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La aventura nos suele llevar, como muchas veces la pasión, a explorar territorios de los que no estamos seguros de conocer los mecanismos y los misterios que los gobiernan. Y más aún cuando el aventurero se adentra –a menudo incautamente– en el fascinante pero resbaladizo terreno de la creación literaria. ¿Qué significa, pues, escribir novelas? ¿Qué hay que saber antes de emprender el tortuoso periplo que supone la redacción de un texto narrativo? En este libro se desvelan algunas de las reglas y mañas que están detrás del oficio de escribir. Las conversaciones que lo componen se podrían resumir en que la novela tiene una «capacidad casi infinita de asimilar todo lo que pueda asimilar, de fagocitar, según convenga, la poesía, la filosofía, el periodismo, el ensayo, la historia…» y que en el entregarse a la aventura de escribirlas hay una «razón moral», porque al embarcarse en la aventura de escribir «tenemos la obligación de ser equidistantes», sin olvidar, por otro lado, que «en la vida tarde o temprano tienes que dejar de serlo».
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Seitenzahl: 134
Veröffentlichungsjahr: 2026
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A estas alturas, la memoria me hace aguas por todas partes, pero creo recordar que la primera vez que vi a Javier Cercas fue en la presentación de Soldados de Salamina en Italia, y que acababa de empezar el milenio. El editor italiano que compartíamos (y compartimos) me pidió que lo presentase en Italia, y acepté entusiasmado. El libro de Cercas me había dejado fulminado, me había fascinado, raptado, y me temo que semejante entusiasmo se notó incluso demasiado cuando conversamos en la presentación. Lo que más me impresionó, nada más vernos, es que vi en Javier no solo a un fantástico escritor y a un intelectual interesantísimo, sino también (y sobre todo) que me vi enfrente de una persona estupenda, y que encontré un amigo. Demostró serlo cuando, un año después, fue él quien presentó un libro mío, La última frontera, en Barcelona, acompañado por Enrique Vila-Matas e Ignacio Martínez de Pisón. Javier aceptó presentarlo y, además, dijo en aquella ocasión que era como si alguien nos hubiera encargado la misma tarea y nosotros, cada cual a su manera, la hubiésemos llevado a cabo con idéntica fuerza e intensidad: él hablando de un oscuro miliciano de la Guerra Civil y yo de Walter Benjamin que se suicida en la frontera por la que huyeron, como su Miralles, medio millón de españoles que habían perdido la guerra.
Desde entonces, creo que puedo vanagloriarme de disfrutar de su aprecio y de su amistad, consolidada en infinidad de conversaciones y de discusiones sobre los temas más variados, en comidas y cenas en las más variopintas ocasiones; sin olvidar que hace algunos años que soy su traductor al italiano, que hemos leído las novelas que el otro ha escrito, que hemos vivido muchos eventos uno al lado del otro, y el menor no es el que dio origen a este libro. Hacía años que se celebraba en Pordenone, en el Véneto, un festival literario que tenía características particulares. El festival se llamaba (y se llama) Dedica, y (claro) se «dedicaba» a un solo autor. Alrededor de su obra y de su personalidad, la organización preparaba reuniones, presentaciones, mesas redondas, exposiciones fotográficas, representaciones de textos teatrales y proyecciones de películas basadas en sus obras; montaba también conciertos con músicos que pudieran tener relación con el autor. Además, Dedica publicaba un libro con una extensa entrevista al escritor homenajeado, que incluía inéditos y colaboraciones de amigos y críticos. En 2013, los organizadores eligieron a Javier Cercas y me encargaron a mí que dialogara con él. Así pues, nos vimos varias veces, en Italia y en España. Javier nos abrió a mí y al gran fotógrafo Daniel Mordzinski (que hizo una exposición sobre Javier) las puertas de casa, nos presentó a su familia y fuimos con él, emocionadísimos, a los lugares en los que se desarrolla Soldados de Salamina.
