Guerras Floridas - Ilde Salher - E-Book

Guerras Floridas E-Book

Ilde Salher

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Beschreibung

Sinopsis de Guerras Floridas: La vida de Hernán Mendoza transcurría de manera normal hasta que descubrió que era la reencarnación del dios Quetzalcóatl. Ese suceso lo adentró al mundo excepcional de los naualli, donde los dioses conviven armónicamente con los humanos. Sin embargo, tras los acontecimientos ocurridos en Templo Blanco, se dio cuenta de que fuerzas oscuras tratan de romper la armonía entre los dos mundos. Ahora, después de haber librado la batalla del pasado Equinoccio de Primavera, Q —como llaman sus amigos a Hernán—, se prepara para el evento más grande del Anáhuac: Las Guerras Floridas: una justa deportiva donde compiten los mejores dioses y naualli con el fin de poner en alto el nombre de sus respectivos campus. Pero la edición de este año será histórica, traerá consigo revelaciones inesperadas y, los rumores sobre los uláak, seres oscuros antediluvianos y enemigos de la humanidad, comienzan a volverse más reales. Guerras Floridas es la segunda entrega de la Trilogía «Tierra de Dioses». Acompaña a Hernán a conocer a otros seres mitológicos y culturas antiguas, ya no sólo de México, sino del resto del Anáhuac, donde Q deberá enfrentar nuevas aventuras, desafíos y peligros, que lo llevarán al límite de sus capacidades mágicas y divinas.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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IldeSalher

Índice

Prólogo

12 de junio de 1947

1 Icózim en Tahëojc

Quetzalcóatl

2 Guerras Floridas

Mictlantecuhtli

3 Campo Marte

Xochiquétzal

4 Semilla de duda

Yuma Romero

5 Tlaacicayotl

Quetzalcóatl

6 Malinalco

Huitzilopochtli

7 Campus Caguana

Tláloc

8 La vida afuera

Carlos Mendoza

9 Carrera de ihuwa kitsistanká

Quetzalcóatl

10 Tetlatequililiztli

Huitzilopochtli

11 Amigos desconocidos

Patricio Schwartzman

12 Campus Tzintzuntzan

Xipe Tótec

13 Rarajípara

Xochiquétzal

14 Xochimilco

Cuauhtémoc Tapia

15 Tlatototzalli

Quetzalcóatl

16 Eco-Challenge

Itzpapálotl

17 Tumut

Huitzilopochtli

18 Campus Chichen Itzá

Tláloc

19 Xibalbá

Quetzalcóatl

20 Ichtacayo

Patricio Schwartzman

21 Tamax chi’

Hurakán

Glosario

XVIII Edición de las Guerras Floridas

Lista de equipos participantes

Para la abuela y Pérez.

Que se me adelantaron en el camino antes de terminar este libro.

Lo siento.

Prólogo

12 de junio de 1947

Arreboles suavizaban con sus tonos pastel el acontecer que nunca termina en el gran espacio del Cielo Trece, hogar de los dioses creadores. En este lugar resulta imposible contar los colores. Los edificios de obsidiana arcoíris que cuelgan como racimos de estalactitas, tan grandes como rascacielos, brillaban con todos los colores del universo. Las plantas y rocas en el Omeyocan, como también se le conoce al Cielo Trece, parecen brillar con una luz interior propia, haciendo que las sombras aquí sean imperceptibles. Enormes plataformas en forma de hamacas, tan grandes en dimensiones que resulta difícil decir dónde terminan, por lo que parecen flotar, agrupan otros edificios de obsidiana que sirven de aposentos para las criaturas divinas que aquí habitan.

Decir cómo se llega al Omeyocan sería difícil de explicar a cualquier humano, pues ellos no pueden entrar, a diferencia de la tierra o el inframundo. Según los aztecas, cuando los dioses crearon el universo, lo organizaron de manera horizontal en cuatro puntos cardinales, y de manera vertical, en veintitrés niveles. Nueve de estos niveles corresponden al inframundo, uno más para la tierra, que ellos llaman Tlalticpac, y trece para el espacio celeste.

Primero tendrían que pasar por el Metztitlán, el cielo donde se mueve la luna y se sostienen las nubes. De ahí al segundo, conocido como Cintlalco, el lugar donde se mueven las estrellas. Estas están divididas en dos ejércitos, las Centzon Mimixcoa, las cuatrocientas estrellas del Norte y las Centzon Huitzinahua, las cuatrocientas estrellas del Sur. En este nivel también se encuentran la vía láctea, la osa mayor, la osa menor y todas las constelaciones.

Tonatiuhtlán, es el nombre que se le da al tercer cielo, lugar donde se mueve el sol. Aquí se desplaza el gran astro en su camino hasta el occidente antes de esconderse en el inframundo. Huitztlán, el cuarto cielo, es el nivel de la estrella grande, la más brillante, conocida por los chavochi como Venus. El quinto nivel, el Mamaloaco, es el cielo que se hunde o taladra. En este lugar se mueven los cometas y las estrellas fugases.

El sexto cielo, Yayauhco, es el nivel donde se mueve la obscuridad. Aquí es donde nace y crece la noche, ese lienzo negro que puede verse detrás de todos los niveles anteriores. Al séptimo cielo, el Xoxoauhqui, se le conoce como el cielo azul, es el lugar donde el sol se aparece cada mañana y muestra su rostro durante el día. De ahí se avanza al Nanatzcalóyan u octavo cielo, lugar donde surgen las tempestades. Aquí es donde las tormentas que llegan a la tierra son creadas.

Se le conoce como Teoiztacuauhco al noveno cielo, lugar donde se mueve la luz, hogar del dios blanco, pero también donde deambulan las Tzitzimime, terribles criaturas de cuerpos esqueléticos, que se lanzarán sobre el mundo y devorarán a los humanos cuando nuestro sol muera. Un lugar mucho más agradable es el Teocozáuhcuauhco, décimo cielo y nivel donde se orienta el sol. Es una región amarilla donde el astro habita durante su paso por occidente.

De ahí sigue el Teotlacuauhco, undécimo cielo y lugar donde se mueve el calor. Este es un cielo rojo donde el sol muestra su rostro al momento del atardecer. Es un lugar especial porque aquí se origina el fuego divino, elemental para la creación. El siguiente nivel, el Teteocán, es el cielo donde habitan y conviven los dioses. Desde este lugar se toman las decisiones que gobiernan al mundo.

Y así, se llega al Omeyocan, el decimotercero cielo, lugar de la dualidad y de la creación. Es aquí donde habitan los dioses más antiguos, padres de toda la generación de dioses en el nivel inferior, creadores del universo y de todo lo que en él coexiste.

Este es el hogar de Inti el dios del sol de los quechuas, que con aquellas llamas en su cabeza hacían que fuera fácil ubicarlo desde cualquier lugar. Era común ver a Ometecuhtli y Omecíhuatl, el señor y la señora de la dualidad, padres de cinco de los dioses más importantes para los aztecas, caminando tomados de la mano mientras disfrutaban de largos paseos conversando con Coatlicue, la diosa de la tierra, que avanzaba a pasos agigantados sobre sus pies de garras de jaguar.

Uno de los pasatiempos favoritos en esta bóveda de colores pasteles era entretenerse con partidas de kuiliche, juego conocido como “los palitos que suenan”. Con frecuencia se podía ver a Bayamanaco, el dios del pan de yuca de los taínos con su compatriota Maquetaurie Guayaba, siendo observados de forma minuciosa por Nakawé, madre de todos los dioses, y por el dios Kauyumari, para corroborar que jugaran de acuerdo con las reglas.

