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Ante el coronavirus, nuestras esperanzas se han vuelto hacia la ciencia y la tecnología. Y éstas han respondido con un avance espectacular en pocos meses. La revolución digital está viviendo una "hiperaceleración" que ha adelantado nuestro futuro. Este es el libro para entender la dimensión humana del cambio tecnológico que vivimos y la revolución de las máquinas que está a punto de llegar. En Hiperaceleración se aborda cómo nos afectarán: La Inteligencia artificial El Big data La Internet de las cosas El Blockchain El Aprendizaje automático Los Robots Y muchas tecnologías más... "Este libro es un 'Black Mirror' de la no ficción" - José Ángel Martos, editor de Diëresis
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Seitenzahl: 237
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Hiperaceleración
La revolución digital en la época del coronavirus
Josep Lluís Micó Patricia Coll
Prólogo de Luis Badrinas
Primera edición: junio de 2020
© Josep Lluís Micó Sanz
© Patricia Coll Rubio
© de esta edición:
Editorial Diéresis, S.L.
Travessera de Les Corts, 171, 5º-1ª
08028 Barcelona
Tel: 93 491 15 60
Diseño: dtm+tagstudy
Impreso en España
ISBN libro: 978-84-18011-10-8
ISBN ebook: 978-84-18011-12-2
Thema: UBW
Depósito legal: B 10718-2020
Todos los derechos reservados.
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Índice
Prólogo, por Luis Badrinas
Apertura
Corona
Virus
Sociedad
Interacciones
Diálogo
Humor
Inteligencia
Cadena
Máquinas
Robots
Revolución
Innovación
Discurso
Guerras
Verdad
Comunicación
Datos
Conexión
Deportes
Menores
Redes
Creatividad
Arte
Música
Sentidos
Amenazas
Formación
Ética
Ideas
Religión
Conciencia
Cierre
Los Autores
Josep Lluís Micó
Patricia Coll
Prólogo
La COVID-19, que empezó siendo un problema aislado en China, ha terminado afectando globalmente a todos los países y continentes. Una verdadera pandemia, la primera que nos acecha en el siglo XXI, aunque se parezca más a un regreso a la Edad Media, tal y como señalan Patricia Coll y Josep Lluís Micó.
En pleno confinamiento, recibo su grata invitación a prologar este magnífico libro Hiperaceleración. La revolución digital en la época del coronavirus, un análisis profundo de cómo la tecnología está impactando en nuestras vidas desde que hemos entrado en la era digital y, más concretamente, en la llamada «cuarta revolución industrial».
Mientras el tiempo parece que se haya detenido, realmente no es así. Muchas personas en estos días están descubriendo una manera de trabajar y de relacionarse diferente, parece que la digitalización se ha acelerado de repente para todos. Veíamos el teletrabajo solo como un medio de conciliación laboral y se ha convertido, en cambio, en nuestra principal forma de trabajar y de relacionarnos. Sobre esto trata el libro, dándonos un marco para entender el mundo digital que se avecina y que, tras la experiencia de los últimos meses, probablemente esté más cerca de lo que pensábamos.
En estos momentos, resulta también muy interesante su análisis y sus reflexiones acerca de la verdad, como concepto revalorizado, y el gran debate sobre las fake news. Estas últimas nos avasallan constantemente, como un bombardeo, y han tomado las redes sociales como su máximo amplificador. La velocidad lleva a que los rumores se conviertan en realidad.
En conjunto, el libro aborda temas apasionantes como las ciudades inteligentes, la gestión del big data, el aprendizaje automático, la realidad virtual, la computación en la nube, los robots y la robótica o el 5G. Quién nos hubiera dicho en su día que el smartphone sería nuestro amigo y compañero de batallas, un teléfono que es un ordenador de gran capacidad y que contiene todo lo relacionado con nosotros y con cómo nosotros nos relacionamos con el mundo. Lo anunció Steve Jobs cuando dio a conocer al mundo el primer iPhone en 2007, pero no llegábamos a visualizar sus enormes capacidades, que ahora podemos confirmar.
Estamos también en la época del transhumanismo, donde la ficción se junta con la realidad, transformando la condición humana para difícilmente discernir aquellas actividades que son exclusivamente propias de nosotros de las que empiezan a pasar a un estadio diferente, en una mezcla de robots con cuerpos etéreos y perfectos.
