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Edmundo Hölters –tercera generación de educadores de la institución Hölters Schule, fundada por su abuelo en el año 1931 en Villa Ballester– a través de la Fundación Hölters Natur Los Cardales, creada en 1968, propone una mirada simple de la realidad educativa, poniendo el foco en su visión del futuro de los jóvenes que vivirán las complejidades del siglo que viene. En el año 2000, cuando salía de una crisis en su vida privada, Edmundo Hölters se sumergió en el mundo de la meditación. De allí surge El instante y su darse cuenta, obra basada en un amplio estudio de las técnicas orientales de autoconocimiento, donde planteaba cómo buscar y encontrar en tiempo real la armonía entre el cuerpo, la mente y el espíritu. En su segundo libro, Pendulaciones, Hölters mira hacia el futuro: observa el agobio y la angustia que acechan a las futuras generaciones, las contradicciones del sistema docente y los efectos que tienen sobre los estudiantes. En su último trabajo, Inteligencia Espiritual, el autor arriesga una receta que podría funcionar como un Manual de salvataje en un mundo de cambios cada vez más vertiginosos. Hölters nos habla de nosotros mismos, de nuestra necesidad de conocer la culpa, el perdón, la tolerancia y la honestidad como vías para potenciar la inteligencia del espíritu y enfrentar las derivas hacia lo negativo en un mundo arrebatado por el giro artificial.
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Edmundo Hölters
Holters, Edmundo
Inteligencia Espiritual : hacia valores humanos en tiempos de Inteligencia Artificial / Edmundo Holters. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Editores Argentinos y hnos., 2024.CD-ROM, Amazon Kindle
ISBN 978-987-3876-24-0
1. Inteligencia Artificial. 2. Autoconocimiento. 3. Autoayuda. I. Título.
CDD 175
De esta edición:
© Edmundo Hölters, 2023.
© Editores Argentinos, 2023.
Editores Argentinos: www.eeaa.com.ar
Contacto:
Digitalización: Proyecto451
Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial.
A los 82 años veo con alegría que la cuarta generación toma la posta de nuestra Fundación, con interesantes proyectos y con iniciativas que ponen el foco en la niñez y en los jóvenes.
Destaco a mi querido Fredy Vota, Presidente de la Fundación Hölters Natur, Licenciado en Sociología (UBA) y Profesor en Ciencias Sociales, Magíster en Educación y especializado en gestión educativa; y a mi queridísima hija Constanza “Connie”, en la gestión administrativa. Ambos acompañan un hermoso y muy humano grupo de especialistas, docentes exitosos en los objetivos fijados.
Procuré no ser un hombre con
éxito, sino un hombre con valores.
ALBERT EINSTEIN
En el año 1959 viajé con mi abuelo Hermann Hölters a Alemania con estadía de casi dos años para estudiar en la Universidad Pedagógica de Elberfeld Wuppertal.
Al llegar a la ciudad, me emocionó ver y sentir un pueblo que en silencio se esforzaba conjuntamente para reconstruir su país, esa ciudad, cada pueblo. La destrucción –a casi quince años de finalizada la guerra– era espantosa. Hombres jóvenes mutilados, mancos o sin piernas, que se entregaban con callado entusiasmo a levantar ese país que respiraba esfuerzo, luto, pena y culpas, con la vista hacia el futuro.
Al poco tiempo de haber llegado, conocí a varios familiares que me recibieron con mucho amor, agradecidos por la ayuda que mis padres enviaban desde Argentina: alimentos, vestimenta, abrigos. Allí entendí lo que significaban los ahorros y cajas que mis progenitores enviaban a sus parientes del viejo continente y a muchos otros que no conocían o no formaban parte de la familia.
Con 19 años fui testigo en primera persona del desastre que los humanos somos capaces de realizar pero también descubrí la solidaridad y tolerancia que anidan en las personas. Incoherencias tremendas que en aquel entonces me costaba comprender. Un desastre inhumano más allá de toda justificación “patriótica”. Cada quien había sufrido alguna consecuencia física, mental o ambas. Y casi todos habían perdido familiares en la guerra.
