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"¿Qué sentido tiene dedicar tiempo a escribir un libro sobre Juego de tronos? ¿No es acaso una tarea ociosa? ¿No hay asuntos más importantes a los que prestar atención ante el drama social y político en el que estamos inmersos? Para responder a estas preguntas, conviene antes preguntarse por las razones del éxito tanto de los libros como de las distintas temporadas de la serie. En principio, podría parecer que la clave del éxito es simplemente una combinación eficaz de intrigas, violencia, aventuras y sexo inscrita en un escenario de resonancias románticas que constituye una fórmula infalible. Sin embargo, la clave del éxito va mucho más allá: el escenario de destrucción del orden civil y político que nos presenta la serie, así como la lucha a muerte por la conquista del Trono de Hierro por parte de un puñado de reinos, con un colapso civilizatorio a las puertas, conecta directamente con cierto pesimismo generalizado y cierta conciencia oscura del fin de nuestra civilización occidental tal y como la conocemos. Como en Juego de tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya." En esta brillante obra, un nutrido grupo de analistas, politólogos, activistas y políticos de nuevo cuño disecciona la popular serie Juego de tronos con un claro objetivo; elaborar un original curso de ciencia política cuya lectura contribuya al análisis de ese complejo tablero que constituye la política en la que vivimos inmersos.
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Seitenzahl: 495
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Akal / Pensamiento crítico / 33
Pablo Iglesias (coord.)
Ganar o morir
Lecciones políticas enJuego de tronos
«¿Qué sentido tiene dedicar tiempo a escribir un libro sobre Juego de tronos? ¿No es acaso una tarea ociosa? ¿No hay asuntos más importantes a los que prestar atención ante el drama social y político en el que estamos inmersos?
Para responder a estas preguntas, conviene antes preguntarse por las razones del éxito tanto de los libros como de las distintas temporadas de la serie. En principio, podría parecer que la clave del éxito es simplemente una combinación eficaz de intrigas, violencia, aventuras y sexo inscrita en un escenario de resonancias románticas que constituye una fórmula infalible. Sin embargo, la clave del éxito va mucho más allá: el escenario de destrucción del orden civil y político que nos presenta la serie, así como la lucha a muerte por la conquista del Trono de Hierro por parte de un puñado de reinos, con un colapso civilizatorio a las puertas, conecta directamente con cierto pesimismo generalizado y cierta conciencia oscura del fin de nuestra civilización occidental tal y como la conocemos. Como en Juego de tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya.»
En esta brillante obra, un nutrido grupo de analistas, politólogos, activistas y políticos de nuevo cuño disecciona la popular serie Juego de tronos con un claro objetivo; elaborar un original curso de ciencia política cuya lectura contribuya al análisis de ese complejo tablero que constituye la política en la que vivimos inmersos.
Pablo Iglesias Turrión, coordinador de la presente obra, es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid, en la que impartió clases desde 2008 hasta que tomó posesión como eurodiputado en 2014. Licenciado en Derecho y Ciencia Política (con premio extraordinario), es asimismo máster en humanidades por la Universidad Carlos III y en comunicación por el European Graduate School, donde fue alumno, entre otros, de Slavoj Žižek y de Giorgio Agamben. Es autor y coordinador de varios libros, entre los que destacan Maquiavelo frente a la gran pantalla. Cine y política (2013) y Disputar la democracia (2014). Ah, y le entusiasma Juego de tronos, pasión que comparte con la nómina de autores de Ganar o morir:
Santiago Alba Rico; Luis Alegre Zahonero; Antonio José Antón Fernández; Cristina Castillo Sánchez; Eneko Compains Silva; Íñigo Errejón; Eduardo Fernández Rubiño; Rubén Herrero de Castro; Daniel Iraberri Pérez; Rubén Martínez Dalmau; Héctor Meleiro Suárez; Juan Carlos Monedero; Sara Porras Sánchez; Tania Sánchez Melero; Clara Serra Sánchez
Diseño de portada
RAG
Motivo de cubierta
Antonio Huelva Guerrero
@huelvaguerrero
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© De la coordinación; Pablo Iglesias Turrión, 2014
© De los textos; los autores, 2014
© Ediciones Akal, S. A., 2014
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
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ISBN: 978-84-460-4181-8
Así pues, necesitando un príncipe saber hacer buen uso de la bestia, debe entre todas secundar a la zorra y al león, porque el león no se defiende de las trampas, ni la zorra de los lobos. Requiere, por tanto, ser zorra para reconocer las trampas, y león para amedrentar a los lobos.
Nicolás Maquiavelo
Presentación[1]
Pablo Iglesias Turrión
En la situación de emergencia social en la que nos encontramos y dada la gravedad de la crisis general (económica, política e institucional) a la que nos enfrentamos, ¿qué sentido tiene dedicar tiempo a escribir un libro sobre Juego de tronos? ¿No es acaso una tarea ociosa? ¿No hay asuntos más importantes a los que prestar atención ante el drama social y político en el que estamos inmersos?
Para responder a estas preguntas, conviene antes preguntarse por las razones del éxito tanto de los libros como de las distintas temporadas de la serie. En principio, podría parecer que la clave del éxito es simplemente una combinación eficaz de intrigas, violencia, aventuras y sexo inscrita en un escenario de resonancias románticas que constituye una fórmula infalible. Sin embargo, la clave del éxito va mucho más allá: el escenario de destrucción del orden civil y político que nos presenta la serie, así como la lucha a muerte por la conquista del Trono de Hierro por parte de un puñado de reinos, con un colapso civilizatorio a las puertas, conecta directamente con cierto pesimismo generalizado y cierta conciencia oscura del fin de nuestra civilización occidental tal y como la conocemos. Pesimismo que se ha apropiado del ambiente a todos los niveles (anímico, personal, político, laboral…), especialmente en los países más castigados por la «crisis» financiera que comenzó supuestamente allá por 2008.
El escenario que nos presenta la serie es, ante todo, un escenario en el que el poder está en disputa y en el que el carácter moral de cada protagonista se revela precisamente en el modo como se disputa ese poder. Todo el mundo tiene hoy la sensación de formar parte de un orden social y económico en el que se han roto todos los pactos que garantizaban la paz y la estabilidad. Los partidos que han acaparado hasta ahora el orden institucional de la legalidad han perdido de un modo quizá irreversible una de las piezas clave en la que se sostenía su poder: la desconfianza en la casta de los gobernantes crece a un ritmo exponencial y los gobernados tienen cada vez menos razones para la obediencia. Los gobernantes, atrincherados en sus despachos y edificios oficiales, comienzan a sentir cierta inquietud, pero confían en que su control sobre la legalidad y su monopolio del Boletín Oficial del Estado les garanticen la permanencia en un poder que no están dispuestos a perder. En este sentido, se comportan de un modo semejante a como Joffrey piensa que le basta estar sentado en el Trono de Hierro para ser reconocido por todos como el legítimo representante del poder.
