Imagina que no estoy (AdN) - Adam Haslett - E-Book

Imagina que no estoy (AdN) E-Book

Adam Haslett

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Beschreibung

Cuando John es hospitalizado por depresión en Londres en los años sesenta, su prometida, Margaret, se enfrenta a un dilema: seguir con sus planes a pesar de lo que ahora sabe o alejarse del sufrimiento que pueda ocasionarle. Finalmente decide casarse con John. " Imagina que no estoy " es la historia de lo que supone este acto de amor y fe. En el centro de la narración está el hijo mayor de la pareja, Michael, un fanático de la música, brillante y ansioso, que da sentido al mundo a través de la parodia. Y la historia de cómo, en el transcurso de décadas, sus hermanos más jóvenes -la inteligente y responsable Celia y el ambicioso y controlado Alec- luchan junto a su madre para cuidar de la existencia cada vez más preocupante y precaria de Michael. " Haslett es uno de los escritores con más talento de EE.UU., dotado de un sexto sentido para la caracterización y un estilo ágil y nada pretencioso " . The Wall Street Journal " Quizás estemos ante la mejor novela americana sobre una familia de clase media desde " Las correcciones " de Jonathan Franzen " The Independent " Ambicioso y estimulante, Haslett ha alcanzado otro nivel, permitiendo a los lectores acceder a la representación plena y luminosa de una mente asediada " . The New York Times

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Índice

Alec

Michael

I

Margaret

Celia

Margaret

Celia

Michael

Alec

John

II

Michael

Celia

Alec

Margaret

Celia

Michael

III

Alec

Michael

Margaret

Celia

Michael

Alec

Celia

Alec

Margaret

Créditos

Para Tim

Es posible que toda la música, incluso la más nueva, no sea tanto algo que se descubre como algo que resurge de donde estaba enterrada en la memoria, inaudible como una melodía grabada en un disco de carne.

JEAN GENET

Alec

Cuando salí de la cabaña, la blancura me cegó. El jardín cubierto de nieve brillaba a pleno sol. De los carámbanos que se extendían a lo largo del tejado de la caseta goteaba agua fundida. Me dio la impresión de que los abetos, que antes se alzaban inmóviles y negros frente al cielo gris, habían vuelto a cobrar vida, que presentaban un aspecto verde y húmedo bajo la luz nueva. Las huellas que Michael y yo habíamos dejado en el camino nevado estaban deshaciéndose, convirtiéndose en óvalos sobre el empedrado. Bajo nuestras pisadas del sendero de entrada, distinguí gravilla por primera vez desde que habíamos llegado. Había hecho un frío glacial durante semanas, pero ahora se había producido aquel deshielo decembrino. No estaba seguro de qué día era, ni qué hora, solo sabía que ya tenía que haber pasado bastante tiempo desde el mediodía.

Al otro lado de la carretera se veía la furgoneta del joven langostero. Se filtraba agua marrón por el barro helado que el vehículo llevaba pegado al chasis. La lona roja que tapaba su pila de leña se vislumbraba a través de una cúpula de nieve que se iba fundiendo. Pendiente arriba, por el tejado de su casita de estilo típico de Nueva Inglaterra, el humo salía de la chimenea y ascendía hacia el azul puro.

Tenía que llamar a mi hermana. Tenía que contarle lo que había sucedido. Ya habían pasado varias horas y todavía no había hablado con nadie.

Eché a andar en dirección al pueblo. Pasé por delante de las residencias de verano que estaban cerradas durante la temporada, y también junto a las casas de parejas de ancianos jubilados, con porches acristalados y las luces encendidas todo el día tras cortinas de cretona. En aquel frío intenso, no había oído nada a lo largo del paseo; pero entonces me llegó el sonido del arroyo que atravesaba el bosque, que también discurría por debajo de la carretera y que desembocaba en la playa de piedras. Percibí el graznido de las gaviotas e incluso el goteo del agua al pie de los bancos de nieve; cada riachuelo iba arrastrando a su paso franjas de sal seca de la acera.

Quise oír la voz de Seth. Quise escuchar cómo me contaba lo que estaba haciendo ese día, o solamente lo que había desayunado, y que me hablara de los planes que nos preparaba a los dos para el momento en que yo volviera. Así podría anunciarle que los problemas se iban a arreglar, que ya podíamos estar juntos sin interrupciones. Pero tampoco había sido capaz de obligarme a llamarlo.

En cuanto lo dijese, aquello pasaría a ser verdad.

Seguí caminando con la cremallera del abrigo bajada, sin gorro ni guantes, casi con calor bajo el sol. En ese momento, en San Francisco, mi hermana ya se habría despertado, habría salido y estaría yendo en el Mini a la oficina, o ya habría llegado. Mi madre estaría haciendo recados o habría quedado a comer con alguna amiga, o estaría paseando con aquel tiempo estupendo, mientras pensaba con preocupación en el viaje que Michael y yo habíamos hecho a Maine y se preguntaba cuánto debía esperar antes de llamarnos otra vez.

En el cruce con la carretera principal que llevaba al pueblo llegué a la vieja iglesia baptista. Las altas vidrieras rectangulares de la nave desprendían un resplandor rojo y naranja que parecía salir del interior. Casi dolía mirar el campanario de listones blancos, que se recortaba contra el brillo del cielo. Me pregunté si el langostero y su mujer acudirían a ese templo; o si únicamente había estado de pequeño con su padre, o su abuelo, o si quizá nunca había ido a la iglesia.

El sonido que había hecho el hombre al cortar leña en su camino de entrada había sacado de quicio a Michael. El ritmo lento de lo que se iba partiendo. Eso había hecho que Michael se levantara del sofá y se acercara a la ventana del comedor a observar y a musitar unos insultos.

«¿Por qué no puede ese sonido volver a provocar lo mismo?», pensé en medio del carácter onírico de aquel momento, aquel estado irreal de ser aún el único que lo sabía. ¿Por qué ese sonido ya no podía suscitar una reacción en Michael? Fastidiarlo, perforarle los oídos. ¿Por qué no? ¿Qué tipo de persona era yo si no intentaba al menos revivirlo?

Me di la vuelta y empecé a desandar lo andado a toda prisa, por el trecho de carretera que iba bajando a la costa; luego subí la pequeña cuesta que llevaba al terreno más elevado, impulsado por la posibilidad de volver a iniciar el día.

