Falla humana - Diamela Eltit - E-Book

Falla humana E-Book

Diamela Eltit

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Beschreibung

En esta nueva novela, Diamela Eltit se muestra tan infatigable como siempre y más aguda que nunca para retratar los desmanes de un sistema decrépito y fallido: aquel en el que a sus eslabones más débiles se les niega la posibilidad de tener un sitio digno donde vivir. Una pequeña comunidad obrera de una ciudad sin nombre, ciudad que podría ser cualquiera de las que proliferan en el siglo XXI, aguarda la intervención inminente de la Compañía para llevar a cabo la Deportación en mitad de la noche, es decir: el desalojo forzado de una veintena de casas levantadas en unos terrenos que serán muy valiosos cuando se expulse a los vecinos –«cuerpos que son una falla inadmisible» del espacio que habitan– y desaparezcan las viviendas. Pero la noche, cómplice necesaria para acometer el desa­hu­cio, es el medio natural de la Búha, una majestuosa guardiana que, encaramada a la rama de un baobab, vela por los destinos de esas gentes: vigila incesante porque se ha propuesto detener la entrada de los camiones e inventar algún ardid para disuadirlos de su misión. A través de la narración de la Búha, asistimos al desfile de una serie de personajes que harán frente común para defender el vecindario, la Cuadra, que se erige casi en un personaje más de esta historia. Una fábula de resonancias bíblicas en la que los acontecimientos narrados, lejos de afianzar la fe en dios, confirman que éste hace mucho que se desentendió de los desasistidos del mundo. Eltit, punzante y visionaria, irónica, plebeya, empática y magistral, no olvida la dimensión poética de sus criaturas y nos brinda una novela plagada de imágenes poderosas y certeras, verdaderos asideros a la hora de reflexionar sobre si el implacable mundo de nuestro presente es el mundo en el que queremos vivir.

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Seitenzahl: 166

Veröffentlichungsjahr: 2024

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LARGO RECORRIDO, 201

Diamela Eltit

FALLA HUMANA

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: junio de 2024

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte.

© Diamela Eltit, 2023

© de esta edición, Editorial Periférica, 2024. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-10171-13-8

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

 

 

 

 

Agradecimientos en el tiempo de este libro

a Patricia Espinosa

a Javier Guerrero

 

 

 

 

Porque a pesar de todo

o antes o después de todo

la noche es frecuentemente alucinógena.

EUGENIA BRITO

INO SE PUEDE DORMIR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Soy la búha guardiana de la cuadra. La búha que relatará las partículas de la noche. Lo imposible rompió su límite y me enfrentó a una cadencia temporal regida por la incertidumbre. Sé cómo dar vueltas las horas y lo haré, sí. Todo ya fue escrito. Me volcaré en interrumpir y en trastocar las ordenanzas para que el sol y su artificio lumínico adquieran un nuevo protagonismo y se desencadene, en medio de la luz, la ruta sagrada del sueño. Ya sé que los choferes de los camiones de basura se preparan para cumplir la orden de realizar la deportación nocturna de cada uno de los habitantes. Así lo ordenó el Directorio de la Compañía luego de determinar que los vecinos de la última cuadra ocupan un espacio (un tenue milimétrico indetectable fragmento de la tierra del mundo) que, aseguraron, arruina y anula la fortaleza de la totalidad del prestigio geográfico. La Compañía se precipitó a proyectar allí un edificio diseñado para realzar el lujo de sus socios. Dijeron que la falla de esos cuerpos era inadmisible. La Compañía afirma que la cuadra degrada el suelo. Dijeron que les genera un fracaso sectorial estrepitoso. Dijeron que debían sacarlos en mitad de la noche, a esas horas en que la circulación está suspendida. Dijeron que el tiempo ya se había excedido.

Yo tengo la obligación de demorar la entrada de los camiones, detenerlos, capturarlos y cautivarlos. Necesito ponerme en guardia, iniciar un prolijo estudio que me permita internarme en la vorágine de lo inesperado. Es urgente emprender una tarea que atraviese la física para que mi condición búha se extreme hasta producir un intervalo en la noche. Sí, una ruptura. Y, durante ese intervalo, crear, para los choferes, una página nueva que les resulte ineludible y pueble sus mentes hasta olvidarse de ellos mismos y detenerse. Sí, sí, necesito que apaguen los motores para que ingresen (prendidos al intervalo) a mis imágenes y olviden los mandatos recibidos.

