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Tras huir de la revolución e instalarse en los escarpados acantilados de Nueva Pythos, los Drakolords están ansiosos por castigar a sus usurpadores y recuperar sus dominios. Lo primero que hicieron fue destruir el suministro de alimentos de los calipolanos. Ahora vienen a por sus Jinetes. Annie es la nueva Suprajinete de Calípolis y, aunque su objetivo siempre ha sido proteger a la gente, ser la mano ejecutora del gobierno la ha convertido en el enemigo público número uno. Lee lucha por encontrar su lugar, después de matar a su prima Julia para demostrar su valía ante un líder que le traicionó. Puede apoyar a Annie y a los demás Guardianes... o unirse a los radicales que buscan derrocar al régimen. Griff, un jinete de baja cuna que sirve a Nueva Pythos, sabe que no tiene futuro. Y ahora que ha muerto Julia, la aristócrata que lo había protegido, debe sacrificarlo todo por los señores que oprimen a su pueblo... o forjar un nuevo camino junto a la Suprajinete calipolana. Con el hambre desgarrando Calípolis y los Pythianos decididos a recuperar lo que perdieron, dependerá de Annie, Lee y Griff decidir por qué luchar... y a quién amar.
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Seitenzahl: 751
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Traducción de Javier Fernández Egea
Para mi padre y mi hermano, soñadores como yo.
uno
Julia ha desaparecido y yo estoy de un humor de perros. No ayuda que haga un día frío y húmedo, pero la verdad es que en Nueva Pythos siempre hace este tiempo. Me centro en limpiar pescado en una habitación adyacente a las guaridas de los dragones, al menos hasta que aparece Scully.
–Ha venido a verte un drakolord –me dice el encargado de las guaridas.
Esa es la única cosa que podría fastidiarme el día aún más. Bran y Fiona, los otros dos escuderos a los que les ha tocado limpiar pescado, cruzan una mirada. Estamos cubiertos de raspas y escamas, y sé que el hedor se aferrará a nosotros cuando salgamos de las guaridas. Encima, me voy a perder el único beneficio de preparar la comida de los dragones: no podré llevarme las sobras a casa. Me levanto y me seco las manos con un trapo.
Scully detesta oír mi pronunciación perfecta del drakoniano, y por eso mismo siempre trato de hablarle en ese idioma.
–¿Cuál de los drakolords... –hago una pausa lo bastante larga para que se pregunte si añadiré una marca de respeto–, señor?
El hombre hace una mueca. Mi impertinencia suele darle razones de sobra para ponerme a cargo de la limpieza de pescado. Y, por si eso fuera poco, nuestros clanes se odian.
–Tu maestro –responde en nórico.
Cualquier otro día eso sería una buena noticia, pero hoy preferiría que se tratara de Julia.
Salgo a la balaustrada de fuera, donde me espera Delo Pescavuela.
Cuando era pequeño, los exiliados calipolanos me dejaron atónito a su llegada: todavía recuerdo la palidez fantasmal de los Rompetormentas supervivientes, por no mencionar las facciones atezadas y los densos rizos de los lords Pescavuela. Delo ya no se parece a aquel muchacho andrajoso que arribó a nuestras costas hace diez años, pero sigue teniendo un aspecto impresionante. Al ver su capa de piel y su cabello recién peinado, reparo aún más en lo mal que huelo.
–Vuestra presencia es un honor inesperado, milord –digo con una reverencia deferente.
–Descansa –contesta Delo entre dientes, frunciendo el ceño como si supiera que estoy haciendo lo posible por incomodarlo. Delo tiene mi edad y es más alto que yo, aunque también más delgado–. El Triarcado Exiliado quiere hablar contigo.
Me rodeo el torso con los brazos mientras los dos echamos a andar, estremecido a causa de las gotas de agua marina que nos salpican. Los acantilados de arriba y la ciudadela que los corona nos hacen parecer enanos, algo a lo que ayudan los pilares kársticos de piedra caliza que emergen del océano y perforan el cielo.
–¿Os han comentado para qué desean verme?
Aunque yo le hablo empleando el «vos», Delo me tutea al responderme. Cuando éramos pequeños y yo no había dominado aún el drakoniano, solía instarme a tutearlo o a usar el nórico, ya que él estaba aprendiendo nuestro idioma, pero yo me negaba. Delo y yo nos batimos en muchos duelos de voluntad, de los que siempre salgo victorioso.
–Les gustaría preguntarte por Julia –me explica–. Ha desaparecido.
Soy más que consciente de ello.
–¿Por qué iba a saber yo dónde está Julia?
–Ixión... se lo ha contado –responde Delo con vacilación.
Por cómo lo dice, entiendo sin problema a qué se refiere.
La última vez que la vi, nuestros labios se fundieron en un beso. La oscuridad me impedía contemplarla, pero pude sentir su sonrisa mientras ella me quitaba la camisa de un tirón. Julia siempre sonríe cuando hacemos esas cosas, como si le parecieran un juego y disfrutara ganando la partida.
Y ahora, Ixión nos ha delatado.
Me freno en seco. Delo también se detiene y se vuelve hacia mí. Su cara me revela todo cuanto necesito saber sobre lo que pasará en el Salón de Cristal. No me dice que lo siente, y yo tampoco le digo que Ixión no tenía derecho a hacerme algo así. A estas alturas, las maquinaciones humillantes de Ixión nunca me pillan por sorpresa.
Esta ocasión es un buen ejemplo: me va a obligar a presentarme en el Salón de Cristal para revelar a todos que soy el amante campesino de Julia, mientras estoy sucio y apesto a pescado.
–Te he traído una camisa limpia –comenta Delo metiendo una mano en su bolsa, como si me hubiera leído la mente.
Casi todas las prendas de Delo son azules, el color de su Casa, pero esta es sencilla y no está teñida, como es apropiado para un campesino. Aun así, yo nunca he tenido acceso a una camisa tan delicada como esta, y es probable que acabe llenándola de porquería. Me la pongo y, cuando levanto la mirada, me percato de que Delo me observa. Aparta la vista de mí y la fija en el suelo. La camisa huele a él.
Le sigo por la sinuosa escalera exterior, excavada en el lateral del acantilado. Estos escalones, que dan al mar del Norte, conectan las guaridas donde trabajo con la ciudadela de la cima. Ambas construcciones son obra de los med’Aurelianos; las erigieron tras su conquista inicial, cuando invadieron Norcia con sus dragones, subyugaron a mi pueblo y le cambiaron el nombre a nuestra isla, bautizándola como Nueva Pythos. El frío acabó con el linaje de sus dragones poco después, pero los lords no se marcharon.
Y ahora, por primera vez en muchas generaciones, vuelven a tener dragones. Veinticinco, para ser exactos. Los calipolanos exiliados trajeron los huevos hace diez años.
Porque eran necesarios para la venganza.
Los dragones fueron a parar a manos de los hijos supervivientes de los exiliados, pero también de los hijos de los lords locales, que se habían visto obligados a recibir a los calipolanos. Los recién llegados prometieron que en el futuro les otorgarían títulos nobiliarios a sus descendientes, cuando le devolvieran la grandeza a Calípolis.
Sin embargo, no había suficientes varones. Al Triarcado Exiliado no le quedó otra que ofrecer los dragones a una serie de candidatos diferentes. Por ejemplo, a las mujeres drakonatas, como Julia. O a los bastardos que fueron llegando de las islas vasallas de Calípolis; en el pasado se les había considerado detestables por ser hijos ilegítimos, pero ahora eran imprescindibles.
Aun así, muchos dragones siguieron sin jinete.
Como necesitaban completar la flota, los drakonatos recurrieron a una medida más extrema, aunque muchos de ellos pensaban que no funcionaría.
Reunieron a los dragones restantes con la prole de sus siervos norcianos.
