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Tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, la humanidad trataba de restañar las heridas dejadas por seis años de cruenta lucha. Mientras, en tierras brasileñas había quienes estaban convencidos de que la guerra había acabado… pero con la victoria final del Imperio japonés. Por difícil que resulte de creer, una parte de los inmigrantes nipones en Brasil no tenía dudas de que su país había vencido a los Aliados. Esta insólita situación podría haber sido una mera anécdota si no fuera porque surgió una secta fanática que comenzó a amenazar y asesinar a sus compatriotas más sensatos, los que aceptaban la realidad de la derrota. El terror se extendería por toda la colonia nipona, que quedaría así dramáticamente fracturada.
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Seitenzahl: 398
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Jesús Hernández, 2016
© Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
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Ilustración de cubierta: Juan García.
Diseño del mapa del estado de São Paulo: Elizabeth Sena Sousa.
Corrección y maquetación: Antonio Rómar.
Reservados todos los derechos de esta edición.
Primera edición: Septiembre, 2016
ISBN: 978-84-10414-22-8
A mi hijo Marcel
Contenido
Introducción
1. Sangrienta visita a un dentista
2. Los árbolesde los frutos de oro
3. Japoneses en Brasil
4. «Quistes asiáticos»
5. Brasil entra en guerra
6. Descenso al infierno
7. Camposde internamiento
8. Sabotaje
9. Japón es derrotado
10. Habla el emperador
11. Fracturaen la colonia nipona
12. La Liga del Caminode los Súbditos
13. Cae la dictadura
14. Los «siete héroesde Tupã»
15. La derrota inaceptable
16. La sangrecomienza a correr
17. Ola de asesinatos
18. Reunión en el Palaciode los Campos Elíseos
19. Ira popularen Oswaldo Cruz
20. Estallido de odioen Tupã
21. Isla Anchieta,la Alcatraz brasileña
22. El compromisode un candidato
23. Mirando al futuro
24. Testimonios
Epílogo
Bibliografía
Introducción
Mi primer contacto con la insólita historia que voy a relatar en estas páginas se produjo leyendo el libro 1942: O Brasil e sua guerra quase desconhecida, de João Barone. Tal como refleja el título de esta obra divulgativa, la participación de Brasil en la Segunda Guerra Mundial suele ser pasada por alto, a pesar de que fue de gran importancia.
Al estallar el conflicto, Brasil se encontraba bajo un régimen dictatorial, el de Getúlio Vargas, cuyas simpatías se dirigían hacia el bando del Eje, formado por Alemania, Italia y Japón, lo que le llevó a coquetear con él. Sin embargo, la presión del poderoso vecino estadounidense, así como la marcha de la guerra, harían que Vargas acabase comprometiéndose con los Aliados, permitiendo que los norteamericanos instalasen en su territorio bases aéreas para controlar las rutas que surcaban el Atlántico. También llegó a enviar un cuerpo expedicionario a Europa, aunque las tropas fueron destinadas a un frente secundario, como lo fue el italiano.
Pero la aportación más importante de Brasil a la victoria aliada fue de índole económica. Los Aliados necesitaban una gran cantidad de materias primas para alimentar su industria de guerra, y Brasil se convirtió en uno de los principales suministradores. En el caso de una materia prima vital como era el caucho, Brasil era el único país de la órbita aliada en el que se producía, después de que las plantaciones de Extremo Oriente quedasen en manos de los japoneses.
En el citado libro de Barone me topé con una referencia a las «acciones radicales del grupo ultranacionalista Shindo Renmei», del que nunca antes había escuchado hablar. Durante el conflicto, esas «acciones radicales» perpetradas por fanáticos miembros de la colonia de inmigrantes nipones en Brasil se centraron precisamente en el sabotaje de la producción destinada al esfuerzo de guerra de los Aliados.
Cuando la contienda finalizó, el grupo pasó a acosar y amenazar a los miembros de la comunidad nipona que admitían que Japón había sido derrotado, llegando incluso al asesinato. Y es que tanto los miembros del Shindo Renmei como buena parte de la colonia japonesa en Brasil estaban convencidos, por inverosímil que pueda resultar, de que Japón había ganado la guerra. Todas las evidencias de que el País del Sol Naciente había firmado la rendición ante los Aliados eran consideradas «propaganda americana».
La idea de miles de japoneses en tierras brasileñas convencidos de que Japón había vencido a los norteamericanos y una siniestra secta de fanáticos dispuesta a matar a los que admitían que Japón había sido derrotado me pareció tan increíble como fascinante. Sin duda, parecía una historia alumbrada por la fantasía de un novelista. Y también me resultó sorprendente que esa insólita historia fuera ignorada fuera de Brasil. Por tanto, al momento sentí la necesidad de recabar toda la información disponible sobre esos hechos y darlos a conocer.
Aunque en ningún momento tuve dudas de que ese episodio poseía un extraordinario interés, me llegó alguna voz escéptica, que me advertía de que sólo interesaría a los lectores brasileños. Sin embargo, estaba convencido de que iba a interesar a cualquier lector, sin importar su procedencia, ya que no trata de un caso circunscrito a un lugar y una época determinados, sino que se trata de una historia universal sobre la defensa de la verdad ante el fanatismo, los peligros de nacionalismo exacerbado y, desde un punto de vista más humano, la inquietante facilidad con la que se puede caer en la trampa del autoengaño. En las páginas que vienen a continuación, el lector tendrá ocasión de comprobarlo.
1. Sangrienta visita a un dentista
El 18 de julio de 1946 se presentaba como otro día cualquiera en la localidad de Cafelândia, en el interior del estado brasileño de São Paulo, situado al sureste del país. El pueblo se había fundado hacía sólo veinte años, alrededor de una estación en la línea de ferrocarril emplazada a campo abierto, con la finalidad de recoger allí las toneladas de granos de café que se producían en los alrededores y transportarlas hasta el puerto de Santos, desde donde serían enviadas por mar a todo el mundo. El nombre que habían escogido sus fundadores no dejaba dudas de ese origen, ligado a sus plantaciones de café.
