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En las páginas de Quenteleando, sucesos cotidianos cobran vida, despertando múltiples preguntas sobre nuestras propias decisiones y caminos. Los personajes de Cristina Lescano transitan una delgada línea entre lo real y lo imaginario, entre lo común y lo extraordinario, explorando los rincones más profundos de la condición humana. Con una prosa cautivadora y llena de sorpresas, esta colección de relatos nos invita a descubrir los pequeños misterios que se esconden en cada gesto, en cada sombra y, sobre todo, en cada silencio que define nuestras vidas. Una voz única que transforma lo ordinario en algo inolvidable. Daniel Pérez Küchmeister
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Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Corrección Cristina Lescano
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Fotografía Carlos Lescano
Lescano, Cristina del Carmen
Quenteleando / Cristina del Carmen Lescano. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 174 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-460-1
1. Cuentos. 2. Relatos. I. Título.CDD A860
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Lescano, Cristina del Carmen© 2025. Tinta Libre Ediciones
A Juli que creó este neologismo
En esta ocasión, la escritora tucumana CristinaLescano nos invita a escuchar el latido vivo del norte argentino, sus palabras que acarician las llanuras y montañas susurrando con el viento regionalismos que brotan como flores silvestres perfumando un paisaje donde habitan niños, hombres, mujeres, animales y plantas del lugar.
Sus historias son retazos de vivencias, es un asomarse a ellas a través del eco de las palabras; el lector puede usarlas como trampolín para volar a esas tierras a través de los personajes, observar sus emociones, alegrías y duelos, descubrir lo que ocurre en la intimidad de cada hogar.
Es un homenaje a la diversidad de voces y una invitación para conectar con el alma de Tucumán, recordándonos que en cada rincón de esa provincia hay una historia esperando ser contada.
Adentrarse en este libro es, sin duda, un viaje a la nostalgia, a la infancia, a la sabiduría de los ancianos y a la maravilla del mundo natural que nos rodea, en cada cuento resuena el corazón del norte argentino.
Quenteleando revela un universo desconocido, un deleite para el lector, un recorrido por la cotidianidad de niños que juegan bajo la sombra de los álamos y de ancianos que guardan secretos de generaciones, cada cuento es una ventana a la esencia de las tradiciones, la cultura vibrante y la calidez humana que caracteriza a su gente.
Any ReynaReleo estos textos como si estuvieran Detrás de un espejo que aunque no se quebró materialmente, se convirtió en astillas dolorosas en un tiempo en el que los ensueños niños fueron rasgados por realidades de pérdidas, físicas y espirituales.
Todos los que escribimos dejamos algo que tal vez nos perteneció, mezclamos ficciones para intentar alejarnos, para desprendernos; en definitiva, para intentar salvarnos.
Una narradora que a veces me habita, conduce mi mente a tiempos ausentes. No todo lo que alguien escribe le pertenece.
Enredadas, hay invenciones relatadas por diferentes seres que alguna vez conocí.
Gracias a ellos.
Sé que desde algún lugar están escuchando.
Cristina Lescano
Parece que es así, que hoy, mi mano o mi mente decidieron por mí. Por mí que no pensaba escribir nunca más.
Ni siquiera puedo detallar el porqué.
Parece que es así, que el tiempotúnel realizó mi deseo: volver, retornar a ese sitio de inmensas puertas canceles con cristales biselados, retornar a la escalera de mármol con veintidós escalones y pasamanos de roble.
Ahí estoy.
Ingreso. Voces disparatadas se comunican en idiomas diversos, muchos jóvenes ríen y responden y las profesoras tan niñas como ellos, también lo hacen, un grupo de bellas mujeres reunidas en la casona.
Espero a mi grupo de los martes:
—Uh, día de Cortázar— dice M apenas llega y se arma el círculo.
Es cierto, los martes en vez de San Miguel por adelante, como decía mi madre, es:
—Julio, Julio y sus poemas para mí.
Corre el tiempo.
Parezco feliz en esos instantes que no regresarán más.
La oración se acerca presurosa, pero los escribientes siguen con las cabezas gachas y sus manos ágiles.