La casa de las hermanas de mi abuelo no tuvo grandes averías y allí me alojé con mi abuelo. No las veía desde 1924, cuando se fue a Barcelona para embarcar a Sudamérica. Por esta razón, el reencuentro fue más que emocionante, con historias muy tristes y con muchas lágrimas por las pérdidas de tíos, amigos, amores, etc.
Durante los días siguientes salí a caminar por la ciudad con mi abuelo que me mostraba dónde jugaba cuando era niño. La Iglesia, en la que los domingos solía tocar el órgano, también estaba en proceso de reconstrucción. La panadería, donde ayudaba de chico, en cambio, estaba entera y todo así.
Luego subimos un cerro que se estaba formando con los restos de destrucción de la guerra, hasta llegar a un sitio donde encontramos la Universidad Pedagógica, en la que me inscribieron.
El edificio recién terminado era completamente nuevo, hermoso. Me llamó poderosamente la atención que después de tanto destrozo y horror se invirtiera en educación y se la considerara como algo prioritario.
Desde el cerro se veían los pueblitos aledaños, los campitos con vacas, ovejas y pastores. Encontramos un río sobre el que transitaba un tren rojo que colgaba de una estructura sobre la cual avanzaban las ruedas del tren, que estaban en la parte superior de las formaciones. Un tren colgante.
Ese convoy unía varias ciudades y no había sufrido grandes daños durante la Guerra. Lucía como nuevo pero era muy viejo y actualmente sigue en servicio.
A las pocas semanas, nos instalamos en una casa de alquiler y allí comenzó mi rutina. Desayunábamos con pan magro, margarina, dulce y té, luego me iba caminando a la Universidad subiendo el cerro. El programa educativo tenía como eje la música, el teatro, deportes y asignaturas de pedagogía, historia, letras, filosofía, etc. Participaba en torneos universitarios de básquet y handball.
Hoy, me sigue sorprendiendo como hace sesenta años que, a poco tiempo de haber terminado la guerra, Alemania apostaba por fortalecer la Educación. Sobre todo teniendo en cuenta que venía de una realidad apocalíptica, llena de visiones engañosas y decisiones dañinas que desencadenaron el sufrimiento de millones de seres humanos.
Una realidad que tantas veces se ha repetido en la historia del mundo, con masas enormes lanzadas al total desamor, totalmente despojadas de amor compasivo y constructivo. Una realidad cuya única salida es la reconstrucción, ladrillo sobre ladrillo, de los valores, la solidaridad, la empatía, la humildad: la búsqueda incansable de desarrollar más humanidad en la gente.
Hoy, casi cien años después del fin de la Guerra, la sociedad necesita de mucha más Humanidad para poder sentirnos todos hermanos, con unión y mayor equidad.
De aquella época, recuerdo también una visita familiar a Münich, ciudad dónde nació mi abuela Hölters Dennerlein, en el seno de una familia de artistas que poseían una editorial de música tirolesa, que sigue siendo referente para la música del Tirol.
La ciudad no estaba tan golpeada por la guerra, pero se evidenciaba su paso por la tragedia. Había viajado solo con un auto viejo, modelo escarabajo. Me recibieron en el local de música, en plena ciudad. Me presentaron a mi tío abuelo en el sector en el que se hacían todo tipo de arreglos de instrumentos. En aquel entonces, yo tocaba el violín, por lo cual mi interés por sus trabajos era grande. El hombre estaba trabajando sobre una gran mesa y me guió por su taller.
Llegamos a ese gran espacio de trabajo y contemplé una maravillosa vista de los alpes lejanos. Mi tío abuelo me manifestó que era importante para él que entendiera el trabajo que estaba realizando. Su idea era modificar, sanear, el ambiente de destrucción que se respiraba en las caminatas por las campiñas tirolesas.
Sobre la mesa había decenas de campanas de diferentes tamaños diseñadas como instrumento sonoro. Me explicó su proyecto: imaginó inundar las campiñas con vacas, ovejas, caballos pastando o corriendo por las praderas, con las campanitas en sus cuellos afinadas según diferentes tamaños, cubriendo toda la escala musical. Su plan era transformar esa combinación y belleza natural de los sonidos armónicos –formados por ritmos y vibraciones diferentes en constante movimiento– para generar una gran sinfonía natural. Imaginaba las vacas con sus campanas de tono más bajo, los terneritos con tonos más altos y las cabras con los más altos.
