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De hoy en adelante, eres mía. Algo palpitó dentro de Merewyn en cuanto vio al guerrero que se erguía en el barco vikingo. Debería temerlo por mil motivos, debería alejarse corriendo, pero, aun así, no pudo evitar que la atrajera. Eirik jamás se había llevado una cautiva, pero Merewyn le despertaba un anhelo que alteraba esa oscuridad que llevaba dentro. Se la llevó a su tierra como su esclava y acabaron rindiéndose a la pasión. Además, mientras se difuminaban los límites entre cautiva y captor, Eirik se dio cuenta de que habían entrado en un territorio peligroso...
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Seitenzahl: 360
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015 Harper St. George
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Esclava de un vikingo, n.º 592 - diciembre 2016
Título original: Enslaved by the Viking
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7806-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Dedicatoria
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
A mi familia.
Gracias a Kathryn Cheshire, mi maravillosa editora, por todos su acertados consejos y su disposición a guiarme. También me gustaría agradecerle su apoyo a Linda Fildew. Gracias a Nicole Rescinti, mi agente, por su entusiasmo y su estímulo. Un agradecimiento enorme a mis críticas colaboradoras Erin Moore y TaraWyatt. No habría terminado esta historia sin ellas. Gracias a Jessica Brace, Andrea R. Cooper, Rachel Ezzo, Brandee Frost y Nathan Jerpe por darme consejos, leerme y apiadarse de mí.
Northumbria, año 865
Eirik nunca había tomado una cautiva, pero la idea de que pudiera ser suya era casi irresistible. Cerró los ojos para intentar rechazar esa idea tan sombría, pero cuando volvió a abrirlos ella no había visto todavía sus embarcaciones y el corazón se le aceleró, la sangre le bulló por el anhelo y no sintió casi nada más.
Había liderado esa flota durante dos años. Antes, ya había viajado bajo el mando de su padre a lejanos confines del mundo. Se había acostumbrado a interpretar indicios, a ver señales que pasaban desapercibidas a casi todo el mundo y a confiar en su instinto. Por eso confiaban sus hombres en él. En ese momento, su instinto le decía que la apresara.
Ya debería haberlos visto, al fin y al cabo, él sí podía verla a pesar de la niebla. Sin embargo, daba vueltas entre la bruma como si no tuviera ninguna preocupación en la vida. Quizá los dioses la hubiesen dejado allí para él… Parpadeó y descartó la idea, su instinto de guerrero se impuso. No había fogatas a lo largo de la playa. O los centinelas estaba dormidos o no había centinelas. Debería haber alguien con la muchacha, pero ella bailaba sola, era como un regalo que podía tomar de esas costas desoladas y llevárselo a casa.
Escudriñó la costa para buscar algún indicio de una emboscada, algo que surgiera de entre las sombras y que le indicara que había un ejército de sajones. Quizá hubiesen dejado a la chica como una especie de señuelo, o quizá hubiese algo más siniestro en juego. Había oído contar historias de sirenas que seducían a los hombres para matarlos. Normalmente, habitaban en islas míticas que el mar volvía a tragarse, pero era posible que las costas de Northumbria tuviesen sus propias sirenas. Sin embargo, la playa estaba vacía y, después de echar una ojeada a los remeros, comprobó que nadie estaba tan absorto por ella como él. Quizá fuese su sirena personal.
Su cuerpo flexible y elegante giraba con despreocupación. Su hechizo le auguraba liberarlo de las ataduras del deber y de las sombras del pasado que siempre lo habían dominado con su rigidez. Quería unirse con ella y esa idea tan absurda lo abrumó. Solo era una muchacha, como otras que había visto en sus viajes, pero podía decir el momento exacto en el que vio su figura entre la densa niebla. Su mirada encendía pequeñas llamas de lucidez y cuando se encontró con la de él, se quedó aturdido. No la había visto jamás, nunca había estado tan al norte, pero, aun así, tuvo la sensación de que era suya.
El desembarco se había planeado para que coincidiera con la neblina del amanecer y sus hombres estaban bien adiestrados en el arte del sigilo. Sería fácil capturarla. La tentadora idea le atenazó las entrañas, pero la descartó y se recordó que esa expedición era de reconocimiento, que no habría cautivos.
Ella, por fin, se dio cuenta del peligro que se acercaba, se dio media vuelta y empezó a correr. La sangre le bulló con más intensidad y le despertó la necesidad de detenerla antes de que avisara a todo el mundo. Metió las botas en el agua y sus hombres dejaron los remos y lo siguieron para varar la embarcación en la arena.
La noche anterior había caído una tormenta, pero eso no había impedido que Merewyn paseara por la playa como todas las mañanas. Si no se lo habían impedido las insistentes amenazas de su hermano, un poco de lluvia no iba a interponerse en su camino. Vivía para pasar las mañanas lejos de la casa fortificada, para estar sola cuando despuntaba el día. Seguramente, era una necedad, pero le parecía que todo era posible en esos momentos tan breves, que su vida fatigosa podía dejar de limitarse a cuidar a los hijos de su hermano y a llevar a cabo las tareas domésticas de una sirvienta. Adoraba a los hijos de su hermano, pero no eran suyos. Blythe se ocupaba de recordarle quién los había dado a luz y quién estaba al mando de la casa. Además, tenía razón. Era su esposa y tenía que estar al mando, pero ella no podía evitar sentirse relegada. En la playa, en cambio, todo eso quedaba al margen, era libre y feliz. Su vida era solo suya.
