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J.P. Zooey cree que en la historia de la literatura prima la ley de la evolución de las especies: los libros que se adaptarán al próximo cambio climático son los que hoy tienen fallas en su lenguaje "genético", fallas que en el futuro serán la norma de una exitosa adaptación. J.P. Zooey va a buscar en los contenedores de las instituciones de arte los ejemplares derrotados de los concursos literarios para leer la literatura del futuro. Así encontró la novela de un autor llamado "Narciso Falopio", un claro seudónimo tal como exigía el concurso. La novela de este autor de nombre gracioso se llama ¡Florecieron los neones!, pero es tan oscura y luminosa a la vez, como un arcoíris negro. J.P. Zooey hizo una introducción a este libro hallado en un contenedor. O posiblemente Narciso Falopio sea un autor inventado por él, y la derrotada, su propia novela.
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Seitenzahl: 178
Veröffentlichungsjahr: 2020
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J. P. Zooey
¡Florecieron los neones!
J. P. Zooey
COLECCIÓN AVALANCHA
OdeliaEditora
. . .
J. P. Zooey
¡Florecieron los neones! : un hallazgo de J. P. Zooey / J. P. Zooey ; Narciso Falopio. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.
Libro digital, EPUB - (Avalancha ; 5)
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-86-7051-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Ciencia Ficción. I. Narciso Falopio. II. Título.
CDD A863
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ODELIA EDITORA
facebook.com/odeliaeditora
e-mail: [email protected]
Tipografías: © Dense, © Museo Slab, © Titillium web
Foto solapa de autor: PH Jazmín Teijeiro
Diseño gráfico de tapa e interiores:
che.ca diseño
che.ca.dg
Copyright © 2018 Odelia editora
Copyright © 2018 J. P. Zooey
No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por la ley 11.723 y 25.446.
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
A Itatí Rolleri
Brotes sintéticos a partir de ¡Florecieron los neones!, de J. P. Zooey.
Quizás solo haya una razón para leer ciencia ficción: el goce tántrico por la asimilación de predicados ilógicos a los sujetos lógicos. Pero ¿qué podría haber de ilógico en las memorias de un cíborg? ¡Florecieron los neones! de J. P. Zooeylogra, como un f5 imprescindible, traer y retrotraer la misma idea/rutina/condena sísifa: nada ha cambiado en ese habitus esencial al ser humano. “La rutina es una sepulturera” diría la dramaturga y bióloga Carina Maguregui, acaso la mejor descripción posible sobre el arco narrativo de esta pieza filosofal.
El tema central de la obra será la violenta soledad, y todas sus ramificaciones prodigiosas, absurdas y posibles dentro de un ambiente hiper-urbano que dejará siempre sin las palabras justas (o estructura psíquica) al protagonista. Narciso Falopio en su auto-centrismo implícito no podrá resistir ante el embate de una diversidad codificadamente “dada por sentada”, pantanosos trazados irreductibles para el que se pregunta por lo prístino; y es aquí donde su lenguaje crea poesía, por la búsqueda/necesidad de justicia entre significado y significante. Todo un mundo que lo ve, a él: “al gran observador”; y lo asigna: a él, que es también “la binaria suma de ceros y unos” y lo pone en constante ridículo, justamente a él: un automático diseño de lo humano, un circuito cerrado que fuga en el origen. ¿Por qué entonces cargar una memoria maquinal con bits de dolor y sufrimiento? ¿Será que este es el único enlace que nos desencadena del planeta? O al revés, ¿acaso la memoria informática (nunca mejor llamada informática) es energía técnica, materia para la construcción de espacio-tiempo en el universo?
El hombre es un desorientado, un utilitarista del rastro, el buscador más extremo; Narciso Falopio, también (o además) es un hombre. ¿Qué hubiera pasado con nuestra humanidad si en lugar de servirse de la Tierra, le sirviéramos a ella? ¿Estaríamos a tiempo? Preguntas que ruedan, como scrolls en las pantallas que Falopio trans/pira en una distópica Ciudad de Buenos Aires, pero que nunca acaba por deshacerse de ellas; las pantallas vuelven a su cuerpo, como la desidia en su interior. A propósito, ¿cómo se escribe en la piel de un cíborg que en su cumpleaños 40 pierde el amor de Nervina? J. P. Zooey es un artista excepcional por su versatilidad y brillantez, entonces ¿qué procedimientos de escritura pondrá a jugar en estaciber-memoire/nouvelle/ensayo ficcional/poema extenso?
