Fireborne - Rosaria Munda - E-Book

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Rosaria Munda

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Beschreibung

Annie y Lee eran solo unos niños cuando una brutal revolución cambió su mundo, dando a todos -incluso a los de baja cuna- la oportunidad de acceder a la casta de los Jinetes de dragones. Ahora ambos son estrellas en ascenso en el nuevo régimen, a pesar de que sus orígenes no podrían ser más diferentes: la familia de Annie fue ejecutada por fuego de dragón, mientras que la familia aristocrática de Lee fue asesinada por los revolucionarios. Haber crecido en el mismo orfanato forjó su amistad, y sus años de entrenamiento los han convertido en rivales por el puesto más alto en la flota de dragones: el de Suprajinete. Pero todo cambia cuando aparece un ejército de supervivientes del antiguo régimen, empeñado en recuperar la ciudad que fue suya... Con la guerra en el horizonte, Lee debe elegir entre exterminar a la única familia que le queda o traicionar todo aquello en lo que ha llegado a creer. Y Annie debe decidir si proteger a su amigo más querido... o convertirse en la campeona que su ciudad necesita.

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Seitenzahl: 668

Veröffentlichungsjahr: 2024

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PRÓLOGO

En el futuro se le conocería como el Primer Protector, y la ciudad se transformaría de acuerdo con su visión del mundo: se les otorgaría la libertad a los siervos, se construirían colegios y, por primera vez, se permitiría que los plebeyos montaran a lomos de los dragones.

Pero antes de eso, lideró la revolución más cruenta que había presenciado su pueblo.

Siempre tuvo la certeza de que lograría crear una ciudad justa, y nunca dudó que las familias del antiguo régimen merecían morir. Sin embargo, a veces se arrepentía de la manera en que sucedió todo, el día en que por fin consiguieron asaltar el palacio.

Recordaba especialmente a una de las familias gobernantes, porque sus torturadores seguían trabajando cuando él los encontró. Habían mantenido al drakolord con vida para forzarlo a observar su venganza; su hijo menor era el único niño que quedaba. El pequeño tendría unos siete u ocho años y, bajo la máscara de sangre que le cubría las facciones, su rostro lucía una expresión vacía. Los cadáveres de sus familiares yacían a su alrededor.

–Detened esta insensatez ahora mismo –dijo el Primer Protector al llegar con su guardia.

Los revolucionarios dejaron de maltratar al chiquillo y lo soltaron, pero luego comenzaron a protestar:

–Este hombre es León Rompetormentas. ¿Acaso no sabe lo que ha hecho?

No obstante, se quedaron en silencio al oír las siguientes palabras del drakolord, que seguía de rodillas en la alfombra empapada en sangre.

–Es mi hijo. Por favor, Atreo –rogó en la lengua que compartía con el Primer Protector.

Tras echarle un brevísimo vistazo al niño, el Primer Protector respondió:

–Cuidaremos de Leo.

A continuación, le dio una orden en voz baja a uno de sus guardias. El soldado avanzó con vacilación, pero al final tomó en brazos al hijo del drakolord. En cuanto sacó de la estancia al niño, inmóvil y callado, el líder de la revolución se arrodilló ante el tirano.

–Son unos... animales... –jadeó el drakolord.

El Primer Protector no lo negó. En lugar de contestarle, llevó la mano a la daga que portaba en el cinturón y le hizo una pregunta con la mirada. El drakolord cerró los ojos y asintió. Luego, para sorpresa del Primer Protector, habló:

–Esa visión tuya... ¿Crees que algún día habrá merecido la pena hacer todo esto para cumplirla, Atreo?

El Primer Protector desenfundó la daga y respondió:

–Sí.

Durante los años siguientes, la pregunta del drakolord siguió carcomiéndole. Muchos detalles de la Revolución se borraron paulatinamente de su memoria, pero León Rompetormentas nunca abandonaría su mente.

No obstante, el hijo de León sí se convirtió en uno de esos detalles olvidados.

uno

MISIVAS DEL MINISTERIO

Nueve años después

LEE

La mañana es nuestro momento favorito para volar. Hoy, aunque el inicio del torneo se cierne sobre nosotros y el anfiteatro vacío nos recuerda que dentro de poco nos observarán miles de espectadores, nada de eso nos impide disfrutar de las vistas de la ciudad que se extiende bajo las alas de los dragones. Al tirar de las riendas para hacer un giro, distingo uno de los insondables ojos negros de Pálor, que me contempla. El vínculo que nos une –esa colección de emociones y pensamientos compartidos– suele permanecer latente mientras voy sentado en la montura, pero ahora mismo noto cómo se tensa. Sí: hoy comienza todo. Hoy nos alzaremos.

No obstante, si quiero lograrlo, necesitaré tener la mente despejada. Me libero con suavidad de la inquietud expectante de Pálor y vuelvo a concentrarme en el anfiteatro. Junto a mí vuelan dos jinetes con sus dragones, que pertenecen a las otras dos razas: Crissa y su pescavuela surcan el aire sobre mi cabeza, mientras que Cor y su rompetormentas planean debajo de nosotros. Estamos llevando a cabo el último ensayo, en el que solo participamos los líderes de los escuadrones.

–No podéis quedaros tan abajo, Cor –digo en voz bien alta para que el viento no se trague mis palabras.

Mi compañero profiere un gruñido de frustración y azuza a su rompetormentas para que suba. Hemos practicado una y otra vez la coreografía de la ceremonia de apertura junto a los representantes del gobierno, pero siempre tenemos problemas para decidir cómo exhibiremos el poderío de los rompetormentas. Antes de la Revolución, los dragones de la Casa Rompetormentas –mi familia– eran conocidos por sembrar el terror en las zonas rurales. No obstante, en un pasado aún más lejano, eran el recurso más poderoso que poseía nuestra isla para defenderse de las invasiones aéreas.

–Nos pidieron que abriéramos fuego a poca altura –apunta Cor.

–Ya, pero no puedes bajar tanto. Así pondrías en riesgo a la audiencia.

Nuestros dragones no han alcanzado la madurez todavía, por lo que apenas son tan grandes como un caballo y no son capaces de lanzar llamas. Aun así, el humo y las cenizas que escupen pueden producir quemaduras.

Más arriba, Crissa sigue girando en círculos con su pescavuela, un dragón largo y esbelto cuyo color azul pálido se fun­­de con el cielo matutino.

–Lo que buscamos es impresionar a los espectadores, no achicharrarlos –le recuerda a Cor.

–Vale, vale –acepta él, restándole importancia con la mano.

La flota del nuevo régimen todavía está en proceso de entrenamiento, tanto los dragones como los jinetes. Entre dichos jinetes, conocidos como Guardianes, ahora hay plebeyos y gente de baja alcurnia, incluso antiguos siervos. Este cargo ya no pertenece a los hijos de los drakolords.

Yo soy la única excepción, pero no se lo he contado a nadie.

Porque, desde la Revolución, tener sangre de drakonato se paga con la muerte. Mi nombre de nacimiento era Leo, hijo de León, lord de la Casa Rompetormentas y drakiarca de la Altaterra Lejana, pero desde que llegué al orfanato todos me llaman Lee. Ni siquiera el Primer Protector sabe la verdad, a pesar de que me salvó la vida y me aceptó con los brazos abiertos en la flota de Guardianes dos años después, sin percatarse de la verdad.

Y esa verdad es que un Rompetormentas ha conseguido entrar en el programa meritocrático de los Guardianes, creado para reemplazar todo aquello que representaba mi familia.

Sé que tengo suerte de estar aquí, de seguir con vida, de haber escapado del orfanato, pero los recuerdos de mi vida anterior tienen la manía de meterse en mi cabeza y tergiversar mis pensamientos. Sobre todo en momentos como este, cuan­­do Pálor y yo sobrevolamos el anfiteatro del Palacio. El antiguo régimen también celebraba torneos en este lugar. Mi padre participaba en ellos y yo siempre veía cómo volaba, soñando con el día en que me tocaría a mí.