Lo primero que pensé fue que la mente me estaba engañando cuando, al recorrer la curva, vi al langostero (solo era un par de años menor que yo), que bajaba por su jardín delantero con una cazadora Carhartt y una gorra de béisbol. Aceleré el paso para acercarme a él, pues pensé que desaparecería si no lograba alcanzarlo a tiempo. Sin embargo, se detuvo a pocos metros del camino de entrada y se puso a contemplar cómo me aproximaba a su furgoneta. Al llegar, apoyé una mano en la puerta trasera para recobrar el equilibrio.

En el mes que habíamos pasado allí, ni Michael ni yo habíamos cruzado una sola palabra con él.

Nos quedamos así unos instantes, cara a cara. Él tenía los brazos pegados a los costados. Su rostro barbudo mostraba una inmovilidad extraña.

—¿Te puedo ayudar en algo? —me preguntó en un tono lento y receloso que convertía esa pregunta en una suerte de amenaza.

Señalé la cabaña con un ademán de cabeza y dije:

—He estado alojándome ahí.

—Ya —contestó—. Os he visto a los dos.

Quise pedirle que se acercara. Me hacía falta tenerlo lo bastante cerca para darle un golpe. O para echarme en sus brazos.

—Ha pasado una cosa —dije, por primera vez en voz alta—. Mi hermano…

Acércate. Por favor, acércate. Pero no lo hizo, se quedó como estaba, con los ojos entrecerrados, sin saber qué nos sucedía ni a él ni a mí.

Michael

Hola. Este es el contestador del doctor Walter Benjamin. Ahora mismo no estoy en la consulta. Si es usted uno de mis pacientes, le ruego que deje su nombre, un mensaje muy breve y su número de teléfono, aunque crea que ya me lo ha dado, puesto que quizá no lo tenga a mano. Le devolveré la llamada lo antes posible. Tenga en cuenta que no estoy en la consulta ni los viernes, sábados, domingos, lunes, martes, miércoles ni los jueves, y que los mensajes que se dejen en esos días se contestarán al lunes siguiente.

Si se trata de una emergencia y se ha ido usted sin querer de vacaciones con su hermano menor, con la esperanza de poder finalmente despegar la mirada de las escenas que ha estado contemplando fijamente toda la vida, pero después resulta que una tormenta procedente del paraíso se le queda enredada en las alas, por culpa de la cual lo único que puede ver son los restos siniestrados del pasado amontonados delante de usted, una única catástrofe sin futuro, le ruego que cuelgue y se ponga en contacto con mi servicio de contestador.

Por último, si llama para solicitar una nueva receta de un medicamento que necesita para sobrevivir, y le preocupa que la petición no me llegue a tiempo, y le parece probable que lo que está a punto de decirle a este contestador sean sus últimas palabras, le ruego que sea consciente de que sin duda se ha esforzado usted muchísimo, y de que ha querido a su familia todo lo que ha podido.

I

Margaret

Es inevitable que se nos olvide algo con las prisas. Ayer no me dio tiempo a hacer todo el equipaje porque tenía que llevar a Alec al médico para que le quitara los puntos, a Kelsey al veterinario y comprar provisiones para el viaje. Pero hice todo lo que pude, y al menos anoche John ayudó a Alec y Celia a escoger sus libros cuando llegó del trabajo. Pase lo que pase, vamos a salir a las ocho y media en punto. John se lo repite insistentemente a los niños. Lo convierte, como todo lo que hace con ellos, en un juego: «¡Saldremos sin vosotros si os retrasáis un minuto y no volveremos a buscaros!». Cuando recorre toda la casa mientras exclama «¡Es hora de irse!», ellos cogen lo que pillan a mano, suponen que yo tengo el resto y echan a correr hacia el coche para ver quién ocupa el asiento trasero y los asientos envolventes; Michael y Celia abren otro frente de su guerra intermitente mientras Alec corre detrás de ellos encaminándose a otra derrota que ambos le van a infligir. Si no lo incluyen, se quejará para chafarles la diversión. Las salidas aceleran todos los deseos y los miedos de los niños, sobre todo esta: las vacaciones de verano, dos semanas frente al mar en Maine, en una casa prestada.

La niñera ha accedido nuevamente a darles de comer a los conejos, a la cobaya, al pájaro e incluso a la serpiente de Michael, para lo cual tiene que dejar suspendidos ratones descongelados del extremo de un palo. De todo el zoo, solo Kelsey nos acompaña, la más revoltosa de todas, y objeto de las burlas y la devoción más intensas por parte de los niños. Esta mascota, esta chucha salvaje, se dedica a romper las puertas mosquiteras y a cagarse en las camas, aunque, al verla a través de la mirada de los niños, la sigo queriendo.

Para el largo trayecto les preparo unas cajas sorpresa, que no les doy hasta la mitad del recorrido, porque así tienen algo que les hace ilusión y yo consigo media hora de paz después de repartirlas. En las cajas de zapatos hay juegos en los que deben ir apuntando las matrículas de los coches, cacahuetes y naranjas, un Lego pequeño para Alec, un libro para Celia y una revista de música para Michael. Tengo que acabar de llenarlas ya, antes de que bajen a la planta inferior, porque, si no, dejarán de surtir efecto, y lo consigo justo un minuto antes de que Alec se presente en la cocina y pregunte:

—¿Qué hay de desayuno?

Lo sigue Michael, que se acerca directamente a su hermano menor, le pellizca la parte superior del brazo hasta que Alec le pide a gritos que pare y dice:

—Mamá está con los preparativos, así que se va a ocupar papá y solo sabe hacer huevos a la vienesa, o sea que eso es lo que vamos a desayunar, enano.

Tanto Michael como Celia tratan a Alec como si ocupara un lugar análogo al de Kelsey en la escala evolutiva, un entretenimiento infalible cuando se le provoca adecuadamente.

—Me has hecho daño —dice Alec mientras se lleva la mano al brazo, pero Michael no lo escucha. Está delante de la radio cambiando de emisora, pasando a toda velocidad por encima de noticias, violines, anuncios gritados, Dolly Parton y baladas de rock, recorre todo el dial tres o cuatro veces antes de elegir una canción de música disco, su género preferido últimamente.

—Por favor —le digo—, ahora no.

—Ya está bien de música barroca. ¡Desquicia la mente! Nos hace falta algo de ritmo.

¿De dónde saca un chico de doce años lo de «desquiciar la mente»? De alguna novela que está leyendo, sin duda. Cautivado por cómo suena esta expresión, la repetirá una semana antes de que le dé por la siguiente. Las suele soltar durante la cena, normalmente, dirigidas a Alec, que, con siete años, no tiene ningún recurso que no confirme la convicción de sus hermanos de que es tonto. «Creo que ya nos has deleitado bastante», le dijo Michael la otra noche mientras él trataba de explicar cómo funcionaban los equipos en una excursión del colegio. Michael esperó un par de diplomáticos segundos antes de mirarnos de soslayo a John y a mí para ver cómo habíamos reaccionado a su agudeza. Alec siguió hablando de la carrera de sacos hasta que Michael le dio otro pellizco en el brazo.