Crean, traman, es el taller y las herramientas son palabras que cuelgan de los altos techos y bajan por los blancos paredones.
El amor está rondando, siempre lo hizo. Existe.
Lo sentimos todos, unidos por la locura de soñar.
Ahora, rauda, la mujer camina hacia la parte de atrás, hacia la cocina con ventanitas cubiertas por cortinas a cuadros rojos y blancos que la convierten en sinónimo de calidez.
Sabe y presiente.
La casa alberga otros seres, los oye, en un raro sonido de vestidos almidonados.
La última habitación es la más miedosa, helada hasta estremecer.
Recuerda a una niña. Ocho pequeños años; se detuvo ahí a mirar una pintura, salió con una palidez abrumada y llorando a gritos:
—Una mujer, hay una mujer, me habló, me habló.
¡Pobre criatura!
La abrazó para calmarla, pero la chiquita no regresó nunca.
Alguien escribió versos, cuentos, historias acerca de La Violetera.
A veces, la mujer necesitó que otros compartieran sus visiones y no sabe si lo logró o la locura era colectiva.
El túneltiempo atravesó la casa, los jóvenes ya no lo son, tampoco ella.
Hoy decidió pasar por la calle R y elevar la mirada hacia los ventanales antiguos.
Están cerrados y viejos los postigos, el balcón mustio se muestra cubierto de musgo.
En un abrir y cerrar de ojos la chica con violetas en la larga cabellera eleva la mano, la saluda y junto a ella ve a su muchachito perdido. Parece que están juntos.
En un gesto inesperado envía un beso, pero los chicos desaparecieron.
Un terremoto de motores la apresura. Cruza y no vuelve la mirada.
Anoche se me escaparon entre los dedos letras indecisas. Atrapé una H, pero solitaria era hueca y sin sentido; voló una Z pero cayó en mis zapatos y se enredó bajo mis pies.
Se encendían como estrellas y las vi, uhhh, el alfabeto íntegro, encegueciéndome.
Solo quería un cuento, unir las figuras, no que ellas me dejaran presa y aterrada.
La A se abría en un aullido inaguantable, la B me insultaba o pensaría que ese era mi nombre.
Una J ensordecía con sus carcajadas y la S me atormentaba pidiendo silencio.
Entonces, llegó la Ll y me anegó en un llanto rumoroso y tenue.
Te veía cautivada por la urgente distancia.
El reflejo te ganaba la cara y una insustancial presencia era parte de tus ojos.
La tarde te arrimaba afectos y te llevé de la mano hacia el pasado.
Estás ahí, quieta, lívida, todavía la turbación no te pertenece; todavía las manos te arman caricias.
Son las cinco de una tarde pasajera.
Tu pensamiento vaga irracional y los ojos se te detienen.
El infierno que te abrasa se hace sangre.
Querés correr.
Se te empozan los pies.
Si tan solo pudieras tocarme, te arrancaría de la soledad, te quitaría el temor y el infinito te abriría las puertas.
Pero estoy lejos.
Inaccesible.
Debés continuar en esa impuesta soledad.
Retornar a mis últimas palabras:
—Cuando leas estas letras.
Entonces sabrás que hay un sitio en el que permanecen los recuerdos, un sitio donde todo el pasado se mantiene intacto, donde nada ni nadie penetra.
Entonces ese absurdo y la lejanía, te parecerán espacios ajenos; vos estarás viva y yo esperando.
Un zumbido y el viaje inesperado.
La calle Santa Fe silenciosa y solitaria la desconoce y atraviesa rejas y candados que se abrieron a su paso entonces entró a la peluquería vio y aspiró perfumes y enjuagues los sillones la miraron impávidos y en esperanto conversó un largo tiempo con un hombre de otra época investigó oficinas de alquileres y ventas patios y bares con olores a comidas guardadas y saludó al señor Pan que se sonrió porque no esperaba visitas después se sirvió un cortado mientras leía unos libros y se detuvo en una exposición muy bella se probó remerones y vestidos dio un concierto en el piano quieto siguió y subió por la escalerita angosta miró primores de ropas para niños visitó el cuartito porteril bebió agua se sentó en el sillón freudiano se maquilló un poco practicó gimnasia con pelotas gigantes realizó una sesiones de yoga ah no al baño no entró corrió al lado de un chico que parecía salido de un cuento y atravesó el portal de la calle Córdoba uhhh vacía como siempre casi llegando aLaprida dormían pobres gentes desclasadas y nadienadie.
