Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Años después del cataclismo final, un contrabandista que se dedica a traficar objetos entre las ciudades en ruinas recibe el encargo de escoltar a una enigmática adolescente a través de una desolada geografía en la que imperan la deshumanización y la violencia. Pero esa huida no será más que el comienzo de una travesía signada al mismo tiempo por el horror y la esperanza. En esa intemperie hostil habitada por hordas bárbaras en la que cada uno sobrevive como puede, los aguarda una caravana de hombres y mujeres que van en busca de una utópica ciudad llamada Confín, siempre bajo la amenaza inminente de la barbarie. Distopía que se alimenta del western gaucho y el steampunk, Hija de nadie es una epopeya que huele a profecía. Un paisaje brutal, sectas mesiánicas, la codicia humana y los desastres naturales se conjugan para conformar un futuro sombrío en el que unos pocos no renuncian a la promesa de un horizonte mejor. Narrada con tensión ejemplar y destacada por el jurado por su buen pulso narrativo, gran manejo de los diálogos y su tono cinematográfico, Hija de nadie fue merecedora del Premio Casa de las Américas de Novela 2022 y confirma, una vez más, la potencia de un autor con absoluto dominio de su propio territorio literario.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 300
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Hija de nadie
Javier Núñez

D. R. © Universidad Veracruzana
Dirección Editorial
Nogueira núm. 7, Centro, cp 91000
Xalapa, Veracruz, México
Tels. 228 818 59 80; 818 13 88
https://www.uv.mx/editorial
Primera edición: 29 de febrero de 2024
ISBN: 978-607-8969-15-9
Cuidado de la edición: Lino Daniel Pérez Mortales
Maquetación e ilustración de forros: Jorge Cerón Ruiz
Elaboración de epub 2.0: Aída Pozos Villanueva
1
La mujer se abrió paso entre los matorrales con una mano llena de raspones y tierra reseca. Jadeaba como un animal salvaje y sus ojos estaban atravesados por el miedo. Con la otra mano tiraba sin miramientos de la chica, que la seguía a tropezones alzando el brazo libre para protegerse del latigazo de las ramas. El pelo y la ropa se pegaban a la piel de la muchacha por el sudor. En el cuello se le había dibujado un triángulo oscuro. Todavía vestía el atuendo gris ceremonial. Su madre tenía la cabeza afeitada y la túnica que le cubría el cuerpo, del color celeste opaco de las sanadoras adultas, estaba rasgada por las espinas y las ramas de los arbustos que invadían el sendero medio escondido por el que se habían internado. Cruzado a la cadera, llevaba un cuchillo de caza manchado de sangre fresca que le ensuciaba las ropas.
Se detuvieron de golpe. Con un dedo sobre los labios, la madre le indicó silencio. Yara aguzó el oído también. Había que abstraerse de los sonidos del bosque: el rumor de hojas sacudidas por el viento, el canto de pájaros que llegaba desde los árboles cercanos, el crujido de una rama seca, las pisadas gráciles de algún animal que huía. Atender más allá de todo eso hasta percibir el golpe de pies sobre la tierra, una voz queda. Por la espalda de Yara trepó una oleada de terror. Buscó la mirada de su madre.
Era fría.
Desalentada y al mismo tiempo fría.
Siempre creyó que tendría un poco más de tiempo. No mucho, pero sí un poco más. Su madre también. Supo cuánto se equivocaba −cuánto se habían equivocado las dos− en el momento en que le mostró la primera huella menstrual y por sus ojos vio pasar un relámpago de desesperación.
Se adentraron en un bosque de pinos que se alzaban sobre un terreno escarpado. Tenían hambre y estaban agotadas. Ya habían perdido la cuenta de las horas que llevaban huyendo.
¿Cuatro?
¿Diez?
¿Mil?
Yara no se quejó ni una sola vez. La mano de su madre tiraba y tiraba, y por momentos parecía que ahora eso era todo. Que todo lo que les quedaba era seguir huyendo para siempre entre ramas que les lastimaban la cara y las piernas. Una marcha forzada permanente, acompañada por el jadeo agitado de su madre y la respiración, cada vez más próxima, de los hombres que las perseguían.
Algo se abrió camino ruidosamente frente a ellas. Una bandada de pájaros echó a volar mientras los pastos altos, a su izquierda, se sacudían. La madre de Yara se interpuso entre ella y lo que fuera que apareciese ahí delante: lo hizo con un brazo cruzado tras la espalda, tanteando el mango del cuchillo, y el otro extendido hacia el frente, dispuesto a atajar lo que se le viniera encima. La pose era instintivamente desafiante. Protectora y desafiante.
Un huemul se asomó entre el follaje y las miró con curiosidad. Después se alejó de un salto.
