Corazones estallados - J. P. Zooey - E-Book

Corazones estallados E-Book

J.P. Zooey

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Mientras los ejecutivos de Silicon Valley envían a sus hijos a escuelas Waldorf, nosotros estamos cada vez más conectados y dependientes de las redes. Perfilados como usuarios antes que ciudadanos, enviamos compulsiva y obsesivamente corazones y emojis para expresar nuestras "emociones" al tiempo que crece en la sociedad la falta de empatía y solidaridad. Todo lo que el humanismo del Renacimiento definió como humano parece estar en crisis. En cambio, surge una nueva subjetividad posthumana que ya no logra conectarse con el placer o el dolor de los otros. La lectoescritura, el pensamiento crítico, la argumentación y la racionalidad ya no son la amalgama de las comunidades; y elegir libremente requiere mucho esfuerzo cuando hay algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos. Pero para J. P. Zooey el posthumanismo ya no refiere solo al uso de la tecnología para modificar o asistir a los cuerpos, sino a una transformación en el plano de la subjetividad y la emocionalidad, iniciada por las tecnologías de la comunicación masiva y profundizada por internet y las redes sociales. Zooey lleva los modelos humanista y posthumanista casi hasta el ridículo y la parodia para pensar la sociedad que estamos viviendo y construyendo, la política que nos gobierna y la que ideamos para el futuro. El resultado es un texto provocador y lleno de humor, tremendamente estimulante, en el que explora los temas que lo obsesionan: la relación entre la tecnología y la vida afectiva, social y política. La frutilla del postre: una entrevista reveladora, esquizoide y divertida de Juan Pablo Ringelheim a J. P. Zooey sobre algunos de los temas de Corazones estallados y su literatura.

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Seitenzahl: 153

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Sobre Corazones estallados

Mientras los ejecutivos de Silicon Valley envían a sus hijos a escuelas Waldorf, nosotros estamos cada vez más conectados y dependientes de las redes. Perfilados como usuarios antes que ciudadanos, enviamos compulsiva y obsesivamente corazones y emojis para expresar nuestras “emociones” al tiempo que crece en la sociedad la falta de empatía y solidaridad.

Todo lo que el humanismo del Renacimiento definió como humano parece estar en crisis. En cambio, surge una nueva subjetividad posthumana que ya no logra conectarse con el placer o el dolor de los otros. La lectoescritura, el pensamiento crítico, la argumentación y la racionalidad ya no son la amalgama de las comunidades; y elegir libremente requiere mucho esfuerzo cuando hay algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos. Pero para J. P. Zooey el posthumanismo ya no refiere solo al uso de la tecnología para modificar o asistir a los cuerpos, sino a una transformación en el plano de la subjetividad y la emocionalidad, iniciada por las tecnologías de la comunicación masiva y profundizada por internet y las redes sociales.

Zooey lleva los modelos humanista y posthumanista casi hasta el ridículo y la parodia para pensar la sociedad que estamos viviendo y construyendo, la política que nos gobierna y la que ideamos para el futuro. El resultado es un texto provocador y lleno de humor, tremendamente estimulante, en el que explora los temas que lo obsesionan: la relación entre la tecnología y la vida afectiva, social y política.

La frutilla del postre: una entrevista reveladora, esquizoide y divertida de Juan Pablo Ringelheim a J. P. Zooey sobre algunos de los temas de Corazones estallados y su literatura.

J. P. Zooey

Nació en Buenos Aires en 1973. Es profesor en la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA y en la Licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades de la UNQ.

Ha publicado las siguientes ficciones: Sol artificial (2009, 2017); Los electrocutados, por el que obtuvo en España el premio Nuevo Talento que otorga FNAC (2011, 2016); Te quiero (2014); ¡Florecieron los neones! (2018); Manija (2018). Te quiero fue traducido al francés. ¡Florecieron los neones!, al italiano. La compañía teatral Polifônica Cia. de Rio de Janeiro puso en escena Galáxias I: Todo esse céu é um deserto de corações pulverizados (2018) basada en sus libros.

