Por los bosques - Lluís Vergés - E-Book

Por los bosques E-Book

Lluís Vergés

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Por los bosques es un ameno paseo por el apasionante mundo de los árboles y las florestas. Por sus ramas viajaremos en compañía de algunos personajes que han destacado por su amor a los grandes vegetales. Científicos, pensadores, pintores y escritores como Charles Darwin, Henry Thoreau, Vincent Van Gogh, Pablo Picasso, Federico García Lorca o Patrick Leigh Fermor recorren estas páginas llenas de vida y curiosidades. Estas y otras figuras nos enseñan que los árboles son nuestros grandes amigos y son los salvadores de nuestra civilización. Enriquecen nuestra vida con su madera y sus frutos, modelan nuestros paisajes, atraen la lluvia, refrescan las ciudades, favorecen nuestra salud y capturan el CO2 del aire para liberar oxígeno a la atmósfera. Esta cualidad los convierte en los mejores aliados para luchar contra el cambio climático. Por los bosques es además una pequeña e interesante historia cultural de mitos, leyendas e historias. Estás lector ante un libro multidimensional en el que se complementan los planos de la divulgación, el periodismo, la literatura y el pensamiento, un libro, en resumen, copudo.

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Seitenzahl: 185

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Lluís Vergés

POR LOS BOSQUES

Los árboles son nuestra salvación

Primera edición en esta colección: septiembre de 2021

© Lluís Vergés, 2021

© de la presente edición: Editorial Alfabeto, 2021

Editorial Alfabeto S.L.

Madrid

www.editorialalfabeto.com

ISBN: 978-84-17951-23-8

Ilustración de portada: Alba Ibarz

Diseño de colección y de cubierta: Ariadna Oliver

Diseño de interiores y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

ÍNDICE

Hoja de instruccionesPRIMERA PARTE. EL PLANETA DE LOS ÁRBOLESLa bellotaBosquejoSubirse a una copaLa gran familia vegetalArborícolasTocar maderaBotánica míticaÉrase una vezUn paseo por los bosquesTeoría de la complejidadBiología mínimaWood Wide WebLos derechos de las plantasEl fruto prohibidoVerde que te quiero verdeEl arte del paisajeHabía una vez un jardínLos tejos de MacbethLa palmera y los tres árboles de la vidaLa línea de la sombraAceituneros altivosSEGUNDA PARTE. LA LUCHA DE LOS ABRAZA-ÁRBOLESLos árboles y el cambio climáticoEl planeta verde y azul¿Quién lleva la cuenta?Plantar un billón de árbolesReinventar el mundoLa selva urbanaLa cabeza a pájarosAbraza-árbolesLa gran mujer, el niño mago y el hombre bosquePagar las copasLa arboleda sentimentalCosmosNotas y referencias silvestresBiblioteca de los bosques

Los árboles, creo yo, son las más bellas formas sobre la Tierra.

MARY OLIVER

En sus ramas más altas el mundo cruje, sus raíces descansan en el infinito; pero no se pierden allí, luchan con toda la fuerza por una sola cosa: cumplir sus propias leyes, construir su propia forma, representarse… Nada es más ejemplar que la belleza de un árbol fuerte.

HERMANN HESSE

La luna brillaba luminosa en una noche como esta, cuando el dulce viento besó suavemente los árboles sin que hicieran ningún ruido.

WILLIAM SHAKESPEARE (El mercader de Venecia)

El mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años. El segundo mejor momento es hoy.

PROVERBIO CHINO

HOJA DE INSTRUCCIONES

Amigo lector, antes de comenzar la lectura busca un buen árbol de tronco recio y abrázalo. Mejor si lo haces sin que te vea nadie, no sea que te vayan a tildar de lunático, a pesar de que con este gesto pasarás a formar parte de una digna estirpe humana, algunos de cuyos miembros conocerás si continúas leyendo. Luego, ponte bajo la sombra de una frondosa copa y empieza a pasear tu mirada con calma por los bosques. Al final averiguarás las muchas razones por las que hay que querer a los árboles.

