Evolución de una sociedad rural - Claudio Lomnitz - E-Book

Evolución de una sociedad rural E-Book

Claudio Lomnitz

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El autor analiza los aspectos históricos, socioculturales, económicos, religiosos y políticos de una comunidad pluriétnica: el municipio de Tepoztlán, en el estado de Morelos.

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Seitenzahl: 345

Veröffentlichungsjahr: 2015

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SEP 80/27

EVOLUCIÓN DE UNA SOCIEDAD RURAL

CLAUDIO LOMNITZ-ADLER

EVOLUCIÓN DE UNASOCIEDAD RURAL

MÉXICO, 2015

Primera edición, 1982 Primera edición electrónica, 2015

Planeación y producción: Dirección General de Publicaciones    y Bibliotecas, Secretaría de Educación PúblicaPublicado por el Fondo de Cultura Económica

Coordinación: Gabriela Becerra

D. R. © Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2824-4 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

PRÓLOGO

A MANERA de prólogo, y antes de introducir al lector en la materia de esta monografía, la pregunta de por qué emprender la tarea de escribir este trabajo debe ser enfrentada. Como lo indica el título, y lo corrobora el índice, éste es un estudio sobre el poder y la política en un pueblo de México; concretamente, el de Tepoztlán. Pues bien, ¿por qué estudiar el poder social en Tepoztlán?

Sabemos que existen razones de peso para no emprender esta tarea. Tepoztlán ha sido una de las comunidades más estudiadas en la historia de las ciencias sociales. En 1926, el pueblo fue seleccionado por el antropólogo Robert Redfield para dilucidar el problema de la “aculturación”; en este caso, los cambios culturales que comenzaban a convertir a un pueblo “tradicional” en uno de cultura predominantemente urbana.1 Posteriormente, en 1951 Oscar Lewis reestudió el poblado. El resultado fue una obra etnográfica de gran riqueza que intenta cubrir todos los aspectos de la vida en el pueblo, y que es, sin duda, la monografía más completa que se ha hecho sobre Tepoztlán hasta la fecha.

Desde entonces, se han venido haciendo estudios de menor magnitud aunque no de menor interés, entre los que se encuentran el de Ávila (1969) sobre desarrollo agrícola, el de Bock (1980) sobre el surgimiento de un nuevo barrio, y varios trabajos de licenciatura en distintos campos. ¿Es posible que un pueblo de apenas 8 000 habitantes amerite la atención de un antropólogo más?

Yo llegué a Tepoztlán no con el ánimo de contribuir con otro estudio a esta literatura, sino como integrante de un proyecto de la Universidad Autónoma Metropolitana, que tenía por objeto hacer un estudio comparativo de los sistemas de poder en nueve comunidades del estado de Morelos. Las metas inmediatas del trabajo de campo fueron: 1) describir la entrada de recursos energéticos a la comunidad; 2) ubicar quién y a través de qué mecanismos controlaba estos recursos, y 3) mostrar —a través de la postulación de una jerarquía de “niveles de integración”2— cómo Tepoztlán ha ido perdiendo el control sobre los recursos indispensables para su subsistencia.

Conforme iba reuniendo datos sobre el poder y la política local, la pobreza de enfoques antropológicos sobre estos temas críticos se fue haciendo evidente. La antropología norteamericana de la época de Redfield o de Lewis no incorporaba adecuadamente el problema de la dominación y del poder en sus esquemas sobre la cultura. Esto me dio nuevos ánimos y nuevas justificaciones para continuar el trabajo de campo que duró un total de siete meses y que fue realizado en dos periodos separados: de mayo a septiembre de 1977, y de enero a mayo de 1978.

Dos años han pasado desde entonces, y he utilizado ese tiempo para proseguir mis estudios —sobre todo desde el escritorio— ampliando mis intereses y, también, haciendo nuevas incursiones en problemas relacionados con los asuntos de Tepoztlán. Ahora, ante la tarea de recomponer y reintegrar este material, mi preocupación central es contribuir a aclarar algunas de las viscosidades de nuestro mundo político. Al mismo tiempo, ya que la comunidad estudiada ha sido una fuente importante de debates antropológicos, el análisis del poder en Tepoztlán se convierte en un ejercicio significativo para la historia de la antropología. Ambas preocupaciones —el análisis de la política y la crítica a la antropología—me han llevado a encarar problemas complejos como el de las ideologías políticas, religiosas y de etnicidad en el contexto del desarrollo y la complejización de la estructura del poder en el poblado. Es en estos niveles donde se conjugan los problemas políticos más profundos y los asuntos antropológicos más polémicos.

En el transcurso del proyecto he recibido comentarios y ayuda de personas con quienes estoy particularmente endeudado: Roberto Varela, quien dirigió el trabajo de campo, base de este estudio, y cuyas ideas y dirección han influido importantemente en mi desarrollo como antropólogo; Rick Maddox, compañero y amigo, de cuyas observaciones han salido algunas de las ideas centrales que presento en esta monografía; y George Collier, quien me ha ayudado sustancialmente a revisar aspectos metodológicos y a enseñarme técnicas de análisis estadístico, además de la crítica constructiva con que contribuyó a la realización de este trabajo. Renato Rosaldo me ayudó en la desagradable tarea de organizar los capítulos del libro. Andrés Fábregas, José Lameiras, Michelle Rosaldo y Junji Koizumi han criticado distintas posiciones e ideas de este manuscrito. Larissa y Cinna Lomnitz, Elena Climent, Conald Donham y Arthur Wolf me animaron a completar este proyecto. Por último, estoy endeudado con aquellos ciudadanos tepoztecos que me brindaron su tiempo y confianza; espero que este estudio aporte algo al entendimiento de las realidades políticas locales y nacionales. Las deficiencias de este trabajo no deben atribuirse a falta de guías, sino a mis propias limitaciones.