Sonrió y giró entre la niebla, dejó que la humedad formara diamantes diminutos en los mechones oscuros del pelo. A pesar del frío, levantó los brazos con el manto de piel para recibir la brisa salada que hacía que pensara en la libertad. Le encantaba.
Sin embargo, acto seguido, vio la embarcación que surcaba el mar, vio la cabeza de dragón en la proa y supo que nunca volvería a ser libre. Estaba tan cerca que podría haber contado los dientes de sus fauces, que esbozaban una sonrisa grotesca y que anunciaban muerte y sufrimiento. Podría haberlo hecho si no hubiese visto las otras embarcaciones que iban surgiendo de entre la niebla. Los barcos se extendían delante de ella como si fueran unas alas oscuras, como si fuese una bestia gigante que remontaba el vuelo para buscar a su presa.
La playa era una franja larga de arena que daba paso a una pradera ligeramente ondulada. Su figura en la orilla del mar tenía que ser tan visible como la del vikingo que viajaba en el primer barco. Los demás se confundían en una masa de músculos humanos que se inclinaban y remaban, pero él estaba de pie, con un pie apoyado en la borda, y la miraba fijamente. La había visto e iba a por ella.
Alfred había tenido razón. La había avisado de que se quedara cerca de la casa mientras él estaba fuera, que los vikingos eran cada vez más audaces. Ella, sin embargo, lo había considerado un hermano mayor demasiado protector y no le había hecho caso. Sin embargo, había tenido razón y ya nada podía salvarla de ellos. Recordó en un instante todas las cosas atroces que había oído contar que les hacían a sus cautivos. El pavor la paralizó. Sin embargo, hizo un esfuerzo para dejarlo a un lado y consiguió moverse. Al principio, retrocedió tambaleándose, pero luego, después de dar media vuelta, avanzó con zancadas más rápidas hacia la hierba. Él, con los brazos cruzados, se movió y se preparó para saltar del barco. La certeza espantosa de que la atraparía hizo que corriera más deprisa hacia la casa, que estaba en una pequeña a colina a ochocientos metros tierra adentro. Estaba demasiado lejos para llegar antes de que los barcos tocaran tierra, pero quizá pudiera avisar a todo el mundo. Si no los avisaba, nadie vería a los monstruos que se acercaban. Aunque sabía dónde estaba la fortaleza, no podía ver ni una luz entre la densa niebla.
Las piernas le palpitaban, los dedos de los pies se le clavaban en el suelo arenoso y ya sentía un pinchazo en el costado, pero hizo un esfuerzo para seguir corriendo. Creyó oír que el viento agitaba la capa de cuero de un vikingo. Eso la espoleó y, antes de lo que se había imaginado, se encontró corriendo a través de las puertas abiertas de su casa.
—¡Cerrad las puertas! ¡Han llegado los vikingos!
Consiguió decirlo antes de caer al suelo mientras intentaba recuperar la respiración y los pulmones le oprimían dolorosamente el pecho. Alguien la agarró de un brazo y la levantó mientras cerraban las puertas.
—¿Cuántos? —le preguntó una voz que ella no reconoció en medio del caos.
—Cinco barcos, quizá más.
Ella sacudió la cabeza con impotencia. Había estado tan asustada que no los había contado ni los había visto claramente.
—¡Dios, nos arrasarán!
Oyó un clamor sordo y se dio cuenta de que era el sonido de las bestias que estaban al otro lado de las puertas. Sus gritos de guerra eran bárbaros y casi inhumanos. Le temblaron las piernas y se le heló la sangre. Había tenido a esa horda tan cerca que era un milagro que hubiese podido entrar antes de que la capturaran. Elevó una plegaria de agradecimiento e intentó acordarse de lo que les había dicho Alfred que tenían que hacer si los atacaban cuando él estaba fuera.
—¡Merewyn!, por Dios, ¿puede saberse qué has hecho?
Ella se dio la vuelta y vio que Blythe, la esposa de Alfred, estaba acercándose. La censura de su mirada era más que evidente.
—Los vikingos están aquí…
—¡Los has atraído hasta aquí! Esto es lo que pasa por dar esos paseos. ¿No te los prohibió Alfred?
—Estaban llegando directamente a la playa, ya sabían dónde estaba la casa.
La bofetada fue tan inesperada que se desequilibró. La marca de la mano de Blythe le quemó en la mejilla y los ojos le escocieron por las lágrimas.
—Vete abajo. Tendré que ocuparme de esto —le ordenó Blythe mirando hacia las puertas.
—¿Qué… qué pasa con los niños?
—Todos están con Alythe, excepto Annis y Geoff, que acaban de ir corriendo a tu alcoba. Llévatelos contigo.