Y los dragones eligieron.
Ahora nos llaman «jinetes humildes».
Delo y yo entramos en el Salón de Cristal. Dedico un instante a tomar aliento y observar la estancia. A un lado hay una serie de ventanas enormes y esmeriladas que dan a los imponentes karst del mar del Norte, y a nuestro alrededor se encuentran los consejeros de mis señores med’Aurelianos y los exiliados calipolanos, sentados en círculo en sillas de aspecto rígido e incómodo. El asiento central lo ocupa Radamantis med’Aureliano, el gran lord de Nueva Pythos, que también asumió el título vacante de triarca Aureliano después de la Revolución. Nadie se lo disputó, porque no había sobrevivido ni un solo Aureliano de Calípolis.
Las tres últimas sillas del círculo pertenecen a los jinetes de mayor rango de las Tres Familias: Ixión Rompetormentas, Rode med’Aureliano y Delo, aunque él todavía no ha ocupado su asiento. Ellos son los futuros Triarcas: cuando retomen Calípolis y la reunifiquen con Nueva Pythos, los tres compartirán el trono triple.
Me arrodillo, apoyo las manos en el suelo y fijo la mirada en las baldosas de piedra.
–Traigo al Salón de Cristal a mi escudero, Griff Gareson del clan Rocín, jinete humilde de la flota pythiana –anuncia Delo sin moverse de mi lado, lo que deja vacío el asiento situado junto a Ixión.
–Bienvenido, Griff. Ixión nos ha comunicado que tú podrías disponer de... información privilegiada sobre Julia.
Puedo imaginar al dueño de la voz sin necesidad de verlo: Radamantis es grande como un oso, con un cabello cobrizo salpicado de canas y una piel dorada surcada de arrugas. Los clanes lo consideran un hombre duro, y es cierto que actúa con severidad. No obstante, a mí me parece que su actitud es justa, sobre todo si la comparo con los caprichos de los exiliados calipolanos y sus dragones. Mantengo la mirada fija en la superficie de piedra que hay bajo mis manos.
–Me temo que lord Ixión se equivoca, Excelencia. Lady Julia nunca me ha considerado su confidente.
Ixión resopla. El hijo de Radamantis, Rode, hace lo mismo; solo sabe imitar a Ixión.
–Siempre me causa inquietud que un jinete humilde hable el drakoniano así de bien –comenta lady Electra con desdén evidente. Es la tía abuela de Ixión y Julia, una Rompetormentas que ya había enviudado antes de la Revolución, y la decisión de incluir a jinetes norcianos en la flota le sentó mal desde el principio.
A mi lado, Delo cambia el peso de un pie a otro.
–Milady, ¿preferiríais que hable en nórico? –pregunto sin apartar la vista de mis manos.
–No, gracias. Esto no es más que una pérdida de tiempo, Radamantis.
–El escudero miente –afirma Ixión, interrumpiendo a los adultos. Su tono suena gélido y crispado, como si las palabras que pronuncia le parecieran mortalmente aburridas.
Después de entrenar con él durante tantos años, el mero hecho de oír su voz es suficiente para provocarme sudores fríos. He aprendido a asociar ese sonido con unas emociones específicas: el dolor, el miedo y la humillación.
–Rebusca un poco en tu mollera, Griff –insiste Ixión–. Seguro que se le escapó algo mientras os revolcabais como gatos en celo...
–Ixión –le reprende Radamantis con sequedad.
Rode capta las intenciones de su amigo y decide seguirle el juego.
–¿Cómo está Agga? –me pregunta–. A lo mejor ella podría ayudarte a recordar. Si quieres, podemos pedirle a alguien que la traiga. Y a sus mocosos también.
Aprieto los dedos contra el suelo, sin llegar a despegarlos de las losas. Espero a que alguien diga: «Eso no será necesario», pero todos permanecen en silencio.
La flota solo aceptó candidatos norcianos que tuvieran familia. Ixión y Rode tardaron poco en deducir la razón y se aprendieron el nombre de mi hermana enseguida.
–Griff, piénsalo bien –insiste Delo en voz baja, con un tono que me infunde fuerza–. ¿Se te ocurre alguna cosa sobre Julia que te resultara un poco... extraña?
La palabra «extraña» se queda corta para describir a Julia: siempre ha sido impredecible. No obstante, recuerdo algo de golpe.
–Hace poco la vi escribir una carta.
–¿Y...?
Me viene a la cabeza la silueta medio desnuda de Julia, inclinada sobre el escritorio, con la melena suelta y preparada para irse a la cama. En aquel momento, el camisón se le cayó de un hombro y yo me fijé en la zona de piel que quedó al aire, cubierta de cicatrices de quemaduras. Al oír mis pasos, ella se giró con un respingo y cubrió la carta con un brazo, aunque se relajó en cuanto me reconoció. Ah, eres tú. Ven aquí, me dijo...
–No quería que la descubriera nadie.
–¿Pero pudiste ojearla? –pregunta Radamantis. Su asiento cruje cuando se inclina hacia delante–. ¿Viste a quién iba dirigida o lo que ponía?
La verdad es que sí que la vi; la carta era más que visible desde su cama. La dejó en el escritorio antes de llevarme hacia el colchón, sin molestarse en guardarla. Esa carta tan secreta se quedó ahí, abierta, poniendo todas sus palabras al alcance de mis ojos.
–Yo no...
Pego las manos a las baldosas y lucho por pronunciar la explicación, algo que no debería resultarme tan complicado. Espero a que los demás se acuerden, pero nadie comenta nada, lo que me parece absurdo. Es como si mi dominio del drakoniano les hubiera hecho olvidar las leyes que nos imponen a los norcianos. A mi lado, Delo cambia el peso de un pie a otro, como si hubiera entendido por fin lo que sucede. Sin embargo, Ixión habla antes que él:
–Griff no sabe leer –anuncia con una mezcla de diversión e irritación.
–Esto no servirá para nada, Radamantis –comenta lord Néstor, interviniendo por primera vez–. Ya te dije que interrogar al muchacho solo nos haría perder el tiempo...
Néstor es el padre de Delo y nuestro instructor de vuelo; ya es estricto con los jinetes cuando nos encontramos en las alturas, pero lo es todavía más cuando estamos en tierra. El hombre es un «viudo de fuego», un jinete cuyo dragón ha muerto. Delo asegura que nadie es capaz de superar esa pérdida, y que el temperamento desagradable de su padre nace de ahí.
Aun así, yo creo que Néstor me trataría igual de mal si su dragón siguiera con vida.
–Parecía preocupada. Después de escribir la carta, quiero decir –me obligo a añadir, haciendo caso omiso de mi ira–. Sacó el tema de... la familia. Y de la lealtad.
Recuerdo que Julia se puso a juguetear con mi pelo, estirándome los rizos de manera distraída mientras yacíamos abrazados en la cama, tapados con unas sábanas mucho más suaves que las de mi casa. ¿Tú querrías a tu hermana pasara lo que pasara?, me preguntó. ¿Aunque te traicionara? ¿Qué harías si ocurriera algo así?
En aquel momento, noté que mi hombro estaba húmedo. La sensación me resultó tan extraña e inesperada que tardé un poco en comprender su significado: Julia estaba llorando.
–¿Insinúas que la carta era para su primo Leo, el que vuela en el bando del Usurpador? –inquiere Radamantis, golpeteando el reposabrazos de su silla con los dedos–. Tras su última negativa, le prohibimos a Julia que se pusiera en contacto con él.
–¿Cuándo ha acatado Julia las prohibiciones? –murmura Delo con un hilo de voz, sacando conclusiones mientras habla.
Los demás solo responden con su silencio, como si estuvieran sopesando esas palabras. Yo sigo arrodillado ante ellos, una prueba viviente de las trasgresiones de Julia.