PRIMERA PARTEEL PLANETA DE LOS ÁRBOLES

LA BELLOTA

En nuestra civilización predominantemente urbana, el contacto de la infancia con los bosques llega muchas veces y apenas a través de los cuentos populares. Así aprendemos que son lugares bastante siniestros en los que no conviene vestir de rojo, que tenemos que llevar el bolsillo lleno de piedrecitas por si acaso nos perdemos y que jamás debemos entrar en una casa de chocolate.

Cuando mis padres me llevaron por primera vez a jugar y correr a un pinar en un día de fiesta, cambió en mí para siempre esa visión tétrica e infantil de los mundos forestales. Los bosques eran lugares alegres de vida y verdor.

Pero las semillas que me han llevado a escribir estas hojas no proceden de un tiempo tan lejano. El estimulante olor de la pinaza fresca no es la magdalena de cuyo recuerdo surgen las hojas de Por los bosques. Hemos de tomar otra rama más ligada a mi incurable pasión por la lectura que a la propia naturaleza.

Es muy conocida la fábula de Jean Giono publicada en 1953 con el título de El hombre que plantaba árboles. En ella un pastor llamado Elzéard Bouffier consigue revivir el paisaje de los Alpes y la Provenza francesa sembrando pacientemente miles de bellotas.

La lectura de El hombre que plantaba árboles me fascinó hasta tal punto que lo he releído en varias ocasiones. En la primavera de 2018, paseando por un camino de Alayor, en la isla de Menorca, rodeado de bosques, se me apareció en la imaginación el entrañable personaje de Giono y despertó mi interés por saber si en la realidad existían figuras como él, o si realmente sería posible mejorar el mundo cuidando nuestros bosques y multiplicando las arboledas.

A mis meditaciones vino otro simpático personaje de ficción, Cosimo Piovasco di Rondò, el barón rampante de Italo Calvino, que me invitó a subir con él a las copas de los árboles y desde allí iniciar una investigación sobre estos y otros enigmas del mundo arbóreo.

El resultado de dos años de leer algunos libros sabios y de andarme por las ramas de la frondosísima World Wide Web es este trabajo que tienes en las manos y que, a la postre, es fruto de los millones de bellotas que sembró Elzéard Bouffier.

BOSQUEJO

Árboles y humanos compartimos una estrecha historia común, aunque la de los vegetales es muchísimo más larga, desconocida y ramificada. Los árboles están en la base de nuestra civilización y contribuyen a modelar el clima de la Tierra. Nuestra joven especie se formó con la energía y el cobijo de su madera y con el alimento de sus frutos. La humanidad ha vivido siempre a su amparo, respirando el oxígeno que producen sus hojas mediante la fotosíntesis.

Los necesitamos. Para nosotros son vitales. En cambio, los seres silenciosos que cubren de sombra y de hojas bosques, campos, ciudades y caminos continuarían viviendo aunque nosotros desapareciéramos. Lo remarca muy bien el ecólogo Jacques Tassin: vivimos en el planeta de los árboles y lo hemos olvidado tontamente.

Al principio de los tiempos los considerábamos sagrados. Después quisimos explotarlos hasta tal punto que llegamos a olvidarnos de que son entes vivos y que hacen posible nuestra existencia. A menudo nos hemos aplicado en su tala y deforestación sin ser conscientes del mal que nos causamos a nosotros mismos.

Afortunadamente, hemos ido aprendiendo a cuidarlos, a llevarlos de un continente a otro, a seleccionarlos, a plantarlos. Expertos en silvicultura, horticultura, botánica, ecología, paisajismo y jardinería se han convertido en sus amigos. Son arbófilos: mujeres y hombres que han abonado con su trabajo, experimentación y estudio este universo arbóreo. Son personas dedicadas a que comprendamos mejor la importancia del mundo vegetal y su papel clave para forjar nuestra civilización y su progreso.