Fue corriendo para reunirse con los hijos menores de su hermano. Se alegró de que nunca les hubiese dejado acompañarla a la playa. Ya podía oír los golpes en las puertas y el crujido de la madera que intentaba contener al asalto. El eco del primer hachazo que astilló la puerta le retumbó por dentro y le atenazó las entrañas porque supo que la madera cedería antes o después.
Eirik empleó la empuñadura de su espada para forzar otra puerta, pero se encontró con otra estancia vacía. Se tragó la decepción y fue hasta el salón. Los sajones también lo habían abandonado y estaba lleno con sus hombres. La señora de la fortaleza de Wexbrough lo miraba con el ceño fruncido desde un rincón. Habían desarmado y atado a su guardia en el extremo opuesto de la habitación. Los sirvientes y trabajadores estaban juntos en el patio. Solo eran chicos, mujeres y ancianos que no podían oponer mucha resistencia. Solo quedaban los integrantes de la familia, que destacaban por su ausencia. Él sabía que estaban escondidos. No debería importarle, no estaban allí para hacer prisioneros, solo era una expedición de reconocimiento. Ese lugar era perfecto para un puesto de mando durante la invasión de primavera y todavía no lo habían evaluado minuciosamente. Mandaría a algunos hombres para que informaran a su tío, que estaba pasando el invierno en el sur, y se marcharía para pasar él el invierno en su tierra, que no había pisado desde hacía casi dos años. Llevarse a la muchacha no era parte del plan e intentó convencerse de que no esperaba encontrarla por eso. Quería verla de cerca para entender lo que le atraía de ella, para aplacar la curiosidad.
Su penetrante mirada se fijó en cada sombra del salón y buscó un retazo del vestido azul que llevaba o de la melena oscura que flotaba detrás de ella mientras corría. Estaría escondida con el resto de la familia, dondequiera que estuviesen. No tenían tiempo para buscarlos. El vello de la nuca se le erizaba y eso le avisaba que tenían que darse prisa, que ya habían pasado demasiado tiempo allí. No sabía si la ausencia de una guardia suficiente ponía de manifiesto la arrogancia del señor o la desesperación del rey, que había llamado a todos los hombres disponibles, pero no podía descartar la posibilidad de que alguien hubiese escapado de la fortaleza para pedir ayuda a los guerreros de la zona. Su instinto le decía que tenían que marcharse.
La necesidad de encontrarla le oprimía el pecho y le costaba respirar. Era un disparate total y absoluto. Lo entendió y lo sofocó sin miramientos. Se abrió paso entre cuencos y tazas, residuos de un desayuno interrumpido, y se detuvo delante de la señora. Dos arcones con tributos, diezmos lo había llamado ella, estaban derramados por el suelo entre los dos.
—¿Esto es todo lo que ofreces? Me has hablado de la relación de tu casa con el rey. ¿Acaso tu marido y señor no tiene rango suficiente como para merecer más generosidad de su rey?
Dio una patada a una taza dorada que acabó a los pies de ella. Si la mujer se había quedado impresionada porque él hablara su idioma, no lo dejó ver. Siguió mirándolo con un desprecio que él dio por supuesto que reservaba para sus esclavos más ínfimos.
—¿Qué más quieres de nosotros, perro? Tus secuaces ya están arrasando nuestra capilla.
El ruido que llegaba de ese edificio subrayaba sus palabras.
—Si no tienes nada más que ofrecernos, nos llevaremos el grano.
El tributo no era más de lo que debería pagar. Hacía unos meses, el señor de esa fortaleza había encabezado un ataque especialmente brutal contra los hombres de su tío, que estaban más al sur. A él le daba igual que quedarse sin grano significara que ella y su señor tuvieran que pasar un invierno especialmente severo. Repitió las palabras en su idioma y se recibieron con enojo. Se prefería mucho más el oro al grano. Él sonrió y levantó una mano hacia el grupo de hombres que esperaba sus órdenes. Era la señal para que llevaran a cabo su amenaza.
—¡No! —gritó ella cuando el grupo empezó a dirigirse hacia el granero.
Casi en ese mismo momento, un alarido rasgó el aire de la mañana. Él dejó de sonreír y el corazón se le desbocó. Era la muchacha. Lo supo sin saber cómo podía estar tan seguro. Le pesaban los pies, pero cruzó casi corriendo la puerta que llevaba a la despensa. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles con sacos de comida. Se habían amontonado barriles de roble contra la pared, pero también se habían apartado algunos y dejaban ver una estancia oculta en el suelo. La trampilla que servía de entrada a la estancia subterránea estaba abierta de par en par y dejaba un agujero negro en el suelo. Gunnar, hermanastro de él, acababa de salir con alguien en el hombro que luchaba para liberarse.
—¿Qué has encontrado?
Eirik bajó la espada y vio la figura esbelta con un vestido azul oscuro sobre el hombro de su hermano. El pelo castaño le caía por la espalda de él y lo golpeaba inútilmente con los puños. Un instinto de posesión, bárbaro e implacable, se adueñó de Eirik.
—Abajo solo hay niños y ancianas —Gunnar sonrió—. Este es el único tesoro.
