Figuras de Autoridad -  - E-Book

Figuras de Autoridad E-Book

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Este libro aborda las tensiones, continuidades y cambios que encierra el ejercicio de la autoridad en el Chile contemporáneo a partir del análisis del fenómeno desde estudios empíricos.

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Seitenzahl: 457

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© LOM ediciones Primera edición, noviembre de 2022 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impresa: 9789560016546 ISBN digital: 9789560016683 Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Registro N°: 311.022 Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile

Índice

Introducción Las figuras de autoridad y el vendaval

Capítulo I Dueñas de casa y trabajadoras domésticas. El ejercicio de la autoridad, trabajo emocional y nuevos repertorios

Capítulo II Figuras de autoridad parental. Soportes de la autoridad y posición social

Capítulo III La autoridad pedagógica en la escuela chilena. Transformaciones históricas y construcción de nuevos escenarios para su ejercicio actual

Capítulo IV Las jefaturas. Relaciones de autoridad y control organizacional en el mundo del trabajo en Chile. El caso de las tiendas del retail

Capítulo V Figuras de autoridad médica: tensiones y quiebres

Capítulo VI Autoridad policial. La construcción de una narrativa de autoridad institucional: el caso de la Policía de Investigaciones de Chile

Capítulo VII Las militancias políticas. Continuidades y reconfiguraciones del ejercicio de la autoridad en las nuevas generaciones de la izquierda chilena

IntroducciónLas figuras de autoridad y el vendaval

Kathya Araujo1

Hermine, la hermana mayor de Ludwig Wittgenstein, el famoso filósofo austríaco, cuenta la siguiente historia. Al volver de la guerra, Wittgenstein anuncia su decisión de renunciar a la totalidad de su fortuna en favor de sus hermanos y abandonar la filosofía para convertirse en maestro primario en alguna pequeña escuela rural. Hermine, con la preocupación de la hermana cercana que era, se esfuerza, en una larga conversación, por tratar de convencerlo de lo inconveniente de esa idea. El filósofo le responde con una comparación: «Tú me haces pensar en una persona que mira por una ventana cerrada y no puede explicar los movimientos peculiares de un transeúnte; no sabe que afuera hay un vendaval y que a ese hombre acaso le cueste mantenerse en pie» (Eilenberger 2020: 74).

La imagen es particularmente hermosa y expresiva de nuestros tiempos inciertos y convulsos. Nuestra mirada, como a través de las ranuras de una ventana cerrada, alcanza a ver allá afuera, en el mundo, figuras de movimientos extraños e inarticulados y, no sabiendo cómo explicarlo, nuestra extrañeza, nuestra inquietud y hasta, a veces, nuestro temor crecen. No sabiendo qué hacer con ello, acontece que, en ocasiones, buscamos desesperadamente integrarlo a versiones preadquiridas sobre las razones del mundo que nos den la impresión de poder organizar su sentido. También puede ocurrir que simplemente abandonamos el intento y nos suspendemos en la indiferencia o, más difícil aún, en la desesperanza. En otras ocasiones, en fin, admitimos nuestra perplejidad, nos arremangamos y nos ponemos a la tarea de comprender.

El intento de este libro es tratar de aportar en algo a esta tarea de comprensión del mundo que nos toca vivir, deteniéndose en un aspecto particular del vendaval: los avatares de las figuras de autoridad de hoy en día.

Pero ¿por qué detenerse de manera especial en la autoridad?

Porque las corrientes que atraviesan a la sociedad, no solo la chilena, es cierto, pero ella será nuestro punto de mira privilegiado, están empujando a una recomposición de los principios relacionales a partir de los cuales se organizaban las relaciones entre las personas y entre estas y las instituciones, y, en este contexto, la cuestión de la autoridad es un tema álgido. Es álgido por la importancia que ella tiene tanto para hacer posible el desarrollo de muchas tareas sociales como, más profundamente, para hacer posible la vida social misma. Es un tema álgido, además, porque los momentos de recomposición nos abren a la posibilidad de salidas promisorias pero, también, a la amenaza de derivas más bien amenazantes como retornos autoritarios o ensayos totalitarios. Es esta urgencia la que nos recomienda detenernos a analizar con tranquilidad y rigor el escenario en el que nos encontramos. Es esta urgencia la que nos exige establecer los nudos críticos que de no ser resueltos podrían conducirnos a desenlaces más bien erosivos. Es esta urgencia la que nos impulsa a establecer los desafíos que enfrentan y las respuestas que procuran dar los individuos frente a la necesidad de tener que encarnar de manera ordinaria figuras de autoridad.

Para desgranar estas ideas, defender el argumento y explicitar los puntos de partida de este libro, empezaré por aclarar de qué hablamos cuando hablamos de autoridad, figuras de autoridad y ejercicio de autoridad. Luego me detendré a presentar la modalidad histórica de ejercicio de autoridad en Chile y las corrientes o procesos sociales que están aportando a la reconfiguración de este ejercicio de la autoridad así como a discutir algunos de los nudos críticos que intervienen hoy en esa reconfiguración y que dan densidad a las motivaciones para la realización de este libro.

1. Autoridad, figuras de autoridad y ejercicio de autoridad

Todas las sociedades están constituidas por asimetrías de poder. Esto quiere decir que hay alocaciones de poder, como las llama Coser (1956), diferenciales entre sus miembros. Poder, tal como lo ha sugerido Norbert Elias, podemos entenderlo como aquello que me habilita para actuar y tener márgenes de decisión, y por medio del cual tengo la capacidad de influir en mi autodirección, pero también en la de otras personas (Elias 1994). Un poder que puede estar vinculado con la dotación que se posea, ya sea de dinero, capacidades cognitivas, la fuerza física, el prestigio o la belleza física.

Como estas alocaciones de poder no son inamovibles, ellas están potencialmente sujetas a las disputas de los actores. Este hecho hace que las sociedades sean intrínsecamente conflictivas. Pero, como ninguna sociedad sobrevive en estado de guerra permanente, tal como la filosofía política, la historia, el psicoanálisis o la sociología lo muestran, las sociedades intentan evitar que esto acontezca. Lo hacen de maneras diversas. Lo hacen poniendo a raya la posibilidad del conflicto, ya sea con medidas represivas o con controles estrictos. O, asimismo, buscando regularlas por medio de la generación de concepciones de justicia social, o por medio de la ley y el derecho, por ejemplo, buscando evitar la concentración de la riqueza y promoviendo la redistribución, o penalizando el abuso de poder de los empleadores sobre los empleados, para mencionar solo algunos de los muchos casos posibles. También, en un tercer camino, cada sociedad desarrolla un conjunto de mecanismos de gestión específicos de estas asimetrías de poder que se despliegan a nivel de las relaciones e interacciones ordinarias de las personas. Estos mecanismos son variados, entre ellos se puede contar a la cortesía, el respeto, la sociabilidad, o los usos de la violencia, y, por supuesto y especialmente, la autoridad (Goffman 2001; Sennett 2006; Da Matta 2002 ; Gould 2003; Araujo 2021).

