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Berlín, 1929. Karl Chindler se ha mudado, y Leopold decide ir a ver a su hermano para echar un vistazo al piso nuevo y llevar unas flores a su cuñada. Allí se encuentra a Franziska Scheler, un amor de juventud, y la acompaña a su casa al finalizar la velada. Ella está ahora divorciada, y vive con su hijo. Le invita a tomar el té una tarde, pero después se comporta como alguien que se ha aventurado en exceso en un primer arranque y que luego retrocede despacio para retirarse a posiciones seguras. Él solo tiene un deseo: verla todos los días. Pero han de ser cautos, pues Franziska teme que, si ella lleva una mala vida, su exmarido pueda quitarle al niño. Bernard von Brentano (1901-1964), escritor y periodista alemán, fue corresponsal en Berlín del Frankfurter Zeitung en los años veinte. Sus artículos y ensayos terminaron quemados en 1933 cuando los nacional socialistas llegaron al poder. Ese mismo año se exilió en Suiza en donde escribió Franziska Scheler, una gran novela de sociedad y de amor que retrata el fin de una época.
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Seitenzahl: 692
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Bernard von Brentano
Franziska Scheler
Edición y epílogode Sven Hanuschek
Traducido del alemánpor Jorge Seca
Bella puede serlo una mujer solo de una manera, pero encantadora, cientos de miles.
Montesquieu
Franziska Scheler se había retirado a un rincón del gran sofá azul. Parecía estar cansada, pues Leopold vio que bostezaba con disimulo tras el ovillo diminuto de un pañuelo. Era el momento de hablar por fin con ella, y Leopold puso rumbo allí a través de los obstáculos de las sillas abandonadas y se sentó delante de ella.
—Hacía mucho que no nos veíamos. ¿Me permite preguntarle cómo les va a su hermana y a sus padres?
—Ha cambiado usted mucho —dijo Franziska, contemplando la cara de Leopold hasta que sus ojos se encontraron, y Franziska desvió la mirada a un lado—. No lo he reconocido en un primer momento.
—Ya hacía mucho que no nos veíamos, creo que ocho años.
—A mi hermana le van bien las cosas. Tiene dos hijos encantadores.
—¿Le ha gustado la conferencia?
—Sí y no. Algunas cosas me resultaron un poco extrañas. Pero ¿qué hora es? Creo que es el momento de irse a casa.
—Eso significa que no conoce usted el carácter de mi hermano. A mi entender, para él la noche comienza precisamente ahora. Ha tenido que permanecer en silencio durante tres horas, así que ahora querrá hablar él también como mínimo una. En su cerebro podrían haber quedado almacenadas ingentes masas de pensamientos.
Franziska se incorporó con una sonrisa y miró hacia donde se encontraba Karl Chindler. Karl estaba entre el doctor Lichtstrahl y el señor Von Bendemann, con un puro en la mano, y hablaba con tesón a ambos caballeros.
—Me gustaría que hubiera un debate —dijo Franziska—, entonces sí me quedaría aquí. Es un placer escuchar a su hermano. Es sensato y al mismo tiempo divertido y chistoso.
A Leopold le habría gustado seguir hablando más tiempo con Franziska, pero Karl tomó asiento entre el doctor Lichtstrahl y el señor Von Bendemann, y Franziska se levantó y se sentó junto a su primo Bendemann. Leopold la siguió y se sentó junto a Anna, y así todo quedaba a punto, y Karl pudo dar comienzo a uno de sus famosos monólogos.
