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Estrellería es una apasionada invitación a observar la belleza del cielo nocturno y una introducción a la astronomía contada de forma clara y divulgativa. Su punto de partida es la curiosa historia de un toro que vive en el cielo desde hace más de diecisiete mil años: un grupo de estrellas en el que los humanos creyeron ver un bóvido de largos cuernos. A través de la prosa de Lluís Vergés, cercana y siempre sorprendente, viajaremos a diversos lugares de la Tierra vinculados a la constelación que desde los tiempos clásicos llamamos Tauro. A partir de esta lectura, te proponemos que una noche te tumbes sobre la hierba, dirijas tu mirada a la bóveda celeste y te prepares para navegar por una trama de constelaciones compuesta de arte, historia, ciencia y mito.
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Seitenzahl: 102
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Estrellería
Viajes de descubrimiento por la constelación de Tauro y las Pléyades
Lluís Vergés
Primera edición en esta colección: junio de 2025
© Lluís Vergés, 2025
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 979-13-87568-79-5
Diseño de cubierta: Antonio F. López
Fotocomposición y realización de cubierta: Grafime S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Desestimando las cosas terrenales me entregué a la contemplación de las celestes…
La gaceta sideral,Galileo Galilei
Ven, noche gentil, noche tierna y sombría,
dame a mi Romeo y, cuando yo muera,
córtalo en mil estrellas menudas:
lucirá tan hermoso el firmamento
que el mundo, enamorado de la noche,
dejará de adorar al sol hiriente.
Romeo y Julieta,William Shakespeare
Carta al lector
1. Los estrelleros
2. Un reflejo del pasado
3. Estrellas en la Dordoña
4. El arte de la estrellería
5. Gilgamesh que estás en los cielos
6. El cielo de Salamanca
7. Dibujar el cielo
8. Entremés a la boloñesa
9. El telescopio de Galileo
10. La hermana invisible
11. La mafia en la Sala del Mapamundi
12. Van Gogh y su cielo estrellado
13. Quién pone nombre a las estrellas
14. Nuevos nombres en el cielo
15. Cuernos
16. La estrella que surgió de la nada
17. Abre los ojos y verás asnos
18. Encuentro con un «cometero»
19. A los hombros de un gigante
20. Nuestra varita mágica
21. Poetas en la Dordoña
22. Un disco de oro de la música de las esferas
23. Siete muchachas
24. Las ideas de Newton, derrocadas
25. Hágase la oscuridad
26. El arte de mirar los cielos
Créditos de las imágenes
Bibliografía celestial
Cubierta
Portada
Créditos
Epígrafe
Índice
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Bibliografía celestial
Colofón
Amigo lector, empieza a preparar tu equipaje para iniciar un viaje ilustrado. Transcurre por diferentes épocas y lugares, sus caminos están en tierra y en la mar, pero su destino final son las estrellas, en concreto una constelación que conserva el nombre que le pusieron los antiguos griegos.
Estrellería es la pequeña historia de un toro que vive en el cielo desde hace más de diecisiete mil años, un grupo de estrellas en el que los humanos creyeron ver un bóvido de largos cuernos. Desde los tiempos clásicos lo llamamos Tauro.
Las historias no empiezan siempre desde el principio, y esta tampoco lo hará, pues está afectada por una relatividad especial. Esa fuerza cósmica nos llevará a viajar de un punto a otro, de un tiempo a un destiempo, de las cuevas de Lascaux a Padua, de Salamanca a Arlés, de Kaifeng, en China, a Los Ángeles, en California. Disfrutaremos de la compañía de algunos de los pocos sabios que en el mundo han sido, personajes como Eratóstenes, Ptolomeo, Galileo, Halley, Eddington, así como escritores y artistas como Omar Jayan, Van Gogh o Sylvia Plath.