Le pasó la mano por el trasero con una caricia grosera.
—Déjala en el suelo.
La orden fue tan tajante y severa que hasta la chica dejó de resistirse para levantar la cabeza y mirarlo con los ojos oscuros muy abiertos. Tragó saliva y la columna de marfil de su cuello se contrajo. Lo había reconocido y la atracción que sintió en la playa fue mayor. Apretó los dientes para dominarse, envainó la espada y se la cruzó a la espalda.
—Yo la he encontrado —gruñó Gunnar—. Tú tienes a Kadlin.
A pesar del tono áspero, la dejó en el suelo con delicadeza.
—Déjamela a mí, Gunnar.
—Vaya, por fin, hermano…
La mirada de Eirik era implacable, pero también era burlona, como si se guardara una broma que todavía tenía que desvelar. Sin embargo, la muchacha ya no se resistía, miraba a Eirik con unos ojos indescifrables. Gunnar abrió la boca, para provocarlo otra vez, pero lo interrumpieron antes de que pudiera hablar.
—¡Quédatela!
La señora de la fortaleza entró en la despensa. Todos la miraron y Eirik estuvo seguro de que oyó a la muchacha contener la respiración.
—Quédatela y deja el grano —añadió la mujer.
—Podría llevarme las dos cosas —replicó Eirik como si se preguntara qué tramaba la mujer.
—Sí, pero no tienes tiempo para todo.
Lo miró con sus ojos perspicaces antes de mirar a la muchacha de arriba abajo, con una dureza calculadora.
—No está casada ni ha dado a luz —siguió la señora—. Podría valer más que el grano de un invierno. Llévatela y márchate mientras puedas.
Él no tuvo tiempo para sopesar sus palabras. Acto seguido, la muchacha empezó a correr, los sorprendió y salió de la despensa. La sangre le bulló otra vez y le exigió que la atrapara.
Merewyn corrió aunque sabía que era inútil, aunque solo vio vikingos y solo podía salir de allí por las puertas. Corrió porque no podía permitir que se la llevaran sin más, para dejar atrás la traición de esa palabra dicha con tanto desdén «llévatela». Se la repitió una y otra vez en la cabeza hasta que dejó de tener sentido, hasta que fue una letanía que recordaría toda la vida. Sin embargo, sobre todo, corrió porque sabía que se la llevarían.
Había oído las historias de vikingos que contaban los viajeros en tono sobrecogido alrededor del fuego del salón. Convertían en esclavos a sus enemigos y violaban a las mujeres. No podía soportar la idea. Además, si no se la quedaban cuando habían terminado, había ciudades orientales con mercados dedicados al comercio de personas donde podrían venderla. No podía permitirlo, no podía vivir como una esclava. Estaba persiguiéndola, pudo ver en su cabeza al gigante dorado del barco con la cabeza de dragón, sabía que sería él quien le daría caza. Aunque no había entendido lo que había dicho, sí sabía que la había reclamado de alguna manera. Lo había notado en la playa, sus ojos la habían reclamado como harían sus manos si la atrapaba.
Oía sus pisadas que se acercaban por muy deprisa que corriera. Notaba su mirada clavada en ella con toda su fuerza, como si sus dedos le subieran por la espalda para alcanzar el cuello. A medida que se acercaba, la potencia visceral de su mirada hizo que el corazón se le subiera a la garganta y que le flaquearan las rodillas. Cuando estuvo segura de que la agarraría, fue a buscar refugio en la forja, pero él estaba allí, rodeando la esquina opuesta del inmenso horno de piedra para cortarle el camino. No podía esconderse de él. Estaba delante de ella, inmenso y con las rodillas ligeramente dobladas, preparado para atraparla. Era el hombre más grande que había visto y ella era baja y enclenque en comparación. Sus ojos brillaban, reflejaban su intención de tenerla, y ella se dio cuenta de que lo único que podía hacer era resistirse. Acabaría anhelando la muerte si la tomaba y era preferible morir en ese momento. No se hacía ilusiones, no saldría viva de la pelea, la aplastaría como si fuese un insecto. El corazón dejó de latir desbocado y una certeza gélida se adueñó de ella, sintió una serenidad que no había sentido nunca. Agarró la empuñadura del puñal que llevaba siempre en el cinturón y lo desenvainó. La hoja larga y fina no serviría de nada contra la cota de malla que llevaba, así que tendría que atacar más abajo… o al cuello. Mientras lo pensaba, él fue a agarrarla y ella tomó la decisión de hacerle un corte en el brazo. Él la recompensó con un gruñido de dolor. Merewyn retrocedió para intentarlo otra vez, pero él se repuso y se abalanzó hacia ella. Aunque Merewyn blandió el puñal, él se limitó a agarrarle la muñeca y a retorcerle el brazo detrás de la espalda. Le soltó el puñal y con la otra mano le agarró la muñeca que tenía libre y la empujó contra la forja que tenía a la espalda. Todo fue tan rápido que, antes de que se diera cuenta, estaba mirándolo a la cara, que estaba tan cerca que no le dejaba respirar. La muerte no parecía inminente y los latidos acelerados del corazón hicieron que la sangre le retumbara en los oídos, que fluyera con toda su fuerza. Le incitaba a que hiciese algo, pero estaba inmóvil, tenía que esperar a que él tomara una decisión. La miró de arriba abajo y ella tuvo la sensación de que estaba valorándola, como si se preguntara cuánto podría sacar por ella en el mercado de esclavos o si debería limitarse a matarla en ese momento.