Conseguiré que los choferes de los camiones afinen sus oídos, desborden la imaginación hasta enamorarse de la cuadra que produciré para encapsularlos a la noche. Lo conseguiré, lo sé, pues me protege la sabiduría de mi condición milenaria. Será así porque mi especie pájara le habla de manera incesante a la oscuridad de los tiempos, sin pausa alguna, erigida desde la altura, relevando la reconocida y misteriosa magnificencia que portan los árboles.

Ellos se internarán en mis historias con los motores apagados para que después, exhaustos, duerman su día. Debo detenerlos. Sí, una noche, una y otras noches más. Ya la cuadra sobrevivió más de mil noches, pero el deseo ávido se desencadenó y el desalojo de la cuadra se ha transformado ahora en el único objetivo.

Cada noche será una página de vida.

Y otra.

Las noches.

Yo.

Bidimensional.

La búha página.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se precipitaron multitudes de imágenes superpuestas para incrustarse directamente en mi ojo. Las imágenes se sumaron, pero, a la vez, se condensaron. Después se volvieron imperceptibles. La decapitación de la luz cambió el orden del mundo y se abrió a su paraje más oscuro hasta producir la aureola de un realismo gótico popular.

Sucedió.

Tengo que relatar los cuerpos o intensificar la oscuridad para precaver a la cuadra de la tragedia que se avecina, pero los rostros, las alturas, los caracteres se modifican una y otra vez. Parece urgente transformar la tendencia homicida de la noche y, ante el advenimiento del alba, tengo la obligación de ingresar de un picotazo a las (últimas) veinte casas para evitar que la disolución de la penumbra propicie el desmoronamiento de los cimientos. Me acomodo en la rama más poderosa de un misterioso baobab. Lo hago de manera lenta y cómoda.

Ocupo la rama. Ya estoy totalmente resguardada en el interior del resquicio que me asigné. Me instalo en el árbol de manera arcaica, imperceptible al dolor. Me siento invadida por la ingrávida experiencia de un desplazamiento debido al sorprendente efecto visual de un prisma de colores leves que augura la certeza de extender la vida de la cuadra. Noche a noche. Sí, expandirla para los (últimos) habitantes (todos los vecinos insomnes, afectados por la falta de sal). Tengo que conseguir una página de vida. Una página más y una noche. Sí, una noche y una página, una. La cuadra entera.

Mediante un sortilegio que conseguí realizar gracias a la antigua huella del benéfico efrit ceremonial que me habita, intensifico en mí a la búha protectora que acumula, en el fondo ampliado de sus ojos, pedazos de relatos, huellas de pisadas, vacíos, blancos, grietas, hablas, encuentros, memorias. Es necesario producir una perfecta integración de algunos sucesos (de la vida, de la vida), unirlos, decorarlos, repararlos, sostenerlos, para recubrir con ellos las noches. Necesito poner la temible ambigüedad del tiempo en espera, los mil días que ya transcurrieron, las más de mil noches, suspenderlas y ahuyentar la codicia. Lo decidí así debido a la resolución (motivada por un halo aniquilador) que habían tomado los dueños de la Compañía. La tarea de la deportación de la cuadra la dictaminaron después de la realización de una serie de asociaciones constituidas desde una flagrante ilegalidad.

Entregada a mi devoción por la noche, volé hasta el árbol que se enclava en uno de los perímetros indetectables de la cuadra. Me establecí con mis ocho dedos garras en lo alto del tronco para destacar la belleza de mis plumas, que ofician como orejas. Me dediqué a realzar la auténtica pose búha conseguida a través de la materialización de un sortilegio de mí, en mí misma. Me propuse jugar con los designios que dominan cada una de las vidas a causa de la pereza que provoca la repetición que asola a los siglos.

Ahora tengo la obligación de alterar las condiciones asignadas y desplegar una velocidad supersónica para buscar una tregua y diferir así la noche del oprobio. Para conseguir la tregua, retrocedí tiempos o los actualicé o los mezclé con el fin de internarme en los laberintos de la inteligencia artificial mediante la captura inalámbrica satelital infiltrada en mi memoria RAM.