El tiempo aquí no sucede de forma lineal. Imaginémoslo como un nudo hecho de una larga cuerda de henequén, que traslapaba el pasado, presente y futuro de manera constante. En el Cielo Trece se recordaba con nostalgia el presente cuando este aún no sucedía, y se toman decisiones en el pasado para afrontar eventos de infinitos futuros. Por eso, las estaciones en el Omeyocan cambiaban de manera constante con el paso de las horas y no era extraño amanecer con los edificios de obsidiana cubiertos de nieve, para ver los enormes prados color magenta florecer tan solo unas horas después.

En un lugar en el que están acostumbrados a ver sucesos increíbles, originados por la orenda de estos maravillosos seres, este día, o ayer para los chavochi, sucedió algo extraordinario. De pronto, el trino de las aves mágicas que habitaban este cielo enmudeció, un violento viento avanzaba desde el horizonte y azotó con gran fuerza a los habitantes del Omeyocan que, sorprendidos, se miraron unos a otros con extrañeza, como buscando en los rostros de sus compañeros alguna señal que diera respuesta al inusual acontecimiento.

Los dioses Toci, Maquetaurie Guayaba, Inti, Meltí ipá jala y Wakan Tanka, todos conocedores del futuro, levantaron sus cabezas al firmamento y al unísono entonaron las palabras:

—¡Fue mañana, es ayer, será hoy! —al tiempo que sus ojos se iluminaron de un color imposible de entender por los humanos, de tal intensidad, que el resto de los dioses debieron cubrir sus ojos, pues la magnitud de la luz los cegaba. Solo pudieron bajar la guardia de sus brazos con los que se protegían cuando un sonoro golpe mostró a los cinco dioses con visiones del mañana, desmayados sobre los pastos de color verde, cuyo tono cambiaba tornasol con la luz del gran astro.

Fue Hunab Ku, el dios supremo de los mayas quien sugirió trasladarlos a la cámara del Consejo para ayudarlos a recuperarse y celebrar una reunión de emergencia. Los dioses caídos fueron auxiliados por Ñamandú, de la tribu de los guaranís, y por Temáukel, de la tribu selkman, quienes los atendían mientras Tloque Nahuaque, el dios invisible, por quien todos viven y del que dependen todas las cosas, los hacía flotar a través de la habitación elevando los cuerpos de los caídos hasta el centro de la cámara.

La diosa Toci, patrona de las mujeres que pueden leer el futuro mirando la superficie del agua, fue la primera en despertar del trance y se encontró rodeada del resto de los dioses creadores. Con una mano en la cabeza, para mitigar el dolor que le causó la visión que tuvo, se dirigió al resto y comentó:

—Se llegó el día.

La pareja suprema Ometecuhtli y Omecíhuatl le preguntaron si estaba segura, pero la respuesta llegó de inmediato con la interrupción de Wakan Tanka, el gran espíritu de los lakota sioux, quien también despertó y confirmó el mensaje:

—El dios blanco ha encontrado su camino de regreso a la tierra, dando así inicio a la profecía del Quinto Sol.

—Debemos preparar la senda en la tierra —sugirió Maquetaurie Guayaba, dios omnisciente, también conocedor del futuro.

La discusión en el Consejo del Cielo Trece se tornó acalorada por momentos, mientras los dioses decidían su proceder. Era fundamental que algunos dioses esperaran la llegada del dios blanco en la tierra y prepararan el camino con los humanos en el Anáhuac, quienes no habían convivido con los dioses en décadas, pero acordaron que no podían ser los habitantes del Omeyocan los que deberían bajar, pues ellos jamás han interferido en los asuntos de la Tierra desde su creación. No fue igual de fácil lograr un consenso para permitir que no solo los dioses del Cielo Doce bajaran a Tlalticpac. Algunos quisieron prohibir que los dioses del inframundo subieran al plano terrestre.

—Hay demasiados peligros en el inframundo que deben ser resguardados —sugirió Toci.

—Todos los dioses deberían tener la oportunidad de caminar por la tierra —comentó Hunab Ku—, no solo en el inframundo se vigilan amenazas —algo en lo que, al final, el resto de los dioses del Cielo Trece coincidieron, no por decisión unánime, sino por mayoría de votos.

Fue así como a Kauyumari, dios huichol y habitante también del último cielo, organizador del mundo y mensajero de los ancestros, se le dio la misión de bajar al inframundo y Teteocán, la morada del resto de los dioses, para decirles lo que estaba por acontecer, en busca de voluntarios para ser los primeros en bajar a Tlalticpac. Con agilidad montó su enorme venado azul, cuyas astas resplandecían de un hermoso azul fosforescente, y cabalgó al encuentro de los dioses en el nivel inferior.

No fue necesario que pasaran más de dos estaciones para obtener una respuesta, y antes de la siguiente nevada, Kauyumari regresó con dos de los dioses más antiguos del duodécimo cielo, Báalam, el dios jaguar y Huehueteótl, el viejo dios del fuego. Ambos se ofrecieron como voluntarios para ir a la tierra, pero antes recibieron una serie de advertencias de parte de los dioses creadores.

—No sabemos cuánto tiempo pasará antes de que otros dioses los puedan acompañar —aclaró Meltí ipá jala, dios de luz y creador de los kiliwas.

—Además, si deciden viajar —mencionó Inti—, no recordarán nada los primeros años durante su estancia en la Tierra y perderán todas sus habilidades —ambos dioses solo asintieron con la cabeza.

—Vivirán como humanos y experimentarán todos sus dolores, frustraciones y limitaciones —les señaló la diosa Nakawé.

El dios Jaguar y el viejo dios del Fuego se miraron uno al otro, antes de devolver sus ojos al consejo para refirmar su decisión.

Entonces el Consejo se puso de pie, Bayamanaco y Ñamandú alzaron con sus manos los cuerpos de los dioses del duodécimo cielo y al unísono recitaron:

—¡La puerta de entrada y de salida a la tierra, es el dolor!

Báalam y Huehuetéotl se retorcían del tormento mientras flotaban en el centro del Consejo y de pronto sus cuerpos se desvanecieron con un fuerte resplandor y, después de sus gritos, la sala se hundió en un silencio amargo.

Antes de poder adaptarse a la adrenalina causada por el emotivo evento, y sin haber tenido tiempo de recuperar el aliento, Temáukel, el dios detrás de las estrellas, comentó:

—Ningún dios con el poder de ver el futuro debe bajar.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Tloque Nahuaque.

—Porque si algún dios con visiones del mañana descubre lo que está por venir, mientras habita en Tlalticpac, se arrepentirá de estar ahí y haber dejado la seguridad del cielo —contestó Temáukel.

—Será mejor vigilar y cuidar a su hermano —sugirió la diosa Coatlicue.

—Demasiado tarde —contestó Hunab Ku, quien miraba a la distancia, percibiendo en el firmamento, una respuesta solo evidente para él—. ¡Ha escapado!

.

1 Icózim en Tahëojc

Quetzalcóatl

Cincuenta y un grados centígrados…, ¡a la sombra!, así son las temperaturas durante el verano en Sonora y a pesar de lo que mis amigos pudieran pensar, no tienen ni idea de lo emocionado que estoy por visitar este lugar.

Siendo sincero, esta no es la manera en la que yo quería pasar el verano. Sé que muchos alumnos aprovechan el corto período entre un semestre y otro para adelantar cursos o irse de vacaciones. De hecho, muchos alumnos en Chapultepec parten rumbo al Campus Tulum, que en este período es la escuela con el mayor alumnado, pues todos quieren disfrutar las maravillosas playas al fondo del acantilado del Castillo, pero yo solo deseaba estar tranquilo en mi casa en Ciudad de México y cerdear.