Vivimos en un momento en el que la inteligencia artificial es un gran apoyo, pero también puede ser una gran amenaza, en la medida en que se aplica a los procesos de toma de decisión. Ya anticipaba Ray Kurzweil que los humanos dejarán atrás su soporte biológico y pasarán su inteligencia a las máquinas. Esta idea de «singularidad» dio lugar a la llamada Singularity University, institución fundada en 2008 y creada por una serie de personas relevantes en el mundo de la tecnología avanzada, cuyo lema es: «Preparando a la humanidad para un cambio acelerado de tecnología».
Ya se empieza a vislumbrar lo que puede llegar a continuación: una nueva revolución, la de la humanización y la colaboración entre humanos y máquinas, donde el compromiso entre organizaciones y entre personas formará parte de esta nueva manera de hacer las cosas. Un escenario de mayor colaboración que aúne esfuerzos y busque sumar proyectos innovadores para la mejora de la vida de las personas. Donde la ética en ese proceso competitivo obligue a esforzarse a progresar y luchar a través de la constante innovación, tal como indican Coll y Micó.
Estamos ante un cambio de paradigma. El mundo cambia a una velocidad exponencial, tan rápido como se ha propagado la pandemia que estamos viviendo. La ciencia avanza, pero la información muchas veces no es la adecuada; si la hubiésemos gestionado bien y a tiempo, probablemente no estaríamos en esta situación en la que nos encontramos.
Tenemos tecnología suficiente, pero muchas veces no la podemos aplicar. En el ámbito de la medicina, sería necesario cambiar algo de nuestra regulación para permitir la consulta médica virtual –telemedicina–, básicamente para la primera consulta, y también para la prescripción del fármaco por parte del médico, algo que, sin duda, hubiera ayudado a todo el sistema sanitario en esta crisis.
Me parece, por último, muy valiosa la reflexión final de Coll y Micó: la ciencia evoluciona si es capaz de responder a los principales retos de su época. El tiempo nos dará la perspectiva adecuada.
Luis Badrinas
CEO Barcelona Health Hub & Community of Insurance
Apertura
El invierno de 2020 dio paso a la primavera con un retorno a la Edad Media en pleno desarrollo de la cuarta revolución industrial. Con una emergencia sanitaria que ha dinamitado los cimientos de la economía más avanzada de la historia de la humanidad. Con un infortunio que ha dejado sin argumentos a los agentes tecnológicos de vanguardia. Un reto mayúsculo para la ciencia que aparentaba ser todopoderosa. Una sucesión de noticias que ha devastado a la opinión pública. Una tragedia cuyas secuelas se recordarán durante siglos. Todo esto y mucho más ha supuesto la COVID-19.
La expansión brusca y violenta del coronavirus desde Asia hasta nuestros hogares, primero, y al mundo entero, después, nos sorprendió terminando un libro que principalmente se tenía que ocupar de la dimensión humana de la tecnología. Pero la sacudida fue tan fuerte que inmediatamente nos dimos cuenta de que teníamos que replantear nuestro trabajo. Somos periodistas y nos basamos en la materia prima más inconstante que hay: la actualidad. Y si la actualidad cambiaba, también tenía que hacerlo nuestra obra.
Desde el primer momento descartamos hacer una recopilación exhaustiva de software y dispositivos utilizados durante esta crisis: sistemas de inteligencia artificial y aprendizaje automático para hacer pronósticos, impresoras 3D para fabricar respiradores, drones para repartir comida en lugares recónditos… No, no era eso lo que queríamos y no es lo que hemos hecho.
La finalidad de este libro es explicar las claves del cambio digital, que se ha visto acelerado exponencialmente durante la pandemia de la COVID-19. Para entender los conceptos de raíz tecnológica que aparecerán a partir de este momento, sus ramificaciones y sus consecuencias, no es necesario contar con grandes conocimientos en informática, ingeniería, biología, economía o filosofía. Del mismo modo, este volumen se aleja del estilo y el tono de las obras de divulgación convencionales, con definiciones, evoluciones históricas, ejemplos y tendencias. Por la relación que hay entre los asuntos tratados, se encadenan consideraciones documentadas a partir de ideas significativas, ordenadas según su afinidad temática y, a menudo, con el coronavirus como motor, hilo conductor o ejemplo. No se busca agotar ningún ámbito ni cerrar ningún campo.
