Hetero - Uxue Alberdi Estibaritz - E-Book

Hetero E-Book

Uxue Alberdi Estibaritz

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Beschreibung

¿Qué es «hetero» más allá de una orientación sexual? ¿Y qué implica ser «el otro» o «la otra» en una arquitectura social levantada por el patriarcado? En este libro de relatos, Uxue Alberdi explora las grietas de la norma con una mirada feroz, íntima y lúcida. Ocho cuentos protagonizados por mujeres de distintas edades y trayectorias que se enfrentan a heridas cotidianas infligidas, muchas veces, por hombres cishetero: padres, parejas, jefes, profesores, compañeros o amantes. Relaciones atravesadas por la violencia simbólica, el deseo frustrado, el silencio impuesto o la desilusión. Desde una conversación incómoda en Cuba hasta el eco de un padre ausente, pasando por amistades que tambalean y mitos que caen, un mapa emocional cargado de verdad, humor y rabia.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2025

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«Miras dónde se ha metido la autora y piensas: ¿cómo va a salir? Y para cuando te has dado cuenta, ya lo hizo sin hacer apenas ruido y te dejó allí, delante de tu reflejo».

–Irati Majuelo, Berria

«Nos revela la injusticia epistémica que vivimos como normalidad y que denominamos norma hetero».

–Jon Jiménez, Gara

«La flexibilidad y viveza del lenguaje, la valentía para experimentar con la estructura y la capacidad de crear un universo en apenas unas frases son algunos de los grandes logros de este libro».

–Amaia Alvarez Uria, Argia

«Sin valentía, no hay literatura».

–Irati Majuelo, Berria

«Una máquina literaria perfecta para repartir bofetadas.

Un libro excelente para leer y regalar».

–Joxe Aldasoro, Deia

Hetero

Uxue Alberdi Estibaritz (Elgoibar, 1984). Escritora y bertsolari. Es autora de relatos, novelas, ensayos, crónica literaria y literatura infantil. Ha recibido el Premio Euskadi de Literatura en dos ocasiones, en la categoría de literatura infantil y juvenil por Besarkada y en la de ensayo por Kontrako eztarritik (Reverso). Su novela Jenisjoplin, fue galardonada con el Premio 111 Akademia. Este libro de relatos, Hetero, fue el libro mejor valorado del año 2024 por los lectores del diario Berria.

Hetero

Uxue Alberdi

Traducción de Arrate Hidalgo

Autoría Uxue Alberdi

Traducción del euskera Arrate Hidalgo

Corrección Amelia Pérez y Sonia Berger

Imagen de cubierta Sahatsa Jauregi

Responsable de conversión Bookwire

Edición consonni

C/ Conde Mirasol 13-LJ1D

48003 Bilbao

www.consonni.org

Primera edición en español:

septiembre de 2025, Bilbao

ISBN: 978-84-19490-67-4

Depósito legal: BI 00932-2025

Edición original en euskera: Hetero, Susa, 2024

Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.

Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.

Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

La traducción de esta obra ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura de España, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura

consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en lasdistancias cortas.

Índice

Para que las plantas crezcan

El agua que nos toca

La isla

Todas las edades del ser humano

Lecciones de literatura

Paso de palomas

Canción de cuna 2025-1975

Las viudas

Traducción

Imagen de cubierta

Colección

Contamos la historia desde nuestro lado seguro. Nuestro lado ciego.

–Molly Malone Cook1

  1Traducción de Regina López Muñoz, Nuestro mundo, Comisura, Madrid 2024. (N. de la T.)

Para que las plantas crezcan

En Zarautz, en la primera vivienda de un barrio obrero en tener suelo radiante, Jabi se pone los guantes de jardinería. Lleva un bañador azul marino con unas pequeñas anclas estampadas y una camiseta amplia, que se le hincha a la altura del estómago cuando se agacha a por la azada. Laida, de pie junto al magnolio que acaba de sacar de la maceta, sonríe al acordarse de un dato que leyó una vez sobre esa especie de árbol: «Las magnolias no tienen pétalos, sino tépalos». Lo ha relacionado con lo que le ha preguntado Mattin esa mañana: «Ama, ¿yo cuándo empecé a hablar prefecto?».

Jabi le pregunta de qué se ríe, y Laida le contesta que de una tontería, pero se lo cuenta de todas formas.

–El prefecto de la casa –dice Jabi, y empieza a cavar el hoyo para el magnolio.