Dos (siempre binarios, sí) son las partituras componentes que ensamblan el libro. Primero se maquina un ensayo sobre una novela desechada en el contendedor del Fondo Nacional de las Artes desde una base científica, cuyo ávido lector —sin un peso para comprar su medicina literaria— confronta argumentos de las mal llamadas ciencias blandas: ¿quién dijo que la ciencia ficción siempre tiene basamento en las ciencias exactas? ¿O no es parte fundacional de las ciencias el ejercicio de imaginar para devenir fáctico? Exactamente, es de interés intrínseco al arte comunicar que en todo hecho científico, hay un proceso creativo. En la segunda parte, se desarrolla la no-vida del autor de la no-vela: el cíborg Narciso Falopio que acaba por espoilearse a sí mismo (¿esta será la masturbación del futuro?) y luego vuelve a empezar, pero da un paso más en la espiral de signos: aliena mundos posibles a través de una herramienta tecnólogica. ¿Ensayo? ¿Novela? ¿Una poesía larga? Sí, todo esto y más: ¡Florecieron los neones! es un híbrido trágico, absurdo, irónico, sagaz, histriónico... Así, los neones de Zooey florecen como vasos convergentes entre empiria y morfología visual, entre semiosis y nuevas tecnologías, y la frondosa pregunta resplandece: ¿poesía eres tú?
Un texto poético, y en especial esta joya ecléctica y romántica de J. P. Zooey no es intención sino ejecución, puesta en marcha, revolución del sentido establecido por un sistema de signos que engarzados, lo han marcado desde el origen. El autor confronta los discursos dominantes (el objetivo vital de Narciso es desarrollar ¡un poema tecnológico para encontrar la fe!) y las leyes que los constituyen, para abrir un espacio de multiplicación de sentidos en todas las esferas de la experiencia del sujeto, tal como manifiesta Meschonnic: “Pero el poema hace de nosotros una forma-sujeto específica. Nos practica un sujeto que no seríamos sin él.” En esta obra el lenguaje poético y sus formas de nombrar desde la otredad subvierten y transforman todo orden.
Se trata de un sujeto poético que está totalmente volcado hacia el afuera, que es la mirada, un yo lírico embelesado y aturdido que intenta sin éxito una distancia con su objeto, se repliega en el nivel de la enunciación pero solo por “precaución”, por miedo y represión. En segunda persona, se presenta al yo lírico como un testigo atento, extrañado y solitario que observa un paisaje rebasado de una belleza autoconclusiva, de involución, mutación y también, de muerte. Un sujeto desnudo y deseante, invadido, apabullado por aquel universo perturbador. La subjetividad en tensión, puesta en el polo emocional.
De todos modos Narciso persistirá en la intromisión, en la idea de ocultarse que remite inmediata y paradójicamente a un espacio carente de luz. Esta necesidad de refugiarse aumenta el tono siniestro, contraponiendo: un afuera saturado y luminoso/un interior vacío y oscuro. Entonces, se intensifica el poder que los neones emanan desde lo misterioso, lo horroroso (lo que no se ve, por lo tanto, lo que no se conoce). Nuestro lenguaje y nuestros cuerpos se presentan como nuestro hogar, como un territorio propio con verdades construidas desde afuera que nos permiten vivir dentro de los límites prefabricados de una sociedad y una cultura. Una vez adquiridas, aprehendidas desde y con los cuerpos, la experiencia de poiesis nos arranca de las imágenes creadas por nuestra lengua, nos desenmarca, deslimita, y nos permite experimentar el límite de la significación, pero también el comienzo de la misma.
El uso de la lengua es surrealista, vanguardista, neo-barroco, gótico, velado, transgresor en el nivel semántico… Diferente, va acompañado, simultáneamente, del ingreso a otras dimensiones, en tanto que abre otros cauces de expresión y sensibilidad y despierta también, otros modos de comprensión. De forma específica, las asociaciones disparadas ya en el título (¡¿neones como flores?!) de las visiones zooeysianas se apoyan en aliteraciones y homofonías —el ritmo y cierta rima interna son fundamentales—. La sinestesia (“Quizás Nervina tenga razón, quizás para creer en algo haya que aprender a ver con los oídos.”); el uso constante de la metáfora (“Balbuceó que él solo tendría para legar el olor a sílice de su alma estéril, el cable partido de su conciencia sin fe, el microprocesador doblemente infartado de sus emociones.”); de la adjetivación inusual (“Metió las herramientas en una caja de acero, de brillo perverso”), la hipálage (“Después le puso un palito chino en la carótida a la camarera y le dijo que comiese uno a uno los pedazos de pescado torturado o se lo iba a sacar por la tapa de los sesos y hacerle un rodete orgánico, con restos de su cerebro light”), y en comparaciones brillantes como esta: “Las palmeras desflecarán los rayos solares como persianas americanas”.
