Templo Blanco - Ilde Salher - E-Book

Templo Blanco E-Book

Ilde Salher

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Beschreibung

Templo Blanco Sinopsis: 21 de diciembre de 2012: la fecha en la que la Liga de las Mil Naciones convocó a los jefes de las tribus naualli, de todo el Anáhuac, para que presenciaran una ceremonia que les revelaría un antiguo misterio. Para ello, se valdrían de los rituales contenidos en un códice ancestral, pero la asamblea fue infiltrada, y el códice robado y destruido. Años después, Cuauhtémoc Tapia, el jefe de Protocolo y Seguridad del Templo Mayor, presenció un suceso que lo dejó atónito: la orenda de un joven chavochi (un no naualli), Hernán, activó la energía mágica del antiguo recinto. ¿Acaso se relacionaba con el incidente del 2012? Para corroborar sus sospechas, solicitó una audiencia con el Consejo de Ancianos para que lo examinaran. Cuán grande fue su sorpresa cuando descubrieron que no era un naualli, sino un dios. Sin embargo, no todos los naualli aceptaron la naturaleza de su divinidad, por lo que Hernán tendrá que afrontar una serie de pruebas para demostrar su valía. En su travesía por la sociedad naualli, descubrirá una nueva cosmovisión del mundo que lo dejará maravillado: el juego de pelota, magia chamánica, creaturas mitológicas, ciudades ocultas… pero, paralelamente, conocerá la amenaza de los uláak, seres oscuros antediluvianos que planean enemistar a los humanos con los dioses con el fin de llevarlos a un conflicto inminente.

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Seitenzahl: 598

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Templo Blanco

Primera edición: agosto, 2023

ISBN: 978-607-59868-1-4

E-BOOK ISBN: 978-607-59868-2-1

D.R. © 2023, Ilde Salher

D.R. © 2023, derechos de edición mundiales en lengua castellana:

Grupo Editorial Literato, S.A. de C.V. Av. Chapultepec Sur núm. 15, piso 11,

Col. Ladrón de Guevara 44600, Guadalajara, México

www.editorialgalahad.com

Galahad

es un sello de Grupo Editorial Literato.

Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares de la misma mediante alquiler o préstamos públicos.

Edición

Jorge A. M. Trujillo

Corrección

Jorge Cuevas

Portada

Áurea González

Ilustraciones al interior

Yvett Arzate

Diseño y formación

Alejandro Ramírez Monroy

ePub v3.0

Índice

Prefacio

Prólogo

1 La voz del viento

Hernán

2 Por los caminos de México

Carlos Mendoza

3 Temazcalli

Cuauhtémoc Tapia

4 El Consejo de Ancianos

Napuctún

5 La Puerta de los Leones

Hernán

6 ¡Pásele, Güerito!

Xipe Tótec

7 La Calli de las Águilas

Hernán

8 Un grano de maíz a la vez

Tlahuicole Núñez

9 El Tlachtli

Chicomecóatl

10 Entre tres mundos

Hernán

11 Los Axolotes

Xipe Tótec

12 Campus La Venta

Huitzilopochtli

13 Chapultepec versus Guachimontones

Itzpapálotl

14 Yollotl

Yuma Romero

15 Cincalco

Xipe Tótec

16 Campus Monte Albán

Huitzilopochtli

17 Equinoccio de Primavera

Carlos Mendoza

18 Templo Blanco

Tláloc

19 Teotl Iztac

Hernán

20 Tlacamictiliztli

Cuauhtémoc Tapia

21 Mauizmactli

Chicomecóatl

Glosario

Para el abuelo.

Que en donde sea que esté, tal vez sentado en un sillón, con café y cigarro en mano, les diga a quienes lo estén acompañando: “Estoy leyendo este libro”.

Prefacio

Cientos de años en preparativos fueron superados por un mensaje de sangre. El intruso solo tenía que seguir las instrucciones al pie de la letra. Encontró la puerta trasera del museo abierta, tal y como estaba planeado. Gracias al brazalete de jade, pudo entrar sin problemas. A la hora señalada, aprovechó el cambio de guardia para adentrarse al espacio donde el más longevo y débil de los chamanes se preparaba para la ceremonia. Kuradenk era líder de la tribu boruca de Costa Rica, a quien debía sustituir. Revisó una vez más el documento que contenía las órdenes de lo que debía hacer; el olor putrefacto de la sangre con que estaba escrito le revolvió el estómago. Sin darle oportunidad de defenderse, tomó al líder de los borucas por el cuello cuando este entró al espacio asignado para prepararse y con un rápido movimiento cegó su vida. Se vistió con sus ropas, se puso su máscara de jaguar y ocultó el brazalete de jade con el resto de las joyas en su muñeca, cuidando de no borrar los tatuajes que se había pintado en los brazos, los necesitaba para la ceremonia, pero era importante deshacerse de ellos tan pronto saliera del recinto. Su suerte estaba echada. No le preocupaba que encontraran el cuerpo. Para entonces, ya sería demasiado tarde. Su equipo había pensado en todo y le proporcionó una manta que reflejaba la luz y hacía invisible cualquier cosa que cubría. Si hoy lograba su cometido, cambiaría el curso de la historia y quizá, con un poco de suerte, podría salvar su vida. Un ligero temblor sacudió el recinto; sus cómplices estaban emocionados.

Prólogo

21 de diciembre de 2012

Esa noche decembrina, las series de luces navideñas y el ajetreo de las compras tardías, ayudaron a que la congregación de jefes pasara desapercibida. Los dirigentes de las tribus naualli se reunían frente al Museo de la Ciudad de México. Incluso, debido a que todos iban vestidos con sus trajes típicos, no faltó el chilango distraído que dejaba unas monedas a los pies de algún jefe, como solían hacerlo al ver a un indígena en las calles de la moderna capital. Justo en la esquina del museo, dos jefes naualli eran interpelados por las constantes miradas de los transeúntes que salían de su ajetreo para observar su vestimenta: Unay, el jefe de los quechuas, vestía un ajustado gorro de lana de alpaca de vibrantes colores y un poncho rojo bordado con vivos rosas y blancos para soportar el frío de la ciudad. Haiku, el jefe de los huicholes, que se autodenominan wixaritari, portaba un pantalón y una camisa de manta blanca con figuras de venados en color naranja bordados en los extremos y su sombrero de palma del cual colgaban borlas de estambres de colores.

—¿Cuánto tiempo crees que deba pararme aquí para costear mi vuelo de regreso en primera clase? —dijo Unay, con voz profunda y un dejo de su humor característico—. Siempre he querido viajar en primera clase.

—Si viajas hasta Perú, mi hermano, tendrás que esperar un buen rato —le contestó el jefe de los huicholes.

La risa de ambos disimulaba su tristeza al estar en las calles de lo que alguna vez fue la gran Tenochtitlán. Como naualli, tenían un linaje que los conectaba con esos tiempos precolombinos. Sin embargo, con el pasar de los años, los comentarios y acciones de los chavochi, los no-naualli, les habían dejado en claro que el linaje, sabiduría y color de piel de los jefes, eran sinónimo de miseria, falta de educación, de ser un paria para la sociedad.

Así era el panorama previo a la gran reunión de la Liga de las Mil Naciones.

Hacía años que no se congregaban, pero hoy, todos los pueblos indígenas habían enviado a sus representantes al corazón de la ciudad.

—Vamos, Unay —la voz de Haiku denotaba tranquilidad—. Hoy no hay nada de qué preocuparnos. Nuestra magia nos protege, ¿ves? —dijo al señalar la cabeza de una serpiente emplumada labrada en piedra, en el muro de la esquina del Museo de la Ciudad de México.

