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El 23 de abril de 1937, Kepa Uribarri, del caserío Urandere, regresa unos días a casa para ver a sus padres, a sus hermanos menores, Juanita y Bixen, y a su novia, Margari, antes de volver al frente. Entre la alegría del reencuentro y la preocupación por el hermano mayor, del que no tienen noticias, nadie sospecha que sus vidas están a punto de cambiar para siempre. El bombardeo los sorprende en las calles de Gernika, donde la población trata de refugiarse, mientras los aviones arrasan la ciudad. Cincuenta años después, el 19 de abril de 1987, dos amigos, Iñaki y Ale, recorren las calles de la misma villa, sin saber que sus vidas también están a punto de dar un giro inesperado. Ha habido un misterioso asesinato en Gernika, y estos dos jóvenes, un poco inconscientes, se verán envueltos en una peligrosa investigación que los llevará a comprender que hay heridas del pasado que ni siquiera el tiempo puede cerrar. Esta apasionante novela, llena de suspense e intriga, se adentra en las vidas de varios miembros de una misma familia, en sus esperanzas y sus sueños, en los sufrimientos que padecieron bajo el bombardeo y tras la caída de Gernika, pero también en la fortaleza, el carisma y el cariño que los ayudó a luchar por sobrevivir. Una historia aparentemente olvidada que se cruza, pasados los años, con la de dos jóvenes que viven en una Euskal Herria muy distinta, enfrentada a otros conflictos.
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Seitenzahl: 633
Veröffentlichungsjahr: 2025
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GERNIKA, día de mercado
La edición de este libro ha recibido una ayuda del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
1ª edición: marzo de 2025
© 2025, Urko Mantzizidor Torrontegi
© De la presente edición: ALBERDANIA, 2025
Istillaga, 2, bajo, - 20304 Irun
Tel.: +34 943 63 28 14
www.alberdania.net
Portada: Montaje realizado por Iranzu Agirre. Fotografía de FOKU sobre imagen de Everett Collection en shutterstock.
Impreso en Ulzama (Uharte, Navarra)
ISBN: 978-84-9868-898-6
Depósito legal: D-508-2024
GERNIKA, día de mercado
URKO MANTZIZIDOR TORRONTEGI
ALBERDANIA
novela
A Busturialdea, en especial a los pueblos de Gernika, Busturia, Mundaka y Bermeo. En memoria de aquellas semanas de fuego y muerte.
Al pueblo palestino, a su gente, quienes mueren por millares bajo las bombas mientras termino de escribir esta novela. Ochenta y siete años después de Gernika, una vez más, se repite el horror.
Al verdadero Iñaki. Qué pena que no puedas leerla.
A Justo, Juanita, Amaia, Martin y Antonia, para quienes aquello no fue una novela ni una película. Por que sus historias perduren.
A Natalia, Amets e Hiart.
CAPÍTULO 1
Madrugada del domingo, 19 de abril de 1987
Gernika
—¡Hostia puta! —exclamó Iñaki, apoyando su mano derecha y la frente en una pared del portal en el que se había metido apresuradamente.
Podía sentir cómo el hombro izquierdo le palpitaba por sí solo. Era una sensación extraña, porque el hombro estaba entumecido, pero cada uno de los rápidos latidos de su corazón parecía rebotar entre la apretada maraña de músculos, tendones y ligamentos que formaban su articulación. Su brazo caía, inerte, a un costado; si lo mantenía así, colgando, solamente sentía el entumecimiento y los latidos. Si, por el contrario, trataba de levantarlo, aunque fuera ligeramente, un intenso dolor nacía en su hombro y se extendía en ambas direcciones. No, definitivamente, era mejor no mover el brazo.
—¡Hostia puta! —repitió—. Me ha pillado pero bien, el hijoputa...
Era cierto, el disparo había sido muy certero, más aún, teniendo en cuenta que Iñaki estaba en movimiento en el momento del impacto. La bala había acertado de lleno en el hombro, enviando instantáneas señales de dolor a su cerebro.
«Menos mal que no me ha dado en un ojo», pensó Iñaki, mientras trataba de recuperar el aliento, moviéndose lo menos posible. También en aquello tenía razón; más de uno había perdido un ojo por un impacto así. No se le ocurrió en aquel momento, pero había tenido suerte de que la bala hubiera sido de goma.
«Igual voy a tener que ir al médico...», pensó, con un pequeño estremecimiento. Iñaki odiaba a los médicos. En realidad, no era que odiara a los médicos en sí, sino que odiaba a toda figura uniformada, toda forma de autoridad que había amargado su existencia desde que era un niño: médicos, profesores, empresarios, militares, jueces, curas, policías... La lista era extensa y podía crecer en cualquier momento. No hacía tanto tiempo que también había incluido a los guardas de seguridad. «Asesinos», solía llamarlos cuando hablaba acerca de todos ellos. «Vale, tal vez los médicos no sean tan malos como el resto», se decía en ocasiones, pero eran, igualmente, de los que mandaban, de los de arriba. Y ser de los de arriba era lo peor. Además, no había que olvidar aquellas horribles inyecciones que le habían dado de niño, mientras le recordaban que no llorase, que los chicos no lloran.
—Mecagüendiós que no lloran... —murmuró por lo bajo para sí, mientras pensaba que, si movía el brazo, no podría contener el llanto.
El dolor fue remitiendo, poco a poco, a medida que pasaban los minutos. Seguía en la misma postura, con la frente y el brazo sano apoyados en la pared, pero empezaba a ser más consciente de lo que lo rodeaba. Abrió los ojos y comprobó que estaba sumido en la penumbra. Podía distinguir las formas básicas del portal en el que se había refugiado, la escalera que se perdía en la oscuridad a su derecha, y la tenue luz que entraba a través del cristal anaranjado de la puerta que daba a la calle. Una farola aportaba algo de claridad desde la acera de enfrente. Lo que poco a poco invadió sus sentidos, distrayéndolo momentáneamente del dolor, fue el sonido. La cacofonía que procedía de la calle. El ruido de la guerra, de la guerra de guerrillas, más bien. El sonido de las escopetas de pelotas de goma y el de las piedras que impactaban en el asfalto, en los escudos y en las furgonetas. Y los gritos. La ininteligible maraña de voces, donde de vez en cuando se entendía un «hijos de puta», un «cabrones» o un «venid aquí», o cualquier otro improperio que se le ocurriese a cualquiera de los dos bandos.
Él mismo había gritado un par de aquellas lindezas, antes de que le faltase el aliento. Y antes del pelotazo, claro está. En realidad, era de lo poco que había podido hacer, gritar un par de «hijos de puta» y algún que otro «policía, asesina». Eso y tirar el botellín de cerveza que tenía en la mano en dirección a un grupo de ertzainas que disparaban con sus escopetas.
Todo había sido una sorpresa. En realidad, él no sabía nada de los incidentes que habían estallado menos de una hora antes en el centro de Gernika y que ahora se extendían por toda la villa. Disturbios que se propagaban como el fuego que, casi cincuenta años antes, manaba de las bodegas de los aviones alemanes e italianos que redujeron a escombros aquel pequeño pueblo.
A medida que el dolor remitía —o al menos se hacía más soportable—, comenzó a pensar cómo había llegado allí.
«¡Por culpa de Ale!», se dijo. Sí, eso era. Por culpa de su mejor amigo, que siempre lo liaba. Ale llevaba dándole la pelmada toda la semana para que acudieran a los conciertos del quincuagésimo aniversario del bombardeo de Gernika. Coincidía con la Semana Santa, era el Aberri Eguna,1 el lunes era festivo... No acudir sería imperdonable. Se calculaba que entre cincuenta mil y cien mil personas abarrotarían la pequeña villa, multiplicando su población durante unos días.
