Hombres solos - Horacio Vázquez-Rial - E-Book

Hombres solos E-Book

Horacio Vázquez-Rial

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Beschreibung

En Hombres solos - Ser varón en el siglo XXI, Horacio Vázquez-Rial analiza y disecciona los mitos en torno a la mujer y al hombre, a la vez que desmonta las teorías basadas en la diferencia de géneros. Consigue poner bajo sospecha las teorías que manejan, a modo de biblia y de manera inmovilista, sociólogos y feministas. "Que nadie se confunda: no estoy condenando el feminismo como tal. Creer eso sería equivalente a creer que estoy a favor de la tuberculosis si denuncio el manejo corrupto de una organización nominalmente dedicada a combatirla. O a creer que estoy en contra de la justicia social si denuncio el estalinismo. Estoy, en cambio, condenando los contenidos reaccionarios de una importante porción del feminismo militante. El que ha creado el mito de la mujer como clase social, y como víctima y, por lo tanto, enemiga del varón. Ambos términos, mujer y varón, empleados como absoluto, en olvido de las mujeres concretas y de los hombres concretos." Horacio Vázquez-Rial sabe detectar las insuficiencias, las contradicciones de los relatos contemporáneos, y mostrar las carencias e incongruencias de un tipo de feminismo que, desde las últimas décadas del siglo XX, sobresale en aspectos negativos. ¿Y de dónde proviene esta deriva ultramontana y reaccionaria que venimos detectando sobre todo y en especial entre aquellos movimientos finiseculares que dicen que abanderan estrategias de liberación? Puesto que la igualdad se ha alcanzado a partir de unas reivindicaciones concretas, el tiempo las fue haciendo cada vez más difusas; lo cual revela por qué a partir de los principios justos y equitativos de la igualdad sexual se pasó a la ideología de la diferencia, a la reivindicación sexista de las diferencias. (María Teresa González Cortés)

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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Horacio Vázquez-Rial

Hombres Solos

Ser varón en el siglo XXI

Barcelona 2012

Colección Pensamiento Independiente

WWW.PENSODROMO.COM/21

Créditos

Título original: Hombres solos

© Horacio Vázquez-Rial

© 2012, Red ediciones S.L.

De: Entrevista: a Horacio Vázquez-Rial

© Mariló Hidalgo - Revista Fusion.com

e-mail: [email protected]

Editor: Henry Odell - [email protected]

Diseño de cubierta: Pensódromo 21

ISBN rústica: 978-84-9007-156-4

ISBN ebook: 978-84-9007-159-5

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

www.pensodromo.com/21

Sumario

Créditos

Prólogo

1. La revolución sexual del siglo XX: desde dónde asumirla

La revolución

Quién y desde dónde

Vivir con mujeres

2. El apogeo del hombre duro

Demasiado para un hombre corriente

Los valores del hombre duro

3. Aniquilación del hombre duro

Los otros

La imagen periodística del varón

4. Matrimonio y patrimonio: es inútil declararse padre

5. El mito de la mujer

Prostitución

El varón y la prostitución

6. El mito del varón

7. Las mujeres reales: una a una y en pequeños grupos

La felicidad en pareja y la falacia de la opción sexual

La tentación totalitaria y la práctica política

Las mujeres y el ejército industrial de reserva

8. Los varones reales: uno a uno y en pequeños grupos

Los deberes del pene

El género fuerte. ¿Cambio de sexualidad o cambio de roles?

Igualdades y diferencias

9. La cultura del maltrato

La inconveniencia de la palabra cultura

El maltrato que no lleva a la muerte pero acompaña hasta el final

La discriminación positiva y la victimización de la mujer: la fantasía patriarcal

Las otras mujeres

¿Dónde está el problema?

10. A modo de epílogo

Anexos

Entrevista a Horacio Vázquez-Rial

El seudofeminismo almodovariano

Sexualidades

Prólogo

por María Teresa González Cortés

«Los varones actúan como príncipes,

porque es lo que suponen que se espera de ellos.

Las mujeres actúan como víctimas potenciales,

cosa que resulta desconcertante para cualquier príncipe.»

