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El tiempo no es una línea. Es una herida. Después del colapso de la Tierra, la humanidad sobrevive entre los domos oxidados de Marte, transformado en estación madre, santuario y punto de partida para lo que podría ser un nuevo comienzo… o la repetición de la misma caída. KHRÓN es una saga de ciencia ficción que reinventa la idea del tiempo como materia viva. Tres volúmenes no secuenciales, tres piezas de un mosaico narrativo que revela los fragmentos dispersos de una guerra sin origen ni destino. En el centro de todo: la Llave del Pacto, un artefacto prohibido creado por seres arcanos de una orden extinta… o eterna. Errantes tatuados por el polvo cósmico, monjes que custodian los secretos del tiempo, máquinas vivas y campos de batalla donde las estrellas sangran: cada historia revela una nueva capa del universo Khrón, donde el tiempo es tanto conciencia como prisión. "Nuestro universo es el del tiempo: vinimos a vivir la mortalidad, a aprender de la premura…" KHRÓN es la sustancia de la realidad. Aquí, cada partícula es un instante. Cada decisión, una herida en el tejido del cosmos. Y cada guerra, una pregunta sin respuesta. "Vivimos en una máquina del tiempo ovalada e indetenible. Lo único eterno es el tiempo." ¿Es posible romper las leyes del tiempo… o estamos destinados a ser devorados por ellas? KHRÓN: La guerra que fue. La guerra que será.
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Seitenzahl: 301
Veröffentlichungsjahr: 2025
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KRHÓN DOMINIO
2025 Juan Téllez
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera Edición Febrero 2025
Bogotá, Colombia
Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (571) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-628-7759-36-7
Director editorial: María Fernanda Medrano Prado
Director proyectos editoriales: Luis E. Izquierdo
Director creativo: David A. Avendaño
Editor: Diego Santamaría
Corrección de estilo: Sofía Martínez
Diseño y diagramación: David Avendaño @art.davidrolea
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
Para cada alma curiosa que, a pesar de las
dificultades de la vida, sigue incansable en la búsqueda.
A las mujeres que me han dado todo:
Marlen, Xime, Diana y Cami, Gracias por tanto amor.A Mabel. Por acompañarme en esta aventura llamada vida.A Excelsior!! Tata, Carlangas, Pinky y Eduardo,Gracias por enseñarme sobre la amistad
y dejarme escribir sobre ella.A Voulez-vous coucher. Carol y Ana,
gracias por tantos momentos felices.A Livi. Con todo respeto.A Nico. Por no dejarme saltar esa noche.
1. ARES VALLIS 2213
«Mi amado William:
Acabo de perder la vida... solo así es posible que estés recibiendo este mensaje...»
Incrédulo, Will restregó sus cansados ojos y volvió a mirar el holograph que, unos segundos atrás, había empezado a emitir aquel estridente «beep-beep» in-crescendo hasta volverse insoportable. El mensaje aparecía manuscrito en el holo-monitor, sin que se viera o escuchara nada más. Le llamaba la atención aquel básico formato, y aunque leía una y otra vez el encabezado, le costaba dar crédito a aquella asoladora frase. En definitiva, no estaba soñando sin importar cuánto lo deseara con todo su corazón. El frío que penetraba en sus huesos a través de los pies descalzos y el sordo siseo del filtro purificador de aire lo confirmaban. Eran apenas las 4 de la mañana de un largo y triste día por vivir.
Tras unos segundos, terminó de leer. Un frío muy diferente al del gélido baldosín de la sala de estar le recorrió el cuerpo desde los pies hasta la nuca. La única calidez que sintió entonces fue de la lágrima que rodó por su mejilla. Hizo desaparecer el holo-monitor murmurando un amargo «cerrar» y miró por cuarta vez la ventana del recibidor, para confirmar que el velo estaba corrido. Sacudió su cabeza y luego caminó hacia el minibar de la garita, donde se sirvió una generosa cantidad de brandy. Reflexionó unos segundos, sosteniendo el vaso en la mano. Sería la primera vez enmeses que bebería una copa. ¿Si no es hoy, entonces cuándo? ―dijo mientras realizaba una suave rotación con su muñeca, para apreciar el cuerpo del prohibido licor. Luego, sin culpa alguna, acercó aquel líquido ámbar a la boca que, al primer contacto con los labios, le devolvió parte del calor perdido. No pudo hacer otra cosa más que reconocer que un trago era lo que necesitaba en ese momento. Lo primero que llegó a su mente tras el primer sorbo, fue el recuerdo de su último cumpleaños; cuando se sentó junto con Daniel, Andrea y Lorraine, algunos meses atrás, en esa misma sala. Aquella noche Andrea y Daniel llegaron sin avisar. Lorraine les abrió la puerta con una sonrisa nerviosa en el rostro y los ojos brillantes de alegría. Acto seguido —y sin el menor recato—, Daniel sostenía en alto el oneroso presente —traído de contrabando en su último viaje a la Tierra—, jurando que no abandonarían el módulo hasta acabar la botella. Para el final de la noche ni siquiera llegaban a completar el primer cuarto. En los últimos siete meses, se había preguntado en un par de ocasiones cuándo volvería a destapar el brandy, para infringir una vez más la estricta reglamentación de la base.
