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¿Qué preferirías traicionar? ¿Tus deseos o tus ideales? El mundo se convulsiona. Unas revoluciones triunfan, otras son aniquiladas. Pero en la implacable maquinaria de la Historia hay personas atrapadas. Jóvenes que apenas han empezado a vivir, y que se ven enfrentados a decisiones imposibles. Ha llegado el momento de elegir entre dos traiciones.
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Seitenzahl: 749
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Para mi marido, Robert.
PRÓLOGO
La niña observó cómo su padre cavaba. El silencio reinaba a su alrededor. Hettie y Lila estaban dentro de casa con las otras mujeres de la aldea, ocupadas en amortajar el cadáver; Garet había subido a la montaña a primera hora, y Rory se encontraba al otro lado de la tumba, ensanchando el hoyo mientras su padre lo hacía más profundo. En invierno, la Altaterra se convertía en un lugar frío, ventoso y un tanto húmedo.
–¿Meteremos a mami ahí? –preguntó la pequeña.
Su padre se detuvo para secarse el sudor del cuello.
–Sí.
–¿Y al bebé también, si se muere?
–Sí –repitió él tras una pausa más larga.
–Ve adentro, Annie –le pidió su hermano Rory con voz rota–. Quédate con las mujeres.
–¿Es el bebé quien ha matado a mami?
–¡Papá, mándala dentro!
–Para a descansar un rato, Rory.
El muchacho tiró la pala al suelo. La niña fijó la mirada en la herramienta mientras Rory se alejaba a zancadas por el campo.
–Yo también sé cavar –comentó.
La tumba ya era lo bastante profunda para engullir a la chiquilla si se aventuraba en su interior, pero ella no tenía miedo. Su padre, que sabía detectar cuándo le costaba comprender algo, se impulsó para salir del hoyo y se sentó con ella en el borde. Olía a tierra y a sudor, y su barba le acarició la mejilla cuando la envolvió entre sus brazos. Las dos palas se habían quedado apoyadas en su rodilla.
–No fue el bebé quien mató a tu madre, sino el hambre –le explicó–. Los lords la asesinaron al llevarse nuestra comida.
La niña asintió, aunque seguía pensando que había sido culpa del recién nacido. Al fin y al cabo, era él quien había producido dolor a su madre y la había hecho sangrar; los lords no tenían nada que ver con eso. Sin embargo, prefirió guardarse esa idea para sí.
–¿Estás muy triste, papá?
De haberse quedado, Rory le habría ordenado que dejara de hacer preguntas. Pero ahora mismo se encontraba al final del claro,contemplando con expresión tormentosa el valle que se extendía más abajo. Y el padre de la niña nunca se negaba a responder, aunque ciertas cuestiones hacían que cerrara los ojos y se sumiera en largos silencios.
–Sí. Y enfadado –contestó al rato.
–Pero te lo estás guardando todo dentro, ¿verdad?
–Así es. Me lo guardo todo dentro.
Esa era la regla que seguían cada vez que había una requisa: «Cuando vengan nuestros lords, guardaos todas las emociones dentro, hasta la más pequeña». Según su padre, era lo más seguro.
El hombre tomó la mano de la pequeña y señaló con ella el terreno intacto que tenían al lado.
–Junto a esta tumba quedará sitio para la mía, y también para las de tus hermanos y hermanas.
La niña no lloró: se lo guardó todo dentro.
–No –replicó–. Eso aún no va a pasar.
–Cierto: aún no va a pasar –asintió él.
Al oír cómo sonaban esas palabras en boca de su padre, la pequeña cambió de opinión.
–No va a pasar nunca –declaró.
Él soltó una carcajada de sorpresa que retumbó en su vientre.
–Ay, alondra mía, reina Sondelaire. Eres demasiado joven para ponerte a dar órdenes como esa –comentó.
A ella le pareció una tontería, porque ni era reina ni tenía poder para dar órdenes, pero se acurrucó aún más entre los brazos de su padre y se quedó callada. Él le acarició el cabello, cubriéndole toda la cabeza con la palma de la mano.
–¿Te dijo alguna vez mamá que tienes su mismo pelo?
–No, este pelo es mío –respondió ella tocándose el flequillo.
Él esbozó una sonrisa que le dibujó arrugas en el rostro y agitó su barba. Hacía días que la niña no lo veía sonreír.
–Ya, es tuyo, pero lo heredaste de ella –le explicó–. Tan marrón como la tierra y tan rojizo como el fuego. Siempre la tendrás contigo.
La pequeña se enrolló un mechón en un dedo. «Tengo un trocito de mi madre, un pedazo secreto de ella», pensó. Cuando su padre la puso en pie y le pidió que entrara en casa para ayudar con la mortaja, ella le hizo caso.
Terminó de cavar la tumba él solo. Y el bebé, que falleció poco después, recibió sepultura junto a su madre.
El invierno dio paso a la primavera, y luego llegó el verano. Durante ese tiempo, Lila –la hermana mayor de la niña– asumió las tareas de su madre, mientras que la niña y su otra hermana, Hettie, hicieron lo propio con las de Lila. Ahora era Lila quien les trenzaba el cabello, como acostumbraba hacer su madre. A veces, cuando Rory, Lila y su padre no estaban pendientes de ellas, la pequeña y Hettie retomaban uno de sus antiguos juegos, «mamá y bebé». Sin embargo, la nueva versión de la actividad rozaba la desesperación, como si creyeran que esa farsa les permitiría resucitar a su madre.
–¡No! Tienes que decirlo igual que mami –exigió Hettie.
Por desgracia, a la niña empezaba a costarle recordar las palabras de su madre.
–Soy yo quien tiene el pelo de mami –decidió responderle a Hettie, que no compartía ese rasgo.
Su hermana rompió a llorar. La chiquilla se limitó a mirarla mientras guardaba sus emociones dentro, en el lugar donde estaban más seguras. Al rato le preguntó si le apetecía jugar a otra cosa y, tras secarse las lágrimas, Hettie asintió. Cambiaron al juego de «quemar la aldea», y la niña dejó que Hettie hiciera de drakolord.
Durante los escasos meses de calor, tuvieron alimento suficiente; pero una nueva plaga había diezmado la cosecha, y todos sabían que no podrían hacer frente a los impuestos ni a la llegada inminente del invierno. A finales de verano, cuando el sol empezaba a teñir de oro el cabello heredado de la niña, los rompetormentas reaparecieron en los cielos. Los drakolords habían regresado a sus haciendas rurales para pasar allí los meses fríos, y pronto darían comienzo las requisas.
Los hombres de Holbin se reunieron en casa de Don Macky, uno de los miembros del consejo de la aldea, y añadieron un nuevo decreto a la lista de avisos que les había transmitido el pregonero en nombre de León Rompetormentas y el drakiarcado de la Altaterra Lejana. La niña, que se había colado en la reunión, estudió el decreto con el mismo interés que les había dedicado a los anteriores, arrodillada entre su padre y Rory en la larga banqueta de los Macky. Los hombres hablaban sobre hoyos secretos, escondites y alijos, y debatían cuánto alimento podrían ocultar sin que los lords sospecharan. Pero ella no les prestaba atención.
–Es demasiado arriesgado –comentó Don Macky.
–Igual que enfrentarse al invierno después de otra plaga –apuntó su padre.
–¿Qué quiere decir in... su... bor... binación? –preguntó la pequeña.
–Es insubordinación, con de –le explicó su padre–. Significa que desobedeces a su lord.
–Silas, ¡mira lo que hace tu hija! –exclamó Don Macky señalándola.