Pálor se prepara para lanzarse en picado y encoge las alas, que parecen translúcidas cuando la luz matutina se derrama sobre ellas. Yo me inclino hacia delante y poso una mano enguantada sobre las escamas plateadas de su cuello. Pálor es un dragón aureliano, una raza menuda que destaca por su prudencia y su maniobrabilidad. La formación aureliana para la ceremonia de hoy es la única con la suficiente complejidad para requerir la participación de los colíderes. Podría ensayar a solas; pero si quiero que todo salga bien, necesitaré a...

Annie. Por fin ha aparecido.

Otro aureliano, este de color ámbar, ha surgido de la caver­­na ubicada en la base del anfiteatro, junto a la arena. Sobre su lomo se encuentra mi compañera de entrenamientos, Annie. Ella y yo hemos practicado juntos desde que entramos en el programa de los Guardianes, pero ya nos conocíamos de antes, de nuestra época en el orfanato.

Tenemos un pasado lleno de recuerdos compartidos, pero a los dos se nos da muy bien evitar el tema.

–¡Annie! Menos mal que has llegado –dice Crissa con un alegre gesto de saludo.

–Lee siempre vuela como un idiota si no estás –afirma Cor, y Pálor y yo le lanzamos un chorro de ceniza que él esquiva con una carcajada estridente.

Annie curva los labios al oír el comentario, pero, en lugar de contestar, se une a la formación sin dificultad y se coloca enfrente de mí. Su dragona, Aela, comienza a imitar los movimientos de Pálor. El cabello castaño rojizo de Annie va recogido en una trenza que le recorre casi toda la espalda, y su rostro pálido y salpicado de pecas luce una expresión concentrada. Su belleza me impresiona –me abruma, de hecho– casi desde que tengo memoria, pero nunca se lo he mencionado.

–¿Empezamos desde el principio? –sugiero, y mis tres compañeros asienten.

Esperamos a que la campana dé la hora para volver a ponernos en posición. Al bajar la mirada veo el anfiteatro, con el Palacio a un lado y el pilar kárstico que sostiene la Fortaleza de Pytho al otro, y también me fijo en los tejados puntiagudos y las planicies que se extienden hasta el mar. Por un instante, mientras observo la ciudad y la isla bajo mis pies, siento un impulso protector que se acerca a la posesividad. Me vienen a la cabeza los votos que pronunciamos cuando nos convertimos en Guardianes: Todo cuanto soy pertenece a Calípolis, y juro por las alas de mi dragón que la defenderé...

Hoy, ocho de los Guardianes competirán en los cuartos de final del torneo para nombrar al Suprajinete, el comandante de la flota aérea. Yo soy uno de ellos, junto a Annie, Cor y Crissa. A lo largo de las últimas semanas, los treinta y dos jinetes hemos participado en rondas eliminatorias hasta llegar a esta.

Desde que tuvo lugar la Revolución, Calípolis no había vuelto a seleccionar a un Suprajinete, uno de los poquísimos títulos del antiguo régimen que se han conservado. Ahora que los dragones de la flota han alcanzado la edad suficiente y los jinetes hemos pasado por el entrenamiento necesario, ha llegado el momento de ocupar ese puesto, que había permanecido vacante tras el levantamiento. Para los otros Guardianes, este torneo es una oportunidad para demostrar su valía; para mí, implica algo mucho más transcendental.

Porque conseguir el título de Suprajinete ya era uno de mis mayores deseos antes de la Revolución. Además, si gano, recuperaría el prestigio, el poder y el respeto que mi familia perdió en un solo mes de crueldad, cuando yo tenía ocho años.

Suprajinete...

Abajo, en el Palacio, las lejanas campanas de la torre del reloj comienzan a repicar y me sacan de mi ensoñación.

–Deberíamos regresar para desayunar –digo–. Goran prometió que a esta hora ya tendría organizados los duelos del torneo.

Aterrizamos en la Aguilera, la plataforma de piedra que sobresale en el centro de la arena del anfiteatro. Allí nos apeamos de los dragones, les quitamos los arreos y los mandamos a sus nidos, que se encuentran en las cavernas subterráneas. Luego, nos dirigimos al Palacio para reunirnos con el resto de los treinta y dos Guardianes, que ya han salido de los dormitorios y empiezan a llegar al refectorio del Claustro. En esta sala con paredes de piedra y ventanas altas y estrechas es don­­de compartimos el desayuno, que suele consistir en gachas de avena un poco quemadas. Técnicamente somos residentes del Palacio, pero antes de la Revolución, nuestros aposentos pertenecían a los criados.

–Qué temprano os habéis levantado.

Duck, el hermano menor de Cor, nos ha hecho sitio en el banco que compartía con un par de amigos. Aunque los dos tienen la misma piel morena y el mismo pelo ondulado, sus personalidades son opuestas: Cor acostumbra a estar ceñudo, mientras que su hermano siempre esboza una sonrisa sincera.

Annie se acomoda en el sitio que ha quedado libre al lado de Duck. Los dos tienen dieciséis años, uno menos que la mayoría de nosotros. En un principio fue esa casualidad la que los acercó, pero se hicieron amigos porque Duck parecía disfrutar del reto. Por muy difícil que sea arrancarle una sonrisa a Annie, a él se le da bastante bien.

Duck saca la cuchara de las gachas y apunta a Annie con ella.

–¿Preparada para tu gran día?

Ella suelta un resoplido, pero eso no evita que se ponga colorada. Ese rubor es una muestra poco habitual de su ambición, una emoción que Annie suele mantener bien oculta. Ahora vuelve a estar encorvada; cuando estamos en tierra, Annie siempre va encogida, como si deseara ocupar el menor espacio posible. Esa timidez contrasta con la confianza que exhibe en el cielo.

–También es tu gran día –le recuerda Crissa a Duck, con el tono vigoroso que usa cuando quiere animar a los jinetes de su escuadrón.

–Bueno, no te adelantes tanto –responde él con un gesto de desgana, y percibo cómo flaquea su sonrisa.

Al igual que nosotros cuatro, Duck ha llegado hasta los cuartos de final que se celebrarán hoy. Es posible que las cosas le salgan bien, pero todo dependerá de cómo controle sus nervios y de quién sea su contrincante.

–¿Acaso estás nervioso, Dorian? –pregunta una voz.

Es justo la persona en quien estaba pensando: Power, otro de los jinetes rompetormentas que se han clasificado para el torneo. Se ha detenido junto a nosotros mientras volvía del mostrador de la comida. Rodea el hombro de Duck con un brazo y se pasa la mano libre por el cabello negro y rapado, sin dejar de mirarme a los ojos en ningún momento. Los dos medimos y pesamos casi lo mismo; siempre tengo ese dato en mente cuando nuestras miradas se cruzan, y es obvio que él también.

Duck se pone rígido.

–Quítame las manos de encima –exige con la mandíbula apretada.

El vaso de Cor resuena cuando mi amigo lo deja de golpe en la dura mesa de madera, y yo vuelvo a meter la cuchara en el cuenco de gachas.

Al ver que Power retira el brazo, siento algo parecido a la decepción. Últimamente se ha vuelto más cauteloso.

–Tampoco hace falta ponerse a la defensiva –nos espeta.

Tras esto, regresa a su mesa y se sienta entre Darius y Alexa, que estaban observando nuestra conversación con aprensión. La tensión abandona la espalda de Duck, que profiere un sonido gutural de asco.

–A veces añoro los tiempos en que los críos patricios como Power se salían con la suya, porque entonces nos tocaba a nosotros darles su merecido –comenta Cor.