Sin embargo, esa legitimidad está hoy puesta en cuestión: el clamor ciudadano a favor de una regeneración de la vida pública es algo que ya no puede ser acallado. Hay grandes consensos transversales (como, por ejemplo, las reformas legislativas sobre vivienda que propone la PAH, la exigencia de una lucha eficaz contra la corrupción o la defensa firme de los derechos a sanidad y educación) que no pueden ser ignorados sin que esto erosione de un modo grave los principios de legitimidad sobre los que se sostienen, fundamentalmente, el principio democrático de gobernar obedeciendo a las exigencias de una ciudadanía que, de un modo creciente, exige recuperar un poder que por derecho propio le corresponde. Ahora bien, una de las principales lecciones que nos enseña Juego de tronos es que, en el terreno de la política, no hay nunca espacio para la legitimidad meramente en abstracto, para una legitimidad que no está dispuesta a convertirse en poder político alternativo y, en ese sentido, a disputar el poder. Ni el linaje, ni los derechos dinásticos de sucesión, ni la estirpe, la sangre o la herencia pueden siquiera llegar a convertirse en una opción legítima si no está dispuesta a convertirse en una opción real. Este es el caso, por ejemplo, de la Khaleesi: es perfectamente consciente de que en un mundo terrible es preciso tener el mayor ejército, las mejores armas (los dragones) y saber mandarlos sin que tiemble el pulso. Sabe, por su propia experiencia, que la elección real para los débiles nunca es «que haya poder o que no haya poder», sino que el poder lo tengan quienes ponen cadenas o quienes quieren acabar con las cadenas. Sabe que puede ganar el respeto de los pueblos, sabe que puede constituirse como una líder en la que todos confíen. Pero también sabe perfectamente que, por un lado, sin dragones no podrá ser una verdadera líder ni liberar a ningún pueblo, puesto que otros más fuertes impondrán la esclavitud y las cadenas; y, por el otro, sabe también que, del mismo modo que la legitimidad le ha dado poder, el poder mismo, los dragones, los ejércitos, le dan una nueva legitimidad. Ella no es solo moralmente creíble y honorable como un Stark, sino que su proyecto político es, por así decirlo, creíble, plausible, real; en él cabe depositar una esperanza cierta.
Hacia el final de la tercera temporada estalla todo el poder de la Khaleesi. Tiene a los dragones, que por sí solos ya la convierten en una candidata al trono. Ha conseguido reunir un ejército temible, cuantioso y formado por soldados de elite. Ha reunido un poder temible, al que añade la legitimidad que ha logrado atesorar. Ya sea comiendo un corazón crudo, hablando la lengua nativa de su pueblo, sobreviviendo al fuego, alumbrando a tres dragones o liberando ciudades enteras de esclavos, Daenerys Targaryen siembra su camino de actos en los que progresivamente se «instituye» como opción legítima de poder real. Cuando su traductora comunica solemnemente a los esclavos recién liberados que deben su libertad a Daenerys de la Tormenta, madre de dragones, reina de los Siete Reinos, esta le manda callar, y pronuncia las siguientes palabras: «No me debéis vuestra libertad. No puedo dárosla. Vuestra libertad no era mía para dárosla. Os pertenece a vosotros y solo a vosotros. Si queréis recuperarla, debéis tomarla vosotros mismos. Todos y cada uno de vosotros». Sin ser capaz de conectar de un modo efectivo con la voluntad y el anhelo de todos los oprimidos, Daenerys no dispondría de ninguna legitimidad; pero de nada serviría en absoluto esa legitimidad sin algún catalizador capaz de convertirla en poder. Solo gracias a esa legitimidad que va conquistando y demostrando es como consigue reunir un gran poder, y es gracias a ese poder como consigue apuntalar y acrecentar su legitimidad. Poder y legitimidad se relacionan de un modo completamente circular, a pesar de que no son en absoluto dos elementos de la misma naturaleza. Sin sus acciones «ejemplares», Khaleesi no obtendría el reconocimiento y la legitimidad gracias a las cuales acumula cada vez más poder. Su proyecto político de ruptura del orden establecido depende completamente del carácter ejemplar de sus acciones. Para un proyecto emancipador de ruptura,sin legitimidad moral no hay poder. Pero ella misma ha vivido el deterioro de la legitimidad cuando esta se conduce sin poder: justo en el momento anterior a la eclosión de los huevos de dragón, los dothrakis estaban cerca de comenzar a retirarle su apoyo, y no por ser ella menos honorable o menos legítima, sino por ser incapaz de imponer un camino real y factible. Daenerys logra empoderarse a sí misma como mujer vulnerable en un mundo terrible para las mujeres. Pero sabe que tendrá que empoderarse también sobre Poniente entero, sobre los Siete Reinos, a lomos de sus ejércitos y sus dragones, o de lo contrario la paz que conquiste para ella como mujer y para los esclavos será temporal: los débiles necesitan el poder del trono, la potencia pública, más que los fuertes, pues estos ya tienen su propio poder privado y con él oprimen a los débiles y se defienden de otros fuertes. Sabe que para cualquier proyecto político (no meramente moral), sin poder no hay legitimidad.
El mundo de Juego de tronos es, al igual que el nuestro, un tablero complejo con múltiples tensiones y luchas de poder. No es posible acabar con la violencia y el poder en sí mismos; tan solo cabe apropiarse de ellos y, neutralizando al resto de fuerzas y poderes, ponerlos al servicio de un determinado principio de legitimidad. Por así decirlo, no existe unalegítima legitimidad sin poder, aunque sí puede existir durante siglos un poder poderoso sin legitimidad; he ahí el verdadero drama de la política. Los déspotas, los tiranos, los opresores, pueden conducirse a través del mero poder, porque pueden imponer el terror, gobernar a través del miedo y proyectar principios de legitimidad adecuados a su causa (religiosos, tribales, identitarios, etc.) que apuntalen el ejercicio de su poder despótico. Sin embargo, no es posible para los justos, para los honrados, ser verdaderamente legítimos si no conquistan el poder.
Eddard –Ned– Stark es sin duda alguien moralmente intachable, es un héroe moral, pero, el mundo que resulta de sus acciones, ¿es moralmente mejor o peor que el mundo que resulta de las acciones de Varys, Tyrion o la Khaleesi, personajes de naturaleza más política que moral? ¿Es moralmente mejor un mundo donde los inocentes tienen que escapar y esconderse mientras tu cabeza rueda por el suelo, o un mundo donde queda margen de maniobra para empoderarse y neutralizar el despotismo y la tiranía? El «honor» de los Stark pertenece a un mundo mejor. Pero ese mundo hay que ganárselo. Solo ignorando lo terrible que es un mundo donde la legalidad no consigue fundar el verdadero poder y la verdadera legitimidad, es posible considerar como moralmente preferible un camino que alimenta al despotismo en vez de combatirlo. En un mundo terrible, puede perfectamente ocurrir que el único resultado de nuestro «obrar bien» sea un mundo aún peor, más injusto y más despiadado. En este sentido, cabe decir que el héroe moral, por ejemplo Eddard Stark, nunca se ocupa tanto de elegir un mundo bueno como de elegirse a sí mismo como bueno (lo cual es, sin duda, un modo curioso de serlo).
