La balada de Jimmy Cross - Federico Lorenz - E-Book

La balada de Jimmy Cross E-Book

Federico Lorenz

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Beschreibung

Con ritmo de western, esta adictiva novela transcurre en la Patagonia de comienzos de XX, en la que marinos, cazadores de ballenas y soldados viven al margen de la ley. Jimmy Cross nace a fines del siglo XIX en unas islas del Atlántico Sur que él llama Falklands y los argentinos, Malvinas. Durante su infancia conoce las formas en que la naturaleza y la violencia marcan la vida de las personas. En 1914, cuando llega la guerra, Cross marcha a combatir movido por su sentido del deber, sin imaginar de qué manera oscura la muerte atravesará su vida. De regreso a las islas, todo lo vivido antes y después de la guerra, todo lo que lo hizo ser Cross, se verá puesto a prueba durante las huelgas obreras de 1921 en la Patagonia argentina. Novela de aventuras que transcurre entre marinos, loberos, ovejeros y soldados durante el cambio de siglo, es también un texto que nos interpela: ¿qué nos ata a las personas y a los lugares? ¿Cuáles son las deudas que no debemos dejar de pagar, cuáles las que no podremos pagar nunca?

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Seitenzahl: 217

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Lorenz, Federico

La balada de Jimmy Cross / Federico Lorenz

1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Adriana Hidalgo editora, 2023

Libro digital, EPUB - (Literatura_novela)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8969-69-5

1. Literatura argentina. 2. Patagonia. 3. Novelas de aventuras. I. Título.

CDD A863

Literatura_novela

Editor: Mariano García

Coordinación editorial: Gabriela Di Giuseppe

Diseño e identidad de colecciones: Vanina Scolavino

Imagen de tapa: Nacho Iasparra, S/T, de la serie La mosca no entiende el vidrio, 2017

Retrato de autor: Gabriel Altamirano

© Federico Lorenz, 2023

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2022

www.adrianahidalgo.es

www.adrianahidalgo.com

ISBN: 978-987-8969-69-5

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

Disponible en papel

Índice
Portadilla
Legales
Hombre muerto
Abram
Jimmy
Jóvenes leones
Recuerdos de guerra
Lejos del mar
El sueño
Acerca del libro
Acerca del autor
Otros títulos

Así empieza un país: mucho antes de alcanzar la costa, diluido en una gran cantidad de agua del océano.

-David van Reybrouck, Congo. Una historia épica

Quiero decirle, es un lugar perdido, en el confín del mundo. Si usted no está muy seguro del sentido de su vida y quiere ponerlo a prueba, o quiere olvidar sus reflexiones y convertirse en otro hombre, ese es el lugar. Si usted prefiere morir de soledad y sentirse un perro, o enfrentarse cara a cara consigo mismo, debe ir a un lugar como ese. Sin medias tintas. Ni anestesia. Ni distracciones. Ni consuelo. Un lugar sin sombra. Salvaje. Con cielos difíciles de ver en otra parte.

-Carlos María Domínguez, La casa de papel

Hombre muerto

Costa de Santa Cruz, 1.° de enero de 1922

Se sentía mareado y perdido. A pesar de la golpiza, Cross estaba consciente, aunque se habían ensañado con su cabeza. Apenas veía, los ojos tumefactos. Notó que lo agarraban por ambos brazos y lo llevaban a la rastra, las piernas inútiles. El olor inconfundible del mar lo despabiló, y empezó a distinguir algunos sonidos: chillidos de gaviotas, el rumor del oleaje, las voces de los hombres que lo tenían prisionero.

–¡Cuidado! ¡No queremos que se nos muera antes de tiempo!

Los pies de Cross se habían enredado en un manojo de cuerdas gruesas de cáñamo, de los muchos que la marea arrojaba allí.

Lo tiraron en la playa como una bolsa de basura. Cayó de bruces sobre la arena gruesa y lo dieron vuelta de una patada.

