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Jovellanos E-Book

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Beschreibung

Dos siglos después del fallecimiento de Gaspar Melchor de Jovellanos, la figura del más importante de los ilustrados españoles sigue suscitando debates e interrogantes. Los autores de este volumen colectivo, todos ellos especialistas en la vida y la obra del gran gijonés, nos ofrecen un ambicioso intento de presentar desde sus múltiples facetas -la economía, el derecho, el pensamiento, la política, el arte, la agricultura, la religión, las obras públicas, la educación, la literatura y la minería- una figura fundamental en el decurso de la España moderna. "Jovellanos soñó España, desde la razón, como antídoto de las fantasmagorías monstruosas del irracionalismo y de sus errores trágicos. Una España moderna, libre, rica y feliz asentada sobre el esfuerzo y el saber. Un país exigente y posible" (del prólogo de Emilio de Diego).

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Seitenzahl: 486

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Ensayos

463

AA. VV.

Jovellanos: el hombre

que soñó España

© 2012

Ateneo Jovellanos / Fundación Ateneísta de Asturias

y

Ediciones Encuentro, S. A., Madrid

ISBN libro electrónico: 978-84-9920-776-6

ISBN libro en papel: 978-84-9920-138-2

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.a- 28043 Madrid

Tel. 902 999 689

www.ediciones-encuentro.es

Presentación

José Luis Martínez

Se cumplen doscientos años del fallecimiento del gijonés más ilustre, don Gaspar Melchor de Jovellanos. Con motivo de esta efemérides el Ateneo que lleva su nombre vuelve a ocuparse de su figura y de su obra. A tal fin ha organizado diversos actos, entre ellos un ciclo de conferencias impartido por destacadas personalidades del mundo de la cultura española que constituye un homenaje, justo y merecido, al hombre que soñó España.

En las sesiones celebradas a lo largo del pasado curso se analizaron las facetas más señaladas de la enorme actividad desplegada por Jovellanos. Una reflexión desde la perspectiva actual, pero también en el horizonte de su tiempo.

Como presidente del Ateneo y de la Fundación ateneísta de Asturias me honro en presentar el libro que recoge las intervenciones de los ponentes que llevaron adelante el aludido seminario. Espero, querido lector, que encuentres en él suficientes motivos para saciar tu interés por conocer mejor a una figura señera de Asturias y de España. Hoy como ayer, el legado de Jovino continúa ofreciendo lecciones aprovechables.

Quiero hacer patente mi agradecimiento a cuantos han colaborado en la edición de estos trabajos, en primer lugar, a los autores de los textos y de modo especial al profesor Emilio de Diego, siempre dispuesto a prestarnos su ayuda. Para el Ateneo Jovellanos y los ateneístas que a él pertenecemos es un motivo de orgullo haber llevado adelante una obra como ésta que, sin duda, prestigia a nuestra institución.

Gijón, noviembre 2011

Prólogo

Emilio de Diego

Real Academia de Doctores de España

En las páginas que siguen tendrá el lector la oportunidad de repasar los perfiles que señalan la figura intelectual y humana de don Gaspar Melchor de Jove y Llanos. Al tratarse de un conjunto de trabajos, de varios autores, inevitablemente algunas referencias a tal o cual faceta de su quehacer se solapan en el texto, o más bien se entrecruzan, pero siempre como puntos de partida, desde los que seguir avanzando a través de nuevas pinceladas que enriquecen el retrato del personaje y el panorama de la España de entonces.

No estamos ante una narración biográfica al uso, ni tal cosa se ha pretendido, sino ante una aproximación al ingente legado de Jovellanos, a sus propuestas y realizaciones, a su pensamiento y a sus inquietudes, y, como no, a su compromiso y testimonio personal. Un conjunto de elementos que siguen constituyendo un buen motivo de reflexión, en el bicentenario de la muerte de quien es reconocido, sin discusión, como el más importante de los «ilustrados» españoles.

La andadura vital del ilustre gijonés discurrió en tiempos de frontera, no sólo entre dos modelos o sistemas políticos, sino en la bisagra de dos cosmovisiones, lo que implica un desafío especial, particularmente para quienes desde su atalaya intelectual y con la agudeza y capacidad suficiente, advierten, en mayor medida que el resto de sus contemporáneos, la dimensión trascendental del proceso en curso.Un tránsito que en aquella ocasión suponía el cambio de paradigma en todos los órdenes, junto con la más profunda convulsión en el ámbito de las creencias y, por consiguiente, una percepción distinta, en suma, de uno mismo, de los demás, de la naturaleza y de Dios. Así sería el paso a la «contemporaneidad», a una época marcada por el antropocentrismo y el desplazamiento del Dios de la fe por el dios de la razón. Aunque ese hombre «contemporáneo», autopercibido como un Dios en construcción racional, acabara actuando, mayoritariamente, a impulsos de la pasión romántica.

El plano más dramático de tales mutaciones, el de la transformación político-institucional, marcada por la tragedia de la violencia, revolucionaria y reaccionaria, escenificada en torno a la Revolución Francesa y a sus secuelas, en toda Europa, atraería, en primer término, la atención tanto de los ilustrados, como de los partidarios de la tradición; de la misma manera que les ocurriría después a los historiadores de aquel periodo. Un segundo aspecto, sin que esta secuenciación suponga otras prioridades, que las puramente ordinales, resulta en alto grado significativo, el de los nuevos planteamientos económicos, también con tintes revolucionarios, que abrieron la puerta al desarrollo material de la población occidental, en una medida sin precedentes equiparables. Pero ambos, a la vez, vendrían a ser la manifestación aplicada, de los nuevos postulados en el mundo del pensamiento filosófico, jurídico, político, científico, en todas sus formas,… que operaban ya, fundamentalmente, en la segunda mitad del Setecientos.

En ese panorama político y socioeconómico «aceleradamente» cambiante, en el que se refleja de manera más directa lo cotidiano, se aprecian además otras novedades de ritmo distinto, y menos perceptible para el común delas gentes. Se trata de las innovaciones que conforman una estética, igualmente distinta de la anterior que alimenta la representación artística, plástica y literaria, conforme alphatosromántico, en confrontación con el universo del neoclasicismoracionalista que, (a pesar de todo), se mantendría en medios oficiales, durante buena parte del Ochocientos.

Esa coyuntura por la que atraviesan la España y la Europa del tiempo de Jovellanos, compleja y marcada por contradicciones de todo tipo, en la cual conviven doctrinas antitéticas, o cuando menos muy distintas, condiciona necesariamente el pensamiento y la actuación de nuestro personaje; lo que dará lugar, con frecuencia, a que se manifiesten, al correr de los años, lecturas dispares de la obra de aquel gran ilustrado español. Algo, por otra parte nada sorprendente puesto que, pocas o ninguna de las parcelas de la vorágine de cambios que se conjugan en su tiempo, así como el análisis de sus factores y de las posibles secuelas de los mismos, escapan a la preocupación y a la actividad polifacética de don Gaspar.