Karl Chindler era funcionario en el Ministerio del Interior, en donde por deseo expreso del ministro lo nombraron secretario de Estado en un vertiginoso ascenso. Era una persona inteligente (había hecho muy buenos exámenes) y estaba poseído por una gran ambición. Sin embargo, su carácter era demasiado complejo y heterogéneo para dejar aflorar un sentimiento tan simple como la gratitud. La República lo había tratado bien, pero en opinión de Karl era una estructura tan débil y lamentablemente tan carente de energía que solo merecía el látigo y nada de afecto, como determinados niños de quienes los pedagogos piensan que solo puede valerles la mano dura y de ninguna manera el cariño. Además, Karl estaba orgulloso de su mente, y como se atribuía a sí mismo un elevado valor y se tenía por uno de los pocos funcionarios republicanos sinceros y francos, le parecía que el gobierno había cumplido con su condenado deber cuando le ascendieron y le confiaron un puesto importante e influyente. Sus amigos le avisaban de vez en cuando para que no hablara con tanta franqueza y se mordiera la lengua, pero Karl no sabía callar y no se arredraba a la hora de declarar abiertamente que la República le debía una mayor gratitud que él a ella. Sus amigos sonreían cuando oían semejantes afirmaciones, pero la buena de Anna, que tenía a su marido por un genio, quedaba tan fortalecida por esos discursos que acababa reafirmando aún más a Karl. El resultado de esa actitud era una especie de amor-odio, y la pasión de Karl por criticar la República y toda su política, tanto la interior como la exterior, se volvió inagotable, y sus discursos, cada vez más mordaces. De todas maneras, Franziska estaba en lo cierto en un punto: cuando Karl se ponía a hablar de este asunto, podía llegar a ser muy ocurrente.
El doctor Lichtstrahl tenía un puro en la mano, Karl le tendió un pequeño cortapuros y encendió una cerilla. Entonces comenzó a hablar:
—Sí, ¿sabe, señor doctor? En el fondo debería tener usted un edificio propio para sus planes escolares, y si ciertos caballeros no fueran... tan excesivamente ambiguos, digámoslo así, ya dispondría usted de él.
Con esta introducción dio por concluida la captatio benevolentiae8, y Karl prosiguió:
—Pero dicho con franqueza, la oveja normal del Partido de Centro es de una indulgencia (¡por no decir estupidez!) que apenas puede entenderla una persona medianamente razonable. Anoche estuve dos horas en casa de un caballero de los de arriba (por no decir de los de más arriba), ¿y qué creen ustedes que me tocó escuchar durante dos horas completas de reloj? Impotentes lamentos infantiles. Los funcionarios nacionalistas alemanes sabotean a ese caballero, los señores catedrátricos lo sabotean, y ese hombre, que tendría los medios suficientes para poder imponerse, estaba sentado ahí llorando como un bebé a quien el lobo malo le ha robado su sonajero preferido.
El doctor Lichtstrahl no dio ninguna respuesta, y podía vérsele en la expresión de la cara que estaba sorprendido por la franqueza de Karl. Sin embargo, parecía que Karl no se daba cuenta de tal cosa, y prosiguió:
—Y eso que ese sabotaje pueril podría eliminarse de un plumazo. Si los hermanos no paran, que se vayan al diablo. Les aseguro, señores míos, que si un hombre enérgico de nuestro ministerio despidiera a diez funcionarios sin previo aviso y sin pensión, ¡me apuesto lo que sea a que el resto acudiría arrastrándose, a cuatro patas, como perritos buenos y sin armar jaleo, y además moverían la cola y darían la patita y se sentarían sobre las patas traseras como es debido! Conozco a esos caballeros, válgame Dios, pronuncian discursos atrevidos cuando la panera está bien llena encima de la mesa y al alcance de la mano, pero en cuanto se eleva aunque solo sean diez centímetros, comienzan a bizquear como los zorros cuando llega el frío, y tras otros diez centímetros se quedan sin resuello. Yo actuaría de un modo completamente distinto, o dicho de una manera más simple, yo actuaría y punto, y a esos señores los estiraría del cuello, como a unas gomas viejas, y si fuera necesario con una máquina especial que por mí podría costar lo que fuese... Sin embargo, nuestro caballero no actúa, para desgracia de Dios, y ¿qué hace nuestro buen ministro del Partido de Centro en lugar de eso? Se retuerce las manos, pone los ojos en blanco, suspira y gime y deja que le crezcan las canas y respeta las convicciones de sus oponentes. Esto puede que sea muy bonito y está muy bien, pero no es nada político. Contra la intolerancia solo hay un remedio: la intolerancia.