–¡Ahora me lo estaquean acá!

–¡A la orden, señor!

Cross reconoció la voz del que parecía el jefe. Juntó fuerzas y preguntó para confirmar:

–¿Quién está al mando? –Nadie le respondió. –¿Quién está al mando? –repitió.

–¿Seguro que está bien acá? –preguntó la voz con auto-ridad.

–La marea va a llegar sin problemas hoy a la tarde, señor. Puede confiar en mí. Conozco bien este lugar.

La voz que había respondido tenía acento inglés... La conocía... Un relámpago del pasado despejó las nubes en la cabeza de Cross.

Lo estaquearon como a un Cristo sobre la playa. Cross, a su pesar, gimió cuando sus captores tiraron de los tientos para que quedaran bien tirantes, atados a unas barretas clavadas profundamente a golpes de pala.

El viento golpeó la cara del cautivo con una ráfaga de polvo y arena. De espaldas, boca arriba, el rebote del sol en el cielo nublado no le dejaba abrir los ojos. Le dolía todo el cuerpo. Lo habían apaleado a conciencia.

Intentó levantarse, pero solo pudo despegar unos centímetros la cabeza del suelo.

Estaba bien atado, crucificado sobre la playa ventosa.

–¡Ni lo intentes! –dijo el hombre con acento extranjero. Le pegó una patada en el costado, le escupió en la cara, y dijo al fin: –Pronto te reunirás con tu padre. Todo se paga.

–¡Feliz Año Nuevo, traidor hijo de puta! –gritó, por su parte, la voz de tono marcial, con su boca casi pegada a la suya. Luego le dio una última patada en las costillas.

El hombre estaqueado comprendió que no podía moverse y aceptó su destino. Se lamió los labios resecos mientras oía cómo los hombres arrojaban las palas al camión, lo ponían en marcha y el vehículo se alejaba.

Quedó solo.

Solo no: allí cerca estaba el mar.

El sudor seco que su lengua encontró sobre la barba aumentó su sed. Sin embargo, Cross sonrió: recordó un sabor semejante sobre la piel, hacía muchos años.

“Por el mar se llega a cualquier lugar del mundo”, le había dicho su padre entonces. “Nunca te alejes de él.”

–No te hice caso, padre –murmuró.

Cerró los ojos y esperó. Sabía que por la tarde la marea comenzaría a subir.

Empezó a caer una llovizna densa, como un bautismo. Abrió la boca con desesperación mientras se empapaba. La lluvia, además, terminó de despegarle las lagañas y la mugre de los ojos. Torció la cabeza y miró hacia el mar, que empezaba a subir. ¿Cuántas veces había esperado ese momento para desembarcar?

A lo lejos distinguió la Cabeza del Perro.

Abram

El padre de Cross se llamaba Abram. Era un hombre al que le gustaba el mar. Había vivido de él desde que tenía memoria. Abandonó Cromarty Firth, en Escocia, muy joven, y desde entonces pasó la mayor parte de su vida embarcado. Se había prometido, contó una vez, que solo dejaría esa vida cuando una nave decidiera por él. Y eso pasó en 1870, cuando era carpintero de a bordo del Jhelum, un velero de tres palos que hacía la ruta entre el Pacífico y Europa. En su ruta entre Chinchas y Dunquerque el barco dobló el Cabo de Hornos a duras penas. No fue porque se encontraran con ninguna tormenta o mar brava, tan habituales en esa zona, sino porque el guano que transportaban estaba mal estibado y había empezado a corroer el casco. Cuando llegaron a Port Stanley, en las Falklands, el Jhelum tenía tantas vías de agua que allí quedó. El velero inservible fue ignominiosamente vendido para depósito. Como si fuera la venganza de la nave mancillada, el olor asqueroso del guano apestó la bahía durante varios días.