–Pues yo no los echo de menos –masculla Duck.

En el antiguo régimen, el gobierno estaba en manos de mi familia y los otros drakonatos, mientras que los patricios como Power ocupaban el siguiente escalón social: eran ricos, pero no tenían dragones. Y, como casi todos los patricios, Power menosprecia a los plebeyos como Cor, Crissa y, sobre todo, Annie, que no solo era plebeya sino que era una sierva.

–Seguro que Goran también añora esa época –murmura Crissa con la mirada fija en la puerta del refectorio, por la que acaba de entrar un adulto.

Goran, nuestro instructor patricio, es un hombre rubicun­­do y entrado en años; en su día fue oficial del ejército y estuvo en forma, pero se vino a menos con el paso del tiempo. Habla con el típico deje del acento drakoniano, que se vuelve más marcado cuando trata de intimidar a los jinetes de baja alcurnia. Su cara siempre me ha resultado perturbadoramente familiar; supongo que nuestros caminos se cruzaron alguna vez en el pasado, pero nunca me ha reconocido y eso es lo único que importa. Es evidente que Goran le profesa lealtad a Atreo, pero nunca ha parecido muy interesado en cumplir los ideales de la Revolución: antes de que Atreo se pusiera serio con ese asunto, Goran se lo permitía casi todo a Power y los otros Guardianes patricios.

–Buenos días, Guardianes –saluda a todos los presentes–. ¿Estáis listos para saber cuáles serán los duelos del día?

Se hace el silencio en todas las mesas y Goran comienza a leer la lista.

–Empecemos. Annie se batirá contra Darius.

Darius –uno de los amigos patricios que tiene Power dentro del escuadrón rompetormentas– se da la vuelta para estudiar a Annie. Me alegra ver que su habitual expresión bravucona ha sido sustituida por una mueca malhumorada. Como respuesta, Annie cruza los brazos y le lanza una mirada fulminante.

–En el siguiente duelo, Cor se enfrentará a Roca.

A pesar de que le ha tocado un contrincante decente, Cor pone mala cara. Imagino que estará calculando las combinaciones que pueden hacerse con el resto de participantes, sobre todo porque Duck es uno de ellos.

–Después, Lee contra Crissa...

Crissa profiere un quejido y se lleva las manos a la frente con dramatismo. Se vuelve hacia mí, y contemplo su rostro bronceado y rodeado por una aureola de rizos de un rubio tostado. Es difícil despegar la mirada de una cara así. Ella se da cuenta y levanta una ceja con coquetería.

–Ve a por todas, Lee.

Comienzo a sonrojarme por razones que no tienen relación alguna con el duelo. Al verlo, Crissa sonríe con suficiencia y Cor pone cara de exasperación.

Solo falta el último combate, cuyos participantes han quedado claros en cuanto Goran me ha emparejado con Crissa.

–Por último, Power se enfrentará a Duck.

Power lo celebra con un graznido de alegría, pero él es el único que parece contento: Duck se hunde en su asiento, y la expresión de Cor se torna seria. Annie mueve levemente el brazo, como si estuviera agarrándole la mano a Duck por debajo de la mesa. El chico es una de las pocas personas a las que Annie toca de manera voluntaria, y lo hace a menudo. Al notar el tacto de su amiga, él traga saliva de manera evidente.

Según Cor, no son pareja. Aunque sea cierto, es obvio que Duck está colado por ella desde hace años. Sin embargo, Annie nunca ha hecho más que tocarlo con esta misma naturalidad, como si todavía fueran niños. Y, por lo que puedo ver, parece que no es consciente de los sentimientos de su amigo. Cuando estábamos en el orfanato solía tocarme de la misma manera, pero dejó de hacerlo en cuanto llegamos aquí.

De repente, Duck se gira hacia mí y advierte que lo estoy observando. Los dos apartamos la mirada al instante.

–Falta poco más de una hora para la ceremonia de apertura, así que deberíais poneros manos a la obra –nos recuerda Goran–. ¿Cuántos contáis con que vengan a veros vuestros familiares?

Prácticamente todo el mundo levanta la mano; Annie y yo somos una excepción predecible. Sin embargo, en ese instante veo que ella también ha alzado un poco el brazo. Levanta la mirada y contempla su mano, como si su propio gesto la hubiera pillado por sorpresa.

Eso no tiene sentido. ¿Cómo va a venir la familia de Annie a visitarla?

–No quiero que los saludéis antes del final de la competición, pero luego podéis tomaros libre el resto del día. La señora Mortmane estará en la entrada del Claustro para daros los permisos de salida. ¿Alguna pregunta? –inquiere el instructor. Al ver que nadie dice nada, se vuelve hacia mí–. Lee, Annie, necesito hablar con vosotros.

No recuerdo la última vez que Goran pidió hablar con Annie. Los dos esperamos sentados mientras los demás salen de la estancia. Después, el instructor se sienta en la silla de la cabecera, y noto que la tensión se apodera de Annie ante su proximidad. Aunque ya hace años que Goran no la maltrata de manera directa –antes le asignaba más tareas que a nadie, le ponía notas bajas sin ninguna explicación y la ridiculizaba cuando entrenábamos en la Aguilera, entre otras cosas–, nunca ha dejado de tomarse la presencia de Annie en la flota como una ofensa mortal. Es como si no pudiera tolerar que una sola persona represente varias de las innovaciones de Atreo, ya que Annie no solo fue una sierva, sino que también es una mujer.

–El ministerio me ha pedido que os entregue unas misivas –dice, dándonos una carta cada uno. Al igual que siempre, evita mirar a Annie, como si se tratara de una aberración que no merece entrar en su campo de visión.

Mi mensaje lleva el sello de Atreo Athánatos, el Primer Protector.

–Leedlos después –nos indica Goran–. Podéis marcharos ya.

Tras salir, los dos nos detenemos en el pasillo para abrir los documentos. En el mío hay una sola frase, escrita a mano por Atreo. Al leerla, el regusto ácido de los nervios me invade el estómago por primera vez en lo que va de día:

Buena suerte, Lee.

Levanto la cabeza, pero Annie todavía está leyendo, petrificada. De repente, alza los hombros y aparta la mirada del papel.

–Deberíamos ir a la armería –comenta sin más.

Para cuando llegamos allí, el resto de la flota ya se está preparando para bajar a los nidos subterráneos de los dragones. Annie y yo nos dirigimos a las taquillas del escuadrón aureliano, abriéndonos paso entre los otros jinetes mientras ellos se ponen los trajes ignífugos, se atan las últimas placas de la armadura y se echan los arreos al hombro para llevarlos a las cavernas. La sala huele a cuero, sudor y ceniza, los aromas característicos de los jinetes de dragón.

De repente, noto que alguien me pone un papel en la mano: Annie me ha pasado su misiva y luego me ha dado la espalda. Me está invitando a leerla, pero prefiere no ver cómo lo hago.

Nuestras taquillas están pegadas; durante los últimos años he practicado mucho para fijar la mirada en cualquier cosa, por insignificante que sea, con tal de evitar posarla en Annie mientras se cambia de uniforme. En el caso de hoy, centro toda mi atención en el mensaje. El documento no porta el sello del Primer Protector, sino el del Ministerio de Propaganda.

El Ministerio desea recordarle a Antígona sur Aela que las obligaciones de los jinetes de la Cuarta Orden son de naturaleza eminentemente pública, e instarla a que se plantee si ocupar un cargo público de esta naturaleza es la mejor forma de cumplir con su voto de servir al Estado.

Quieren que pierda el duelo a propósito.