Los hombres pausaron la conversación para girarse hacia la niña, que deslizaba un dedo por el texto del decreto mientras pronunciaba en silencio las palabras que había declamado el pregonero un rato antes. Llevaba meses practicando así en las reuniones, oculta tras la silueta de su padre. A esas alturas, reconocía los símbolos de la página con la claridad suficiente para formar palabras y convertirlas en sonidos.
–¿No estará...?
–Eso parece.
Su padre colocó un dedo en la parte superior de la hoja.
–¿Qué pone aquí, Antígona?
Ella le aferró el dedo y lo desplazó del lado derecho del pergamino al izquierdo.
–Se empieza por aquí, papi –corrigió.
Después de ese suceso, su padre empezó a llevarla a todas las reuniones, y los hombres de Holbin la recibían con los brazos abiertos. No necesitaban que les leyera ningún documento nuevo, pero habían empezado a verla como una especie de amuleto de la suerte: esa niñita, dueña de un nombre que le quedaba grande, había resultado ser tan diestra en la lectura como cualquier lord. A veces, le pedían por mero gusto que leyera los decretos anteriores. Y, mientras su padre la llevaba a hombros durante el camino de vuelta a casa, la niñita se sentía lo bastante alta para acariciar las estrellas veraniegas, e imaginaba que estaba surcando los cielos como los dragones que volaban en las alturas.
–Solo haces teatro –le espetó Rory un día–. Papá solo se cree que sabes leer porque eres su favorita.
La primera parte de la acusación fue la que más le dolió, porque no era cierta. Sin embargo, sabía que lo que le dolía a Rory era la segunda.
–No lo soy –contestó.
Cuando se lo contó a Lila, su hermana le dijo que no hiciera caso a Rory. Según ella, estaba amargado porque él había sido el favorito de su madre, y ahora la había perdido.
Al reparar en el tono de Lila, que estaba trenzándole el pelo, la niña le preguntó:
–¿Y tú de quién eres la favorita?
–De nadie –respondió Lila tras pensarlo un momento.
–En ese caso, serás la mía. Y luego, Hettie será la tuya y Garet será el de Hettie. Me parece lo justo.
A la niña le produjo un gran placer solucionar aquel problema. Le recordaba a las balanzas que usaba el ayudante del lord en los días de requisa, solo que ella se había imaginado cinco platillos, en vez de dos, para representar a Lila, Rory, Hettie, Garet y ella, respectivamente. Ahora que todos eran el favorito de alguien, los platillos habían alcanzado el equilibrio perfecto.
–Qué tontita eres –comentó Lila sonriente, mientras terminaba de atarle la trenza–. No puedes conseguir que todo sea justo.
A medida que se acercaba el día de la requisa, los aldeanos comenzaron a cavar hoyos para ocultar sus provisiones, sin dejar de debatir sobre la cantidad que podrían esconder sin correr riesgos. El padre de la niña hizo el hoyo más grande de todos y juró por la tumba de su mujer que ninguno de sus hijos pasaría hambre ese invierno. Todos los hermanos ensayaron las diferentes reverencias que debían hacer según fueran niño o niña, y el padre se aseguró de que recordaran las Súplicas de memoria, por si acaso. En el pasado, esta lección había sido tarea de su mujer, y él se alejaba cada vez que los oía repetir aquellas palabras. Ese año, el primero en que le tocaba hacerse cargo de aquella labor, los obligó a repetir las frases hasta que pudieran recitarlas sin pestañear. Su mujer siempre decía a los niños que no llegarían a usar las Súplicas, pero él no les hizo ninguna promesa por el estilo. Es más, añadió una nueva enseñanza de cosecha propia:
–Cuando nos obligan a arrodillarnos, ven la parte trasera de nuestra cabeza y creen que nos hemos rendido. Pero hay algo que no saben: estés de rodillas o de pie, puedes pensar igual de bien.
En ese momento, seguían ensayando delante de la casa. La puerta del depósito secreto se encontraba a unos tres metros de distancia, enterrada bajo unos juncos. Los niños estaban arrodillados ante su padre, que hacía el papel de lord. Se habían reído bastante a lo largo de la sesión, pues Hettie y Garet no paraban de hacerse cosquillas. Sin embargo, todas las bromas cesaron cuando su padre pronunció esas palabras; era como si la gravedad del asunto los hubiera devuelto de golpe a la realidad.
–¿En qué piensas, Rory? –le preguntó el hombre a su hijo, todavía arrodillado.
–En la cebada que hemos escondido sin que se entere nuestro lord –respondió Rory con la mirada fija en el suelo.
El padre se detuvo frente a cada niño de la fila y les preguntó lo mismo a todos. Cuando le tocó a Antígona, ella contestó:
–Prefiero guardarme dentro lo que siento.
La niña tenía la cabeza agachada, por lo que no pudo ver la expresión de su padre.
–Bien dicho –remachó él.
Llegado el día de la requisa, el padre y Rory recorrieron el camino que llevaba a la plaza de la aldea con una carreta cargada de cebada y otras ofrendas. Lila los acompañaba con una cesta de pan, y los niños más pequeños la seguían en fila. El posadero para dragones ya estaba ocupado por la oscura sombra de una visitante, una rompetormentas con las puntas de las alas rojas y una cresta del mismo color. Aunque Lila les advirtió que daba mala suerte mirarla, la pequeña aprovechó un despiste de su hermana para contemplar a la enorme dragona. Al levantar la cabeza, se topó con unos ojos rasgados que también la observaban a ella. Sintió una ráfaga de miedo, pero también algo más: euforia.
Con sus garras, sus alas y sus relucientes escamas, la rompetormentas era la criatura más hermosa que había visto en su vida.
La cola avanzaba con lentitud. El lord se tomaba su tiempo para interrogar a cada familia, hablándoles en calisio con un ligero acento y una sonrisa elegante. Cuando llegó el turno de la familia de la niña, los hombres del lord se llevaron la carreta para inspeccionar su contenido, mientras ellos presentaban sus respetos tal y como habían ensayado. La niña contuvo el aliento mientras el ayudante murmuraba varios números a su lord. ¿Se daría cuenta de que la contribución de su familia era menos de la mitad de lo que tenían escondido en el sótano? El ayudante estudió un papel lleno de cifras, con el ceño fruncido, y se dispuso a hacerle una pregunta a León. Pero algo había captado ya la atención del lord.
–Tu esposa... –le dijo al padre de la pequeña–. ¿Por qué no ha venido con vosotros?
–Falleció durante un parto, milord –respondió Silas con las manos agarradas delante del vientre.
La chiquilla se percató de que esa explicación no era la misma que le había dado a ella: no había mencionado nada sobre la hambruna, la plaga ni los impuestos de León.
–Me entristece oír eso, Silas –comentó el drakolord.
A juzgar por su expresión, era cierto: los ojos grises y benevolentes del señor se posaron con gesto de preocupación en la familia de Silas y en los niños que esperaban detrás de él. El ayudante se quedó callado, pero la severidad no desapareció de su rostro.
–Te ha dejado unos hijos fuertes y sanos –añadió León.
–Gracias, milord.
–¿Me los has presentado ya a todos? La más pequeña es...
–Disculpad mi descuido, milord. Esta es Antígona. Acaba de cumplir la edad mínima para presentarse ante vos.
Cuando el lord la miró, Lila le tocó la espalda para que repitiera la reverencia, aunque ella ya pensaba hacerlo.
–Antígona... –repitió León con tono pensativo–. Es un nombre drakoniano.
