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Beschreibung

Paraíso Perdido presenta su nuevo anuario: Gato Rex, una antología que reúne a narradores de diversas regiones, estilos y formaciones para hablar de temas casuales y distendidos como el de esta primera edición: Inspiración felina para seguidores y futuros conversos, cuya labor de coordinación estuvo a cargo de la escritora tapatía y amiga de todos los gatos, Abril Posas. Para esta importante ocasión los autores invitados hicieron gala de sus mejores historias sobre zarpazos y ronroneos, que en conjunto evocan un agasajo, un detonador de recuerdos y una excusa: para los que comparten su vida con un gato, para aquellos que alguna vez lo hicieron y para los que están en busca de una razón para intentarlo. Inspiración felina para seguidores y futuros conversos cuenta además con las ilustraciones de Abril Castillo, María Magaña, ChangosPerros y Mariana Motoko acompañando los dieciséis cuentos, poemas y relatos que conforman la publicación. Rayados, pintos, negros o siameses, los gatos han maravillado al humano desde siempre; ya sea por sus hipnóticos ojos, su actitud indolente o su envidiable holgazanería, se han ganado a las generaciones todas, siendo además, objeto de inspiración para toda clase de artistas: Freddy Mercury, Jorge Luis Borges, Marcel Duchamp, Marilyn Monroe, por mencionar algunos. Es por eso que este libro no podría ser únicamente una recopilación de textos sobre felinos, es más bien una oda a su silvestre e insobornable amor.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Y luego están los que exageran del otro extremo. Así que dejo en claro: no confío en la gente que dice que odia los gatos. Entiendo que no les gusten, así como hay gente que no le gusta el queso fino «por apestoso». ¿Pero odiarlos? ¿Qué cosa puede hacer un animalito que ronrronea de gusto cuando se acurruca junto a ti, que te provoque odiarlo? ¿Matar al padre de Íñigo Montoya? ¿Defraudar la banca? ¿Declararle la guerra al narco y luego lavarse las manos cuando la carnicería empieza? ¿Acosar a tus compañeras de trabajo? Claro que no, porque al único que se condena de esta lista es al parricida de Montoya, y es un personaje de ficción.

Entonces, propongo dejar las hipérboles —es decir: hechos comprobados— detrás y abro la puerta a las disertaciones y ficciones de un grupo diverso, que no me dejará mentir: te gusten o no los gatos, los vas a tener, de algún modo y otro, en tu vida. Aunque no lo decidas. Pon atención a estos 16 textos y al cuarteto de ilustradores que han rendido otro —sí, otro, porque hay miles aunque siempre hay espacio para uno más— homenaje merecido a los animales que aprendiste a odiar porque no te necesitan —tanto*.

*No aplica a Marco y Polo, mis roomies, que aprovechan cada oportunidad para los arrumacos cuando leo, veo la tele o trabajo desde casa. También cuando mi hogar se convirtió en un estudio, cuando renuncié a mi estabilidad económica por hacer lo que más me gusta, cuando escarbé en mi memoria para una novela, cuando la lluvia me despertó en la madrugada. Y, sobre todo, cuando convoqué a estas escritoras y escritores, a ilustradores e ilustradoras que sigo y admiro. Cuando le puse punto final a esta introducción, había un puñado de sus pelos entre mis dedos. Espero que no seas alérgico.

Parece de sentido común, pero quizá se trate de algo mucho más profundo. Aquel libro estaba plagado de símbolos de uso cotidiano y rasgos que pretendían dar verosimilitud a los personajes —la elasticidad, el fisgoneo, la pulcritud— pero no mostraba ningún respeto por los hechos concretos, desde mi punto de vista, el requisito indispensable para escribir sobre gatos. Abundaban, eso sí, los malos trucos, la referencia a muchas expresiones sobre ellos aquí y por allá, y cierto chiste recurrente sobre un servicio de correo electrónico llamado «Hotmiau», pero nada de eso podía reemplazar la experiencia de haberse relacionado con uno. La sola paradoja de que a veces necesitas quitarte al gato que se ha puesto entre tu vista y la computadora, a fin de terminar tu libro sobre gatos, dice cosas sobre la tenacidad, las necesidades materiales y el olvido de uno mismo, que son difíciles de entender en otras circunstancias.

Hay escritores a los que se les ve de lejos que no tienen mucha idea lo que es un gato. Marx, que de repente se queja de la «cantidad tan inmensa de artículos de primera necesidad que se derrocha en lacayos, caballos, gatos…», es uno de ellos. Algo debe decir sobre el filósofo del capital que le diera lo mismo un gato que un caballo que un ser humano al servicio de otro ser humano, acaso que era menos materialista de lo que presumía. Lo mismo sucede con Schopenhauer que, ante los juegos de un felino en su patio, caviló una vez sobre la costumbre, un tanto chiflada a su parecer, de pensar que un gato que vemos en el presente es distinto a uno que haya existido hace quinientos años. ¿Por qué?, se preguntaba Schopenhauer, ¿por qué no podría tratarse del mismo gato? Bueno, amigo, es algo complicado de explicar.