Annie ya ha terminado de ponerse su traje ignífugo. El cuero negro, tratado para aislar del calor y proteger del fuego, se ajusta a su delgada figura desde el cuello a los tobillos, y los destellos rojizos de su cabello trenzado contrastan con la oscura masa del uniforme. No muestra interés en hablar sobre el contenido de la misiva, al menos en presencia de los demás jinetes, así que permanecemos en silencio y empezamos a preparar nuestras armaduras. Nos cubrimos el traje ignífugo con unas placas hechas de escamas de dragón reutilizadas y las vamos sujetando con correas. Cuando los demás jinetes salen de la armería y nos dejan a solas, Annie extiende la mano para que le devuelva el papel.

–¿Qué decía el tuyo? –me pregunta.

Lo último que quiero hacer es mostrarle el mensaje de Atreo, por lo que titubeo en lugar de contestar.

–Por favor –me ruega en voz baja, y saca el documento de mi taquilla sin esperar a que yo le dé permiso.

Tras leerlo, se deja caer en el banco a mi lado.

–Enhorabuena –me dice. No suena resentida ni celosa; su voz solo transmite cansancio. Después añade–: Eres su siervo preferido.

«Siervo» es una de las palabras que se prohibieron después de la Revolución; ahora solo se permite su uso en contextos históricos. Creo que Annie nunca la había pronunciado antes, al menos para referirse a sí misma.

Tampoco para referirse a mí, aunque mi identidad esté unida a ese término desde que ella me conoce. Annie siempre ha evitado hablar de la verdad; yo ya era consciente de esa omisión por su parte cuando estábamos en el orfanato y se me daba mucho peor ocultar mis auténticos orígenes. Solo ha reconocido la realidad alguna que otra vez, con silencios significativos.

–Eso no es... –balbuceo, en un intento de disimular mi incomodidad–. Atreo nunca pensaría en esos términos.

–No lo niegues –replica ella, observando el techo con la cabeza echada hacia atrás–. Necesita que en la Cuarta Orden haya jinetes aceptables para la élite de la sociedad.

La Cuarta Orden se formará con los cuatro participantes que ganen los duelos de hoy, demostrando así que son los miembros más competentes de todo el cuerpo de Guardianes. Sus componentes gozarán del rango militar más alto de la flota, después del de Suprajinete.

–¿Te refieres a...?

–A la selección de su sucesor.

Me quedo congelado al oír esa última palabra, y parece que el impacto de haberla pronunciado en voz alta también ha dejado sin aliento a Annie.

Antes de que su mandato como líder del nuevo régimen finalice, Atreo elegirá como sucesor al más brillante de los Guardianes, que se convertirá en el siguiente Protector. No se ha anunciado de manera oficial, pero todo el mundo sabe que los candidatos serán los miembros de la Cuarta Orden.

–Ya está pensando en quién va a sucederle –insiste ella–, y no quiere a ningún siervo que siga comportándose como... Como un siervo.

–Tú no te comportas así –contesto con la mandíbula tensa, mientras me aprieto aún más las correas de la placa protectora del antebrazo.

Annie suelta una carcajada ahogada, porque los dos sabemos que eso no es cierto. Ya me imagino la información que el Ministerio habrá recopilado sobre ella: es bien sabi­­do que suele actuar con una modestia excesiva, y también lo pasa mal en cualquier situación que requiera hablar en público. Además, a pesar de que ha sido la mejor estudiante de la flota desde el principio, casi nunca levanta la mano en clase.

Podría arreglar esos problemas con un poco de práctica. Si se esforzara y tuviera acceso a los recursos adecuados, conseguiría la confianza que necesita. ¿Pero cómo va a pensar en lograrlo, o siquiera en intentarlo, si el Ministerio le manda este tipo de mensajes?

De todas formas, será mejor que me calle estas cosas. Prefiero desviar el tema.

–Entonces, ¿hoy vendrán a visitarte tus familiares? –digo con vacilación, sin tener claro si hago bien en preguntárselo.

Ella parpadea, sorprendida, y luego hace un gesto de negación.

–No habrá ningún familiar mío. Solo unos amigos... de mi aldea.

«Mi aldea» también está en la lista de palabras que Annie suele evitar. Ha pronunciado la expresión con cautela, como si le resultara ajena.

–Una familia me mandó una carta –explica–. Bueno, no la escribieron los padres, porque ellos no saben escribir.

Me atrevo a echarle un vistazo rápido; ha empezado a ponerse colorada en cuanto ha dicho «escribir».

–Pero su hijo pudo ir al colegio después de la Revolución –prosigue–, así que la ha escrito él. En cualquier caso, me avisaron de que vendrían. Se trata de la familia que me acogió un tiempo, justo antes de que me llevaran a Albanos.

Albanos es el nombre de nuestro orfanato. Annie llevaba años sin mencionar nada sobre su vida antes de aquella época, al menos en mi presencia.

Se toquetea el pelo con nerviosismo, apartándose de los ojos un par de mechones para recolocárselos detrás de la oreja.

–No los he vuelto a ver desde... –comienza.

De pronto, levanta la cabeza y me doy cuenta de que aún estoy observándola. Aparto la mirada con rapidez, y ella hace lo mismo. A continuación, agarra sus botas y se las pone con gestos bruscos.

–Seguro que la gente de tu aldea se emocionaría mucho si entraras en la Cuarta Orden –comento–. Cualquier persona que venga de la campiña lo celebraría, porque harías...

–¿Qué haría? –me insta a seguir con suavidad, aún inclinada para atarse las botas.

–Harías historia.

La respuesta resuena en mi cabeza. A mi padre le habría parecido una auténtica infamia, sobre todo porque la he dicho yo.

Tras recoger el casco con una mano enguantada, Annie se coloca la otra sobre las rodillas, preparándose para ponerse de pie. Me mira, con los labios curvados en una sonrisa peculiar y las cejas enarcadas.

–Vámonos ya, Lee –dice.

No hace ningún esfuerzo por recordarme que, gracias a la identidad de baja alcurnia que he adoptado, yo también haría historia. Es como si supiera que mi victoria no sería ninguna novedad; que yo solo siento el anhelo desesperado de repetir una historia ya acabada.

dos

LA CUARTA ORDEN

Antes de conocer a la niña, el chiquillo se movía por el orfanato como un sonámbulo. La comida no le sabía a nada, pasaba las frías noches acostado en un duro catre y convivía con las palizas y el acoso, pero nada de ello parecía afectarle. Daba igual que lo maltrataran, que le pegaran, porque sus atacantes eran insignificantes. Le gritaban en el mismo idioma que había oído mientras veía cómo asesinaban a los suyos.

En vez de escucharlos, se centraba en recordar el cariño de su familia, las risas de sus hermanas, las bromas de sus hermanos, la voz de su madre. En sus recuerdos veía un mundo lleno de luz y calidez, de enormes chimeneas con criados que se encargaban de mantenerlas encendidas, de lámparas de araña que colgaban sobre mesas repletas de comida. También recordaba la resplandeciente figura de su padre en la corte, mientras atendía a sus súbditos, y la sensación de despegar y alejarse del suelo junto a él. Su padre lo sujetaba bien mientras su rompetormentas batía el aire con las alas. La dragona se llamaba Aletheia y, en ocasiones, su padre permitía que le diera las sobras de la cena.

–Si un dragón te elige, todo esto te pertenecerá –le explicó su padre un día, mientras sobrevolaban los extensos páramos de Calípolis a lomos de Aletheia–. Y entonces aprenderás a gobernar, igual que yo.

–¿A ti te enseñó tu padre?

–Hizo lo que pudo, pero muchas cosas las descubrí por instinto. A ti te pasará lo mismo, Leo. Nosotros nacemos para gobernar, y los siervos para obedecernos.

El pequeño descubrió que podía refugiarse en estos recuerdos durante horas. Y, cuando se le acababan, pensaba en futuros imaginarios: el dragón que lo elegiría, el fuego que podría esgrimir gracias a él, los castigos que les impondría a aquellos traidores por habérselo arrebatado todo, porque merecían pagar por ello.