La partida de Lorraine terminaba de separar a un ya fragmentado grupo de amigos, que jamás podrían volver a celebrar unos cumpleaños juntos, aunque la muerte no era la única culpable de aquella separación. Daniel ya había dejado de hablar con Andrea y con Lorraine desde que ellas se habían unido a la asamblea de pilotos.
—Son las mejores aeronautas de esta maldita base —le decía Daniel a Will cuando se mencionaba el asunto—. ¡Pero también deben ser las peores políticas del universo!
William, por su parte, trataba de comprender aquel instinto político que el comandante Jairo Pérez, líder de la asamblea y mentor de Lorraine, había logrado infundir en ellas. Esperaba encontrar una razón distinta al egoísmo, que le explicara por qué Lorraine se mostraba tan distante. En cuanto a Andrea… bueno, hacía mucho tiempo que su mejor amiga se limitaba a hablar con él de temas triviales, como el clima o algún detalle de los cazas con neuro implantes, sin que conectaran en un interés común distinto al trabajo. De un momento a otro, la vida en la estación se había vuelto una rutina: entrenar, esperar a que Lorraine volviera de sus largos viajes de Asamblea y hablar con Vagannay de alguna de esas ‘películas’ que ya nadie hacía desde como cien años atrás.
Permaneció sentado frente a la máquina empotrada en la pared, a la espera de la comunicación oficial de una noticia que ya conocía. De seguro enviarían un correo electrónico para poder mentirle con facilidad. Debía controlarse y distraerse para no dejar ver su tristeza... aún. Aquella fue una amarga espera llena de recuerdos, que se prolongó otros noventa minutos; tiempo insuficiente para comprender el significado del críptico mensaje de despedida que Lorraine había dejado listo seis meses atrás. Cuando el holograph por fin anunció una nueva entrada, Will se alborotó el cabello un poco, puso cara de dormido y dejo el vaso a un lado.
—Abrir —musitó.
En medio del pequeño cubo de 20cm, se encendió un punto del cual salieron cuatro proyecciones luminosas que en pocos segundos revelaron el holo-monitor en medio del salón. El equipo no presentaba la imagen del oficial a color ni en tres dimensiones, por lo que el capitán supo de inmediato quién lo llamaba. El coronel Frich Corip.
El subdirector de la base Marciana lucía su uniforme de gala negra con los botones dorados relucientes, aun más de lo que se esperaría a esa hora de la mañana. Su constitución huesuda y su mirada fría resaltaban más, gracias al 2D y a los tonos azules que componían el comunicado, aunque al capitán ya no le impresionaba desde tiempo atrás la inexpresividad en el rostro del coronel.
—Tontos –pensó Will mientras preparaba su actuación—, es obvio que lo han pasado mal tratando de armar una versión oficial creíble.
—Oficial Drawl, soy el Coronel Corip. Tengo algo urgente que comunicarle.
—Capitán William Drawl a sus órdenes, Señor —respondió con un ligero saludo militar, intentando lucir adormilado.
—Como su comandante, es mi deber informarle que el transporte en que se desplazaban los representantes de la asamblea de pilotos se estrelló hace tres horas en los montes Tharsis.
Corip hizo una breve pausa, para aclarar su garganta. Su reputación en la base muy pocas veces se alejaba de la expresión ‘un ser desalmado’ y él lo sabía de sobra; sin embargo, ni siquiera un desalmado como él, podía escapar de la incomodidad que puede sentir cualquiera cuando debe dar una mala noticia. El coronel buscaba el tono adecuado para mostrar respeto y hasta comprensión de ser posible, escogiendo muy bien sus siguientes palabras hacia el subalterno.
—No se tienen noticias de sobrevivientes. Entre los pasajeros se encontraba la oficial, Subteniente Lorraine Austine.
Corip no pudo hacer más que aceptar su rotundo fracaso en aquel primer intento de empatía. Encogió un poco los hombros, cuestión que parecía imposible en su ya enjuta silueta, como tratando de expresar sin palabras un «lo lamento».
—Ya veo —dijo Will lacónico— ¿Ya iniciaron las labores de rescate, Señor?