1 Posteriormente Redfield denominaría a este proceso el cambio de una cultura “folk” a una “urbana”. Tepoztlán estaba en una situación especialmente adecuada para un estudio sobre la influencia de la ciudad en el campo por ser a la vez un pueblo campesino “tradicional” y estar muy próximo al Distrito Federal.

2 En ese entonces postulé los niveles de comunidad, región, estado de Morelos, y nación como los niveles más relevantes de la jerarquía; como se verá más adelante, he modificado esta perspectiva considerablemente.

INTRODUCCIÓN

COMO A 70 kilómetros al sur del Distrito Federal, a unos 15 minutos en coche de la supercarretera México-Cuernavaca, está ubicado el pueblo de Tepoztlán. El descenso desde la tierra fría en Tres Marías es rápido, y los cambios ecológicos —que reflejan la existencia de un sistema de microclimas, consecuencia de las distintas altitudes sobre el nivel del mar— son notables. A unos kilómetros de Tepoztlán los bosques de pino son sustituidos por un follaje más exuberante, que le da a la zona un aspecto cálido y subtropical.

A la entrada se van dibujando las casas de adobe, con sus tejas rojizas. Sus patios y entradas están cubiertos de enredaderas con flores anaranjadas y rojas; al centro de los patios crecen ciruelos enormes. Al fondo, la sierra del Tepozteco se presenta como un muro de color ocre, casi vertical. Las montañas bloquean cualquier concepto de horizonte, y están omnipresentes en la vida del pueblo.

Existe aún hoy una rica tradición de cuentos y leyendas relacionados con las montañas, que son la cuna del Tepoztécatl, especie de deidad identificada con la Virgen de la Natividad, santa patrona de Tepoztlán. Sobre una de las peñas hay una pirámide que data de la época tolteca, dedicada a Ome Tochtli (dos conejo), uno de los numerosos dioses del pulque. Las montañas significan para el tepozteco la naturaleza que con el desarrollo social están desafiando, pero de cuya gracia en última instancia dependen: cuando el Tepoztécatl se ofende por las transformaciones que sufre en tierra, manda vientos que tumban árboles y tejas y, según algunos, amenaza con derrumbar sus montañas encima del pueblo traidor. Pero cuando en la sociedad humana reina el caos y el terror, como sucedió durante la Revolución, las montañas acogen y protegen a los tepoztecos, evitando su total dispersión o exterminio.

Muchos tepoztecos creen vivir en armonía con la fuerza de los cerros: habitan en las tradicionales casas de adobe y teja, construidas con técnicas que datan posiblemente de antes de la Conquista. Al igual que sus abuelos, son campesinos, y usan huaraches, calzón de manta blanca, sombrero y machete. Sin embargo, la mayor parte del pueblo ya no se rige tanto por “la tradición”.

Por las calles se ven madres enrebozadas con sus hijas en uniforme de secundaria; jóvenes campesinos del barrio de San Pedro que calzan huaraches y visten poliésteres coloridos. Abarroteros con sus guayaberas, y obreros de CIVAC (parque industrial del valle de Cuernavaca) o albañiles vestidos de “catrines”. Muchas casas exhiben antenas de télevisión. Alguna de las capillas de barrio ha remodelado su fachada…

Desde la entrada se ven algunas edificaciones modernas, de estilo colonial o “rústico” que sirven de asilo a citadinos que huyen del ruido y la contaminación de la capital. Algunos comercios y tiendas reflejan la importancia creciente del turismo para el pueblo: en el mercado de la plaza hay guerrerenses que vienen a vender sus artesanías; existen varios restaurantes destinados, tanto por el estilo como por los precios, a los turistas —incluso uno vegetariano para visitantes que buscan “las buenas vibraciones” de las montañas.

El puesto de periódicos también refleja la presencia del turista capitalino en Tepoztlán: encontramos revistas como Nexos y Vuelta, así como cualquier periódico importante de la capital. Tampoco faltan, desde luego, las dramáticas fotonovelas de amor y los cuentos que son consumidos en grandes cantidades por gente de todas las edades.

En el centro del poblado se ven las instituciones de la ley y el orden. La iglesia principal con su “ex convento” es una construcción del siglo XVI; tiene un gran patio con capilla abierta de las que se usaban para oficiar misas a indios recién conversos. El mercado es el indicador principal de la importancia económica de Tepoztlán con respecto a las siete congregaciones que dependen de la cabecera, y con relación a centros comerciales regionales como Yautepec, Cuautla y Cuernavaca. Tiene pocos puestos permanentes, en su mayoría propiedad de las familias más adineradas del pueblo, y sin embargo se llena los miércoles y domingos, que son los días de mercado, con mercancías diversas: frutas, legumbres, ropa interior, comales y ollas de barro, artículos de cocina, juguetes de plástico, etcétera. Los habitantes de las pequeñas comunidades del municipio acuden al mercado para vender y abastecerse en estos días.

