Estrés o Felicidad - Lola López - E-Book

Estrés o Felicidad E-Book

Lola López

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Beschreibung

 Vivir es una fuente de estrés permanente. Sin estrés no hay ni movimiento, ni cambio, sin estrés no podríamos progresar ni superar las dificultades, estaríamos indefensos e inapetentes,   Sin embargo, cuando nos instalamos en el estrés crónico todo empeora, y si se prolonga en el tiempo, puede derivar en enfermedades pues un estrés incontrolado incide directamente sobre nuestra salud y calidad de vida    El ser humano trata de sufrir lo menos posible y obtener el mayor bienestar. Todos aspiramos al disfrute, a estar bien, a que nos pasen cosas buenas que nos proporcionen felicidad. Pero nos olvidamos a menudo de que nosotros podemos ser nuestra mejor medicina y convertirnos en nuestro mejor cuidador.   Estrés y felicidad forman parte de la vida y es necesario buscar el equilibrio constante entre lo que menos nos gusta y los momentos de felicidad que también surgen. Pero si el estrés no desaparece nunca, sí debemos y podemos aumentar nuestra resiliencia, armarnos de los recursos para afrontar las cosas que vienen "mal dadas", es decir, utilizar nuestra capacidad de adaptación sabiendo manejar el estrés y disfrutando de los momentos de felicidad.   Este libro, de la mano de una psicóloga experimentada, muestra cuáles son esos recursos y cómo utilizarlos para manejar el estrés y disfrutar de esos períodos de felicidad que, precisamente un estrés sin control, nos impide vivirlos plenamente.  

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2025

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ESTRÉS O FELICIDAD

No te pierdas la vida

Lola López

https://www.libros-biblos.com/

© EDITATUM

© Lola López

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Primera edición: mayo de 2025

Este libro está dedicado a mis padres, Francisco y Dolores.

Mi agradecimiento a mi hija Patricia, por estar siempre conmigo. Por ser lo mejor de mí.

A mis hermanos, Rafa, Paco y Monse, por estar unidos como nuestros padres hubieran querido.

A mi tía Maricarmen, mi madrina, por estar cerca, estando lejos.

A todas las personas maravillosas que he encontrado a lo largo del camino, las que estuvieron y las que están. A todas, mi más sincero agradecimiento por haberme enseñado que la vida merece la pena ser vivida, a pesar de las pérdidas y de las veces que nos caigamos.

No quiero olvidarme de nadie, pero no puedo dejar de mencionar a las personas que han estado más cerca de mí al escribir este libro, al principio o al final: a Beatriz Romera, por escucharme tantas veces, y estar tan cerca; a Victoria Gimeno, por ser tan incondicional y por ser mi amiga de siempre; a Cristina Hevia, por su generosidad, por ser mi mejor último descubrimiento; a María Fernández de la Riva, por su apoyo y nuestros paseos llenos de lucidez y a Chema González Cantero, por su apoyo.

Mi agradecimiento a todos los que son capaces de vivir su vida con autenticidad, tal como son y sienten, sin hacer daño a nadie, ayudando a los demás y sin importarles el qué dirán.

LOLA LÓPEZ es Psicóloga, conferenciante, coach y experta en gestión del estrés.

Es socia−directora de Psicólogos Empresariales (programas de formación de liderazgo, gestión del estrés para empresas), psicóloga−directora de Psicología y Mindfulness (Madrid) y Licenciada en Psicología Clínica por la Universidad Complutense de Madrid.

Ha desarrollado su carrera profesional dentro del ámbito de la Psicología Empresarial.

Profesora de Mindfulness MBSR por la Universidad de Brown.

Máster en Recursos Humanos por el Instituto de Empresa.

Autora de los libros:

Mindfulness para empresas: la excelencia empieza en ti; Mindfulness. Programa de reducción del estrés; Aprende a gestionar el estrés; Cómo vencer el estrés laboral; Cómo mejorar tu estado de ánimo. Deja de sufrir y Cómo mejorar tu estado de ánimo. Deja de sufrir por los demás.

Una sola oportunidad de vivir, demasiado corta para dejar de disfrutarla en aquellos momentos en los que podemos hacerlo. Todo está condicionado por nuestra mente, mucho más que por las vicisitudes y las trampas que nos pone la vida. No pasemos de largo ante la posibilidad de disfrutar de la vida.