Como en Juego de tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya. Por cada segundo que pasa sin que aspiremos a democratizar los lugares donde se decide lo importante, aumenta sin cesar el enriquecimiento privado ilegítimo y el sufrimiento gratuito de la gente corriente. Democratizar es sencillamente devolver a las personas la capacidad para decidir sobre sus propias vidas, una capacidad que nos ha sido robada y que debe ser restituida. Decía Ser Jorah Mormont que «la gente común reza por lluvia, salud y un verano que nunca acabe. A ellos no les preocupa qué juegos jueguen los grandes señores». Estamos hartos de los juegos de los grandes señores. Hace pocos meses algunos de nosotros pusimos en marcha un proyecto al que llamamos Podemos. El taimado personaje apodado Meñique –Lord Petyr Baelish– nos recuerda que vivimos en un mundo donde «algunos hombres tienen la suerte de nacer en la familia apropiada; otros deben buscarse su propio camino». Podemos elegirnos a nosotros mismos como buenos al modo de Ned Stark o, como la Khaleesi, podemos aspirar a usar la política para mejorar lo colectivo.
Pero este libro no es una excusa para hablar de Podemos hablando de Juego de tronos, aunque entre sus autores estén algunos de sus portavoces y activistas, ni tampoco un estudio monográfico de especialistas en Canción de hielo y fuego. Por eso hemos tomado como referencia la serie y no los libros, pues nuestro objetivo es que este volumen sea accesible los espectadores y no se restrinja a los lectores de la saga literaria de George R. R. Martin. Pedí colaboraciones a todos aquellos que entendí que podían aportar ideas interesantes, sin importarme su filiación política y su procedencia académica; solo les pedí que vieran la serie, y la mayoría de ellos ya lo habían hecho. En los capítulos se profundiza en diferentes cuestiones que tienen que ver con la filosofía política, con los estudios de género, con las relaciones internacionales y la guerra, con el derecho, con el pensamiento de Maquiavelo, con la historia… Juan Carlos Monedero nos brinda una perspectiva panorámica de Juego de tronos, explorando las relaciones entre la cultura y la política en nuestro presente, a través de múltiples referencias. La relación entre legitimidad y poder que señalo en esta presentación, y que desarrollo con Luis Alegre y Daniel Iraberri en el primer capítulo, aparece también con diferentes formulaciones en los capítulos de Rubén Martínez e Íñigo Errejón. Del mismo modo que el Maquiavelo de El Príncipe, dando sus consejos desde la serie, está en los textos de Eneko Compains y Héctor Meleiro. En el capítulo que firmo yo solo, Maquiavelo regresa para seguir discutiendo, esta vez, la complejísima relación entre poder duro y hegemonía. Me interesaba además contar la visión de un politólogo conservador procedente de las escuelas realistas, y Rubén Herrero de Castro se prestó generosamente a la empresa con un texto que demuestra que la serie puede permitir un enorme nivel de diálogo entre diferentes enfoques de pensamiento. Tania Sánchez consigue, en sus propias palabras, «dar el salto conceptual de la fantasía de Juego de tronos a la realidad de la política partidaria patria», analizando cómo el «Trono de Hierro» interior a cada partido es un elemento insoslayable, en cualquier democracia, para la conquista del poder político real. No podía faltar en el análisis de Juego de tronos la perspectiva de género para entender los roles femeninos de la serie, y Cristina Castillo y Sara Porras profundizan en su capítulo sobre los personajes femeninos y su relación con el poder. El problema del sujeto es abordado en el capítulo de Clara Serra y Eduardo Fernández, en el que se adentran en los personajes excluidos de la serie, analizando sus solidaridades y su empoderamiento. Santiago Alba Rico, por su parte, analiza los defectos físicos de algunos personajes y el papel de las diferentes implicaciones políticas de las áreas climáticas de la serie. Por último, Antonio Antón, en un avasallador despliegue de erudición, reflexiona sobre la figura del dragón.
Creo que el libro que tienen en sus manos no solo les hará reflexionar, sino también disfrutar. Les aseguro que el grado de gozo que he alcanzado preparándolo es solo comparable al sufrimiento del editor y de los autores ante mis retrasos continuos y mis muchas negligencias como coordinador desbordado por mis inesperadas responsabilidades políticas. Debo agradecerles a todos, y en especial a Tomás Rodríguez y a Luis Alegre, su enorme paciencia y ayuda. Espero que me disculpen; he estado muy atareado tratando de conquistar Poniente ;-)
Valle del Tiétar, finales de agosto de 2014
[1] Esta introducción recoge parte de lo que se desarrolla más detenidamente en el primer capítulo del libro, «Vencer o morir en la escalera del caos: poder y legitimidad», escrito junto a Daniel Iraberri y Luis Alegre.
Prólogo
Tronando por un juego: enamorarte de un caminante de las nieves pero casarte con un Lannister
Juan Carlos Monedero
De cine y de política
La revolución es hacer posible lo imposible. En Juego de tronos, un joven que no puede valerse por sí mismo conduce la voluntad esperanzada del reino. Puedes estar condenado a que tu cuerpo no te responda y, sin embargo, ir sin denuedo hacia la luz, hacia la emancipación, hacia la recuperación de la esperanza. Bastan un par de personas fieles en la lucha. Y saber soñar. Así ocurre con el joven Stark que, como en la maldición bíblica, es expulsado del paraíso por saber del bien y del mal, del pecado primero y del fin de los pecados, del incesto y del amor liberador. En sueños, sin embargo, ve más allá de su cuerpo inválido y de su sociedad desahuciada. Con apenas un par de amigos rompe los candados de la resignación. Pero antes tuvo que empezar de nuevo. Subir hasta la ventana más alta para conocer. Cuanto más arriba subes, más duro es el golpe al caer. Pero si no te caes no vas a empezar el viaje. Los verdaderos viajes, decía Lacan, empiezan cuando se acaban los caminos. Hacer viables los sueños con ayuda de los inviables. Renunciar a los viejos apellidos y decir a los mentirosos: cuando estáis en la oposición os comportáis como un Stark, pero cuando gobernáis siempre lo hacéis igual que los Lannister. Metáforas para atrevernos.
¿Cine y política? Claro. No solo porque, desde sus comienzos, el cine fuera un arma de propaganda. También porque refleja las claves que hacen que una sociedad se mueva. Ayer era evidente. Hoy todo parece cargado de velos. Hay que volver a explicar lugares antiguos. Ahora que viene el invierno. Cine y política. Ya es, incluso, videojuegos y política. Hay cosas que llegan tarde. Si ahora, como en Juego de tronos, solo hay salvación posible gracias a los golpeados, los rotos, los tullidos, los quebrados y expulsados de la sociedad, es que estamos regresando a los años treinta. Lo escribió Walter Benjamin en el periodo de incubación del fascismo (utilizó esta frase Marcuse para para cerrar El hombre unidimensional): «Solo a través de los sin esperanza nos será dada la esperanza».
Sabemos que algunos libros han protagonizado revoluciones: Thomas Paine y La crisis americana, Rousseau y El contrato social, Marx y Engels y el Manifiesto comunista, Lenin y El Estado y la revolución. En un mundo saturado audiovisualmente, cada vez es más difícil que un producto mediático alcance la condición de referente. La capacidad del mercado juega de manera contradictoria: coloca sus dineros velozmente allí donde más rentabilidad hay, y esa misma vertiginosidad hace que se pierda el favor de los financiadores si el share no acompaña la apuesta. Hoy, el cine tiene que ser rentable. Si de paso es interesante, mejor que mejor. Pero no hace falta. El cine, de manera general, parece acompañar a la sociedad solamente para alejarla de sus problemas cotidianos. ¿Cine y política? La ignorancia ha vuelto a ser una política de Estado. Si uno se entretiene demasiado en el tiempo en que no está trabajando, ¿no le estarán engañando?