Yara vio a su madre apoyarse contra un árbol. Se la notaba cansada. Tenía un magullón en el pómulo, raspones que le habían abierto hilitos de sangre en la piel y un corte en la rodilla que se había hecho al tropezar con una raíz y caer sobre una piedra. La vio arrancarse una tira de tela de la túnica para improvisar un vendaje en torno a la herida.
A Yara le hubiera gustado estirar la mano hasta ella y poder hacer algo, pero sabía que sería completamente inútil.
“¿Te duele?” −preguntó con señas.
La mujer sacudió la cabeza. Tampoco ella podía hablar. Al igual que todas las sanadoras, según marcaba la tradición, las dos habían sido mutiladas de pequeñas. Una ablación completa de lengua.
—¿Cómo estás? −preguntó la madre.
—Puedo seguir −dijo Yara.
Se incorporaron las dos.
Siguieron corriendo.
2
Cuando atravesaron el bosque salieron a un río angosto y algo sinuoso que corría entre unas piedras. Después del río se abría un tramo árido de tierras pardas y quemadas, con matorrales esporádicos y secos, y algún que otro árbol solitario que se alzaba bajo un sol de plomo. Detrás se recortaba, imponente, la barrera natural del escarpe del Colorado, una pared de granito que se alzaba a más de ochocientos metros de altura a través de la cuenca de lo que alguna vez había sido el río Colorado y cruzaba el continente desde el océano Atlántico hasta la cadena montañosa de los Andes. A lo lejos, hacia el oeste, se adivinaba la silueta oscura de Última Muralla, la ciudad fortín, con sus torres y almenas negras, que cerraba el único paso hacia el sur a lo largo de toda la falla que elevaba las Tierras Patagónicas por encima de las extensas planicies de la Pampa Larga.
Se detuvieron al borde del bosque, vacilantes. La cara de la mujer se transformó de golpe.
Más adelante, siguiendo el curso del río, se adivinaban las formas de un jeep oxidado, con enormes ruedas negras y dos caños humeantes que sobresalían como chimeneas. Lo flanqueaban dos jinetes armados. Parado en la parte trasera del jeep, un hombre oteaba el horizonte.
A pesar de la distancia, era fácil reconocerlo.
Era un hombre ancho y oscuro, entrado en años, que, sin embargo, conservaba duros y firmes los músculos por debajo de esa primera capa de grasa que parecía sacudirse con cada movimiento. Una especie de hombre bestia lleno de cicatrices del tiempo, pero todavía vital: bien lo sabía la mujer que, en tantas ocasiones, lo había tenido encima. A lo largo de muchos años, sus palmas se habían visto obligadas a recorrer aquellos músculos y huesos maltratados una y otra vez. Llegó a pensar que ese cuerpo de oso era un plano secreto que sus manos habían aprendido de memoria. Podía imaginar las venas tensas que recorrían el cuello, la piel agrietada, la mata de pelos enrulados y encanecidos que cubrían el pecho y los antebrazos. Los ojos siempre encendidos, como si algo ardiera todo el tiempo en lo más hondo de su mente. Tenía una barba espesa que se abría en dos trenzas que le colgaban sobre el pecho. Estaba completamente calvo y lo único que lucía sobre su cabeza eran las infaltables antiparras de bronce, sujetas con una tira de cuero. Dos franjas de pintura negra le cruzaban el rostro: una horizontal en la línea de los ojos, como un antifaz, y otra perpendicular que subía por su frente y le atravesaba todo el cráneo hasta la nuca. Llevaba una chalina sucia alrededor del cuello, pantalones y borceguíes negros, y dos machetes cruzados a la espalda. Se bajó las gafas y accionó el mecanismo que cambiaba las lentes, para escudriñar la distancia.
Yara también lo vio y no pudo evitar un estremecimiento.
Lo que había hecho su madre era algo impensable. Algo que ningún Hijo de Wolff jamás se había atrevido a llevar a cabo. La sola idea de escapar era arriesgada y casi absurda. ¿Escapar a dónde? No había la más remota posibilidad de atravesar la Pampa Larga a salvo. Las pocas mujeres que lo habían intentado nunca habían llegado demasiado lejos. Las más afortunadas habían encontrado la muerte ahí afuera: de hambre, de sed, en las garras de algún animal salvaje o, si habían logrado alejarse lo suficiente, a manos de los merodeadores. Las otras habían sido capturadas nuevamente y por Dios que hubieran preferido cualquiera de las otras muertes.
Claro que ninguna recordaba a Dios.
Hacía tiempo que se había ido de esas tierras.
Su madre, en cambio, había elegido el camino hacia el sur. Atravesar el bosque con rumbo a Última Muralla, con la ilusión de encontrar un paso hacia las Tierras Patagónicas. Y ahora estaban atrapadas. Todo lo que se abría entre ellas y la pared que se alzaba allá adelante era un terreno yermo, vacío, donde esconderse era imposible. Afuera las esperaban el mismísimo Wolff, rey y señor de los Hijos de Wolff, y dos de sus hombres. Por el bosque se acercaban los demás. De una forma u otra iban a caer en sus manos.