Entre los dos retiran las piedras, meten el pie del árbol en el agujero y lo abonan con turba. Laida hunde los dedos en la tierra y empuja hacia abajo la base compacta de la planta, rellenando los huecos de los bordes con terrones húmedos de la tierra que ha retirado Jabi. Cuando se aparta, Jabi la riega.

–¿Hasta dónde crecerá?

Cuando hacía poco que habían estrenado la casa, Laida solía ponerse ropa de algodón de colores claros, a juego con el sofá y el tono de la madera. Se hablaban con voz queda, doblaban las mantas, tenían cuidado de no ensuciar las paredes. Laida alisaba las colchas con la mano, como si con aquel gesto quisiera borrar también las arrugas del tiempo que habían compartido hasta entonces. Sin embargo, la vida diaria, con ese tesón obstinado con que vira hacia lo ordinario, no tardó en rebelárseles.

Siguiendo el consejo de la madre de Jabi, encargaron dos sacos de estiércol de yegua para abonar el huerto. Al poco de esparcirlo sobre la tierra aparecieron las moscas. A Laida le pareció un precio justo a cambio de los privilegios que acababan de adquirir: era la primera vez que tenía una habitación en la que poder trabajar; podía pisar la hierba sin quitarse el pijama. Cerró los ventanales y bajó los estores hasta la mitad. Ventilaba los dormitorios al alba, en el breve momento de modorra de las moscas. Jabi parecía más desinflado, quizás no solo por los insectos. También en su empresa reinaba el desánimo: habían perdido el vigor tras tres décadas bien engrasadas, no identificaban el momento en el que todo empezó a ir a peor y tenían la desagradable sensación de que los motivos del declive les rehuían. El rótulo del almacén, «Gómez Electricidad», había perdido el brillo de antaño. O quizás fuera que, pese a haber mantenido el tipo en los momentos más difíciles, Jabi todavía arrastraba el desengaño con Laida: el deseo de su mirada, sus ganas por otro hombre. Por las mañanas, Laida se despertaba con los golpetazos del trapo. Las moscas pusieron huevos y de las larvas nacieron unas mosquitas viscosas.

Iria estaba paseando a la perra junto a la valla que los jazmines falsos, recién plantados, aún no llegaban a cubrir. Desde el otro lado de la cerca, se quedó mirando la pared cubierta de moscas y se dirigió a Jabi, que estaba regando el terreno:

–No te preocupes. Tal cual llegan, se van.

Iria vivía en el barrio, en una de las casas de protección oficial. La conocían de vista; el pequeño de sus tres hijos iba a la misma clase que Mattin.

–Ahora es el turno de las avispas.

Ocurrió tal y como Iria lo había anunciado: las avispas llegaron y se comieron las moscas de una forma bastante agresiva. Jabi y Laida observaban fascinados tanto la cacería de las moscas atontadas contra la pared como la evolución de las pasiones que unos y otros insectos despertaban en ellos. Jabi acabó animando a las avispas en voz alta.

Unos días más tarde, Iria se presentó en su puerta con un puñado de higos envueltos en un pañuelo.

–¿Ya se han ido?

Así se inició la amistad entre las dos familias. Iria transmitía un aire de sosiego que Jabi y Laida codiciaron de inmediato, y la dejaron entrar. La vecina les traía higos, avellanas y nísperos, se sentaban juntos en la cocina y tomaban infusiones. La voz de Iria recordaba a la lluvia que cae sobre los árboles; tenía una presencia tan discreta que algunos días parecía hecha de aire. Era bióloga marina de formación y les contó, sin particular entusiasmo, que de joven había participado en varias expediciones. Investigó a los cachalotes en aguas australianas y, en Valparaíso, a las sepias gigantes que aparecían en las tripas de los cachalotes o ya muertas en las playas. Tenía la habilidad de adaptarse a las casas ajenas; se la veía cómoda, y saltaba a la vista que se había tendido en incontables catres y sentado a infinidad de mesas. Jabi y Laida también se sentían receptivos con ella, lo que encajaba con la imagen de propietarios acogedores que aspiraban a tener de sí mismos. Con Iria les resultaba fácil: como un pájaro que corteja con regalos, les traía frutas y semillas a la puerta, no hacía ningún ademán inapropiado y siempre se marchaba pronto. Por la ventana la veían alejarse con una elegancia mansa.

