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En España, después de la pandemia, un 16 % de las universidades tenían rectoras; en América Latina, su porcentaje oscilaba entre el 10 y el 20 %. Este libro ayudará a los rectores y a los directivos de las universidades a encontrar un camino en la selva del cambio. Los próximos años son los de la gran mutación de la formación y las universidades tienen que estar en primera línea o se exponen a reducir su influencia, disminuir el número de estudiantes e, incluso, algunas, a desaparecer. Las universidades tienen que reinventar el modelo de aprendizaje que proponen a sus estudiantes. Ir al aula y apuntar lo que dice el profesor ya no es la solución. Lo sabemos todos los que conocemos bien la universidad. Y menos todavía lo es trasladar esa experiencia a las pantallas del ordenador. Este libro analiza los grandes movimientos mundiales del cambio en los modelos educativos, pone ejemplos y propone una metodología del cambio que asegura a la universidad cómo salir reforzada.
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Seitenzahl: 181
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Consejo Editorial IDP/ICE -OCTAEDRO
Dirección
Teresa Pagès Costas (jefa de la Sección Universidad, IDP/ICE, Facultad de Biología, Universidad de Barcelona)
Coordinadora
Anna Forés Miravalles (Facultad de Educación, Universidad de Barcelona)
Editor
Juan León (director de la Editorial Octaedro)
Consejo Editorial
Dirección del IDP/ICE – Pedro Allueva Torres (Facultad de Educación, Universidad de Zaragoza) – Pilar Ciruelo Rando (Ed. Octaedro) – Mar Cruz Piñol (Facultad de Filología, Universidad de Barcelona) – Carmen Ferrándiz García (Facultad de Psicología, Universidad de Murcia) – Mercè Gracenea Zugarramurdi (Facultad de Farmacia, Universidad de Barcelona) – Virginia Larraz Rad (Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad de Andorra) – Miquel Martínez Martín (Facultad de Educación, Universidad de Barcelona) – Miquel Oliver Trobat (Facultad de Educación, Universidad de las Islas Baleares) – Joan Carles Ondategui Parra (Facultad de Óptica y Optometría, Universidad Politécnica de Cataluña) – Jordi Ortín Rull (Facultad de Física, Universidad de Barcelona) – Miguel A. Pereyra García-Castro (Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad de Granada) – Mireia Ribera Turró (Facultad de Matemática Aplicada y Análisis, Universidad de Barcelona) – Alicia Rodríguez Álvarez (Facultad de Filología, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria) – Antoni Sans Martín (Facultad de Educación, Universidad de Barcelona) – Carmen Saurina Canals (Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Universidad de Gerona) – Marina Solé Català (Facultad de Derecho, Universidad de Barcelona)
Secretaría Técnica del Consejo Editorial
Lourdes Marzo Ruiz (IDP/ICE, Universidad de Barcelona), Ana Suárez Albo (Editorial Octaedro)
Normas presentación originales:
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Revisores:
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Criterios de calidad:
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Colección Educación universitaria
Título: ¡Escucha, rector! Las universidades singulares crean nuevos modelos de aprendizaje
Primera edición: febrero de 2023
© Lluís Pastor Pérez
© De esta edición:
Ediciones Octaedro, S.L.
Bailén, 5 - 08010 Barcelona
Tel.: 93 246 40 02
www.octaedro.com
Universitat de Barcelona
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Tel.: 93 403 51 75
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ISBN (papel): 978-84-19506-43-6
ISBN (epub): 978-84-19506-44-3
Diseño y producción: Servicios Gráficos Octaedro
La universidad debe cambiar porque la sociedad está cambiando. Dentro de poco veremos que teníamos más en común con un romano del siglo II o con una parisina del siglo XII que con nuestros propios bisnietos. Esa es la magnitud del cambio. En estos momentos de transformaciones aceleradas, muchos rectores siguen conduciendo sus universidades mirando al espejo retrovisor más que a la luna delantera, y lo hacen por inercia, por desconocimiento o por miedo a lo que les deparará el futuro. Como este ejercicio no se puede llevar a cabo en marcha, muchas universidades están paradas y confunden su experiencia de cientos de años de historia con la experiencia que proporcionan algunos años repetidos cientos de veces. Por esta razón digo: «Escucha, rector, cómo las universidades innovadoras están abriendo nuevos caminos en la Educación Superior».
