Instantáneas - Marta Bosso - E-Book

Instantáneas E-Book

Marta Bosso

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Beschreibung

Con un estilo a veces transgresor, y otras veces, en la búsqueda de una paz interior. En esa interacción de los opuestos se juega la vida. Escribir implica seducir; las dos cosas van juntas irremediablemente. En ese juego de escritor y lector se puede dar una complicidad, una entrega, la inquietante espera de una devolución; la intriga de no saber si la belleza de lo escrito llega al alma. Ya no seremos los mismos después de haber compartido ese juego peligroso, atrapante, de escribir para ser leído.

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Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Bosso, Marta Beatriz

Instantáneas : cuentos y diálogos inclusivos para incluyentes / Marta Beatriz Bosso. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

166 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-767-3

1. Narrativa. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Bosso, Marta Beatriz

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Instantáneas

Cuentos

Duró lo que un pelado en la nieve

Cada dicho, cada refrán, encierra una sabiduría de antaño. Quién sabe a cuántos milenios deberíamos remontarnos para conocer dónde surgió esta síntesis de lo que quisieron expresar con pocas palabras los observadores de la cruda realidad. Pero así se fue tejiendo el telar de la historia humana. Tantas cosas pueden “durar lo que un pelado en la nieve”, una ilusión, un amor, un olvido, un sueño, un desvelo.

—¿Te puedo interrumpir?

—Justo en el momento que estaba escribiendo, ¿qué querés?

—Sos mi amiga y te quiero confesar algo. Estoy enamorado de dos mujeres, esto me ocurre desde hace más de un año.

—No estás enamorado de dos mujeres.

—¿Cómo sabés eso?

—Porque yo también estuve con dos hombres. A uno lo amaba, al otro lo deseaba.

—¿Y tuviste que elegir entre uno u otro?

—Yo no, la vida eligió.

—En cambio yo estoy seguro de que las amo a las dos.

—¿Cada una de ellas sabe de la existencia de la otra?

—Una sí, la otra no.

—Si lo descubre la otra, vas a tener que elegir.

—No se lo voy a decir a la que no sabe.

—¿Vos creés que sos equilibrista y que vas a poder continuar indefinidamente con las dos? Mirá, te lo voy a explicar con un ejemplo práctico. Una de las dos es como una rueda de auxilio, cuando a vos el auto te deja a pie por un neumático estropeado, ponés la rueda de auxilio, ¿no?

—Sí, eso hago.

—Bueno, “la rueda de auxilio” te va a decir: “Yo ya no quiero ser más la segunda, tenés que elegir, ella o yo”. ¿A quién vas a escoger, a la que amás o a la que deseás?

—Yo las amo a las dos, las necesito a las dos.

—Claro, vos pensás que las mujeres son objetos; como que vos tenés un poder sobre ellas, las acomodás donde querés. Pero te vas a dar la piedra contra los dientes, una de las dos te va a dar un portazo en la cara.

—Vos me deseás el mal, yo me voy a salir con la mía.

—Algún día te vas a dar cuenta de que nunca pudiste amar. A la que creías que amabas, era solo una costumbre, lo conocido, lo seguro, la que nunca te iba a engañar. Y la otra, a la que deseabas, era solo una fantasía, lo prohibido, lo que se espera con un deseo irrefrenable, con una pasión que quema. A ninguna amaste, estabas tironeado entre dos fuegos, te tironeaba una de un lado y la otra, del otro. El día que ames a una mujer será porque ella es una sola, la amante, la amiga, la consejera, la malhumorada, la maternal, la tigresa, la graciosa, la impredecible, la cambiante, la mala, la buena.

—Pero esas son muchísimas mujeres.

—No, es solo una. Tenés que animarte y encontrarla.

¡AH! ¿Y cómo seguía el texto? Me cambió todo y también tengo que modificar el título. ¿Cuál elijo?: ¿El equilibrista? ¿La mujer perfecta? ¿El insostenible triángulo amoroso?