Nadie va a salir de ver una película o una serie y va a asaltar el Palacio de la Moncloa. Lo más, te pones una máscara de Anonymous y piensas que podrías volar la estación «Vodafone Sol» de Madrid, de madrugada, mientras los fantasmas de la antigua Dirección General de Seguridad te señalan el momento exacto para evitar víctimas. Que los torturados por la policía de Franco –que luego fue la policía de la democracia– no perdieron su humanidad en el maltrato. Muchos pagaron mucha cárcel por no denunciar a los compañeros. No hay grandes ejemplos de lealtad en Juego de tronos. Más que un escenario de la Edad Media, parece un escenario postapocalíptico. Solo te parece oscura una época si tienes la posibilidad de imaginar una posibilidad más luminosa.
La fama de una serie televisiva no necesariamente, pese al éxito, acompaña a las sociedades hacia ningún lugar esplendoroso. Las películas de culto apenas sirven para que sociedades secretas de cinéfilos se escondan juntos en las permitidas catacumbas de un lugar común. Si en una película el autor busca lanzar un mensaje (o distraer un rato), en las alargadas series la noción de entretenimiento (entre-teneres) prima. La ventaja de tener más tiempo para perfilar personajes queda, con demasiada frecuencia, oculta con el innecesario estiramiento de los finales para lograr una nueva temporada. El precio que se paga suele ser la inconsistencia de los personajes, obligados a tener criterio en situaciones tan retorcidas que hacen perder la previsibilidad del acontecer humano. A lo largo de los capítulos, pueden tanto hacer una cosa como la contraria. ¿Huye Juego de tronos de estos peligros? Sus personajes, como le pasa a la gente en la vida real, crecen a golpes. Y eso es otra cosa. Como en los procesos de iniciación masónicos, pasas de una etapa a otra sufriendo. Y en ese sufrimiento ya te encuentras en otro lugar. Pero ese lugar no es compartido. El sufrimiento te hace cambiar, pero no te acercas a un mismo objetivo. Son dolores demasiado particulares. La niña ingenua puede hacerse malvada, el bastardo leal puede flirtear con la traición, el vástago de un linaje poderoso puede aprender a ser débil con los débiles, el obediente puede empezar a ser desobediente. No hay solución, no hay mensaje, no hay moraleja. Ese es uno de los éxitos de Juego de tronos: justifica que, muerto dios, todo está permitido.
Winter is coming; los hombres de negro ya han traído las credenciales
Si uno observa la política española antes del 25 de mayo de 2014, nada más lejano que el escenario que construye Juego de tronos. Allí, el aburrimiento de lo repetido; acá, la emoción máxima. Allí, la previsibilidad de los partidos del régimen y sus voceros; acá, la máxima incertidumbre. Allí, el monopolio de versiones tediosas del mismo agotamiento; acá, el vértigo de que todo puede ser posible (incluida la muerte detrás de cada puerta y esquina, en cada copa de vino, en cada camino). En los regímenes occidentales, una suerte de tormenta anunciada está desmantelando cada rincón del Estado social y democrático de derecho. Como si los ejércitos nazis estuvieran, al tiempo, derribando todas las barreras de nuestras polonias democráticas. Sin embargo, esa ejecución silenciosa tiene lugar con la resignación de los condenados. Como en los Sonderkommando de los campos de exterminio nazis, cambias unos meses más de vida formando parte del juego macabro. Una falsa quietud. Estamos en el escenario del poder de la democracia de la Troika, las mismas sonrisas, los mismos argumentos, los mismos decorados. En Juego de tronos, movimiento permanente: gentes, países, legitimidades, ejércitos, modos de producción. En Occidente hay una destrucción ordenada y anclada legalmente. En Juego de tronos, todo es frontera. En ambos lados se está gestando un nuevo mundo. Pero solo en uno parece que están pasando cosas. Quizá el éxito de esta serie tenga que ver con el deseo escondido de los resignados ciudadanos europeos de que, de pronto, te salve el padre que te ha repudiado; que venga alguien con dragones a rescatarte de tu mediocridad; que surjan elites políticas que, por fin, paguen sus deudas (o que parezca que lo hacen); que sea verdad que los condenados de la tierra pueden tener una oportunidad; que espadas y venenos vengadores caigan sobre las carnes de los canallas; que haya gente golpeada físicamente que pueda tener un lugar en esta sociedad mercantilizada donde, si nadie apetece de ti, estás muerto. Ganas de pensar que los hombres de negro del Fondo Monetario Internacional son caminantes blancos que devoran la infancia pero que pueden ser derrotados si les prendes fuego. Las series fantásticas, como ayer la literatura de evasión, son la salida lógica en un mundo vulgar. Permiten imaginar mundos alternativos y ensayar posibilidades. Si fueran subversivas estarían prohibidas. Hollywood se enriquece con cada máscara de Anonymous que puebla un rostro indignado. Pero ¿no es cierto, en cualquier caso, que el «viejo topo» va horadando los firmes muros del castillo?
Es indudable que Juego de tronos, como en una novela de aventuras, está poblada de personas que sorprenden. Puedes ser la princesa deseada y el príncipe poderoso, pero también, como dicen en su capítulo Fernández y Serra, quizá seas esa persona en la que nadie había pensado como solución: «las mujeres, los bastardos, los eunucos, los enanos, las prostitutas, los tullidos, los mutilados, los hombres femeninos o las mujeres masculinas». Cierto que todo soñado. Si hay algo que no puedes desear ser en Juego de tronos es trabajador sin más. Apenas se ven, y no portan enseña emancipatoria alguna. Sirvientes, prostitutas, soldados y algunos herreros. Unos trabajadores que apenas son sombras de las necesidades de los ricos. Estamos hablando de poder, no de clase obrera. En Juego de tronos, la plusvalía está en alguna de las metáforas. El pueblo está en situación pre-política. Un grupo de la resistencia –apenas una anécdota en la serie– sobrevive porque su líder puede regresar de la muerte cada vez que fracasa. Un guiño impotente en mitad del invierno.
La nueva Edad Media, titulaba en los noventa un libro Alain Minc. Como dice Alba Rico, la cercanía entre Juego de tronos y nuestro mundo abandonado se resume en una frase que nos presta un marco que tranquiliza: «Se acerca el invierno». Al menos, sabemos que algo está sucediendo. Desaparecen los parlamentos y los juzgados, las escuelas y las iglesias, los hospitales y las guarderías, las certidumbres y las esperanzas. Solo quedan los palacios, los grandes centros comerciales y la certeza de la muerte. No es extraño que regresemos a una concepción de la política poco deliberativa. Que, incluso la ciencia política crítica se deje arrastrar por la época y vuelva a decir que vivimos en tiempos sombríos, y se nos tiene que volver a enronquecer la voz como en el poema de Bertolt Brecht. El poder, ahora, vuelve a ser mera decisión. Puro años treinta. Con la diferencia de que ese poder, en este perplejo siglo xxi, se define en el mundo de las finanzas pero se zanja en los medios. El Estado antes te mataba; ahora no te deja vivir. En Juego de tronos, los tipos de interés son los ejércitos y la televisión, los armisticios. Estás igual de muerto pero no te das cuenta.