—Ahora no —le digo, así que vuelve a sintonizar lo que Robert J. Lurtsema toca esta mañana en la WGBH; abre la puerta mosquitera para que una fastidiosa Kelsey salga al jardín y la sigue al exterior.

Ya hace más de dos horas que ha salido el sol (esta mañana a las 5:17, un minuto más tarde que ayer) y ya está muy por encima de las copas de los pinos. Los pinzones y los gorriones aletean en el cuadrado del bebedero, que se alza inclinado sobre mi macizo de caléndulas. Es un objeto muy feo hecho de hormigón basto y presenta un aspecto triste en invierno, cuando sostiene ladeada su cúpula de nieve, pero esta mañana, con los pájaros que salpican y que hacen que el agua brille, es una parte sumamente agradable dentro del leve carácter descuidado del entorno: el cobertizo con el tejado posterior hundido, debajo del cual siempre debemos recordar a los niños que no pueden jugar, y de la terraza de ladrillos algo destartalada, en cuya tubería de desagüe tengo campanillas en flor, con pétalos arrugados como ropa de lino en torno a los centros de un amarillo apagado.

Kelsey ha salido disparada en dirección al camino que lleva al bosque (tardaremos quince minutos más), pero Michael se ha negado a seguirla y se ha detenido delante de la camioneta, a cuyo parachoques se ha subido y, agarrado a la baca, se dedica a hacer rebotar el vehículo sobre las ruedas traseras, como si este fuera una bestia a la que pudiera obligar a avanzar hacia delante.

John, dispuesto a capitanear nuestras marítimas aventuras, aparece muy acicalado con uno de sus desenfadados conjuntos veraniegos: bermudas, un cinturón de tela y un polo Izod de color azul. A los niños les da igual que la casa del continente y la casa de la isla y el barco que utilizamos para ir de una a otra nos los preste un socio de John, que nos sea imposible pagarlo nosotros solos, no durante dos semanas, y menos aún disponer de una isla de cuarenta hectáreas para nosotros, pero, sobre todo, a mí también me da igual: es un afortunado regalo que casualmente nos han dado ya durante tres años seguidos, un sitio con el que me he acabado encariñando. Lo que pasa es que no saber si nos lo van a dejar, ni cuándo van a hacerlo hasta lo que parece ser el último minuto, me recuerda lo provisionales, lo improvisadas que son nuestras vidas.

Este no es el pueblo en el que teóricamente íbamos a vivir, ni tampoco el país, ni es el sitio en el que queremos que se escolaricen nuestros hijos. Vivíamos en Londres y allí tuvimos a Michael y a Celia por una razón, porque era donde estaba el hogar de John. Y es adonde quiere volver. La verdad es que vivir aquí tanto tiempo como lo hemos hecho es una especie de accidente. A John lo destinaron a Boston por un proyecto de consultoría que pensábamos que duraría ocho meses; alquilamos una casa en Samoset, en la misma calle que mi madre, en un pueblo al que íbamos en verano, en el que ella se había instalado de forma permanente tras la muerte de mi padre, en una casa que, por lo visto, había construido un antepasado mío que era carpintero cuando toda la familia residía por esa zona.

Entonces, la empresa de John en Londres cerró sus puertas. Y aquí estábamos. Con un montón de espacio para que los niños jueguen. La abuela, a tres minutos, cosa que tiene sus ventajas. John buscó un trabajo temporal, mientras nuestros muebles seguían en un almacén de Inglaterra. Encontró uno, después otro, y a continuación otro que podía ser más permanente, en un nuevo negocio de capital riesgo, y la vida que habíamos creído que tendríamos (urbana, con los amigos de él, y con fiestas) se ha ido aplazando un año tras otro, ahora ya durante ocho años, sin que hayamos olvidado la suposición de que volveremos en algún momento del futuro. Lo que me puede acabar dando la sensación de que estoy en el limbo. Aunque con mayor frecuencia, como esta mañana, cuando los niños están contentos y hace buen tiempo, no quiero pensar mucho en el tema.

Detrás del volante, John lleva sus gafas de sol de carey, lo que completa su imagen veraniega. Es todo un espectáculo cuando está de humor, es capaz de ponerse muy estupendo. Cuando se siente alegre el carácter ganador fluye de él como el agua de un grifo. Prefiere a Ellington frente a Coltrane, a Sinatra frente a Simon y Garfunkel; le gusta bailar en el salón después de que los niños se hayan ido a la cama y encontrarme al otro lado de la cama por la mañana; sabe que nunca dejará de trabajar ni de conseguir dinero, por lo buenas que son sus ideas para montar nuevas empresas y porque se le ocurren muchísimas, llevar a cabo esa multiplicación le resulta muy fácil. Y últimamente he de decir que ha estado espléndido, no rebosante, pero más que medio lleno. Constante en el trabajo, llega a casa a tiempo para cenar y ver a los niños, y juega con ellos los sábados y domingos en el jardín, abre caminos en el campo para que los recorran en bici y también senderos en el bosque, y la verdad es que esta vida no está nada mal, por muy distinta que sea de las fiestas regadas con ginebra en la casa de Slaidburn Street, al lado de King’s Road, de la mirada brillante de John y sus amigos bien vestidos, de tantas cosas de aquella época londinense, antes de nuestra boda.

En aquel momento lo conocía ingenuamente. No lo educaron para ser comprendido tal como ahora se conciben las relaciones. Creció en el viejo mundo en que el carácter lo componen los modales y las formas, en el que la emoción no desempeña el menor papel, en el que el matrimonio constituye una de esas formas. Lo cual no implica que no me quiera. Pero él lo vive a la manera británica. Creo que al conocerme se dio cuenta de que podría huir de algunos de estos aspectos, al menos en privado. John consideraba que yo tenía esa franqueza norteamericana que admira, aunque, en realidad, fui a Londres para escapar de mi mundo, compuesto por bailes de puesta de largo y las supervisoras del Smith College. Imagino que nos encontramos en un punto intermedio.