A través de este periplo en busca de Aldebarán, las Híades, las Pléyades o la nebulosa del Cangrejo podremos ver cómo, más por azar que por necesidad, se hicieron algunos de los descubrimientos claves para nuestra actual compresión del Cosmos. Para no perdernos en el firmamento atenderemos a las lecciones de los astrónomos que nos enseñan cómo orientarnos con las constelaciones.
En nuestro viaje alrededor de Tauro buscaremos algunas estrellas perceptibles a simple vista y trataremos de averiguar quién les puso sus nombres. Nos ocuparemos de algunas de las fantásticas historias que la mitología nos cuenta sobre el origen de las constelaciones. Historias de gigantes forzudos, de cazadores castigados, toros vengadores, dioses abusadores y hasta de siete jóvenes hermanas perseguidas.
Nos citaremos en Nápoles y en Marrakech con el titán que sostiene nuestro planeta, conoceremos antiquísimas leyendas estelares que, sorprendentemente, parecen repetirse en culturas muy diversas y, antes de nuestro regreso, trataremos de sacar a la luz al villano que amenaza nuestras noches estrelladas. Preparémonos, nuestra primera salida será a la noche de los tiempos.
Los primeros humanos debían de experimentar una sensación de misterio y sobrecogimiento ante la inmensidad del cielo estrellado, a la que posiblemente se sumaría el temor a la oscuridad. Nosotros, la mayoría habitantes de grandes ciudades dominadas por las luces eléctricas, solo podemos contemplar el firmamento de nuestros antepasados en los momentos en que nos alejamos de las urbes y huimos de su contaminación lumínica. Excepto en los días nublados o de luna llena, nuestros remotos ancestros veían siempre un inmenso mar de luceros que centelleaban en la oscuridad. Observaron que las estrellas formaban caprichosas agrupaciones en el firmamento, algunas parecían dioses o animales. Poco a poco, en diferentes lugares de la Tierra les pusieron nombres y les atribuyeron algún significado.
El inglés tiene una palabra preciosa de la que nosotros carecemos, stargazer, con la que se designa a un observador de estrellas. Sin embargo, en español podemos utilizar un antiguo término: ‘estrellero’, con el que fue conocido también el rey Alfonso X el Sabio. El Diccionario de la Real Academia otorga hoy a esa palabra la acepción de ‘astrólogo’, pero en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española cobra otro significado: «Estrellero-a. Referido a persona, que mira siempre al cielo».
En otra entrada, el glosario académico del español recoge la palabra «estrellería» con el significado de astrología. Aquí, con la venia de la Real, ampliaremos su definición para que denomine también el arte de mirar las estrellas.
Figura 1. Muchas antiguas culturas creían que las estrellas eran dioses y marcaban el destino de los humanos. Descubrieron que su observación era muy útil como calendario y para determinadas actividades prácticas como la agricultura y la navegación. Esta imagen de Antoni Cladera está tomada en la Naveta des Tudons, en Menorca, en un momento en que la Vía Láctea se muestra con todo su esplendor en el firmamento. Cladera es uno de los desarrolladores de PhotoPills, una aplicación telefónica que, entre otros usos, permite calcular dónde estarán los astros en un momento y lugar determinados.
Los primitivos estrelleros llegaron a darse cuenta de la regularidad del paisaje celestial nocturno. Excepto la Luna, que seguía su propio ciclo, y algunos astros errantes, los miles de puntos luminosos permanecían cada día y a la misma hora casi en las mismas posiciones. Los observadores más atentos notaron que al correr la noche los luceros se desplazaban (en el hemisferio norte) siguiendo un recorrido semicircular de este a oeste similar al del Sol.
Descubrieron que casi imperceptiblemente el mapa del firmamento iba cambiando a lo largo de las estaciones: algunas constelaciones desaparecían de la vista mientras otras empezaban a asomar. Al tratarse de un ciclo que se repetía, tal sucesión de paisajes celestes era muy útil como calendario para determinar las mejores épocas para la caza, las cosechas o la ruta más idónea para navegar el ancho mar.