Corazones estallados. La política del posthumanismo es su primer libro de ensayos.

Foto: © Gabi Rojas

COMPAÑÍA NAVIERA ILIMITADA es una editorial que apuesta por la buena literatura, por las buenas historias bien contadas. Con la convicción de que los libros nos vuelven mejores y nos ayudan a soñar, a ver el mundo, y todos los mundos dentro de él, de otra manera. A pensar que un mundo diferente es posible.

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Corazones estallados

J. P. Zooey

J. P. Zooey

Corazones estallados : la política del posthumanismo / J. P. Zooey.

1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Compañía Naviera Ilimitada, 2020.

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-47555-1-3

1. Ensayo Literario. I. Título.

CDD A860

© J. P. Zooey, 2019

© Compañía Naviera Ilimitada editores, 2019, 2022

Diseño de tapa: Santiago Palazzesi / gostostudio.com

Primera edición: julio de 2019

Primera edición digital: marzo de 2023

ISBN de edición impresa: 978-987-46827-6-5

ISBN de edición digital: 978-987-47555-1-3

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito del editor.

Compañía Naviera Ilimitada editores

Pje. Enrique Santos Discépolo 1862, 2º A

(C1051AAB), Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Índice

Corazones estallados

Prólogo

El eje vertical

Lo alto

Lo bajo

De la comunidad de lectores a la comunidad Movistar

El lazo letrado humanista

El lazo emocional posthumanista

De la libertad de albedrío a la electrocución informativa

Libertad y responsabilidad

Electrocución informativa y libertad de desconexión

El eje horizontal

Igualdad y fraternidad

Crisis de empatía y corazones electrocutados

Entrevista

Alcohol

Táctica de la crítica

Problemas del humanismo

Cavar en el depósito de sentidos de la época

Lecturas

Corazones estallados

Prólogo

El humanismo es una corriente de ideas surgida en el Renacimiento italiano que redefinió lo que debía entenderse por humano. Puede resultar curioso que las ideas revolucionarias de un puñado de hombres como Petrarca, Leonardo Bruni, Lorenzo Valla, Pico della Mirandola y Leon Battista Alberti hayan derivado hacia ideales con consecuencias para las democracias que se formarían siglos después, para los fundamentos jurídicos de la modernidad, para el progreso educativo y científico de la Ilustración, para los sistemas de inclusión y exclusión de lo comprendido como humano. No podría haber habido filosofía cartesiana o kantiana, no podría haber habido Revolución Francesa ni socialismo, telégrafo o prensa sin la delicada y potente transformación intelectual llevada a cabo por los humanistas italianos de los siglos XIV y XV.

En sus escritos puede leerse un llamado a la emancipación de la idea de destino religioso y a la asunción de la responsabilidad sobre los propios actos. Puede observarse también la orientación hacia una solidaridad de especie o fraternidad con todos aquellos que decidieron observarse y mejorar su interioridad. De sus ideas se desprende una profunda confianza en el poder liberador de la educación como motor de ascenso individual y cultivo de las virtudes más elevadas. En aquellos intelectuales puede leerse una definición de la comunidad humana como comunidad de lectores nutrida por saberes contemporáneos y grecolatinos que la ponen al resguardo de la bestialidad, de la barbarie.

Con el curso de los siglos las comunidades humanistas, fueran nacionales, barriales, escolares, de club social y deportivo, de prensa o de filiación partidaria, aglutinaron a sus miembros en torno a los valores de la educación, el esfuerzo laborioso, la igualdad, la libertad y la solidaridad. Sus valores quedaron plasmados en constituciones e himnos nacionales, sus símbolos en escudos y medallas, sus políticas en memorias y exclusiones de lo memorable, sus fraternidades en cánones literarios, libros de actas o manifiestos. Las comunidades humanistas integraron a sus individuos educándolos mediante la lectoescritura, el pensamiento crítico, la argumentación y la racionalidad.