La nueva sociedad del conocimiento va arrasando con el mundo tal y como lo conocíamos sector a sector, de manera secuencial y sin piedad. En los próximos años, el sector que va a cambiar, qué digo cambiar, que va a sufrir un giro copernicano es la educación. Los franceses tienen una palabra para indicar aquello que sufre revolcones inevitables: el verbo bouleverser. Con él quieren decir que cuando algo es atrapado por el huracán de las nuevas cosas, el cambio está asegurado. Y las primeras brisas que anuncian ese huracán en la educación empezaron a enmarañarnos el pelo hace cierto tiempo. Incluso antes de la pandemia… Un mondebouleversé.
Cuando hablo de cambio me refiero a un cambio con mayúsculas: un cambio que afectará a las enseñanzas universitarias, pero también al resto de las enseñanzas obligatorias. A los niños y a los jóvenes. Ya hace tiempo que, desde nuestra colina universitaria, empezamos a notar que había más dinamismo para repensar la educación en las escuelas que en la propia universidad. Por lo menos, en la universidad de nuestro país.
Cuando hago de apóstol de ese cambio por el mundo siempre me encuentro con rostros agrios que hacen muecas y subrayan todas las cosas que se pueden perder. Es cierto. Con los cambios se pierden cosas que dábamos por descontadas y encontramos nuevas realidades que ni siquiera habíamos intuido. Ya Platón nos describió en su obra Fedro en qué consiste la aritmética del cambio (qué se gana y qué se pierde) cuando hizo que dialogaran el dios Theuth y el rey Thamus. Dice Platón que Theuth había descubierto el número y el cálculo, la geometría y la astronomía y, sobre todo lo anterior, había creado la escritura. Theuth fue a visitar al rey Thamus a Egipto para contarle las ventajas de su gran invento, las letras, y para que –juntamente con sus otras invenciones– fueran entregadas a todos los egipcios. Este fue el argumento del inventor: he creado la escritura como un remedio para que las personas tengan más memoria y más sabiduría. Tendrán más memoria porque podrán consultar todo lo que está apuntado y tendrán más sabiduría porque el conocimiento no se perderá nunca más. El rey Thamus, que había valorado cada uno de los inventos, se entretuvo en esa nueva cosa que el dios le presentaba y que permitía reproducir el pensamiento a través de signos. «La escritura –le vino a decir– va a tener el efecto contrario de lo que dices. Las personas no tendrán más memoria, porque, en lugar de recordar cada frase, se fiarán de lo que tendrán escrito. Y tampoco tendrán más sabiduría, puesto que no tendrán la obligación de entender cada nueva idea, porque las tendrán para siempre escritas, y ese ejercicio podrá postergarse sin fin».
El nuevo Theuth ha venido a visitarnos y ahora hay que entender qué traerán los nuevos cambios en la educación. Pero antes, antes de que eso pase, para contestar a los más críticos con lo nuevo habrá que comprender qué es lo que perdemos.
Básicamente lo que tenemos es un aula. Un aula y un monologuista. El aula es el sanctasanctórum de nuestro modelo de aprendizaje. Permítanme que oriente mi primera explicación sobre esta cuestión desde la comunicación. Para descubrir las relaciones que fomenta el aula entre las personas que asisten a una clase utilizaré los principios de la proxémica. La proxémica es el estudio del espacio; de hecho, es el estudio de las relaciones humanas que se generan a partir de un determinado uso del espacio. ¿Cuáles son las claves proxémicas del aula? La fundamental, que hay una persona que sabe y habla y que hay algunas decenas de personas que no saben y que escuchan. Eso es lo que dice el diseño del aula. Veámoslo.
El aula tiene un espacio reservado para el profesor o profesora. Por si hubiera alguna duda al docente se le dota con una mesa de dimensiones extraordinarias –que no usa casi nunca– y que está o suele estar sobre una tarima de madera (me remito a una descripción de las aulas universitarias). La tarima solo tiene como función multiplicar la importancia de la figura del profesor, focalizarla. La tarima permite que el profesor hable por encima de su público. También permite que se le vea y se le oiga mejor, porque es él quien tiene que hablar y que ser visto. La tarima y la mesa multiplican su autoridad, puesto que facilitan que esté sentado o de pie en función de sus necesidades. El resto de las personas de la sala no tiene tanta libertad gestual. El resto está sentado o se va.