Pero escapar no era lo peor que había hecho su madre: lo peor había sido llevarse a la próxima sanadora del rey.
Trató de imaginar el castigo que le esperaba.
Sus conocimientos de la crueldad no alcanzaban siquiera para aproximarse.
3
Yara se vio arrastrada otra vez. Su madre tiraba de la muñeca hasta casi arrancarle el brazo de cuajo. Volvieron sobre sus pisadas, adentrándose nuevamente entre los pinos, y avanzaron en paralelo al río. Pero en lugar de alejarse del jeep, se acercaban a él. Por un momento, Yara creyó que su madre se había desorientado y aflojó el ritmo, acaso para indicarle que estaban yendo en dirección contraria. Sintió que los talones se le despegaban del suelo: si no le seguía el paso acabaría por caer. Su madre se movía con una determinación ciega, ignorando las ramas que le dibujaban pequeñas rayas de sangre en los brazos desnudos. Un alud de un solo cuerpo abriendo la senda. Un animal en estampida. Pero en lugar de huir del fuego, corría hacia él.
Se detuvieron y se agacharon detrás de un árbol. La madre le señaló la ribera opuesta. Le tomó la cara, obligando a Yara a mirarla a los ojos. Le habló con señas. Parecía susurrar con las manos, como si sus dedos quisieran evitar un roce inapropiado que las delatara. Era un río poco profundo y se podía vadear sin problemas. Si mantenía la cabeza gacha hasta llegar al ombú solitario que se alzaba a unos treinta o cuarenta metros de la orilla, y esperaba la caída de la noche, iba a tener una oportunidad.
Yara no entendió. Era imposible cruzar sin ser vistas. Apenas salieran del cobijo de los árboles, iban a caer directo en los brazos de Wolff y los dos jinetes.
La madre la acarició. Los dedos le temblaban.
“No mires atrás” −dijo. “No importa lo que pase. No mires atrás. Tenés que llegar al árbol”.
Ahora sí, Yara comprendió. De pronto sintió que el suelo se había abierto a sus pies: una brecha silenciosa que tragaba la tierra desde adentro hacia afuera y abría un abismo sin fin que parecía abrazarla. Como si después de cientos de años hubiera vuelto la era de los terremotos que habían transformado al Mundo Antiguo. Sacudió la cabeza y se aferró a las manos de su madre.
“¡No! ¡No, por favor, no!”.
Las dos lloraban casi sin ruido. Un llanto bajito, apenas audible, amortiguado por los sonidos del bosque y el murmullo del río que golpeaba contra las piedras.
Se abrazaron como si quisieran fundirse la una en la otra. La madre la besó. Los dedos de Yara eran garras en su espalda. Tuvo que forzarle los brazos para desprenderse de ella. La chica seguía sacudiendo la cabeza, diciendo “no, no, no”. Pero la mujer se movió con determinación, empujándola para que trepara al árbol. Sabía que si se detenía a pensar no tendría fuerzas: tenía que hacerlo así, como si el cuerpo fuera una cosa ajena, algo que respondiera a una voluntad externa y desconocida. Tenía que hacerlo mientras la mente fuera todavía una masa ardiente y difusa, un nubarrón oscuro de confusión y dolor y desesperanza, donde todo se apagaba salvo una única convicción. Tenía que preservar la vida de su hija del modo que fuera, darle la posibilidad que ella nunca había tenido y que acaso nunca más volviera a tener.
A cualquier costo.
Vio a la chica trepar por el árbol hasta desaparecer en las ramas más elevadas. Se movía con agilidad renovada: a pesar del cansancio, de los pies lastimados y las manos ampolladas, la desesperación le había infundido una energía y una destreza nuevas. Pronto se perdió en el follaje alto. Una vez que su hija desapareció de la vista, la mujer se aseguró de dejar huellas bien visibles que se alejaran del árbol y echó a correr en la misma dirección. Lo hizo justo a tiempo: las voces ya se oían con mayor claridad; incluso Wolff había mandado a callar a los tipos que lo acompañaban, alertado por el rumor de movimientos en el bosque. Un hombre solitario asomó entre la última línea de árboles y salió al encuentro de su rey.
—Están cerca −dijo.
La mujer forzaba cada paso. Cuando el cuerpo parecía a punto de ceder, cuando el dolor de la rodilla crecía hasta que una nube oscura y llena de destellos brillantes amenazaba con velar su visión, una fuerza sin nombre la tironeaba como si una soga invisible la atara a una cuadriga de caballos que redoblaba la marcha allá adelante. Las piernas vencidas y los brazos aleteando en el aire presagiaban una caída inminente, pero entonces el cuerpo salía impulsado por esa cuerda invisible que se acababa de tensar.