Pero el humanismo está en crisis. “Una sociedad es mejor cuando construye más escuelas y menos cárceles”, dice el humanista. “Sí, es cierto”, le responde el posthumanista, desconfiado del poder civilizador de la educación y calculando el costo económico de mantener cárceles, “menos cárceles y más pena de muerte”.

“La democracia es el mejor de los sistemas políticos posibles”, asegura el humanista. Pero de inmediato se pregunta: “¿Cómo puede ser que el pueblo vote a candidatos con intereses y políticas totalmente contrarios a los del pueblo?”. El humanista se encuentra desconcertado. ¿Ya no se vota en defensa propia? ¿Y en defensa de lo humano? Además, en una sociedad en la cual internet y cada red social son medios de comunicación que deberían garantizar el derecho a la información, ¿cómo pueden crecer exponencialmente la desinformación y la banalidad?

En agosto de 2018, un ex actor cómico simpatizante del gobierno de Mauricio Macri, en una entrevista en un canal de televisión, para justificar el enorme retroceso en materia de derechos populares que el gobierno estaba implementando construyó el siguiente microrrelato: una casa (el país) se prendió fuego y el padre de familia (el presidente Macri) intenta encontrar a quienes desataron el fuego (los corruptos del gobierno anterior), entonces los hijos, en medio del fuego, quemándose y despojados de todo, exclaman: “¡Queremos flan! ¡Queremos flan! ¡Queremos flan!”. Como si los derechos al salario digno, al trabajo, a la educación y a la salud fueran un postre de lujo que el pueblo, neciamente, se negara a dejar de reclamar con el país en llamas; como si el incendio no hubiera sido desatado por el propio “padre de familia” presidencial; como si lo primero que hay que hacer cuando se desata un incendio no fuera apagarlo sino echarle la culpa a otros. Pero cuando el periodista que lo entrevistaba intentó preguntar por el significado de tan excelsa alegoría, el ex cómico no supo explicarse, y enardecido por la indignación, se tapaba los oídos y repetía “¡Queremos flan! ¡Queremos flan!”.

El punto es que en la sociedad posthumanista no se atiende a argumentos racionales sino a exacerbadas emociones. Todos sintieron que el ex cómico había expresado un decidido antikirchnerismo. Pocos comprendieron la alegoría: exigir flan es equivalente a pedir un lujo en un país que tomó el camino de prenderse fuego por culpa del pasado. El presidente de la Nación nunca entendió nada: al día siguiente publicó una foto en Instagram comiendo flan. La microcomunidad aglutinada por el resentimiento hacia la ex presidenta y senadora Cristina Fernández de Kirchner que se manifestó a los pocos días afuera del Congreso para pedir su desafuero y que la enviaran a la cárcel cantó ante las cámaras que quería flan.

La palabra “flan” funcionó como un imán que atrajo limaduras de hierro sueltas, normalmente encerradas en sus casas ante canales que fogonean el odio y la socarronería, o leyendo titulares en medios de desinformación más que de información. La palabra “flan” funcionó como catalizador de emociones reactivas completamente despojada de su significado o contenido racional (incluso dentro de la lógica absurda que planteó el ex cómico).

En la sociedad posthumanista los ciudadanos son en realidad “usuarios” del país que se reúnen en torno a placas televisivas al rojo vivo, a expresiones estigmatizadoras de la “k” (sometida a perpetuo bullying alfabético), o se juntan como comentadores al pie de notas periodísticas irritantes y generadoras de estrés. La amalgama social la realizan latiguillos mediáticos capaces de canalizar pasiones tristes. En la sociedad posthumanista la comunidad no la realizan los cánones literarios, la fraternidad hacia los libres, el cultivo de una interioridad o la búsqueda de igualdad entre humanos, sino alergias emocionales que se expanden y contagian a través de grandes medios y vehículos de viralización como las redes sociales.