Ahí pudieron congregarse con sigilo y sin interrupciones. Los jefes, antes de adentrarse en el recinto donde se llevaría a cabo la reunión, admiraban la fachada de piedra volcánica, roja como la sangre. El patio central era cuadrado y sus dos pisos, con pasillos de paredes blancas, estaban sostenidos por columnas y arcos de cantera a su alrededor. Los que visitaban el edificio por primera vez, se maravillaban con la arquitectura y sus detalles.

Uno a uno, desde todos los rincones del Anáhuac, llegaron los jefes de cada una de las tribus para presenciar una ceremonia única que los mayas habían agendado siglos atrás. Una vez sentados en sus respectivos lugares, Haiku y Unay observaban con detenimiento a los voluntarios que ayudaban a los representantes a encontrar sus asientos.

—No cabe duda de que es una reunión especial, ¿eh? —dijo el jefe de los huicholes—. De verdad que todos trajimos nuestros mejores atavíos. Plumajes de las más hermosas aves, algodones de todos los colores y las más variadas piedras preciosas, aunque la mayoría no se desvía de lo tradicional: jade, turquesa y oro.

—Ya lo creo, será una velada memorable —la voz de Unay denotaba suficiencia—. Y pensar que los chavochi creen que este día está maldito. Según ellos, los mayas profetizaron el fin del mundo, pues su calendario se termina hoy.

—¡Qué equivocados están! Lo que los mayas pronosticaron fue en realidad el comienzo de una nueva era y la prolongación de nuestro quinto sol. Con su increíble exactitud para leer los astros y las señales de los dioses, concibieron el inicio de este nuevo ciclo para la noche del veintiuno de diciembre del dos mil doce. Prueba de ello es que escribieron una profecía en un códice que ha sido custodiado por la Liga de las Mil Naciones desde hace centurias y, dicen, contiene los preceptos ritualísticos para realizar una ceremonia que revelará el lugar y la hora de un evento muy especial que nos compete a todos los naualli.

—Todos sabemos la importancia de ese evento. Algunos creen que de él depende la existencia misma del planeta. Pero me pregunto, ¿estamos seguros de que podemos llevar a cabo el ritual cómo se debe? —le dijo al oído—. No hemos realizado una ceremonia así en siglos.

—La mayoría ignoramos el ritual, solo unos cuantos lo han leído —susurró Haiku—. Por eso todos hemos llegado con altas expectativas.

El protocolo de la ceremonia debía seguirse al pie de la letra. Seis chamanes de distintas tribus serían los encargados de llevar el códice al patio, consagrar un fuego nuevo que sería utilizado para leer los fragmentos ocultos del códice a contraluz, y así descubrir tanto el lugar como la hora exacta del evento. Solo el fuego nuevo de este día podía revelar dichos secretos. Tal ocasión venía acompañada de la más estricta seguridad. Los seis chamanes seleccionados serían escoltados por miembros activos de la antigua Orden de los Caballeros Jaguar, para así garantizar tanto la protección del códice, como para que la ceremonia se realizara sin contratiempos. Se sumaron en su interior y alrededores más de treinta Caballeros Jaguar, encargados de vigilar la ceremonia. Empuñaban sus tradicionales macuahuitl, espadas de filo de obsidiana, y cargaban sus chimalli, escudos redondos.

Esa noche, el destino puso al mando a Tlahuicole Núñez, un hombre maduro y uno de los Caballeros Jaguar más conocidos de todo el Anáhuac. Había logrado proezas que le permitieron escalar posiciones con rapidez en la Orden desde que tuvo su primera misión: cuidar el Cincalco. Su trabajo era escoltar a los chamanes seleccionados al centro del museo y resguardar el transcurso del ritual. Acorde a lo planeado, vigilaría junto a la fuente de la ciuatlacamichin.

Una vez que todos los jefes tomaron sus lugares respectivos en los pasillos alrededor del patio central del museo, apagaron las luces y se escuchó el sonido de los tambores. A más de uno se le enchinó la piel. Las puertas traseras se abrieron y, en fila, comenzaron a salir los chamanes; junto con ellos, un aroma de copal que provenía del interior comenzó a extenderse por el patio hasta que llenó todo el recinto.

El primer chamán tenía el honor de cargar el cofre de obsidiana verde que, en su interior, contenía el códice. Tlahuicole lo ayudó a subir por la estrecha escalera que conducía al estrado, construido para la ocasión. Después, tomándolo del brazo, hizo lo mismo con el segundo, quien tenía unos increíbles tatuajes de animales por todo el cuerpo. No fue sino hasta que Tlahuicole estaba por auxiliar al tercer chamán, que vio la negrura en la punta de sus dedos. No sabía con qué se había manchado hasta que sus ojos se posaron en el segundo chamán, cuyos tatuajes de lobos en su brazo lucían desdibujados.

—¡Alto! —espetó.

Pero antes de que pudiera hacer algo, el impostor sacó un artefacto inusual de entre sus ropajes y lo lanzó a uno de los pasillos del patio; al hacer contacto con el piso, una onda expansiva ensordeció e inmovilizó a todos los presentes. Inmune a sus efectos, hurtó el códice del cofre. Le habían asegurado que lo esperaría un coche afuera para ayudarlo en su escape, algo que quedó en un buen deseo. Su vida dependía ahora solo de él.

Tlahuicole vio cómo el usurpador huía del recinto y se adentraba a las calles del centro de la ciudad. En su desesperación, trataba de encontrar una explicación lógica a lo que acababa de suceder. La fuerza que los paralizaba no era magia, pues, de haberlo sido, no funcionaría, ya que el lugar contaba con las mejores defensas chamánicas.

Un grito sordo se escuchó en el patio. Habían recuperado su movilidad.

Seis Caballeros Jaguar, encabezados por Tlahuicole, iniciaron la persecución. La oscuridad de la noche, así como las calles bulliciosas, complicaban localizar el rumbo por el que el ladrón había corrido. Sin embargo, los gritos de enojo de algunas personas que eran empujadas delataron su presencia, quien corría rumbo al Zócalo. De inmediato, los Caballeros Jaguar se dirigieron hacia la misma dirección.

Esquivaron a decenas de personas mientras cruzaban los puestos callejeros. El aroma de los algodones de azúcar y los churros de chocolate se mezclaban con el penetrante olor a agua estancada de los charcos que se formaban entre las baldosas en mal estado. Al llegar a la calle Morelos, los gritos de los vendedores ambulantes dificultaban escuchar las órdenes de Tlahuicole, pero cuando este señaló un viejo edificio en mantenimiento que estaba a escasos metros de ellos, vieron al ladrón escabullirse por una de sus ventanas.

La lluvia que cayó esa tarde hizo que la humedad del ambiente les calara en los huesos mientras se colaba entre las armaduras de los caballeros. Llegaron a la entrada principal del edificio, forzaron la puerta y entraron. No pudieron ver más allá de los plásticos que colgaban de los andamios.

Un timbre los alertó. Era el elevador. Los Caballeros Jaguar se apresuraron a subir los pisos por las escaleras. Tlahuicole se separó del grupo para intentar adelantarse al ladrón, no sin recibir el reclamo de sus compañeros que sabían que era mejor perseguirlo en grupo. Con su macuahuitl, hizo una palanca y abrió las puertas del ascensor. Con gran agilidad, trepó por los cables de acero.

Pateando la puerta, el ladrón tuvo acceso a la azotea del edificio. Debía estar abierta, y ese fue el segundo fallo de la noche. Algo no estaba bien. Le dijeron que la operación sería pan comido. Su corazón latía con gran fuerza y goterones de sudor cruzaban su rostro. Resollando, volteó a su alrededor, movió cajas, desperdigó el contenido de algunas bolsas. Al tumbar una escalera de un golpe, encontró unos derruidos bidones de gasolina. Vació el líquido sobre las escaleras y les prendió fuego con un mechero de soldadura que ahí encontró. Al instante, unas enormes llamas bloquearon el acceso.