Por otro lado, está el público. El público ocupa la mayor parte de la sala, y en la mayoría de las aulas que conozco, las sillas se alinean unas detrás de otras formando filas. De manera que, a partir de cierta fila, el estudiante solo ve cabezas y al profesor al fondo. ¿Por qué los estudiantes no pueden verse las caras? Porque no interesa. En el aula, la única cara que puede transportar información es la cara del profesor. El resto de las caras de los compañeros no van a decir nada importante, por eso un estudiante solo ve cabezas.
Esta disposición del espacio del aula tiene una interpretación profunda de lo que es la formación. El profesor sabe y habla; los estudiantes no saben y escuchan, y apuntan. El profesor tiene un rol activo; los estudiantes tienen un rol pasivo.
De hecho, el espacio del aula se ha ido degradando paulatinamente con el tiempo. En otros momentos de la historia, las aulas tenían la forma de hemiciclo. El hemiciclo focaliza también la figura del profesor, pero, a diferencia de las actuales salas, permite que los estudiantes se vean las caras. Si los estudiantes se veían la cara, era porque estaba previsto que pudieran realizar aportaciones a la sesión y que no fueran únicamente seres pasivos a la escucha.
Por lo tanto, el aula es la metáfora de un cierto tipo de aprendizaje. También lo es de un cierto tipo de producción: la fabril. La fábrica situaba a los operarios en cadena a las órdenes de un capataz. Algo de eso recuerdan nuestras aulas desde el momento en que se democratizó la Educación Superior y una institución orientada inicialmente a las élites tuvo que dar servicio a grandes volúmenes de personas. Tampoco quiero ocultar que el sistema ha tenido éxito durante los siglos en los que eran pocos los que llegaban a las universidades.
Por su parte, los sistemas de formación virtual han sido capaces de romper la tiranía del espacio y del tiempo, pero no han modificado la metáfora del aula. Los sistemas de formación y aprendizaje virtual han permitido que el proceso de aprendizaje no se vea constreñido por las variables que también limitan nuestra vida: un espacio determinado en el que nos movemos y un tiempo que se nos ha dado para vivir. Cuando llevamos esta analogía a la formación nos encontramos con que el espacio preferente –o casi siempre único– de la relación entre el docente y los estudiantes es una habitación también virtual que llamamos aula. Por eso afirmo que la mayoría de los sistemas de formación presencial y virtual tienen como eje la propia metáfora del aula. El aula es el origen del aprendizaje. Esa metáfora limitadora no ha sido superada por visiones más flexibles y adecuadas a las necesidades de los nuevos públicos del siglo XXI. El aula, ese invento que permitió cambiar la sociedad medieval por una sociedad que caminaba decidida hacia un nuevo modelo industrializador, se ha convertido en una jaula en la sociedad de la información.
Además, la formación a lo largo de la vida, ese lema que hace que el mundo sea radicalmente distinto a como ha sido en los últimos veinticinco siglos, convierte a los estudiantes en un público más exigente. La inadecuación de los sistemas de aprendizaje de niños y jóvenes, y el deterioro de la figura del profesor como pantocrátor de la clase (ego sum lux mundi) provoca que, en la actualidad, si un niño no se interesa por lo que sucede en el aula, hable y se despiste. Como resultado final, teniendo en cuenta que, por fin, se ha democratizado el aprendizaje y que va llegando a la totalidad de la población infantil y juvenil en el mundo, se obtiene un fracaso escolar cuyo alcance, en España, es de una quinta parte de los estudiantes.
Si los resultados son, como mínimo, síntomas de lo que sucede, estos datos tendrían que convertirse en elementos reveladores de la necesidad de una nueva realidad formativa.
Por otro lado, la exigencia de los adultos que se forman a lo largo de la vida también aumenta. Hacer creer a un adulto que tiene la capacidad de aprender todos los días a través de los medios de comunicación existentes –los tradicionales y las aplicaciones utilizadas en internet (páginas webs, buscadores, portales, redes sociales, blogs, etc.)–, hacerle creer, digo, que el aprendizaje pasa por una forma fosilizada de relación que reproducen los centros formativos –y que hemos analizado en los párrafos anteriores– es engañarlo. El estudiante adulto detecta el engaño. No se interesa. Y se queja. Esta nueva realidad ha impulsado a Roger Schank, director del Institute for the Learning Sciences en la Universidad de Northwestern, a exclamar que la gente «odia la formación» («people hate training»). Pero lo que realmente odia es la tiranía de un modelo inadaptado.