A comienzos de esta era de desolación que inauguraron los años noventa, Woody Allen predijo el invierno. Juego de tronos tiene mucho que ver con Delitos y faltas. El resumen es sencillo: los buenos pierden y los malos, aunque triunfan, tampoco ganan. No way out. Sin salida. El sistema es más fuerte que la voluntad de cambiarlo. Todos queremos que el vecino ahorre energía, pero no nosotros. Sabemos que hay que trabajar menos, pero alargamos la jornada laboral. No queremos ser una mercancía, pero todo lo que hacemos –incluido el amor– lo medimos por la oferta y la demanda. El éxito del modelo neoliberal, recuerda repetidamente Stiglitz, está en habernos convencido de que no hay alternativa. El invierno hace tiempo que llegó. Aunque, para mayor perplejidad, lo haga en un mundo donde sube la temperatura. La amenaza nuclear, la amenaza de los inmigrantes, la amenaza de ser desplazado por guerras o catástrofes, la amenaza del desempleo, la amenaza del cambio climático, la amenaza de los banqueros, la amenaza de estar solos. Amenazas, falsas unas, ciertas otras, que paralizan. Parece que solo se salvan los gordos, los bastardos, los enanos. Los que no pueden salir corriendo. Los que no pueden huir porque están «atrapados en su propio cuerpo». Los que no tienen otro remedio que ser supervivientes. Las putas, en Juego de tronos, también mueren. No por prostitutas, sino por traicionar la lealtad que podría inaugurar una nueva era. La única salvación está en que los tullidos nos reconozcamos entre nosotros.
No es verdad que haya esperanza en Khaleesi y su liberación de los esclavos. La tarea catalizadora del liderazgo solo es útil para la emancipación si empodera a los subalternos. Khaleesi es una reina que se cree reina. Por tanto, es una demente. Su tarea, como en el caduco siglo xx, es de vanguardia. Espartaco era esclavo y reunió a los esclavos. No pidió permiso a nadie. Khaleesi reina con las armas de los enemigos, con la bomba nuclear de los dragones, con el mal puesto al servicio del bien. Ya sabemos que eso no funciona. Son tiempos, acaso, de «leninismo amable», de ejercer tareas directoras para tumbar el viejo régimen (de lo contrario, es imposible romper la hegemonía neoliberal), pero, al tiempo, haciendo real que los ciudadanos puedan ser dueños de su propio destino. Una tarea catalizadora que haga de cuña para romper el hielo que nos mantiene en las celdas invisibles del poder. Hace más de cuatro décadas que, entre los guardianes del Muro y los caminantes blancos, nos hicieron a todos neoliberales. Somos rehenes de nuestros verdugos, víctimas del síndrome de Estocolmo de los que nos han secuestrado. Niños robados con miedo a enfrentarnos a la verdad de saber que nuestros padres son los asesinos de nuestros progenitores. El poder juega a que la ciudadanía esté dispuesta a aceptar al rey Joffrey si es capaz de devolverle las mentiras de antaño. Es tiempo de inventar nuevos cuentos. Con Alba Rico, no olvidemos que si hay algo peor que una reina mala es una reina buena.
Juego de tronos es a la política lo que una película porno al amor
Este libro que, ocupado lector, tienes entre las manos, ha convocado mucha inteligencia en sus páginas. Recuperar los relatos para volver a hablar de los que mandan y de los que obedecen. La excusa para hablar de política es la historia de un enano maquiavélico, de un apellido aristocrático que siempre paga sus deudas (como si los Fernández o los Pérez, trufados del semen de los señoritos de toda la historia, no fueran los que en verdad honran los pagos), de bastardos que dan lástima, de mujeres que desafían el patriarcado desempeñando papeles reservados tradicionalmente a los hombres, de un pueblo llano que solo le da para ser salvaje, y de un pasado que nos hace descendientes no del mono –un animal lleno de empatía–, sino de los caminantes de las nieves, malos como la ignorancia acerca de donde venimos. Todo ello en mitad del fragor de un reino desordenado. Juego de tronos está trufado de la enseñanza de Samuel Huntington: la movilización social nunca debe exceder el nivel institucional existente. Si Juego de tronos fuera toda la política, tendría razón. Pero es solamente un fragmento de la política.
Uno podría ver, una tras otra, tres películas sentimentales en todas sus variantes (drama, comedia, enredo, azar, pasión, celos, lujuria…) sin perder el juicio. No implicaría hacerse trampas al solitario. De hecho, en el trance del desamor, siempre ha sido de grande ayuda saber de las cuitas similares de otros congéneres. En cambio, si alguien ve tres películas porno seguidas, quizá ha llegado el momento de pedir ayuda a un experto. Porque, incluso resolviendo a través del solitario el juego sexual, algo está fallando. Para un politólogo, ver Juego de tronos genera una sensación de hurto que solo queda atenuado por el enorme despliegue de buen hacer cinematográfico de la serie, por la insólita coherencia de los personajes y la multiplicación de gentes, lugares y situaciones que se crean (que deja en pañales el mucho viajar de James Bond). Ayuda, claro, el acierto de sacar violentamente de escena a cualquier persona a la que empiezas a coger cariño (aunque a veces uno se siente como las mujeres con barbas postizas que lapidan a falsos herejes en La vida de Brian). Cansados de la sensibilidad predecible de Hollywood, un poco de incorrección política es de agradecer. Resiste peor en Juego de tronos el tono trascendente que algunos quieren buscarle haciendo del accidente –la violencia– la categoría –el orden social–. Una escena que sorprende en los documentales de la naturaleza es ver al depredador, pacífico después de comer, al lado y conviviendo en armonía con los que serán su futuro alimento. Ni el rey de la selva está todo el día matando gacelas. Menos mal que, en este libro, eso no pasa. Los guardianes del Muro no cometen esos deslices.
Es sabido que Coca-Cola no se anuncia en los telediarios. Ver las masacres de los israelíes en Palestina, saber de la violencia mediática del monstruo integrista armado por los Estados Unidos o conocer de la corrupción rampante que aniquila la ingenuidad no casa bien con una invitación a disfrutar de «la chispa de la vida». La violencia y el sexo, anclados en nuestro proceso evolutivo, tienen, pese a todo, que pasar por el filtro light que lo haga consumible. No podríamos ver una película donde mueren más de 2.000 personas si estableciéramos la más mínima conexión sentimental con ellas (es el caso del Black Hawk derribado de Ridley Scott, donde conoces el rostro de la decena de marines, pero nunca de la carnicería contra miles de somalíes). Claro que hay conflicto en el cine, pero es un conflicto sin causa. Los que se levantan contra el statu quo lo hacen porque están locos o enfermos de ira. No porque tengan serias razones para inventar otra sociedad más decente. Al final, vendrán James Bond o Batman y pondrán a los revoltosos en su sitio. En Hollywood, los indignados o Julian Assange siempre pierden.
Que estemos acostumbrados al hurto del conflicto en la política no nos impide reparar en el hurto del consenso en esta exitosa Juego de tronos. Aún más: quizá porque está mejor escondida, la trampa genera un mayor enfado. El neoliberalismo ha convertido todo en una mercancía. En expresión de Karl Polanyi, la economía de mercado construye una sociedad de mercado. Esto es, hace de la convivencia social una lucha individualista de todos contra todos donde comes o eres comido. Hannibal Lecter, el caníbal de El silencio de los corderos, es la metáfora certera de este modelo. Ya estaba anunciado en El amanecer de los muertos, donde unos zombies yendo de «shopping» retrataban, junto al carrito de la compra y su canibalismo, a los muertos vivientes de una sociedad que ha cambiado la trascendencia por el centro comercial.