Abram Cross comprendió que había llegado el momento de poner a secar sus pies. Con el paso de los días vio cómo sus compañeros de tripulación seguían viaje uno a uno, enrolados en los barcos que tocaban puerto. Todavía no existía el Canal de Panamá, y en Port Stanley era fácil encontrar lugar en otra nave. Se fueron como si gotearan, hasta que en Stanley solo quedaron Abram, y el pecio del Jhelum en las aguas quietas de la bahía.

Cross pensó que como carpintero no le faltaría el trabajo. Las naves que atracaban en las islas llegaban desarboladas, con las velas rotas o escasas de provisiones. Port Stanley era el destino natural tanto para los que habían sobrevivido el cruce del Cabo y querían seguir su viaje como para los que juntaban fuerzas antes de intentarlo. Nadie sabía mucho de él, pero esa era la historia común a muchos de los pobladores en esos años, como si entraran a la Legión Extranjera. El antiguo tripulante del Jhelum, con su pelo castaño, voz ronca y manos con dedos gruesos se hizo muy pronto un lugar gracias a la calidad de su trabajo.

Pero Cross encontró su techo: todos los trabajos, la compra y la venta de mercaderías, la vida en las islas, no dependían tanto del gobernador nombrado por la reina Victoria como del gerente de la Falkland Islands Company, “la Compañía”, como todos le decían. Iba a ser muy difícil intentar su propio negocio, aunque a veces eran tantos los barcos en apuros que el mismo monopolio hacía la vista gorda y toleraba que algunos trabajaran por su cuenta, con la condición de contar con personas hábiles como Cross cuando llegara el momento.

No todos los veleros averiados tocaban puerto. Algunos tenían menos suerte y se estrellaban contra las rocas, o eran arrastrados allí por órdenes de los armadores para que se destrozaran y cobrar las pólizas. Ni siquiera la construcción del faro de Cabo Pembroke volvió segura la entrada al puerto. Allí estaban los escollos de Baby Rock para cobrarse una víctima cada tanto. Cross salió muchas veces con los raqueros, los cazadores de naufragios que venían desde el continente, o a bordo de las embarcaciones de la Compañía para aprovechar los restos de los naufragios: no solo la carga, que implicaba largas disputas por los seguros, sino los restos de la arboladura, cabuyería, carpintería fina y herramientas.

Port Stanley era un pueblo nuevo, no tenía ni medio siglo. Muchos de los pobladores tenían un pasado tan confuso y aventurero como el mismo pueblo. Algunos de ellos todavía recordaban cuando los gauchos que vivían en el camp habían asesinado a los empleados del alemán Vernet, en Port Louis, unas millas al norte de Stanley. Pero ahora las islas tenían un gobernador nombrado por la reina y vivían numerosos colonos traídos desde Inglaterra. Algunos eran zapadores retirados del ejército inglés, que después de trabajar en la construcción de la nueva población se quedaron a vivir allí. Las tierras buenas para la cría de ovejas se repartieron entre un puñado de propietarios, muchos de ellos prestanombres de la Falkland Islands Company. Con las ovejas que trajeron los terratenientes llegaron muchos escoceses, paisanos de Cross pero campesinos, y no marineros. Eran gente bastante bruta, como el lugar al que habían llegado, y los capataces de las stations los llevaban con mano dura.

Abram Cross era una persona emprendedora. No le tenía miedo al trabajo y a sus cuarenta años ya había visto mucho mundo. Enseguida se dijo que si quería mantenerse libre de esa cadena, cualquier negocio que hiciera debía ser en el mar. Y de a poco, con esa certeza, comenzó a hacer su camino. Antes de su viaje en el Jhelum, había estado embarcado tres años en un ballenero de New Bedford, el Tamerlane. Por eso, cada vez que uno de estos barcos yanquis panzones y sucios cruzaba los Narrows, el estrecho que daba a la bahía de Stanley, rumbo al muelle, Cross se ponía alerta. Todos traían noticias de algún conocido a quien mentar como un santo y seña: muchos de los balleneros traían algo para vender, comprar o trocar fuera del control de hierro de la Compañía.