–¿Y no te pareció conveniente informarnos de esto en algún momento, Griff? –inquiere Ixión, poniéndome los pelos de punta con la frialdad de su voz.
Levanto la cabeza para mirarlo. Los rasgos de Ixión son una versión alargada y angulosa del rostro de Julia: ambos tienen el mismo pelo azabache, unos ojos ardientes que contrastan con la palidez de su piel y una boca de labios finos que ríe con facilidad. No obstante, en eso sí se distinguen: las carcajadas de Julia pueden llegar a ser hirientes por su indiferencia, pero las de Ixión son crueldad en estado puro.
No lo digas, pienso.
Pero al final ignoro mis propios ruegos.
–No sabía que la vida personal de la Suprajinete fuera asunto de su Alternus.
Por un instante, solo se oyen los graznidos de las gaviotas a través de los ventanales... y el eco de mis insensatas palabras, que retumba entre las paredes acristaladas de la sala.
Ixión se pone en pie de un salto, agitando su capa al moverse.
–Ese tonito se merece una tanda de latigazos, Gareson.
Aunque debería tener miedo, lo único que siento ahora mismo es furia. Hazlo, Ixión, le reto mentalmente. Desahógate conmigo en tierra, porque en las alturas nunca podrás vencerme.
A mi lado, Delo da un paso al frente como si quisiera interponerse entre Ixión y yo. Eso también ha sido un error: Néstor no necesita más razones para sospechar que su hijo se ha vuelto blando con los siervos.
–Basta ya –interviene Radamantis–. Esto es una pérdida de tiempo. Mandaremos pelotones de búsqueda al sur.
No siempre he sido el escudero de Delo. En un principio, me emparejaron con Ixión.
Y este me demostraba su crueldad de maneras muy imaginativas. «¿Quieres saber cuándo aprendí a hacer esto?», solía preguntarme. La respuesta siempre era la misma, aunque ambos sabíamos que no podía ser verdad: «Durante el Día del Palacio. Esto es lo que me enseñaron los campesinos como tú».
Cuando Julia y Delo lo descubrieron e informaron a Néstor, el maltrato había llegado tan lejos que las heridas interferían con mis habilidades de vuelo. Y, aunque al padre de Delo no podía importarle menos el bienestar de los jinetes humildes, sí se preocupaba por el funcionamiento de la flota. Al final, me emparejaron con Delo y se decidió que Ixión no estaba capacitado para tener escuderos.
Nunca nos lo ha perdonado a ninguno de los tres.
Tras abandonar el Salón de Cristal, Delo y yo nos dirigimos al anexo de la ciudadela que pertenece a los exiliados, conocido como Palacio Provisional. Cada una de las Tres Familias posee una armería, con una entrada interior para llegar a las guaridas.
–Has sido muy imprudente –murmura Delo al ver que la armería de los Pescavuelas está desierta–. No deberías haber sacado a colación tu rango.
–Eso no es lo que he hecho. Ni siquiera tengo rango.
Los jinetes humildes no pudimos participar en el torneo del Suprajinete. Delo arquea una ceja, como si supiera que me estoy haciendo el tonto a propósito.
–Julia no está. No podrá protegerte –me recuerda.
¿Crees que no lo he pensado?, respondo en mi cabeza.
Nuestro equipo está colgado en los ganchos que salpican la pared de piedra. Me acerco y cojo la armadura de Delo, mientras él se pone el traje ignífugo. No hace mucho que le pulí la coraza, por lo que los característicos nenúfares de los Pescavuelas brillan dentro de su emblema. Aunque llevo años siendo su escudero, la labor de colocarle la armadura no se ha vuelto más cómoda con el paso del tiempo, sino todo lo contrario. Él siempre contiene la respiración, mientras que yo prefiero hablar. Por los codos, además.
–¿Cómo era? –pregunto mientras le arreglo las placas de un costado, cerrando las hebillas para apretar las correas–. Me refiero a Leo. Supongo que lo conocías, antes de todo esto.
Delo mantiene la mirada fija en la pared que hay detrás de mí.
–Siempre creí que... –empieza a decir, y su voz se colma de dolor–. Creía que Leo era buena persona. Pero también pensaba lo mismo de Ixión, al menos hasta el Día del Palacio.
Cuando termino de colocarle la armadura y me aparto de él, la tensión abandona su cuerpo. Me apresuro a ponerme mi traje ignífugo; lo heredé de Delo, por lo que la parte de los hombros me aprieta y las perneras me quedan largas, pero es utilizable. Recojo nuestro equipo y sigo a Delo por la escalera de caracol que baja a las guaridas. La única iluminación de estos escalones excavados en la piedra viene de unas saeteras que dan al mar. Los establos de nuestros dragones son contiguos, y Delo siempre se empeña en acompañarme hasta Flameador, antes de nada; no obstante, chasquea la lengua para saludar a su dragona, Gefyra, al pasar por delante de ella.
Flameador, al igual que los otros dragones con jinetes norcianos, está sujeto con cadenas y lleva un bozal.
Tenemos que usar el bozal por precaución; nos impusieron esta medida de seguridad en cuanto mi dragón flameó. En otras circunstancias me sentiría halagado, pero el artilugio nos resulta demasiado desagradable a los dos.
No puedo quitarle el bozal, pero las cadenas sí. Delo tiene la llave del cerrojo.
He tenido años de sobra para acostumbrarme a ver a Flameador así, con ese bozal que lo atormenta y ese collar que lo ahoga, pero ni siquiera el paso del tiempo impide que la imagen me provoque dolor. Y parece que Delo lo sabe, porque se interpone entre el dragón y yo. Chasquea la lengua para tranquilizar a Flameador y lo libera de la cadena. Después se aparta de un salto, porque el dragón no duda en lanzarse hacia mí.
Flameador es un rompetormentas, mi rompetormentas, tan negro como la noche, con un cuerpo y un vigor descomunales. Cuando lo abrazo, él acepta el gesto con tantas ganas que casi me vuelca. Sus alas, el mayor orgullo de la flota aérea, son tan grandes que baten las dos paredes laterales cuando las entreabre un poco.
–Yo también te he echado de menos –le susurro.
El dragón gruñe tanto como le permite el bozal y yo me aferro a él con más fuerza, deseando por enésima vez quitarle ese maldito artilugio. Se lo dejan lo bastante suelto para que pueda comer, pero no para que escupa fuego. Levanto la mano para frotarle las escamas que se le han irritado por culpa del metal, y él suelta un gruñido de satisfacción casi inaudible que me retuerce las entrañas.
–Ya lo sé, chico.
De vez en cuando, se me pasa por la cabeza que las cosas habrían sido más fáciles para todos –para Flameador, para mí y para el propio Triarcado– si hubiera elegido a alguien diferente. A un jinete drakonato, en vez de uno norciano. Yo habría llevado la vida a la que estaba destinado: habría trabajado en algún pesquero med’Aureliano, como mi padre, que desapareció en el mar del Norte durante una tormenta, y Flameador no habría tenido que aguantar el suplicio del bozal y las cadenas.
Pero él no parece culparme de nada. Además, aunque nuestra posición haya convertido gran parte de mi vida en un infierno diario, siempre he sentido un orgullo inmenso al pensar en nuestro vínculo: Flameador me pertenece y yo le pertenezco a él.
La mayoría de los drakonatos nos la tienen jurada por esa misma razón.
Delo nos observa con una mirada teñida de tristeza, pero aparta la vista de nosotros en cuanto me vuelvo hacia él.
Ensillo a Flameador en silencio, agarro mi lanza y mi escudo y salgo de las guaridas detrás de Delo. Nuestros dragones se elevan sobre las olas embravecidas.
Después ponemos rumbo al sur, en busca de Julia.
dos
Hace cinco horas que asesiné a mi prima.