Iba a ser algo para recordar, decía Ale. Una semana entera plagada de actos culturales —a los que tendrían mucho cuidado de no acudir— y conciertos varios, con La Polla Records y Kortatu como plato fuerte de la noche del domingo. Ahí sí que tenían intención de ir. Aunque jamás llegaron; había demasiados bares, con demasiado ambiente y demasiadas cervezas como para acordarse de que iban a un concierto. Por mucho que fuera de La Polla Records. Ni aunque hubiera sido el mismísimo Mick Jagger, al frente de los ya algo vetustos Rolling Stones, habrían resistido la atracción gravitatoria de los bares.
Tampoco es que a Ale le hubiera costado demasiado convencerlo. Tenía que reconocer que había opuesto muy poquita resistencia a ir a Gernika. Casi ninguna. Y ahora, allí estaba, encerrado en un portal, con el hombro hecho mierda. Y al día siguiente tendría que ir a trabajar a la panadería, «porque para los panaderos no hay festivos, no como para los mandamases. ¿Cómo se trabaja en una panadería con un hombro hecho papilla?», pensó.
—Joder, vaya semanita que me espera... —le dijo a la pared, mientras trataba de sentarse en el primer escalón sin mover demasiado el hombro.
No lo consiguió a la primera. La docena larga de botellines de cerveza que se había metido entre pecho y espalda lo habían dejado casi tan inútil como el propio pelotazo, de manera que, al primer intento, calculó mal las distancias y golpeó con su pie en el escalón, enviando oleadas de dolor a lo largo y ancho de hombro, brazo y cuello.
No juró, cosa rara en él; el dolor le había cortado el aliento y los juramentos. Se apoyó en el pasamanos de madera que moría junto a él y, al cabo de dos o tres minutos, lo intentó de nuevo. Aquella vez tuvo más éxito, tal vez el dolor le estaba despejando la cabeza y compensando la tontera que las cervezas habían provocado. Menos mal que no había fumado el costo que le había ofrecido Ale en varios bares. El hachís le dejaba mal cuerpo, prefería centrarse en la cerveza. No era un hombre propenso a experimentar con sustancias. Realmente, no era que no fuera propenso, sino que las drogas le daban miedo. Había probado un poquito de esto o un poquito de aquello en alguna ocasión, e incluso disfrutado de sus efectos, pero algo en su cerebro le decía que aquello era demasiado atractivo, demasiado fácil para ser bueno. Y, sobre todo, comenzaba a ver los estragos que las drogas —la heroína, principalmente— estaban haciendo entre muchos de sus conocidos. A él, la moda de la heroína lo había alcanzado demasiado mayor, pero toda la generación siguiente a la suya había abrazado aquel veneno marrón como si no hubiera un mañana. Tal vez no lo había. No future, cantaban los Sex Pistols. Y debían de tener razón, porque aquella generación, nacida ya en los sesenta, enganchada sin remedio a la heroína, iba degradándose y muriendo, en un lento pero inexorable goteo. No todos lo veían aún, pero para Iñaki, aquella historia del caballo empezaba a oler a chamusquina.
Sentado ya en el primer escalón, dejó de agarrarse el hombro herido y, con la mano libre, sacó un paquete de Ducados del bolsillo delantero de su raída camisa de cuadros. La camisa tenía uno o dos pequeños lamparones de cerveza, pero una de las ventajas de la cerveza era que sus manchas no se apreciaban tanto como las de vino. En realidad, le importaba bien poco, nunca había sido una persona coqueta ni preocupada por su aspecto. Probablemente porque no le hacía gran falta. A sus treinta y siete años, y a pesar de maltratar su cuerpo con el tabaco y el alcohol, mantenía un innegable atractivo y una figura delgada y fibrosa. De facciones angulosas y nariz algo aguileña, eran sus ojos oscuros, bajo unas frondosas cejas, los que le daban un aspecto ligeramente salvaje, como si no estuviera del todo civilizado.
El paquete de tabaco apenas contenía tres o cuatro pitillos medio arrugados y un mechero de gas al que ya le quedaba poca vida. Inclinó la cajetilla y el mechero salió despedido hasta el suelo.
—¡Joder!
Antes de tratar de acercarlo con un pie, atrapó entre sus labios uno de los cigarrillos que asomaban y volvió a guardarse el resto en el bolsillo de la camisa. Se hizo lentamente con el mechero, tratando de contener el dolor, y encendió el Ducados con infinita satisfacción. Dejó que el humo penetrara en sus pulmones mientras pensaba en su situación. Lo primordial era esperar en aquel portal hasta que se calmaran las cosas en la calle. Aún podía oír los gritos y las detonaciones de las escopetas, de manera que, por mucho que le doliera el hombro, aquel era el lugar más seguro del planeta para él. No podía arriesgarse a que lo parara la policía y se dieran cuenta de que le habían dado un pelotazo.
De repente se oyó un ruido, amortiguado por la puerta del portal, que se fue haciendo mayor a cada instante. Gritos, gente corriendo, algún disparo ocasional. Docenas de sombras, veladas por el cristal ahumado de la puerta, cruzaron frente a esta, mientras los gritos llegaban a su apogeo. Las siluetas desaparecieron tan rápido como llegaron, pero el ruido no amainaba. Unos segundos después, otras dos docenas de sombras, todas del mismo color azulado y con cabezas rojas, cruzaron en persecución de las anteriores.
«Zipaios»,2 se dijo Iñaki, tratando de hacerse invisible en su refugio. Los dos grupos de sombras volvieron a cruzar por delante del portal otras dos veces. La segunda vez, eran las figuras uniformadas y con cascos rojos las perseguidas. La tercera, las tornas volvieron a cambiar, con los uniformados acompañados de dos furgonetas con las sirenas y las luces en funcionamiento.
Pasaron aún un par de horas hasta que Iñaki dejó de escuchar los ruidos de los incidentes. Para entonces, tenía el hombro muy inflamado, pero, de alguna manera, el dolor se había hecho más llevadero y, suspirando, se levantó del escalón.
«Tengo que salir de aquí», pensó. Tenía que ir a casa y descansar lo que pudiera; además, tenía unas ganas enormes de orinar y, lo peor de todo, se le había acabado el tabaco.
Aún tardó un par de horas más en salir. En algún momento se quedó medio dormido, apoyado contra la pared, incapaz de moverse apenas por el intenso dolor del hombro. Por fin, tiritando de frío, dolorido y con la cabeza aún dándole vueltas por efecto de las cervezas, se incorporó como pudo y se acercó, tambaleante, a la entrada del portal.
Abrió la puerta lentamente y asomó la cabeza con cuidado. El frío viento del amanecer primaveral le dio en la cara. Los efectos de los incidentes eran evidentes: piedras y pelotas por doquier, coches cruzados, los cristales de una sucursal bancaria hechos añicos... Estaba claro lo que había sucedido, pero a Iñaki aquello le traía sin cuidado, lo importante era que no se veía un alma. Apenas había andado hasta la esquina más cercana cuando tuvo que parar a mear. Con los riñones a punto de estallar, no podía aguantar ni un instante más; había sido una larga espera tras demasiadas cervezas.
Una vez aliviado, se encaminó hacia la estación de tren. Tras ella se encontraba el paso a nivel que llevaba a La Vega, el polígono industrial que estaba pegado a Gernika y en el que había aparcado su Renault 4 rojo apenas unas horas antes, cuando llegó en compañía de Ale a pasar una buena noche de fiesta.
«¿Dónde cojones estará Ale?», se preguntó. Hacía bastante más frío que cuando habían llegado a Gernika, y la ropa que llevaba puesta no era suficiente para mantener el calor corporal, así que lo único que deseaba era meterse en el coche y arrancar el motor para calentarse. Tendría que esperar a Ale, porque, tal y como tenía el hombro, no iba a poder conducir de ninguna manera, pero al menos entraría en calor. Tal vez su amigo estuviera esperándolo junto al coche. Al fin y al cabo, no era una buena noche para hacer autostop en Gernika; la Ertzaintza estaría batiendo el pueblo en todas direcciones.