Arriba del mercado está “el jardín”, con sus bancas de cemento rojizas, que suelen estar ocupadas por jóvenes enamorados, hombres bebiendo y cantando, o alguna que otra señora cansada de arrastrar a sus hijos. El jardín tiene su quiosco y puesto de periódicos, frente al cual encontramos una tortillería, varios taxis, y las dos líneas de autobuses que llevan gente a México, Cuernavaca, Yautepec, y a los pueblos pequeños del municipio. Al otro lado del parque está la presidencia municipal, resguardada por dos policías. El edificio fue construido por el año de 1890 y reconstruido hacia 1930. Es el centro administrativo del pueblo, en él se reflejan los conflictos, contradicciones y encrucijadas que se presentan en su vida política, económica y social.

En Tepoztlán se puede observar cómo algunos aspectos de la cultura van desapareciendo al tiempo que otros rasgos emergen y aun otros adquieren nuevos significados o usos. Estos cambios están relacionados con el sistema de poder social que sustenta o es comprensible a través del sistema cultural-simbólico. En este estudio intento analizar los cambios en las costumbres tepoztecas, y en lo que es la comunidad misma, a través de la descripción detallada de las transformaciones que han habido en las relaciones de poder y dominación a partir, sobre todo, de 1920.

Para estos fines me he valido de las aportaciones teóricas y metodológicas de varios y diversos científicos sociales, utilizando distintas técnicas y posiciones en las problemáticas donde las he encontrado útiles. La organización del presente libro está inspirada en el modelo de la sociedad que McMurtry (1978) construye con base en el esquema de la sociedad de Marx; utilizando la acepción de la terminología de Marx que propone McMurtry, podríamos decir que parto de una descripción de los cambios en las fuerzas productivas, luego describo las relaciones de producción (que, en el lenguaje usual de la antropología, vienen siendo la estructura de poder y de propiedad), y posteriormente analizo el papel del Estado, la ideología y algunos rituales.

Para el análisis del control sobre las fuerzas productivas y de las relaciones de poder, he usado esquemas inspirados en Richard Adams (1975) que me han llevado a investigar cómo se controlan los recursos de la comunidad, y qué implicaciones tienen dichos controles sobre las relaciones de poder entre individuos y grupos, y la expropiación creciente del poder de la comunidad en beneficio de otros niveles más altos de la jerarquía socioespacial.

Para entender el proceso de concentración del poder en niveles económicos y administrativos cada vez superiores, me he valido principalmente de las ideas de G. William Skinner. Los análisis de ritual y simbolismo se basan en diversos tipos de antropología simbólica que van desde las posiciones de Clifford Geertz a las de Lévi-Strauss. La única constante teórica en esta parte del estudio es la que sostiene que 1) los sistemas simbólicos están en conexión con las relaciones concretas de poder; 2) que, por lo mismo, ritual y símbolo tienen que ser vistos en el contexto histórico específico en el que son generados; y 3) que, sin embargo, existe una cierta sistematización en los distintos aspectos de la cultura, ciertas oposiciones y contrastes permanentes que reflejan las contradicciones profundas y primarias de la sociedad y que caracterizan los dilemas de la comunidad mientras funcione bajo un sistema de producción dado.

El libro está dividido en dos partes: la primera trata de la evolución del poder social en Tepoztlán a partir de la Colonia y de los cambios de posición del pueblo en la economía-política regional; en la segunda parte intento demostrar cómo el estudio de la historia del poder modifica sustancialmente los resultados del análisis de viejos problemas antropológicos.

En el primer capítulo describo el sistema regional en que está inmerso Tepoztlán, trato la organización de la economía-política morelense y el lugar que ocupa Tepoztlán en ella. El segundo capítulo trata de los cambios que han ocurrido en las fuerzas productivas1 e intento describir el desarrollo de éstas desde la época colonial, aunque mis fuentes hasta 1920 son secundarias. Una vez delineada la entrada de recursos energéticos, y los cambios en los sistemas de producción que han ido ocurriendo, trazo en un tercer capítulo las relaciones de control de esos recursos, y el poder entre los hombres que se fundamenta sobre dicho control.

En el cuarto capítulo demuestro cómo el análisis de la historia del poder en Tepoztlán transforma nuestro entendimiento de algunos problemas antropológicos clásicos, específicamente en la interpretación del sistema de los barrios. El estudio de los barrios en relación con el poder social produce un razonamiento diferente de la naturaleza del ritual y la política al que mantienen Redfield, Lewis o autores contemporáneos como Bock.

El último capítulo es un análisis esquemático de dos problemas en la cultura política tepozteca: la corrupción política, y las actitudes hacia la política y los políticos. Aquí intento demostrar la relevancia que tiene el estudio histórico de la cultura política para comprender problemas organizacionales y políticos concretos.

He procurado modificar tanto los nombres como los puestos políticos reales de los actores en la escena contemporánea a partir de 1940, aproximadamente. En el caso de los conflictos abiertos y conocidos por todos los tepoztecos he procurado señalar cuáles son versiones particulares de un mismo hecho. Este estudio no es una denuncia periodística de incidentes políticos, sino un análisis de la historia de un sistema político. He procurado mantener una analogía estructural entre las posiciones reales de los políticos y mi recreación de ellas, para que la sección reciente del estudio no perjudique a ninguno de mis informantes y, al mismo tiempo, provea al lector de una idea del tipo de política local contemporánea.