La universidad de hace diez siglos está dando sus últimos estertores. Como una carpa fuera del aula boquea, se retuerce y se asfixia. Muchos estudiantes boquean, se retuercen y se asfixian. El milagro de la formación a lo largo de la vida solo será posible cuando los sistemas de aprendizaje se aproximen a la vida. El milagro de una sociedad del conocimiento solo será posible cuando cortemos los barrotes que nos confinan en las jaulas universitarias.
Para eso es necesario que todos los agentes implicados en los procesos de formación se desprendan del único papel que han desempeñado durante siglos y puedan intercambiarse los papeles. Los profesores no solo tienen que hablar y pontificar; los estudiantes no solo tienen que escuchar y apuntar, y los libros no son el único cordón umbilical que une a unos y otros cuando unos y otros no pueden encontrarse en el aula. Como indica Jan Parker, profesora de la Open University, en una obra que compiló el profesor Ronald Barnett, del Institute of Education de la Universidad de Londres, «un modelo de conocimiento desarrollado en colaboración con los demás y a través de la representación acaba con la división entre académico, investigador y profesor, ya que todos se convierten en “actores”».
Podría concluir este diagnóstico de lo que perderemos con el cambio diciendo que hemos convertido una vía posible de desarrollar procesos de aprendizaje en la única vía de acceso al conocimiento a través de una persona que explica. No siempre la realidad siguió esos derroteros. Como sigue apuntando la profesora Parker, en la Grecia clásica se generaba la educación superior alrededor del teatro. Se trataba de un lugar en el que los ciudadanos, «individual y colectivamente, podían reafirmar su identidad y su lugar en el mundo. Se trataba de un espacio protegido y temporal para experiencias alternativas y ajenas, en el que podían revisarse, y tal vez replantearse, las normas y las creencias». Después, el aula lo invadió todo. Después, los compartimientos de conocimiento, que conocemos como asignaturas, se convirtieron en la única manera de acceder al conocimiento, y las explicaciones del profesor, durante un tiempo que varía entre los 40 y los 90 minutos, en la única manera de aprender.
Pero hay que despertar.
Los primeros síntomas del cambio ya se han producido. Sean cuales sean esos movimientos, lo que indican es que vamos a pasar de un tipo de aprendizaje homogéneo y unificado a una constelación de modelos de aprendizaje. Pasaremos del «todos lo hacemos igual» al «vamos a singularizar nuestro modelo de aprendizaje».
Decía que las primeras convulsiones ya se detectan por todo el mundo. Los cambios no consisten en pasar las sesiones lectivas en los campus universitarios a horas y más horas de teleconferencias, no. Los centros de formación van a tener que decidir qué modelo de aprendizaje van a desarrollar, lo que les va a permitir mostrar sus diferencias a los futuros estudiantes.
Entramos, pues, en la era de las singularidades educativas: de las escuelas singulares y de las universidades singulares. A las que no cambien, el camino que les queda por recorrer puede ser corto… Y si no es corto, seguro que será árido. En cambio, las más rápidas ya están cambiando. Entre las universidades ya se empiezan a identificar algunas tendencias que marcan ciertas singularidades. Hay universidades que se han centrado en hacer más eficientes los costes en tiempo y dinero para los estudiantes. En relación con esto, hace pocos días aparecía en la prensa la noticia de que universidades inglesas van a permitir a sus estudiantes completar un grado de cuatro años en solo dos. El misterio para esta singularidad está en que estas universidades tendrán abierto todo el año, y no solo la mitad de los meses, como suele ser habitual. Hay universidades que se han centrado en formar a una ciudadanía global (múltiples lenguas y múltiples culturas), otras en formar poniendo el foco en la práctica más que en la teoría, otras que solo evalúan en grupo (nunca a un individuo solo, dado que los trabajos requieren grupos de personas orientados a un objetivo), otras que se atreven con ámbitos del conocimiento que hoy apenas existen y otras que proporcionan microcursos que los estudiantes van acumulando como si fueran piezas de lego en función del perfil que quieren crearse ellos mismos. Ah, claro, y también están las universidades de élite (los mejores profesores y los mejores estudiantes que pagan los precios más caros). Por cierto, de eso también se quejan los estudiantes estadounidenses que han visto cómo las matrículas universitarias han aumentado un 96 % en los últimos 25 años.