Pero estas asimetrías de poder tienen otra cara: son indispensables para el desarrollo de un conjunto de tareas sociales, como criar un niño o gobernar un país, para mencionar solo dos. Y aquí aparece toda la esencial importancia de la autoridad para la vida social. ¿Por qué? Porque el fenómeno de la autoridad permite gestionar estas asimetrías de poder que son funcionales para cumplir las tareas sociales sin violencia, sin coacción física y contando con la anuencia de aquel a quien se dirige. En este sentido, la autoridad es un fenómeno relacional. La autoridad es aquello que acontece cuando alguien o una voluntad influye en las direcciones que toman los juicios o las acciones de otra persona o voluntad, sin que, como diría Kojève (2004), esta persona ponga resistencia pudiendo hacerlo. Esto último es muy importante. Si no tengo la opción de oponer resistencia no estamos ante el fenómeno de autoridad, sino frente al de coerción o coacción directa. Pero, además, si en la manipulación o la alienación el sujeto no tiene conciencia de estar siendo influido por otra persona o voluntad, en las relaciones de autoridad, en cambio, lo que la distingue es que esa capacidad de otro de influir en las orientaciones de mis actos o en mis juicios se produce con un conocimiento de mi parte que esa influencia o impacto está aconteciendo.

Lo anterior por supuesto no anula el potencial uso de este mecanismo para beneficio privado o de un grupo de interés. No le quita el potencial de dominación que virtualmente comporta. Pero no se restringe a ello. Ella puede, sin duda, estar al servicio de estrategias de sujeción, aunque no necesariamente este será su destino. Su carácter es ambivalente y su destino está siempre abierto. Sin embargo, es esencial recordar que un aspecto sustancial de la autoridad tiene que ver con permitir formas relativamente pacificadas de llevar a cabo tareas sociales que requieren el mantenimiento de asimetrías de poder y su eventual producción en términos de jerarquías. Muchas de las tareas sociales, las más ordinarias, se sostienen en el fenómeno de la autoridad. En ese sentido, la autoridad no es un tema que toque solo a las élites, a los dirigentes o a los poderosos. El ejercicio de la autoridad es un rendimiento que todos debemos enfrentar de manera ordinaria y cotidiana. Todo lo que tiene que ver con autoridad nos atinge a todos y cada uno o una de nosotros.

Ahora bien, para el cumplimiento de estas tareas sociales, en las sociedades existe un conjunto de figuras designadas que solemos llamar figuras de autoridad. Se trata de posiciones establecidas desde el exterior y como producto social colectivo. Esto quiere decir que se producen lugares designados socialmente que están establecidos para cumplir ciertas tareas sociales (enseñar, gobernar, curar, organizar, etc.). Son de autoridad, porque el cumplimiento de estas tareas requiere influir y/u orientar las acciones o juicios de otros (como un maestro o maestra en una sala de clases, por ejemplo). Para hacerlo posible, las sociedades atribuyen a estas posiciones una jerarquía y las dotan de poder, pero con un conjunto generalmente definido de habilitaciones y restricciones para su uso. Estas figuras sociales de autoridad son, a su vez, encarnadas por individuos, los que deben ser capaces de cumplir las tareas encomendadas por medio del ejercicio de la autoridad que les supone la posición que ocupan. Así, la autoridad no solo es relacional, sino que implica una dimensión interactiva, es decir que se concreta y realiza en el contexto de interacciones específicas.

El despliegue concreto del ejercicio de la autoridad, por cierto, no es homogéneo ni está estrictamente pauteado. Este comporta grados de contingencia e involucra la agencia individual. Pero, al mismo tiempo, y esto es esencial, las formas de ejercicio responden a ciertos patrones comunes en una sociedad y momento histórico.

En el momento de ejercer la autoridad, los individuos que encarnan estas figuras de autoridad, interactuando con aquellos a quienes va dirigido este ejercicio, producen una escena cuyas formas son influidas por la acción de cuatro componentes (Araujo 2021).

En primer lugar, la dotación de poder socialmente asignado que porta tanto el que ejerce la autoridad como aquel al que va dirigida, lo que da cuenta de los posicionamientos y dinámicas de los actores presentes en la escena de autoridad. Es distinto «si la posición que ocupa el que la ejerce está respaldada por una fuerte habilitación para la acción, así como también se observan diferencias dependiendo de las atribuciones de poder de aquel a quien este ejercicio se dirige».

En segundo lugar participan los medios a partir de los cuales los que ejercen la autoridad sostienen su propia posición, es decir, medios que los ayudan a ejercerla al autorizarlos: los soportes al ejercicio de la autoridad. Estos se definen en función de la tarea social y del tipo de relación de la que se trate, pero también de las definiciones sociales de lo considerado valioso «para cada caso de figura de autoridad», por ejemplo, los conocimientos o saber sobre una materia cuando se es profesor, o una superioridad moral basada en lo intachable de mi conducta cuando se trata de un jefe espiritual, para dar solo dos. Lo soportes de la autoridad van variando en el tiempo, como lo muestra bien la contribución a este texto de Lucía Dammert y Jennifer Morgado sobre la policía de investigaciones, en la que de una autoridad sostenida en la estructura normativa jerárquica y en lo estatuido va dando paso a una autoridad sostenida en sus rendimientos.

El tercer componente que contribuye a dar forma a la escena del ejercicio de la autoridad son los dispositivos y modalidades. Esto implica, por un lado, los instrumentos o artificios (información, orientación, o amenaza virtual o velada) de los que se sirve el que ejerce la autoridad para alcanzar su objetivo, los que se definen en función del tipo de relación, los principios normativos o valores de una sociedad, comunidad o grupo. Por otro lado, supone por formas consuetudinarias, distintivas y regulares de desempeño en la escena de autoridad.

El cuarto y último es el entramado estructural (factores especialmente pregnantes que participan en dar forma a las maneras que toma una sociedad) y las lógicas sociales (los principios que subyacen a las dinámicas de las relaciones entre los miembros de una sociedad) propios de una sociedad en un momento histórico. Ellos intervienen en la escena de autoridad entramándola con las coerciones, marcos de acción y principios relacionales generales que configuran las prácticas sociales en una sociedad. Por ejemplo, estableciendo posibilidades diferenciales, según sector socioeconómico, de contar con los soportes necesarios para el ejercicio de la autoridad parental, como lo discute el capítulo desarrollado en colaboración con Camila Andrade incluido en este libro.