«Por lo menos todos hablamos un inglés correcto.» Eso fue lo que dijo su madre, sin dirigirse a nadie en particular, mientras cenábamos la primera vez que fui a ver a sus padres, a las afueras de Southampton. Por lo visto, mi acento la horrorizó menos de lo que esperaba. Su padre había instalado un campo de minigolf en un lado de la casa, donde pasaba casi todas las tardes antes de entrar a cenar, cosa que prefería hacer en silencio. En el desayuno se veía una cubretetera y tostadas frías en un soporte, y, en la comida de los domingos, gelatina de menta con el cordero seco; por las noches me preguntaban si pensaba darme un baño. John era y es el preferido de su madre, el mayor, que fue a Oxford y se metió en el mundo de los negocios y lleva buenos trajes y entiende que hay formas correctas e incorrectas de abordar las cosas, todo lo cual él pone de manifiesto de modo ostensible cuando está con ella, ansioso por recibir el reflejo de la imagen que la madre tiene de él.

Yo trabajaba en una biblioteca, en los barrios residenciales. Me levantaba pronto para coger un tren a Walton-on-Thames y después el autobús que recorría la calle principal y que llegaba a la fortaleza victoriana de ladrillo rojo, en la que me pasaba el día sellando y colocando libros; luego hacía el trayecto inverso, volvía a la ciudad en trenes medio vacíos que iban en sentido contrario del de la mayoría de los trabajadores.

Hace unos meses leí Los ejércitos de la noche, de Mailer, que me recordó todo lo que me había perdido al no estar en Norteamérica durante gran parte de los años sesenta, en los que me enteraba de la violencia del otro lado del charco cuando leía sobre ella y cuando me lo contaban mis amigos, siempre a lo lejos. Hubo un fragmento que se me quedó grabado. Tras los rimbombantes discursos, después de los cuales se produce un tumulto en el Pentágono, cuando los han detenido a todos y los están llevando a Virginia en autobuses durante la noche, con todo el mundo en silencio, Mailer escribe que los estadounidenses recuerdan cuando están en movimiento. Quizá podría haber quitado lo de «estadounidenses» y haber puesto «las personas», sin más. En todo caso, me pareció algo cierto. Si no se considera que la memoria consiste en fijarse en el pasado sin más, sino en ser consciente del tiempo, de cómo pasa y de la sensación que transmite ese transcurso, hay algo al estar en movimiento que, efectivamente, la despierta. Mediante cierto mecanismo mental, el movimiento físico hacia delante hace que el tiempo parezca visible. Lo que me lleva a pensar que quizá la velocidad antinatural de los coches y los aviones a reacción produzca nostalgia. Porque la manera más sencilla de eliminar lo extraño del paso del tiempo ante tus ojos consiste en fijarlo en un punto, dejarlo reducido a monumentos o macetas llenas de plantas.

Del mismo modo, supongo, que me pasa con mis trayectos en esos trenes casi vacíos para volver de Surrey a última hora de la tarde, ya de noche en invierno, mientras los pasajeros del otro lado del vagón se reflejaban en el cristal: un recuerdo fijado que ahora llevo en mi interior como sustituto de los ejemplos más concretos de la época en que me moría de ganas de ver a John, de terminar el noviazgo para poder vivir juntos y vernos todas las noches de forma habitual.

O del mismo modo que ahora todo esto me viene a la mente en el coche, después de repartir las cajas sorpresa y de haber logrado que la impaciencia de los niños se apacigüe durante un rato, con las ventanillas bajadas y el aire salado entrándonos a ráfagas. Recuerdo haber estado en una fiesta ruidosa y atestada en el apartamento de John y sus compañeros de piso, todos con corbata y vestido, una velada en que los camiones de bomberos se presentaron en el edificio y todos tuvimos que bajar a toda prisa los cuatro tramos de escaleras con nuestras copas que se derramaban; me acuerdo de que John subió corriendo a coger la chaqueta por si aparecía la prensa a cubrir el inminente incendio: una broma para impedir que el buen humor desapareciera ya en la acera, lo cual funcionó, pues seguimos riendo hasta que nos dieron el visto bueno y volvimos para continuar bebiendo.

Al principio, la forma en que me besaba era casi solemne. Se le notaban los nervios, cosa que nunca le pasaba con amigos; con ellos, las palabras eran la única divisa que contaba. El contraste me seducía tanto como todo lo demás. Los chicos estadounidenses con los que había salido en la universidad y justo después aportaban una seguridad informal al dormitorio, donde resultaba tan levemente falsa como lo era en compañía. Es posible que a John le hubiera gustado estar así de tranquilo, pero conmigo no le salía. Lo que siempre he decidido tomarme como un halago. Después, como si se hubiera traicionado en la oscuridad, aumentaba la galantería al día siguiente, se presentaba en mi puerta con una cesta para un pícnic y un coche prestado, y me llevaba al campo, donde por mucho que no hubiera nadie no trataba de tocarme, como si esto demostrase algo de su carácter. Me enamoré al observar cómo hacía esto. Sabía que lo acentuado de la diferencia entre su savoir-faire y su abrazo mudo y muy jadeante en privado estaba algo relacionado con el hecho de que él nunca sabía del todo qué posición ocupaba respecto a mí, porque no podía interpretarme tan fácilmente como a una inglesa. Por el mismo motivo, yo no podía evitar preguntarme si lo que más le atraía era que yo fuera una forastera en su mundo. Lo que a veces me llevaba a mirarlo con suspicacia, a analizar sus palabras y actos en busca de señales de que había advertido o apreciado algo de mí al margen de mi carácter foráneo.

Todo esto formaba parte de lo que al principio mantuvo una sensación de misterio entre nosotros. La tensión de no saber y querer saber. Cabría pensar que después de estar juntos diecisiete años, de tener tres hijos y de habernos trasladado juntos de Londres a un pueblecito de Massachusetts, este tipo de misterio habría desaparecido del todo, que sería el recuerdo del primer amor borrado por lo tangible. Y en gran parte así ha sido. John ya no me cautiva. Veo cómo cautiva a otros, hasta qué punto consigue distraer y engatusar en este país gracias a su acento, pero este no es el tipo de efecto que dura en un matrimonio. Y, desde luego, ya no soy para él una vía de escape, no en el sentido sencillo de suponer una huida de lo familiar. Nos peleamos. Discrepamos. Mima a los niños para ponerlos de su parte, suspende mis prohibiciones de hacer esto o lo otro, con lo que acabo siendo la única responsable de su cumplimiento. Me molesta no saber cuándo decidirá que nos ha llegado el momento de volver a Gran Bretaña, si es que lo hace, y me molesta que esto dependa de su trabajo. No siempre me pasa, y tampoco es que pueda echarle la culpa del todo, pero cuando esto me empieza a afectar no me quedo callada. Por ejemplo, cuando me pongo a revisar los muebles viejos del garaje de mi madre para buscar aparadores o mesitas porque los que compramos juntos después de la boda están en un almacén a un océano de distancia, y no quiere que nos los manden todos porque a lo mejor volvemos pronto.