Lola López

Introducción

Empiezo este nuevo libro después de pasados unos meses de la muerte de mi padre, alguien que siempre me enseñó el significado de la palabra resiliencia. Un ser humano nada perfecto. Como todos, tenía sus virtudes y sus defectos, pero era un auténtico luchador, que encontró lo excelencia en muchas cosas, entre ellas en quererse y en querernos. Fue en ocasiones feliz, pero, cuando lo fue, lo fue de verdad. Supo disfrutar de la vida cuando pudo hacerlo. Fue buen padre, esposo, amigo sin condiciones. Sus pasiones lo fueron hasta el final y su forma de entender la vida llena de valores humanos ha sido para mí la piedra angular que me ha servido para entender y aprender muchas cosas. Estoy segura de que me guiará, junto con mi madre, (un ser excepcional que también disfrutó de la vida 70 años a su lado), para escribir este libro.

La vida es estrés. Vivir ya es en sí mismo una fuente de estrés permanente. Vivir y estrés es prácticamente lo mismo, pues sin estrés no hay vida, ni movimiento, ni cambio. Nada se podría conseguir. Seríamos seres indefensos, inapetentes, conformistas e inamovibles, y estaríamos a merced de los contratiempos, sin la posibilidad de intervenir para mejorar o conseguir beneficios propios. No podríamos progresar ni superar las dificultades.

Cuando hablamos de estrés no quiere decir que estemos hablando de algo malo que nos perjudica; por el contrario, la mayoría de las veces nos ayuda a salir de los problemas, a conseguir nuestros objetivos, a llegar a las metas, a crecer y ser mejores en todos los sentidos. Solo hablamos de estrés malo o patológico cuando este nos desborda por acumularse, o durante demasiado tiempo o con demasiada intensidad, y nuestras energías psíquicas, mermadas por soportarlo, no consiguen contrarrestar el malestar que nos produce.

Estrés crónico y felicidad en principio parecerían estar en polos contrapuestos. Hay demasiadas personas que viven en un estrés crónico, permanente, pero se dan muchas etapas en el recorrido del estrés antes de llegar hasta ese punto. Según la OMS y la APA (American Psychological Association), en Occidente hay entre un 20 y un 30 % de la población afectada de estrés crónico, y un 75 % han pasado por etapas de estrés muy significativo alguna vez. En Europa el estrés laboral afecta hasta a un 30 % de los trabajadores y produce bajas, absentismos y otros problemas laborales.

Es un hecho que, cuando nos instalamos en el estrés crónico, es difícil que, aun cambiando las circunstancias y tornándose más favorables, podamos cambiar fácilmente nuestro estado de ánimo, pues en nuestro organismo, especialmente a nivel cerebral, ya se han producido unos cambios difíciles de transformar en muchos casos, en otros irreversibles. Por eso es tan importante procurar llevar una vida lo más sana posible y estar alerta a todas las señales de nuestro cuerpo y nuestra psiquis, que nos indican que estamos poniendo nuestra salud en peligro, o que las circunstancias están siendo demasiado adversas y debemos hacer algo al respecto. Los estados de ánimo poco favorables prolongados en el tiempo pueden derivar en otras enfermedades, esto ya es ampliamente aceptado en toda la comunidad científica. El estrés incide directamente sobre nuestra salud y calidad de vida.

Hay tantas cosas malas que nos pueden suceder, o que desearíamos que fueran de otra manera, o que no nos sucedieran nunca... La lista es interminable. También hay tantas cosas que no podemos controlar, o que nunca pensamos que nos sucederían, que nos tocaría vivir... Sin embargo, suceden, a veces de la noche a la mañana, sin previo aviso, y nos toca sufrir, lidiar con la desgracia, con la enfermedad, con la mala suerte, con cosas que no merecemos. Eso es más estrés inesperado, añadido a la vida, cosas que no nos gustan. Pero ya sabemos que la vida es eso: una de cal y otra de arena. Sin embargo, a pesar de que se acumule mucho de lo malo en nuestra vida, cosa que a veces sucede, tenemos que seguir viviendo, tratando de estar bien el mayor tiempo posible. En eso consiste el intentar ser felices, en adaptarse sin desequilibrarse demasiado, también a lo malo.