De pronto los árboles empezaron a ralear. La línea de vegetación se hizo menos espesa, y la luz −que antes caía en manchones que se filtraban a través de la cúpula de hojas donde las copas de los árboles se tocaban− se volcó sobre la tierra seca con matorrales bajos. Se encontró en el claro y avanzó hacia el río.
Los gritos, a su espalda, fueron casi inmediatos.
Los jinetes espolearon sus caballos. Wolff golpeó la barra antivuelco del jeep, que se puso en marcha escupiendo un humo espeso y tóxico. Aunque la mujer había avanzado bastante, poniendo cierta distancia entre ella y sus perseguidores, ahora que la habían visto no había nada que pudiera hacer. Los caballos y el jeep se acercaron levantando tierra. Los hombres que la seguían a pie, alertados por el rugir de motores y los gritos de sus compañeros −un aullido insano de odio alegre, un alarido que transmitía el miedo de través del aire como un virus−, empezaron a salir del borde del bosque y también se lanzaron hacia ella.
La mujer corrió, aun sabiendo que estaba perdida.
Los jinetes no tardaron en cortarle el paso. Uno por cada lado, en formación de pinza, le cerraron el camino. La mujer giró sobre sus talones y huyó hacia el río, levantando agua con cada paso, pero los hombres que habían salido del bosque se metieron tras ella con grandes saltos, como chicos alegres jugando en el mar, y empezaron a rodearla.
Sacó el cuchillo: la hoja, larga y oscura, apuntó a un lado y después al otro.
Los tipos ni siquiera habían desenfundado. Unos reían. Otros resoplaban con furia y esfuerzo. Todos parecían deseosos de echarle mano: unos por algún placer turbio, otros simplemente para hacerle pagar el esfuerzo de aquella persecución que se había extendido mucho más de lo que consideraban tolerable o divertido. La rodeaban con ansia salvaje. Tenían algo de lobos, o de hienas.
El jeep se acercó a la orilla del agua. Wolff, sin bajarse, la miró con ojos llameantes.
—¿Dónde está? −dijo.
Algo en la cara de la mujer se transformó. El velo de espanto cayó y dio paso a una especie de triunfo. Bajó el cuchillo y sonrió. La sonrisa no era desafiante: era genuina. Después abrió la boca, mostrándole la lengua ausente.
El rey sonrió a su vez.
—Hay otras formas −dijo.
Pero vio, en los ojos de ella, que no tendría oportunidad.
4
En cuanto el último de los hombres que perseguían a su madre se perdió detrás del rastro de ramas quebradas y huellas que ella les iba dejando, Yara bajó del árbol en silencio. Ahora tenía que esperar. Se movió con sigilo entre la fronda, cerca del río, desde donde podía ver el jeep y los caballos de los Hijos de Wolff, y se refugió tras el tronco bifurcado de un viejo caldén. El bosque entero parecía contener el aliento. Los pájaros habían enmudecido y hasta el rumor del agua se había apagado de pronto. Si aguantaba la respiración, a Yara le parecía oír el aliento espeso del rey que miraba hacia el lado por donde había huido su madre.
Uno de los jinetes gritó.
—¡Allá!
Yara siguió la dirección que señalaba el tipo. La figura de su madre, a la distancia, se veía pequeña, frágil, vacilante.
El otro fue el primero en reaccionar y sacudir las riendas de su montura. Casi de inmediato se puso en marcha el jeep donde Wolff, ahora, gritaba órdenes que se perdían bajo el escándalo de cascos de caballos y motores.
El primer impulso de Yara fue echarse a correr tras ellos: quería salir al claro, y perseguir al vehículo y los caballos que se habían lanzado contra la silueta lejana de su madre. Apenas logró refrenarse. Apretó los dedos contra el tronco con tanta fuerza que una de las uñas se le partió con un chasquido sordo. El dolor la hizo reaccionar. Se mordió las lágrimas y corrió hacia el río, con el cuerpo inclinado y sin hacer mucho ruido, por el terreno que ahora le habían dejado libre. Pasó por detrás de la nube de polvo que habían levantado Wolff y sus hombres, viendo como del bosque empezaban a surgir también el resto de los perseguidores y se echaban a correr hacia la mujer que trataba inútilmente de escapar allá a lo lejos. El agua la recibió con un golpe helado. No le llegaba más allá de la cintura. Avanzó con los brazos en alto, peleándole cada paso a ese fondo fangoso que le tragaba los pies y aguantando el empuje de la corriente que la llevaba hacia las piedras. Por suerte el río era angosto y logró cruzarlo casi enseguida. No podía dejar de ver, río arriba, que los caballos habían alcanzado a su madre y los hombres que habían salido del bosque empezaban a rodearla.