Cuando uno entra en la materia propiamente literaria, los ejemplos se multiplican. Uno de los más conocidos es el cuento «El gato» de Juan García Ponce, en donde una pareja proyecta sus frustraciones emocionales y sus necesidades de voyerismo en un gato que llega por azar a sus vidas. Desde el inicio el narrador habla del animal como si se tratara de un mueble, una comparación que le hace poca justicia a ese o a cualquier otro animal de compañía. En cierta escena, el protagonista deposita al gato sobre el cuerpo desnudo de su amante —cerca de sus pechos, como si no hubiera temor de Dios— y la imperceptible sensación de peligro convierte el momento en un acto artificial. No importa qué haga —si entrecierra los ojos, maúlla o se acurruca—, porque hasta un ciego se da cuenta de que esas son formas de cumplir las fantasías sexuales de Juan García Ponce, que incluso después escribió una novela entera en donde la gente discute sus interpretaciones respecto a aquel gato de ficción. La falta de autonomía felina lo vuelve más un recurso retórico que un gato, y los personajes humanos de aquel cuento —limitados a ver y ser vistos— no son más activos, por cierto.

Felinos mirones y poco diligentes, que terminan siendo meras representaciones de los miedos y los deseos humanos, hay en toda la literatura, pero algunos relatos —como «La historia de Webster», de P. G. Wodehouse, que forma parte de Mulliner Nights— al menos tienen el detalle de no ser solemnes. El gato en cuestión había pertenecido a un obispo antes de caer en manos del joven Lancelot y, por tanto, la certeza que tiene este último de estar siendo fiscalizado a todas horas por el animal está plenamente justificada. Henchido de autoridad catedralicia, Webster empieza a conducir a su nuevo dueño por las montañas de la locura, pero en lugar de detallar un deterioro mórbido al modo de «El gato negro» de Edgar Allan Poe, Wodehouse describe cómo alguien puede convertirse en un tipo bien portado. Lancelot deja de ser el artista bohemio que era hasta ese entonces y se va transformando —para horror de su prometida, una practicante del verso libre— en un hombre decente. A diferencia de García Ponce, Wodehouse le da una nueva vida al estereotipo del gato inactivo que altera a quien lo posee. Entre otras virtudes, tiene el buen tino de no tomarse los símbolos ni la tradición demasiado en serio.

Pero entonces, ¿qué función debería cumplir un gato en una historia de gatos? Una anécdota de Philip K. Dick, según yo, ayuda a entenderlo. Cierta vez, el más paranoico de los escritores que voy a mencionar aquí les contó a sus hijas el caso del gato y el entrecot desaparecido, un enigma digno de una trama policiaca pero que a ojos de su biógrafo Emmanuel Carrère explica también el misterio de la Sagrada Eucaristía. Resulta que una mujer invita a cenar a algunas personas a su domicilio, para lo cual deja sobre la mesa un entrecot de cinco libras que, en un descuido, simplemente se esfuma. Nadie sabe a ciencia cierta qué ha sucedido, pero la presencia del gato de la casa, a quien se le ve muy satisfecho relamiéndose los bigotes en un rincón, da una pista invaluable sobre el crimen. Alguien, quizás un científico social, sugiere pesar al gato. Así lo hacen en la báscula del baño, que arroja con fatal exactitud la cantidad de cinco libras. Eso lo aclara todo, dicen los invitados, ya algo borrachos y convencidos de haber dado con el paradero de la carne. Sin embargo, alguien por ahí se pregunta en voz alta: «¡Aleluya, hemos ya encontrado el entrecot! Ahora bien, ¿dónde habrá quedado el gato?»

Si uno lee esta escena una y otra vez puede hallar en ella una útil metáfora de los problemas que entraña escribir historias sobre gatos o poemas sobre gatos o tesis sobre esas historias y esos poemas. Estamos tan concentrados en el poder expresivo de los símbolos, indispensables para darle validez literaria a nuestros textos, que perdemos de vista el carácter material del gato que íbamos a retratar. Escribimos una historia, que es como pesarlo, y con alivio descubrimos que se ajusta a nuestras suposiciones. Sin embargo, alguien en nuestro interior debería preguntarse: «Has encontrado esta cosa sublime que insistías en buscar, bravo. Ahora bien, ¿dónde quedó el gato?»

Eso no significa que el único género apropiado para representar a estos animales sean las descripciones minuciosas —más cartas de amor que literatura, tipo «Offenbach» de Guillermo Cabrera Infante— o los millones de videos de YouTube, tan convenientes para los investigadores de la conducta. Hay un cuento de Patricia Highsmith que me gusta mucho porque navega con fortuna entre el mundo de los símbolos y el de las cosas concretas. Se llama «Lo que trajo el gato» y aparece en su libro La casa negra.

Highsmith comienza su relato describiendo un juego de Scrabble que mantiene a los participantes tan entretenidos que no advierten la llegada de Portland Bill, la mascota de la familia. El gato arrastra un objeto de unos quince centímetros que alguno de los presentes identifica como otro de esos pájaros que suele llevar a la casa, y alguien más, como una pata de ganso. Resultan ser unos dedos humanos. En medio del desconcierto, los personajes reunidos deciden averiguar por su lado antes de hablar con la policía. Las pesquisas los conducen hacia el autor del homicidio que, como acostumbra Highsmith, no es un vulgar asesino, sino alguien que plantea motivos incluso comprensibles para haber cometido un crimen.