Tal ocurre en el campo de la economía, en el de la política, o en el de la religión,… o por abreviar, en casi todos los frentes de su ingente obra. ¿Fue partidario del liberalismo económico, en la senda de Smith? ¿O caso un decidido proteccionista, defensor de un fuerte intervencionismo estatal? ¿Fue un contrarrevolucionario tradicionalista o el adalid de la Ilustración y del liberalismo? ¿Jansenista o católico timorato?… y así podríamos seguir formulándonos interrogantes similares a propósito de otras muchas manifestaciones, más o menos controvertidas, del legado jovellanista. Seguramente podríamos encontrar algo de todo ello, de modo simultáneo, en un eclecticismo superador de los rasgos interexcluyentes de la tradición y la modernidad; lo cual permite también una mirada capaz de asumir las asimetrías puntuales de su discurso, o la coexistencia en él de presupuestos diversos, para resaltar lo esencial; donde la coherencia resulta evidente.

Jovellanos piensa y trabaja por un mundo en el que, a la luz de la razón, el hombre desarrolle sus capacidades mediante la educación, para alcanzar la mayor felicidad posible. Es decir, preconiza un espacio en el que riqueza material y virtud espiritual se conjuguen dentro de un término irrenunciable para la naturaleza humana: el progreso, (meta y motor en la historia de todas las épocas, a pesar de las deformaciones y deficiencias sufridas por la distorsión, la banalización y la mistificación de ese concepto; en especial, a lo largo de las últimas décadas, hasta pasar de la categoría de mito, sacralizado por la ilusión colectiva, a las críticas vertidas en la actualidad). La conveniencia de corregir sus carencias y sus efectos negativos no implica la renuncia, imposible además, al progreso, a la búsqueda de la perfección posible. Ciertamente en su sentido más noble del término le correspondía a Jovino, de manera plena, la calificación de progresista que se le otorga allende nuestras fronteras; pues su idea del progreso vendría a coincidir con el ejercicio supremo de la libertad.

Ese mundo es, en cuanto territorio concreto, la España que sueña Jovellanos y que intenta realizar. Desde su pragmatismo, ese proyecto no era una entelequia, ni una simple figuración, sino una realidad alcanzable por el esfuerzo del autoperfeccionamiento, individual y colectivo, y, a tal fin, dedicaría sus trabajos didácticos, teóricos y prácticos; su labor como jurista, como economista, incluso como literato en algunas de sus creaciones; y, desde luego como hombre de gobierno y, siempre, como educador. Todo su quehacer público, es un compromiso al servicio de su país, de la sociedad en la que vive y hasta, en cierto sentido, de la que vendría más tarde a poder disfrutar un futuro mejor.

En esa sociedad encajarían todas las aportaciones jovellanistas. Se trata de la meta, volante no final definitiva, a la que conduce, como decíamos, el progreso. Camino iniciado en la realidad presente, como herencia histórica, y donde las leyes adquieren su verdadero significado sólo en cuanto constituyan la garantía de la libertad que debería permitir el logro de la riqueza material y espiritual; es decir, de la felicidad. Para avanzar hay que contar con la guía adecuada (las humanidades y las ciencias naturales, la moral y la ética). Hay que saber. Por tanto este es el gran desafíosapere aude.

Hay en Jovellanos pues un canto permanente a la sabiduría, concebida como el ideal operativo, tanto en sus escritos pedagógicos,(Memorias sobre educación pública,apuntamiento para el plan de estudios,Bases para la formación de un Plan General de Instrucción Pública…), como en los literatos y, especialmente, en su poesía. Acaso en ésta del modo más sublime cuando dice:…¿Saber pretendes? Franca está la senda: perfecciona tu ser y serás sabio...Considera necesaria, pero insuficiente, la información«… más lectura reflexiva que decoración o estudio de la memoria...» (Reglamento del Calatrava).A partir de ahí aboga por la reflexión que permita obtener el conocimiento. Finalmente pretende dar sentido al conocimiento en cuanto guía hacia la felicidad, es decir de la realización del hombre en el espacio reservado a la sabiduría, a la libertad. Si la expresión no tuviera alguna connotación pervertida en ciertos personajes de nuestra historia reciente, diríamos que Jovellanos busca un hombre nuevo par un mundo diferente. Un ser humano más libre, pero a la par, más responsable.

Igualmente, en el dominio de lo privado, en las manifestaciones más personales de la sensibilidad, aunque acaben aflorando al ámbito público en forma de tratados, a caballo de la historia y la teoría del arte, nos aparece un Jovellanos digno de atención. El académico de San Fernando, el amigo de Ceán Bermúdez, el hombre pintado por Goya nos muestra, con éxito, la tendencia propia de la Ilustración hacia un saber universal.

Con todo, lo más admirable, y por consiguiente útil en su caso, no vendría sólo de su pensamiento sino de su compromiso. Puesto a prueba en diversas encrucijadas políticas, a lo largo de su vida, pero especialmente en las circunstancias excepcionales de la guerra iniciada en 1808, Jovellanos nos ofrece la más destacada contribución a su tarea vital de educador, la del ejemplo. Su testimonio en esteaspecto resulta, a mi entender, la forma más sublime de culminar obra y vida. Aparece entonces Jovellanos, el intelectual y el hombre inseparables, en una sola pieza. El racionalista capaz de ceder al sentimiento patriótico, anteponiendo su condición de español a su convicción ideológica. Pero sin renunciar a sus ideas, buscandoel mejor modo de ponerlas al servicio de España.

En aquella plazuela de pasiones, donde además de batirse contra el enemigo exterior, comienza a dibujarse la frontera entre las dos Españas, la que aparece prisionera del pasado y la que se debate en el presente de la revolución, como recurso supremo, don Gaspar apuesta por el mañana. Curiosamente no parece la suya la opción más avanzada, porque no renuncia al legado del ayer, pero resulta la única capaz de superar la «actualidad» revolucionaria que se agota en su propio «revolucionarismo» convertido en medio y en fin, al mismo tiempo.

La mirada de Jovellanos hacia el pasado no obedece a la nostalgia, o a la melancolía, más o menos patológica, del intelectual catastrofista que busca en el ayer el rechazo del hoy que no alcanza a comprender. Al contrario, desde la lógica de la Ilustración, don Gaspar se asoma a la historia, no como antídoto del presente, sino como inexcusable referencia en el devenir hacia el futuro. Ciertamente su prevención frente a la revolución no se asienta en el inmovilismo, sino en el peligro de la improvisación, de la ocurrencia vacua que la experiencia ya demostró nefasta. Por eso afirmaría, rotundamente, que para gobernar un país hace falta conocer su historia.

Hay en el Jovellanos reformista y patriota una cualidad indispensable en POLÍTICA (con mayúsculas), la pedagogía; esfuerzo arduo frente al recurso fácil de la política (con minúsculas), la demagogia. Llama además a la consideración de otro requisito que todo proyecto político debe tener en cuenta, el ritmo en la aplicación de los programas a desarrollar, en función siempre de la medida correcta de las coordenadas espacio-tiempo, evaluada en términos materiales y espirituales, de la sociedad a la que se dirige.

De poco sirve el voluntarismo, incluso el bienintencionado en el mejor de los supuestos, cuando lo que se predica, de modo más o menos eufónico, escapa a lo posible o resulta probablemente nefasto. Los saltos en el vacío podrán llevarse a cabo con el propósito de alcanzar una meta nimbada de atractivos, pero si no existen los apoyos necesarios, y la fuerza del impulso posible no es suficiente para llegar al punto deseado, el colofón será el desastre. La orilla buscada sólo podrá alcanzarse tendiendo los puentes que aseguren el camino, aunque sea más lentamente. El corazón y la pasión forman parte de los seres humanos pero también, y no menos necesarias, la cabeza y la razón que, además, no se oponen a las innovaciones.