Después de lo…, insólito que resultó mi primer año en Chapultepec, lo menos que deseaba para estas vacaciones era saber algo de clases, exámenes y actividades escolares. Pero cuando Itzpapálotl me dijo que una de las empresas que apoyaba de Eco-Aventura estaba buscando ayuda para abrir una nueva zona de escalada en un cañón en el estado de Sonora, mi escalador interior no pudo dejar pasar la oportunidad y heme aquí, cual cachora, llenándome de energía con este sol intenso, pasando mi verano, o como los seris lo llaman: icózim, en la Isla Tiburón.

El icózim en Tahëojc, nombre seri para la Isla del Tiburón, es una agradable sorpresa desde el principio. Mi papá no tuvo problemas en dejarme pasar el verano acá: con su proyecto del Soots’ bien encaminado, y a punto de empezar las primeras instalaciones piloto en algunos de los campus de la comunidad, pensó que sería buena idea el que yo estuviera bajo la supervisión de alguien, ya que él se encuentra bastante ocupado en su nueva oficina dentro del corporativo de las Empresas Tlatoani Moctezuma, de la familia de Tláloc, y muy pronto empezaría a viajar a las diferentes escuelas. El plan de mi papá tuvo el banderazo casi de inmediato por parte de los dueños, porque si bien apenas la retirada de Encoz del proyecto del Templo Mayor tuvo lugar, su dueño, el licenciado Ricardo Alvarado, de inmediato anunció con bombo y platillo el lanzamiento de un prototipo de turbina eólica llamado “Leshusa”, de características muy similares al Soots’ de mi papá, que pretendía producir energía eléctrica a bajo costo. Curioso que hubieran escogido ese nombre para su proyecto, siendo la lechuza un depredador natural de los murciélagos.

Cualquiera pensaría que las cosas para Encoz estarían complicadas, por decirlo de una manera sutil, después del fracaso que resultó su planta de energía en el Templo Mayor y de la ola de críticas tras su bochornosa salida del recinto. De manera inocente, pensé que no tendrían manera de recuperarse, pero la gente con dinero suele encontrar una manera de salirse con la suya. El dueño de Encoz no dejaba de aparecer en fiestas de la crema y nata de la sociedad o en reuniones empresariales con gente de gobierno.

Al parecer, Encoz aún conserva algunas influencias en las altas esferas del gobierno y logró, para su beneficio, cambiar la Ley de Publicidad Exterior para quitar el límite de las dimensiones de los hologramas publicitarios que se ven en las banquetas y calles, para hacerlos ahora de hasta setenta y cinco metros de altura. Desde entonces, es común ver anuncios publicitarios en las principales ciudades de México con hologramas tan altos como edificios. Ni los accidentes viales, producto de la distracción que tales hologramas causan, ni las críticas de muchas personas y organizaciones que se quejan de la contaminación visual debido al cambio de esta ley, hicieron eco en las autoridades, pues Encoz, quien tiene buena parte del negocio de la publicidad en México, necesita sanar sus finanzas a toda costa, sin importar la opinión del público en general. Yo lo único que conservo de aquella mala experiencia laboral de mi papá es el celular que me regalaron cuando recién nos mudamos a la Ciudad de México, así como una duda enorme: Si ellos sabían acerca de la energía del Templo Mayor, ¿qué otras cosas sabrían de la comunidad naualli y de los dioses?

Por fortuna, desde que nuestra comunidad se hizo cargo de la administración del Templo Mayor y de la mayoría de las ruinas en el país, la relación con el gobierno chavochi va viento en popa, sobre todo con el carisma de su presidente, Octavio Cruz Luján, que, si bien está al final de su período, aboga por el respeto a los derechos de los indígenas y su importancia dentro de la economía del país. En honor a esta nueva relación de cooperación con los chavochi, el Consejo de Ancianos de nuestro país anunció el primer viaje académico a Europa durante la pausa de invierno, en donde alumnos de nuestro campus tendrán la oportunidad, durante dos semanas, de tomar lecciones en algunos de los mejores museos del viejo continente para clases como las de Historia del Arte, Zoología, Historia, Arte de la Guerra, entre otras. Un programa piloto que se pretende replicar en otros campus de la comunidad.

Yo no quería empezar este nuevo año escolar con preocupaciones. Suficientes piedras tuve en mi camino los primeros dos semestres en Chapultepec como para estar agobiado aún sin que comiencen las clases. Este verano mi única intención era relajarme, pero mis planes cambiaron con el holo-mensaje de Itzpa exponiéndome el proyecto de una nueva zona de escalada en Sonora. Más tardó en explicarme en qué consistía, que yo en hacer mis maletas y, a pocos días de haber terminado las clases en Chapultepec, me encontraba en el aeropuerto de la Ciudad de México con rumbo a Hermosillo, capital del caluroso estado de Sonora.

Desde que accedí a participar en el proyecto del Cañón del Nacapule, cerca de San Carlos, afinamos todos los detalles y los encargados se ofrecieron a costearme los viáticos y darme una ayuda económica por mi asesoría en el desarrollo de la nueva ruta de escalada. En realidad, lo pude haber hecho gratis, yo solo quería aprovechar la oportunidad de ser el primero en abrir una nueva ruta de escalada, pero no quise sonar soberbio y acepté la propuesta. Mi plan original era estar dedicado a su desarrollo durante el verano, pero escuché a la mayoría de mis compañeros hablar acerca de lo difícil y pesado que resulta la carga académica en el tercer semestre en el Campus Chapultepec, motivo por el cual muchos adelantaban uno o dos cursos durante el verano para no estar tan presionados en el nuevo semestre.

Cuando supe que en el Campus Tahëojc una materia de verano no me ocuparía más de cinco horas al día, cuatro días por semana, me di cuenta de que tendría suficiente tiempo para adelantar una clase sin descuidar mi compromiso con el proyecto del Cañón del Nacapule. Y para no estar agobiado por la materia, escogí la más sencilla de todas, Historia Chavochi, en la cual no tengo dudas de que destacaré sin ningún problema, después de todo, ¡viví esa vida por dieciséis años! Además, no me caería mal tener un período libre de vuelta en Chapultepec para el siguiente semestre.

Fieles a su compromiso, una vez que arribo a la ciudad de Hermosillo, una cuadrilla de integrantes del proyecto ya me está esperando en el aeropuerto para llevarme en coche hacia la comunidad de Punta Chueca. El recorrido nos lleva primero a Bahía Kino para luego dirigirnos al norte cruzando el desierto que bordea la costa hasta nuestro destino final. Mi papá me platicaba de lo espectaculares que eran los atardeceres en el estado de Sonora cuando vivíamos aquí, la verdad era demasiado chico en ese entonces como para recordarlo, pero tenía mucha razón. Para apreciarlo de verdad, hay que estar aquí frente a la costa, para ver esa gama de tonos naranjas, rojos y amarillos, en las nubes de fondo tras las montañas. Intento sacar una fotografía del atardecer con mi celular a través de la ventana del coche, pero no hay manera de hacerle justicia a tan maravilloso espectáculo de la naturaleza.

La comunidad seri de Punta Chueca me recibe con enorme alegría. Aún no estoy acostumbrado a las atenciones que me dan gracias al título de dios que gané hace unos meses, así que actúo con respeto y no dejo de agradecer la cortesía. El calendario es apresurado: pasaría la noche de este domingo acampando en Punta Chueca para salir muy temprano por la mañana en lancha y cruzar el estrecho que nos separa del Campus Tahëojc.