Varias personas vienen a visitarme a la enfermería: Crissa, Cor y Annie, cuya cara aparece en la puerta durante un breve instante, envuelta en un halo de luz. También me traen remedios para mitigar el dolor y ayudarme a dormir. Pero luego me quedo a solas y, de repente, me encuentro en un lugar distinto.
Tengo seis años. Julia y yo estamos jugando en los jardines del Palacio. Nuestros padres son drakolords y tenemos el mundo a nuestros pies; sabemos con certeza que, algún día, llegaremos a ser tan grandiosos como ellos. Cuando reímos, no paramos hasta que nos duelen los costados. Cuando gritamos, nos aseguramos de que nos oiga el universo entero. Y cuando hacemos como que asesinamos a alguien o como que alguien nos ha matado, el juego nos parece emocionante, glorioso y, sobre todo, divertido.
Tengo siete años. Estoy en la sala de visitas de mi familia, observando la sangre que ha empapado la alfombra. La estancia se ha visto reducida a una serie de zonas que me atrevo a mirar y otras que no. Se oyen tantos gritos que ya ni siquiera soy capaz de escucharlos. Alguien me habla en un idioma que apenas entiendo: «No apartes la vista. Fíjate bien. Mira cómo reciben su merecido». La única hermana que me queda ha dejado de resistirse. Diviso el descenso fulgurante de un cuchillo. Las suplicas de mi padre empiezan a perder fuerza; está arrodillado delante de Atreo, diciéndole: «Es mi hijo. Por favor».
Tengo ocho años. En el orfanato siempre hace frío. Me topo con una niña pelirroja que, a pesar de ser demasiado pequeña para meterse en peleas, se está pegando con dos chiquillos el doble de grandes que ella. Me interpongo entre ellos y acabo descubriendo el nombre de la niña: Annie.
Tengo nueve años. Me encuentro en una plaza, presenciando cómo decapitan a la dragona de mi padre. Después, estoy en el patio del orfanato, donde escucho la revelación de Annie: «Esa dragona mató a mi familia».
Tengo diez años. Un dragón me mira a los ojos y me elige. Atreo me mira a los ojos y no ve nada más que un huérfano de baja alcurnia. Annie me mira a los ojos y decide guardar los secretos que hemos acabado por compartir.
Los años siguen pasando, uno tras otro. Están teñidos de una especie de felicidad, de la alegría que acompaña a la lucha por un futuro mejor y al olvido. Hasta que cumplo los diecisiete. Ese año, avisto un grupo de criaturas aladas en el horizonte: mi familia regresa del más allá, trayendo consigo una esperanza a la que ya había renunciado. Me reúno con Julia en la mesa de una taberna sombría, donde ella sonríe mientras dice que me parezco a mi madre y que me ha echado de menos.
Veo a Annie arrodillada delante de una casa en ruinas, demostrándome cómo se postraban los siervos ante sus lords para suplicarles piedad. Sus dedos señalan la trayectoria que siguió la llamarada de la dragona de mi padre.
Julia y Erinia alzan el vuelo. Pálor y yo nos enfrentamos a ellas.
El fuego irrumpe en el cielo.
El casco de Julia se encuentra a mis pies, en la Fortaleza de Pytho. Atreo me pone la mano en la frente y me absuelve de mi linaje, mi pasado y mis crímenes.
«Levanta, hijo de Calípolis», me dice.
–¿Lee?
El sol ya se ha escondido, pero ni siquiera la oscuridad me impide reconocer la silueta que se ha acercado a mí: se trata de Annie. Estoy familiarizado con el tacto de la mano que me acaricia la cara, con el olor del aliento cálido que escapa de esa boca cercana. Pero también oigo un sonido extraño: alguien que llora. Cuando trago saliva, los sollozos se detienen.
Annie retira las sábanas y se acurruca junto a mí en la cama.
–No te he abandonado –comento, sintiendo que alguien está hablando por mí. El sonido de mi voz me resulta ajeno, ronco y torpe, como si tuviera la lengua estropajosa.
Ella traga saliva con tanta fuerza que noto y oigo el movimiento.
–Lo sé. Estaba segura de que volverías –dice mientras me estrecha entre sus brazos, justo como yo solía abrazarla.
–Annie... El cadáver...
Ella acerca los pulgares a mi cara y me seca los ojos.
–Lo llevaré de vuelta –me asegura.
–¿Te han dado permiso?
Ella permanece en silencio un momento. Luego, contesta con tono acerado:
–No te preocupes por eso.
–Nunca pensé que te vería saltarte las reglas...
Ella hace un ruido raro, a medio camino entre un suspiro y un resoplido. A continuación, me da un beso en la frente.
–Estabas equivocado –replica.
Tras esta conversación, mis pesadillas se atenúan un poco. La fragancia y la calidez de mi amiga me mantienen unido al mundo real cuando mi mente intenta adentrarse en las tinieblas, cuando no consigo recordar por qué he hecho todo esto, cuando no logro seguir la cadena de decisiones que me ha convertido en el asesino de mi prima.
En cierto momento, los labios de Annie se pegan a los míos de manera titubeante, como si quisiera pedirme que recuerde algo.
Me viene a la cabeza uno de sus comentarios: «Somos monstruos, aunque nos llamen de otra manera».
Saboreo sus labios, su lengua y su boca como si necesitara ahogarme en ellos. Todo lo que he hecho hoy ha sido por esto. Por ella. Por mi cálida Annie, que ahora descansa entre mis brazos.
¿Es una razón suficiente?
¿Lo será algún día? ¿Habrá merecido la pena escuchar el alarido que profirió Erinia al sentir la pérdida de Julia?
La luz del amanecer comienza a colarse entre las cortinas de la enfermería, y Annie se despierta poco a poco junto a mí.
–Ya es la hora. Tengo que marcharme, pero... Lee, hay una cosa que necesito contarte antes.
Se separa un poco de mí y me ayuda a incorporarme. Cada movimiento, por cuidadoso que sea, me provoca tanto dolor como una quemadura nueva. Nuestros dedos están entrelazados. Su cara está muy cerca de la mía, rodeada por la aureola cobriza de su cabello, ahora revuelto y aplastado por la almohada.
–Atreo te estaba esperando con su Guardia porque... no pretendía que salieras vivo de la Fortaleza de Pytho.
Clavo los ojos en su rostro, tratando de entender por qué supone algo así y por qué le parece importante o significativo. Ella sigue hablando.
Y ahora dice algo sobre el Día del Palacio.
No comprendo sus palabras hasta que las repite:
–Atreo no te salvó del Día del Palacio.
–¿Cómo que no? Pero si él dijo que...
–¿En qué lengua habló cuando le dio la orden al soldado, Lee?
Annie me mira fijamente mientras espera mi respuesta.
Habló en calisio. Un idioma que yo apenas entendía, al menos hasta que Annie me lo enseñó un tiempo después.
Combato el pánico que me invade recurriendo a la parte que recuerdo mejor, porque esa sí que transcurrió en drakoniano.
–Pero antes de eso, mi padre le pidió que... Y él contestó que...
Las lágrimas comienzan a anegar los ojos de Annie. Me fijo en su expresión desolada e intuyo lo que está pensando, lo que recuerda de su infancia. Lo que no se atreve a decir: la gente consuela a los hombres moribundos con mentiras piadosas.
Alejo mis manos de las suyas.
–Si Atreo no quería que regresara del duelo, ¿por qué reunió a tantos testigos? –insisto.
A pesar de lo mucho que me tiembla la voz, sigo diciéndome a mí mismo que todo este debate es ridículo, que no tiene ni pies ni cabeza.
–Fui yo quien llevó a los testigos –susurra Annie mientras se retuerce los dedos, que ahora descansan sobre su regazo–. Atreo nos ordenó que no acudiéramos, pero yo no obedecí.