Jovellanos soñó España, desde la razón, como antídoto de las fantasmagorías monstruosas del irracionalismo y de sus errores trágicos. Una España moderna, libre, rica y feliz asentada sobre el esfuerzo y el saber. Un país exigente y posible. Los meses finales de su vida discurren pues en la angustia suscitada por la incomprensión de la mayoría. Sufre no sólo la persecución y la expulsión de unas instituciones que le rechazan y que tratan de enviarle lo más lejos posible. Es el hombre pero también el intelectual y el patriota atribulado en sus últimos días, porque ve ante sus ojos una España movida por la violencia de la pasión desmedida, el país sin cabeza en el que se escenificaban los desastres de la guerra, y al que las «revoluciones» estériles iban a sacudir sin misericordia a lo largo de más de un siglo.

Jovellanos economista

Juan Velarde Fuertes

«Dos ejemplos españoles muestran, todavía mejor que Justi mismo, lo bien que los mejores cerebros de la época denominaba la ‘economía aplicada’: me refiero a Campomanes y a Jovellanos, ambos situados en elevada posición durante la era reformista de Carlos III. Fueron reformadores prácticos, siguiendo la línea del liberalismo económico, y ninguno de los dos se preocupó por el progreso del análisis ni contribuyó a él. Pero entendieron ambos el poder económico mejor que algunos teóricos. Y, teniendo en cuenta la fecha del Discurso de Campomanes (1774), es de interés observar lo poco que tenía que aprender —si es que algo podía aprender— del Wealth of Nations». Estas palabras de ese colosal economista que es Schumpeter, proceden del capítulo 3 de la parte II de su obra, de continuo e insustituible referencia, Historia del Análisis Económico, que por lo que respecta a Jovellanos, se amplía así en la nota 31 de ese capítulo, tras referirse a Campomanes: «Gaspar, Melchor de Jovellanos (1746-1811), hombre de tipo parecido, pero de carrera menos próspera, escribió entre otras cosas dos informes: uno sobre la libertad de la industria (1785) y otro sobre la ley agraria, por encargo de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País (1794); en los dos informes expone los principios del liberalismo económico, pero juiciosamente implantados por consideraciones prácticas».

Este argumento de Schumpeter es de tal categoría, que podría detener aquí mi intervención sobre «Jovellanos, economista», pero tras subrayar este respaldo, no puedo evitar de inmediato el traer a colación lo que escribió ese gran estudioso del pensamiento económico que es Vicente Llombart, en su trabajo «Una nueva mirada alInforme de Ley Agrariade Jovellanos. Doscientos años después» (DT95-12, del Departamento de Análisis Económico. Universidad de Valencia), donde se lee: «Los libros valiosos y sugerentes aquellos que, como elInformesuperan el filtro del tiempo, deberíamos considerarlos más que como meros objetos inanimados, como singulares artificios humanos dotados del don de la pervivencia. Sobreviven a su autor y a su época en manos de posteriores y dispares lectores e intérpretes, resurgen en momentos y lugares diversos con ocasión de antologías, reediciones y traducciones, e incluso logran sobreponerse a sus sucesivos lectores, editores, traductores y exigencias sin perecer en la prueba, permaneciendo disponibles en la memoria colectiva como fuentes de ideas y como objeto de nuevas interpretaciones y utilizaciones conforme cambian los tiempos».

Es, pues, Jovellanos, como demuestra este doble apoyo intelectual, un economista muy importante que, sobre todo, debe ser explicado en función de su iluminación de las medidas económicas españolas de aquellos tiempos. Ante ellas, ¿qué aconsejó Jovellanos? Me atengo, pues, a su papel en esa «applied economics», esa economía aplicada de la que habla Schumpeter, con el designio de superar el bache económico que España tenía a la llegada de la Revolución Industrial, que nace precisamente a partir de 1783, la de la independencia norteamericana.

Con las bases procedentes de la Ilustración y de la toma en consideración de tres acontecimientos esenciales —la Revolución francesa, la Revolución Industrial y la aparición de la Escuela clásica en el terreno de la ciencia económica—, ¿cómo reaccionó Jovellanos?

Dejemos a un lado la Revolución francesa. A través de tres ámbitos intentará Jovellanos incorporar a España a la Revolución Industrial. Desde el de la capitalización en hombres, preparándoles de otro modo; también desde una revolución radical en la agricultura española —recordemos que otra, en el Reino Unido, con los cerramientos, había contribuido al desarrollo económico industrial británico, por supuesto desde otro planteamiento un tanto diferente al nuestro—; finalmente, vio como se abrían posibilidades al empleo del carbón de los yacimientos asturianos como consecuencia de que la Marina de Guerra precisaba para sus arsenales, de combustible en gran cantidad, porque en España escaseaba la madera, que además era monopolizada al par que existía un aumento en la demanda generada por el incremento de la producción de las ferrerías vizcaínas, en una línea que más adelante confluiría con el empleo del carbón de leña para la primera siderurgia española, con el que se denominaba procedimiento siderúrgico de los hornos Chenot. Voy a empezar por ahí, porque de ese planteamiento se va a derivar el intento de mejorar, simultáneamente también, a Asturias y a España, en el sentido de un avance considerable desde el punto de vista tecnológico, sin el cual la Revolución Industrial no podría tener seguimiento alguno. Su coronación será el famosoInforme de la Sociedad Económica de Madrid en el Expediente de Ley Agraria. Y en el fondo, la búsqueda continua de la libertad en el tráfico, en el comercio, y que esté defendido en la legislación. Y tras eso, la evidente influencia de Adam Smith, el adalid primero de la Escuela clásica. Un dato entre multitud de otros. Véase la anotación del 1 de junio de 1796 en suDiario: «Lectura en Young; me gusta poco; y en Smith; ¡qué admirable cuando analiza!» Y el 11 de marzo de 1797 anota Jovellanos: «Los estorbos que vienen de parte de las leyes, no pueden dejar de removerse, pues que se va difundiendo el estudio de la Economía».

Lo que latía en todo esto, por un lado era el mensaje de la libertad económica, y por otro, el gran cambio de la Revolución Industrial. Ambas cosas se coordinan en elInforme sobre el libre ejercicio de las artescuando escribe: «Todo es ya diferente en el actual sistema de la Europa. El comercio, la industria y la opulencia que nace de entrambas, son, y probablemente serán por largo tiempo, los únicos apoyos de la preponderancia de un Estado, y es preciso volver a éstos —o sea, al comercio, la industria y la opulencia que nace de entrambas— el objeto de nuestras miras, o condenarnos a una eterna y vergonzosa dependencia». Y, repito, para eso buscará puntos de apoyo variadísimos para intentar que triunfe esa nueva dirección. Comencemos, pues, por la cuestión del carbón.

Un comerciante de Gijón, Juan Bautista González, solicitó la libre circulación por mar del carbón que comercializaba, y para aclarar la cuestión, el Consejo de Estado, con la aprobación del Rey Carlos IV, por Real Orden de 28 de marzo de 1789, encomendó sobre ello un informe a Jovellanos.