Antes de la fundación de Cafelândia ya existía allí una colonia integrada por inmigrantes japoneses. A ellos había que agradecer que el cultivo del café hubiera arraigado en la región. El cultivo del cafeto o planta del café requiere mucha humedad y terrenos altos, lo que se da en ese lugar, siendo así un lugar idóneo para esta actividad agrícola. Pero aun así, el cafeto requiere de cuidadosos mimos para que eche raíces y crezca. Los colonos japoneses lo acabarían consiguiendo, tras no pocos esfuerzos y sinsabores.
la colonia hirano
En 1915, Himpei Hirano, un japonés natural de la provincia de Shizuoka que había llegado a Brasil dispuesto a hacer fortuna, compró una gran extensión de terreno en el lugar en el que luego se levantaría Cafelândia, y que, por entonces, se encontraba baldío. Después procedió a dividirlo en lotes para que un total de 82 familias japonesas se establecieran también allí. El idealista Hirano fundó así la colonia con la que había soñado desde que partió de Japón. En su aventura contó con el apoyo entusiasta del cónsul nipón en São Paulo.
Los japoneses de la colonia Hirano, el nombre por el que sería conocida, comenzaron a plantar arroz en las proximidades de los ríos para cubrir sus necesidades alimenticias antes de centrarse en el cultivo del café. Pero aquellos animosos inmigrantes tuvieron que enfrentarse a un enemigo inesperado, el mosquito que provoca la malaria, que proliferó entre las tierras que se habían inundado para cultivar el arroz. Muchas familias fueron diezmadas por la enfermedad, por falta de medicamentos y asistencia médica. La malaria se llevó consigo la vida de sesenta colonos
Los japoneses se vieron obligados a plantar arroz en zonas más salubres, pero las dificultades no acabarían ahí; la primera cosecha de café, que se preveía abundante, se perdió a consecuencia de una plaga de langostas, y en la segunda se perdió una parte importante debido a una helada.
Además, el propio Hirano falleció en febrero de 1919, a los 34 años, víctima de la gripe española, una pandemia que se extendió por todo el planeta provocando decenas de millones de muertos. Para que no faltasen contratiempos, el cónsul japonés que había estado apoyando a Hirano y a su colonia decidió regresar a su país, privándolos así de su estimable apoyo.
Pero los persistentes nipones estaban decididos a asentar la colonia en aquellos parajes que debían convertirse en su tierra de promisión. Aprendiendo de sus sucesivos fracasos y sin escatimar esfuerzos, lograrían finalmente arrancar a esa tierra abundantes cosechas de café. Ese éxito nipón fue el que llevó a la compañía Estrada de Ferro Noroeste do Brasil a construir en 1936 la estación que daría lugar a la fundación de Cafelândia por seis promotores brasileños —entre ellos, dos coroneles— que advirtieron las enormes posibilidades económicas que presentaba la región. El lema del nuevo municipio sería la frase latina Cofea Divitia Nostra: «El café es nuestra riqueza».
Aunque las fuerzas vivas del pueblo serían brasileñas, la presencia japonesa no quedaría diluida, sino al contrario, adquiriría cada vez un protagonismo mayor. En 1932 se construyó un templo budista, administrado por la asociación japonesa local. La laboriosidad innata del pueblo nipón llevó a que los principales aspectos de la vida económica de Cafelândia dependieran de ellos, desde los almacenes de grano de café hasta las zapaterías.
Uno de estos japoneses, que no sólo había prosperado con su actividad, sino que se había convertido en una referencia para la comunidad nipona, era el dentista Kisso Ymai. A su consulta, instalada en su propia casa, acudían todos los japoneses del pueblo, por lo que éste era no sólo muy conocido sino también respetado.
ataque en la consulta
A las ocho y media de la mañana de aquel día de julio de1946, Ymai abrió su consultorio. Al poco rato, el dentista oyó cómo se abría la puerta; se asomó un momento y advirtió que entraban tres hombres, también japoneses, pero que él no había visto nunca, por lo que estaba seguro de que no eran del pueblo. Llevado por su instinto, antes de salir de la trastienda cogió un pequeño revólver de calibre .32 y lo escondió en un bolsillo de su bata blanca.
Ymai se presentó en la sala de espera y uno de ellos le dijo «Me llamo Keishi Goto. Mi amigo Sakuma y yo necesitamos que nos visite, ¿nos puede atender?»
El dentista hizo pasar a Goto a la consulta mientras Sakuma y el tercer hombre permanecían en la sala de espera. Una vez dentro, Ymai indicó a Goto que se sentase en el sillón, acercó la lámpara y le pidió que abriese la boca.
Sakuma abrió la boca y el dentista se acercó para examinarla. Pero, de repente, Ymai sintió un dolor punzante en el ombligo. El paciente acababa de hundir la hoja entera de un cuchillo en su barriga. El dentista profirió un fuerte grito y, al cabo de unos segundos, Sakuma y el otro acompañante irrumpieron en la consulta, el primero esgrimiendo una navaja abierta y el segundo, un revólver.
A pesar de que acababa de recibir una cuchillada, Ymai mantuvo la calma necesaria para sacar su pequeño revólver del bolsillo y tratar de disparar a sus agresores. Para impedirlo, Sakuma le atacó con la navaja, haciéndole un corte en la mano con la que sostenía el arma. Pero el dentista estaba dispuesto a vender cara su vida por lo que, pese a tener la mano ensangrentada, consiguió dispararles.
En ese momento, alertada por el repentino alboroto, apareció en la consulta la mujer del dentista, pertrechada con lo primero que había podido agarrar: una escoba. Demostrando que estaba hecha de la misma pasta de su marido, no dudó en golpear con ella a los agresores.
