Gravedad Oscura - Alez Delayer - E-Book

Gravedad Oscura E-Book

Alez Delayer

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Beschreibung

¿Qué ocurriría si la misteriosa materia oscura arrastrara consigo la gravedad que nos mantiene unidos al planeta? Jack, un policía de la ciudad de Washington, se enfrentará a un mundo apocalíptico en el que buscará respuestas en una constante lucha contra la ingravidez. ¡Agárrate fuerte! El universo nos ha regalado una vida que en cualquier instante puede borrar.

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Seitenzahl: 107

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Gravedad Oscura

¡Agárrate fuerte!

Gravedad Oscura

Alez Delayer

Autor: Alez Delayer

Título original: Gravedad Oscura

Correción y diseño portada: Black River Correcciones

Editorialblackriver.com

Editorial: Mibestseller.es

©Alez Delayer 2022

Gracias por comprar una edición original de este libro y respetar las leyes de copyright al no reproducir, escanear o distribuir esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que se sigan publicando buenos libros.

ISBN: 9789403681450

Agradecimientos:

El universo nos ha regalado una vida

que en cualquier instante puede borrar.

Disfrútala

El inicio

Washington D. C. 10:00 h.

―¿Dónde vas, Billy? ―preguntó la joven levantando la vista del libro al observar que el pequeño corría por el parque alejándose de ella.

Echando la vista atrás respondió:

―A la fuente, a beber agua.

―No te alejes demasiado.

Dubái 18:00 h.

―¿Todo bien? ―preguntó el monitor acercándose al oído del joven mientras en caída libre, y a 4000 metros de altura, el viento golpeaba sus caras.

Realizando un gesto de aprobación con la mano, lo confirmó.

―¡¡Este salto es impresionante!!

Región de Tigray, Etiopía 17:00 h.

―¡Malditos invasores! ¿¡Por qué no nos dejáis en paz de una vez!? ―gritó la mujer arrinconada contra la pared a la vez que un grupo de hombres armados la rodeaban y uno de ellos, adelantándose, desabrochaba su pantalón.

―Mientras esta guerra dure, todo es nuestro, incluidas las mujeres… ¡Agarradla! ―ordenó a sus hombres que la sujetaron de brazos y piernas.

Cantabria 16:00 h.

―Juan, llevamos todo el día surfeando, ¿por qué no salimos del agua y nos preparamos para ir a cenar?

El joven, sentado en la tabla, lo escuchaba atento.

―Tienes razón, déjame tomar la última ola y te prometo que pasaremos el resto de la tarde bebiendo cervezas.

Washington D. C.

El pequeño corría sobre el húmedo césped y llegaba a la fuente de hormigón donde al pisar el interruptor bebió de ella.

Al acabar, algo llamó su atención.

Aquel chorro que trazaba una curva natural comenzó a abrirse hasta quedar poco a poco suspendido en el aire.

Billy contemplaba las pequeñas gotas que levitaban frente a él elevándose cada vez más alto.

―¡¡Cris!! Ven…

Levantando la vista, acomodó el libro sobre el banco antes de responder a su llamada.

―¿Qué ocurre?

Dubái

Dando unos toques con el dedo en la instrumentación de la muñeca, el monitor llamó la atención del joven que se encontraba adherido a él con arneses mientras caían a gran velocidad.

―¿Sucede algo?

―No lo sé…, parece que estuviéramos decelerando, es muy extraño.

―Yo también lo siento, el viento ya no golpea tan fuerte.

―Debe tratarse de alguna bolsa de aire caliente, en unos segundos abriremos el paracaídas.

Región de Tigray, Etiopía

Agarrando a la mujer por uno de sus brazos, advirtió como el fusil del hombre que se aproximaba a ella con los pantalones bajados comenzaba a levitar.

―¡Ahmed, mira tu arma!

Deteniéndose, la observó elevándose por encima de su cabeza, quedando únicamente unida a él por el cinto.

―¡Maldita bruja! ―exclamó a la vez que levantaba la mano para golpearla, y al instante, sus botas perdieron contacto con el suelo.

Los hombres, asustados, soltaron a la mujer que, arrastrándose por el suelo, buscó refugio en una pequeña cabaña mientras sentía en su propio cuerpo los efectos de la ingravidez.

Cantabria

―¿Qué le ocurre al mar? ―preguntó el surfista al observar en el horizonte que la ola que se aproximaba a ellos no terminaba de formarse.

―Sí, es muy extraño ―respondió alzando la mano para tocar las pequeñas gotas de agua que se elevaban frente a él.

―No me gusta esto, parece como si se estuviera evaporando.

―Nademos de vuelta a la orilla.

Los dos jóvenes comenzaron a nadar hacia la costa.

Cuando tan solo quedaban unos pocos metros para llegar, Juan sintió que su mano no alcanzaba al agua, instante en el que comprobó aterrado que su tabla se elevaba ganando altura.

―¿¡Qué está pasando!? ―preguntó a su amigo mientras levitaba.