El resultado de su labor la sintetiza muy bien Ceán Bermúdez en cuatro proposiciones: «1.ª Establecer una absoluta libertad en el cultivo y el comercio del carbón para animar el interés y la industria de los propietarios de las minas y de los sacadores y conductores del fósil; 2.ª Construir un camino desde las minas al punto de extracción, para disminuir el precio de los portes; 3.ª Conceder algunas gratificaciones y franquicias a los buques para abaratar los fletes, y crear una marina carbonera; y 4.ª Establecer en Gijón una escuela náutica y mineralógica —esto es, lo que después sería el Real Instituto— para lograr buenos pilotos y buenos marinos».

Era fundamental el poner en acción estas medidas, con la colaboración de un Ingeniero de la Marina, Fernando Casado de Torres, con el que planeó la propuesta de éste al Gobierno de hacer navegable el río Nalón para llevar el carbón de las minas de Langreo al puerto de San Esteban de Pravia. De ahí se derivó la Real Orden de 24 de agosto de 1792, para poneresto en marcha. Bien sabido es que fracasó, y que Jovellanos, que en principio había propuesto un camino para la salida del carbón,parece haber lamentado que Casado de Torres hubiese logrado convencerle. Por eso, volverá, una y otra vez, más adelante, a solicitar el camino carbonero y, como es bien sabido, la puesta en marcha del Real Institutodonde, al estudiarse mineralogía, náutica y economía, se iba a crear la base adecuada para que la minería del carbón, cuyo impacto en la industria nueva aumentaba por momentos, tuviese un arraigo importante.

Jovellanos había comprendido que las grandes novedades que surgían con la Revolución Industrial, procedían de una previa revolución científica que, sobre todo, había estallado en el siglo XVII, y que al liquidar la polémica de los universales en favor del nominalismo y no del realismo, había impulsado, interaccionándose, las matemáticas —ahí estaba nada menos que todo el conjunto de consecuencias derivadas del cálculo diferencial—; la física, con nombres que alcanzaban un nivel tan considerable como el de Newton, y la química, que precisamente en España, hay que reiterarlo, no en el ámbito universitario, pero sí en el tecnológico militar —donde igualmente, hay que recordar, por ejemplo, a Jorge Juan— triunfaba esta orientación, con los trabajos de Proust en Segovia, y su fundamentalLey de las proporciones definidas. Todo este proceso extraordinario, que estalla en el siglo XVIII, tenía unas consecuencias tecnológicas extraordinarias, y por ello, económicas. Se indicaba, por ejemplo, cuál era la causa del considerable progreso industrial de Manchester, y se decía que se debía al estudio muy profundo que de las matemáticas tenía lugar en Inglaterra. La explicación era sencilla. Al estudiarse a fondo las matemáticas, se podía progresar adecuadamente en la astronomía. Gracias a ésta, la navegación podía efectuarse con mayor perfección. Por todo ello, los buques británicos podían acudir más exactamente a sus citas portuarias, y por ello, sus fletes eran más bajos. Con fletes más bajos, los costes de las exportaciones británicas, disminuían por fuerza. Por tanto, los mercados se ampliaban, y esto aumentaba las posibilidades de los fabricantes ingleses, y concretamente de los de la industria textil y en otro sentido, de los asentados en Manchester.

Todo eso es comprendido a la perfección por Jovellanos. Comoseñala Ceán Bermúdez, por eso«concibió la idea de formar en Asturias una escuela de matemáticas el año 1782: la propuso al rey en 1789; y la adoptó Su Majestad en 1791. Esos son —añade a renglón seguido— los preliminares del Instituto, que se pueden leer más extensos en el libro intituladoNoticia del Real Instituto Asturiano, dedicado al Príncipe nuestro señor por mano del excelentísimo señor don Antonio Valdés».En él se lee la solemne apertura de este centro el 6 de enero de 1794: nótese que era la onomástica de Jovellanos.

Lo revolucionario era triple. Por un lado se situaba en Gijón, no en la capital del Principado. Por otro, no se destinaba con exclusividad a la nobleza de la región. Finalmente, la Universidad de Oviedo corporativamente, se sentía agraviada, porque en Gijón había surgido otro centro de enseñanza superior. La oposición de la Audiencia, de la Diputación —ahí queda su escrito de 4 de febrero de 1793— y del Ayuntamiento de Oviedo, con el escrito conjunto de 20 de febrero de 1793, más la de la Universidad, era clarísima. Diría Jovellanos aquello irónico sobre la Universidad de Oviedo y la hipotenusa, basado en la enseñanza escolástica de este centro: «Los escolásticos desprecian todo lo que ignoran... Mil testigos podrán asegurar a V.E. que en unacto mayorde matemáticas sostenido en aquella universidad, al oír pronunciar la palabra hipotenusa todo el mundo soltó la carcajada». He de añadir que, tras una conversación que tuve con Antonio Tovar, lo mismo se hubiera podido decir, por ejemplo, de la de Salamanca.

Hay que tener en cuenta todos esos antecedentes, más otros derivados de la vida diaria del centro —por ejemplo, que exclusivamente sólo uno de los alumnos, entre los 60 del inicio del curso era, por cierto, de Oviedo—, como nos recuerda Javier Varela en suJovellanos: Tomás Rodríguez Boves, el futuro caudillo llanero contra Bolívar en la independencia venezolana. Según Ceán Bermúdez, a principios del año 1801 se comentaba «el lucimiento con que se distinguían los alumnos y los grandes progresos que habían hecho en todos los ramos de las matemáticas puras, en la cosmografía y navegación, en la esfera y geografía; en los elementos de la historia universal, en los estudios del primer año de física, en los tratados del aire, del agua, del fuego y de la luz, en la estática, óptica, astronomía física, en el magnetismo y la electricidad... y últimamente en la versión inglesa y francesa».

El plan de estudios, en aquellos tiempos, y también por el previsto cultivo de la economía, era algo que está en el espíritu actual, por ejemplo, del MIT norteamericano, o en otro sentido, con el del mundo politécnico francés. Tenía un precedente claro en España, el Real Seminario de Vergara y, por supuesto, el de algunos centros militares. Su fundamento era crear una población activa adecuada para dos subsectores productivos que consideraba Jovellanos, y probablemente tenía razón, que podían ser la base de un despegue económico importante: el transporte marítimo y las explotaciones mineras, comenzadas, como he dicho, con la del carbón. Escribirá así: «He puesto el Instituto asturiano bajo la inmediata dependencia del Ministerio de Marina, porque la enseñanza de la náutica, que es uno de sus primeros objetos, le pertenece exclusivamente, y la mineralogía... le pertenece también, porque el beneficio de los carbones, por ser objeto y fin de esta enseñanza, está y debe estar bajo su mano, siendo constante que la Marina —y no sabía Jovellanos hasta qué punto profetizaba— es en el día casi el único, y será siempre, mayor consumidor del carbón fósil... (Por tanto) el fin particular y determinado a que se encaminará toda la enseñanza, será doctrinar hábiles y diestros pilotos para el servicio de la Marina Real y mercantil, y buenos mineros para el beneficio de las minas..., y señaladamente, las de carbón de piedra». El lema del Instituto era «Quid verum, quid utile», y tiene actualidad evidente el proyecto básico de esta creación expuesto así el 27 de mayo de 1794 en elDiariotras una conversación que tiene con el matemático Pedrayes: «Mi deseo es formar los principios de una Academia, para cuando vayan saliendo nuestros jóvenes de la enseñanza elemental del Instituto, empeñarlos en los estudios sublimes y emplearlos en la aplicación de las verdades útiles». Con Pedrayes es con quien el 1 de septiembre de 1794 anotará en elDiarioque en un paseo que con él da, «llevamos a Price un mineral: le tiene porwolfran». El 17 de agosto de 1797 estampará, en relación con todas estas cuestiones centradas en el Real Instituto: «Se establece que la Instrucción es el principio de la prosperidad de la nación». Perfecto cierre de esta cuestión.