1 En el transcurso de este trabajo, la terminología marxista (que no es la única que empleo) está utilizada con la acepción muy particular y —a mi modo de ver— útil y precisa de J. McMurtry (1978). McMurtry define “fuerzas productivas” como todo aquello que sirve para la producción de un valor de uso material. Bajo esta rúbrica incluye, la tecnología, la división del trabajo (técnica), conocimiento tecnológico y capital. Entiendo por “recursos energéticos” lo mismo, menos la división del trabajo. La exclusión de la división del trabajo del esquema del poder social de Richard Adams me parece una de las debilidades de dicho modelo, y es por esto que he preferido usar el modelo marxista “a la McMurtry” en este terreno específico. Muchos otros marxistas colocan a la división técnica del trabajo entre las relaciones de producción; sin embargo, esto oscurece las relaciones de determinación que existen entre las fuerzas productivas y la estructura de poder —que en el esquema de McMurtry corresponde grosso modo a las “relaciones de producción”—.

I. EL SISTEMA REGIONAL

EN EL prólogo de este libro he afirmado que hacer un estudio de caso —análisis del microcosmos que es una comunidad— es un asunto que sigue siendo de interés tanto para las ciencias sociales como para aquellos que buscan comprender mejor a México. Sin embargo, la razón de este interés es, como han pretendido algunos, que la comunidad sea un modelo a escala, metodológicamente manejable, de toda la sociedad.

Hay psicólogos que hablan de individuos “normales” o “anormales”; en las ciencias sociales se ha hablado de comunidades “típicas” —fieles representantes de “la mayoría” de las comunidades, e indicadoras de la problemática global de la sociedad—. Las ventajas de esta perspectiva son claras: una vez elegida una comunidad “normal” a través de algún procedimiento “científico”, el estudio de dicha comunidad arroja ipso facto un entendimiento sobre “la sociedad mayor”. Con base en estos presupuestos, el estudio de comunidades aisladas ha sido usado para llegar a conclusiones generales sobre las condiciones de vida en “las comunidades indígenas” o “el campo mexicano”. Hay quienes desafían hasta los últimos vestigios de la prudencia y hablan sobre México en general, basándose en el estudio de una o varias comunidades desprovistas del contexto estructural del que forman parte.1

Existen otros científicos sociales, normalmente egresados de las filas de la sociología, de las ciencias políticas o de la psicología, que se preocupan por la validez estadística de este tipo de estudios. Ellos no encuentran objeción en el planteamiento de la “comunidad típica”, pero hallan que nuestros métodos para encontrarla no son lo suficientemente sofisticados. Su solución al problema ha sido la de realizar muestreos para seleccionar comunidades, de tal forma que la composición interna de las mismas sea “estadísticamente representativa” del nivel sobre el que se quiera generalizar. Por ejemplo, se escoge una comunidad que tenga el tamaño medio de todas las comunidades del país, o que tenga el ingreso per cápita del estado, etcétera.2

Una vez escogido el pueblo “representativo”, este tipo de sociólogos entra con su equipo de encuestadores, aplica cuestionarios a personas escogidas estadísticamente y se retira a derivar conclusiones abstractas y generales a partir de los asuntos que la comunidad y los informantes “representativos” le comunicaron.

Este proceso de abstracción ha permitido que los sociólogos propongan explicaciones teóricas más generales que las conclusiones frecuentemente provincianas del antropólogo que tiende a obsesionarse con las particularidades de “su” comunidad; por otra parte, ha contribuido a sacrificar la riqueza y profundidad de los estudios etnográficos tradicionales a cambio de un poco de barniz de “cientificidad”.

No se pueden hacer inferencias sobre “el campo mexicano” o “la sociedad humana” basándose en el estudio de uno o varios casos de “comunidades normales”, con o sin estadísticas. Esto se debe a que la comunidad típica no existe. En efecto, cada caso ocupa una posición específica en la estructura del sistema social, además de encontrarse en una fase de la historia o en un ritmo temporal específico. Para comprender el significado de un caso particular es indispensable preocuparse por la posición de la comunidad en la estructura social y temporal de la que es parte; las estadísticas sólo tienen sentido después de cumplir con esta tarea fundamental.

Así, resulta evidente que estudiar uno o varios casos es importante: en el contexto estructural apropiado, el estudio de una comunidad concreta nos ayuda a entender otros casos que se encuentran en una posición estructural análoga,3 y nos revela el funcionamiento del sistema como un todo visto desde la perspectiva de un caso específico. Así queda claro que un entendimiento de la realidad de México provendrá principalmente del estudio de casos bien contextualizados y del análisis de la perspectiva sobre las estructuras sociales que estos casos arrojan.