La tecnología digital es el principio del libro, pero su perímetro es más amplio: de las ciudades inteligentes al big data, del aprendizaje automático a la realidad virtual, de la computación en la nube al 5G. En el centro, estamos siempre nosotros, las personas… aunque también unas máquinas que ya están empezando a pensar por sí mismas, por lo que a sus creadores no les irá nada mal tener a su alcance algunas pautas y valores para pasar de hacer cosas a comprender lo que están haciendo. Así pues, los humanos y las humanidades conviven en las siguientes páginas con los robots y la robótica.
El progreso científico consiste en la acumulación sistemática de conocimiento sobre nuestro entorno, que cada vez es más volátil porque se puede ver modificado de forma súbita, como ha pasado con la pandemia, que ha obligado a millones de personas a confinarse en casa y a relacionarse con el mundo exclusivamente de manera digital.
El conocimiento es la información que describe al mundo; es lo que nos permite entender el funcionamiento de nuestro espacio. Nuestra percepción del conocimiento normalmente va asociada a la modalidad enciclopédica. A pesar de esto, el conocimiento está en todos los seres vivos, que necesitan comprender lo que les rodea para sobrevivir. Este modelo es especialmente elaborado en el reino animal y, entre ellos, dominan los humanos.
En el conocimiento de las personas juega un papel destacado el lenguaje, un conjunto de símbolos que posibilita representar y categorizar el mundo. Gracias al lenguaje podemos conceptualizar aspectos abstractos, como «conocimiento». De esta forma, somos conscientes de nuestro funcionamiento y de la dinámica en la que estamos inmersos. El lenguaje es fundamental para el intercambio de información entre individuos. El fenómeno colectivo es el que da potencia a la generación de conocimiento. Lo resumía en 1988 el antropólogo Joseph A. Tainter en el libro The collapse of complex societies: la forma en que los sujetos se organizan, se relacionan y llegan a acuerdos y consensos es clave para el progreso científico.
Hasta la Ilustración no se sistematizaron los métodos para obtener conocimiento. Esto mismo, como escribió el biólogo Stuart Kauffman en The origins of order (1993), es lo que llamamos «ciencia»: el planteamiento de hipótesis sobre la naturaleza y el funcionamiento del mundo contrastadas posteriormente a través de la observación y la experimentación.
Para producir innovación efectiva, el conocimiento es esencial. Facilita la detección de las transformaciones que pueden ser positivas para el rendimiento de algo. Según expusieron los profesores Rolf Kreibich, Britta Oertel y Michaela Wölck en el primer simposio de Berlín (Alemania) sobre Internet y Sociedad (2011), el germen del progreso tecnológico es el progreso científico; a su vez, este último puede considerarse una forma de anticipar al primero.
Con el paso del tiempo, los avances científicos comportan unas aplicaciones tecnológicas. Una característica que comparten estas dos clases de progreso es que pasan de lo espontáneo a lo deliberativo. Es decir, el mundo tiene una dinámica independiente de la comprensión que tenemos de él. Los editores de Beyond neo-darwinism (1984), Mae-Wan Ho y Peter T. Saunders, aclararon que el propósito de las personas es entender este mundo —aquí está el conocimiento— para manipularlo según sus intereses. Normalmente se considera que el conocimiento, tanto en el ámbito científico como en el tecnológico, supone diseñar sistemas con una exactitud total. Siguiendo el criterio de los coordinadores de Entropy, information and evolution (1988), Bruce H. Weber, David J. Depew y James D. Smith, si no se tiene esta certeza, se pueden producir errores que conviertan en inútil el conocimiento.
Sobre la comprensión del mundo, debemos recordar que hay programas que aprenden y evolucionan sin intervención humana. En un artículo aparecido en The Atlantic en 2014, Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee subrayaban que los investigadores están usando los sistemas autoorganizados —redes que pueden descubrir patrones significativos o características en los datos de entrada sin ningún tipo de ayuda— en toda clase de tareas. La teoría de sistemas complejos es la rama del conocimiento que se dedica a comprender cómo operan y cómo se pueden aprovechar estos elementos. Según la opinión de Eric K. Drexler, autor de Radical abundance (2013), la autoorganización puede dominar campos como la biotecnología, la nanotecnología o la informática.