Yara salió del agua y se obligó a correr hasta el árbol solitario. Se escondió y miró de nuevo hacia el río.
Nadie la había visto cruzar.
Todos estaban ocupados con la mujer que ahora apuntaba sin convicción, con un cuchillo tembloroso, a los hombres que la cercaban. El jeep se detuvo frente a ella y Wolff se puso de pie. Desde donde estaba, Yara no llegó a escuchar ni siquiera un murmullo lejano. Pero el rey pareció decir algo, porque los hombres de pronto habían dejado de avanzar, manteniendo el cerco en torno a la mujer que estaba ahí, de pie en el río, con el agua hasta los tobillos y el cuchillo colgándole en la mano floja.
Yara se abrazó con fuerza al árbol.
Allá a lo lejos, su madre se irguió, orgullosa. De pronto pareció más alta.
Levantó el cuchillo y sin vacilación, con un movimiento firme y seguro, se abrió el cuello de lado a lado.
Yara se tapó la boca con las dos manos.
Sus ojos, en cambio, no dejaban de gritar.
1
La silueta de un jinete se abrió paso en la neblina que opacaba la luz difusa del alba. Arreaba dos mulas cansinas, con las alforjas llenas, que lo seguían unos metros más atrás. Avanzó hasta la vieja estructura oxidada que se alzaba a la orilla de un río turbio de aguas fétidas. Más allá, se adivinaban las formas de un viejo puente trasbordador que se truncaba a medio camino, antes de llegar a la elevada muralla de hierro que bordeaba toda la orilla opuesta, encerrando la ciudad-torre que se erigía al otro lado y trepaba hacia el cielo en niveles montados uno sobre el otro. Vista desde ahí era imponente. Una mole de metal, envuelta en la bruma eterna del humo y los vapores que salían de las chimeneas infinitas y, sobre todo, de los niveles inferiores, donde los hornos y las salas de máquinas funcionaban sin pausa. Y allá arriba, asomando por encima de esa nube industriosa, las torres que se comunicaban entre sí con armazones que dibujaban una telaraña sólida.
El jinete cabalgó hacia el río. La sombra ancha de un dirigible que cruzaba el cielo lo envolvió por un momento. Guió a su caballo por una pendiente donde el asfalto se había derrumbado abriendo una enorme boca en el suelo. Al fondo se divisaba la entrada de un viejo túnel subfluvial que alguna vez había unido ambas riberas. Unos caños herrumbrados se extendían a todo lo largo. El hombre se bajó del caballo y lo llevó de las riendas. Los cascos chapoteaban en los restos de agua que se habían formado en el suelo. El trayecto era una oscuridad indómita e interminable. Prendió un encendedor, alumbrando con su llama tenue las paredes. Por fin encontró un interruptor y lo bajó. Hubo un chisporroteo azul y una luz débil y titilante deshilachó la negrura.
Tenía el aspecto vagamente atemporal de los hombres que deambulaban por la Pampa Larga. Era alto, de más de cincuenta años, con la piel curtida por el sol, el polvo y el viento. Las venas y los músculos recordaban las raíces retorcidas de algún árbol añoso. El pelo, entrecano y revuelto igual que su barba, asomaba debajo del sombrero oscuro. Un monóculo ciego, redondo y negro, ceñido con una cinta de cuero, le cubría el ojo izquierdo. Sus pantalones amplios estaban tan gastados y polvorientos como la camisa y el poncho descolorido. Un cinturón ancho le ceñía el facón. De la cintura le colgaba una cartuchera por la que asomaba la culata de un revólver. Porque las cosas, había aprendido a la fuerza, no siempre se podían resolver a cuchilladas.
A medida que la vista del hombre se fue habituando, empezó a distinguir las formas conocidas de la enorme cañería que atravesaba el riachuelo hasta desembocar en las entrañas de la ciudad, un entramado de conductos, hornos de fundición, escaleras de hierro, tubos que expulsaban chorros de vapor y pasillos cilíndricos que crecían por encima de las ruinas de la ciudad enterrada. Cientos de años antes, esa zona había sido un barrio portuario de casas coloridas y algunas calles hechas con bloques de piedra. Antes de la era de los terremotos y el final de todo lo conocido, y de que el mundo volviera a empezar. Porque así, recordó Solo Camacho mientras recorría el túnel solitario, decían los Antiguos que había sido: como si la civilización un día se hubiera caído a pedazos y el mundo hubiera retrocedido miles de casilleros en el tablero de la historia.
Un sonido, leve y lejano, le llegó amplificado a través del rebote en las paredes cóncavas. Solo Camacho tiró de las riendas y el caballo, dócil, se detuvo en el acto. Aunque aguzó la vista, no lograba ver mucho más allá de los próximos metros. El sonido se oyó otra vez: un chapoteo veloz y repetido, acaso unas patas cortas huyendo sobre un leve resto de agua. Una rata, quizá. Todo parecía tranquilo. De cualquier modo, por precaución, se descolgó el rifle de cerrojo que llevaba cruzado a la espalda y avanzó con el arma en las manos.