—Negativo, Oficial —respondió el coronel, un poco sorprendido por el estoicismo que demostraba el hombre al otro lado del holograph—. No olvide que estamos en invierno y la temperatura fuera de la cúpula es de –60°. Más tarde en la mañana enviaremos una misión en busca de los…
El coronel tuvo que hacer una nueva pausa. ¡Le resultaba tan fácil hablar de lo técnico! La temperatura, las condiciones del terreno... pero cuando volvía al plano sentimental, tenía que esforzarse y pensar un poco más las palabras para no dejar salir al desalmado que todo el mundo conocía.
—Eh, mire, Capitán, no ignoro que entre Austine y usted había una relación desde hacía unos años. En la UAM comprendemos la manera en que sus sentimientos podrían afectar su desempeño a bordo del 123. Así que, si lo desea, podrá tomarse una licencia a partir de este momento, hablo de unos 90 días terrestres. Lo que corresponde a un oficial y piloto de alto rango.
¡Sí! Desempeño. Corip sintió un pequeño momento de orgullo, por haber logrado una combinación aceptable entre lo técnico y lo humano en aquella última intervención.
Un largo suspiro escapó de los labios del capitán. Su mirada se inclinó mientras respondía.
—Como ordene, Coronel. Espero no abusar de mi situación al solicitarle un favor, Señor.
—¿A qué se refiere, Drawl?
—Quiero viajar a la Tierra hoy mismo, Señor. Necesito alejarme de este lugar. Agradezco su comprensión.
—De acuerdo Drawl. De todas formas, al final de su licencia todos estaremos allá o en alguna base lunar. Hoy a las 1000 saldrá el transporte 252 con destino a la Tierra. Comuníquese con el Capitán Vagannay y dígale que tiene mi autorización para marcharse a bordo de su transporte.
—Entendido, Señor. Gracias.
Corip terminó la comunicación y miró a través de la cúpula el desértico horizonte cortado en forma abrupta por esos titanes que se alzaban a kilómetros de la base y que, aun desde esa tremenda distancia, lograban causarle tantos problemas aquella mañana. Los montes Tharsis.
2. MAESTROS Y DISCÍPULOS
El incidente en la cadena montañosa era una tragedia desde cualquier punto de vista y afectaba a cada alma estacionada en la base aeroespacial de la superficie roja. Los afligidos pilotos no eran objeto de preocupación para Corip y tenía claro que dar la desoladora noticia del accidente a los miembros de la base no sería lo más tedioso que tendría que hacer.
—Bridges no lo aceptará tan fácil —se dijo en voz alta, dándole la espalda a los imponentes montes del horizonte—. ¡Me pondrá a buscar entre cada guijarro de ese maldito desierto si lo cree conveniente!
El coronel pegó un puñetazo sobre el escritorio y se dispuso a continuar con las notificaciones a los pilotos afectados, hasta que llegara la hora de enfrentar a su oscuro aliado, el comandante Fabián Bridges.
El accidente también daba un final abrupto, y conveniente, a las negociaciones entre los pilotos de la Fuerza Aeroespacial y el gobierno. Desde hacía dos años, el presidente General de la Tierra, David Castigne, junto con otros colegas continentales, pretendían despojar a la Unión Aeroespacial Mundial de su mejor campo de entrenamiento aduciendo su poca utilidad. La amenaza de un contacto extraterrestre hostil, motivo de creación de la fuerza, les parecía tan irreal y lejana, que consideraban necesario recortar el enorme presupuesto destinado para la operación en Marte, hasta hacerla desaparecer. Otras opciones más atractivas, como la minería o el turismo, surgían desde diferentes sectores, presionando el cierre de la estación Marciana. Los pilotos de la UAM, ante la inminencia de clausura, habían comenzado a protestar de manera individual, para luego conformar una delegación que les permitiera mostrar su posición frente a todo el asunto. Así había nacido, ocho meses atrás, la asamblea de Pilotos de la UAM.
Tras una intensa lucha política, los pilotos lograron cambios importantes y favorables. La comunidad Terrestre comenzaba a simpatizar con su causa e incluso algunos presidentes continentales ya reconsideraban su posición. La asamblea había hecho un esfuerzo admirable para mantener abierta la base de entrenamiento Marciana y los avances logrados en los últimos días ponían en riesgo el propósito del presidente mundial y sus asociados. El Águila IV se siniestró en la madrugada mientras regresaba desde la Tierra y se rumoraba que los asambleístas traían consigo un acuerdo internacional firmado, que soportaría sus pretensiones ante el Tribunal Mundial. Cuando el mundo supiera la noticia del accidente en los Tharsis, una gigantesca sombra de duda caería sobre el presidente y los inversionistas que lo apoyaban.
