5,99 €
La transgresión es necesaria para abrir las puertas al cambio. El lema "Vivir y dejar vivir" es una postura existencial que este libro de cuentos intenta dejar como mensaje. No juzgar, no criticar, no censurar, sino todo lo contrario: aceptar que la verdad no es una sola y cada quien tiene derecho a defender la suya. Los temas que se abordan en este libro revelan una auténtica comedia humana y las diversas acechanzas que rigen las vidas de las personas. A veces la desobediencia hace falta para marcar nuevos rumbos que se traducen en cambios, los cuales tironean y producen una tensión entre el pasado seguro y el futuro incierto. Todo muta, nada permanece estático por siempre, y este desafío se desarrolla en Transgresiones.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 149
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Bosso, Marta Beatriz
Transgresiones / Marta Beatriz Bosso. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
150 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-669-7
1. Antología Literaria Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Bosso, Marta Beatriz
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Transgresiones
Marta Beatriz Bosso
Pelea de perros
Primera cita
Hay tantas vidas posibles como circunstancias que jalonan una existencia particular. Esta es la historia de un hombre y una mujer que fatalmente se conocieron en una ciudad grande, lo suficientemente enorme como para que nunca antes se hubieran podido cruzar a lo largo de sus vidas.
Pero una noche friísima de un invierno recién estrenado, cada uno de estos personajes recorrió una distancia considerable para una cita preludiada por algún tiempo de largas conversaciones por WhatsApp. Aquella gélida noche, los dos casi desconocidos conversaron largamente; en realidad, ni se dieron cuenta de que habían pasado varias horas hasta que vino el mozo, quien con tacto y cortesía les dijo: “El bar ya cerró, ¿les traigo la cuenta?”.
Los dos encuentristas se sorprendieron pero se retiraron sin chistar. Al despedirse, José y María del Carmen se pusieron de acuerdo en una cosa, habría una segunda cita.
Segunda cita
—¿Dónde querés ir a comer?
—Acá cerca de donde tomamos café, a tres cuadras, hay un restaurante que se especializa en pastas y pizzas.
—Dale, vamos.
Ya en el transcurso de la cena ambos se soltaron un poco más.
—Vos sos autoritaria, ¿no? —espetó José mirando a María del Carmen directo a los ojos.
—¿Por qué lo decís? Yo tengo autoridad, que es otra cosa. —«Este sí que me junó bien junada. Claro que soy autoritaria: o se hace lo que yo digo, o…»; así caviló la dama.
«Pero me voy a mandar la parte, aunque sé que me puso el rótulo», siguió pensando María.
—Me dijiste en nuestra primera cita que hacía un largo tiempo que no te encontrabas con una mujer. ¿Por qué?
—Soy onda solitario, muchos años de vivir solo.
—Mirá vos, en mi caso es “a rey muerto, rey puesto”. Hace poco me divorcié y tuve, a ver, creo que cinco o seis citas antes de que nos conociéramos.
José pensó: «A esta ni le cuento que la mujer que venía para hacer tareas domésticas como empleada a mi departamento era multifunción: hacía la limpieza, luego veíamos porno amuchados en mi cama, comíamos, charlábamos, como una pareja bien emparejada.
»Después empezaron a venir los hijos de Rosa, mi empleada, y comíamos los cuatro. Éramos como una familia, a punto tal que los dos muchachones que chupaban como ladrillo de segunda me decían: “Tío, qué rico el asado, te salió de diez. Che, abrite otra boteia de totin”. Ya después me trataban de “papá”.
»Lo malo fue que Rosa me robó. Primero no fue mucha plata, pero luego ya me afanó un montón de guita; seguro que se cobraba el “trabajo extra” que a mí me deleitaba. Pero lo peor fue cuando, una vez que se estaba duchando, me llamó: “Papi, alcanzame la toalla”. Cuando entré en el baño la vi desnuda, parada, y vi colgajos de grasa en su cuerpo de los que ni me había percatado en nuestros intercambios de sexo para satisfacerme yo solito, sexo oral».
Tercera cita. Una pizzería popular
—Mirá, estas son mis amigas, con ellas hago sexting, nos llevamos de diez, siempre acabamos juntos.
—¡Ah! —dijo María del Carmen—. Yo no conozco eso del sexting, conmigo es tocar, chupar, penetrar, sentir el calor del cuerpo, la respiración, la sudoración del hombre que está conmigo. Una duda, ¿vos te chupás a vos mismo? ¿Le chupás las tetas a la mina o la vulva? ¡Ay, perdón!, la concha.
—No, es sexting, es virtual, todo librado a la imaginación.
—¿Y acaban siempre juntos?
—Más vale. Y después charlamos y cuando nos cansamos apagamos la cámara.
