La izquierda reaccionaria - Horacio Vázquez-Rial - E-Book

La izquierda reaccionaria E-Book

Horacio Vázquez-Rial

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Beschreibung

¿Es que sigue siendo útil analizar la realidad política actual con criterios de izquierda o derecha? Si las izquierdas se proponen sobrevivir al shock de la realidad sin convertirse en otra cosa, tienen que revisar tanto su pasado como su presente. No se puede dar a las cuestiones de hoy respuestas tan profundamente reaccionarias como las que se dan. El pensamiento independiente, sin aparato político y organizado sólo en momentos puntuales para un objetivo por vez, es la senda más lógica hacia la creación de una zona política exclusivamente democrática que no dé lugar a fosilizaciones. "Cuando inicié la escritura de "La izquierda reaccionaria", yo me consideraba un hombre de izquierda. ¿Qué significa esto? ¿De qué manera se es de izquierda si uno es honesto? Del mismo modo en que se es católico o budista: asumiendo por entero una larga tradición, que para el caso incluye los crímenes, las disidencias, las desviaciones, las recreaciones y hasta el modo de concebir la historia. Dicho de otro modo: la lucha de clases como motor de la historia, los veinte millones de muertos de José Stalin, la aprobación de los créditos de guerra por la socialdemocracia alemana para iniciar la Primera Guerra Mundial, el genocidio de Pol Pot, la destrucción de Cuba —que en 1959 no era el burdel que suele pintarse, sino uno de los países más avanzados y cultos de América, con una de las tasas de alfabetización más altas del mundo—, la represión del levantamiento de Kronstadt en 1921 por Leon Trotski, el tradicional antisemitismo de la izquierda "pobrista" o atrasista; y, para colmo, la pretensión de poseer una explicación "científica" para todo ello". (Horacio Vázquez-Rial)

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Veröffentlichungsjahr: 2011

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Horacio Vázquez-Rial

La izquierda reaccionaria

Barcelona 2011

Colección Pensamiento independiente

Pensódromo 21

www.pensodromo.com/21

Créditos

Título original: La izquierda reaccionaria.

© Horacio Vázquez-Rial

© 2011, Red ediciones S.L.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Pensódromo 21.

ISBN rústica: 978-84-9953-930-0.

ISBN ebook: 978-84-9007-357-5.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

www.pensodromo.com/21

Dedicatoria

Este libro no se hubiese escrito nunca de no haber sido por las siempre enriquecedoras conversaciones que a lo largo de los años he mantenido con Jaime Naifleisch, y por los estimulantes artículos de Gabriel Albiac y César Alonso de los Ríos, dos oasis en la prensa española.

...un residuo espectral de aquellos maravillosos tiempos revolucionarios en que cuantos anhelaban el cambio de una manera programática, ingenua, alocada, imperdonable, subestimaban cómo la humanidad destroza sus ideas más nobles y las convierte en una farsa trágica.

Lo importante no es estar enojado, sino estarlo por las cosas adecuadas.

Philip Roth, Me casé con un comunista

Del editor al lector: Esto no es lo que parece...

Estimado lector,

Si estás leyendo estas líneas, lo más probable es que te encuentres ante alguna de las siguientes posibilidades:

—Que tengas en tus manos una versión impresa en papel.

—Que tengas en tus manos un lector de libros electrónicos (e-reader) y que estés leyendo alguna de las versiones electrónicas (e-books) disponibles, ya sea porque la hayas adquirido, te la hayan pasado o la hayas descargado de alguna red P2P; aspecto este último, sobre el que no tenemos control ni responsabilidad.

—Que estés leyendo en la pantalla de un ordenador/computadora la versión PDF enriquecida.

—Que estés leyendo en la pantalla de un ordenador/computadora las diversas opciones de lectura online disponibles en Gooogle Books, Scribd u otros.

—Que lo estés leyendo en la pantalla de un ordenador/computadora en la versión html disponible en el sitio web de La izquierda reaccionaria.

Esto significa que, en términos de los nuevos caminos que alumbran el mundo editorial, lo que tienes delante no es un «libro».

Lo que tienes delante es un corpus, un contenido.

Un contenido generado por un autor —Horacio Vázquez-Rial— y al que puedes acceder a través de varios formatos y soportes en función de tu posibilidad, comodidad y preferencias.

Un contenido que ha sido enriquecido por el editor incorporando una amplia gama de hiperenlaces, accesibles desde los formatos que lo soportan, claro.

Un contenido que se entrega sin ningún tipo de DRM, es decir sin ningún tipo de impedimento para su lectura o divulgación.

Un contenido, finalmente, que invita a conversar y que puedes mejorar y enriquecer con tus comentarios en los espacios disponibles para ello y que son:

Un espacio en Facebook: http://www.facebook.com/pages/La-izquierda-reaccionaria/152101741498667?ref=ts

Un espacio en Twitter: http://twitter.com/izqreac

Nuestro sitio web: http://www.izquierdareaccionaria.com

¿Continuamos la conversación por estos otros medios?

Prólogo de José María Marco

La única revolución que ha cumplido con éxito sus objetivos es la revolución norteamericana. Además de eso, es la única que ha sido beneficiosa para quienes la hicieron, sus descendientes y todos los que se incorporaron y se siguen incorporando a la nación que creó. Es por tanto la única revolución auténticamente revolucionaria.

Entre otros muchos, así lo afirma Norman Podhoretz, el ensayista neoconservador. Un neoconservador es, como dijo un colega de Podhoretz, un hombre de izquierdas asaltado por la realidad. A la hora de hablar de un trance similar, Horacio Vázquez-Rial prefiere un término de origen inglés. Habla del «shock» al que la realidad ha sometido a la izquierda. Y en el paso de salir de un mundo, sugiere que si quiere sobrevivir sin traicionarse, la izquierda debe sobreponerse a ese «shock» y revisar su pasado y su presente.

Para el neocon norteamericano, la creación de Estados Unidos permitió que por primera vez en la historia los individuos fueran tratados por lo que son, no por lo que sus padres hicieron. Y con todas las salvedades que se quiera, el principio se ha ido imponiendo con el curso del tiempo. Los años no lo han desmentido. Al contrario, desde entonces ha cobrado una nueva vigencia. Por ampliar algo más el argumento de Podhoretz, la revolución norteamericana puso en pie un sistema político que demuestra que si se quiere democracia, en los dos sentidos que sugiere Tocqueville —igualdad de condiciones e igualdad ante la ley—, habrá que respetar la ley. Y viceversa.