El caballo resopló, largando una breve nube de vapor que se perdió en el aire viciado del túnel. Un ensanchamiento y la salida a una especie de bóveda de piedra con una escalera de hierro que subía por uno de los laterales le indicaron que el cruce del río había terminado. Pero, en lugar de subir, Camacho siguió hasta el fondo, donde un hueco en la pared de ladrillos daba paso a otro túnel que corría en forma perpendicular. Camacho condujo a los animales a través de la abertura y salió a un tramo de unas antiguas vías subterráneas. Avanzó hacia el andén, envuelto por una luz difusa y vaporosa. Una silueta que salió de las sombras le cortó el paso varios metros antes de llegar. La luz de una linterna le buscó la cara.
—¿Solo? −preguntó la voz.
—Sí −dijo.
Alguna vez había tenido otro nombre. Uno de verdad. Ya nadie lo sabía. Ni siquiera él: hacía tanto que no lo usaba que también lo había olvidado. La gente le decía Camacho y así se había presentado siempre: diciendo nomás su apellido. Un día alguien le preguntó si no tenía nombre y, en lugar de decir que no, dijo “solo Camacho”. Así quedó.
Había conseguido sobrevivir en ese mundo sin esperanza llevando cosas de acá para allá. Primero aprendió a recorrer las ciudades en ruinas para recoger lo que pudiera servir en los poblados que se habían ido formando en la Pampa Larga. Era un oficio riesgoso. Bayres era un pulpo gordo de muchos tentáculos que se extendían por todo el territorio. Un pulpo que se alimentaba de los recursos naturales que eran extraídos en las lejanas Delegaciones de Producción y transportados en los trenes de alta velocidad que iban y venían por esos tentáculos. Un pulpo que chupaba todo lo que pudiera dar la tierra hasta secarla. Las viejas ciudades que se habían mantenido en pie al cabo de la Guerra de los Treinta Años se habían transformado en trampas mortales, frecuentadas por vagabundos desesperados −que a veces buscaban abrigo o un techo para pasar los días de frío; a veces algo para llenar el estómago o, aunque más no fuera, espantar por un rato los espasmos del hambre− al igual que por grupos de merodeadores. Y eso sin contar a los implacables Escuadrones de Control, que recorrían los alrededores de las Delegaciones de Producción para garantizar que no se escapara ni una gota de la sangre que el pulpo le estaba chupando a la tierra.
Después, aprendió a meterse en la ciudad a través de aquel antiguo túnel olvidado para traer piezas de tecnología antigua que recolectaba en las ruinas y cambiarlas por artículos que pudiera revender al otro lado de la muralla y del río, lo que era como decir casi cualquier cosa, porque a medida que iba pasando el tiempo, todo empezaba a tener cierto valor. Armas, municiones, el tabaco, el vino y el whisky, pequeños electrodomésticos de otra era, baterías de automóviles, motores descompuestos, piezas sueltas de algún aparato antiguo. Cualquier trasto que pudiera sacar de la ciudad o lo que le pidieran desde los remotos puestos de abastecimiento de la Pampa Larga. Mientras Bayres recibía a las infladas naves de gas que tenían permiso de comercialización por arriba, Solo Camacho había encontrado el modo de meterse por abajo.
El hombre de la linterna dejó de encandilarlo y alumbró unas cajas y sacos apilados al costado de la vía. Camacho volvió a cruzarse el rifle a la espalda y se acercó al hombre. Se saludaron con una inclinación de cabeza.
—¿Algún problema?
—Todo en orden −contestó el hombre de la linterna.
Era un tipo escuálido, con la piel pegada a los huesos. Su nombre era Dravio. Camacho creía que durante un tiempo había sido arquitecto o algo similar, y que un día cayó en desgracia. Nunca supo por qué. A veces en Bayres pasaban esas cosas. Uno podía subir a lo más alto, con los Ingenieros, los Preservadores, los Científicos o los Administradores, y caer en picada de un día para otro solo por haberse ganado el desprecio del tipo indicado. Muchos iban a parar a las salas de máquinas o a los hornos y se morían ahí abajo, aplastados por las ruedas dentadas de algún engranaje, consumidos por el vapor abrasador que había escapado de una tubería, o de alguna forma parecida. Otros tenían que irse: eran desterrados de la ciudad y condenados a trabajar en los lejanos puestos de producción de las Delegaciones o librados a su suerte en la Pampa Larga. La mayoría no sobrevivía: la gente de la ciudad no estaba hecha para la vida afuera. No había sido el caso de Dravio: pudo quedarse a pesar de todo y de algún modo empezó a trepar otra vez. Había erigido un pequeño imperio de contactos y favores.