Ante la inesperada reacción del dentista y su aguerrida esposa, que habían dado al traste con sus planes, los tres asesinos frustrados se dieron precipitadamente a la fuga. Echaron a correr por la calle, pero uno de los disparos efectuados por Ymai había alcanzado a Goto en la espalda y éste comenzó a sangrar profusamente.
Los disparos habían alertado a los vecinos, que dieron rápido aviso a la policía. Los tres agresores llegaron a las afueras del pueblo y trataron de huir atravesando un cafetal, pero la herida sufrida por Goto los había retrasado y ya estaban a tiro de los agentes de la policía, que les dieron el alto. Viéndose perdidos, se entregaron.
disparo por la espalda
Pero ése no había sido el único intento de asesinato que había tenido lugar esa mañana en la, hasta entonces, tranquila Cafelândia. A la misma hora en que el dentista recibía en su consulta a aquellos que pretendían matarlo, en un almacén de cereales se presentaron dos hombres, también de origen japonés, dispuestos a comprar género. Allí estaba el dueño del negocio, Shohei Kussunoki, que no sospechó de ellos, al contrario que el precavido dentista, y los recibió amablemente en su despacho. Después, les pidió que lo acompañasen al almacén.
Entre los oscuros pasillos formados por los pesados sacos de grano, Kussunoki caminaba un paso por delante, lo que dio todas las facilidades a sus asesinos para actuar. Uno de ellos sacó su revólver y le disparó a quemarropa por la espalda, y enseguida ambos emprendieron la fuga. Kussunoki todavía consiguió dar algunos pasos para salir a la calle, desplomándose frente a la puerta de su casa, que estaba al lado del almacén.
Los asesinos trataron de huir del pueblo corriendo, pero un agente de policía fue tras ellos a caballo. Un kilómetro después de iniciada la persecución, los fugados se entregaron, siendo conducidos a la comisaría del pueblo en donde ya se encontraban los otros tres que habían intentado segar la vida del dentista, quien afortunadamente acabaría sobreviviendo a sus heridas.
Luego se supo que aquellos cinco hombres habían llegado a Cafelândia la noche del día anterior, y que se habían alojado en un hotel del centro. Después de dejar su equipaje, habían acudido a una cita en casa de un zapatero, quien les proporcionó las armas envueltas en un paño así como los nombres de las dos personas que debían matar a la mañana siguiente, regresando después al hotel.
A las seis de la mañana, los cinco hombres se levantaron y acabaron de perfilar el plan aunque, a tenor de cómo fracasarían después en sus fugas, habrá que pensar que se centraron únicamente en poder tachar esos nombres de la lista entregada por el zapatero. Después, el quinteto fue a desayunar en una cafetería de donde ya saldría dividido en dos grupos; sólo uno de ellos conseguiría su objetivo.
Aunque uno de aquellos hombres de la lista había escapado con vida, y esa misma mañana acabaron compartiendo celda en la comisaría del pueblo, los cinco asesinos se sentían satisfechos, ya que habían hecho todo lo posible por cumplir su misión.
¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Por qué querían matar a un dentista y a un tratante de granos? ¿Cuál era esa misión que tenían que cumplir, aun a riesgo de acabar en prisión?
La respuesta estaba en aquel hatillo que les entregó el zapatero la noche anterior. Envuelta en el paño, junto a los revólveres y las balas, había una bandera japonesa. Pero no era la bandera blanca con un disco rojo en el centro representando el Sol Naciente, sino la bandera de guerra del Ejército Imperial japonés.
2. Los árboles de los frutos de oro
Los inmigrantes nipones que llegaron a Brasil en los primeros años del siglo xx lo hicieron atraídos por lo que ellos llamaban «los árboles de los frutos de oro». Esos «árboles» que, vistos desde la lejanía de Japón, parecían ser auténticas cornucopias, eran las plantas de café o cafetos.
Aquellos japoneses que dejaron todo, vendieron sus posesiones y se dispusieron a atravesar el Pacífico llegarían a Brasil reclamados por la ingente necesidad de brazos que requería el cultivo del café, que era entonces la base sobre la que se sustentaba la economía del país, tal como antes había ocurrido con el azúcar o el oro.
El gigante sudamericano había dependido históricamente de la obtención de una sola materia prima, girando todo en torno a ella. Así, entre mediados del siglo xvii y principios del siglo xviii se dio el ciclo del azúcar, convirtiéndose en la principal actividad económica del país. El azúcar daría el relevo al oro, al descubrirse yacimientos en la región de Minas Gerais. La consiguiente fiebre del oro poblaría amplias áreas del centro y el norte de Brasil.
Al decaer la extracción de oro a principios del siglo xix, el café pasaría a convertirse en la principal producción nacional, a la que se sumaría el caucho a partir de 1870, aunque éste decaería a principios del siglo xx por la competencia asiática. A lo largo de todo este tiempo, las dinámicas políticas dependieron en todo momento de los intereses de los productores, cuya influencia sobre el poder sería determinante.
todo gira en torno al café
Aunque a principios del siglo xix se vivió en el estado de São Pauloun ciclo económico del azúcar, éste sería breve y se pasaría rápidamente a otro en torno al fruto del cafeto que aprovecharía las estructuras dejadas por el anterior.
La producción de café alcanzaría unas cotas tan importantes que cualquier vaivén provocaba una crisis en la economía de Brasil. De hecho, la moneda brasileña estaba tan ligada a las oscilaciones del precio del café que no era raro que, periódicamente, el gobierno decidiese quemar o lanzar al mar miles de toneladas para impedir que ésta cayese. Lo que motivaba acciones de ese tipo era que el café es un producto cuya demanda es inelástica, es decir, que no se toman más tazas de café porque el precio haya bajado, lo que lleva inevitablemente a un descenso de las ganancias si hay un aumento de la producción. Por tanto, el café constituía a la vez la fuerza y la debilidad de la economía brasileña.
