La balada de Billy el Niño - Alfonso Domingo - E-Book

La balada de Billy el Niño E-Book

Domingo Alfonso

0,0

Beschreibung

El 14 de julio de 1881, en Fort Sumner (Nuevo México), Pat Garret acabó con la corta vida de Billy el Niño, que nunca cumpliría veinticinco años. Desde entonces su leyenda no ha dejado de crecer, especialmente entre los hispanos de Estados Unidos, que siempre lo protegieron y ayudaron; no en vano, el Chavito hablaba el español arcaico de Nuevo México. Enmarcada en una naturaleza dura y grandiosa, los paisajes de Nuevo México y Arizona, La balada de Billy el Niño narra uno de los últimos episodios de un salvaje oeste que agonizaba a finales del siglo XIX, pero que no deja de ser un relato sobre las constantes de la condición humana: el amor, la libertad, la dignidad, la amistad, la traición, la muerte. Además, Alfonso Domingo ha incorporado a la narración una serie de documentos inéditos que ofrecen una nueva luz sobre la gran escapada, los últimos días de Billy el Niño y los motivos de su asesinato.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 428

Veröffentlichungsjahr: 2014

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Alfonso Domingo

La balada de Billy el Niño

Índice

Capítulo I. Una oportunidad entre un millón

Capítulo II. Maneras de morir

Capítulo III. La vida es dulce

Capítulo IV. Música de los que escapan

Capítulo V. Vida sin amigos, muerte sin testigos

Capítulo VI. El búfalo diablo

Capítulo VII. Códigos de caballería

Capítulo VIII. El canto del coyote

Capítulo IX. El regreso a ninguna parte

Capítulo X. Viejo Fort Sumner

Capítulo XI. Aromas de la frontera

Capítulo XII. Caminos que se cruzan

Capítulo XIII. La muerte acecha

Capítulo XIV. Duerme bien, querido

Capítulo XV. Un corrido fúnebre

Epílogo con figuras

Agradecimientos

Créditos

CAPÍTULO I

UNA OPORTUNIDAD ENTRE UN MILLÓN

Desde la ciudad de Jauja

me mandan solicitar,

que me vaya, que me vaya

a un tesoro a disfrutar.

—¿Qué dice, amigo, vamos

a ver si dicen verdad?

Si es de verdad de lo que dicen

nos quedamos por allá.

Los cerros son de tortillas,

las quebradas de buñuelos,

las piedras cubiertas de frutas,

pinos son los caramelos.

Para toditos los flojos

es un punto regular,

porque allí le dan de palos

al que quiere trabajar.

La ciudad de Jauja

Viejo romance de Nuevo México

Abril de 1881

Fueron los niños los que corrieron la voz: «¡Ya viene, ya viene el Bilito preso!», decían en español, corriendo por la calle, alborotando entre el polvo. El pueblo de Lincoln, otrora llamado La Placita del río Bonito, fue haciéndose eco de aquella onda que alcanzaba hasta los rincones más lejanos. Sorprendidos en sus tareas cotidianas, sus habitantes dejaron lo que estaban haciendo para asistir al acontecimiento. El boticario Tomlinson, juez de sucesiones, alertado por su mancebo, que atendía los pedidos de la señora de Montaño, dejó de pesar las sales y se asomó por la ventana. Toda la parroquia que vegetaba en El Elefante Blanco buscó la puerta, algunos con su cerveza o su whisky en la mano. Era un espectáculo que no se vería nunca más, algo único que poder contar a los nietos, al lado de un buen fuego, o en las reuniones de amigos, recuerdos que acompañaban de por vida. Sam Wortley, el cocinero del hotel, salió a la calle acompañado del mánager Lilly. Desde sus habitaciones, advertida por el revuelo, acudió a la puerta del hotel Apolinaria, la mujer del sheriff Pat Garrett, con su hija Ida en los brazos.

El exjuez Wilson, José Montaño y toda la clientela de su tienda se unieron a los que ya esperaban frente al edificio de la nueva corte de justicia. Allí aguardaba asimismo el capitán Saturnino Baca acompañado por algunos hijos de su numerosa prole. Había animación: se sabía que en algún momento de la tarde llegaría la comitiva con el sheriff Garrett, que había salido a recibir al condenado a Ford Stanton.

Severo Gallegos, junto con los demás niños de Lincoln, seguía pregonando la nueva alrededor de la calle principal, cabalgando sobre un caballo imaginario: «¡Ya viene el Chavito! ¡Ya viene el Chavito!». Sam Corbet, antiguo dependiente de la tienda de Tunstall, que ahora trabajaba en la oficina de correos, y Godfried Gauss, viejo cocinero del rancho del inglés, hablaban y esperaban mirando a la lejanía, hacia el camino por donde aparecerían.

Desde el oeste, asomando por la pista de Fort Stanton, una nube de polvo detrás, se fue apreciando el carruaje que conducía al preso. Sabiendo que algunos amigos del Kid habían jurado liberarlo, y para evitar tentativas de rescate, siete guardias fuertemente armados le habían escoltado todo el camino desde Mesilla, donde había sido juzgado, hasta Lincoln, lugar en el que se cumpliría la sentencia. El Kid tenía puestas las esposas y estaba encadenado con grilletes en los pies, situado en mitad del carruaje descubierto y con bancos corridos que le trasportaba, una vieja ambulancia del ejército. Manejada por el sheriff del condado de Doña Ana, Dave Woods, a ambos lados y enfrente de él se turnaban los vigilantes, encabezados por el marshall Robert Ollinger y cinco alguaciles, incluidos Billy Mathews y John Kinney, dos de los más afamados matones y cuatreros del territorio que ahora estaban del lado de la ley, conversiones sonadas. Puede que no ganaran tanto pero a la larga resultaba más rentable. Aunque tuvieran que arrestar a los que habían sido como ellos.

En Fort Stanton, a nueve millas al oeste de Lincoln, el sheriff Woods había hecho entrega del prisionero a Pat Garrett, que esperaba desde el día anterior. Precisamente Garrett, con su caballo, Sombrero Negro, venía al frente de la comitiva armada. Vestía un traje oscuro sobre el que se había ido depositando el polvo, que también se había pegado a su cara tostada donde asomaban sus ojos grises y su bigote negro. Se le veía algo encorvado, un metro noventa de altura que se balanceaba en ocasiones como si fuera a caer de la cabalgadura. Tras él seguía el carruaje, con un jinete a cada lado y otro detrás. Así fueron llegando hasta la población. Los habitantes y forasteros aguardaban silenciosos y expectantes. Todas las miradas se posaban sobre aquel muchacho —un metro setenta, ojos azules, dientes de conejo, cara pícara con pelusilla en el labio superior— que, cargado de cadenas, parecía chiquito rodeado de tantos guardianes con rostro grave y rifle preparado. Frente a ellos, flotaba su sonrisa, como los rizos de su pelo claro, en medio de la tarde.