Ahora piensa que el sueño estuvo lleno de palabras, pero no las reconoce en estas marismas de la vigilia. Sabe que fueron procaces, que no vienen a sus labios porque su cara se ruborizaría y entonces las detiene. No reconoce el descanso puesto que ellas no se lo permitieron, por eso escuchó cantar al gallo, ese desgraciado, enano y chillón.
Y pensar que la madre lo crio como a un hijo.
¿Por qué se le ocurre ahora hablar del gallito? ¿Por qué se ve niño tirado traste para arriba buscándolo bajo el fogón?
Y la rabia porque el pollito pelao y fiero no salía, solo cuando su mamá, porque era suya, le decía:
—Venga, mi amor, venga con su mamita.
Y entonces comía las migas mojadas en mate cocido de sus manos.
Y así creció, sin plumas en la cabeza ni en el cogote porque los otros pollitos que no eran enanos como él, lo habían picoteado hasta hacerlo sangrar y nunca más le creció una pluma, pero desarrolló alas y una cola de variados colores azulinos y rojos como fosforescentes, ese infeliz viejo.
Porque, ¿cuántos años tenía él, nueve, diez cuando el pollo vino a vivir a la casa? y acababa de cumplir ¡cuarenta! y ese lo despertó , lo sacó de las palabras irrepetibles pero que ahora considera que le trajeron sensuales deseos.
Y si lo piensa bien ¿cómo ese gallo vivió tanto?
Hace siete que ha muerto su madre, seis que su hermana se ha ido a vivir en la ciudad grande y toda la casona fue suya, los secretos de cómodas y trinchantes y hasta el fogón que destruyó el mismo día en que volvió del cementerio y cuando terminó lo envolvió un alivio, un vacío y entonces el gallito corrió porque el gallinero también estaba devastado y era suyo: su reino.
Un reinado solitario, la cruz para ambos.
El gallo corría persiguiendo inexistentes hembras y picoteaba enfurecido los ladrillos apolillados que separaban los fondos saciando así sus deseos.
Y él, en su otro reino, no dormía, soñaba palabras, innombrables palabras, esas que lo atragantaban cuando llegaba el panadero y la Hilda, o la solterona Paula salían con los canastos y él, él les miraba las chuncas y subía los ojos hasta que alguien decía:
—Ahí, ahí está el asqueroso ese.
Por eso calla y enrojece y quisiera pegar la cabeza contra las paredes, como el gallo.
—No quiero salir, mami, llueve.
—Pero hijo, la llovizna no va a desarmarte.
—Tengo miedo, yo siempre en el agua, desde muy chiquito, viendo pelear a los pececitos para armarme y un huevo rojo en espera.
—Qué decís, de donde inventás esas historias.
—Sí ma, vos no veías nada, pero yo sí, sé cómo me armaron, no me gusta que los otros mueran y yo esté aquí. Y los otros se cayeron al suelo.
—Ay, Josecito, callate.
—Sí y después los que se caían al baño porque vos tenías dolor de panza, por eso estamos solos. Sino capaz que como el Juanchi tendría muchos hermanos y armaría un equipo de futbol.
—Vamos que por fin tenés clases.
—No quiero, la lluvia me va a matar, te digo.
—Así que por eso no salís cuando hay nubes, te voy a llevar a un psicólogo para que te cure la locura.
—No ma, no soy loco, después el pececito se metió y vos no me pudiste sacar, tomaste té, te metiste una aguja y yo era fuerte.
Las lágrimas de la Mecha le recorren la cara.
—No llores ma, te cuento para que creas que lo que digo es cierto.