Desde luego uno de los problemas que acechaban, y contra el que combatía Jovellanos, era el de la biblioteca. El 27 de julio de 1796 anota: «Correo: al inquisidor de Valladolid, Mata, que extraño no se entiendan conmigo; que no creo haya libros detendidos [prohibidos]; que los separados lo estén para que los jóvenes y profesores no se distraigan a lecturas impertinentes; que se entiendan conmigo, que les enviaré las listas que quieran; cómo adquirimos los libros:primero, regalados;segundo, introducidos de Londres [debo destacar esto];tercero, comprados por el presidente Aguirre;cuarto, comprados en el Reino, por la mayor parte, castellanos».

Todo esto se ve en la carta que el 8 de marzo de 1797 escribe al padre de Cabarrús, en solicitud de unos libros de su amigo, pero que estaban en poder de su padre. Denomina en esa carta Jovellanos —escrita en francés— al Real Instituto, École de Sciences Utiles, y añade: «Comme il pourrait arriver qu’il eut parmi eux quelques-uns dont l’introduction ne fût pas permise en Espagne, j’ai l’honneur de vous en demander la liste pour eviter un demêle avec les inquisiteurs en les connaissant d’avance». Y el 10 de abril de 1797 se lee en elDiario: «Dícese que Tavira será inquisidor general, y aun hay quien dice que ‘será abolida la Inquisición’. ¡Oh, cuánto ganarían en ello las letras! ¡Cuánto las costumbres! Cuanto menos fuesen los hipócritas, mejor sería. El depósito de la Fe estaría mejor en manos de los obispos, de donde fue arrancado, y este padrón [baldón], que sólo sufren tres pueblos católicos, sería para siempre arrancado».

Todo esto, más los destrozos causados por la ocupación francesa en la Guerra de la Independencia, liquidaron esta experiencia que pudo haber sido revolucionaria en nuestra enseñanza, y que, indudablemente nos hubiera acercado a las pautas de desarrollo compatibles con la Revolución Industrial que entonces alboreaba. No era en balde, como nos destaca Miguel Artola, el que junto con el Instituto, intentó Jovellanos el establecimiento de una cátedra de Comercio, «que completaría el ciclo de las enseñanzas que en Gijón debían darse». Ceán Bermúdez dirá sobre esto que vinculaba la cátedra con el establecimiento de un consulado, y que fue «mucho lo que trabajó con este objeto, y los informes y noticias que tomó para que se efectuase».

Todo ello dentro de un planteamiento que habría que calificar de muy moderno, porque, como he señalado antes, no sigue ningún mecanismo en favor de la nobleza, sino de todo el pueblo, porque como dice Jovellanos en su carta al canónigo González Posada el 1 de junio de 1795, «el pueblo sufre las quintas; el pueblo sufre bagajes, alojamientos y todas las cargas concejiles; el pueblo sufre servicios y contribuciones que no sufren otras clases más ricas y pudientes; el pueblo, contribuyendo con ellas, no contribuye en la proporción de su escasa fortuna; y por último, sufre distinciones odiosas, que ya no se derivan de la constitución, cual existe. ¿Y no se podrá decir que sus derechos están olvidados?». De ahí que en suOración inaugural en la apertura del Real Instituto Asturianodiga Jovellanos, convocándole a las aulas de la nueva institución que entonces nacía: «Y tú, pueblo laborioso, primer objeto de mis desvelos, tú, clase menos recomendable a mis ojos por tus olvidados derechos que por tus inocentes fatigas, mientras tanto que las continúas en beneficio de todas las órdenes del Estado, envía a tu juventud a educarse en este Instituto».

Pero nuevas materias primas energéticas como era el carbón y una población activa mejor instruida necesitaban, para incorporarse a la Revolución Industrial, que tuviese lugar una ampliación notable del mercado. Jovellanos contemplaba uno que se estaba incrementando espléndidamente en Gran Bretaña. ¿Cómo podía ser posible que un fenómeno paralelo surgiese entre nosotros? ¿Qué hacer para que España imitase de alguna manera aquella situación británica? ¿De qué forma era necesario actuar?

Por eso pasó a considerar que era necesario eliminar los obstáculos que estaban generando un mercado español extremadamente pequeño, incluso se le podría considerar, minúsculo. Y en buena parte se encuentra con que eso se debía a los obstáculos derivados de la tradición, que se habían consolidado de modo formidable. Naturalmente, los intereses afectados por una posible ruptura de lo creado y afianzado por esa tradición pondrán el grito en el cielo ante cualquier alteración y van a intentar vincular lo que, lisa y llanamente son sus privilegios, sin ningún soporte serio intelectual, a una serie de sacrosantos mandamientos, que se hunden con facilidad a poco rigor que se ponga en su examen crítico. Jovellanos efectuó tal examen de modo perfecto, y además pasó a hacerlo precisamente en el momento, como se ha dicho antes, del derrumbamiento del Antiguo Régimen.

El examen que efectúa será implacable y se dirige hacia un factor de la producción, la tierra, en un momento en que la contribución de la producción rural era la clave de nuestra vida económica. Al hacer tal cosa, observará que la Iglesia contaba aproximadamente con cerca del 20% de la tierra cultivable y algo más de la cuarta parte de todo lo que se producía en la agricultura. Lógicamente, la Iglesia era un muy mal empresario. Dejando aparte otras cuestiones señaladas, ya era evidente que buena parte del desastre que existía en el panorama rural español, a estas explotaciones eclesiásticas se debía. Mantenerlas era eliminar las posibilidades de ampliar el mercado. Pero no era el eclesiástico el único obstáculo, porque, ¿qué decir, por ejemplo, de situaciones como las que comprueba y nos señala puntualmente en elInforme sobre la Ley Agrariaen relación con los foros de Galicia?

Alterar esto, requería la presencia del Estado pues, de otro modo, podría perpetuarse ese conjunto de frenos que se heredaban, como era el caso de los mayorazgos, que frenaban la introducción de las tierras en el mercado, con lo que la oferta de éstas disminuía aun más, aparte de las dificultades de cultivo a causa de los privilegios de la Mesta. Y al intentarlo de modo directo, Jovellanos, en carne propia, experimentó las desagradables consecuencias. Esto es, cuando se analiza por qué es destituido con grandísima prisa del puesto de Ministro de Justicia, es preciso pensar que de este cargo dependía el futuro de un gran número de beneficios eclesiásticos. No podían ignorarse dos cosas. Que había sido muy importante en su vida el papel de Campomanes, a su vez autor delTratado de la regalía de amortizacióny que de la pluma de Jovellanos era elInforme de la Ley Agraria, como consecuencia, precisamente de un dictamen solicitado por el fiscal del Consejo de Castilla, que era Campomanes, en agosto de 1777, a la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. El encargo a Jovellanos se hizo en 1787, y el envío del Informe a la Económica Matritense tuvo lugar en 1794, «¡quizá cuando ya pocos lo esperaban!», señala agudamente Vicente Llombart, quien añade: «Desde sus orígenes parece que elInforme de la Ley Agrariahubiera poseído un cierto grado de extemporaneidad. Hundiendo sus raíces en uno de los proyectos más importantes del reformismo ilustrado de la época anterior a 1789, y representando uno de los logros culminantes del pensamiento económico de la Ilustración española, vino a madurar un poco a destiempo, acabó por florecer cuando las condiciones propicias para la aplicación del programa ilustrado actualizado que proponía el texto, se habían esfumado. En 1795 no existía ya el gobierno ilustrado que sin duda necesitaba su programa para remover los estorbos contrarios al crecimiento económico, ni existía tampoco un mínimo clima de tolerancia para la discusión de los asuntos públicos: el Informe fue inicialmente expedientado por la Inquisición en enero de 1796».