—¡Otra vez aquí, eh, muchachos! Parece que quieren que vuelva a este condenado lugar —dijo con su peculiar sentido del humor, a prueba de tiroteos y situaciones difíciles.

—Esta será tu última visita, puedes estar seguro. Aquí acabaron tus andanzas —le respondía Bob Ollinger, que había viajado a su lado con el revólver desenfundado.

Cuando llegaron a la corte, donde iba a ser confinado hasta la fecha elegida para la sentencia, Garrett descendió del caballo y lo ató a los postes de la puerta. Hicieron bajar a Billy, que era el único al que parecía divertirle la situación y la expectación generadas.

—Señoras, perdonen que no me quite el sombrero —dijo en español—. Señores, les invitaría a un trago con mucho gusto, visto que se han dignado venir a recibirme, pero no creo que me dejen estos chacales, ¡ja, ja!

Enseguida hicieron entrar al preso a la casa. Los últimos guardianes se quedaron en la puerta, mirando a los curiosos, con aspecto equívoco. No se sabía si vigilaban algún gesto hostil o simplemente se exhibían ante los hombres y se pavoneaban ante alguna de las señoras que cuchicheaban a su lado. Los niños seguían agitados, propagando con sus voces agudas lo evidente:

—¡Van a encerrar al Bilito!¡El Chavito en la nueva cárcel!

Un gesto de uno de los vigilantes consiguió, si no espantarles, que al menos se callaran. Poco a poco, en pequeños grupos, y comentando el suceso, los hombres fueron volviendo a sus quehaceres o entrando en el saloon. Se empezaban a cruzar las apuestas sobre si el desperado podría fugarse de la nueva cárcel antes de su ahorcamiento. La noticia ya se había propagado por todo el condado.

Sólo le habían condenado por una, pero a Billy le achacaban más muertes de las debidas, fama que había obrado en su contra. En aquellos días, la gente no hacía más que recordar las andanzas del Bilito. Por un lado estaba su tierno desparpajo, mezcla de ángel dulce, capaz de cualquier cosa por sus amigos o incluso desconocidos que lo precisaban, como viajar en plena noche a buscar medicinas para un enfermo; por otro su sangre de hielo, de ángel justiciero, detrás de un muro de adobe de Lincoln, disparando con otros «reguladores» a sangre fría al sheriff Brady y sus ayudantes. Indiferente a lo que allí decían estaba Billy, encadenado y enjaulado, reducido a una habitación en el ala este del antiguo edificio de La Casa de Murphy & Dolan, la firma que pretendió gobernar las vidas y haciendas de los habitantes del lugar.

El cuarto había sido el dormitorio de Murphy, el baluarte de uno de sus mayores enemigos, de él y del que fuera su patrón y amigo, Henry Tunstall. Murphy había muerto hacía ya dos años de cáncer, dejando los negocios a Dolan y a su socio Riley. El fiscal federal Catron, asimismo presidente de un banco en la capital del territorio, albacea del testamento de Murphy, y todopoderoso artífice del Círculo de Santa Fe, había vendido la casa al condado de Lincoln para que sirviera de sala de justicia, oficina de correos y del sheriff. Una sala adosada a su costado era aún utilizada por los masones para sus reuniones. En la otra ala del edificio dormían cinco prisioneros anglos que esperaban el juicio por haber matado a dos mexicanos en Tularosa Creek en una disputa sobre derechos de agua. Los matadores se habían refugiado en Lincoln bajo la protección de Pat Garrett para evitar ser linchados por un motín de hispanos que clamaba justicia.

—¿No podías haber elegido otro lugar, eh Pat? ¡Condenada casa…! —había protestado Billy al llegar.

—¿No creerías que te iba a encerrar en la vieja cárcel...? Aquello no reúne condiciones y no es sitio para personas. Más de tu importancia. Sé que eres muy sensible a las cárceles, Billy, pero aquí estarás más cómodo.

—¿Cómodo? ¿Con esto? —Señalaba el preso los grilletes y las esposas. Apenas podía caminar por las cadenas que le sujetaban los tobillos.

—Bell, no es necesario tener a Billy con una cadena tan corta en los pies. Ponle otra un poco más holgada. No quiero que se haga daño. De todas maneras, le será imposible escapar.

—Así que esto es lo que veía el hijo de perra de Murphy —Billy, vuelto hacia la ventana, aparentó no haber oído las últimas palabras del comisario—. Desde aquí contemplaba el pueblo e imaginaba ya que todo era suyo. No le sirvió de mucho, la verdad, el chingado ya está bailando con la Huesona.

Desde que se supo de la presencia de Billy en Lincoln, aquello se convirtió en un desfile. Sus amigos y viejos compadres que habían participado con él en la guerra del condado fueron a verlo, aunque estuvieran separados por la mesa y bajo la atenta mirada de alguno de los carceleros. La admiración del pueblo no tenía límites, también el odio de sus enemigos. Era grande el Kid, por esas pasiones que provocaba: no dejaba a nadie indiferente.

Annie Lesnett también lo visitó. Tenía menos de treinta años y dos hijos. Con su marido Frank regentaba la estafeta, una tienda y un hotel en Ruidoso, un rancho que tenía pinos y flores salvajes, al lado del río, donde el cauce se angostaba y saltaba entre las rocas, batiendo la piedra con rítmica cadencia. Hacía cerca de cinco años que le conocía, y a aquella mujer que no había perdido la dulzura, le dolía verle así.

—¿Que pasó con tu perro, Kid? —preguntó Annie para romper el hielo y distraer al preso de su triste destino.

—Lo regalé a unos amigos de Fort Sumner, pero me han dicho que ha muerto —respondió el Bilito.

—Así vas a acabar tú, colgado como un perro —dijo con alegría Bob Ollinger, que junto con James Bell, había sido el encargado de la custodia del Kid—. Voy a disfrutar cuando te empuje en la horca y oiga cómo se parte tu cuello. ¿No quiere venir a presenciarlo, señora?

Annie volvió la cabeza y parpadeó rápidamente para que no se le notaran las lágrimas. Si alguien allí era un asesino, ese era Ollinger. Aquella era la justicia de un mundo al revés.

—Señora Lesnett, ellos no pueden colgarme si ese día no estoy aquí, ¿no es así? —intervino el Kid con ternura.

Ella se enderezó y volvió la cara.

—Claro que no pueden, Billy —dijo para darle ánimos, aunque en realidad era él quien se los daba a ella.