Horacio Vázquez-Rial

En Occidente existe una interesante saga de filósofos y pensadores que lleva durante siglos, desde Condorcet a Julián Marías, analizando el peso que ejerce la herencia cultural (ideas, costumbres, patrones de comportamiento, etc.) tanto sobre la construcción de nuestra identidad personal, como sobre los mimbres de nuestra concepción de la realidad. Inscrito en esta gran tradición de librepensadores varones destaca Horacio Vázquez-Rial, quien como espectador y en calidad de investigador estudia los sucesos históricamente más recientes del pasado siglo XX que han condicionado y, a veces, golpeado la vida de muchas generaciones de mujeres y hombres, aunque, claro está, y también desde su faceta literaria, Horacio Vázquez-Rial nos relata en tono intimista las circunstancias que moldearon su vida. «Me criaron mi madre y mi abuela», nos dice. «Siempre he vivido entre mujeres», recalca. «Decía que siempre he vivido con mujeres. Ahora también. Pero estas dos mujeres son mis hijas», agrega.

Sabido esto, y con el fin de situar a nuestro autor, a la sazón, historiador y periodista, escritor y novelista, no debemos omitir la defensa —apasionada, sin concesiones ni trampas— de la libertad, que Horacio lleva a cabo a lo largo de las páginas de este libro titulado Hombres solos - ser varón en el siglo XXI, igual que tampoco se ha de dejar de recalcar ese claro e inequívoco rechazo suyo, sin paliativos, contra la violencia en cualquiera de sus formas:

Estamos contra el maltrato de mujeres, niños, y hombres; estamos contra la ablación del clítoris, proceda la mujer de la cultura que proceda; estamos contra el matrimonio forzoso; estamos contra el matrimonio de menores sin libre elección; estamos contra la violación y contra toda forma no consentida de relación entre sexos; fuera y dentro del matrimonio; estamos contra la esclavitud sexual, incluya o no tráfico internacional de personas; estamos contra la utilización sexual de los niños; estamos a favor de la libre decisión sobre la continuidad o la interrupción del embarazo; estamos a favor del derecho a divorciarse.

Leído este manifiesto, se podría afirmar que Horacio Vázquez-Rial, por el infinito respeto que manifiesta hacia la independencia y hacia la soberanía de los seres humanos, es un feminista, ¿o cabría decir «feministo» en esta lucha absurda de palabras que nos atenaza y ahoga desde hace unos lustros? Antes de sacar conclusiones apresuradas, conviene apuntar que este argentino «barcelonés» afincado en Madrid no se pliega con facilidad a modas y novedades. Es más, debido a su cosmopolitismo, en él palpita siempre un alma inquieta, amén de profundamente viajera. Y Horacio Vázquez-Rial (a quien le anima la luz del universalismo estoico) bien podría haber hecho suya la pregunta que en sus Disertaciones ya suscitó el filósofo Epicteto (55.135 d. C.): «¿Por qué no habría uno de llamarse ciudadano del mundo?» Y decimos esto porque, sin lugar a dudas, Vázquez-Rial es un ciudadano del mundo, y en su vida, rica en experiencias que trascienden las rutinas del bucle, sabe detectar las insuficiencias, las contradicciones de los relatos contemporáneos. Y mostrar las carencias e incongruencias de un tipo de feminismo que, desde las últimas décadas del siglo XX, sobresale en aspectos negativos: en ser tan superior como dogmático, tan radical como propenso a caer en el culto a las ideas.

¿Y de dónde proviene esta deriva ultramontana y reaccionaria que venimos detectando sobre todo y en especial entre aquellos movimientos finiseculares que dicen que abanderan estrategias de liberación? Muy sencillo, puesto que la igualdad «se ha alcanzado a partir de unas reivindicaciones concretas», nos explica Vázquez-Rial, «el tiempo fue haciendo [estas reivindicaciones] cada vez más difusas». Lo cual revela por qué a partir de los principios justos y equitativos de la igualdad sexual se pasó a la ideología de la diferencia, a la reivindicación sexista de las diferencias. Y, yo añadiría, que a la guerra contra el sexo en sí mismo porque, ahora, no se puede ni emplear la palabra «sexo» —solo la voz «género»—, estulticia lingüística acrecentada por la fuerza propagandística de ese nuevo puritanismo que nace de la neolengua que usa buena parte de los sectores más acomodados del feminismo occidental.