Así, este ejercicio de la autoridad no es un rendimiento que responda a rasgos puramente individuales (aunque sin duda ello intervenga), ya que las modalidades de ejercicio de la autoridad son rendimientos sociales, varían históricamente y toman forma en el entramado social y cultural de cada sociedad.

2. Modalidad histórica de la autoridad en la sociedad chilenay su impugnación

En Chile, el tipo de ejercicio de la autoridad más importante y extendido que las personas reconocen es el llamado ejercicio autoritario de la autoridad (Araujo 2016). Un tipo de ejercicio que ellas señalan, y el material histórico muestra, tiene una larga permanencia histórica en el país.

Esta forma histórica de ejercicio de la autoridad, aún vigente en la sociedad chilena, se caracteriza, por un lado, por el ejercicio de autoridad discrecional y «fuerte». De esta manera, un elemento esencial en el ejercicio de la autoridad es hacer alarde de la fuerza o poder potencial que se posee. El ejercicio de la autoridad, de manera generalizada, implica un despliegue de signos acerca de la fuerza potencial del que la ejerce. «Hablar fuerte», «hablar cortante» o mostrar de manera más o menos sutil las consecuencias que devendrían de la desobediencia (como la amenaza frecuente en espacios de trabajo: «Hay mucha gente por allí buscando trabajo»), son algunas de las formas concretas en que ello aparece. Este es un rasgo que tiene variadas consecuencias: por ejemplo, el hiperpunitivismo al que se tiende a asociar el ejercicio de la autoridad: eso de que para que se hagan las cosas hay que amenazar con sanciones; o la tendencia a considerar que todo se arregla con castigo y mientras más duro mejor.

Pero este ejercicio autoritario de la autoridad está, además, caracterizado por una exigencia de «obediencia maquinal». Esto quiere decir que no hay interés por que el otro entienda de lo que se trata, o de lograr su conciliación con lo que se hace. Lo esencial es que, simplemente, obedezca. Maquinalmente obedezca. Todo ello implica que más que cuidar la legitimidad de la propia posición de aquel que ejerce la autoridad, lo fundamental es demostrar que se es capaz de hacerse obedecer. Lo que me sostiene como autoridad es el logro de esa obediencia. Esta fórmula de obediencia maquinal da características particulares también a la obediencia. Las obediencias suelen ser consentidas (acepto obedecer), pero no conciliadas (estoy conciliado con el hecho de obedecer). La obediencia se rige con frecuencia más bien por juegos estratégicos. Más pragmática que ética.

Se trata, como es fácil de ver, de un modelo en el que prima una lógica verticalista y jerárquica rígida, en el que la autonomía no constituye un principio rector en la visión que se tiene del otro a quien se dirige la autoridad. Por tanto revela un carácter fuertemente tutelar con aquel a quien se dirige el ejercicio de la autoridad.

Es este modelo el que ha sido puesto en cuestión, sin que necesariamente haya desaparecido, como discutiré luego, ni en las prácticas ni en las representaciones de las personas acerca de lo que es una modalidad eficaz de ejercicio de autoridad.

Ahora bien, no solo en Chile sino en el mundo occidental hacia la mitad del siglo XX, y en particular desde la segunda parte de los años 1960, se inicia ya una discusión acerca de signos de debilitamiento de este modelo de la autoridad. Sin embargo, no es sino hasta recientemente que esta puesta en cuestión de las formas convencionales de entender la autoridad alcanza gran intensidad y genera crecientemente preocupación. Esta preocupación se liga con que esta transformación pasa de dar principalmente forma a grandes cambios culturales en valores y estilos de vida, a afectar el funcionamiento de las instituciones y a vincularse con signos de problemas mayores para el desempeño en las tareas sociales en las que la autoridad está fuertemente convocada, como, por ejemplo, en la transmisión intergeneracional en las escuelas, en la crianza de los niños, en las relaciones con las llamadas fuerzas del orden o de seguridad o en el ejercicio de la autoridad política.

En el caso de Chile, la puesta en cuestión de la autoridad acontece por la acción de un conjunto de corrientes que en temporalidades distintas, pero de manera simultánea, atraviesan la sociedad.

¿Cuáles son esas corrientes y de qué manera cuestiona cada una de ellas la autoridad que conocíamos? Vale la pena mencionar algunas especialmente importantes.

Las expectativas de horizontalidad

Esta corriente tiene que ver con la expansión y profundización de algunos de los principios e ideales a partir de los cuales juzgamos y buscamos orientar la vida social.

La investigación empírica desarrollada para el caso de Chile ha mostrado que una nueva promesa de igualdad se extendió a partir de la década de 1990 como efecto combinado del discurso de la ciudadanía, la noción de derechos y el principio de igualdad (Araujo 2009). Estas promesas, movilizadas en el discurso y acción de actores muy diferentes como el Estado o los movimientos sociales entre otros, se inscribieron en las personas, quienes reconocían a la igualdad como un auténtico y activo ideal social. La igualdad, lejos de ser un valor a disposición de algunos actores colectivos o de «vanguardias» iluminadas, aparecía como una referencia presente y constante en el juicio y evaluación que hacían los individuos ordinarios de las experiencias cotidianas que tenían en su sociedad. Pero, los resultados también mostraron que la traducción privilegiada de la igualdad que realizaban se situaba de manera extremadamente importante en el ámbito del trato recibido en las interacciones ordinarias.Ello se tradujo en nuevas expectativas de horizontalidad en estas relaciones e interacciones, esto es, en la expectativa de recibir el mismo trato en las relaciones e interacciones cotidianas, independientemente de la posición social, los signos de distinción que podamos movilizar o la relación al poder que podamos ostentar.

Estas expectativas han funcionado de manera muy importante como los lentes a partir de los cuales se juzgan las relaciones sociales. Ellas han aportado a poner en cuestión y considerar inaceptables formas de trato entre grupos e individuos que se encontraban históricamente legitimadas en el país, como, por ejemplo, los privilegios indebidos en razón de superioridades naturalizadas como el apellido, pero también, y esto es esencial para nuestro argumento, las formas de gestión de las jerarquías, lo que involucra centralmente las formas de ejercicio de la autoridad en el país. Bajo la lupa de las expectativas de horizontalidad, las personas leyeron estas formas usuales e históricas de ejercicio de autoridad como autoritarismo y las hicieron blanco de críticas. Así, las jerarquías, o una concepción de las jerarquías y su gestión, una jerarquía rígida y verticalista, fueron puestas en cuestión, en la medida en que contravenían las expectativas de horizontalidad surgidas a la luz de la nueva ola expansiva del principio de igualdad. El trabajo de revisión histórica de Pablo Neut sobre la autoridad pedagógica en la escuela y el de Rosario Fernández sobre la transformación de la relación entre dueñas de casa y trabajadoras domesticas en las generaciones más jóvenes, incluidos en este volumen, son evidencias prístinas de estos procesos y sus tensiones.