Se hace un silencio espeso solo roto por el campanario del Palacio, que marca el cuarto de hora.
Vuelvo a recordar las palabras de Atreo: «Levanta, hijo de Calípolis».
Annie abre aún más sus ojos humedecidos, observándome mientras espera a que hable.
Ahora también oigo el ruido de mis propios jadeos.
Annie intenta aferrarme las manos otra vez, pero yo las aparto con brusquedad.
–Lee...
–¿He matado a Julia por un hombre que pretendía asesinarme?
–No lo has hecho por él.
Ese comentario es la gota que colma el vaso. Suelto una risotada estridente, nada típica de mí.
–Claro, porque lo he hecho por ti, ¿no? –le espeto en voz alta, con tanta virulencia que las palabras retumban. Ella se encoge–. ¿Sabías que ese era su plan?
–¡No! –contesta ella con voz rota–. No me imaginé nada de esto cuando Atreo me preguntó si estarías dispuesto a hacerlo. Me di cuenta una vez que te habías...
–Espera... ¿Atreo te preguntó si yo estaría dispuesto?
El rostro de Annie se demuda. Por un instante, se queda petrificada, como si hubiera dado un paso de más en un lago congelado. A continuación, toma una bocanada temblorosa de aire, como si se hubiera percatado de que debe confesarlo todo.
–Me preguntó si yo creía que serías capaz –susurra–. Y respondí que sí.
–Porque estabas segura de que no te abandonaría.
Ella se encoge al oírme evocar sus propias palabras, como si le hubiera dado una bofetada.
De repente, mientras la miro, mis emociones pasan del deseo a algo distinto.
Me he manchado las manos con la sangre de mi prima, de mi familia. En un duelo al que me enviaron para sacrificarme. Ya había perdido a mi padre varias veces, de todas las maneras posibles.
Y ahora también he perdido a Atreo.
Y la personificación de todo ese desastre, todo ese sufrimiento, es esta chica escuálida, esta maraña de pelo cobrizo y pecas, esta... sierva.
Una sierva que solo se ha dedicado a pedirme más y más, hasta dejarme completamente exhausto. Y, aun así, tuvo el valor de dar por sentado que no la abandonaría.
–¿Lee...?
Annie se aparta de mí lentamente, como si estuviera ante un dragón dispuesto a abrir fuego. Siento las llamas que se arremolinan en el fondo de mi garganta, como una especie de presión.
–Creo que deberías marcharte –le espeto.
Ella se levanta con una expresión teñida de temor que me produce... satisfacción.
–Voy a llevar a Nueva Pythos el cadáver de Julia –me dice.
¿Espera que se lo agradezca?
Al pensar en la absurdez de esta maldita situación, una sonrisa comienza a dibujarse en mi rostro, como si ya no lo controlara.
Cuando Annie ve esa sonrisa, su expresión se desmorona. Abre la boca e intenta pedirme disculpas con voz rota:
–Lo siento muchísimo, Lee...
–¡Fuera de aquí!
Hace menos de un día que Lee sur Pálor me nombró Suprajinete y comandante de la flota de Calípolis. Y solo hace unas pocas horas que mató a su prima y amiga de la infancia en un duelo, todo por demostrar su lealtad al régimen que exterminó a su familia.
Hace ocho años, descubrí que su padre había asesinado al mío.
Hace nueve, nos hicimos amigos.
Y hace diez minutos, alejó sus manos de las mías y me enseñó los dientes de una manera que me puso los pelos de punta.
Me recuerdo a mí misma que su cuerpo es una jaula, que está encerrado dentro de ella.
Cuando salgo de la enfermería, todavía noto en las fosas nasales el hedor del fuego de dragón de Julia. Me saco de la cabeza la sonrisa insensible de Lee, pero también ignoro los pensamientos sobre mi culpabilidad, sobre mi responsabilidad como causante de su sufrimiento. Ahora mismo, no puedo permitirme el lujo de dejarme llevar por la culpa, el dolor o la tristeza.
Prefiero concentrarme en las cosas que puedo mantener bajo control.
La verdad es que nadie me ha dado permiso para hacer esto. Cuando le pregunté al general Holmes si podíamos llevar el cuerpo de Julia de vuelta a casa, él me dijo que necesitaba sopesarlo bien antes de decidir.
Pero no hay tiempo para eso, porque ya ha pasado un día desde su muerte. Y pienso devolverles el cuerpo antes de que su aspecto pierda la dignidad.
Ya lidiaré con Holmes cuando no haya vuelta atrás.
No obstante, necesitaré ayuda para llevar el cuerpo. Repaso mentalmente la lista de candidatos mientras recorro los silenciosos pasillos del Palacio. Como Lee ha renunciado a su título y me ha nombrado Suprajinete y comandante de la flota, Aela y yo hemos acabado al frente de esta guerra contra los drakolords que incendiaron mi hogar.
Puede que Lee no se sintiera preparado para liderar esta batalla, pero yo sí lo estoy.
Devolver el cuerpo de Julia no solo me servirá para hacerle un favor a Lee, sino también para darme a conocer en Nueva Pythos.
Por eso me hace falta un acompañante. Necesito a un jinete habilidoso, algún miembro de la Cuarta Orden o al menos de la Octava, alguien capaz de guardarme las espaldas si la misión se tuerce. También debe dominar el drakoniano; de lo contrario, su presencia podría convertirse en un obstáculo. Además, dado que esta será una de mis primeras decisiones como Suprajinete oficial, debo hacer una elección que refuerce mi autoridad dentro del cuerpo de Guardianes, en vez de socavarla más aún.
Hubo una época en que el Claustro siempre estaba abarrotado de Guardianes enfrascados en sus comidas, sus estudios y sus discusiones en el solárium. Pero la amenaza de Nueva Pythos acabó con eso. Ahora, todos los jinetes que no están dormidos se dedican a patrullar por la costa norteña o a supervisar el reparto de alimentos racionados en la ciudad. Me pongo el traje ignífugo en la armería desierta y bajo a las cavernas de los dragones.
Aela se encuentra en el nido de Pálor. Está acurrucada junto a él, como si la angustia de Lee hubiera llegado hasta aquí, traspasando el espesor de la piedra, y Aela quisiera consolarlo. Cuando chasqueo la lengua, ella se levanta de un salto y abre las alas de golpe, agitando la cola. A su vez, Pálor profiere un bufido al reparar en mi presencia. La luz de las antorchas hace que sus escamas plateadas resplandezcan en la oscuridad, mientras que los tonos dorados de Aela emiten un fulgor cálido. Me veo obligada a ponerme de puntillas para colocarle la montura a mi dragona y subirle un punto a la cincha, ajustándola mejor a la articulación de sus alas.
–Te estás haciendo demasiado grande para mí.
Ahora que ella y Pálor han flameado y están a punto de alcanzar el tamaño adulto, no puedo evitar preguntarme cuándo empezará a poner huevos; esta duda me surge cada vez que los veo así de juntos. Si pusiera huevos, tendríamos más dragones y el futuro de Calípolis estaría asegurado. Tras soltar un resoplido de satisfacción acompañado de una nubecilla de humo, Aela se agacha dócilmente para que yo meta una bota en el estribo y me suba a la silla.
–Volverá pronto –le prometo a Pálor.
La dragona extiende las alas como si fueran velas y alza el vuelo. Al sentir que nos despegamos del terreno firme, un alivio familiar se propaga por mi cuerpo; hace mucho que no soy capaz de discernir si nace de mí o de Aela. Recorremos el corredor cavernoso sumidas en una oscuridad casi absoluta, pero, una vez emergemos de la Boca de Fuego –el abismo que perfora el centro del Palacio Interno–, la luz matutina nos envuelve por todas partes. A medida que ascendemos, el Palacio, el anfiteatro, el karst de la Fortaleza de Pytho y la ciudad se vuelven tan diminutos como los dibujos de un mapa. Cuando la brisa otoñal me azota el rostro, inhalo el aire fresco hasta llenarme los pulmones.