El humanismo y el posthumanismo se superponen no solo a escala social sino también individual. Las comunidades de lectores entrenados en el ejercicio del debate y la argumentación se comunican por artículos y libros, pero también por medio de las redes sociales. Los líderes políticos orientados hacia la inclusión y la ampliación de derechos, es decir, regidos por el valor de la igualdad, también emiten sus mensajes cortos y efectistas por Twitter. Docentes, militantes e intelectuales, comprometidos antes con causas humanas que con causas animales, tienen sus mascotas a las que adoran y rinden tributo retratándolas en historias de Instagram. Quien escribe este texto que analiza y separa el humanismo del posthumanismo y toma partido por el primero, lo hace chequeando frecuentemente el celular. Pero ¿la lucha está perdida? ¿El humanismo ha muerto? ¿Es inútil intentar esclarecer algo de la confusión acerca de lo que se entiende por humano? En tal caso, aun en la derrota, habrá que seguir elaborando pensamiento crítico, confiándonos a los libros, descubriendo un párrafo, una frase, una última palabra emancipadora tallada en puño y letra en el tablado del cadalso.

El eje vertical

Lo alto

El humano es aquel capaz de ascender del ámbito terrestre y vulgar al espacio celestial del conocimiento y la sabiduría. Mediante los libros, a través de la lectura y la escritura, hombres y mujeres pueden progresar y elevarse sobre el mundo cotidiano y repetitivo. Quien lee está en las nubes. Por lo general, para llegar a leer profunda y libremente, el humano antes tuvo que subir peldaño a peldaño el arduo camino de la educación, gradualmente, pasando de nivel con esfuerzo y dedicación, hasta alcanzar una cumbre simbolizada con un título.

El humanismo, desde su nacimiento, relacionó la lectura con el ascenso esforzado. “Impulsado únicamente por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altitud, hoy he escalado el monte más alto de esta región, que no sin motivo llaman Ventoso”,1 comienza el texto del italiano Petrarca (1304-1374) que daría nacimiento al movimiento llamado humanismo.

Por alguna razón, el humanista cree que desde arriba y desde lejos se ve mejor. Posiblemente, haya heredado de algunas tácticas militares antiguas el hecho de ascender a un monte para anticipar la llegada de las hordas enemigas que, sin libros ni lenguaje civilizado, le parecían bárbaras y peligrosas. Desde arriba de un estrado da clases el profesor en algún colegio; desde arriba de otro estrado observa todo el juez y dicta sentencia; desde arriba observa por el microscopio el científico; desde arriba y desde cada vez más lejos, al avanzar la presbicia, se lee sagazmente un libro. Pues desde arriba observó Italia Petrarca, el padre del humanismo que daría más tarde nacimiento a la educación, la justicia y la política modernas, al saber científico y a la lectoescritura formadora de hábitos civilizados y pensamiento crítico. Pero desde arriba observan ahora también los drones y las cámaras de vigilancia en la ciudad: ¿descendientes de Petrarca? ¿Herederos de un saber (despojado de crítica) ahora automático e iletrado? En tal caso, posthumanos.

Si bien el humanismo crearía un hombre laico, libre de ataduras religiosas, estuvo en el comienzo atravesado por búsquedas espirituales cristianas. Por eso, cuando Petrarca decidió emprender su ascenso al monte Ventoso, no lo hizo para instruirse como cuando hoy se emprende el ascenso del saber en una carrera universitaria, sino para lograr una vida feliz o bienaventurada en términos religiosos (una vida beata). Y alcanzar la beatitud implicaba transitar lentamente el camino de la elevación. Cuando se encontró desanimado por la dificultad del ascenso a la cumbre, el mismo Petrarca reflexionó: “En verdad, la vida que llamamos beata está situada en un lugar excelso y, como dicen, es angosta la vía que conduce hasta ella. Asimismo, se interponen muchas colinas y es necesario avanzar de virtud en virtud, por preclaros peldaños. En la cima se halla el final de todo y el término del camino al que nuestra peregrinación se orienta”.2