Los procesos de individualización

Chile, como otras diversas sociedades, ha sido afectado por importantes procesos de individualización, en el sentido de la profundización de la tendencia de las sociedades a concebirse como orientadas hacia los individuos pero, también, por el fortalecimiento de los impulsos a la producción de sí de los actores sociales como verdaderas individualidades. En el caso de Chile, estos procesos de individualización se han vinculado con los procesos de instalación de lo que se suele denominar el modelo neoliberal en curso desde hace al menos cuatro décadas, los que modificaron no solo los principios de la economía sino las expectativas sociales respecto de los individuos. A estos se les ha empujado a sostenerse a partir de su propio esfuerzo; a resolver los desafíos de la vida social de manera individual a falta de soportes institucionales firmes; y se los ha impulsado a desarrollar visiones competitivas de la vida social en las que lo individual prima. Todo ello ha agudizado la presión por su constitución como hiperactores (Araujo y Martuccelli 2012). Estos procesos han tenido como efecto una renovación de las exigencias, pero también de la autorrepresentación de los actores sociales como individuos individualizados. Un efecto muy importante de estos procesos de individualización es, por cierto, una aumentada valoración de la autonomía y un rechazo a formas tutelares de tratamiento, esto es, a ser tratado como alguien sin capacidad de discernimiento suficiente, lo que autoriza a decidir por él, como lo discuten con precisión en relación con las figuras de autoridad médica, por ejemplo, Paulina Bravo, Alejandra Martínez, Loreto Fernández y Angelina Dois en su contribución a esta publicación. Formas tutelares que han sido uno de los rasgos principales del ejercicio de autoridad autoritaria y su exigencia de obediencia maquinal presente en el país. El fortalecimiento de la autonomía ha nutrido el rechazo a la forma tutelar convencional de ejercicio de la autoridad.

Pero, al mismo tiempo, la individualización y este aumento de relevancia de la autonomía, en su mixtura con la acción de los ideales de sujetos neoliberales, han conducido a que en muchos casos la autonomía sea concebida como una suerte de autonomía sin colectividad (sin relación con el otro). Esto ha implicado la aparición de una mayor resistencia, o al menos irritación, respecto a situaciones, no solo tutelares, sino más allá de ello, situaciones en las cuales lo que está en juego es la subordinación de la propia voluntad a la de otro. Una relación que, como ya vimos, es el fundamento de la escena de la autoridad. Así, existe una tensión evidente entre la exigencia a acentuar la propia individualidad y su singularidad, y la exigencia de obediencia o acatamiento. Como lo muestran resultados de investigación, esto se expresa en que las personas tienden a experimentar, muchas veces, las situaciones de obediencia como una suerte de peso y hasta de humillación (Araujo 2016).

Las transformaciones en las alocaciones de poder

Asistimos en Chile, al igual como en muchas otras sociedades, a la modificación de las atribuciones de poder que solían adjudicarse a ciertos grupos de individuos sobre otros, lo que ha ido de la mano con un debilitamiento de los estereotipos actuantes en lo social que participaban en mantener la composición y dinámica de las relaciones sociales. Estas transformaciones son visibles, por ejemplo, en los impulsos a la transformación de las atribuciones de poder entre hombres y mujeres; de los adultos sobre los niños; o de los heterosexuales sobre individuos con otras opciones sexuales. Una recomposición que ha tomado forma ya sea como protecciones jurídicas, sanciones morales o transformaciones representacionales. Estas transformaciones han tenido como efecto que modos tradicionales de estructuración de las jerarquías y su gestión sean impugnadas. En primer lugar, han transformado el paisaje mismo de las asimetrías de poder, influyendo en la autorrepresentación de las personas y por tanto en sus expectativas de trato, pero también de lo que se considera aceptable o inaceptable en las interacciones. Con ello han puesto en cuestión jerarquías que aparecían como naturalizadas. Pero, en segundo lugar, estas modificaciones del paisaje de asimetrías de poder han hecho que formas de ejercicio usualmente indiscutidas de autoridad basadas en esta distribución diferencial de poder entre grupos como, por ejemplo, la autoridad patriarcal, perfil base de la autoridad tradicional, hayan sido puestas en cuestión.

Las nuevas tecnologías

La sociedad chilena ha sido impactada por los avances tecnológicos y el manejo de la información que afectan globalmente a las diferentes sociedades. Estas nuevas herramientas tecnológicas han tenido al menos dos efectos sobre la autoridad que conocíamos. Primero, gracias al avance de formas más fácticas de impactar sobre la orientación de nuestras conductas, sin hacerla desparecer, ponen en cuestión el peso relativo de la autoridad relacional. Ello afecta el rol tradicional de las figuras de autoridad como la del policía de tránsito o la del jefe, como lo discute el texto de Stecher y Soto sobre las transformaciones en las jefaturas, incluido en este volumen. En segundo lugar, las nuevas tecnologías ligadas al internet promueven la idea de acceso radical a la información y, por ende, impulsan un imaginario de igualitarización homogeneizante. Si ello ha sido leído como una buena nueva para la democratización social, por otro lado es preciso reconocer que pone en cuestión una de las dimensiones centrales en juego en la autoridad: su justificación basada en el rol que se adjudicaba a estas figuras de mediación entre las personas o entre ellas y las cosas como, por ejemplo, en el caso de la figura del médico, del profesor o incluso de los medios de comunicación tradicionales. Las nuevas tecnologías abren a la idea de que esta mediación es innecesaria.

En breve, las corrientes mencionadas (las expectativas de horizontalidad, la individualización, el cambio en las alocaciones de poder y las nuevas tecnologías) interrogan a la autoridad tal como la conocíamos, porque ponen en cuestión dimensiones constitutivas de la autoridad: la noción de jerarquía estable, rígida e indiscutible asociada al modelo de «autoridad fuerte»; las formas tutelares de la autoridad vinculadas con la exigencia de «obediencia maquinal»; la arquitectura existente de las atribuciones de poder social y por tanto la justificación de ciertas jerarquías que aparecían como naturalizadas; la importancia de los roles y figuras de autoridad relacional; y la función de mediación como soporte de la autoridad.

3. Los nudos críticos

El destino de esta reconfiguración está abierto. Es la propia sociedad la que irá definiendo hacia dónde apuntará el desenlace. Pero lo que es posible señalar, a partir de resultados de investigación en curso sobre la transformación de la sociedad chilena y sus individuos en estas últimas dos décadas, es cuáles son los desafíos que deberemos resolver para tener la posibilidad de sortear con éxito este momento. Los estudios revelan que un ideal democrático y dialogante de la autoridad parece extenderse cada vez más. Pero, al mismo tiempo, que este ideal surge en constelaciones más bien contradictorias. La concreción en términos de práctica de este ideal está obstaculizada porque las personas no encuentran una manera de transformar el ideal en un modelo práctico de ejercicio de la autoridad (Araujo 2016). La consolidación de este ideal no está para nada asegurada, debido a la existencia de un conjunto de nudos críticos.