* * *

Pobre Billy, pobre niño malo. Sin padre ni madre en la vida, nadie que llore por ti, o tal vez así sea mejor, que no vean tu triste final… ¿Cómo pudo un joven como tú tener este destino? Mi marido Frank dice que desde hace años lo llevas clavado en la espalda. Pero para mí eso no era tan claro cuando te conocí. No eras más que un niño grande al que no le dejaron jugar mucho, ya se sabe que acá, los hombres pasan rápidos de la infancia a la madurez, apenas sin juventud, los que llegan, los que no se quedan por el camino entre la viruela, el tifus, tantas enfermedades y accidentes. Y luego el plomo, la violencia, esa asignatura que se enseña casi desde que les traemos al mundo y les damos la leche, escuela de la vida que les espera de inmediato, apenas aprendidas las letras y las cuatro reglas de los números. Eso los que tienen suerte y pueden ir a la escuela. Pero por qué tú, Billy, joven amable y cariñoso, por qué cayó sobre ti la maldición de los hombres de esta tierra...

Me acuerdo de tu perro, aquel pequeño spaniel negro, puro nervio, que jugando saltaba hacia ti hasta que, sonriendo, sacabas tu pistola y comenzabas a disparar al suelo, entre mi miedo aprensivo. Nunca me he acostumbrado a las armas ni a los tiros, me sobresaltan entera. El perro jugaba a seguir cada nubecilla de polvo, aullando de gozo. El animal no se percataba de que si una de esas balas erraba podía dejar de jugar para siempre, pero no había cuidado, eras uno de los más rápidos y precisos tiradores del sudoeste. Decías que querías ser tan bueno con el revólver como lo eras con el wínchester. Yo te decía que esas no eran mañas, que mejor un trabajo honrado y callado. Y cuando te lo decía, te reías, así sin mucha fuerza, como si todo fuera en realidad una travesura, una trastada que ya duraba demasiado tiempo y que acabaría cuando tuvieras que regresar a casa, con los tuyos. Pronto supe que nunca podrías. No tenías casa, no tenías familia. Sólo tenías a tus armas, tu rifle y tus pistolas.

¡Ah, Billy, cuánto despropósito! Me llegan de sopetón los recuerdos, desde que te conocí, en 1877, cuando Jennie Mae, mi segunda hija, tenía nueve meses. Entonces llegaste a mi casa con Jesse Evans, un joven cuatrero sangriento que tenía el aliento del infierno. Te presentaste como Billy Bonney. No tendrías más de 18 años y tu rostro y tus maneras no se parecían en nada a la de los desperados que asolaban el territorio. Te gustaban los niños, jugabas con cualquier mozalbete al trompo o al juego de la oca. De inmediato congeniaste con los míos. Al pequeño Johnny, de tres años, le llamabas pardie —compañerito— y te gustaba cogerlo en los brazos. Montabas a los dos en tu poni gris y con todo cuidado les dabas un paseo. Ah, Billy, eras un joven adorable, cualquier muchacha del lugar te hubiera querido tener por novio, e incluso yo te presenté a algunas en los bailes de los sábados. Pero eras demasiado libre, demasiado indómito. Como todo el condado de Lincoln. No quisistecambiar, y tampoco te dejaron.

Desde que llegaste al condado no dejamos de oír hablar de ti, de tus hazañas, de tus deudas de sangre, de tus compañías y de tus problemas con la ley. Yo no te preguntaba las pocas veces que volviste a pasar por aquella casa, y tú tampoco dabas aire y vuelo a tus cosas. He venido a verte, Billy, no sólo porque me acuerde de ti, sino porque he querido darte la bendición de esa madre que muy pronto te faltó en la vida. Y sin embargo, los nervios y las lágrimas no me han dejado. Pobre niño malo, Billy, espero que allá, en el otro mundo, donde vas a ir, la encuentres. Ella, de seguro, te estará esperando.

* * *

El condado de Lincoln era el más grande de aquella nación en expansión llamada Estados Unidos de América: cerca de ochenta mil kilómetros cuadrados en el sudeste de Nuevo México, territorio libre e indócil, secarrales de colinas atravesados por manchas de agua, donde se arracimaba el verde y los pastos y donde pastaban miles de cabezas de ganado, cantidad mucho mayor que la de los habitantes, que no llegaban a tres mil en total. Con ríos como el Hondo, el Bonito y el Pecos, de resonancias hispanas, y al fondo las sierras de Sacramento, la Capitana y Guadalupe, 3700 metros en su punto más elevado. Y en toda esta área, espolvoreados aquí y allá, ranchos y un pueblo o placita. Lincoln era una de esas poblaciones, levantada a orillas del río Bonito, con casas desperdigadas a lo largo de un par de kilómetros sobre el espinazo de un camino de tierra en cuyo extremo norte se alzaba aún un torreón de piedra construido contra las incursiones de los apaches.

El resto de las casas eran de adobe o de ladrillo cocido, con grandes muros que aislaban del frío del invierno y protegían del calor del verano, técnica indígena adaptada por los hispanos. Como capital del condado, recibía visitantes que iban a comprar o registrar tierras al juzgado, a comprar a las tiendas, recoger correspondencia en la oficina de correos o a beber a alguna de las dos cantinas. La mayoría de su población era hispana, agricultores con pequeños campos junto al río, pastores que cuidaban rebaños de ovejas, jornaleros que buscaban empleo en las estaciones con más faena agrícola. También gozaba Lincoln de un número significativo de arrieros, ocupación que habían desarrollado con gran habilidad desde la época española. Un mundo pequeño donde todos se conocían y donde las novedades, no se sabía cómo, circulaban a gran velocidad entre todas las rancherías. También los bulos y los rumores, los amores y pendencias. Mundo atávico, anclado en un tiempo y unas maneras distintas, y al mismo tiempo, la síntesis del oeste, con sus esencias más puras.

Varios años antes de que el pueblo de Lincoln como tal fuera creado, las incursiones de los apaches mescaleros habían dado lugar a una dura campaña del ejército estadounidense. El general James H. Carleton declaró la ley marcial. Época revuelta, vivida bajo las armas que dictaban las normas. Los mescaleros se rindieron a Kit Carson, que los internó en la reserva de Bosque Redondo, situada en una planicie junto al río Pecos, donde el ejército levantó un puesto militar, Fort Sumner. Unos cuatrocientos mescaleros fueron internados allí en marzo de 1863. Experiencia traumática para los mescaleros y los miles de navajos —eran tribus enemigas— que llegaron también a la reserva después de haber sido derrotados por Kit Carson durante el invierno de 1864.

Tiempo terrible, de mucha muerte. Las condiciones de vida en la reserva eran nefastas; el agua alcalina del Pecos causaba disentería, las condiciones sanitarias eran muy precarias y la meningitis y la gripe provocaron la muerte de niños y ancianos, debilidad de los tallos demasiado tiernos o achacosos. Condición agravada por una desastrosa sequía: se perdieron cosechas y ganado, efectos que multiplicaron la hambruna.

