Espacios ocultos - Cristina Lescano - E-Book

Espacios ocultos E-Book

Cristina Lescano

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Beschreibung

Algunas tardes la mujer que nos ocupa escucha sus ruidos. La vieja casona está llena de vidas previas. No le provocan temores, a veces les habla. Cristina Lescano

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Seitenzahl: 115

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Fotografías de tapa: Carlos Lescano.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección de texto: Cristina Lescano.

Lescano, Cristina del Carmen

Espacios ocultos / Cristina del Carmen Lescano. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

158 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-233-0

1. Antología de Poesía. 2. Poesía. I. Título.

CDD A861

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Lescano, Cristina del Carmen

© 2023. Tinta Libre Ediciones

A la "Violetera"

Y el hombre… Pobre… pobre, vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charcos de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no sé.

César VallejoLos heraldos negros

Prologo

Estas letras nos regalan la genialidad de decir sutilmente lo que nos asombra en el transcurrir de los días que forman una vida.

Cristina Lescano, desmenuza lo que alguna vez quedó encerrado en una cámara fotográfica y lo transforma en poesía.

Una casa, su calidez, las palomas que la anidan en las ventanas, el arte pegado a las paredes, por momentos, vacía, llena de augurios y con infinitos velos que se despliegan abrazando, ocultando o poniendo cortinas a los ensueños.

Hay una acción en ella, un verbo, una extraña bruma que envuelve a los que la habitan, a veces solo un segundo, otros una eternidad.

La imagen de la joven etérea que la habita, sus viajes en los espirales del tiempo, del norte al sur de su alma y sus recuerdos, vivencias tatuadas en su piel intensa.

A través de la lente que todo lo “Ve” se guardan los tesoros que ella vive y los que re vive.

Escribe desaforada, atrapa al hombre en sus senos de amante, acuna a la niña que sufre, a la mujer que se adormece en las brumas de lo cotidiano, a la madre que se desgarra.

Todo queda plasmado dentro de la cámara como antaño lo hacía en su baúl de juegos.

La casa tiene puertas, por ellas salen y entran personajes que la acompañan.

¿Cuánto tiempo?

No lo sabe, ella se derrama en letras amando, soñando, se detiene en las paredes que la circundan e intenta atrapar el momento en que se percibe feliz.

Los intérpretes están observados por la lente de una cámara que toma protagonismo al convertirse en un Dios omnisciente que es capaz de llorar y reír con la mujer.

Un Dios que está presente en su lucha por transitar los senderos que el universo trazó para ella, que la abraza y la sostiene aunque se sienta infinitamente sola y dude de él.

La muerte, la vida, la bebé que nace y el hombre que la transforma.

La sensación de que con él, escribirse es amarse aunque lo deje partir para siempre.

La novela es un viaje al pasado, también es un presente y un futuro, es atemporal, es la vida de la mujer a través de una cámara que invade sus espacios ocultos.

Caminar a su lado leyéndola, nos llevará a lugares en dónde el corazón y el alma están desnudos.

Any Reyna

Escritora

Espacios ocultos

I

La casa es el sitio.

Gente, gente, recorriéndola.

Aún conserva vestigios de un antiguo taller de arte.

Los quejidos de las palomas aun la arrullan.

Resguarda.

Continua.

Presiente.

A veces, efímeros pasos.

Caminan, caminan.

Esbozan desasosiegos.

Impensables augurios. La casa vacía.

La casa con vida propia.

Las amplias habitaciones y el silencio.

Los ventanales con el polvillo propio del abandono.

Algunas palabras lejanas. Ruidos callejeros.

A ciertas horas voces mezcladas y risas.

El secreto altillo se mantiene y sus inasibles habitantes se dejan vislumbrar desde un suave roce de organzas.

A veces el vals, el preferido, ensaya acordes.

Capas de colores cubren la casa.

Ella conoce variadas historias. 

Los habitantes sucesivos las vivieron. 

Sus risas y sus sufrimientos también se adormecen encabalgados unos sobre otros.

Hubo voces niñas. Hubo viajes.

Una muchacha rubia bailando una suave melodía.

Unos padres recorriendo el mundo de su mano.

Una joven enferma y sola.

Una nana cuidándola. El dolor de breves años apagados.

Porque la muerte no conoce de belleza ni de edad.

Todas esas energías se esparcen por las paredes.

Algunas tardes la mujer que nos ocupa escucha sus ruidos.

La vieja casona está llena de vidas previas.

No le provocan temores, a veces les habla.

Sí; habla con esos seres que fueron antes que ella ocupantes del caserón.

Les comunica proyectos, les dedica escrituras.

Cree que la joven es la que más la identifica.

Algunos atardeceres ve pasar su etérea imagen.

Una fricción de sedas. 

Las palomas sobrevolando inquietas.

II

Cuando la vivienda se llena de otras personas se cuela un silencio extraño.

Los habitantes primeros se retiran para retornar cuando la mujer queda sola.