Por todas estas razones, antes de comenzar la descripción de los cambios en la estructura de poder, es necesario ubicar a Tepoztlán en el sistema espacial al que está integrado. En este capítulo los pobladores de Tepoztlán son situados en el contexto espacial en que interactúan para poder vivir en la forma que acostumbran: describiré analíticamente el sistema regional de Morelos y las distintas formas en que éste se integra como unidad.4 La ecología, los patrones de asentamiento, los sistemas de distribución comercial, el uso diferencial de la tierra y la distribución geográfica de las diferentes clases sociales de la zona, son los elementos principales incluidos en este tema. En cuanto al contexto temporal en que se encuentra el pueblo —tanto de cambios históricos lineales como de los ciclos que le dan a la historia su ritmo— es un tema central de este estudio y será tratado en capítulos posteriores.

ECOLOGÍA GENERAL DE MORELOS

El estado de Morelos se asemeja a una vasija, inclinada hacia el sureste (Lewis, 1951:3). Por el centro corre una pequeña serranía interior que va de la sierra de Tepoztlán hacia el sur, hasta el cerro de Jojutla; esta serranía divide lo que sería el fondo de la vasija en dos grandes valles: el Plan de Amilpas y la cañada de Cuernavaca. Estos dos valles están ampliamente irrigados y son idóneos para la producción de cultivos comerciales como azúcar, algodón y arroz.5 En cambio, los bordes exteriores del Estado están ocupados por terreno montañoso y poco propicio para la agricultura comercial.

Los centros urbanos principales de la región se concentraron en varios puntos de los valles (Cuernavaca y Cuautla, aunque también sobresalen Jojutla, Yautepec, Zacatepec y Jonacatepec). Alrededor de estas ciudades, que son los centros comerciales e industriales más importantes de la región, están las tierras fértiles en las que que se dan los cultivos comerciales. Los productos se venden en las ciudades de la región, donde son procesados o empacados y enviados a la ciudad de México. En torno a estas zonas fértiles encontramos un anillo de tierras más accidentadas, en las que la producción es únicamente para subsistencia de las familias campesinas. Esta población, de la que los tepoztecos forman parte, ha constituido un verdadero “ejército agrícola de reserva” para las ricas plantaciones de los valles.

En la época precolombina las ciudades principales de la región se construían en zonas que, encontrándose cerca de una agricultura rica, estuvieran también en sitios fácilmente defendibles (Gerhard, 1970). Así, por ejemplo, Cuernavaca y Oaxtepec, las dos ciudades principales en la época de la preconquista, se encuentran en zonas protegidas por cerros y barrancas. Después de la Conquista esta restricción perdió importancia, y los poblados que estaban en el centro de la producción cañera comenzaron a prosperar: éste parece ser el caso de las ciudades de Cuautla, Jojutla, Yautepec y Jonacantepec.

MAPA I.1. Topografía y orografía de Morelos

Las tierras de los valles son aptas para la agricultura comercial debido a que son planas y están fertilizadas por el riego de varios ríos —principalmente el Amacuzac, sus tributarios y el Nexapa. A la abundancia de agua se agrega un clima cálido, con temperaturas medias de 21 a 25 grados centígrados, según la zona específica; la temperatura mínima media es de alrededor de 10 grados centígrados. Además, las grandes extensiones de tierras planas son atractivas para quienes pueden tener y manejar grandes plantaciones de un solo cultivo, por ejemplo de caña de azúcar o de arroz.

Estos aspectos de la ecología del valle contrastan con el carácter fragmentado y accidentado de las tierras alrededor de los valles, y la consideración de estas diferencias es necesaria para entender la forma en que éstas fueron acentuadas para la organización de la economía de la región de Morelos. Aquí me limito a describir en detalle la zona marginal del norte del estado, en la que está ubicado Tepoztlán. Sin embargo, muchos aspectos generales de esta descripción son aplicables a todas las zonas marginales del sistema regional.

El norte de Morelos es una zona montañosa (véase mapa I.1). El eje volcánico, llamado aquí sierra del Ajusco, atraviesa todos los municipios norteños y converge al macizo del Popocatépetl en su extremo oriental. Hay unas serranías menores que divergen en dirección sur desde la parte central de la sierra del Ajusco: estas sierras dividen a los Altos de Morelos (el norte del estado) en subregiones diferentes. Así, por ejemplo, la sierra de Tepoztlán separa al pueblo de Tepoztlán de Tlayacapan y de Tlalnepantla, y a su vez la sierra de Tlalnepantla separa a Atlatlahucan y Totolapan de Yecapixtla. A partir de Yecapixtla vemos que la zona noreste del estado va subiendo por los contrafuertes del Popocatépetl, en cuyas faldas encontramos a Tetela del Volcán.

Los Altos de Morelos son de tierra templada y tierra fría, con alturas de 1 500 a 2 500 metros, en contraste con el clima subtropical y tropical que encontramos en el valle. Las lluvias son intensas y caen, con algunas variaciones que dependen de la altura, desde mayo hasta septiembre. Las diferencias ecológicas entre los poblados de tierras altas han sido descritas como posibles factores de complementariedad entre poblados (Lewis, 1951; De la Peña, 1980; Warman, 1976), solidificando así la integración interna de cada subregión del norte morelense. Estas subregiones coinciden con las fronteras naturales de las pequeñas serranías descritas arriba y son: Tepoztlán, los Altos de Morelos propiamente dichos (Tlayacapan, Totolapan, Atlatlahucan y Tlalnepantla), y Morelos oriental (Ocuituco, Tetela, Zacualpan y Yecapixtla).

