccionan con un estado de confusión. Considera que es debido a una menor conductibilidad de las vías nerviosas. Adentrándonos en el nuevo siglo, los estudios sobre el envejecimiento comienzan a proliferar caracterizándose por ser estudios experimentales que utilizan test psicológicos sobre la inteligencia y la medida del rendimiento, la psicomotricidad y la capacidad de reacción. Las investigaciones realizadas sobre la capacidad intelectual revelan que existe una decadencia de esta con el aumento de la edad (estudios realizados a principios de siglo por Miles en EEUU y Kirihara en Japón). Gruhle publica en 1938 el artículo «Das seelische Altern» («El envejecimiento psíquico») en el tomo I de la revista Zeitschrift für Alternsforschung en donde describe las dificultades de adaptación, de asimilación de nuevos contenidos del pensamiento, así como los olvidos y características propias de la personalidad del adulto mayor (terquedad, irritabilidad). Desde esta perspectiva se presenta el proceso de envejecimiento como una decadencia o corrupción de una situación de normalidad conservada durante la adultez. En 1933, Bühler publica Der menschliche Le-benslauf als psychologisches Problem (El curso de la vida humana como problema psicológico) donde ofrece una visión articulada de las fases del desarrollo humano desde el nacimiento hasta la muerte. La Macy-Foundation organiza en 1937 un seminario sobre el envejecimiento donde se trataron dimensiones culturales, psicológicas y de la personalidad. Algunos de los participantes en este seminario fueron Clark, Wissler, Dublín, Hamilton y Miles, Dewey y Birren (Carbajo, 2008; Minois, 1987).
3. La ciencia del envejecimiento en la última mitad del siglo XX
El periodo de consolidación de esta etapa podemos situarla a partir del comienzo de la II Guerra Mundial. Desde otra perspectiva, afirmamos que el ecuador que separa esta etapa de la anterior es la transformación que se produce en la estructura poblacional. Se trata del aumento creciente de los individuos mayores de 65 años y es esta realidad la que hace que las investigaciones se focalicen en el estudio del envejecimiento, quedando reducidas a lo «anecdótico» aquellas realizadas con anterioridad. Por este motivo podemos afirmar que, aunque el interés por el envejecimiento es remoto en la historia de la humanidad, su estudio científico es bastante novedoso.