El profesor Eric D. Beinhocker señalaba en un artículo publicado en el Journal of Institutional Economics (2011) que el progreso futuro probablemente vendrá del establecimiento y la sofisticación de sistemas autoorganizados, en contraste con el conocimiento al detalle del progreso clásico. Para dos de sus colegas, Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, que editaron The future of employment en 2013, el conocimiento científico y tecnológico serán recursos estratégicos. Este es el factor más importante en el momento de generar innovación. La producción y el aprovechamiento del conocimiento, así como la capacidad de adaptarse a este entorno en constante transformación, marcarán la diferencia entre las entidades competentes y las que no lo son. ¿En qué punto se encuentra el mundo de hoy?
Corona
No hay tecnología o sistema de la cuarta revolución industrial que no se haya visto interpelado en la lucha contra el coronavirus. La inteligencia artificial, el aprendizaje automático, la internet de las cosas, la robótica, el big data, los drones y muchos otros están interviniendo en mayor o menor medida en la estrategia para atajar la crisis provocada por la COVID-19, tanto en la atención a las víctimas —sanitarias o económicas—, como en el análisis de la información y la investigación médica de la pandemia.
Desde el principio, todas las miradas se han dirigido hacia la ciencia y la tecnología como únicos medios para atenuar los efectos del desastre. Mandatarios y ciudadanos, así como instituciones y empresas, han expresado su confianza en estos campos del saber. En primera instancia, científicos y tecnólogos han garantizado, por una parte, el tratamiento de los afectados por el virus y, por otra, han asegurado la continuidad de numerosas actividades profesionales y sociales, a través de una conexión digital que nunca como ahora se había revelado tan necesaria.
Aunque, con el paso de los días, aumentaba la impaciencia de millones de personas confinadas en sus domicilios, sin los avances de la industria 4.0 todo habría sido mucho peor. Los ejemplos son abundantes y se refieren a intervenciones de diferentes dimensiones: desde las actuaciones gubernamentales más amplias hasta los pequeños detalles de la vida privada. En los hogares, la tecnología ha sido prácticamente el único nexo de comunicación con el resto del mundo, ya sea para usos personales o profesionales.
A gran escala, las autoridades de países como China, Singapur, Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia se han valido de la dotación de las ciudades inteligentes para rastrear los contactos entre personas infectadas. Las mismas herramientas sirven para comprobar que se respetan las normas de distanciamiento social. Uno de los referentes en este terreno ha sido Corea del Sur, cuya reacción ha sido considerada por los expertos como idónea. No obstante, existe la sospecha de que las administraciones, con el apoyo de firmas tecnológicas como Google y Apple, están ensayando el manejo de instrumentos de vigilancia que pueden amenazar la intimidad y las libertades civiles. Rápidamente advirtió de este riesgo un grupo de investigadores de la Universidad de Newcastle (Gran Bretaña), tras analizar 1.800 millones de datos procedentes de cámaras y sensores urbanos.
China fue el foco de la epidemia y también la primera nación en emplear múltiples tipos de máquinas y programas informáticos para contener el coronavirus y asistir a sus ciudadanos: robots, drones, cascos inteligentes, sistemas de reconocimiento facial… De hecho, el presidente de la república, Xi Jinping, le pidió expresamente al sector digital que contribuyese a combatir la enfermedad. Una de las empresas que le hizo caso fue el titán del comercio electrónico Alibaba, cuya inteligencia artificial supuestamente puede diagnosticar a pacientes con una precisión del 96%. Además, la fundación de su creador, Jack Ma, llevó a cabo donaciones millonarias para el desarrollo de una vacuna, un reto elevado a la categoría de competición entre superpotencias, con Estados Unidos como mayor adversario.
La compañía MicroMultiCopter obedeció igualmente la instrucción de Xi Jinping y desplegó aeronaves sin tripular para transportar muestras médicas y grabar imágenes térmicas. Como escribió en el periódico estatal China Daily un alto funcionario de Global Cyberspace Governance, Lu Chuanying: «Las tecnologías emergentes han hecho contribuciones creativas e inesperadas a la batalla contra la COVID-19».
El contrapunto lo ofrece Elliott Zaagman desde el podcast China Tech: «Sospecho que la mayoría de las historias que nos cuentan sobre robots desinfectantes, drones, etc. son meros trucos de puesta en escena». Lo que nadie cuestiona es el rastreo masivo en busca de personas con fiebre o peatones sin mascarilla. Las empresas de inteligencia artificial SenseTime y Megvii han suministrado sus equipos a estaciones, escuelas y otras instalaciones comunitarias en Pekín, Shanghai y Shenzhen.