Frich Corip no podía estar menos interesado en aquel lío de la asamblea. Desde hace mucho tiempo atrás su visión de futuro iba más allá de la UAM y de la mismísima base Marciana. Junto a su mentor, el comandante Fabián Bridges, aspiraban a una gloria mucho mayor. Años de trabajo los habían llevado a acercarse a su objetivo y cuando solo debían esperar la llegada del Águila IV para cosechar los frutos de su ardua labor, justo ocurrió el accidente. Para empeorar el asunto, los medios masivos comenzarían desde temprano a discutir diversas teorías y de seguro buscarían hasta hallar algo que contar. Corip quería prevenir cualquier acusación que pudiese complicarle sus propios asuntos, por lo cual había enviado una misión completa de investigación, minutos después del impacto. Delegó la misión de búsqueda al mayor Joel King en persona, un instructor de alta estima entre los pilotos, para evitar suspicacias entre las tropas. También tuvo especial cuidado de no mencionar la existencia de tal expedición al capitán Drawl, por temor a que solicitara incluirse en el grupo de búsqueda en vez de hacerse a un lado. A su parecer, todo lo posible estaba hecho hasta entonces y tan solo quedaba esperar.
La luz roja sobre la compuerta de su módulo se encendió, anunciándole que el peor momento de aquella mañana, y el que menos quería enfrentar, al fin había llegado. Frich autorizó la entrada del comandante y lo esperó en el recibidor. Fabián Bridges venía enfundado en un abrigo que, si bien dejaba ver lo alto que era, cubría su corpulencia. Sus ojos azules, resaltados siempre por el pelo negro y espeso, se clavaron silenciosos en el rostro de Corip y sin esbozar un gesto. El comandante disfrutó unos instantes la sensación de terror que su presencia producía aun en los más altos oficiales, luego observó con rapidez el atuendo de su fiel lacayo, ¡aquellos molestos botones brillantes!, y se sentó con toda confianza en el sillón favorito del coronel.
—Comprenderá, señor Corip —comenzó sin ni siquiera extenderle un saludo—, que después de lo ocurrido esta madrugada, es muy probable que el gobierno nos dé la orden de abandonar Marte a fin de mes. Una situación inconveniente para nuestros propósitos, por no decir más. Este absurdo accidente hace preciso que encontremos la llave antes de que dicha orden sea emitida por el presidente Castigne.
El comandante Bridges frotaba los dedos de sus guantes negros mientras hablaba, produciendo un siseo cuyo único objetivo era molestar a su interlocutor. Su aparente calma no podía ocultar el fuego de sus pupilas, ni mucho menos su profundo enojo. Clavó su mirada en el encorvado y enjuto coronel, esperando alguna respuesta que apagara el infierno que lo consumía en su interior. A Frich Corip le hubiera gustado afirmar que, después de tantos años, ya podía soportar aquel siseo, pero de hacerlo así habría mentido, cosa que no se le daba muy bien. Tragó saliva y en un arranque de valentía, miró a los ojos al comandante.
—Sin la resistencia de los pilotos no hay nada que justifique nuestra presencia aquí, Señor. El accidente del Águila IV ha precipitado las cosas. Ya no habrá más negociaciones y, tan pronto se enteren los presidentes del orden mundial, se irán a Bélgica a firmar el cierre de la Academia. Eso nos deja un plazo de treinta y seis días antes de la orden oficial.
—¿Ya confirmaron la lista de pasajeros?
—Negativo, Señor. La lista llegará desde la Tierra dentro de 45 minutos.
—Intensifique la operación de rescate, Coronel, no podemos perder 300 años de trabajo en un absurdo accidente. Aproveche que la temperatura está de nuestra parte y duplique los comandos.
—¿Es necesario, Señor?
—¡Es una orden, coronel Corip! No ocurren inconvenientes como este sin que medie algún interés mayor. Tal vez el estúpido castorcito…
El ruido del intercom le hizo guardar silencio. Por primera vez en su vida, el comandante Bridges tuvo la sensación de estar siendo escuchado por las paredes.
—Nuestros asuntos no pueden esperar, Coronel —dijo bajando la voz—. Haremos esa búsqueda en tiempo récord, con la excusa del salvamento y usted y yo encontraremos… el cargamento que esperábamos recuperar.
—Sí, Señor.
—Dejaré que nuestro engreído presidente timbre un par de veces más. Le permitiré regodearse en su aparente victoria y cuando hable con él, usted no estará aquí, porque estoy seguro de que andará ocupado coordinando la operación que le he asignado. ¿Lo oye? Ya timbró una vez más y usted sigue aquí.
—Iré ahora mismo, Señor.
3.LA LLAMADA DEL PRESIDENTE
Mientras Corip salía echado de su propio módulo hacia el centro de operaciones, a unos cuantos bloques más abajo y a la derecha, Will alistaba su equipaje sin poder evitar que en su mente se repitieran una y otra vez las palabras de Lorraine. La inmediata aceptación del coronel ante su petición daba credibilidad a las afirmaciones en el testamento de la subteniente: tu presencia en la base será un gran problema para ellos, aprovecha la situación y escapa de allá en seguida.