Se disponía a alejarse del lugar, cuando algo se movió entre las sombras. En un instante, reconoció la silueta de un caballero jaguar. Sin pensarlo, arrojó el códice a las llamas, que se consumió en segundos. Tlahuicole, quien accedió a la azotea por la ventana desde el piso inferior, se abalanzó sobre él, antes de que pudiera hacer uso de un artefacto idéntico al que usó en el museo; no volvería a caer en ese truco. Tras un forcejeo, levantó al impostor, y lo arrojó con tal fuerza y furia que sus huesos crujieron al impactar con el concreto. Inmerso en un trance de frustración, se acercó al ladrón, quien resoplaba de dolor, pero esbozaba una sonrisa.

—¡Al hombre lo que es de los dioses! —dijo entre estertores—. ¡Al hombre lo que…

El cuchillo de obsidiana penetró su carne e interrumpió sus palabras. Tlahuicole lo retiró ensangrentado de sus entrañas. El ladrón dio su última exhalación al tiempo que los caballeros jaguar se reunían con su líder.

—¿Qué es lo que ha dicho? —preguntó uno de ellos.

—¡Una verdadera blasfemia! —dijo Tlahuicole.

El Museo de la Ciudad de México seguía inmerso en un caos, aunque algunos jefes aún pensaban que tendrían éxito en recuperar el códice. Toda esperanza quedó destruida al ver entrar al grupo de Caballeros Jaguar, cabizbajos, algunos con sus caras cubiertas de hollín. Se acercaron a Napuctún, el chamán que había cargado el códice en la ceremonia, quien se encontraba sentado junto a la Fuente de la Sirena, solo y pensativo, para comunicarle las malas noticias: el códice fue destruido. Acto seguido, le ofrecieron el característico saludo de las Órdenes de los Caballeros: un golpe en el pecho con el puño seguido de una palmada en el corazón.

No tenían ahora manera de saber el lugar y la hora exacta donde sucedería el evento que todos esperaban. El viejo Napuctún se puso de pie.

—Que busquen en todos los rincones del Anáhuac —dijo con su voz serena y grave, que se escuchaba por todo el recinto—, desde Alaska hasta la Patagonia, a cualquier niño nacido el día de hoy y que comiencen las pruebas. Tenemos que encontrar a la creación blanca.

.

1 La voz del viento

Hernán

La voz de la mujer en mi sueño me era desconocida, pero a la vez sonaba muy familiar, como la estrofa de una canción que hace mucho no cantabas, o las líneas de una película que habías olvidado con el tiempo, pero que cuando la vuelves a escuchar, tu mente intenta ubicarla en tu memoria y te preguntas, “¿de dónde conozco esta voz?”.

Su imagen etérea tampoco me ayudaba a identificarla, a pesar de que no era la primera vez que soñaba con ella. La mujer flotaba sobre mí, tratando de darme la mano. Yo alzaba mi brazo, pero apenas lograba tocarla sus dedos de humo desaparecían como neblina. Antes de desvanecerse por completo, me dijo: “Q, es tiempo”, y en eso desperté.

Aún es de madrugada cuando descubro a mi papá junto a mí, cubriéndose el rostro. Supongo que los sonidos en mi cuarto lo despertaron. Había sucedido de nuevo, el fuerte viento agitó las ventanas y la puerta. Con el tiempo, mi papá y mi abuelo descubrieron que ese viento se manifestaba siempre que la mujer de mis sueños se hacía presente.

Me siento sobre mi cama, apenado, pues creía que esto ya lo podía controlar, pero los papeles cayendo desde el techo y el polvo de la alfombra flotando en el cuarto me dicen lo contrario.

—¿Estás bien? —pregunta mi papá.

Su duda siempre es la misma, a pesar de que estoy seguro de que él está más asustado. ¡Y cómo no habría de estarlo! Estos vientos sucedían desde que yo era pequeño, según me cuenta mi papá, quien siguió el consejo de mi abuelo: le dijo que no le contara a nadie sobre estos extraños episodios.

A pesar de la normalidad con la que mi familia ha tomado estas situaciones, conforme crecí, comprendí que esto no era algo normal. Se volvió una regla guardar el secreto, por lo que nunca platicamos mucho sobre el tema después de que sucedía.

Ante tal situación, un atrapasueños de la tribu ojibwa que mi abuela compró en uno de sus viajes a Canadá, descansa siempre en la cabecera de mi cama. Los miembros de esa tribu creen que te protege de malos sueños. Lo extraño es que, cuando el viento aparece en mis sueños, estos nunca son malos, sino todo lo contrario. Esa mujer me produce una paz difícil de explicar.

Mientras mi papá atranca las ventanas y recoge los papeles del piso, trato de pensar en qué fue lo que esta vez había ocasionado el viento. No existe un patrón claro: una buena noche después de festejar mi cumpleaños, o en el descanso tras un extenuante fin de semana de escalada con mis amigos, o al terminar mi semana de exámenes... Lo único diferente que está pasando en estos días es que nos mudaremos de ciudad otra vez. ¿Habría sido esto el detonante?

Mi papá apaga las luces de la habitación. Estamos tan acostumbrados a estas ráfagas de viento que no hay necesidad de decir nada más. Lo veo cansado, creo que solo quiere volver a dormirse.

—¿Fue solo el viento o lo de la luz también sucedió? —le pregunto antes de que cruzara la puerta del cuarto.

Despreocupado, responde que solo fue el viento. Decido entonces que la situación no amerita más atención.

El sonido de mi papá en la cocina me despierta temprano, lo cual significa que el momento que tanto había pospuesto ha llegado: hay que empacar. Pero antes tengo planeado ir a escalar, por última vez, a las paredes de Potrero Chico. Será una buena oportunidad para despedirme de mis amigos.

Si mis cálculos no me fallan, esta es mi mudanza número once en apenas quince años, todas debido al trabajo de mi papá, aunque algunas no las recuerdo porque era demasiado chico. Miro mi habitación, y me es difícil hacerme a la idea de que en unos días quedará vacía. Está tan llena de cosas, de recuerdos. Mi mirada se posa en una fotografía que retrata mi primer cumpleaños, cuando vivía en Santiago, el pueblo en el que nací y que está en la Sierra Madre, a treinta minutos de la ciudad de Monterrey. No recuerdo mucho ese lugar, pues cuando tenía cuatro años nos mudamos a Oaxaca.

Así fue mi niñez, viajando de un lado a otro. La carrera de mi papá estaba en boga: al ser un ingeniero en energías renovables, en este mundo tan contaminado y sobrepoblado, eran constantes los proyectos que su pequeño despacho recibía de varios estados en el país, desesperados por dar abasto de energía limpia a su población.

Fue en uno de esos viajes, en compañía de mi abuelo, que los vientos empezaron a suceder, así como aquel extraño destello blanco que emanaba de mi piel. Los cuidados y revisiones de mi abuelo, quien es médico, ayudaron a tranquilizar a mi papá, ya que físicamente estaba en perfecto estado. Lo que sea que generaba la luz en mi interior debajo de mi piel, no parecía afectarme en nada. Sin entrar en detalles, mi abuelo investigó sobre qué podría causar esa bioluminiscencia; me hizo estudios y análisis bioquímicos, pero al final, todo indicaba normalidad, por lo que decidieron mejor mantenerlo en secreto y evitar que ojos curiosos interrumpieran la armonía que teníamos como familia.