Del café dependían otras industrias, como la del yute, la fibra vegetal con la que se confeccionaban los sacos de sesenta kilos en los que se almacenaba y transportaba el café. Esta medida había quedado establecida a mediados del siglo xviii y se mantenía por tradición. Durante mucho tiempo el yute se importaba de la India, pero serían precisamente los japoneses los que introducirían su cultivo en las riberas de los ríos amazónicos; su relevancia sería tal que, por ejemplo, de él dependería un tercio de la economía del extenso estado de Pará, al norte del país. Los tallos eran tratados en origen, siendo macerados durante una semana para obtener la fibra. El yute era enviado luego a las fábricas paulistas de las que salían los millones de sacos que requería la ingente producción de café. Estas fábricas daban trabajo a miles de mujeres, cuyas condiciones laborales solían ser precarias, a lo que había que sumar los perjuicios en la salud que provocaba respirar el polvo producido por la manipulación del yute.
Existía otra importante actividad ligada al ensacado del café, como era la del cosido y reparación de los propios sacos, llevada a cabo también mayoritariamente por mujeres. Era inevitable que los sacos se deteriorasen con el uso, por lo que esa labor alargaba su vida útil. Igualmente, mujeres y niños trabajaban como seleccionadores de granos de café, que pasaban ante ellos en cintas transportadoras y de los que tenían que separar los que no cumplían los requisitos de calidad. Por el contrario, una actividad que era exclusivamente masculina era la de los catadores, que debían calibrar la calidad del café y clasificarlo según sus cualidades.
Además de esos trabajadores, el negocio del café requería de contables, administradores, transportistas, estibadores y, especialmente, una miríada de mozos que tenían como tarea cargar los pesados sacos a sus espaldas para trasladarlos de un lugar a otro, una actividad que se resistiría a la mecanización hasta la década de 1950.
Esos mozos de carga eran toda una institución en el puerto de Santos, llegando a contar con un personaje que alcanzó dimensiones míticas, un tal Jacinto, que era capaz de cargar con cinco sacos, lo que daba un total de trescientos kilos sobre sus hombros. Según unos, ese forzudo que trabajó en la primera década del siglo xx era español y, según otros, portugués; es probable que fuera español, ya que por esa época llegaron a Santos muchos inmigrantes procedentes de Andalucía y Murcia, que iniciaron su aventura brasileña trabajando en el propio puerto. Jacinto murió todavía joven, a consecuencia de la tuberculosis, en el apogeo de su fama, que lo había llevado a ser conocido como el «Sansón del muelle». Su imagen se hizo tan popular que incluso apareció en postales turísticas de Santos. Cargar cinco sacos era una hazaña sólo al alcance de los más fuertes, pero era habitual que los mozos cargasen con dos sacos a la vez, ya que el pago se hacía por saco transportado.
Por tanto, del café no sólo vivían aquellos que participaban únicamente de su cultivo, sino todos aquellos que con su trabajo hacían posible que esa materia prima constituyese la base de la economía brasileña.
santos, puerta de salida
Por gran parte del estado de São Paulo se extendían las amplias, suaves y onduladas colinas de los cafetales. En ese mar verde tan inmenso como monótono crecían los cafetos, todos de la misma altura, separados unos de otros por la misma distancia. Cada cafeto, que puede alcanzar los ochenta años de vida, produce anualmente un mínimo de dos mil granos, en una única cosecha.
Pero un cafeto requiere de cuidados especiales antes de que comience a dar fruto. De hecho, no se puede plantar directamente en el campo, sino que tiene que ser plantado en grandes viveros cubiertos, en los que deberá crecer antes de ser trasladado a cielo abierto.
La recolección del café debía hacerse a mano, con cuidado de recoger sólo los granos de café maduros y evitando dañar las yemas de las ramas. Una fazenda (hacienda) mediana podía tener centenares de miles de cafetos, mientras que en una grande podía haber un millón y medio o incluso dos millones, lo que da idea de la gran cantidad de brazos que precisaba su cultivo. Después, los granos de café eran llevados en carros hasta la casa de la hacienda. Allí eran lavados y expuestos al sol para secar. Seguidamente, los granos se descascarillaban por medio de máquinas. Una vez limpios, se ensacaban.
Sorprendentemente, en una plantación de café hay una ausencia completa de aroma. Uno piensa que, recorriendo un cafetal, debería sentir el olor a café. Pero el café es absolutamente inodoro, pues oculta su aroma en el interior del grano. Incluso cuando en los almacenes se amontonan millares de sacos de café, éstos no exhalan el más mínimo aroma.
Los sacos que contenían el café recolectado en las plantaciones eran enviados por vía férrea a Santos, la ciudad que constituía, no sólo la puerta marítima de toda la región paulista, sino el mayor puerto de exportación de todo Brasil. Aunque la capital administrativa y económica era São Paulo, esta ciudad se encuentra a 80 kilómetros de la costa, en una meseta a 780 metros de altitud, a la que se llega después de subir la Serra do Mar. Por tanto, Santos era en la práctica el puerto de la capital paulista.
Como todo el café acababa llegando a Santos para ser embarcado, el centro neurálgico del negocio del café se situaba en esta ciudad, en donde se fijaba su precio. En 1922 se inauguraría el edificio de la Bolsa Oficial de Café, en la época de mayor esplendor del mercado de esta materia prima. La suntuosidad del edificio, la calidad de los materiales elegidos en su construcción y la riqueza de detalles de la decoración son un símbolo de la importancia que el café tenía entonces para Santos y, por extensión, para la región paulista y todo Brasil. A su patio de subastas, situado bajo una impresionante vidriera y rodeado de columnas, sólo podían acceder los marchantes que gozaban de ese privilegio, y eran ellos los que decidían el precio de los diversos tipos de café. Las subastas serían llevadas a cabo en la Bolsa Oficial de Café hasta la década de 1970, cuando parte de sus actividades fueron transferidas a São Paulo, quedando definitivamente extinguidas en 1986. El bello edificio, que en 2009 sería declarado patrimonio por el Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional, acoge desde 1998 el Museo del Café con el objetivo de preservar y divulgar la histórica relación entre el café y Brasil.