—Bueno, fijate que cuando estoy en pareja a veces acabamos juntos, pero son contadas con los dedos de una mano las veces en que sucede así. En realidad no nos importa quién acaba primero. Después de nuestro dulce orgasmo, dormimos abrazados toda la noche.
—Me parece que no tenés una mente muy abierta —disparó José con tono de burla.
—No te puedo decir ni que sí ni que no —contestó María del Carmen reprimiendo un bostezo, y se dijo para sus adentros: «Este se cree el rey del sexo, vamos a ver qué tal funciona cuando esté conmigo en un telo».
Cuarta cita. Otro restaurante
—¡Mozo, dos lomitos! ¿Qué querés tomar, Mary?
—Vino tinto. Una pregunta, José: ¿sos bisexual?
José abrió los ojos y en su mirada se trasuntaba sorpresa.
—Soy heterosexual. No entiendo la inquisición —contestó, molesto.
—No me des bola. —«Con este tipo me aburro peor que si chupara un clavo, ya no lo veré más», pensó la recién divorciada.
Quinta cita. María del Carmen en la peluquería
—¿Qué? No te oigo bien. ¿Cómo que no vamos a ir al telo como habíamos quedado? ¡Ay, con tanto ruido en la pelu casi no te escucho! ¿Qué se te bajó qué?
—Te digo que se me bajó la tensión, no iré a la cita.
—¡Ah! Okey. Si se te bajó la tensión no se te va a subir nada de nada, ni la bilirrubina, así que bye, darling.
Ese mismo día a las seis de la tarde
—Hola, ¿todavía nos podemos encontrar a las veinte, como dijimos hace una semana?
—¿Para ir al telo? ¿Te mejoraste?
—Primero nos encontremos en el bar, luego vamos al telo.
—Dale, veinte horas nos vemos.
Sexta cita. En el telo
María del Carmen se sacó toda la ropa menos la tanga y el corpiño, conjunto nuevo que había comprado para la ocasión. José entró en el baño, salió en calzoncillos y se acostó al lado de la mujer, que estaba tranquila; él, en cambio, estaba nervioso. Comenzaron a besarse, a acariciarse, él arriba de Mary. Pero no pasó lo esperable, solo quedó en amague, no hubo gol que festejar para ninguno de los dos. De todas maneras la charla discurrió amena, con anécdotas que los hicieron reír.
Séptima cita. La casa de María del Carmen
—Cuando me mandaste ese bolero con una letra para nada romántica, de esas que dicen “si te he visto, no me acuerdo”, ¿para qué lo hiciste si después me ibas a llamar nuevamente?
—Quería cortar con vos, por eso te la mandé.
—Mirá vos, y ahora estás conmigo. Mejor dicho, no estás acá, tu mente está en cualquier parte. —«Este gilún siempre desconcentrado, no lo quiero ver más». Por enésima vez, Mary descartaba al “bueno para nada”.
—El otro día me bloqueaste de todo.
—Y… Después del bolerito que me mandaste, ¿para qué iba a seguir con vos? A buen entendedor, pocas palabras. Yo entiendo cuando un hombre me dice que ya no le intereso.
—Te tuve que llamar al fijo, creí que me ibas a colgar.
—No te colgué porque estaba aburrida y pensé que hablando con vos me iba a distraer.
—¿Me creés si te digo que no sé qué hacer con vos? No entiendo por qué te vuelvo a llamar.
—Y yo no entiendo por qué no te cuelgo. Pero ya todo pende de un hilo, falta poco para que se corte. Te digo la verdad: yo tuve muchas parejas, y con todas hubo luna de miel, mariposas en la panza. Con vos, al contrario: fue pura hiel. Ya no quiero que nos volvamos a ver, lo que vivimos fue una pelea de perros.
—Es que sos tóxica. En cambio, las mujeres que me siguen son divinas.
—¡Guau, guau!
—¿Por qué ladrás?
—Porque los perros ladran cuando se pelean.
—¡Qué mina insoportable!
—¡Guau, guau!
—Terminala con los ladridos. ¿Por qué te sonreís? ¡Encima te sonreís!
Libromancia
Entre las postrimerías de abril y principios de mayo se realizó la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, luego de dos años de pandemia donde ni siquiera los libros se salvaron del temerario virus que asoló a todo el planeta. En el país más austral del mundo se concretó nuevamente el encuentro entre escritores, editores y público ávido de husmear en los stands de libros en papel.
En ese otoño Buenos Aires tenía un aire a hojas en despedida, un aroma a palo santo quemado. Después de un prolongado paréntesis la pandemia daba un respiro y los libros volvían a ser los protagonistas renaciendo con toda su garra, con toda su fuerza, con toda su potencia, para ser leídos y dejar un mensaje que había que descifrar, que desentrañar, metiéndose en ese universo construido con palabras.