La tranquilidad que le dio mi abuelo, animó a mi papá a cuidarme solo. Desde entonces, los constantes movimientos dentro del país los hacíamos solo él y yo. Eso nos acercó mucho, pues tuvo que aprender a lidiar por su cuenta con los esporádicos vientos y rayos de luz de mi interior. Al estar solos y ser yo de tan corta edad, mi papá no se quiso arriesgar a solicitar la ayuda de una niñera, le aterraba que mis episodios sucedieran a la vista de alguien más.

“¡Qué niñera ni que ocho cuartos!”, recuerdo que dijo mi abuela: “Hernán no necesita de nadie más. Para eso está su familia. Y si el atrapasueños no es suficiente, también le daré este ojo de dios de los huicholes; estará protegido y siempre acompañado. Los espíritus wixaritari lo cuidarán”. Si bien mi abuelo se fía en la ciencia, mi abuela es muy esotérica. Mi papá siempre confió en ambos, así que por increíble que parezca, ese amuleto ayudó a que se sintiera con más seguridad para soltarme.

Fue así que, con esa libertad, cuando nos mudamos a Saltillo, me escabullí mientras mi papá hacía sus ocupaciones y aprendí a escalar, un pasatiempo que allá es muy popular. Estar al aire libre me producía una sensación de familiaridad. Sentir el golpe del viento en esas alturas, me hacía entrar en comunión con el viento. En lugar de que me invadiera el miedo, me sentía en paz y lo único que pensaba era en subir más y más. Incluso en una ocasión, sin más, empecé a escalar sin el equipo adecuado, para hacer tiempo en lo que llegaba el grupo de amigos que me estaban enseñando el deporte y continué subiendo hasta llegar a la cima. La sensación de libertad que me daba el viento fue incomparable; pero no duró mucho. Al llegar, algunos de los güeyes del grupo con los que escalaba y que supervisaban los ascensos gritaron asustados desde abajo y me decían que regresara, que extremara precauciones al bajar.

Empecé a descender, pero de pronto, uno de mis pies resbaló al ponerlo en una salida de la pared que tenía grava suelta. Mis manos se afianzaron con fuerza al borde del peñasco mientras mi cuerpo colgaba y sentía la totalidad de mi peso sobre los dedos que se clavaban como garras a la roca. Escuché un extraño eco acompañando al viento que con suavidad me dijo al oído que no me preocupara, que estaría bien, al tiempo que las ráfagas me ayudaron a afianzarme con mayor facilidad a la pared. Sorprendido por la ayuda del viento, volteé hacia abajo y escuché que me gritaban:

—¿Estás bien?

Esa fue la primera vez que creí haber escuchado la voz del viento escondida entre los gritos de los demás.

No olvidaré cuando nos mudamos a Monterrey, una ciudad que se volvió muy especial para mí. Ahí tuve a mi primera novia, mi primer beso, mi primera fiesta a escondidas en casa de mi papá, creció mi pasión por el mundo de la escalada, que me hizo conocer a mucha gente. Lo cierto es que algunas de estas cosas parecen banales, y aunque las disfruté, lo realmente trascendental en esta etapa de mi vida fue que aquí acepté el hecho de que yo era diferente a los demás y que era mejor si aprendía a esconder lo del viento y el brillo. Me hice muy bueno en ello.

Disfruté tanto de Monterrey, que me dolió la noticia de una nueva mudanza. Mi papá me dijo que había aceptado un trabajo en la compañía Encoz en la Ciudad de México; empezaría en junio del 2028. Mi deseo de encontrar un lugar donde establecerme y al cual pertenecer, al parecer no tiene fecha de llegada. Toda mi vida ha sido así, sentir esa desconexión, ese sentido de impermanencia.

Jamás me había tardado tanto en preparar una mochila para salir a escalar, pero tengo muchas cosas en la cabeza que por primera vez mi mente no está en las paredes de Potrero Chico. El claxon del carro de mis amigos me hace salir de mi melancolía y asimilar que, si esta es la última oportunidad que tendré para escalar con ellos, lo ideal es convertirlo en un momento especial. Tomo mi mochila, bajo con rapidez del segundo piso y cruzo el aroma a café con vainilla que perfuma la casa como cada fin de semana cuando mi papá no trabaja.

—Te cuidas y te reportas —esas palabras llegan antes de alcanzar la puerta.

Algo en este día me hace regresar a la cocina para darle un fuerte abrazo a mi papá, quien lee en su holo-tablet el periódico. Desde la muerte de mi mamá, él ha sido la única constante en esta vida de cambios y mudanzas. Aun así, su sorpresa al abrazarlo es una señal de que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hicimos esto.

—¡Lo prometo, te quiero! —una sencilla frase que ayuda a suavizar el momento.

El camino a Potrero Chico, hacia el norte de la ciudad, es como un cambio de mundo. El tráfico al salir, el escapar de los hologramas de anuncios publicitarios de la ciudad hasta dejar atrás los semáforos, da cabida a un momento donde solo se escuchan nuestras risas, la música en el coche y el sonido del viento al entrar por las ventanas abiertas, algo que de seguro extrañaré.

El plan es acampar por la noche para despertar temprano y aprovechar el clima fresco de la mañana para hacer la ruta que habíamos seleccionado, un multilargo llamado Time Wave Zero.

Tan pronto llega la noche encendemos la fogata al terminar de levantar el campamento. Con el olor de la leña quemada y la carne asada, empiezan mis amigos, uno a uno, a dar graciosos discursos a manera de despedida.

—Definitivamente extrañaré tu curiosidad, esa característica jamás nos había causado tantos problemas, pero a la vez generado las más increíbles aventuras —dice uno.

—Y qué decir de su impaciencia, la cantidad de equipo de escalada que ha salido volando por los cielos cuando no lograbas un ascenso al primer intento —comenta otro.

Las anécdotas continúan, pero el crujir de los últimos leños y los estómagos llenos, nos invitan a meternos en nuestros sacos de dormir y hacer por última vez una de nuestras tradiciones favoritas: contarnos historias de terror. No es por presumir, pero mis historias son las mejores, recogidas durante el tiempo que convivía con mi abuelo, que muchas veces me causaron problemas para dormir solo cuando era pequeño, siendo mis favoritas los cuentos y leyendas de nuestros pueblos originarios. Les cuento que, de acuerdo con las historias de mi abuelo, los antiguos aztecas creían que cuando los dioses bajaban a la tierra, debían pasar por una ordalía para demostrar su valía, pruebas y desafíos de lo más escalofriantes.

Historia tras historia se van callando las voces hasta que todos terminan quedándose dormidos. Yo prefiero mil veces dormir con el cantar de los grillos y el ulular de los búhos, que con los anuncios de las ciudades. Eso hace que esta noche sea una maravilla.

La mañana tarda demasiado en llegar, yo estoy desesperado por salir de mi saco, ponerme mi equipo y caminar hacia la ruta programada. Desde un principio nos organizamos en ocho parejas de escaladores y a mí me toca con Arturo, un amigo que no tenía mucha experiencia escalando, pero debido a que tiene muy buena condición física, eso no me preocupa. Cada pareja empieza a instalar su equipo y poco a poco nos vamos despegando del suelo. Al poco tiempo de iniciar, las parejas estamos distribuidas por toda la pared. Algunos se adelantan, los inexpertos se van quedando cada vez más abajo, pero nosotros llevamos buen ritmo.

Hoy no tengo prisa, solo quiero disfrutar el momento. La ruta es tan grande que se requieren varios largos o tramos para terminarla. En el tramo quince, noto que a Arturo le empiezan a doler los brazos, así que bajamos el ritmo y descansamos por más tiempo colgados de las cuerdas.

