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Gema Peñalosa

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La historia de la mujer que buscó justicia en una botella de gasolina
El 17 de octubre de 1998, el Pincelito, un hombre de sesenta y dos años, violó a Verónica, una niña de trece, en la localidad alicantina de Benejúzar. Seis años más tarde, cuando el Pincelito gozaba de un permiso penitenciario, Mari Carmen, la madre de Verónica, se cruzó con él por el pueblo, le prendió fuego y le causó la muerte.
Este libro reconstruye los entresijos de aquella historia real y explora sus múltiples recovecos. Pero Gema Peñalosa no se detiene en este caso concreto, sino que además se interroga por los mecanismos sociales que posibilitan que las mujeres sigan sometidas a tanta violencia sexual. 
 
SOBRE LA AUTORA

Nació en Aracena (Huelva) en 1980, pero se trasladó a Alicante cuando tenía seis años. Durante su infancia se le quedaron grabados algunos casos célebres de violencia contra las mujeres, como el asesinato de la niña onubense Ana María Jerez Cano, en 1991, o el crimen de las niñas de Alcàsser, al año siguiente. Desde entonces, no ha dejado de preguntarse por qué aquellos casos la dejaron tan marcada y cómo reaccionó la sociedad ante ellos. Es muy probable que este tipo de preguntas expliquen por qué acabó dedicándose al periodismo de sucesos y tribunales. Primero, en la Comunidad Valenciana. Y más tarde, en Madrid, donde actualmente cubre la información del Ministerio del Interior para el diario El Mundo. Ha investigado casos como Gürtel, Brugal o el asesinato de la viuda del empresario Vicente Sala.

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Seitenzahl: 118

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Gema Peñalosa

FUEGO

La historia de la mujer que buscó

justicia en una botella de gasolina

primera edición: noviembre de 2022

© Gema Peñalosa, 2022

© Libros del K.O., S.L.L., 2022

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-19119-05-6

código ibic: DNJ, JFFE, JFFK

ilustración de cubierta: Óscar Alonso

maquetación y artes finales: María O’Shea

corrección: Zaida Gómez

A todas las mujeres que han sufrido violencia sexual

I.

Mari Carmen le pidió a Verónica que fuera a por el pan.

—No quiero ir. Siempre me toca a mí. Ya estoy harta —le respondió.

—Vero, ve, que yo voy a tender la ropa con tu hermana —replicó la madre a la hija.

Verónica arrinconó las sábanas con fastidio y se sentó sobre la cama. Se vistió con un polo blanco de manga corta y un pantalón de chándal gris.

Mari Carmen y Jéssica charlaban en la galería mientras sacaban de la lavadora la última tanda de ropa.

—Dame el dinero —dijo Verónica con desdén.

—Toma, y no tardes —le respondió su madre.

Las tres salieron de la casa al mismo tiempo. Mari Carmen y Jéssica, hacia la azotea para tender. Verónica, a la panadería.

Pese a que ya estaban a mediados de octubre, era un día casi veraniego. Las calles de Benejúzar tenían la animación propia de un sábado por la mañana. La panadería se encontraba en el corazón del pueblo.

Entre semana, un repartidor dejaba el pan en la puerta de la casa de Mari Carmen. Pero los sábados no había reparto, de modo que alguno de sus cuatro hijos se acercaba a comprarlo.

No iban a la panadería más próxima porque a Mari Carmen le gustaba que el estofado de cordero de todos los sábados estuviera acompañado por una hogaza que solo vendían en un local del centro.

Verónica cruzó rotondas, bordeó las vías del tren y caminó por calles estrechas hasta su destino.

—Hola, vengo a por el pan de mi madre —dijo con el acento murciano tan característico de la comarca alicantina de la Vega Baja.

Con la hogaza entre sus manos, le dio un mordisco pequeño. Se contuvo porque, aunque no había desayunado y estaba hambrienta, sabía que a su madre le molestaba que el pan llegara empezado a casa.