En términos de Meschonnic, este uso del lenguaje no busca representar miméticamente una realidad sino reinventarla. Una sintaxis hilarante y febril, anómala frente a la estructura, para construir una suerte de semántica fantástica totalmente flexible y un mundo autorreferencial donde no solo los significados, sino también las relaciones entre las palabras parecen aleatorias, nuevas. El efecto es, precisamente, deslumbrante e inmediato.
El texto es exuberantemente visual, despliega un torrente cargado de imágenes poéticas y ofrece toda una retórica de la percepción, por ejemplo: “Falopio llenó un vaso con agua hasta la mitad y metió una lapicera negra. Por el efecto óptico que producía estar medio bajo el agua parecía partida a simple vista. Los sentidos engañan, parece rota. Le sacó una foto y pensó en enviársela a Nervina. Pero la lapicera empezó a soltar un hilo de tinta por el extremo, de movimiento lento, como la cola de gasa de un pez fúnebre. Sintió una profunda tristeza ante la imagen. Bebió el agua teñida de negro de dos tragos. Su alma gloriosa pasó por una gran arcada.” Estas imágenes devueltas por la mirada prístina de J. P. —instantaneidad del relámpago— no son realistas, sino de un cuño fantástico muy personal, ya que la perspectiva (onírica, diría) cambia a través de juegos de espejos distorsionados, superposiciones o simultaneidades recurrentes para construir este efecto-asombro que nos deja en la perplejidad de ver cómo lo familiar se vuelve extraño.
“Símbolo no significa otra cosa que aprehensión del objeto por parte del yo lírico”, dirá Hamburger en relación a Mallarmé y al uso del misterio que evoca poco a poco al objeto escogido para transmitir un estado de ánimo, mediante una serie de desciframientos. En esta obra el yo intenta, pero inútilmente, separarse de una dudosa amenaza o una violencia. Lejos de contemplar impasible los fenómenos que lo acosan, se sorprende, se asusta, “es carne del mundo” (Merleau-Ponty). Siempre en la ambivalencia goce-terror. Citando a Bellessi, “La voz lírica halla la intimidad del yo cuando en lo narrado se extravía”, es que se puede observar la pérdida, la disolución del yo como argumento desplazado, trepidante, exiliado. Se deconstruye, como dice Genovese, un yo poético no como unidad fija y fetichizada, sino como infinitud y potencia de lo no dicho. Una voz arcaica y aturdida, horrorizada de su objeto: en términos de que el horror aparece cuando el miedo está asociado a lo que al sujeto le era familiar y, como consecuencia, induce parálisis, retraimiento, confusión. Es entonces, mediante una visión retórica y localizada a la vez, que se traspasa el plano cenital de lo narrado, y Narciso Falopio (el objeto/sujeto) es particularizado y cualificado al punto de abolir las categorías racionales de tiempo, espacio o especie.
Ante todo y contra todo ¡Florecieron los neones! es un acto de fe (confianza en el lenguaje, dirá Meschonnic). Fe en el no-sistema de renombrar de la poiesis, y como escribe Gelman, fe en un acto de traducción y de re-creación de identidades. La obra de J. P. Zooey puede que sea el resultado de este procedimiento, pero en sentido inverso: devenir sujeto cargado del acervo histórico, para devenir personaje, para devenir libro, para devenir en la mirada del otro, siendo múltiples otros, porque todo lo que vemos, nos ve.
Quizás solo haya una razón para leer ciencia ficción: el goce tántrico por la asimilación de predicados ilógicos a los sujetos lógicos, nos dije al comienzo. Pero no, no la hay. Quizás el racionalismo, el iluminismo contaminaron la primera lectura crítica. No hay razón para leer, no seamos mercaderes del arte. Habrá que dejar pasar todo resabio cartesiano en nuestras miradas occidentales post coloniales para volver a leer ¡Florecieron los neones! sin fines, como un ejercicio rítmico, político, de empatía y desinteresado; sin primeras ni segundas intenciones, sin pedir nada a cambio, al contrario, como lo hace su autor: dándolo todo.