Desde aquel momento, buena parte de la historia del Viejo Continente ha consistido en impedir que esos principios triunfaran de este lado del Atlántico. No se trataba de calcar el sistema, sino de aceptar la verdad. Entre quienes más han intentado que esa verdad no se abriera paso ha estado la izquierda, en particular desde que el socialismo empezó a recorrer el mundo, a mediados del siglo XIX. Marx no se equivocaba cuando recomendaba a uno de sus discípulos que no se fuera a vivir a Estados Unidos porque le pasaría lo mismo que a otro de ellos, es decir que dejaría de ser socialista. Tales son los efectos milagrosos de la democracia liberal, cuando se hace el esfuerzo de aplicarla: que cura de las enfermedades utópicas tanto como de las nostalgias visionarias.

Horacio Vázquez-Rial afirma en estas páginas que el antiamericanismo es uno de los elementos clave de la mitología en que consiste la izquierda.

Estoy de acuerdo, aunque creo que hay algo más. El antiamericanismo es uno de sus elementos esenciales, en la medida precisa en que la mitología de la izquierda se construye para neutralizar el desmentido —otro shock, a su modo— que le propinaba la realidad norteamericana. Aquello por lo que la izquierda decía estar movilizando todas las fuerzas a su alcance se había cumplido ya del otro lado del Atlántico. ¿Por qué no aceptarlo, entonces? Pues bien, por empezar por lo más sencillo, ¿de qué iban a vivir los profetas de la utopía, los resentidos y los nostálgicos? Y para ir al fondo del asunto: ¿acaso esa izquierda podía vivir sin desear la desaparición de quien no piensa como ella y, por el solo hecho de hacerlo, la pone en peligro?

¿Fue siempre así? No creo. Los liberales del siglo XIX, la izquierda de entonces, de antes del triunfo de la mentira socialista, no se dieron cuenta, en general, de la dimensión de lo que se había producido en el Nuevo Mundo. Era demasiado temprano, y sus ideales estaban puestos más en el doctrinarismo francés o en la Monarquía constitucional británica. Aun así, cuando se asoman a la realidad norteamericana observan, como lo hace Tocqueville, que lo que allí se ha producido podría ser el futuro del mundo entero: la democracia liberal, ni más ni menos.

En el siglo XX, otra parte de la izquierda europea se abstuvo a su vez de manifestar signos virulentos de antiamericanismo. La socialdemocracia de después de la Segunda Guerra Mundial, antes de la crisis de los años sesenta y setenta, admiró, más que el modelo en sí, la solidez de los consensos en que se fundaban: el patriotismo, las virtudes cívicas, la exaltación del concepto de ciudadanía… Por mucho que los liberales desconfiaran del poder de las mayorías y los socialdemócratas de la libertad, sobre eso se podía fundar un proyecto como el socialdemócrata de entonces.

Hubo por tanto, en su momento, una izquierda templada que hizo suyos los principios de la democracia liberal encarnada en la revolución norteamericana. No es de esa izquierda de la que escribe Horacio Vázquez-Rial. Esta es una izquierda que sigue alzando una bandera expresamente revolucionaria… para detener los efectos de la única revolución que sigue vigente, la de la democracia liberal. Sabemos que lo hace en nombre de lo mismo: de la libertad, de la democracia, también de los derechos, del progreso e incluso de la felicidad, incorporada a la Declaración de Independencia de Estados Unidos antes de que Saint Just descubriera que era una idea nueva en Europa. Pero esos nombres no significan lo mismo de este lado de la revolución. De la libertad, esta izquierda ha llegado a tener una idea muy particular: libertad sin responsabilidad, gratis en más de un sentido, y encadenada por tanto a la mentira perpetua. La democracia es para ella un concepto meramente instrumental, inútil o engorroso cuando no está puesta al servicio de la buena causa, que nunca puede dejar de ser la suya. Los derechos han dejado de ser barreras contra la arbitrariedad del poder; al contrario, se apela a él para cumplirlos o ejercitarlos, cuando no para generarlos y multiplicarlos al albur del deseo expresado por algún «colectivo», que es tanto como decir un grupo de presión antisistema. (Palabra clave esa del deseo, que sustituye a todas las leyes de la historia incluida la lucha de clases.) El progreso no se mide según el imprevisible, y a menudo caótico, aumento de la prosperidad cuando es fruto de la libertad; dependerá del grado de cumplimiento de un programa ideológico. Y la felicidad —no «la búsqueda de la felicidad» como escribió Jefferson en la Declaración de Independencia, después de haber corregido lo que en el borrador aparecía como «la propiedad»—se habrá convertido en una obligación o un castigo, de tanta desdicha como provoca.

Desde la Revolución Francesa hasta el socialismo, una importante porción de la izquierda ha formado parte de las fuerzas decididas a impedir que el Nuevo Régimen, el de la democracia liberal, se instaurara fuera de su país de nacimiento. Aunque había abandonado la tradición por la racionalidad, seguía echando de menos un mundo estable, cerrado, donde cada uno tuviera su lugar fijado de una vez para siempre. Cuando se derrumbó el Muro de Berlín —o antes, cuando se colapsó la ilusión comunista en los años sesenta—, la izquierda tuvo que reinventarse a sí misma. Lo hizo con la mejor de las conciencias y salvando todo lo que se podía salvar de la hecatombe. Menos postmoderna de lo que se a veces se piensa, esa nueva izquierda reaccionaria, sigue tejiendo su mitología con los fragmentos de la antigua. Ahí siguen los héroes revolucionarios, como el Ché� Guevara, Castro y el castrismo, el líder de esa «revolución virtual» que es el Subcomandante Marcos o Rigoberta Menchú, mistificación esperpéntica elevada a categoría de símbolo. Tampoco se ha ido la «clase trabajadora», aunque sea propietaria —en más de una ocasión lo es incluso de su puesto de trabajo— y compre a crédito con tarjeta de plástico. Ni a pesar de la orgía consumista y de la distracción compulsiva, se confía más en la libertad de mercado.

Al revés, se diría que la querencia por el Antiguo Régimen se ha acentuado. Como la libertad económica da miedo, se propagan formas de proteccionismo que disfrazan bajo el nombre de sindicalismo un nuevo gremialismo. Se exalta el indigenismo, los nacionalismos, cualquier identidad colectiva con tal de que rompa la igualdad ante la ley y arrincone la libertad individual, condenada por insubordinación frente los derechos de la tribu. Se recrean y se multiplican los fueros, los antiguos derechos concebidos —y concedidos— como privilegios. Se formulan textos legislativos nuevos, casuísticos, y si es necesario se interpreta el derecho en contra de la ley misma o de su espíritu evidente. Se reinventan las idolatrías y las supersticiones bajo nombres inauditos, como la «ecología profunda». Para la izquierda reaccionaria la libertad y la ley están bajo sospecha.