Los cuerpos que ocupan las veinte casas se restituyen al integrarse parcialmente en mí y vuelven a habitarse a ellos mismos. Aparecen agudos o hábiles o temerosos. Incisivos. Proclives a la sobrevivencia. La oscuridad interceptada por el reflejo brillante de mis ojos se despliega a su manera para disponer la posibilidad de una suma de noches definitivas. Una a una. Las noches. Trepada en el árbol, recibo la extensa, común, sensible historia de la cuadra. Tengo que actuar sus gestos más repetidos, refugiada siempre en la cautela y en la distancia emocional que debo guardar para que la oscuridad se vuelva benigna y no los derrote. Debo medir cada suceso, cada imagen, sopesar las presencias, precaver mis debilidades y evadir la abulia. Necesito, especialmente, exacerbar mi conocida, abundante, rígida sensibilidad nocturna (yo soy una búha melancólica). Mi tarea es derribar las intensas sensaciones de desamparo que me acechan porque ahora debo transitar una perenne obligación a la noche y el deber depredador de cazar historias y deglutirlas. Nutrirme de historias.

Mi destino es sostenerme erguida en la rama más segura del baobab como la pájara que anticipa la decapitación. Sé que es imprescindible arriesgarme al caos y aun al posible o al inevitable fracaso. Entiendo que mi deber consiste en vaciar la basura de mi sistema (nervioso) para potenciar mi propia memoria.

Soy una búha de ojos anaranjados y, en muchas ocasiones, amarillos. Atrapo velozmente los fragmentos conseguidos después de ejecutar feroces picotazos a mi propio cerebro. Uno y otro. Uno y otro. Todo parece inverosímil. Caótico. Tengo la cabeza grande y eso produce una mezcla de admiración y burla, pero es la historia enigmática de mis ojos, la visión, el movimiento de mi cabeza desproporcionada, lo que me permite retardar o desplazar el final definitivo de la (última) cuadra. Acepto la constancia del peligro (de muerte) que me acecha, la zozobra de una alergia cutánea que habita debajo de mis plumas, y puedo vislumbrar, sin terror alguno, la forma común de la caída.

Las sombras más destructivas están parapetadas entre las ramas de un conjunto preciso de árboles controlados por un agente que le pertenece a la Compañía, la más poderosa de todos los tiempos. Su autoridad se retuerce, gira, se remodela. Oprime. Ciega. Destruye. La noche me pertenece. Es mi dominio y mi territorio. Se implementa mientras circula con una precipitación avasalladora el aviso de lo que se avecina. Tengo que volcarme a escenificar los modos, los pasos, los pensamientos de los vecinos, sus deseos.

En cada ojo tengo tres párpados.

Tengo setenta grados de visión binocular.

El tercer párpado es mi preferido.

Tengo, sí, sí, tres párpados.

Mil. Dos mil años. Más todavía.

Tengo una genética portentosa.

Mi cabeza gira hasta doscientos setenta grados. Gira debido a las siete vértebras adicionales de mi cuello.

Soy una búha enigmática.

Solitaria.

Silenciosa.

Ellos todavía no me cazan.

NOCHE 1

La joven vocera de la cuadra que habita en la casa 3 tose (levemente). Está dotada de múltiples cualidades que despliega de manera infatigable. Su mente es similar a la de una precursora y avezada analista cibernética. Ella (ahora mismo) se ha propuesto ingresar en la memoria de escenas religiosas antiguas que sucedieron en el reclusorio que estaba ubicado en la casa 8. Ésa era la única casa que entonces (hace ya demasiado tiempo) se sostenía con un relativo bienestar en la última cuadra. Las otras viviendas estaban asediadas, de manera creciente, por la urgencia de ahorrar la vida, y en ellas transcurría, inamovible, una escasez que amenazaba la sobrevivencia de manera progresiva.

La vocera es poseedora de una gran habilidad visual que le permite configurar escenarios sólidos, indesmentibles, ya que está impregnada por una capacidad realista que la recorre y le permite relatar los pormenores del pasado de la cuadra y detallar el transcurso (siempre impredecible) de los deseos serenos de los habitantes, aunque en algunos tramos del tiempo (no demasiados), los habitantes pueden resultar realmente explosivos.

La joven vocera se concentra en denunciar la estrategia deliberada que justificó la instalación del convento (modesto) que las cúpulas de la Compañía alojaron en la casa 8. La joven sabía, al igual que cada uno de los vecinos, que los poderes buscaban inculcar una forma de sometimiento incondicional mediante el artificio de distribuir entre los vecinos una fe falsificada. La misión era contribuir a un incesante control de la cuadra mediante la apropiación religiosa de la casa 8 y se propusieron, desde allí, capturar la energía metafísica de los habitantes e inducir la sumisión permanente para apaciguar las resistencias y de ese modo, sin clamor alguno, erradicarlos y expulsarlos (en nombre de Dios) en un futuro exacto que ya habían acordado.