La Feria se llevó a cabo en La Rural, enorme, semejante a una verdadera ciudadela que no tenía edificios sino que estaba plagada de stands donde los libros posaban cual soldaditos tiesos.
Esta historia comenzó en esa Feria. Allí, dos jóvenes tomados de la mano que se miraban tiernamente a los ojos se detuvieron en un stand donde una escritora exhibía sus obras literarias; uno de sus libros era de poesía, Deleite.
—Mirá, Hernán, este libro parece que nos está llamando.
—Sí, Cristian, siento una libromancia con el título Deleite.
Los jóvenes comenzaron a hojear el poemario y decidieron adquirir el ejemplar; ya con el libro en la mano, se fueron al bar para poder leer algún poema entre los dos.
La llama de la pasión entre Hernán y Cristian estaba a flor de piel; se habían conocido en la facultad hacía cinco meses, e instantáneamente tuvieron química. Hernán estudiaba Bellas Artes y Cristian estaba viendo qué carrera podía elegir. Allí, ante un panel donde había anuncios de la facultad, casi se chocaron al pretender leer la cartelería; los dos muchachos se rieron cuando, por el apuro, sus cuerpos tuvieron un contacto sorpresivo.
Hernán, de veinticinco años, era un joven alto, de ojos grises y mirada cálida; siempre cargaba una mochila pesada con pinceles y pinturas. Cristian, de veintitrés años, tenía una barba bien cuidada para parecer mayor; su sonrisa dejaba ver una dentadura muy blanca que contrastaba con su piel morena.
En el departamento de Hernán
—¿Cuándo querés que vayamos a la Feria del Libro? —preguntó Hernán.
—¿Te parece este viernes por la tarde? —repreguntó Cristian mientras sorbía un mate amargo.
—Dale, después vamos a cenar por ahí cerca.
La Feria del Libro, colmada de gente que parecía una auténtica marejada, recibió a los tortolitos un viernes en plena tarde. Después de comprar el libro que les había producido libromancia, se dirigieron al bar a tomar un café para compartir la lectura de los poemas.
Al día siguiente
El matrimonio de Élida y Pancho tenía un ritual repetitivo, ver el noticiero del mediodía para enterarse de todas las novedades del país. En un momento dado, un periodista comentó un hecho policial, un asalto perpetrado por dos motochorros que habían atacado a un joven para robarle el celular. El joven se resistió y uno de los delincuentes no dudó un instante y lo apuñaló en distintas partes del cuerpo.
—Mirá, Élida, están comentando otro hecho de inseguridad con motochorros.
—¿Dónde fue el episodio? —preguntó la mujer.
—A dos cuadras de la Rural donde está la Feria del Libro, vení a ver, al muchacho lo dejaron malherido porque se resistió cuando le quisieron robar el celular. Una ambulancia lo llevó al hospital y parece que está luchando por sobrevivir, en la tele los periodistas entrevistaron a los médicos y dijeron que el caso es grave.
—¡Ay, qué horror, cuánta inseguridad que padecemos! ¿Dijeron el nombre del joven? —preguntó Élida.
—Sí, se llama Cristian, y lo acompañaba un tal Hernán.
En el hospital
Hernán era un manojo de nervios mientras esperaba al médico para que le informara cómo había salido la cirugía de su pareja. «Fue en segundos que pasó todo, yo me había detenido en un kiosco para comprar cigarrillos y vi que Cristian sacaba el celular para atender un llamado. Lo que siguió fue una atroz pesadilla: ante mis ojos, ante mi impotencia, observé el ataque de un motochorro que se bajó de la moto e intentó arrebatarle el celular a Cristian, pero él se resistió. Sin mediar palabra, el ladrón lo acuchilló en el pecho y en el estómago; ya con el botín en la mano, se subió a la moto que conducía el otro ladrón y salieron con la velocidad de un rayo. Yo me acerqué adonde había caído Cristian, que perdía mucha sangre y estaba inconsciente; le grité: “¡Cristian, Cristian!”. Pedí desesperado auxilio; muy pronto mucha gente se acercó para ayudar, alguien llamó a una ambulancia. Sentí terror de que mi pareja muriera en ese momento». Esto elucubraba Hernán mientras esperaba el informe del médico.
Por fin apareció una doctora y Hernán la abordó ansioso:
—¿Cómo está Cristian, doctora?
—La cirugía fue un éxito, es joven y se repondrá.
—¿Puedo verlo?
—Todavía no, ya le avisaremos, ¿usted quién es?
—Yo soy la pareja de Cristian, no puedo creer lo que pasó.
—Seguramente en dos días lo podrá ver.