«Preferiría que dijeran que no he existido a que crean que fui fanático», señalaba de sí mismo Plutarco (c. 46-120 d. C.). Pues bien, Horacio Vázquez-Rial, en sintonía con el historiador griego, desconfía de tópicos manidos al uso y rechaza cualquier discurso, por fanático, «mítico», por entusiasta, «mitificador». Indiquemos, entonces, que es por ese nunca escondido espíritu crítico por lo que Horacio Vázquez-Rial consigue poner bajo el ojo de la sospecha las teorías que manejan, a modo de biblia y de manera inmovilista, sociólogos y feministas. De ahí surgió Hombres solos, ser varón en el siglo XXI, un libro de lectura obligada si queremos salir de las trincheras sesgadas, por unilaterales, de un feminismo romántico y acéfalo que basa su primacía y su existencia teórica en instrumentalizar a tiempo completo el masoquismo de la mujer y que, cómo no, subraya incluso en escenarios artificiales e irreales los efectos del victimismo sexual alejándose de los problemas reales e individuales de las personas.

Basta recordar a este respecto las teorías de Sandra Scart, Alison Jagger… y Catharine MacKinnon. Esta última, por ejemplo, a la que he criticado en otras ocasiones con gran dureza, ha llegado a sostener que «violación» es sinónimo de cualquier acto heterosexual o, dicho en román paladino, que cualquier clase de contacto constituye una violación. Con lo cual, y siguiendo las leyes de guerra de esta activista feminista e influyente jurista norteamericana, resulta que la mirada del varón no solo es per se una forma de acoso sexual contra la fémina, sino también y potencialmente un acto delictivo de violencia, punible por tanto.

Ante esta verborrea excéntrica, repleta de excesos y abusos, Elisabeth Badinter ha denunciado cómo, «desde hace treinta años, el feminismo radical americano ha tejido pacientemente la urdimbre de un continuum del crimen sexual que quiere demostrar el largo martirologio femenino».1 Y no anda descaminada esta pensadora francesa por cuanto es un hecho histórico que el (re)conocimiento del sufrimiento femenino ha entrañado en la mayoría de los sectores del feminismo occidental la necesidad de mantener vivos y abiertos los vínculos del dolor como justificación ontológica del propio feminismo. Y esta actitud, este ensimismamiento, es decir, este gusto cursi y relamido destinado a mantener los mismos ídolos, los mismos tópicos viene a demostrar una enorme parálisis o, dicho con otras palabras, el gran apego que sienten muchas feministas a situaciones idénticas e incambiables. Lo cual, a todas luces, es una perversión auténtica, dado que ni se puede aceptar que lo falso sea un momento de la verdad ni tampoco creer anacrónicamente que la situación de la mujer del siglo XXI es la de la mujer en siglos anteriores.

¿Por qué una sección del feminismo está anclada en su propio imaginario y enamorada al modo platónico de sus propios principios? Fue Alain Finkielkraut quien incidió en que el mito de la raza aria y el mito del proletariado constituyeron las ficciones que dominaron la centuria pasada. A esta descripción Vázquez-Rial incorpora un dato relevante y, en consecuencia, no menor. Y escribe: a Finkielkraut «le falta un mito para acabar de definir la tragedia. El mito de la mujer». ¿Y en qué consiste este mito?, nos preguntamos. En encontrar con afán compulsivo las esencias intemporales y ahistóricas de la mujer y ello con el fin de crear relatos hegemónicos y generalistas, ficticios e imaginados, al margen, consiguientemente, de las condiciones de las personas. Pues bien, en contra de todo esto, se levanta Horacio Vázquez-Rial y expone:

Que nadie se confunda: no estoy condenando el feminismo como tal. Creer eso sería equivalente a creer que estoy a favor de la tuberculosis si denuncio el manejo corrupto de una organización nominalmente dedicada a combatirla. O a creer que estoy en contra de la justicia social si denuncio el estalinismo. Estoy, en cambio, condenando los contenidos reaccionarios de una importante porción del feminismo militante. El que ha creado el mito de la mujer como clase social, y como víctima y, por lo tanto, enemiga del varón. Ambos términos, mujer y varón, empleados como absoluto, en olvido de las mujeres concretas y de los hombres concretos.