Para empezar, en Chile, si bien hoy tenemos un gran rechazo a las formas de ejercicio de la autoridad históricas, lo cierto es que todavía se mantiene en muchos, y esto atraviesa generaciones, clases sociales e ideologías, la convicción de que esa forma tradicional autoritaria del ejercicio de la autoridad es la única realmente eficaz. No es la adecuada, pero es la eficaz.

El modelo se encuentra fuertemente sometido a críticas, como vimos, por el surgimiento de expectativas de horizontalización y por la valorización de la autonomía que recorren la sociedad, pero, y esto es esencial, las personas continúan creyendo y teniendo la experiencia que la forma de ejercicio autoritario de la autoridad es, en última instancia, lo que les permitirá no fracasar en su intento de ejercer la autoridad. Tras esta creencia se encuentra el temor a ser desbordado por aquellos sobre los que se debe ejercer autoridad. Si no ejerces una autoridad fuerte «van a subirse hasta los codos» y van a defenestrarte en cuanto autoridad. Es este temor el que hace que el recurso a una «autoridad fuerte» sea constante y perviva a pesar de las críticas.

Estamos, así, frente a una colisión entre elevadas expectativas democratizadoras y la convicción que más vale conservar la autoridad autoritaria pues no hay otra cosa que funcione. Este es un nudo crítico de la reconfiguración de las formas de ejercicio de autoridad que explica en buena medida, para dar tres ejemplos, los movimientos pendulares que podemos encontrar hoy en la opinión pública, las formas muchas veces poco coherentes de enfrentar el ejercicio de la autoridad parental o las oscilaciones discursivas y actitudinales de los y las militantes respecto al ejercicio de la autoridad dentro de las organizaciones políticas partidarias, como discuten Isidora Iñigo y Nelson Beyer en el capítulo final de este libro.

Un siguiente nudo crítico tiene que ver con el fortalecimiento de la lógica de confrontación de poderes en la manera en que se organizan las relaciones sociales. Una breve digresión me ayudará a aclarar este punto. Las expectativas de horizontalización, que se instalaron gradualmente desde los años noventa en adelante, se toparon con que la experiencia de las personas les decía que existían lógicas sociales que organizaban las relaciones sociales que desmentían las promesas de igualdad. Estas eran la lógica de la jerarquía naturalizada, la lógica de los privilegios, la lógica del autoritarismo y la lógica de confrontación de poderes (Araujo 2009). Las tres primeras han sido fuertemente cuestionadas en las últimas décadas. Esto se ha expresado, por ejemplo, en un sentimiento antielitario, en el aumento de la sensibilidad y rechazo al nepotismo o a la corrupción, o en la puesta en cuestión de formas abusivas de uso del poder. Sin embargo, la última lógica, la de confrontación de poderes, al contrario, se ha potenciado. Lo ha hecho debido a que como nos encontramos en un momento de recomposición de los principios que ordenan nuestras relaciones sociales, los códigos que ordenaban esas relaciones han entrado en una zona de incertidumbre, lo que abre a un conjunto de disputas. Esto es algo que uno puede graficar bien con el dilema del último asiento del Metro. Si antes parecía claro quién tenía la preminencia para su uso, hoy no es más claro. El estudiante piensa que su cansancio lo justifica para usarlo más que la persona mayor que recién sale de su casa, el hombre mayor piensa que le toca por sus privilegios etarios y así sucesivamente. Esta incertidumbre e inestabilidad de los códigos hace que en cada interacción se ponga en juego la jerarquía de las atribuciones que cada cual tiene. Así, las interacciones ordinarias se convierten en situaciones abiertas a disputa. La lógica de confrontación de poderes refiere, precisamente, al hecho que, en las interacciones ordinarias, el uso desregulado del poder y la confrontación para dirimir quién tiene más poder son la clave para definir el acceso a bienes o las prerrogativas de su uso, pero, también, el propio lugar social. Lo anterior supone considerar que cada situación social se decidirá en función de las magnitudes de poder (simbólico, físico, económico, etc.) que se puedan movilizar respecto a quien está delante. Como dirá un entrevistado en uno de nuestros estudios, «el más fuerte le pone el pie al más débil», no importando de qué tipo de relación se trate, el que puede «siempre pone la pata encima a alguien». Lo esencial para este argumento: la permanencia y profundización de esta lógica resulta sumamente erosiva para la posibilidad de encontrar formas de ejercicio de autoridad de nuevo cuño, porque de manera directa refuerza a la autoridad fuerte o autoridad autoritaria.

El último nudo crítico que se debe mencionar tiene que ver con que, como efecto de la larga permanencia de esta forma de autoridad autoritaria, las personas tienden a hacer una equivalencia constante entre autoridad y autoritarismo. Dos ejemplos pueden servir para explicar lo anterior. Cuando, en el contexto de una investigación, les pedíamos a las personas que habláramos sobre autoridad, ellas con abrumadora frecuencia respondían: «¡Ah ya!... Quiere que hablemos de autoritarismo». Otro, ejemplo: al relatar cómo enfrentaban la crianza de los niños, muchos padres y madres mencionaban cosas simples de la disciplina ordinaria y requerida para el bienestar de sus hijos, por ejemplo, no permitir a sus hijos pequeños quedarse hasta muy tarde despiertos frente a una pantalla, pero al terminar su relato solían incluir frases de excusa con un cierto azoro, como «bueno, es que tengo algo de autoritario».

Esta equivalencia entre autoridad y autoritarismo ha conducido a que muchas veces los esfuerzos por terminar con el autoritarismo sean entendidos como acabar con toda autoridad. Y, en muchos casos, la ansiedad por la posibilidad de ser catalogados como autoritarios, conduce a renunciar a ejercer la autoridad. Esto es problemático. Si hay razones de peso, como he intentado poner en evidencia, que pueden explicar el cuestionamiento a una autoridad autoritaria, una cosa distinta es el rechazo al ejercicio de la autoridad. La autoridad es un mecanismo social extremadamente importante para el desarrollo de un conjunto de tareas sociales y para hacer posible las interacciones sociales. Cargar negativamente la noción de autoridad, y con ello angostar las posibilidades de su despliegue, es no solo desestabilizar la capacidad de cumplir con tareas sociales indispensables, sino que también es abrir la puerta a la victoria de los más fuertes, pues sus efectos servirán para justificar el despliegue de formas aún más autoritarias.