Un representante de SenseTime apuntó a la corporación inglesa BBC: «Para nosotros, este momento tan difícil no es una oportunidad comercial, sino una ocasión para demostrar nuestra responsabilidad». La «responsabilidad» es un concepto muy utilizado en este contexto. A ella apelan los funcionarios de la ciudad de Chengdu (16,3 millones de habitantes) que, con un casco inteligente, miden la temperatura de la gente que se desplaza por un radio de cinco metros a su alrededor y que hacen sonar una alarma si descubren a alguien que supere los 37 grados y medio. O los impulsores de programas como Alipay Health Code, que, mediante técnicas de big data, asignan colores a los ciudadanos en función de si se les permite estar en espacios públicos o si deben permanecer en cuarentena. Más de 200 capitales chinas lo usan. Tencent, propietaria de la app de mensajería instantánea WeChat, ha puesto en circulación un servicio de seguimiento similar con códigos QR.
La pandemia ha acelerado pruebas que, en otras circunstancias, se habrían efectuado más adelante. Pero la urgencia era máxima y el tiempo apremiaba, por lo que las organizaciones de techmed, es decir, de tecnología adaptada a la medicina, han tenido que darse prisa. El gigante asiático, de nuevo, ha marcado la pauta en esta rama. Como el estallido del coronavirus ha coincidido con su iniciativa Made in China 2025, diversos experimentos de telemedicina han madurado y se han perfeccionado en pocos días.
En la comunicación remota con los pacientes, los médicos se han beneficiado de la ayuda de robots entrenados a tal efecto. Las máquinas incluso han llegado más lejos: en el hospital de campaña de Wuchang, había una sala con robots 5G, fabricados por JD.com, que aliviaban la tensión entre el personal humano y, a la vez, contenían el contagio. Las ventajas de base de esta innovación son indiscutibles: los aparatos electrónicos no enferman.
Estos dispositivos pueden entregar suministros médicos en entornos sanitarios. O incluso productos de cualquier otra naturaleza adquiridos por consumidores que no pueden salir a la calle. Meituan Dianping y la startup Pudu Technology se dedican a este negocio con vehículos autónomos y robots. Ele.me hace lo mismo con alimentos. La labor de estas máquinas en las cocinas, las factorías o almacenes inmensos, como los que tiene Alibaba, es muy apreciada.
La especialidad de UVD Robots es desinfectar habitaciones de hospital emitiendo una luz ultravioleta, sin que las personas se expongan a virus y bacterias. Las autoridades sanitarias calculaban, antes de la COVID-19, que cada año había miles de muertes por infecciones adquiridas en estos centros. Otra marca, Youibot, es capaz de distribuir en solo dos semanas uno de estos aparatos de esterilización.
Hasta hace muy poco, algunas de estas tareas asociadas a la analítica de datos, la tecnología móvil o la robótica eran percibidas por buena parte de la ciudadanía como ciencia ficción. Con la pandemia, el uso de estas tecnologías, que parecían reservadas al futuro, se ha normalizado e incluso se ha convertido en imprescindible. La aplicación de estas tecnologías se ha hiperacelerado como respuesta a la crisis provocada por un virus que, además de amenazar la salud de los seres humanos, ha supuesto la coronación de las máquinas.
Virus
La búsqueda de alimentos, medicamentos, combustible y productos industriales como la ropa de abrigo, las piezas de automóviles o las armas es habitual en cómics, obras de entretenimiento audiovisual y videojuegos que presentan distopías y relatos apocalípticos: Mad Max, El Eternauta, The Walking Dead, Fallout… «Si crees que todo se va a ir al infierno de hoy para mañana, compra alubias, balas y vendas», ironizaba Daniel Pargman, docente del Royal Institute of Technology, en Suecia, que ha escrito reiteradamente sobre esta cuestión. Tras el coronavirus, debería haber añadido a su lista mascarillas, guantes, gel hidroalcohólico y… tecnología.
Hay razones para estudiar en qué situación quedaría la tecnología tras una eventual devastación. Según un documento publicado por personal de instituciones estadounidenses como la Universidad de California, la Universidad de Indiana y el Bureau of Economic Interpretation, para salvaguardar la tecnología, las soluciones que se barajan habitualmente son la administración de redes eléctricas a pequeña escala y la organización de transacciones de trueque. El profesor Bill Tomlinson, participante en este trabajo, señala que más adelante podría llegarse a un escenario en la que las comunidades «tuviesen que dividir el material almacenado informáticamente hasta entonces para preservarlo por separado».