Es siempre maravilloso conversar con Cercas, descubrir los muchos puntos en común que tenemos y los pocos desacuerdos que nos unen, pero en aquella ocasión lo fue aún más, pues ambos sabíamos que cuanto íbamos a decirnos iba a ser publicado y que tendríamos que asumir la responsabilidad de lo dicho: sus ideas brillaban como nunca gracias a una luz clarificadora. Del intercambio salimos más ricos, pero también con más dudas, incluso en las ocasiones en que no estábamos de acuerdo. Así, la editorial que compartíamos, Guanda, decidió publicarlo con todas las bendiciones y el mucho aparato que suelen emplear las grandes editoriales. Estoy contentísimo de que ahora, gracias a Altamarea, esté al alcance del público español.
Han pasado más de diez años de aquella conversación y el papel público y la notoriedad de Javier Cercas han crecido de manera enorme, sus ideas acerca de la literatura y de la política no han dejado de perfeccionarse y de ganar en profundidad, está considerado uno de los más importantes escritores e intelectuales europeos, sus novelas no han dejado de entretenernos, de dejarnos sin aliento, de hacernos reflexionar, pero yo creo que todo germinaba ya en la apasionante conversación de años atrás. Estoy razonablemente convencido de que, precisamente por eso, el libro lo apreciarán muchísimo los lectores y las lectoras españolas.
Bruno Arpaia: Ibahernando es un pueblo pequeño, medio millar de personas, de Extremadura, a unos cien kilómetros de la frontera con Portugal. De allí, mediados los años sesenta, el doctor Cercas, veterinario y pequeño terrateniente, parte con la familia para trasladarse a Cataluña, a Gerona. El pequeño pueblo se vacía lentamente, muchos han emigrado ya y es posible que el doctor Cercas (que no es que viva mal en Ibahernando) no vea allí futuro para sus hijos. Por el contrario, Gerona es una ciudad rica, con grandes explotaciones bovinas y, se presume, muchas oportunidades de trabajo. Así, el 28 de diciembre de 1966, el día de los Santos Inocentes, con cuatro años de edad, el futuro escritor Javier Cercas desembarca con la familia en la estación de Gerona. Es un emigrante, un charnego, uno de pueblo, uno de los muchos que aquellos años viajan hacia las zonas menos pobres de la península.
Javier Cercas: La primera imagen que recuerdo es una en la que marco Gerona en un mapa y digo: papá está aquí. La segunda es la llegada a la estación de Gerona el 28 de diciembre. Recuerdo una sensación de desconcierto, de desarraigo, de orfandad. Era todo diferente, empezando por el idioma. Con todo, he pensado siempre que no habría sido escritor si no hubiese salido del pueblo. En Ibahernando, en comparación con los vecinos, podíamos considerarnos adinerados, aunque en realidad no lo éramos, ni mucho menos. Allí, yo habría sido un señorito de pueblo, o habría estudiado veterinaria. En Gerona, en cambio, el hecho de no ser nadie, de no tener ninguna protección, de sentirme siempre fuera de lugar, contribuyó a que me convirtiera en escritor. Todavía hoy tengo la sensación de ser un emigrante, un charnego; en suma, de estar siempre fuera de lugar.
B. A.: ¿Cuándo nació tu amor a la literatura?
J. C.: No vengo de una familia especialmente culta o con grandes lectores. Pero en casa había una pequeña biblioteca, y yo leía libros de aventuras, de historia; leía libros para jóvenes… Teníamos una colección de libros ilustrados: yo miraba primero las ilustraciones y el resumen y luego, si me gustaban, leía el resto. Recuerdo la fascinante lectura de La isla del tesoro en una edición con bellísimas ilustraciones. Luego, prestados por la biblioteca del colegio de los padres maristas, leí a Salgari y a Verne, que era mi preferido. Aunque no he vuelto a leerla, Miguel Strogoff es una novela imposible de olvidar… Me gustaría escribir ahora un libro siguiendo el viaje de Strogoff. Pero el gran cambio se produjo cuando cumplí catorce años y me convertí en un lector-vampiro. ¿Qué es un lector-vampiro? Lo explica muy bien Saul Bellow: no es el lector que lee para pasar el tiempo o para divertirse, ni tampoco para ser un sabio; todo eso es estupendo, pero el lector-vampiro no lee por ninguna de estas razones: lee para sobrevivir, no quiere leer los libros, quiere ser los libros, quiere que los libros entren a formar parte (como dice Bellow) «de su sustancia». A los catorce años era, dentro de lo que cabe, una persona normal; era también un lector alegre y confiado. Por desgracia, aquel año fui a Ibahernando, como todos los veranos, y me enamoré