Son estos tres impasses (la creencia en la eficacia de la autoridad autoritaria, la confrontación de poderes y la equivalencia entre autoridad y autoritarismo) los que, resulta evidente, vamos a tener que enfrentar para que un tipo de ejercicio autoritario de la autoridad que nos ha acompañado históricamente pueda dar paso a una modalidad más virtuosa, esto es, a una modalidad que permita un tipo de ejercicio de autoridad que consideremos más aceptable, más digno y más en sintonía con los individuos que somos y los ideales que nos habitan. Para llegar a ello deberemos ser capaces como sociedad de superar nuestros miedos a los subordinados; dejar de confiar en que la movilización de la fuerza virtual o real es el gran y más eficaz recurso social para dirimir las situaciones e interacciones sociales; y evitar la seducción de abdicar a nuestra responsabilidad ordinaria de ejercer la autoridad.

La tarea no es simple, pero es indispensable porque los riesgos son grandes, como los acontecimientos del mundo parecen mostrar. Por un lado, el fortalecimiento de formas de regulación social de carácter autoritario basadas en el máximo control y el uso de la fuerza, ya sea apoyadas en los avances tecnológicos o en la amenaza virtual o real de la violencia. Por otro lado, tendencias autoritarias que se pueden observar en las relaciones entre individuos y grupos, expresadas de manera clara en la proliferación de formas violentas e intransigentes de producción y resolución del conflicto social entre grupos e individuos, como por ejemplo en las llamadas «funas». Finalmente, inclinaciones a desconocer el papel indispensable de la autoridad en la vida social, y con ello no solo el rechazo, sino la consecuente renuncia a ejercerla.

Descrito el vendaval, ahora toca acercarse muy brevemente a la manera en que este libro se propone aportar no solo a comprenderlo sino a enfrentarlo.

***

Este texto busca dar cuenta de la dificultad que encierra el ejercicio de la autoridad en un momento histórico en que la asignación social de poder de los actores y en el que los soportes así como los dispositivos del ejercicio de la autoridad históricamente presentes, aunque no han desaparecido, se han puesto en cuestión sin que modelos consensuados respecto de este ejercicio hayan aparecido. Para ello estudia distintas figuras de autoridad (dueñas de casa, padres y madres, maestros y maestras, jefaturas, personal de salud, policías y miembros de organizaciones políticas) estableciendo la manera en que sus ejercicios se ven desafiados y sus respuestas a estos retos toman forma. Con una progresión que va de lo más doméstico hasta los espacios más públicos, intenta, además, dar cuenta de la manera en que la cuestión de la reconfiguración de la autoridad y sus desafíos para las figuras sociales de autoridad atraviesan la sociedad al mismo tiempo que, sin embargo, se constituye de manera distinta en función de la esfera social y de la tarea social de la que se trate. Cada texto reconstruye los rasgos particulares de la relación que estudia e intenta dar cuenta de las direcciones de su reconfiguración, de las tensiones que atraviesa, de las perspectivas que se abren y de cómo en este contexto los individuos concretos comprenden, se relacionan con, y ejercen la autoridad que la figura que encarnan les exige. Aborda, así, el problema de la autoridad a partir de una perspectiva particular: las maneras específicas en que los individuos que deben encarnar muy distintas figuras de autoridad enfrentan la tarea de ejercerla articulando expectativas y constricciones, reproduciendo viejas prácticas o inventando los modos en que ella se está reconfigurando. Partiendo de los individuos, se propone entender las dinámicas más globales que están participando en la reconfiguración del ejercicio de la autoridad.

Las diferentes contribuciones que componen este trabajo están sostenidas en proyectos de investigación específicos, que son descritos en cada capítulo, pero se han nutrido de la conversación y el trabajo en conjunto desarrollado en el marco del Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder2, un espacio de trabajo que ha sido posible gracias al enorme compromiso, generosidad y respeto de un nutrido grupo de investigadores e investigadoras. Estas contribuciones comparten, por ello, la comprensión de la noción de autoridad; el diagnóstico de la encrucijada en que se encuentra el ejercicio de la misma dado el momento histórico que define la sociedad chilena, el que ha sido presentado de manera somera en estas páginas; y la pregunta por las formas específicas en que esta problemática se presenta a nivel de actores concretos. Este hilo, por supuesto, se entrama en las lenguas y visiones particulares de las que hacen uso cada uno de los y las autoras.

A estas contribuciones las acomuna, también, la convicción respecto de la necesidad urgente de abordar los nudos críticos que han sido descritos y que alimentan, tanto, el pesimismo. No obstante, como percibir las nubes oscuras en el horizonte no significa resignarse a una lectura catastrófica de lo que nos espera, estos textos comparten al mismo tiempo la convicción que poner luz al horizonte será resultado de nuestra vigilancia crítica. Una vigilancia crítica sobre los otros, especialmente aquellos que tienen mayor habilitación para influir en las formas que toma nuestra vida social. Pero, también, y simultáneamente, sobre nosotros mismos y sobre nuestros actos, tanto los más excepcionales como los más ordinarios. Los reúne así, y por sobre todo, la misma ambición de aportar con lo que nuestro trabajo de investigación nos entrega para aquella vigilancia crítica. Lo hacemos con la esperanza que la inflexión en la que hoy nos encontramos nos conduzca, por mediación del trabajo ordinario de cada cual, a alcanzar, como diría con acierto Avishai Margalit, una sociedad más decente.

Bibliografía

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1 Profesora titular, Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile. Fue Directora del Centro Núcleo Milenio «Autoridad y Asimetrías de Poder» (NUMAAP), ANID-Programa Iniciativa Científica Milenio, código NCS17_007.

2 Proyecto ANID-Iniciativa Milenio NCS17_007.

Capítulo IDueñas de casa y trabajadoras domésticas.El ejercicio de la autoridad, trabajo emocionaly nuevos repertorios

Rosario Fernández Ossandón3

1. Introducción

Nuestra sociedad vive hace al menos tres décadas profundos procesos de transformación en términos normativos, marcados por la demanda de expansión de los principios democráticos que ponen a la dignidad, la igualdad y la horizontalidad como elementos articuladores de las relaciones entre los individuos y entre individuos e instituciones (Araujo y Martuccelli 2012). Esto lo observamos en el mundo del trabajo, la política institucional, los usos del espacio público y el ámbito familiar, donde cada vez más los individuos han hecho suyas las nociones de derechos, ciudadanía e igualdad. Estas ya no como nociones abstractas sino «encarnadas e interactivas», es decir, que se materializan en las relaciones y experiencias cotidianas donde existen expectativas de horizontalidad. Como explica Kathya Araujo: «Se trata de expectativas de recibir un trato horizontal por parte de los otros concretos o las instituciones, en el que haya un reconocimiento del sustrato de igualdad fundante entre miembros de una sociedad, expresado en formas respetuosas, dignas o consideradas de tratamiento en las interacciones ordinarias. Es una expectativa que se expresa tanto en las relaciones simétricas (entre colegas o transeúntes) como en las asimétricas (de parte de los superiores jerárquicos o de las autoridades)» (2017: 7).

