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Las autoras ponen el acento en el juego, considerándolo la actividad primordial de la infancia. Para que los juegos de la infancia contribuyan a su desarrollo como personas de paz, significa primero que puedan jugar y que puedan jugar con alegría, encontrándose con sus iguales. En segundo lugar, significa que tengan materiales y referencia 'pacíficos'. En tercer lugar, supone que puedan regular los conflictos que surgen en los juegos de forma no violenta. La argumentación se complementa con ejercicios que invitan a la reflexión a partir de la experiencia propia. El libro pretende ayudar a quienes realizan una labor educativa, a conocer las condiciones que necesita la infancia para que su juego pueda contribuir a una socialización dentro de los valores de una cultura de paz.
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Seitenzahl: 112
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Propuestas para jugar en libertad y sin violencia
Autoría: Amparo Martínez Ten Carmen García Marín
Coordinación y asesoramiento: Concepción Jaramillo Guijarro Rosa Rodríguez López Área de Formación Permanente de la Escuela Pública de Animación y Educación Infantil y Juvenil de la Comunidad de Madrid
Dedicamos este libro a:
Sara, Aidé y Miguel
CARMEN
A Carmen Ten Ángel, por enseñarme desde pequeña a que no me gustase la violencia. También a los niños y las niñas de la ludoteca de Fuenlabrada (Madrid), por regular solos sus propios conflictos en el juego gracias al apoyo de Paco y de M.ª Paz.
AMPARO
Agradecemos:
A Rosa Rodríguez López, por ver el libro antes de que estuviera escrito.
A Concepción Jaramillo Guijarro por su asesoramiento y correcciones de estilo. También por su entusiasmo.
A Domingo Lobato Delgado por su apoyo en la documentación.
INTRODUCCIÓN
1. EL SENTIDO DEL JUEGO
Jugar es para las niñas y los niños su forma de estar en el mundo
El juego no es «un medio para», es un fin en sí mismo
Todo juego es libre
El juego es placentero
El juego se rige por unas reglas
Cada juego es único
El juego es una acción que termina en sí misma
En el juego hay conciencia de vivir una segunda realidad
Jugar es necesario
El derecho a jugar de la infancia
Las edades del juego
El juego de 0 a 6 años
El juego de los 6 a los 12 años
El juego de los 12 a los 15 años
2. LA PAZ Y LA VIOLENCIA EN EL MUNDO DE ALICIA
Pensando la violencia
Violencia estructural
Violencia directa
Pensando la paz
3. CONDICIONES PARA QUE EL JUEGO DE LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS SEA EN PAZ
Premisas básicas
Condiciones para que el juego de las niñas y los niños sea en paz
Jugar: tener dónde, cuándo, con qué y con quién
Ser una persona respetada y querida
Participar en los juegos
Tener la posibilidad y el apoyo para conocer y probar variedad de juegos
Tener modelos adecuados
Afrontar y superar los miedos
Imaginar un oasis de juego en paz
Nuestro papel de ciudadanos y ciudadanas
Nuestro papel de educadores y educadoras
Cuál debe ser nuestra actuación para que el lugar de juego estructuralmente se convierta en un oasis de paz
Cómo logramos crear un ambiente pacífico
El papel de la persona adulta para facilitar el juego libre
Cómo se crean las reglas de la relación social con la mediación de la persona adulta
4. LOS CONFLICTOS EN EL JUEGO
Afrontar los conflictos sin violencia
Momentos en un conflicto: Tensión
Rito
Regulación del conflicto
Conflictos que se dan jugando y cómo mediar en ellos
Conflictos por daños corporales
Conflictos por la propiedad o la utilización de un material
Conflictos generados por una situación especial de una persona o del grupo
Los conflictos repetidos
BIBLIOGRAFÍA COMENTADA
E ste libro empezó a gestarse como material didáctico para un curso que se llamó «Educar para la paz a través del juego» y que fue transformándose en «Jugando en paz», porque entendíamos que el juego, más que un camino para llegar a la paz, se tenía que contemplar como la forma natural de socializarse dentro de la cultura de la paz. En el curso planteábamos igualmente, que el trabajo de las personas adultas que perseguían este fin, tenía que consistir en crear los entornos (primero imaginarios y después reales) donde esta socialización fuera posible.
Por ello, ponemos el acento en el juego, en la actividad primordial de la infancia, en la pieza clave de su desarrollo. Que los juegos contribuyan al desarrollo de los niños y las niñas como personas de paz significa: primero que puedan jugar y que puedan jugar con alegría, encontrándose con sus iguales; en segundo lugar, significa que tengan materiales y referencias «pacíficos»; y en tercer lugar, supone que puedan regular los conflictos que surgen en los juegos de forma no violenta.