Esta noche bajo las estrellas, acostado junto a una fogata, con el sonido de las olas rompiendo en la playa, me recuerda mis días de acampada con mis amigos de la escalada y un dejo de nostalgia me hace añorar la vida que no hace mucho daba por sentada como magnífica, ajeno a lo que me esperaba a mi llegada a la Ciudad de México.

La marea debe haberme arrullado lo suficiente, o quizá solo estaba muy cansado del viaje, pues no escucho el ajetreo con el despunte del alba. No fue sino hasta que un joven —moreno de ojos color café claro y cabello negro— me sacude por el hombro para despertarme con la frase:

—¡Buenos días, Q!

Hant Quizim, el dios caguama de los seri, me saluda de forma efusiva a pesar de la hora. El apodo que me da me sorprende. Creo que Xipe Tótec ha estado usando demasiado El Libro de los Dioses.

—Espero no te marees al subirte a una lancha, el mar amaneció picado el día de hoy —me dice el dios caguama—. Es culpa de Jalkutat, un dragón que es el guardián del agua.

Solo había tenido oportunidad de platicar con Hant a través del libro de los dioses. Él estuvo al pendiente durante los acontecimientos del pasado equinoccio de primavera en el Templo Mayor, aportando ideas e involucrándose con el resto a pesar de la distancia. Me da mucho gusto por fin conocerlo en persona.

Muy temprano por la mañana tenemos que partir rumbo a la Isla del Tiburón para el curso de inducción antes de que empezara mi clase. En el corto trayecto en lancha a la isla desde Punta Chueca, Hant Quizim me explica que la isla es la más grande de México, mide cincuenta y dos kilómetros de largo y tiene cerca de ciento veinte mil hectáreas de superficie, lo que lo convierte también en el campus de mayor tamaño del país. A esta escuela, hogar de seis dioses, asisten los miembros de las tribus cochimí, guarijío —autodenominados warihó—, kiliwa, cucapá, kumiai, paipai, ku’ahles, pima, seri, pápago —también conocidos como odham—, yaqui y mayo —estas últimas dos tribus identificadas con el nombre de yoreme—. Tahëojc es el único campus nómada de México. De hecho, solo hay dos en todo el Anáhuac; el otro es Inuksuk Point en Canadá. Aquí en la isla, a diferencia de Chapultepec, no hay grandes edificios ni salones, las clases se toman muy temprano por la mañana en palapas y carpas, o al atardecer, alrededor de una fogata y, durante el semestre, se mueven alrededor de la isla, siguiendo la tradición seri.

Esta tribu vive de un lado a otro para cuidar la tierra y no agotar sus recursos, evitando cazar o pescar en exceso. Cuando creen haber consumido suficientes recursos de una zona, empacan todo y se mudan a otra parte para lograr que la naturaleza se recupere y se regenere. El Consejo de Ancianos Seri marca la pauta de la vida de la tribu. Sus decisiones son la ley. Incluso si un chavochi se metiera en problemas con la tribu, aquí el gobierno mexicano no tendría injerencia, pues al ser un territorio autónomo, es el Consejo quien sentencia en materia legal, seguridad y disputas entre particulares.

Una vez que desembarcamos en la isla, Hant Quizim, cuya piel bronceada por el sol contrasta de gran manera con la banda tricolor en su bíceps izquierdo de la calli de los tiburones blancos, me acompaña a la mesa de registro para que me inscriba en mi curso de verano en Tahëojc. Hant está a mi lado durante la ceremonia de bienvenida, donde miembros de la tribu seri nos decoran la cara con figuras de flechas y puntos en la zona debajo de los ojos con pintura roja, azul y blanca, los colores de la tribu, iguales a los estandartes que nos reciben a la orilla de la playa en el muelle donde desembarcamos. A diferencia de Chapultepec, donde los alumnos visten plumas en la cabeza o aretes, bezotes de obsidiana en los labios y visten de manga corta los primeros meses de clases, aquí abundan los rostros pintados, collares de conchas de mar y camisas ligeras de manga larga para protegerse del sol.

A todos los alumnos de intercambio se nos facilita una colchoneta flexible, un holo-mapa descargable para nuestras holo-tablets que indican las fuentes de agua dulce, muelles y la serie de palapas permanentes distribuidas alrededor de la isla que se usan durante el semestre donde duermen el staff y las calli del campus, las cuales aquí son las de los tiburones blancos, pelícanos, cimarrones y ballenas grises. Incluso el graderío de las canchas del juego de pelota, donde celebran los partidos del equipo local de las Caguamas de Tahëojc contra los otros campus, son movibles y se llevan de un lugar a otro dependiendo de en qué punto de la isla se encuentra el personal y alumnado en ese momento.

Mi primer día en el campus transcurre sin contratiempos. Una clase muy temprano por la mañana, que termina antes del mediodía y, debido a que no tengo otra materia, el resto del día planeo el montaje de las instalaciones de escalada en el Cañón Nacapule, previo al esperado asado a la hora de la comida, para después retirarnos a la playa a estudiar, leer, descansar al sonido de las olas del mar, o pescar callo de hacha, jaiba o dorado, antes de que caiga la noche para ir a las palapas a esperar la hora de la cena seguido de mi actividad favorita: escuchar las historias de las tribus por parte de los maestros del campus a la luz de una fogata.

En ellas hablan de los tres tipos de criaturas en el universo. Los divinos, quienes se sabe son seres superiores, los humanos y otros seres mortales, y por último los uláak, antiguos gigantes y seres mágicos inferiores atrapados en la tierra, criaturas increíbles, que no habitan entre nosotros como los ziix coosyat, otros gigantes que hablan el lenguaje de las ballenas y que todavía se encuentran en la península de Baja California.

Una de mis historias favoritas es la de Hant Quizim, y de cómo, según los seris, creó la tierra. De acuerdo con la leyenda, hace muchos años solo existían el mar, los animales que ahí vivían, y el cielo. Un día, los animales se pusieron de acuerdo para nadar hasta el fondo del mar para conseguir arena y así crear la tierra. Varios animales lo intentaron, pero el mar era tan profundo que ninguno lograba llegar hasta el lecho marino. Hasta que se le dio la oportunidad a la caguama, la tortuga marina más grande que jamás haya existido. Tras un prolongado descenso, logró llegar al fondo del mar y tomar arena con sus patas en forma de aleta, sin embargo, esta caía de sus aletas al nadar de regreso a la superficie. Pero, siendo la caguama un animal muy inteligente, logró guardar algo de tierra en sus uñas, la suficiente para crear la tierra, dándonos así el espacio donde nosotros vivimos. Por eso para los seris la caguama es un animal sagrado, y Hant Quizim, su principal deidad, quien durante la narración de esta historia no deja de mirarme con orgullo.

Tengo oportunidad también de conocer a otros de los dioses del campus, entre ellos a Miakbiak, de la tribu pai-pai, el dios que le dio sus dones a los animales. A Komat, el dios gemelo creador del orden de los cucupá. Y a Maija Awi, la diosa kumiai del conocimiento, de quien aprendo el saludo típico de su tribu que se pronuncia ¡Auka!, con el que nos saludamos en el campus. Solo me falta conocer a Go’ochi, el dios chapulín brujo de la tribu yaqui y a Itom achai, el dios de la luz de la tribu mayo, quienes a pesar de tener aquí en la isla algunas de las playas más hermosas del Golfo de California, deciden ir a pasar su verano como muchos otros a Tulum.