Por sobre estas subdivisiones, los municipios del norte tienen mucho en común: profundas barrancas disecan el terreno y acarrean grandes torrentes de agua hacia los valles en época de lluvias. Posiblemente la característica más relevante de la zona norte sea su incapacidad para producir más de una cosecha al año, por falta de riego. Debido al carácter fragmentario de la tenencia de la tierra (que se acentúa con la subdivisión causada por el sistema de propiedad) y el relieve de muchas tierras, el tipo de agricultura en la zona es de cultivo intensivo de milpas, con una sola cosecha anual. Por estas razones, es válido concebir el norte de Morelos (donde ha predominado la agricultura “tradicional” basada en el cultivo del maíz, el frijol y la calabaza) como una zona campesina.

Ahora bien, el campesino del norte de Morelos, aunque tradicionalmente producía para la subsistencia, rara vez lograba una independencia económica. Gran parte del área está cubierta por bosques de coníferas o por pedregales de roca volcánica; la tierra arable escasea. Desde tiempos inmemoriales ha sido esencial para los campesinos buscar trabajo en la época de secas; y todas las fuentes de trabajo están en los valles.6 Podría decirse que la ecología del norte de Morelos, y especialmente la escasez de tierra y agua, ha dictado a sus campesinos una dependencia histórica de las tierras y ciudades del valle de Morelos.

Por otra parte, las encomiendas, haciendas y latifundios de los valles siempre tuvieron fluctuaciones en sus necesidades laborales, según la temporada del año. La caña de azúcar, que es el cultivo dominante, requiere mucha mano de obra en la época de zafra. Ya en la Colonia se acostumbraba, en las haciendas azucareras, hacer coincidir la zafra con la época de secas para aprovechar la labor de los campesinos de las tierras altas (Barret, 1970). El acceso a esta importante fuerza laboral, que producía su propia base de subsistencia a través del cultivo de las tierras altas, era indudablemente un importante factor que incidía en el costo de operación de los ingenios. Desde la época colonial hasta la Revolución, los grupos dominantes de los valles permitieron, por propia conveniencia, que existieran en el norte del estado pequeñas parcelas campesinas, muchas veces en forma de propiedad comunal. Esta política contrastaba aparentemente con la tendencia generalizada de invasiones de tierras a que estaban sometidos los campesinos en las comunidades de los valles (véase Womack, 1969; y Warman, 1976). En otras palabras, las diferencias ecológicas naturales entre valle y montaña fueron acentuadas, aún más, para que la agricultura en los Altos subsidiara los costos de producción en las plantaciones del valle.7

EL MUNICIPIO DE TEPOZTLÁN8

El municipio de Tepoztlán se encuentra sobre la pendiente de la sierra del Ajusco que encierra a los valles de Morelos. La parte del suroeste del municipio desciende hacia Cuernavaca en tanto que el sureste colinda con Yautepec y las Amilpas, de tal forma que Tepoztlán está orientado hacia ambos valles. El declive en que se encuentra el municipio implica diferencias climáticas que corresponden a las distintas altitudes. Con los cambios de clima se dan diferencias ecológicas importantes que permiten la existencia de una variedad de productos al interior del municipio. Debido a esta variedad, Tepoztlán ha funcionado durante largos periodos como un minisistema de mercado.

La superficie del municipio es de 27 900 hectáreas sobre las cuales hay ocho poblados y una colonia: Tepoztlán (cabecera municipal), Santa Catarina, Santiago Tepetlapa, Ixcatepec, San Juan Tlacatenco, Santo Domingo Ocotepec, Amatlán, San Andrés de la Cal (congregaciones), y Adolfo López Mateos (colonia). Solamente dos pueblitos, San Juan y Santo Domingo, se encuentran en la tierra fría. Tepoztlán, Amatlán e Ixcatepec están en plena tierra templada, mientras que Santa Catarina, Santiago, San Andrés y López Mateos, están en las orillas de la tierra caliente.

El mapa I.2 describe las divisiones climáticas y los poblados del municipo. La parte norte, junto a la frontera con el Distrito Federal, es de tierra fría. Allí se encuentran los bosques de coníferas que, aun después de intensas talas, ocupan gran parte de la superficie municipal. En algunas partes de la tierra fría el clima y la tierra son adecuados para el cultivo de trigo, avena o cebada. Sin embargo, esta zona está despoblada, y la gran distancia que guarda con los pueblos del municipio impide que muchas de estas parcelas sean trabajadas por tepoztecos.

MAPA I.2.Pueblos y climas del municipio

Hacia el centro-sur del municipio, el descenso en altitud es acelerado por el corte casi vertical de la sierra de Tepoztlán. Abajo de este tajo está la tierra templada. Este clima, que es el del pueblo de Tepoztlán, es más apto para el cultivo del maíz que el de la tierra fría. Las heladas y granizadas son menos frecuentes. Los bosques de coníferas escasean. La altura y el clima permiten cultivos como café, aguacate y jitomate. La franja del sur del municipio está prácticamente en tierra caliente. Los bosques desaparecen por completo y, en cambio, encontramos un poco de caña de azúcar y grandes texcales que sirven para el cultivo del maíz o para que paste el ganado.