Este libro quiere ser un pequeño tratado de nuestra mutua relación y persigue contribuir a sembrar conciencia de que los árboles y los bosques son nuestros aliados y debemos hacer todo lo posible para que su población aumente en lugar de disminuir. Son centinelas silenciosos, columnas de la creación, pilares de la vida, fábricas de oxígeno, maderos generosos, viviendas de los pájaros, hogar de las frutas, ángeles con ramas…

Algunos ecólogos defienden que nuestros protectores verdes podrían ser una gran arma secreta en la lucha contra la desertización, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático, cuyas consecuencias también padecen. Para ello, además de dar un giro a nuestras fuentes energéticas y descarbonizar la atmósfera, proponen que plantemos muchos más. No podemos permitirnos continuar talándolos y reduciendo las grandes áreas forestales del planeta.

La imponente cifra de plantones que algunos han propuesto como vía para frenar el avance del indudable calentamiento de la atmósfera parece osada y difícil de alcanzar, pero hay personas y organizaciones, con el apoyo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, empeñadas en conseguirlo. Veremos algunas interesantes experiencias en las que la siembra de árboles ha servido para rescatar terrenos yermos y devolverlos a la vida.

«Debemos cultivar nuestro jardín», proponía Voltaire en el siglo XVIII hablándonos a través de su personaje Cándido. Hoy sabemos que nuestro jardín es la Tierra, y esta precisa de más presencia verde. Aun en el caso de que el efecto sobre el clima fuera insignificante, aumentar la población arbórea tiene sentido por sí mismo, pues contribuirá a vivificar, enriquecer y embellecer nuestros entornos.

En este breve viaje por arboledas, bosques, florestas, parques y jardines en compañía de algunos arbófilos, veremos la fuerza curativa de los baños de bosque, conoceremos la botánica de la imaginación, saludaremos a grandes plantómanos, nos aproximaremos a los tres árboles de la vida, abrazaremos árboles y nos subiremos a ellos, morderemos el fruto prohibido y nos perderemos por parajes de todo el planeta para, al final del trayecto y con un poco de suerte, conocer mejor nuestro lugar en el cosmos.

Continuemos sentados a la buena sombra de un sauce para empezar repasando quiénes son nuestros amigos y por qué son necesarios para nuestra supervivencia.

SUBIRSE A UNA COPA

Lo primero que haremos será volvernos niños y subir a la copa de un árbol. Allí, sus hojas recogen el gas carbónico de la atmósfera y lo transforman en oxígeno, vital para nosotros y el resto de los seres vivos. Para su vida y crecimiento, el ejemplar sobre el que estamos encaramados precisa de agua, luz solar, minerales y dióxido de carbono. Descubierto en el siglo XVII por el químico y alquimista belga Jan Baptiste van Helmont, este gas, también conocido por su alias de CO2, fue bautizado como «espíritu silvestre». Tuvieron que pasar dos siglos más para que supiéramos que poluciona nuestros cielos.

Hoy no hay ninguna duda de que el CO2 es un importante gas de efecto invernadero y una de las causas del calentamiento global que, por más que lo nieguen algunos, se está produciendo como consecuencia, sobre todo, de la quema de combustibles fósiles iniciada con la Revolución Industrial. Disponemos, sin embargo, de una gran red de factorías que depuran el aire: ellos, los árboles.

Los prominentes vegetales y sus hojas son, pues, nuestros amigos en la lucha contra esta amenaza creciente. No menos importante es su contribución al buen funcionamiento del ciclo del agua gracias a su papel en la generación de la lluvia y la reducción de la sequía.

Francis Hallé, un arbófilo comparable a nuestro amigo el barón rampante, nos recuerda que son los seres vivientes más grandes de la Tierra, llevan mucho más tiempo en ella que nosotros y además sus vidas son mucho más largas.

Empecemos por su venerable edad. Moran en el planeta desde hace más de 370 millones de años y, si los humanos no lo estropeamos todo —una de las maneras de evitarlo sería favoreciendo su proliferación—, continuarán aquí por los siglos de los siglos.