Su objetivo era limpiar esas espantosas resonancias de estallidos de minas, aviones, tanques, metralla y hombres en agonía, que aún reverberaban en los cerros y bosques. Me enseñó cómo calibrar las campanitas con pequeños martillos, dándoles diferentes curvaturas, con florcitas o nombres de vaca u oveja, caballo, cabra. Mientras me contaba su proyecto, noté que corrían algunas lágrimas por su rostro.
Evidentemente, a quién no conoció esos lugares en tiempos de guerra, le cuesta imaginar el pasado. Yo era uno de ellos. Pero sí percibí la necesidad colectiva de mirar hacia adelante, con resiliencia, y poner mucha energía del amor, para que sus valores en acción pudieran ser recuperados.
Ahora que –con 82 años– estoy escribiendo sobre valores, armonías, equilibrio, ritmos, vibraciones músicas, humores, ambientes y pendulaciones, este recuerdo de 1959 me reafirma la enorme capacidad que tiene el ser humano de autoinfligirse sufrimientos, miedos, pérdidas, y al mismo tiempo ser capaz de pelear la supervivencia y pendular nuevamente hacia el amor. Para aceptar, corregir, aprender y crecer, para encontrar al humano que hay dentro, para sacarlo de sus momentos de deshumanización y apuntar a la búsqueda de armonías, de ser mejor persona, saberse bueno y reconciliarse, perdonando, pero con aprendizaje, apelando a la gran energía superior que alimenta los corazones.
A pesar de todo, seguiremos pendulando entre opuestos, buscando la felicidad como camino de lo bueno, mejorando promedios en lo bueno, con la energía del amor, tratando de sabernos en lo posible a cada instante. El trabajo arduo de toda la vida es no perder de vista el objetivo humano de una vida feliz.
Actualmente, la situación del Hombre es la misma y no tanto. La misma búsqueda desesperada de felicidad en el camino. La pendulación entre opuestos es la misma, con mayor o menores promedios.
La Inteligencia Artificial y sus tecnologías han cambiado muchísimas cosas y esto ha obligado al Hombre a modificar sus métodos, pero la necesidad de saberse sigue siendo primordial. El problema es que no se es consciente de esta necesidad, para crecer, aprender e incorporar elementos que nos ayuden a seguir aprendiendo y ser cada vez mejores, con fe, intención y voluntad.
Si soy capaz de recordar ese cuadro musical viviente, con sus sonidos y la sinfonía entre naturaleza–hombre, me puedo imaginar que somos capaces de transformarnos para una vida mejor y más armónica. ¿Cómo se hace esto? En principio, integrándonos a la naturaleza, dejando de subestimarla y destruirla por inconsciencia e intereses que separan, deterioran y nos llevan al borde del abismo. Necesitamos concientizar la necesidad de sumar más Humanidad y más Valores, pero no en palabras, sino en acciones de amor compasivo.
En aquellas tierras paternales hicimos caminatas y bicicleteadas por lugares hermosos, dejándonos inundar por esas sinfonías de campanitas, que a veces acompañaban los campanarios de las pequeñas iglesias de los pueblos, que resonaban –y resuenan todavía– con ecos en los Alpes. Joven y emocionado con la fiesta de colores del bosque, de vacas en el camino y aromas de todo tipo, desde pasto cortado hasta flores hermosas. Aprendí el pendular de la vida, y la necesidad de darle sentido a cada instante.
Si cada ser humano tuviera la intención y buena voluntad de afinar su individualidad en el amor y resonar con buen promedio de amor compasivo en aprendizaje, en su camino hacia felicidad, estaríamos acercándonos al paraíso y, lo mejor, conviviendo sinfonicamente en este mundo, nuestro Hogar.
Más allá de este pequeño sueño hoy la realidad nos trae duros aprendizajes post pandemia, pobreza y desnutrición, desamor, la naturaleza en deterioro constante, por falta de consciencia y sentires profundos, decepciones, miedos y temores.
La Inteligencia Artificial cada día incrementa sus éxitos y su influencia. Pero los vertiginosos adelantos tecnológicos van en una dirección que aún no sabemos precisar, y esta es una contradicción que nos exige despertar. Los tiempos se acortan y el camino de felicidad que el Hombre está buscando se nos escurre entre los dedos de la mano.