Exasperados, a punto del exterminio, los mescaleros huyeron de la reserva. La mayoría se refugió en su territorio, la Sierra Blanca del sur de Nuevo México. Meses después llegó la orden del Gobierno de Washington de asegurar la paz. Se autorizó la creación de una reserva al sur de Fort Stanton.

Los grandes negocios comenzaron a hacerse alrededor del fuerte y la reserva apache con sus necesidades de alimentos. La Compañía Murphy era la empresa contratada por el Gobierno federal para ello, y a su frente se encontraban tres antiguos oficiales del ejército: el excomandante Lawrence G. Murphy, el excoronel Emil Fritz y el excapitán James J. Dolan.

Los tres habían abierto una tienda para los indios en Fort Stanton, a finales de la década de 1860. De ahí —amparados por mandos civiles más altos— saltaron a dominar la economía y la política en el condado de Lincoln. Nada querían que se desarrollara si no era a su sombra, bajo su vigilancia, poder que emanaba de un edificio de dos pisos, llamado La Casa. Durante siete años, entre 1871 y 1878, fueron amasando su fortuna, engañando en el número y la calidad del suministro de víveres y demás artículos que los mescaleros recibían del Gobierno, aunque para ello tuvieran que eliminar testigos incómodos. Su táctica consistía en convencer al agente gubernamental de que el número de indios de la reserva era tres veces mayor del existente. Esto afectaba al consiguiente aumento de raciones que se tenían que suministrar. Raciones de baja calidad que además eran escatimadas. El agente o era burlado o era comprado.

Y, en realidad, La Casa no era más que la sucursal de una maquinaria más poderosa, el tentáculo de un pulpo llamado Círculo de Santa Fe, que a las órdenes del todopoderoso fiscal Catron controlaba la mayor parte de Nuevo México: el poder, los medios de prensa, y cada vez más grandes extensiones de tierra.

Pero entonces entró en escena un serio competidor de Murphy por el control del comercio del condado de Lincoln, del que el aprovisionamiento de la reserva era parte importante. Era inglés, se llamaba John H. Tunstall y tenía como socios al abogado McSween —antiguo abogado de Murphy—, que dio forma al entramado, y al ganadero John Chisum. Crearon un banco y una tienda en la que los suministros estaban más baratos que en La Casa.

El aprovisionamiento de la reserva de los mescaleros fue la primera chispa que encendería la guerra del condado meses después. A eso se sumaba el control de las extensas praderas donde pastaban los grandes rebaños, el cruce de caminos en el que se había convertido Lincoln y la poca fuerza de la ley. Había intereses en pugna —Tunstall, McSween y Chisum eran hombres de negocios, que buscaban también su beneficio—, y una legión de afectados, la mayoría hispanos. Para ellos, una subida de los precios de La Casa era toda una tragedia.

Los pistoleros de Murphy y Dolan se encargaban de robar ganado a Chisum y otros pequeños propietarios. La escalada entre unos y otros fue aumentando —incluidos procesos contra McSween por apropiación indebida de un testamento, acusación que enturbió más el ambiente—, y bajo la orquestación del comprado sheriff Brady, una patrulla asesinó a Tunstall a la vista de sus vaqueros, entre ellos Billy. Aquello fue lo que le encendió, le rebeló como desafiador de la justicia comprada, como deshacedor de entuertos a golpe de pistola y rifle.

Pronto tuvo detrás a los hispanos. Con el añadido del indio, donde había logrado sobrevivir, los antiguos habitantes del territorio se resistían a sufrir los abusos de los nuevos dueños, aquellos que detentaban el poder. Una buena parte de los viejos habitantes de Lincoln apoyaron a la facción de McSween contra la de Murphy —era la que más les oprimía, la otra sin estrenar— y tras aquella noche desastrosa en la que quemaron su casa, protegieron a los supervivientes.

Era el tiempo de las armas, y Billy, que ya empezaba a hacer historia, era un experto en su uso. Rifles y pistolas eran necesarios para defenderse y atacar, para transitar siquiera. Una plaga más en una tierra, la de Nuevo México, que ya había sufrido otras antes. Al fin y al cabo, la tierra, indiferente, poder tranquilo y remoto que siempre aguardaba, abrazaba a los hombres que querían poseerla, envolviendo sus cajones, sus ataúdes, disolviendo sus cuerpos y sus huesos, convirtiéndolos en polvo. Ése era el escenario y la época. Y en ellos Billy se había movido hasta entonces, avanzando como en el juego de la oca, hasta caer en la casilla de la cárcel, antesala de la muerte.

* * *

Encerrado. He jurado que sería la última vez que estoy entre rejas. No se ha hecho mi alma libre para estar acorralado, amenazado, perseguido, proscrito. De aquí saldré libre o muerto para siempre. He vivido deprisa y mucho, he amado a varias mujeres, he visto morir a amigos y enemigos, y cuando he matado ha sido por necesidad. Lo de Brady fue otra cosa, un ajusticiamiento en el que participé con otros «reguladores». No me arrepiento, era un canalla, y yo, como otros, teníamos la rabia en el cuerpo, la juventud rebelde, no acomodaticia, la sangre caliente, el territorio no era de los de achicarse, sino de levantar la cabeza, hablar con hechos, con puntería, con valor y desprecio del peligro. El amor rápido y bronco, como me gusta, pero también delicado, suave, con olores que me recordaban a mi madre, presencia amada que no pude retener.

Desde entonces estoy haciendo guiños a la Huesona, la muerte y yo nos miramos a los ojos varias veces, sé que estoy celado por ella, señalado en su libro de cuentas. Así me dicen mis compadres hispanos cuando el alcohol corre por nuestras venas y se les suelta la lengua. Entre ellos me siento bien, son mi gente. Con ellos hablo en su idioma, que me enseñaron, idioma que trajeron los conquistadores españoles, gente bragada, de voluntad indómita. La tierra lo exige, no hay lugar para los flojos, el esfuerzo y el sudor es algo rutinario, cotidiano, hay que trabajar y sufrir para conseguir las cosas, lo primero el respeto, esa ley del oeste que aún funciona, a pesar de los buitres y leguleyos que han caído en Nuevo México y Arizona, los paisajes de este oeste salvaje y libre que amo, esos paisajes de los que quizá tenga que despedirme, sea por fuga o por muerte en el intento, porque yo no llego a la horca, la humillación en el último momento: espero darle a mis postreros instantes algo más de brillo y luz. En último caso está el veneno, todo con tal de no dar a mis enemigos la satisfacción de verme colgado. Soy jugador. Sé cómo puede acabar la partida, pero con paciencia y fe, con una confianza ciega en el destino, esperaré esa oportunidad entre un millón para aprovecharla. Es la libertad o la muerte, la mesa no admite más apuestas.