Unos minutos más tarde, Aela aterriza al otro lado del río, en la plaza central de Sudercia, donde los guardias de la ciudad están repartiendo cartillas de racionamiento.
Hoy, Power sur Zampador y Roca sur Bast son los dos Guardianes encargados de las labores de vigilancia. No es una tarea popular, porque los ciudadanos han empezado a percatarse de que las raciones varían en cantidad según la clase metálica. La gente no para de mirar los brazaletes de los demás, haciendo que la tensión se adueñe de la plaza. A pesar de lo amargados que parecen los ciudadanos de la cola, Power ha encontrado la manera de aparentar aburrimiento: está reclinado en el puesto de reparto mientras Zampador vuela en círculos a una distancia segura, acompañado del dragón de Roca. El segundo chico parece menos tranquilo: todos los músculos de su cuerpo descomunal están rígidos. Me apeo de Aela y le doy una palmadita en el costado, mandándola de vuelta al cielo para que se reúna con Zampador y Bast. El resplandeciente dorado rojizo de mi aureliana contrasta con el negro de los dos rompetormentas, que la hacen parecer enana con sus cuerpos robustos y sus amplias alas.
–¿Cómo está...? –empieza a decir Roca con los ojos guiñados, pero se frena en seco y se pone rojo como un tomate.
Roca es el que peor se ha tomado la revelación sobre la identidad drakonata de Lee. En realidad, no lo culpo: Roca y yo venimos de la Altaterra y fuimos siervos de la Casa Rompetormentas. Yo he tenido muchos años para acostumbrarme a ser amiga del hijo de alguien que mató a mi familia, pero Roca lo descubrió hace solo una semana.
Cuando intento pensar una respuesta, siento un escozor de lágrimas en los ojos. ¿Cómo está Lee? Tan dolido que hace un rato me ha gruñido como un animal salvaje.
–Ha tenido días mejores.
–¿Crees que estará de humor para recibir visitas?
De repente, me entran ganas de abrazar a Roca. No obstante, me contengo y opto por inclinar la cabeza.
–Sí, pronto. Me parece que le vendría muy bien.
Él asiente sin mirarme a los ojos.
En circunstancias normales, elegiría a Roca como acompañante sin dudar ni un segundo. Roca es un gigante bondadoso, mientras que Power es impredecible y cruel. Sin embargo, devolverles a tus antiguos lords el cadáver de la prima de tu mejor amigo no es una misión nada normal.
Me giro hacia Power.
Él cumple todos mis requisitos: habla drakoniano con nivel de nativo, y sus habilidades de vuelo son tan excelentes como las mías. Además, hace poco montó un plan para intentar que detuvieran a Lee, y también difundió rumores que ponían en duda mi capacidad de liderazgo.
Ya es hora de hacerle cambiar de opinión.
Uno de sus pies descansa en la rodilla contraria, como si la supervisión del reparto de alimentos fuera un espectáculo.
–¿Sí, comandante? –me dice.
Tras acercarme a la mesa que nos separa, saco un mapa del mar del Norte y una copia del Ciclo Aureliano, una antigua epopeya en drakoniano.
–Voy a hacer un canto XXIV.
El canto XXIV: el capítulo donde Uriel cruza la frontera enemiga para devolverle a su rival el cuerpo de su hijo derrotado.
Roca parece desconcertado, pero Power se limita a enarcar una ceja. Los Guardianes que crecieron en el Janículo conocen este poema épico como la palma de su mano.
–Un plan muy ambicioso –comenta–. Incluso para ti.
–Necesito que me acompañe un jinete.
Al oír eso, Roca se queda boquiabierto. No me extraña, porque lleva siete años soportando los insultos clasistas de Power, igual que yo.
–¿Solo uno? –pregunta Power con una sonrisilla.
–Sí, solo uno. Si es lo bastante habilidoso.
Power quita una pelusa invisible de la mesa y se pone en pie. Al otro lado del puesto, una mujer férrea comienza a discutir cuando un guardia le entrega su cartilla. La señora grita con voz estridente y señala a la familia broncínea que ha pasado por el puesto antes de ella. Los otros férreos presentes en la cola empiezan a prestar atención al conflicto.
No había visto unas miradas tan desesperadas desde la hambruna de mi infancia.
Los férreos reciben menos alimentos que los broncíneos, y los broncíneos menos que los plateados, que a su vez perciben menos que los áureos. Así lo dictó el gobierno: cuando la hambruna se volvió inevitable, hubo que decidir cuáles eran los sectores de población más valiosos y cuáles podrían sobrellevar un mayor número de muertes. Estas desigualdades han comenzado a definir cada segundo que paso en la ciudad.
–Haz que Calípolis se sienta orgullosa de ti, Richard –le dice Power a Roca con una sonrisita.
A continuación, se lleva su brazalete de oro y plata a la boca y hace sonar el silbato.
En las alturas, Zampador y Aela recogen las alas para lanzarse en picado.
El cuerpo de Julia yace en una mesa de la enfermería del Palacio, en una sala sin calefacción donde el frío del otoño ayuda a preservarlo. Me detengo en la entrada, vacilante de pronto. Power se acerca a la mesa y retira con un cuidado sorprendente la sábana que cubre la cara de la chica.
Se parece mucho a Lee: tiene el mismo rostro alargado y pálido, y su cabello también es oscuro.
–¿Dónde está el casco? Debería llevarlo puesto –comento.
Power echa un vistazo al resto de la habitación y señala un montón de piezas de armadura que trajo Lee. Están cubiertas de hollín y sangre de dragón.
–Tenemos que limpiarlo.
–Sí. Y la armadura también.
La presencia del cadáver parece haber mitigado el odio que Power suele profesar a los drakonatos. Nos pasamos la siguiente media hora trabajando en un silencio casi absoluto. Me pregunto si él también está recordando otros entierros, igual que yo. Los dos sabemos cómo se amortaja un cuerpo.
Cuando ya hemos terminado, Power alza en brazos a Julia con cuidado, como si estuviera dormida, y la saca al patio de la enfermería, donde nos esperan los dragones. Mientras Power sujeta el cuerpo al costado de Zampador, Aela me acaricia la mano con el hocico. Los dragones tampoco hacen ningún ruido, como si pudieran sentir la solemnidad de nuestra misión.
Tomamos la ruta de vuelo que se usa habitualmente para ir al norte, pero la dejamos atrás en cuanto llegamos a la costa. No soy ninguna experta en el mar del Norte, pero los mapas que hemos estudiado desde la aparición de la amenaza pythiana me bastan para guiarme por los afloramientos kársticos, sobre todo cuando viramos hacia el este en dirección a Nueva Pythos.
–¿Hasta qué punto has memorizado el Ciclo Aureliano? –le pregunto a Power cuando nos alejamos de la costa calipolana, que ahora parece minúscula.
Aela y Zampador vuelan ala con ala a poca distancia, por lo que podemos oírnos si gritamos.
–Más de lo necesario –contesta él.
Entre los privilegios patricios de Power se incluye una infancia llena de tutores de drakoniano de los que siempre le ha encantado quejarse.
–Perfecto. Ayúdame a ensayar.
Mientras recorremos el mar del Norte a toda prisa, yo grito las frases que pretendo recitar en drakoniano y Power me corrige hasta que me sé los versos de memoria.
Por fin avistamos lo que buscábamos: una pareja de soldados de patrulla, con las características armaduras blancas y brillantes de Nueva Pythos, vuela hacia nosotros a lomos de sus dragones. Uno de ellos es un pescavuela, tan pálido que parece plateado en vez de azul. Sus largas alas resultan aún más esbeltas en comparación con el enorme rompetormentas que lo acompaña.