Aquí es donde se produce la mutación protagonizada por esa nueva izquierda. Ahora sí estoy plenamente de acuerdo con Horacio Vázquez-Rial en su análisis del antiamericanismo como elemento primordial de la mitología de la izquierda. Pero en esa mitología, el antiamericanismo ha cobrado un nuevo significado. Al autor se le reveló en algunas de las manifestaciones que sucedieron a los ataques del 11 de septiembre. Aquél fue un momento de catarsis, donde quedaron fijadas las posiciones de quienes a partir de aquel momento han hecho del odio a Occidente —no ya sólo a Estados Unidos— su bandera, lo que ellos llamarían su seña de identidad. En eso consiste la mutación del antiamericanismo. Con la abdicación a modo de telón de fondo, la culpa se asume como principio al tiempo que se rechaza cualquier posibilidad de transgresión, no digamos ya de pecado, y la rendición se practica como protocolo preventivo, justificación de cualquier ataque recibido.

Este libro está escrito en el momento en el que su autor comprendió esta realidad. Sin duda su redacción contribuyó a que el «shock» no quedara en eso. Por eso es un libro irrepetible. Habiendo descubierto la verdad, Horacio Vázquez-Rial descubre también una libertad nueva. La izquierda reaccionaria tiene su propio ritmo, a veces atormentado. Es el de quien ha decidido adentrarse por propia voluntad en el agujero negro del que acaba de salir y en el que podía haber quedado atrapado. No extrañará por tanto la ansiedad del autor, que descubre nuevas dimensiones y nuevas perspectivas en multitud de asuntos, desde el terrorismo islámico, el multiculturalismo, Israel, los Balcanes y Serbia, el nacionalismo, los inmigrantes o la prostitución.

Por eso un libro tan pegado a la actualidad, escrito como un reportaje tanto como un ensayo, sigue vivo. Era profético, como ha corroborado el éxito del socialismo de Rodríguez Zapatero, quintaesencia de la izquierda reaccionaria, la del síndrome y la mitología antioccidentales, llegada al poder con la bandera de la rendición luego de los ataques del 11 de marzo.

Hacía falta mucho valor para enfrentarse de este modo a lo que hasta ahí había constituido parte del propio universo. ¿Dónde queda la izquierda a estas alturas? Respiremos hondo para adentrarnos con el autor en este viaje.

Cuando vaya descubriendo la respuesta a esta pregunta, el lector dirá conmigo: gracias, Horacio.

Prólogo de María Teresa González Cortés

«Así, la izquierda resulta no ser más que un ámbito retórico

que no soporta el contacto con la realidad»

En 1989 se organizaban los festejos para conmemorar por todo lo alto el segundo centenario de la Revolución Francesa. Pero la celebración, la pompa y la liturgia que se esperaban en torno a tan mítico evento fueron cercenadas por la guillotina de la caída del Muro de Berlín. En ese momento, hubiese subrayado Jean-François Lyotard, de fin y desplome de los grandes relatos, el repudio público por parte de quienes padecieron los efectos sanguinarios de la política marxista habría bastado por sí mismo para deslegitimar los cimientos de un discurso autorreferencial que únicamente defienden, por ficticio y autológico, los valedores del socialismo violento. Sin embargo, eso no fue lo que pasó, ni mucho menos. Y quienes nunca sufrieron los zarpazos de las dictaduras marxistas siguieron empeñados en aplicar su malherido, regresivo y tambaleante catecismo ideológico. Ya nos alertó sobre ello la filósofa y sindicalista francesa Simone Weil, al anotar el enorme grado de ensimismamiento de los simpatizantes socialistas, defensores de relaciones de vasallaje y dominio, y precursores de la armonía comunitaria, pero dentro de un porvenir socialmente injusto y políticamente dictatorial.

No sirve de mucho que, a día de hoy, ciertos colectivos e individuos se afanen en convencernos de su amor al ser humano, y se proclamen progresistas y entusiastas de la modernidad, si resulta que en la práctica —tal es su libido dominandi— transgreden la esencia liberal de la modernidad, es más, anhelan el poder absoluto y, en nombre del dogma revolucionario, defienden autocracias y tiranías, y acaban, en fin, justificando toda una iconografía de lo monstruoso.

Ante esta impudicia, publicaría en el año 2003 Horacio Vázquez-Rial un libro de título tan incómodo como provocador. Nos referimos a La izquierda reaccionaria, obra que ahora felizmente se reedita y cuya escritura comienza con los atentados terroristas del 11-S, ocurridos en los Estados Unidos. Pues bien, Vázquez-Rial cita, y no por azar, las declaraciones harto indecorosas de un pujante sector intelectual. Y si en breve van a cumplirse diez años del asesinato de miles de civiles en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, todavía resuena en nuestra mente el terror que condujo a tamaña barbarie. Sin embargo, a los pocos días de producirse el brutal atentado terrorista, el filósofo Jean Baudrillard postulaba en su artículo L’esprit du terrorisme [El espíritu del terrorismo], publicado en el diario Le Monde (3-XI-2001), que la violencia en sí puede ser perfectamente banal e inofensiva: «la violence en soi peut être parfaitement banale et inoffensive». Estamos ante la trivialización del dolor. O peor. Igual que la élite romana se acercaba al Circo a contemplar la muerte de seres humanos ante fieras y gladiadores, los Baudrillard de turno minimizan de forma incomprensible el sufrimiento ajeno e incluso se regocijan ante los actos sanguinarios que afectan a otros. No a ellos.

Por supuesto, la defensa de cualquier ideario político no ha de alentar ni llevar aparejadas la carencia de reflexión y, menos aún, la justificación del asesinato, como denuncia el novelista, historiador y periodista Horacio Vázquez-Rial. Sin embargo, y pese a esta obviedad, en Occidente subsisten numerosos grupos de opinión que, aferrados a sus trincheras políticas, viven inmunes e impermeables a la crítica, atrapados en las naftalinas de una ideología caduca que alienta el terror y la desmesura. Todo lo cual, analiza muy bien Vázquez-Rial, arrostra un inconveniente muy peligroso, el del empecinamiento y la aversión al pensamiento como rasgos propios de tradiciones no democráticas.

Es cierto que la estupidez humana carece de límites y que rebelarse, advierten Heath y Potter, vende. Pero, quizá sea aún más cierto que el virus platónico del dogmatismo no deja de provocar obstinación, sectarismo e intransigencia. De ahí que Horacio Vázquez-Rial demuestre en su libro La izquierda reaccionaria cómo importantes sectores de la izquierda actual, europea o no, incurren en paradojas, incoherencias y… no pocos actos de intolerancia; cómo con pretensión de validez universal reafirman sus opiniones y preferencias políticas hasta perder la epidermis de lo humano y silenciar, más allá de las evidencias de la realidad, los laberintos del dolor por los que transitan los más de cien millones de muertos que ha causado la utopía marxista.