Los diferentes productos, ocupaciones y ritmos agrícolas en las franjas de tierra templada, fría y caliente, hacen posible una integración de los diferentes pueblos a través del intercambio de algunos productos. Los habitantes de San Juan y Santo Domingo son los proveedores de leña y de frutas de tierra fría, como la pera, la manzana o el capullín. Los de tierra templada o caliente traen aguacates, tomate, mango, plátano, caña, etcétera. Todos convergen en el pueblo de Tepoztlán, donde está el mercado municipal. Empero la integración producida por el sistema de microclimas no implica que el municipio funcione como una entidad autónoma. Al contrario, Tepoztlán está necesariamente ligado a otras zonas porque, como veremos en detalle en el siguiente capítulo, hay una escasez general de tierra cultivable.

LA INTEGRACIÓN ESPACIAL DEL SISTEMA ECONÓMICO

Es difícil, en una descripción de la ecología de un lugar, distinguir los aspectos “naturales” de los que son resultado de decisiones político-administrativas de la sociedad en cuestión. Por ejemplo, ya hemos dicho que Tepoztlán, al igual que el norte del estado en general, se caracteriza por falta de agua. La causa inmediata de este fenómeno está en que toda la zona se encuentra en una pendiente norte-sur, lo que provoca un escurrimiento de agua. Sin embargo, el que no se tomen medidas para detener dicho escurrimiento es una decisión política que, como dice De la Peña, ha sido renovada a través de la historia de la región (1980:52).

Es por esto que en las secciones anteriores he iniciado la descripción de la organización espacial de la economía. En esta sección se trata de sistematizar algunas de las nociones que se han discutido arriba y de seguir sus implicaciones. Sin embargo, debido a los cambios económicos que ha sufrido Morelos, es indispensable hacer explícito el periodo que está sirviendo de base para el modelo de la organización espacial de la economía. Idealmente hubiera escogido para estos propósitos el año de 1940, antes de los grandes cambios provocados por la industrialización y el crecimiento urbano de las ciudades de Morelos y de la capital. Sin embargo, no siempre he podido localizar los datos estadísticos indispensables para el análisis de la región en esta fecha. Finalmente he optado por describir a la economía regional en una época vagamente moderna, inspirada sobre todo en el panorama de 1940, y señalando los cambios esperados entre este año y las fechas posteriores de algunas de mis fuentes.

Por ser al mismo tiempo lo suficientemente temprano como para preceder los grandes cambios provocados por la industrialización y el crecimiento urbano, grandes ciudades se rodean por tierras aptas para la agricultura comercial, que a su vez están rodeadas de tierras marginales que les proveen de un “ejército agrícola de reserva” de mano de obra. Pues bien, la interrelación entre las diferentes zonas de la región se puede desglosar de distintas maneras. Aquí analizamos la integración de la región desde el punto de vista de las relaciones comerciales (de mercado), desde el punto de vista político-administrativo, y desde el punto de vista de la tenencia de la tierra y de las relaciones de producción. Pero antes de discutir estos aspectos de la organización espacial de la región, hay que observar más detenidamente el carácter de los tres tipos de zona que la integran: ciudades regionales, los campos fértiles alrededor de estas ciudades, y las tierras marginales.

En el caso de muchas regiones, el punto de partida lógico para esta descripción sería el de las ciudades nodulares que, se supone, integran la totalidad de la región a través de su dominio comercial. En el caso de Morelos este procedimiento, posiblemente el más práctico, debe utilizarse con cautela ya que, por la cercanía de la región a la ciudad de México, la región morelense tiene ciertas características especiales.

El carácter de las ciudades regionales

Las ciudades regionales de Morelos (nos referimos aquí especialmente a Cuautla y a Cuernavaca), no son centros en los que se concentren los productos agrícolas para después elaborarlos y redistribuirlos a la misma región de la que provienen. Más bien, podríamos concebir a estas ciudades como puntos intermedios entre la producción agrícola de la región y “el mercado nacional” (sobre todo el de la ciudad de México). En Cuernavaca y Cuautla no sólo se concentran y redistribuyen productos de la región sino que, muy importantemente, se elaboran productos agrícolas para la exportación a México. Al analizar la función de estas ciudades en la región es de importancia tomar en cuenta que desde la época precolombina el desarrollo de la región como un todo ha estado condicionado por sus relaciones con el valle de México.

Cuautla y Cuernavaca, las dos ciudades más importantes de Morelos, cubren, entre las dos, casi todas las necesidades comerciales y políticas directas de los pueblos del estado. Sin embargo, ya en los datos de 1940 se observan aparentes diferencias entre estas dos ciudades. Dichas diferencias persisten hoy en día, si acaso algunas se han ido acentuando, y por esto vale la pena apuntarlas.

MAPA I.3.Correlación de obreros y empleados con empresarios

En primer lugar, Cuernavaca es la ciudad mayor, ya en 1940 contaba con 14 331 habitantes, en contraste con los 6 431 de Cuautla.9 Cuernavaca deriva su riqueza tanto de la concentración, elaboración y exportación de productos agrícolas de sus alrededores al Distrito Federal, como de ser la sede del gobierno del estado, el centro turístico principal de Morelos,10 y —cada vez en mayor grado— el centro industrial más importante del estado.11

En 1940, 20.6% de la población económicamente activa (PEA) del municipio de Cuernavaca eran obreros y empleados; 11.57% burócratas; 10.7% empresarios y artesanos, y 31.64% agricultores.12 Sus industrias principales eran los textiles, el cemento, una calera, fábricas de mosaicos y de cerámica, una embotelladora de refrescos, varias cerilleras, la industria de la construcción, y varias pequeñas agroindustrias como tocinerías o procesadoras de miel. Además de su importancia industrial, es notable el dominio comercial de Cuernavaca sobre todo el oeste del estado.