Aquello lo ayudaba a ignorar el mundo real y los malos recuerdos. No obstante, nada dolía tanto como verse obligado a regresar al presente.

Y eso fue justo lo que le sucedió cuando conoció a la niña.

Al otro lado de una puerta, dos chicos estaban pegando a una chiquilla de menor tamaño que intentaba defenderse. El niño sabía bien lo que se sentía en esa situación.

Pero en esta ocasión, por primera vez desde que había llegado al orfanato, decidió caminar hacia el origen de la violencia en lugar de huir de ella.

Mientras se acercaba, se sacó un cuchillo de cocina del bolsillo. Le costaba hablar en aquel otro idioma, pero consiguió pronunciar las palabras:

–Marchaos de aquí.

Al ver el arma, los dos chicos escaparon a la carrera.

Cuando se arrodilló junto a la chiquilla, se dio cuenta de que la conocía: eran compañeros de clase, aunque ella era como mínimo un año menor que los otros alumnos del curso. Tenía un cuerpo escuálido y una maraña de pelo castaño rojizo, y su ropa estaba aún más desgastada que la de los otros huérfanos del lugar. Al observarla bien, al chico le pareció tan pequeña que se quedó ano­nadado.

Nunca había pensado nada así sobre otra persona, puesto que él era el más pequeño de su familia.

–Tendrías que haberte rendido –le dijo–. Si te defiendes, te pegan más fuerte. Te hacen más daño y...

No terminó la frase.

La niña se encogió de hombros y lo miró, con la cara bañada en lágrimas. Su expresión le transmitió una ferocidad amarga y una determinación que él conocía bien.

–A veces no soy capaz de rendirme –replicó.

ANNIE

Por mucho que hayamos ensayado, nada me ha preparado para la sensación de divisar las gradas atestadas de gente y las banderas que ondean alrededor del anfiteatro, o para oír las trompetas que entonan el Himno de la Revolución al compás de los tambores. Aela y yo sentimos auténtico gozo al notar el resplandor azul del horizonte, la fresca brisa que trae el final de la primavera y los vítores de los ciudadanos, que resuenan mientras escenificamos la ceremonia de apertura. En momentos como este, una certeza me golpea con tanta fuerza como la primera vez que la sentí: mi vida actual, que para mí se ha ido convirtiendo en una rutina, es verdaderamente extraordinaria. Hoy, en las gradas que tenemos debajo, los plebeyos están viendo a gente como ellos a lomos de un dragón. Cuando se dan situaciones como esta, no puedo evitar sentirme orgullosa de mi país.

Aunque el país no esté tan orgulloso de mí.

Cuando siento que ese pensamiento está a punto de abrumarme, percibo el calor del cuerpo de Aela bajo la silla de montar. Su presencia acaricia las profundidades de mi mente como si me pidiera que me tranquilice, que no me centre en esas cosas. Aela siempre ha sabido cómo aplacar mis emociones cuando se descontrolan. Lo consiguió desde el principio, cuando yo era una niña que tenía pesadillas sobre el fuego de los dragones. Tras conocerla, esos miedos se esfumaron; el consuelo de esta dragona expió los crímenes de su especie. ¿Qué pensaría la gente de mi aldea si les dijera eso? ¿Cómo reaccionarían mis padres y mis hermanos? Nunca he sabido cómo responder a esas preguntas. Pero da igual, porque pierden toda su importancia cuando estoy con Aela.

Las dos lideramos las maniobras del escuadrón aureliano junto a Lee sur Pálor, mientras los fulgurantes pescavuelas surcan el cielo a una altura superior. Cor respeta las instrucciones que le dimos en el ensayo de esta mañana y mantiene al escuadrón rompetormentas a una distancia segura de las gradas, para que la ceniza no caiga sobre el público.

Una vez aterrizamos y mandamos a los dragones a sus nidos, Atreo comienza su discurso. A pesar de que estamos lejos del palco palatino, es imposible pasar por alto su presencia: su pelo corto y plateado como el acero, su postura confiada que desmiente la austeridad de su atuendo... El único detalle que se pierde a causa de la distancia es su mirada, que siempre me ha hecho sentir poderosa, importante y necesaria. La primera vez que lo vimos, poco después de que los dragones recién nacidos bajo el nuevo régimen nos eligieran, se me puso la piel de gallina cuando dijo mi nombre y lo unió al de Aela para formar un drakónimo como el que usaban los drakolords: «Antígona sur Aela, recita tus votos».

Me pregunto qué habría sentido si esta mañana me hubiera llegado un mensaje suyo para desearme buena suerte, en lugar de la escurridiza misiva que me envió el Ministerio de Propaganda. ¿Qué pensaría Lee al leer la suya? Quizá esa sea la razón por la que es capaz de mostrarse tan seguro en estos instantes, mientras observa al público expectante junto a mí...

Pero lo dudo. Nunca le ha hecho falta ninguna carta de Atreo para sentirse seguro de sí mismo; su confianza siempre me ha parecido evidente.

En lo que respecta a Lee, hay muchas cosas que me parecen evidentes desde que lo conozco.

–Hombres y mujeres de Calípolis, os doy la bienvenida a los cuartos de final del Torneo del Suprajinete –anuncia Atreo–. Hace diez años, tomasteis una decisión que cambió el curso de la historia: optasteis por evaluar a todo el mundo en las mismas condiciones, elegir a los ciudadanos más capaces para que se convirtieran en jinetes, y prepararlos para que os lideraran. Sois vosotros quienes habéis traído una nueva era de grandeza a esta ciudad en la que el poder de los dragones se ha puesto al servicio del bien, ahora que gozamos de líderes honestos y gobernantes justos. Durante los años transcurridos entre el antiguo régimen de los dragones y el nuevo, habéis permitido que yo os lidere. Pero ahora os insto a poner la mirada en el futuro, en vuestros Guardianes. Hoy, cuatro de ellos pasarán a la semifinal del torneo y conformarán la Cuarta Orden.

»Dentro de unos años diré: «¡Que gobierne el Guardián más virtuoso!». Pero en esta ocasión, las palabras apropiadas son: «¡Que venzan los mejores jinetes!».

Los vítores de los espectadores retumban por todo el anfiteatro, incendiando mi sangre.

Me siento en las gradas de piedra junto a Duck para ver el primer duelo. Su hermano Cor va a enfrentarse a Roca, que vuela a lomos de un rompetormentas, como él, y proviene de una familia altaterreña de siervos, como yo. Roca tiene la piel pálida, y su pelo rubio platino no está tan rapado como el de otros jinetes. Se ganó su apodo hace muchos años, gracias a su constitución corpulenta. Cuando el presentador anuncia su nombre real, las burlas de los demás Guardianes resuenan por toda la Aguilera.

–¡Buena suerte, Richard! –le gritan.

Roca se toma las pullas con buen humor y palmea los hombros de Loto y de Darius. A continuación, recorre la rampa de piedra junto a Cor para bajar a la entrada de las cavernas.

La seguridad que me transmitieron antes las palabras de Lee, por más que yo ya supiera todo lo que me estaba dicien­­do, comienza a disiparse. Él tenía razón al decir que yo haría historia si me ganase un puesto en la Cuarta Orden, sí. Pero pasaría lo mismo si lo lograra Roca. ¿Y a quién no le cae bien Roca, tan afable, resuelto y audaz? Hasta los patricios adoran a los siervos, si son como él...

Y, para qué engañarnos, lo que decía la misiva del Ministerio es cierto. No me gusta ejercer cargos públicos ni llamar la atención. Se me da bien ganar y disfruto haciéndolo, pero esto no acabará cuando derrote a mi contrincante en el duelo. Si entro en la Cuarta Orden, tendré que hacer más apariciones en público, y eso no me apetece en absoluto. Por no mencionar que probablemente no valdría para ello.