Leopold trataba de escuchar con gran atención, pero no existe ninguna cualidad más difícil de gestionar que la atención. Karl Chindler no hablaba de sí mismo, sino que seguía siendo objetivo a pesar de la falta absoluta de objetividad en su manera de expresarse, y de esta manera no había nada que acechar, lo cual es la fórmula básica de la atención. Leopold se distrajo del asunto que se estaba tratando y sus pensamientos pasaron a ocuparse del carácter de su hermano. Los asfixiantes líos con los que había tenido que lidiar Theodor Chindler ya aburrían a Leopold desde temprana edad y habían impregnado en su interés por la política aquella repugnancia que hizo mella en muchos de su generación después de la Primera Guerra Mundial y que o bien los radicalizó de una manera desmedida, o bien los volvió apáticos para las tareas y las preocupaciones del Estado. Leopold había superado esa enfermedad infantil, pero ahora veía con asombro que Karl en realidad seguía perteneciendo a la generación de su padre, y eso significaba que formaba parte de aquel grupo extenso de hombres que no salía de la oposición.
También el señor Von Bendemann había estado pendiente de los labios de Karl, y cuando este guardó silencio, aprobó vivamente sus palabras, sí, hasta llegó a dar unos aplausos. A Anna le pareció muy simpática esa reacción de Bendemann y le recompensó con una sonrisa, pero Leopold conocía a Bendemann mejor (y mucho mejor de lo que lo conocía Anna): este viejo diplomático era una persona astuta y un poco pérfida además. Le divertía oír hablar a Karl, y la lengua mordaz y cortante de Karl lo entretenía, igual que en otras veladas encontraba placer al escuchar a un orador divertido, y aplaudía de la misma manera que en el teatro ovacionaba «da capo» para forzar la repetición de un aria que le había gustado, o conseguir un bis al menos. Karl le correspondió con un movimiento de la cabeza, pero en realidad apenas le prestó atención, pues seguía pendiente sobre todo del doctor Lichtstrahl. El doctor Lichtstrahl había sonreído en diversas ocasiones cuando Karl se expresó en un tono especialmente drástico, y una vez había asentido incluso con la cabeza en señal de aprobación. Leopold tuvo que verlo, todos los asistentes lo vieron, y probablemente Karl lo consideró como una forma de asentimiento tácito y completo a sus comentarios sin que perturbara la corriente de su pensamiento, razón por la cual él lo valoró especialmente. Leopold era más desconfiado y creyó percibir en el doctor Lichtstrahl que estaba examinando con su mente más a la persona de Karl que sus observaciones, y que encontraba más interesante al curioso orador que su curioso hilo discursivo. El doctor Lichtstrahl no era ningún político, y le interesaban más bien poco las pequeñas dificultades cotidianas de un funcionario político que Karl había expuesto con profusión de colores y florituras9.
—¿Y usted qué opina, doctor? —prosiguió Karl—. Habrá tenido seguramente algunas experiencias con nuestros caballeros, ¿o lo ha tenido usted más fácil tal vez?
—Mi campo es diferente al suyo —respondió el doctor Lichtstrahl—, ¡pero yo también arrastro mis lastres!
Aquella fue una respuesta sosegada, sí señor, sagaz incluso, y a Leopold le pareció revelador oírla en boca de un hombre que apenas una hora antes había hablado de una manera tan agresiva y militante, como un apóstol.
La conversación se atascó, y los oyentes parecían ensimismados en sus pensamientos. La impetuosa crítica de Karl tenía algo de absurdo, pues se equiparaba a un hombre que ha trepado a un árbol muy alto y que entonces se pone a serrar con obstinación y ahínco la rama en la que está sentado. Además, las frases de Karl transmitían una soledad alarmante, una luz extraña, de rayos X, que hacía visible ahora también la soledad de los demás presentes.