Tras cruzar las vías del tren, giró en dirección norte. A su izquierda no había nada más que las vías y una fila de coches aparcados en línea. A su derecha, una sucesión de pabellones y fábricas. Un señor mayor, parcialmente oculto bajo una txapela, se acercaba a él a paso rápido. Sin duda se dirigía a una de las huertas que, como champiñones, aparecían de vez en cuando en los recovecos más insospechados del polígono. Iñaki casi no le prestó atención. Acababa de localizar su Renault rojo y trataba de vislumbrar si Ale lo esperaba junto al coche. Apenas estaba amaneciendo, pero ya podían distinguirse formas y colores. Además, el efecto de las cervezas iba desapareciendo lentamente.
«Mierda... Ahí no está». Preocupado por su amigo, llegó a la altura de su coche. Estaba aparcado en la calle paralela a las vías del tren, pegado a una pequeña edificación de una planta, probablemente un pequeño almacén de material de la línea férrea, que se erigía entre las vías y su coche. Fue en aquel momento cuando vio un bulto oscuro acurrucado en el suelo, entre el edificio y su coche, dándole la espalda. No pudo evitar reírse: él, preocupado por su amigo, ¡y este se había quedado dormido, seguramente borracho como una cuba, junto al coche!
—¡Despierta, capullo! —le dijo a Ale mientras sonreía y le daba ligeros golpecitos con su pie—. Despierta, joder. Esto está lleno de bofias y tenemos que largarnos a Mundaka echando hostias.
Su amigo, sin embargo, seguía sin reaccionar. Impaciente, Iñaki se agachó como pudo para zarandearlo con el brazo bueno, cuando se percató de que el suelo estaba mojado. Una oscura mancha nacía en el cuerpo y se extendía hasta debajo del coche.
—¿Qué cojones es esto? —preguntó al aire, sin que nadie le respondiera.
Una parte de su cerebro, la menos afectada por las cervezas y el cansancio de una noche en vela, se lo dijo. Sangre, era sangre. Una cantidad demasiado grande de ella. En un segundo, una terrible certeza lo asaltó. Ale, borracho, se había caído y se había hecho una buena avería. Con el brazo bueno, tratando de ignorar el dolor, giró el cuerpo hacia él y entonces, horrorizado, cayó hacia atrás al ver el rostro desfigurado y sin vida de su amigo. Tenía la cara hecha papilla. La boca destrozada y un par de ojos eran lo único distinguible en aquella masa de carne y sangre. Un grito salió de su garganta al mismo tiempo que unas parpadeantes luces azules iluminaban toda la escena. A apenas diez metros de distancia, una furgoneta antidisturbios de la Ertzaintza se acercaba lentamente hacia él. Frente a ella, seis figuras uniformadas, encapuchadas y con cascos rojos avanzaban en formación, abriendo paso al vehículo. La mitad de los ertzainas marchaban al frente con escudos de metacrilato; los otros tres, protegidos tras sus compañeros, avanzaban con sus escopetas de bolas de goma. Vio que uno de estos últimos lo señalaba con una mano mientras les decía algo a sus compañeros.
—¡Levanta las manos! —gritó el uniformado que lo había detectado, mientras los otros dos le apuntaban, nerviosos, con sus escopetas.
Iñaki se incorporó y levantó el brazo sano, manchado de sangre, mientras todo se precipitaba a su alrededor. De pronto, todo eran gritos. Los ertzainas habían descubierto el cuerpo ensangrentado entre los coches y a Iñaki lo tiraron al suelo. Después, lo esposaron a la espalda, a pesar de sus gritos de dolor por el hombro herido. O tal vez no gritaba por el dolor de su hombro herido, sino por el dolor de su amigo muerto. Nunca lo sabría, tal vez fue una mezcla de ambos dolores. Ni siquiera oía cómo los policías, sorprendidos por la escena, sacaban sus propias conclusiones y lo tildaban de asesino.
Notas:
1 Día de la patria vasca. Se celebra cada año el Domingo de Ramos.
2 Término despectivo que se refiere a los miembros de la Ertzaintza.
CAPÍTULO 2
Lunes, 20 de abril de 1987
Gernika
Estaba tirado bocabajo en mitad de la carretera que atravesaba el polígono de La Vega. El dolor de su hombro, con las manos esposadas a la espalda, apenas le dejaba respirar. Las lágrimas convertían el mundo en algo brumoso, irreal, como cuando de niño buceaba en la playa de Laidatxu.
Tampoco es que sin lágrimas hubiera podido ver gran cosa, los ertzainas lo habían alejado unos metros de su coche y del cuerpo de Ale. Tres de ellos lo custodiaban, y uno de ellos apoyaba su bota militar en su espalda. El resto estaba alrededor del cadáver, a unos cuantos metros de distancia. A pesar de no verlos, podía oírlos perfectamente.
—Joder, qué puto animal... Lo ha destrozado —decía un ertzaina.
—¡Quitadme las esposas, joder! —exclamaba Iñaki mientras tanto.
—Ya te digo, un puto animal —respondía otro ertzaina a su compañero, con una voz ligeramente aflautada.
—¡Quitadme las esposas!
—¡Lucas! Ven a ver esto —oyó decir a uno de los tres policías que lo custodiaban, el que se encontraba a sus pies.
Lucas, quien parecía estar al mando, se acercó lentamente, mirando aún al cadáver. El rostro desfigurado de Ale ejercía una especie de atracción morbosa. No se veían cosas así a diario. Ni siquiera siendo ertzaina.
—¡Quitadme las esposas! ¡Tengo el hombro roto, hostias! —pedía Iñaki mientras tanto.
—Bai? —preguntó Lucas al compañero que lo había llamado.
—¡Quitadme las esposas, por favor, joder! —suplicaba Iñaki, retorciéndose de dolor.
—Tiene sangre en el zapato, Lucas. En la suela.
—¡Mi hombro! ¡Mecagüen la hostia puta!
—Tienes razón. Voy a por los guantes y una bolsa, que no se mueva —respondió Lucas, sin prestar la más mínima atención al asesino que tenía a sus pies.
Dos horas más tarde, Iñaki se encontraba en una sala de interrogatorios en la comisaría de Gernika. Ya no estaba tirado en el suelo, sino sentado frente a una mesa, pero todavía lo tenían esposado a la espalda. Jamás hubiera pensado que podía existir un suplicio así. Estaba descalzo, aunque, ahora que lo pensaba, no recordaba el instante exacto en el que lo descalzaron, ni cuándo lo trasladaron a comisaría. Tal vez se había desmayado en algún momento tras rogar, sin éxito, que le quitasen las puñeteras esposas.
Frente a él, el ertzaina llamado Lucas y otro policía al que no reconocía llevaban al menos media hora gritándole. Que por qué lo había matado, que quién era el muerto, que dónde había escondido el arma... Las primeras veces se había molestado, a pesar del dolor del hombro, en contestarles; pero ellos seguían erre que erre con sus preguntas, por lo que hacía rato que había desistido. Les había dicho que él no lo había matado; que aquel era su amigo Ale, Alejandro Miner, de Mundaka. Que lo había encontrado así y que no sabía dónde cojones estaba el arma ni con qué hostias lo habían matado. Que dejasen de tocarle los cojones a él, porque, mientras tanto, se les estaba escapando el verdadero asesino, y que le quitasen las esposas de una puta vez, que se estaba muriendo de dolor.
«No hay manera, joder, estos son gilipollas perdidos...», pensaba, mientras se reafirmaba su eterna desconfianza hacia cualquier clase de policía.
—Quitadme las esposas, joder. ¡Tengo el hombro hecho mierda! —reclamaba, una y otra vez.