Pero sin duda con quien más congenio es con Hant, quien suele pasar sus tardes surfeando sobre su enorme caguama a quien llama axíiha, que parece disfrutar el deporte tanto como él. Siendo alumno de intercambio, una de las calli del campus te acoge durante tu estancia en la escuela y Hant me ofrece ser parte de la calli de los tiburones blancos. No solo somos de la misma edad, sino que además tenemos muchos gustos en común. Él es un ferviente amante de la naturaleza, le encanta acampar, y cuando le cuento del proyecto en el Cañón del Nacapule, de inmediato se ofrece a acompañarme para conocer el lugar y aprender un poco más del deporte de la escalada en roca. No tiene que insistirme mucho, así que el jueves, terminando nuestras clases en Tahëojc, me dirijo a la palapa de los tiburones a esperar a Hant, quien reserva una lancha para emprender el trayecto a Guaymas y trabajar en el proyecto.

—¡Auka, Q! —me saluda tan pronto llega— ¿Cómo quieres regresar a tierra firme?, ¿remamos o prefieres una lancha de motor?

Es obvio que Hant ha vivido toda su vida cerca del mar, y que aprendió de los seris a conocer las mareas, las corrientes y a respetar la fuerza del agua, pues es un excelente navegante y por eso logramos cruzar sin problemas, remando, el estrecho. Una camioneta de la empresa de Eco-Aventura está ya esperándonos del otro lado para llevarnos por el recorrido de cerca de dos horas y media hasta llegar al cañón.

Durante mi primera noche en Guaymas aprovecho para saludar a mis amigos y a mi papá. Disfruto tanto la convivencia en la isla que me olvido por completo de los acontecimientos que suceden en tierra firme. Xipe se encuentra haciendo verano en Tulum y las fotos que me comparte por la holo-tablet de las borracheras en las fiestas que se organizan, vienen acompañadas de mensajes explicando cómo estando allá, descubre que él no se puede poner borracho. Por más mezcal, pulque, tequila y cuanto alcohol estuvieran sirviendo en la fiesta toma, su cuerpo se recupera tan rápido que no le causa efectos. Después de una semana allá, desiste y prefiere dedicarse a contemplar las tonterías que los demás hacen en estado de ebriedad, lo cual me hace recordar sus visitas a las canchas del juego de pelota cuando yo practicaba, y que él iba solo a ver por el martirio que significaban los entrenamientos para nosotros los novatos. Comparte su estancia en la Riviera Maya con Hurakán, el dios de las tormentas, de pómulos grandes y quijada tan fuerte que parece que te puede cortar con ella, que aparece en una de las fotos que envía Xipe junto a Zhuy Kah, la diosa maya de la pureza. También pasan ahí el verano Bi’ayid, el dios murciélago, Zaquicoxol, el dios maya del volcán y, por supuesto Mâm, el dios huasteco de la embriaguez.

Mi papá ha estado viajando con Tláloc por todos los campus del centro de México, instalando las primeras turbinas Soots’ para empezar la fase de prueba, y están preparando la agenda para continuar hacia el sur con los campus en tierras mayas, para intentar tener al menos una cuarta parte de las escuelas con turbinas funcionando antes de que empiece el nuevo semestre.

Tan pronto llega el viernes, empiezo con la tarea de desarrollar actividades en el lugar para fomentar el turismo en esta zona del estado. La forma de herradura del Cañón de Nacapule produce un micro-ecosistema, por los ojos de agua y las corrientes de aire mucho más frescas que en el resto del desierto, haciéndolo un hermoso oasis. Al empezar a escalar las paredes del cañón, encuentro unas zonas increíbles para montar anclajes y desarrollar un par de rutas de escalada de distintos niveles de dificultad, pero me siento un poco frustrado, cuando encuentro algunas zonas con unas rocas de colores increíbles. Pero la piedra ahí es muy quebradiza, por lo que tenemos que descartar un área enorme para montar rutas de escalar. En su defecto, decidimos considerar otro tipo de recorridos en el lugar, como rappel, tirolesa, cañonismo, senderismo y puentes colgantes para ofrecer a los visitantes diferentes actividades, todo en un solo lugar. Hant no duda jamás en ayudarme con el montaje de los cables, anclajes, cuerdas y demás equipo necesario para la instalación de estas nuevas actividades. Su excelente condición física y nervios de acero, nunca lo hacen mostrar ni una pizca de miedo, sin importar el riesgo del trabajo que tenemos durante el día.

Así paso los siguientes fines de semana en Sonora. Después de las cuatro o cinco de la tarde de cada domingo, dependiendo de qué tanto avanzamos en el trabajo, la camioneta nos lleva de vuelta a Punta Chueca para cruzar en lancha el estrecho y llegar así a la isla, listos para la semana de clases.

Pero la mañana del martes de mi última semana entre la playa y el desierto, mientras estoy aún acostado en la palapa de los tiburones blancos, escucho una voz que me dice:

—¡Auka, Hernán!

Nadie en la isla me llama así, por lo que giro mi cuerpo para ver a la persona que me saluda y, al instante, la somnolencia que tengo se me quita cuando veo a mi papá, de pie a un lado de mi colchoneta con una enorme sonrisa.

—¡Es en serio!, ¿qué haces aquí? —le pregunto mientras me paro de un salto y lo recibo con un enorme abrazo.

—Cambio de planes —me dice—, a Tláloc le pareció buena idea probar al Soots’ en un ambiente con clima extremo para ver su funcionamiento, y también para empezar a contemplar la posibilidad de otros tipos de producción de energía eléctrica, como las fotoceldas solares. Nuestras opciones eran dos, o el Campus Paquimé, o el Campus Tahëojc. Decidí empezar aquí para sorprenderte.

El asombro de su visita crece cuando detrás de él veo a Tláloc. Entonces entiendo que su compromiso con el proyecto es real y está cien por ciento involucrado en él. Pero ahí no paran las caras familiares que llegan a la isla. También viene con ellos Itzpa, quien los acompaña para darle un cierre al proyecto del Cañón del Nacapule y evaluar su entrega final.

Por la mañana y mientras yo estoy en clases, Tláloc y mi padre trabajan en la instalación del Soots’. Ya en la tarde, después de comer, recorro con mi papá el campus, desde las playas, los muelles de desembarco, las palapas de las calli, hasta una visita al Palo Fierro sagrado, árbol endémico del desierto de Sonora que produce la tlayanalli que protege a este campus de la vista de los chavochi. Los seris aprecian mucho al palo fierro porque con ellos fabrican unas increíbles figuras artesanales representando diferentes animales típicos del desierto y del mar del estado de Sonora. Por eso la clase de Artesanías de Palo Fierro es una de las clases con más alumnos durante este verano. Le llaman así a este árbol porque es la única madera del mundo que no flota en el agua y se hunde. Incluso tengo oportunidad de ayudar a mi papá y a Tláloc en la instalación del primer Soots’ en el norte del país. Al ser un campus nómada, una fuente de energía eléctrica movible le viene al campus como anillo al dedo.

El viernes por la tarde, la emoción de Itzpa es evidente cuando ve en el cañón el proyecto terminado, así que tan pronto concluyen los exámenes finales, y me despido de todos los amigos, maestros y personal de Tahëojc, cruzamos por última vez el mar que separa a la Isla del Tiburón de Punta Chueca e iniciamos el recorrido rumbo a San Carlos, para entregar y concluir nuestro trabajo con la empresa de Eco-Aventura. Hant siente el compromiso de estar también presente durante la entrega y presentación, por lo que decide acompañarnos hasta San Carlos.