Cualquier sociedad (desde las pequeñas comunidades nómadas anteriores a la revolución neolítica hasta las complejas organizaciones como la Unión Europea) deben cumplir cuatro requisitos esenciales que funcionan como el cemento social que permite mantenerlas unidas. Toda sociedad debe garantizar la reproducción material. La economía es el subsector encargado de esas tareas. Toda sociedad debe tener las bases de la reciprocidad claramente establecidas: es la tarea del subsistema normativo (monopolizado en nuestras sociedades por el derecho). Toda sociedad debe tener una identidad compartida que dé respuesta al incontrovertible hecho de la muerte: de esos asuntos se encarga la cultura. Y, de la misma manera, toda sociedad tiene unas metas colectivas de obligado cumplimiento que unifican frente a cualquier amenaza interna o, de manera más clara, externa. Es el ámbito de la política. Toda sociedad ha de cumplir estos cuatro requisitos. Si falla alguno de ellos –o funciona de manera deficitaria– la cohesión social será igualmente deficitaria. La economía se encarga de la reproducción, el sistema normativo de la reciprocidad, el sistema cultural de la identidad y el sistema político de la definición de metas colectivas y de la condición coactiva del cumplimiento de esas normas.
Es fácil entender cuál es la esencia de la economía haciéndonos una sencilla pregunta. ¿Qué tendría que desaparecer en una sociedad para que la economía no existiera? Obviamente, la escasez. Si hubiera abundancia, no haría falta organizar la escasez. Hace doscientos años, no existía una economía del aire ni, en muchos lugares, del agua. No eran bienes leídos como escasos. Hagamos lo mismo con la política; ¿qué habría que quitar a una sociedad para que desapareciera la política? Evidentemente, el conflicto. Si fuéramos ángeles omniscientes y obedientes, caminaríamos juntos y juntas sin ningún tipo de fricción. El asunto es que no somos pueblos de dioses, como ya señaló Aristóteles. Ahora bien –y aquí reposa el error principal de ver en Juego de tronos un espejo de la política–, al igual que la economía tiene que gestionar la escasez –no vivir en ella–, la política tiene que superar el conflicto –no instalarse en él–. La política, como actividad social, sabe que el conflicto es su esencia e, igualmente, que su cometido es superarlo.
La política define las fronteras. El problema de confundir Juego de tronos con la política es que, precisamente, se centra solamente en una situación de frontera. Esa es también su fuerza evocadora. En El castillo de Kafka no hay fisuras. En Juego de tronos, todo es fisura. En la frontera está el problema, pero también la salvación. Si la política tiene que ver con metas colectivas de obligado cumplimiento, es en las situaciones de guerra donde ese «obligado cumplimiento» se hace extremo. El que desobedece es fusilado. Porque precisamente ahí se trata de una situación donde el juego es a todo o nada. Por eso tiene razón Clausewitz cuando dice que «la guerra es la continuación de la política por otros medios». Y tiene razón Lenin cuando le da la vuelta a la frase y dice que «la política es la continuación de la guerra por otros medios». Pero la guerra, porque es inclemente, no es un juego.
Tanta es su dureza (amenaza a la supervivencia) que termina convocando, como la tormenta, a la calma. Hobbes escribió el Leviatán (1651) después de la matanza de San Bartolomé. El Estado tiene como principal ratio construir la paz, luchar contra la guerra interna (la guerra civil) y la guerra externa. Cansa que las matanzas en Juego de tronos no lleven a ningún sitio. Esto, que es evidente, no se ve hoy porque la violencia –como el sexo– se ha convertido en un producto mercantil en la sociedad neoliberal. Los buenos burgueses compran cópulas sin moralina y ejecuciones sin clemencia creyendo que eso, que no es sino una relación mercantil (el producto que ven millones para contento de la publicidad que aumentará gracias a ese éxito) es la «política al desnudo».
Cuando hablamos de política solemos presuponer, con buen tino (del que están ausentes los que «consumen» Juego de tronos), un orden social. En el desorden –en la guerra, en la frontera, en una invasión– la política es sustituida por la mera supervivencia. La violencia es la última ratio cuando se compite por recursos escasos. En la guerra también existe la cooperación –que precisa para activarse la memoria que lleva a acuerdos y coaliciones–. En Juego de tronos no existe. Está detenida por la voladura de cualquier pacto. Es puro fragor de batalla, una barquichuela luchando contra las olas, cuerpos arrastrados por la corriente. Si bien es cierto que en Juego de tronos pervive la memoria del viejo orden perdido, la lucha por la vida pesa más que cualquier regla de la convivencia. Ver a tu igual –otro ser humano– caído, implorando perdón, llamando a su madre, puede inducirte a la compasión. Pero ese es un lujo que solamente te permites cuando has derrotado al que quería verte en la terrible situación en la que ahora se encuentra. La ciencia política no es la ciencia de la guerra. Es al revés. Porque hay guerras –porque los seres humanos fueron, son y seguirán siendo durante mucho tiempo poca cosa–, la política entiende la guerra y busca superarla. De hecho, la política tiene como fundamento la guerra precisamente para superarla, no para quedarse en ella. Entender la esencia de las cosas no significa, como siempre achacan a Carl Schmitt, que te quedes ahí. Absolutizar la política es tan absurdo como absolutizar la economía. Hay que devolverla a la sociedad. Entenderla como una relación social. Y solo cuando la relación social está rota, la política está rota.
La política es dinámica. Quien ha instaurado un orden social, cree que hay una razón compartida que construye un orden social que ha desterrado los fantasmas de la división y establecido las bases para la paz. Pero de esa razón siempre se destila una voluntad disidente. El impulso de la disidencia nace de una lectura diferente del orden, que se entiende como injusticia (de ahí la conocida afirmación de Goethe, «prefiero la injusticia al desorden») y que invita a confrontar, en forma de lucha, la paz vigente. El trío de arriba cree en el consenso (véase el gráfico de la página siguiente). El de abajo, en el conflicto. Pero si uno olvida que puede descender y el otro que tiene que ascender, están condenados al fracaso. La política progresista piensa en el cambio social.
Pero lo que busca la impugnación del orden no es vivir en el desorden, sino convertirse en la nueva razón. Ninguna sociedad vive solamente en el piso de debajo de la política.
Apología de la fuerza: como si los derrotados no triunfaran
La legitimidad es un atributo del poder. No se postula de un pastel ni de una carretera. El concepto viene del «legitimismo monárquico» (el rey que seguía el correcto orden dinástico), aunque a lo largo de la historia ha tenido que ver con la justicia que emana de las órdenes sociales. El hombre es un animal desobediente porque tiene dignidad. Y tiene dignidad porque se piensa a sí mismo y sabe que es finito. A veces, hasta estamos dispuestos a morir porque creemos que algo es verdad. Aunque sea difícil de entender hoy, en este reino de cinismo. No olvidemos que el invierno ya ha llegado.