No deja de ser significativo que a pesar de un cierto apoyo de Godoy, que en el fondo era partidario de las tesis de los Ilustrados, pero que ansiando más el poder que cualquier otra cosa, daba bandazos enormes, el Informe, con erratas de imprenta, apareciese impreso en 1795 en el tomo V de lasMemoriasde la Sociedad Económica de Madrid, pero la segunda edición, ya corregida no va a imprimirse hasta 1820, en una situación política, la del Trienio Liberal, diferente totalmente, como todos sabemos. Por ello es difícil no aceptar la difusión de la acusación de jansenista que se hace, parece, contra Jovellanos poco después de aparecer elInforme. La detención, el 13 de marzo de 1801, en Gijón, de Jovellanos y su envío a Mallorca, fue la consecuencia muy probable de todo esto.

Desde luego, comulgo con la postura de Vicente Llombart cuando en su trabajo ya citado «Una nueva mirada alInforme de Ley Agrariade Jovellanos, doscientos años después» dice sobre éste que «Manuel Jesús González... y Rafael Anes... reiteraban con diferentes matices que Jovellanos fue un economista smithiano defensor de la economía de libre mercado y que aplicó en elInformelo esencial del núcleo teórico de laRiqueza de las Naciones», a lo que agrega que en su artículo,La Ley Agraria en la España de las Luces, publicado enCuadernos de Información Económica, noviembre-diciembre 1994, Gonzalo Anes «ha considerado que fue gracias a las lecturas y al estudio deRiqueza(de las Naciones) que Jovellanos pudo se coherente en su análisis y propuestas». Por ello estoy con Llombart cuando sintetiza todo esto indicando «que la obra de Jovellanos representó una ruptura o discontinuidad importante con los escritores económicos españoles inmediatamente anteriores (especialmente con Olavide y Campomanes) y el inicio en España de un liberalismo económico de nuevo cuño, nacido en contraposición con la tradición ilustrada anterior —más intervencionista o mercantilista--, gracias en buena medida a la influencia de las ideas de Adam Smith».

Jovellanos subrayó todo esto con un contraste. Veamos lo que entonces sucedía en los nacientes Estados Unidos. La nota en elInformesobre esto es perfecta: «Compárese la agricultura en los Estados en que el precio de las tierras es ínfimo, medio y sumo. Las provincias unidas de América se hallan en el primer caso». Y tiene como consecuencia, lo toma de «una gaceta extranjera» de 1792, una enorme exportación norteamericana de productos agrícolas de todo tipo. Debido a ello, «la agricultura de aquellos países logra un aumento tan prodigioso que sería incalculable, si su población rústica duplicada en el espacio de pocos años, y sus inmensas exportaciones de granos y harinas, no diesen de él suficiente idea», y ello porque «la baratura de las tierras causa naturalmente la de los frutos, y esto anima el comercio, y le lleva a los puertos más lejanos. A no ser así: ¿cómo se vendería en Constantinopla el arroz de Filadelfia más barato que el de Italia y Egipto?».

Por supuesto que la base era un cambio radical de la estructura jurídica del suelo y poco intervencionismo. Se ha repetido casi hasta la saciedad esta transmisión del teorema de la mano invisible de Smith que aparece en elInforme: «Los celosos ministros que propusieron a V.A. sus ideas y planes de reforma en el expediente de Ley Agraria, han conocido también la influencia de las leyes en la agricultura, pero pudieron equivocarse en la aplicación de este principio. No hay alguno que no exija de V.A. nuevas leyes para mejorar la agricultura sin reflexionar que las causas de su atraso están por la mayor parte en las leyes mismas, y que por consiguiente no se debía tratar de multiplicarlas, sino de disminuirlas: no tanto de establecer leyes nuevas, como de derogar las antiguas». Pero eso no le lleva a ignorar la ley de King, derivada como todos sabemos, de que la demanda de bienes agrícolas es rígida, y la oferta se desplaza bruscamente a la derecha y la izquierda al ritmo de las cosechas. Por eso en relación con el comercio exterior de granos dirá —y Marcelino Domingo no se enteró en 1931-1932, arruinando el campo español— que «pues la importación de granos extranjeros puede perjudicar a nuestra agricultura en aquellos años en que la cosecha sin ser colmada sea superior a la de los años comunes, y por lo mismo puede ser conveniente poner en ellos algún límite, se siga en esto el indicio de los precios, que es tan cierto en los tiempos de seguridad, como falible en los de escasez real o de aprensión, y se determine uno que señale el límite de la importación, durante el cual se entienda prohibida por punto general».

Me atrevo a añadir algo más. Es imposible el progreso en la Revolución Industrial, o sea el progreso económico en el que vivimos, en medio de la corrupción. Merece la pena, por eso, dedicar también alguna atención a esto. Cuando en una sociedad surge la corrupción, es imposible que exista una buena asignación de los recursos, especialmente escasos entonces. Esto es, la productividad total de los factores se derrumba. Jovellanos se encuentra con que tiene poderes políticos y que desde ellos puede liquidar, al menos parte importante de la corrupción que imperaba en aquella desdichada Corte de Carlos IV. Por eso, ante ella se niega a reaccionar como hacen sus amigos, y para empezar, Campomanes, su maestro inicial, quien le dice: «Lo necesario es afianzarnos en el poder y, entonces, cuando lo controlemos, barreremos esas conductas corruptas. Por tanto, hay que transigir durante bastante tiempo. Finalmente vendrá el golpe contra las estructuras podridas». En el fondo decía a Jovellanos: «Vamos a transigir, porque lo importante es que Saavedra y usted estén ahí, gobernando el conjunto de España. Cuando ambos se afiancen, ya podrán cambiar a la nación». Cabarrús, otro amigo, estaba dispuesto a aprovechar todos los fallos del mercado posibles para enriquecerse personalmente. Lógicamente, convivía con la corrupción con cierta comodidad.

Jovellanos desde el principio se muestra en desacuerdo. Le repugna instintivamente la corrupción por sí misma, pero al mismo tiempo porque está comprometiendo el futuro de España. Se muestra capaz al fin, al aceptar un puesto político, de convivir con la corrupción, pero va a procurar destruirla con todas sus fuerzas. Por ejemplo, se niega en absoluto a aceptar recomendaciones, aunque fuesen de la Reina o el Rey, y desde luego, las de los poderosos de la Corte.