Había pasado la mayor parte de su vida en distintas tripulaciones y sabía que un barco no funciona si cada uno no hace su parte. Pero al mismo tiempo, era un hombre independiente que amaba la libertad que daba el mar. Cuando podía, embarcaba como tripulante de alguno de los barcos que navegaban de las islas a Tierra del Fuego, el Fair Rosamunde o el Rippling Waves, naves muy marineras que hacían el cruce con frecuencia hacia la Costa, una palabra vaga para definir el litoral que iba desde la provincia de Santa Cruz hasta el Río Negro, tierra de indios, balleneros y algunos poblados: los galeses en Chubut, y Carmen de Patagones, al norte, en la provincia de Buenos Aires. De regreso cargaban distintas cosas: haya y roble fueguinos para los barcos y las construcciones de la isla; cueros de lobo marino. Y también llevaban mercaderías y pasajeros a Punta Arenas, el puerto más importante de la región. Muchas veces, dejaban o levantaban personas y encargos en lugares diminutos y perdidos en alguna caleta protegida de la isla de Tierra del Fuego, o de las costas desiertas al norte del Estrecho de Magallanes.

Eran miles de kilómetros de costas y millas cuadradas de océano. Navegaban una zona difusa entre la legalidad y la ilegalidad, donde el poder lo daban la capacidad marinera y la suerte. Se cruzaban con barcos de todo el mundo, pero más que nada yanquis e ingleses, balleneros, loberos, traficantes. Era una frontera tan móvil como las aguas borrascosas que navegaban y que solo se detenía allí, en las costas acantiladas que se extendían hacia el norte por decenas de kilómetros, rotas cada tanto por caletas seguras que unos pocos conocían, y por la desembocadura de algunos ríos.

Allí fue donde Abram Cross trabajó y fue libre. Poco a poco se hizo conocido en el mar y al mismo tiempo trató con los ovejeros de las Falklands. Era gente muy dura y sufrida, que trabajaban como bestias a las órdenes de los administradores de las stations, que los trataban como si fueran negros de alguna plantación africana. Si Port Stanley estaba lleno de vida, esta se apagaba cuando llegaba a alguno de los embarcaderos perdidos en las costas irregulares de la West y la East Falkland. El paisaje era siempre parecido: casas de madera y chapa para los ovejeros y sus familias; la vivienda del administrador algo alejada de la barraca de los peones solteros y las cabañas de los casados; los fardos de lana o las cajas a la espera de ser embarcados rumbo a los depósitos de Port Stanley, para ser estibados en barcos más grandes y seguir su viaje rumbo al norte. Los administradores eran tipos duros: estaban allí para defender los intereses de sus patrones como si fueran los de ellos. Eran pequeños señores en su feudo.

Nada más contrastante con esa realidad que navegar costeando las islas, atento al clima siempre cambiante, con los lobos marinos y los delfines jugueteando alrededor de los veleros. El paisaje era agreste, tan amenazante como amigable cuando el ojo experto era capaz de leerlo en sus dobleces. Cross nunca incursionó tierra adentro. Sabía que si establecía lazos de trabajo más firmes con los ovejeros, quedaría atrapado. Prefería las contingencias de alternar distintos oficios a la seguridad de lo que consideraba una servidumbre. Cross hizo muchas expediciones a la Costa en el Félix, una goleta lobera: eran temporadas largas para cazar lobos marinos, que todavía crecían por millares en las roquerías de Santa Cruz. Alguna vez se atrevieron a llegar mucho más al norte, hasta el Río Negro. En esos viajes conoció a Banjo George, un marino legendario de los canales fueguinos y en las islas, muy habilidoso y que conocía los mejores lugares de la Costa. Se asociaron y compraron un cúter con el que empezaron a hacer sus propias salidas de caza. Embarcaban cinco o seis tripulantes (por lo general isleños sin trabajo, o marinos a la espera de algún barco mayor) y partían rumbo a la Costa. Regresaban semanas después con cueros de lobo que después podían vender a mejor precio en Stanley o en Punta Arenas. También contrabandeaban licor y herramientas.