En este libro no incluímos una batería de juegos para poder disfrutar con los niños y las niñas. Si se busca esto hay algunos libros interesantes que lo ofrecen y que están reseñados en la bibliografía que aparece comentada al final de la obra.
Con nuestras aportaciones, pretendemos ayudar a cualquier persona que tenga relación con niños y niñas, especialmente a quienes realizan una labor educativa, a reflexionar sobre las condiciones que necesita la infancia para que su juego pueda contribuir a una socialización dentro de los valores de una cultura de paz. Hablamos de las condiciones porque no podemos perder de vista que las niñas y los niños juegan con lo que tienen, con lo que la sociedad les ofrece, con lo que ellos y ellas construyen. Juegan con lo físico y lo simbólico, y jugando se apropian de la realidad, a la vez que se desarrollan moralmente jugando.
El hilo conductor, presente en todo el libro, es el juego en paz. Empezamos acercándonos al concepto de juego y a sus características, para seguir con conceptos básicos sobre la paz y su relación con el juego, invitándo a reflexionar sobre las condiciones que necesitan las niñas y los niños para jugar en paz. Una vez que hemos tratado todos aquellos elementos que consideramos básicos para la socialización pacífica en el juego, la regulación de los conflictos en el juego pone punto y seguido a la realidad cotidiana de cada persona que lea este libro.
Hubo un tiempo en el que para nosotras, para nosotros, no existía el juego educativo, ni el juego escrito, existía jugar.
Jugábamos y el juego nos ocupaba, nos poseía: era la carrera y el salto llenándolo todo, era la emoción, el riesgo, el vértigo. No era difícil, era tan sencillo como meter la mano en la arena, levantarla y sentir cómo va resbalando por los dedos…
No podemos volver a ser las niñas y los niños que fuimos, pero sí podemos darnos permiso para volver a poseer y ser poseídos por la magia del juego… Quizá nos apetezca imaginar que corremos, que sentimos el aire en la cara… Que nos encontramos piedras, las cogemos, las tocamos…
¿Quieres jugar?, coge un objeto y juega. Es una experiencia íntima de juego, tú y el objeto. Puedes hacer lo que quieras, pero no estás obligada, no estás obligado a nada, ni siquiera a jugar. Merece la pena que te des permiso, no tienes que conseguir nada, ni demostrar nada, si quieres puedes compartir tu juego, puedes transformarte en otra persona, puedes ser más tú que nunca y simplemente jugar…
Tienes un regalo para ti, un objeto con el que puedes jugar como quieras, quizá te apetezca tocarlo con los ojos cerrados o mirarlo bien ,
¿Quieres jugar?
El juego es algo que está siempre presente en nuestras vidas, especialmente en la de las niñas y los niños, para los que jugar es tan importante como respirar.
Conocer la esencia del juego, es una gimnasia mental que las personas adultas debemos hacer si queremos realmente facilitar que los niños y las niñas jueguen en paz.
Por eso vamos a empezar haciéndonos la siguiente pregunta:
¿Qué es jugar?
Si se ve a un grupo de niños y niñas haciendo comiditas en la arena, cualquiera sabrá reconocer su actividad como un juego. Podrá describir cómo se lo pasan, qué hacen, con qué juegan… Sin embargo, le será muy complicado decir qué es el juego en sí, ya que es muy difícil precisar el sentido o concepto que encierra esta palabra.
Para acercarse a su significado, más que hablar de una actividad concreta que se pueda definir, hay que partir, como dice Inmaculada Martín, de que «el juego está relacionado con una actitud que va unida a un cierto grado de elección. Tiene que haber la posibilidad de elegir y de tratar los objetos, los materiales e incluso las “ideas” de forma diferente a la convencional».
Basándonos en esta idea, podemos decir que la escoba es un objeto para barrer y que también, dependiendo de la utilidad que elija darle Iván, de cuatro años, podrá ser: un caballito, un gigante con el pelo de punta o…, ¿qué ideará más Iván?
No lo sabemos; pero sí podemos racionalizar que lo que le permite utilizar la magia del juego para transformar la escoba en lo que él quiera, es la lúdica, ese estado emocional de la persona que en cualquier momento de la vida cotidiana empuja a disfrutar, expresar alegría, espontaneidad y motiva a buscar la incertidumbre.
El juego para los niños y las niñas es su forma natural de estar en el mundo. Simplemente no tienen el sentido de obligaciones y tareas que se va incorporando a partir de ciertas edades. Su forma natural de estar es eminentemente lúdica y a medida que crecen, van manejando sus necesidades lúdicas y otras formas de estar en el mundo.