El escritor polaco, largamente asentado en Argentina, Witold Gombrowicz solía repetir que los problemas de la humanidad no vienen originados por los que trabajan y se preocupan por vivir su día a día, sino por políticos e intelectuales que defienden y engendran Estados serviles y colocan a la mayoría bajo el fuego de ideologías socialfascistas. Y tenía bastante razón Gombrowicz cuando comprobamos cómo de Sócrates a Campanella, de Platón a Descartes, de Rousseau a Marx, de Robespierre a Heidegger, la mayoría de la clase intelectual occidental se ha sentido profundamente seducida por los hierros de la dictadura espartana.

Un detalle más para entender el libro de Horacio Vázquez-Rial. Al francés Roland Barthes, conspicuo tótem del pensamiento europeo, no le importaba mostrar su afición a lo inasible y, por tanto, reconocer: «a mí me seduce el sujeto del discurso, no el sujeto de la realidad». Pues bien, si las leyes de la ficción adquieren primacía hasta subestimar platónicamente los problemas y sufrimientos reales de las personas de carne y hueso, viene muy a cuento recordar las palabras visionarias de Francis Bacon. Diagnosticó este filósofo empirista inglés que «quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no se atreve a pensar es un cobarde».

No vamos tanto a detallar aquí los pormenores del estrangulamiento y asesinato de Helène Althusser en 1980 a manos de su marido, el célebre filósofo marxista Louis Althusser, cuanto a destacar la angustia que sentía este izquierdista ante los cambios que contemplaba: «mi universo de pensamiento ha sido abolido. No puedo pensar más».

Tampoco ahora se trata de estudiar el pánico que atenazó a la mujer de Artur London hasta el extremo de querer separarse de su marido, legendario comunista y conocido ex combatiente, por el hecho, herético a sus ojos, de que estuviese cambiando y girando ideológicamente. En este momento, se trata tan sólo de reparar en que los manifiestos, los escritos y las declaraciones públicas de buena parte de los miembros de la clase intelectual actual forman parte de La izquierda reaccionaria, de una izquierda que, embotada por la brújula de su imaginario, señala Vázquez-Rial, no sólo ha dejado de reflexionar, sino que también se mueve con lemas y adhesiones entre el fanatismo, la idiocia y la cobardía.

Éste es el espacio a todas luces antiilustrado, regresivo e hipogresista, que no progresista, en el que ha buceado Horacio Vázquez-Rial. Éste es el camino, plagado de no pocos prejuicios, que desnorta a importantes gremios de la intelligentzia, a la que por cierto, y ya hace más de cien años, el socialista de origen polaco Jan Waclav Makhaiski atribuyó el afán de buscar, en condiciones de monopolio, el uso y beneficio del poder.

Haciendo, por un lado, gala de un profundo conocimiento de la historia más actual y sabiendo, por otro lado, a quiénes van dirigidos los dardos de su investigación, Horacio Vázquez-Rial ni se deja hechizar por el aleteo del poder ni atrapar tampoco por las inercias acéfalas de la propaganda política. Y como ya hicieron Ayn Rand, Rosa Luxemburg, Margarete Buber-Neumann, Simone Weil, Albert Camus, François Furet, Jean-François Revel, Gabriel Albiac y otros, Vázquez-Rial se aleja de cualquier forma de complacencia y autocensura, y se dedica a desmitificar los excesos y abusos de la izquierda filomarxista, incluso a destapar, con nombres y apellidos, a esos herederos del gremialismo violento y, de paso, a desmontar la arquitectura reaccionaria de sus aparatos ideológicos.

Antonio Machado aconsejaba: «¿Tu verdad? No, la Verdad,/ y ven conmigo a buscarla./La tuya, guárdatela.» Pues bien, si usted está dispuesto a intentarlo, le aconsejo las páginas que Horacio Vázquez-Rial dedica, entre otras perlas, a los apologistas del terrorismo, a las conexiones entre islamismo y petróleo, al multiculturalismo, al tráfico de órganos o a la explotación infantil, pues, con los trazos del gran escritor que lleva dentro, Vázquez-Rial procede a viviseccionar las fantasías y distopías de una ideología anacrónica. Y desprovista de cualquier signo de espíritu democrático.

Zaragoza, 5 de octubre de 2010

Prólogo del autor para esta edición, primera en multiformato

La primera edición en papel de La izquierda reaccionaria apareció en abril de 2003. La segunda, dos meses después. No hubo una tercera porque la editorial entró en una crisis interna, cambiaron directivos y directores de colecciones y, como suele ocurrir, los nuevos llegaron con proyectos nuevos y seguramente se sintieron moralmente obligados a no reconocer ningún éxito de sus predecesores. Pero el libro, ya distribuido, siguió su propio y misterioso camino, más allá del momento en que alguien saldó ejemplares, gracias, sobre todo, a Internet y su inescrutable mercado. En 2006, cuando gané el premio de novela «La otra orilla» del Grupo Editorial Norma con El camino del norte, me entrevistó un periodista venezolano. Me llamó la atención que me hiciera más preguntas referidas a La izquierda reaccionaria que a El camino del norte, y se lo dije. Me respondió que era evidente que yo no sabía lo importante que había sido mi ensayo en Venezuela, sobre todo para los antichavistas. En realidad, yo no era consciente de lo que había sucedido con el libro en ninguna parte, pero había funcionado más allá de toda previsión. Poco después, cuando presenté en Quito El camino del norte, en Libri Mundi, se presentaron unos cuantos lectores a que les firmara libros, y constaté que La izquierda reaccionaria era el más difundido, más incluso que Las dos muertes de Gardel, que había sido muy leído en América latina.

La expresión «izquierda reaccionaria» no existía en 2003 pero ahora, en 2010, hay más de 30.000 entradas en Google que la recogen, en parte en referencia directa al libro, en parte remitiendo a trabajos de otros que la incluyen o citan la obra. En julio de este año creé el término «atrasismo», que no existía en los buscadores, y a mediados de octubre tiene 7.500 entradas. Si llevó siete años reunir 30.000 entradas de «izquierda reaccionaria» a partir de un libro impreso, pero bastaron tres meses y medio para que «atrasismo» reuniera una cuarta parte de 30.000, es porque el segundo apareció en un artículo publicado en un medio digital.

Los editores del mundo hispánico tienden a no reeditar libros, por exitosos que hayan sido (y éste lo fue y lo es). Se debe en parte a que sospechan que cuando has vendido diez mil ejemplares hace cinco años y después has desaparecido de las meses de las librerías, es porque la obra alcanzó su límite de mercado. Pero también hay otro factor que pesa en su voluntad: el valor de la novedad, por inferior que sea al libro que ya ha recorrido el camino. De modo que la propuesta suele ser del tipo: «Si me das un libro nuevo, te reedito éste en bolsillo. Pero es un libro de hace siete años, lleno de datos que habría que actualizar». Así que finalmente abandonas.

