Germen - Alez Delayer - E-Book

Germen E-Book

Alez Delayer

0,0

Beschreibung

La carrera espacial busca asentar al hombre en otros planetas. China ha logrado germinar con éxito algodón en la Luna y los estudios genéticos han dado sus frutos desarrollando una planta que crece sin esfuerzo en cualquier lugar. La población mundial contará pronto con una fruta que promete acabar con el hambre en la Tierra y, abastecer a la vez con alimentos a nuevos mundos. Pero hay algo que se les escapa a los científicos: y es que la naturaleza siempre busca la forma de abrirse camino, haciendo que una planta con unas capacidades de crecimiento y adaptación nunca vistas comience a ser nuestro mayor invasor.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 88

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Germen

Ella nace donde tú mueres

Germen

Ella nace donde tú mueres

Alez Delayer

Autor: Alez Delayer

Título original: Germen

Diseño portada: Alez Delayer

Corrección: Laura Martínez González

«Los signos de puntuación: La guía definitiva»

© 2022 Alez Delayer

Gracias por comprar una edición original de este libro y respetar las leyes de copyright al no reproducir, escanear o distribuir esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que se sigan publicando buenos libros.

ISBN: 9789403676852

Agradecimientos:

No hay nada que me haga más feliz que caminar por mi propio camino sabiendo que cuento con personas a mi alrededor que disfrutan de esa misma felicidad.

Germen

―Mira, mamá, ¿toda esa gente guarda fila para comprar la fruta?

Julia miró a través de la ventana del vehículo al oír las palabras de su pequeña hija que viajaba sentada detrás, observando cómo innumerables grupos de personas poblaban las calles esperando por conseguir la ansiada fruta que prometía acabar con el hambre del mundo, y que este día había sido el escogido para su lanzamiento a nivel mundial.

―Parece que sí, aunque no soy partidaria de ella. La naturaleza tarda miles o millones de años, por medio de la selección natural, en crear algo perfecto mientras el hombre, en poco tiempo y en un laboratorio, considera erróneamente poder igualarlo ―respondía a Martha mirándola por el retrovisor―. No pienso consentir que mi familia sea el conejillo de indias de las multinacionales que están detrás de su desarrollo proclamando el fin del hambre, cuando en realidad lo que buscan es desarrollar una planta con una rusticidad sin igual para llevarla a Marte y comenzar a colonizar el planeta.

―¿Qué es la rusticidad, mami?

―Thomas, deja la tableta y explícale a tu hermana qué es la rusticidad de las plantas. ―Observando como su hijo se encontraba ajeno a la conversación.

Levantando la mirada del aparato con sus gruesas gafas de pasta negra, miró a su madre para responder:

―No lo sé, mamá, ¿la rustici… qué?

―La rusticidad, Thomas, seguro que ya lo habéis tenido que estudiar en clase… Martha, la rusticidad se denomina a la capacidad que tienen las plantas de adaptarse y sobrevivir a condiciones adversas del entorno; frío, calor, viento.

―¿Si la quieren llevar a Marte qué debe aguantar?

―Muy buena pregunta, hija ―respondió Julia comprobando la enorme curiosidad que mostraba su pequeña de tan solo cinco años―. Las temperaturas de Marte oscilan entre los veinte grados diurnos y los menos ochenta nocturnos, aunque no son las temperaturas su mayor obstáculo, también la falta de nutrientes en el suelo del que poder extraer su alimento.

Martha afirmó con la cabeza y abriendo su pequeña mochila sacó un cuaderno en el que comenzó a colorear.

Julia abandonaba el núcleo urbano tras recoger a sus hijos del colegio dirección a casa, donde esperaba pasar con ellos una tranquila y apacible tarde de viernes. Al llegar, sacó la compra del maletero y comprobó que Peter no había llegado aún.

―Niños, ¿tenéis hambre?, ¿os preparo un bocadillo?

―Yo sí quiero uno, mamá ―respondió Thomas apareciendo a su lado.