Entonces, lo miró a los ojos y se dio cuenta de que no era ninguna de las dos cosas. El destello posesivo era inconfundible y la quemaba donde la tocaba. Le acarició el rostro y el cuello como una llama viviente, la abrasaba como si ella fuese combustible para el fuego. Nunca había visto una mirada tan concentrada, tan decidida. Iba a quedársela para él, iba a poseerla, a violarla. Cerró los ojos con todas sus fuerzas.
Él no se movió. Su imponente pecho estaba a unos centímetros de ella, pero no intentó tocarla más. Su aliento le rozaba las mejillas, era tranquilo y regular, no como el de ella, y le pareció que olía a invierno, a frío, a cierta delicadeza. Era un forastero y no era bien recibido, pero no era repugnante. Las manos la sujetaban con firmeza, pero no con violencia. No estaba pasando nada de lo que se había imaginado. Perpleja por la pasividad de él, se atrevió a abrir los ojos y vio que el sol había encontrado un resquicio entre las nubes y que la cota de malla resplandecía en su hombro. Subió la mirada por el musculoso cuello y, absurdamente, se fijó en que estaba perfectamente afeitado. ¿Acaso esos bárbaros no eran desaliñados? Siguió por la curva de la barbilla, con una leve barba, y llegó a la línea recta de su boca y a los pómulos prominentes. Ese hombre podría haber sido un dios vikingo. El pequeño abultamiento en la nariz era su único defecto. Tomó aliento y reunió valor para mirarlo a los ojos. El azul era muy intenso y se le encogieron las entrañas de miedo, pero también se dio cuenta de que no había ira en esos ojos. No pudo identificar la emoción que bullía en ellos. Tuvo que recordarse que no era un dios. Las pequeñas arrugas que le rodeaban los ojos indicaban que había pasado años entrecerrándolos por el sol, o quizá hubiese alguien que le había hecho reír tanto que había formado esas arrugas. Volvió a tomar una bocanada de aire y los pulmones se le llenaron con el aliento cálido de él. Algo cambió dentro de ella, ya no estaba dominada por el miedo. Él era real, ya no era el monstruo que iba a acabar con su mundo, quizá escuchara.
—No tiene que llevarme. Puede dejarme aquí. No sé hacer nada y no le serviré para nada.
Las palabras salieron a borbotones antes de que pudiera contenerlas y formar algo más imperativo. Intentó mantener la voz firme mientras razonaba con él, pero acabó temblando. Además, cuando él dejó de mirarle la cara y empezó a mirarle el cuerpo, ella supo para qué quería que sirviera. Sintió otra punzada de pavor, pero hizo un esfuerzo para mantener la calma y miró al frente. Vio su pelo y se fijó en un mechón dorado por el sol que contrastaba con el color más oscuro del resto, que seguía húmedo por la niebla de la mañana.
—¿Preferirías quedarte con tu familia cuando está dispuesta a entregarte?
Él le miró la marca que ella sabía que se le había formado en el pómulo. Él lo había dicho en voz baja, sin burlarse, como podría haberse imaginado ella, y fueron las primeras palabras que le había dirigido solo a ella. El tono ronco despertó algo en su interior, pero no supo qué era. Solo supo que el sonido se le filtraba por la piel, que le daba calor por dentro, que alteraba una parte de ella que no había entregado, que la dejaba perpleja. Cerró los ojos para sofocarlo, pero solo consiguió oír con más fuerza lo que había dicho Blythe. «¡Llévatela!». No lo había olvidado mientras se resistía al vikingo. Seguía retumbándole en la cabeza. ¿Qué pasaría si se quedaba con su familia? ¿Podía quedarse cuando sabía que era prescindible para ellos? No había sido el primer revés de Blythe ni sería el último, pero ¿podía irse voluntariamente? ¿Cómo podía dejar a Alfred y a todo lo que había conocido y amado? No lo haría, no podía rebajarse a ser propiedad de él, no podía resignarse a un destino en el que no sería nada. Pasara lo que pasase si se quedaba, sería preferible a la incertidumbre de pertenecerle a él.
—Prefiero quedarme con mi familia que irme con un vikingo.
Esa vez, se cercioró de que la voz fuese firme. Él la miró en silencio, le recorrió cada rasgo de la cara y se detuvo en la mejilla marcada. Ella se movió para que el pelo se lo tapara un poco, no soportaba que él pudiese verlo. Volvió a mirarla a los ojos y ella habría jurado que podía ver dentro de ella, que veía ese sitio que había despertado. Le pareció injusto que pudiese ver tanto cuando el rostro de él era impenetrable.
—Si te quedas, acabarán entregándote a un vikingo o a un sajón. No lo sabrás hasta que haya sucedido.