En las primeras décadas del siglo xx, Santos jugaría un papel fundamental en la economía brasileña. La mayor parte del café que se consumía en el mundo había pasado por los muelles de su puerto, aunque la ciudad sólo adquiriría renombre internacional un tiempo después, cuando el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, Edson Arantes do Nascimento, más conocido como Pelé, elevaría al equipo de la ciudad a la categoría de leyenda, consiguiendo los máximos títulos continentales e intercontinentales. Desde entonces, el nombre de Santos ha quedado unido a la historia del fútbol pero, en aquella época de esplendor del mercado del café, Santos era el puerto por el que Brasil enviaba al resto del planeta su enorme producción.
Aunque Santos era sólo la puerta de salida del café brasileño, los sacos que llegaban a los muelles no eran cargados directamente en los barcos, sino que el trabajo volvía allí a comenzar. Como no todos los mercados de destino querían el mismo tipo de café, éste tenía que ser clasificado. Por tanto, a su llegada al puerto, todos los granos debían salir de los sacos. Nuevamente eran amontonados en enormes cantidades, que eran aspiradas por un tubo con una serie de filtros que conseguían que los granos grandes se separasen de los pequeños. Después, iban pasando por una cinta transportadora en donde, tal como se ha apuntado, manos femeninas expertas realizaban una nueva selección. Así, el café era separado en diversas cantidades que recibían nombres diferentes para ser ensacado de nuevo. Finalmente, otra cinta transportadora conducía los sacos directamente hasta las bodegas del barco que esperaba la carga. Mientras tanto, otros barcos esperaban su turno, impacientes por llevar el café a los millones de consumidores en todo el mundo.
la sombra de la ruina
El origen de la demanda de inmigrantes se remontaba a 1888, cuando la esclavitud fue abolida en Brasil. Una vez libres, muchos esclavos abandonaron las plantaciones en las que habían trabajado durante generaciones y se dirigieron a las ciudades, lejos de las plantaciones en las que tanto ellos como sus antepasados habían trabajado toda la vida en largas y agotadoras jornadas. Pero ese éxodo supuso un duro golpe para la economía nacional basada en el café. Hasta entonces, eran los esclavos los que se encargaban de las laboriosas tareas que implicaba la producción de esa materia prima, pero ahora no iba a quedar nadie para realizar ese trabajo.
Hay que imaginar la cara de los propietarios de las haciendas, los fazendeiros, al contemplar cómo sus esclavos recogían sus escasas pertenencias y se marchaban de allí para siempre, dejándolos solos con un mar de cafetos, sin que quedase nadie dispuesto a recoger sus frutos. Sobre lo que había sido un negocio boyante planeaba ahora la ominosa sombra de la ruina.
Era necesario encontrar a toda prisa una nueva fuerza de trabajo para el campo o la economía brasileña se desplomaría. Así, desde las instancias gubernamentales, y bajo la insistente presión de los productores de café, se lanzó una campaña de captación de trabajadores europeos y asiáticos con los que sustituir a la mano de obra esclava.
Esa inmigración organizada contaba con algunos precedentes. Así, en 1817, por medio de agentes europeos, se consiguió que llegasen a Brasil dos mil colonos suizos, que fundarían una colonia, Nueva Friburgo. En 1825 llegarían algunos alemanes a Río Grande del Sur —fronterizo con Uruguay— y, a partir de allí, irían llegando colonos germanos a ese estado y a los de Santa Catarina y Paraná. En total, unos ciento veinte mil teutones echarían raíces en esas tierras del sur de Brasil, en donde trasplantarían costumbres tan genuinamente germanas como la Oktoberfest, la famosa fiesta de la cerveza, que se sigue celebrando cada año.
Igualmente, a partir de 1865, concluida la Guerra de Secesión norteamericana, llegaron al estado de São Paulo unos diez mil confederados que se establecieron en localidades como Santa Bárbara d’Oeste, en donde hoy día sus descendientes ondean con orgullo la bandera sudista.
Esa inmigración fue llegando por iniciativa de los propios colonos o el interés de los agentes, mientras los gobernantes adoptaban una actitud pasiva. Pero con la irrupción de la crisis del café por falta de mano de obra, se imponía tomar la iniciativa.
se necesitan colonos
El más interesado en la llegada de inmigrantes era el estado de São Paulo, ya que era allí en donde se concentraba la mayor producción de café. Así, las autoridades de este estado decidieron dar todas las facilidades a la llegada de colonos, costeándoles el viaje desde sus países de origen e incluso poniendo a su disposición lotes de tierra.
La llamada tuvo efectos inmediatos. En 1890, la inmigración subió de 66.000 a 107.000 personas; en 1891, llegó a 216.000 y, a partir de entonces, se mantuvo en un nivel similar. La mayoría de inmigrantes llegaría de Europa, especialmente de tierras germanas e italianas.
Si la liberación de los esclavos parecía que podía llevar a la economía brasileña a sumirse en el marasmo, el impulso a la inmigración se reveló, no sólo como una solución, sino como un espectacular estímulo. Los colonos que iban llegando desde Europa sabían leer y escribir, tenían conocimientos técnicos y trabajaban a un ritmo más rápido que los autóctonos, más proclives a la molicie por haber contado siempre con el servicio de los esclavos. Además, los inmigrantes eligieron para asentarse las regiones donde el clima era semejante a su patria de origen. Por tanto, la aclimatación era instantánea y su incorporación a la vida económica del país también.