—Ya no puedo más —me dice en el tramo dieciocho—, yo hasta aquí llego.

Esa ruta ya la había hecho muchas veces así que no me duele en lo absoluto dar por terminado el ascenso. Le digo que empezaremos a bajar y los demás harían lo mismo. Rapeleamos el tramo diecisiete y el resto de nuestros compañeros comienzan a descender también, pero en eso escuchamos las palabras más terribles para cualquier escalador: “¡Piedra, piedra, piedra!”, gritan arriba. Subo la mirada y veo una roca del tamaño de un refrigerador que golpea el tramo de arriba justo encima de nosotros.

Reacciono de inmediato tomando a Arturo para pegarlo a la pared y pongo mi cuerpo encima de él. El impacto de la roca en la pared hace que se deshaga en varios pedazos, pero aún son enormes y vienen justo hacia donde estamos. Hago tanta fuerza en los antebrazos para pegarnos a la pared, que puedo sentir que me arden y…, de pronto noté esa luz de nuevo, surcando mis venas como pintura fluorescente. Nos quedamos esperando el golpe, pero en lugar de eso sentimos una ráfaga de viento que nos empuja más a la pared, soplando de abajo hacia arriba y en ese momento puedo escuchar claramente que el viento me dice:

—Yo los protegeré.

Ninguna piedra nos toca y me maravillo de la claridad con la que escuché la voz del viento. Volteo hacia abajo, donde unos amigos están en una repisa, y puedo ver que alcanzaron a resguardarse en una pequeña cueva en la pared. Por alguna razón, la voz nos ayudó, lo cual me alivia. Sería terrible que esto que me sigue tuviese malas intenciones.

Es un consuelo ver a todos bajar de la montaña, sin lesiones graves. En todo mi tiempo escalando nunca me había pasado algo así. Había escuchado anécdotas de accidentes graves, pero esta es la primera vez que yo lo experimentaba. El hecho de que nadie resultara herido, para el tamaño de la roca que cayó y la cantidad de personas en la pared, es inexplicable. La única baja del día es una mochila que quedó hecha añicos. Descanse en paz.

Por supuesto que el incidente se convierte en el único tema de conversación en el camino de regreso a Monterrey. Cada uno platica una y otra vez en qué trayecto de la ruta estaba al momento del derrumbe, mismo que seguramente será presumido por todos nosotros durante mucho tiempo como el día que casi morimos en Potrero Chico.

Arturo es el único que viene en silencio.

Es triste despedirme de cada uno de mis amigos conforme los dejamos en sus casas, y una parte de mí no puede evitar fantasear con la posibilidad de convencer a mi papá de quedarnos en Monterrey. Arturo, quien ofreció su camioneta para llevarnos a todos, se toma la molestia de dejar a cada uno antes que a mí, incluso cuando el recorrido más corto es llegar primero a mi casa.

—Vaya día, ¿verdad? Y ese viento... ¿Hernán? ¿Estás bien?

Sus ojos voltean hacia mis brazos. Parece que a él también le preocupa, y con buena razón.

—Perdón, güey. Estoy cansado —le contesto.

Me asusta que, por primera vez, aquel brillo haya sucedido a plena luz del día, lejos de la privacidad de mi cuarto y la protección de mi familia. Necesito consultarlo con mi padre, y que sepa además mi secreto acerca de la voz del viento.

Al despedirme de Arturo, noto unos desconocidos automóviles frente a nuestra casa y al mismo tiempo una sensación extraña en el viento, como una corazonada. Al cruzar nuestro jardín rumbo a la puerta principal, veo varias siluetas tras las cortinas del gran ventanal de nuestra sala. Cuando veo los coches de cerca, reconozco el logo que tienen pintado: Encoz.

Antes de abrir la puerta, mi curiosidad me detiene. Escucho varias voces en nuestra sala; percibo un aroma fétido en el aire. Sé que no es educado escuchar las conversaciones ajenas, sin embargo, una parte de mí se aferra a cualquier esperanza de poder cancelar nuestra mudanza a la Ciudad de México. Quizás están ahí para decirle a mi papá que la oferta de trabajo se había cancelado. Uno puede soñar, ¿no? Escuchar un poco no lastimará a nadie.

Al parecer no tenían mucho tiempo en nuestra casa, pues las presentaciones apenas inician.

—Ingeniero Carlos Mendoza, soy el licenciado Eleazar Salcedo, quien lo ha estado orientando en su proceso de contratación. Permítame presentarle al dueño del corporativo, el licenciado Ricardo Alvarado.

El dueño de Encoz, de cabeza calva y abundante papada, uno de los hombres más ricos del mundo, está en nuestra casa. Esto no puede ser bueno para mis intenciones. Con sigilo, pongo mi mochila y el resto del equipo en el suelo para continuar espiando al grupo de adultos con mayor comodidad.

Nunca entendí por qué mi papá decidió cerrar su despacho temporalmente para ser un burócrata en una empresa privada; el dinero nunca fue un factor que lo motivara. Ok, es cierto: el hecho de tener más horas de agua al día de las que podíamos costear en Monterrey era algo que pocos se atreverían a despreciar en pleno 2028, pero si consideramos que en la Ciudad de México no existen parques de energía eólica o grandes áreas para instalar celdas solares, honestamente no entiendo por qué nos mudaremos a la capital del país; no tiene sentido para mí. Quizá piensa que su sueño de salvar al mundo tendrá mayores posibilidades de éxito si logra afianzarlo en una de las empresas más grandes de la nación.

La conversación tras la puerta se vuelve más casual, incluso trivial, y el sonido de las risas hace que mis esperanzas de quedarnos en Monterrey se esfumen por completo. Me sorprende escuchar cómo el viento me hace llegar el sonido de las risas con un sutil eco.

—No confíes en ellos —me dice.

Frustrado por esta errática comunicación, decido no enfrentar a aquellos extraños, y rodeo la casa por el pasillo izquierdo hasta llegar al patio trasero para entrar por la puerta de la cocina. En el poco tiempo que vivimos en esta casa dominé el arte de usar las escaleras para entrar a la cocina sin ser escuchado; y hacer desaparecer las galletas y los dulces de la alacena. Mi papá siempre decía que era toda esa azúcar la que me hacía tan hiperactivo, pero yo siempre mantuve mi postura de no saber el destino de lo desaparecido de la alacena, a pesar solo de estar los dos en la casa. Él siempre sonreía ante mi defensa y yo le correspondía con el mismo gesto. Son esas sonrisas las que, sin decirnos nada, nos ayudan a decirnos todo.

Dejo mis cosas en el piso de mi cuarto en la segunda planta, sin hacer el menor ruido, pues aún no estoy de humor para hablar con mi papá. Incluso dudo si valdrá la pena decirle o no acerca del incidente en Potrero.

¿Por qué siempre tenemos que mudarnos? Eventos sociales como las fiestas de cumpleaños, por ejemplo, son ajenas para mí; pocas veces fui invitado a alguna porque tenía escasos amigos. Y era lo mismo al festejar mi cumpleaños que, por si fuera poco, es solo unos días antes de Navidad, así que no es extraño que para esas fechas ya estemos de vacaciones. El colmo es cuando mis primos y tíos, con los que normalmente pasamos estas fiestas, llegan a la reunión familiar con un solo regalo para mí y me dicen: “Este es tu regalo de cumpleaños y de Navidad”. Siempre se ríen y con el tiempo se ha vuelto un chiste familiar. Nada gracioso, por cierto.

Parece que los proyectos de mi papá confabulan en contra. No sé si es el hecho de que Monterrey me gusta tanto, o que quizá simplemente ya estoy cansado de no sentir que pertenezco a ningún lado, pero este cambio a Ciudad de México lo aborrezco.