Ni que decir tiene que si para estudiar una enfermedad, no hay que estar enfermo; si para luchar contra la pobreza, no hay que ser pobre; por idéntica razón, no cabe duda de que para investigar los zarpazos de los paradigmas sexuales, no tenemos por qué ser necesariamente actores de los mismos. E igual que las mujeres hemos analizado y analizamos los patrones sexuales del comportamiento, con argumentos similares los hombres no solo pueden sino que deben, en aras a la riqueza de ideas, investigar los patrones sexuales del comportamiento. Solo así es posible escapar de los canchales del fanatismo y reconocer, como decía el filósofo escéptico Pirrón de Elis, que «una fuente de intranquilidad radica en querer llegar a conocimientos absolutos».

El siglo XX ha sido, pues, «el siglo de los mitos», el siglo de los conocimientos absolutos. De ahí que Vázquez-Rial trabaje por descubrir las (im)posturas despóticas y autoritarias de un feminismo que, por monopolista, se autodefine omnipotente e inmune a la crítica. Pero, de ahí, asimismo, que este escritor valiente, y enemigo de la injusticia, quiera dar testimonio personal, en el libro Hombres solos - ser varón en el siglo XXI, de los efectos que provoca sobre nuestras vidas la prepotencia ideológica, venga ésta de donde venga.

1. Elisabeth Badinter (2003). Fausse Route. París: Odile Jacob. Versión en español (2004)Por mal camino. Madrid: Alianza Editorial, citada por Horacio Vázquez-Rial en el cap. 5.

1. La revolución sexual del siglo XX: desde dónde asumirla

La revolución

El siglo XX, de manera notable en su segunda mitad, fue testigo de la mayor revolución conocida en el ámbito de la sexualidad. Desde la última década de la era victoriana, las mujeres se habían ido abriendo camino hacia la igualdad con el varón –igualdad deseada pero no necesariamente feliz— por medio de los movimientos sufragistas, primero, y feministas, después, y de su incorporación efectiva y masiva al trabajo asalariado.

La guerra de 1914-1918 marcó un corte significativo, la primera línea divisoria entre un antes opresivo y represivo, y un después de relativa libertad. En 1900, las piernas de las mujeres eran uno de los secretos mejor guardados de la historia, salvo en el escandaloso caso de las bailarinas, en especial las del cancán (hasta hace muy poco, las palabras «bataclana» o «corista» eran sinónimos de puta, y aún lo siguen siendo en buen número de cabezas). En 1920, veinte años y una guerra mundial más tarde, la mayor parte de las piernas femeninas en condiciones de ser mostradas, en Europa y América, estaban al descubierto de medio muslo hacia abajo y las señoritas de la jet de la época bailaban el charlestón moviéndose sin recato. Las mujeres empezaron entonces a exhibir su sexualidad, aunque no la ejercieran aún libremente: las que lo hicieron fueron contadas y, a menudo, célebres por ello.