Muchas de las ideas que comparten estos académicos son puramente especulativas. Pero incluso los fabricantes llegan a admitir la posibilidad de la carestía tecnológica, aunque a ellos les cuesta pensar en un mundo en el que desaparezcan internet y las comodidades que se derivan de la red, esenciales durante una crisis como esta de la COVID-19.
Los gadgets y el sofware de consumo no se diseñan para la adversidad planetaria. Pueden rechazar o combatir virus informáticos y hackers fastidiosos, pero no la calamidad total. No obstante, la industria puede ser más fuerte si tiene en cuenta estos extremos, como hacen los arquitectos y los urbanistas con los edificios y las ciudades preparados para la emergencia climática. El proyecto de código abierto Collapse OS, del progamador Virgil Dupras, recoge exactamente esta filosofía. Él lo resume con humor: «¿Quién necesita microcontroladores —circuitos integrados programables, capaces de ejecutar las órdenes grabadas en su memoria— cuando estás huyendo de los caníbales?».
El pragmatismo es la doctrina que establece el valor práctico como criterio de veracidad de una idea. En este aspecto, la innovación, tan necesaria en la economía, la cultura, la sociedad e incluso la política actuales, no puede ser pragmática. Es imposible mantener una discusión sobre la veracidad de una idea, es decir, sobre su correspondencia con la realidad. La innovación tampoco casa bien con ninguna realidad, más bien crea oportunidades y entornos válidos para el mercado. Según lo que dicta el pragmatismo, existe una situación a priori que determina lo que (nos) pasa. Para los partidarios de la innovación, solo hay aprobaciones a posteriori. Y estas certificaciones, las hace el mercado.
La innovación no es pragmática ni realista, es hija de la utopía, de la imaginación, de la creatividad. Proviene de la base de que no hay nada que esté escrito previamente. El pragmatismo sirve para que las empresas y las instituciones consideren el principio de realidad: o sea, las cosas son como son, y es muy peligroso negarlo. Por lo tanto, se tiende a pensar: «Hay que ser pragmático, es lo más seguro». Pero esta posición no es muy inteligente, porque los discursos a priori acaban por apagar el espíritu de exploración y experimentación… dado que puede irrumpir de la nada una pandemia desconocida y todo se desmorona.
Esta crisis, de dimensiones casi apocalípticas, ha situado a la tecnología digital, de forma hiperacelerada, en el centro de nuestras vidas y la ha vuelto prácticamente imprescindible.
Sociedad
La primera revolución industrial tuvo lugar a finales del siglo XVIII. La propició la máquina de vapor y supuso la mecanización de las fábricas. La segunda se desarrolló cien años después; la electricidad favoreció la división de las tareas y la producción masiva. Un siglo después, con la tercera revolución y las tecnologías de la información, se completó la automatización de estas acciones. La cuarta ha popularizado los drones, los vehículos sin conductor, las casas y las ciudades inteligentes, toda clase de robots...
El sociólogo Lewis Mumford consideraba que el invento «clave» de «la era industrial moderna» no era la máquina de vapor, como mantiene y todavía sostiene la mayoría de historiadores. Para él, había que reservar este privilegio al reloj. Y muy probablemente tenía razón. Así, el cambio supremo que se dio en la vida mental de las personas afectó a la percepción del tiempo y se desarrolló aproximadamente en el siglo XIV. Desde la antigüedad clásica y hasta hace relativamente poco, se había percibido la regularidad del universo de acuerdo con grandes armonías temáticas. La idea de que la naturaleza se comporta sistemáticamente era inconcebible para los que entendían el tiempo como una secuencia de acontecimientos diarios, y no como una colección de unidades abstractas: horas, minutos, segundos... Por esta razón, no se planteaba la posibilidad de que cada parte o cada aspecto de la naturaleza se pudiese aislar como un subsistema gobernado por leyes descriptibles según las funciones del tiempo.