Pero sigue existiendo cierto misterio entre nosotros. Lo que quiero decir es que seguimos sin conocernos, que seguimos descubriéndonos, y, evidentemente, al no estar en los inicios, entre nosotros no hay siempre, ni siquiera en la mayoría de los casos, una situación romántica (ese no saber, ese querer saber), pero sí hay amor. Desde luego, hay momentos en que pienso que a lo mejor esto se da de forma unilateral, que él sabe de mí prácticamente todo lo que le interesa, y que soy yo la que aún sigue desentrañando, lo que puede producir otra fuente de resentimiento.

Sea lo que sea, la cuestión ya no se centra en las nacionalidades, ni en su familia o la mía, sino en todo lo que lo anterior representaba al principio sin que yo me diera cuenta. Al menos hasta que le pasó aquel episodio poco antes de nuestra boda.

Ese otoño de 1963, después de nuestro compromiso, noté que algo del trabajo le estaba afectando, porque siempre que nos veíamos estaba más distraído y menos locuaz que de costumbre. Era la persona que más rápido hablaba de todas las que había conocido, antes de que Michael empezara también a hablar, me refiero, y cuando yo estaba de humor podía limitarme a estar callada y escucharle perorar sobre la complacencia de Harold Macmillan o las últimas noticias del caso Profumo, mientras él y sus amigos se interrumpían y se quitaban la palabra, apuestos, inteligentes y bien empapados de alcohol. Me acordaba de mis amigas que se habían casado, en el primer o último año de universidad, con hombres iguales que aquellos con los que habían crecido, que ahora iban a Wall Street o a la facultad de Derecho, algunas de ellas ya con niños de tres y cuatro años, y pensaba: «¡Menos mal! No soy una muñeca en la casa que imaginó mi madre. He salido. Y he llegado lejos».

Pero a lo largo de aquel mes de octubre John empezó a perder fuelle. Al principio la cosa no fue muy drástica. No hablaba mucho del trabajo, pero yo suponía que cierta presión lo estaba agotando o haciendo que tuviera menos ganas de pasar las noches con los amigos. Parecía abatido, nada más. La dimisión de Harold Macmillan del cargo de primer ministro era el tipo de cosa sobre la que normalmente habría estado leyendo y hablando de forma furibunda, pero apenas mostró el menor interés. Fue en la tarde en que mataron a Kennedy (la tarde en Gran Bretaña) cuando pensé que debía de pasarle algo, porque cuando aparecí en su piso bañada en lágrimas me abrazó, me sentó en el sofá e intentó tranquilizarme, pero me dio la impresión de que aquello no le había afectado en absoluto. No esperaba que se echase a llorar (no hablábamos de su presidente), pero aquello fue como si le hubiera contado que un tío lejano mío había fallecido y él se hubiera visto obligado a darme unas palmaditas en la espalda. Fue poco natural.

Tres semanas después cogí un barco que iba a Nueva York para pasar las Navidades. Estuve poco menos de un mes. Nos escribimos varias veces por semana. Detalles cotidianos, pero también palabras cariñosas. Por su parte hubo algunas especialmente apasionadas, más intensas respecto a lo mucho que me quería que todo lo que me había dicho o escrito hasta el momento.

No entendí a qué se refería su compañero de piso cuando lo llamé el día que volví a Londres y este me dijo que a John lo habían ingresado en el hospital.

—¿Ha tenido un accidente? —pregunté.

—No —contestó—. Pero igual deberías llamar a sus padres.

Lo hice enseguida. La madre le pasó el auricular al padre sin apenas comentar nada.

—Sí —me confirmó él—. La verdad es que esperábamos que todo este tema se hubiese acabado. A su madre le parece de lo más desagradable.

No tuve nada que me preparase para aquello. John estaba en lo que parecía una enorme sala de espera, con grupos de sillas y mesitas, en la que todos los que esperaban eran hombres, la mayoría de los cuales leían periódicos, jugaban a las cartas o se dedicaban a mirar por las ventanas opacas. Su cara estaba tan desprovista de alma que apenas lo reconocí. Si no hubiera movido los ojos, habría creído que estaba muerto.

En la sala solo entraba luz del norte y las persianas estaban medio bajadas. No tenía sentido quedarse en esa atmósfera apagada y lóbrega, así que le dije: «¿Por qué no salimos a dar un paseo?». Yo tenía que salir de allí para volver a poner los pies en la realidad, y sacarlo a él conmigo.

Evidentemente, no fue tan sencillo. Resultó que no era la primera vez que lo hospitalizaban. En su segundo año en Oxford había tenido que ausentarse durante un trimestre. Desde entonces (casi diez años) en general había estado bien. Había sido el hombre al que yo conocía. Ahora, radicalmente distinto de esa persona, apenas hablaba. Se limitó a darme la mano mientras paseábamos por Hyde Park, el fantasma de John en el cuerpo de John.

Me dijo que tenía que descansar. Que estaba agotado. Nada más. Pero yo sabía que no podía ser eso, o que solo era verdad a medias. Al ser la típica estadounidense entrometida, concerté una cita con su médico, lo cual sorprendió muchísimo a los empleados, «Pero vale, de acuerdo», este accedió a hablar conmigo.

Recuerdo la rebeca de cuadros azules del hombre y sus gafas cuadradas, su pelo tupido y negro peinado hacia atrás con Brylcreem. No supe si la sala en la que nos vimos era su consulta o solo un espacio para reuniones celebradas fuera del pabellón. Los libros de las estanterías estaban organizados de cualquier manera y en las paredes no había diplomas. Pero él parecía cómodo y muy instalado en aquel sitio; me ofreció un pitillo antes de llevarme al sofá. Se sentó delante y estuvo fijándose fundamentalmente en el extremo de su cigarrillo, con el que daba frecuentes golpecitos en el borde de un cenicero de color verde marino que reposaba en un soporte de latón sin brillo.

—Se encuentra razonablemente bien —me aseguró mientras levantaba la vista con un leve movimiento de cabeza, como si esperase que con eso zanjásemos la cuestión.

—Pero ¿por qué está aquí? ¿Me lo puede decir?

—¿Cuánto tiempo llevan juntos ustedes dos?

—Año y medio.

Se quedó cavilando unos instantes, como si estuviera decidiendo cómo continuar.