Se acerca un necesario tiempo de cambios conscientes hacia un ser humano más espiritual, con más humanidad, más necesitado de lo que le hace bien al espíritu: más empático en sus proyectos y acciones, más “buen hombre”, con valores universales que integren el todo, desde bien adentro y hacia afuera, con más justicia, igualdad, acciones de amor, valores en acción, desterrando el hambre y la pobreza entre otras cosas.
Y de esta manera nos acercaríamos paso a paso y grado por grado al Paraíso, por el camino trabajoso de la felicidad en convivencia, desarrollando la Inteligencia Espiritual para aprovechar los beneficios de la Inteligencia Artificial y sus valores y adelantos. Resonando en campiñas, cerros, mares, con firmeza y nitidez, como las campanitas de mi tío abuelo. Debemos transformar definitivamente el mundo de hoy, campo de todo tipo de batallas con diferentes grados de destrucción, desamor, desagrado, temeridad.
El Universo pone a nuestra disposición la energía superior, el amor, para que sea el camino de acción, y la Inteligencia Artificial no se desviará de ese camino si el ser humano la acompaña desarrollando paralelamente la Inteligencia Espiritual.
El amor en movimiento también es una ciencia. Yo creo que debemos ir descubriendo nuestra propia armonía, nuestro sonido, frecuencia, vibración interior, y estaremos reverberando junto con los demás, adecuándonos según nuestros avances o retrocesos, nuestros altos o bajos, acorde a los ritmos de nuestro camino individual, participando de esta gran sinfonía universal que tiene su fuente total en el amor compasivo y la energía superior.
Esta fue en realidad la enseñanza de Jesús en sus prédicas y sus acciones de amor. Y es finalmente el camino de toda religión que se basa en el desarrollo espiritual.
Los valores no son simplemente palabras,
los valores son por lo que vivimos.
Son las causas por las que defendemos
y por lo que lucha la gente.
JOHN KERRY
Es muy probable que quienes lean este libro se encuentren con conceptos que parecen traídos de otra parte: oscilación, percepción, “darse cuenta”, valores, amor en acciones y, por sobre todo, la búsqueda del mejor promedio. No se trata de mensajes secretos ni de desvaríos mentales, esas palabras simplemente hacen alusión a una técnica o forma de reflexión y corrección de rumbo sobre las conductas propias que he propuesto en mi libro anterior.
Pendulaciones: Desde mis años de infancia siempre admiré profundamente a mi abuelo Hermann Hölters. Educador de alma, un hombre firme y recto cuyas convicciones podían llevarlo, sin que se lo propusiera, a cometer actos de una audacia admirable, aunque arriesgada. Como cuando debió huir de Alemania con toda su familia por oponerse a las acciones del régimen nazi. Debo aclarar que mi abuelo no era judío, no era gitano, no pertenecía a ninguna de las minorías perseguidas por el Tercer Reich.
Era un ciudadano alemán, docente y músico, con todas las de la ley. Pero, desde su surgimiento, observó en el nazismo el germen de la barbarie, y esto confrontaba con sus condiciones de pedagogo, ya que basaba su profesión en el amor y los valores en acción.
Se estableció en la Argentina, donde continuó en el camino de la docencia. En 1931, fundó los Hölters Schule, y varios años después esta historia me encuentra allí. Alumno y nieto del director de la escuela. Demás está decir que mi abuelo era un ser entrañable. Yo lo amaba y admiraba profundamente. Pero desde niño me tocó poner la mirada sobre las contradicciones e injusticias del mundo adulto que me rodeaba, incluyendo a mi abuelo y a los demás docentes. Los veía equivocarse, o distraerse, salirse de los cánones que ellos mismos intentaban inculcar en nosotros, sus alumnos, a veces hasta por la fuerza. Recordemos que era la época del famoso (y lamentable) “la letra con sangre entra”. El cinturón, la vara o el encierro eran moneda corriente para “comunicarse” con el alumnado. Con el agregado –para mi desgracia– que muchos de los compañeros castigados después se desquitaban conmigo, el nieto de su “verdugo”. Por otra parte, yo sabía claramente que mi abuelo era todo bondad. ¿Qué era entonces lo que pasaba? ¿De dónde venía esa oposición?