La sorpresa que se lleva la mariposa de obsidiana, Itzpa, es enorme, al ver lo que en tres semanas logramos en el cañón, y escuchar lo complacidos que están los dueños de la empresa que contrató nuestro trabajo. Sobra decir que nos da el visto bueno, y a partir de este momento, ella se queda con la tarea de elaborar un plan de mercadotecnia, promoción y difusión, para dar a conocer esta nueva opción de turismo de aventura en el estado de Sonora. Después de dar por terminado el reporte, Itzpa se acerca a mí con una notoria alegría:

—¡Muchas felicidades!—dice. También me da un beso en la mejilla y un fuerte abrazo.

—Has aprendido mucho de mí, hermano —dice Tláloc mientras pone su brazo derecho alrededor de mi cuello.

—¡Güey!, este es el primer verano que trabajas —contesto.

Un fuerte golpe de su codo en mi pecho hace que suelte un recio quejido y ambos sonreímos. Extrañaba a mi familia y amigos de Chapultepec.

Por desgracia, llega así el momento amargo de despedirme de Hant. Él debe regresar a Punta Chueca, y yo emprender mi camino de regreso a la Ciudad de México, para empezar un nuevo semestre, no sin antes tomarnos unas últimas fotos.

—Llegando a Chapultepec las subiré a El Libro de los Dioses, hashtag #MarYViento —comento. Un abrazo da por concluida nuestra aventura de verano y lo invito a que nos visite en alguna ocasión a la Ciudad de México—. No se lo digas a los chilangos, pero la verdad es que hay muchas cosas para hacer si tienes la compañía adecuada —digo.

—Te prometo que iré tan pronto tenga oportunidad —contesta con una enorme sonrisa.

Al subirnos a la camioneta de la empresa, el chofer nos pregunta que, si para nuestro regreso a la capital del país, nos dejaría en el aeropuerto de la ciudad de Hermosillo o en algún otro punto.

—¿Conoces aquí alguna agencia de renta de autos?

—Papá, ya tengo mi boleto de avión de regreso —contesto sorprendido.

—¿Desde cuándo mi hijo le dice que no a un road trip?—me pregunta incrédulo.

El destino quiere, al parecer, que una vez más sean las carreteras de México las que me lleven hasta la capital para un nuevo ciclo escolar, tal como sucedió un año atrás.

Después de rentar una camioneta en una agencia de autos de Guaymas, y tras acomodar nuestras maletas, iniciamos el camino de regreso al centro del país previendo una escala de descanso en el maravilloso puerto de Mazatlán, en el vecino estado de Sinaloa. Tláloc, quien es el único de nosotros que tiene licencia de conducir, se turna con mi papá para manejar el trayecto en carretera. Las anécdotas durante mi estadía en la Isla del Tiburón y las constantes peleas entre los cuatro para escoger cuál canción poner, hacen el viaje por demás llevadero y lo llenan de carcajadas. A pesar de haber rentado una camioneta, el espacio en la parte de atrás es incómodo, por lo que abusando de la confianza con Itzpa, en un punto pongo mi cabeza sobre sus piernas para poder estirarme, haciendo que más pronto de lo que espero, me quede dormido.

No es el sonido del tráfico del puerto de Mazatlán lo que me despierta, sino sentir los dedos de Itzpa jugando con mi cabello y su mirada clavada en mí, como cuando sentía a mi papá que me miraba mientras dormía desde la puerta de mi cuarto, lo que hace que al abrir mis ojos se encuentren de forma incómoda con los suyos, y al ver que despierto, quita rápido su mano de mi cabeza y gira su rostro para mirar hacia afuera por la ventana. De inmediato, me levanto para sentarme al otro extremo del asiento para apreciar nuestro paso por el destino turístico que nunca había visitado con anterioridad.

Lo malo es que no tenemos mucho tiempo para conocer aquel paraíso del pacífico. Solo descansamos unas horas antes de continuar nuestro camino hacia chilangolandia, por lo que rentamos dos habitaciones en un hotel en la zona dorada de Mazatlán. Si vamos a estar tan solo unas horas, al menos que sean con una de las mejores vistas hacia al mar. Tláloc, al ver el hotel que habíamos seleccionado, no pudo evitar mostrar una cara de desagrado. Sin reparar en gastos, escoge un lujoso hotel.

Comparto la habitación con mi papá, quien duerme profundamente cansado después del largo trayecto en carretera. A pesar de que yo también estoy bastante cansado, no puedo dormir y me levanto a mitad de la noche para salir al balcón de nuestra habitación a contemplar el mar, quizá por última vez en mucho tiempo. Papá debe haber notado el ruido del tráfico en las calles, o la brisa que entra a la habitación al dejar la puerta del balcón abierta, porque se levanta de la cama para acompañarme.

—¿Qué haces despierto?—pregunta.

—Tengo nostalgia de viaje, creo. No lo sé la verdad, no consigo dormir. Aquí es mucho más ruidoso que en la isla.

—Intenta al menos recostarte en la cama, mañana nos espera otra larga jornada en carretera si queremos llegar con buen tiempo. Las piernas de Itzpapálotl solo pueden soportar tu cabezota por cierto tiempo —dice mientras me da una pequeña palmada en la espalda y levanta sus cejas de manera sarcástica.

—¡Ja, ja!, qué gracioso eres. Veo que quieres molestarme desde ya y recuperar el tiempo perdido que no tuviste durante el verano —contesto.

—Ella es una buena persona, ¿ocurre algo ahí que quieras contarme? —pregunta en tono más serio.

—Es solo una amiga, así que no va a pasar, Celestina —digo. La plática poco a poco se torna más insulsa, pero me hace notar lo mucho que extrañaba bromear y convivir con mi papá.

El segundo trayecto en carretera hacia nuestro destino final resulta igual de largo y cansado, llevándonos por ciudades como Tepic, Guadalajara y Morelia, antes de arribar a las caóticas calles de la Ciudad de México, el sábado por la noche, ya casi entrada la madrugada del domingo. Dos enormes hologramas publicitarios de Encoz, de más de setenta metros de altura, están justo en la entrada a la ciudad. Me es imposible no pensar en mi cabeza: “Bienvenido a casa”.

Tláloc nos hace el favor de dejarnos a mi papá y a mí en nuestro departamento, antes de llevar a Itzpa a su casa, quien vive más al sur de la ciudad. Subimos a nuestro piso y solo arrojo las maletas en la entrada para después escabullirme a mi habitación y caer rendido a mi cama…, la extrañaba.

Una serie de holo-mensajes no logran levantarme de mi cama, por lo que dejo sonar tanto la holo-tablet como mi celular sin molestarme. Tan solo pensar que hoy domingo tengo que hacer maletas para regresar a las clases en Chapultepec que empiezan mañana, me abruma. Mis esfuerzos son inútiles y no puedo permanecer en cama cuando el timbre de la entrada a nuestro departamento suena y escucho a mi papá gritar desde la ducha:

—¡Hernán, atiende la puerta!

En un auténtico estado zombi, camino hacia la puerta de entrada y, con los ojos aún sin poder enfocar de tan cansado que estoy, abro para encontrarme con la persona que menos esperaba: Yuma.

—¿Propiedad de Chapultepec?—pregunta.

—¿Cómo?—su pregunta me toma por sorpresa y de inmediato me hace perder el sueño.

—Tu playera, eso dice, “Propiedad de Chapultepec” —responde Yuma.