Hace años que vengo lanzando el mismo mensaje: el mensaje del cambio imprescindible. Hace un par de años, la historia de la humanidad se encargó de dar un nuevo empujón a ese cambio. Un virus de la gripe nuevo y mutante nos obligó a encerrarnos durante algunos cursos. Un viernes 14 de marzo de 2020 estudiantes y profesores se despedían hasta el lunes siguiente, y se encontraron confinados en sus casas durante meses. Unos y otros tuvieron que improvisar sistemas análogos a los que conocían, pero a través de las pantallas. Los resultados a medio plazo todavía no los conocemos, pero los intuimos. Los resultados a corto plazo fueron devastadores: la experiencia de aprendizaje había saltado por los aires. Los profesores hablaban durante horas a la pantalla de su ordenador. Una pantalla en la que aparecían fundamentalmente rectángulos en negro que reproducían el número de estudiantes supuestamente conectados. Pocos rostros, poquísimas intervenciones…, un interés casi nulo. Pero también es cierto que, en una emergencia mundial, esa solución salvó la educación. Transitoriamente.
Este libro habla de la universidad como modelo y cómo ese modelo establecido en sus bases hace mil años se ha mantenido casi inalterado, mientras que las necesidades de formación han crecido exponencialmente. La sociedad del conocimiento y una demografía desbocada y necesitada de formación lo han cambiado todo. Por eso, la visión que propongo no es solo pedagógica. Se trata de una visión que aúna el enfoque del aprendizaje con la estrategia institucional y el tipo de dirección del propio centro.
Desde este punto de vista, resulta fundamental que el libro arranque, y de eso tratan sus dos primeros capítulos, con la descripción de los cambios más importantes que están llegando al mundo de la Educación Superior. Se trata de vectores que empujan a la universidad a resituarse en esta sociedad del siglo XXI, una sociedad del conocimiento, de la prisa y del entretenimiento.
El tercer capítulo explica de dónde parte el concepto de universidad y la evolución (escasa) que ha tenido a lo largo de los siglos. Para explicarme me adentro en los elementos que constituyen ese modelo hegemónico todavía en la universidad del siglo XXI. Su descripción y su función en el sistema.
El cuarto capítulo determina cuáles son los elementos del cambio en la institución universitaria. Cuáles son las palancas de diferenciación que se pueden aplicar sobre el modelo formativo de la institución, sobre su modelo de operaciones o sobre el modelo de servicio y de negocio que desarrolle.
El quinto capítulo repasa cuáles son las nuevas singularidades que muestran las universidades más innovadoras. Se trata de universidades que han puesto el acento del cambio en alguno de los elementos (en algunos casos, en más de uno) del modelo formativo, del modelo operacional y del modelo de servicios de la universidad. Eso ha permitido que aparezcan nuevas universidades singulares que ponen el acento en ciudadanos/as que van a desempeñarse en un mundo global, que facilitan un aprendizaje práctico y no solo teórico, que entienden que la mónada de aprendizaje es el grupo –y no el individuo aislado–, que procuran que los procesos de aprendizaje se resuelvan con el mínimo coste y con el mínimo tiempo por parte del estudiante, y que exploran nuevos ámbitos de conocimiento más allá de los tradicionales de la formación superior. Este capítulo también detalla las singularidades de una veintena de universidades y de centros de formación superior repartidos por el mundo.
Finalmente, el capítulo sexto desarrolla la metodología del cambio que utilizo para los procesos de singularización de las universidades y de su transformación digital. Una metodología que no solo pone énfasis en los rasgos propios del proceso de aprendizaje de cada institución, sino que los vincula a los cambios necesarios que se producen en el modelo de operaciones y de organización y en el modelo de servicios al estudiante y de sostenibilidad de la institución.
No quiero terminar estas primeras palabras sin agradecer a los miembros del equipo de Innovación Educativa de la Universitat Oberta de Catalunya que creyeron en la necesidad de analizar las singularidades educativas de las universidades en todo el mundo y dedicaron talento y horas de trabajo a comprender el sentido del cambio.1
1. En concreto, a Guillem Garcia-Brustenga, Xavi Mas, Desirée Gómez, José López y Roger Griset.