MAPA I.4.Correlación de trabajadores, peones y jornaleros

En 1960 CEPES (s.f.) calculó que alrededor de 60% del comercio de todo el estado se hacía a través de Cuernavaca. Independientemente de la exactitud de esta estimación (algunos de los cálculos de CEPES dejan mucho que desear), y de la dificultad de extrapolar esta cifra al año de 1940, cuando Cuernavaca tenía un tercio de los habitantes de 1960, esta cifra nos da una idea aproximada de la importancia de la ciudad en la integración comercial de la región. De hecho en 1940 Cuernavaca dependía en 45.66% de su sector terciario; además, una buena parte de éstos (10.1% del PEA total) eran burócratas del gobierno estatal. Un 47.64% de los funcionarios del estado estaban radicando en Cuernavaca, de tal forma que la ciudad era (y es) la meta de una peregrinación incesante para la tramitación de asuntos legales.

Por otra parte, la agricultura del municipio de Cuernavaca no es tan rica como la de otras zonas del estado: buena parte del municipio está en tierra marginal, entre las barrancas y texcales característicos de todo el norte. En 1960 únicamente 19% de la superficie municipal era laborable, y de esta cifra sólo 11.3% era de riego (datos en CEPES, s.f.). Sin embargo, Cuernavaca está en el extremo norte de un gran valle muy fértil, y que depende de esta ciudad para la comercialización de muchos de sus productos.

MAPA I.5.Correlación de trabajo familiar y trabajadores por su cuenta

La preponderancia de Cuernavaca sobre el resto de Morelos no se basa en la mayor riqueza agrícola de este valle; es importante en esta coyuntura notar que “forman estas porciones, hermosos y fértiles valles abiertos hacia el sur. El Plan de Amilpas, más extenso, con mejores tierras para la agricultura y la cañada de Cuernavaca, más abrupta, más pintoresca; pero ambos con condiciones formidabilísimas para las actividades del pueblo agricultor más exigente” (Díez, 1967:6, el subrayado es mío). Más bien, Cuernavaca deriva su importancia de la combinación de su posición ventajosa como capital de Morelos, su cercanía al Distrito Federal y —también— de la región agrícola que la rodea.

En contraste, Cuautla —que es el corazón de las Amilpas— es una ciudad que creció con el auge de la agricultura comercial en su región. El municipio de Cuautla es en sí mismo una zona fertilísima: 62% de su superficie es cultivable, y de esta extensión 58% es de riego (las cifras son de 1960, sacadas de CEPES, s.f.). El crecimiento de Cuautla no fue resultado de factores políticos; simplemente resulta que Cuautla está en el centro de una rica zona azucarera que Cuernavaca no puede abastecer por la existencia de barreras físicas. Además, Cuautla está casi tan cerca de México como Cuernavaca y de hecho fue la primera ciudad morelense en ser conectada a la capital por ferrocarril. Con el boom azucarero en la época del pofiriato, Cuautla se convirtió en la capital del azúcar, y a ella fluía la producción de todo el oriente del estado.

Es importante notar en esta conexión que las zonas dependientes de Cuautla no están todas en el estado de Morelos. Ya habíamos notado que Morelos está inclinado hacia el sureste, donde “las montañas del este, que parten del Popocatépetl, van perdiéndose en una serie de ondulaciones antes de terminar en las llanuras de Tepalcingo y Axochiapan…” (Díez, 1967:6). Esto significa que la zona de influencia de Cuautla se extiende hacia Puebla y compite con centros comerciales de este estado, como Izúcar de Matamoros. Sin embargo, la base económica principal de Cuautla está en la zona cañera de Morelos.

La industria de Cuautla, la mayor después de la de Cuernavaca, también está más relacionada con la agricultura: hay tres grandes beneficios de arroz, una curtidora de cuero, fábricas de vinos y licores, empacadoras de jitomate, los ingenios azucareros de Santa Inés y Casasano, una planta eléctrica, una embotelladora de refrescos, etcétera. En 1940 un 14.54% de la población económicamente activa trabajaba en la industria, 22.77% en los servicios, y 62.41% en la agricultura. El 13.67% de la PEA eran obreros y empleados, y 42.18% jornaleros del campo. A través del procesamiento de productos agrícolas de la zona y de su surtido de productos comerciales, Cuautla conecta a todo el oriente morelense a un sistema de mercado.

Así, Cuernavaca es el centro de la región económica del oeste y Cuautla lo es del este. Ambas regiones están ligadas al mercado de la ciudad de México. De México reciben muchos productos industriales y agrícolas que no se producen localmente, y a esa ciudad mandan azúcar, arroz, cacahuate y jitomate. Además, reciben los capitales y los turistas que comienzan a huir del caos capitalino.

Los alrededores

Las ciudades morelenses están rodeadas de ricas e irrigadas planicies idóneas para la agricultura comercial a gran escala.