Cuando las monjas la llamaron (de manera precipitada y urgente), ella entró en la pieza del convento. Las monjas no podían anticipar que los vecinos, en el curso de una intensa reunión, la convertirían en la vocera de la cuadra y, ese día, la adolescente que era entonces permaneció de pie mientras enfrentaba las acusaciones de las tres monjas (carentes de boato) que ejercían un asedio maníaco por una falta que ella no había cometido. La joven recuerda las actitudes que adoptó o que más bien entendió que era necesario adoptar. Se resguardó en la perspicacia que la caracterizaba desde su infancia, unos modales sutiles que le permitieron soportar las acusaciones sostenidas a lo largo de un tiempo inolvidable, agudo y demasiado extenso. Dice que en un primer momento optó por mostrarse vacilante a causa de los hechos que las monjas querían obligarla a reconocer, pero, impulsada por la velocidad de un instante, de inmediato comprendió que era imperativo posicionarse y se refugió en una férrea negativa cuando supo que cada una de las palabras que decía eran recibidas por las monjas como si se hubiera precipitado sobre ellas una lluvia radiactiva.

En la pequeña pieza del reclusorio había un espejo de un tamaño desproporcionado colgando en la pared. La joven vocera dice que, cuando observó en el espejo la proyección total de la imagen de sí misma, desplegada en toda su real dimensión, se reconoció en una perspectiva inédita que la cautivó y entendió que ella existía, que contaba con un cuerpo completo, que tenía cintura, pies y rodillas, y eso ocasionó que se distrajera brevemente de la insistencia de las monjas, que la interrogaban, la cercaban, la humillaban porque estaban obsesionadas por obtener de ella una absurda y detallada confesión. Dejó de lado el espejo y sus piernas, la dimensión exacta de sus caderas, se recompuso y se concentró. Dice que ellas pretendían convertir su comentario acerca de un simple acontecimiento, del que ni siquiera fue testigo, en una blasfemia. Supo que le adjudicaron palabras incriminatorias que ponían en duda la fe que atesoraba el convento, un conjunto de frases ateas que, según las monjas, viajaron por los subsuelos de la cuadra hasta incrustarse en sus oídos guardianes.

La joven, durante el interrogatorio, no reconoció en ningún instante el tono, la expresión ni menos la actuación que le atribuían a Misael y que, según las monjas, ella se había dedicado a difundir para promover la blasfemia y extender la calumnia en torno al convento. Negó haber tenido la menor noticia de Misael a pesar de las incesantes presiones para exigir que lo acusara. Ella les aseguró, de manera reiterada, que jamás lo escuchó referirse a la disposición exacta de la iluminación que se desplegaba sobre la cama de la madre Margarita. Negó también que él le hubiera dicho que esa cama parecía un extraordinario papiro que contenía un relato oriental debido a que el cuadrante de luz le confería la exactitud y la complejidad de una puesta de sol, emanada desde el sortilegio de un distante y misterioso desierto. No, no, nunca, les dijo a las tres monjas.

El reclusorio, como toda la (última) cuadra, contaba con una pieza sencilla, pero que preservaba intacta su estructura. Su buen funcionamiento marcaba una notoria diferencia con el resto de las casas que estaban afectadas (de manera intensa) en el conjunto de sus materiales, que se divisaban húmedos, partidos o más bien descascarados, tanto que promovían la devastación de los bronquios y aumentaban la falta de sal. En cambio, las paredes del convento conservaban las líneas rectas que provenían de una sensata aunque modesta construcción.

Las tres monjas estaban sentadas en sus sillas, y ella, de pie, podía dirigir su mirada a los pormenores de la habitación. Sus ojos se detuvieron en la pared. La madre Margarita, eso lo sabía toda la cuadra, había sacado el crucifijo que antes estaba colgado en el centro del muro para que destacara la presencia del Dios más doloroso y lacerado y, aunque había desaparecido, su huella estaba intacta en la muralla con una porfía indeleble, obsesiva, mediante la imagen blanquecina de una cruz plana ausente de cuerpo. La joven vio esa marca que revivía la cruz y pensó que se había producido un curioso antagonismo, pues la huella del crucifijo se debatía entre la presencia y la ausencia. Pero la vocera dice que desvió su mirada para evitar detenerse en ese detalle. Ya adivinaba que el poder de esa falta y el duelo por el crucifijo perdido se habían instalado en las células alteradas de las monjas. Presentía que se avecinaba una salida, o más bien una estampida, provocada por el poder inconmensurable de la marca impresa de un Dios crucificado, que ya había emprendido la fuga de ese lugar modesto que no estaba a la altura de la tarea que le imponía su sagrado reinado transplanetario.