Además, existe otra razón para no actualizar el libro, y es que sería otro. Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel, uno de los libros más importantes sobre el conjunto de los países latinoamericanos que conozco, fue reeditado en 2008 por Gota a Gota. Como Rangel había muerto en 1988, no se le podía pedir que lo actualizara, de modo que se imprimió tal y como había sido escrito en 1976. Y se vio que la actualización no era necesaria, que las grandes líneas de análisis del continente trazadas por el autor siguen vigentes, y de eso se trata. Que Rangel apostara por entonces por una socialdemocracia que la desastrosa acción de Carlos Andrés Pérez demostró ineficaz es sólo un detalle, porque lo que cuenta en el texto no son las profecías, sino el rigor con que en él se estudia el pasado.

Dicho esto, quiero hacer una reflexión sobre este libro. Cuando inicié su escritura, yo me consideraba un hombre de izquierda. ¿Qué significa esto? ¿De qué manera se es de izquierda si uno es honesto? Del mismo modo en que se es católico o budista: asumiendo por entero una larga tradición, que para el caso incluye los crímenes, las disidencias, las desviaciones, las recreaciones y hasta el modo de concebir la historia. Dicho de otro modo: la lucha de clases como motor de la historia, los veinte millones de muertos de Stalin, la aprobación de los créditos de guerra por la socialdemocracia alemana para iniciar la Primera Guerra Mundial, el genocidio de Pol Pot, la destrucción de Cuba —que en 1959 no era el burdel que suele pintarse, sino uno de los países más avanzados y cultos de América, con una de las tasas de alfabetización más altas del mundo—, la represión del levantamiento de Kronstadt en 1921 por Trotski, el tradicional antisemitismo de la izquierda «pobrista» o atrasista; y, para colmo, la pretensión de poseer una explicación «científica» para todo ello. Todo eso era y es el ser de izquierda, o todo eso hay que asumir, por pura dignidad, si se aspira a autodefinirse así.

Verá el lector que en alguna parte de la obra reivindico para mí esa condición, la de hombre de izquierda, a pesar de todo. Pero en realidad, el proceso mismo de la escritura, la exposición sistemática de las taras de la izquierda, me estaba apartando de ese espacio. Los lectores lo entendieron mejor que yo, tanto los que me siguieron como los que me condenaron. Había empezado a escribir en la izquierda y había terminado en otro sitio, que no era la derecha, ni el liberalismo tal como se había ejercido hasta la fecha. Como en toda catarsis, salí transformado en algo desconocido, algo que yo mismo no podía nombrar, porque lo mismo que había hecho con la izquierda, su disección —sin entender al principio que mi objeto de estudio era un cadáver—, podía hacerlo con la derecha, con la Iglesia católica o con cualquier otra concepción abarcadora a la que me enfrentara, y en cualquier caso iba a tener que asumir un pasado, una tradición, una serie de horrores.

Es decir que había dejado la izquierda pero no era un hombre de derecha. Otros vinieron en mi ayuda: Manuel Azaña, el cambiante Unamuno, Joaquín Costa, Ortega y Gasset y muchos más. Es raro el hombre que tiene conciencia de su presente histórico —los marxistas siempre se arrogaron ese don—, pero algunos intelectuales serios, es decir, honestos, van cambiando porque son demasiado inteligentes para ignorar los cambios en la realidad. El verdadero profeta es el que comprende su presente histórico. Encontré un ejemplo brillante en La agonía de Francia de Manuel Chaves Nogales, uno de los más grandes escritores españoles del siglo XX, felizmente recuperado por ese gran editor que es Luis Solano en Libros del Asteroide.

Chaves Nogales era gran amigo de Azaña y dirigía el diario azañista Ahora, pero se marchó a Francia a finales de 1936 porque no quería ver al «futuro dictador» que iba a salir «de un lado u otro de las trincheras» de la guerra civil —que el asombrosamente brillante y siniestro Willi Münzenberg, que murió en 1940, había llamado, para la propaganda de la Komintern, «guerra de España»—. Obviamente, tenía razón, porque no se trata de aquello que los conciliadores suelen decir —«se cometieron barbaridades de los dos lados»—, sino de que los dos lados eran igualmente bárbaros en lo esencial, y sólo podía vencer Franco o aquel que en el momento final estuviese a cargo de la República, probablemente Juan Negrín, con un comisario político enviado por Stalin en todas las reuniones de gabinete.

Me crié en la Argentina de Perón, uno de los mejores lugares, en términos geográficos e históricos, para aprender el valor de la estética en la política. Siempre he sido especialmente sensible a ese aspecto de la realidad. El peronismo, como el fascismo, el nazismo, el comunismo soviético y el cubano, son, además de modelos políticos, estéticas. Las masas no desempeñaban el mismo papel en el ballet peronista que en el castrista. Por eso uno —los intelectuales, es decir, uno mismo, o Sartre, o Cortázar— podía asumir la revolución de 1959 después de haber rechazado la de Perón.

Al dejar atrás la izquierda, comprendí que, entre otros fenómenos que desembocaron en la escritura de La izquierda reaccionaria, hacía mucho que rechazaba la estética de la izquierda, que ya no era la de los cartelones de un sonriente Stalin, ni la del atildado Trotski, sino la de la vociferante Hebe de Bonafini, el patriarcal Carrillo con su ficción de hombre bueno o la de los psicópatas de las guerrillas —analfabetos como Tiro Fijo o cultos propagandistas del crimen como Ernesto Guevara y sus incontables vietnames y su fría máquina de matar como definición del hombre nuevo—. No, ya no eran estéticamente aceptables. Pero esa misma sensibilidad me impedía acercarme a la derecha. Una serie de meditaciones, unas hechas sobre el papel, otras de viva voz en seminarios y conferencias, me fue llevando a la idea de la necesidad de preparar a la gente para el pensamiento independiente, algo sobre lo cual no me voy a extender aquí.

Lo más grave de cuanto entendí a la larga no era que yo había roto con la izquierda, sino que la izquierda no existía. La izquierda no existe. La derecha tampoco. Se trata de categorías obsoletas. Carecemos aún de los términos adecuados para definir lo que representa Obama tanto como lo que representa el Tea Party, para definir lo que representa Zapatero tanto como lo que representa Mariano Rajoy, para definir lo que representa Cameron como lo que representa Lula. Aznar y Blair se han salido de las cuentas. Pero también se ha salido de las cuentas en Uruguay José Mujica, que de viejo guerrillero ha pasado a ser una especie de liberal de 1812, de los que tenían la aspiración, como se expresa en la Constitución de Cádiz, de que los españoles fuesen patriotas, justos y benéficos: «el amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos», reza el artículo 6.