Entonces, el estrés y la felicidad están en la misma línea, forman parte de un mismo continuo; porque la una sin la otra no existe. Si no hubiera estrés, no notaríamos la diferencia, no habría momentos agradables y felices. Es necesario ir buscando el equilibrio constante entre la vida real que menos nos gusta y los ratos de felicidad. El estrés no desaparece nunca, es lo que nos mantiene, lo que guarda nuestra supervivencia. Lo único que debemos y podemos hacer es aumentar nuestra resiliencia, armarnos de los recursos suficientes para defendernos cuando hay demasiadas cosas que vienen mal dadas y, sobre todo, saber respetarnos cuando es así; porque no estamos hechos de piedra, no somos maquinas, y tenemos que reconocer que hemos de pasar nuestros pequeños o grandes duelos, que debemos sanar las heridas, sin ninguna vergüenza, respetándonos y exigiendo respeto para nuestro estado de ánimo.

Mientras escribo este libro está ocurriendo a pocos kilómetros de Madrid, en la Comunidad Valenciana sobre todo, la mayor desgracia colectiva que hemos visto en España desde hace mucho: las inundaciones por una Dana y las riadas. Miles de familias lo han perdido todo, incluidas sus casas y sus negocios. La dana se ha llevado cientos de vidas humanas, y no les ha dado tiempo más que a reaccionar por su supervivencia. Se han apoyado unos a otros y, codo con codo, tratan de seguir adelante, limpiando calles y casas, sacando a sus muertos de debajo de los coches y los escombros.

El estrés que están viviendo hace que luchen por sobrevivir. La rabia ante lo acontecido y la necesidad de seguir viviendo les da motivos para empezar de nuevo, para protegerse unos a otros, para seguir tratando de encontrar momentos felices en el futuro después de haber podido superar en lo posible, los sentimientos de duelo y de dolor, aunque esto llegue pasado mucho tiempo. Les quedan muchos meses por delante, mucha ansiedad, incertidumbre y miedo intenso. El estrés postraumático será el síntoma generalizado en la población. Tendrán que hacer frente entre todos, e individualmente, a tanta desgracia. Podemos ver a gente desesperada que, a pesar de todo lo ocurrido, quiere vivir, quiere ayudar a su vecino, emplear su energía en acabar cuanto antes con el terror, para reconstruir sus vidas, aunque sea desde cero. Ese es el milagro de la vida y la fuerza del ser humano: busca sobrevivir, busca un ápice de felicidad una y otra vez, a pesar del estrés que suponen los golpes de la vida.

Mientras tanto, en medio del barro y el desconsuelo, una sonrisa de una anciana cuando se le entrega un bocadillo o una ración caliente de comida, o el agradecimiento de un alcalde cuando ve a un grupo de voluntarios repartir ropa o ayudar a los vecinos, o la marea humana de jóvenes llegando a los pueblos tratando de colaborar, o el sentimiento de unión y satisfacción de la gente mientras cantan juntos su himno, o un vecino que sopla las velas por su cumpleaños mientras los demás le felicitan. No todo es muerte, no todo es desolación. Es la vida, es el germen de la felicidad que pide abrirse paso entre las personas, y son las personas quienes la buscan a través de estos pequeños gestos.

El ser humano trata de sufrir lo menos posible y sí, de tener el mayor bienestar, ya sea de forma hedonista, con las pequeñas cosas de la vida que le proporcionan placer, o a través de la espiritualidad, la intelectualidad o de su condición de ser emocional. Todos aspiramos al disfrute, a estar lo mejor posible, a que nos pasen cosas buenas. De lo que nos olvidamos demasiadas veces es de que nosotros nos podemos convertir en nuestra mejor medicina, el mejor cuidador que podemos tener, teniendo la mayor confianza en nosotros mismos y sabiendo establecer las bases para que nos pasen esas cosas buenas. También sabemos que necesitamos de los demás y que podemos hacer del prójimo un buen aliado.

Nosotros contamos con unas condiciones de partida, unos mejores y otras peores, que dependen de una base genética, unos componentes medioambientales, una determinada educación. Podríamos decir de una mejor o peor suerte en el reparto de las cartas a la hora de comenzar la partida. Pero después, ¿qué hacemos con esas cartas? ¿Dónde va a parar nuestra autoestima? ¿Qué hacemos con respecto a los demás? ¿Los hacemos amigos o enemigos? ¿Cómo desarrollamos nuestros talentos? ¿Por qué nos encontramos en callejones sin salida? ¿Por qué adoptamos el papel de victimas ante el mundo? ¿Por qué vamos defendiéndonos a diestro y siniestro, como si no tuviéramos más remedio que estar en alerta social permanente, sin poder disfrutar apenas de nada de lo que la vida nos puede ofrecer? ¿Volvernos duros e insensibles es la solución? ¿Aislarnos del mundo es la solución? ¿Recelar de todo y de todos es la solución? ¿Conformarnos con determinadas situaciones que nos amargan la existencia lo es? ¿Adquirir malos hábitos y no poder salir de ellos es lo que podemos hacer para estar mejor?