Esta curiosidad me llevó a observar y estudiar durante años el secreto de las reacciones humanas. Y en ese largo camino que aquí describo tal vez demasiado brevemente, me encontré con una herramienta fenomenal: los principios Herméticos.
Los principios Herméticos atribuidos a Hermes Trismegisto, “el tres veces grande”, datan de 1200 años antes de Cristo, período del florecimiento de la cultura Helénica, y muy sintéticamente sostienen que:
1. Todo en el universo es mente o espíritu.
2. Existe correspondencia en los estados del Ser y la Vida.
Como es arriba es abajo y viceversa.
3. Todo el universo está en permanente vibración.
Es energía en movimiento.
4. Todo tiene dos polos. Todo tiene su opuesto. El frío y el calor, la oscuridad y la luz, el odio y el amor.
5. El ritmo. La vibración universal tiene un ritmo constante de avance y retroceso.
6. Todo tiene causa y produce un efecto.
7. Todo tiene su lado masculino y femenino. No sólo en el plano físico sino también en el espiritual.
Vivimos oscilando entre nuestras propias polaridades. Cada cual es diferente y único en sí mismo. Y todos cambiamos todo el tiempo, pendulando sin demasiada percepción. A veces sin conciencia siquiera de este devenir. Pero el secreto, lo que sí podemos manejar, es dónde se encuentra el “punto cero” de dicha pendulación.
Pendular es inevitable, vibrar también lo es, y cada uno con frecuencias muy suyas. Pero en ese pendular hay distintos niveles o grados de intensidad. Tomemos un ejemplo hipotético. Un hombre sufre la presencia de un vecino muy ruidoso y no sabe qué actitud debe tomar. Si ese hombre estuviera oscilando en un promedio de valores bueno tal vez se plantearía intentar hablar con él y explicarle que sus ruidos le impiden descansar o, más drásticamente, asesorarse y hacer una llamada a la policía o al centro vecinal para pedirles que tomaran cartas en el asunto. Tenemos un punto positivo (la conversación), y uno negativo (la denuncia). Dos actitudes lógicas.
En cambio, si este buen hombre estuviera pendulando entre valores un poco más negativos, tal vez su arco de decisiones oscilara entre denunciarlo –como mínimo– y poner música a todo volumen para hacerlo sufrir y obligarlo a disculparse. Vemos que en este caso las dos decisiones siguen siendo opuestas pero en un arco más negativo.
Y, finalmente, si estuviera vibrando en sus grados más negativos, en caso de que estuviera atravesando un mal momento, tal vez se plantearía atacar directamente al ruidoso o a su casa, rompiendo todas las ventanas, por poner un ejemplo.
Día tras día, vemos en los noticieros cómo algunos conflictos escalan desde una aparente discusión tonta – de tránsito, de vecindario, de lo que sea– hasta convertirse en tragedia, cuando las cosas se salen de carril. Es en ese momento en que se hace evidente que la razón del desacuerdo en realidad no era tan importante como la necesidad o el impulso de liberar esa violencia. En estos casos no debemos engañarnos. El vecino fue solamente una excusa. El impulso violento ya anidaba en nuestro interior y pugnaba por salir.
La cuestión es no perder de vista el punto 0 como referencia límite que nos marca cuán cerca estamos de dejar la zona positiva del opuesto en cuestión y entrar a partir del límite que nos marca en la zona del opuesto negativo que nos está atrayendo a lo no deseable a lo que no nos hace bien y nos baja nuestro promedio pendular no deseado.
Todo en cada pendulación es un tema de grado hacia sus opuestos y de nosotros depende percibir nuestras tendencias y debilidades y poner intención y voluntad de corregir tendencia y debilidad con mayor percepción en este camino de aprendizaje. Mejorar promedios en lo bueno, lo que nos hace bien al espíritu, al alma, siempre estará en decidir al amor como energía superior para no caer grado por grado en el desamor que arrastrara los demás valores consigo hacia lo no tan bueno.