—Hijo yo te quiero mucho, me equivoqué pero sos la luz de mi vida.
—Pero me hubieras dejado en el agua del baño si hubieras podido. Y los otros. Dónde viven, quiero verlos.
Cansada la Mecha le da una sonora cachetada y ve que le sangra la boca.
Lo deja en la puerta de la escuela y corre, corre.
Ya está en la calle Superí y golpea, sale la señora.
—Uh, vos cada día más tarde, dale que está todo por hacerse.
A mi padre
El chico se iba a la estancia Los Mistoles, un lugar en la provincia de Córdoba. Por su cabeza pasaba su existencia anterior, su partida en medio de la noche, sus miedos, los caminos oscuros que debió atravesar habían transcurrido siete años, acaba de cumplir catorce así lo cree pues nunca supo a ciencia cierta su verdadera edad.
Los pantalones largos eran un sueño porque no llegaba el dinero necesario para comprárselos, pero, como pasaba el tiempo entre cañaverales y muy pocas veces iba al pueblo, aguantaba ese deseo de —al fin, soy un hombre.
El trabajo en la cosecha de maíz había finalizado y debía buscar nuevos rumbos porque aunque el dueño no lo maltrataba le decía:
—Negrito de mierda no te puedo retar porque siempre cumplís y mirá que les tengo asco a los negros.
Esa reiteración le trastornaba la cabeza, más porque ese italiano hablaba un español a medias y por el tono sentía la humillación.
Por eso, un día de julio salió como a las cinco de la tarde con su mono al hombro.
Nadie sabía.
Entrada la oración vio un rancho iluminado por los últimos destellos del sol y en el patio de tierra un matrimonio en sillas petisas tomando unos amargos; un caschi, blanco y negro lo ladraba pero movía la cola; la mujer que llevaba un pañuelo en la cabeza le gritó:
—Muchacho, ¿qué hacés a estas horas? es fiero el camino y se va estrechando pal fondo.
—Voy pa Villa General Mitre— contestó preparado para seguir.
—No, —dijo el hombre—, vení, quedate aquí, un mate cocido con bollo te va a vení bien, y tenimo un catre pa´ que descansé la osamenta.
Cruzó el espacio que los separaba, se quitó el sombrero y saludó avergonzado; pero la gente era amable y su panza chirriaba hambre. Más tarde le hizo honor a un pan de polenta con charqui; le mostraron una pieza grande con un catre limpio y un fuentón para asearse.
La pequeña ventanita lo despertó con su luz muy temprano; los gallos hacía rato que cantaban y el balido de algunos chivos le sonaba a hogar.
Doña Eusebia y don Pedro tomaban mates con tortilla al rescoldo; cuando abrió el cortinado lo saludaron sonrientes avisando que su mate cocido hervía en el brasero.
Preguntaron poco, ¿imaginarían que era un pobre chico abandonado?
Hoy que lo recuerda sabe que sí.
Cuando terminó se despidió con gran agradecimiento y los viejos lo bendijeron:
—Vaya con Dios, mijo.
No sabe cuánto caminó, de a ratos se miraba las alpargatas para ver si existían, aunque tenía unas de repuesto no las iba a usar salvo en un caso extremo, quedarse en pata. Al fin vio las luces de una casona distante, tenía un agotamiento tan extremo que se restregó los ojospa’comprobási era e verdá.
Sí, la estancia existía.
Buscó ente sus bolsillos un papel que le había escrito el capataz donde alababasu honestidá y afición al trabajo; entró por un sendero poblado de árboles y tocó una manivela de hierro que servía como llamador.
Le abrió la puerta una mujer mayor, morena con un delantal blanco, era la cocinera; lo hizo esperar y apareció don Julio, el patrón.
—Quéhoritapa llegá —dijo con acento español; el muchacho bajó los ojos en señal de disculpas y el hombre le palmeó bonachonamente la espalda.
Se encontró en una sala inmensa con baldosones rojos y aparadores llenos de copas, vasos, tazones; una mesa maciza con unas sillas de cuero donde mostró sus papeles. El hombre llamó a Delciana, la misma que le abriera la puerta y le indicó que le diera ropa y comida.