CAPÍTULO II

MANERAS DE MORIR

From this valley they say you are going.

We will miss your bright eyes and sweet smile,

For they say you are taking the sunshine

That has brightened our pathway a while.

So come sit by my side if you love me.

Do not hasten to bid me adieu.

Just remember the Red River Valley,

And the cowboy that has loved you so true.2

Red river Valley

Vieja canción vaquera

–¿Trujeron lo que les pedí?

José Córdoba asintió. En su rostro blanqueaban luengas barbas, atributos de patriarca, y destacaban ojos claros de raíz europea. Miraba con ellos a aquel joven bizarro y a la vez angelical que le correspondía desde sus ojos azules. Salvo por esos ojos no podía haber entre ellos más contraste. Y sin embargo, había algo en ese rostro juvenil que le conmovía. Era de los pocos norteamericanos que hablaba el español arcaico del territorio y lo hacía fluido y sin acento. Otros tenían mujeres mexicanas y chapurreaban palabras y frases, pero el Bilito destacaba. Tenía la virtud de caer simpático, una gracia innata que se respetaba a pesar de su corta edad. Las mujeres lo querían, fuera para revolcarse con él o para cuidarlo, aroma de niño hecho hombre en hechos, pero aún con la imagen y tamaño del eterno adolescente. Se divertía y reía como un hispano más —aspavientos floridos, boca amplia, elegante en el baile— y eso, algunos anglos no se lo perdonaban o en cualquier caso, no lo entendían.

—Aquí está el periódico, es de hace tres días.

La celda de Billy estaba amueblada con un catre, una pequeña mesa y tres sillas de madera, situadas contra el muro este del edificio, asimetría austera del encierro. Una línea blanca marcada con pintura recorría la estancia de norte a sur y cruzarla sin permiso significaba la muerte. Otra mesa y algunas sillas más en la cara oeste, al lado de la oficina de Pat Garrett, eran utilizadas por los guardianes que se turnaban en la vigilancia, perros de presa que no le dejaban solo un momento, así fuera de día o de noche.

Billy, además, estaba esposado y con grilletes en los pies. No parecía tener ninguna oportunidad, ninguna posibilidad entre un millón, una de sus frases favoritas, la suerte del jugador aguardando si uno sabe esperar, si domina los nervios y no se precipita en la jugada, si no dilapida su oportunidad dando a sus enemigos la excusa de disparar. Al primero, Robert Ollinger, animal que odia, sediento de sangre. El Gran Indio Ollinger, mercenario de las huestes de Murphy y Dolan, es viejo enemigo, recalcitrante. Aborrecimiento común que culminó la noche fatídica del 19 de julio de 1878. Allí se decidió la guerra del condado de Lincoln, en una batalla que duró cinco días y que terminó con el incendio de la casa de Alexander McSween y la huida desesperada de sus defensores, comandados por el Kid. Dolan ganó —con el apoyo de las tropas de Fort Staton comandadas por el coronel Dundley—, y sus pistoleros abatieron a cinco personas, entre ellas a McSween.

Aquella fue fecha señalada en los anales de Nuevo México, desenlace con varias muertes, la comadre Sebastiana, la Catrina, bailando feliz entre el fuego y las brasas. En esa batalla el único muerto de los murfies fue Robert Beckwith, amigo de Ollinger. Se decía, pero no era cierto —las lenguas eran libres y a su manera, cuadraban las cosas, los sucesos—, que lo había matado Billy en el tiroteo y que Ollinger quería cobrarse la venganza.

El carcelero había colocado un calendario en la pared, al lado de la silla donde vigilaba a Billy con su escopeta. Por la mañana, ritual macabro, tachaba con un aspa los días que pasaban —cada vez faltaban menos—, hasta un círculo rojo que marcaba el 13 de mayo, fecha del cumplimiento de la sentencia, muerte por ahorcamiento, como había dictado el juez Bristol en la corte de Mesilla: «Entre las 10 y las 15 horas, el condenado será conducido al patíbulo y colgado por el cuello hasta que muera».

Todo eso pasaba por la mente del observador José Córdoba, hijo de españoles llegados hacía dos generaciones al territorio, antiguo maestro, ranchero y ovejero, hombre con predicamento entre los hispanos y los nuevos amos: tenía educación y maneras. Al lado de Córdoba, Higinio Salazar, viejo compadre del Kid, amigo y cuate de guerras y bailes, paisano al que los alguaciles no quitaban la vista de encima. Los dos habían sido registrados. Bell y Ollinger, los carceleros, revisaron el diario. Era una edición atrasada de La Gazzette de Santa Fe.

—Los diarios no van a decir nada más sobre ti. Sé que esperas el perdón del gobernador Wallace, pero eso está difícil. Apenas hay esperanzas —le desengañaba Bell.

—Sólo publicarán una nota el día 14, cuando se haya cumplido la sentencia —añadió Ollinger con evidente saña señalando otro diario atrasado—. ¿Por qué no lees el Santa Fe New Mexican? Ya sabes lo que dice: «La ejecución del Kid —leyó divertido— probablemente atraerá más gente a Lincoln que cualquier evento similar que haya ocurrido en el territorio. Ciertamente esta consideración debe halagar y consolar al joven caballero». Éste es tu último viaje. De aquí sólo irás al cementerio. Ya me encargaré yo de que sea así.

Billy se encogió de hombros, tomó La Gazzette y se sentó a un lado de la mesa. Los carceleros dejaron que los visitantes lo hicieran también al otro lado y se alejaron unos pasos.

—Eso provoca una muerte horrible —dijo Córdoba en voz baja asegurándose de que los vigilantes no le entendían—. Se retuerce uno entre espasmos del vientre, no se lo aconsejo.

—Ansina colgado no voy a acabar, no les voy a dar el gusto. Cualquier cosa es mejor... ¿Qué tal la familia, compadre, el viejo Salazar? —Billy preguntó en voz alta a Higinio, para eliminar sospechas de los guardianes, que se habían vuelto, amoscados por los cuchicheos.

—Bien, le manda sus saludos.

A pedido del Bilito, Higinio Salazar había recurrido a Córdoba como último recurso para obtener estricnina cristalizada. Era vecino de su rancho de Las Tablas y sabía que podía facilitarle venenos. El viejo, de enorme corpachón, había sido juez de paz, droguero y farmacéutico. Fue el primero, en 1842, en tener licencia de venta de medicamentos y de ponzoñas. Los venenos se utilizaban para matar alimañas, lobos y coyotes que atacaban a los rebaños. Córdoba se lo había facilitado tras explicarle Higinio para qué y quién lo quería. Luego, arte del disimulo, había colocado los polvos en una papelina entre dos hojas de La Gazette, pegadas con engrudo.