Y aquí es donde entra en juego nuestra acción consciente. Esto es, ser capaces de darnos cuenta de lo que está pasando y actuar para reafirmarlo (si estamos en el lado positivo) o corregirlo (si estamos en el negativo). A esta capacidad de desplazarnos conscientemente hacia la pendulación en el lado positivo, la llamamos “mejorar promedios”, y es algo que se logra con paciencia y tenacidad, “grado por grado”, percibiendo y sintiendo nuestras emociones ordenadas o desordenadas, en armonía o disarmonía.
Pero hay algo, una información, que estamos obviando, por lo que sería bueno detenernos y desarrollarla. Para entender la importancia real que tiene percibir los valores positivos, lo que nos hace bien, y tratar de equilibrarlo hasta aquietar la pendulación.
Responder a esta cuestión no es tan sencillo como podría suponerse. No lo es porque la respuesta sería tan nutrida y extensa que podríamos pasar horas tratando de definir algo que es abismal. Pero hablemos de lo básico: ¿por qué es preferible elegir el bien antes que el mal? Porque es lo que hace bien a nuestro espíritu.
El pendular negativo conduce fatalmente a la violencia (su esencia la incluye), pero antes de eso ya genera desdicha, traición, falta de escrúpulos, una impulsividad suicida, desorden. Desorden contra el orden natural que nos pide vibrar armónicamente con el universo y todo lo que nos rodea. Porque la destrucción impide procesos naturales de procreación. Las malas decisiones conducen a malas acciones que nos llevarán a un lugar más complicado y turbio desde donde tomaremos peores decisiones y así nos deformaremos hasta perdernos de nosotros mismos y desaparecer.
Las buenas decisiones, en cambio, hacen a las buenas personas. Los sentimientos, la manera de expresarlos, los valores, que al desarrollarse producen transformaciones asombrosas, nos hacen crecer, mutar, ser fértiles y dignos de transmitir lo que sabemos. Nos convierten en buenas personas. Y las buenas personas siempre son bienvenidas por parte del planeta que habitamos. Porque, además, construyen. Y mientras la violencia termina cuando se ha destruído todo, la creación, la obra, no tiene límites, siempre puede autosuperarse. Y de eso se trata.
La bondad no tiene límites, la maldad se devora a sí misma.
La buena convivencia en el buen hacer asegura la cooperación de la sociedad y su experiencia.
Hecha esta aclaración vamos a ver cuál es el método propuesto para percibirnos en nuestro pensar, sentir, hacer y mejorar los promedios pendulares en bien del espíritu.
Darse cuenta
Como bien lo sugiere el subtítulo, lo primero es percibir, darse cuenta. Pero este “darse cuenta” no debemos tomarlo con ligereza. Pues para lograrlo se requiere un encadenamiento de actitudes de apreciación y evaluación de nuestro interior más profundo. Esto, a veces, puede resultar una tarea fastidiosa, porque lo que vemos no es particularmente bello o correcto. Algo muy difícil de aceptar. Vivimos a los ponchazos, tratando –en el mejor de los casos– de ser buenas personas. Pero esa tarea se la delegamos al instinto: “como trato de ser buena persona ya considero que lo soy, entonces actuaré naturalmente y mis actos deberán ser buenos”. En esta evaluación, sin embargo, debemos tener en cuenta nuestras pendulaciones. Si en el momento de tomar una decisión (aunque sea irrelevante) estamos en el lado negativo, la vibración que emitiremos será negativa, y esto repercutirá en sus consecuencias y en nuestro entorno.
Y en el entorno, nuestra acción, nuestra repercusión, generará reacciones según el estado “pendular” de la persona que la reciba. Aquí es donde perdemos el control sobre las consecuencias de nuestros actos, más allá de que sean desarmonizados o armónicos. Si una persona percibe nuestra vibración como algo negativo posiblemente responda también desde su lado negativo, y produzca en nosotros un estímulo doloroso que nos haga responder negativamente y desplace lentamente nuestra pendulación hacia el abismo de los disvalores.