―Está bien, pero dame eso ―indicó agarrando de entre sus manos el móvil con el que jugaba.

―¡Mamá, estoy en plena partida con mis amigos!

―Me da igual, no puedes pasarte el día con la vista clavada en este aparato, deberías salir a jugar fuera, pintar e incluso tocar un instrumento. ¿Qué pasó con aquella guitarra eléctrica que te regalamos tu padre y yo?

―Me aburrí.

Julia miraba a su hijo alucinada con la respuesta y, colocando la mano en su cabeza, le alborotó el pelo.

―¡Ah!, ¿qué haces mamá?

―¿Me aburrí? ―repitió en tono de burla―, yo sí que me voy a aburrir de tu pelo y con la maquinilla de tu padre te voy a dejar como él.

―¡Ni se te ocurra! ―exclamó entre risas.

―Anda, sube con tu hermana y dile que ahora os llevo unos sabrosos bocadillos.

―¿Compraste la nueva fruta? Tengo muchas ganas de probarla, seguro que mis amigos ya lo han hecho.

La madre hizo una pausa y respondió:

―Tendremos fruta para rato, no hablan de otra cosa en las noticias ―indicó cogiendo el mando y encendiendo el pequeño televisor de la cocina―. He comprado tomates, pepinos, plátanos… Frutas y verduras de verdad; eso que te quieres llevar a la boca, Thomas, sale de un laboratorio, no es natural.

El pequeño, con gesto de desagrado, se apartó y se marchó al primer piso junto a su hermana.

La cabecera del informativo comenzó y Julia subió el volumen.

«Buenas tardes, tras varios meses de retraso, ha salido, a las calles de todo el mundo, Humana, la fruta que promete acabar con el hambre en la Tierra y ser cultivada en otros planetas haciendo que el ser humano pueda colonizarlos. Esta planta ha sido creada genéticamente a partir de otras como son la Hydnora africana, una planta sin clorofila que crece bajo el suelo, y la llamada planta inmortal, la Welwitschia, capaz de vivir miles de años y que intriga por su longevidad a los científicos desde su descubrimiento.

La singular combinación de estas y otras plantas da como resultado una fruta similar a la granada, de sabor cítrico y agradable, que prácticamente proporciona la totalidad de los nutrientes que el cuerpo necesita y que será comercializada sin semillas. Varias empresas seleccionadas serán las que se encarguen de su cultivo, recolección y distribución alrededor del mundo, para evitar así su explotación descontrolada».

La cena

Unas llaves sonaron tras la puerta, era Peter, que cargando unas bolsas de supermercado entraba a la cocina y las colocaba sobre la encimera.

―Hola, amor ―saludó Julia dándole un beso―, ¿qué tal tu día?

―Con muchas ganas de empezar el finde, no hablemos de trabajo, por favor ―respondió mientras se arremangaba los puños de la camisa y lavaba sus manos en el fregadero.

Julia dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar y se acercó a las bolsas para mirar en su interior.

―¡No, Pet! ¿Por qué trajiste esto a casa? Ya lo habíamos hablado.

―¿El qué? ―preguntó girando su cabeza con las manos aún bajo el chorro de agua―. ¡Ah, la fruta!, cariño, todo el mundo la quiere probar, huele dulce, como a higos. Me recuerda a la higuera que mi madre tenía plantada en la playa y de la que todos los años comíamos.

―Lo siento mucho, pero esto va a la basura ―indicó agarrando el envase de plástico con seis unidades y lanzándolo al interior del cubo.

―¡No, mamá! ―exclamó Thomas que bajaba las escaleras junto a Martha―, nosotros sí queremos probarla.

―Yo también ―indicó Peter.

―¡Está bien!, vosotros ganáis, pero después de cenar.

―¡Bien! ―gritaron los niños casi al unísono.