José Córdoba conocía a Billy desde que llegó a Lincoln. No le había visto en los ritos católicos —Córdoba lo era, como la inmensa mayoría de los hispanos—, pero sí acudir a los coros que el reverendo Taylor F. Ealy y su mujer tenían los domingos. Entre aquellos pistoleros cargados de armas que asistían a los servicios del reverendo protestante, Billy cantaba bien. Se notaba que le gustaba la música. Córdoba también lo había visto bailar en las charrascas de los sábados, vaqueros que en el baile parecían flotar sin sus espuelas y armas. El viejo maestro de escuela había prestado algunos libros en español a aquel joven que tenía interés en aprender, raro espécimen en ese Oeste.

—¿No tiene usted alguno más sobre Hernán Cortés? Me gustaría saber más cosas sobre él.

Aquella figura histórica le tenía literalmente fascinado. Billy decía que los tres libros que había leído en su vida trataban sobre el conquistador de México y que aún leería más sobre él si los hubiera. A veces hablaban de cosas que a Billy le asombraban, como que la palabra dólar fuera española o la misma de sheriff, que venía de la lengua árabe, del tiempo en que ese pueblo permaneció en la península ibérica. Recordaba Billy a su madre, emigrante irlandesa, y cómo les contaba historias, que a él le dejaban absorto, sobre los españoles, que por medio de un rey católico, habían intentado invadir Inglaterra, la gran enemiga de los irlandeses, y cómo las tormentas habían acabado con aquella gran armada.

José Córdoba era la encarnación del nuevo mexicano, la tierra de los parientes. Su bisabuelo, Buenaventura Córdoba, descendía de una vieja y linajuda familia de judíos conversos que había llegado a Nuevo México desde España huyendo de la Inquisición hacia finales del siglo xvii. Cuando la rebelión de los indios pueblo, en 1680, Buenaventura, como todos los pobladores, salió a El Paso y ya de ahí, cuando se pudo volver a poblar, quince años después, se instaló y creó un hogar en lo que se denominaba la Placita del río Bonito. Como todas las familias de judíos conversos del territorio hablaban ladino, variante que practicaban, al igual que ciertas costumbres y alimentos que habían pervivido. En lo demás eran rectos y estrictos, con fama de buena educación: tenían a gala hablar bien su idioma y aprender rápido el de los otros.

El padre de José, también de nombre Buenaventura, se había casado con María Antonia Montaño, hermana del comerciante José Montaño, familia que venía del pueblo de Tomé. Como todo nuevomexicano reivindicaba, por encima de todo, su relación con la lejana patria española. Cuando se esfumó la esperanza de que México recuperara el territorio, los descendientes de los españoles proclamaron con más ahínco su origen español, bandera que les unía en una patria inalcanzable y gloriosa, pero ya remota.

En la sangrienta guerra del condado de Lincoln, como muchos de los hispanos del territorio, Córdoba apoyó a Tunstall y McSween frente a Murphy y Dolan, pero no había jugado un papel activo. Se había internado con su familia en su rancho de Las Tablas para apartarse de la línea de fuego.

Después, pasado el vendaval de muertes que se llevó a Tunstall y McSween por delante, había visto a Billy cuando el joven pistolero esperaba el perdón del gobernador Lew Wallace en la vieja cárcel de Lincoln, la antigua casa de Juan Patrón. Más que un preso, parecía un huésped distinguido. Jugaba a las cartas con el sheriff Krimbell y en sus ventanas se oían muchas noches serenatas que los hispanos le dedicaban. En esas serenatas se distinguía la voz de Juan Patrón, el líder de los hispanos. El atractivo y buen mozo Juan Patrón había llegado con su familia a Lincoln desde Santa Fe en 1860. El 20 de diciembre de 1873, su padre, Isidro, había muerto tiroteado junto con tres hispanos más en un baile, a manos del clan de los Horrell, emigrantes texanos. Aquello se dio en llamar «La guerra de los Horrell», el primer chispazo serio entre anglos e hispanos en el condado de Lincoln. Los Horrell volvieron a Texas dejando un rastro de sangre, pero la afrenta no se olvidó.

Patrón era joven, brillante y enérgico. Pronto fue elegido empleado de la oficina del condado, puesto en el que se encontró en medio de la guerra entre las dos facciones. Tomó partido enseguida por Tunstall y McSween. Su opinión pesaba mucho entre los hispanos e irritaba profundamente a Murphy y sus socios. Uno de ellos, John Riley, quiso acabar por las bravas con el primero que se enfrentaba públicamente a La Casa. Un buen día disparó a Patrón por la espalda en la calle y después, con toda desfachatez, esgrimió defensa propia. Aunque no esperaban que llegara al día siguiente, la terquedad o la buena salud de Juan Patrón hicieron que sobreviviera —arrastrando toda la vida una fuerte cojera—, y que fuera elegido para la asamblea territorial, donde se convirtió en el portavoz más joven.

Juan Patrón y Billy eran amigos y en aquellas veladas musicales se notaba el calor y el cariño que él y sus amigos hispanos dispensaban al Kid. Aquello intrigaba al gobernador Wallace, que no podía entender aquella devoción por aquel muchacho desafiante y un poco insolente que, sin embargo, en los esfuerzos que el nuevo gobernante hacía para pacificar la zona, se había ofrecido para testificar sobre un asesinato del que había sido testigo, el del abogado Chapman, a manos de Dolan y sus esbirros. Chapman había sido contratado por Susan McSween para reclamar contra el Ejército y el Estado por la muerte de su marido y los daños causados. Con la amnistía general que había decretado, y atrayéndose hombres como Billy, Wallace pretendía acabar con las revanchas que aún se daban entre los dos bandos, no aquietado del todo el lugar.

Varias veces José Córdoba habló del tema con el nuevo gobernador, así como algunos de los ciudadanos más distinguidos de Lincoln: el capitán Saturnino Baca, el comerciante José Montaño, el maestro Juan Patrón, el juez de sucesiones Florencio González, el comerciante Isaac Ellis y el ranchero John Newcomb. Wallace les había pedido ayuda para poner fin a la violencia que parecía anegar el territorio y ése había sido el origen de la creación de una fuerza armada, los Lincoln County Riflemen, capitaneados por Juan Patrón, para combatir la plaga de bandidos texanos que en aquella ausencia de ley cayeron sobre el condado como diablos, matando, robando y violando por doquier, epígono trágico, cola de dragón de la mortífera guerra pasada. De aquella fuerza legal formaban parte muchos de los amigos y viejos compañeros de Billy como José Chávez y Chávez e Higinio Salazar. El mismo Billy los había ayudado.