La dragona que aguardaba arriba percibió el interés de su lord por la niña y se giró hacia ellos, con la cabeza erguida y la cresta un tanto erizada. La atención de la rompetormentas le puso la piel de gallina a la niña, pero las fosas nasales de la criatura no soltaron humo, ni hubo ninguna otra señal que pudiera interpretarse como una amenaza.
–Lo oí en una canción –explicó Silas con un cierto temblor en la voz–. Os pido perdón, milord. Espero que no lo consideréis ofensivo.
–En absoluto. Me gusta pensar que los siervos con nombres grandiosos aumentan aún más el honor de la Casa Rompetormentas.
Silas se inclinó ante él. A su vez, la dragona agachó la cabeza y volvió a cerrar los ojos.
–Tienes casi la misma edad que uno de mis hijos –le dijo el lord a la niña.
–Sí, milord –respondió ella, sin apartar la vista de sus lujosas botas.
León Rompetormentas le hizo una seña con la barbilla al ayudante, que levantó la vista con exasperación. Luego, sacó dos hogazas de la cesta que le habían entregado, se las entregó a Antígona e hizo un anuncio en el afectado calisio que se hablaba en la corte:
–Un gesto de condolencia por la pérdida que ha sufrido vuestra familia.
La niña abrazó con fuerza el pan y le hizo otra reverencia a su lord, asegurándose de guardar sus emociones dentro.
–Os ruego que aceptéis la gratitud de este vuestro siervo, milord, por tratarnos con una bondad tan inmerecida –gruñó Silas.
Al mirar a su padre, aún inclinado en una profunda reverencia, la chiquilla se percató de que tenía el cuello rojo como un tomate.
León agitó una mano y el ayudante exclamó:
–¡Siguiente!
Esa noche, la aldea organizó una celebración. Las ofrendas de cereal habían superado la prueba: el lord se había creído todas sus excusas. Gracias al buen humor de León, la estratagema de los holbinenses había salido bien. En casa de Silas, los miembros de la familia despedazaron las hogazas que les había devuelto su lord y bañaron los trozos en miel sacada de su escondrijo. La cena se convirtió en un auténtico festín: brindaron por la piedad de su lord, pero también por su estupidez, y luego por la madre que había muerto por su culpa.
A la mañana siguiente, una sombra sobrevoló los campos de la zona. Una rompetormentas de cresta roja aterrizó ante la casa de Silas. Y un grupo de soldados, llegados de Harfast y de la sede del Triarcado Occidental, atravesó la aldea y rodeó la granja.
–He estado hablando con mi ayudante y parece ser que ha habido un error –anunció León, tan apacible como el día anterior.
El padre de la niña no se inclinó ante él, como de costumbre; aquella mañana, se puso de rodillas y pegó las manos al barro del suelo. A su espalda, los niños hicieron lo mismo. Era lo que habían ensayado en el pasado, solo que esta vez no se trataba de un ejercicio. Silas empezó a recitar una de las Súplicas que había enseñado a sus hijos. Era la más importante, la que solo se pronunciaba en momentos desesperados.
Varios soldados se interpusieron entre el padre y los hijos mientras los demás empezaban a registrar el patio. Para cuando descubrieron el hoyo secreto, Silas se había quedado sin Súplicas que recitar.
–Dime cuál es tu favorito –le pidió León a Silas, que no fue capaz de responder.
Al ver que su padre se echaba a llorar, la niña pensó: «Debería guardárselo todo dentro».
Estaba tan centrada en observar a su padre, a su lord y a la imponente dragona que no reparó en nada más, al menos hasta que Rory la enderezó de un tirón. El chico se frotó los ojos y dijo:
–Ve con nuestro lord.
–No –replicó ella, porque lo último que le apetecía en ese momento era acercarse más al hombre y su dragona.
–Hazme caso, Annie –insistió él. Su voz, que solía sonar áspera cuando se dirigía a ella, se había vuelto serena de repente–. No te pasará nada.
Lila le dio un pequeño empujón, y los pies de la niña comenzaron a moverse.
Caminó hacia el drakolord mientras los soldados se llevaban a su padre. Más tarde, cuando todo acabó, la niña intentaría recordar el momento en el que se había cruzado con él. ¿Se había agachado su padre para despedirse, para darle un último beso en la frente mientras ella se alejaba de la muerte y él iba directo hacia ella? A decir verdad, ni siquiera lograba recordar si se habían mirado. Su único recuerdo era la temible imagen de la dragona y el lord, mientras avanzaba hacia ellos con los pies tan pesados como si fueran de plomo. Luego sí se giró hacia su padre; pero él ya estaba de espaldas, entrando en la casa junto a sus hermanos y hermanas.
–Hola de nuevo, Antígona –dijo León con amabilidad al ver quién era la elegida–. Ven aquí.
Apoyó la mano en la nuca de la niña, como lo haría un padre para tranquilizar a su hija o un jinete para apaciguar a un dragón inquieto. La rompetormentas permanecía alerta a su lado, echando humo por las fosas nasales; a la niña ya no le parecía tan hermosa. León alzó la voz y dictó sentencia en drakoniano. En aquel entonces, la chiquilla no entendía ese idioma; pero unos años después, recordó el nombre del castigo impuesto y lo investigó en la biblioteca de un lugar lejano hasta comprender las palabras:
–Aquel que merezca el castigo del dragón tendrá su hogar por sepultura.
Luego, le dio una orden a la rompetormentas y, sin más, ella convirtió el hogar de la pequeña en una sepultura.
Cuando el fuego prendió en la vivienda, la niña trató de guardarse sus emociones dentro. Pero no quisieron quedarse ahí: brotaron al exterior como una ola, acompañadas de las Súplicas que había aprendido de memoria. León ignoró tanto las emociones como las Súplicas. Sujetó a la niña con delicadeza, pero no permitió que apartara la mirada.
–Un verdadero desperdicio –comentó el lord al final.
A continuación, giró a la niña hacia él y le secó los ojos con los pulgares enguantados. También le acarició el pelo, igual que había hecho el padre de la niña cuando se habían sentado en la tumba de su madre. La chiquilla estaba tan conmocionada que se abrazó a él.
–Ea, ea, pequeña. Has aprendido la lección, ¿verdad? ¿Se la explicarás a los amigos de tu padre?
León la enderezó y apoyó una rodilla en el suelo para ponerse a su altura, como si estuviera acostumbrado a explicar cosas complicadas a los niños.
–Cuando tratáis de desafiarnos, os lo arrebatamos todo.
PRIMERA PARTE
UNO
Ha llegado la víspera del Ansiado Retorno, y estoy a punto de perderlo todo.
Absolutamente todo. Eso significa para mí el chico arrodillado junto a mí, mientras yo me encaro a mi familia y a mi corte como si fuera un extraño. Griff Gareson, el jinete humilde, el siervo al que nunca debí amar. Bajo la mirada hacia sus húmedos rizos y las brillantes quemaduras que rodean su cuello, y únicamente se me ocurre desear que estuviéramos solos para besarnos por última vez. Me asombra lo erguida que mantiene la cabeza.
¿Acaso no ha comprendido aún lo que sucede?
–Entonces, ¿por qué se la proporcionaste? –pregunta lady Electra.
Ese es el crimen que he cometido: le entregué a Griff Gareson la llave que abría las cadenas de su dragón amordazado, y él la ha usado para reunirse con Antígona, la Suprajinete de la flota calipolana, y espiarnos para el bando contrario.