Con tantas mudanzas me he hecho un experto en empacar. Sé acomodar mi ropa y aprovechar hasta el más mínimo espacio, algo que mi papá sabía bien y por eso siempre me pedía ayuda con sus cosas. Siendo sincero, creo que es un ritual que mi papá hace para mantenerme distraído y compartir la abrumadora sensación que llega con cada cambio. Las tristezas pesan menos cuando se reparten en dos maletas. Mi maleta ya está llena y aún hay mucho por acomodar, el resto de las cosas del cuarto y la ropa de invierno se irían en cajas con la mudanza. Levanto mi equipaje y lo pongo sobre sus ruedas, pero está tan pesado que de inmediato se cae y hace un estruendo. Hasta ahí llega mi plan de no saludar a las personas en la sala.

Escucho los pasos de alguien subiendo las escaleras.

—¿Desde qué hora llegaste? No te escuché entrar —me dice mi papá asomando su cabeza por la puerta—. Baja, hay alguien que quiere conocerte.

Esta parte siempre es incómoda y cada vez me gusta menos. Últimamente evito, dentro de lo posible, estas presentaciones, pero el entusiasmo de mi padre no me deja opción.

Mi papá va frente a mí, pero al entrar al recibidor se pone a mis espaldas, coloca su mano detrás de mi cuello, y me lleva hacia la sala. Todos se levantan de los sillones al mismo tiempo como soldados, con un ímpetu que me toma por sorpresa. Papá me encamina hacia su nuevo jefe, sentado en el individual de nuestra sala. La sonrisa del licenciado Alvarado es cálida por lo que me hace bajar la guardia. al momento de saludarlo, toma efusivamente mi mano entre las suyas.

—Hernán, ¡al fin! Me han contado tanto de ti.

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2 Por los caminos de México

Carlos Mendoza

Mientras subimos las últimas cajas al camión de la mudanza con destino a la Ciudad de México, noto que este cambio tiene a Hernán mucho más retraído. A pesar de todas las veces que tuvimos que empacar nuestras vidas para comenzar en un nuevo lugar, parece que ahora le cuesta trabajo decirle adiós a lo que tiene en Monterrey, pero no podemos desaprovechar esta oportunidad. La vida hoy en día es difícil y el panorama a futuro, complicado. Espero dejarle a Hernán un mundo mejor al que me recibió.

Tratando de hacer un poco más llevadero el cambio, le dije días atrás que manejaríamos desde Monterrey a la capital, una pequeña aventura por los caminos de México. Pararíamos en algunos puntos en el trayecto, ya que la mudanza tardaría más de una semana en llegar a nuestro nuevo departamento. Hernán nunca ha despreciado un buen road trip, ni la oportunidad de visitar lugares nuevos. Así que acepta mi propuesta. Espero que entienda que lo hago porque es la oportunidad que tengo para poner mi granito de arena, para aportar al mejoramiento de este mundo caótico.

Para nadie son un secreto las condiciones ambientales que se viven desde hace años en el planeta: clima cada vez más extremo, sobrepoblación, nula práctica del procesamiento adecuado de la basura. Todo esto tarde o temprano tenía que cobrarnos factura.

Nuestro país tardó en entender la importancia de enfrentar esta situación, pero yo no podía quedarme de brazos cruzados. Fui uno de los pioneros en México en el tema de la energía renovable y me enrolé a estudiar una carrera afín. Sentía que, desde mi trinchera, estaba haciendo algo para generar un cambio.

Fue durante mi época en la Universidad Nacional Autónoma de México que las fracturas en nuestra sociedad se hicieron más evidentes. En las grandes ciudades los efectos de la contaminación se volvieron insostenibles. Primero era un problema ajeno, nos llegaban las noticias de lugares tan lejanos como Beijing, Los Ángeles, Sao Paulo y decíamos que eso solo sucedía en esos países, mas no aquí. Pero de pronto vimos los síntomas y reportes tocando la puerta. Las enfermedades respiratorias se volvieron cada vez más comunes en los niños, las temperaturas aumentaban en las ciudades. En las noticias ya no era solo el reporte del clima, sino también el de los IMECAS cada mañana y, en un santiamén, Monterrey se convirtió en la ciudad más contaminada del continente.

Aun así, nos negamos a aceptar que teníamos un problema. Todo cambió con el colapso del sistema hidráulico. Años de ineficiencia y falta de mantenimiento en la infraestructura, encargada de llevar el agua a nuestros hogares, dejaron un profundo impacto. Cada vez era más frecuente ver pipas de agua circular en los barrios más acaudalados. Atrás quedaron los años de rapiña de gasolina. El día que vimos a elementos del ejército escoltando los camiones que transportaban agua, supimos que teníamos un problema. ¿Y qué hicimos para solucionarlo? Lo complicamos aún más.

El gobierno, por fin, le puso atención al tema del agua e intentó resolver la situación, sobre todo porque se acercaba la temporada de elecciones y, con ella, las promesas insostenibles. La situación ya era tensa. Había gente que no tenía agua durante semanas y, por lo tanto, carecía de paciencia para esperar. La población, desesperada, marchaba en las calles demandando una respuesta al problema, y linchó a más de un alcalde y candidato. ¿Qué hizo el gobierno? Hacer más dinero del conflicto.

Decidió privatizar la infraestructura, el almacenamiento, el tratamiento y la distribución del agua. La compañía privada Encoz resultó favorecida con el jugoso contrato y, a cambio de un rápido mantenimiento de la infraestructura de ductos que transportaba el vital líquido, concibió un programa “temporal” de restricción en todos los hogares de México. El lujo de tener agua en nuestras casas veinticuatro horas al día terminó más rápido de lo que algunos rebeldes tardaron en tramitar amparos en contra del nuevo esquema. De un día para otro cambiaron todos los medidores de agua de los hogares, edificios y espacios públicos del país con temporizadores que regulaban el tiempo que se tenía permitido disfrutar del vital líquido.

Muy pronto Encoz firmó acuerdos con las principales empresas y multinacionales del país. Algunas no se podían permitir no tener agua ya que complicaba sus ciclos de producción, y cada vez era más frecuente usar la excusa de: “Es que ando consiguiendo agua”, para faltar al trabajo. Gracias a dichos acuerdos con Encoz, las empresas pudieron presumir en sus ofertas laborales no solo el sueldo y las prestaciones de ley o los vales de despensa que ofrecían, sino también la leyenda: “Nuestros empleados gozarán de cinco, siete o diez horas de agua al día”. El agua se convirtió en una moneda de uso corriente muy preciada.

México estaba cambiando, pero no en la dirección correcta, y se dio cuenta de que estaba en una carrera contra el tiempo para salvar su relación con la madre naturaleza. Muy por delante de nosotros se encontraban países como Suecia, Noruega, Islandia, Nueva Zelanda e incluso la diminuta Costa Rica, que desde el siglo pasado, empezó un programa de reforestación de sus bosques húmedos y descubrieron el enorme potencial económico de sus recursos naturales.

La gente cada vez pagaba más dinero por la oportunidad de visitar las selvas protegidas de Costa Rica que por un tour a Dubái en donde trataban de crear infraestructura fuera de este mundo. Ni el rascacielos más grande del mundo podía competir con las cascadas y los bosques del pequeño país centroamericano. Aunque no todos en América entendíamos eso.

Tomemos a Brasil, por ejemplo. Un país que tenía el ecosistema más diverso de la tierra, que con el Amazonas ayudaba a regular la temperatura y la temporada de lluvias de toda América del Sur, prefirió fingir incendios para quemar grandes áreas de la selva y rapiñar las zonas devastadas para crear nuevas tierras de cultivo. Como consecuencia diezmó con brutalidad su riqueza natural, y solo algunos círculos sociales se beneficiaron de tal ecocidio, lo que ocasionó un inevitable enfrentamiento de clases hoy conocida como la primera “Revolución Verde”. Con ella, el antiguo sistema político de su país cayó.