Yanina Giglio
Prólogo de celebración a la segunda edición de
¡Florecieron los neones!
Bibliografía
BELLESSI, Diana (2011), “1998-2003” y “En la intimidad del habla” en La pequeña voz del mundo, Buenos Aires, Taurus. Págs. 9-15 y 61-78.
GENOVESE, Alicia (2011), Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Págs. 15-35 y 77-97.
HAMBURGER, Kate (1995), La lógica de la literatura, Madrid, Visor. Págs. 157-195.
KRISTEVA, Julia, Semiótica (1978), Buenos Aires, Fundamentos. Págs. 229-235.
KRISTEVA, Julia (2001), La revuelta íntima. Literatura y Psicoanálisis, Buenos Aires, Eudeba. Págs. 9-23.
MESCHONNIC, Henri (2006) “Manifiesto por un partido del ritmo” en Célébration de la poèsie, Verdier, Francia. Págs. 291-302.
Mi más fantástica biblioteca
“Según mi evaluación, la novela ¡Florecieron los neones!está muy deficiente. El autor, Narciso Falopio, abusa del término ‘arte popular’ porque propone una literatura ligada a lo social y unida a la idea de que la tecnología viene a mejorar la vida, como fue el caso de la Corriente Artística Futurista. Aunque podría ser que la técnica, de producción fabril, haya sido posible gracias al surgimiento del Estado nación que, según el autor, se daría ‘entre los siglos XV y XVII’, el cual benefició a la clase burguesa europea, dueña de la campiña inglesa, lugar originario de las más altas chimeneas”. Firma: EL JURADO.
Este breve comentario, incongruente si no cómico, del Jurado del Fondo Nacional de las Artes fue suficiente para descartar ¡Florecieron los neones! del Concurso de Letras de hace algunos años. Leí la novela de Narciso Falopio una decena de veces, algunas con obsesión, otras con distancia crítica, las hubo con disgusto también, y jamás encontré el término “arte popular” ni la amplitud temporal “entre los siglos XV y XVII”. Más aún, a juzgar por su estética tecnológica y por su lenguaje osario, seco, descarnado, arriesgo que Falopio pudo haber tenido una aversión hacia lo popular de tipo radical. En cuanto a fijar temporalmente algo, tanto sea “entre los siglos XV y XVII” o siquiera en el XX o XXI, nada. Solo un verano. Tampoco menciona la producción fabril, ni al monstruoso Estado nación. El jurado leyó mal. Y yo rescaté la novela de un contenedor de residuos reciclables.
***
En noviembre de aquel año yo debía mucho dinero. El trabajo había menguado. Tenía algunos vicios, entre los más caros estaban la luz (me gusta tenerlas todas encendidas, me arropo en la luminiscencia total) y el bourbon Maker´s Mark. Durante el día deseaba leer, a pesar del calor, y de algunas resacas que atenuaba con paracetamol y clonazepam, desde las siete de la mañana. En este punto debería decir que por falta de dinero robé varios libros, que mezclé esa actividad riesgosa, individualista y maldita, que es el robo, con el deseo de elevación espiritual, desinterés por lo pedestre y “mundo interior”, que es la lectura. Me dejaría envolver (¡y con qué gusto!) por la capa de seda del bandido-poeta. Pero no. Jamás robé un libro. Nunca intenté robar absolutamente nada desde que me descubrieron, a los trece años, en Casa Tía, con una colonia Pino bajo la manga de la campera. Lo que sucedió en los vestidores fue humillante. Y disciplinante. Durante varios años compré más libros que los que alcancé a leer. Hasta que por un mal negocio debí mucho dinero y tuve que vender varios, también una bicicleta totalmente cromada. Hacia noviembre de aquel año una mala racha cortó mi silueta con filo de catana, un corte vertical de mi gigantografía interior; las dos mitades se desvanecieron tras una brevísima reverencia a lo japonés, o habrá sido una arcada.
Sin dinero, ni ganas de visitar bibliotecas con gente, debí acudir al ingenio para saciar mi apetito de lectura. Ya era diciembre. Época en que las instituciones benefactoras del arte, las que dan premio en dinero, se deshacen de los manuscritos que quedaron en el camino, que no alcanzaron el podio.