—Hay un desequilibrio —dijo, cruzando las piernas y apoyando en la rodilla la mano que sostenía el tabaco. Llevaba unos pantalones de lana con el dobladillo cosido y unos zapatos marrones de cuero calado. Debía de doblarme la edad. Entre la ausencia de bata blanca y el ritmo lento y reflexivo de su conversación, me pareció que tenía más aspecto de profesor universitario que de médico—. Se podría decir que su mente se apaga. Entra en una especie de hibernación. Necesita descansar y, a veces, que lo despierten un poco, cosa que quizá no sea necesaria ahora mismo, pero que podemos hacer si llega a serlo.

—Y ha pasado antes.

—Sí, lógicamente.

—¿Eso quiere decir que va a ocurrir de nuevo?

—Cuesta decirlo. Es muy posible. Pero estas cosas no son predecibles. La estabilidad, la familia…, todo eso ayuda.

Creo que fue entonces cuando más cerca estuve de echarme a llorar. No había hablado con nadie de lo que ocurría. Me había limitado a mencionarlo y a quitarle hierro al asunto inmediatamente, diciendo que no había ningún problema. Pero en esa sala, con ese hombre cuya amabilidad inglesa desmontó algo en mi interior, de pronto sentí miedo y nostalgia, y seguramente llegué a llorar unos instantes.

—En teoría nos íbamos a casar esta primavera —dije.

Dio otros golpecitos con el cigarrillo en el borde del cenicero y luego cruzó lentamente la otra pierna sin mover lo más mínimo los hombros ni la cabeza. Estuvo dándole vueltas a mi declaración tanto tiempo que me planteé si me habría escuchado. Luego alzó la vista con una mirada bondadosa y me preguntó:

—En ese caso, supongo que lo quiere, ¿no?

Dije que sí con la cabeza.

—Pues entonces no habrá problema —afirmó.

Fui al pabellón de Lambeth todas las tardes y paseamos juntos, incluso si llovía. La luz de aquella sala constituía una especie de negligencia. No volví a ver al médico ni a hablar con él. Costaba que alguien diera información. Hacer preguntas no era correcto en las formas. Pasó lo mismo un par de años después cuando di a luz a Michael en el Hospital de Saint Thomas, todos estuvieron de lo más agradables, pero no me dijeron más que zalamerías.

John pasó otro mes en el pabellón. Su padre fue a verlo una vez, su madre nunca (John era perfecto, y ella no quería ni ver una prueba de lo contrario). No sé qué les contó a sus compañeros de piso o a sus jefes, pero no fue que había estado en un hospital psiquiátrico. Durante ese mes muchas veces no supe qué era peor, su humor sombrío o la vergüenza y la frustración que esto le causaba. Y no quería comentar los detalles conmigo.

Decidí no contárselo a mis padres. Desde luego, tampoco a mis amigos, porque eso solo habría servido para preocuparlos. Sí que se lo confié a mi hermana Penny, pero logré que me jurase que me guardaría el secreto. De un modo extraño, me sentí más unida a John. Yo era la única que lo visitaba con regularidad, y, aunque suponía un esfuerzo tomar decisiones sobre una boda cuando él apenas tenía energía para leer el periódico (y tener que preguntarme en qué estado se encontraría para entonces), había algo en esos paseos por el parque, quizá, precisamente, porque él no hablaba como un descosido, como era su costumbre, que le añadía una especie de gravedad a estar enamorada de él. Antes, siempre me había preguntado si el misterio que le daba el carácter cautivador al inicio de un romance tenía que desaparecer necesariamente, o si con la persona indicada seguía durando. No me podría haber imaginado que obtendría la respuesta de este modo, tan vinculada a la inquietud y a estar enfadada con él por haber desaparecido en cierto sentido, por dejarme con ese resto de sí mismo, pero ahí lo tenía, un misterio más profundo de lo que había previsto. Toda su animación y su brío podían esfumarse como las condiciones climatológicas y seguir perdidos, pero luego, no sé muy bien cómo, al cabo de unas seis semanas, era capaz de volver con tan poca conciencia de lo que había ocurrido que no encontró nada raro en la despreocupación con que me llevó del brazo a un concesionario de coches para ver los MG, y después me invitó a comer con una botella de vino, como si no hubiera pasado nada.

En los quince años de nuestro matrimonio, nunca ha vuelto a un hospital ni ha estado cerca de hacerlo, la verdad. Nunca ha tenido que dejar de trabajar, ni tampoco se ha acercado a un abatimiento semejante al de aquel otoño. Le cambia el estado de ánimo; de vez en cuando pasa varias semanas en las que noto que le falla la energía, e imagino que nunca podré dejar de sentir la inquietud que me invade en esos momentos, la de que la situación empeore mucho. Lo cual forma parte de lo que permite que el misterio entre nosotros continúe. Se podría decir que esto es algo malsano. Que el miedo desempeñe ese papel. Pero no solo es miedo, y lo que cuesta explicar es que el miedo también supone una especie de ternura. Soy la única que sabe como lo sé yo que John necesita que alguien lo vigile. En los peores momentos, cuando los niños están cansados y la casa hecha un desastre, y le noto en el ritmo de los pasos por el camino de entrada, al final del día, que anda alicaído, me puede dar la impresión de que esto viene a ser como tener un cuarto hijo, y me entran ganas de salir por la puerta y no volver en un mes. Pero durante la mayor parte del tiempo la situación no es esa. Puede que no sepa lo que está pensando, pero él me busca. Y la ilusión del principio vuelve a adueñarse de mí en esos instantes. No veo cómo podría suceder esto si no lo conociera de arriba abajo.

Diecisiete años juntos. Tres hijos.

Y aquí estamos, los cinco, discurriendo por la autopista 1 en este coche que parece un barco, mientras los niños empiezan a armar jaleo otra vez en la parte de atrás: Michael está ampliando en voz alta la lista de cien nombres que le ha puesto a Kelsey y que acaban en -adora (Destripadora, Dispersadora, Estreñidora), a los que ella responde desde el asiento envolvente mediante aullidos, pues solo sabe distinguir el tono de las voces, lo que lleva a Celia a pasar al otro lado del asiento posterior para protegerla de las burlas de Michael, mientras Alec se pone en pie detrás del asiento de su padre y alarga el brazo para jugar con la papada de John, al tiempo que pregunta cuánto falta, todos los niños tan impacientes como su padre.

Yo soy la única que no siempre quiere respuestas. Es posible que John no llegue a expresar sus preguntas, pero están en su interior, son una forma de ser. Y los niños buscan las respuestas de todo continuamente: ¿Qué hay de desayuno, comida, cena? ¿Dónde está Kelsey? ¿Dónde está papá? ¿Por qué tenemos que entrar? ¿Por qué tenemos que irnos a la cama? Hay días en que las únicas palabras que les dirijo son respuestas, motivos de por qué no puedo responder e instrucciones en lugar de las respuestas que buscan.