La hogaza se veía aún más grande en sus manos diminutas. Tenía trece años, pero parecía más pequeña. Apenas llegaba a los treinta kilos y aún cabía en el vestido de su primera comunión. Lo sabía porque se lo había probado la semana anterior, en una tarde de juegos con sus amigas en casa.

Justo antes de que salieran del piso, Mari Carmen le había advertido:

—No te entretengas viendo a la perra, que a las dos comemos.

Se refería a Layka, una husky que Verónica se había encontrado abandonada unas semanas antes y a la que habían acogido unos amigos de la familia para que vigilara su fábrica. A Verónica le habría gustado adoptarla y a Mari Carmen le encantaban los animales. Tanto le encantaban, que una vez incluso le dio unos puntos a una codorniz herida. Pero ya tenían en casa a Íker, un yorkshire terrier rechoncho, y el espacio en el que vivían era limitado.

Aunque no era lo que quería Verónica, el pacto al que habían llegado era beneficioso para las partes: la perra tendría un hogar, los amigos tendrían su fábrica vigilada y ella podría visitarla siempre que quisiera. Esto último sucedía a diario.

Aquel sábado no fue una excepción, pese a las órdenes de su madre. Verónica se dirigió al terreno donde estaba la perra.

La llamó varias veces, pero no tuvo respuesta. Layka no aparecía. La niña se preguntaba en qué rincón se habría resguardado el animal, cuando alguien la sorprendió por la espalda y la agarró con fuerza de los hombros.

Era Antonio Cosme, conocido como el Pincelito, un hombre de sesenta y dos años, albañil de profesión, vecino suyo de siempre, hosco y de pocas palabras.

Esa mañana, antes de abordarla en los terrenos de la fábrica, el Pincelito había quedado con otros aficionados a la colombicultura para volar sus aves. Antonio Cosme era un entusiasta de esta disciplina, que está muy arraigada en Benejúzar y es la razón por la que a veces se ven palomos pintados con llamativos colores atravesando el cielo en la zona.

En las competiciones de colombicultura, los participantes atan una pluma blanca a una paloma que después liberan. A continuación, sueltan a varios palomos para que la busquen y la atraigan a su nido.

Hay metáforas que se hacen solas, pero, por si acaso, un artículo publicado en 1985 en El País recoge la siguiente descripción de esta disciplina deportiva: «Es como si encerrasen a una chavala en una discoteca llena de mozos para ver quién se la logra llevar»1.

Las normas de estas competiciones están recogidas en el Reglamento general de competición de la Real Federación Española de Colombicultura2. El artículo 15 afirma que «si en el transcurso de la competición un palomo mostrara una actitud inequívoca de desviación sexual, a juicio del equipo arbitral, persiguiendo insistentemente a otros palomos participantes o siendo perseguido por estos», puede quedar descalificado. Hay metáforas que podrían estirarse sin límites.

El lugar desde el que el Pincelito había soltado a su palomo se encontraba en un pinar cercano a la fábrica donde vivía Layka. Desde ahí observaba cómo los animales mordisqueaban y picoteaban a la paloma en el cielo, y también observó cómo Verónica acercaba su nariz a la valla en su intento de localizar a la perra.

—Como grites, te mato —la amenazó con un cuchillo en la mano.

A la niña le temblaban las piernas y el cuerpo entero.

Tras su advertencia, la condujo hasta unos pinos apartados, la tiró al suelo y la desvistió.

—¡Pincelito, no me violes, por favor, no me violes! —le rogaba desesperada.

Pero sus súplicas no sirvieron. Después de violarla, Verónica creyó que la mataría.

—No me mates, te juro por Dios, por mi madre, que no diré nada a nadie —chillaba con desesperación.

—Te dejo ir, pero si se lo cuentas a tu madre, te corto el cuello con una corvilla.

—Te lo juro que no voy a decir nada, te lo juro, pero no me mates.

Verónica era consciente de que mentía. Por eso cruzó las piernas mientras se lo prometía. Le invadía la superstición infantil de que si entrelazas los dedos o las piernas, los juramentos quedan sin efecto.