Nunca había estado lo bastante cerca de los jinetes pythianos para hacerles señas.
Agito la bandera de tregua y todos descendemos hacia el Arco del Viajero.
tres
Detesto casi todos los aspectos de la vida que llevo en Nueva Pythos, como el hecho de ser escudero. Pero hay una cosa que nunca podría odiar, porque me provoca una felicidad pura y desenfrenada: los vuelos.
«¿Qué se siente? Descríbemelo», me pide siempre mi hermana, Agga.
Me cuesta expresar en palabras la experiencia de ver el mar del Norte reducido a una cambiante superficie plateada, recubierta por la neblina que emana de las olas. O la sensación ardiente de la luz solar, que te inunda las venas como el fuego de dragón. O la diversión de zigzaguear por el bosque de pilares kársticos que emergen del mar alrededor de Nueva Pythios, tan espléndidos como escarpados, conocidos como «el Castigo de los Marineros».
Puede que los marineros les tengan miedo, pero a los dragones les encantan.
Los cinco karst más cercanos a Nueva Pythos, que rodean la isla en todas direcciones, pertenecen a los clanes norcianos. No hay nada más estimulante que dejarse llevar por las ráfagas de viento de nuestros karst a lomos de un dragón: puedes rodear los imponentes muros de Torrecilla, sobrevolar la pequeña joroba de Cerro, colarte entre las patas huesudas de Kraken o rozar las enredaderas que se extienden por las descuidadas rocas de Rosaespina. Pero el mejor de todos es el karst de mi clan, Rocín, con esa nariz que se hunde en el mar, esos menhires que conforman el santuario de su coronilla y ese arco que se abre debajo de su mentón, con la anchura justa para permitir el paso de un dragón con las alas abiertas. Estas rocas pertenecen a mi pueblo y, cuando navego en compañía de Flameador, no me siento desafortunado. Más bien todo lo contrario: me siento el norciano con más suerte del mundo.
Eso es lo que intento describirle a mi hermana cuando me lo pide. Prefiero contarle eso a explicar lo que siento al ver las minas de los med’Aurelianos, que profanan los cimientos de nuestros karst y les sacan las entrañas, con esos barquitos cuadrados que transportan los minerales hasta el puerto principal. Obligan a los norcianos a trabajar como mineros, todo para satisfacer las necesidades de su escaso sector comercial. Desde que le declararon la guerra a Calípolis, ha bajado el número de comerciantes que se atreven a negociar con Nueva Pythos. Aun así, antes tampoco tenían demasiados clientes: nunca ha habido muchas personas con la suficiente osadía para cruzar el Castigo de los Marinos.
Cuando las parejas de búsqueda se van separando en dirección al sur, hacia Calípolis, Gefyra mordisquea a Flameador en el costado y los dos dragones comienzan a danzar. Aunque mi dragón es un rompetormentas, nunca he lamentado que nos pusieran al servicio de un pescavuela. Esa raza destaca por su velocidad, mientras que la nuestra brilla por su fuerza. Puede que no sea una combinación habitual, pero hace mucho que aprendimos a seguirnos el ritmo. Volar con Julia siempre ha sido una batalla emocionante, una competición por ver quién posee una voluntad más firme. Por el contrario, volar con Delo me resulta mucho más sencillo; es como estar en casa.
Gefyra insta a Flameador a tomar velocidad y acercarse más a las olas. Es una carrera que nunca podremos ganar, pero nos encanta participar de todas formas. Seguimos así hasta que dejamos atrás los últimos pilares del Castigo de los Marinos. El cielo se enciende con la luz del atardecer, convirtiendo la niebla en nubes desiguales e iluminando los karst con resplandores dorados.
Esta es la primera vez que alzo el vuelo desde la desaparición de Julia, y siento que la brisa marina me quita un peso de encima.
Hasta que veo a los otros jinetes.
Son dos, y no pertenecen a nuestra flota. Se acercan a nosotros a lomos de un aureliano y un rompetormentas, con las armaduras rojas de los jinetes revolucionarios. Empezamos a frenar en cuanto los avistamos.
El rompetormentas porta algún tipo de carga.
Una carga con forma de cuerpo humano.
El jinete aureliano agita una bandera blanca, aunque el brillo del atardecer la vuelve anaranjada.
Delo estira el brazo y señala el karst más cercano: el Arco del Viajero. Ese es el posadero para dragones donde Julia se reunió con Leo hace un mes.
Los cuatro comenzamos a descender. No consigo apartar la vista del bulto envuelto que va sujeto al costado del rompetormentas.
Las dos parejas nos apeamos y nos acercamos poco a poco, dejando a los dragones en extremos opuestos de la plataforma. Los uniformes calipolanos lucen el emblema de los revolucionarios, un dragón que escupe cuatro circulitos de fuego. El jinete rompetormentas es alto, mientras que el aureliano es más bien bajo y delgado. Cuando se quitan los cascos, me percato de que es una chica con el pelo corto y castaño, que parece rojo a causa del atardecer. La muchacha clava la mirada en nosotros y empieza a hablar en drakoniano. Tiene acento, pero conoce la gramática del idioma a la perfección. Tardo un momento en comprender que está recitando un poema.
Puede que tenga la piel tan pálida como los miembros de la familia Rompetormentas, pero su constitución enclenque, su acento y su apariencia revelan claramente que es una campesina. No obstante, nunca he conocido a ninguna campesina que domine la poesía drakoniana con tanta pericia. Al oírla, un escalofrío me recorre la espalda. ¿Quién diablos es esta chica?
Ella sigue recitando los versos, con las facciones fruncidas por la concentración:
Venid, acercaos, aceptad esta ofrenda y proteged mi cuerpo.
Escoltadme con la gracia de los dragones durante la vuelta
a mi refugio ancestral, el hogar de mi infancia.
El poema no me dice nada. Sin embargo, cuando me giro hacia Delo, descubro que él sí le ha encontrado algún significado, porque las lágrimas caen por sus mejillas.
–Traédnosla –dice con voz ronca.
El otro jinete calipolano, que lleva la cabeza afeitada y tiene una piel tan morena como Delo, ha regresado hasta su dragón para desatar el bulto. Toma el fardo entre sus brazos y cruza la plataforma con pasos lentos y cuidadosos. Después lo coloca en el suelo entre nosotros y ellos.
Me arrodillo y abro los pliegues de la mortaja. El casco de Julia le oculta casi todo el rostro, pero no me hace falta ver más para saber qué ha pasado.
Este es el final que he estado temiendo desde su desaparición. Pero, aun así, en un primer momento no asimilo las implicaciones de su palidez. Porque esta chica era una fuerza de la naturaleza, un huracán que me ha rodeado desde que tengo memoria.
¿Cómo es posible que esta protectora, esta superiora, esta comandante, esta amante, haya acabado así, tan pequeña e inmóvil?
Delo y la campesina entablan una conversación, pero sus palabras suenan tan lejanas que no logro oírlas. Cuando agacho la cabeza y apoyo la frente en el rostro de Julia, solo percibo la frialdad que se ha apoderado de su cuerpo.
El chico más bajo y corpulento, cuyo rompetormentas es el más grande que he visto nunca, se arrodilla junto a Julia, acerca su cara a la de ella y empieza a llorar. Hay algo en su porte y sus maneras que me chirría, algo fuera de lugar.
El muchacho Pescavuela es alto y esbelto, con un delicado cabello oscuro y rizado. Se fuerza a hablar con serenidad, pero su rostro está empapado de lágrimas.
–Cuéntame qué ha pasado.