Se encogía de hombros ante las presiones cortesanas, y nombraba para todos los cargos a aquellas personas que, efectivamente, eran más capaces. Eso hizo crecer el aborrecimiento hacia él. De ahí que durase en el Ministerio nueve meses. Fue, pues, derrotado, pero quien pagó las consecuencias fue España que, por esta cuestión central, abandonó con claridad el sendero que conducía a la Revolución Industrial. No fue escuchado como economista, y eso, entonces y ahora, es propiciar la decadencia.

Jovellanos y el pensamiento

europeo de su época

Emilio de Diego

Real Academia de Doctores de España

«No tenemos otra superioridad

que la de nuestra razón, si por ella

dominamos en la Naturaleza, debemos

también dominar según ella»

(Declaración de fe en tiempos de lógica)

Hace tres décadas un ilustre político español advertía, en este Ateneo, que hablar de Jovellanos en Gijón suponía atrevimiento comparable al del que fue a Brasil a vender café1. Creo que se quedó corto en su valoración. A tal temeridad debería añadir que el intento de apreciar el pensamiento de don Gaspar Melchor de Jovellanos, en la perspectiva europea de su tiempo, supone un desafío que excede, ampliamente, las posibilidades de este trabajo. Primero, por la amplitud del catálogo de materias en las que el ilustre gijonés dejó una impronta relevante en su labor verdaderamente enciclopédica, después, porque en el programa de este ciclo se tratará específicamente cada una de ellas y, finalmente, por la diversidad de referencias que ofrece, a manera de espejo, la galería del saber en la Europa del último tercio del Setecientos y los primeros años del Ochocientos, decorada con incontables «ismos», (naturalismo, materialismo, utilitarismo, sensualismo, etc.). A pesar de todo habremos de intentarlo, pues, como señalaba Fernández de la Cigoña, «Jovellanos fue la figura más importante de la Ilustración española y en ese entorno histórico hay que analizarlo»2. Por si fuera poco el término «entorno» ha de ir, seguramente, más allá de los confines del «iluminismo» para incorporar la otra cosmovisión que se abre camino entonces, el romanticismo, en cuya vertiente política arraigó en España el liberalismo.

Jovellanos, junto a Campomanes, Mayans y Çiscar, Capmany, Olavide... y tantos otros adaptaron a la España de su tiempo las ideas de la Ilustración europea; hasta el punto de que el primero es, sin discusión, la personalidad más representativa del pensamiento ilustrado en nuestro país. Pero no sólo del iluminismo. Según la vieja afirmación de J. Marías, universalmente compartida, don Gaspar Melchor de Jovellanos fue «la figura más importante del siglo XVIII en España...»3; lo que, como decíamos, le lleva además a otros dominios del pensamiento. Los gérmenes prerrománticos de su obra y los sentimientos que debió anteponer a su filiación intelectual, abrazando la causa «patriótica» en 1808, le situaron frente a su gran desafío vital, en un horizonte especialmente comprometedor en todos los sentidos. Nada menos que el del convulso tiempo marcado por el difícil tránsito entre el Antiguo Régimen y la revolución liberal. Vamos a asomarnos a aquel mundo recorriendo algunos tramos de sus caminos principales.

1. El sensismo: saber y enseñar

La influencia europea, especialmente francesa, suscita desde siempre a este lado de los Pirineos, filias y fobias radicales. No cabe transacción fácil, particularmente entonces, ni entre la élite ilustrada y los pensadores «tradicionales», ni mucho menos entre los «intelectuales» y el resto de la población, apegada a lo que eufemísticamente podríamos llamar «el espíritu de nación». La acción del extranjero, en general, no llegaba ni a la masa ni a la pequeña burguesía, ni a toda la aristocracia, afirmaba Paul Hazard4, y aunque en alguna medida alcanzara a estas últimas sólo lo haría de modo limitado, lentamente y a costa de grandes esfuerzos «pedagógicos» por parte de algunos prohombres de la Ilustración. Se trataba de dar el difícil paso de la época de la Ilustración a la sociedad ilustrada.

En ese empeño, Jovellanos no fue un filósofo a la manera internacional de su tiempo. Fue mucho más, tanto por el lugar que ocuparía en su vida la fe, como porque en su obra confluyen pensamiento y acción; teoría y proyecto político, en proporción inusual. Un intelectual cuyos méritos, como es sabido, se reconocían en la introducción a la edición castellana de El contrato social, destacando su condición de «político progresista».

El pensamiento jovellanista encuentra su principal marco de referencia, allende nuestras fronteras en el sensualismo, al que en buena medida podríamos llamar la filosofía de la Ilustración. La obligatoriedad del estudio de las obras de Newton en las escuelas de Matemáticas, a partir de 1771, supuso un refuerzo extraordinario para la difusión de dicha corriente; cuyo postulado básico sería la afirmación de que «nada hay en la inteligencia que no haya estado primero en los sentidos». Una analítica del conocimiento que se extiende por el Viejo Continente a partir de la relectura de Locke hecha por Condillac. En España la influencia del primero, a través del segundo, y de otros pensadores franceses como Voltaire, Holbach, Montesquieu, Diderot, D´Alambert... resultó muy notable. Incluso algunos jesuitas, por ejemplo el español Antonio Eximeno y el portugués Ignacio Monteiro acusaron claras influencias de Locke, en particular nuestro compatriota, seguidor tanto del filósofo británico como de Condillac. Mayor aún sería el impacto en el también portugués Luis Antonio Verney. Una relación a la cual se sumarían, entre nosotros, Ramón Campos y Valentín Foronda, junto a los ilustrados que mencionamos al principio. Pero, por encima de todos, se encontraría Jovellanos.

Como decíamos, la gnoseología del iluminismo llegaría a don Gaspar fundamentalmente a través de la obra de Esteban Bonnot, abate de Condillac. Lo que dadas las fuentes del clérigo francés nos remite, directamente, a Locke y Newton. Al primero de éstos en cuanto al método analítico, a partir de la observación y de la experiencia, cuyos datos elaborados por la razón dan lugar a la ciencia. Al segundo en cuanto a su consideración de la unidad del mundo espiritual del hombre. En suTratado de los sistemas, Condillac abogaba por una metafísica basada en la experiencia constante cuyas consecuencias fueran todas confirmadas por nuevas experiencias. Mientras que en suLógicao en laLengua de los cálculosse ocupaba del aludido método analítico desdoblado en un ejercicio de descomposición, o separación de los elementos que constituyen un conjunto, y otro de recomposición o síntesis. Esa lógica ocupa para Jovellanos el lugar privilegiado entre las ciencias, convertida en guía inexcusable de cara al descubrimiento de la verdad. Una ciencia de las ideas, llave de todas las demás, una «ideología» que requiere un lenguaje riguroso («el arte de pensar ha coincidido de tal manera con el arte de hablar, —diría— que vienen ya a ser virtualmente lo mismo»)5.

Una ciencia no es otra cosa que una lengua bien construida. Correspondencia exacta entre ideas y palabras, que el nominalismo desde Ockham a Berkeley, pasando por Locke, deriva en varias direcciones. Esa apreciación del lenguaje se convertiría en Humboldt, en la actividad misma de las fuerzas espirituales del hombre. Al correr de los años la identificación de lenguaje y pensamiento recibiría nuevas formulaciones hasta culminar más de un siglo después en las tesis de Wittgnestein; sin olvidar a Ortega cuando definía las palabras como el lugar donde habitan las ideas.