El momento político ganador en Juego de tronos siempre tiene que ver con el momento en donde tienes más fuerza que tu adversario. Pero eso no implica que antes no existiera política. Al contrario, la derrota es a menudo el comienzo de la política. Ya entrado el siglo xxi, el presidente de Venezuela Hugo Chávez recordaba las palabras del cacique Tupac Katari –descuartizado por los españoles en el siglo xix–, gritando antes del suplicio: «Volveré y seremos millones». Memoria de las derrotas como pólvora para las victorias futuras.
Por eso no hay que confundir los momentos de la política. Si en un determinado tiempo quien decide es la mera fuerza, eso no significa que en todo momento sea así. El arco no puede estar siempre tensado. Se convierte el accidente en categoría. No gobiernas con el ejército sin más. Es una de las primeras reflexiones de la ciencia política. Está en la República de Platón. Es el conocido «argumento de Trasímaco». El joven impertinente interrumpe a Sócrates diciéndole:
En todos los Estados es justo lo mismo: lo que conviene al gobierno establecido, que es sin duda el que tiene la fuerza, de modo tal que, para quien razone correctamente, es justo lo mismo en todos lados, lo que conviene al más fuerte. (República, 339d).
Y continúa:
La justicia y lo justo es un bien en realidad ajeno al que lo practica, ya que es lo conveniente para el más fuerte que gobierna, pero un perjuicio propio del que obedece y sirve; y que la injusticia es lo contrario y gobierna a los verdaderamente ingenuos y justos, y que los gobernados hacen lo que conviene a aquel que es más fuerte, y al servirle hacen feliz a este, mas de ningún modo a sí mismos. (Ibid., 343c).
Sócrates va llevando a Trasímaco hacia su terreno, hasta que el joven termina asumiendo que no basta la fuerza física (que terminaría haciendo que el poderoso perdiera el mando del gobierno) y que es necesario desplegar otras habilidades y sabidurías para convencer al que obedece. En la República, la función de mandar se confía a los guardianes, quienes «conocen cuál es el bien de la ciudad». El mando nunca se fundamenta sobre la mera fuerza y, como se explica aquí en repetidas ocasiones, hace falta inventar «mentiras» para que la obediencia sea consentida porque es comprendida. El «vínculo político» se concibe como una mezcla de fuerza y de ideología. La última ratio será la violencia física (la última que utilizas porque sabes que es la más extrema. Hasta los mafiosos primero dialogan).
Hoy en día sabemos que la obediencia tiene cuatro grandes claves. En primer lugar, la coacción; en segundo lugar, reconocer el poder como legítimo, esto es, dar un reconocimiento de que, al que manda, le asiste algún elemento consentido para mandar. Max Weber explicó que había tres tipos de legitimidad: la del que tiene el reconocimiento por representar una tradición (legitimidad tradicional), la del que porta un saber extra-ordinario (legitimidad carismática, que históricamente ha sido de tipo militar), y la del que cumple los requisitos que se establece en esa comunidad como base para gobernar –en nuestras sociedades, ganar unas elecciones– (legitimidad legal-racional). La obediencia, junto a la coacción y la legitimidad, debe contar también con la inclusión, esto es, compartir los criterios que permiten a todos los miembros de esa comunidad gozar de las ventajas de la vida social (económicas, políticas, normativas y culturales). Por último, obedecemos también por rutina. Estos dos últimos elementos aparecen muy desvaídos en Juego de tronos. No puede haber rutina en la guerra, salvo la rutina de que no hay rutina. Y la inclusión directamente se la ahorran. No es fácil darle ritmo cinematográfico a las largas jornadas laborales. Pero no es creíble que una sociedad funcione si sus miembros no tienen razones para obedecer que conlleven algún tipo de posibilidad de hacer una vida asumida como conveniente (más allá de que te maten, creas en el rey o estés acostumbrado a ser obediente). En Juego de tronos, Hollywood vence al tedio de trabajar todos los días.
Los cambios sociales se dan siempre antes en las conciencias. Cuando ya hay un nuevo sentido común, es cierto que puede darse un hecho de fuerza que adelante los tiempos, pero el cambio ya estaba en marcha. La Revolución francesa no empezó con la toma de la Bastilla. El punto de bifurcación se solventa militarmente solo si, antes, no lo has resuelto culturalmente. Esa resolución cultural tiene que arreglar de algún modo los problemas de la guerra. Es un lugar revisitado en este libro, si el caos es un foso o una escalera. Es uno de los elementos centrales de la discusión entre Varys y Meñique al que vuelven varios de los capítulos. Esta discusión quedó solventada en el siglo xx con las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Cuando el caos alcanza un nivel tan alto de potencial destructivo, ya no se usa. Hay un sentido común que desaparece en Juego de tronos. Si los enemigos fueran como los caminantes blancos (comunistas, árabes, integristas musulmanes, feministas, demócratas radicales, miembros de Podemos) se les habrían echado varias bombas nucleares. Pero hay un cambio sutil en los tiempos. No se asesina menos, pero se hace de manera más humanitaria. Los portadores de muerte se han hecho unos gentlemen. La capacidad de muerte inaugura una nueva conciencia que no está en otros momentos de la Antigüedad. Los dragones de Khaleesi, como las armas químicas, como las armas nucleares, en algún momento tienen que ser encerrados en el sótano. Gramsci se dio cuenta de que lo que valía para la URSS no valía para Italia. De nada servía la guerra de movimientos (asaltar las trincheras del enemigo) sin una guerra de posiciones previa (saber cómo vas a gestionar después el poder si no has convencido a la gente). No puedes luchar con la fuerza contra el sentido común: se trata de cambiarlo. Y los gestos de derrota llenos de dignidad logran ese resultado.
Táctica y estrategia
El problema de Laclau, de Gramsci, de Lenin, de Juego de tronos, es que solo hablan de táctica. La estrategia ya la brindará el triunfo de la clase obrera, el advenimiento del hombre nuevo, el reinado del rey legítimo. Es decir, mucha reflexión acerca de cómo ganar el poder, pero nada sobre qué hacer con el poder el día después. Lo cuenta con magia Omar Cabezas en su espectacular La montaña es algo más que una inmensa estepa verde: lo complicado no fue la lucha en el monte contra el dictador Somoza, sino lo que vino el día después de entrar en Managua. El momento de la embriaguez de la lucha no debiera cegar para la difícil digestión del gobierno. De lo contrario, Montesquieu derrotará implacablemente a Lenin. Si no hay planes de gobierno, triunfa la prudencia burguesa del que tiene algo que salvaguardar, del que ofrece algo con lo que negociar. Si no se negocian y asumen los nuevos contornos que deberá tener la verdad –que, con Kant y Kelsen, solamente pueden ser consensuados–, se entregará todo a los checks and balances, a la división de poderes, a los pesos y contrapesos que reparten el poder para que nadie tenga demasiado de algo tan peligroso. Aburrido, pero eficaz. Y a menudo muy deseable. Que se lo digan a las víctimas de las dictaduras durante el siglo xx. Menos heroico que la guerra, pero más deseable por el instinto de supervivencia que traemos los seres humanos. Pero pagándose el terrible precio de que desaparece el cambio social.