Sin embargo, no fueron pocos los inmigrantes europeos que se convirtieron en víctimas de engaños en su aventura americana. Hubo grandes fazendeiros que lanzaron sus redes en Europa para captar trabajadores, pagándoles el viaje a cambio del compromiso de trabajar en sus tierras hasta que devolviesen ese dinero. A su llegada, los que aceptaron el trato se dieron cuenta de que nunca lograrían cumplir su parte del acuerdo, ya que debían adquirir los bienes y alimentos al propietario, que se los vendía a precios inflados. Además, una parte del salario era pagada en café, que a su vez debían vender al fazendeiro a un precio inferior al de mercado. La consecuencia fue que esos inmigrantes se vieron convertidos en «esclavos blancos». Las noticias que llegaban a Europa relatando esas prácticas abusivas hicieron que la emigración a Brasil pasase a ser vista con cierta prevención, por lo que las autoridades brasileñas tuvieron que intervenir para que no se produjesen.
Los agentes encargados de encontrar colonos pondrían también sus ojos en el lejano Japón, al advertir que las necesidades de Brasil con las del país asiático podían casar. Los sudamericanos precisaban aporte humano, mientras que los nipones necesitaban desprenderse de él; en Japón, una reforma agraria llevada a cabo en 1886 y otras medidas administrativas habían causado una situación crítica para la economía, provocando graves tensiones sociales que sólo parecían poder solucionarse facilitando la salida de población.
Así pues, en 1895 se firmaría un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre las dos naciones. Del País del Sol Naciente llegarían miles de familias atraídas por los «frutos de oro» que crecían en Brasil. Aunque pocos de ellos podían situarlo en un mapa, el país sudamericano aparecía ante ellos como una tierra de promisión en la que obtendrían fácilmente las ganancias necesarias para regresar un día a Japón cubiertos de riquezas. Por desgracia para ellos, la realidad no sería como ellos la habían imaginado.
3. Japoneses en Brasil
Aunque el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Brasil y Japón se firmó en 1895, sucesivos obstáculos políticos harían que la llegada de los primeros japoneses se retrasase varios años. Esos impedimentos estarían provocados por las reticencias que despertaba la llegada de inmigrantes asiáticos en contraste con la protagonizada por europeos.
El viaje del primer barco cargado de inmigrantes nipones se gestó en noviembre de 1907, mediante un acuerdo firmado entre el secretario de Agricultura del estado de São Paulo y el director de la Compañía Japonesa de Emigración. Ese primer navío sería el Kasato Maru, un nombre que se convertiría en un símbolo para la colonia nipona en Brasil.
El Kasato Maru, que sería conocido como el «barco de la esperanza», tenía una curiosa historia detrás. Fue botado en el puerto británico de Newcastle en 1900 con el nombre de Potosi, estando destinado a una compañía de transporte de pasajeros en el Pacífico, pero antes de entrar en servicio fue comprado por el gobierno ruso para destinarlo al transporte de tropas. Su capacidad original era de 800 pasajeros, pero los rusos la ampliaron hasta 2.000. Rebautizado como Kazan y destinado a la Flota de Extremo Oriente, fue utilizado como barco hospital durante la guerra ruso-japonesa de 1905. Al final de la contienda, el Kazan, que había resultado hundido en un ataque nipón en las aguas poco profundas de Port Arthur, fue reflotado por los japoneses, apropiándoselo como indemnización de guerra. Fue adaptado para ser barco de pasajeros, siendo empleado para transportar de vuelta a Japón a los soldados que habían combatido en Manchuria. Después, el barco pasó a ser utilizado para transportar inmigrantes japoneses a Hawai en 1906, y a Perú y México en 1907. Al año siguiente, el Kasato Maru se encargaría de transportar a aquellos primeros japoneses a Brasil.
el kasato maru llega a santos
El buque, que alcanzaría la categoría de mito, partió del puerto de Kobe el 27 de abril de 1908. A bordo viajaban unas 800 personas, de las que 781 lo hacían con un contrato de trabajo. Todas ellas, esperanzadas con un futuro mejor en tierras sudamericanas, habían respondido a la llamada de las agencias niponas encargadas de coordinar el flujo migratorio.
La mayoría de aquellas personas viajaba con su familia, ya que ése era el tipo de inmigración promovido por los brasileños, al considerarlo el ideal para colonizar el interior del estado paulista. En total, 165 familias habían dejado todo atrás y se habían aventurado a atravesar el Pacífico dispuestas a emprender una nueva vida. Aunque, antes que ellos, algunos nipones se habían establecido en una colonia agrícola del estado de Rio de Janeiro, los que viajaron en aquel navío están considerados como el primer grupo oficial de inmigrantes japoneses en Brasil.
Después de una apacible travesía que duró 52 días, el Kasato Maru echó el ancla frente al puerto de Santos la noche del 17 de junio de 1908 y aguardó allí su turno para poder atracar al día siguiente.
Según el relato de un inmigrante que viajaba a bordo1, la noche era estrellada y en ese cielo de junio, a punto de entrar en el invierno austral, brillaba la Cruz del Sur en todo su esplendor. Los tripulantes dijeron a los japoneses que al amanecer podrían contemplar «las montañas del continente sudamericano», refiriéndose a la Serra do Mar, lo que fue acogido por éstos con alborozo, «tocados de un ánimo repentino».
Aunque la expectativa de llegar a su destino, tras estar casi dos meses en el mar, llenaba a los japoneses de alegría, también afloraban en ellos sentimientos de tristeza ante la separación inminente del navío que, en cierto modo, era aún suelo japonés. Desde el mismo momento en que descendieran por la escalerilla y pisasen el muelle, se encontrarían ya en tierra extraña, muy lejos de su patria.
Estaba previsto que el barco atracase en el muelle a las nueve de la mañana, pero ese momento tan deseado para los pasajeros aún demoraría un poco más debido a las formalidades burocráticas. Así, antes de permitir el atraque, subieron a bordo las autoridades sanitarias para comprobar que no hubiera ninguna epidemia. También llegó una comitiva de recepción llegada desde São Paulo, formada por representantes de la compañía de emigración, funcionarios e intérpretes. Finalmente, el barco atracó a las cinco, pero ya era tarde para iniciar el desembarco, por lo que éste se aplazó hasta las siete de la mañana del día siguiente.