Y ahora me pregunto si lo que le dije a mi amigo es cierto o es ficción. ¡Ay, no sé! Es que me distraje.

Ojos vendados

A veces las urbes tienen varios días implacables, una lluvia tediosa que seca hasta el hartazgo a los habitantes resignados a un sol ausente. Algunos miran obsesivamente el cielo argentoso y se dan por vencidos, el firmamento se ha ensañado, al astro rey lo ha escondido, no lo quiere mostrar. Y ya los días se han acumulado uno tras otro, y a veces es un aguacero con chorros de agua que taladran los cuerpos ateridos, a veces es una llovizna tenue que engaña porque todos piensan: “Seguro ahora, dentro de un rato, acabará la pesadilla”. Pero no, otra vez el agua se adueña de las calles que se convierten en acaudalados ríos. Cuántas cosas pasan flotando en esas correntadas, bolsas repletas de residuos, ramas de árboles viejos, hojas que semejan barquitos de papel —porque ya nadie hace barquitos de papel que viajen apresurados—.

—Buenos días, ¿a qué piso va?

—Al séptimo.

—¡Qué día, ya no se aguanta tanta lluvia!

—Aquí me bajo. Hasta luego, usted apretó el noveno.

La mujer joven entró al departamento, se sacó la campera con capucha, dejó el paraguas abierto en el baño. Con una rápida ojeada controló que todo estuviera en orden, cada cosa en su lugar.

«Voy a regar las plantas y después me doy una ducha», pensó.

La joven se miró en el espejo, el cabello largo lucía sin una gota de agua, la capucha y el paraguas no dejaron que se mojara. El espejo devolvió una imagen clara y nítida, los ojos grisáceos, las tupidas y curvas pestañas, la boca carnosa, el rostro angular, como tallado por la experta mano de un escultor que de la piedra hace una mujer entera, casi con vida. La cintura bien marcada por el jean y la remera ajustados.

De repente, Tina hizo sonar sus dedos, los apretó con fuerza uno por uno, luego buscó un paquete que había dejado en la mesa del comedor y se dirigió con paso felino al dormitorio. El dormitorio era amplio con un gran ventanal que daba al corazón de manzana, las cortinas que lo cubrían de color blanco tiza revoloteaban por el viento que se colaba por una hendija abierta. Tina observó con disgusto que la alfombra se había humedecido por la lluvia. Con un movimiento contundente cerró la ventana, se detuvo, miró el velador de la mesa de luz y pasó su delgado dedo índice por la tulipa verde.

—Está sucio, ayer limpié todo. ¿Por dónde entra la tierra? ¡Maldita sea, todo es roña, mugre, suciedad! —mascullaba con irritación, estaba enfadada.

Encendió el celular y se fijó en un mensaje: “A las ocho estoy llegando a tu depto, tengo ganas de besarte toda, quiero quedarme con vos escuchando cómo llueve”.

Alejandro arribó puntual para encontrarse con quien desde hacía pocos meses tenía una relación amorosa llena de pasión y de fuego. Se habían conocido en un boliche con Tina y la atracción mutua los envolvió como los tentáculos de un pulpo. Cada encuentro era más y más desafiante, más y más peligroso, entre ellos el límite no estaba permitido, pero todo era un juego. Aquella noche, Tina propuso algo nuevo que nunca habían ejecutado.

—Dejame, te voy a vendar los ojos.

—Dale, hoy vos sos la que manda. Yo te obedezco, ciego, con los ojos vendados, te quiero adivinar, te quiero imaginar, no quiero verte, solo palparte.

«¡Maldita policía! El cana que me metió en el patrullero, reverendo hijo de puta, no me dejaba hablar. Después el interrogatorio, ¿fue a la mañana o más tarde? Ni me acuerdo. Me gritaban, eso sí lo recuerdo. Decían que yo había atacado a un hombre en mi departamento, ¡mentira! Yo sí recuerdo que estuve caminando bajo una lluvia pesada, ni me acuerdo de la boludez que me gritaron, que yo tenía una tijera de podar bien filosa y que lo había herido al hombre mortalmente, ¡qué mentirosos!