―¡No te sueltes de la tabla! ―exclamó atemorizado y sin nada a lo que poder agarrarse.

Sus rostros quedaron marcados por el horror al descubrir un enorme banco de peces que frente a ellos se sacudían nerviosos elevándose decenas de metros sobre el mar.

Washington D. C.

La joven, acercándose a Billy, comprobó que una sensación de ingravidez envolvía su cuerpo provocando que sus pies perdieran el contacto con la tierra.

―¡¡Billy, agárrate a la fuente!! ―gritó antes de perder el equilibrio y sentir que una fuerza misteriosa tirara de ella.

Aquel asombro inicial, al observar las pequeñas gotas de agua en el aire, se había convertido ahora en un pánico desmesurado.

Llorando y atemorizado, gritó a su hermana:

―¡¡Cris, tengo mucho miedo!!

Pero su hermana seguía alejándose del suelo buscando de manera agónica algo a lo que poder aferrarse.

―¡No te sueltes, Billy! ―gritó al comprobar que su situación escapaba a cualquier control.

Los gritos alertaron a Jack, un agente de policía que se había refugiado en la entrada de un centro comercial junto a un grupo de personas.

―¡¡Resguárdense en los edificios, salgan de las calles!! ―ordenaba a los ciudadanos poco antes de descubrir frente a él a los jóvenes del parque.

En las alturas y volteado en la parte alta de la entrada, miró a su alrededor buscando la forma de poder impulsarse. Sus ojos quedaron detenidos en un extintor de incendios.

«¿Podré impulsarme con la ayuda del gas?», pensó.

Y tomando impulso con sus piernas, se dirigió a él.

Tras chocar contra la pared, golpeó con el codo el cristal del cajetín y, quitando la anilla, realizó una pulsación que lo lanzó con fuerza en dirección opuesta, impactando bruscamente contra el muro, que frenó su cuerpo.

Una nebulosa de polvo y suciedad cubrían la calle e intentando apuntar hacia donde el niño se encontraba realizó otra pulsación.

Aferrado al extintor, miraba el manómetro, atento a que el nivel de carga no descendiera de manera brusca y terminara perdido y sin control en mitad de la nada. La sorpresiva falta de gravedad no solo les hacía levitar, sino que tiraba de ellos hacia arriba de forma constante.

Al comprobar que el pequeño se encontraba más próximo, decidió ir primero a por él, para a la vuelta ayudar a la chica que a unos quince metros de altura gritaba angustiada.

―¡Ya está! ¡Ya está! ―tranquilizó al joven tras golpearse con la fuente e inmediatamente tomarlo de su ropa―. Soy Jack, quiero que te sujetes a mí con todas tus fuerzas, vamos a ir a por ella, ¿la conoces?

Billy, lloroso y atemorizado, levantó la vista para responder:

―Es mi hermana.

―¡Agárrate! ―sugirió con gesto preocupado al comprobar que la joven ya superaba los treinta metros―. ¿Preparado?

El pequeño, sujeto a la espalda de aquel policía y secando sus lágrimas con la manga, dio su aprobación.

Sacando el cinturón del pantalón, Jack realizó un par de pulsaciones yendo hacia arriba en dirección a la joven, que, descontrolada, daba vueltas sobre sí misma.

―¡Agarra el cinturón! ―advirtió a la vez que estiraba el brazo.

Cris, viéndolos aproximarse, intentó girarse, pero no pudo más que rozar el cinto con la yema de sus dedos.

―¡¡Maldita sea!! ―maldijo Jack al sobrepasar a la chica y comprobar que ahora eran ellos quienes se dirigían a mayor velocidad hacia las alturas.

Sin apenas tiempo para decidir entre intentar salvarla y perder la vida los tres o salvarse junto al pequeño, no tuvo otra opción que remitir la falta de gravedad con una continua pulsación que acabó con el contenido del extintor.

La joven, con la mano aún extendida, mostraba en su atemorizado rostro la angustia y la desesperación de no haber podido ser rescatada, mientras su cuerpo, girando sin control, se perdía en el cielo.

«¡No vamos a llegar!», pensó Jack al comprobar que había fallado debido a lo precipitado de la situación.

Un grupo de personas que se encontraban en la entrada del centro comercial gesticulaban con ánimo.

―¡¡Vamos!! ¡Un poco más! ―gritaban bajo la seguridad del edificio.

―¡Agarradme de la mano! Nos necesitan ―sugirió uno de ellos al observar que sin ayuda no lograrían regresar.

―Sujétate de mi brazo, yo me agarraré a este saliente y con suerte podrás traerlos de vuelta.

Exponiéndose a la falta de gravedad, el joven salió por encima del techo consiguiendo que Jack, con la ayuda del cinturón, llegara hasta él, y, realizando un esfuerzo descomunal reflejado en su rostro, consiguió llevar a aquel policía y al niño de vuelta a la entrada.

―¡Gracias…!, gracias por la ayuda ―agradecía intentando superar el terror al creer que no lo conseguiría.