Al acercarse el día de San Juan, que se celebra en Brasil con las llamadas fiestas juninas, los cohetes ya surcaban el cielo; los japoneses, que desconocían esa tradición, creyeron que esa muestra de alegría era la del pueblo brasileño dándoles la bienvenida.
El mejor documento existente sobre la llegada de los primeros inmigrantes nipones es el reportaje que publicó una semana después el periódico Correio Paulistano.2 Según el periodista, la llegada del buque nipón había creado expectación en Santos, y fueron muchos los que acudieron al muelle para verlos llegar, intrigados sobre todo con la vestimenta que traerían.
La primera impresión que causaron los japoneses fue inmejorable. Según aquel testigo, «todos, hombres y mujeres, estaban vestidos a la europea». La crónica detallaba la ropa que lucían, deteniéndose en los tocados de las señoras, cuyos peinados le recordaban a «los que hemos visto en pinturas japonesas». También señalaba que algunos hombres llevaban prendidas en el pecho las condecoraciones ganadas en la guerra ruso-japonesa de 1905: «Uno de ellos llevaba tres medallas, de las cuales una de oro, por actos de heroísmo».
Pero lo que causó más sorpresa al periodista fue que los recién llegados desembarcaron agitando banderitas de Japón y de Brasil, en unas pequeñas astas de bambú pintado, rematadas por una punta de lanza de metal amarillo: «Esas banderas eran llevadas por pares: una blanca con un círculo rojo en el medio, y otra auriverde. Esta primera leva de inmigrantes japoneses entró en nuestra tierra con banderas brasileñas de seda, hechas en Japón, y traídas a propósito para que seamos amables con ellos».
Para concluir, el reportero volvía a referirse a la vestimenta de los japoneses, que era lo que más podía interesar al lector: «Sus ropas europeas fueron adquiridas en Japón y confeccionadas en las grandes fábricas japonesas. La vestimenta europea conquista terreno en el Imperio del Sol Naciente». Lo que el periodista no sabía era que, por entonces, nadie en el medio rural vestía a la usanza europea. Según pudo averiguar, «fueron los propios inmigrantes los que compraron sus ropas, adquiridas con su dinero, y sólo han traído ropa limpia, nueva, causando una impresión agradable. Las mujeres usaban guantes blancos de algodón».
Es posible que esa insistencia en lo bien vestidos que habían llegado los japoneses fuera debida al contraste con la mayoría de inmigrantes europeos, que arribaban desharrapados, sucios y cansados.
Una vez en tierra, los inmigrantes japoneses dedicaron una última mirada de despedida al barco que los había llevado hasta allí. A lo largo de los años siguientes, numerosos barcos procedentes de Japón llevarían hasta Brasil cerca de 260.000 inmigrantes, pero el Kasato Maru sería siempre recordado por ser el pionero. Para la comunidad nipona en Brasil, que llega ya a la quinta generación y que cuenta con un millón doscientos mil miembros, el nombre de ese barco representa algo parecido a lo que el célebre Mayflower para los norteamericanos. El histórico navío no regresaría a Brasil hasta 1917, pero ya reconvertido en un buque mercante.3
en la hospedaria dos imigrantes
Una vez que los japoneses descendieron al muelle, fueron conducidos de inmediato al tren que los esperaba para llevarles a São Paulo. El tren partió a las diez de la mañana y comenzó a recorrer la campiña hasta las estribaciones de la Serra do Mar. Lentamente, arrojando densas nubes de humo, la locomotora comenzó a ascender por la montaña.
Los pasajeros se arremolinaban en las ventanillas, desde las que se podía contemplar el maravilloso paisaje: la densa vegetación, los valles cortados a pico por los que corría el agua y, sobre todo, la visión de la costa desde las alturas. Durante ese emocionante trayecto, seguramente todos abandonaron la nostalgia por lo que quedaba atrás y dejaron volar su ilusión por la nueva y prometedora vida que se abría ante ellos.
Después de tres horas de viaje, el tren entró en São Paulo. En lugar de llegar a la famosa Estação da Luz, tomó un ramal que conducía directamente a la Hospedaria dos Imigrantes. Construida en 1886 con la apariencia de un cuartel, servía de centro de acogida y distribución para los inmigrantes que llegaban a la capital paulista, con una capacidad para dos mil personas.
Al llegar a la Hospedaria, los japoneses fueron recibidos con todos los honores por el director del centro y los funcionarios, así como por los cinco intérpretes nipones con los que contarían durante su estancia. En esa primera fase de la inmigración nipona, los intérpretes a duras penas lograrían cumplir con su labor, ya que solían llevar poco tiempo en Brasil y no dominaban todavía el portugués hablado puesto que sólo lo habían estudiado en libros. Su ignorancia de las expresiones populares acababa provocando situaciones confusas. Para ocultar su inseguridad, solían simular una autoridad intocable lo que merecería críticas de sus compatriotas, que los calificaban de arrogantes.
La comida no se pudo servir hasta las cinco de la tarde, en un gran refectorio de techos altos, y tuvo que dividirse en dos turnos. Aunque normalmente se servía únicamente pan y caldo de carne, ese primer día se tuvo una deferencia especial con los recién llegados y el menú consistió en pan, sopa de bacalao y patatas.
El reportero del Correio Paulistano había acompañado a los japoneses en su viaje y fue testigo también de ese primer día en la Hospedaria. En este caso, lo que más le impresionó fue que, después de estar una hora en el comedor, los nipones lo dejaron tan limpio como lo habían encontrado: «Sorprendió a todos el estado de limpieza absoluto en el que quedó la sala, ni una colilla, ni un escupitajo, en perfecto contraste con los salivazos repugnantes y colillas aplastadas que dejaban los otros inmigrantes». También le sorprendió que los que tuvieron que comer en el segundo turno «no protestasen ni mostrasen señal alguna de impaciencia».
Después de comer, los japoneses se dirigieron a los dormitorios para saber qué camas les correspondían y comenzar a acomodarse. Los matrimonios tenían derecho a dormir en camas metálicas mientras los solteros debían dormir en tarimas de madera.