El movimiento de Brasil sacudió a toda Latinoamérica. De inmediato, en México se tomaron acciones para promulgar una nueva ley que protegiera las áreas naturales con las que contaba el país. Eran ya tan aisladas y escasas que, al aprobarse, la gente se empezó a referir a ella como la “Ley de las Burbujas Verdes”.

Muchas empresas sufrieron las consecuencias de tener que contar con menos recursos naturales para su explotación. La protección del medio ambiente se volvió como muchos dirían, salvaje. Si queríamos seguir en la carrera de la conservación de la naturaleza, teníamos que acelerar el paso, y eso significó hacer grandes sacrificios. Ya nos tenían restringida el agua, ahora cambiaron su mirada a otro gran problema ambiental en nuestro país: la generación de energía.

México se propuso producir, para el 2022, el 35 por ciento de su energía de manera limpia y eso era música para mis oídos. De pronto, mi carrera comenzó a dar sus frutos. Pasé de trabajos que me ofrecían tres horas de agua al día, a tener mi propio despacho de asesoría en el campo de la Energía Limpia o Renovable y, gracias a mi esfuerzo, gocé de hasta doce horas de agua al día. México empezaba a dar sus primeros pasos.

Y esta ola verde no paró ahí. Muchos aprovecharon esta tendencia del respeto a la naturaleza y la monetizaron. De todo se puede hacer un negocio. Lejos estaban los días en que las quinceañeras se iban con sus amigas de viaje a Europa. Hoy en día, no hay mejor experiencia para un grupo de jóvenes que viajar a las playas de Michoacán a liberar tortugas marinas en el Océano Pacífico, o disfrutar del recorrido de las cascadas en Matacanes en el municipio de Santiago en Nuevo León. Aunque esto debía ser controlado, porque tanta afluencia de visitantes a las burbujas verdes desgastaba al ecosistema del lugar.

Por ejemplo, antes, en un solo día, hasta mil doscientos senderistas subían el famoso Medio Domo de Yosemite, en Estados Unidos, pero la cantidad de basura que dejaban, el desgaste en los terrenos por los que transitaban y la alteración que sufrían las especies que vivían en el parque, terminó por limitar el número de visitantes. Hoy en día, los senderistas de todo el mundo se inscriben, en el sitio web del parque nacional, a una rifa para ganar uno de los trescientos lugares que cada verano se sortean para acceder al domo. Algunos de los ganadores no tienen escrúpulos y ponen a la venta sus lugares. Los subastan en línea hasta alcanzar precios tan exorbitantes como los de las entradas al Super Bowl. Sin darnos cuenta, la naturaleza se convirtió en un gusto que solo las personas con buena suerte o las élites podían disfrutar.

Inlcuso en México hay que reservar con tiempo si quieres gozar de algunas de las maravillas que nuestro país tiene para ofrecer. Por eso desde meses antes, cuando acepté tomar el trabajo en Encoz, y aprovechando los beneficios que tendría para acceder a las reservas naturales, contemplé la posibilidad de viajar en auto hasta la Ciudad de México y visitar algunos lugares en el camino; uno de ellos sería los rápidos en la Huasteca Potosina. Al momento de decirle a Hernán, sus ojos color jade no pudieron abrirse más de la emoción.

Tan pronto se va el camión de la mudanza, Hernán no tarda en echar su maleta a la cajuela del coche y me hace recordar que a pesar de su estatura, 1.83 metros, todavía puede comportarse como un niño. Su insistencia por tomar cuanto antes la carretera raya en lo infantil. Nos subimos al auto y programamos en el holo-GPS nuestro destino: Real de Catorce en el estado de San Luis Potosí.

La ruta nos hace circular a lo largo del Cerro de las Mitras, en la ciudad de Monterrey, que hoy en día solo conserva su fachada norte intacta, ya que la sur fue completamente destruida por pedreras. Las cicatrices que le dejaron al cerro son un recordatorio diario de lo tarde que reaccionamos a la protección de nuestro medio ambiente. De ahí pasamos por la Huasteca, en el municipio de Santa Catarina, y veo que Hernán trata, en lo posible, de no despegar la vista de sus blancas paredes, donde solía disfrutar los fines de semana con sus amigos escalando. Tomamos la autopista rumbo a Saltillo, que ofrece una de las mejores vistas a la Sierra Madre Oriental. Me parece ver a Hernán llorar, pero no quiero preguntarle al respecto. A pesar de lo cercanos que somos, siempre he preferido darle su espacio para lidiar con sus emociones.

Al cruzar Saltillo, brevemente vemos la renovada zona de Arteaga. En el pasado, se sembraban muchos pinos a las faldas de la sierra que eran cortados cada Navidad. Sin embargo, al ser un área verde cercana a un gran centro urbano, algo cada vez más raro en nuestro país, era frecuente ver que la gente acudía a esa zona a tomarse fotos. Hoy en día, se hace más dinero cobrando un acceso a este espacio que el que se obtenía por la tala de pinos navideños, de ahí que esta fórmula de negocio se implementó en otras zonas del país.

Crear nuevas burbujas verdes a veces resultaba muy difícil, era más factible hacer crecer las ya existentes. Debido a esto, los municipios que contaban con áreas naturales protegidas no escatimaban en recursos para expandir sus límites y eso muchas veces incluía contratar a los mejores expertos del mundo en materia de reforestación, tratamiento de ríos, suelos y reincorporación de especies nativas a su entorno natural.

Es bien conocido el éxito de la reintroducción del bisonte americano en los estados de Chihuahua y Coahuila, aunque no sucedió lo mismo cuando se intentó introducir una manada de lobos mexicanos. Los expertos no entendían por qué la manada no se asentaba, culpaban a la falta de cultura de los ganaderos de la zona, o al uso excesivo de pesticidas durante mucho tiempo. No fue hasta que un grupo de tarahumaras en Janos se involucró en el proyecto que tuvo éxito, y hoy en día el estado de Chihuahua puede presumir la única población de lobos mexicanos en la naturaleza. Resultó que lo que los expertos aprendían en Harvard no tenía comparación con los conocimientos de los indígenas, que aprendían no en grandes aulas de universidades, sino al calor de una fogata de boca de sus abuelos, y ese conocimiento se fue pasando de generación en generación. Si a eso sumamos el hecho de que era mucho más barato contratar a un miembro de nuestros pueblos originarios que a un experto extranjero, rápidamente empezaron a surgir organizaciones indígenas colaborando y participando en cada una de las zonas naturales protegidas.

Muchas veces me tocó conversar con algunos miembros de las tribus indígenas cuando negociábamos la creación de un nuevo parque de energía renovable en la zona. La falta de información del proyecto muchas veces hacía esas reuniones tensas, por decir lo menos, por lo que prefería no llevar a Hernán a trabajar conmigo.

Mi copiloto ha pasado buena parte del trayecto por Coahuila dormido, golpeando sin cesar su cabeza con la ventana, por lo que lo despierto poco antes de llegar a nuestra primera parada. Real de Catorce resulta ser una divertida experiencia para compartir con Hernán. El paseo que hacemos en burro por los alrededores del pueblo hasta el atardecer, me hizo recordar las veces que mi hijo se ponía rojo por estar tanto tiempo en la playa cuando vivíamos en Sonora. Me burlo de él diciéndole que tiene un color de piel “blanco leche”, comentario que no le causa mucha gracia. Esa noche le arde tanto la espalda de la quemada que no puede dormir.