Específicamente en el ámbito familiar vemos un proceso de destradicionalización del rol de las familias y una democratización de las relaciones familiares (Garretón 2000). Ahora, estos procesos conviven con modelos más tradicionales, generando lo que se ha denominado «conservadurismo fracturado» (Martínez y Palacios 2001) o «tradicionalismo moderno» (Valdés y Valdés 2005). Es decir, las familias siguen teniendo un rol fundamental en «…el mantenimiento y la reproducción del orden social» (Araujo y Martuccelli 2012: 144), persistiendo una división sexual del trabajo en su interior, y a la vez que se espera que las relaciones entre sus integrantes se guíen bajo principios democráticos.

Particularmente en la gestión de las relaciones familiares y en el ejercicio de la autoridad entre sus integrantes y en la organización de los hogares (Valdés 2006; Araujo 2016), cabe señalar que se ha acentuado una crítica a modelos tradicionales del ejercicio de la paternidad y maternidad, así como a las formas en que se vinculan los distintos integrantes, ganando predominancia modelos dialogantes y negociadores. Esto ocurre en un proceso de cuestionamiento a la figura de autoridad en general, uno que ha implicado la pérdida de legitimidad de aquella que se sostiene en la tradición para la relación de mando/obediencia, como es la figura tradicional del padre.

En un estudio realizado por Kathya Araujo y Danilo Martuccelli (2012) se evidencia que las relaciones al interior de los hogares se ha vuelto más compleja, especialmente las figuras del padre y de la madre y el lugar de autoridad que cada uno tiene en los hogares. Según los resultados analizados, en este contexto acontecía que «…el padre, que aparecía como todo simbólicamente, resultara en verdad muchas veces casi nada prácticamente…, (mientras que) la madre, autoridad secundaria simbólicamente, resultara paradójicamente figura omnipresente en el mundo práctico y afectivo, fundamento para el establecimiento de dependencias y el ejercicio de poder» (152).

Este análisis implica al menos dos argumentos. Primero, que las mujeres ya tenían un poder reconocido al interior de los hogares y sostenían la autoridad simbólica del padre, pero en los últimos años muchas mujeres dejan de sostener la autoridad masculina y más bien ejercen una maternidad omnipresente que produce su propia autoridad, principalmente respecto a la toma de decisiones en la crianza y a la organización de lo doméstico. Este escenario no deja de ser disonante y complejo para ellas, en particular para aquellas de sectores socioeconómicos altos, grupo en el cual se enfoca este capítulo. Si por un lado viven procesos de individuación donde han actualizado su posición como sujetos de derechos, ocupando lugares de liderazgo y autoridad en la política, el mundo del trabajo y en sus familias (Araujo 2016), por otro lado deben hacer frente a los nuevos discursos sobre la maternidad intensiva (Vergara del Solar, Sepúlveda y Chávez 2018; Murray 2015; Faircloth 2014) que definen el lazo madre-hijo (y especialmente la presencia física constante de las madres en los hogares) como fundamental para la crianza y el desarrollo emocional de los futuros adultos (Araujo y Martuccelli 2012; Macdonald 2010).

Segundo, la autoridad de la madre-omnipresente produce una sobreexigencia en las mujeres, pues junto con sostenerla son las encargadas de producir hogares felices (PNUD 2012), deben auto-producir subjetividades modernas basadas en la idea de la autonomía y deben desarrollar otras funciones fuera del hogar, sobre todo en los lugares laborales y profesionales. Las nuevas exigencias respecto a la maternidad conviven con las exigencias de realización profesional y la existencia de tiempo libre para la construcción de sí. Como señalan Araujo y Martuccelli (2012): «…la maternidad se ha complejizado dando forma a un conjunto de nuevas tensiones (…) el papel que tiene para ellas una figura ideal de madre omnipresente extremadamente exigente (…) que debe conjugarse con condiciones estructurales que impiden la concreción de un tal afán (la exigencia de entrar y responder a las demandas del mercado de trabajo) y de la aparición de nuevas expectativas de la construcción de sí que van desde el éxito profesional al anhelo del tiempo libre» (152-3). Hoy las mujeres deben simultáneamente ejercer los roles de madres, esposas, dueñas de casas, trabajadoras, profesionales y sostenedoras de la economía familiar y de las redes de cuidado, lo que puede generar conflictos y nuevas tensiones en un contexto de falta de servicios de cuidado brindados por el Estado o por los lugares de trabajo, además de la aún precaria redistribución de las tareas domésticas entre padres y madres (Acosta 2015; Arriagada y Todaro 2012; Valdés 2008).

Es en el contexto de estas complejidades y sobreexigencias que las mujeres buscan, ensayan y problematizan las formas en que gestionan estas múltiples demandas y su lugar de autoridad con los distintos integrantes del hogar, tarea no fácil pues los sujetos reconocen la falta de repertorios para pensar y ejercer la autoridad en las relaciones familiares que se esperan sean más democráticas y horizontales (Araujo 2016 y 2021). Las mujeres experimentan diversas emociones en este nuevo escenario, entre ellas el cansancio y angustia por tener que cumplir con todos estos roles, sin necesariamente saber cómo ejercer su nueva dotación de poder en el ejercicio de la autoridad dentro de las familias.

La contratación de una trabajadora doméstica es una estrategia central para las mujeres de clases acomodadas, pues les permite delegar parte de las sobreexigencias que experimentan y realizar sus prácticas e identidades «modernas» sin por ello abandonar los arreglos tradicionales de cuidados en sus hogares. De acuerdo a estudios anteriores (Fernández 2018), ellas contratan a trabajadoras domésticas no solo para el apoyo cotidiano en la gestión de los hogares, sino para también sostener un estilo de vida que, como veremos, implica definiciones normativas de la familia como aquel espacio ideal y armonioso productor de felicidad (Ahmed 2015). Ahora bien, los intentos por democratizar las relaciones familiares no necesariamente eliminan otras formas más tradicionales y jerárquicas de vinculación, especialmente evidentes en las relaciones entre empleadoras y trabajadoras domésticas (Fernández 2018 y 2019). Ahora, estudios recientes muestran que ni las dueñas de casa ni las trabajadoras se sienten cómodas con el vínculo o los modos en que se gestiona este, y que especialmente las trabajadoras producen límites y resistencias a las formas tradicionales de dicho vínculo con el fin de resguardar sus derechos laborales, sus horarios y su vida personal (Staab y Maher 2005 y 2006; Stefoni y Fernández 2011; Fernández 2017 y 2018). Así, el empuje a la reconfiguración y la falta de repertorios sobre cómo ejercer la autoridad a nivel general también es visible en las relaciones entre dueñas de casa y trabajadoras domésticas.