—Mañanatediréquéhacer.
Otra noche bajo un techo, eso era todo para él, después de tanto tiempo vagando, con miedo, entre desconocidos.
El sueño lo venció, creyó ver a su madre sosteniéndose en los respaldos de la cama para no caerse, mientras gritaba:
—El gordo te va cagá a palo, levantate.
El miedo y el aliento a profundo a alcohol lo despertaron; miró, pero estaba solo, no tenía seis años, respiró sin evitar las lágrimas corriendo por su cara.
Siempre le bailoteaban en la cabeza esas preguntas:
—¿Porquémehatocaoesto?
—Nadiemequiere.
Después, hubo un tiempo de trabajo, pesado trabajo, sembrar y recoger maíz, cuidar caballos, limpiar el suelo de esos pastos duros e inservibles. Ni agua tenía.
Una de esas mañanas, cree que el cansancio lo había doblegado y sin querer se pegó con la azada en la pierna, brotaba la sangre a borbotones, fue tan extremo el dolor que cayó sin sentido. Consideró que hacía mucho que estaba tirado ahí. La noche lo hacía tiritar por el frío.
Al fin alguna alma buena notó su ausencia y Gume fue a auxiliarlo. Lo subió a una carretilla y lo acercó a las taperas de los trabajadores. Allí la Delciana lo curó con grasa de iguana.
El patrón protestó:
—Si este negro no se cura no me sirve.
Pero ese negro era fuerte y salió adelante.
Así se afianzó la amistad con el Gume.
Este muchacho tenía veinticinco años y pensaba volver a su tierra tucumana. Entonces él pensó en ir para saber si ya debía cumplir con el servicio militar, desconocía su edad verdadera.
Sin avisar a nadie pues cobraban su jornal diariamente, salieron al amanecer hacia la ciudad de Córdoba.
Miraba todo con ojos de admiración. No tenían dinero, el Gume dijo:
—Vamo a i robando tren.
Así fue. Escondidos en un vagón de carga en el cual iban otros hombres tiraron sus sacos para tratar de dormir. El hambre no los dejaba. Uno de los compañeros les dio pan francés con milanesa, los tragaron con desesperación. El Gume aceptó el vino, él no. Recordó las machas de su mama y su padrastro y no aceptó.
No sabe cuántas horas viajaron, sí, que una madrugada estaba en la estación Belgrano.
Tucumán era una ciudad en continuo movimiento. Allí se despidió de Gume.
Se sentó en el cordón de una vereda y su cabeza comparó la ciudad a Córdoba de la que acababa de llegar. Había visto muy poco en realidad, una estación de trenes parecida a esta. Casi era lo mismo, su soledad, sus incertidumbres, los castigos de la niñez, el frío, el hambre.
No sabía hacia dónde dirigirse.
Vio a unos muchachos como él, morenos y pobres y se acercó a ellos, vendían ballenitas, hojas de afeitar, peines y otras chucherías. Lo miraron y le dijeron:
—Si querí andate pa la otra esquina y compartimo la venta.
Apenas audible salió un:
—Sí.
Era un milagro. Caminó y comenzó a vocear, varios se acercaron y pronto vio la caja vacía y sus bolsillos con plata.
Volvió y encontró a los jefecitos que no podían creer.
—Laputa, changotenísuerte.
Sin ningún problema le dieron su parte y se metieron en un bodegón donde pidieron café con leche y bollos.
Esos fueron sus primeros amigos.
Trabajó con ellos, compartió una piecita pobre en El Bajo, cercano a un pasaje de mala reputación.
Después le indicaron dónde quedaba el Registro Civil para averiguar su edad.
Y no. Aun no le tocaba el servicio militar.
Nunca sabrá las razones.
Juntó unos pesos y después de tres meses en su lugar de origen, rogando no encontrar ni a su mama ni al gordo golpeador, compró un pasaje y regresó a Córdoba.
Su lugar: Jesús María.
Allí se desataría el nudo de un destino que aun desconocía.