Lo dijo con certeza y ella lo odió por eso más que por cualquier otra cosa. Esas palabras abrían una fisura en el tapiz de su mente, que hasta el momento había sido impoluto. La locura se colaba por ese diminuto abismo. Se negó a seguir por ese camino e intentó hacer oídos sordos a sus palabras, convencerse de que estaba mintiendo, pero contenían una verdad profunda e innegable. Si alguien le hubiese dicho el día anterior que Blythe diría esa palabra atroz, no lo habría creído. Sin embargo, la había dicho. ¿Era mucho pensar que volvería a ofrecerla a alguien? ¡No! Alfred no lo permitiría. Sin embargo, Alfred no estaba allí. Intentó soltarse las muñecas y cuando no lo consiguió, le dio una patada en la espinilla cubierta por una bota. Fue infructuoso, pero lo hizo tanto para negar lo que había dicho como para librarse de él.
Él la agarró con más fuerza y le dio la vuelta para que las muñecas quedaran contra el abdomen mientras la rodeaba con los brazos. Su pecho granítico se estrechaba contra la espalda de ella y la sujetaba de cara a la forja. Las piedras le arañaban la mejilla, era inútil luchar, la dominaba completamente con su tamaño.
—Puedes negar lo que quieras, pero sabes que digo la verdad —la aspereza de las palabras le rasparon en los oídos—. No te haré daño y eso es algo que no puedes confiar que no haga tu familia.
Merewyn se mordió el labio inferior para contener un sollozo que pedía a gritos brotar. ¡Él no tenía razón! Intentó empujarlo y él la agarró con más fuerza, sus caderas la empujaron hacia delante hasta tenerla inmóvil entre las piedras y su cuerpo. Daba vueltas a la cabeza para encontrar una salida, una manera de que él la soltara y de que su vida volviese a ser como era antes de dar ese paseo por la playa. Sin embargo, nunca lo sería aunque la soltara. Esa palabra atroz siempre permanecería y la devoraría viva. Blythe la odiaba y volvería a pasar. Sabía que él se la llevaría con su colaboración o sin ella. Si conseguía ganar algo de tiempo, quizá se le ocurriera una forma de librarse de él antes de que sucediera algo espantoso. Sin embargo, mientras se lo planteaba, descubrió que sentía una seguridad extraña entre sus brazos. Era tan impasible y franco que no podía evitar creerse su promesa de que no le haría nada.
—¿Lo promete? ¿Puede prometerme que no me pasará nada?
Quería oír que lo decía aunque fuese un bárbaro.
Eirik podía sentir que el corazón le palpitaba bajo las costillas como las alas de un pajarillo atrapado en una jaula. Le palpitaba en la muñeca que sujetaba sobre el pecho de ella y podría haber jurado que lo sentía a través de la cota de malla. Era pequeña y frágil, podía notar la delicadeza de sus huesos y la suavidad de su cuerpo le despertaba unas visiones indescriptibles de consuelo y la necesidad de protegerla. Sabía lo que era el miedo previo a enfrentarse a un enemigo y la sensación de triunfo al abatirlo, pero nunca había sentido algo parecido a lo que estaba sintiendo en ese momento. El triunfo se adueñaba de él como un clamor en los oídos, pero también tenía miedo. No era el miedo a que un hacha le partiera en dos el cráneo. No era el miedo a dar una orden que llevara a la muerte a sus hombres. Era el miedo desconocido a lo que ella le haría y a por qué quería tenerla. La quería de formas que no podía entender ni remotamente, de maneras que iban más allá del alivio físico que ella podía ofrecerle. Se había enfurecido al ver el incipiente moratón que tenía en la cara. Lo primero que pensó fue que Gunnar se lo había hecho al sacarla de la bodega, pero ya era demasiado oscuro como para que se lo hubiesen hecho hacía unos instantes. Además, aunque Gunnar era despiadado en la batalla, su hermano nunca había hecho daño físico a una mujer. El moratón lo había hecho la señora de la fortaleza. Estaba convencido. No podía negar esa necesidad apremiante de protegerla de su familia.
Las manos, por voluntad propia, le agarraron le tela del vestido como si buscara el calor que salía de debajo, pero acto seguido la apartó de él e intentó recuperar el dominio de sí mismo que había querido abandonarlo desde que la vio en la playa. La necesidad de tocarla, de poseerla, de que supiera que le pertenecía era muy fuerte. Sin embargo, por el momento bastaba que fuese suya, ya habría tiempo más tarde. En ese momento, tenía que concentrarse en que sus hombres embarcaran otra vez antes de que llegaran los sajones. Volverían a su tierra ese mismo día y, una vez allí, decidiría el futuro de su preciosa esclava.
—No te pasará nada. De ahora en adelante, eres mía.