Los ejemplares vivos más antiguos estaban sobre el planeta antes de que Homero escribiera su Odisea. En las montañas Blancas de California, habita un pino de la especie Pinus longaeva que ha celebrado 4 841 cumpleaños. Matusalén, como se le conoce, es uno de los organismos vivos más viejos del mundo: solo superan su edad algunas bacterias y la Gran Barrera de Coral.

No menos provecto es un tejo (Taxus baccata) residente desde la Edad del Bronce en lo que hoy es un pequeño cementerio en la iglesia de San Digain, en Llangernyw (Gales), que ha soplado 4000 velitas. Hay otros ejemplares casi tan longevos como ellos y no están alojados en residencias de ancianos, sino que viven orgullosos en sus lugares de siempre, a su aire.

Los grandes vegetales han sido nuestros mejores aliados en la carrera de la civilización humana. Nos dieron la madera para hacer fuego en las cavernas, señalaron los caminos, fueron el armazón de las primeras ruedas, hicieron posible la navegación y con ella el intercambio de ideas, nos sirvieron para hacer mesas, sillas y camas, cofres y armarios para guardar ropa y enseres y libros en los que imprimir el conocimiento. Los utilizamos para construir viviendas, herramientas e instrumentos musicales. Nos dan el papel para escribir. De ellos extraemos aceites, resinas, esencias, goma, fármacos… Si quedara algún lector inocente, podría pensar que la humanidad protege a los árboles, pero sabemos que no es así. Se calcula que más del 10 % de las especies en el mundo están amenazadas y cada minuto, dicen, se pierden en el mundo cuarenta hectáreas de árboles. Las diferentes campañas emprendidas no han conseguido frenar la deforestación de la Amazonia y otras selvas. Nuestro futuro, sin embargo, pasa por sembrar más árboles y proteger los bosques y selvas amenazadas en muchos lugares del planeta.

LA GRAN FAMILIA VEGETAL

Hubo un tiempo en que nuestro planeta solo estaba compuesto por rocas y mar. Era un mundo inerte hasta que la vida surgió en los océanos. Los antepasados de todas las plantas terrestres fueron probablemente las algas. Cuando apareció la vida, apenas había oxígeno libre en la atmósfera, y fue la acción de la fotosíntesis de algas y bacterias la que permitió su liberación en forma de gas.

Hace unos 500 millones de años, las primeras plantas abandonaron el agua, aprovechando este oxígeno que habían producido las algas y las bacterias verdiazules. Algunos de los descendientes de estas pioneras son los musgos y los helechos.

La explosión verde del planeta, que preparó el camino para la aparición de los animales y del ser humano, continuó con las plantas vasculares (que poseen raíz y tallo y un sistema de transporte de líquidos y sustancias entre ambos). Los biólogos calculan que las primeras aparecieron en la Tierra hace más 400 millones de años.

La Cooksonia está considerada la más vieja de todas, aunque a escala geológica es todavía muy joven. Evolucionó hace 428 millones de años, cuando la Tierra tenía ya unos 4,5 miles de millones de años de existencia. Descubierta en 1937 en una cantera de Inglaterra, vivió prácticamente en todas las regiones del mundo. Era una plantita minúscula, solo medía unos diez centímetros de altura y no tenía hojas, pero sus tallos eran capaces de producir clorofila y, por lo tanto, tenía la capacidad de hacer la fotosíntesis y crecer.

Hoy no quedan ejemplares de esta abuelita extinta. Las plantas vivas más antiguas de la Tierra son las colas de caballo. Las quince especies que subsisten hoy en día han vivido 395 millones años de la historia de nuestro planeta. Las hojas de estos arbustos se usan hoy en herboristería, especialmente como diuréticos para adelgazar.

Las colas de caballo vieron a los primeros árboles escalar hacia el cielo, como apunta en La memoria secreta de las hojas la geobióloga Hope Jahren. Los más antiguos crecieron en la Tierra hace unos 380 millones de años, y se los ha bautizado como Wattieza. Medían hasta unos ocho metros de altura, y sus ramificaciones carecían de hojas. Surgieron en el periodo Devónico, también conocido como la «Edad de los Peces» por la abundancia de restos fósiles de vida marina que quedó como legado de esa era.