Ella dice que, desde los bordes del espejo, pensó que las monjas se veían derrotadas o avasalladas por una fe decorativa y el rencor, demasiado visible, frente a la monótona tarea de producir las hostias que preparaban al amanecer mediante el manejo de una máquina antigua que destacaba por su lentitud e insignificancia. Las tres monjas elaboraban las hostias por instrucción del viejo sacerdote que vigilaba el convento. Los vecinos decían que el cura iba una vez al mes, se sentaba en la pequeña sala y tomaba con una satisfacción indesmentible el vaso de vino (sagrado) que le servían. Pero ellas se sentían vigiladas y, ante la posibilidad de una emboscada, producían hostias crujientes cada día para la incierta visita. Después, el cura sólo las visitaba una vez al año, después nunca, pero las monjas ya estaban obligadas al proceso de la máquina.

La vocera asegura que esas monjas pensaron que su lengua era extremadamente real y se unieron (las tres) para impedir que venerara la vida y, en cambio, esperaban que se plegara, como ellas, a un sacrificio incesante. Dice que las (tres) monjas y su interrogatorio fueron el primer síntoma que desencadenó en su mente la certeza de que estaba expuesta a una persecución intermitente. Una certeza que pudo comprobar en la sucesión de acontecimientos adversos, un conjunto de calumnias de las monjas en su contra, provocadas por el oficio negativo que estaban obligadas a cumplir. Pero el prolongado curso del interrogatorio le produjo a ella sensaciones paralizantes, plagadas de inseguridad, que la atacarían en algunos tramos de su vida.

Dice que las monjas, sus primeras persecutoras, pretendieron doblegarla, pero ella se apegó a la conocida costumbre de negar uno a uno los cargos que le imputaban. Se volcó en rechazar la acumulación de hechos que nadie podía comprobar porque eran un conjunto absurdo de suposiciones. Dice que ese encuentro presagiaba que deseaban para ella una concurrida crucifixión de lujo. O quizás pretendían cumplir las órdenes destructivas y férreamente secretas que estaba acordando en ese tiempo la Compañía más poderosa (del mundo) para ofrecerla como un trofeo para la decapitación, justo cuando se vislumbrara la claridad vagamente perturbadora de un amanecer (después de los mil días y más de mil noches) que ya estaba determinado por la decisión aniquiladora en contra de la cuadra. Dice que vio, con el mismo asombro de los relatos antiguos, la figura multiplicada de esas tres entidades originando una anacrónica curiosidad bíblica. Negó todo hasta que se cansó de negar y las monjas asumieron su fracaso.

Después, volvió a su casa, la 3, sumida en una compleja confusión. Volvió ansiosa por aclarar su mente y ordenar los acontecimientos que había experimentado. Volvió triste. Sin embargo, su madre, que era tan distante como una galaxia apenas avistada, le dijo, con un tono esquivo y hasta cierto punto irreflexivo: estás creciendo y tu nueva altura te confunde y te persigue, pero no las monjas, las monjas no. Lo imaginaste. Se lo dijo después de que ella le hablara en medio de extensos quejidos y le explicara, con detalle, la impotencia que le provocaron las monjas. Ella, su madre, le repitió: las monjas, no. Las madres forman parte de la ruta a un monasterio mucho más amplio y divino, el convento que vimos juntas, ¿te acuerdas? Las monjas, no: ellas están haciendo su largo camino hacia la santidad, ¿entiendes?, repitió. Ella dice, con un tono perfecto, que sintió el impacto de una ráfaga de injusticia cuando comprendió que su madre se había aliado de un modo oscuro, imposible de dilucidar, a las monjas, sus perseguidoras. ¿Buscaba su madre redimirse a causa del terror que provocaba la huella que dictaminaba el vacío de la cruz? Después la justificó. Entendió los miedos, el odio. La vocera detectó en su madre una forma retorcida de la ira enmascarada que la atormentaba.