Merewyn intentó que su cabeza colaborara para pensar alguna manera de dejar de estar cautiva. No aceptaba lo que había pasado aunque estuviese sentada a la popa del barco con el vestido empapado de agua salada y las manos atadas delante de ella. No podía hacer nada aparte de saltar por la borda. Los remos hacían espuma en el agua grisácea y cada palada la acercaba a lo desconocido, pero no le atraía una tumba de agua. Dejó de mirar el agua y metió la cabeza entre las rodillas dobladas, cualquier cosa antes que mirarlo a él. No soportaba esa fascinación, cada vez mayor, por el hombre que se la había llevado y se había quedado atónita cuando se dio cuenta de que no había dejado de mirarlo desde que la subió al barco. Evidentemente, era el líder de esos hombres, hasta los hombres de los otros barcos parecían obedecerlo. Se movía con elegancia por el pasillo central mientras ellos remaban y daba órdenes sin importarle las vertiginosas oscilaciones del barco por las olas. Llevaba el poder con la misma naturalidad que la capa que ondeaba por el viento. Lo veía hasta con los ojos cerrados, todavía podía sentir la presión de su pecho contra la espalda.
La tripulación dejó escapar un grito y abrió los ojos para ver la vela roja que se elevaba por encima de ellos. Flameó un poco antes de que el viento la hinchara y de que el barco diese un bandazo como si una cuerda invisible tirara de ellos. Ya estaban en mar abierto y hacía tiempo que la tierra se había desvanecido en el horizonte. Los hilos ancestrales que la unían a su hogar se habían roto. Miró hacia la costa, pero no pudo verla. Por primera vez en su vida, estaba sola, se alejaba de todo lo que había conocido y de las personas que la habían querido. Blythe no había querido mirarla cuando el vikingo volvió a llevarla dentro de la fortaleza. Los demás la habían imitado y habían mirado hacia otro lado, pero más por tristeza y vergüenza que por desdén. Era como si ya la hubiesen amputado de sus vidas. Ni siquiera había podido despedirse de Sempa, su anciana doncella, que había salido al bosque. Si al menos hubiesen llamado a Alfred… Él la habría protegido, pero no podía evitar preguntarse si se habría enojado con su esposa o si habría estado de acuerdo con lo que había hecho. El día anterior habría pensado que él habría sentido pena, pero en ese momento, cuando su mundo estaba cabeza abajo, no sabía qué pensar. Él había visto los otros moratones que le había hecho Blythe y no había hecho nada.
Por enésima vez, se preguntó por qué la había entregado tan deprisa esa mujer. ¿La pérdida del grano significaba de verdad que pasarían hambre? No, era algo más que el grano. Una idea enfermiza que había intentado acallar empezaba a echar raíces en su corazón. Alythe empezaba ser una muchacha casadera y deshacerse de ella significaba deshacerse de una competidora, facilitaría que pudiera elegir novio y hacerse con una dote considerable. Alfred, justo antes de marcharse, le había prometido que la casaría al año siguiente. ¿Blythe se habría visto tan angustiada por el porvenir de su hija? ¿Había sido ella un obstáculo tan grande para ese plan?
Estuvo a punto de soltar una risa amarga, pero tuvo que parpadear para contener las lágrimas. A ella, a pesar de las intenciones de Alfred, le daba igual no encontrar una pareja que la llevara junto al rey. No quería esa vida. Quería una vida tranquila, llevar una casa, que un marido considerado la quisiera y tener tiempo para dedicarlo a su familia. Blythe habría sabido todo eso si no se hubiese pasado todo el tiempo pensando cómo podía amargarle la existencia.
Un silbido estridente hizo que desviara la atención hacia el vikingo pelirrojo que la había sacado de la bodega. No pasaba desapercibido en la proa de su barco y con ese pelo resplandeciente. La miraba fijamente, con el ceño fruncido y los ojos penetrantes. Aunque estaba a una distancia de cinco barcos, esos ojos le producían un escalofrío por toda la espalda. Recordaba cómo la había mirado cuando la sacó de la bodega. Apartó la mirada antes de que alguien pudiera ver la lágrima que la caía por la mejilla. Se negaba a llorar delante de esos infieles por mucho que la asustaran. Su mirada acabó directamente en el gigante que se la había llevado, a quien sus hombres llamaban Eirik. Ya no llevaba la cota de malla, pero su tamaño no había disminuido por eso. Tenía una fuerza musculosa, no como la esbeltez fibrosa de los hombres que conocía. La miró con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido mientras se acercaba a ella por el pasillo. El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho, pero el miedo dejó paso a la rabia. ¿Qué había hecho ella para merecerse esa mirada? ¿Por qué se había ido con él tan fácilmente?
Eirik se agachó delante de la muchacha. Ella lo miraba con un brillo de rabia en los ojos, pero tenía las mejillas pálidas por el miedo. Se alegró de verlo. El pavor le vendría bien durante el viaje, le impediría resistirse o hacer algo igual de absurdo. Durante los años de guerrero había aprendido que el miedo era la mejor atadura, mucho mejor que el cáñamo o la piel de foca. Mantenía en su sitio a los hombres y daba por supuesto que daría el mismo resultado con las mujeres. La muchacha necesitaba una buena dosis de miedo para salir sana y salva de la travesía.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó él en el idioma de Northumbria.