Leopold tenía a su hermano por una persona sociable, y una parte de su ser lo era, en efecto, pero ahora veía que Karl era también una persona solitaria, como solitarios son todos los idealistas que están solos consigo mismos y con sus pensamientos, y enfrentados a un mundo que no encaja con ellos y al que pretenden transformar y mejorar. En segundo lugar estaba el doctor Lichtstrahl, que a Leopold le parecía asimismo un solitario, como solitarias son todas las personas ambiciosas a quienes la coraza de esa pasión atenaza el corazón, y que también lo son porque, para ellas, el ser humano no es ni hermano ni amigo, sino un medio para un fin, para sus fines. Su imaginación falsifica la imagen del mundo, y viendo demasiado grandes sus propios derechos (y deberes), ven los de los demás demasiado pequeños. De todas maneras, el doctor Lichtstrahl hacía algo al menos, mientras que Karl daba la impresión de ser una persona ociosa, alguien que solo habla, un hombre amargado, sentado tras los barrotes gruesos pero muy transparentes de su cólera, y que contempla lo que él considera el espantoso parque de atracciones del mundo de los políticos.
El señor Von Bendemann intentó reanudar otra vez la conversación.
—Se le ve de nuevo a usted muy acelerado —dijo dirigiéndose a Karl Chindler.
—Todo el mundo está acelerado —respondió Karl con porfía—, y si no nos esforzamos, la República se va a ir al carajo. No sobrevivirá a un segundo golpe de Estado como el de Kapp.
—Entonces no tiene remedio —dijo el señor Von Bendemann—. Pero no creo que nos esté señalando usted el camino correcto, querido Karl. Si le he entendido correctamente, usted desea gobernar la República con los métodos de Mussolini, y eso no es posible. ¡No pueden tocarse los derechos garantizados sobre papel!
—Los métodos de la dictadura son a todas luces incorrectos —dijo Karl—, ¡pero los métodos de la espera que se practican en nuestro país son una locura! ¡Yo soy un defensor de la libertad, pero me pongo a silbarle a la libertad si esta consiste únicamente en que ciertos literatos10 tengan permiso para representar sus indecentes piezas teatrales, y que otra gente aproveche esa ocasión pintiparada para manifestarse en contra y mostrar al público que la República es una cuadrilla de borrachos!
El doctor Lichtstrahl se recostó bien en el sillón, se cruzó de piernas y dijo:
—Eso son sarpullidos infantiles, yo no me los tomo en serio.
—Disculpe si le contradigo —dijo Karl—, pero dentro de poco voy a cumplir los cuarenta, y mis necesidades de sarpullidos infantiles ya han quedado suficientemente cubiertas. La República no es ningún bebé... ¡Se hará tan mayor como nosotros, o no será!
¡Qué expresión de furia en la cara de Karl! Leopold se quedó sorprendido al divisar esa masa de cólera.
—Tienes que enamorarte —le dijo a su hermano—, quiero decir, tienes que enamorarte de la República. Todavía es joven y está un poco abandonada, ¡y necesita más cariño del que recibe, tal como les ocurre, dicho sea de paso, a todos los seres vivos!
Karl dedicó a Leopold una mirada furiosa y no replicó, mientras que a Otto Bendemann el comentario le pareció poético.
Se había hecho tarde, y Franziska se levantó para irse a casa. Karl no veía con buenos ojos que sus invitados se marcharan «tan temprano», pero como también se levantó Bendemann, no se sintió capaz de objetar nada.
Franziska se acercó a Anna y se despidió dando las gracias por aquella «velada tan estimulante» (como dijo ella). Luego salió de la estancia con el señor Von Bendemann. Era casi una cabeza más baja que Bendemann, quien de todas formas era muy alto, pero poseía energía en sus movimientos, y curiosamente incluso en la espalda, algo que dejó admirado y encantado a Leopold. Tenía una forma de marcharse tal, que no podías sino admitir que se había acabado todo ya.