A pesar de la traición de Griff, nuestro plan sigue adelante sin ningún impedimento: en este momento, Ixión se dirige a Calípolis para poner a la ciudad de rodillas con la ayuda de una princesa extranjera y una promesa de alimentos. En los diez largos años que llevo exiliado, nunca había estado tan cerca de volver a casa. Debería estar bañándome en la gloria de nuestro triunfo.
Pero mi único pensamiento es que, dentro de poco, el amor de mi vida va a caer al vacío desde el lomo de un dragón.
Los drakonatos exiliados presentes nos miran de hito en hito y sacan sus propias conclusiones. Suponen que el amor me hizo perder la cabeza, que ni siquiera le pregunté para qué utilizaba la llave.
Es cierto que estaba enamorado; de hecho, lo sigo estando. No obstante, tengo la cabeza en su sitio. Nunca interrogué a Griff sobre la llave, pero sabía perfectamente para qué la quería.
Y le permití hacerlo.
¿Por qué? No he parado de darle vueltas a esa pregunta, como si se tratara de una piedra redondeada de las que a veces recojo en la playa. ¿Por qué he permitido que nos traicione?
Llevo años preparándome para el Ansiado Retorno a Calípolis con tanto entusiasmo como el resto de mi familia: yo también anhelo regresar a casa. La lejanía del Palacio Veraniego de los Pescavuela me duele tanto como la ausencia de una extremidad; a pesar de que ya han pasado diez años, sigo soñado con los aromas del Medéano que aderezaban los soleados salones de mármol, y con el eco de las risas de esa madre que me arrebataron los usurpadores.
–Ha sido un honor serviros a todos –dice Griff con una reverencia pronunciada, justo antes de que lo saquen a rastras de la sala.
Una vez se ha marchado, mi padre me impone el único castigo que se equipara a la gravedad de mi falta:
–Serás tú quien lo arroje.
Unas horas más tarde, mientras espero en mis aposentos a que rompa el día, alguien llama a la puerta. Mi vista se enfoca y mi entorno recupera su nitidez habitual. El escritorio está salpicado de libros, antiguos poemas protagonizados por héroes; llevo horas mirándolos fijamente, desde que encendí el farol y me derrumbé en la silla, pero no les he prestado ninguna atención. Esta noche, las historias que tanto me consolaban de niño no me han servido de nada.
Al abrir la puerta, me topo con una joven norciana que me trae un papel.
Mabalena, más conocida como Lena, fue en su época una jinete humilde, igual que Griff. Su cojera, los ángulos extraños de sus extremidades y la forma asimétrica de su rostro me recuerdan de golpe las represalias que sufrió hace seis años. La declararon culpable de sedición y la arrojaron –como harán con Griff–, pero habría que ser muy idiota para creer que la dulce y tímida Mabalena pudo cometer esos crímenes. Desde entonces, trabaja de criada en la ciudadela. La instalaron en las mazmorras, en una celda sin cerrojo; encerrar a Lena no tendría sentido, pues no le queda ningún otro sitio al que ir.
En su caso, el arrojamiento la sentenció a una vida de dolor. En el de Griff, será una ejecución.
–Un mensaje de lord Rode, señor.
No desesperes tan rápido, hermano, me ha escrito. Habrá muchos más siervos dispuestos a calentarte el lecho.
En momentos como este, me cuesta recordar esa infancia en la que Rode y yo fuimos amigos.
Aparto la mirada para contemplar a Mabalena, que espera con la cabeza gacha y expresión plácida. Su cabello está menos apelmazado de lo habitual, como si lo hubiera desenredado hace poco con un cepillo tosco. Al examinar a esta chica maltrecha, parece imposible que alguna vez volara a lomos de un dragón. Las preguntas que nunca llegué a formular acabaron enterradas en la maraña de mi mente hace años: ¿Te ponen la mano encima? ¿Te hacen daño? Son las preguntas que habría querido hacerle a Griff cuando Julia empezó a requerir su presencia y a comentar lo que hacía con él entre risas. ¿Pero de qué me habría servido saberlo? De nada. Y, dado que no puedo hacer nada por ayudarlos, al menos les debo discreción.
Antes pensaba que tenía algún trastorno, y que esa era la razón de que me preocupara tanto por los siervos como Griff o Mabalena. Ahora, no sabría decir si el enfermo soy yo o si lo es mi familia. En cualquier caso, es un poco tarde para ponerme a buscar una cura, ahora que Griff está a punto de morir. Me acerco a la chimenea de dos zancadas y tiro la nota al fuego. Las llamas se reflejan en los ojos de Mabalena mientras observa cómo arde el papel.
–¿Qué tal está el prisionero calipolano?
La mirada de Mabalena se posa en mi rostro al instante. Probablemente detecta el rastro de las lágrimas en mis mejillas, pero permanece impasible.
–Sigue sufriendo ataques de pena –responde–. Echa de menos a su pescavuela, pero es amable. Hablamos un poco en drakoniano. Cada día tiene mejor aspecto, y sus heridas van curándose.
Mabalena siempre ha estado a cargo de los prisioneros. Pero cuando le entregué a Duck Sutter hace dos meses, tras llevarme la sorpresa de encontrarlo con vida entre los escombros del incendio, me percaté de que ella parecía más interesada de lo normal en su rehabilitación. Creo que no solo entiende el dolor que siente el calipolano por la pérdida de su dragona, sino que también sabe lo que es sobrevivir a una caída mortal y quedarse con el cuerpo destrozado, como le ha pasado a él.
Tenía la esperanza de que se ayudarían mutuamente, pero ni siquiera eso me ha preparado para las siguientes palabras que murmura Mabalena:
–El calipolano está siendo... un rayo de sol en mi oscuridad, milord.
Lo dice como si no tuviera claro si es algo bueno. Durante un breve instante, su expresión se torna tan vulnerable que deja su alma al desnudo.
La dulce Mabalena, que cayó desde las alturas... ¿No se ha dado cuenta aún de que no tenemos permitido ser felices?
Señalo el sillón situado entre nosotros y Lena se acomoda en él como un pajarito, mientras yo me siento enfrente. Cuando lleno dos cálices de vino y le ofrezco uno, su rostro salpicado de cicatrices refleja aún más desconcierto. Espera a que yo beba antes de dar un trago.
–Han declarado a Griff culpable de traición –anuncio, y sus dedos aprietan el cáliz con más fuerza. Entiende mejor que nadie las implicaciones de esa sentencia–. Y mi padre me ha ordenado que me encargue del castigo.
–Entonces, deberíais hacerle caso –contesta.
Al notar que sus palabras no me sorprenden, comprendo que me ha dicho justo lo que necesitaba oír.
Porque yo he estado pensando lo mismo.
Los iris de Lena tienen un frío tono gris, como si hubieran perdido el color.
–Así podréis aseguraros de que se haga correctamente, por el bien de su familia. Podréis evitar que ellos... corran la misma suerte.
En el caso de Lena, fue Rode quien llevó a cabo el castigo, y decidió arrojar primero a su familia y luego a ella.
Cierro los ojos. Al rato, un tacto suave me refresca la cara; Mabalena ha colocado los dedos en mi mejilla.
–Antes de que Rode me encargara que os trajera su mensaje, vi a Griff en la celda donde lo han encerrado –murmura–. Él también quería mandaros un mensaje.
–¿Qué te dijo? –pregunto, mirándola con el corazón desbocado.
–Quería pediros que os deis un paseo bien largo con Gefyra antes del arrojamiento. Dice que os arméis de valor, os toméis todo el tiempo que os haga falta... y que, cuando volváis a casa, cumpláis con vuestro deber.
Planean arrojar a Griff al amanecer, pero nosotras estamos preparadas mucho antes.