Ella le escupió a la cara en vez de contestarle. El torció la boca con un gesto que podría haber sido una sonrisa si no hubiese estado tan enojado por las miradas que se había intercambiado con Gunnar. Su hermano había sido su rival desde que nació y sabía que todo el barco creía que la pelea entre ellos era inminente. Sin embargo, no llegaría hasta que muriera su padre y tuviera que decidirse quién era el siguiente jefe. Se negaba a que eso sucediera por algo tan insignificante como una mujer, como una esclava.
Dejó que ella se agobiara mientras se limpiaba el escupitajo con el dorso de la mano. Ella se mordió el labio inferior y, seguramente, se arrepintió de haber sido tan impulsiva. Debería escarmentarla por su falta de respeto, pero él sabía lo que era esa angustia. Ya tendría tiempo para castigarla si no se enmendaba sola.
—Si no tienes nombre, tendré que llamarte esclava.
—Podrías devolverme y no tendríamos que preocuparnos por los formalismos.
Él tuvo que contener las ganas de sonreír otra vez. Algo sorprendente ya que, unos momentos antes, había estado a punto de lanzarla hasta sus tierras con la fuerza de su furia. Si Gunnar no la deseara también… Era demasiado preciosa. Tenía el rostro delicado de una mujer cuidada. Su piel no estaba ni arrugada ni curtida por el trabajo al sol o al viento seco del invierno. Sus ojos eran grandes y oscuros como las castañas. Su piel parecía de marfil sobre los pómulos altos y la barbilla estrecha. Sin embargo, lo que captó de verdad su mirada fueron los labios. No sabía si estaban rojos por el frío o ese era su color natural, pero eran carnosos y suaves y sintió una necesidad especial de paladearlos. Tomó aliento y se obligó a pensar en otra cosa. Su instinto había vencido en tierra, pero tenía que mantener el dominio de sí mismo en el mar. Le agarró las muñecas atadas con más fuerza de la que había querido, pero ella se limitó a hacer una mueca.
—Mi hermano es el señor de la fortaleza. Te pagará si me devuelves ahora.
Él se había imaginado que tenía sangre noble porque se había escondido con la familia y por la ropa que llevaba. El vestido azul oscuro era de un tejido de lana que una campesina no podría permitirse y le parecía que la tira de color ámbar del borde de las mangas y de los hombros era de seda. No le sorprendió que su hermano fuese el señor.
—¿Con qué iba a pagar por ti, esclava? Me he llevado todo.
Eirik no se molestó en añadir que, probablemente, él no negociaría ni aunque se hubiese entregado su propia esposa. No hizo falta. La duda estaba escrita en el rostro de ella, había visto en sus ojos lo dolida y sola que se sentía. Se le retorció algo por dentro y lo enfureció de una forma incomprensible.
Dejó escapar una maldición mientras desenfundaba el puñal que llevaba en una bota. Ella contuvo la respiración e intentó apartarse, pero él la sujetó con más fuerza.
—El mar está ahí —él lo señaló con el puñal—. Gunnar también está ahí —ella lo miró antes de mirar a Eirik otra vez—. Si el mar o un monstruo marino no te reclaman antes, lo hará él —Eirik hizo una pausa para que ella asimilara lo que había dicho—. Si intentas hacer algo a uno de los hombres, quedarás a su merced. ¿Lo entiendes? No tienes escapatoria.
—Sí —contestó ella con los dientes apretados.
A Eirik le gustó que la rabia brillara otra vez en sus ojos. Podía entenderla. Cuando ella relajó las manos, él empezó a cortar la atadura. Lo hizo deprisa porque la proximidad de ella estaba empezando a debilitarlo. Empezaba a faltarle aire, la respiración era entrecortada y sentía las extremidades entumecidas. Ella lo desequilibraba, algo peligroso para un guerrero, y le enfurecía que alguien tan insignificante ejerciera ese poder sobre él. Era Eirik, hijo del jefe Hegard. Había amasado una fortuna saqueando y comerciando mientras llevaba a sus hombres a la victoria en tierras al sur del mar del Norte. Algún día sería el jefe en lugar de su padre. Cuando llegara el día en el que él también ocupara su sitio en Asgard, los bardos escribirían versos sobre sus actos heroicos. ¿Quién era esa muchacha? No era nadie. Probablemente, no se habría alejado más de dos leguas de su casa y solo sabía el tosco idioma de Northumbria. No tenía derecho a alterarlo.
Cuando cortó las ataduras, las tiró al mar. Pensaba dejarla allí, en la popa del barco, pero cuando fue a levantarse, se fijó en las marcas rojas que le había dejado la cuerda en las muñecas. Además, le miró la cara y comprendió que la piel de marfil no se mantendría así si estaba expuesta al sol y al viento. Fue hasta el arcón que tenía en la proa del barco. Algunos de sus hombres lo miraron con curiosidad, pero no les hizo caso y rebuscó dentro para encontrar el ungüento. No se preguntó por qué le importaba tanto lo que le pasara a ella. Volvió con la bolsa de cuero y se arrodilló delante de ella, quien lo miró con recelo mientras desataba la bolsa y metía los dedos dentro. Cuando sacó dos dedos con una sustancia pegajosa que olía a pescado, ella retrocedió con un gesto de asco.
—¡Agghh! ¿Qué es eso?