Camacho se acercó a las cajas y abrió una. Sacó una botella de vino, la miró a la luz borrosa que llegaba del andén y la volvió a guardar. Abrió los sacos y las bolsas, y también revisó someramente su contenido, apenas para verificar que contuvieran lo que debían: sal, café, antibióticos, tabaco, algunas especias, balas de diferentes calibres, baterías. Dravio lo veía hacer, revisando a su vez las piezas de tecnología olvidada que Camacho había salvado de las ruinas. Después sacó un paquete de tabaco del bolsillo y empezó a armarse un cigarrillo con destreza. Lo humedeció y se lo llevó a los labios. Se interesó por las novedades de “allá afuera”, ese concepto difuso que iba desde el otro lado del riachuelo, a través de las planicies interminables de la Pampa Larga, hasta Última Muralla. Camacho se encogió de hombros.
—Lo mismo de siempre −dijo−: pura tierra de nadie habitada por toda la mierda que caga la ciudad de hierro. Y en esa intemperie sin fin igual nos matamos unos a otros por un pedazo de pan o lo que sea.
—Te podrías quedar.
Camacho sacudió la cabeza.
—No quiero tener dueños.
Camacho cerró una bolsa arpillera y empezó a cargar las mulas en silencio, atando los sacos con una cuerda.
—Necesitás una nave −dijo Dravio.
—Nunca me darían la carta de comercio −contestó−. Además, los caballos no explotan.
Durante un rato los hombres trabajaron en silencio, concentrados en el traspaso de mercaderías de las cajas a las alforjas y en ajustar las cuerdas a los aparejos que sostenían la carga sobre el lomo de las mulas. Ya casi habían terminado cuando se oyó un ruido apagado que llegaba del andén. Camacho, instintivamente, se llevó la mano al revólver.
—Tranquilo −dijo el otro.
Dos siluetas inciertas se acercaban despacio por la plataforma. La primera, más alta, venía envuelta en una especie de capa con capucha que le cubría la cabeza y le confería un vago aspecto de monje medieval. Cargaba, cruzado en bandolera, un morral y algunos pertrechos que tintineaban con cada paso. La otra, mucho más pequeña, venía de la mano del falso monje.
Los recién llegados se acercaron al borde del andén, donde el más alto ayudó a la figura más chica a bajar hasta las vías. De pie frente a los contrabandistas y la recua de mulas, el hombre se descubrió la cabeza. La luz imprecisa que llegaba por los respiraderos del techo le desnudó los rasgos. La cara estaba surcada por una trama intrincada de arrugas y pliegues, y el cuello parecía de tortuga. Tenía la cabeza calva y la piel amarillenta y con algunas manchas de la vejez. Respiraba con cierta dificultad, como si el aire se le espesara en los pulmones, y las manos le temblaban con vértigo. Los ojos, afiebrados y cubiertos por una pátina acuosa, se clavaron en Camacho. Este, en cambio, no le dirigió más que una breve mirada. Su atención estaba dirigida a la otra figura que había llegado con el viejo. Era una chica de no más de catorce años. Tenía el pelo oscuro y largo, y unos ojos que parecían pozos. Estaba pálida y mal alimentada: sus brazos eran ramitas quebradizas a merced de un viento fuerte.
—¿Qué es esto? −preguntó.
—Los esperan en Dos Puentes −contestó Dravio−. Al otro lado del río hay caballos, en la base del viejo transbordador.
Camacho negó con la cabeza.
—No. No sé quiénes son y esto no formaba parte del trato. Además, este tipo no parece estar bien. A lo mejor está enfermo.
Hablaban entre ellos dos, sin prestarle atención al otro. El viejo, que hasta entonces se había mantenido en silencio, abrió la boca por primera vez.
—No estoy enfermo −dijo.
—Qué tiene entonces.
—Estoy viejo.
—Es lo mismo: no va a aguantar.
Camacho cruzó los brazos. Su gesto parecía dar algo por concluido. El viejo miró a Dravio en busca de ayuda o, quizá, de aprobación. Parecían haber previsto toda la conversación y sabido, de antemano, cuál iba a ser la respuesta de Camacho y cómo tenían que hacer para quebrar su negativa. Dravio asintió levemente. El viejo sacó entonces un sobre de cuero de entre sus ropas, lo abrió y Camacho vio un fajo de billetes manchados. Eran unos billetes grandes, casi cuadrados, de un celeste pálido. El viejo separó la mitad, los plegó al medio y se los extendió a Camacho.
—Dos mil ahora −dijo el viejo−. Dos mil cuando Yara y yo lleguemos a Dos Puentes.