—Estaremos seguros cuando despeguemos —se dijo mientras apretaba los puños—. Cuando dejemos Marte.
Unas lágrimas cayeron sobre sus manos cerradas. Lorraine había entregado todo por una causa y no había sido su causa… al menos no erauna causa común para los dos. El cierre de la base los afectaba a ambos, pero sin ninguna duda a él le afectaba más el hecho de no poder completar aquella conversación que iniciaron tres semanas atrás. Ella había dado su vida por la asamblea, pero él hubiera dado la suya por ella.
—Y, sin embargo, parece que aún debo darle algo más…
Will sabía que a muchas personas, empresas y corporaciones, les convenía el cierre inmediato de la estación. El planeta Marte no podía seguir siendo un centro de entrenamiento aeroespacial cuando tenía el potencial para ser el más grande y exótico destino turístico. El mensaje de Lorraine, sin embargo, no relacionaba la situación en Marte con su peculiar voluntad final. El capitán, aún sin comprender, se preparaba a concederle esa última gracia, tal vez como simbólica despedida. Abrió el panel privado de la difunta y extrajo de su interior la pequeña bolsa de terciopelo azul referenciada en el testamento.
—Unos pendientes —dijo levantando el delicado empaque a la altura de sus ojos—. ¡Y yo que alcancé a pensar en un anillo!
En el módulo del coronel, el comandante Bridges por fin se dignó a atender la llamada, originada desde la Tierra, del presidente Castigne. Siempre debía esforzarse mucho ante el transmisor para ocultar el odio que le tenía al líder de la comunidad mundial. Él mismo había tenido que aguantar en más de una ocasión las pataletas infantiles del niño rico, para evitar que una decisión de aquel dientón idiota se interpusiera en sus planes; sin embargo, a juzgar por los recientes eventos, el presidente mundial había encontrado otro camino para entrometerse.
—Comandante Bridges, ¿cómo siguen las cosas allí?
—No muy bien, señor presidente, estamos esperando la lista de pasajeros. Y el material científico para investigación está perdido.
—Mire, Bridges. ¡Lo del material científico no tiene importancia en este momento! Cuando se sepa la noticia del accidente, la comunidad mundial estará en contra mía. Mis opositores van a decir que tuve algo que ver con esto y los pilotos de la aeroespacial se asegurarán de que no se le oculte nada a la prensa. Esto va a ser un infierno.
El comandante se quedó en silencio, analizando la imagen de su interlocutor en el holo-monitor: aquel gordito consentido tenía las mejillas rojas y parecía echar humo por las orejas. La corbata le apretaba el cuello y la mueca de desesperación le dejaba ver ambas hileras dentales, resaltando sus enormes incisivos superiores, mientras gruesas gotas de sudor no dejaban de caer por su ganchuda y enorme nariz. Toda una reacción que le hizo dudar por un momento de la posible participación directa de su interlocutor en el accidente ocurrido horas atrás.
—¿Y qué quiere que hagamos, señor presidente? —respondió con toda serenidad, no sin antes reclinar la silla del coronel y frotan un par de veces los dedos—. No podemos ocultar el accidente de los representantes.
—Con la disolución de la asamblea el senado no tendrá más remedio que ordenar el retiro de las tropas marcianas. Usted debe apoyarles en todo. Inicie la evacuación de los pilotos tan pronto le envíe la orden aprobada y firmada por La Orden Mundial. Las instalaciones terrestres y lunares son suficientes para continuar los entrenamientos, es lo que debe decir a sus subordinados.
Los mechones negros y lisos del presidente caían apelmazados sobre su frente, mientras trataba de secarse el sudor de la cara con una servilleta y reacomodarse el peinado al mismo tiempo. La furia le invadía, pero Fabián Bridges disfrutaba ver aquella desastrosa descompostura presidencial. Decidió forzar un poco más al desesperado líder de la Tierra con otra pregunta usando el mismo tono pausado.
—¿La evacuación debe incluir el centro de investigación científica?
—¿Está demente? —preguntó Castigne, ya fuera de sí y olvidándose del mechón, mientras el comandante conservaba su aparente calma—. Ya tengo suficiente con los pilotos, la opinión mundial y las multinacionales, como para ponerme a cazar pleitos con la comunidad científica, usted podrá seguir en su cargo como director del proyecto marciano hasta nueva orden. El laboratorio espacial podrá disponer de las instalaciones que se le designaron en el planeta, pero no debe interferir con el trabajo que se desarrolle en las demás áreas, sea el que sea.
—Entendido, señor presidente.
David Castigne asintió con impacientes y cortos movimientos, la mirada fija en su interlocutor y reclinado sobre el codo derecho. Estiró el brazo izquierdo y, juntando todas las yemas de sus dedos, comenzó a dar golpecitos repetitivos en el escritorio presidencial.