Aela y yo dejamos atrás las guaridas de la ciudadela med’Aureliana y nos dirigimos a los pilares kársticos que rodean Nueva Pythos, recortados sobre el cielo grisáceo como dedos oscuros. Agga, la hermana de Griff, espera escondida con sus dos hijos en la cima del karst de Rosaespina, entre las zarzas escarchadas que recubren los menhires del santuario; los hemos llevado allí para que pasaran la noche a salvo. Los tres emergen de su refugio en cuanto Aela aterriza, y el niñito, Garet, me invita a contemplar el amanecer desde el borde del acantilado.
Garet... Tiene el mismo nombre y casi la misma edad que mi hermano cuando murió. Nuestros idiomas, el calisio y el nórico, comparten su origen, igual que ambos pueblos comparten los húmedos inviernos y las largas hambrunas. A pesar de que esta familia de siervos vive al otro lado del mar, no puedo evitar sentirme más cercana a ellos que a las élites calipolanas con las que he asistido a clase los últimos diez años. Agga ni siquiera es mucho mayor que yo.
Su hija, Becca, nos observa a unos pasos de distancia. Solo deja de mirar a la dragona para contemplarme a mí. Apenas parpadea, como si temiera que pudiéramos desaparecer cuando cierre los ojos.
–Hemos terminado –le digo a Agga.
–¿Qué ha pasado con el veneno? –pregunta ella en voz baja.
Las guaridas seguían a oscuras cuando Aela y yo nos marchamos. El hedor a pescado ahumado y cuero quemado era idéntico a los olores que impregnan los nidos de Calípolis. Solo he tenido un semestre para estudiar nórico, por lo que no conseguí entender las conversaciones susurradas de los escuderos, todos amigos de Griff. Aun así, como ellos conocían a los dragones mucho mejor que yo, les entregué el ánfora de draktanasia y les indiqué que se la repartieran entre ellos.
–Los escuderos se encargaron de él. Aela y yo nos pusimos manos a la obra con los bozales.
Una de las escuderas, llamada Fionna, nos guio con sigilo por el húmedo corredor de las guaridas. Aela se acercó a los dragones de los jinetes humildes y, uno a uno, agarró los bozales con las fauces, para calentarlos con su aliento ígneo hasta que el metal se volvía incandescente y se partía. Cuando liberamos al dragón de Fionna, un aureliano leonado con unos oscurísimos ojos negros, ella relajó los hombros del alivio y la criatura comenzó a gimotear.
–Entonces, ¿ya pueden volar con libertad? ¿Pueden usar su fuego? –dice Agga a la luz grisácea de la luna, que resalta el blanco de sus ojos.
–Sí –confirmo–. El escudero que está de guardia los soltará en cuanto le demos la señal.
Después, le pido que me indique el punto de la isla principal donde tendrá lugar el arrojamiento. Su dedo tembloroso señala el Montículo del Conquistador, una empinada colina situada en medio de las aldeas norcianas y enfrente de la ciudadela med’Aureliana, coronada por la imponente estatua del lord invasor. A los norcianos se les ordenará que acudan allí para presenciar el castigo y aprender la lección.
Para ver cómo arrojan a Griff Gareson por traidor.
Por conspirar con la Suprajinete calipolana.
Es decir, conmigo.
Pero nosotros vamos a convertir la supuesta ejecución en la oportunidad que necesita Griff para iniciar su revolución. El abuelo de Agga, Grady, ha quedado encargado de reunirse con los cuatro clanes de confianza. A esta hora, ya habrá despertado a los líderes de las aldeas para decirles que se avecina la guerra y que deben prepararse.
–Creo que no los habéis envenenado a todos –comenta Agga.
Me dispongo a preguntarle cómo lo sabe. Es cierto: no había ningún dragón en varios de los establos que deberían estar ocupados, un detalle que despertó la inquietud en todos nosotros. No encontramos a Nitro, el rompetormentas de Ixión, y tampoco a la dragona de Freyda, la princesa bassiliana a la que está cortejando. Se rumorea que su goliatán, una raza autóctona del continente, es lo bastante grande para tapar el cielo. Aun así, los escuderos llenaron los comederos de los dragones desaparecidos con el alimento envenenado; según ellos, probablemente habían salido a patrullar y volverían antes del amanecer.
Pero, al seguir la mirada de Agga, comprendo que ella se refiere a un dragón concreto.
Un pescavuela ha emergido de las nubes a varios kilómetros de aquí. Su esbelta silueta es como una línea gris que danza entre los tentáculos de la niebla matutina, y sus finas alas se mantienen rectas mientras planea. Encima de ella, el jinete parece un soldadito de juguete.
Estiro una mano para tranquilizar a Aela y digo:
–Escondeos todos.
Nos arrodillamos entre las zarzas antes de que el pescavuela sobrevuele el santuario.
–¿Esa no es Gefyra? –susurra Garet con voz aguda, mientras mueve el cuello para ver mejor a la dragona–. Sí, es Delo sur Gefyra. No hay que tener miedo de él.
–Hoy sí –responde Agga con la respiración agitada, obligándole a bajar la cabeza.
Una mano diminuta se entrelaza con la mía, y descubro que Becca se ha encogido a mi lado. Ella también mira hacia arriba, pero sus ojos no están pendientes de la dragona, sino de mi rostro. Sus uñitas se clavan en la palma de mi mano. Junto a nosotras, Aela pega las doradas alas al costado y retuerce el cuello de manera que una de sus pupilas rasgadas controle a la pescavuela en todo momento.
Tras hacer un último movimiento con la cola, Gefyra desaparece entre la bruma que nos protege.
Becca separa sus dedos de los míos y Garet se suelta del brazo de su madre. Todos nos enderezamos de nuevo, pero la mirada de Agga permanece posada en las nubes que se han tragado a Delo sur Gefyra.
–Pobrecillo... Seguro que lo han obligado a ser el verdugo –murmura.
Recuerdo cuando le enseñé a Griff a escribir los nombres de su familia y él me preguntó con voz entrecortada si podía añadir uno más. Después, con gran esmero, trazó las palabras «Delo Pescavuela» en el cuaderno de práctica. Me pongo en pie y me sacudo las ramitas de las rodillas.
–¿No es habitual que los drakonatos metan a los siervos en sus lechos?
–En sus lechos, sí. Pero no en sus corazones.
Es decir, que sus circunstancias no se parecen a las de los típicos drakonatos, sino a las de Lee y yo. O a las que habríamos tenido si su padre siguiera con vida y él se hubiera enamorado de mí sin darle la espalda a su familia.
Me vienen a la cabeza sus palabras: No me abandones.
Y no pienso hacerlo. Volveré con Lee en cuanto termine mi labor aquí.
–Al menos, solo tendrá que arrojar a Griff –murmuro.
Según me contaron los escuderos, la última vez que se le impuso este castigo a una jinete norciana, también arrojaron a su familia. Solo pronunciaban su nombre entre susurros: Mabalena. Esa historia, contada con horror y conmoción, me resultó más familiar de lo que me gustaría. Al otro lado del mar que nos separa, los drakolords castigaban a las familias de manera similar, solo que lo hacían con fuego. Yo fui la Mabalena de mi aldea.
Por eso insistí en traer a Agga y sus hijos aquí: quería mantenerlos a salvo hasta que completáramos el plan.
Como esa era mi principal preocupación, me toma un poco por sorpresa lo que dice Agga acto seguido:
–Te agradezco mucho que nos hayas ayudado hoy –murmura, y el silbido del viento impide que sus hijos la oigan–. Pero quiero dejarte algo claro: al enterarme de que Griff estaba en contacto contigo, rompí a llorar.