Y, sin embargo...

A mi lado, el pie de Duck golpetea la grada sin parar; es evidente que el combate de su hermano lo pone nervioso. Cuando Cor y Roca llegan a la entrada de la caverna, se llevan a los labios los silbatos de llamada que van integrados en sus respectivos brazaletes. Estos artilugios producen un sonido indetectable para el oído humano, pero los dragones están adiestrados para reconocerlo y acudir a él. Según se dice, los primeros jinetes de la historia eran capaces de llamar a sus dragones con la mente. No obstante, hace siglos que nadie consigue algo así.

En cuanto los dragones emergen de la oscuridad, Cor y Roca se suben a las sillas de montar y alzan el vuelo. Ambos se detienen encima del anfiteatro, a unos veinte pies de distancia el uno del otro. Están a la altura de la muralla del Palacio Externo. Los edificios del Palacio Interno se elevan por encima de ellos, pero se quedan pequeños al lado del imponente karst que sostiene la Fortaleza de Pyhto. Nada más sonar la campana, Cor se lanza hacia Roca, que lo esquiva con brusquedad. En ese momento, me doy cuenta de algo: Roca no es lo bastante habilidoso para derrotar a Cor.

A los espectadores no les parecerá tan obvio, pero yo detecto las señales con facilidad: Roca sur Bast se mueve con demasiada lentitud, y Cor sur Maurana no deja de arremeter contra él. Los ataques de Cor no han dado en el blanco por ahora; pero, cuando apunte con más cuidado, Roca no podrá esquivar el impacto con la suficiente rapidez. Los duelos del torneo se ganan golpeando al contrincante con chorros de fuego de dragón inactivado. Esta sustancia humeante, conocida como «ceniza», emite el suficiente calor para causar quemaduras y ennegrece las armaduras reglamentarias solo con rozarlas. Los golpes en el torso cuentan como un ataque letal, mientras que los golpes en las extremidades se consideran un punto; tres puntos equivalen a un ataque letal.

–¡Tú puedes, Cor!

Duck se ha levantado de la grada y se ha pegado a la barandilla de la Aguilera para observar el duelo, con los ojos entornados para protegerse del sol. Cuando Roca consigue el primer punto –gracias a un ataque que chamusca el brazo de Cor por pura suerte–, Duck da un respingo como si hubiera sentido el impacto.

–Dicen que no hay fuego tan doloroso como el de los rompetormentas –comenta Power, que se ha colocado junto a Duck.

Power se mueve en el suelo igual que en el cielo: en ambos casos me recuerda a un felino predador. Lleva el casco debajo del brazo, y el sol ilumina su piel bronceada y el contorno de su cabello rapado. Duck se pone en tensión, pero no se gira hacia él.

–¿No tienes nada que decir, Annie? –añade Power.

Uno de los métodos preferidos de mi compañero para provocarme es preguntar por mis experiencias con el fuego de los rompetormentas. Cuando utiliza esta treta, le gusta examinar mi expresión impasible. Después de tantos años, este tipo de situaciones se ha convertido en una especie de tradición.

Mi amigo ha apretado los puños. Cuando éramos niños, las pullas sobre la muerte de mi familia cabreaban tanto a Duck que siempre acababa peleándose con Power. Sin embargo, nunca ganaba. Además de poseer unos músculos compactos, Power pega unos puñetazos que parecen aprendidos en los barrios bajos, más que en el seno de una familia patricia.

–¿Se puede saber qué quieres? –gruñe Duck.

–Un asado cocinado a fuego lento –contesta Power con voz grave, arrimándose a mi compañero mucho más de lo necesario.

La respuesta enfurece a Duck, pero yo le agarro el brazo para frenarlo.

–Aléjate de nosotros –le ordeno a Power.

Aunque estamos hablando en voz baja, la conversación ha captado la atención de los jinetes sentados en las gradas cercanas. De hecho, Lee y Crissa están justo a nuestro lado. Lee se queda quieto al ver la mirada apaciguadora que le lanzo, pero no aparta la vista. Permanece a la espera, preparado para pasar a la acción.

Power se aparta de Duck y centra toda su atención en mí, como un dragón que acabara de detectar el rastro de una nueva presa. Sus ojos marrones se clavan en los míos, y su sonrisa deja al aire unos dientes brillantes. De pronto, inclina la cabeza para imitar de forma caricaturesca los gestos de obediencia del antiguo régimen, como si yo fuera una de los drakonatos.

Noto que la cara se me pone colorada. En cuanto Power se marcha, Duck sacude el brazo para librarse de mi mano. Luego se gira para seguir contemplando el duelo aéreo de su hermano, pero me doy cuenta de que tiene la respiración entrecortada.

–Oye, Annie.

–Dime.

–¿Quieres acompañarme a ver a mi familia durante el receso del torneo?

–¿No se supone que debemos esperar hasta el final de...?

–Creo que me conviene ir antes.

Se me pasan por la cabeza los destellos de furia que iluminaban la mirada de Power, y empiezo a sentir el dolor impotente que siempre me embarga cuando veo sufrir a Duck. No sería la primera vez que Power sur Zampador manda al hospital a un jinete.

–De acuerdo.

Duck aparta los ojos del duelo el tiempo suficiente para dedicarme una sonrisa traviesa. El viento le acaricia el cabello ondulado mientras él se endereza con un testarudo encogimiento de hombros, como si el mero hecho de mantenerse de buen humor fuera un acto de rebeldía. El día que nos conocimos, me agarró de la mano y me llevó al tejado del Claustro para contemplar las estrellas. En aquel momento, no entendí sus intenciones. ¿Para qué querría nadie pararse a mirar las estrellas, si ya las veíamos todos los días?, le dije. Pero no como ahora. Enseguida entenderás lo preciosas que son, me contestó él.

Y, en efecto, nada podría haberme preparado para la belleza de la imagen que me esperaba: en aquel tejado almenado, las estrellas estaban tan inmóviles y próximas que parecía posible tocarlas. Nos pillaron poco después, pero mereció la pena. Hasta ese momento, nunca había acatado un castigo de Goran con una sonrisa.

De repente, el público estalla en vítores. Cor se ha lanzado en picado para acercarse a Roca y ha conseguido asestarle el tercer ataque puntuable. Duck profiere un grito triunfal y levanta el puño hacia el cielo.

Ese tercer punto significa que Cor sur Maurana ha derrotado a su contrincante: el duelo ha terminado.

Y, por lo tanto, soy la única altaterreña que queda en la competición.

Cor y Roca se apean de los dragones en la Aguilera, moviéndose con la rigidez característica de los jinetes que acaban de sufrir quemaduras. El presentador anuncia a Cor sur Maurana como el primer miembro de la Cuarta Orden y él agita el brazo en señal de celebración, con un subidón de adrenalina que le aporta un toque demente a su sonrisa. Cuando Roca se baja cojeando del rompetormentas, su amigo Loto lo recibe con los brazos abiertos y lo ayuda a llegar hasta la barandilla, mientras el dragón se sumerge en las cavernas.

–No se lo has puesto nada fácil, amigo –comenta Loto.

El aspecto altaterreño de Roca contrasta en todos los sentidos con el pelo encrespado, la piel marrón y el cuerpo desgarbado de Loto, que es hijo de un poeta patricio de renombre.

–Bueno, pero ahora toca ver qué nos jugamos en el duelo entre Lee y Crissa –replica Roca tras sacudirse las manos.

Puede que los Guardianes hayamos jurado renunciar a placeres terrenales como el dinero, el matrimonio y la descendencia, pero Roca y Loto siempre encuentran la manera de hacer apuestas.