—Bien, comandante Bridges —Pasó la lengua sobre los dientes frontales para mojarlos con saliva, relajó la mandíbula moviéndola de lado a lado y prosiguió—. Sus órdenes, entonces: revise bien la lista y asegúrese de que el subcomandante Jairo aparezca. No quiero que se hable de desapariciones misteriosas. Mi gobierno cooperará al máximo y la primera fatalidad confirmada deberá ser la del subcomandante Jairo Pérez. Ese reconocimiento es vital para que los pilotos acepten en forma oficial que están sin su líder y acelerará el proceso de reubicación del personal. Espero que todo esté muy claro para usted. Adiós.
—Sí que está claro cuál va a ser el destino de este planeta, señor presidente —pensó Bridges, mientras cortaba la comunicación—. Tan claro como los excelentes dividendos que les dejará a usted y a sus patrocinadores, miserable engreído.
El comandante se levantó de la silla y se quedó un rato con la mirada perdida en el rojizo horizonte, como si la solución a su problema fuera a materializarse en medio de aquel desierto en el momento menos pensado. La puerta del módulo siseó atrás de él y Corip reingresó a la estancia. Incapaz de interrumpir las cavilaciones de Bridges, se quedó observando en silencio mientras un par de guijarros rojos se estrellaban contra el kevlar de la cúpula.
—Castigne está viendo toda esta situación como un problema —los guantes comenzaban nuevamente a sisear—, quizá sobreestimé su inteligencia.
—Comandante —respondió el coronel aprovechando que le dirigian la palabra—, ya impartí las nuevas órdenes al Mayor King. La búsqueda se redoblará y una partida especial se concentrará en las pertenencias de Austine.
—Lorraine Austine… —Fabián Bridges no dejaba de admirar la ironía del asunto—. Ella ni siquiera había nacido cuando comencé a investigar la llave. ¡Qué curioso e implacable es el capricho del destino cuando decide enfrentar la voluntad de quien lo desafía!
Los primeros granos comenzaron a teñir de rojo la cúpula en medio de estallidos inaudibles, nublando la vista del comandante. De alguna manera parecían reforzarle la idea de que aquella mañana, una poderosa fuerza invisible se le oponía sin mostrarle misericordia.
—No teníamos forma de saberlo antes ―dijo volviéndose hacia Frich Corip—. Debimos prever que no éramos los únicos que seguíamos la pista de la llave.
—La partida que mencioné también buscará su cuerpo. Ya sabe, Comandante, por si acaso la llevaba consigo.
—Castigne nos dio permiso para seguir operando el Centro de Investigación. Tenemos la excusa perfecta para permanecer en suelo marciano e incluso podremos organizar lo que sigue, una vez la recuperemos. Mientras Bridges se ocupaba de la llamada del presidente Castigne, Will ya había terminado de empacar y se dirigía hacia la estación del Metro-Mars1. Era consciente de que iba adelantado más de 70 minutos, pero quería hablar con Daniel antes de ingresar en el ‘refri’. Su dolor se mezclaba con algo de nerviosismo, debido a las inesperadas revelaciones de Lorraine.
El capitán contaba con su único amigo para descargar en él algunos de sus ensimismamientos. Esperó cinco minutos, hasta que un vagón solitario se detuvo en frente. Sus pies se movieron de forma automática y lo llevaron hasta el asiento del medio, una costumbre de seguridad que practicaban varios pilotos, e intentó cerrar los ojos y olvidarse de Marte, de la Tierra y, si fuera posible, de los últimos ocho meses. Al pasar por la torre administrativa del módulo central, el ruido de la multitud le hizo mirar a través de la ventana. Una turbamulta ignorada por Bridges que se devolvía resignado al recibidor de Coripante la imposibilidad de seguir viendo la superficie marciana, sin ni siquiera darse cuenta de que su fiel lacayo lo seguía en silencio. La ventana del recibidor del coronel daba hacia el complejo marciano y el comandante cavilaba en profundo mutismo, mientras veía a lo lejos el tablero de la estación del Metro-Mars que anunciaba demoras en el servicio por aglomeraciones en el módulo central2.
1 El Metro-Mars era el único medio de desplazamiento no teleportacional existente en el planeta rojo. Comunicaba los seis complejos que componían la forma circular de la base Marciana, separados entre sí 12 kilómetros y equidistantes a la torre central.
La cúpula central cubría la torre administrativa y se conectaba por líneas independientes a los cinco módulos periféricos: hangar, habitaciones, laboratorio espacial, central de proyectos e investigación y el campo de entrenamiento físico. También existían líneas entre cada uno de los módulos.
2 En medio de vientos de altas velocidades, tormentas de mineral y corrosivos rayos UV, la línea de metro era un método seguro y cómodo que flotaba a 15 cm sobre un riel de energía alimentado por el reactor y que evitaba descarrilamientos y accidentes. Podía cubrir los 564 km de la base en apenas 17 minutos. Funcionaba de manera automática, aunque también era posible usarlo de modo manual.