El Pincelito se abrochó el pantalón, lanzó una última mirada desafiante a Verónica y la señaló con el dedo. Ella captó la amenaza. Pasado un rato, se sacudió los hierbajos, se vistió y corrió hacia su casa.

Mari Carmen estaba inquieta por la tardanza de su hija pequeña.

—Se habrá entretenido mirando a la perrilla —se dijo para tranquilizarse.

Siguió enfrascada en sus tareas hasta que un grito de Jéssica interrumpió la calma doméstica.

—¡Que la Vero viene llorando!

Verónica alcanzó el portal fuera de sí. Unos vecinos le abrieron la puerta, pero no pudieron preguntarle qué había pasado porque la chiquilla ni les miró. Subió los tres pisos en un suspiro y entró en su casa. Agazapada en la cocina, entre el frigorífico y la encimera de mármol, siguió llorando sin consuelo.

—Vero, ¿qué te ha pasado?, ¿qué ha pasado? —gritaba Mari Carmen desesperada—. ¿Te han hecho daño?

La niña tardaba en contestar. No podía. Estaba agarrotada. Tenía sangre en la cara, en las manos y en la ropa.

—¡Ay, ay, ay! —repetía gritando.

Se levantaba de la silla, daba saltos de nerviosismo, caminaba unos pasos y volvía a sentarse.

—¡Pero dime, dime qué te ha pasado! Por favor, ¡dime qué te pasa! —gritaba Mari Carmen.

Al fin, Verónica consiguió darle la respuesta que con tanto empeño buscaba.

—¡Ay, que me ha violado el Pincelito! ¡Que me ha violado!

A pesar de todos los años que han pasado desde aquel 17 de octubre de 1998, Mari Carmen aún no se ha perdonado haberla enviado a por el pan aquella mañana.

1Juan Mora, «Las palomas de la guerra», El País, 17 de marzo de 1985, <https://elpais.com/diario/1985/03/17/deportes/479862020_850215.html> [consultado el 28/9/2022].

2Real Federación Española de Colombicultura, Reglamento general de competición, 10 de diciembre de 2021, <https://realfec.es/media/244/reglamento%20competicion%2010-12-2021.pdf> [consultado el 28/9/2022].

II.

Los himnos municipales son una buena manera de acercarse a los lugares. O, por lo menos, a la percepción de sus habitantes sobre sí mismos. El himno de Benejúzar empieza con la siguiente estrofa:

El viejo terruño, de arábigo injerto,

al beso del río se vuelve esmeralda,

y en medio, cual fruto de flor de sonrisa,

la bella, la noble, la digna huertana.

Benejúzar arrastra su herencia árabe en el nombre. Como muchos otros topónimos en la provincia de Alicante —el más famoso tal vez sea Benidorm—, la palabra comienza con el prefijo Ben, que se usaba para referirse a la descendencia de alguien.

En concreto, el nombre de Benejúzar podría derivar de Bani Yusuf, es decir, «Hijos de Yusuf». El «arábigo injerto» que aparece en el primer verso del himno se refiere, pues, a que los fundadores de la localidad pudieron ser los hijos de un tal Yusuf durante la época de dominio musulmán en la península.

El segundo verso habla sobre un río: «Al beso del río se vuelve esmeralda». Se trata del Segura, que atraviesa la población unos veinte kilómetros antes de su desembocadura en el mar Mediterráneo.

En su origen, Benejúzar se situaba en la margen izquierda del caudal, aunque ahora se localiza en la derecha. Este singular traslado se debió al terremoto que se produjo a las seis y media de la tarde del 21 de marzo de 1829 y que causó unos 200 muertos3.

No debió ser el primero en la región, ya que Benejúzar se encuentra en una de las áreas sísmicas más activas de la península4. Desde luego, no fue el último, ya que la hemeroteca recuerda otros en los años 1890, 1919, 1973 y 2008.

Pero el de 1829 fue importante por varios motivos. Primero, por supuesto, por el número de víctimas. Segundo, porque es la aparición más antigua de Benejúzar en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional Española5. Tercero, porque la fachada del Ayuntamiento actual lo recuerda con un mural enorme. Y, cuarto, porque obligó a que la población se trasladara.