Por eso se relacionan con el entorno jugando, y dependiendo de la necesidad, o del interés o de lo que les atraiga en ese instante, jugarán a una cosa u otra. Y así pasito a pasito, sin habérselo cuestionado lo más mínimo, se van autoeducando, van desarrollando su cuerpo, su afectividad y su compresión intelectual de la realidad. Esta forma de ir evolucionando, se complementa con la educación que reciben de otras fuentes: la familia, las amistades, el vecindario, la comunidad, etc.
Nicolás, con dos años, cuando juega a dormir a Teddy poniéndole bien cómodo, bien tapadito y le cuenta un cuento sobre los monstruos, está trasladando a una acción lo que ha percibido y se le ha quedado guardado en su cerebro como una información del entorno. Vive con su padre y su madre todas las noches el ritual de ponerse el pijama, de escuchar un cuento, de ser arropado... Esa educación de aprender a relacionarse de forma afectiva con otras personas, de entender que hay una hora de dormirse, de vestirse él mismo, de perder los miedos trasladando su explicación a otros…, lo lleva a su juego. En definitiva Nicolás está jugando con su amigo Teddy a ese juego simbólico porque «se lo pide el cuerpo», su psique, para asimilar su vida cotidiana, y le pide que lo haga jugando que es, como hemos señalado, su forma natural de estar en el mundo.
De igual forma, si vas al parque con Alicia, de cinco años, ella querrá subirse a un montículo de arena, lo que a cualquier persona adulta le lleva a considerar los riesgos que puede correr y contener su deseo inmediato de protegerla «para que no se parta la crisma». Su pulsión inmediata ha sido jugar a escalar una montaña. Si le dejamos afrontar la situación, medir los riesgos que conlleva, se sentirá feliz. Además, su cuerpo le pide para no caerse, coordinar sus movimientos, apoyar bien sus piernas y sus manos, no hacer movimientos bruscos para mantener el equilibrio, etc. Alicia ha escalado la montaña que era su objetivo lúdico y, sin proponérselo, está desarrollando el control de su cuerpo, lo que técnicamente llamamos psicomotricidad gruesa.
Por eso, es primordial para quienes queremos facilitar el juego en paz, tener bien presentes las virtudes del juego y no desvirtuarlo con objetivos educativos que no tengan en cuenta que el juego es para las niñas y los niños su forma natural de estar en el mundo y por lo tanto de disfrutar simplemente y a la vez autoeducarse.
Esto no significa que dejemos de motivarles para jugar en grupo, o de invitarles a conocer juegos, o que nos planteemos otros objetivos; siempre que sepamos que los niños y las niñas lo tienen que vivir como juego y no como una «tarea disfrazada de juego». Además, no olvidemos que el instinto lúdico es tan fuerte que enseguida percibirán «la trampa« y no querrán jugar, o sabrán que eso es otra cosa.
Lo que interesa es jugar y el objetivo que se persigue es el placer. Por eso el juego es una acción improductiva, en el sentido de que las personas cuando juegan no persiguen obtener un producto ajeno al mismo.
Como explica Martine Mauriras-Bousquet, «la pulsión de juego también llamada pulsión de curiosidad o pulsión de exploración, es como una fuerza inconsciente que lleva a la persona que juega a explorar su entorno sin un objetivo preciso»1.
Cuando un niño o una niña sale a la calle, lo hace generalmente, con el piloto de la pulsión de juego encendido, abierto a aceptar cualquier sorpresa. Es muy curiosa la diferencia de percepción del entorno y del tiempo, que hay entre una persona adulta (si no tiene encendida la pulsión del juego) y una niña o un niño que se dirigen juntos a un parque. El objetivo de la persona adulta es llegar al parque, allí es donde se juega. Desde nuestra perspectiva, en la que tenemos la costumbre de estructurar tiempo y espacios pensamos: «bien, tenemos una hora de parque, tardamos diez minutos en llegar». Si tardamos una hora en llegar y solo estamos diez minutos en el parque, podemos llegar a pensar que «Oh!!!!!!!!!!! no hemos podido jugar». Gran error, porque el recorrido hasta el parque ya es juego.
Una niña o un niño, no necesita sólo el parque para jugar, ya que, por el camino, y gracias a esa pulsión de curiosidad, descubre: piedras preciosas que guardar en los bolsillos, escondites para darte sustos, rampas a las que subirse, perros a los que tocar, flores que oler, infinidad de papeles rotos valiosísimos con restos de dibujos, hojas de los árboles que tirarse o tirarte encima, impulsos para retarte a perseguirle o a echar unas carreras…