4. METRO-MARS
«... Y así, teniendo en cuenta los tristes hechos ocurridos en la madrugada de hoy, cuya consecuencia principal es el súbito deceso de la mayoría de los representantes del grupo de oficiales de la Unión Aeroespacial, incluyendo al presidente de dicho comité: Comandante Jairo Pérez, nosotros, los tres miembros restantes, haciendo uso del poder delegado por nuestros compañeros de la base, ponemos fin a la asamblea y nos acogemos a las decisiones que el Presidente y los mandatarios Mundiales tomen a partir de este momento».
Andrea Neville, teniente activa de la UAM y supervisora de la asamblea de pilotos, terminó de leer el documento que reposaba sobre el escritorio del comandante general de la base y, durante algunos segundos, mantuvo el anillo impresor a pocos milímetros del espacio donde debía ir su sello personal. La declaración fue redactada aquella madrugada por los tres representantes que, por diferentes razones, no abordaron el Águila IV tres semanas atrás. El documento ya había sido firmado por sus dos compañeros: Joanna Knowell y Víctor Marché. Solo faltaba una firma, la de ella, para terminar con la última esperanza de más de un millar de pilotos. Era esa gran responsabilidad la que la hacía vacilar.
La teniente recordó cómo, en la víspera del viaje, el ambiente nocturno estaba lleno de optimismo en las oficinas de la asamblea. Al día siguiente el comité en pleno partiría en una nave prototipo patrocinada por el Concejo Mundial, el Águila IV, y recorrería todo el mundo visitando las personalidades más influyentes del orbe, para asegurar el apoyo necesario en la base del Ares Vallis. Aquella noche la mayoría de los pilotos se habían ido a descansar antes de las 2200, pero ella, una hora después de la salida de sus compañeros, aún se enfrentaba a un pequeño problema que no le permitía dejar la oficina auxiliar de redacción. Desde pequeña, Andrea sufría de una terrible obsesión gramatical, que le había granjeado su lugar en la asamblea como la encargada de redactar los tratados que presentarían durante la gira. Se ocupaba con alma y corazón en ese momento, de revisar la correcta escritura del nombre de la presidenta Indiasiática, que, con tantas «c», «h» y «w», retrasaba su merecido descanso antes del vuelo.
Ya había corregido seis veces el nombre en las últimas 123 páginas revisadas, cuando unos extraños ruidos le distrajeron de su labor. Andrea quería terminar rápido lo que ella denominaba «el asunto Fukisawa vs Fujisawa», por lo que en principio decidió ignorar los aparentes susurros que provenían de la oficina del comandante Jairo Pérez. Por desgracia, la obsesión por la gramática no era su única debilidad y la curiosidad comenzó a apoderarse de ella. Abrió con cuidado la puerta de su oficina y caminó por el corredor en puntillas, tratando de no hacer ruido. La parte más sensata de la mente le confesaba que su proceder, esa cautela excesiva, obedecía a una necesidad de experimentar emociones, como una parte de su instinto que no saciaba desde su ingreso a la asamblea. Andrea Neville extrañaba la acción física que había reemplazado la acción política. Se sorprendió al comprobar a través del cristal de la entrada de la oficina del comandante, que las luces estaban apagadas; sin embargo, dos voces se escuchaban claramente en el interior. Una era indudablemente la de Jairo Pérez. La otra…
—Andrea —la voz de Joanna le devolvió a su angustioso presente, frente al gigantesco escritorio del comandante general—, entre más rápido salgamos de este asunto, mejor. No es culpa nuestra, ¿recuerdas?
—Es una traición —las lágrimas comenzaron a bajar por las mejillas de Andrea—, deberíamos hacer algo más que resignarnos.
—Vive para pelear otro día, Teniente —ahora era Víctor quien le hablaba al oído contrario—, ya lo hemos acordado.
Vivir otro día… de eso se trataba todo. Aquella noche antes del viaje, ante esa puerta cerrada y las luces ausentes, Andrea descubrió la fragilidad de la confianza. Los mismos oídos que ahora escuchaban las voces de Joanna y Víctor, tres semanas atrás habían escuchado sonidos y susurros tan reveladores, que aún le llenaban de asco y desesperación. Ni siquiera fue consciente del momento en que había vuelto a su oficina a reorganizar las carpetas, cerrar la puerta y salir corriendo de la torre administrativa. De un momento a otro se vio en medio del corredor, llena de rabia e impotencia, deseando que la descomunal cúpula pudiese reproducir algo parecido a la lluvia, para acompañar el dolor en su corazón.