Los gritos de pánico provenientes de la bóveda del edificio eran ensordecedores. Elevadas a unos cincuenta metros, cientos de personas de todas las edades se encontraban relativamente a salvo gracias al techo de cristal que los separaba del abismo.

―¡Chico! ¿Dónde están tus padres?, ¿sabes cómo podríamos localizarlos?

El joven, atemorizado, abrió el velcro del bolsillo de su pantalón de donde sacó un móvil.

―Ahí está apuntado el de mi mamá.

Con un gesto amargo, Jack lo sujetó de los hombros. Aquel niño había perdido ante sus ojos y de manera trágica a su hermana.

―¿Cómo te llamas?

―Billy.

―Billy…, encontraremos a tu madre ―sugirió llevando el móvil a su oído.

Atasco

Minutos antes del extraño fenómeno, Cler se encontraba en medio de un atasco cuando un hombre trajeado, en mitad de una llamada telefónica, se montó en el taxi.

―Al 158 de la avenida Massachusetts.

―Tardaremos en llegar un buen rato ―indicó Cler comprobando que aquel tipo no le había prestado ninguna atención.

Al volver la vista a la carretera observó, al bajar la ventanilla, que una colilla de cigarro se elevaba lentamente frente a ella.

―¡¡Oiga!! ¿¡Es que esto no avanza!? ―preguntó golpeando la mampara de seguridad.

―¿¡Ves posible avanzar con este tráfico!? ―exclamó molesta mirándolo por el retrovisor.

La colilla había desaparecido, pero Cler alargó la mano hacia el pino perfumado que colgaba del espejo, al comprobar que este parecía querer escapar.

«¿Qué está ocurriendo?», se preguntó antes de oír un grito en el exterior.

Girándose hacia el lugar del que provenía, pudo ver un bastón que se alejaba del suelo y un poco más abajo, un anciano que perdía el equilibrio y comenzaba a levitar.

De pronto, otro grito de mujer se oyó al observar que su carro de bebé se elevaba.

―¡¡Tenemos que salir de aquí!! ―advirtió.

―Por fin nos movemos… ―comentó su pasajero que tecleaba en el ordenador ajeno a lo que ocurría.

Acelerando al máximo, Cler abandonaba la carretera a toda velocidad en busca de una entrada lo suficientemente grande en la que poder empotrar el coche y resguardarse así en el interior de un edificio.

―¿¡Qué haces, maldita loca!? ―exclamó atemorizado soltando el portátil y viendo que este quedaba flotando.

A toda prisa recorría la acera esquivando a las personas que a varios metros del suelo gritaban desconcertadas.

La entrada de cristal de una cafetería llamó su atención, así que, dirigiéndose a ella, se empotró llevándosela por delante.

―¿¡Qué está pasando!? ¿¡Esto es una locura!? ―gritaba el hombre aferrado a su maletín aplastado contra el techo del vehículo.

―¿Tengo cara de saberlo? ―respondía Cler, quedando sorprendida al comprobar que trozos de cristal, burbujas de líquidos y fragmentos de todo tipo de material levitaban a su alrededor como si de una nave espacial fuera de la atmósfera se tratara.

Desabrochándose el cinturón, salió al exterior conociendo que el techo de la cafetería la resguardaba y, acercándose a la entrada, quedó petrificada al observar que cientos de personas, junto al material flotante, oscurecían la luz de aquella soleada mañana.

Un teléfono dentro del vehículo comenzó a sonar e impulsándose consiguió llegar a él.

―Hijo, ¿¡estás bien!? ―preguntó angustiada.

―Soy Jack, policía de la ciudad de Washington, su hijo se encuentra a salvo.

―¡Gracias a Dios! ―respondió la madre respirando tranquila―. ¿Mi hija está con ustedes?

Un silencio incómodo se extendió durante varios segundos.

―¿Dónde está mi hija…? ―preguntó temiéndose lo peor.

El hombre, mirando al joven, preocupado, respondió:

―No he podido ayudarla.

Cler, alejando el teléfono, cubrió su rostro con la mano.

―No…, por favor…, mi pobre Cris… ―se lamentó antes de golpear en varias ocasiones con el puño el muro del edificio.

Jack, que oía en silencio a la mujer, dejó que se sobrepusiera.

―¿Dónde se encuentra? ¡Voy de inmediato!

―Estamos en el Fashion Centre at Pentagon City.

―¡Ese centro comercial tiene el techo de cristal!

―Lo sé. Nos encontramos resguardados en una de las entradas, ¿cómo se llama?

―Cler.

―Cler, debe tranquilizarse, necesitamos tiempo para entender lo que está ocurriendo y hallaremos la forma en que usted y su hijo se encuentren, pero ahora la necesito relajada.

―Jack…, estoy en lo alto de un techo hablando con un desconocido que me dice que he perdido a mi hija absorbida por el cielo. ¿¡Cómo pretende que encuentre la forma de sentirme relajada!?

―Parece imposible, pero, por favor…, hágalo por su hijo.