—La compré en el Museo de Historia Nacional, ¿cómo has estado, Yuma?, ¿qué tal tu verano? —contesto ya más relajado. Lo intento distraer con otras preguntas para que olvide mi playera. Sin invitación, se pasa de largo y se sienta en la sala, lo que me obliga a cerrar la puerta y acompañarlo.

—Mejor que el tuyo creo, ya que no supe nada de ti durante las vacaciones. No tenías nada relevante que platicar o me hubieras contactado, ¿no es así, amigo? —pregunta.

—Estuve unas semanas escalando en Sonora, una nueva zona, no pude desaprovechar —contesto, pero algo en su tono irónico y retador me parece extraño.

Por fortuna mi papá sale de bañarse y mientras preparamos un muy atrasado almuerzo, me ayuda a esquivar y contestar la prolongada marea de preguntas de Yuma. Me da gusto verlo de nuevo y de mejor humor del que esperaba. Los últimos meses no han sido fáciles para él, después de que su papá perdiera su trabajo y luego la casa donde vivían. Así que me aferro eso para no desesperarme y lo atiendo de la mejor manera, como en los viejos tiempos.

Yuma, siendo siempre cortés, entiende que debe retirarse para darme oportunidad de preparar mis maletas antes de irme a Chapultepec, no sin antes darme una arrastrada en uno de sus videojuegos favoritos.

—Te dejo para que empieces a empacar, mañana comienzas las clases en el internado… —alarga la última vocal, quizás esperando que lo interrumpa con una respuesta.

—En el mismo internado del año pasado —digo—, y sí, tienes razón, es momento de empacar. ¿Nos vemos el fin de semana?

—Espero te puedas hacer un tiempo, o Esteban de nuevo me tendrá que rescatar de mi aburrición.

—¿Esteban?—pregunto.

—Un vecino con quien pasé casi todo el verano. Lo conocí cuando regresamos al viejo departamento al norte de la ciudad.

—Tengo que conocer ese lugar —digo seguido de la sonrisa más grande que puedo poner en mi cara para que no note que me duele escuchar acerca de los cambios en su vida.

—Hernán en el norte de la Ciudad de México, ¡eso lo tengo que ver!, vete preparado y lleva tu gas pimienta —dice en un tono burlón.

Nos despedimos con la promesa de vernos cuanto antes, y tras retirarse, regreso a mi habitación para la dura tarea de empezar a empacar, no sin antes revisar la holo-tablet que no deja de parpadear con notificaciones de mensajes de texto que tengo sin leer. Necesito unas vacaciones para descansar de mis vacaciones, pienso mientras leo el último holo-mensaje de Xochiquétzal:

«Reunión en casa de Mictlantecuhtli, para ir a Xicalli a ver el sorteo en vivo de las Guerras Floridas. ¡NO FALTES!».

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2 Guerras Floridas

Mictlantecuhtli

No hay mejor manera para despedirme de mi barrio, que con un delicioso plato de migas en mi puesto favorito sobre la calle Panaderos. Un platillo delicioso hecho con migas de pan, huevo entero y chile, servido todo en un caldo de hueso de cerdo, delicia típica de Tepito, el Barrio Bravo.

Estoy a punto de consentirme con un segundo plato cuando me llega el holo-mensaje de Xochiquétzal avisándome que todos acudirían a mi casa para de ahí partir rumbo a Xicalli para la pouia de las Guerras Floridas. Caminar el kilómetro que me separa de mi vecindad me llevaría menos de quince minutos, así que, a pesar de la advertencia de que todos se encuentran en camino, me doy tiempo de terminar mi platillo, sin apuros. La paciencia es una de las mejores virtudes que he aprendido en el mundo de los humanos.

El apodo de Barrio Bravo se lo ganó este rincón de la Ciudad de México desde hace mucho tiempo. ¡Y cómo no!, si desde sus orígenes sus habitantes siempre han sido provocados. En el tiempo de la conquista, cuando Tenochtitlán fue vencido y el emperador Cuauhtémoc derrotado tras ocupar el icpalli después de la muerte de Moctezuma, Hernán Cortés mandó erigir aquí una iglesia conocida ahora como la Parroquia de la Concepción Tequipehucan para honrar su victoria. Una bofetada que hasta la fecha sus habitantes no han sabido perdonar del todo, pues al frente de la fachada de la iglesia todavía hoy en día se puede leer una placa empotrada en la pared de la parroquia que dice: “Tequipehucan (lugar donde empezó la esclavitud). Aquí fue hecho prisionero el Emperador Cuahtemotzin, la tarde del 13 de agosto de 1521”. El Barrio Bravo, nunca olvida.

Desde que Tepito formaba parte de Tlatelolco, siempre tuvo una vocación comercial. Conocido antes como el barrio de los mecapaleros, aquí antes había una aduana que regulaba las mercancías que entraban para su venta en la gran Tenochtitlán. Aquella mercancía que no pasaba los controles de calidad terminaba vendiéndose en Tepito. Quizá desde entonces hemos sido reconocidos como un lugar en donde la gente va a comprar mercancía de segunda mano, mejor conocida en estos días como fayuca. Pero no todo en el barrio es mercancía de mala calidad o pirata, aquí se fabrica muy buen zapato. Tenemos el único taller en el país para la reparación de organillos y somos sede del Museo Indígena, ubicado en la antigua Aduana de Peralvillo, otro lugar que se instaló en la época de la corona para administrar y cobrar tributo a los comerciantes que entraban a la ciudad, ¿y cuál era uno de los principales productos que por aquí pasaban y que generó enormes riquezas a la corona española?, ni más ni menos que el pulque.

Después de la conquista, inició la construcción de la Ciudad de México y los españoles ocuparon el centro de la ciudad para vivir ahí. Barrios como el de Tepito fueron reconstruyéndose gracias a los indígenas y mestizos que vivían en los alrededores del centro, quizás una de las razones por las que terminé naciendo aquí. Otra sería sin duda, la relación cada vez más notable que la gente de Tepito tiene con la muerte. Las calles que me llevan de vuelta a mi casa me hacen pasar por el altar a la Santa Muerte —levantado por Enriqueta, una tepiteña de hueso colorado—, al cual acuden cientos de personas todos los días a darle las gracias. Aquí en Tepito se sabe de la eterna amistad que la vida tiene con la muerte y, por lo tanto, hay que estar muy bien con ambas.

Me es imposible no mirar a la Santa Muerte con recelo cada vez que paso frente a su altar, recibiendo las gracias de la gente del barrio y llenándola de halagos, diosa falsa digo yo. Creo que esos halagos están mal enfocados, si lo que quieren es un aliado en el inframundo, deberían corregir la brújula de su fe tan solo a un par de calles más al norte con destino a mi casa.

Este sentimiento de adorar a seres fantásticos creció bastante en días recientes entre los chavochi. Tras los videos de lo sucedido en el pasado equinoccio del mes de marzo, fue común empezar a escuchar a la gente hablar acerca de esos misteriosos héroes que aparecieron en medio de los desastres naturales. Los más jóvenes los idolatraron con increíble rapidez, siendo la comidilla en redes sociales al menos durante unos días. “Falsos ídolos” fue el nombre con el que algunos líderes religiosos chavochi sepultaron la euforia, muy para conveniencia de nuestra comunidad.

Al pasar frente a uno de los mercados ambulantes, saludo como siempre a Lourdes, la reina del albur, indiscutible campeona en el arte del juego de palabras con doble sentido. A veces me arrepiento de hacerlo, pues su pericia, más de una vez me hizo sonrojar y reconocer, que su mente es mucho más rápida y sucia que la mía. Ante eso, no había nada más que contestarle, salvo aceptar que al menos había perdido ante la campeona.