—¿Y el pinche Chávez? ¿Se recuperó de la Semana Santa? —preguntaba Billy mirando lejos por la ventana, como si recordara—. Hace una semana, en el Jueves Santo, vi en Mesilla la procesión de los fragelantes y pensé que el viejo coyote andaría dándose de latigazos por ahí.

—No se le ha visto por estos lares ni ha estado en ninguna de las moradas de los penitentes —respondió Córdoba—. Aunque, ¿quién conoce? Esas cosas de las cofradías son secretas. Nadie sabe quién respira debajo del capirote.

—Anda escapado el cuarto de indio: no se ve ni el polvo de su cabalgadura —añadió Higinio.

El mensaje era claro. Billy no podía contar con aquel compadre para intentar escapar. En 1879, dos años antes de ser condenado a muerte por el asesinato del sheriff William Brady, la última vez que Córdoba había visto libre al Bilito, fue en una corrida de toros en Las Vegas, celebrada con motivo de la llegada del tren a la ciudad, el 4 de julio. Las Vegas, capital del condado de San Miguel, había crecido desde que se fundara en 1835 en el camino de Santa Fe, a la orilla del río Gallinas. Ya llegaba a los cinco mil habitantes, la mayoría hispanos, en dos barrios, el viejo y el nuevo, creado casi al mismo tiempo que la parada del ferrocarril de Atchison, Topeka y Santa Fe. La población crecía cada día gracias a la atracción de la línea férrea. Brotaban salones, hoteles, casas de juego y prostíbulos, tiendas, consultas de doctores y despachos de abogados, fórmula que se repetía en muchas de las ciudades de Nuevo México y de todo el sudoeste americano, mezcla de culturas o más bien invasión de los anglos, con los hispanos en declive. La ciudad festejaba con frenesí —desfiles, bailes, concursos— el arribo de los raíles que traerían trabajo, dinero y prosperidad.

Ahí viene el carroferril

con dirección a Durango

el que se embarca en él

Dios nomás sabe hasta cuándo.

Cantaban unos hispanos que miraban extasiados unas locomotoras, en la puerta misma de la plaza de toros. El espectáculo era tan insólito en el territorio que muchos curiosos se dieron cita en un improvisado ruedo, confeccionado a base de carros, tablas y carretas. Se había anunciado por las poblaciones de alrededor con un gran cartel en el que debajo de la fecha se explicaba lo que iría a acontecer, la lucha del animal contra el hombre, y la ausencia de muerte, al fin y al cabo Las Vegas era parte de los Estados Unidos y aunque se hubiese exterminado el búfalo, animal que habitaba con largueza en sus praderas, no se permitía la muerte con tortura a los animales.

Un matador, Jesús Álvarez, con fama en el viejo México, había llegado desde el país vecino para celebrar el antiguo ritual. Los toros eran también mexicanos, negros y con menos cuernos que los del territorio, pero más peligrosos. Una exclamación brotó de la plaza cuando salió el toro, y de inmediato el torero, vestido a la manera charra mexicana, con colores chillones. Álvarez, tras saludar al respetable de espaldas al astado, se dio la vuelta y citó al animal, en las manos unas banderillas de color rosa, arpones disimulados en unos palos decorados con papel tisú. Algunos gritos se deslizaron cuando el toro, a la carrera, quiso embestir al torero, y éste esperó al último momento para hacer el quiebro y poner las banderillas en lo alto del lomo.

A pesar de haber sido banderilleado, otro castigo le llegaba al animal desde las gradas. Muchos de los asistentes, mediante un tubo de cartón, le mandaban alfileres enganchados en unas tiras de papel. Alfileres que se le clavaban en el lomo, cerca de la testuz e incluso en los ijares, y que hacían que el bicho no tuviera un instante de paz y se enrabietara.

José Córdoba veía el espectáculo con el padre Redin, que conocía también a Billy. No había entradas y la gente pagaba con billetes pequeños en dólares o también con pesos, viejas monedas mexicanas de plata. Nadie en el contorno quería perderse la corrida de toros. No se había celebrado ninguna desde la época mexicana, y de eso hacía ya cerca de cincuenta años, los viejos recordaban.

La diferencia entre las diversas culturas era allí evidente. Por un lado los hispanos, celebrando la suerte de los toros, hablando de capotes, varas, cuernos, gritando «olé» ante las acrobacias del torero que paraba al toro y lo templaba. Por otro los anglos, inquietos ante la ferocidad del animal y el engaño del capote rojo que el matador, Jesús Álvarez, ponía delante de sus narices para luego escamoteárselo, acróbata y mago además de hombre valiente. La Gazzette había criticado la corrida de toros y sus bárbaros métodos, pero incluso algunos de los que escribían en ella estaban allí observando el espectáculo.

Aquellos toros tenían su peligro. De hecho, rasgaron la vestimenta del torero. El espectáculo continuó hasta que el torero se cansó de ejecutar los pases de aquel rito ancestral y en un remedo de estocada, colocó en el lomo una escarapela roja contra la que se revolvía el animal, final de la faena que el público premió con largos aplausos.

Fue a la salida cuando Córdoba y el padre Redin encontraron a Billy y a Tom Folliard, su inseparable amigo, junto a otros compinches como José Chávez. Habían recalado en la ciudad después de la venta de unos caballos robados, una transacción provechosa que les había dado algún dinero, ocupación a la que se había dedicado, como al juego, desde que, cansado de esperar el perdón y la palabra del gobernador Wallace, había salido tranquilamente de la cárcel de Lincoln, recuperando sus armas y su caballo. Billy tenía un perro negro que le seguía, manso y atento, caracoleando entre sus pies. Le había enseñado a cabalgar, centauro de tres formas. Se situaba delante de él en la montura y Billy le había entrenado para echarse al suelo y permanecer quieto en los tiroteos, cuando las balas rondaban buscando un cuerpo para anidar. Se llamaba Kid, como su propio apodo, y se lo había encontrado famélico en una calleja de San Patricio, husmeando basura. Quizá, bien mirado, viera en el animal un reflejo de su orfandad, y por eso lo quería tanto.

Billy y José Córdoba hablaron aquel día de las corridas, de las diferentes maneras de torear. Compararon toros y búfalos y ciboleros y rejoneadores. Cuando se alejaron los vaqueros, seguidos del perro, el padre Redin comentó a Córdoba:

—No es mal muchacho, tiene buen fondo y buen corazón, pero ya está en boca de mucha gente. Tiene la inconsciencia de los jóvenes y temo que se descarríe del todo. Árbol que crece torcido nunca su tronco endereza.