Lo cierto es que hay más gente infeliz que feliz, de ahí el esfuerzo por encontrar la felicidad, como si esta fuera una especie de país al que llegar (Felizlandia), a una estrella que se pudiera alcanzar siguiendo unas fórmulas mágicas; como si la felicidad no fuera un continuo adaptarse a lo que nos va tocando vivir, teniendo como mejor de las suertes un colchón blandito en el que caer en caso de pérdida o necesidad, que se llama amor a los demás y a nosotros mismos. Todo a lo que podemos aspirar es a un balance positivo de nuestra propia vida.

Es bastante catastrófico ver cómo vamos perdiendo la fe a medida que vamos andando en la vida: la fe en las personas, en el futuro, incluso en nosotros mismos, tal vez en un ser superior que algunos llamamos Dios. Tratamos de buscar fuera de nosotros respuestas a infinidad de interrogantes que no nos dejan vivir en paz, no dándonos cuenta de que todas las respuestas están en nosotros, que cada uno somos el mejor amigo que podemos tener, independientemente de nuestra filosofía de vida, nuestras creencias, nuestra religión, procedencia o biografía. Nada nos determina excepto la confianza en que nosotros podemos cambiar nuestra historia siempre que esté en nuestra mano, y si no lo está, saber que podemos movilizar todos nuestros recursos para adaptarnos o modificar a nuestro favor de la mejor forma posible, sin desánimos, las adversidades que se nos ponen por delante.

Hay muchas cosas que nos hacen tambalearnos, que hacen que notemos que nos estamos sintiendo mal con nosotros mismos o con los demás, que hacen que nos preguntemos, tal vez en alguna ocasión, si no estaremos perdiendo la cabeza, si no necesitaremos un psicólogo. Esto, por otro lado sería de lo más oportuno normalizar, y no necesariamente en caso de locura o depresión severa, sino ante cualquier estado anímico malo que estemos pasando o ante circunstancias de la vida que nos hagan tener momentos bajos. Así como vamos al médico de familia o a un especialista de la medicina cuando no estamos bien o tenemos un catarro prolongado.

Los médicos psiquiatras y psicólogos somos hombres y mujeres de ciencia cuya profesión es ayudar a las personas que se encuentran mal, o que tienen enfermedades psíquicas y psicosomáticas, con el propósito de ayudarlas. ¿Por qué hay que hacer distinción entre enfermedad física y mental cuando están unidas, y la mayoría de las veces una se deriva de la otra? Ambos, mente y cuerpo, se influyen mutuamente, constituyen un todo. Aún se desconocen muchas cosas sobre muchas enfermedades y muchas otras cosas más sobre el cerebro; sin embargo, gracias a lo que ya sabemos, se puede curar hoy día, en el siglo XXI, a un número muy grande de personas y mejorar su calidad de vida. Debemos abrirnos mentalmente sin prejuicios a esa posibilidad, sin ver la psicología o la psiquiatría como un tabú, como algo que es mejor tener alejado. Si dejáramos lejos la curación del cuerpo, todos moriríamos muy jóvenes seguramente. A nadie le gusta tener que ir a curarse, o a prevenir mediante vacunas distintas enfermedades; pero mejor tener la posibilidad de que nos curen, sea mental o físicamente, es indiferente, a no tenerla. Afortunadamente, ya en el siglo en el que estamos empieza a desaparecer esta barrera en lo que se refiere a las enfermedades mentales, pero aún queda mucho por andar.

Los seres humanos enfermamos no solo físicamente. Tenemos que cuidarnos en todos los sentidos. Prevenir para estar bien y que los años que tenemos de esperanza de vida sean de la mayor calidad posible, sufriendo lo menos posible, viviendo con la mayor plenitud y en la mayor paz. Todo empieza cuando tomas el control de tu vida, cuando te haces responsable de ti como persona y no te asusta encontrarte con tus fantasmas, pues tras ellos, aparatosamente grandes y tenebrosos, están todas tus luces. La mente manda y nosotros mandamos sobre la mente.