Las preguntas no van a cesar en este sitio, pero cuando estemos en la isla y los tres pasen casi todo el día jugando entre las rocas, o en el barco con su padre, o yendo una y otra vez del porche a los charcos dejados por la marea, con cangrejos en cazos de hojalata, el agua salada y el sol desgastarán los bordes de su energía nerviosa y, de vez en cuando, lograré estar conmigo misma el tiempo suficiente para que cuando vuelvan, o cuando los espíe mientras hacen sus cosas, pueda verlos de verdad durante un instante. Cosa que normalmente no hago. No los distingo mediante el sentido de la vista. Son tacto y sonido. Puedo verlos en imágenes de hace pocos años y apenas reconocerlos. Pero el día empieza y acaba con sus voces y sus cuerpos. John es otra cosa. Hay mundos paralelos. Por lo visto, la ciencia ahora también lo afirma. Yo no lo supe hasta que nació Michael. Ahora me resulta obvio. El otro día estaba leyendo una novela y un personaje decía «Vivimos entre los muertos hasta que nos unamos a ellos», algo en ese tono ominoso, sombrío, y pensé: «Es posible, pero ¿quién tiene tiempo para los muertos con toda esta vida, todas estas vidas, tan revueltas?».

Llegamos a la cabañita de tablones azules de madera en Port Clyde mediada la tarde, y vamos al almacén a pedir el propano para la mañana siguiente y a comprar comida. John quiere volver a levantarse pronto para ir a la isla lo más temprano posible. Si por él fuera, saldríamos esta misma tarde, pero, cuando hayamos acabado de organizar la casa y de guardar la comida, todavía estaremos haciendo las camas a la luz de la lámpara de aceite. Además, a los niños también les gusta esta cabaña del continente, juegan entre las piedras de granito que sobresalen en el jardín en cuesta, corren de un lado a otro de la pasarela de aluminio que va de la zona de la marea al embarcadero. Observo cómo lo hacen mientras preparo la cena.

Notan, sin ser conscientes de ello, el nuevo mundo que los rodea, el aire salado, la luz clara que más al sur no tenemos hasta el otoño, los botes langosteros pintados de colores fuertes y reflejados en el espejo de las olas de la bahía. Para ellos no son cosas en las que detenerse, los objetos que les quedan a mano siempre son lo que más importa: la cadena que Michael puede colgar de un lado a otro de la pasarela para tratar de impedir que los otros bajen; los arbustos tras los cuales se esconden; la hierba crecida por la que suben, por culpa de la cual Alec y Michael no tardarán en empezar a respirar con dificultad.

Después de la cena, dejo que Michael y Celia se queden otra hora levantados y leyendo. Aunque en casa tiene un cuarto propio, a Alec no le gusta quedarse solo cuando se imagina que los otros dos siguen conspirando juntos en algún sitio de la vivienda. Pero esta noche no le importa porque su padre le va a contar un cuento. John nunca les lee libros. Se inventa las historias. Al final del día yo no tengo energía para hacer eso, ni su inventiva. Él crea un fantasma con papel de seda, un rey con un trozo de madera, y Alec se quedará callado hasta entrar prácticamente en trance gracias al cuento, pero también porque su padre le está dedicando toda su atención a él y solo a él, como si le llegara una brisa del cielo. Y, cuando John se incline para darle un beso de buenas noches, Alec extenderá el brazo para tocarle de nuevo la papada, regordeta y cálida y un poco rasposa, y sentirá una satisfacción que yo jamás podré darle porque nunca soy la excepción.

Desaparezco durante veinte minutos para leer El buen soldado, de Ford Madox Ford, mientras John friega los platos; lucho contra la irritación inicial que me causan todas las bobadas relacionadas con la clase social y el hecho de que nadie le dice nada relevante a otro porque el libro no se ha escrito para ser explícito. Igual que en James o en Wharton. Esas novelas en que les pides a los personajes a gritos que se lancen de una vez y que lo suelten, que nos ahorren cien páginas de rodeos. Pero se me pasa la sensación de fastidio y me sumerjo en la fascinación de los Ashburnham en Nauheim, y estoy entretenida con la idea de cómo puede llegar alguien a retorcer tanto su vida en torno a un amor obsesivo cuando llega John, al que se le ha olvidado que aún lleva el paño de secar sobre un hombro, y pasea la mirada por el desorden de la habitación para buscar el periódico que está en algún sitio, en las bolsas de la compra. No sería capaz de recordar dónde lo ha guardado ni aunque de ello dependiera su vida. Meto la mano en el bolsillo lateral de su maletín y se lo alargo.

—¿Has llamado a Bill?

—Sí, está todo arreglado —dice, repasando ya los titulares y acomodándose en la butaca que tengo delante, bajo la lámpara de pie.

Siento un cansancio lo bastante agradable para fiarme de que no se haya equivocado con las fechas al hablar con Bill Mitchell. Lo que no entiendo es por qué no se ha podido dejar zanjada la cuestión un mes antes. Me veo obligada a suponer que tenemos las dos semanas (un año, los otros llegaron un día antes y tuvimos que irnos a un motel). El despiste de John es crónico y exasperante, mientras que yo me acuerdo de las fechas de todo. La verdad es que me da vergüenza reconocer la cantidad de cosas que aún almaceno en la cabeza: nuestra primera visita a los padres de John (5 de abril de 1963), el día en que se compró su Morris Minor (10 de marzo de 1964), etcétera, etcétera. También recuerdo los aniversarios de esos acontecimientos, pero esto no se lo comento a la gente porque cuando no son cumpleaños o muertes o bodas me lanzan miradas de perplejidad, como si dijeran: «¿Por qué te has molestado en no olvidar esas banalidades, qué importancia tienen?». (En cambio, se lo cuento a los niños; no tienen ni idea de a qué me refiero y, en realidad, no escuchan, pero dicen que sí con la cabeza antes de formular la siguiente pregunta.) Por ejemplo, el mes pasado hizo dieciséis años de la vez en que John apareció por sorpresa en mi casa, con un coche lleno de comida y vino, y me llevó a las Highlands, a la casa de un amigo que le habían prestado durante el fin de semana.

Las casas de los amigos de John. Es en ellas donde pasamos todas nuestras vacaciones.