» Yo no hice nada, solo caminé, y caminé, y caminé. Y recuerdo que salté muchos charcos y me mojé las zapatillas. ¡Qué mierda hago en esta celda! ¡Qué mierda fue toda mi vida! ¡Solo suciedad, mugre, roña! Desde chica, siempre lo mismo.

» A mí me gusta bailar. Acá en esta maldita pocilga no puedo casi moverme. ¡Sáquenme de acá! ¡Yo no hice nada! ¡Escuchen, hijos de puta, los voy a matar uno por uno! ¡No se van a salvar! ¡Abran la puerta, no puedo respirar!

» ¡Yo no hice nada! ¡Yo no hice nada! ¡Yo no hice nada!»

Amores que matan

Esto sucedió hace casi treinta años en un pueblo bonaerense, en plena pampa húmeda, donde las plantas crecen por sí mismas y hay frutales, verduras, árboles verdes todo el año. Árboles que se deshojan y languidecen en otoño y toda la hojarasca desprendida, ya libre, en remolinos da vueltas y vueltas en las calles polvorientas de esa pequeña ciudad orgullosa de su historia y que está pegada a la ruta más importante, la que une Córdoba con Buenos Aires.

En aquellos años, la ruta era tan angosta que los autos y los camiones, se rozaban al cruzarse; cada conductor sacaba la mano para saludar al que venía de frente chocando palma con palma, y luego seguían viaje en dirección contraria. Solo hora y media se tardaba desde ese poblado para llegar a la “Reina del Plata”, con sus avenidas, sus teatros, su obelisco tan erguido en una calle tan ancha que se tarda una eternidad en cruzarla. Pero volvamos a lo que importa, una madrugada de un domingo en que el calor apretaba, iba a suceder lo inusual, lo que a todos dejó estupefactos. Algunos fueron testigos de los hechos y allí, en esa pequeña colmena, los habitantes se conocían, “pueblo chico, infierno grande”. Nunca imaginaron qué le iba a tocar a cada uno en esa historia.

—¡Alberto, Alberto! Lo están por matar al Bocha, ¡vení, vení, ayudame!

Alberto había tenido una noche ajetreada en el boliche más concurrido del pueblo, trabajaba como mozo desde hacía unos años. Todavía la gente, con la noche ya avanzada, seguía bebiendo sus tragos. Con cada mesa ocupada, el bullicio ensordecía, pero Alberto escuchó al flaco Esteban, vio sus ojos desorbitados y llenos de pánico.

—¿Qué pasa, flaco?

—Ayudame, acá en la estación de servicio la Clarita tiene una cuchilla y le grita al Bocha que lo va a matar por hijo de puta.

Alberto salió corriendo, todos en el boliche enmudecieron, pero se quedaron atornillados en sus sillas. En la estación de servicio, un Falcon celeste metalizado tenía la manguera del surtidor en el tanque de nafta, la puerta del acompañante estaba abierta, Clarita casi acostada en los asientos delanteros del auto, el Bocha con la cabeza apoyada en el volante y con una cuchilla en el cuello que lo amenazaba.

—¡Te voy a matar, hijo de remil puta! ¡Me engañaste, te creíste que no me iba a enterar porque la mina era de la capi! ¡Pero mirá, sí que me enteré!

Alberto metió el cuerpo en el auto y trató de reducir a la mujer enfurecida, quería quitarle la cuchilla, pero ella se le resbalaba como si hubiera estado enjabonada.

—¡A ver, soltá la cuchilla, soltá la cuchilla!

Alberto forcejeaba y los segundos parecieron eternos. La enloquecida mujer entonces empezó a gritar, parecían aullidos de una loba.