A veces un estremecimiento recorre a la protagonista, otras, la inunda un tembloroso espasmo.

Instantáneo, frágil.

Nadie quiere dañarla. La acompañan en este transitar.

Los siente cuando el cuerpo se le estremece.

Sabe que mientras escribe alguien la sigue con su mirada.

Sonríe y piensa en lo que diría el mundo que la circunda.

Pero ella los ve, los sabe.

Cree en esos seres transmigrados. Cree en la joven, sobre todo en ella.

Le dedicó páginas en sus comunicaciones y siente que cuando un miedo pequeñito la inunda, ahí, cerca, está.

Sintiéndola, recupera la paz.

El fuego interior la abrasa y necesita un lápiz y un papel, allí graba sus ideas.

La viajera se deja intuir en pequeñísimos sonidos. Solo para ella viene del otro lado, de ese en el que vuela intangible.

Le marca el espíritu de ilusiones y deseos.

A veces la mujer se desconoce, representaciones y palabras que nunca dijo, letras encadenando fábulas y un hombre amando, uno solo.

La joven se enamoró y traspasó sus sentimientos a la mujer.

La llenó de emociones perfectas y sutiles.

En su interior se acopló una luz que la completó. Ella fue siempre una soñante, pero ahora esos sueños necesitan realizarse.

La mujer sonríe y una melancolía inofensiva le brilla en la contemplación a la que somete todas las cosas.

Busca un rincón y medita. 

Quiere ser y sentirse.

III

En algún escondite. En algún altillo visible para específicas miradas.

Un día que termina.

Un día que se aleja horadando mutismos.

Así siempre. Pasan las jornadas serenas. La mujer los percibe en la luz dorada o en los grises de las tardesnoches.

En los cielos desnudos, desapacibles.

En el misterioso trajín que le permite continuar. Ella espera sin saber qué.

La contienen esas viejas paredes. Esos muros elegidos en alguna época que desconoce.

Vacila. Necesitaría gritar. Pero solo la vemos escribir. 

Páginas desaforadas, versos conteniendo el ahogo.

Recorre espacios inhabitados. Recorre habitaciones nuevas. Sola. Sola.

IV

Con la mano espanta las visiones. 

Como telarañas la cubren, la persiguen.

Es su quimera reiterada, se está desarrollando.

Hay una clase.

Una mujer la dicta, habla en inglés.

Niños de dispares edades ríen, y a veces escriben.

Desde la calle suben voces y aromas.

En los restaurantes cercanos, el mediodía se enseñorea de las horas.

Las mismas horas, los exactos relojes. Un tiempo que nunca más será compartido.

El viento del río gesticula entre veredas de ausencia y en un instante nace el murmullo de inesperados oficinistas que regresan a sus prisiones.

El balcón, silencioso personaje, se estremece, se erizan las persianas en la recurrente expectativa.

Ella abre las páginas de un libro. Está acodada en la pared, mira sin ver.

Vestida de negro. Es el duelo del alma, es la cara de la soledad.

Piensa en su vida pasada. En el tiempo que tiene. En ese presente efímero.

Quisiera correr por la orilla del río. Vadear sus costas. Sentir al viento hormigueándole el cuerpo.

¿Dónde quedó la mujer que era?

¿Quién era?

Está quieta. Indescifrable.

Un repentino vértigo la traslada lejos. 

La mente le cuenta su historia. Sus amores desperdigados.

Esos instantes que parecían perfectos e inamovibles.

Es la misma y sin embargo no.

Sabe que en la expectación algo deberá cambiar, para poder seguir viviendo.

Alguien deberá armarla, reintegrarle el aliento perdido.

Mira el suelo desocupado, se acurruca en un rincón y la oímos llorar.

Un rugido sordo que nace desde muy adentro.

La vemos secarse las lágrimas con el dorso de las manos. Se levanta y sonríe.

V

¿En quién pensará?

En paisajes lejanos. En montañas escondidas, en lunas omnipotentes.

Y viaja. 

Vuelve a espacios donde creyó, vuelve a hermanos y padres. 

Avanza y se sorprende, hay sol y una plaza.

Bancos llenos de chicos.

Ella está ahí. Es levedad.

Enfrente una iglesia inmensa. Las campanas suenan.

Es mediodía. 

Las personas apresuradas buscan el retorno.

Ella también retrocede. Regresa sin saber a dónde.

Alguien abre la puerta.

La sonrisa de la madre, la calidez de un beso.

El umbral y amigos. 

Una morera plena.

Levanta un fruto y lo desarma en la boca. El azúcar la llena de un intenso placer.

Esos placeres perdidos.

Se le evade el pecho en un hondo suspiro.

VI

Es la tarde. 

Los viejos muros emiten sonidos, fragmentos de voces, tenues miradas.

Se inicia un tiempo circunstancial, cósmico y el mundo no lo sabe.

No hay un atisbo que indique el paso del tiempo.