—Deja de decir que te quitemos las esposas o te mato, ¡gilipollas! —gritó Lucas de pronto, al tiempo que se levantaba de la silla y se abalanzaba sobre Iñaki.
Asustado por la amenaza, Iñaki reaccionó instintivamente echándose hacia atrás, pero tan solo logró reavivar el dolor y lanzó un grito. El grito no paró el puñetazo de Lucas, que impactó en el mentón de Iñaki. La buena noticia era que, durante unos instantes, el hombro le había dejado de doler. La mala era que, tal y como temía desde hacía un rato, el interrogatorio entraba en una nueva fase.
«Ya empieza la ensalada de hostias», fue lo que pensó, concretamente.
Tanto Lucas como su compañero se habían levantado y empezaban a remangarse sus camisas azules, cuando la puerta se abrió detrás de ellos, y entró un hombre de unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Iba vestido de paisano, con una chaqueta gris y camisa blanca; tenía unos ojos pequeños que asomaban a ambos lados de una gran nariz. Una nariz que destacaba sobre el resto del rostro. La barba corta, de un color ligeramente rojizo, era la mayor fuente de pelo de su cabeza, ya que detrás de sus inmensas entradas, en el cuero cabelludo, había más cuero que cabello.
—Dejadlo —ordenó, con una voz llena de autoridad.
Lucas lo miró durante un instante y, absolutamente calmado —cuando tan solo segundos antes parecía fuera de sí—, sin dudarlo lo más mínimo, salió junto a su compañero de la sala.
«Ahora toca el poli bueno», pensó Iñaki, cuyo cerebro se debatía entre quejarse del dolor del hombro o el de la cara. «Mejor no me quejo más», decidió, salomónicamente.
—Hola, Ignacio. Me llamo Daniel, Daniel Estrada. Soy subcomisario de la Ertzaintza —se presentó, mientras se dirigía detrás del detenido como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera visto la agresión de Lucas.
Iñaki, fiel a su nueva política de no decir ni pío, miraba obstinadamente a la puerta, fingiendo estar solo en la sala.
El subcomisario Estrada se entretuvo un segundo quitándole las esposas. Iñaki, aliviado, trató de mover los brazos desde la espalda a su regazo, pero solo lo consiguió con el brazo bueno. El lesionado le dolía demasiado y estaba entumecido, de manera que lo dejó donde estaba hasta que reuniera el ánimo suficiente para cambiar de postura.
Mientras tanto, el subcomisario Estrada dejó en la mesa una pequeña bolsa de plástico que llevaba en la mano y le dijo a Iñaki:
—¿Me permites? Quiero echarle un vistazo a tu hombro.
Y sin esperar la respuesta de Iñaki, comenzó a desabrochar los botones de la camisa de este hasta la altura del esternón. Después, sin demasiado cuidado, descubrió el hombro. Toda la zona impactada estaba terriblemente inflamada, pero, sobre todo, lo que más llamaba la atención era el dibujo que se veía en el hombro. En el centro de la hinchazón, en el punto exacto donde había impactado la pelota de goma, se dibujaba una perfecta circunferencia blanca. Era como si la piel hubiera perdido todo su color; como si, en aquella pequeña circunferencia, Iñaki fuera albino. Y a partir de allí, un horrible cardenal se extendía en todas direcciones. Era como el negativo de la imagen de un agujero negro.
—Lo que pensaba —dijo Estrada al tiempo que le alcanzaba la bolsa de plástico—. Toma, ponte esto, que te hará bien.
Era una bolsa de hielo. Dudó un instante, pero pensó que aceptando el hielo no quebrantaba su decisión de callar. Sí, podía aceptar la bolsa y mantener su silenciosa dignidad. Despacio, como dando a entender que aceptaba a regañadientes, más por hacerle un favor a Estrada que por otra cosa, cogió el paquete que le tendían y, con infinito cuidado, se lo colocó en el hombro.
El subcomisario, sentado ya frente a él, lo miraba fijamente. Iñaki, a pesar de su aparente indiferencia, se sentía intranquilo. Sabía que aquel era el poli bueno, pero que en realidad no era bueno en absoluto. No, al menos, para él. Lo mismo podía hacer el papel de bueno como el de malo; al igual que Lucas, el que le había pegado, era un actor. Pero a él no iban a joderlo. Él no había hecho nada, y no iban a conseguir que se comiera el marrón de haber matado a su mejor amigo.
—¿Conoces a Vicente Uribarri?
La pregunta descolocó tanto a Iñaki que, olvidando momentáneamente su mutismo, preguntó:
—¿Quién?
—Vicente Uribarri —repitió Estrada.
—Ni puta idea —respondió, con honestidad.
«¿A qué cojones viene esto ahora?», pensó.
—¿Seguro? —insistió Estrada.
—Joder, seguro, no sé, igual le conozco de vista; pero por el nombre, ni puta idea. ¿Es el que ha matado a... —se interrumpió, con un nudo en la garganta—... el que lo ha hecho?
Por toda respuesta, Estrada sacó una bolsa de plástico transparente de su chaqueta y se la mostró a Iñaki. Dentro de la bolsa, una cartulina, ajada por el paso del tiempo, aún conservaba parte de la inscripción original, a pesar de que la tinta se había corrido en algunas zonas. En la parte superior, y a ambos lados de un escudo que parecía el del Gobierno Vasco, podía leerse:
GUDA-ZAINGOA DEPARTAMENTO DE DEFENSA
GUDARI-TXARTELA TARJETA MILITAR
Debajo, en el apartado de «izena-nombre», con letras claras, aparecía el nombre completo: Vicente Uribarri Berastegieta. Algunos de los apartados eran ilegibles; otros, no tuvo tiempo de leerlos, pero pudo observar claramente la fecha al pie del documento: 23 de abril de 1937.
¿Qué clase de broma era aquella? ¿A qué venía aquella pantomima?
—Pero ¿qué es esto? —acertó a preguntar Iñaki, sorprendido.
—Esto es una tarjeta de reclutamiento del Ejército Vasco en la guerra civil. ¿No te imaginas de dónde la hemos sacado?
—¿Cómo hostias voy a saberlo?
—La llevaba el cadáver, la encontramos junto a él. Creemos que es él.
—¿Quién? —preguntó Iñaki sin comprender cómo Ale podía tener aquella tarjeta.
—El cadáver, Ignacio, el cadáver —respondió el subcomisario, algo impaciente—. Creemos que el muerto que encontraste era Vicente Uribarri, gudari del Ejército Vasco en el 37.
—¿No es Ale? —acertó a preguntar Iñaki ante aquella revelación.
—No lo creo, una patrulla ha ido a casa de tu amigo en cuanto has dado su nombre hace dos horas y lo han encontrado durmiendo la borrachera. Además, la víctima es un anciano, salta a la vista.
«Joder... Menos mal...», pensó Iñaki mientras exhalaba un profundo suspiro. De pronto, era como si el dolor del hombro y el de la cara hubieran pasado a un segundo plano. Había esperado encontrar a Ale junto a su coche, y al ver aquel cadáver con la cara desfigurada donde debía estar su amigo, simplemente había dado por supuesto que era él. Pero ahora caía en la cuenta de detalles que había pasado por alto: el pelo más escaso, la ropa distinta, las gafas junto al cadáver eran más gruesas... Y el tamaño, por supuesto. Ale, sin ser gigantesco, era un hombre que cualquiera catalogaría como grande, sin duda, más grande que el cuerpo que se había encontrado. Era cierto, nada encajaba con su amigo. ¿Cómo había sido tan gilipollas?
—Pues yo no tengo ni puta idea de quién es ese Vicente, en serio. No lo he visto en mi vida. Yo no lo he matado, joder.