Diez años después de llegar con el Jhelum, Abram ya se sentía en su casa. En los viajes había construido su principal herramienta: una carta náutica mental de la Costa, de sus puntos importantes, de los rostros que le permitirían hacer su pequeño negocio, de aquellos personajes que era preferible evitar.

Jimmy, el único hijo de Abram Cross, nació el mismo año que su padre le compró al danés Hansen la goleta Chance. Poco más de un año atrás, una mañana, Abram había cerrado su casa en Pioneer Row, una de las calles altas de Port Stanley, dejado sus asuntos en manos de Banjo George y desaparecido por varios meses. Regresó con su goleta nueva, una tripulación reclutada en Chile y una mujer a la que presentó como su esposa. Ángela Pujadas desembarcó con agilidad en el muelle a pesar del embarazo avanzado. Cómo se comunicaban marido y mujer era un misterio. Cross apenas hablaba castellano, y cuando la trataron un poco, los locales descubrieron que la española hablaba poco y nada de inglés. Nadie sabía qué le había dado a Cross por traerse a una mujer a la que seguramente dejaría sola meses enteros. Menos aún qué había encontrado Ángela en ese hombre mucho mayor que ella. Pero los Cross le dieron de comer a los chismes muy poco tiempo. La gente del pueblo vio de inmediato que el viejo marinero se ocupaba de que no faltara nada en su casa mientras esperaban al bebé, cuya cuna construyó él mismo con maderas de descarte del astillero. Y eso era más de lo que muchos tenían para mostrar.

Jimmy Cross nació el 24 de noviembre de 1884. El trabajo de parto duró dos días. El niño, que estaba de culo, habría muerto de no ser por la vieja Cvitanovic, la mujer de un mercachifle de Punta Arenas que de pura casualidad se encontraba en Stanley rumbo a Montevideo. El bebé nació un día de mucho sol y, cosa rara, no hubo una gota de viento en las islas. Los montes del otro lado de la bahía se recortaban contra un cielo rojizo cuando Jimmy pasó del vientre al pecho de su madre, y de allí a los brazos de su padre para que el resto del mundo lo conociera.

En la puerta de la casa de Cross había un grupo de personas que representaban su historia: Banjo George, completamente calvo, con la cara quemada por la sal y el sol y tan curtida como la de los hombres de cuerpos fuertes enfundados en abrigos gastados y resistentes que gritaron sus hurras cuando la puerta se abrió y el viejo Cross salió con lo que parecía un bulto de ropa. En el medio del paquete blanco, como un rubí, asomaba la cabecita enrojecida de un niño que había luchado mucho por salir al mundo.

El chico caminó pronto, y desde ese momento se vio a la pareja y al niño caminar por la costa o embarcarse en pequeñas excursiones por la bahía los días de buen tiempo. Jimmy jugaba con las cuerdas abandonadas en la playa, pero también con los juguetes tallados por los carpinteros del astillero, o los que su padre le traía de sus viajes. Años después, los que conocieron a Abram Cross le contaron a Jimmy que esa fue la época en la que más feliz vieron a su padre.

El viejo volvió a ausentarse pronto. Cuando Jimmy aún gateaba llegó a Stanley una visita importante y extraña: el argentino Carlos Moyano, gobernador de Santa Cruz, que venía a ofrecer en nombre del presidente Roca tierras para aquellos pobladores de las Falklands que quisieran instalarse en su territorio. Para ese entonces, no había porción útil de las Falklands sin repartir, y la tentación de ser dueños de sus propias tierras resultó poderosa para muchas familias en las islas. En Santa Cruz había miles de hectáreas, pero pocos pobladores y ninguna oveja.