Me mira a la cara sin soltar a su hijo, y el fuego que arde en sus ojos me recuerda mucho a Griff. Ha tenido que armarse de valor para hacer esta confesión, porque mi dragona la asusta; las miradas rápidas que le dirige de cuando en cuando lo delatan.
Supongo que, hace años, mi padre imaginó el escondrijo que podría cavar y decidió correr el riesgo, aunque eso acabara trayendo el fuego de dragón a nuestro hogar.
Y tanto Agga como yo sabemos que Griff ha aceptado ese mismo riesgo al acudir a mí.
Para ella, yo simbolizo el recurso a la violencia, la última opción posible. En el mejor de los casos, seré el menor de los males.
Soy una jinete de dragón, y he venido aquí a cumplir mi misión.
–No me extraña que llorases –repongo.
Me acerco a la alforja de Aela. Hace apenas unas horas, me quité el traje ignífugo y la armadura al amparo de sus alas, en unas dunas que quedan muy lejos de aquí; fue Lee quien me desabrochó las correas con dedos temblorosos. El vestido y el pañuelo que llevo ahora son de Agga –Griff se los pidió prestados–, y noto que me mira mientras me quito las prendas. Quizá, más allá de todas mis quemaduras cicatrizadas, vea el cuerpo de una sierva como ella. O a lo mejor solo distingue a una urbanita que ha crecido rodeada de lujos, con la comida necesaria para compensar una infancia de hambrunas. Me desvisto del todo y me pongo el traje ignífugo entre escalofríos. Después, me aprieto las mismas correas que soltó Lee, mientras las zarzas me arañan la piel erizada.
Cuando me dispongo a sacar el refrigerante, reparo en las manitas que me sujetan la alforja.
–Quiero ayudarte.
–Becca, no la molestes –regaña Agga, mientras estira el brazo con brusquedad para sujetar a su hija.
Sin embargo, la niña se zafa de ella.
–No pasa nada –aseguro.
Becca es una ayudante muy atenta: observa cómo abro los conductos de refrigerante para conectar el bote y llenarlos. Cuando llega el momento de hacer lo mismo con la parte trasera del traje, se acerca todavía más.
–Déjame a mí –pide.
–Gracias –acepto, apoyando una rodilla en el suelo para quedar a su altura.
Sus deditos van girando las válvulas que me recubren los omóplatos.
–¿Para qué sirve esto?
–Si sufro alguna quemadura, lleno el traje de este líquido para mitigar el dolor.
Agga nos contempla sin parar de frotarse la barbilla, con tanta fuerza que acabará por despellejarla.
–Cuando sea mayor, me gustaría montar a lomos de un dragón, como tú. Sí, yo también seré Suprajinete.
Casi se me había olvidado, pero, al oír eso, recuerdo que yo también soñaba con ese título.
–No es un trabajo fácil.
–Bueno, no me da miedo –responde ella encogiéndose de hombros. Deja el bote en el suelo y pregunta–: ¿Ahora va la armadura?
–Eso es.
Le enseño cómo colocar las placas, la coraza, las hombreras y los protectores de los brazos y las piernas. Después toca preparar a Aela, y le muestro cómo se ata el peto a lo largo del blando vientre de la dragona, para proporcionarle una capa defensiva que la resguarde de las jabalinas lanzadas desde abajo. Aela espera sin apenas moverse: mientras observa a la atareada niña con un ojo entrecerrado, solamente agita la cola.
–Le caes bien.
Becca alza la cabeza para mirarla, pero no tengo claro si su siguiente pregunta va dirigida a ella o a mí.
–¿Salvaréis a mi tito?
–Sí –contesto, a la vez que Aela suelta una nubecilla de humo por la nariz.
–¿Y liberaréis Norcia?
Agga, que no ha apartado la vista de nosotras, parece angustiada. Aela baja el hocico hacia la mano abierta de Becca, y los temblorosos dedos de la niña acarician el tramo de escamas doradas que separa las fosas nasales de la dragona.
–Eso espero –afirmo.
–Quiero ayudar –repite ella.
Recuerdo haberle dicho lo mismo a mi padre, mientras intentaba agarrar la pala apoyada en el interior de la tumba. Ahora entiendo por qué me dio un abrazo en lugar de una respuesta. Le enseño a la pequeña las placas blindadas del brazo.
–Ya lo has hecho. ¿Ves?
Una franja rosada se dibuja en el horizonte, bajo la capa de nubes. Las campanas de la ciudadela repican a lo lejos. Están alzando la verja levadiza de la fortaleza, y no debe de faltar mucho para que empiece la procesión. Cuando me giro para agarrar el casco, es Agga quien me lo pasa.
–Que los santuarios te protejan –dice.
En la mañana de la primera Asamblea Popular, me despierta la inquietud por Annie y por la revolución que pretende incitar en una tierra extranjera. Por el contrario, no me preocupa en absoluto lo que pueda ocurrir hoy aquí, en Calípolis. Cuando una agente del gobierno me advierte de que hay indicios de una conspiración triarquista para devolverle el trono a mi familia, le resto importancia.
Al menos, hasta que Ixión Rompetormentas –mi primo carnal– se planta junto a mí en la Aguilera en cuanto doy inicio a la Asamblea.
Ixión ha estudiado la historia de la Revolución con tanto celo como yo, y sabe qué factores determinan el triunfo o el fracaso de un levantamiento. Nada más llegar, me informa de que sus compañeros han cerrado las entradas a los nidos de los dragones, han rodeado a los agentes del régimen que se encuentran en el palco palatino y han confinado a los Guardianes en el Claustro.
A continuación, le ofrece al pueblo el pan de Freyda y me atribuye a mí el mérito.
Permanecemos hombro con hombro en la Aguilera, en el centro de la primera Asamblea Popular que se celebra en una década. En las alturas, la goliatán y la princesa vuelan en círculos a la luz del sol, proyectando una sombra imperial que cubre la ciudad de Calípolis.
–El régimen revolucionario os ha fallado –declara Ixión frente a la Asamblea–. Todos habéis sufrido por culpa de Atreo Athánatos y su incompetencia, y sé que ansiáis el retorno de los gobernantes que nacieron para serviros.
Sin pedirme permiso, entrelaza su brazo con el mío.
Podría zafarme de él y destapar su estratagema, pero no sé hasta dónde se extienden los tentáculos de la conspiración. Justo antes de la Asamblea, Miranda Hane me avisó de la existencia de una organización que trabaja desde las sombras, un grupo triarquista que ha colaborado con Ixión desde dentro: la Orden del Trébol Negro. Si Ixión tiene más apoyos de lo aparente, los Guardianes y sus dragones corren peligro. Y si es cierto que Duck sigue vivo y está apresado en Nueva Pythos, Ixión podría usar al mejor amigo de Annie y hermano de Cor para chantajearnos.
Al final, permito que levante mi brazo junto al suyo.
–Regresemos a nuestras raíces, a las cosas como deben ser, ¡a lo natural! –exclama Ixión–. ¡Solo así caerán en el olvido estos diez años de hambruna, injusticia y abominación!
Y, sin más, la Asamblea Popular vota a favor de restituir al Triarcado como gobernantes legítimos de Calípolis y de aceptar la ayuda humanitaria que ha traído Freyda desde su imperio.
El pueblo lleva tanto tiempo sufriendo privaciones y hambre que no recuerda lo que las causó: los ataques aéreos de Ixión.