La segunda parada en nuestro viaje es la que Hernán tiene más ganas de visitar: los rápidos en el Río Tampaón. Me atrevo a decir que es lo que más ha disfrutado de las últimas excursiones que hemos hecho juntos. A pesar del desgaste causado por las actividades, su energía y entusiasmo están intactos. Al siguiente día quiere salir de inmediato rumbo a la próxima parada: San Miguel de Allende. Pero yo sí necesito descansar, por lo que acampamos una noche más antes de volver a tomar carretera.

Logramos incluir en el itinerario una breve visita a la ciudad de San Luis Potosí y le recuerdo, mientras comemos un helado en la Plaza de Armas, construida completamente de cantera rosa, que es aquí donde aprendió a dar sus primeros pasos con su abuelo, mientras corría detrás de las palomas. Caminamos hasta la Caja del Agua, donde encontramos una fonda para almorzar. Con las barrigas llenas, emprendemos el camino manejando a San Miguel de Allende, pueblo romántico de calles adoquinadas donde pasamos el resto del día y pernoctamos.

La siguiente parada es Querétaro, donde Hernán me convence de dejarlo ir a escalar a la Peña de Bernal, lo que añade un día más a nuestro itinerario. Parece que no quiere llegar a la Ciudad de México. Nuestro destino final está a escasas tres horas. Emprendemos el último tramo muy de madrugada para evitar el famoso tráfico de la capital, misión en la que fracasamos rotundamente, ya que una vez que entramos a la mancha urbana de la ciudad hacemos cerca de tres horas para llegar a nuestro nuevo departamento cerca de Coyoacán. Aún es temprano para ser sábado, así que decidimos salir a almorzar. Hernán ordena unas quesadillas de chorizo en el mercado local de comida y yo no puedo parar de reírme cuando llega su platillo y veo en sus ojos que está tratando de entender por qué sus quesadillas no tienen queso. ¡Bienvenido a la Ciudad de México, Hernán!

El domingo empieza de mejor manera, ya que mi hijo quiere salir a conocer la ciudad, por increíble que parezca, y a pesar de todos nuestros viajes y que yo pasé aquí buena parte de mi juventud al ser estudiante de la UNAM, Hernán solo había visitado la capital una vez durante unas breves vacaciones de Semana Santa. Prefiero dejar el coche en el estacionamiento de nuestro edificio para no batallar con el tráfico. Es mejor que recorramos a pie las pocas calles que nos separan de la estación del metro Miguel Ángel de Quevedo.

La ciudad tiene mucho que ofrecer, pero decido comenzar nuestro recorrido por Bellas Artes, para posteriormente irnos caminando por las calles aledañas hasta el Zócalo. Después de algunas fotos al recinto construido por Porfirio Díaz, visitamos brevemente el Barrio Chino, para luego conocer el Edificio de Correos y el Museo MUNAL; pasamos por la Torre Latinoamericana con destino a la Catedral. Las calles bulliciosas del centro no parecen emocionar a Hernán, supongo que intenta dimensionar cómo será su nueva vida en esta jungla de asfalto. Sonríe para las obligadas fotos en el Zócalo frente a la enorme bandera de México en su centro, pero por fin le noto un destello de alegría mientras pasamos frente al Palacio Nacional. Desde ahí se ve lo que será mi nueva oficina: el Templo Mayor. Si bien el corporativo de Encoz se encuentra en la avenida Reforma, será aquí donde pasaré la mayor parte del tiempo durante el proyecto.

Hernán ve aquellas ruinas, emocionado por fin de estar parado enfrente de aquel espacio que fue protagonista, muchas veces, de las historias que su abuelo le contaba.

—¿Qué harás aquí exactamente? —me pregunta Hernán.

—Has de saber que, como parte de un programa nacional para incluir los recintos culturales a su red de Energía Renovable y contribuir así al ahorro de energía que necesitamos, Encoz se hizo con los derechos para administrar el Templo Mayor. Me han contratado para actualizar todo el sistema eléctrico de este importante museo que no ha recibido ningún mantenimiento desde su fundación en 1987. Esta actualización es para que funcione solo con energía limpia.

—O sea que, después de poner un par de leds, podremos regresar a Monterrey, ¿cierto? —me dice con un tono burlón.

—Por supuesto que no, también deberé de conectar el Museo del Templo Mayor al Sistema de Energía Renovable de Encoz, lo que lo convertirá en el primer museo “verde” del país. En un futuro podría incluso almacenar energía limpia no solo para el museo, sino para toda la zona del Zócalo, la catedral y el Palacio Nacional.

Al ver lo emocionado que está de entrar, me dispongo a pagar la entrada, a pesar de que a partir de mañana tendría acceso, pero un mensaje en mi celular cambia los planes: los choferes del camión de la mudanza me dicen que están a solo unos minutos de llegar a nuestro nuevo departamento, lo que nos obliga a truncar el paseo. Le prometo a Hernán que me puede acompañar el día de mañana para que lo conozca.

Pasamos el resto del domingo bajando cajas del camión de mudanza y subiéndolas hasta nuestro departamento en el primer piso, un espacio de dos habitaciones más un estudio. El color blanco y la luz natural abundan en todo el hogar, lo cual hace resaltar aún más los pisos de madera, luz que fue menguando conforme el sol se ocultaba en el horizonte. El ajetreo del día vence a Hernán, quien se va temprano a la cama. Ni siquiera cenó, cosa inusual en alguien que rara vez se pierde una de sus cinco comidas diarias. En verdad está agotado.

Paso por su cuarto antes de entrar al estudio localizado justo enfrente. Me detengo un momento para verlo mientras duerme. A pesar de que el departamento está lleno de cajas sin abrir y que las paredes aún lucen desnudas sin nuestras fotos familiares, este lugar ya se siente como un hogar, solo con tenerlo a él basta.

—¡Papá, deja de verme mientras duermo!

Sus palabras me hacen sacar rápidamente la cabeza de su cuarto para correr hacia el estudio donde aún debo buscar entre todas las cajas, el material que necesito para mi primer día de trabajo a la mañana siguiente.

Mientras muevo cajas, apunto mis pendientes. Uno de ellos es continuar la nada divertida tarea de encontrar una escuela donde Hernán pueda empezar la preparatoria.

Desempaco mi computadora portátil y abro la carpeta en la que guardé los planos de uno de los proyectos que presentaré el lunes en Encoz. Se trata de una turbina aérea que inventé y llamé “El murciélago”. Genera energía eléctrica a bajo costo sin emitir contaminantes. De funcionar, su portabilidad permitirá proveer de energía a comunidades apartadas que no tienen acceso a las fuentes convencionales. Crear estas alternativas energéticas para ayudar a los más necesitados es una de las principales razones por las que decidí aceptar este empleo ya que Encoz se ofreció a patrocinar la fase de investigación y pruebas de este proyecto. Los ojos me arden de cansancio; creo que es suficiente por el día de hoy. Después de poner una foto de Hernán y mía en el viejo escritorio, apago la luz y me dirijo a la cama a descansar.

Con el alba de un nuevo día, siento que regreso a la época cuando Hernán tenía una escalada con sus amigos y salía de su cama antes de que yo despertara. Mientras saco con prisa la cafetera de una caja, escucho que mi hijo ya se ha metido a la regadera. El preparar café me genera una sensación de rutina mientras cocino el desayuno. Ya con comida en el estómago, salimos cuanto antes a tomar el metro rumbo al Templo Mayor.

Había acordado verme en la entrada asignada para los empleados de Encoz con el doctor Cuauhtémoc Tapia, jefe del departamento de Protocolos y Seguridad, quien me ayudará a tramitar mi acreditación y me dará un recorrido por el recinto.