El filósofo John Dewey escribió que, con su actividad, los pensadores «ponen en peligro alguna porción de un mundo aparentemente estable», de manera que nadie «puede predecir lo que surgirá en su lugar». Hoy sabemos que el impacto de las máquinas y los artefactos digitales es mucho más crítico e intenso —es decir, concentrado en pocos años— que todos los anteriores. El impulso con el que el reloj contribuyó a la alienación de la gente respecto de la naturaleza fue gradual. Requirió de siglos y hasta de combinarse con otros factores: políticos, culturales... La máquina de vapor llegó cuando el tiempo y el espacio ya estaban cuantificados.
Los instrumentos y los inventos de las tres revoluciones industriales previas a la que se está materializando en el presente —electricidad, ordenadores, etc.— alimentaron una sociedad embelesada en lo que los economistas llaman «el principio del cerdo»: si algo es bueno, más equivale a mejor. Innovaciones recientes como el big data, la inteligencia artificial, los wearables, el 5G y el resto de elementos de la industria 4.0 estimulan las ansias por incrementar nuestra capacidad de comunicación y ganar velocidad en cualquier faceta: la laboral, la académica, la familiar y, si es necesario, la íntima.
La combinación de las tecnologías de la cuarta revolución industrial está originando una generación de compañías flexibles y receptivas que no suelen tomar decisiones a la ligera. La industria 4.0 nos lleva a tantas modificaciones empresariales como estrictamente digitales. Referentes internacionales como Google, Amazon, Facebook, Apple, Samsung, Sony, LG o Huawei enlazan la inteligencia artificial con el internet de las cosas, la robótica con la analítica, el aprendizaje profundo (deep learning) con el blockchain, el big data con la computación en la nube. El presupuesto necesario para avanzar en estos ámbitos y la amplitud de las acciones a través de las que se expande la transformación obligan a entender los negocios de una forma distinta a la convencional, como señalan los analistas de la consultora Deloitte.
Las voces más autorizadas todavía discuten sobre los resultados que mostró una encuesta global a 361 directivos de once países, en la que se observa un entusiasmo por las inversiones futuras que no casa con la forma tradicional de proceder. Así, el 94% de los entrevistados considera que la cuarta revolución industrial es un «objetivo estratégico» para su organización. No todos lo afirman porque crean que este cambio tenga que suponer una alta rentabilidad a corto plazo. Hasta un tercio de los gestores dudan de que esta conexión sea automática.
La cadena de suministros o supply chain es el ámbito prioritario al que destinar capital entre las empresas que no son puramente técnicas. Según los autores de este informe, de la consultora Deloitte, los ejecutivos especializados en esta actividad no se hallan representados como deberían en los cuadros que deciden hacia dónde se dirige la inversión en la industria 4.0. A su juicio, este es un desajuste que habría que resolver cuanto antes para ganar coherencia y, sin duda, también dinero.
El problema en cuestión se integra dentro de uno de los grandes retos comentados tanto en las sesiones oficiales como en los corros que espontáneamente se han ido formando durante las ediciones del Mobile World Congress (MWC) de Barcelona de este quinquenio. Lástima que el MWC de 2020 se cancelase por la crisis de la COVID-19... Sea como fuere, ¿con qué personal se está afrontando la transformación digital? La respuesta, para el 85% de los encuestados por Deloitte, es que ya se está trabajando con la plantilla adecuada. Los auténticos líderes de hoy debaten, en público y en privado, sobre las motivaciones reales de sus decisiones.
La mayoría no esconde su interés por recopilar en tiempo real todos los datos posibles: de su producto o servicio, de su compañía o grupo, de sus proveedores y aliados, de su competencia y entorno... Los dispositivos móviles y los aparatos del internet de las cosas son muy útiles para este propósito. Además de las tecnológicas, las firmas que más provecho extraen de esta nueva filosofía son las manufactureras y las energéticas.
Los datos y la inteligencia artificial son bases fundamentales de la cuarta revolución industrial. La información es la materia prima de la economía digital y el combustible del aprendizaje automático (machine learning). Organizaciones de todos los sectores se valen de estos avances para impulsar su crecimiento. Se calcula que el machine learning y el deep learning —donde se usan capas de información, ordenadas jerárquicamente, y múltiples procesamientos de datos— incrementarán la rentabilidad de la inversión hasta un 30%. Para el profesor Nick Srnicek, la primera década del nuevo milenio estuvo llena de esperanza acerca de las oportunidades que ofrecía la Web 2.0 y la nueva relación con los usuarios; a pesar de ello, el tiempo ha demostrado que el sueño de un internet abierto ha quedado limitado.