Vamos a ir desgranando esas cosas que nos complican la existencia, que nos hacen sentir mal, y vamos a ir acercándonos a todo aquello que nos va a facilitar el reencuentro con nuestra verdadera naturaleza, aquella que muchas veces por miedo nos negamos a reconocer. El verdadero milagro somos nosotros y nuestra fuerza de voluntad, la energía que nos mueve. Esto dará comienzo no a la solución de todos los problemas, sino espero que a un cambio en la forma de ver tu papel en ellos. Porque la mayoría de las veces son las preocupaciones las que nos impiden disfrutar plenamente de la vida. Y solo tenemos una vida, demasiado corta, que puede hacerse interminable si hacemos de ella un valle de lágrimas. Ser más o menos feliz también depende de nuestra decisión de serlo, a pesar de los contratiempos.

Todo el cuidado que un ser humano debe tener para no terminar en la enfermedad muchas veces consiste en poner límites al estrés que es capaz de soportar. En muchas ocasiones el estrés nos viene dado, pero otras somos nosotros quienes lo agrandamos, hasta que llega un momento en que nos desborda. El estrés nos hace perder el hilo de nuestra vida y, sin apenas darnos cuenta, de repente nos sentimos extraviados, sin vitalidad. No hallamos ese cabo al que necesitamos agarrarnos para salir de un laberinto de ansiedad y no encontramos la puerta de salida.

No obstante, de los contratiempos, las decepciones y las catástrofes, que como a todo el mundo, tarde o temprano, nos tocan vivir, una cosa es segura: el ser humano es capaz de ser feliz hallando su propio bienestar, que no depende tanto de las circunstancias ambientales como de nuestra propia visión del mundo. Depende de la actitud que tenemos ante ellas más que de la naturaleza de los problemas, las circunstancias o la suerte, pues el desenlace tiene que ver la mayoría de las veces de que sepamos vigilar de cerca nuestro estrés, reconocerlo y mantenerlo a raya.

No solo es lo que nos toca vivir, es lo que elegimos vivir, las decisiones que vamos tomando, los caminos que se cierran o se abren con esas decisiones, las actitudes ante nuestras circunstancias y un sinfín de creencias que vamos configurando en nuestro cerebro sobre las más variadas cuestiones de la vida, que nos van haciendo aprender de determinada manera. La vida es aprendizaje, pero en demasiadas ocasiones desaprendemos cosas vitales. Desaprendemos, seguramente cuando más lo necesitamos, que nos han querido, que nos han protegido, que para estar donde estamos o ser lo que somos hemos dependido de personas de nuestro entorno, desde nuestros padres a personas que nos han ido dando su apoyo, o nos han servido para crecer, y por todo ello debemos estar agradecidos, y seguimos siendo merecedores de esa protección y cariño como seres humanos, aunque ya no seamos niños.

Desaprendemos desgraciadamente lo que ya hemos disfrutado, o vivido, lo que aún podemos disfrutar, porque va llegando la experiencia, y con ella el desengaño, la decepción, la frustración. Pero también va llegando la habilidad de vivir con todo ello y las miles de oportunidades que tenemos de ser felices. El oleaje a veces se vuelve muy fuerte para poder navegarlo, pero otras muchas veces el mar se manifiesta en calma. Es la calma que necesitamos para ver las cosas con claridad. La calma mental que nos permite ver con nitidez el fondo de nuestra alma y que solo conseguimos desde la conciencia de nuestra propia valía.

Sí, todas las cosas que nos hacen tambalearnos y caer de la tabla de surf es lo que nos va complicando la vida. La complicación también tiene su aliciente. Pero ¿es la complicación de la vida realmente o muchas veces la facilidad que tenemos de complicarla nosotros? Seguramente sea una combinación de ambas cosas. Con todo, estamos hablando de estrés y de todas aquellas adversidades, contratiempos o penalidades que encontramos por el hecho de estar vivos, que no entendemos muchas veces, ni aceptamos siquiera, que se van acumulando y nos van dejando indefensos poco a poco, en el peor de los casos, y que, antes de terminar haciéndonos más fuertes, cosa que acaba sucediendo en la mayor parte de las ocasiones, pueden amenazar seriamente la salud, nuestra integridad física y mental.