—Lo sé —dijo tranquilamente Estrada—. El asesino se ha ensuciado las suelas de los zapatos con el charco de sangre y hemos descubierto sus huellas alejándose de la zona a lo largo de unos pocos metros. Dos zapatos, izquierdo y derecho, talla 43. Pero tú solo te habías ensuciado el derecho, tienes una 41, y no te habías alejado de la zona. Además, con el pelotazo que tienes en el hombro no podrías matar ni a un conejo.
—¡Pues dejad que me vaya de una puta vez! —exclamó, tras un par de segundos de silencio, lo que tardó en comprender las implicaciones de todo aquello.
—Sin prisas, tenemos que tomarte declaración, huellas, para descartarlas de las que encontremos...
—Ni hablar, majo, yo me largo, pero ya.
—Recuerda que tienes un pelotazo en el hombro, podemos acusarte de provocar disturbios, así que no nos toques los cojones, Ignacio. Te quedas el rato que necesitemos.
—Yo puedo acusaros de la hostia que me habéis dado —contraatacó Iñaki.
—¿Qué hostia? No sé de qué me hablas. Ese golpe en la cara te lo habrás dado en los incidentes —respondió Estrada, con una media sonrisa—. Hoy se ha montado una buena en Gernika, Ignacio, no te creas que no nos vendría bien un idiota para llevar delante del juez.
—Me llamo Iñaki —contestó, sabiéndose derrotado.
Tendría que quedarse unas horas en comisaría, pero, antes de que Estrada saliera de la sala, echó un último vistazo a la cartulina, y distinguió una dirección, no del todo extraña para él, entre los datos cuidadosamente caligrafiados cincuenta años atrás: Carretera de Múgica, 7 - Urandere Baserria. Gernika.
CAPÍTULO 3
Viernes, 23 de abril de 1937
Caserío Urandere, en las afueras de Gernika
—¡Kepa!
Kepa Uribarri Berastegieta se dirigía al caserío que veintiún años antes lo vio nacer, cuando escuchó el grito de alegría de su hermana Juana, «Juanita» para todos en casa. Una radiante sonrisa se le dibujó en el rostro cansado, se paró, apoyó su fusil Mauser ZB vz. 24 en el murete de piedra que delimitaba el camino al caserío, y se aprestó a recibir el impacto del cuerpo de su hermanita, que corría hacia él a la máxima velocidad que le permitía su menudo cuerpo.
Apenas le dio tiempo a mirarla o a ver lo mucho que había cambiado en aquellos meses. Ya no era ninguna niña, eso era evidente. Aún no era una mujer adulta, pero poco le faltaba para llegar a serlo. Delgada como él, a diferencia de sus hermanos Bixen y Juan Miguel, tenía los rasgos delicados de su abuela materna. Para cuando Kepa se dio cuenta, Juanita se encontraba firmemente abrazada a él, mientras, tras ella, una mujer mayor, más enjuta de lo que recordaba, se asomaba a la entrada del caserío, alertada por los gritos de su hija.
—¡Kepa! —exclamó también la madre, Marina Berastegieta, más débilmente que su hija unos segundos antes, pero con la misma alegría en el rostro.
En unos pocos segundos, Kepa se encontró rodeado de manos y brazos que lo abrazaban, le apretaban el mentón y le palpaban la cintura y el torso por encima de la camisa para ver si estaba bien alimentado, todo a un tiempo.
—Sartu etxien seme —le decía su madre, mientras trataba de meterlo en casa—, seguru gose zarela. Armosuko morokil apur bat dau suten.3
Kepa pensó que no le vendría mal comer algo de morokil, las omnipresentes gachas de maíz con leche que habían constituido uno de los pilares de su alimentación durante toda su infancia; pero se había propuesto no ser una carga para su familia los pocos días que tendría de permiso. Eran cuatro bocas que alimentar en el caserío y, si bien el tener la huerta era un alivio en aquellos días de guerra y penurias, la comida escaseaba en todo Bizkaia.
—Beteta nau, ama —mintió—, batalloien gosaldu dot etxera etorri baino arinau, eta ezin dot gehixau.4
Juanita lo miró con una sonrisa que podía interpretarse como irónica, pero la respuesta pareció satisfacer a su ama, porque tan solo insistió en ofrecerle el morokil otras tres o cuatro veces, señal inequívoca de que le había creído.
—Eta aitxe?5
—Ortuen dau, zerbak landatuten6 —respondió su hermana, al tiempo que lo cogía de la mano y lo arrastraba hacia la huerta.
A medida que se aproximaba, vio a su padre de pie, de perfil, mirando hacia el monte Oiz, con Lagun, el perro del caserío, junto a él.
«¡Qué mayor está!», pensó Kepa con desazón. No, no era simplemente que estuviera mayor. Era la edad, unida a la delgadez, pero, sobre todo, un aire de derrota, de tristeza, que emanaba de él. Su padre, serio, siempre había sido una figura un tanto distante, con su txapela negra y su eterna ropa de mahón para trabajar en el caserío familiar. Excepto en las raras ocasiones en las que acudía a la iglesia, o en alguna festividad local, siempre vestía igual, y aquellos colores oscuros, de ropa de faena, contribuían a que fuera alguien poco accesible. Pero ahora era distinto, no era solamente una persona taciturna, atareada, que apenas expresaba sus sentimientos. No, ahora era alguien triste, apagado.
No necesitaron llamarlo, fue Lagun quien, antes de que ninguno de ellos dijese nada, ladró frenéticamente y alertó a su amo de la intrusión en sus dominios.
Jesús Uribarri se giró y vio a Marina, su mujer, y a Juanita, su hija pequeña, acompañadas de un espigado soldado con el uniforme de soldado del Ejército Vasco. Todo su mundo se vino abajo en cuestión de milésimas de segundo, ya que, en un primer instante, no reconoció a Kepa, su hijo. Estaba demasiado delgado para reconocerlo. La txapela le sombreaba ligeramente unas facciones demasiado serias para ser las del alegre joven que había salido del caserío tan solo unos meses antes. Sus piernas apenas lo sostenían, mientras veía acercarse a aquel desconocido que, sin duda, venía a comunicarles el fallecimiento de Kepa en algún lugar del frente, a manos de los sublevados, que no traían más que muerte, dolor y hambre en aquellos meses de locura.
—Aita! —gritaba Juanita con una voz extrañamente alegre— Begira nor etorri dan!7
Entonces lo comprendió: no se trataba de ningún pájaro de mal agüero; era él, Kepa, su hijo. El mismo al que apenas medio segundo antes había dado por muerto. Toda la infinita tristeza que había sentido en un instante se transformó en alivio. Su hijo estaba vivo, al menos, uno de ellos. De Juan Miguel hacía tiempo que no recibían noticias.
Kepa se acercó a su padre, dispuesto a darle la mano, pero este lo abrazó con una fuerza que no esperaba que tuviera aquel enjuto hombre de brazos delgados. El mentón de su padre se apoyaba en su hombro derecho y algo húmedo rozó el cuello de Kepa. Aquello lo emocionó más que la visión de lo mucho que había envejecido. Era la primera vez en su vida que lo veía llorar.
Una hora más tarde, recompuestos en parte de las emociones, y tras haber dado cuenta de un buen tazón de morokil que su madre al fin había conseguido que comiera, los cuatro se encontraban sentados a la mesa de la cocina. Marina se había asegurado de que su hijo no estuviera herido. Una vez hubo comprobado que no tenía ningún agujero más de los que tenía al nacer, se dedicó a zurcir y remendar los agujeros que sí tenían sus prendas. Mientras tanto, Kepa soportaba pacientemente un intenso interrogatorio acerca de su vida y de la situación en el frente.
—Morala ona da orduen?8 —preguntaba, esperanzado, su padre, una y otra vez.
Las continuas retiradas desde que había empezado la guerra y la dura ofensiva que los fascistas habían iniciado el mes anterior, unidas a bombardeos como el de Durango, habían minado la moral de todo el pueblo.