En el piso superior, Celia se ha quedado dormida con el libro apoyado en el pecho. Se da la vuelta sin abrir los ojos cuando se lo quito de las manos. Michael sigue recostado contra el cabecero leyendo su novela mientras mueve los dedos de los pies por debajo de la manta. Tarda una eternidad en relajarse. Alec y Celia tienen baterías más sencillas que se agotan y se apagan. Pero para Michael aquello es una cama nueva y una habitación nueva, por mucho que ya haya estado en ellas tres veranos seguidos, y el trayecto en coche y las carreras por el jardín aún no le han bastado. Al cabo de unos días, en la isla, se destensará un poco, su ritmo se acercará un poco al de los otros dos, pero nunca del todo. Me ha visto entrar pero sigue leyendo, mordiéndose levemente el interior de la mejilla. Le acaricio el pelo negro y espeso, que se tiene que cortar (le empieza a tapar los ojos y las orejas), y comienzo a buscar garrapatas. Él aparta la cabeza.

—Eso ya lo has hecho.

A Alec es facilísimo tocarlo. No hay ningún momento en que no quiera que lo toquen. Celia ya ha cumplido diez años y empieza a darse cuenta de que vive en un cuerpo, así que tocarla se está volviendo más complicado, ya no me agarra la pierna, ahora me empuja y se aparta y me mira de hito en hito. Pero con Michael ha sido muy complicado desde el principio. Los bebés son criaturitas que suelen estar encorvadas, pero después se extienden completamente en la cuna o sobre el suelo. Sin embargo, Michael nunca llegó a hacer esto del todo. Como si fuera un anciano diminuto, siguió casi siempre con los hombros hacia delante y doblado por la cintura. Dormía como un bendito, aunque cuando lloraba no servía de nada cogerlo en brazos. Yo no lo entendía. Eso era lo que debía hacer una madre, coger a su hijo cuando este lloraba. Pensé que esto quizá se debía a mi inexperiencia, pero luego llegó Celia, y después Alec, y cogerlos cuando lloraban era como pulsar un interruptor: los aullidos cesaban. Entonces entendí la diferencia. Las molestias de Celia y de Alec eran animales y fluidas; pasaban por ellos y desaparecían. En cambio, tener a Michael en brazos siempre fue como tener a una persona pequeña, que sabía que su momento de comer iba a terminar, que sabía que si lo cogían lo iban a soltar, que el consuelo llegaba, pero también desaparecía. Sin saber qué era, le notaba esa tensión en sus bracitos que agarraban y en sus piernas inquietas, la incomodidad de la clarividencia. ¿Fui menos constante en mis caricias y besos porque percibía lo ineficaces que eran? No lo sé. Con los niños, todo está pasando ya y después ha terminado. Todo sucede mientras tratas de seguir el ritmo y desaparece cuando empiezas a comprender las cosas.

—Mañana madrugamos —le digo—. Deberías apagar la luz.

—Es que no estoy cansado —contesta; sigue sin levantar la vista de la página.

Estoy sentada a su lado en la cama, con el brazo por encima de su hombro. Que llegue a fijarme en la posición de mi cuerpo con respecto al suyo… Ahí está la diferencia.

—¿Qué lees?

—Thomas Mann. Es alemán. Pero esto está ambientado en Venecia. ¿Has estado?

—Antes de casarme con tu padre.

—¿Olía mal?

—No especialmente. ¿Te gusta el libro?

—Acabo de empezarlo. «El poeta de quienes luchan al borde del agotamiento.» Esto no está mal.

—¿Es lo único que has traído?

—No. Tengo el que va sobre código máquina.

Un volumen de letra minúscula que le ha pedido directamente a McGraw-Hill, sobre ordenadores o los números en los ordenadores. Para mí es como si estuviera en chino. Pero en el colegio hay otro chico al que le interesa y Michael no hace amigos como los otros dos, así que estoy completamente a favor.

—Cinco minutos más, ¿de acuerdo?

—Vale, vale —contesta mientras pasa la página, haciéndome innecesaria.

En el piso inferior, John se ha servido un vaso de whisky escocés de Bill Mitchell y ha pasado a las páginas de negocios. Pienso que tengo que prepararles a los niños la comida para el día siguiente, hasta que me acuerdo de que no hay colegio ni ninguna prisa.

De pronto, los ojos se me llenan de lágrimas. Me las seco. John no lo ha visto.

—Pasa tiempo con Michael —le digo—. Mientras estamos aquí. Llévatelo en el barco, solo vosotros dos. O prepara una comida y salid a pasear. ¿Lo harás?

—¿Qué pasa? —pregunta, sin levantar la vista del periódico.

—No pasa nada. Él nunca lo pediría. Del mismo modo que Alec jamás dejaría de pedirlo. ¿Me estás escuchando?

—Sí —contesta, mirándome ahora a los ojos—. De acuerdo.

—¿Me pones un vaso de lo mismo?

—¿De esto? —pregunta, alzando el whisky con soda, sorprendido.

—Sí.

Se dirige al aparador y me prepara una copa.

Me siento en el sofá, a su lado, mientras lee un poco más. Lo he mirado en el espejo cuando él no me ve, mientras se observa los mechones grises de las sienes y trata de convencerse de que le dan un aspecto distinguido, un estado al que siempre ha aspirado, en el que también está presente el miedo de no haber logrado todavía lo suficiente, de que las canas únicamente impliquen hacerse mayor.

Debería preguntarle por las reuniones que ha tenido esta semana, por los posibles nuevos inversores del fondo que lleva un año intentando crear, si todavía le preocupa durante cuánto tiempo quieren comprometerse, o, más bien, si sigue igual de preocupado. Hay que preguntárselo. Hablar del tema no va a salir de él. Se imagina que, si puede dejarlo controlado en su interior, la resolución del asunto también quedará controlada. Que todo saldrá bien: su educación depurada y convertida en superstición.

Suelta el periódico, se acerca a mí y nuestras frentes se rozan. A veces esto es el preludio de un beso, a veces nada más que un descanso que acaba ahí. Abandonar el esfuerzo, dejar que avance la somnolencia que aún no es sueño, sino el cuerpo ganándole terreno a la mente.

—Gracias —le digo mientras le paso los dedos por el pelo.

—¿Por qué?

—Por esto. Por traernos aquí.

Me da un beso en la mejilla. Por nervioso que estuviera al principio cuando hacíamos el amor, siempre ha actuado con suavidad. Supongo que a algunas mujeres esto las aburriría. A mí no. Quizá porque casi todos los encuentros entre nosotros me dan la impresión de ser la superación de una improbabilidad, como si no estuviera segura de que va a suceder de nuevo y ahí lo tengo, sucediendo. Encontrarme con él es un alivio inmenso.

Celia