En este capítulo nos interesa abordar las tensiones que sienten las dueñas de casas de sectores socioeconómicos altos respecto a cómo ejercer la autoridad con las trabajadoras domésticas puertas adentro, y comprender que la falta de repertorios es reflejo de transformaciones societales que se condensan en el vínculo dueña de casa-empleadora. Haremos este análisis a partir de la clave de lectura del ejercicio de la autoridad, enfoque que nos permite comprender de otra forma cómo se gestionan las asimetrías de poder que no necesariamente asumen una noción de autoridad como gesto autoritario ni el poder como dominación, lectura predominante tanto en los estudios de género, en la teoría feminista y en las investigaciones sobre trabajo doméstico (Hanrahan y Antony 2005; Allen 2016; Fernández 2021). Como señala Canevaro (2020): «...las visiones negativas sobre el trabajo doméstico remunerado que, procurando denunciar antes que comprender, solo ven relaciones de “explotación” o aun de “esclavitud”» (15-16).

Sostengo que el estudio del ejercicio de la autoridad de las dueñas de casa en su relación con las empleadas domésticas nos permite pensar que la gestión de las asimetrías no se limita a las lógicas de dominación y subordinación –como único modelo interpretativo–, y se aboca a comprender los modos complejos, contradictorios, ambiguos y afectivos en que las dueñas de casa ejercen la autoridad al interior de las familias. Entendemos que la autoridad es de carácter relacional, situada e histórica y que implica la articulación que actores hacen de soportes que se despliegan en mecanismos específicos (Araujo 2021).

En términos metodológicos, el capítulo se basa en el análisis de dos corpus de entrevistas, un primer grupo de 28 empleadoras entrevistadas entre 2014 y 20154, y un segundo grupo de 20 empleadoras entrevistadas durante 2020 en proyectos posdoctorales en el contexto de pandemia COVID-19 y estallido social chileno de octubre de 20195. En ambos casos, las empleadoras fueron seleccionadas por su nivel socioeconómico, lugar de residencia, existencia de hijos/as y tipo de trabajadora contratada. Todas las entrevistadas pertenecen al decil 10 de ingresos (los ingresos per cápita en sus hogares son mayores a 774.525 pesos chilenos) y se autodefinen de clase alta, viven en comunas del barrio alto de la Región Metropolitana (Las Condes, Lo Barnechea, Vitacura, La Reina, Ñuñoa y Providencia) y tienen o habían contratado en algún momento a trabajadoras domésticas en el formato puertas adentro para el cuidado de hijos/as y aseo de las casas. El formato puertas adentro es uno que nos permite indagar en las relaciones y la convivencia cotidiana con un grado de intensidad mayor al caso de las relaciones con trabajadoras puertas afuera, donde se generan otras lógicas y dinámicas. Un criterio fundamental –para comprender las transformaciones normativas y prácticas en las relaciones entre ellas– fue el ciclo de vida, por ello se entrevistaron a mujeres entre 20 y 85 años, lo que posibilita ver las diferencias y resonancias generacionales en las formas de definir, sostener y practicar la autoridad.

Las entrevistas realizadas en 2014-2015 se enfocaron en sus estilos de vida, sus roles como dueñas de casa y madres, sus experiencias con el trabajo doméstico, su percepción y manejo de las diferencias entre ellas y las trabajadoras, el lugar de jefas, y las emociones y afectos respecto a su relación con las trabajadoras. Las entrevistas de 2020 también tomaron estos elementos y se profundizó en el lugar de jefas, específicamente en los soportes discursivos y simbólicos que sostienen su lugar de autoridad, así como en los mecanismos concretos en que se despliega su ejercicio. Las entrevistas de 2014-2015 fueron releídas bajo la perspectiva de la autoridad, especialmente en las definiciones, soportes y justificaciones de la forma de ejercer su lugar de empleadoras/jefas con las trabajadoras, generando las condiciones para una lectura comparada que iluminó continuidades y transformaciones respecto al ejercicio de la autoridad.

Es importante señalar que la estrategia de contratar a una trabajadora doméstica ha sido fundamental a lo largo de la historia de Chile, especialmente para las élites y clases acomodadas que contaban con lavanderas, niñeras, niñas de manos, cocineras, es decir, un número importante de personas a su servicio. Sin embargo, Chile ha vivido un proceso de transformación en la contratación de servicio doméstico. Hoy no solo las clases acomodadas, sino que familias de clases medias y populares también cuentan con apoyo de otras mujeres para hacer frente a las múltiples demandas. Dicho apoyo se genera en diversos formatos: ayuda por día, puertas afuera y/o por funciones específicas. De acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Empleo (2021), 204.653 mujeres son trabajadoras domésticas, de las cuales 33.610 se emplean en el formato puertas adentro, mientras el 50% de las trabajadoras (en ambos formatos) solo ha alcanzado la educación secundaria. Ahora, el porcentaje de mujeres económicamente activas que se dedican al trabajo doméstico remunerado ha disminuido a lo largo de los últimos 30 años, pero se ha mantenido el número bruto. Es decir, persiste un grupo de hogares, sobre todo de sectores altos, que continúan contratando a trabajadoras domésticas en formatos puertas adentro y puertas afuera.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (2015), en Chile un 10% de los hogares cuentan con apoyo de servicio doméstico. Son hogares que tienen un ingreso promedio per cápita mayor (744.130 pesos) que aquellos que no cuentan con este apoyo (278.975 pesos). El 30% de los hogares con mayores ingresos (quintil 5) contratan servicio doméstico, porcentaje que desciende drásticamente por quintil (en el quintil 4 solo el 9%, en el quintil 3 solo 4,6%, en el quintil 2 solo 2,8% y en el quintil 1 solo 3.2%). Respecto al nivel educacional de los hogares, aquellos con mayores niveles de formación cuentan con más servicio doméstico el 31,9% de los hogares con nivel profesional completo, 50,7% de los hogares con posgrado incompleto y 40,8% de los hogares con posgrado completo. Estos datos nos permiten entender que si bien ya no solo hogares de la élite cuentan con servicio doméstico, sigue siendo un apoyo que se concentra principalmente en sectores socioeconómicos altos y que las mujeres que se desempeñan como trabajadoras domésticas son de sectores socioeconómicos bajos y con un bajo nivel educacional, mostrando la importancia de la clase social y el nivel educacional en la estructuración de este empleo.