En la Segunda Guerra Mundial, numerosísimas mujeres encontraron un sitio en o junto a los ejércitos, en el servicio activo auxiliar y de sanidad. Florence Nightingale, que había sido la excepción en la guerra de Crimea (1854-1860), ya no podía haberlo sido en la de 1914, donde la actividad de las enfermeras fue importantísima. No puedo dejar de recordar y, por lo tanto, de apuntar aquí, que así como el ingreso de las mujeres en el universo de la producción se hizo por la puerta estrecha de los empleos fabriles peor pagados, su participación en la contienda de 1939-1945 no se limitó al consuelo y los primeros auxilios, sino que se tradujo en la ocupación de puestos tan lamentables como la guardia de campos de prisioneros, de concentración y de exterminio en la organización del Tercer Reich, y de deportación, en la de la URSS. Y si los comienzos de las mujeres como miembros fácticos del proletariado fue en la mayoría de casos obra de la necesidad, antes que del afán igualitario que impregna el discurso del feminismo —las que no eran obreras, eran prostitutas o no comían—, la entrada de señoritas y señoras en los aparatos represivos alemán y soviético fue fruto de su libre voluntad y elección políticas: el Estado las reclutaba como personas de toda confianza y, a cambio, delegaba en ellas porciones menudas pero valiosas de su poder. Ser de confianza en aquellas circunstancias requería un corazón duro, en el que no cupiese la piedad ante prisioneros y prisioneras, adultos y niños, y unas sólidas convicciones que hicieran sentir imprescindible a cada funcionario.

Después de la caída de Berlín, las faldas se situaron discretamente por debajo de las rodillas: las mujeres estaban menos dispuestas a exhibir su sexualidad que en los años veinte, pero tenían más posibilidades reales de ejercerla, de lo que queda amplia constancia en la literatura. No obstante, aún se le oponían dos obstáculos mayores: el riesgo de embarazo y las enfermedades venéreas, especialmente la sífilis.

Los embarazos no deseados y no legalizados eran aún una auténtica tragedia, se los mirara como se los mirara.

Si el padre potencial era un hombre casado con otra mujer, sólo se abrían ante la víctima dos posibilidades: la del aborto clandestino, sumamente peligroso —hecho por profesionales no siempre calificados o por simples aficionados, capaces de perpetrar una carnicería o de infectar a la embarazada operando con las manos sucias, y causando en cualquiera de las dos formas la muerte de la paciente—, o la del hijo de soltera, oculto, entregado en falsa adopción, abandonado en el entorno de la inclusa o asumido y vivido eternamente como causa de marginalidad.

Si el padre no estaba casado, el problema podía resolverse, con suerte y con la colaboración del individuo —nada corriente, puesto que aquellos sujetos solían despreciar a quien se les entregara sin pasar por la sacristía—, en un matrimonio obligado y necesariamente infeliz que se arrastraba hasta la tumba, al menos hasta la de uno de los dos cónyuges.

Si el hombre casado era un militar, un juez o un alto funcionario, el que su pecado se conociera, haciéndose público que tenía un hijo extramatrimonial, podía costarle la carrera. Y eso fue así hasta pasada la mitad del siglo en países civilizados, y aún hoy es una situación de peso en el destino de un político, si bien no en todas partes. El caso Lewinsky suscitó una discusión apasionada entre puritanos y liberales acerca de la trascendencia que podía tener la fidelidad o la infidelidad del presidente de los Estados Unidos en la década de 1990, pero mucho antes, en la primera mitad de los ochenta, el vicepresidente del gobierno español tenía una hija habida fuera de matrimonio, con quien se le veía a menudo, sin que las estructuras sociales se resquebrajaran y sin que el Rey dejara de recibirle. Probablemente estos matices diferenciales entre países tenga que ver con el predominio en cada uno de la moral protestante o de la moral católica, de manga bastante más ancha. Bill Clinton hubo de responder ante su propia iglesia por el caso Lewinsky. John F. Kennedy, de quien era sabido que coleccionaba amantes, ni siquiera se sentía obligado a responder ante la suya.

Por otro lado, estaban las enfermedades venéreas, que obraban como guardianes de la moral, a pesar de que el preservativo es un invento ya antiguo, aunque no obsoleto. Prostitutas y clientes solían morir de sífilis, e incontables hombres padecían de por vida la «gota militar», como se denominaba popularmente a la secreción de pus por vía urinaria, dado que era frecuente contraer la gonorrea durante el servicio militar, en las visitas de grupo a los prostíbulos. En los primeros años de la posguerra española fueron bien conocidos y muy frecuentados los llamados Dispensarios Blancos, donde se daban tratamientos para la sífilis, la gonorrea y la tuberculosis. Las prostitutas pasaban revisión médica y se les proporcionaba una cartilla que garantizaba su salud, al menos hasta el momento de la visita, o se les denegaba. Como la picaresca es consustancial al género humano, muchas de las prostitutas a las que se les retiraba el carnet de salud hacían la calle con discreción y, si a algún cliente se le ocurría pedírselo, le decían que no lo tenían porque no eran profesionales habituales, sino señoras casadas o señoritas solteras que hacían aquello por necesidad y ocasionalmente, o hasta por única vez. Con lo que el control sanitario era burlado y las enfermedades continuaban difundiéndose.