Con el estrés acumulado, y no resuelto, la mente se nos llena de ideas pesimistas, podemos llegar a sentir que no merece la pena casi nada, pues al lado de gigantes grotescos que amenazan con imponer su poderío, vivir plenamente disfrutando de la vida es solo una mera ilusión. Conclusión: nos llegamos a poner en modo supervivencia, o sea, no vivimos, tratamos tan solo de sobrevivir, y si nada o nadie, ni siquiera nosotros mismos, logramos cortar este círculo vicioso, nos encontramos en etapas interminables de supervivencia, incluso hasta llegar a ser este el único motivo que rige nuestra vida.

Si no vigilamos esto de cerca, podemos convertirnos en seres taciturnos o amargados que ya han renunciado a casi todo en la vida, que solo tratan de salir adelante pasando de largo ante la vida. Para colmo de males, lo vinculamos algunas veces a la edad, a los achaques, como si alguien con mucha edad tuviera que renunciar a vivir aún cosas buenas. Es verdad que la edad nos va limitando, que nos pone el horizonte del final más cerca, restando vida a la vida, pero no es menos cierto que es la sociedad quien más se encarga de poner esos límites, quien tiraniza las posibilidades de la madurez encumbrando en exceso a la juventud y hace que nosotros mismos nos pongamos dichos límites.

El estrés crónico puede hacer que nos perdamos la vida. Es más difícil tratar de emprender otros caminos que añorar lo que fue y ya no es. Por eso, la vejez no debería sorprendernos sufriendo la soledad, sino en plena facultad mental de disfrutar de otras cosas, si no puede ser de las mismas, y la primera de ellas es la propia compañía. Esto pasa por el autocuidado, el descubrimiento de lo que nos inspire curiosidad, el ejercicio de cosas que nos guste hacer y estar rodeado de las personas que nos gustan, seguir descubriendo personas nuevas, a las que podamos aportar y a su vez nos aporten. Rodeados de la máxima positividad.

Paradójicamente en muchos casos, cuando hemos vivido ya mucho es cuando podemos tener más ganas de vivir, y cuando más cuenta nos damos de que, a fuerza de sobrevivir, nos hemos perdido muchas cosas. Vemos que el tiempo se va acortando y advertimos que hemos tardado demasiado en aprender a vivir, en no haber sido prácticos, no haber dejado fuera de nuestro interés todo lo accesorio, aquello por lo que hemos estado noches sin poder dormir, preocupándonos en exceso, cuando no merecía ni el más simple pensamiento por nuestra parte, porque era una mera distracción que nos obstaculizaba poder centrarnos en lo básicamente importante. Y es cuando somos conscientes de que lo poco importante; aquello frívolo y banal; aquellos anhelos por obtener, tener, acumular; aquellas metas que, en el cómputo general de nuestra experiencia de vida, han sido las que menos poso han dejado, las que seguramente menos necesitamos, porque son las que menos nos sirven, son las que más han ocupado nuestro tiempo y nuestro pensamiento.

Junto con el aprendizaje académico, la educación en valores, la disciplina, la responsabilidad, el reconocimiento de nuestras emociones, el saber vivir en sociedad, se debería enseñar a disfrutar de la vida sin ningún remordimiento ni culpabilidad. Nos deberían enseñar a quitarnos el lastre de los sentimientos negativos, de las losas y culpas que no nos pertenecen, sino que algunas pertenecen a nuestros mayores, enseñarnos a autoconocernos y querernos, a manejar el estrés para hacernos más fuertes ante las adversidades de la vida, a soportar mejor la frustración, a no darnos por vencidos cuando las cosas se ponen difíciles, a luchar por lo que queremos y disfrutar de lo que tenemos.

No es difícil que el estrés nos envuelva en su tornado destructivo mientras tratamos de hacer todo esto y acabemos en algún lugar lejos de lo que significa vivir con plenitud. No olvidemos que el inconsciente es esa parte que nos sigue incordiando sin nosotros saberlo, desde donde no la vemos, pero que nos condiciona en nuestra vida mucho más que la parte que podemos manejar conscientemente, hasta que no conseguimos resolver muchos de nuestros traumas o cosas que no entendimos en su momento, y nos afectaron emocionalmente.

Capítulo 1: Yo, mi peor enemigo

Podemos ser nuestro mejor amigo, aquella persona con la que contar en todo momento. Desgraciadamente, no siempre es así, pues a menudo nos convertimos en nuestro peor enemigo. Esto lo hacemos de muchas maneras:

No cuidándonos o descuidándonos.