El periodista del Correio Paulistanodedicó unas líneas a reflejar la buena impresión que habían causado los japoneses, insistiendo en lo limpios y ordenados que eran: «Son muy dóciles y sociales, habiendo demostrado una gran voluntad de aprender nuestra lengua, y en el comedor no dejan caer un grano de arroz o una cucharada de caldo. Después de cada comida, que dura de una hora y media a dos horas, el suelo de la sala está tan limpio como antes de comenzar. Los dormitorios casi no precisan ser barridos, encontrándose muy de vez en cuando un trocito de papel o un fósforo quemado, que algunas veces son de los sirvientes de la Hospedaria».
Otro aspecto curioso de la crónica del periodista, que sin quererlo habla más de las ideas imperantes entonces en la sociedad brasileña que de los recién llegados, es la atención que presta al hecho, para él inaudito, de que los hombres japoneses «tienen en sus mujeres la mayor confianza, hasta el punto de que les confían su dinero». De las palabras del reportero se deduce que entonces no era habitual que los maridos brasileños confiasen la custodia del dinero a la esposa.
La crónica incide en la limpieza mostrada por los nipones seguramente por el referido contraste con los demás inmigrantes: «Mantienen el mayor aseo de su cuerpo, tomando repetidos baños y vistiendo siempre ropas limpias. Todos tienen una caja de polvos dentífricos, cepillo para los dientes, otro para la lengua, peine para el cabello y navaja de afeitar». «Se afeitan sin jabón, sólo con agua», observó sorprendido el reportero.
El equipaje y las pertenencias que traían consigo también atrajeron la atención del periodista: «No llevan mucho equipaje; para menos de ochocientas personas, unas mil cien maletas, en su mayor parte de mimbre blanco y algunas de lona pintada. No parece equipaje de gente pobre, contrastando claramente con los baúles y fardos de nuestros obreros».
A continuación enumeraba lo que los japoneses llevaban consigo: «En sus maletas traen las ropas indispensables y objetos de uso diario, como pasta de dientes, un frasco de conservas, uno de salsa para sazonar comida, una u otra raíz medicinal, las indispensables y extrañas almohadas, pequeñitas y altas, de madera forrada de terciopelo o de bambú fino, flexible; mantas acolchadas, abrigos, herramientas pequeñas, uno o dos libros, una caja de papel para cartas, tinta china para escribir, palillos (que pueden ser de aluminio) para comer arroz, cucharas pequeñas para las comidas y muchas otras menudencias que les son necesarias». Al periodista, que esperaba ver más ropajes de tipo oriental, le sorprendió que «de ropas japonesas, sólo vi un kimono que llevaba un niño pequeño».
También atrajo su atención la paciencia con la que los japoneses asistieron a la inspección de sus equipajes por parte de los funcionarios de aduanas, que no encontraron ni un único objeto que tuviera que ser declarado. Con los inmigrantes del sur de Europa, que llegaban apenas con hatillos de ropa sucia y cacharros de cocina, no se solía realizar esa inspección, pero con los japoneses la cuestión era otra. Los funcionarios afirmarían que nunca habían visto a gente que hubiera asistido a la revisión de sus maletas con tanto orden. En cambio, los japoneses, que no distinguían entre los funcionarios y los que eran simples empleados de la oficina de aduanas, no quedaron tan satisfechos de la actitud mostrada por éstos últimos, que se quedaban con algunos objetos que llamaban su atención, como los pañuelos de seda, ante la consternación de sus propietarios, que aceptaban resignados el expolio sin atreverse a levantar la voz.
A modo de conclusión, el reportero se mostraba optimista sobre lo que los inmigrantes nipones podían aportar a la economía brasileña: «Si fueran aplicadas en el trabajo las costumbres y el temperamento del inmigrante japonés, tan aseado, ordenado y dócil, la riqueza paulista tendrá en el japonés un valioso elemento de producción». Todavía era pronto para saber cómo iba a ser esa aclimatación, tal como señalaba en su crónica, en la que también advertía de los prejuicios de que podían ser víctimas: «La raza es muy diferente, pero no inferior. No hagamos, antes de tiempo, juicios temerarios al respecto de la acción del japonés en el trabajo nacional».
visitando la ciudad
Hasta que llegase el momento de ser enviados a las respectivas fazendas, los japoneses mataban el tiempo tratando de aprender algo de portugués hablando con los empleados encargados de la limpieza. Ese aprendizaje dio lugar a alguna anécdota, como cuando las chicas jóvenes les preguntaban cómo se decía en portugués, por ejemplo, nariz, señalándola con el dedo. Para tomarles el pelo, los empleados más pícaros les decían entonces alguna palabra en portugués que tenía un significado muy diferente.
En una ocasión, unas cuantas de aquellas jóvenes hicieron ante el director de la Hospedaria una demostración del portugués que habían aprendido; a cada nueva palabra que pronunciaban, el enfado del director contra los que les habían enseñado aquellas procacidades fue aumentando hasta que estalló de ira. Inmediatamente llamó al encargado de la limpieza y le ordenó que reuniese a todo el personal en el comedor. Allí, advirtió en tono vehemente que «iba a despedir al que a partir de ese momento se atreviese a enseñar palabrotas a las chicas japonesas».
Los japoneses también mostraron interés en conocer São Paulo. Así, al sexto día de su estancia en la Hospedaria, el director permitió que un grupo saliese a dar el primer paseo, acompañado en todo momento por un intérprete que haría las veces de guía. Aunque no ocurrió ningún incidente, hubo quien se burló de ellos y les provocó, pero los nipones se limitaron a sonreír. La curiosidad de los brasileños, que nunca antes habían visto a un japonés, hizo que este primer paseo y los posteriores acabaran siendo impracticables, ya que la gente se iba arremolinando alrededor de ellos hasta que resultaba imposible caminar. En el Largo da Sé