Iria abandonó la investigación cuando nacieron los niños. También dejó de viajar y de visitar a sus amigos del extranjero; daba la impresión de que los monstruos marinos ya no significaban nada para ella. Era como si se hubiera bajado el volumen a sí misma. Ahora daba clases de piragua y pádel en la playa casi a cambio de nada. Usaba ropa de antiguos patrocinadores o que le habían regalado sus alumnas de la playa, prendas de calidad ahora descoloridas. Caminaba como si se mirase a sí misma desde lejos, moviéndose no como un cuerpo, sino como un recuerdo. Llevaba el pelo gris suelto, sin adornos de ningún tipo. Bostezaba al hablar. Nada de lo que decía en aquel tono perezoso parecía determinante. Podía percibirse en ella, en el gesto de la barbilla y en el fondo de los ojos, una gota de tristeza fácil de confundir con la serenidad, pero a primera vista no costaba imaginarla recogiendo frutas maduras de los árboles, cómoda, respetuosa, en paz. Laida, llegada a aquel punto de la vida, no deseaba nada más que eso: recoger lo que estuviera maduro.

Se acostumbraron a hacerse favores. Iria solía llevarse a Mattin a andar en bici para que Laida preparara sus clases. «Si no me cuesta nada», decía, señalando a sus vástagos. Después de comer, pasaba con los críos por delante del jardín y añadía a Mattin al rebaño. Así, Laida y Jabi se ahorraban el viaje. Iria los dejaba en la escuela y, a la vuelta, antes de que Jabi se marchara al trabajo, le ofrecían una infusión y se sentaban a charlar bajo el sol de otoño, frente al magnolio cuyo pie acababan de abonar con los posos del café. Iria se quitaba las sandalias para pisar la hierba. Lo llamaba «hacer contacto». Laida hizo limpieza de armarios y, en lo que guardaba la ropa de verano, llenó dos bolsas para Iria: «Es buena, pero no me la pongo». Tenían una figura parecida; Iria era un poco más esbelta. Algunas veces, cuando Iria y André tenían que ir a la ciudad, sus hijos se quedaban a comer en casa de Jabi y Laida. «¡Que vienen los chechenos!», gritaba Jabi en cuanto los tres mocetones entraban por la puerta, y los abrazaba con fuerza. Previamente cubría el sofá familiar de lino con una sábana.

Por las noches, después de cenar, las dos mujeres paseaban juntas con Max. Laida estaba intentando dejar las pastillas para dormir, e Iria la convenció de que le haría bien dar una vuelta al anochecer. Salían a las nueve y cuarto y volvían para las diez. Bajaban a la playa y se mojaban los pies mientras Max jugaba con las sombras. Al volver, cruzaban por el puente del canal.

En uno de aquellos paseos, Iria dio a Laida una copia de las llaves de su casa.

–Guárdalas –le dijo.

La primera vez que entró en casa de Iria, Laida dejó las llaves en el mueble de la entrada y se quedó mirando el apartamento. Se habían ido todos a Galicia, al pueblo de André, e Iria le había pedido que le regara las plantas. Laida sintió que el olor a perro le impedía ver bien, como si una manta lo tapara todo. Respiró por la boca unos instantes para acostumbrarse al mal olor. Se preguntó si aquella peste tendría algo que ver con que hacía poco que la perra había estado en celo. Iria no había querido vaciarla, y también quería dejar que se preñara. Decía que quería que sintiera deseo, que no era capaz de arrebatarle el instinto, pero que le daba lástima cada vez que le volvía el celo, con lo que al final el ansia de aquel animal alterado la hacía sentirse culpable por partida doble.

–Me recuerda a André.

Le había mencionado más de una vez, medio en broma, el tenaz apetito sexual de su marido. Una vez le dijo que intentaba dárselo todos los días.

–¿Todos los días? –Laida trató de disimular su asombro–. ¿Cuándo?

–Después de sacar a la perra.