Todos los partidos se parecen, y no sólo porque haya socialistas en todos ellos, como decía Hayek, ni porque tiendan a ser de «centro» —de manera vergonzante, se autodefinen como de «centro izquierda» o de «centro derecha», mientras los unos tildan a los otros, y viceversa, de «extremistas»—, sino porque todos son esencialmente populistas y clientelares.

No obstante, existen los partidos políticos, cada cual con su patología y todos con síntomas comunes: el poder del aparato, las familias mafiosas interiores o el caciquismo son cosas que comparten los demócratas y los republicanos, los laboristas y los conservadores, el partido independentista escocés, los partidos micronacionalistas catalanes o el MAS de Evo Morales. Existen los partidos y las elecciones en más países de los que cabe llamar democráticos. Y el derecho al voto es producto de una serie de luchas que ocuparon siglos y costaron sangre. Claro que no es lo mismo votar en Inglaterra que hacerlo en Pakistán, pero hay que votar. O no votar, pero no por desidia o indiferencia, sino como protesta explícita, metiendo en las urnas sobres vacíos.

¿Qué hacer cuando uno no es capaz definirse como ciudadano de izquierda o ciudadano de derecha? Mirar alrededor, trabajar con lo que hay, que eso es la política. Pero desde un pensamiento independiente que dé al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios. Hay que evaluar en cada ocasión los programas mínimos, lo que en ellos es creíble y lo que no, las necesidades urgentes del momento y algunas líneas generales. Necesidades urgentes en España en 2010: detener el paro, reducir impuestos, reducir el gasto público —haciendo daño, de paso, a las redes clientelares—, mejorar los contenidos de la educación —hay escuelas suficientes y maestros suficientes, pero hay que recobrar calidad de contenidos, establecer jerarquías, recomponer las redes de selección, moralizar en el sentido de restaurar el mérito como principal categoría—, reordenar la sanidad pública, destinar el dinero que se retiene a los trabajadores al pago de pensiones, y no a cualquier otra cosa, etc., etc.

En esos etcéteras, está la urgente reforma del régimen electoral para que los partidos de ámbito autonómico no tengan privilegios discriminatorios que hacen que estén sobrerrepresentados: un hombre un voto, sea el hombre catalán o extremeño; también es urgente la liquidación de las listas cerradas. De lo expuesto en el párrafo anterior, cabe dudar. De estos dos últimos asuntos, la reforma electoral en orden a la representatividad y en orden a la composición de las listas, no cabe dudar: no lo hará nadie. Y eso que hay una clara mayoría de miembros y votantes de los dos grandes partidos nacionales que apoyarían la iniciativa sin vacilar: pero tienen en contra el aparato. Y eso hace que no haya a disposición del ciudadano un partido dispuesto a hacer lo que hay que hacer desde el poder si se pretende algún progreso, de modo que se hace necesario crear una zona política nueva, ahora ausente, que sólo puede surgir de la comprensión de que una democracia que se desnaturaliza deriva en alguna forma de dictadura. Más aún: de dictadura perfecta, como calificara Mario Vargas Llosa a la democracia relativa del PRI mexicano. Esa zona política no puede ser otra que el pensamiento independiente.

La izquierda reaccionaria es la plataforma de lanzamiento del pensamiento independiente. De una zona política en que las ideas se elaboren en el plano individual y sólo después sean puestas a prueba, una a una, no como weltanschauung, en la sociedad general. No es necesario ser liberal ni haber leído a Hayek para comprender las ventajas de un sistema fiscal mínimo. Ni es necesario ser un dictador africano para tener claro que las ayudas internacionales consisten en quitarles el dinero a los pobres de los países ricos para dárselos a los ricos de los países pobres. Es una cuestión de sentido común.

La ideología general de nuestra época, sea que los individuos se definan como socialistas, conservadores o liberales, es la de aquel viejo Partido Socialdemócrata al que ya en 1917 Rosa Luxemburgo consideraba «un cadáver putrefacto». Son aquéllos los valores que predominan: el cadáver goza de buena y contradictoria salud: el partido pacifista votó entonces en favor de la concesión de créditos al Estado para que se pudiera iniciar la Gran Guerra. Entonces, la izquierda se dividió. Trotski ejerció el pacifismo extremo, y Lenin aprovechó la ocasión para prometer a los rusos «paz, pan y trabajo» y aliviar a los alemanes del frente oriental. Mussolini fue partidario de la entrada de Italia en la contienda junto a los aliados, por lo cual lo echaron del Partido Socialista Italiano, lo cual, si bien se mira, es un absurdo, porque la guerra no se hubiera podido iniciar sin los créditos votados por los socialistas alemanes. El comunismo y el fascismo nacieron de aquellos créditos de guerra. El nazismo también. Pero todos, antes o después o durante, tuvieron que llamarse socialistas. Un país socialista, la URSS, derrotó a otro gobernado por un partido nacional-socialista, con la inestimable ayuda de una Inglaterra gobernada por el Partido Conservador de Churchill —donde el liberalismo del líder chocaba muchas veces con los socialistas interiores— y por unos Estados Unidos gobernados por el ala más socialista del Partido Demócrata.

No es por ahí por donde debemos transitar, por el camino de las guerras socialistas. Pero tampoco por el apaciguamiento, que también se ha hecho bandera socialista en la Alianza de Civilizaciones y que se ha convertido en la postura preferida de los conservadores «moderados». El pensamiento independiente, sin aparato político y organizado sólo en momentos puntuales para un objetivo por vez, es la senda más lógica hacia la creación de una zona política exclusivamente democrática que no dé lugar a fosilizaciones.

Confío en que este ensayo de pensamiento independiente que es La izquierda reaccionaria contribuya a esa transformación de las sociedades, de entrecerradas, como lo están hoy, a totalmente abiertas pero con capacidad de defensa y con noción de soberanía ante los virus del multiculturalismo, el buenismo y otras enfermedades de costoso y largo tratamiento.

A manera de prólogo

Leonid Breznev y Alexei Kosiguin no empezaron a encerrar a los disidentes en clínicas psiquiátricas porque se sintieran en la necesidad de disimular que en la Unión Soviética había presos políticos, cosa que se sabía en todas partes, sino porque realmente creían que la disidencia era una forma de la enfermedad mental. Y no fueron los únicos en pensarlo. De hecho, en cualquier régimen autoritario o totalitario, el que se siente instalado en la jerarquía tiende a decir: «¿Usted está loco? ¿No sabe con quién está hablando?». Y en las democracias de esta época la cosa no es tan grave pero sigue ahí: el que se aparta de las ortodoxias en boga da lugar a que los demás murmuren para sí mismos «este tipo está loco». De modo que he asumido la posibilidad de ser objeto de ese diagnóstico desde el momento en que empecé a escribir este libro, sabiendo que iba contra corriente en casi todos los órdenes.