–Ah, por supuesto –responde Loto–. Yo me juego una traducción del drakoniano a que...

–Sabéis que podemos oíros, ¿no? –interrumpe Crissa–. Y más vale que apuestes por mí, Loto. ¿O ya no te acuerdas de que soy la líder de tu escuadrón?

Al ver que el chico traga saliva, Crissa sonríe con suficiencia. Después, se gira hacia Lee y se golpea la palma de una mano con el puño contrario.

–¿Estás preparado, Lee?

Lo observo un momento: con su armadura reglamentaria de competición, su pelo oscuro, sus ojos grises, sus prominentes pómulos y su expresión seria, recuerda a los caudillos que aparecen en los tapices sobre las guerras bassilianas. La mayoría de la gente no se atrevería a provocarlo con pullitas, pero Crissa no se echa atrás. Para mi sorpresa, Lee le contesta enarcando una ceja, y el gesto logra ruborizar a Crissa a pesar de su simpleza.

En el dormitorio de las chicas también se ha organizado otra apuesta: la pregunta central es cuánto tardará Lee en «sucumbir a los encantos» de Crissa, como diría Deirdre. Ella y Alexa fueron las que empezaron el juego, y al final hasta Orla acabó por unirse. Crissa sabe que la apuesta existe y le hace gracia, pero yo evito hablar del tema. Por ahora, nadie ha ganado.

Lee y Crissa bajan por la rampa en dirección al punto de encuentro con los dragones. Las chirriantes risitas de Deirdre y Alexa, sentadas en una grada cercana, comienzan a sacarme de quicio. No obstante, la Aguilera entera se queda en silencio en cuanto los dos jinetes alzan el vuelo. La imagen de Lee surcando los cielos consigue que los coqueteos de Crissa y las reacciones inescrutables del chico pierdan todo su interés.

Casi siempre practico con Lee en los entrenamientos, por lo que no suelo tener muchas oportunidades de contemplar sus vuelos desde abajo. Lee y Pálor se mueven con la mezcla perfecta de fluidez y precisión, sin pasarse de velocidad, sin quedarse cortos y sin contener su potencia. Su destreza es tan arrebatadora que aguanto la respiración sin darme cuenta, hasta tal punto que empieza a dolerme el pecho. Quisiera ser yo la que responde a sus ataques y sus retiradas, la que se embriaga con la euforia de luchar contra alguien como él, el tipo de contrincante que te empuja a sacar la parte más habilidosa, atrevida y resistente de ti misma.

Crissa es, probablemente, la mejor jinete del escuadrón pescavuela: sabe cómo aprovechar al máximo la flexibilidad y la rapidez natural de su dragón. Sin embargo, ni siquiera ese talento puede competir con el control absoluto de Lee.

–Es raro que Lee esté dejando pasar tantas oportunidades, ¿no? –murmura Roca.

Él no conoce el estilo de nuestro compañero tan bien como yo. No es que Lee esté dejando pasar las oportunidades, sino que pretende ganar con un único ataque letal.

Al final, Crissa se impacienta y da un pequeño rodeo para lanzarse contra su oponente. Lee se aparta hacia la izquierda y Pálor abre fuego una milésima de segundo después. Ese primer chorro de ceniza consigue la victoria de inmediato: la parte delantera de la coraza de Crissa ha quedado ennegrecida. A Lee no le ha hecho falta obtener puntos para vencer.

Cuando aterriza y se quita el casco, su rostro luce una expresión de tranquilidad total, nada parecida al asombro eufórico de Cor. Luego se acerca a Crissa, que le estrecha la mano con una sonrisa de decepción reprimida. Lee mantiene esa mirada imperturbable mientras el público vitorea desde las gradas y el presentador lo confirma como el segundo miembro de la Cuarta Orden. Es como si supiera que llegaría este momento.

Me embarga una emoción a medio camino entre la amargura y la admiración, porque Lee gestiona estas situaciones sin ninguna dificultad. Además de saber ganar, él mismo cree que se merece la victoria.

Ese pensamiento viene seguido de otro diferente, tan indeseado como innegable: Por supuesto que todo esto es fácil para él.

Igual que lo sería para mí, si yo también viniera de una familia de drakonatos.

Esa última palabra –drakonato– me hace sentir sucia. Aunque no se haya eliminado del lenguaje público, como sí ha ocurrido con «siervo», mi cerebro tiene prohibido usarla para referirse a Lee. Por desgracia, el porte de mi amigo es tan regio en estos momentos que el término ha conseguido colarse en mi cabeza.

Es cierto que nunca he llegado a confirmar los orígenes de Lee.

Pero tampoco me ha hecho falta.

De todas formas, no habría cambiado nada. Lo más importante es que Lee trabaja bien como jinete y como líder. Además, es mi amigo y sé que merecía ganar. No debería molestarme lo cómodo que parece al cumplir sus objetivos.

Ni tampoco el hecho de que el Primer Protector lo prefiera a él: un supuesto huérfano de los barrios bajos que goza de una confianza y una elegancia inesperadas.

Nos dan un descanso de veinte minutos antes de los dos últimos duelos: Duck contra Power y yo contra Darius. Los jinetes que ya han combatido empiezan a bajar las escaleras de la Aguilera y se dirigen a la entrada del Palacio, donde los médicos les tratarán las quemaduras durante el receso.

–¿Vamos ya? –sugiere Duck tras darme un toquecito en el brazo.

Su familia se ha sentado en la zona reservada para la clase broncínea, compuesta por los artesanos; debajo de ellos están las gradas para los obreros de la clase férrea. A una altura muy superior, flanqueando el palco palatino, se encuentran los asientos para los argénteos y los áureos, que son, respectivamente, la clase enérgica –término usado para referirse a los militares– y la filósofa. Antes de la Revolución, la familia en la que nacías determinaba tu clase social: podías ser plebeyo, patricio o drakonato. Pero desde que se instauró el nuevo régimen, se te asigna una clase tras someterte a un examen.

–¿A quién buscas? –me pregunta mi amigo.

No paro de observar a la multitud, haciendo caso omiso de las miradas que atraen nuestras armaduras mientras trato de encontrar a los visitantes de mi aldea. ¿Por qué no aparecen? ¿Es que no han llegado aún? Estoy segura de que pertenecen a la clase broncínea, puesto que los granjeros se consideran artesanos. Por lo tanto, solo podrían sentarse en estas gradas.

–¡Dorian! ¡Por fin has venido! ¡Y Annie también!

La familia Sutter nos rodea en un instante. La madre y las dos hermanas de Duck me dan un gran abrazo, mientras que su hermano menor se sube a un banco y se lanza hacia mi amigo. Los Sutter siempre me han recibido con los brazos abiertos.

–Tú también estarás muy ilusionado con la victoria de Cor, ¿no? ¿Crees que podría convertirse en el Suprajinete?

Duck se para a pensar, con los ojos entornados. Me pregunto si los dos estamos calculando las probabilidades de que su hermano venza a Lee en algún momento, ya que él también ha pasado a la semifinal.

–Quizá. Pero ahora que vivimos en tiempos de paz, el título de Suprajinete es poco más que un premio honorífico –responde mi amigo.

–Puede que estalle una guerra –apunta Merina, su hermana menor.

Las trenzas de la niña se agitan mientras ella se balancea sobre los talones. Merina se parece mucho a sus otros hermanos: también ha heredado la piel atezada de su madre y los ojos castaños y el pelo ondulado de su padre.

–Es poco probable –insiste Duck con una carcajada y un gesto de negación. A continuación, comienza a enumerar las razones con tranquilidad–: Tenemos buena relación con Damos; los dragones del archipiélago iscano han prometido que mantendrán una posición neutral; el imperio bassiliano entró en decadencia hace siglos...