locamente de una chica. De vuelta a casa después de las vacaciones, lo único que me apetecía hacer era ahorcarme en la cúpula de la catedral de Gerona. Fue un momento importante que intenté superar pidiendo ayuda al libro más serio que encontré en casa, pero tuve tan mala suerte que el elegido fue San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno. Una novela muy confusa y muy mal escrita, pero que leí como si me fuera la vida en ella y que me confundió tanto que en un par de días dejé de ser católico, me entregué al alcohol, al tabaco y me convertí en un disoluto. No contento con ello, en los meses siguientes leí todos los libros de don Miguel, lo que me sumió definitivamente en un estado de frenética falta de control moral, de la que todavía no me he recuperado. Esta es mi trágica historia; creo que la de mis semejantes no es muy diferente. Por supuesto, luego leímos libros mucho mejores que los de don Miguel, pero el destrozo ya estaba hecho. Con todo, el pobre Unamuno no tiene la culpa: de no haber sido él habría sido otro, porque cuando se le vampiriza la sangre a un libro solo se quiere chupar sangre de libro. Cuando te conviertes en un lector-vampiro, lees de manera diferente, piensas que la literatura te puede «salvar», un verbo que desde hace cincuenta años es imposible escribir sin que se nos escape la risa.
Y sí, fue entonces, a eso de los catorce años, cuando todo cambió para mí. Empecé a pensar que podría llegar a ser escritor. Un día, en el colegio de los maristas al que iba, uno de los profesores habló en clase de posibles trabajos para el futuro, y citó también el de escritor. Dijo que era un oficio que permitía quedarse en casa, sentado en un sillón o a la mesa del escritorio, y beber Coca-Cola. «Ah, esto me interesa», pensé. Pero empecé a escribir tarde, y la culpa fue de Borges. Después de todos esos libros de Unamuno y de la Generación del 98, a los quince años descubrí a Borges, y fue una locura. ¿Cómo ponerse a escribir después de haber leído una prosa así? Tuve que esperar a descubrir escritores que no me aplastaran para poder empezar a escribir. En cualquier caso, ser escritor era para mí un sueño lejanísimo e inalcanzable que me costaba confesar, incluso a mí mismo. Soy un chico de pueblo… Más o menos, hasta que empecé a escribir Soldados de Salamina, no había leído escritores en castellano (a excepción de Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño y un poco de Ignacio Martínez de Pisón). En aquella época, yo ya había publicado dos o tres novelas, salió un libro que se titulaba Páginas amarillas y en el que salían todos, todos (insisto) los escritores de mi generación. Todos menos yo. Yo no salía. Bolaño, que tenía una concepción «guerrillera» de la literatura, me llamó por teléfono y me dijo: «Javier, debes de tener un enemigo muy, muy poderoso, por eso no te han incluido en la antología…». Y yo venga a repetir: «Qué va, Roberto, lo que pasa es que no me conoce nadie…». Era verdad: nadie me conocía y yo no conocía a nadie. No me había mezclado con el mundo literario, conocía únicamente a algún poeta catalán, como Salvador Oliva, y no sabía nada del ambiente cultural en castellano. Vivía en Barcelona cuando fui a la universidad, pero los escritores eran como extraterrestres para mí. Leía una revista universitaria que se llamaba Fragments en la que se publicaban cuentos y poemas que yo devoraba ávidamente. Pero no me atreví nunca a mandar un cuento, pues creía que lo iban a rechazar, del mismo modo que no he enviado nunca un libro a ciegas a las editoriales. La única vez que lo hice fue cuando acabé la universidad, cuando, sin que nadie me lo pidiera, con una ingenuidad increíble mandé a la revista Quimera un artículo sobre los dos primeros libros de Martínez de Pisón, que obviamente no publicaron. Cuando empecé a escribir en El País, Jorge Herralde, entonces propietario de la editorial Anagrama y a quien le gustaron mucho los primeros artículos (que luego reuní en Relatos reales), me preguntó muy preocupado: «¿No será que por casualidad hemos rechazado alguna novela tuya?». La verdad es que no me había atrevido a enviársela. Yo vivía con una mezcla de miedo y soberbia. Venía del pueblo, no sabía cómo funcionaba el mundo literario. Sin embargo, hoy sigo pensando que haber estado apartado de la vida cultural española se convirtió en una suerte: no hubiera podido escribir Anatomía de un instante o Soldados de Salamina si no hubiera estado tan en los márgenes del ambiente literario o del debate cultural español.