–Julia obligó a Leo a elegir un bando. Y eso es lo que hizo. –El chico abre los ojos como platos–. Se batieron en un duelo justo. Leo ha solicitado que le devolvamos el cuerpo de su prima a su familia.
En el suelo, el jinete rompetormentas besa a Julia en los ojos, la nariz y... la boca. Los sonidos de su tristeza me rasgan las entrañas.
–¿Quién eres? –me pregunta el joven Pescavuela.
–Mi nombre es Antígona sur Aela. –Hago una pausa y tomo aire, preparándome para decir mis siguientes palabras por primera vez–. Soy la Suprajinete de la flota calipolana.
El chico agachado levanta la cabeza y me observa con atención.
–Yo soy Delo sur Gefyra, Tertius de nuestra flota –contesta el Pescavuela sin vacilar, y me hace una reverencia con rigidez.
Este es el gesto que se dedican los patricios en las presentaciones formales: así se reconocen como iguales. Ya hace nueve años que dejé de ser la sierva de un drakolord, pero todavía me parece inconcebible que un drakonato se incline ante mí. Me obligo a devolverle el gesto con el mismo respeto, moviendo el cuello con ligereza, sin rastro alguno de la deferencia que me enseñaron de pequeña.
–Ya no sois el Tertius sino el Alternus, milord –murmura el otro jinete desde el suelo.
Ahora que el cargo de Julia ha quedado vacante, los rangos de su flota han cambiado.
Delo palidece al oírlo, pero lo único que me llama la atención es la marca de respeto del otro chico.
¿Le ha llamado «milord»? ¿Por qué diablos le habla así, si los dos son drakonatos?
–¿Y tú cómo te llamas? –le pregunto al jinete rompetormentas.
Delo parpadea y desvía la mirada hacia su compañero, como si acabara de reparar en la posibilidad de que me dirija a él. El muchacho más corpulento se aparta de Julia y se pone en pie. Sus ojos azules resplandecen, contrastando con el tono moreno de su piel. No me atrevo a suponer cuantos años tiene, porque las leves arrugas que bordean sus ojos me lo ponen difícil, pero imagino que él y Delo son de la misma edad; probablemente me saquen dos o tres años.
–Griff –responde–. Griff Gareson.
No ha mencionado su drakónimo ni su rango, y su reverencia es mucho más pronunciada que la mía.
Mi mirada pasa de Delo a Griff, y luego observo de nuevo al primer chico. Delo porta una armadura pesada con el símbolo de la Casa Pescavuela –unos nenúfares–, mientras que Griff solamente lleva un traje ignífugo.
Ese detalle me lleva a la conclusión que deberíamos haber sacado tras el primer avistamiento.
Sabemos que la flota pythiana cuenta al menos con veinte dragones, pero es imposible que hubiera tantos niños drakonatos entre los supervivientes de la Revolución. Además, imagino que muchos de ellos no habían alcanzado la edad apropiada para vincularse con dragones.
–Milord, ¿queréis que Julia vaya en Flameador conmigo? –dice el jinete rompetormentas tras secarse la cara con el antebrazo.
–Sí. Gracias, Griff.
Las diferencias de su lenguaje son evidentes: Griff usa el voseo formal, mientras que Delo opta por el tuteo.
Y también me fijo en otra cosa, algo que debería haberme llamado la atención desde el principio. Ahora veo bien el artilugio que me habían ocultado los cuernos del gigantesco rompetormentas: el dragón lleva un bozal.
La imagen me horroriza de tal modo que me tambaleo por un instante.
Los pythianos también han aceptado jinetes de baja alcurnia.
Pero lo más inquietante de todo es otro detalle: cuando Griff toma a Julia entre sus brazos, toca a la chica con un cuidado y una dulzura que van más allá de la deferencia, más allá de lo que haría un mero criado.
En ese instante, Power me aferra el hombro con fuerza.
–Tenemos compañía –murmura.
Una silueta oscura aparece en el lado opuesto de la plataforma: es un quinto dragón, un rompetormentas que ha aparecido de la nada, como si hubiera llegado desde abajo. Todo su cuerpo es de color gris pizarra excepto la cresta y la cola, que tienen las puntas plateadas. La armadura de este jinete luce un emblema con los brezos de la Casa Rompetormentas. Cuando se quita el casco, siento que se me corta la respiración durante un instante, porque tengo delante a Lee.
Sacudo la cabeza y me aclaro la mente: no es Lee. Este chico tiene el mismo cabello oscuro que contrasta con su palidez, los mismos ojos grises, el mismo físico y porte, pero sus facciones transmiten una crueldad que no está presente en las de mi amigo. Y, al igual que Delo, es mayor que nosotros.
Solo puede tratarse de una persona: Ixión, el hermano de Julia.
–Deberíais marcharos –nos indica Delo antes de volverse hacia el recién llegado.
Griff se queda petrificado, sujetando todavía el cadáver de Julia. Cuando Ixión le lanza una mirada, el chico se encoge. Al fijarse en el cuerpo que descansa en brazos de Griff, Ixión tensa los hombros. Una ráfaga de viento azota el Arco del Viajero, envolviéndonos en su silencio.
De repente, Ixión me encara con brusquedad y me estudia con los labios fruncidos, como si estuviera viendo algo lo bastante ofensivo para revolverle el estómago.
–Tú debes de ser la perra campesina.
Griff se encoge aún más.
Y es esa reacción lo que prende el fuego de mi interior, más que el insulto en sí. Aprieto los puños y levanto la barbilla.
–Sí –contesto–. Así es.
Griff se queda ojiplático, como si mis palabras lo hubieran conmocionado. Reprimo el impulso de devolverle la mirada.
–Le daremos vía libre a Antígona sur Aela para que regrese con su gente, tal y como exigen nuestras tradiciones –declara Delo, agarrando a Ixión del brazo.
Pero el otro chico se zafa de él como si no lo hubiera oído y avanza un paso.
–No eres más que una sierva de los Rompetormentas. Puede que Leo te haya permitido olvidarlo, pero yo no lo haré: soy tu amo. Y, cuando esta guerra concluya, me aseguraré de que tú y el resto de tu asquerosa estirpe lo recordéis.
A mi espalda, Aela abre las alas de golpe. Oigo sus gruñidos como si brotaran de mi propia garganta.
Delo se interpone entre nosotros.
–Basta ya.
No. Para nada. Nunca bastará. Me siento como si un dragón intentara salir de mi cuerpo, arañándome las tripas para abrirse paso hasta el exterior. Noto que alguien me detiene y, al bajar la mirada, veo que Power me ha agarrado el brazo.
–Annie –me dice entre dientes–. Nos superan en número, y ya hemos cumplido nuestra misión.
Ixión se lleva el cuerno a los labios y lo hace sonar. Una nota estridente atraviesa el aire: está pidiendo refuerzos.
–Annie, tenemos que irnos.
Aela y Zampador se acercan de un salto y nos subimos a las monturas a toda prisa. Aela alza el vuelo en cuanto empiezo a sentarme, por lo que termino de acomodarme en la silla mientras nos alejamos del karst. El rompetormentas de Ixión despega al instante para seguirnos, y Power sur Zampador escupe un chorro de fuego hacia abajo.
–¡Vamos! ¡Más deprisa!
Dejamos atrás el Arco del Viajero, pero el rompetormentas que nos persigue aún nos pisa los talones. Además, otros dragones han comenzado a aparecer en el horizonte, respondiendo a la llamada de Ixión.
–¡Escóndete entre los estratos!
Ganamos altura sin parar de zigzaguear, instando a los dragones a volar tan rápido como puedan. Aela bate las alas con violencia y yo suelto las riendas para aferrarme a su cuello. Mientras el viento arrecia a nuestro alrededor, me pego a su lomo y aprovecho la protección del casco para hundir la cabeza entre sus cálidas escamas.