Abram Cross cruzó familias enteras con la Chance: los Halliday, los Fenton, los Cameron... Era un cruce movido rumbo a la nada, a años de privaciones en tierras que se reían de los esfuerzos de sus primeros pobladores blancos. Fueron decenas de viajes, todos parecidos. El barco al pairo, un bote cargado de hombres, mujeres y niños que se alejaba de la goleta rumbo a la playa, hasta que los dejaba en la orilla del mar, rodeados de sus bártulos, en puertos naturales cerca de lugares como San Julián, Puerto Santa Cruz y Bahía Laura. Puñados de personas con muy pocas cosas, alguna olla, un baúl, unas sillas, y no mucho más, que empezarían a trabajar como capataces y puesteros y, si tenían suerte, armarían su propia hacienda. Entonces, como Abram pudo comprobar, olvidarían su propia historia y en muchos casos se volverían tan crueles como los managers de los que habían escapado.

Jimmy Cross creció fuerte y avispado. Hablaba en español con Ángela y en inglés con Abram y otros marineros. Tendría unos seis años cuando en Port Stanley hubo una epidemia: murieron muchos bebés y niños. Fue un invierno muy duro. El cielo plomizo no hacía más que acentuar la tristeza de los entierros en el pequeño cementerio. Hubo familias que perdieron a todos sus hijos y se volvieron a Inglaterra, después de haber vivido muchos años en esa tierra hostil.

El mal tiempo duró semanas enteras y el viejo Cross temió por su hijo. Mientras las ráfagas de viento azotaban su casa y las gotas de lluvia parecían pedradas sobre los postigos, el marino se acercaba de puntillas a la cama de Jimmy para auscultarlo. Atendía a su respiración y le tocaba la frente, para volver aliviado a su cama cada vez que constataba que no había fiebre. Después de que todo pasó, una noche, algo borracho, dijo que quizás por atender tanto a su hijo había descuidado a su mujer.

Meses después, cuando ya parecía haber pasado todo, Ángela enfermó y a los pocos días murió. La velaron, pálida y frágil, en su propia cama. Abram no lloró ni se arrancó los cabellos, que eran blancos y abundantes, pero algo en su rostro se endureció para siempre. Quemó la cama en el Canache, el lugar donde hacían las reparaciones de los barcos. Y también allí, así como había tallado la cuna de Jimmy, construyó el ataúd de su esposa. Usó tablones de roble que juntó allí mismo, entre los despojos de otros naufragios como en el que él y su hijo vivían ahora. El niño lo vio pulir la madera en silencio, pasar su mano callosa por los bordes de las piezas, que encastró y clavó como si estuviera haciéndole el amor a su mujer.

Cuando la caja estuvo lista y cerrada, pidió que el cura la bendijera. Luego subieron el ataúd al Chance, lo cubrieron con una vela vieja que amarraron bien fuerte e iniciaron el cruce a los canales, en medio de una lluvia furiosa a través de la cual apenas se veía la luz del faro de Cabo Pembroke. Banjo George era el timonel, y el mismo Cross y dos de sus marinos se ocupaban de las velas. Era la primera vez que Jimmy Cross iba a hacer un viaje tan largo, rumbo a la isla donde lo habían engendrado. Toda su experiencia náutica, hasta ese momento, eran los paseos en bote por la bahía. Ahora navegaba junto al ataúd de su madre.

Cuando salieron a mar abierto, la lluvia cesó como por arte de magia y un viento cruel desgarró las nubes, que huyeron para dejar que aparecieran las primeras estrellas de una noche temprana. El niño, en el lugar de honor junto al timonel, nunca había visto algo como eso: las olas suaves y plateadas por la luna se desplegaban ante sus ojos. Más cerca, la espalda fornida de su padre se había encogido junto al ataúd.