—Oso ona, udan jipoi ederra emongotzague. Oin gure lineen aurka ahuldu deixiela. Arazue horreek hegazkin zikinek eta artillerixe die... Horretan bai dekie abantailie, baia aurrez aurre ezin izango dabe gugaz.9
—Zu ez arriskatu larrei10 —le repetían una y otra vez sus padres, como si aquello fuera una garantía para salir vivo de aquel infierno, como si las balas y la metralla respetasen a quien no se arriesgaba.
En realidad, Kepa estaba muy lejos de sentir la confianza que trataba de transmitir a su familia. La superioridad de los golpistas era evidente. Todo, desde los rifles a las botas, desde el entrenamiento a la comida, todo era mejor en el enemigo. No eran solo aquellos malditos aviones alemanes e italianos. Había perdido a muchos amigos para entonces, y el frente continuaba replegándose; en orden, sin colapsar, pero en una lenta retirada que menguaba, cada día un poquito más, el ya reducido territorio de la Euzkadi libre.
—Baia itxi gerrak oingoz, non dau Bixen?11 —dijo Kepa, tratando de zafarse del interrogatorio acerca del frente.
—Egixe esateko, eztait non sartzen dan zure anaixie... —respondió Marina—. Goizien urten da zistu bizixen. Janzun morokile bueltan zetorrenerako prestatute euki dot, gosaldu barik jun da ta.12
—Horrek burue txoritxuekaz beteta deko —refunfuñó el padre—. Soldadutzara deitzeko desiaten dau13.
Marina se santiguó al oír las palabras de su marido, rezando en silencio, para que Bixen, con diecisiete años recién cumplidos, jamás tuviera que conocer los horrores de la guerra.
—Bueno, ondino denbora bat gelditzen da horretarako, seguru ordurako gerrie irebazi dogule14 —dijo Kepa, con un tono que no iba acorde con el optimismo de la frase.
Se hizo un silencio incómodo, solo roto por los suaves quejidos de Lagun, quien, inmóvil a la puerta de entrada, miraba con interés la reunión familiar sin atreverse a cruzar un umbral que ni él ni ningún otro can había traspasado jamás.
—Juan Miguelena zeuzer dakizue? Edo bere familixena?15 —preguntó Kepa, cambiando de tema.
Tanto Marina como Jesús bajaron la vista para ocultar la congoja que les producía la pregunta. No sabían nada de su hijo mayor desde el 18 de julio.
Juan Miguel era el mayor de los cuatro hermanos. Casado con una joven navarra que había conocido mientras hacía el servicio militar en Pamplona, para cuando estalló la guerra llevaba ya casi seis años viviendo allí. El golpe militar lo había dejado al otro lado de una frontera, de un frente, que dividía su país en dos, imposibilitando la comunicación entre ambos lados. La angustia de no saber nada de él era aún mayor que la que les producía tener a Kepa en el frente. Al menos sabían dónde se encontraba Kepa, aunque fuera en primera línea de fuego; pero el no saber nada de su primogénito los angustiaba cada día. Más aun desde que empezaron a llegar los rumores y los relatos de los refugiados, rumores que hablaban de fusilamientos masivos, de cunetas llenas de cadáveres, la mayor parte, de no combatientes.
—Ezebez16 —respondió Juanita, liberando a sus padres de la necesidad de responder.
Kepa se maldijo a sí mismo al ver las lágrimas aflorar en los ojos de su madre. «¿Para qué pregunto eso?».
—Iruñan ezta frenterik egon —terció Jesús, dando pie a la esperanza—. Ganera, nik uste dot baten esaztela aitxaginarreba karlistie zala. Seguru bere loban aitxe babestuko bala, txarto jauzi arren, ez dozu uste?17
—Seguru baietz18 —dijo Kepa, recordando el día en el que Juan Miguel les dijo que había dejado embarazada a aquella moza que había conocido en Iruñea y que debía casarse de urgencia.
Ocurrió en el verano de 1931, recién proclamada la República. Juan Miguel disfrutaba de un permiso en el cuartel donde hacía el servicio militar y, coincidiendo con las fiestas de San Fermín, aprovechó para quedarse allí y pasar unos días sin preocupaciones. La misma tarde del primer día de permiso conoció a María Teresa Zarakona, sexta hija de la familia Zarakona-Zubieta, de profundas raíces carlistas. Antes de que finalizase el permiso, Juan Miguel y María Teresa ya estaban profundamente enamorados, como solo una pareja de jóvenes puede estarlo en unas calurosas fiestas de San Fermín. También, aunque aún lo ignoraran, estaban profundamente embarazados, como en ocasiones, les sucedía a algunas parejas de jóvenes tras unas fiestas de San Fermín. Antes de que comenzase el otoño, María Teresa y Juan Miguel ya estaban casados ante Dios y ante la Iglesia. Los Zarakona-Zubieta querían evitar el escándalo a toda costa, de manera que los plazos del romance y el cortejo se acortaron al máximo. El 10 de abril de 1933 nació María Teresa Uribarri Zarakona, una niña sana, de casi cuatro kilos, a pesar de que tanto la familia de Juan Miguel como la de María Teresa se apresuraban a explicar a todas sus amistades que la niña había nacido de forma prematura. No es que aquello fuera algo excepcional en Pamplona. Todo el mundo sabía que abril era mes de nacimientos prematuros, año tras año. Tal vez los aires de la primavera alteraban el normal curso de muchos de los embarazos. Por suerte, repetía todo Iruña con sorna, los niños prematuros de abril, a diferencia del resto de los meses, solían ser rollizos y de buen peso, probablemente gracias, también, a los aires de la primavera.
El caso es que Juan Miguel, una vez terminado el servicio militar, se quedó a vivir en Iruña con la familia de su esposa, y empezó a trabajar en la serrería propiedad de su suegro. Las visitas a Gernika eran cada vez más esporádicas, pero mantenían una continua relación epistolar. Juan Miguel escribía regularmente a sus padres y hermanos, y les contaba cómo le iba con su nueva familia. Asimismo, su madre le escribió todas y cada una de las semanas de aquellos años. Sin excepción. En sus cartas le contaba cómo estaba el resto de los miembros de la familia, sus hermanos y hermana, su padre, y, con algo menos de detalle, cómo estaban Lagun y el resto de los animales del caserío. Pero todas aquellas cartas y noticias cesaron el 18 de julio de 1936, y la angustia crecía con cada día que pasaba.
—Seguru baietz19 —repitió Kepa, tras unos instantes de incómodo silencio, más para sí mismo, en realidad, que para su familia.
Fue Lagun quien, con sus ladridos, sacó al hijo y hermano ausente de las cabezas de todos ellos.
—Bixen! —exclamó Juanita, adivinando que era el hermano pequeño quien había causado los excitados ladridos.
Los cuatro salieron al etarte, el zaguán del caserío, una arcada abierta que daba paso a las puertas de las dos viviendas de las que constaba el edificio.
Bixen había cambiado mucho en los pocos meses en los que su hermano no lo había visto. Seguía siendo joven, pero el cuerpo del hombre en el que se convertiría ya estaba casi definido. Donde Kepa era alto y delgado como un junco, Bixen era bajito y robusto, como una de las mazorcas del maíz que plantaban en el caserío. Las ropas, heredadas en su mayoría de su hermano mayor, le apretaban cada uno de sus abundantes músculos, y le daban un aspecto de forzudo o de harrijasotzaile,20 tal vez.
Lagun saltaba junto a él, mientras el joven reía y hacía amagos de agarrarlo. Reía como siempre había reído, desde que era un bebé, de manera estruendosa. A Kepa le costaba recordar momentos en los que su hermano pequeño no estuviera riendo, feliz... Tanto era así, que sus amigos le habían puesto de mote Alai,21 un apodo que encajaba a la perfección con su personalidad. Ni siquiera la guerra, las penurias, los vecinos que morían en un goteo diario o la ausencia de sus hermanos podían apagar su alegría. No era que fuera ciego a lo que ocurría a su alrededor; simplemente, era incapaz de estar triste. Al igual que de risa fácil, también era capaz de enfadarse con facilidad si algo le parecía mal.