Hacia la mitad del siglo XX, la investigación médica, a la que la guerra había dado gran impulso, llevó al descubrimiento de las sulfamidas, la penicilina y la estreptomicina, que no tardarían en ser de uso corriente. El hallazgo de las sulfamidas le valió el premio Nobel de 1939 al investigador alemán Gerhard Domagk, que no pudo recogerlo hasta 1945 por impedírselo el régimen nazi. En cuanto a la penicilina, el médico escocés Alexander Fleming la había encontrado en un moho ya en 1928, y desde entonces sabía que era capaz de destruir bacterias, pero no consiguió convertirla en un medicamento eficaz hasta 1944. Su creación, rápidamente publicitada, contribuyó enormemente a levantar la moral de los combatientes antifascistas en la última etapa de la guerra, y cabe suponer que ni esto, ni la impaciencia con que fue seguido su trabajo por el gobierno británico, fueron ajenas a la amistad que desde la infancia le unía a Sir Winston Churchill. En 1943, el equipo de Selman Waksman, que ya había aislado antes la estreptotricina, droga probadamente activa frente al bacilo de Koch, pero inútil por su toxicidad para el paciente, descubrió la estreptomicina. Con la penicilina y la estreptomicina, las enfermedades venéreas más frecuentes, la gonorrea y la sífilis, no sólo retrocedieron, sino que fueron erradicadas en los países desarrollados, junto con la terrible tuberculosis.

A principios de la década de 1960 apareció el anticonceptivo. La píldora redujo la posibilidad de un embarazo no deseado al nivel del accidente, del olvido, del fallo estimado de un tratamiento por cada 100.000, o de la mala fe, cuando la planificación familiar es cosa de uno y no de dos. Para tranquilidad del lector, aclararé que no me refiero únicamente a las damas, sino también a los caballeros, no pocos de los cuales intervinieron solapadamente, mediante el cambio de unas píldoras por otras o mediante expedientes aún más retorcidos, en la supuesta decisión de su pareja. Me causa tristeza escribir sobre esto, porque por lo general, la finalidad de una preñez tramposa, haya tendido quien haya tendido la trampa, nunca son los hijos, sino el compromiso forzado e infeliz del otro.

De todos modos, los que nacimos después de la caída de Berlín y fuimos adolescentes alrededor de 1960, sin miedo a los embarazos ni a las infecciones, y habiendo abolido por lo tanto el condón, fuimos la generación sexualmente más libre de la historia de la humanidad. Y si no nos internamos en la promiscuidad sin límites, fue por obra de la cultura, encarnada tanto en los prejuicios recibidos como en las instituciones ideológicas de control.

Hasta que apareció el SIDA.

Quién y desde dónde

Todo lo dicho hasta aquí corresponde a una época y a una parte del mundo, no la más amplia. Es la brevísima historia de unas circunstancias casi exclusivamente vividas en Occidente, es decir, Europa, las Américas y Australia, y no en toda la escala social ni en todas las naciones a la vez. Por lo tanto, conviene aclarar quién está escribiendo, y para quién.

Soy un varón blanco heterosexual. Con esto quiero decir que mi deseo de cuerpos ajenos es invariablemente de cuerpos femeninos. En la adolescencia me enmarañé emocionalmente con otro jovencito y aspiré a la experiencia física con un igual, pero después no volví a experimentar anhelos parecidos. De haberlos experimentado, los hubiese realizado sin peso alguno en el alma.

Vuelvo a empezar: varón blanco heterosexual, occidental, nacido en familia católica, bautizado y con un interés de místico improvisado en el judaísmo, después de una juventud llena de marxismos de clave diversa.