Efectivamente, las autoridades decidieron reconstruir el pueblo en la otra orilla del río Segura, en una zona más resguardada de las inundaciones. Se hizo con un trazado rectilíneo que define bastante al pueblo. Benejúzar cambió de orilla, pero no se alejó de la corriente que sigue conformando su columna vertebral.

Por último, hay que detenerse en el cuarto verso de su himno: «La bella, la noble, la digna huertana». A lo largo de su historia, los cultivos tuvieron mucho peso en la economía local.

A finales del siglo xix, Benejúzar contaba con cuadrillas especializadas en la recolección de cáñamo, cuyos filamentos se usaban en la industria textil. Ya entrado el siglo xx, los naranjos y los limoneros ocupaban, además del cáñamo, buena parte de la superficie agrícola benejucense.

Hoy en día la agricultura ha perdido mucho peso. «En el siglo pasado los ingresos recibidos por el Ayuntamiento de Benejúzar en concepto de contribución rústica suponían el 90 % de los ingresos totales, hoy apenas llega al 0.5 % del presupuesto municipal», escribe el historiador local Marco Antonio Lorenzo García6.

Además de las características que da a conocer su himno, Benejúzar se define porque es una población relativamente pequeña: en 1998, cuando el Pincelito violó a Verónica, tenía 5067 habitantes.

Mari Carmen no había nacido en el pueblo, sino en Los Montesinos, unos quince kilómetros hacia la costa. Llevaba en Benejúzar desde que se casó con Francisco, un albañil que sí tenía origen benejucense. Eran primos segundos y empezaron su relación tras coincidir en 1976 en una fiesta vespertina en la discoteca El Girasol, en la vecina Rojales. El sueldo de Francisco suponía el mayor ingreso, y ella a veces lo redondeaba limpiando instalaciones municipales.

Pese a llevar bastantes años allí, Mari Carmen mantenía un contacto estrecho con Los Montesinos, donde aún vivían sus hermanos y donde conservaba un corral al que regresaba todos los sábados por la tarde. En ese lugar rememoraba, en compañía de su marido y de sus hijos, una infancia y una adolescencia con olor a campo.

Sin embargo, aquel sábado de octubre, después de que el Pincelito violara a Verónica, Mari Carmen no fue al corral de Los Montesinos, sino que cruzó la calle sin mirar a los lados y se dirigió hacia la casa de Antonio Cosme con un cuchillo en la mano.

Llamó varias veces al timbre hasta que abrió la puerta. Estaba en pijama.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó él.

—¿Qué le has hecho a mi Vero? ¿Qué le has hecho a mi Vero? —Mari Carmen sostenía el cuchillo en sus manos temblorosas.

—¿Yo?, ¿yo?, nada. ¿Qué le voy a hacer yo a tu hija? —le contestó.

—¡No mereces vivir, no mereces vivir! Eres un hijo de puta. ¡Un hijo de puta!

—Pero si yo me acabo de levantar.

Varios vecinos habían seguido a Mari Carmen al verla salir de su casa. La agarraron de los brazos y se la llevaron a rastras. Ella no quería marcharse. Aún gritaba cuando la metieron a la fuerza en su portal.

3Diario balear, «Temblor de tierra», 18 de abril de 1829, página 1, <https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=4752fcfc-13be-4776-b694-317748cc61e7> [consultado el 28/9/2022].

4José Molins, «El lugar con mayor riesgo sísmico de la Comunitat Valenciana», Las Provincias, 11 de junio de 2019, <https://www.lasprovincias.es/comunitat/mapa-sismico-comunitat-valenciana-20190610100513-nt.html> [consultado el 28/9/2022].

5Mercurio de España, abril de 1829, página 29, <https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=dc9a1725-cc70-47c5-8496-26ef6efdaaa3&page=29> [consultado el 28/9/2022].

6Marco Antonio Lorenzo García, Historia de Benejúzar, Línea gráfica, Elche, 2001.

III.