Dos importantes puntos de referencia de la estrellería de todos los tiempos y lugares fueron Aldebarán y las Pléyades.
Figura 2. La constelación de Tauro tal como se reproduce en los mapas celestes. En la realidad no es fácil distinguirla tal cual, aunque Aldebarán y las Pléyades son fácilmente identificables.
En la noche invernal, hacia octubre, aparece en los cielos la constelación zodiacal de Tauro. Tiene forma de tirachinas, de varita de zahorí o, por supuesto, de los cuernos de un bóvido. Apenas una docena de estrellas trazan la silueta de la cornamenta, pero los luceros vecinos también pertenecen a Tauro. El astrónomo alemán del siglo xix Friedrich Argelander afirmaba que a simple vista podía distinguir hasta 121 estrellas. Su colega Eduard Heis le rebatió contando 188.
La más brillante de todas es Aldebarán, que en los antiguos atlas astronómicos se representaba como el ojo del Toro. El método más fácil para identificarla es buscar la vecina constelación de Orión, el cazador, cuya llamativa silueta en forma de antigua cafetera casera o de reloj de arena destaca en el cielo de invierno y de primavera. En el centro de Orión, que para el astrónomo Camille Flammarion es la constelación más bella de todo el cielo, hay tres estrellas conocidas como «el cinturón del cazador» aunque también las llaman las tres Marías, las tres Magas o los tres Reyes. Este trío estelar apunta en una ligera curva hacia Aldebarán, que en el hemisferio norte se halla a su derecha. Si seguimos esa línea imaginaria encontramos a continuación a las Pléyades, de las que Muhámmad al-Mu’tamid, poeta y último rey de Sevilla, dijo que cuando descendían de su horizonte eran como un ramo de jazmín en flor.
Lo que vemos al mirar hacia las tres brillantes hechiceras de Orión es su destello de hace unos 1.500 años, pues esa es la distancia en años luz a la que se encuentran de la Tierra. Para llegar hasta nuestros ojos su brillo empezó a viajar a principios de la Edad Media. El cielo estrellado es un reflejo del pasado.
Figura 3. La potente constelación de Orión (en el centro de la imagen tomada en la Cala de Sa Mesquida) es la mejor referencia para identificar Tauro y Aldebarán. Marga Pons Castejón, autora de esta bella instantánea, ha ganado diversos certámenes fotográficos, entre ellos el subcampeonato del mundo en la 29th Bienal de Francia 2021 con una serie de la Vía Láctea.
Figura 4. Comparación de los tamaños de Aldebarán y nuestro Sol. Hay estrellas más cercanas a la Tierra que por su menor tamaño y brillo no son visibles como sí lo es el ojo de Tauro. La estrella es una gigante roja, lo que significa que ha agotado el suministro de hidrógeno en su núcleo y ha iniciado la fusión termonuclear de helio en una envoltura que rodea al núcleo. Como consecuencia aumenta el tamaño de la estrella y su superficie se enfría, por lo que se ve de color anaranjado.
Desde una distancia de aproximadamente 65 años luz vemos con nitidez Aldebarán gracias a su enorme tamaño. Su radio es de unas 44 veces el de nuestro Sol, y es unas 400 veces más luminosa.
La gigante roja del toro celeste no solo ha atraído la atención de los observadores de estrellas desde la noche de los tiempos, sino que también ha sido el pilar de grandes avances astronómicos. En árabe su nombre es ناربدلا, al-dabarān, que significa «la que sigue», posiblemente porque en su recorrido nocturno a través del cielo parece ir detrás del cúmulo de las Pléyades. Siguiendo su rastro nos vamos a encontrar cosas maravillosas: la epopeya más antigua del mundo, un capitán de barco cazador de cometas, una obra maestra de la pintura o la demostración empírica de la teoría de Einstein. Pero antes de meternos en esas profundidades, vamos a hacer la segunda escala de nuestro viaje en el sur de Francia y retroceder en el tiempo hasta el año 1940.