Un tercer comienzo, pues: varón, blanco, occidental, de tradición judeo cristiana y práctica civil liberal. Divorciado. Padre de dos hijas. Ahora, mis hijas viven conmigo. Desde hace un año. Antes, vivieron con su madre. A este punto pretendía llegar. Pero este punto sería ininteligible, de no precisar todo lo anterior. Un padre solo, con dos hijas, pero no un viudo musulmán, por poner sólo un ejemplo de posibilidades distintas.

No me voy a engañar: no tengo que criar a mis hijas; ni siquiera tengo que educarlas: sólo acompañarlas hasta su completa independencia. La crianza la compartí con su madre. La educación, con su madre, con la escuela, con la sociedad y con ellas mismas. Están bien, sanas, fuertes, con los dientes parejos mediante la inversión de una fortuna que me fue oportunamente robada por la complicidad de unos odontólogos inescrupulosos, capaces de cobrar mucho más de lo ganado en buena ley, y un Estado en plena renuncia a sus funciones, que no puede rehusar su mínimo papel en la preservación de la salud, pero niega con perseverancia que el derecho a la belleza sea por sí mismo un derecho, a la vez que elude graciosamente cualquier vínculo entre belleza y salud.

Un cuarto comienzo: varón, blanco, occidental, de tradición judeo cristiana y práctica civil liberal, jefe de familia monoparental, de acuerdo con la nueva jerga socio-psicológica.

También, hijo único de una pareja divorciada. Durante un tiempo, me criaron mi madre y mi abuela, en lo que las clasificaciones actuales sería considerado algo así como una familia bimaternal. No puedo decir que la separación de mis padres fuese traumática para mí: por el contrario, el día en que mi padre se fue de casa experimenté una enorme gratitud por el silencio que me rodeaba. Después, mi madre reorganizó su vida y tuve un padre sustituto, un hombre magnífico del que sólo puedo decir lo mejor: cuando algún visitante de los que reparan en las fotografías que tengo a la vista en distintos lugares de la casa, se atreve a preguntar quién es ésa, ése, aquél o la de más allá, suele asombrarse cuando digo «mi padre» y «mi otro padre». Aunque mi madre y mi otro padre tuvieron un hijo, mi hermano, yo seguí siendo hijo único porque eso sucedió a mis veinte años, yo me ganaba la vida y la hacía por mi cuenta. Mi hermano también es hijo único.

Quinto comienzo, pues: varón, blanco, occidental, de tradición judeo cristiana y práctica civil liberal, jefe de familia monoparental, hijo único de una pareja divorciada.

El largo proceso de mi separación no culminó realmente en el momento en que yo dejé la casa familiar, sino en aquel en que mis hijas se reunieron conmigo para componer un hogar de nuevo tipo, en otro espacio físico, distinto del de su crianza, y determinando unas relaciones también diferentes.

A los cincuenta y tres años, sin dejar de ser padre, me vi en situación de oficiar también de madre.

Cuando mis hijas se instalaron con armas y bagajes en mi casa, mi propia madre, fiel defensora de las esencias de una moralina reaccionaria más allá de su propia historia, puesto que fue una mujer divorciada en una época en que los que se divorciaban eran muy pocos, es decir, defensora de esencias pese a ser una persona con un modelo de conducta avanzado, dijo que aquello no podía ser porque, textualmente, «una mujer puede ser madre y padre a la vez, pero un hombre no puede ser padre y madre». Naturalmente, no era más que una opinión y, cierta o no, había sido superada por los acontecimientos. Eso sí: verbalizó, materializó una pregunta a la que pretendo responder afirmativamente: ¿Puede un hombre ejercer como madre, además de ejercer como padre? O, en los términos de la sociología vulgar al uso, ¿puede un varón ser cabeza de una familia monoparental? La respuesta es que sí, desde luego, aunque la literatura al respecto sea, en términos comparativos, escasísima, dado que aún son muchos menos los casos en los que la familia queda a cargo del varón, que aquellos en los que queda a cargo de la mujer. Menos, pero no tan raros como se tiende a creer.