Los bosques de estos primeros árboles, que por su apariencia recuerdan a una palmera, tuvieron mucha importancia en la historia de la vida en la Tierra. El oxígeno que aportaban a la atmósfera pudo contribuir a la evolución de los primeros vertebrados terrestres. Además, al absorber gas carbónico, ayudaron a enfriar la temperatura del planeta.

Tras la Edad de los Peces llegó la Edad del Carbón o periodo Carbonífero. En ninguna otra etapa geológica hay tantos fósiles de plantas como en esta, y gracias a ella obtenemos la mayor parte de la energía que hoy consumimos en forma de carbón, gas o petróleo, contribuyendo de paso a recalentar nuestro clima. Los bosques carboníferos estaban poblados por helechos arborescentes, equisetáceas y licofitas, y fue el tiempo del gigantismo. Más tarde, en el periodo Triásico, aparecieron las coníferas, los ginkgos, y posteriormente, en el Cretácico, las plantas con flor.

Dado que la naturaleza ama la pluralidad, los árboles, al igual que los animales, fueron diversificándose y formando nuevas variedades. El primer catálogo global de árboles y su distribución, completado en el año 2017, incluye un total de 60 065 especies diferentes y sitúa a Brasil como el país con más diversidad. Desgraciadamente, 9 600 de ellas están amenazadas y, entre estas, hay trescientas en una situación tan crítica que cuentan con menos de cincuenta ejemplares.

ARBORÍCOLAS

Los caminos del ser humano y los árboles se cruzan desde los más remotos orígenes. Es muy posible que nuestros ancestros fueran animales arborícolas, tal como aseguran los antropólogos franceses Yves Coppens y Pascal Picq. La antepasada de todos los seres capaces de leer habría vivido entre los árboles y la tierra, según sostiene Coppens en su libro La rodilla de Lucy.

La mujer así bautizada pertenece a la especie Australopithecus afarensis. De ella conservamos el 40 % de su esqueleto, de aproximadamente 3,2 millones de años de antigüedad. Medía apenas 1,10 metros de altura, pesaba unos 27 kilos, se ha calculado que tenía en el momento de su muerte unos veinte años y había tenido hijos.

Cuando el estadounidense Donald Johanson efectuó su hallazgo el 24 de noviembre de 1974 mientras excavaba en un yacimiento de Etiopía, junto con Yves Coppens y Tim White, estaba sonando en la radio el tema de los Beatles Lucy in the Sky with Diamonds. Esa canción sirvió para bautizar a la abuela más famosa del género humano.

Lo más interesante de los huesos hallados no es su minúsculo cráneo, de 400 centímetros cúbicos, comparable al de un chimpancé, sino su rodilla.

Afirma Coppens que en la rodilla de Lucy coexiste la articulación guiada y estable propia de un bípedo con la inestable, con gran amplitud de rotación, característica de una criatura arborícola.

De hecho, una reciente investigación sugiere que Lucy, cuyos restos se conservan en una caja fuerte en la capital de Etiopía, murió al caer de un árbol.

«Nuestra hipótesis es que Lucy extendió el brazo para tratar de amortiguar la caída», declaró a los periodistas el antropólogo John Kappelman, de la Universidad de Texas, tras analizar los huesos fósiles de nuestra antepasada etíope y las fracturas apreciables en ellos.

La idea de un precedente del Homo Sapiens arborícola ya la había propuesto desde una vertiente más poética el arquitecto y paisajista menorquín Nicolau Maria Rubió i Tudurí, gran aficionado a las cacerías en África y diseñador, entre otros, de los jardines de Montjuic, los de la residencia de Bertrán y Musitu y los del Palacio de Pedralbes en Barcelona. Él imaginó a nuestro predecesor como una especie de jardinero primordial que «vivía en paz con los pájaros y los herbívoros, puesto que no los cazaba. Trepaba a los árboles y no era cazado por las fieras».