Hay que tener informantes de la fecha del gran descarte, yo tenía uno. Cientos de novelas que no llegaron a fecundar el óvulo de la notoriedad son arrojadas a contenedores de residuos reciclables. Todas anilladas, engalanadas, algunas con la tinta ligeramente corrida como el rímel después de un llanto por desilusión. Son las mejores. Las inverosímiles, las efectistas, las superpobladas de adjetivos, las de estructuras desequilibradas, y en especial: las pretenciosas. Las amo. No hay que militar en la estética de la derrota para hacerse una biblioteca con manuscritos descartados, basta con transpolar la teoría de la evolución de las especies a los libros: en el futuro sobrevivirán los ejemplares que hoy tienen, en su lenguaje genético, una falla importante, pero que en el próximo cambio climático será la norma de una exitosa adaptación. Sin embargo, no elegí primeramente ¡Florecieron los neones! por sus fallas, que las tiene, sino por el título. La elegí sentado cómodamente en el cordón de la vereda, bajo un manto de luminarias callejeras, rodeado de otras novelas desparramadas por el asfalto, junto al contenedor. Mi más fantástica biblioteca: pública y desierta, insonorizada por una campana de luz.
***
También me interesaron por el título otras novelas descartadas. En la primera, el nombre Simplemente solo me sugirió olor a pólvora y aspereza de lengua de lagarto, un callejón en el barrio chino de Nueva York, un detective invisible, o de humo, pero falible, viento y papeles de diario arremolinándose como perros que se olfatearan el culo. Pero cuando la leí advertí, con turbulenta decepción, que Simplemente solo era en realidad una novela sobre un “tumbero” de Marcos Paz que, después de cumplir una injusta condena, había salido de la prisión con voluntad de venganza. Había llegado a la estación de ferrocarriles de Merlo y sacado de su bolsillo un papel con el nombre del “gato” que lo había traicionado, también con su dirección. Antes de iniciar el viaje a la venganza, se había acercado al kiosco de la estación, nunca había visto un maxi kiosco, tantos años a la sombra… y había pedido un pancho. “¿Cómo lo quiere?”, le preguntó entonces el kiosquero, “¿mayonesa, mostaza y papas pay?”. La respuesta fue: “Simplemente solo”. La leí dos veces, su papel estaba impregnado con olor a pinotea de PH de Boedo, donde imaginé que viviría su anónimo autor, ignorante sobre el conurbano, pero con interés hacia “los sectores populares”, y gracioso pero temeroso de que un vecino lo denuncie por sus plantas de marihuana. La prosa tenía en realidad la aspereza de la media barba, y la proba perversión de quien quiere hablar por los que no tienen voz, de quien quiere ser prótesis. Entretenida. Pero forzada en su lenguaje, eso era lo bueno y lo que la alejaría de la predatoria Galaxia Realismo y Verosímil.
La segunda que rescaté del contenedor llevaba por nombre Los sombreros que fueron al cielo. El título remitía a unos chambergos antiguos, producto de las manos del más grande sombrerero de la época de la colonia, un andaluz sefaradí. Era una novela histórica. El autor llevaba por seudónimo “Lázaro De Pie”, y había llegado a ilustrar la tapa. La hoja A4 que oficiaba de portada era un dibujo poblado de sombreros con alas de ángeles entre nubes y un cielo azul pintados con marcador. Regular. Pero anacrónica y pretenciosa, la subrayé completamente, incluso la dedicatoria: “A las meriendas con Toddy”.
El siguiente título era El determinismo tecnológico en la obra de Marshall McLuhan. Un enfoque sociológico. Esta historia abundaba en términos como “subyacentemente”, “nosotros sostenemos”, “el espacio global”, “poshumanista” y otras categorías sumamente especializadas. Si bien era una tesis doctoral aprobada por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, creo que al enviarla a un concurso de literatura su autor expresaba la idea de que la ciencia es mera ficción, aunque esté consensuada como “verdad” es pura novela, no tiene más relación con la llamada “realidad” que el trino de un pájaro. Así la sociología sería una forma de la ficción ceñida a los exigentes procedimientos metodológicos poéticos acordados entre científicos artistas. Las palabras de sus papers no tendrían más relación con la realidad que un poema. El determinismo tecnológico en la obra de Marshall McLuhan. Un enfoque sociológico