Llego a mi vecindad en la calle de San Bartolomé, una de las más antiguas del barrio que aún conserva los lavaderos en el centro a ras de piso, si bien en total desuso, sigue siendo en sus alrededores donde los habitantes de la vecindad se reúnen para intercambiar rumores. Y el chisme del día de hoy es, nada más y nada menos, que la visita que espero en nuestra casa, razón que doy para no acompañar a mis vecinos a una cascarita en la calle antes de que lleguen mis compañeros, jóvenes de diferentes estratos sociales que será imposible que pasen desapercibidos en el barrio.

Mi familia tiene una panadería en Tepito y con eso nos mantenemos, una proeza económica considerando que yo soy el último de nueve hijos que mis padres procrearon. Al entrar a casa, antes de que Amá me pida ayudarle a rallar cáscara de naranja, nuestro xoloitzcuintle, Hades, me recibe con entusiasmo como siempre.

—Hoy no te puedo ayudar, Amá —contesto—. Los otros dioses de Chapultepec no tardan en llegar y debo terminar de empacar antes de eso.

—Al menos ayúdame a llenar un tambo de agua, hoy solo nos dejaron seis horas de agua y más vale tener para cuando lleguen tus compañeros.

Pongo mi playlist de Caifanes de fondo justo a tiempo antes de que la puerta suene. El primero en llegar es Xipe, quien después de soltar sus maletas en el umbral de la puerta, me da un abrazo.

—¡Tuve el mejor verano de mi vida!—dice—, ¿qué tal el tuyo, Mictla?

Tras una plática aburrida de mis nulas actividades durante el verano el resto de los dioses comienza a llegar. Xochiquétzal es la segunda, seguida de Itzpapálotl y Tláloc, quienes llegan juntos. Tan pronto Q cruza la puerta de mi casa de inmediato dice:

—¡Tu casa huela a naranja igual que tú!, y qué buena rola tienes en la bocina “No dejes que” de Caifanes, ¡güey!, un clásico.

La razón del aroma, le explico, es debido al negocio familiar de la panadería ya que somos los únicos en la ciudad que ofrecemos pan de muertos durante todo el año. Nuestra receta secreta, incluye una doble dosis de ralladura de naranja en la confección de la masa. Al escuchar eso, creo que el olor, que al parecer percibe de mí, por fin tiene sentido.

Para nadie es sorpresa que Huitzilopochtli sea el último en llegar, malhumorado como siempre, lo noto por la forma en que avienta sus maletas al entrar a la casa. Una vez reunidos todos alrededor de la larga mesa del comedor, y con una enorme canasta con pan al centro, nos sentamos a platicar antes de partir rumbo a Xicalli.

—¿Y tú qué hiciste este verano, Huitzi? —pregunta Xipe, quien luce ahora su cabello color azul oscuro.

—Cuidar al esposo de mi madre. Creemos que tiene cirrosis. Al parecer el cuerpo humano solo puede soportar cierta cantidad de alcohol durante una vida y creo que él ya la pasó por mucho —contesta el dios de la guerra.

—¡¿Neta?!, yo descubrí este verano que mi cuerpo soporta mucho alcohol —contesta Xipe de manera infantil.

—Pero Xipe, apenas y tienes dieciséis años —reclama Xochi.

—¡Ay, ya siéntese señora! —bromea Tláloc, lo que hace que todos soltemos una carcajada.

—Los extrañé a todos —agrega el dios de la primavera—, incluido a ti, Huitzin —dice mientras lo abraza por el cuello.

—Espera, ¿quién te dijo a ti que podías ponernos apodos a todos? —reclama el dios de la guerra.

—Soy el único con una pizca de gracia en este grupo, así que la responsabilidad de los apodos tenía que caer en mí.

Su personalidad no me permite darle un argumento en contra.

—Itzpa, faltas tú de contarnos qué hiciste durante el verano —dice Xochi.

—Explotar a Q para uno de sus tantos proyectos —contesta Xipe antes de que la diosa guerrera pueda responder.

Noto que el comentario pone tanto a Q como Itzpa algo incómodos, tal vez por lo desatinado del mismo, pero el momento embarazoso es interrumpido por el sonido de una caja de música que Tláloc acciona al levantarle la tapa. El dios de la lluvia —vestido con chaleco y corbata, es el único de nuestra edad que conozco que se puede vestir así y no dar la ridícula impresión de ser un chambelán— está inmerso por completo en la melodía que toca cuando, de pronto, una descarga eléctrica de sus ojos hace que la música se detenga y de la caja empiece a salir humo. Adivino en la cara de Tláloc lo apenado que está cuando mi Amá asustada se le acerca para ver si se encuentra bien, más preocupada por él que por la caja.

—Señora, lo siento mucho, no sé qué pasó, últimamente he tenido estas descargas y no puedo controlarlas —dice Tláloc.

—No te preocupes por la caja, pondré a uno de mis hijos a repararla, ¿tú estás bien? —pregunta mi Amá.

—Estoy bien, en verdad, pero por favor permítame mandar arreglarla o comprarle una nueva —insiste el dios del rayo.

—De ninguna manera, tú eres un invitado de mi hijo y esto es un mero accidente, Tepito será un barrio humilde, pero podemos costear accidentes del dios de lluvia, igual que tu familia.

Mi mamá se refería a los accidentes que Tláloc ocasionaba de niño que a veces inundaban su casa en Las Lomas. El orgullo de Tepito lo lleva mi madre muy en su sangre.

El tiempo apremia por lo que empezamos a prepararnos para tomar el metro rumbo al centro y llegar a tiempo para ver la transmisión de la pouia. Mi madre nos sugiere que dejemos las maletas, y se ofrece a que mi familia las lleve a Chapultepec, para no tener que andarlas cargando en el transporte público.

—De ninguna manera, señora; no se moleste, es mucho el equipaje y no queremos causarle más problemas aparte de la invasión que ya hicimos a su casa —dice Q.

—No es ninguna molestia, y esto no es negociable. Vayan y disfruten de la transmisión, entre mi esposo y mis hijos nos haremos cargo, dejen voy por ellos. ¡Al rato llego, mijo, no me tardo! —se despide Amá al salir por la puerta como siempre me dice cuando me deja en casa.

Mientras muevo todo el equipaje para poder abrir la puerta y salir, Xipe se acerca al oído de Q para decirle:

—Con nueve hijos tienen manos suficientes para hacerse cargo de las maletas.

—¿Tienes nueve hermanos, Mictlantecuhtli? —me pregunta Q sorprendido.

—Ocho en verdad —contesto—, yo soy el noveno hijo.

—Al parecer, Mictla se quedó con todos los hermanos que nos tocaban —dice Xipe al dios del viento—, ¿has notado como el resto de los dioses somos hijos únicos excepto él?

Siento un poco de tristeza al descubrir en ese momento que ninguno de mis compañeros tuvo la oportunidad de convivir con hermanos o hermanas como yo, algo indispensable para entender la dinámica en familia de los humanos. Creo que el destino quería que yo, el dios del inframundo, estuviera siempre rodeado de vida.

—¿Y todos tus hermanos viven aquí?—pregunta Itzpa.

—Mis cuatro hermanos más grandes ya están casados y viven por separado en otras casas de la vecindad en la planta alta, aunque seguimos siendo mayoría en la cuadra, ¿cómo creen que pudieron entrar sin problemas y sin ser molestados? —digo con una enorme sonrisa—. Ok, suficiente de mi familia, debemos partir rumbo a Xicalli si queremos llegar a tiempo.