Por eso es importante que, apenas se percibe el conflicto, o mejor aún, antes de tomar la decisión o de emitir un mensaje, asegurarse de saber si su carga será negativa o positiva. Cómo puede llegar a ser tomado por el otro. Esto es parte del “darse cuenta”. Y nuestra mejor herramienta, nuestro mejor aliado para ejercerlo, es el silencio. El silencio profundo, el que brota, por ejemplo, de la meditación. Cuando nos vaciamos del yo, o del ego, para adentrarnos en esa zona desde donde podemos observarnos en absoluta intimidad. Sin testigos ni jueces, salvo nosotros mismos. Cuanto mayor sea el silencio, menos ganas de engañarnos vamos a tener. Porque no hay nada que suene más estridente que una mentira en un gran mutismo.
Ahora bien, ya estamos ahí. Pensamos y queremos decidir, pero es conveniente sentir antes de pasar a la acción, y percibir si realmente eso que pensamos hacer es lo que verdaderamente nos hará bien. Esto nos lleva a evaluarnos. Sabemos quiénes somos. Animémonos a arrancarnos la máscara. Total, nadie tiene por qué enterarse. A un lado, tenemos la lista de valores, al otro, tenemos los disvalores. Es importante que busquemos cierta coherencia en la elección. No es bueno decir una cosa y contradecirla. Tiene que haber una línea de conducta.
Observemos la decisión que debemos tomar. ¿Cuál sería nuestra primera respuesta? Con paciencia, con sinceridad debemos cotejar punto por punto cuántos valores positivos se aplican en ella. ¿Cuánto hay de amor en mi respuesta o decisión? ¿Cuánto de verdad? ¿Cuánto de tolerancia y de humildad? Y así sucesivamente.
Si los valores negativos son altos fatalmente nuestra decisión empeorará nuestros promedios, arrastrándolo al lado negativo. Y como se trata de un movimiento progresivo, quién sabe dónde puede terminar.
Debemos entonces modificar nuestra decisión o respuesta. Tratar de aplicarle valores positivos. Aunque nos cueste, aunque eso pueda dolernos o sea mucho más complicado. Sobre todo si esa complicación surge de tener que mutar –ser sincero, o humilde, aceptar un defecto, pedir perdón, etc.–, si sentimos que nuestro ego se retuerce como si estuviera en el fuego.
Ese es el método de las Pendulaciones. Mejorar el promedio, paso por paso, a través de acciones de amor. Acciones basadas en el férreo principio de intentar acercarse al lado bueno del péndulo. A escuchar más, ser tolerante, aceptar la diferencia, meditar las decisiones y accionar rápidamente hacia el bien, “ser mejor”.
En uno de mis colegios, a manera de experimento y/o juego didáctico, realizamos con los alumnos un ejercicio de pendulaciones. Cada uno se colgaba del cuello un pequeño cartel que decía “plan de vuelo”. En ese cartón sólo había un listado de los valores que mencionamos más arriba. La consigna fue: “hagamos de cuenta que los docentes no estamos” y si tienen una diferencia o discusión, o mala onda, o falta de valores, ellos mismos debían resolverlo con la mirada puesta en el “plan de vuelo”. Cada uno mira sus errores y no los del otro. Y verán que todo se soluciona con pedir perdón y sin enojos. Los chicos interactuaban, dialogando y evaluando sus propias respuestas en base a los valores que figuraban en el cartón. Y lo mejor es que lo hacían y les parecía divertido, sensato, original. La experiencia fue un éxito. Porque los chicos son blandos, si perciben la buena intención están ansiosos de dejarse enseñar. Por eso decíamos que lo natural es didáctico, sano creativo.
Las armonías son parte de su ser y vuelven a ellas con facilidad, solidariamente.
Tal vez los adultos deberíamos colgarnos el cartel o usarlo como un reloj pulsera, una brújula, o un celular. Consultar todos nuestros actos allí. Observar qué valores estamos aplicando y tratar de mejorar en cada momento y acción de nuestras vidas. Con insistencia seguro lo lograríamos.
Este aprendizaje es por repetición e insistencia, reconociendo errores y debilidades, no juzgando al otro, percibiendo el propio interior con humildad, analizando las emociones, armonizándolas. Conocerse antes de la próxima acción. Utilizar el silencio, la contemplación. Y reconocer también al otro, para luego obrar según indica el corazón, con base en los valores universales y la energía superior del amor. Y eso, qué duda cabe, sería bueno para todos.
GUÍA PARA VOLAR
• Verifica que todos estos valores estén en marcha al mismo tiempo en tu tablero de control.