No todos los paleontólogos están de acuerdo con los planteamientos de Coppens, Pascal Picq y Kappelman. En cualquier caso, es una cuestión no resuelta y, mientras sea así, muchos consideramos la mar de honorable tener algún antepasado que vivía en los árboles. Es más, nos podemos sentir orgullosos de ser hijos de los bosques.

TOCAR MADERA

La civilización no hubiera sido posible sin la materia y la energía que proporcionan en abundancia nuestros pacíficos y callados amigos. Antes de la llamada Edad de Piedra existió una Edad de la Madera de la que no se habla porque sus vestigios arqueológicos han sido destruidos por el fatal paso del tiempo. No es descabellado imaginar que las primeras armas de nuestros ancestros eran palos, que las ramas y la hojarasca seca servían para cubrir las primitivas viviendas y que los leños alimentaban los fuegos con los que se calentaban, cocinaban o eran el material en el que tallaban imágenes de sus dioses protectores. No solo los sapiens: los neandertales de la actual Toscana ya usaban instrumentos hechos con madera de boj.

La gran revolución del Neolítico, que liberó a los hombres de perseguir el alimento de un lugar a otro, no hubiera surgido sin las herramientas leñosas, y uno de nuestros primeros inventos prodigiosos, la rueda, fue posible también gracias a la madera de los árboles. La más antigua que nos ha llegado data del 3350 a. C. y fue hallada en unas tierras pantanosas de Eslovenia; mide 72 centímetros de diámetro y está hecha de leña de fresno, mientras que el eje, que giraba junto con las ruedas, era de roble, más duro.

La madera para la construcción ha formado parte de la historia desde que empezamos a edificar. Marco Vitruvio, que sobre el año 25 a. C. escribió De architectura, el primer tratado sobre construcción conocido, hablaba, entre otras cosas, de los materiales y exponía de pasada algunas de las cualidades y usos de los troncos y sus tablas. Vitruvio trabajó como arquitecto para Julio César e inspiró, entre otros, a Leonardo da Vinci y su famoso dibujo del Hombre de Vitruvio sobre las proporciones humanas, basadas en las indicaciones dadas en la obra del arquitecto.

Los nuevos materiales no han desplazado ni desplazarán al quinto elemento en la construcción. Como dice la bióloga Hope Jahren: «Serían precisos miles de años de civilización humana para producir un material de construcción destinado a toda clase de usos que fuera mejor que la madera. Centímetro a centímetro, una viga de madera es tan fuerte como una de hierro fundido, pero resulta cien veces más flexible y diez veces menos pesada».

Nunca sabremos la inmensa cantidad de árboles que han sostenido y sostienen los edificios históricos. Solo en la antigua techumbre de la catedral de Notre Dame se utilizaron unas 1300 vigas de roble, cada una de las cuales procedía de un ejemplar distinto.

Ya lo hemos dicho antes, los troncos de nuestros ángeles con ramas nos sirven además para hacer mesas, sillas y camas, cofres y armarios para guardar nuestra ropa, cualquier clase de enseres y libros.

La cantidad de objetos arbóreos que tenemos en una casa es tan formidable que algunos, como sugiere el poeta argelino Hamid Tibouchi, a veces sienten que las puertas, las mesas y las sillas se acuerdan de sus orígenes y de lo que en ellos habitaba. Entonces «un escalofrío recorre la casa que vuelve a ser bosque».

Este temblor nos devuelve a la época de los antiguos egipcios, de la que datan algunos de los muebles más remotos que se conservan. En una excavación efectuada en 1925 cerca de la Gran Pirámide de Guiza, se encontró la tumba de la reina Hetepheres, madre de Keops. Allí había un trono de unos 4600 años de antigüedad. Hetepheres también tenía un cofre de madera preparado para contener veinte brazaletes a fin de estar siempre bien presentable para su viaje al más allá. La silla de la progenitora del faraón estaba hecha de cedro, uno de los materiales más apreciados por los ebanistas, junto con las maderas de roble, caoba y nogal.