B. A.: Y eso que habías estudiado Filología Hispánica…
J. C.: Sí, porque quería ser escritor. Desde el principio tenía claro que, para serlo, tenía que conocer la literatura clásica española, la tradición. Quería conocer el teatro medieval, la literatura del Siglo de Oro, las novelas medievales de caballería… Llegué tarde a la literatura española contemporánea, pero me aficioné enseguida a la clásica. La tradición de un escritor es doble, tiene que manejar un carro con dos riendas: una es la tradición universal, otra es la de su lengua materna, porque es el instrumento que utiliza. Me interesaba, entonces, la literatura clásica española, y las referencias contemporáneas eran los escritores franceses, italianos, ingleses o latinoamericanos, a través de los cuales descubrí que la forma lo era todo, que la literatura se hace con las palabras. Pero hay otra cosa vital en la filología: la disciplina y el rigor no son muy diferentes de los que necesita la historia, no se entiende la literatura si no se estudian la historia y el pasado con métodos filológicos. Para mí fue muy importante. Un libro como Anatomía de un instante no se concibe sin disciplina filológica. Pero que quede claro, yo no soy un verdadero filólogo, sé poco de filología, lo justo para saber lo importante que es.
B. A.: ¿Quiénes fueron tus maestros en la universidad, si tuviste la suerte de tener maestros?
J. C.: Salvador Oliva, poeta y traductor de Shakespeare al catalán, que fue un maestro heterodoxo en el sentido que Nietzsche da a la palabra en el ensayo Schopenhauer como educador. Oliva me descubrió, e hizo que leyese, muchas cosas en inglés, desde Eliot hasta Oscar Wilde. Luego, Francisco Rico, Alberto Blecua y Joan Ferraté. Ya lo he dicho: yo entré en la literatura, sobre todo, por la puerta de la literatura catalana.
B. A.: Uno de ellos fue importante a la hora de publicar tu primer libro… A fin de cuentas, a pesar de estar fuera del mundo literario, lo conseguiste…
J. C.: Sí, es verdad. Yo tenía entonces una novia poeta, y obviamente le pedía que leyera los cuentos que escribía. Y ella, sin decirme nada, se los pasó a Salvador Oliva. Y este fue muy generoso, muy respetuoso. Me aconsejó, me ayudó, y luego le pasó los cuentos a otro de mis maestros, Joan Ferraté, que, a su vez, se los entregó al editor Jaume Vallcorba para que los leyera. Vallcorba tenía una importante editorial en catalán, Quaderns Crema, y buscaba autores para poner en marcha una en castellano. Yo fui uno de sus primeros autores. Joan Ferraté me decía siempre: «Tu libro es muy bueno, pero tu editor está loco. No se puede poner en marcha una editorial solo para publicar este libro». Aquella editorial, Sirmio, quebró, pero luego Vallcorba fundó otra, Acantilado, que funciona de maravilla, y algunos de mis libros siguieron durante un tiempo en su catálogo.
B. A.: Háblame de las primeras novelas: El móvil, El inquilino y El vientre de la ballena…
J. C.: En Soldados de Salamina pongo en boca del personaje Bolaño, a propósito de El móvil: «No lo recuerdo muy bien… Creo que había un cuento muy bueno sobre un hijo de puta que induce a un pobre hombre a cometer un crimen para poder terminar su novela». En cambio, de El inquilino, el Bolaño real dijo que era una novela fabulosa, obra de un autor con un talento fuera de lo normal. Pero ya he dicho que él tenía una idea guerrillera de la literatura y, evidentemente, como además era mi amigo, exageraba muchísimo. La novela está ambientada en el Midwest de Estados Unidos, donde di clases un par de años, en una universidad de Illinois, y el protagonista es italiano. A mí me gusta mucho, pienso que cuando tenga ochenta años diré que es mi mejor libro. Era muy feliz cuando lo escribí, y sin duda es mi novela más «clásica», con personajes, trama, humor. La definiría como una «pesadilla realista-humorística». El vientre de la ballena,