Laida, sin moverse de la puerta, se fijó en los juguetes desperdigados por el suelo, en el televisor cubierto con un tapiz. Cogió un trapo y limpió el polvo de las hojas de la cinta. Los abrigos, las chaquetas y las camisas colgaban de un perchero de metal, y en estantes de madera de pino, a la vista, se apilaban las camisetas y los jerséis. Una alfombra de lana marcaba la frontera entre la sala y la cocina. Sobre la encimera de madera, una máquina panificadora, una Thermomix y un frutero lleno de manzanas feas. En el suelo, contra la pared, un saco de veinticinco kilos de avena y el tazón de la perra. En la puerta del frigorífico, fijada con un imán, una guía de las frutas y verduras de cada temporada. En el respaldo de una silla, en un revoltijo, vio la ropa de correr de André. Solía pasar por delante de su casa, sonriente y empapado de sudor, y los saludaba entre jadeos. Laida cogió la camiseta y la olió por reflejo. La invadió una imagen de André desnudo en el salón, de cara a la puerta, esperando a que por ella entrara la presencia aérea de Iria. Sacudió la cabeza y, tal y como Iria se lo había pedido, regó las plantas fragantes del balcón con agua filtrada de una botella de plástico a la que le habían agujereado el tapón con un punzón. Recogió la ropa tendida, que a esas alturas ya estaba acartonada, y se la dejó doblada sobre la mesa de Maisons du Monde.

Una vez llegó hasta el puente del canal con su director de tesis. Mattin era pequeño, tendría un año y medio como mucho, aún vivían en la casa de alquiler. Aprovechando la siesta de después de comer del pequeño, Laida salió empujando el carrito, a trompicones y con la sangre silbando, a reunirse con Ramon. Sintió que el cielo se devoraba a sí mismo. En el malecón, no se reconoció en el reflejo de las cristaleras de los bares; parecía otra, frenética y perdida. Calculó que tendrían dos horas antes de que despertara el niño. Pensó que, para cuando ella llegase, Ramon estaría sentado en una mesa de la terraza con un polo azul oscuro del que aún emanaría vapor de la plancha, un cigarro alargado que le habría hurtado a su mujer, un libro abierto en la mano izquierda, el tobillo izquierdo apoyado sobre la rodilla derecha, recostado con el codo sobre el respaldo de la silla. O, si no, aparecería poco después de llegar ella, «a caballo», porque así llamaba Ramon a su bicicleta, descabalgaría fácilmente de su corcel –una yegua, jamás–, antes de detener la marcha por completo, como un chico a la puerta del instituto, y le diría: «He venido volando»; o tal vez: «Hola», tan serio y tan seguro que todo parecía ya dicho de antemano.

Laida estaba investigando sobre la representación del deseo femenino en la literatura vasca. Cuando le presentó el tema en el despacho de la facultad, Ramon extendió los brazos como si quisiera parar un tren con las manos y le gritó: «¡Oye, oye, oye! ¿Adónde vas?». Sin embargo, al cabo de unas semanas empezó a hablarle con una voz saturada de aire, como si tuviera mucha sed, y Laida creyó haber domado una especie de bestia. Poco después, Ramon le dijo que tenían que quedar algún día fuera de la facultad. Usaba mucho eso del tener que: «Tienes que trabajar duro». «Tenemos que hacer cosas importantes juntos». «Tenemos que quedar para hablar de manos y pies».

El día que llegaron al canal hablaron del guante de Emma Bovary en la terraza junto al mar. Mattin abrió los ojos un momento, pero se dio media vuelta y siguió soñando mientras Laida meneaba el carrito y murmuraba una melodía. «Una mano desnuda por debajo de las cortinas de tela amarilla, ¡toma ya!». Ramon le ofreció un cigarro y la obligó a acercarse a la llama de su mechero. Él se encendió otro y le dio una calada profunda. Después siguió hablando en voz más baja. Cuando Laida le mencionó a Holly Golightly, Ramon, sorprendido, negó con la cabeza al tiempo que dejaba escapar el humo lentamente y, eufórico, le dijo: «¡Eres fantástica!». Y Laida recordó peligrosamente el regocijo atávico de hacer feliz a un hombre.

Tomaron el camino que discurría junto al campo de golf, Laida con la mente desnuda, colgada de la erudición de Ramon, de su mirada de ave rapaz.

–Golightly tiene de todo: exmarido, amistades, acompañantes, bármanes, un fotógrafo, un mafioso… y un diplomático brasileño llamado Ibarra. Ibarra… ¡joder! Ese Capote era un maestro, un músico de la escritura.