El 11 de septiembre de 2001, ataques simultáneos a Nueva York, Washington y algún otro punto de los Estados Unidos, que no ha sido mencionado en la prensa pero al cual se dirigía el avión secuestrado y derribado por sus pasajeros en la ruta de Pennsylvania, marcaron el comienzo de una nueva época. No porque el ataque en sí fuese algo inesperado —no dejaba de ser un capítulo más de lo que Sadam Hussein había iniciado con la invasión a Kuwait—, ni por la magnitud del mismo, sino porque puso en evidencia a todo el mundo.

Por aquella fecha, yo estaba escribiendo un libro con idéntico título que éste, pero que no era éste, aunque el tema central haya perdurado y los problemas que en él se tratan sean nominalmente los mismos. Venía, como tantos otros, preocupándome por la situación de lo que hasta aquí se ha venido llamando izquierda, por la identidad de día en día más borrosa de ese sector del pensamiento, o del no-pensamiento, con el cual me identifiqué durante largos años, probablemente a falta de algo mejor. Intuía, más que veía, la miseria en la que había caído y seguía cayendo, como en un pozo de fondo remoto, pero no alcanzaba a precisar lo que la violencia de Al Qaeda reveló aquel día y los que le siguieron: que el pozo no tenía fondo y que la decadencia de las nociones que habían alimentado las visiones del mundo en general tenidas por progresistas, ya no se iba a detener.

Sabía ya, por ejemplo, que la izquierda tradicional, fuese comunista, socialista o socialdemócrata, era antisemita, explícita o implícitamente, de forma consciente o inconsciente, pero ignoraba hasta qué punto. Sabía que esa izquierda no se había hecho cargo de problemas como la inmigración, el funcionamiento democrático o las relaciones entre países, asuntos en los que había salido del paso con respuestas tan ridículas como inadecuadas, del tipo del multiculturalismo, la política de masas o el pérfido imperialismo, cuando no con alianzas perversas con gobiernos de países expulsores de emigrantes como Cuba o Marruecos, pero no conseguía distinguir con claridad, o me negaba a ello por oscuras razones afectivas, que esas respuestas eran producto de un odio a Occidente —a la cultura de la que nació el pensamiento progresista, a la cultura de la Ilustración y la razón, y a las sociedades abiertas en las que prosperó— rayano en lo patológico y, desde luego, profundamente irracional.

Sabía, en suma, que la izquierda había devenido reaccionaria, pero desconocía la medida real de su reaccionarismo. Pero entre el 11 y el 20 de septiembre de 2001, aproximadamente, ésta se definió con toda precisión. No fueron únicamente los niños y los adolescentes palestinos, impulsados por sus mayores, como es obvio, los que celebraron la acción de los suicidas de Ben Laden, sino toda una gama de personajes y personalidades que va desde miembros del mismo Parlamento de Escritores que poco después visitó devotamente a Yasser Arafat, hasta un sector de las históricas Madres de Plaza de Mayo, liderado por Hebe de Bonafini, quien no se corta a la hora de elogiar a ETA, y que tampoco se cortó esta vez al decir que se alegraba de lo sucedido. Lo dijo en La Habana, donde Fidel Castro acababa de repudiar públicamente la agresión, por la cuenta que le traía, y lo repitió poco después en Buenos Aires, rodeada de intelectuales, algunos de los cuales me habían parecido respetables hasta ese momento. Cabría pensar que tanto la señora de Bonafini como los amigos de Arafat reaccionaron de manera previsible, pero, ¿qué decir de las declaraciones de un líder socialdemócrata de la importancia de Pasqual Maragall, candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña y con toda probabilidad próximo presidente[1], ex alcalde de Barcelona y presidente del Partido de los Socialistas de Cataluña, es decir, un número dos del Partido Socialista Obrero Español, en el feliz supuesto de que haya número uno? Maragall no se atrevió a decir que se alegraba del ataque terrorista a los Estados Unidos, ni mucho menos a vociferar que era la justa venganza de los pobres del mundo contra el imperio, porque es demasiado político para eso, pero sí dijo que tras la acción de Al Qaeda había «un elemento muy importante de rencor con base real» [ABC Cataluña, 15-9-2001], que es una forma decorosa y taimada de expresar que se lo tenían merecido. Inmediatamente después, en lo que se supone que fue un intento de matizar las palabras de Maragall, el eurodiputado y antiguo primer secretario del partido Raimon Obiols [ABC, íd.] explicó que «nadie puede discutir que es necesaria una acción implacable contra el terrorismo» pero «también se deben afrontar situaciones de desigualdad, pobreza, racismo e incomprensión cultural de las que el fanatismo puede extraer fuerzas para librar su combate criminal». Naturalmente, hay que deducir que todas esas situaciones se originan en la conducta política de los Estados Unidos, y sólo en segundo término en los errores de la Unión Europea, y en ningún caso en ningún otro país o bloque de intereses, y que, por mal que lo haga Ben Laden, por su boca hablan los desposeídos, desde los niños de la calle de Brasil hasta los enfermos de SIDA del África. Ese mismo día [ABC, íd.], la Generalitat llamó a la calma para evitar brotes de violencia contra el colectivo musulmán e impuso medidas de seguridad en puntos clave para la industria.

Veinte días después de las declaraciones de Maragall y las aclaraciones de Obiols, El País [04-10-2001] publicó en sus páginas de información internacional un cable de Berlín, firmado por Ciro Krauthaussen y con el título «Neonazis alemanes justifican los atentados para combatir a EE.UU.». En el texto se dice que las autoridades alemanas prohibieron a Horst Mahler, líder del Partido Nacionaldemocrático de Alemania, «ultraderechista», pronunciar un discurso en la manifestación que su partido había convocado para celebrar el día de la reunificación de Alemania. El señor Krauthausen no se recata al escribir que las «autoridades no querían correr el riesgo de que se pudiera difundir por todo el mundo la imagen de un alemán, en este caso Mahler, poco menos que aplaudiendo los atentados que destruyeron las Torres Gemelas y una parte del Pentágono». Mahler, cuenta el corresponsal, había dejado bien claro en su página de internet que los ataques, aunque «crueles» debido a sus «daños colaterales», eran «justificados» y «eficaces» para combatir a EE.UU. y el «poder del dinero». Lo más curioso no es la coincidencia de Mahler con algunos portavoces de la izquierda real, sino el resumen biográfico que de él brinda a continuación la nota: «Mahler es un siniestro personaje que de cofundador y abogado de la ultraizquierdista Fracción del Ejército Rojo en los años setenta, ha pasado a ser el principal ideólogo de la extrema derecha alemana». Sin más comentarios.