O quizá, al ver la sombra de la goliatán que nos sobrevuela, se les hayan pasado las ganas de protestar.
–¡Y todo gracias a mi primo Leo Rompetormentas, cuya invitación ha hecho posible nuestro retorno! –miente Ixión.
Si ya me horroriza ver cómo se desmoronan las reformas por las que tanto he luchado, lo peor de todo son las voces que me vitorean al oír eso. La nación a la que pedí ayuda fue Damos, una democracia sin dragones. Sin embargo, es demasiado tarde para corregir los embustes de Ixión.
Los aplausos son ensordecedores.
–Eres un idiota –le espeto a Ixión, aunque sé que el mayor idiota soy yo por haberme dejado engañar.
–¿Yo? Te recuerdo que acabamos de jugártela delante de tus narices.
–¿Jugármela... a mí? ¿Estás seguro? –replico, señalando con el pulgar a la princesa bassiliana que nos sobrevuela a lomos de su goliatán, y que acaba de conseguir otra provincia para su imperio.
–¿Te refieres a mi futura esposa?
Lo miro con estupefacción. Venga ya... No puede ser tan tonto, pienso. Pero él se limita a sonreírme, así que probablemente lo sea.
–En todo caso, ha quedado claro quiénes son los auténticos idiotas –añade, saludando a los asistentes a la Asamblea.
–Solo están muertos de hambre.
–Bueno, eso lo arreglaremos pronto. Los cargamentos de cereales de Freyda deberían llegar esta misma semana.
–Acompañados de sus tropas, ¿no?
Él se encoge de hombros, un gesto ambiguo que me sirve de confirmación.
Está claro: nos van a invadir. No sé qué esperará conseguir Ixión de los bassilianos, pero lo que les ha ofrecido a cambio es la autonomía de Calípolis. La votación que acaba de efectuar la Asamblea no ha sido más que una farsa; las fuerzas de Freyda vendrían aunque no hubiéramos aceptado su ayuda. Los ciudadanos que no hayan sacado ya esa conclusión tardarán poco en descubrirlo.
La goliatán de Freyda empieza a descender en espiral sobre la Orilla Alta, y nosotros bajamos la rampa de la Aguilera a la sombra de su imponente cuerpo. Al llegar a la salida que conecta el anfiteatro con el Palacio, donde el público ya no puede vernos, nos encontramos con Lucian Orthos, el jefe de gabinete del general Holmes, acompañado de un ayudante. Reparo en el trébol negro que decora la solapa de Orthos: es el símbolo del Triarcado Exiliado.
–¿Tú también? –le espeto.
Siempre me ha parecido un hombre insoportable, tanto en clase como en las reuniones del Comité de Guerra donde menospreciaba a Annie, pero esta ofensa llega a otro nivel. Por si no fuera suficiente, apenas se molesta en mirarme.
–Hemos confinado a Holmes, al Consejo Supremo y también a Athánatos, milord –declara, y me extraña que se refiera a Atreo por su apellido.
–Buen trabajo –dice Ixión.
El ayudante me cachea el uniforme de Guardián con dedos temblorosos. Parece muy nervioso, pero eso no evita que cumpla su labor. Saca los cuchillos que llevaba enfundados en las botas de montar y le muestra a Ixión el grabado que adorna uno de ellos: un brezo de la Casa Rompetormentas entrelazado con las iniciales que comparto con mi padre, L.S.
Esa daga pertenecía a mi padre, pero Annie la encontró y me la dio, un detalle que Ixión no conoce. Mi primo estudia la reliquia familiar y después levanta la cabeza para mirarme.
–Vaya, no eres tan miserable como esperaba.
–Es curioso: justo estaba pensando lo contrario de ti.
Ixión suelta una carcajada estridente, y luego le hace una seña con la cabeza al ayudante de Orthos. Al instante, su puño se clava en mi estómago y me doblo por la mitad entre jadeos.
Parece que así serán las cosas a partir de ahora.
DOS
Cuando me sacan de la celda antes del amanecer y me hacen atravesar la ciudadela hasta el Montículo del Conquistador, una única pregunta resuena en mi cabeza: ¿Qué le pasará a mi familia cuando me arrojen? La de Mabalena recibió su castigo a la vez que ella, y me sorprendería que no hicieran lo mismo con la mía. No me atrevo a preguntarme si Antígona sur Aela habrá conseguido llegar o si el veneno habrá acabado en los comederos, como habíamos planeado. Ahora mismo, solo tengo en mente a mi hermana, a sus hijos y a nuestro abuelo, que aún aguarda el regreso de un hijo desaparecido en el fondo del mar.
Le prometí a Agga que los protegería.
El mundo parece gris e incoloro, sin rastro del amanecer que iluminará los rostros de las gentes reunidas para presenciar la procesión. Las gaviotas están demasiado soñolientas para graznar, y el aire pesa, cargado de sal y humedad. Es como si toda la isla permaneciera en silencio, a la espera.
–¡Griff, les he pedido clemencia! –exclama una vocecilla en drakoniano, rompiendo el silencio.
Me doy la vuelta y veo a Astianacte, el med’Aureliano más joven. Trota a mi lado mientras avanzo con los brazos encadenados, detrás del carro en el que han atado a Flameador. A nuestra espalda, Shea lo llama entre dientes, pero él hace caso omiso de su niñera. Tiene la misma edad que Garet.
–¿Para mí? –pregunto, sorprendido.
El chiquillo sonríe y sacude la cabeza.
–¡No, para Flameador!
Parece tan orgulloso de su idea que me enternece el corazón. Y, puestos a elegir, prefiero que sobreviva Flameador antes que yo.
–Bien hecho, pequeño lord –respondo.
Él regresa con su enfurruñada familia, y sigo mi camino hacia la cima del montículo.
El momento me recuerda demasiado al día en que arrojaron a Mabalena. Flameador va sujeto al carro que circula delante de mí, azotando sus cadenas con la cola sin conseguir romperlas. Los drakonatos exiliados, los med’Aurelianos y los escuderos se han reunido para presenciar mi caída, y a nuestro alrededor se encuentran los norcianos obligados a asistir, un mar de caras afligidas que ocupa todo el montículo. Astianacte tira con nerviosismo del brazo de su madre, al lado del gran lord Radamantis.
Examino a los miembros del clan Rocín en busca de mis familiares, pero no localizo a ninguno de ellos.
¿Dónde diablos están?
Mi imaginación entra en pánico y comienza a inventarse posibilidades: los habrán tenido encerrados en algún lado, y ahora los traerán encadenados para arrojarlos conmigo...
Delo da un paso al frente. Su pescavuela, Gefyra, espera detrás de él, y el resto de los dragones triarcales y sus jinetes forman un círculo en torno a nosotros: Femi, la hermana de Delo, cuya pescavuela agita su larga cola azul y plateada demasiado cerca de los atemorizados aldeanos; Urianus y Orión, dos primos med’Aurelianos de menor rango, que aguardan junto a los gruesos cuellos de sus aurelianos; Roxana y Rode, los hijos mayores del gran lord, que flanquean a sus padres como guardias de honor...
Rode me guiña un ojo. Supongo que lo habrán elegido como sustituto de Delo, por si él termina por echarse atrás.
Y parece que va a ocurrir justo eso, porque la piel de Delo ha perdido su habitual tono tostado y se ha vuelto cenicienta. De sus rizos penden varias gotas de sudor. Me mira un momento de reojo, pero aparta la vista con la misma rapidez. No sé si recibió el mensaje en el que yo le pedía que cumpliera con su deber, pero no tiene pinta de que la idea le entusiasme.