En el arriba el humano ubicó lo puro, lo divino o lo virtuoso, y en el abajo lo impuro, lo pecaminoso y lo vulgar. Si en términos ideales todo humano puede ascender a las cumbres y formar su espíritu mediante la educación laica, si todos tenemos la oportunidad de elevarnos espiritualmente, ¿qué impide a algunos el ascenso? La respuesta para el humanismo es la tiranía de lo bajo, lo fácil que no requiere esfuerzo, la comodidad y las distracciones. En el siglo XIV Petrarca se preguntó, en un momento de flaqueza, qué lo retenía en lo llano en lugar de emprender el esforzado ascenso por el monte. Él mismo se dijo: “Entonces, ¿qué te retiene? Nada, evidentemente, excepto la senda que atraviesa los bajos deseos terrenales y que a primera vista parece más llana y libre de obstáculos”.3 Todo humanista, heredero de Petrarca, hoy sabe que el camino del conocimiento no es fácil ni rápido, y requiere de algunas renuncias que habitan en lo bajo, como las series y las redes sociales.

El humanista contemporáneo sabe que las redes y Netflix son armas de distracción masiva que le hacen perder el tiempo que podría estar dedicado al cine arte, la lectura de clásicos o la deliberación sobre las condiciones políticas actuales que demoran la llegada de una sociedad donde reine la libertad, la igualdad y la fraternidad. Las series y las redes lo involucran emocionalmente en unidades de sentido (capítulos o posteos) que no formarán una línea de sentido progresiva, como una asignatura universitaria, que deje algo inspirador en la memoria o muestre una faz de las cosas nunca vista. Nada queda después de horas ante las pantallas.

¿Pero qué relación hay entre el ascenso a un monte, que es una actividad física hecha en un espacio natural, y la elevación de la mente mediante la lectura, que es algo espiritual hecho en la quietud? El nacimiento de nuestra cultura humanista se dio en el momento en que Petrarca, que había ascendido para ver desde la cumbre toda Italia, para admirar los picos de sus montañas, sus ríos y valles, decidió estando ahí arriba abrir las Confesiones de San Agustín (354-430) en una página al azar: “Dios sea testigo y mi propio hermano que estaba allí presente, que en lo primero donde se detuvieron mis ojos estaba escrito: ‘Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos’. Me quedé estupefacto […] cerré el libro, enfadado conmigo mismo porque incluso entonces había estado admirando las cosas terrenales”.4 Desde entonces el crecimiento espiritual es cosa de quienes son capaces de mirar lo humano. Comprendiendo los asuntos humanos, su psicología, su lenguaje, su historia y sus leyes, su egoísmo e injusticias, el humano puede elevarse por sobre el mundo de lo bajo y vulgar, hoy diríamos elevarse por sobre el mundo frívolo y consumista.

Esta enorme diferenciación humanista entre el mundo terrenal y el espiritual se dio desde el momento en que Petrarca ascendió físicamente al monte Ventoso y una vez en la cima decidió girar sus ojos para mirar hacia adentro. Desde entonces el humano asciende en carreras universitarias, sube escalones en el sistema educativo y aspira a cumbres que son títulos o diplomas sin moverse de un pupitre o una silla ergonómica, pero volviendo los ojos hacia sí y la sociedad.

Aquella relación entre el ascenso y el esfuerzo espiritual carece de sentido para el posthumano. Ascender para realizar una vida feliz o bienaventurada para él está ligado al éxito material y la fama. Alguien “se va para arriba” cuando gana mucho dinero o popularidad, independientemente de si lee a veces o nunca. El posthumano se va “pum para arriba” cuando explota su potencialidad mediática, su cantidad de seguidores en las redes y su influencia sobre los seguidores. Y si se mira a sí mismo, será en el espejo de un ascensor para sacarse una selfie.

Esto disgusta al humanista, para quien las selfies y los espejos reflejan hábitos narcisistas, frívolos y contrarios a la divina introspección. Luego (se entera y siente tormentos) las fotos con lengüitas al aire son subidas a “la nube” que era, hasta hace poco, espacio de ensoñación exclusivo para lectores y escritores.

También, para el posthumano, el término “ascenso” está vinculado al crecimiento vertical en una empresa. A CEO se asciende sin ninguna consideración de un progreso en el conocimiento de lo humano o de sí mismo, ni mucho menos en el pensamiento crítico en general, por más capacitaciones que se hayan hecho.