Para cuando llegaron al canal, Laida estaba tensa, velando el sueño de Mattin con una mano y acomodándose con la otra un mechón de pelo detrás de la oreja. El paisaje idílico apestaba a cañería, o quizás solo fuera el recuerdo del hedor que no acababa de disiparse. Fue entonces cuando empezó a sentir aquel lodo en el pecho. Pese a todo, no dejó de sonreír. Se apoyó contra el puente que cruzaba el pantano, cruzó los brazos por encima de la barandilla y miró a lo lejos: no era más que una reunión de trabajo, no le faltaba tanto para terminar la tesis. Se imaginó a Jabi con el delantal de rayas, recogiendo la cocina. Un hombre que se aproximaba a la madurez con serenidad. La imagen le dio paz. Laida necesitaba unas profundidades tranquilas para fingir ser un pez tropical de vez en cuando. Inmóvil sobre la barandilla, vació los pulmones y decidió que era hora de volver a casa. Estaba a punto de enderezarse cuando un golpe seco y repentino le puso el cuerpo rígido. Se giró. Ramon le acababa de dar un azote en la nalga derecha. En aquel momento oyó la voz de Mattin que decía «ama» y, turbada, tomó al niño en brazos.

–Ahora el lado izquierdo se muere de envidia –dijo Ramon mirando hacia el otro lado–. Así funciona la literatura.

Cuando volvió de la facultad, colgó el abrigo, dejó los trastos en el banco de la entrada y, sin quitarse los zapatos, fue directa al baño, de donde salía el parloteo amortiguado de Mattin. Allí estaba, jugando con sus muñecos. Laida se agachó y, como solía hacer cada vez que lo veía desnudo y con el pelo mojado, lo achuchó como al bebé que ya no era y le habló como si se hubiera tragado un pollito: «Pero, pero… ¿a quién tenemos aquí?».

–¡Buenas tardes! –Jabi le dio un beso en la nuca–. Déjalo, que se ha tranquilizado hace nada.

Jabi le quitó las horquillas del pelo, y la cabellera le cayó suelta por la espalda. Fue al salir del baño cuando vio a Iria en la cocina, sentada a la mesa.

–Uy, no me he dado cuenta de que estabas aquí.

–Ya he visto –le contestó Iria con una sonrisa.

Jabi dejó su copa de vino sobre la mesa y con un gesto le indicó a Laida que se sentara. Le sirvió una copa. Iria le alargó un plato con trocitos de queso.

–Nos ha traído mandarinas –Jabi le señaló el frutero de la encimera.

En cuanto posó la mirada sobre ellas, el olor a cítrico se extendió por la casa.

–Qué paz con un hijo solo, ¿no?

Iria cerró los ojos e inhaló el silencio. Llevaba puesto un jersey beis de lana de Laida, que se había encogido al lavarlo hacía mucho tiempo. Las mangas le dejaban las muñecas al descubierto.

–En fin, os dejo –les dijo.

No le pidieron que se quedara un rato más. Iria se puso los zapatos y se marchó como la hojarasca llevada por el viento.

–Qué maja es.

Para Jabi y Laida, el momento más íntimo del día era cuando preparaban la cena, y siempre se lo reservaban el uno al otro. Mattin cada vez se entretenía más tiempo solo, y si no, le dejaban encender la tele en nombre de la paz. Jabi, con el delantal puesto, sacaba un vino, y Laida le daba conversación. La voz de Jabi era como la madera noble, firme y cálida, como una estructura. Daba ganas de caminar descalza sobre ella. Hablaban de trabajo, de los proyectos de una y de otro, de los planes que tenían juntos, de sus amigos. Se reían con frecuencia, con ganas. Tenían un plan de vida. Normalmente Jabi era el que cocinaba y Laida la que guiaba la conversación, comentaban los cotilleos del barrio mientras él espesaba la salsa. Si le preguntasen por su idea de bienestar, Laida contestaría algo así como: «Hablar con Jabi mientras fríe patatas». De joven aquella idea la habría deprimido, pero entonces no sabía nada de lo mínimo que hace falta para que las plantas crezcan. Jabi abriría una lata de atún y le daría un poco a la boca con un trozo de pan; Laida lo ayudaría a preparar la ensalada; fuera llovería. Después de la cena llegaría Iria con Max.

Laida guardó durante cuatro años los mensajes de Ramon, los que le escribió sobre la tesis y unos cuantos que le escribió con la tesis como excusa. Había querido entender al hombre que se encontraba tras aquellas palabras, entenderse a sí misma en aquel galipote del que parecían estar hechas. Nunca se acostaron. «Menos mal», pensaba Laida ahora. Más que la humillación de que la follara –se imaginaba que al principio lo haría muy despacio y luego muy muy rápido, como cuando tomaba la palabra en las conferencias–, lo que le generaba malestar físico era imaginarse a aquel hombre vaciándose dentro de ella. Nunca se miraron durante mucho tiempo seguido; las miradas