—¡Socorro, me violan, me violan, ayúdenme!

Alberto atinó a gritar también desaforado.

—¡Flaco, flaco, llamá a la cana, llamá a la cana!

El caos se adueñó en ese Falcon, del Bocha, de Clarita, del justiciero. Los del pueblo se arremolinaron y se convirtieron, sin quererlo, en testigos presenciales de un homicidio frustrado. La policía llegó justo a tiempo. A Clarita se la llevaron a la comisaría. Ella se resistió, dio patadas a los agentes, insultó, se tiró al suelo. Los canas tuvieron que arrastrarla para subirla al patrullero que tenía las balizas encendidas color sangre.

El Bocha tenía una herida cortante en el cuello y un líquido sanguinolento había manchado su camisa a rayas. Alberto también tenía un tajo en la mano que enseguida envolvió con su pañuelo; con los dientes cerró el nudo del improvisado torniquete y lo apretó fuerte.

En la comisaría las cosas no anduvieron nada bien, la paz acostumbrada ya no existía, una mujer había roto el vidrio de una oficina, no paraba de gritar y no había quien se le animara. El pelo de Clarita, suelto, desordenado, las ojeras de tantos días sin dormir planeando la venganza, estaban más oscuras por el rímel negro que se había corrido hacia sus mejillas por las lágrimas de ese llanto convulsivo que la había hecho sacudirse de pies a cabeza. Luego de un rato, por fin lograron meterla en la celda, al menos allí encerrada solo podía dar puñetazos y patadas a las paredes.

Dos meses estuvo Clarita internada en el neuro, medicada y controlada. El pueblo había vuelto a su vida rutinaria, las bicicletas circulaban por las calles, pocos autos, caminantes con paso apresurado para hacer trámites. Los chicos yendo a la escuela, el hospital y la ambulancia afuera, la plaza con sus rosales, sus canteros, sus bancos, el monumento a San Martín en el medio, gente sentada tomando solcito, ya no hacía tanto calor.

—¡Qué linda historia me contaste, Alberto! ¿Esto pasó hace treinta años? ¿Qué fue de la vida del Bocha, de la vida de Clarita?

—No me vas a creer, al poco tiempo del trágico suceso, al menos para mí, lo encontré al Bocha en la calle, le dije que ni loco debía acercarse a Clarita, que era una mujer muy peligrosa. ¿Sabés qué? Aguantaron un año sin estar juntos y volvieron a vivir en la misma casa de siempre. Todavía los veo en el porche cuando paso con el auto, ya son mayores, más de setenta años. Mirá, todavía tengo la cicatriz en la mano de cuando le quise quitar la cuchilla a Clarita.

—Vos siempre metiéndote en problemas.

—No, yo sé que lo salvé al Bocha y no me arrepiento de lo que hice.

Triángulos tramposos

Nunca fueron fáciles las relaciones familiares y, en el caso de las llamadas familias ensambladas, pueden ser difíciles de sobrellevar si no se pone mucho empeño de parte de todos los que han decidido comenzar una nueva vida de convivencia. Por esos designios azarosos del destino, un hombre y una mujer se conocieron en un pequeño negocio de barrio. La mujer, Patricia, era la dueña de ese almacén pequeño y muy concurrido por clientes, en muchos casos habitués de la despensa polirrubro. Patricia atendía a todos con mucha amabilidad, a todos tuteaba para dar la sensación de que ella los consideraba conocidos y el diálogo de tú a tú era como estar entre amigos.

La dueña del almacén escuchaba de todo, nadie callaba ni siquiera sus más íntimos secretos, se hacían confidencias, se intercambiaban chismes del barrio, se hacían bromas. Muchos hombres la piropeaban; muchas mujeres sentían envidia por la belleza y el carisma de Patricia, no le perdonaban que fuera siempre el centro de atención de todas las miradas masculinas.