Dos semanas después
—¡Qué felicidad que estemos juntos! Por momentos pensé lo peor, creí que te perdía, mi amor.
—Me salvé, como quien dice, entre los indios, yo también pensé que era mi fin. Tengo una mezcla de bronca, impotencia, miedo… Vuelvo a revivir el momento del ataque una y otra vez, siento el tremendo dolor de las puñaladas y el asesino, porque me quiso matar, no tiene rostro, el casco le cubre toda la cara. ¡Por un celular, matar a un ser humano!
—En el hospital me dijeron que la terapia con un psicólogo te ayudaría a superar este shock. Y entre los dos lo superaremos, querido.
Ocho meses después, en la playa
Hernán y Cristian decidieron alquilar una cabaña cerca de Villa Gesell, por una semana descansarían y recuperarían la alegría de vivir. El día de Nochebuena lo pasaron en un coqueto restaurante que daba al mar. Al llegar las doce de la noche, los amantes brindaron emocionados.
—Te amo, mi vida.
—Yo también, brindo por nosotros y por nuestro futuro juntos —contestó Hernán.
—Por nosotros, por siempre.
Un abrazo coronó el brindis de las doce, y también brindaron los demás comensales en la terraza del restaurante; la Navidad se había hecho presente. De lejos se escuchaba el mar ronroneante, en pocos minutos más comenzarían los fuegos artificiales en la playa, toda la gente bailaba al son de la música en la arena.
Los días en la costa boscosa, con toda clase de pinos y pájaros que trinaban, fueron un paréntesis de diversión: de mañana, la playa y todo el espejo infinito, celeste y acuoso, con olas traviesas; de noche, baile en boliches. Los dos jóvenes gozaban de esas vacaciones tan anheladas.
El paisaje marino, el mar cambiante cada día, calmo o embravecido, el olor a sal, los peces en su casa bajo el agua, los barcos que se divisaban a lo lejos, todo era un marco ideal para esa luna de miel que quedaría para siempre en sus memorias, nunca podrían olvidar ese ensueño. Atrás quedó el trauma violento que habían padecido: se rehicieron, renacieron, se juraron amor eterno más allá de la línea del horizonte donde no hay ni espacio, ni tiempo, ni olvido.
Matrimonio sin sexo
La última cita de Consuelo fue a través de un sitio en Internet. Esto fue necesario en ese año atípico, muy especial, en el que todo, absolutamente todo, estaba cerrado. Las restricciones eran de todo tipo, y las penalidades cuando no se respetaban las nuevas leyes, muy severas.
Durante ese período aciago repleto de prohibiciones no había lugar donde se pudiera tener un encuentro presencial, de esos que tanto le gustaban a Consuelo porque allí, primero, el lenguaje era la mirada, esos pequeños gestos que decían mucho, más que mil palabras; así, la señora en cuestión sabía muy bien si pegaba onda con el caballero. Se podían medir la altura, el peso, el color de los ojos, el marco de las cejas y las pestañas, cómo era la nariz, la dentadura y toda la boca. Consuelo prestaba atención a las manos del hombre, le gustaba que estuvieran muy cuidadas y que dieran la sensación de que podían hacer de todo. También se fijaba si el señor la miraba a los ojos, si le sonreía al hablar.
Después de la semblanza física que hacían ambos venía la charla, y ahí se jugaban las cartas a ganador o perdedor. Consuelo era una mujer que arriesgaba en cada apuesta, la redoblaba muy sutilmente; en ese momento ella se daba cuenta de si la cita continuaría porque el interés era mutuo o si había que poner un pretexto para huir del bar.
Pero no hubo otra salida, en ese año atípico, más allá de conocer señores a través de sitios desde la computadora y luego ir a un bar con protocolos insoportables, previa cita acordada por ambas partes tras largos meses de encierro, de clausura; una tortura para quienes amaban vivir con el acelerador apretado a fondo. Eran citas a ciegas, todo un fastidio para los amantes de los encuentros presenciales que permitían “ver el paño” y no sentirse defraudados porque todo el chamuyo virtual se viniera abajo como un castillo de naipes en el cara a cara.
En este caso, sucedió que Consuelo conoció a César de esa manera. Luego intercambiaron sus números de celular y acordaron un encuentro.
Primera cita
Domingo, calor agobiante que no daba tregua, pues por los protocolos no se podía encender el aire acondicionado, se debía usar barbijo y llenar una declaración jurada: en todas las preguntas, marcar con un círculo la palabra NO.
Al entrar en el bar, Consuelo fue interceptada por una señorita que le tomó la temperatura y le puso alcohol en gel en las manos. La dama ya había pasado por esto en varias oportunidades, así que como un autómata siguió todas las reglas y procedió a buscar una mesa donde sentarse.