No obstante, Delo Pescavuela es la menor de mis preocupaciones en estos momentos.
En cuanto me despojan de mis cadenas, me arrodillo a toda prisa y empiezo a hablar:
–Milord, tened piedad de este indigno siervo vuestro y excluid a su inocente familia del castigo que merecidamente va a recibir...
Recito la Súplica a gritos, con la esperanza de que mi humillación satisfaga a los drakonatos. Me sorprende lo mucho que se me rompe la voz, pero no hago nada por disimularlo. Las risitas de Rode se oyen por todo el lugar.
–Tu lord acepta esta Súplica. En pie –dice Delo con un hilo de voz.
Me levanto, mareado por el alivio. Nos quedamos a unos pasos de distancia. La mirada de Delo se desvía de mi rostro para recorrer a los miembros del clan Rocín.
–Griff –susurra–, ¿se puede saber dónde está tu familia?
Eso me pilla por sorpresa.
–Pensaba que estarían cautivos.
–No es así.
En ese instante, me doy cuenta de algo.
La dragona de Rode, Ryla, tiene la cabeza gacha. Cuando se gira, detecto la capa de mucosidad que le recubre el ojo.
Los otros dragones también están mustios, con las colas pegadas al suelo y las alas caídas. ¿Cómo es posible que ninguno de los drakonatos se haya fijado? De repente, me percato de que sus jinetes tampoco tienen buen aspecto: la piel morena de los med’Aurelianos ha adquirido un tono más bien amarillento, y Femi se frota la nunca como si notara algo raro ahí.
Solo conozco a una persona que haga ese mismo gesto: Néstor, su padre, un viudo de fuego.
Benditos sean los santuarios por ayudarme a contener mi alegría, porque, al ver las figuras alicaídas de los dragones y los rostros cenicientos de los drakonatos, me entran ganas de celebrar mi victoria a gritos.
Antígona ha acudido.
Mi familia ha desaparecido porque está a salvo.
Y puede que estos malditos dragones no hayan muerto aún, pero apostaría todo el fuego de mi Flameador a que los han envenenado. Si no me equivoco, los efectos de la draktanasia los golpearán de lleno enseguida. Esta panda de imbéciles no ha descubierto aún por qué se encuentran tan mal.
De hecho, la dragona de Delo es la única que no parece debilitada.
Recuerdo las instrucciones que le di a Mabalena y casi se me escapa una sonrisa.
Parece que Delo sur Gefyra recibió mi mensaje, se dio un paseo bien largo y se saltó el desayuno.
Esta mañana, cuando Gefyra y yo recorrimos el Castigo de los Marinos antes del amanecer, creí divisar el resplandor de unas escamas doradas en el karst de Rosaespina, pero supuse que había sido imaginación mía.
Ahora, mientras observo todo lo que me rodea desde la cima del Montículo del Conquistador, ya no lo tengo tan claro. ¿Dónde se ha metido la familia de Griff? ¿Y por qué me da la impresión de que nuestros dragones están a punto de desplomarse?
Evoco el mensaje de Mabalena: «Griff quería pediros que os deis un paseo bien largo con Gefyra».
¿Y si esa sugerencia era algo más que una simple muestra de bondad? Hace unas semanas, cuando Griff y yo nos abrazamos en la oscuridad de mis aposentos, le rogué como un idiota que, tuviera lo que tuviera en mente, les perdonara la vida a mis hermanos y mi dragona.
Esas escamas doradas que vi en el karst de Rosaespina... Estoy seguro de que eran reales.
Griff rehúye mi mirada, pero, a estas alturas, ya no sé qué pensar de él. Giro en redondo y me acerco con los puños apretados al gran lord Radamantis, que se encuentra con su familia en el palco desde el que preside el evento. El pequeño Astianacte se ha colgado del brazo de lady Xante; sus hijos mayores, Rode y Roxana, los flanquean a lomos de sus dragones, con los rostros tan amarillentos y sudados como si estuvieran a punto de vomitar.
–Creo que deberíamos suspender el arrojamiento.
–Vaya, vaya, Delo no tiene agallas. Qué sorpresa –murmura Roxana mientras se seca el sudor de la frente.
–No lo digo por eso. Aquí pasa algo raro. Su familia no ha aparecido...
–Pues los arrojaremos en otro momento –gruñe mi padre desde el sector de los Pescavuela.
–Ese no es el problema.
Tengo la explicación en la punta de la lengua: las escamas doradas, los rostros demudados de los jinetes... ¿Es que no ven lo alicaídos que están los dragones? Sin embargo, de repente se me ocurre un pensamiento más traicionero. En vez de preocuparme por lo que implicaría esta conspiración para mi pueblo, me paro a pensar en lo que significaría para una persona específica.
Si esas escamas no fueron imaginación mía, Griff quizá pueda sobrevivir.
Mi padre da un paso al frente.
–O lo arrojas tú, o lo hará Rode –me espeta, con un tono que no oculta lo que opinará de mí si me niego.
El familiar sonido de su decepción aviva mi crueldad al instante. Le diga lo que le diga, mi padre lo interpretará como una prueba más de mi debilidad. Tras cerrar la boca con fuerza, me doy la vuelta, me reúno con Gefyra y meto un pie en el estribo.
Ellos lo han querido.
Levanto el vuelo y guío a la dragona hacia abajo. Sus alas ocultan a Griff, y mascullo entre dientes una maldición por la situación imposible en la que me ha puesto el muy canalla. Percibo la satisfacción instintiva de Gef cuando lo aferra por los hombros con las garras, como un águila que ha atrapado a su presa. A diferencia de los lánguidos dragones que nos rodean, mi Gef sigue volando sin problema. Según parece, el aviso de mi traicionero amante le ha salvado la vida.
En estos momentos, no sé si estoy más furioso con Griff o conmigo mismo.
Me parece oír que se le escapa un gruñido de dolor, pero igual me lo he imaginado.
Empezamos a ascender.
Examino el horizonte: las aldeas que salpican la ladera de la colina, la costa que se funde con el mar, los karst de los clanes, en la franja más próxima del Castigo de los Marinos... Ahora que la vida de Griff pende de las garras de Gef, mis deseos franquean la barrera de mi furia con total claridad, como un rayo de luz que atravesara una capa de nubes invernales: Yo no puedo salvarte, pero quizá haya alguien que sí pueda.
Y deseo que lo salven. ¿Cómo no voy a desearlo?
Continúo subiendo, pendiente de todo lo que nos rodea.
Por favor...
Cruzamos el límite de altura que le permitiría sobrevivir a la caída, pero ni siquiera entonces nos detenemos. El Montículo del Conquistador se hace cada vez más pequeño, y el viento arrecia. Gefyra permanece en la corriente ascendente, luchando por mantener su posición. Si nos desviamos, Griff no aterrizará en el lugar fijado y el espectáculo perderá emoción.
Pero, claro, yo busco un espectáculo diferente al esperado.
¿Dónde está? ¿Por qué no ha aparecido aún?
Necesito que vengan ya, antes de que mi pobre corazón pierda el valor necesario para desobedecer.
–¡Diría que estamos a la altura suficiente! –grita Griff desde abajo, mientras el viento se enrosca a nuestro alrededor.
–Todavía no –respondo.
–¡Delo, hazlo de una vez! –suplica con voz rota.
En ese instante, avisto por fin un resplandor dorado y hundo los talones en los costados de Gefyra, justo debajo de las alas.
Ahora.
Dejo caer a Griff.
Y Antígona sur Aela emerge de las nubes y se lanza en picado hacia él.