—Aita! Ama! Beitu zer egin dodan!22 —gritaba a pleno pulmón mientras agitaba un pequeño papel, o tal vez cartulina, con la mano izquierda.
Antes de que pudiera dar más explicaciones, su mirada se encontró con la de Kepa y, riendo a carcajadas, esprintó al máximo hasta llegar a la altura de su hermano mayor, para estrujarlo en un poderoso abrazo.
Kepa apenas pudo devolverle el abrazo. Le faltaba el aliento, pero no por el fuerte abrazo de su hermano pequeño, sino porque había reconocido, al instante, la cartulina que tan ufano agitaba Bixen. O tal vez lo que lo había dejado sin fuerzas era la desazón de comprobar que su hermano se había alistado.
—¿Qué has hecho, Bixen? —susurró Kepa al oído y en castellano, para que sus padres no se enteraran—. Tienes que volver y arreglarlo. ¡No puedes alistarte! —siseó.
Notó cómo el cálido abrazo de Bixen se congelaba y este alejaba el rostro unos centímetros para mirarlo de frente.
—¿Qué quieres decir?
Pero no hubo tiempo para nada más, el resto de la familia ya había llegado a la altura de los dos hermanos y fue imposible para Kepa mantener la conversación en secreto como hubiera deseado.
—No pienso volver a ningún lado, me he alistado y voy a luchar contra los fascistas, igual que tú —continuó Bixen, tratando de zanjar la conversación.
—¡No digas bobadas! ¡No eres más que un crío! —intervino, también en castellano, el padre, que había entendido, al igual que el resto de la familia, lo que sucedía entre los dos hermanos.
—¡No soy un crío! ¡Alguien tiene que acabar con esos cerdos fascistas!
—¡Ay, Jesús! —exclamaba, una y otra vez la madre, mientras se tapaba la cara con sus manos.
La única que no decía nada era Juanita. Tan solo miraba con ojos tristes a su hermano pequeño mientras este discutía y trataba de justificarse ante el resto de la familia.
Pamplona, Cuartel General del Ejército del Norte
—Los separatistas continúan retirándose, Juan, eso es indudable —explicaba el general Emilio Mola, comandante en jefe del Ejército del Norte del bando sublevado—. El frente sur está algo estancado, pero avanzamos a muy buen ritmo desde el este. Se están derrumbando; si mantenemos la presión, te digo que tomamos toda Vizcaya antes del verano.
—¿Pero cómo mantenemos la presión, Emilio? Nuestras tropas también están sufriendo un desgaste muy fuerte... Cada pueblo y cada monte nos cuesta un puñado de bajas, los suministros tardan en llegar y tenemos que ejecutar las labores de limpieza en la retaguardia con los que quedan. No vamos a poder sostener el avance mucho más tiempo. Por desorganizado que esté el enemigo, aún sigue luchando —explicaba, paciente, Juan Vigón.
Era la tercera vez que exponía sus argumentos a un obstinado Mola, que insistía en que la presión debía continuar hasta que el Ejército Vasco colapsara y consiguieran la rendición del Gobierno Vasco.
Mola miró una vez más a Vigón y no pudo evitar sentirse a disgusto consigo mismo una vez más. ¿Por qué debía discutir, él, comandante en jefe del Ejército del Norte, con alguien que formalmente no era más que el jefe del Estado Mayor de las brigadas de Navarra? Siete años mayor que él, Juan Vigón estaba, a pesar de la edad, por debajo de él en la jerarquía castrense, sin duda; pero, al mismo tiempo, era jefe del Estado Mayor de Franco y hombre de su máxima confianza. Además, era, en gran parte, artífice del plan militar que estaban ejecutando aquella primavera. Podría estar por debajo en cuanto a rango, pero, en la amalgama de facciones e intereses que constituían el bando fascista en 1937, Mola era consciente de que aquel hombre era su igual, o casi, y que debía acordar con él los siguientes movimientos de sus tropas.
Lentamente, se apartó de la mesa atestada de mapas y miró por la ventana, tratando de ganar algo de tiempo para rebatir los argumentos de Vigón.
—Y está el problema de Guernica, Emilio —dijo Vigón, interrumpiendo las cavilaciones de su interlocutor, mientras ponía el dedo sobre el punto del mapa en el que se situaba la pequeña villa—. Todas las tropas que se retiran del sector este, desde Lequeitio hasta el monte Oiz, van a confluir en los siguientes días en Guernica. No podremos atravesar la ría y el frente sur está cerca... La línea de contacto se va a reducir a muy pocos kilómetros.
Mola, a su pesar, volvió a la mesa y observó, por enésima vez, el punto que señalaba su interlocutor en el mapa. Por supuesto, ya se había percatado de aquella circunstancia. La zona que el Ejército Vasco estaba desalojando quedaba en la margen derecha de la ría de Mundaca, la desembocadura del río Oca, según el detallado mapa que ambos observaban. Con el frente sur firmemente posicionado en la zona del valle de Arratia, la ría propiciaría que la línea del frente se acortara, en ese sector, a unas pocas decenas de kilómetros, y eso era un problema. Las tropas vascas, aunque en retirada, podían ocupar esas decenas de kilómetros con una alta densidad de efectivos. Sería muy costoso tomar esas posiciones al asalto, más aún si se atrincheraban en Guernica. Era un cuello de botella de manual.
—Guernica y su maldito árbol son su símbolo, Emilio. Lucharán a muerte antes de abandonarlos.
—Al contrario, Juan —rebatió Mola—, saben que una lucha urbana en Guernica la dejaría maltrecha. No, la abandonarán intacta y se atrincherarán en los montes. Es lo que hacen siempre —respondió Mola, sin quitar la vista del mapa—. Tienen demasiado miedo a castigar a la población.
—¿Y luego qué, de nuevo a tomar al asalto cada endemoniada montaña? ¿Sabes la cantidad de montes que quedan hasta Bilbao? —repuso Vigón, impacientándose por que Mola no compartiera su punto de vista.
—Sabes tan bien como yo que los asaltos a los montes ya no son lo mismo que el año pasado. Son incapaces de resistir nuestra artillería. Los aventajamos en cuánto, ¿cuatro cañones a uno, cinco a uno? Y de la aviación ni hablo... Sabes que no tenemos más que indicar un punto en el mapa, y los alemanes e italianos lo arrasarán. Tardaremos más, pero perderemos muchísimos menos hombres —argumentó Mola, mientras sacaba un cigarrillo de una pitillera de plata—. Además, ya no quedan tantos montes hasta Bilbao. Por el amor de Dios, Juan, ¡si el plan es tuyo! Estamos ejecutándolo al dedillo.
—Pero todo avanza muy lentamente. Y mientras tanto, ¿qué?, ¿dejamos que los rojos se organicen en Cataluña, en Madrid, en Valencia? Tenemos que tomar el norte, Emilio, y rápido. Aquí está gran parte de la industria, y ya no tendremos divididas a nuestras fuerzas. Con todo el norte y el oeste de España en nuestras manos, podremos centrarnos en aplastarlos a placer —contraatacó Vigón—. Además, tal vez ese cuello de botella sea la oportunidad que estábamos esperando.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el general, sentándose en una cómoda y elegante butaca, mientras exhalaba el humo de su cigarrillo.
—¿Y si arrasamos Guernica, con todas esas tropas dentro? Perderían de un plumazo a gran parte de sus batallones, algunos de los más experimentados, además. Y, de paso, perderán su símbolo. ¿Por qué luchar, si lo has perdido todo? —explicaba lentamente Vigón, mientras se servía una copa de vino tinto—. Podríamos conquistar Vizcaya en unos pocos días, en lugar de emplear todo el verano.