Como siempre, el destino se cruza entre las personas y en aquellos caminos que nunca habían tenido un punto de contacto, imprevistamente se da un encuentro fortuito. Patricia iba a comenzar a dar una vuelta de tuerca insospechada en su vida, que en realidad había tenido altos y bajos, aunque todavía faltaban varios casilleros para llegar al final del juego.

—Buenas tardes, ¿tiene pebetes o sándwiches de miga? —preguntó el cliente desconocido.

—Sí, por supuesto, ¿cuál preferís? —contestó la dueña con una sonrisa simpática.

—Quiero un pebete. ¡Ah! Y una gaseosa.

—Nunca te había visto, me fijé que estacionaste una camioneta de flete al frente de mi negocio.

—Sí, trabajo en eso. Ahora estoy llevando unos muebles de cocina para una señora muy exigente.

—¿Cómo sabés que la señora es muy exigente?

—Me lo dijeron los muchachos que le fueron a tomar las medidas de los muebles y la mesada.

—¡Ah! Parece que sos de los que sacan conclusiones muy rápido de cómo es la gente.

—Sí, es como si fuera un vidente, o un detective, o un sicólogo.

—¡Uy, cuántos títulos para un fletero! ¿Cómo te imaginás que soy yo?

—Bueno, me imagino que por tu simpatía fidelizás a los clientes.

—¿Qué más adivinás de mí?

—Bueno, hay cosas que no se adivinan.

—¿Por ejemplo?

—Que sos hermosa, tal como a mí me gustan las mujeres, de talla mediana, hombros pequeños, cuerpo de mimbre. Estoy seguro de que te encanta bailar.

—No te equivocás en eso de que me gusta bailar. Tomá, acá tenés el pebete y la gaseosa.

—Mientras lo como a tarascones porque tengo hambre, si no me fallan los cálculos, ¿tenés treinta y pico? Muy bien llevados.

—No se le pregunta la edad a una dama, pero te doy una pista, tengo dos hijas, una de catorce y otra de cuatro; las dos del mismo marido.

—¡Ah! ¿Sos casada?

—Sí, pero no es un impedimento.

—Bueno, bueno, tengo que seguir viaje. Mañana paso de nuevo y seguimos charlando.

Así comenzó el romance entre Darío y Patricia, ella casada, él divorciado sin hijos. Más pronto que tarde ya habían acordado una rutina para los encuentros íntimos, siempre en telos, en horarios cambiantes que se pactaban según la disponibilidad de la señora.

—¿Ya pasaron las dos horas? —preguntó la dueña del almacén.

—¿Querés que llame y pida otras dos horas? —inquirió Darío.

—No, por hoy suficiente con lo que hicimos, mi vida. Cada vez espero con más ansias estas escapaditas, estas trampas.

—¿Y tu marido está en babia?

—Al menos yo no le dije nada.

—Pero después de que estás conmigo, cuando volvés a tu casa y te acostás con él en la cama, si él te pide sexo, ¿le das con el gusto?

—Sí, porque los dos nos damos el gusto.

—¡No te aguanto! ¿Cómo podés estar tan tranquila, no tenés un mínimo de remordimiento, no sentís ninguna culpa? ¿Cómo hacés?

—Es fácil, yo no le pregunto nunca qué hace, a quién mira, con quién se acuesta.

—Pero entonces, ¿vos lo hacés conmigo por vendetta?

—¿Vendetta? ¿Sos o te hacés? Yo creo en las relaciones abiertas, tácitas, no declaradas. En mi caso, no me divorciaría de Raúl nunca.

—¡Me das asco!

—Vos querés ser el único, el elegido, vos sos libre, yo no.

—¿Quiere decir que tengo que aceptar resignado un triángulo amoroso, ser el invisible, el que espera una limosna tuya cuando a vos se te antoja?

—Vos sos grande, yo no te mentí, sabías que era casada, pero el que me invitó a tomar café, onda levante, fuiste vos.

—Y ahora me tenés bien enganchado, pero no te voy a durar para siempre.