—O que le descarríen, padre. Es muchacho listo y valiente, bastante maduro para su edad, pero ha desafiado al clan más poderoso y mortal de Nuevo México, el Círculo de Santa Fe. Muchos le hemos dicho que se eclipse por un tiempo, pero tiene la arrogancia de la juventud y además parece haber nacido sin miedo. Y eso aquí es muy peligroso. Billy no ha tenido quien le guíe. Podía haberlo hecho Tunstall, pero ya sabemos quién mató al inglés. Esta tierra parece una maldición.

—¡Demasiadas armas y demasiado poco temor de Dios!

—O como exclaman los cowboys, padre, ¡pobre Nuevo México, tan lejos de Dios y tan cerca de Texas!...

Todos aquellos recuerdos cruzaban como ráfagas por la mente del viejo Córdoba mientras visitaba al condenado en su encierro de Lincoln. El Kid, a pesar de que la partida parecía perdida, tenía la sonrisa de los jugadores.

—Al final, dicen los indios que los buenos guerreros buscan una muerte honorable —contaba Billy como si adivinara el brillo de su próxima muerte en los ojos de sus amigos—. Aquí, un ataúd cuesta veinte dólares y tres más cavar la tumba. Es lo que pagaron por los que murieron acribillados en la casa de McSween. Demasiadas preocupaciones tiene Pat. La horca sale más cara para ahorcar a un hombre: no es nada fácil. Un tiro es otra cosa, más rápido y más barato. Luchas y si caes, caes. Nadie se preocupa de cuánto pesas o mides. Esto de la horca es algo a sangre fría. No es una buena muerte. No tiene parangón.

—Ahí viene el jefe.

Ollinger se acercó a la mesa donde Billy charlaba con Córdoba y Salazar. Por la ventana había visto al comisario atravesar la calle y dirigirse hacia el edificio.

—Nos vamos, Billy —dijo Higinio—. No quiero ver a Pat Garrett. Es una disgracia que juera elegido sheriffe del condado. Nunca me dio buen pálpito ese huero, tan estiradote…

—Tantas cosas son una disgracia… Dicen que los tontos tienen suerte y los pobres muchos hijos. Garrett me cogió una vez, pero ahí se le acabó, no lo volverá a hacer.

—Que Dios le acoja en su seno, Billy. No pienso acudir a su ejecución.

—Entre nosotros, don José, yo tampoco —bromeó el preso, con una sonrisa de oreja a oreja—. Ya se lo dije al juez Bristol en Mesilla, cuando me condenó: no he nacido para ser ahorcado. Y gracias por las noticias.

* * *

La vida, tan extraña, como la tierra y sus partes, los continentes y países, las creencias, los decires. Me parieron en esta esquina del mundo, lejos de dónde eran mis padres, la vieja España de la que habían huido, patria que aprieta y acorrala, que expulsa a veces a sus hijos, incapaces de vivir bajo yugos impuestos, bajo la bota de los poderosos.

De América venían aún aires de mundo nuevo, abierto al progreso y al trabajo, riqueza de los que no quieren quedarse quietos. Y aquí vino mi familia, embarcando en Barcelona, rumbo a México, para comenzar a escribir el libro de su vida con otras plumas y tintas, en cuaderno nuevo, estrenada la juventud y las ansias, que volaban, como las velas del navío, hasta llegar a Veracruz, en el viejo México.

Mis ancestros pronto se dieron cuenta de que la vida en México también tejía sus complicadas redes: desilusiones. Viendo lo estrecho del subsistir, siguieron viaje rumbo al norte, Chihuaha, El Paso, hasta acabar en lo profundo de Nuevo México. Recién llegados tuvieron que salir de escape hasta El Paso debido a la rebelión de los indios pueblo. Y cuando doce años después, ya pacificado el lugar, los colonos volvieron, ya no lo hicieron a Alburquerque, sino que buscaron otros horizontes, otras tierras prometidas.

Paisajes serenos y bellos, con variedad de maravillosas y extrañas formaciones geológicas: caprichos de la tierra, que se retuerce en pliegue, gruta, meseta, risco, colina. Picos rocosos en los que la erosión dibujó rostros, formas, abstracciones. Manchas oscuras, conos de rocas volcánicas. Siempre me ha gustado la montaña, desde ellas se ven las cosas con perspectiva. Las sierras y las áridas mesetas altas interrumpen la sucesión de las austeras llanuras desérticas, duras para atravesar o cabalgar. Se ven praderas de horizonte en horizonte, amplias planicies donde a veces llega la lluvia en forma de tormenta destructora. Por encima, altas montañas con picos nevados y cascadas de arroyos de montaña, delicias para la vista y el oído.

Aquí nací, en esa tierra de trabajo y promisión, entre el río Bonito, afluente del Pecos, y la Sierra Capitana. Pocos hombres, y dispersos, mundo antiguo aún sin domar. Ni aun queriendo: el paisaje absorbía al hombre, lo envolvía. Existían en abundancia árboles y leña, bosques de chaparros y pinos piñoneros. Mucho pasto crecía libre, corto y alto, también algunas clases de cactus, pesadilla de vaqueros cuando tenían que recoger el ganado derramado.

Aún no se había creado el condado de Lincoln, dependiente era aún la tierra del condado de Socorro y el pueblo se llamaba La Placita del río Bonito. En estas querencias serranas levantamos ranchos, jacales primero, luego casas de madera, adobe y piedra. Mi hermana Antonia y yo nos acostumbramos a estos parajes duros, pero también hermosos, ambiente limpio, montes despejados y anchas llanuras.

En ese tiempo, además de ranchero de ovejas y cabras, fui maestro a ratos, juez otros, prestigio añadido que me daban los naturales por ser de origen europeo. He vivido tiempos revueltos. Viví el gran robo, la guerra de Estados Unidos contra México que acabó con la pérdida de California, Nuevo México, Arizona, parte de Colorado, ya perdida Texas, integrándose en un país con vocación de mando. Todo acabó en vergonzoso tratado y lo que creímos un período negro se tornó en estado permanente. Habíamos mudado de país, de leyes, de idioma. En un principio el cambio no fue profundo, incapaces aún los anglos de dominar todas las teclas del territorio.

Pero enseguida, en unos años, cayeron las legiones de buitres: hombres de negocios, leguleyos y patrones nos fueron metiendo en su ley, primero de a poquito y luego por las bravas. Llegó la guerra civil, que vivimos a lo lejos, el nuevo país desangrándose por sus costados, sin asimilar razas ni otros credos, reduciendo a los indios, los únicos que siempre perdían, al fin y al cabo. Y luego la creación del condado de Lincoln, los tamaños, como todo en esta tierra, en excesivo: una cuarta parte de la superficie de Nuevo México, un tercio de Inglaterra.