El saber, ese saber «verdadero», había de transmitirse al servicio de la humanidad ¡«sapere aude»!. Hasta donde no quedaba obscuridad alguna, como decía Ch. M. Wieland. Ilustración y reforma racional serían dos caras de la misma moneda6. La metafísica, meramente especulativa y abstracta de la universidad de la época, no le interesa a Jovellanos, que está inmerso de lleno en un mundo al que aspira a mejorar, desde su posicionamiento doctrinario. Inspirador y precursor de una conducta que Ortega ponderaría como la verdadera responsabilidad intelectual; algo poco común en Europa desde mediados del Setecientos7, donde el radicalismo y la denuncia maximalista, abundan en la actitud, escasamente eficaz cuando menos, de muchos intelectuales.

Como buen ilustrado Jovellanos confiaba en la educación convertida en herramienta de transformación positiva, tanto individual, en línea kantiana, como colectiva8. No olvidemos su sentencia asegurando que la instrucción pública es el primer origen de la prosperidad social. Pero no sólo para buscar ese progreso sino para evitar la asechanza de los desórdenes sociales y políticos. A partir de ahí don Gaspar destaca la trascendencia de la didáctica: método y sistema. Así pues, en cuanto a la enseñanza, al igual que en tantos otros apartados de la biografía intelectual de don Gaspar, pensamiento y acción van unidos e inauguraba, en 1794, el Instituto Asturiano para aplicar en él sus ideas pedagógicas9. Unos años más tarde demostraría por enésima vez su preocupación en la materia a través de su Memoria sobre la educación pública y en las Bases para la formación de un plan general de Instrucción Pública10, junto a otros trabajos de naturaleza similar. Nuevamente la referencia de más allá de nuestras fronteras, en este caso sobre todo de un Condorcet nos sitúa al ilustre gijonés en conexión con la Europa de su tiempo. La complicidad con Juan Caritat, más conocido por su título de marqués de Condorcet, se concreta parcialmente en los tres postulados básicos que informan el programa del noble francés: destruir la desigualdad de las naciones; impulsar la igualdad en un mismo pueblo y desarrollar el perfeccionamiento real del hombre. También en sintonía con Locke y sus Pensamientos sobre la educación, concebida como mucho más que simple erudición y adecuada al ambiente y grupo social al que pertenece el educando.

Respecto a la segunda de las bondades del esfuerzo educativo, en lo que podríamos llamar clave preventiva, la Revolución en Francia ofrecía una lección permanente y preocupante para Jovellanos y todo el sector moderado de la Ilustración, dentro y fuera de España. Al Jovellanos ilustrado, conservador, le espanta la revolución casi en la misma medida que al alemán J.B. Geich, seguidor de Kant y editor de la revistaPharos für Aoenen, que, en su reflexión «acerca de la influencia de la Ilustración sobre las revoluciones»11, rechazaba cualquier relación entre el pensamiento ilustrado y los crímenes de los revolucionarios.

Jovellanos fue decididamente contrarrevolucionario en su condena de los errores y excesos que amenazaban el orden y, como instituciones, al trono y al altar. Denunció los crímenes cometidos en nombre de la quimera de la libertad y de la igualdad absolutas, así como a sus inductores, sectarios e impíos. Pero de ahí a establecer un nexo con el reaccionarismo de un Burruel, o de los reaccionarios españoles de su tiempo, hay un largo camino. La propuesta de don Gaspar para poner freno a las catástrofes de la revolución nada tiene que ver con los postulados de la reacción. Para Jovellanos, el antídoto contra lo ocurrido en el país vecino sólo podía venir de la regeneración moral del pueblo y de los privilegiados por la vía del iluminismo. Otro frente en la necesidad de educación, un ejercicio formativo que arrancaba de dos postulados: la confianza en el valor de la acción educativa y la posibilidad de perfectibilizarse del ser humano. La Ilustración no es otra cosa que progresión en el pensamiento propio y, con ello, en la moralidad. Razón y moral, inseparable ésta última para educar el corazón, proyectan la sombra de Hume, aunque sólo sea en este sentido. Sin ella no hay prosperidad duradera y sólida. Pero la Ilustración no hace moralmente bueno al hombre, por si mismo, lo que le proporcionaría es la capacidad de reconocer lo bueno.

En la confianza en la bondad del hombre hay también una aparente nota roussoniana que, sin embargo, adopta en Jovellanos un sentido diferente. La superación no deviene de la simple sensación de existencia, sino como corolario del esfuerzo y desarrollo de la razón. Es en Lessing, en mayor medida, cuando aseguraba que «lo que constituye el valor el hombre no es la verdad que posee o cree poseer; y el esfuerzo primero que hace para aproximarse a ella», donde se refleja en el proceso de perfección, de la educación jovellanista. A partir de la formación personal y colectiva cabía la modernización institucional, con base en el perfeccionamiento individual, asumiendo cada órgano de modo eficaz sus respectivas funciones. En la España de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX resultaba urgente una profunda reforma de la estructura interna de la monarquía. Su palanca una filosofía que compendiara educación racional y moral, es decir las propuestas del sensualismo.

2. La historia, compromiso de pasado y presente

Como en todo reformista la tradición forma parte de la cosmovisión jovellanista, pero no como horizonte, sino como punto de partida a superar a través de la crítica histórica. Buena muestra de ello la tenemos en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, en 1780, «Sobre la necesidad de unir al estudio de la legislación el de nuestra historia y antigüedades». Escribía entonces algo enormemente significativo al quejarse de la carencia de una historia de España. Un saber imprescindible, más allá de las crónicas, anales, historias, compendios y memorias que no permitían hacerse idea cabal de los tiempos a los que se referían. Había, eso sí, —decía— «copiosa descripción de guerras, batallas, disturbios, hambres, pestes, desolaciones, portentos, profecías, supersticiones en fin —concluía— cuanto hay de inútil, de absurdo y de nocivo en el país de la verdad y de la mentira»12.

Más allá de los hechos, inconexos, que constituyen, en el mejor de los casos, la información es preciso encontrar su significado. Dicho de otro modo, al igual que en cualquier otra ciencia, era preciso alcanzar el saber por encima de los datos. Para lograrlo, en primer lugar, habría que separar los acontecimientos reales de la simple ficción, de cualquier clase. A este fin Voltaire había indicado algo parecido a lo que afirmaba Jovellanos; aunque aquel lo enunciaba de modo universal y don Gaspar lo circunscribía, como hemos visto, al caso español. «En todas las naciones la historia se ha desfigurado con fábulas... —escribía el filósofo francés— ...ceremonias, hechos, monumentos establecidos para sostener mentiras»13. Tras separar lo real de lo imaginado vendría la elección de los hechos más importantes y significativos, aquellos que describen las costumbres y hacen surgir, por encima del caos de los sucesos, el cuadro general; el espíritu de la nación.

Hay en la preocupación de Jovellanos por la historia no sólo lecturas de Pérez de Guzmán, Hernando del Pulgar, Mariana, Risco,... sino, evidentemente, la influencia de la Ilustración francesa, desde Pedro Bayle a Buffon o Voltaire, también de Turgot y de Condorcet, pero de modo muy significativo de Mably, cuya obraSobre el modo de escribir la historia y dotes convenientes a ella,recomendaría a los estudiantes del Calatrava14. Aportaciones todas incorporadas por don Gaspar tras la reflexión crítica y personal, siempre contrastadas con la realidad de su tiempo.