Una mañana apareció una cinta de tierra en el horizonte, y Jimmy Cross vio por primera vez la Tierra del Fuego. Su padre buscaba un lugar que solo él y su esposa conocían para enterrarla allí. Rocas hostiles cortadas a pico se sumergían abruptamente en el mar y esa boca amenazante parecía no tener fin, hasta que, tras costear un cabo, una playa amigable atronaba con los bramidos de los lobos marinos o el griterío de las gaviotas. Los ojos del niño se agrandaban a medida que se adentraban en ese territorio nuevo para él. Le impresionaron los bosques tupidos que parecía que se iban a caer al mar, con árboles que acariciaban las aguas. Jimmy nunca los había visto más que en libros, en las Falklands no había.

Finalmente, embocaron la entrada a una pequeña caleta que daba a una gruta. Sobre la playa de cantos rodados asomaban los maderos de un antiguo naufragio. Echaron doble ancla y bajaron un pequeño bote. Durante todo el viaje el viejo Cross parecía haberse olvidado del niño. Estaba absorbido por la tarea de bajar el ataúd de Ángela al bote. Remaron hasta la orilla y lo bajaron mientras Jimmy contemplaba la maniobra. Su padre quedó en la orilla junto a la caja, mientras el bote regresaba a buscarlo. Banjo George le dio la mano para ayudarlo a saltar al esquife, y al llegar a la orilla se lo puso sobre los hombros para que no se mojara los pies. Jimmy descendió de los hombros del marino, caminó y se sentó en silencio sobre el ataúd de su madre. Recién entonces Abram pareció reparar en su hijo. Bajó su mano tosca y la cerró con ternura sobre sus rulos.

Cavaron la tumba en el lugar exacto en el que comenzaba un bosque espeso. Cada tanto tomaban largos tragos de ginebra, porque la tierra era dura y el trabajo difícil. Cuando terminaron, alzaron el cajón y lo depositaron en el fondo de la fosa como si fuera de cristal. Con dos maderos que habían traído del bote, hicieron una cruz. Los amigos del viejo se enteraron, entonces, de que Ángela tenía treinta años. Algo cantó Abram, mientras los golpes de pala fijaron los maderos cruzados.

Cuando el canto y los golpes terminaron, el niño escuchó con nitidez la voz triste de su padre:

–La única vez que me alejé del mar.

El viejo Cross timoneó durante el viaje de regreso. Su hijo nunca supo adónde habían ido, su padre nunca volvió a mencionar el lugar, y allí quedó la tumba de su madre, en algún lugar de la Isla Grande.

Luego del viaje a la Tierra del Fuego, Abram envejeció rápido, como si la muerte de Ángela hubiera roto un dique. Andaba encorvado y en ocasiones le temblaban las manos. Viajaba lo menos posible para poder ocuparse de Jimmy. Él mismo le enseñó a leer y escribir. Usaba diarios viejos y los libros de los que pudo hacerse. El viejo no quería que el niño perdiera la lengua de su madre. En los viajes a los que lo empezó a llevar, o cuando se cruzaba con algún criollo, lo sentaba junto al niño para que hablaran en su otro idioma. Si no, se ocupaba él mismo de las lecciones:

–Starboard –decía con seriedad señalando a proa, a su derecha, mientras el chilote Otey o Borquez maniobraban con las jarcias.

–Estribor –decía alguno de ellos.

–E-s-t-rrrrr-i-b-orrrr –repetía el niño.

–Wind.

–¡Viento! ¡Viento!

–Very good, son.

Otras veces caminaban por la playa, y el viento traía los espumarajos de las olas.

–Foam! –decía el viejo pintándole bigotes al chico, que ya no era un niño. Pero sabía que ese era el hilo de vida que lo ataba a su padre, y lo dejaba hacer.

Entonces se limpiaba entre risas:

–¡Espuma! ¡Espuma! Don’t do that, dad!