Duck solo está repitiendo la información básica que hemos aprendido en las clases sobre la geopolítica de la región, pero su familia lo contempla con estupefacción. Los Sutter tienen una panadería en el barrio de Altomercado, y siempre se han mostrado muy orgullosos de los progresos de Cor y Duck. Sin embargo, no llegan a entender todo lo que conlleva nuestro cargo.

–¿Y qué hay de Nueva Pythos? –añade el señor Sutter con su voz grave, que suena extrañamente tensa–. Ellos nos la tienen jurada, ¿no?

Está tratando de igualar el nivel de conocimientos de la conversación, pero lo dice con tanta torpeza que siento un poco de vergüenza ajena. Duck, pensativo, aúpa a su hermano menor, Greg, y se lo coloca sobre los hombros mientras busca una buena respuesta para su padre. El señor Sutter acaba de desvelar su nivel educativo, aunque no se ha percatado de ello. Según los rumores, Nueva Pythos acogió a los miembros de las Tres Familias que sobrevivieron a la masacre del Día del Palacio. Sin embargo, es bien sabido que las fuerzas militares de la isla son prácticamente inexistentes: no disponen de dragones ni de defensas aéreas. Ni siquiera poseen una flota naval, ya que los pilares kársticos de la zona dificultan enormemente la navegación. Aun así, el gobierno se asegura de que estos rumores sigan extendiéndose entre las clases bajas: según nos explicaron en clase los agentes del Ministerio de Propaganda, sirven para generar patriotismo.

Ese razonamiento es mucho más entendible cuando tu padre, un miembro de la clase broncínea, te lo demuestra en persona.

–Tienes razón: no podemos olvidarnos de Nueva Pythos –acepta Duck con serenidad.

La señora Sutter, con los brazos tan cubiertos de harina como de costumbre, se lleva las manos a las caderas como si quisiera disipar la tensión que emana de su marido y su hijo.

–Estemos en guerra o no, entrar en la Cuarta Orden es un verdadero honor –declara.

–¡Es verdad! Nos lo dijeron en clase esta semana –comenta Merina con ilusión–. Si formas parte de la Cuarta Orden, eres uno de los candidatos a convertirte en el siguiente Protector. Cor tendrá que participar en más rondas de visitas y dar discursos. Y también irá a fiestas elegantes con los áureos, y hará una especie de audiciones...

¿De verdad les hablan de la Cuarta Orden en el colegio? Me invade la ansiedad al darme cuenta de que todos los niños del país estarán hablando de nosotros. No obstante, me recuerdo a mí misma que es normal. Al fin y al cabo, los Guardianes –nosotros– somos un tema relevante para ellos.

Me viene a la cabeza el mensaje de esta mañana: «El Ministerio desea recordarle a Antígona sur Aela que las obligaciones de los jinetes de la Cuarta Orden son de naturaleza eminentemente pública».

–Suena terrorífico... Menos mal que le ha tocado a Cor y no a mí –dice estremecida Ana, la hija mayor de la familia Sutter.

Las palabras de la chica, alta, huesuda y sencilla, resumen a la perfección mis propios pensamientos. De repente, siento una oleada de cariño hacia ella.

–¿Has pasado ya el examen de los metales? –le pregunto.

Ana es un año menor que nosotros y está cursando el último año escolar, el momento en el que los alumnos se someten a dicho examen.

Ella asiente y me muestra su muñeca desnuda.

–Todavía no sé cómo me ha salido, pero las pruebas no se me dan tan bien como a Duck y a Cor.

Una vez le comuniquen el resultado, le asignarán una clase social, y Ana tendrá que ponerse el brazalete correspondiente. Los brazaletes de bronce de sus padres, que los señalan como artesanos, brillan a la luz del sol. Duck y yo llevamos la versión más inusual de todas: los nuestros están hechos de oro entrelazado con plata. Esa mezcla indica que, cuando éramos niños e hicimos el examen durante el proceso de selección de los nuevos Guardianes, obtuvimos los resultados necesarios para entrar tanto en la clase filósofa como en la enérgica.

Las campanas comienzan a repicar. Duck tensa los hombros al recordar lo que implica ese sonido: ahora le toca enfrentarse a Power.

–Tenemos que volver ya –anuncia.

La señora Sutter se despide de mí con otro abrazo, un gesto maternal que me deja aturdida.

–Buena suerte con tu duelo, querida. Vendrás a visitarnos durante el Festival de Estío, ¿verdad? Más vale que este año no pongas excusas –me advierte.

–Si hace falta, sacaremos a Annie y Lee a rastras del Claustro –le asegura Duck.

Mientras regresamos a la Aguilera, giro la cabeza en todas las direcciones para buscar a la familia de mi aldea entre los espectadores broncíneos. Sin embargo, no los veo por ninguna parte.

Puede que al final se hayan quedado en casa.

Recuerdo las palabras que me dijo Lee esta mañana: Seguro que la gente de tu aldea se emocionaría mucho si entraras en la Cuarta Orden.

Es gracioso, porque yo misma me estoy emocionando ante la posibilidad de que quieran celebrar mi victoria.

La búsqueda me tiene tan distraída que casi me estampo contra un chico rubio, alto y fornido como una estatua de mármol blanco: Darius, mi oponente para el duelo final del día. Está bajando de las gradas reservadas para los áureos, acompañado de varios amigos patricios que también entraron en la clase filósofa gracias al examen de los metales. Los conozco de vista a casi todos, ya que los Guardianes compartimos muchas asignaturas con los estudiantes áureos. En el futuro serán nuestros compañeros, nuestros colegas de trabajo. Nuestros subordinados. De hecho, muchos son hijos de los funcionarios que me acompañan cuando visito el Palacio Interno y otras sedes del gobierno.

Y todos ellos se alegrarían de que Darius sur Myra entrara en la Cuarta Orden.

Darius frena en seco al verme, y luego señala el arco de piedra por el que ambos íbamos a pasar.

–Después de ti, Annie –me indica; es la personificación de la caballerosidad.

Santos dragones... Tengo que perder el duelo a propósito. No me queda otra. ¿Acaso no juré con mis votos que cumpliría la voluntad del Estado? Y el Estado, está claro, prefiere a este chico. Es una verdad dolorosa, pero también entendible. Al fin y al cabo, hace un rato me he quedado petrificada solo de pensar que unos niños desconocidos estarían hablando de mí. Darius no será mi persona favorita en el mundo, pero es un tipo decente y hará un buen trabajo.

Duck y Power serán los siguientes en luchar, mientras que Darius y yo clausuraremos la jornada de duelos.

Una vez llegamos a la Aguilera, Duck, rígido por los nervios, deja que su hermano le revise la armadura y le aconseje en voz baja. Como el rompetormentas de Power es bastante grande, no tendrá que preocuparse de ahorrar fuego ni de apuntar con precisión; Zampador casi nunca se queda sin ceniza. Por lo tanto, lo mejor que puede hacer Duck es moverse sin parar ni un segundo, con la esperanza de que su oponente se vaya cansando.

–Y recuerda: ni un maldito derramamiento –masculla Cor.

Normalmente, nuestras emociones y las de los dragones se mantienen separadas gracias a una barrera difusa y subliminal. Sin embargo, cuando nuestras emociones se hacen muy violentas, las defensas ceden y nuestras mentes se mezclan con las de los dragones. Los derramamientos pueden ser el punto fuerte de un jinete, pero también su mayor debilidad. Algunos, como Power, los provocan a propósito. Lee y yo preferimos no hacerlo, aunque a mí me incomoda menos que a él compartir mis pensamientos con Aela. Duck es el tipo de jinete que sufre derramamientos con facilidad, pero a él no le vienen nada bien. Siempre que le pasa, la cosa acaba mal: Certa y él pierden el control.