Como se sabe, «Mira lo que trajo el gato» es una frase hecha en inglés (Look what the cat dragged in) que alude a la sorpresa que provocan los sucesos imprevistos. Pero en el relato de Highsmith, Portland Bill, además de inesperado, es ingobernable. Y he aquí la genialidad que lo vuelve más un ser vivo que un simple elemento literario. A lo largo de la trama, los personajes tendrán que enfrentarse a todo tipo de problemas morales, pero también están obligados a lidiar con asuntos prácticos, como el hecho de que el gato de verdad quiere quedarse con esos dedos. ¿En dónde conservarlos?, ¿en qué parte de la casa podrían estar a salvo de Portland Bill?, ¿serán suficientes el papel periódico, una caja de zapatos y un cajón bajo llave? No es la única dificultad: a menudo el gato interrumpe las conversaciones o las cavilaciones de los personajes —arañando superficies, empujando puertas o lanzándoles miradas incriminadoras— como si, en medio del juego detectivesco que ellos han emprendido, buscara recordarles que el mundo real avanza por cuenta propia.

En otro nivel, «Lo que trajo el gato» confirma que la vida apacible y civilizada convive con una realidad salvaje y sórdida, una idea nada novedosa para ser sinceros. Sin embargo, el cuento también deja en claro que las fronteras entre ambas realidades son negociables: al principio con el tipo de carne muerta que Portland Bill puede meter a la casa (tolerable cuando se trata de un pájaro entero, intolerable si es una porción de ser humano) y después con la gravedad del homicidio. No hay culpabilidad sin circunstancias y, en ocasiones, conocer los detalles provoca más compasión por el asesino que por la víctima.

Dice Sergio Chejfec que los escritores ponen en escena a los animales domésticos porque, «en realidad, los precisamos como público» y que en cada una de sus actuaciones late «la secreta y absurda esperanza de que nos observen». Si eso es verdad, habría que reconocer a qué tipo de lector aluden las historias de gatos. Si a uno que no cambia en cinco siglos (Schopenhauer) o a uno que obliga a disimular determinados vicios de escritura (Wodehouse) porque encarna el sistema de valores dominante. Si a uno manipulable, casi un mueble, que solo se preste a los propósitos del narrador (GarcíaPonce) o a uno ingobernable, inquisitivo, incómodo, que nos insista que allá afuera hay un sinnúmero de problemas materiales que a veces podemos insinuar en nuestras ficciones (Highsmith). En todo caso, iluminados por aquella historia de Philip K. Dick, tampoco habría que enamorarse en exceso de esa idea. ~

Ahora que soy una adulta me he dado cuenta de que la Negra era una gata muy perruna: mansa, protectora, juguetona, se resentía cuando salíamos de viaje y toleraba los juegos toscos con buen temple. También hacía travesuras: no pocas veces nos robó queso del plato (le encantaba) o descubrimos sus fechorías en la cocina gracias a las acusadoras manchas de mole en su patita derecha. La Negra era adorable... y súper fértil. En esa época a mi madre le parecía una crueldad esterilizar a las mascotas (por fortuna, ha cambiado de parecer); además, había rescatado una gata siamesa que unos niños horrendos traían en una bolsa de plástico para patearla y aventarla como freezbe (lo que le dejó ataques convulsivos como secuela). En poco tiempo tuvimos dos gatas en pleno apogeo reproductivo.

A falta de control de natalidad, la casa se llenó de animales de manera descontrolada (teníamos, además, dos perros). Nunca nos faltaron gatos para regalar a familiares, amigos o a quien se dejara. No obstante, solían quedarnos uno o dos que terminaban apareándose entre ellos. Encima, los vecinos dieron en agarrarnos de albergue animal: gato vagabundo que veían, gato que echaban a nuestra casa. Hubo una temporada en la que llegamos a tener dieciocho de ellos. Los sillones de la sala estaban hechos garras, no había silencio a ninguna hora y los costales de croquetas se acababan a la semana. Era imposible tenerlos a todos adentro, así que los mudamos al jardín. Ahí afuera se volvieron un poco más salvajes, aunque yo seguía jugando con ellos como si de muñecas se tratara. Durante mi infancia mi hogar era, en esencia, un santuario gatuno.

Una mañana encontré el cuerpo destrozado de uno de los gatos más chicos: estaba abierto en canal, degollado y tenía parte del cráneo desollado. Todavía me estremece recordarlo. Lo enterramos en el jardín, como hacíamos con los que morían de viejos: no podíamos tirarlos a la basura, eran parte de la familia. Como en casa había piedra de cantera sobrante de la construcción, a mi hermano, que nunca le ha faltado inventiva, se le ocurrió hacer lápidas para las mascotas fallecidas. Tomó martillo, cincel y convirtió nuestro jardín en un pequeño panteón. A mi mamá le hizo gracia y a mí me pareció lo más adecuado.