Los pesos de la ciudad servían en cualquier parte. Afuera, incluso, valían más. Una bolsa de piezas de oro cuyano o de plata del Cordón Andino era una tentación para cualquiera, pero un fajo de billetes de la ciudad era algo que no se veía muy a menudo. Camacho agarró los billetes y los contó. Los plegó con cuidado y se los guardó en el bolsillo de la camisa.
—Si no llega, los otros dos mil me los quedo igual.
El viejo se encogió de hombros.
—No me van a servir para mucho.
—Y cuando usted se muera, la nena también se queda atrás. Es una oveja. Y allá afuera está lleno de lobos. No se puede correr con una oveja en brazos y un montón de lobos mordiéndote el culo. No. Hay que soltar la oveja y correr mientras los lobos se entretienen.
El viejo apretó a Yara contra su cuerpo, como si con ese gesto pudiera protegerla de la amenaza que acechaba detrás de las palabras de Camacho. Un gesto vano. El viejo no hubiera sido capaz de protegerla ni siquiera ahí, donde la única amenaza era la indiferencia de Camacho. Afuera no tendría la más mínima chance.
—Ella tiene que llegar.
Camacho lo miró con resignación. Comprendía, de pronto, sin que nadie dijera nada, que el viejo había quemado las naves y la ciudad había dejado de ser una posibilidad en el horizonte de esa extraña pareja. Camacho no tenía idea de por qué ni le interesaba en lo más mínimo, pero si algo había aprendido a lo largo de los años era a reconocer a los que ya habían jugado su última carta. Supo que no habría forma de dejarlos atrás.
—Entonces manténgase vivo.
2
Salieron a la luz clara de la mañana y avanzaron bordeando el río. Las aguas turbias, pútridas, arrastraban la basura y la mierda que la ciudad amurallada escupía a través de una hilera de conductos, y se las llevaban hacia el ancho río con aspecto de mar que se abría hacia el este. El viejo caminaba despacio. Daba la impresión de tambalearse sobre las piernas temblorosas, como si fuesen algo extraño a su cuerpo que no acabara de dominar del todo. Era evidente que hacía un esfuerzo enorme para seguirle el paso a Camacho; sin embargo, no se quejó en ningún momento.
La chica nunca abrió la boca. Ni cuando atravesaron el túnel ni después, una vez que salieron a la luz del día y cruzaron la explanada ardiente hasta los pilares de hierro donde, tal como Dravio había dicho, estaban atados los caballos.
Solo Camacho estudió los animales. Eran ejemplares fuertes y sanos: un bayo oscuro, de crines y cola de color negro, y un tordo mosqueado. Cada uno tenía su silla y una bolsa de dormir enrollada. Estaba claro que la salida de la ciudad era algo que se venía preparando desde hacía tiempo. Supuso que si Dravio no le había anticipado nada no era porque no había tenido tiempo o porque algo había precipitado la salida de los dos, sino porque había entendido que la única forma de convencerlo era esa: encajándole a la chica y al viejo casi de prepo, sin darle ni tiempo a decir que no.
El viejo y Yara llegaron hasta los caballos. La chica no parecía intimidada por el porte de los animales. El viejo la sostenía de la mano.
—¿Cuál te gusta? −preguntó.
Yara los miró un momento: sus ojos, entornados, inquietos, se movieron de un animal al otro. Al final levantó un índice escuálido y señaló al caballo más claro.
—El granizado −dijo el viejo−. Sabía que te iba a gustar ese.
—El bayo es mejor para ella −dijo Camacho−. Tiene menos alzada.
El viejo pareció no escucharlo. Ayudó a Yara a calzar un pie en el estribo y le pidió que sujetara fuerte las riendas. Ella montó sin esfuerzo. Camacho esperó que dijera algo, pero seguía en el más férreo silencio. Después fue el turno del viejo. El primer intento quedó trunco: el impulso no le alcanzó para pasar la otra pierna por encima del lomo del caballo −parecía más débil que torpe− y, por un momento, estuvo a punto de caer al suelo. Al final sacó fuerzas quién sabe de dónde y consiguió trepar a la silla.
—Vamos −dijo Camacho−. El camino es largo.
Chasqueó la lengua y su alazán inició la marcha, seguido por las mulas y el tordo que montaba Yara. El viejo, casi abrazado al cuello del animal, todavía trataba de recuperar el aire.
3
Las antiguas ruinas de las construcciones que alguna vez se habían alzado alrededor de Bayres formaban una enorme planicie de destrucción. Un extenso campo de escombros antiquísimos que se extendía hacia el horizonte. Un campo de escombros entre los que había empezado a crecer, indomable, la vegetación.
Avanzaron un buen rato sin decir nada. Camacho iba atento al horizonte y echando un ojo de vez en cuando a los lados del camino. El viejo cabalgaba encorvado, con la cabeza gacha, como si las nubes que se recortaban sobre su espalda fueran una cosa pesada que derrumbara los cielos sobre él.