Gramsci, al que el momento revolucionario en el que le tocó vivir no le embotó el entendimiento, dijo que la hegemonía (convertir una lectura del mundo en «sentido común») es una dirección «intelectual y moral». Es decir, que tiene un elemento racional lógico y otro elemento que tiene que ver con la reciprocidad. La hegemonía es un acuerdo sobre la base del respeto al otro, de su consideración como tu igual. La moral es el reino del do ut des: te doy para que me des. Y para eso hace falta reconocer al otro, no convertirlo en un enemigo, de entrada sospechoso. Detrás de ese reconocimiento está que compartimos la misma humanidad. Y que sabemos que todos somos finitos. Por eso el ámbito de la moral, el ámbito normativo, siempre ha estado cargado de religiosidad. La «noble mentira» de Platón (hay reyes, guardianes y trabajadores, pero todos somos hijos de la misma madre), al igual que la ideología, tiene que asentarse sobre algún fondo de verdad. Hace falta algo auténtico en los reclamos de la emancipación. Desde que empezamos a pensarnos, dejamos de ser monos, y empezamos a estar hechos a imagen y semejanza del dios al que entregamos nuestro origen y nuestra suerte. Dios empieza a existir desde el momento en el que lo nombramos. La legitimidad que concedamos al poder es esencial. Lo relevante no es inventar un cuento que funcione de cemento social –la tarea hoy de las ideologías–, sino ver si hay algo de fondo que, aunque se empeña en esconderse, conecta con verdades profundas. Dios siempre ha sido una solución muy socorrida. Pero dios no es comunicable y, por tanto, no sirve como agregador social en el siglo xxi (no hay apenas religión, curiosamente, en Juego de tronos). No es cierto que si pierdes es que no tienes razón. No es igual morir como Eddard Stark que como el Rey Loco. Aunque ambos fallezcan con violencia. Si eso fuera cierto, las comunidades humanas tendrían la misma lógica que las comunidades de chimpancés. Y nuestra empatía es mucho más elevada. Lo más relevante para entender al ser humano es entender que sabemos que nos vamos a morir. Y tenemos que darle sentido a la vida. Lo irrelevante es si la articulamos con la nación, dios, la revolución o la Constitución. Lo relevante es que hay una verdad fundante: los seres humanos buscan el sentido, y para encontrar sentido necesitamos sabernos dueños de nuestros actos. De alguna manera, autogobernarnos. Por eso te matan los poderosos. No te matan por divertirse, como hace el sádico reyezuelo Joffrey. Esas licencias de Juego de tronos terminan trabajando para el poder.
Mentiras que ganan juicios tan sumarios
Es verdad que, como argumenta Varys, «el poder reside donde los hombres creen que reside; es un truco, una sombra en la pared». Pero esa creencia tiene que estar anclada en la necesidad humana. ¿No habíamos quedado en que somos muy poca cosa? Maquiavelo escribió El Príncipe para conseguir el favor de gobernantes descerebrados. En los Discursos sobre la década de Tito Livio recuperó discusiones nada sencillas (están manchadas por la propia historia del siglo xx). Por ejemplo, la idea de la dictadura del nuevo orden, que estaba en las primeras declaraciones de la democracia. Si fundas una nueva república, no debes tener miedo a hacerla valer. Pero los tiempos son de miedos. Fracasa Naciones Unidas. Ya no hay brigadas internacionales salvo para volver a morir por dios. Se acerca el invierno. Quien transite este libro va a conseguir uno de los más importantes descubrimientos de la política. Algo que expresó Pericles, que recuperó Tucídides (recordando a Juno, que mató a sus propios hijos para salvar la República), que retomó Maquiavelo, que llega a Lenin en su discusión con Kautsky y hoy lo viven en Europa tanto Syriza como Podemos: alumbrar la nueva era tiene enfrente, siempre, el freno descomunal de los privilegiados. Para superar este obstáculo hace falta «Un Estado de derecho, una Asamblea y un Ejército republicanos» –dice Alba Rico–. Traducido a nuestra actualidad: una Constitución, el pueblo en las calles y la garantía de que un golpe de Estado, con o sin ejército –recordemos que, en Grecia, Goldman Sachs puso a Papademos de presidente sin elecciones–, no frenará las transformaciones. No puedes ganar de cualquier forma, pues si en tu victoria usas la magia negra de quien quieres derrotar, ya te has contaminado de su veneno. Habrá otras ocasiones en las que volverás a utilizar esa ponzoña y volverás a argumentar que lo haces en nombre de una verdad superior que solamente tú defines. ¿Y si la verdad que te justifica ser igual que tu enemigo es mentira? Entonces, serán infinitamente mejor los pesos y contrapesos burgueses. No hay nueva época sin nuevas maneras de hacer las cosas. Y en esa tarea, poco ayuda Juego de tronos.
El resumen del particular «juego de tronos» que encierra este libro lo resumen Iraberri, Alegre e Iglesias en su capítulo:
Por así decirlo, no existe unalegítima legitimidad sin poder, aunque sí puede existir (al menos durante un tiempo) un poder poderoso sin ninguna legitimidad; he ahí el verdadero drama de la política. Los déspotas, los tiranos, los opresores, pueden conducirse a través del mero poder, porque pueden imponer el terror, gobernar a través del miedo, ganar para sí mera obediencia y proyectar principios de legitimidad adecuados a su causa (religiosos, tribales, identitarios, consumistas, etc.) que apuntalen el ejercicio de su poder despótico. Sin embargo, no es posible para los justos, para los honrados (para los portadores de una legitimidad legítima), ser verdaderamente legítimos si no conquistan el poder.
Algo muy profundo se ha roto en nuestras sociedades para que no nos atrevamos a ser mejores que nuestros enemigos. Hoy, Harry el Sucio parece un Tom Paine garantista. El neoliberalismo, en expresión de Ferrajoli, está «desconstitucionalizando» el constitucionalismo de posguerra. Y para ello, antes, ha ganado la batalla del discurso. Se ha hecho hegemónico. El trabajo ya no es lo que ofrecen los trabajadores, sino lo que ofrecen los empresarios. El derecho laboral no es un avance, sino un retroceso. La política democrática, una farsa. Los mandatarios son los mandatados (los representantes) y los mandatados son los mandatarios (el pueblo). No ser rentable implica ser un desecho. El garantismo jurídico deja paso a Dexter, y puedes ser una honorable persona aunque te comas a tus semejantes y te llames Hannibal Lecter. Tienes que descreer de todo, renunciar al honor, ganar al enemigo con su mismo quehacer traicionero.
Pero no es cierto. Si así fuera, seguirían ganando los enemigos de la emancipación. Ya lo dijo Margaret Thatcher: mi mejor obra es Tony Blair. En este deterioro neoliberal, en este escenario de lucha permanente donde todos los contenidentes usan las mismas armas, los valores desaparecen y la salvación es igual un horror. Porque sería verdad no que el invierno ha llegado, sino que no se va a marchar nunca. No puedes enamorarte de un salvaje y terminar casándote con un Lannister. En esa elección, pierdes el alma. Hay que contraponer, al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad (Gramsci). La conciencia desdichada de la que hablaba Hegel debe convertir todo dolor en conocimiento. Ser pesimistas, pero esperanzados. Poner a Juego de tronos en su sitio. Reconocer que estamos en el invierno, pero que basta ver las grietas en el Muro para saber que, detrás, hay flores de primavera. Aquí está el relámpago en la noche. Entren y vean.