Ese tiempo de vida, ese instante que durará la historia de la que seremos testigos.

Nuestros ojos son la cámara, la absurda cámara que serpenteará los caminos.

Aparece ante nosotros. 

Una luz la identifica. 

Está atrapada por algunos recuerdos.

Las retinas se mimetizan en hechos ambiguos.

Aún no nos permite ingresar.

En el hueco profundo del pecho estallan algunas visiones.

Se desenvuelven en etapas, en intensos deja vu que solo ella conoce.  

Hojas marcadas de historia.

Sentada. 

Con la mirada fija en la puerta.

La puerta, antesala de sus pesadillas.

La puerta que le provoca dudas y a veces turbaciones.

La puerta que nosotros esperamos que se abra. 

Para que la vida circule.

Las puertas que se multiplican entre sus ojos semicerrados.

Se cierran con estrépito. Quiere huir y no puede. Tiembla.

Cree que siempre hubo una huída en su existencia.

En su imaginación se presenta un sitio inmenso, un recinto blanco, desconocido.

Es ella y no.

Está sola.

Nadie puede mirarla.

Hay un denso humo tapándolo todo.

A lo lejos personas que desconoce.

Le hacen señas.

Ella quiere extender los brazos, responderles, pero su cuerpo está tieso.

A la distancia parecen amigos. 

Algunas caras le resultan conocidas. 

Niños de diversas razas también la señalan, quisiera ser como ellos, quisiera desterrar las sombras.

No puede. Como siempre lucha con abismáticas escenas.

No sabe por qué.

Se eleva en ese ambiente errático.

No sabe si aun es.

Pero sí. Es ella.

Ella buscando.

VII

Peldaños.

Ahora, alguien sube.

Su figura pequeña se desdibuja en la sala. 

Entonces el hombre la mira. 

A los ojos, frontal, con un aire de sorpresa o miedosa interrogación.

Baja la mirada. Prefiere el atisbo de la infinitud.

Es como si no hubiera nadie.

Las paredes la absorben. Quiere regresar.

Hilvana ideas que se le escabullen.

Trata de organizarlas, de recomponerlas aunque su mundo se detenga, aunque la vida se esfume.

Seguirán pasando niños en bicicleta, buses, taxis.

Se llamarán en un intrincado juego semántico, en un juego de nombres que no eligieron.

Trata de coordinar la cabeza. Pretende no mirar.

El hombre sigue allí. 

Paralizado.

No puede oír. 

Está diciendo algo.

Se dirige a ella. Le recrimina.

Reacciona, aunque las palabras le suenan incomprensibles.

¿Oculta, omite?

Tal vez. 

El hombre juzga. 

Ella solamente ama.

Lo sabe.

Ama.

Entregó la existencia. 

En algún instante mientras el mundo vivía, paseó sus ojos, divisó inexistentes fronteras.

Y borró con gestos ajenos.

Imágenes.

Fotos pétreas.

Detenidas personas.

Esas que antes vio entre brumas.

Se preparó para este intervalo.

El otro no sabe.

No comprende, ¿o sí?

Tal vez ya la conoce. 

La mujer es quietud.

La mujer es sueño o pesadilla remota.

Y no distingue la realidad. Esta que le toca el ánimo.

Quiere descansar de este tiempo que la arrebata.

Dejar sus temores y vivir.

Porque algo se le deshace entre los dedos.

Cuando empieza a vislumbrar su mitad, el espejo se oculta.

No refleja. Su cuerpo está desapareciendo.

VIII

La vemos.

Lejana.

Se ha ido.

La niñez le arrasa los sentidos. 

Vuelve al patio fondo, vuelve a los disfraces.

Es líder.

Si no está, no hay juego. 

Y si está hay lamentos.

Y chicos corriendo con las miradas plenas. 

Ella no.

Ella quiere el escondrijo de su baúl.

No se entiende. No está feliz.

¿Siempre será así?

En búsquedas inconclusas que la dejarán con heridas casi incurables.

No hay otro que la comprenda, un poco la madre, pero no basta.

IX

Un largo pasadizo (zaguán, le llaman) es ahora el teatro.

La vemos distanciada de todo. 

La abuela acaricia su cabello, filigranas doradas se interponen entre el mate y los dedos del abuelo, telas multicolores y cuchicheos entre la madre y la tía.

Conversaciones que no termina de comprender.

Niñez extraña, pero que de algún modo le pertenece. Niñez trigueña de tiempo.

El hambre desapercibida que dejó huellas.

Entre manos, secando lágrimas furtivas se enredan recuerdos.

Los hermanos de su madre, distanciados en extrañas provincias, el escaso trabajo y la magia de una Isabela afrontando miseria y engaños.

Engaño al resto de los vecinos de la casa de inquilinato, olla hirviendo agua. Nadie debe tener acceso a la miseria. Deben parecer dignos.

Puchero inexistente en cacerolas vaciadas antes de llegar a la mesa.