En medio de su tristeza, abrió su holograph y escribió un mensaje corto a los miembros de la asamblea: «Estoy muy enferma. No podré viajar con ustedes mañana. Los documentos están sobre mi escritorio». A lo que Lorraine le respondió casi de inmediato: «Mejórate pronto, nos harás mucha falta».
Con un grito de rabia, el holograph de la teniente Neville fue a dar al riel del Metro-Mars, segundos antes de extinguirse en un chispazo que iluminó el oscuro túnel y desapareció para siempre. Volviendo a su doloroso presente, parpadeó un par de veces y sacudió la cabeza como tratando de despertar.
—Es una traición —musitó mirando de reojo el odioso papel que debía firmar.
Encogió sus hombros como tratando de crear con ellos un escudo invisible que le permitiera ignorar las voces de protesta que venían del exterior, luego reunió fuerzas y, con un movimiento suave, estampó su pequeña firma en la única línea libre del documento.
La asamblea de pilotos terminaba.
Caminó hacia la puerta del despacho sin despedirse y salió cabizbaja, llorando en silencio. Su menudo cuerpo soportaba la lluvia de críticas y broncas que provenían de la turbamulta desesperada que se agolpó, desde muy temprano, a las puertas de la oficina principal. La gente que había confiado en ella, ahora le reprochaba inclemente por su poca resistencia. Si pudiese explicarles… ¡Si la escucharan como aquella vez en la que decidió alzar la voz y luchar por la base Marciana junto a Jairo Pérez! Andrea, en medio de su inseguridad, no dudaba que esa gente la recordaría siempre por esos últimos cinco minutos más que por todos los anteriores ocho meses, cuando estuvo encargada de la organización del comité de pilotos. Así aprendía la lección de la honestidad y sus recompensas en la política: solo abucheos y recriminaciones.
Los escoltas, asignados por el presidente Castigne al saber de la tragedia, la acompañaron hasta la parada del Metro-Mars, le ayudaron a subir y le explicaron con desdén que su asignación terminaba allí. Una vez estuvo sola, sintió que la antigua Andrea Neville, teniente activa de la aeroespacial, volvía a estar dentro de ella. Sus lágrimas se acentuaron al recordar cuánto había sacrificado en los últimos meses. Sacó su espejo de la maleta, llena de una necesidad de reconocerse en el reflejo y sentir que, a pesar de todo lo sucedido, seguía siendo ella misma. El silbido casi inaudible del Metro-Mars interrumpió por un momento el improvisado ritual en el que se hallaba y aprovechó para levantar la cabeza por primera vez en toda la mañana. Secándose las lágrimas, miró a su alrededor y se dio cuenta de que el vagón iba casi desocupado.
—Por suerte —pensó Andrea—, la soledad es la recompensa de los cobardes.
Después de un momento, se dio cuenta que aquel premio no le ayudaba en lo más mínimo, por lo que decidió levantarse de su lugar y sentarse tres puestos adelante, al lado de un delgado alférez, bastante simpático. El Metro-Mars se bamboleó un poco mientras se elevaba del suelo y comenzaba su recorrido a más de 100 km/h. Nada impidió que la teniente se enfrentara de nuevo a su reflejo, del que retiró un pequeño mechón castaño que caía curvándose sobre el respingado puente nasal, en medio de unos ojos enrojecidos. Su ánimo comenzó a mejorar un poco cuando descubrió en aquel rostro sin maquillaje a la misma joven luchadora que había enfrentado la adversidad con entereza, una y otra vez, durante aquel largo año y sus interminables últimas tres semanas.
—¡Seguro Teniente, es usted hermosa! Veo que su vanidad no la abandona ni en los peores momentos.
—¿Me habla usted, Alférez? —dijo Andrea, girando su cabeza hacia el impertinente interlocutor con suavidad, sometiéndolo con una mirada tan profunda como triste.
—Si, Teniente, le digo que es usted muy bonita —El alférez no se mostraba apenado por su manera de iniciar la conversación—. También se nota que está triste. Si le sirve de algo, entiendo que se cansara de todo este rollo, créame. Nosotros conservábamos la esperanza de que pudieran hacer algo, pero también estábamos hartos de negociaciones. Yo mismo vengo del centro de comando, donde solicité mi traslado a la Tierra. Juzgando por los acontecimientos, todos estaremos allá dentro de poco.
Andrea se volteó a mirar a su incomodo acompañante. Un joven de 20 años, siempre con una sonrisa en su delgado rostro, unos hoyuelos donde deberían estar las mejillas, una manzana de Adán prominente y para colmo, una postura tan relajada que se apoyaba contra el cristal del vagón, como si no planeara levantarse de ahí en mucho tiempo. Los dedos huesudos y alargados de su mano izquierda cubrían parcialmente la insignia de alférez de su hombro izquierdo y la otra caía sobre las delgadas piernas. Seguramente ha tenido problemas con el entrenamiento físico del mayor King