—Es una mujer hermosa —dijo Anna—, hasta parece haber escuchado con atención a pesar de ser protestante.
Karl seguía dándole vueltas a sus pensamientos políticos y se limitó a asentir con la cabeza.
—Podrías quedarte media horita más —le dijo a Leopold, pero Leopold se excusó alegando un gran cansancio y se apresuró a seguir a Franziska.
El señor Von Bendemann vivía a la vuelta de la esquina, en la calle Nettelbeck. Leopold hizo señas a un taxi, y después de dejar en su casa al señor Von Bendemann, acompañó a Franziska a la suya.
Ella estaba sentada en silencio en un lado del coche y miraba por la ventana.
—¿Me permiterá ir a verla en alguna ocasión? —preguntó Leopold.
—Llevo una vida muy retirada —dijo Franziska—, pero si no tiene nada mejor que hacer un día, entonces toque el timbre.
El coche se detuvo, y Leopold se bajó para ayudar a Franziska a salir. Ella se apoyó en la mano de él y saltó a la acera con ligereza. La calle estaba oscura, y la casa en la que vivía Franziska se hallaba detrás de un jardín delantero que dos abetos esbeltos sumían en la penumbra más oscura. Leopold abrió la puerta del jardín y esperó a que Franziska introdujera la llave en la cerradura y abriera la puerta.
—Es usted un caballero —dijo Franziska—, pero creo que lo ha sido siempre.
—Parece saber usted de mí más de lo que sospechaba.
—Hay algunos recuerdos que me gusta recuperar de vez en cuando. Buenas noches.
Leopold hizo que el coche diera la vuelta y ordenó al taxista que se dirigiera a la Iglesia en memoria del emperador Guillermo. Allí se bajó y anduvo algunos pasos cuesta arriba por la calle Ranke para entrar en un bar que todavía estaba abierto a esas horas. Era ya la hora de cierre y la entrada principal estaba cerrada. Leopold se dirigió a una puerta lateral y mediante una determinada manera de golpear reprodujo la señal secreta con la que se permitía la entrada a los clientes habituales. Su mesa estaba todavía libre. Leopold mandó que le sirvieran un café fuerte, se encendió un puro y se puso a reflexionar sobre aquella curiosa velada. En ese momento entraron otros clientes en el local, y Leopold vio a la actriz Erika Welter11 y a su novio, el doctor Wilhelm Braun. Los dos parecían venir de un estreno, pues Braun vestía un frac, y la actriz portaba en el brazo un enorme ramo de rosas rojas. Colgaba sobre sus hombros un abrigo mediano de nutria, bajo el cual asomaba la falda blanca de un vestido largo de noche.
—¿Se han casado ustedes o han actuado en alguna función? —preguntó Leopold.
Erika Welter se sentó al lado de Leopold y le preguntó por qué tenía aquel rictus tan avinagrado en la cara.
—Me hace muy infeliz disgustarle, pero le aseguro que desde hace más de una hora me siento de muy buen humor.
El camarero retiró las rosas de la mesa para colocarlas en un jarrón y Erika pidió una botella de champán.
—Es ya la tercera esta noche —dijo Wilhelm Braun.
—Pero qué bien sabes contar —dijo la actriz en un tono respondón e irritado. A continuación se volvió de nuevo a Leopold y prosiguió—: Es y seguirá siendo una mezcla de abuelito y médico de cabecera.
—Esto último es su oficio —dijo Leopold.
Erika Welter levantó su copa y brindó primero con Braun (para reconciliarse con él) y a continuación con Leopold.
—¡Para que acudan a usted otros pensamientos! —dijo ella.
Leopold apuró su copa, y Wilhelm Braun habló acerca del estreno. Leopold lo escuchaba con atención y al mismo tiempo percibía que Erika Welter lo miraba constantemente.
—Muéstreme su mano izquierda —dijo ella de pronto.