Julia, Peter y sus hijos disfrutaron de una agradable cena en la que comentaban la película que iban a ver esa noche y los planes que realizarían juntos durante el fin de semana. En ese momento, Thomas se levantó de la mesa, fue a la cocina y volvió con el embalaje donde se encontraba la fruta.

―La verdad es que huele bastante bien ―indicó Julia.

―¿No me digas que vas a guardar el hacha de guerra? ―preguntó Peter en tono irónico.

―No, no lo voy a hacer, pero me gusta su aroma.

Peter arrancó un trozo de la carnosa fruta y, llevándola a su nariz, cerró los ojos dejándose embriagar por su dulce olor, para luego, en su boca, comenzar a saborearla lentamente.

―¡Yo quiero!, ¡yo quiero! ―indicaba una impulsiva Martha.

El padre extrañado colocó la mano bajo la barbilla y escupió lo que parecían pequeñas semillas blancas.

―¡Vaya! ―exclamó Peter―. Dijeron que habían eliminado las semillas para evitar su propagación, qué raro…, son similares a las de la sandía ―comentaba llevando otra pieza de fruta a su boca.

―¿Está buena, papá? ¡Dame un trozo! ―sugirió Thomas agarrando un pedazo.

―¡No! ―gritó Julia, que de un golpe en la mano hizo que la soltara.

―Mamá, eres una auténtica corta rollos.

―Me da igual lo que pienses de mí, pero no voy a permitir que comas eso, y menos, cuando está repleta de semillas en su interior. Tú, Peter, no comas más, hazme el favor.

―Sí, vamos a guardarla en la nevera a la espera de ver qué dicen de las semillas―indicó mientras se levantaba de la mesa y tiraba al cubo de la basura los restos de la que se encontraba a medio comer.

Señora Jackson

Los cuatro se acomodaron en el salón y tras elegir una película apagaron las luces y se recostaron en el amplio sofá.

Julia, tumbada en el extremo, oyó cómo Peter comenzaba a carraspear cada vez con mayor frecuencia antes de incorporarse al borde del asiento.

―Peter, ¿te encuentras bien?

―Noto la garganta seca, me cuesta tragar…, voy a la cocina a por agua.

Su marido se alejó por el pasillo, Julia comprobó cómo encendía la luz de la cocina y, de repente, un vaso se estrelló contra el suelo.

―¿Pet, qué pasa? ―preguntó antes de abandonar el salón, y observando que sus hijos la miraban preocupados, les indicó―: Niños, quedaos aquí.

Julia avanzó a toda prisa por el pasillo y dio con Peter, que se encontraba de rodillas junto a los restos de cristal.

―Peter, ¿qué te sucede? ―preguntó arrodillada junto a él.

―No sé ―respondió con mucha dificultad―. No puedo respirar, noto algo que obstruye mi garganta.

―Abre la boca.

Rojo, y con las venas del cuello hinchadas del enorme esfuerzo, abrió la boca; Julia quedó horrorizada.

―¿Mamá, papá, qué pasa? ―preguntaron Thomas y Martha asustados desde la puerta de la cocina.

―¡Niños, id a casa de la señora Jackson! ¡¡Ya!!

Martha agarró de la mano a su hermano y corrieron hacia la casa continua donde vivía su simpática vecina.

―Señora Jackson, señora Jackson ―gritaba Martha a la vez que pulsaba una y otra vez el timbre de la entrada.

―No está, volvamos a casa ―indicó Thomas.

―Mamá ha dicho que esperemos aquí ―advirtió Martha agarrando el pomo de la puerta, comprobando que se encontraba abierta.

Los dos hermanos se miraron y, girando la manilla, accedieron al interior.

―¿Señora Jackson? ―preguntó tímidamente Thomas.

―¡Mira! ―exclamó Martha señalando con el dedo mientras con la otra mano cubría su boca.

Una pierna inerte asomaba tras la esquina.

―Vámonos, Martha, avisemos a mamá de que la señora Jackson se encuentra mal.

―¿Qué le ha pasado? ―preguntó y, soltándose de su hermano, se dirigió al lugar.