Siendo nuestro mayor crítico de una forma exagerada.

Permitiendo que otros nos dañen, cuando podríamos protegernos de ello de alguna manera.

Adquiriendo hábitos que no nos benefician.

No cultivando nuestra fuerza de voluntad ni nuestra disciplina. Dejándonos llevar por la comodidad.

Dejando nuestra autoestima en manos de los demás.

No atendiendo a nuestros valores y perdiendo de vista lo verdaderamente importante en nuestra vida.

Dejando que el estrés invada nuestra existencia sin hacer nada al respecto y sin cuidar nuestra salud.

Estas, y otras muchas cosas, que inciden juntas, hacen que al final seamos nosotros los que nos convertimos en nuestro peor apoyo, cuando podríamos ser el mejor. Deberíamos ser aquellos que nunca nos fallamos y deberíamos estar dispuestos a contar siempre con nosotros; sin embargo, cuando nos sentimos débiles, en vez de reconocer que puede haber motivos, que quizá seamos nosotros quienes nos estemos maltratando sin ser conscientes, o sin importarnos del todo, de reconocer que somos humanos y debemos curarnos, parar, reponernos, o actuar de otra manera, o que quizá no tengamos que enfadarnos con nosotros mismos por no poder con la situación, nos sentimos peor por estar mal, por tener pensamientos negativos, por no saber dar marcha atrás en algunas cosas ni emprender otro camino hacia adelante, por tener que soportar malos sentimientos.

Muchas veces no entendemos ni siquiera lo que está pasando, no nos entendemos, nos culpabilizamos por no poder solucionar determinadas situaciones que nos superan, por no dar respuesta inmediata y salida a distintas cosas que nos requiere el entorno. entonces nos sentimos peor, porque, a pesar de intentarlo, parece que no nos satisfacemos ante nuestros ojos. Tampoco satisfacemos a los demás, o lo hacemos mal, cuando se nos exige hacerlo bien y no estamos siendo capaces. Entonces la culpa se incrementa y no salimos del círculo vicioso de la culpa, de los pensamientos negativos, del remordimiento o del miedo. ¡Qué poco comprensivos somos con nosotros mismos cuando más deberíamos serlo!

En situaciones de estrés prolongado es muy fácil que nos convirtamos en nuestro peor enemigo, que no nos apoyemos y busquemos ayuda en otros. Y está bien buscar ayuda, pues la solidaridad y el afecto de nuestros allegados, seres queridos, amigos, es impagable; pero no podemos darnos a nosotros por perdidos, no podemos quitarnos ningún valor. Porque nuestro valor sigue intacto, simplemente nuestra energía psíquica se encuentra luchando contra la ansiedad, la negatividad o el miedo, en muchos casos, aunque seguimos siendo todo lo que podemos ser, a pesar de que en ese momento no lo creamos o estemos mermados por los acontecimientos.

Los humanos estamos en continuo diálogo interno con nosotros mismos. Cuando nos encontramos bien, este diálogo es benevolente, a veces amable, simpático y hasta chistoso; pero, cuando no estamos bien anímicamente, este diálogo puede ser cruel y despiadado. En algunas ocasiones, necesitamos reconocernos ante nuestros ojos, pero estamos en un pulso continuo con nosotros mismos, comparándonos con otros, preguntándonos si daremos la talla, si estaremos a la altura... Y es que tenemos una voz interior que nos habla constantemente, que a veces es muy crítica, destructivamente crítica, tanto que no nos deja en paz. Una especie de Pepito Grillo que siempre nos recuerda todo lo que nos queda por hacer o lo que hemos hecho mal, y casi nunca se acuerda de los logros, de las cosas buenas que hacemos o que ya hemos conseguido.

Da igual cuál sea nuestro escenario vital, o si tenemos más o menos adversidades: cuando la felicidad depende de nosotros, y solo de nosotros, es curioso que muchas veces no somos capaces de permitirnos ser felices, siempre hay algo que nos lo impide. A veces solo se trata de una posibilidad ficticia de infortunio que inventamos en nuestra cabeza, que no nos deja vivir lo bueno que ya tenemos ni paladear lo halagüeño que se ve nuestro futuro, en un momento dado, de una forma más o menos objetiva. Simplemente nosotros, desde dentro, no lo vemos, inventamos mil excusas desde nuestro diálogo interno pesimista para que eso no se pueda dar.