—No podremos avanzar con nuestra artillería para coparlos en Guernica, Juan, sabes que eso no es posible.
—No hablo de la artillería, Emilio. Enviemos a los alemanes, la Legión Cóndor hará el trabajo por nosotros.
—Pero un bombardeo no puede, por sí mismo, hacer lo que dices. Las tropas simplemente se dispersarán. Si no ejerces al mismo tiempo presión desde tierra, de manera que el enemigo esté obligado a permanecer estático, simplemente se dispersarán como un rebaño de cabras —explicaba Mola a su interlocutor, preguntándose cómo era posible que alguien como él no pudiera percatarse de algo tan obvio. ¿Tal vez Vigón no era el estratega que todos pensaban? Aquello era algo que tener en cuenta.
—Es posible —respondió Vigón, mientras se quitaba sus gafas, redondas, y las limpiaba con un pañuelo—. Pero su símbolo quedará destruido.
—Lo único que conseguiríamos es dañar unos cuantos edificios. Parece mentira que no lo sepas, Juan.
—No me refiero a un bombardeo como el de Durango, Emilio, estoy pensando en otra cosa... Me refiero a un bombardeo constante, de horas, con toda la fuerza que podamos emplear. —Juan Vigón se interrumpió un momento mientras se ponía las gafas—. Con las bombas incendiarias que tienen los alemanes...
Mola se quedó mudo, mientras trataba de comprender lo que su interlocutor quería decir, las implicaciones del plan de Vigón.
—Hablando en plata, Juan, lo que propones es que arrasemos Guernica.
—Hasta los cimientos —corroboró Vigón.
—Pero ¿eres consciente de que gran parte de las tropas huirá? —prosiguió Mola.
—Es posible...
—No digo que me parezca mal, pero ¿también eres consciente de que, ahora mismo, Guernica estará atestada de refugiados? Sumados a una población de cuánto, ¿unas cinco mil personas?
—Siete mil —confirmó Vigón, demostrando que era un dato que ya había consultado—. Pero, si las fuerzas separatistas pueden huir de Guernica, también podrán hacerlo los civiles, ¿no?
—Sí, claro... —respondió Mola, mientras pensaba que tal vez los ancianos y los niños no pudieran huir de la misma manera—. La verdad es que sería un golpe tremendo para ellos.
—Tenemos que aplastarlos, Emilio. Que se les quiten las ganas de resistir de una vez por todas. Demostrarles que se enfrentan a la destrucción total de su pueblo si no renuncian a sus fantasías. Un golpe seco, brutal, donde más les duele, y caerán como un castillo de naipes —insistió Vigón, tratando de convencer a Mola.
—Es buena idea, pero esto no se ha hecho nunca, Juan. Una cosa es lanzar unos obuses sobre unas casas, pero lo que dices es otra cosa...
—Vamos, hombre, en la guerra se han quemado ciudades desde que el mundo es mundo. ¿No llegó a arder la mismísima Roma?
—No estoy seguro de que sea lo mismo... Pero reconozco que es una idea magnífica. ¿Lo sabe él?
—Lo sabe —zanjó Vigón sin necesidad de nombrar a quien ambos se referían.
Mola se levantó, paseó brevemente por la habitación y se volvió a sentar, para incorporarse casi de inmediato. Juan Vigón no lo interrumpió; sabía que era necesario que Mola sopesara todas las implicaciones del plan y que lo asumiera como propio. Era importante que todos estuvieran alineados en aquello, ya que, como bien había captado su interlocutor, aquello era algo nuevo, algo que no se había hecho jamás, al menos en la magnitud que él había planeado. Que lo pensara y lo digiriera el tiempo que hiciera falta. No tenía ni la más mínima duda de que aceptaría su plan. Al fin y al cabo, ¿no había sido el propio Mola el que había prometido que arrasaría Vizcaya hasta sus cimientos? Mientras tanto, cogió una segunda copa de la bandeja y le sirvió vino, para después rellenar también la suya.
—Los alemanes no aceptarán, Juan. No querrán verse implicados en algo así. —Mola rompió el silencio, exponiendo el mayor punto débil del plan.
—No lo tengo tan claro... He hablado varias veces con Richthofen y creo que la idea podría... atraerle —dijo Juan, tras dudar de qué palabra utilizar—. Además, le explicaremos que el bombardeo será simultáneo a nuestro avance por el eje Lemona-Amorebieta, y que nuestras tropas cercarán a todos los batallones separatistas en Guernica. Le explicaremos que ganaremos esta campaña en una sola batalla.
—Pero eso es imposible, Juan. Ya lo hemos hablado antes... Sabes tan bien como yo que nuestras tropas no podrán hacer ese avance a esa velocidad, los vascos van a escapar —respondió Mola, mientras aplastaba la colilla en un cenicero.
—Lo sé, pero eso no implica que los alemanes lo sepan —zanjó Vigón mientras se acercaba a su compañero con las dos copas de vino.
Mola lo miró, preguntándose, no por primera vez, cuánta ambición podía tener aquel hombre que, sin un rango militar significativo, ejercía semejante poder en el bando nacional. ¿Cuántos hombres ambiciosos estaban surgiendo en aquella maldita guerra? Como si no fuera suficiente con Franco, que le había arrebatado el liderazgo, cuando ya lo acariciaba con los dedos. Pero, a pesar de todo, tenía que reconocer que era un buen plan. Un magnífico plan.
—¡Por la victoria! ¡Por España! —brindó Mola, levantándose y aceptando la copa, sellando, así, el acuerdo.
—¡Por la victoria! ¡Por España! ¡Y por el Caudillo! —respondió Vigón, mientras observaba cómo los ojos de su interlocutor se entrecerraban levemente ante la mención de Franco.
Notas:
3 «Entra en casa, hijo. Seguro que tienes hambre. Hay algo de morokil del desayuno en el fuego.»
4 «Estoy lleno, madre. He desayunado en el batallón, antes de venir a casa, y no puedo más.»
5 «¿Y padre?»
6 «Está en la huerta, plantando acelgas.»
7 «¡Padre, mira quién ha venido!»
8 «¿La moral está alta, entonces?»
9 «Muy buena, les vamos a dar una buena paliza en verano. Que se desgasten ahora contra nuestras líneas. El problema son esos sucios aviones, y la artillería... Ahí sí que son superiores, pero en el cuerpo a cuerpo no van a poder con nosotros.»
10 «Tú no te arriesgues demasiado.»
11 «Pero, dejémonos de guerras por el momento. ¿Dónde está Bixen?»
12 «A decir verdad, no sé dónde se mete tu hermano… Ha salido a la mañana como alma que lleva el diablo. El morokil que has comido lo tenía preparado para cuando volviera, porque se ha ido sin desayunar.»
13 «Ese tiene la cabeza llena de pájaros. Está deseando que lo llamen a filas.»
14 «Bueno, todavía queda tiempo para eso, seguro que para entonces ya hemos ganado la guerra.»
15 «¿Sabéis algo de Juan Miguel? ¿O de su familia?»
16 «Nada.»
17 «En Pamplona no ha habido frente. Además, creo que una vez me dijo que su suegro era carlista. Me imagino que habrá protegido al padre de su nieta, por mal que le caiga, ¿no crees?»
18 «Seguro que sí.»
19 «Seguro que sí.»
20 Levantador de piedras.
21 Alegre.
22 «¡Padre! ¡Madre! ¡Mirad lo que he hecho!»
CAPÍTULO 4
Sábado, 24 de abril de 1937
Gernika
—Tenéis que marcharos —repitió por enésima vez Kepa. Se lo decía a todos, pero a quien se dirigía era a su padre—. Aita, ¡no podéis quedaros! En unos días o semanas van a entrar en Gernika.