Complementaria y simultáneamente, Rossana Rossanda, última superviviente de lo que en los años sesenta y setenta fue la crítica radical desde la izquierda al stalinismo declaró que los norteamericanos merecían morir porque nadie es inocente de lo que hace su gobierno. Creo no equivocarme si digo que nadie, absolutamente nadie, desde la constitución de las izquierdas en la modernidad, había sido capaz de decir algo ni siquiera remotamente semejante. No se dijo ni ante los alemanes, cuya conducta aplastantemente mayoritaria fue encarnación del mal obrado por cada uno: por el ferroviario que conducía los trenes, por el profesor que ocupaba el lugar del colega secuestrado, por el periodista que cubría la información de los hechos, por la cineasta que, como Leni Riefenstahl, llegaba a los cien años cubierta de gloria tras haber realizado los grandes filmes de propaganda, por el banquero que traficaba con los dientes y las alianzas de los prisioneros y que, después de la guerra, siguió al frente de sus negocios como si nada hubiera pasado. Es más: se dijo lo contrario, se buscó con denodado esfuerzo explicar lo inexplicable, hablando de psicología de masas del fascismo, del efecto del paro entre los obreros, de taras feudales demasiado arraigadas, de una cierta disposición cultural para la obediencia jerárquica y la servidumbre voluntaria en un país que aún no había modernizado sus relaciones sociales, de terrorismo del Estado: cualquier excusa parecía buena, aunque fuera inútil. Y en septiembre de 2001 apareció Rossanda: no proponía a los ciudadanos de veinte países que salieran a matar italianos, que fueran a Italia a poner bombas en los colegios por lo que las empresas italianas les hacen. No. Rossanda se refería a los humanos de raza estadounidense, una suerte de untermensch, de subhumanos puestos fuera de la ley por ser ciudadanos de Estados Unidos. Porque para esta izquierda no existen las relaciones imperiales, sino el imperialismo en un solo país, y la maldita raza de los americanos, desde Bush hasta la negra caribeña que limpiaba retretes y vivía en una caravana abandonada, y que quedo atrapada en el piso 80 de una torre.

Por supuesto que las desigualdades y toda la injusticia están ahí, pero:

1) no es digno ni ético achacarlas a los Estados Unidos en su totalidad desde partidos de la izquierda que por dos veces en un siglo contribuyeron a precipitar a Europa en guerras totales, y varias en guerras parciales, guerras en las que Estados Unidos se vio obligado en última instancia a terminar actuando en el lado correcto;

2) no es digno ni ético achacarlas a los Estados Unidos en su totalidad desde la Europa que conquistó y pobló América, y menos aún desde la España que llevó a América su propio atraso, ni desde la Europa que conquistó y colonizó África —y que después la descolonizó de la peor manera posible, dejándola convertida en parte en un gigantesco sidatorio, y en parte en un moridero por desnutrición—, ni desde la Europa que conquistó, colonizó y descolonizó parte del Asia a regañadientes —recuérdese la Francia de Indochina, precursora de los Estados Unidos en Vietnam, aunque los vietnamitas no fueran etíopes: nunca se mostraron mancos a la hora de responder, y ganaron las dos guerras;

3) no es digno ni ético atribuir al terrorismo islámico el papel de representante de los desheredados del mundo, porque no lo es: los atentados de Nueva York, lo mismo que otros varios centenares o miles desde el asesinato de los atletas israelíes en Munich el 6 de septiembre de 1972, por poner una fecha de inicio —aunque no faltaron atentados entre 1920 y 1960, muy anteriores a las ocupaciones de Gaza (a Egipto), Judea y Samaria (a Jordania), ocupaciones que, según la prensa occidental proislamista, son la causa de los atentados más recientes—, responden a un proyecto expansionista de un modelo de sociedad y de una concepción religiosa del mundo cuyo triunfo nos sumiría en siglos de oscuridad, a cargo de los mismos musulmanes que estuvieron en los orígenes de la trata de esclavos y fueron socios y colaboradores de Europa en el arrasamiento del África;

4) los desheredados del mundo no tienen ni siquiera fuerzas para alzar un arma: simplemente, mueren como moscas en nombre de nada, y menos en nombre de un dios, el que sea;

5) el hambre genera muertos y supervivientes, no suicidas;

6) un largo etcétera, que iré precisando en las páginas que siguen.

Lo que siguió al 11 de septiembre fue un estallido. Una confesión pública de identificación con la barbarie, de repudio a la civilización y al pensamiento como tal, de repugnancia ante lo político, de tolerancia ante el terrorismo, y de cólera frente a la legalidad y la legitimidad de los Estados como marco de garantía de los derechos humanos. Nada de eso era nuevo. Hoy por hoy, me asombra constatar cuánto hemos aceptado, yo el primero, a regañadientes o no, de las enormes zonas oscuras de la historia de la izquierda. Constatar hasta qué punto barrimos bajo la alfombra crímenes —¿quién podría hacer la historia de las revoluciones sin mencionar a Lavrenti Beria?—, desvíos y pruebas de represión a lo largo de un siglo entero, el XX, un siglo corto que va de 1914 a 1989, es decir, desde la Primera Guerra Mundial hasta la rendición definitiva e incondicional de la Unión Soviética.

En la izquierda, el XX fue el siglo de la pereza mental, después del XVIII y el XIX, que lo habían sido de creación y elaboración, aunque no estuviesen exentos de elementos cancerígenos, como el antisemitismo en el movimiento obrero del XIX, esa parte que, tan repudiada por otros, fue definida por August Bebel como «el socialismo de los imbéciles». En 1917, la toma del poder en Rusia, que abrió paso al más curioso y completo de los procesos de desarrollo capitalista autárquico de que se tenga noticia, estableció las condiciones iniciales. La tortuosa reescritura de la historia que a partir de entonces se perpetró, acabó por hacer creer que en aquel país se había realizado una revolución de masas, cuando lo que realmente había tenido lugar era un golpe de Estado, impulsado desde Alemania, que necesitaba desesperadamente la paz y había contribuido a materializar el retorno de Lenin del exilio a través de su territorio, en el célebre tren sellado, para ponerse al frente de la nación. Como sólo las tropas rusas deseaban la paz más que los alemanes, la consigna «paz, pan y trabajo», lanzada por los bolcheviques, hizo fortuna y se materializó en los soviets de campesinos, obreros y soldados, en los que el número de miembros de cada estamento era muy desigual, con amplia mayoría de soldados, un cierto número de obreros de tradición socialista revolucionaria, y contadísimos campesinos, que sabían de revolución, lucha de clases, imperialismo y política en general, lo mismo que de física cuántica.